Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Systems · Familia
Murray Bowen afirmaba no haber leído nada de cibernética cuando elaboró su teoría: su pensamiento sistémico procedía de la observación de la naturaleza. Cuatro figuras de la teoría de Bowen revisan esta intuición a la luz de la genómica social, la psiconeuroinmunología, el estudio de las hormigas y la coevolución del cerebro y la familia. Exponen los conceptos clave (sistema emocional familiar, diferenciación del self, triángulos, proyección familiar, corte emocional) y extraen consecuencias para la sociedad.
Traducción no oficial al español de Natural Systems Thinking and the Human Family, de Daniel Papero, Randall Frost, Laura Havstad y Robert Noone, publicado en Systems (MDPI) (2018), doi: 10.3390/systems6020019, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Tanto la pérdida de conexión como su exceso socavan el funcionamiento del todo y de sus partes.
Daniel Papero, Randall Frost, Laura Havstad y Robert Noone
Resumen
En términos generales, el pensamiento de sistemas naturales se define como una manera de pensar que se esfuerza por conceptualizar el funcionamiento de los organismos vivos como dependiente de fuerzas previsibles que actúan dentro y alrededor de ellos. Los conceptos sistémicos ayudan a poner mejor de relieve la función de esas variables y fuerzas vitales. El psiquiatra Murray Bowen, a lo largo de varios años y de un importante proyecto de investigación en el National Institute of Mental Health (NIMH), desarrolló una teoría de la familia como sistema. Consideraba su teoría una teoría de sistemas naturales, «... concebida para encajar con precisión en los principios de la evolución y en el ser humano como ser evolutivo». El sistema familiar humano, una red de relaciones que vincula a cada miembro de la familia con todos los demás, responde de manera dinámica a su entorno y a las condiciones a las que todos sus miembros deben adaptarse. La conducta de cada miembro de la familia influye en cierta medida en la de todos los demás. Aunque las ideas de una teoría general de sistemas y de la cibernética se estaban desarrollando en la misma época, Bowen declaró que no sabía nada de ellas cuando elaboró su pensamiento. Creía que su orientación sistémica derivaba de su estudio de los sistemas en la naturaleza y no del «pensamiento sistémico» de la época. Un paradigma sistémico emergente en biología y en el pensamiento evolutivo se centra en la conducta colectiva y parece coherente, en principio, con el pensamiento de Bowen sobre la familia. La conducta colectiva de la unidad familiar no puede comprenderse observando las características de las personas que la componen. La familia humana constituye un sistema de adaptación altamente integrado e interactivo. Sus raíces se extienden a lo largo de la trayectoria de la evolución de los homínidos y comparten elementos comunes con otras colectividades surgidas de la evolución. El complejo desarrollo del cerebro humano parece haber coevolucionado con los procesos interaccionales de la familia. La teoría de Bowen ofrece la posibilidad de una teoría integradora de la conducta humana que vaya más allá de la fisiología y la psicología del individuo para abarcar el funcionamiento y la influencia del sistema familiar. Una teoría integradora de este tipo puede ofrecer vías explicativas y de investigación más amplias para comprender los problemas físicos, emocionales y sociales tal como surgen en la actividad humana.
El pensamiento sistémico representa un paradigma emergente en las ciencias de la vida. En lugar de centrarse en el funcionamiento de las partes individuales que componen un todo más amplio, el pensamiento sistémico examina la manera en que las partes interactúan entre sí para crear ese todo, y cómo el todo, a su vez, regula las partes que lo componen. La interacción de ida y vuelta entre las partes y el todo es observable y previsible en los sistemas vivos. El pensamiento sistémico se centra en los hechos: cómo interactúan las partes de una red y en qué condiciones cambian los patrones de interacción. Murray Bowen, psiquiatra e investigador en el ámbito de la familia, aplicó el pensamiento sistémico a la familia humana cuando observó: «La familia es un sistema en el sentido de que a un cambio en una parte del sistema le sigue un cambio compensatorio en otras partes del sistema» [1] (pp. 154–155). En las ciencias naturales, el pensamiento sistémico puede conducir a la formulación de teorías de sistemas naturales capaces de predecir el funcionamiento de unidades biológicas en condiciones determinadas, incluida la manera en que la unidad recibe la influencia de los sistemas más amplios de los que forma parte y también de sus subsistemas.
