Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Clínica · Violencias

Las violencias: comprender e intervenir

Una conceptualización clínica propone situar a las personas en una escala de la agresividad de seis peldaños, desde el más alto —donde la agresión se convierte en violencia— hasta el más bajo, donde cualquier defensa se vuelve imposible. Este modelo arroja luz sobre las violencias en la pareja, intrafamiliares, laborales o sociales, y abre vías concretas de acompañamiento.

Un punto de partida: la agresividad no es la violencia

En el lenguaje corriente, decir de una persona que es agresiva no tiene nada de elogio. Sin embargo, para comprender lo que sigue hay que apoyarse en otra definición: la agresividad como fuerza al servicio de la supervivencia, que debe distinguirse de la agresión, que es un paso al acto, y de la violencia, que pone la fuerza al servicio de la destrucción del otro.

Vista así, la agresividad deja de ser únicamente peyorativa. Se convierte en una competencia: la competencia agresiva. No todas las personas disponemos de ella en el mismo grado —basta con observar a la primera infancia en una guardería para ver que no todo el mundo viene equipado de la misma manera— y sigue evolucionando a lo largo de toda la vida, al hilo de las experiencias.

Estos puntos de referencia resultan especialmente útiles para comprender los fenómenos de violencia, ya se trate de violencia en la pareja, intrafamiliar, en el trabajo o en la sociedad. Sirven tanto para la terapia como para el conjunto de las profesiones de la relación, e invitan a cada persona a reflexionar sobre su propio lugar: en su pareja, en su familia, en su equipo.

La parte alta de la escala

La escala consta de seis peldaños, tres por encima y tres por debajo de una zona de equilibrio. Los tres primeros describen grados crecientes de expresión de la agresividad.

+1: la zona de agresividad sana

Las personas que se sitúan aquí se mantienen en una expresión moderada y adaptada de la agresividad. Están lo bastante equipadas para hacer oír su posición, su opinión, su punto de vista; tratan de convencer de buen grado. Aceptan la confrontación, el debate y el conflicto sin temor, pero la expresión de su agresividad sigue estando controlada. Pueden ofrecer su protección a quien la necesite y delimitar las fronteras de su territorio o del de su grupo. Si se las ataca, o en caso de intrusión, se defienden —incluso pueden atacar a su vez—, pero sin voluntad de destruir al otro. Este punto es esencial.

En un equipo, una institución o una empresa, son personas capaces de sostener un debate contradictorio y de hacer avanzar las ideas hacia la resolución de los problemas. Más bien proactivas, buscan soluciones, las hacen oír e intentan ponerlas en práctica. Se las encuentra a menudo en papeles de liderazgo altruista: los demás las siguen porque las respetan, no porque las teman. En posiciones de poder, suelen ser las mejores personas al mando, capaces de repartir los méritos asumiendo a la vez los reproches, justo lo contrario de lo que hacen las malas. El mismo razonamiento vale para la familia y para la pareja: asumen un conflicto sin desbordamiento físico ni verbal.

A veces ponen puntualmente un pie en la zona siguiente y pasan a la agresión: cuando son ellas mismas agredidas, o cuando se ven acorraladas en una situación en la que el recurso a la fuerza parece indispensable. En la gran mayoría de los casos, lamentan después ese paso al acto.

+2: la expresión excesiva

Aquí la expresión se vuelve excesiva, a veces brutal. En comparación con las anteriores, estas personas pasan con más facilidad a la agresión para hacer oír sus ideas, casi siempre verbal, a veces física. También en este caso, en la gran mayoría de las situaciones, estas agresiones no pretenden destruir al otro. Su capacidad agresiva está muy desarrollada, y a veces no miden los daños que provocan. Todo ocurre como si los mecanismos de inhibición de la agresividad estuvieran menos desarrollados que en el peldaño anterior.

Estos pasos al acto adoptan formas muy variables. Un tono vehemente o un puñetazo se detectan fácilmente; pero en un marco social o profesional en el que la expresión de la agresividad está mal vista, esta se manifiesta de forma mucho más sutil: mediante miradas, desprecio, una falta de respeto manifiesta hacia alguien o hacia el trabajo de un colega. También es una forma de agresión, desde el momento en que se considera el respeto como algo debido entre todas las personas. En la vida de pareja, tienden con más facilidad, a menudo sin darse cuenta, a pequeñas intrusiones en el territorio del otro. Estas agresiones no buscan hacer daño: buscan controlar, conseguir que el otro acepte, que se someta.

En situaciones de poder, estas personas suelen ser temidas, mientras que las del peldaño anterior son respetadas. Nada está fijado, sin embargo: pueden desarrollar capacidades de inhibición y descender hacia una zona más funcional en el plano relacional.

