Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Entre bastidores · Los orígenes
Hola, me llamo Julien y soy psicólogo. Me lanzo —no sin aprensión— a un proyecto de creación de contenidos (artículos, vídeos, pódcasts) con el objetivo de explorar de forma sencilla y comprensible los conceptos, herramientas y estrategias que tienen el potencial de mejorar nuestra vida. Como la génesis de este proyecto está íntimamente ligada a mi camino vital y al desarrollo de mi pensamiento, le propongo una retrospectiva única y auténtica de mi trayectoria: un ejercicio muy difícil, pero, al fin y al cabo, ¡estoy aquí para arriesgarme!
Si usted me hubiera conocido en mi infancia, probablemente habría pensado u oído decir de mí que era un soñador, siempre con la cabeza en las nubes; lo cual —ya se lo imagina— estaba lejos de ser una cualidad a ojos del profesorado.
Crecí en un pueblecito diminuto de Lozère, cuna de mi infancia y de la sensación de libertad que la acompaña. Lo que el profesorado veía con mirada crítica contribuyó, además, a reforzar aún más esa sensación de libertad: mi imaginación me llevaba cada vez más lejos, más allá de las fronteras de lo real, explorando el sentido oculto del mundo e inoculando fantasía allí donde podía.
De niño me encantaba leer e imaginar historias a cuál más fantástica. Al crecer, sin perder el gusto por la lectura, encontré en las experiencias lúdicas y en los videojuegos otro vehículo para canalizar mi imaginación y mi fantasía. De adulto he conservado ese gusto, con el tierno sabor de la infancia, por la lectura y los juegos.
Desde que tengo memoria, siempre me ha fascinado la complejidad y la profundidad de las personas que conocía. Por eso enseguida me interesé por la psicología, y recuerdo haberme sentido atraído, muy joven, por la profesión de psicólogo, después de haberlo estado, respectivamente, por las de conductor de camión de la basura y de escritor (un sueño que, por cierto, nunca me ha abandonado).
Recuerdo también haberme hecho esta reflexión cuando contemplaba la psicología como profesión para mi futuro: ¿no irá disminuyendo mi interés por los demás a medida que comprenda los engranajes de los mecanismos psicológicos que los mueven? Probablemente le parecerá absurdo, pero entonces pensaba que lo que daba su encanto a las personas era precisamente no comprenderlo todo, lo que contribuye a que sigan sorprendiéndonos siempre. Me sentía irresistiblemente atraído por el misterio que constituye cada ser humano, y quería que siguiera siendo así. Esta reflexión se basaba en dos errores mayúsculos. El primero era pensar que es posible comprender totalmente a alguien. El segundo estaba ligado a la fantasía de creer que, si se dispone de las claves para comprender al ser humano, todas sus acciones serán previsibles y se podrán leer las almas como quien lee un libro. Evidentemente, me equivocaba de principio a fin, pero eso lo descubriría mucho más tarde.
En la adolescencia, interesado al principio por la idea de ganar algo de dinero, me lancé a la formación de monitor de tiempo libre, el BAFA. Esta experiencia contribuyó en gran medida a orientar mi destino, pero volveremos sobre ello más adelante. Fui acumulando experiencias en la animación y después en una multitud de pequeños trabajos de verano, algunos de los cuales también fueron extremadamente formativos y contribuyeron a construir la persona que soy hoy.
Paralelamente, cuando, tras obtener el bachillerato, tuve que elegir un camino para mi futuro, volví a plantearme seriamente la cuestión de estudiar psicología. Fue entonces cuando una nueva duda se insinuó en mi mente, un pensamiento que simbolizaría el último gran error de apreciación: imaginar que la profesión de psicólogo sería una carga que llevar a cuestas a diario, y que yo no estaba hecho para escuchar los problemas de los demás todo el día. No podía estar más equivocado, pero, una vez más, lo descubriría un poco más tarde…
Así fue como me lancé a estudiar sociología en la universidad, apasionado entonces por la etnología, que era una especialización de esa carrera. Al elegir la Université Paul-Valéry de Montpellier, fui menos en busca del sol que de la buena compañía de mis amistades. Ignoraba, por otra parte, que aquel hombre que dio su nombre a esa facultad había pronunciado un día una frase que cobraría mucho sentido para mí en un futuro próximo.
«Todo lo que es simple es falso, pero todo lo que no lo es resulta inutilizable».