En este artículo se describen varios ejemplos de sistemas naturales como contexto para presentar la familia como sistema natural. Describimos la corregulación del individuo y del sistema familiar tal como la conceptualizó Bowen en su teoría de la familia como sistema emocional [1]. Proponemos algunas ideas sobre el valor que puede tener esta visión de la familia como sistema natural para contribuir al progreso de la ciencia y al abordaje de los problemas humanos en un mundo cambiante.
El estudio de todas las formas de vida ha conducido inevitablemente a observar procesos interactivos que operan tanto dentro de ellas como entre ellas. Conceptualizar estas observaciones requiere alguna forma de pensamiento sistémico. Como escribe el biólogo molecular James Shapiro, «La ciencia del siglo XXI trata de las interacciones entre múltiples componentes de sistemas complejos, desde los agregados de partículas elementales hasta el comportamiento de las mayores estructuras del cosmos [2] (p. 145)». La observación de procesos interactivos que se producen desde el nivel del genoma hasta el de los ecosistemas ha llevado a una serie de descubrimientos sobre el funcionamiento de sistemas vivos complejos, como los que se citan a continuación.
Estos procesos interaccionales actúan de forma recíproca. Dos o más variables se influyen al interactuar, influyéndose y modulándose mutuamente. Por ejemplo, durante un tiempo la expresión génica se concibió como un proceso unidireccional ADN → ARN → proteínas. Hoy se sabe que el genoma interactúa con los sistemas celulares y otros sistemas del entorno y que puede ser modificado por ellos. La investigación de las últimas décadas ha establecido que las células disponen de sistemas de corrección y reparación para subsanar los errores que se producen cuando el ADN se replica [2].
El campo emergente de la genómica social ha descubierto ciertos tipos de genes sujetos a regulación social [3]. Las vías que conectan estos genes sensibles a lo social con los sistemas neural y endocrino influyen en la capacidad de adaptación. El cuidado parental de las crías durante el periodo perinatal puede regular la expresión de genes que influyen tanto en la conducta parental como en la reactividad al estrés de las crías a lo largo de toda su vida. Estos efectos se mantienen durante las generaciones siguientes [4,5]. En el ser humano, los genomas individuales funcionan de forma diferente según la presencia de otras personas y la manera en que se las percibe [6]. La amenaza, e incluso la percepción de una amenaza, puede influir en la expresión de genes relacionados con la salud y la enfermedad. En consecuencia, la interacción recíproca en una familia puede afectar a la expresión de genes relacionados con la salud y la enfermedad de cada uno de sus miembros.
Durante buena parte del siglo XX se creyó que los sistemas endocrino e inmunitario funcionaban de manera autónoma. El descubrimiento de que estos sistemas expresan mediadores neuropeptídicos y hormonales de interacción similares, así como receptores para estos ligandos y citocinas, llevó a descubrir además que constituyen un sistema altamente integrado e interactivo. Comprender las maneras en que los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario se comunican entre sí ha aportado nuevos conocimientos importantes y nuevas hipótesis sobre las vías a través de las cuales el estrés repercute en las conductas adaptativas implicadas en la autorregulación [7,8]. El reconocimiento de la interacción mutua de estos grandes sistemas fisiológicos de regulación ha permitido comprender mejor la complejidad de dichos sistemas.
El estudio del comportamiento de las hormigas realizado por Deborah Gordon llevó a observar que las colonias constituían sistemas adaptativos complejos que no podían explicarse por el comportamiento de las hormigas individuales. Son las interacciones entre los individuos las que determinan el funcionamiento y la morfología de los miembros de la colonia. Gordon escribe: «…en los últimos 15 años se ha hecho evidente que muchos sistemas biológicos están regulados por redes de interacción entre sus componentes, desde los genes hasta los individuos. Son las colonias, no los individuos, las que se comportan de manera previsible [9] (p.46)».