+3: cuando la inhibición ya no existe

Afortunadamente poco numerosas, las personas de este peldaño son aquellas en las que la inhibición de la agresividad es prácticamente inexistente. Su modalidad relacional está marcada por agresiones repetidas y por la voluntad de dominar al otro, de hacerlo ceder, de imponer su punto de vista mediante el paso al acto. Más allá de los mecanismos de inhibición, lo que ha fracasado aquí es la interiorización de la ley. Los pasos al acto se producen en prácticamente todas las esferas: social, profesional, familiar, amistosa. El otro se percibe como un obstáculo para la realización de los propios deseos. Es evidentemente en este nivel donde se empieza a hablar de violencia.

Son personas de las que se oye hablar en la crónica de sucesos y que pueblan las cárceles. Tienden a actuar con total impunidad en cuanto escapan a la mirada de la ley. Algunas actúan en nombre de una instancia superior más que en su propio nombre: en nombre de una autoridad política o religiosa. En la familia, imponen su autoridad como tiranos y pueden recurrir a la violencia para someter al otro. Cuando se les reprocha, justifican sus actos trasladando la culpa al otro: habría sido él quien las obligó a «corregirlo», a «devolverlo al buen camino». No se cuestionan: el acto violento no les parece reprobable, sino legítimo. Son estas personas las que aparecen con mayor frecuencia implicadas en los fenómenos de violencia en la pareja.

Contrariamente a lo que podría pensarse, estas personas no son necesariamente las que ocupan las posiciones de poder: la repetición de los pasos al acto acaba casi siempre apartándolas de ellas. Pero se trata de un rasgo de época. En la historia de la humanidad, esta competencia agresiva fue durante mucho tiempo la de los héroes a los que se glorificaba, la de los hombres cuya fuerza y valentía se admiraban.

La parte baja de la escala

Al otro lado se encuentran las personas a las que les cuesta instrumentalizar su agresividad. Aquí el modelo resulta especialmente valioso: permite ver una dificultad que a menudo se interpreta, erróneamente, como falta de voluntad.

−1: la acomodación voluntaria

Estas personas no tienen una facilidad particular para movilizar su agresividad. Evitan de buen grado los conflictos, no les gusta demasiado la confrontación y adoptan, en un intercambio, una posición más bien en segundo plano, pero son capaces de defenderse si se las ataca. Este punto es determinante.

En un grupo de trabajo, no solo son apreciadas, sino indispensables. No intentan imponer su opinión a toda costa; contribuyen a la reflexión común y la hacen avanzar desde una posición que podría calificarse de liderazgo pasivo: intervienen de manera muy pertinente cuando se les pide o cuando hay que reactivar un debate. Detestan el conflicto, pero no se detestan a sí mismas: esa base de autoestima hace que, más allá de cierto límite, cuando se las agrede, movilicen su agresividad para defenderse, y se muestren muy críticas con quienes no controlan la suya.

Se observan en ellas competencias notables: formular una crítica sin herir a la otra persona, expresar una idea de tal manera que el otro pueda creer que es suya, sacrificar algunos de sus deseos para permitir que personas más agresivas satisfagan los propios. En el trabajo como en la familia, son ellas quienes ayudan a quienes han tomado la iniciativa a llevar su proyecto a buen término. Imagine una reunión poblada únicamente por personas de la parte alta de la escala: la cacofonía sería monumental y saldría de ella muy poca cosa. Añada personas −1: su talento para la mediación y su capacidad para reformular de modo que todo el mundo se entienda lo cambian todo.

−2: la acomodación forzada

Aquí aparece un verdadero déficit de expresión de la agresividad. Estas personas tienen muchas dificultades para hacer respetar su territorio y, a veces, una incapacidad para defenderse de una agresión, ya sea verbal o física. La incertidumbre respecto a su propia existencia resulta bastante patente: dependen con facilidad de los deseos, las ganas y las iniciativas de los demás.

El riesgo principal radica en que, en cualquier grupo social, tarde o temprano se enfrentarán a personas de la parte alta de la escala. De esos enfrentamientos salen con una frustración o una vivencia de victimización que daña un poco más la autoestima, y cuanto menos sólida es la autoestima, menos consiguen movilizar su agresividad para defenderse de las agresiones siguientes. El círculo es vicioso: cada agresión no rechazada hace que la siguiente sea más difícil de rechazar.

Son expertas en apaciguar conflictos, pero apaciguan a su costa: sufriendo, callando, asumiendo la minimización de la agresividad del otro. Como contrapartida, desarrollan todo un conjunto de competencias alternativas, en particular la ternura y el apego, que les valen un lugar apreciado en su entorno familiar o profesional. A menudo parecen desinteresadas, y ponen sus competencias al servicio de los deseos de otra persona, con frecuencia de quien se erige en protector o protectora, porque estas personas buscan a menudo activamente una figura protectora.

