Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Pareja · Disfunciones
Después de la incivilidad y la inmutabilidad, he aquí la tercera de las cuatro grandes disfunciones que amenazan a las parejas: la infidelidad. Y no es la menor, puesto que se trata del problema que se menciona con más frecuencia en las solicitudes de consulta.
Incluso cuando no es el motivo inicial de consulta, la infidelidad reaparece a menudo a lo largo de la terapia: como una herida antigua, nunca tratada, que sigue actuando hoy.
El término infidelidad es el que las parejas emplean espontáneamente. Sin embargo, en el marco terapéutico resulta muy interesante sustituirlo —o al menos añadirle— el de extraconyugalidad. La razón es sencilla: la palabra infidelidad está connotada desde el punto de vista moral, mientras que extraconyugalidad permite definir lo que ha ocurrido sin emitir un juicio moral.
Tanto más cuanto que la noción misma de fidelidad varía enormemente de una pareja a otra. Algunas parejas mantienen relaciones extraconyugales sin vivirlas como una infidelidad; existe entonces otro espacio, o reglas específicas cuya transgresión, en cambio, sí se vivirá como una infidelidad.
En los escenarios mencionados, se trata de una atracción, fugaz o persistente, hacia una persona que no pertenece a la pareja. Esta atracción puede transformarse o interpretarse como una falta. Pero hay que tener presente que esa falta no es —o en todo caso no necesariamente— un ataque contra el otro miembro de la pareja.
Lo preciso porque, en la mayoría de los casos, no lo es; pero a veces sí lo es, como venganza o como manera de hacérselo pagar a la otra persona. En esos casos, por regla general, se dejan indicios: existe la voluntad de que la otra persona lo note, precisamente para que le haga daño.
Muy a menudo, por el contrario, se trata de un intento de reforzarse narcisísticamente a uno mismo, buscando fuera un reconocimiento o una confirmación que no se consigue obtener dentro.
En ese momento, las fantasías y la atracción que unían a los cónyuges vienen a encarnarse en otra persona, fuera de la pareja: quien era fuente de inspiración o de estímulo amoroso ya no lo es, ni en los escenarios, ni en las fantasías, ni en la realidad.
Algunos episodios extraconyugales aparecen también como consecuencia de las otras tres disfunciones de la pareja. Pueden surgir igualmente a partir de un fallo en el proceso de mariation, o incluso como manifestación de una crisis de crecimiento personal.
Cuando esta realidad extraconyugal aparece, genera en la gran mayoría de los casos una crisis importante y una herida narcisista. La revelación provoca todo un conjunto de emociones en la persona que la sufre: una tristeza profunda, a veces una depresión, ira, odio, rencor. Esto puede manifestarse en cierta agresividad y en ataques hacia la otra persona.
Y es posible que quien ha tenido la relación responda a esos ataques señalando a su vez una falla narcisista: diciendo que, si lo hizo, es culpa de la otra persona, que es demasiado esto o no lo bastante aquello, que si buscó fuera fue porque se le negaba tal cosa o porque la otra persona no tenía tal competencia. El riesgo es real: que la herida narcisista se ahonde hasta volverse casi irreparable, o hasta requerir un largo trabajo de fondo.
Por eso será muy importante, para quien acompaña en terapia a una pareja que ha atravesado esto, señalar que el hecho de que uno de sus miembros haya ido a explorar cosas fuera de la pareja no es un ataque contra el otro.
Las parejas pueden superar episodios de extraconyugalidad. Pero, pase lo que pase, tendrá que producirse una separación: si no es la de los dos miembros de la pareja, será la separación del amante o de la amante. La persona terapeuta debe ser extremadamente contenedora para hacerlo posible, y para que la confianza pueda restablecerse.
Para recordar
Hay que evitar que el tema de la terapia derive hacia el porqué de la extraconyugalidad. El trabajo se centrará más bien en la reparación del acto cometido y en el perdón.
Quien conduce la terapia también debe tener presente que, en este tipo de configuración, puede aflorar lo peor de cada persona: las venganzas, los ataques, la curiosidad malsana.
Solo después se podrán trabajar nociones como la de la seducción. Con esta idea, que la persona terapeuta casi tiene que recordar: en la seducción, nada se debe nunca. En cuanto uno empieza a exigirle a la otra persona que esté a la altura sin tener en cuenta su propio deseo ni sus fantasías, es ahí cuando el amante o la amante aparece como portador de la fantasía perdida.
Se vuelve entonces importante saber qué comportamientos activan el deseo de la otra persona; cada cual debería preguntarse cómo se las arregló, inicialmente, para seducirla. Esta seducción requiere preparación, reflexión, pero siempre debe llevar una carga esencial de autenticidad. Es casi el ingrediente central: si se emiten comportamientos que no son auténticos, la otra persona lo percibe de inmediato, no funciona, e incluso puede acentuar el problema, puesto que quien considera haber hecho esfuerzos no recompensados se sentirá aún más frustrado. Es algo que se trabaja de manera muy sutil en el espacio de la terapia de pareja.
Queda entonces la última de las cuatro: la inmadurez.
Cómo citar este artículo
Besse, J. (2022, 29 de mayo). Le troisième piège à éviter en couple !. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/le-troisieme-piege-a-eviter-en-couple
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