Paul Valéry
Como le decía, haberme lanzado al BAFA supuso un punto de inflexión decisivo en mi vida, y ahora voy a contarle por qué. Siempre sorprende constatar hasta qué punto el azar puede crear a veces curiosas sincronías. Resulta que, en este caso, dos acontecimientos convergieron hacia un sentido común en el mismo periodo.
A principios de aquel verano recibo, en efecto, una carta que me indica que solo me quedan unas semanas para inscribirme en una sesión de profundización para obtener el BAFA; de lo contrario, la validación del primer nivel quedará anulada. Al mismo tiempo, recibo otra que me anuncia que mi candidatura a un trabajo de verano ha sido rechazada. Heme aquí buscando un trabajo para el verano y, en paralelo, una sesión de profundización que encontrar con urgencia. Tras enviar decenas de cartas de motivación y buscar todas las sesiones de formación cercanas a mi casa, me aceptan como auxiliar de cuidados en una Maison d’Accueil Spécialisée (MAS), un centro residencial especializado, así como en la única sesión de formación disponible en el plazo previsto, cuyo tema era: la acogida de personas con discapacidad. El destino había llamado a la puerta.
Mientras empiezo a descubrir el trabajo en la MAS, a conocer a las personas residentes, a aprender a prestar cuidados y a entrar en relación con personas con las que nunca antes habría hablado, me lanzo a la aventura de esa profundización del BAFA.
Durante una semana vivimos en autarquía, en una vieja granja, con una quincena de personas participantes más. Seguimos una pequeña formación teórica, pero nuestro objetivo principal es animar toda una jornada lúdica para un grupo de niñas y niños con discapacidad que estaban de estancia cerca de allí. Así es como me encuentro en una situación en la que, por primera vez, mi imaginación y mi fantasía parecen percibirse como cualidades. Las ideas bullen y se atropellan en mi cabeza, y tomo conciencia por primera vez de que mis ideas pueden parecer pertinentes a los demás. Mientras que hasta entonces se limitaban a ir y venir, a hacer piruetas y a echar a volar en mi mente, ahora podían escapar a través de mi palabra y propagarse, como un incendio forestal en el calor del verano, en la mente de los demás. Ningún sentimiento me habrá entusiasmado tanto como el de verlas evolucionar después a su antojo, de forma autónoma e independiente, en cada una de las personas del grupo. Tiene que imaginarse que me encuentro, quizá por primerísima vez, en una situación en la que los demás vienen a pedirme mi opinión y parecen darme un papel que no creía tener madera para desempeñar; y me sorprendo no solo de poder asumirlo, sino sobre todo de encontrar en ello sentido y satisfacción. Para mí, que siempre he sido de natural discreto en sociedad, más a gusto soñando en mi rincón que hablando en público, aquello supuso un serio cambio de perspectiva. Al final de esa sesión de formación, el formador principal me propondrá animar una estancia con él, y más tarde tomaré su relevo durante algunos años. Si esta experiencia me enseñó mucho sobre mí mismo, sobre todo me enseñó mucho sobre los demás.
Le propongo poner este aprendizaje en perspectiva con la experiencia que prosigo entonces en la MAS tras el final de esa última sesión de formación. Allí, en efecto, iré forjando poco a poco una idea que se clavará en mi pensamiento como Excalibur en su roca: hay belleza, profundidad y complejidad arraigadas en cada ser humano, sin excepción.
A través de esta experiencia me doy cuenta de que siento una alegría inmensa y una profunda gratitud cuando comparto momentos sencillos pero auténticos con la gente. Probablemente no sea casualidad que tenga la sensación de aprender esto por primera vez en contacto con las personas con discapacidad que tengo la suerte de conocer, porque ellas han aprendido, a su pesar, algo esencial. Conozco a personas que saben abrir su corazón y mostrarse vulnerables, y comprendo entonces que esa vulnerabilidad es precisamente lo que las hace tan únicas y profundamente humanas; una vulnerabilidad que todas y todos cuidamos mucho de esconder tras un sinfín de artificios, protegiéndonos así de encontrarnos de verdad con nadie. Más tarde descubrí, a través de sus libros, a alguien que escribió una frase que resume por sí sola este descubrimiento, y que no sabría formular mejor que él; así que se la ofrezco tal cual.
«Debo mencionar ahora uno de mis descubrimientos más enriquecedores; enriquecedor porque, gracias a él, me siento más cerca de los demás. Podría expresarse así: lo más personal es también lo más general».