Los ejemplos citados representan solo algunos de los numerosos descubrimientos surgidos de la observación de entidades en interacción que antes se consideraban separadas y que más tarde se reconocieron como componentes que se corregulan dentro de totalidades más amplias.
El paso de centrarse en entidades individuales, como el gen, a observar su funcionamiento como componentes que interactúan en sistemas más complejos condujo al descubrimiento de procesos reguladores que no podían observarse cuando la atención se centraba en las entidades mismas. Observar el cerebro y la familia a lo largo de su evolución proporciona una base para comprender la familia como un sistema natural que regula a sus miembros individuales y es regulado por ellos.
El pensamiento de sistemas naturales considera todos los sistemas vivos como productos de la evolución que se adaptan continuamente a su entorno. La necesidad de los sistemas vivos de mantener un medio interno estable en medio del cambio adaptativo ha dado lugar a sistemas reguladores cada vez más complejos para asegurar la estabilidad integrada esencial para la supervivencia. La evolución de los sistemas nerviosos y del cerebro permitió integrar criaturas pluricelulares más complejas en organismos únicos, con una mayor capacidad para adaptarse a una gama más amplia de entornos. Durante la mayor parte de la evolución humana, la familia ha estado formada por grandes familias extensas, con múltiples personas a cargo del cuidado de cada bebé y una amplia variedad de interacciones sociales para la criatura en desarrollo. La rápida expansión del neocórtex en el linaje de los homínidos a lo largo de la evolución podría reflejar la ventaja selectiva que proporcionaba para adaptarse a la complejidad social de la vida en grandes clanes [10].
La coevolución de la familia y el cerebro, construida sobre los vínculos de apego entre la madre y su descendencia propios de nuestros antepasados mamíferos, implicó profundas adaptaciones en la biología de los homínidos [11]. El desarrollo del cerebro humano exige un periodo prolongado de dependencia respecto de las figuras parentales y de los demás miembros de la familia. El desarrollo del neocórtex se produce en gran parte después del nacimiento. Tras duplicar su tamaño en el último medio millón de años, el cerebro humano evolucionó en el contexto de un sistema interaccional familiar también en evolución. El ser humano es el único gran simio que presenta una crianza cooperativa, la cual implica un mayor nivel de tolerancia social, una mayor sensibilidad a las señales sociales y el cuidado parental activo de las crías por parte de otros miembros del grupo. Se postula que el cuidado cooperativo aportado por el padre y por otros miembros de la familia, como las abuelas y los abuelos, permitió un periodo de desarrollo prolongado de la descendencia, así como un entorno social más complejo que exigía una mayor inteligencia, por ejemplo una teoría de la mente, para lograr una adaptación satisfactoria. Como escribe el neurocientífico John Allman [12]: «…el desarrollo del cerebro hasta el nivel de complejidad del que gozamos —y que hace nuestra vida tan rica— dependió del establecimiento de la familia humana como unidad social y reproductiva (p. 2)».
De 1954 a 1959, el psiquiatra Murray Bowen dirigió un notable proyecto de investigación en el National Institute of Mental Health (NIMH) de Bethesda, Maryland. Familias enteras con un miembro diagnosticado de esquizofrenia vinieron a vivir al Clinical Center durante periodos de duración variable. El equipo de investigación observaba a las familias las veinticuatro horas del día y tomaba notas detalladas de todas las interacciones. El campo de observación se amplió rápidamente para incluir también al personal del hospital en su relación con los distintos miembros de la familia y con la familia en su conjunto. En cierto sentido, Bowen llevó a cabo un estudio de campo de la familia humana, registrando el flujo y reflujo de sus procesos de un momento a otro.
