Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Concepto · Pensamiento relacional

El desarrollo del pensamiento relacional

Cuando se ejerce una profesión de la relación, una pregunta vuelve una y otra vez: ¿cómo adaptar el propio discurso a quien tenemos delante? ¿Cómo hacerse inteligible, cómo lograr que la información intercambiada tenga sentido para las personas a las que acompañamos? Una conceptualización en cinco niveles ayuda mucho, tanto en terapia como en la vida cotidiana.

Lo que este concepto permite ver es, por un lado, cómo se construye el pensamiento dentro de nuestra mente y, sobre todo, de qué manera nos permite entrar en relación con los demás. Distingue cinco niveles de complejidad, y todo su interés consiste en reconocer en qué nivel se sitúa, aproximadamente, la persona con la que nos encontramos, para ajustar nuestras comunicaciones en consecuencia.

Cinco niveles, de la idea al discurso

1. La idea

La unidad más simple, la más elemental. Las ideas son, etimológicamente, imágenes. Llegan por sí solas, surgen de la nada y son la manifestación de la actividad psíquica: en realidad, son el producto del procesamiento de la información que nos llega a través de los sentidos. La vista: mira, se está poniendo el sol. El olfato: qué bien huele a canela. El oído: es una música de fiesta. El tacto: la nieve está fría y húmeda. El gusto: este pastel está buenísimo.

Estas imágenes también pueden surgir en forma de recuerdos —qué bonito era aquel mercado navideño de Estrasburgo— o de sensaciones internas: me duele un poco la tripa, quizá he comido demasiados pretzels. Fabricamos ideas constantemente, de forma automática y sin esfuerzo. Pasan, son sustituidas por otras, se superponen, se solapan.

2. El pensamiento

Cuando atrapamos algunas para agruparlas bajo un denominador común, pasamos a la etapa superior: la del pensamiento. Es un ensamblaje de varias ideas que forman un todo coherente; requiere una construcción y es personal. Y aquí hay una diferencia fundamental: así como no podemos evitar tener ideas, puesto que son automáticas, sí podemos evitar pensar. Veo la nieve, huelo la canela y me digo que pronto llegarán las fiestas de fin de año y que habrá que pensar en los regalos.

3. La reflexión

Cuando conecto varios pensamientos relacionados y los ensamblo en un todo inteligible, obtengo una reflexión. La reflexión es una posición que permite tomar distancia: es la que me da una visión, un pensamiento autónomo, propio. Es también la que me permite desarrollar una opinión crítica y, eventualmente, resolver lo que aparece como un problema.

Por ejemplo: comprendo que la situación actual se está volviendo problemática; veo que mi hijo está cada vez más agresivo, que insulta y falta al respeto; probablemente no está bien y tenemos que encontrar una solución juntos; creo que no estaría mal ir a terapia familiar, ya que, a menudo, es en familia donde se resuelven los problemas de familia.

4. La argumentación

El nivel siguiente implica una verdadera dinámica relacional: voy a intentar organizar mis argumentos de manera que sostengan una misma conclusión. Más allá de la reflexión, que existe y se ha construido dentro de mí, la argumentación busca sacarla de mí para proponérsela a la otra persona. Esto requiere poder descentrarse de sí para argumentar en dirección a la otra persona, de manera incisiva, y poder proponer contraargumentos si mis propuestas son refutadas.

Esta etapa implica una evolución cognitiva, con el pensamiento hipotético-deductivo, que se desarrolla aproximadamente en la preadolescencia. Pero se ve claramente que el pensamiento adolescente a los 12 o 13 años, aunque se base en la argumentación, puede parecer algo rígido: tenderá a presentar su argumentación siempre de la misma manera, sin especificarla ni adaptarla al público al que se dirige.

