Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution Focused Practices · Artículo de posición
¿Puede un enfoque que ha hecho una virtud de no preguntar «¿por qué?» tener en cuenta las estructuras de poder y las condiciones sociales? Guy Shennan, formador en el enfoque centrado en soluciones y antiguo presidente de la British Association of Social Workers, sostiene que la práctica centrada en soluciones creció a la par que el neoliberalismo y lleva sus marcas individualizadas y transaccionales. Busca los recursos con los que ya cuenta para la acción colectiva —la orientación al futuro, la esperanza, la atención a los recursos propios de las personas— y concluye con una sola palabra: pasar de «¿Cuáles son sus mayores esperanzas?» a «¿Cuáles son nuestras mayores esperanzas?».
Traducción no oficial al español de Towards a Critical Solution-Focused Practice?, de Guy Shennan, publicado en Journal of Solution Focused Practices (2020), doi: 10.59874/001c.75064, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, conservando los intertítulos del propio autor, trasladando su nota a pie de página a un recuadro y añadiendo enlaces internos a artículos relacionados de este sitio, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Resumen
Este artículo explora posibles conexiones entre la práctica centrada en soluciones, la acción colectiva y el cambio social. Examina cómo podría la práctica centrada en soluciones entrar en tales contextos y utilizarse en ellos. Se defiende la acción colectiva como un tipo de respuesta a la clase de dificultades que llevan a las personas a buscar terapia. Esta cuestión se aborda primero a la manera centrada en soluciones, considerando las características del enfoque que podrían facilitar su adaptación a la acción social y colectiva. Por último, se proponen ideas para que la práctica centrada en soluciones se adecúe mejor a tales empresas.
Quizá podamos utilizar la práctica centrada en soluciones con solo cambiar una palabra de esa pregunta inicial, de «¿Cuáles son sus mayores esperanzas?» a «¿Cuáles son nuestras mayores esperanzas?».
Guy Shennan
Algunas novedades recientes de la práctica centrada en soluciones me han entusiasmado más que ninguna otra desde que descubrí el modelo a mediados de los años noventa. En la conferencia mundial centrada en soluciones de 2017 en Fráncfort, asistí a un debate en formato «espacio abierto» moderado por Wolfgang Gaiswinkler sobre «SF y política». Durante aquel encuentro avanzamos a tientas, con incertidumbre, hacia lo que podría suponer una relación entre la política y el enfoque centrado en soluciones. En esa misma conferencia recibí la invitación de pronunciar la sesión plenaria inaugural de la conferencia norteamericana de la SFBTA en noviembre de 2018. Mi intervención trató de la ampliación del enfoque centrado en soluciones del nivel individual al nivel comunitario. A principios de 2018, una sección de la conferencia anual de la UK Association of Solution Focused Practice (UKASFP) se centró en un tema similar, formulado esta vez como «SF y cambio social».
En la conferencia de la UKASFP se distribuyó un borrador de «manifiesto centrado en soluciones para el cambio social», firmado de forma algo misteriosa por el «Solution-Focused Collective». A finales del verano de ese año, un grupo de profesionales del enfoque centrado en soluciones, con un interés común por utilizar las ideas y prácticas centradas en soluciones al servicio del cambio social, se constituyó con ese nombre. Tras consultar su contenido con la comunidad centrada en soluciones en sentido amplio, seguimos desarrollando el manifiesto y luego lo publicamos (Solution-Focused Collective, 2019).