Bowen procedió de forma inductiva, apoyándose en su conjunto de datos de observación para formular proposiciones teóricas. Pronto se dio cuenta de que la conducta de cualquier miembro de la familia está vinculada a la conducta de los demás miembros. La familia se comporta como un todo, una unidad, análoga a un organismo. Profundas conexiones emocionales unen a los miembros de la familia entre sí. La conexión emocional se expresa en secuencias de conducta interaccional (patrones) que aparecen y se desvanecen en función de los niveles de ansiedad y estrés de los miembros de la familia. Por ejemplo, cuando una persona se desliza hacia la disfunción, otra parece aumentar su propio funcionamiento para compensar. Cuando una persona se altera, otra interviene para intentar calmar la situación.
Bowen había descubierto lo que acabaría llamando el sistema emocional familiar (SEF). Los miembros de la familia aparecen conectados y corregulados. Dentro del sistema emocional, muestran una sensibilidad exquisita los unos hacia los otros. Intercambian estados afectivos interdependientes y revelan una reactividad emocional instintiva recíproca. Ciclos interconectados de reactividad emocional producen secuencias interaccionales que surgen y se desvanecen en relación con el estrés y la tensión emocional en diversas relaciones. Como parte del SEF, los miembros de la familia participan en un marco perceptivo compartido. La fusión psicológica familiar incluye conjuntos de percepciones e interpretaciones de los demás y del entorno externo, así como nociones sobre lo que hay que temer y sobre cómo responder ante una amenaza. En el SEF, la emoción proporciona a los miembros de la familia una energía motivacional que se expresa en las interacciones relacionales.
Bowen propuso que las personas de una familia responden continuamente a dos instintos o fuerzas poderosas. La primera consiste en ser un individuo emocionalmente autónomo, libre de las restricciones de las relaciones para perseguir sus propios objetivos y planes. La segunda consiste en estar en conexión con los demás y formar parte del grupo. Llamó a estas presiones las «fuerzas de unión-individualidad» [1] (p. 277). Cada persona alcanza para sí misma un equilibrio entre estas dos fuerzas. Cada familia refleja además un equilibrio familiar más amplio de dichas fuerzas. Cuando este se altera, se observa que entran en juego mecanismos de reequilibrio o de reestabilización para sostener y restablecer el equilibrio. Estos mecanismos compensatorios pueden compararse con los mecanismos alostáticos del organismo. Parecen redistribuir cantidades de ansiedad y de estrés dentro del sistema.
La presión constante que pesa sobre la familia para adaptarse a condiciones cambiantes afecta al equilibrio entre unión e individualidad. Bowen observó que, a medida que aumentan la ansiedad y el estrés, los miembros de la familia incrementan la presión que ejercen unos sobre otros para que permanezcan conectados, vean el desafío y respondan a él de la misma manera, y antepongan el bienestar de la familia al propio. Ante el aumento de la presión hacia la unión, las personas reaccionan emocionalmente sin reflexionar con detenimiento. Algunas renuncian a parte de su individualidad para plegarse a la exigencia de conexión y unidad. Otras pueden rebelarse. Otras aún pueden retirarse en silencio. Si la situación se prolonga, la familia se reajusta con una proporción entre unión e individualidad que se convierte en la nueva norma del sistema.
Bowen observó que las personas difieren en su capacidad de funcionar bajo estrés. Algunas son capaces de mantener un pensamiento cuidadoso que utilizan para guiar su conducta cuando están bajo presión. Parecen capaces de conservar sus habilidades cognitivas en situación de estrés. Otras parecen perder su capacidad de autorregularse y se apoyan automáticamente en el instinto o la emoción para orientarse. Bowen propuso una escala teórica de diferenciación del self, que sitúa la variabilidad individual en la autorregulación y en la capacidad de mantener el funcionamiento cognitivo bajo estrés en un continuo que va de quienes tienen menos capacidad a quienes tienen más. El equilibrio entre individualidad y unión refleja el nivel de diferenciación del self. Los niveles de diferenciación más altos presentan un equilibrio más igualado entre las dos fuerzas, mientras que los niveles más bajos se inclinan más hacia la unión.