5. El discurso

La etapa última. No solo se ordenan los pensamientos en reflexiones y las reflexiones en argumentos, sino que además se piensa en la manera de disponer esos argumentos para convencer, para dar en el blanco. Se adapta el discurso a la otra persona para aumentar su permeabilidad, es decir, su receptividad a la información que se le va a dar: la elección de las palabras, del campo léxico, de las metáforas utilizadas, de lo no verbal. Todo se pone al servicio de la eficacia del mensaje. Y, por supuesto, hace falta disponer de cierta forma de empatía madura para ser capaz de ello.

Dos pilares fundamentales

Dos elementos condicionan el desarrollo del pensamiento relacional, y su ausencia bloquea en seco la progresión en este continuo.

1

Las palabras

Sin vocabulario, es imposible llegar lejos en el continuo: nos quedamos en el nivel que el léxico permite.

2

Las emociones

Cuanto más intenso es el estado emocional, más inhibe la construcción del pensamiento.

El poder de las palabras

La riqueza de mi vocabulario tiene una importancia suprema. Si me pongo a hablar en inglés, quizá pueda situarme en el terreno de la reflexión, pero en absoluto en el de la argumentación, y menos aún en el del discurso, sencillamente porque no dispongo de las palabras para hacerlo. Así pues, en una entrevista con personas que no hablan nuestra misma lengua, o con niñas y niños, nos adaptamos: no nos situamos en la argumentación o en el discurso si se encuentran en la etapa de la reflexión.

No hay que subestimar el inmenso poder de las palabras ni su posible impacto terapéutico. Así como pueden ser armas y causar daños monstruosos, también pueden ser instrumentos extremadamente valiosos y provocar un alivio inmediato. En terapia, lo que hacemos a veces es prestar nuestras palabras a la otra persona para que pueda sentirse comprendida y ver su situación desde un ángulo diferente.

El desarrollo infantil lo muestra bien: la agresividad disminuye considerablemente a partir del momento en que se desarrolla el lenguaje oral y se puede comunicar con más eficacia lo que se siente. Y las personas adultas también podemos encontrarnos en un estado de agitación muy intenso cuando no encontramos las palabras para expresar nuestra situación, lo que sentimos o lo que estamos viviendo.

El peso de las emociones

Cuanto más intenso es el estado emocional, más inhiben las emociones el desarrollo del pensamiento relacional. Si tengo miedo, si siento nervios, estrés o enojo, me costará mucho más construir mi pensamiento. Ante una emoción fuerte como el miedo, el cerebro se queda en el primer nivel, y la respuesta se vuelve impulsiva y reactiva.

Quizá le haya pasado ya en una entrevista de trabajo o en un examen oral: darse cuenta de que el pensamiento parece dormido, inhibido. Es una situación sumamente frustrante. Por eso, cuando estamos en relación con alguien y hay emociones fuertes presentes, primero trabajamos para absorberlas y hacemos preguntas que estimulen la reflexión: eso es lo que permitirá después avanzar en este continuo.

Trabajar justo en la etapa siguiente

Es importante tener presente que, según los contextos, podemos quedarnos bloqueados en un determinado nivel de este pensamiento relacional. Eso no significa que seamos incapaces, en otras circunstancias, de ir más allá: significa que, en ese momento preciso, estoy ahí. Lo que cuenta, por tanto, es adaptarse siempre al punto en el que se encuentra la otra persona y trabajar justo en la etapa siguiente.

A tener en cuenta

No sirve de nada sermonear a un niño o una niña de cinco años: sermonear es producir un discurso, y a los cinco años no se tiene el equipamiento cognitivo para comprenderlo. Lo único que se puede provocar es que lo soporte en silencio, en plena saturación, con un solo deseo: que se acabe. Si no vuelve a hacerlo, no es porque haya aprendido la lección, sino porque no quiere volver a sufrir esa tortura.

Cómo citar este artículo

Besse, J. (2022, 18 de diciembre). Le développement de la pensée relationnelle. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/le-developpement-de-la-pensee-relationnelle

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