En este artículo quiero explorar las conexiones entre la práctica centrada en soluciones y la política, y lo que podría significar pensar de este modo. No abordo esta empresa desde la neutralidad, ya que estoy convencido de la importancia de la acción colectiva y de la necesidad del cambio social. Una de las razones por las que me interesó el debate sobre SF y política en Fráncfort fue que las campañas políticas se habían vinculado a mi vida profesional mientras ocupé la presidencia de la British Association of Social Workers, de 2014 a 2018. En particular, en abril de 2017 participé en un acto llamado «Boot Out Austerity», una marcha de 100 millas para protestar contra las políticas de «austeridad» del gobierno británico, que incluían recortes salvajes en los servicios y en las prestaciones para personas con discapacidad y personas desempleadas. Se trataba de una acción colectiva, llevada a cabo por un grupo de profesionales del trabajo social que querían que la clase política y la opinión pública tomaran conciencia del impacto de esa austeridad y reclamar su fin (la expresión «Boot Out Austerity» es un juego de palabras en inglés: «to boot out» es una expresión coloquial que significa «deshacerse de», mientras que las botas [boots] son, por supuesto, el calzado de quien camina). Los debates de Fráncfort y de las conferencias de 2018 en el Reino Unido y en Estados Unidos me hicieron ver las posibilidades de llevar la práctica centrada en soluciones a tales contextos, y cómo podría utilizarse en ellos. Investigar estas posibilidades podría llevar a más preguntas que respuestas, lo que no es de extrañar dado que nos encontramos en una fase temprana de este proceso. Si estas preguntas son difíciles de responder, entonces, como sugiere Jonathan Franzen (2013), eso haría que valiera mucho la pena plantearlas.
Nota del original
Una versión anterior de este artículo, en polaco, se publicó en el primer número de Polski Biuletyn BSFT a principios de 2018.
En primer lugar, expondré los argumentos a favor de la acción colectiva como respuesta a las dificultades que llevan a las personas a buscar terapia. A continuación, examinaré con mirada crítica algunos aspectos de la práctica centrada en soluciones que podrían obstaculizar su entrada en el ámbito político. La existencia de tales problemas indicaría que es necesario trabajar sobre el enfoque centrado en soluciones para que ese movimiento pueda producirse. Abordaré esta cuestión de dos maneras: en primer lugar, a la auténtica manera centrada en soluciones, considerando las características del enfoque que encajan con una acción más política y colectiva o que ayudarán a adaptarlo a ella. En segundo lugar, propondré algunas ideas para que la práctica centrada en soluciones se adecúe mejor a estas empresas.
Permítanme añadir una breve nota sobre la terminología, ya que las palabras pueden adquirir significados distintos en distintas partes del mundo. Me refiero en particular a la palabra «crítica» del título de este artículo. Se trata, por supuesto, de una palabra de uso cotidiano, en el que a menudo se asocia a lo negativo e incluso a lo destructivo. Colocada delante de «práctica», sin embargo, puede referirse a «enfoques abiertos y reflexivos que tienen en cuenta diferentes perspectivas, experiencias y supuestos» (Glaister, 2008, p8). Nosotros vamos algo más lejos y utilizamos la expresión «práctica centrada en soluciones crítica» para evocar, por ejemplo, la «psicología crítica» y la «psiquiatría crítica», que son perspectivas de sus respectivos campos que se apoyan en la teoría crítica (Fox et al., 2009; Thomas, 2017). Esta tiene su origen en la sociología de la Escuela de Fráncfort, aunque el término designa hoy de forma más amplia las críticas de la sociedad que ponen de relieve y cuestionan las estructuras de poder (Bohman, 2019). La teoría crítica considera que los problemas sociales están determinados más por las estructuras sociales que por factores individuales, y las perspectivas de práctica asociadas consideran, por tanto, el cambio social y la acción colectiva al menos tan importantes como el cambio individual.
En los primeros tiempos de las profesiones de ayuda, la acción colectiva era un rasgo habitual. Por ejemplo, el trabajo social en el Reino Unido fue en sus inicios tanto un enfoque colectivo, que incluía campañas y reformas, como un enfoque aplicado a individuos y familias (Dickens, 2018). La importancia de lo primero frente a lo segundo fue defendida, entre otros profesionales del trabajo social, por Clement Attlee (1920) (más tarde el primer ministro británico responsable de desarrollar el Estado del bienestar de posguerra), lo que a su vez influyó en el trabajo de Jane Addams en Estados Unidos (Knight, 2010). Addams, conocida como la «madre» del trabajo social, se aseguró de que en sus inicios este pusiera un fuerte acento en la reforma. Esto se vio cuestionado por el crecimiento gradual de la psicoterapia y la psicología, más individualizadas, que experimentaron una rápida aceleración en la segunda mitad del siglo XX (Rose, 1990).