El nivel de diferenciación del self refleja, para cada persona, las trayectorias de desarrollo integradas de la agencia y la autonomía, la competencia y la madurez. Se expresa en el desarrollo por parte de la persona de principios que guían su conducta, en la capacidad de regular su conducta en la búsqueda de objetivos, en su tolerancia a la ansiedad, al estrés y al miedo y en su capacidad para gestionarlos, así como en la capacidad de mantener el contacto con otras personas importantes cuyos objetivos y metas pueden diferir de los suyos.
La interacción entre los niveles de estrés y de diferenciación del self produce el dinamismo observable en las familias humanas. La tensión (producto de la ansiedad y el estrés individuales e interpersonales) puede entenderse mejor como una carga, un lastre o un esfuerzo que pesa sobre la capacidad del sistema familiar para mantenerse y adaptarse a condiciones cambiantes. A medida que aumenta la tensión en una familia determinada, el sistema familiar responde con patrones fijos de conducta individual e interaccional que aparecen y se desvanecen según las condiciones de estrés. Estos patrones parecen redistribuir cantidades de ansiedad y de estrés dentro del sistema. Las personas vulnerables asumen o encarnan mayores cantidades de ansiedad y de estrés que los miembros de la familia menos susceptibles. Los miembros más vulnerables son quienes tienen más probabilidades de desarrollar un síntoma físico, emocional o social.
Los niveles de ansiedad y de estrés crecen y decrecen tanto en el plano individual como en el sistema familiar. Con sus subidas y bajadas, los niveles de tensión aumentan y disminuyen. A medida que aumenta la tensión en el sistema familiar, surgen los patrones de conducta mencionados, que parecen reflejar la tensión y, al mismo tiempo, limitar sus efectos. Las familias parecen diferir en la cantidad de tensión crónicamente presente en el sistema familiar. Algunas tienen poca; otras, mucha. Una familia crónicamente tensa afronta los desafíos del momento con una menor capacidad de reserva para adaptarse.
El conflicto, la distancia y un patrón que Bowen describió como una «reciprocidad sobreadecuado-inadecuado» [1] (p. 27) crecen y decrecen, por lo general dentro de la pareja conyugal en una unidad familiar nuclear. Por ejemplo, en un sistema familiar determinado, una relación (una pareja conyugal, un dúo formado por una figura parental y su hijo o hija, una pareja de hermanos) parece ser la más sensible al aumento de la tensión. A medida que la tensión sube, esa relación sensible puede mostrar más fricción interpersonal. O bien sus integrantes pueden distanciarse, evitándose y dejando de hablarse. Los patrones de conflicto y de distancia pueden alternarse en la pareja. Periodos de conflicto intenso pueden alternar de forma recurrente con periodos de retirada. El patrón sobreadecuado-inadecuado describe las conductas entrelazadas de dos personas. Una funciona de manera más competente por la díada, mientras que la otra acepta la posición inadecuada para evitar la incomodidad del conflicto interpersonal. La persona que parece más adecuada parece ganar fuerza emocional de esa postura, en contraste con la persona menos adecuada, que parece ceder fuerza.
Las relaciones con múltiples lados, más allá de la díada, adoptan patrones repetitivos de interacción a tres bandas conocidos como triangulación. El carácter dinámico y repetitivo de estos patrones recurrentes crea una estructura o un orden de la interacción familiar que opera de manera previsible bajo la superficie, a veces turbulenta, de las relaciones familiares. La triangulación aparece en una red de relaciones cuando se genera tensión entre dos personas. Cuando esa tensión supera la capacidad de la persona para mantener su diferenciación del self, esta se mueve de forma previsible para implicar a una tercera persona. Dentro de la familia, la tercera persona elegida es alguien que tiene importancia emocional para la díada en tensión. Por ejemplo, a medida que aumenta la tensión entre miembros de la fratría, normalmente uno de sus miembros se acercará a una figura parental con una queja o una historia sobre otro. El movimiento va acompañado de una comunicación dirigida a la tercera persona sobre la otra persona difícil o sobre la relación difícil. La comunicación incluye un contenido (la historia que se transmite) y una emoción (una valencia o carga que la persona que comunica inyecta en la comunicación). Por ejemplo, el niño o la niña que intenta implicar a la figura parental presenta su relato con un tono de voz quejumbroso y lastimero, un semblante tenso y un carácter de exigencia que a la figura parental le resulta difícil ignorar.