Carl Rogers, On Becoming a Person
Después de aquel verano lleno de enseñanzas, tomaré una decisión que —ya lo habrá comprendido— viene de muy lejos en mi historia: dejar la facultad de sociología para entrar en la de psicología. Para ser del todo sincero con usted, esta decisión no tuvo gran consecuencia en mi trayectoria, porque había obtenido una nota media pésima en el curso; probablemente había pasado más tiempo jugando a World of Warcraft, leyendo y viendo películas con mi mejor amiga que estudiando a distancia durante los casi cinco meses de huelgas de aquel año universitario.
Dicho esto, el interés que iba a sentir por este nuevo campo de estudio crecería in crescendo, al mismo ritmo que mis resultados universitarios, hasta alcanzar techos que nunca había tocado en toda mi escolaridad. Viví encuentros formidables, tanto en mi vida social como en mis lecturas de aquellos años, encuentros que siguieron esculpiéndome hasta la obtención de mi título de psicólogo en 2013.
Tras contemplar seriamente la posibilidad de hacer una tesis doctoral, los acontecimientos de la vida me llevaron a dejar de lado ese proyecto para empezar a ejercer; una elección de la que hoy me alegro, en vista de lo que me ha aportado en aprendizajes, encuentros, dudas constructivas, fracasos formativos y, por tanto, en evolución.
Fue así, en contacto con la gente y en el ejercicio de mi profesión, como mis antiguas dudas se disiparon y mis viejos temores se derrumbaron como un castillo de naipes. Comprendí entonces hasta qué punto lo estimulante era precisamente entregar toda la energía para acercarse lo más posible a la realidad del otro. Aprendí a no juzgar nunca a nadie, porque todo el mundo tiene siempre una muy buena razón para actuar como actúa (un aprendizaje que inició primero mi madre, a quien debo mucho). Un día oí a Mony Elkaïm decir en una conferencia: «Juzgar es ahorrarse el análisis»; lo convertí en una máxima personal.
Descubrí que, en definitiva, sufrimos sobre todo por la interpretación que hacemos del mundo y de lo que nos ocurre. Así que dediqué mi tiempo a buscar todo aquello que pudiera contribuir a cambiar nuestra percepción de lo real, porque así es como un fracaso podía transformarse en aprendizaje y una crisis profunda podía desembocar en una oportunidad formidable. El motor de la resiliencia es narrativo. Dicho de otro modo, la capacidad de transformar las historias que nos contamos a nosotros mismos es la mayor fuerza para superar las pruebas.
Comprendí que, más allá de las teorías, lo terapéutico era la relación. Aprendí que una frase pronunciada en el momento oportuno, un gesto justo e incluso una simple palabra podían cambiarlo todo. A veces, una simple información podía modificar la comprensión profunda que tenemos de una situación y, por tanto, mejorar drásticamente nuestra vida.
Aprendí a simplificar mi discurso, a hacer accesible mi saber, a hacer comprensibles los conceptos que, en mi opinión, deberían ponerse al alcance de todo el mundo. Por eso hoy pongo toda mi imaginación, toda mi creatividad y todos mis conocimientos al servicio de quienes los necesitan: eso es lo que da sentido a mi vida y lo que alimenta mi energía. He acumulado tal gratitud hacia todo lo que la gente me ha ofrecido de su historia, de sus dudas y de sus proyectos, de sus miedos y de su intimidad, que me siento en deuda de por vida con la humanidad.
Querida lectora, querido lector: si me ha leído hasta aquí, me ha hecho el regalo más hermoso, en forma de mensaje de confirmación y de aliento para lo que viene. Termino esta presentación con el comienzo de una nueva aventura. Porque es para dar otra dimensión a mi vocación por lo que le invito a unirse a esta comunidad. Le invito con todas mis dudas, todos mis temores y todas mis aprensiones, pero también con mi entusiasmo, mi energía y mi determinación; y sobre todo con la certeza de que, si encuentra en ella algún interés, me dará la fuerza para seguir por este camino.
Le he dado mi nombre a este proyecto con espíritu de autenticidad: no tengo intención de esconderme detrás de una marca o de un seudónimo. Le ofrezco toda mi sinceridad, mis vulnerabilidades y mis fuerzas, mis defectos y mis esperanzas, mis dudas y mis certezas. Le abro mi pensamiento con la esperanza de que pueda interesarle, y ya tengo ganas de interactuar con usted, de conocer sus comentarios, su opinión; en resumen… de conocerle.
Julien
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2021, 20 de abril). Mon parcours et genèse du projet. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/de-mon-parcours-a-la-genese-du-projet
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