El sociólogo C. Wright Mills (1959, p.9) estableció una distinción importante entre los problemas personales y las cuestiones públicas. La ilustró con el caso del desempleo:
Cuando, en una ciudad de 100 000 habitantes, solo un hombre está desempleado, eso es su problema personal, y para aliviarlo examinamos, con razón, el carácter de ese hombre, sus capacidades y sus oportunidades inmediatas. Pero cuando, en una nación de 50 millones de asalariados, 15 millones de hombres están desempleados, eso es una cuestión pública, y no podemos esperar encontrar su solución dentro del abanico de oportunidades abiertas a un solo individuo. La propia estructura de oportunidades se ha derrumbado. Tanto el enunciado correcto del problema como el abanico de soluciones posibles nos obligan a considerar las instituciones económicas y políticas de la sociedad, y no solo la situación personal y el carácter de un puñado de individuos dispersos.
La pertinencia de esta distinción se ha visto reforzada en los últimos años por los efectos de los programas de austeridad aplicados por muchos gobiernos tras la crisis financiera de 2008. El impacto psicológico de la austeridad ha sido ampliamente documentado (McGrath et al., 2015), aunque esto no significa que dicho impacto requiera respuestas individualizadas. La necesidad de una respuesta colectiva ha sido subrayada por grupos de personas usuarias de los servicios, por ejemplo el grupo radical británico de supervivientes de la psiquiatría Recovery in the Bin (2015). Como dijo una persona usuaria de los servicios de salud mental: «El mejor antidepresivo es la acción colectiva» (Curtis, 2018).
La convicción de que se necesitan respuestas colectivas es uno de los rasgos distintivos de los enfoques radicales y críticos en las profesiones de ayuda; otro es la atención al trabajo colaborativo y al empoderamiento de las personas usuarias de los servicios. Aunque podría pensarse que la atención central de la práctica centrada en soluciones a lo que quiere la persona consultante hace de ella un enfoque radical, esta ha seguido siendo una empresa en gran medida individualizada. En un artículo influyente, Miller y de Shazer (1998) pretenden claramente mantener la terapia centrada en soluciones alejada de la política, tal como se entiende habitualmente, y no tratar los problemas de las personas consultantes como problemas sociales. Afirman que, en otro juego de lenguaje, quienes ejercen la terapia centrada en soluciones sí participan en un proceso político, al sustituir los relatos centrados en el problema de sus consultantes por relatos centrados en soluciones. Se trata de un juego de lenguaje que concibe la terapia como un trabajo, que consiste en construir el cambio junto con las personas consultantes, y «esto es lo que la clientela paga a sus terapeutas por hacer» (Miller y de Shazer, 1998, p.367).
La manera en que se conceptualiza aquí la práctica centrada en soluciones está ligada al contexto en el que se desarrolló originalmente, en el que una persona paga honorarios por recibir terapia. Desde entonces se ha extendido a muchos otros contextos y, sin embargo, ha arrastrado consigo los rasgos individualizados y transaccionales del entorno del mercado privatizado. El desarrollo de la terapia centrada en soluciones ha sido prácticamente coextensivo con la era actual del neoliberalismo, y parte de nuestro argumento es que los modelos de práctica dominantes no pueden escapar a la influencia del panorama social y político más amplio. En la era neoliberal, «todas las formas de solidaridad social debían disolverse en favor del individualismo, la propiedad privada, la responsabilidad personal y los valores familiares» (Harvey, 2005, p.23). Así pues, aunque resulta tentador ver el acto de preguntar a la persona consultante lo que quiere como un acto radical, mientras se quede en el plano individual también puede considerarse que contribuye a las «formas en que se anima a los individuos, o incluso se les coacciona, a verse como enteramente responsables de cada aspecto de sus vidas» (Ferguson, 2017, p.76).