Referencia clínica

Cuando la figura protectora es lo bastante benévola, la relación puede ser muy funcional. El riesgo principal está en otra parte: que se fije en una relación complementaria rígida, siempre la misma persona en posición alta, siempre la misma en posición baja. En algunos casos, esto adopta la forma de una relación de dominio en la que los deseos y las necesidades de quien ocupa la posición baja pueden quedar totalmente negados.

El pronóstico no está escrito de antemano. Lo esencial del acompañamiento consiste precisamente en ayudar a estas personas a recuperar la confianza en sí mismas y a permitirse movilizar su agresividad para defenderse. Es un trabajo de refuerzo paciente, que primero devuelve valor antes de devolver fuerza.

−3: la zona de sumisión

En lo más bajo de la escala, la capacidad de defenderse y de movilizar la propia agresividad está casi totalmente ausente. No se trata de una sumisión estratégica, a la espera de una ocasión para rebelarse: es una posición existencial casi permanente. En estas personas, la agresividad no tiene, por así decirlo, ninguna representación psíquica. Se observa una forma de pasividad, de resignación, de aceptación del sufrimiento y, vista desde fuera, la impresión a veces sobrecogedora de que falta el propio reflejo de supervivencia.

Lo que se juega entre dos peldaños

La escala adquiere todo su sentido cuando se deja de utilizar para clasificar a individuos y se aplica a encuentros.

Dos personas «+1» forman una relación simétrica: cada una moviliza sus capacidades agresivas para hacer oír sus ideas, lo que puede escalar hasta situaciones a veces difíciles de sostener. Fuera de la pareja, esta asociación da a menudo excelentes tándems profesionales: la agresividad se dirige a la realización de una tarea, e incluso las discusiones acaban produciendo algo constructivo. Entre dos «+2», las escaladas simétricas adquieren proporciones mucho mayores. Entre dos «+3», rige la ley del más fuerte: la de quien aplaste al otro para dominarlo.

La más funcional

Un «+1» y un «−1». El primero aporta la fuerza de iniciativa y una expresión adaptada de la agresividad; el segundo, sus cualidades de mediación y su capacidad para poner sus competencias al servicio de un objetivo común. Un equipo formidable.

La más mórbida

Un «+3» y un «−3». En una pareja, es la configuración típica de la violencia en la pareja, muy a menudo asociada a una relación de dominio.

Esto no significa que las demás asociaciones estén condenadas: existen equilibrios funcionales en muchos niveles de la escala.

Para qué sirve, en concreto

Uno puede entretenerse situándose en esta escala y situando después en ella a sus allegados o a sus colegas. Pero el interés del modelo está en otra parte: libera de la culpa y arroja una luz nueva sobre ciertas situaciones.

Tomemos una pareja en la que uno de sus miembros reprocha de forma recurrente al otro su falta de iniciativa: en la vida familiar, con los hijos e hijas, a veces en la vida sexual. Descubrir que la pareja quizá presenta un déficit de expresión de la agresividad lo cambia todo: no se trata de una negativa a responder a sus necesidades ni de mala voluntad. De repente, la mirada sobre los fenómenos relacionales se desplaza, en una pareja, en una familia, en una institución o en una empresa. Dejar de esperar del otro lo que no está en condiciones de dar ya es una ganancia enorme en el juicio que se hace de sus comportamientos. Cuanto más se comprende a los demás, más capaz se es de construir con ellos relaciones sanas.

Una precisión necesaria

Situar a alguien en esta escala no es establecer un diagnóstico, y comprender un funcionamiento nunca equivale a excusar un acto: la responsabilidad de quien golpea sigue siendo plena, y la seguridad de las personas está por delante de cualquier lectura relacional.

Esta conceptualización se prolonga en una tipología de las formas de violencia —violencia-agresión, violencia-castigo, violencia-castigo con simetría latente— y en los estadios de interiorización de la ley: dos herramientas valiosas tanto para comprender como para intervenir con personas atrapadas en interacciones de carácter violento. Es esta misma grilla la que ilumina la lectura de las violencias y abusos sexuales en la familia.

Fuente

Perrone, R., & Nannini, M. Violence et abus sexuels dans la famille : une approche systémique et communicationnelle. ESF Sciences humaines.

Cómo citar este artículo

Besse, J. (2021, 16 de julio). Les violences, comprendre et intervenir. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/les-violences-comprendre-et-intervenir

Para saber más

Debate

Comentarios 0

Inicia sesión para participar en el debate. Iniciar sesión

  1. Todavía no hay comentarios. Abre el debate.

Carrito

Su carrito está vacío.