La palabra «coacciona» puede parecer fuerte, pero debemos tener cuidado con el modo en que la terapia centrada en soluciones podría utilizarse en programas gubernamentales, junto con otras intervenciones psicológicas, como medio de «psicocompulsión», por ejemplo para devolver a las personas al empleo (Friedli & Stearn, 2015). Hay un precio que pagar por intentar que las personas sean enteramente e individualmente responsables de sus vidas. Como lo expresa Recovery In The Bin (2015), «la autonomía y la autodeterminación solo pueden alcanzarse mediante la lucha colectiva y no mediante el esfuerzo y la aspiración individualistas».
A estas reflexiones sobre el contexto y los límites de preguntar a los individuos lo que quieren se añadiría una crítica de inspiración política del enfoque centrado en soluciones, que se centraría en su falta de atención a la pregunta «¿por qué?». Esta se considera la pregunta central en el trabajo grupal autodirigido (self-directed groupwork), un enfoque de la acción colectiva desarrollado en el seno del trabajo social (Fleming & Ward, 2017), que guarda relación con la pedagogía crítica de Freire (1970). Quienes desarrollaron el modelo de trabajo grupal autodirigido critican los enfoques que saltan directamente de la pregunta «¿qué?» a la pregunta «¿cómo?», sin abordar entre ambas el «¿por qué?». Sostienen que esto limita el alcance de las soluciones a «el mundo privado que rodea a las personas y lo que está dentro de sus conocimientos y experiencias existentes» (Fleming and Ward, 2017). Lo que se sugiere es que preguntar «¿por qué?», sobre todo en un contexto grupal, desarrolla una conciencia crítica y conduce a un abanico más amplio de opciones de acción y de cambio.
Esta atención a los problemas, y al proceso más que al resultado, distingue claramente el trabajo grupal autodirigido de la práctica centrada en soluciones, y en esta fase no está claro qué aportará esta crítica concreta a quien practica el enfoque centrado en soluciones. Pero ¡quién sabe qué síntesis podría surgir de la consideración de un enfoque tan antitético! Lo importante es adoptar una postura crítica y reflexiva respecto de los propios métodos, lo que forma parte en sí mismo de un enfoque político (Warren, 1984). Como mínimo, esto mantendrá vivo nuestro enfoque y nos ayudará a pasar del conformismo al desarrollo y al cambio.
Así pues, parece que queda trabajo por hacer para que la práctica centrada en soluciones se adapte a su uso en un contexto político, como parte de una acción colectiva orientada al cambio social. Si queremos que la práctica centrada en soluciones avance en esta dirección, observemos primero lo que ya está ocurriendo, en busca de «ocasiones» en que ya se dé tal adaptación.
Más arriba formulamos una advertencia respecto del punto de partida centrado en soluciones, que consiste en preguntar a la persona consultante lo que quiere: que esto puede llevar a reducir el cambio social necesario a la búsqueda de objetivos individuales, haciendo recaer una responsabilidad indebida sobre el individuo. Al mismo tiempo, si nos protegemos de ello, preguntar a una persona, o a un grupo de personas, lo que quiere sigue siendo un acto potencialmente radical y empoderador. Daré dos ejemplos. Ferguson (2017) describe las memorias de John Perceval, de 1838, como «quizá el relato más perspicaz y conmovedor jamás escrito por un antiguo paciente sobre la vida en el manicomio» y comparte este extracto (p.37):
Aquella gente actuaba como si mi cuerpo, mi alma y mi espíritu hubieran sido puestos limpiamente bajo su control, para ejercer sobre ellos su malicia y su locura. Mi silencio, supongo, equivalía a consentimiento. Quiero decir que nunca se me dijo: vamos a hacer tal y tal cosa; consideramos aconsejable administrarle tal y tal medicamento, de este o de aquel modo; nunca se me preguntó: ¿Quiere usted algo? ¿Desea, prefiere usted algo? ¿Tiene alguna objeción a esto o a aquello?
Mi segundo ejemplo es colectivo. Hace unos años asistí a una conferencia de trabajo social en Corea del Sur, en la que un grupo de activistas por los derechos de las personas con discapacidad organizó una protesta mientras el ministro pronunciaba su discurso de bienvenida. El público quedó conmocionado por el trato dado a las personas con discapacidad cuando se las retiró del escenario y de la sala, pero al final de la conferencia, tres días después, estaban de nuevo en el mismo escenario, esta vez por invitación de la organización de la conferencia, y pudieron transmitir su mensaje. Esto fue fruto de negociaciones con la entidad anfitriona, aunque también fui testigo de una relación verdaderamente colaborativa que se desarrolló entre las personas activistas con discapacidad y un grupo de activistas del trabajo social presentes en la conferencia, gracias a la cual el grupo de personas con discapacidad obtuvo apoyo para defender su causa. Todo empezó cuando una de las personas del trabajo social encontró el sitio web del grupo de activistas tras la protesta y les envió un correo electrónico que terminaba con esta sencilla pregunta: «¿Qué necesitan de nosotros, qué quieren?» (Shennan, 2016).
Desde hace muchos años, la pregunta inicial del equipo BRIEF de Londres utiliza la palabra «esperanza» en lugar de «querer»: «¿Cuáles son sus mayores esperanzas respecto de nuestro trabajo juntos?» (Ratner et al., 2012). Un libro reciente del estudioso marxista inglés Terry Eagleton (2015) podría explicar la popularidad de esta pregunta concreta, ya que examina las diferencias entre la esperanza y el deseo. El de Eagleton es un análisis rico, que se nutre ampliamente de fuentes políticas, religiosas y literarias, al que no puedo hacer justicia aquí. Destacaré algunas de estas diferencias, que nos alertan sobre los aspectos políticos de la esperanza. En primer lugar, la esperanza, a diferencia del deseo, puede expresar una posibilidad además de un anhelo. «Espero verte en Copenhague en septiembre» sugiere que creo que esto podría ocurrir, mientras que «Ojalá fuera Lionel Messi» no lo sugiere (para quien no siga el deporte, me refiero aquí al mejor futbolista del mundo).
Una consecuencia de este aspecto de la esperanza, el de ser el deseo de algo que se cree posible, es que invita a actuar para su realización. Para Tomás de Aquino, esta acción forma parte de la propia esperanza, que define como «un movimiento… hacia algún bien difícil» (Eagleton, 2015, p.50). Que la esperanza sea una actividad y no un estado mental la hace performativa, es decir, «no es simplemente una anticipación del futuro, sino una fuerza activa en su constitución» (p.84). Como escribió el poeta romántico inglés Shelley en Prometheus Unbound: «esperar hasta que la Esperanza cree / de su propio naufragio aquello que contempla». Eagleton encuentra aquí una explicación de la conexión entre la imaginación romántica y la política radical, y esto podría sugerirnos también que las invitaciones que hacemos a quienes nos consultan para que imaginen futuros preferidos podrían conducir a la acción política (p.85):
El mero hecho de poder imaginar un futuro alternativo puede distanciar y relativizar el presente, aflojando su control sobre nosotros hasta el punto de que el futuro en cuestión se vuelve más factible. Esta es una de las razones por las que la imaginación romántica está vinculada a la política radical. La verdadera desesperanza sería aquella en la que tales imaginaciones fueran inconcebibles.
Esta idea de la esperanza como movimiento y sus implicaciones para la acción política significan que aquí no solo es pertinente la orientación al futuro de la práctica centrada en soluciones, sino también su atención al progreso. Eagleton cita asimismo voces de la teología, como Jurgen Moltmann, que describe el cristianismo como «esperanza, que mira hacia delante y avanza, y por tanto también revolucionaria y transformadora del presente» (p.54). Esto encaja con la atención a los relatos progresivos en la práctica centrada en soluciones (de Shazer, 1991) y apunta a un potencial aún sin explotar para utilizar el enfoque en movimientos radicales, ya sean políticos o espirituales.
También podemos mencionar la atención de la práctica centrada en soluciones a los recursos. Raymond Williams (1983, p.241) describió los movimientos sociales, como el movimiento por la paz y el movimiento feminista, como «recursos para un viaje de esperanza», que a su juicio eran necesarios para ir más allá de la globalización. Al trabajar con movimientos y grupos de personas usuarias de los servicios, quien practica el enfoque centrado en soluciones prestaría normalmente atención a sus recursos, que según Jones y Novak (2014, p.17) incluyen «una comprensión y un conocimiento sin parangón de sus retos y dificultades y de las maneras de afrontarlos». En el caso de las personas usuarias afectadas por la pobreza, esto sería un correctivo muy necesario, ya que estos autores afirman a continuación que «el ingenio de las personas pobres es una contribución muy descuidada a la lucha».
Así pues, parece haber varias maneras en que la práctica centrada en soluciones podría ser ya útil en relación con la acción colectiva y el cambio social y político. Podemos señalar también que el enfoque ya se utiliza con grupos de personas y no solo con individuos, aunque en contextos distintos de los que aquí se consideran. Hay numerosos ejemplos de trabajo grupal centrado en soluciones, en entornos educativos o de tratamiento (Metcalf, 1998; Sharry, 2007), aunque el tratamiento suele dirigirse a individuos que se han reunido solo con ese fin, más que a un trabajo con un colectivo como tal. Es probable que aún queden lecciones que aprender en este terreno, y quizá todavía más de la práctica centrada en soluciones en y con las organizaciones (McKergow & Clarke, 2007). Fuera de la práctica centrada en soluciones, pero vinculado a ella por su atención a los recursos, el desarrollo comunitario basado en activos (asset-based community development) podría ser también una fuente que aprovechar (McKnight & Block, 2010).
Antes de examinar cómo la práctica centrada en soluciones puede volverse más pertinente para el cambio social, abordaré un posible temor sobre la naturaleza del cambio social para el que podría utilizarse el enfoque. En el manifiesto antes mencionado (Solution-Focused Collective, 2019) queda claro que se trata de un movimiento hacia una mayor justicia social. Podría parecer difícil argumentar contra tal objetivo, aunque surgen dos cuestiones. Una es que un término como justicia social es vago y que la justicia, por así decirlo, depende de los ojos de quien mira. Un fin que parece justo a un grupo de la sociedad puede parecerlo menos a otros. La segunda es que, en cualquier caso, este no es el único tipo de cambio social deseado. Existen grupos nativistas y otros grupos racistas que también consideran injustas determinadas estructuras sociales, y no hay razón para suponer que un enfoque centrado en soluciones no pueda utilizarse en la persecución de los objetivos sociales que ellos favorecerían. En respuesta, podemos ver que la misma cuestión se plantea a quienes practican el enfoque centrado en soluciones en el trabajo con individuos, donde las cuestiones éticas deben gestionarse del mismo modo. Esto se aborda explícitamente en los criterios de un «proyecto común» centrado en soluciones
A veces hemos dicho que, cuando podemos resumir en una o dos frases lo que quiere la persona consultante y esto es algo importante para ella, realista en su situación vital actual y ético —lo que significa algo que queremos contribuir a que la persona consultante cree y algo que se sitúa dentro del ámbito legítimo de nuestro trabajo—, entonces tenemos un proyecto. (Korman, 2017)
Del mismo modo, en cualquier sociedad existirán mecanismos para sancionar los proyectos de cambio social, y la disponibilidad de un nuevo enfoque que pueda utilizarse en tales proyectos es neutral respecto de su fundamento ético.
Pasemos por último a lo que podría ayudar a acercar aún más la práctica centrada en soluciones al terreno político. Lo más importante es que debemos abordar esta tarea de forma colectiva. Así como el neoliberalismo ha aislado a las personas con las que trabajan las profesiones de ayuda, también ha fragmentado a las profesiones y los servicios en los que trabajamos. Formar alianzas con profesionales afines es clave y, afortunadamente, hay varios grupos que han dado pasos hacia modelos colectivos de trabajo y de los que podemos aprender. Entre ellos figuran la psiquiatría crítica (Thomas, 2017), la psicología crítica, comunitaria y de la liberación (Fox et al., 2009; Afuape & Hughes, 2016) y el trabajo social radical (Turbett, 2014).
Cada uno de estos grupos ha desarrollado alianzas con grupos de personas usuarias de los servicios. Aunque este es también un aspecto importante de la acción colectiva, plantea a quienes practican el enfoque centrado en soluciones una cuestión que exigirá cierta reflexión. Al menos en el contexto terapéutico, los contactos entre profesionales del enfoque centrado en soluciones y sus consultantes son relativamente fugaces, ya que la o el profesional procura no dejar huellas en la vida de la persona consultante (Insoo Kim Berg, citada en George et al., 1999, p.36). Formar alianzas para el cambio social, que llevarían a profesionales a adentrarse más en la vida de sus consultantes, no encaja fácilmente con esto. Sin embargo, en otros contextos, quienes practican el enfoque centrado en soluciones sí trabajan a más largo plazo con sus consultantes y, además, es probable que la acción colectiva implique actividades de campaña y no únicamente práctica centrada en soluciones tal como se concibe tradicionalmente.
Quizá el cambio más radical de todos, el que permitiría una alianza entre profesionales y personas usuarias de los servicios, se produciría si adoptáramos la posición de Raymond Williams, recogida por Eagleton (2015, p.68), quien «da por sentado que la esperanza no es, en primer lugar, esperanza para uno mismo, sino esperanza para nosotros» (énfasis añadido). En la película de Ken Loach de 2016, I, Daniel Blake, el protagonista que da título a la obra, sometido a la indignidad del sistema británico de seguridad social y al que se le retiran las prestaciones, prepara un discurso que resuena de desafío. Empieza así: «No soy un cliente, ni un consumidor, ni un usuario de servicios…» y termina: «Yo, Daniel Blake, soy un ciudadano, nada más y nada menos». Todas las personas somos ciudadanas, y a todas nos afectan la globalización y las políticas regresivas, como la austeridad y la reducción de los servicios públicos. Así que quizá quienes nos unimos en estas causas comunes podamos utilizar la práctica centrada en soluciones con solo cambiar una palabra de esa pregunta inicial, de «¿Cuáles son sus mayores esperanzas?» a «¿Cuáles son nuestras mayores esperanzas?».
Una versión anterior de este artículo se publicó en el Polski Biuletyn BSFT, y quiero dar las gracias a esa revista y en particular a su editora, Marta Rudnik, por autorizar su publicación en otro lugar. Gracias también a Rayya Ghul, Steve Myers, Marc Gardiner y a las personas que revisaron anónimamente un borrador de esta versión actualizada por sus comentarios.
Referencias
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Artículo original Towards a Critical Solution-Focused Practice?, de Guy Shennan, publicado en Journal of Solution Focused Practices, vol. 4, n.º 1 (2020), doi: 10.59874/001c.75064, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial, con la maquetación adaptada para la lectura en línea. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Towards a Critical Solution-Focused Practice?», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial y presentación adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Shennan, G. (2020). Towards a Critical Solution-Focused Practice?. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/towards-a-critical-solution-focused-practice (Obra original publicada en 2018 en Polski Biuletyn BSFT, n.º 1, 2018 (versión anterior, en polaco); republicada en 2020 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/75064)
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