Con la implicación de la tercera persona, la ansiedad y la tensión entre las dos personas iniciales pueden ahora circular por tres relaciones en lugar de por una sola. Quien inicia el movimiento de triangulación encuentra ahora una alianza con la figura parental, y la tensión se desplaza a la relación entre el segundo hijo o hija y la figura parental. El patrón puede volver a desplazarse: la alianza se recompone entre la fratría y la figura parental queda de nuevo en la posición exterior. Puede desplazarse una vez más y dar lugar a una cercanía entre el segundo hijo o hija y la figura parental, dejando en la posición exterior a quien se había quejado en un principio. El triángulo permite que el estrés y la tensión se desplacen entre las distintas relaciones, evitando el deterioro de una persona concreta por efecto del estrés. Cuando la tensión disminuye en conjunto, los patrones del triángulo se repliegan como si estuvieran latentes, y vuelven a surgir cuando la tensión aumenta de nuevo, como inevitablemente ocurre.
Dentro del triángulo se producen movimientos previsibles. Cuando la tensión entre dos personas es alta, una de ellas intentará alcanzar la posición exterior e implicar a otra persona en la posición de tensión de la díada. Por ejemplo, cuando surge tensión entre una figura parental y un o una adolescente, este o esta puede quejarse de la situación ante la otra figura parental. Esta queja puede transferir la tensión a la relación entre las figuras parentales, dejando al o a la adolescente en la posición exterior y relativamente al margen de la tensión entre ellas. Cuando el sistema relacional está relativamente tranquilo, la posición exterior resulta menos cómoda, y quien está fuera hará algún esfuerzo por apartar a otra persona de la cercanía que percibe entre ella y una tercera, y por crear una nueva díada cercana consigo. Por ejemplo, una hija que percibe que ocupa una posición exterior respecto de su madre puede chismorrear con ella sobre la hermana de la madre, su tía. Madre e hija forman una alianza temporal estrecha centrada en sus percepciones compartidas de la tía. La tensión se desplaza entonces a la relación entre la tía y la madre. Existen innumerables variantes de estos patrones básicos de triangulación, que pueden observarse produciéndose y repitiéndose de manera previsible en una familia determinada en función de los niveles de tensión. Cuando los efectos de la ansiedad, del estrés y, en última instancia, de la tensión no pueden gestionarse dentro de un solo triángulo, una de las tres personas se acerca a una cuarta, creando un conjunto exponencialmente mayor de triángulos, cuyas diversas posiciones interiores y exteriores permiten gestionar los efectos de la tensión con el menor deterioro posible para cada persona.
Un triángulo importante implica a las figuras parentales y a un hijo o una hija. Dentro de una fratría, por lo general hay un hijo o una hija que parece tener con las figuras parentales una implicación emocional mayor que el resto. Esa criatura vigila la tensión de sus figuras parentales y responde a los aumentos de tensión con cambios de conducta que atraen su atención preocupada. Las figuras parentales, igualmente sintonizadas con ella, se centran ansiosamente en la criatura. En esa atención preocupada, la tensión parental disminuye, ya que las figuras parentales parecen cooperar para abordar el «problema» del hijo o de la hija.
Por ejemplo, una madre de tres hijos se preocupa con frecuencia por el mayor, un varón. Lo percibe como menos capaz de cuidar de sí mismo y necesitado de su orientación. Ella y el padre, que comparte este punto de vista, intentan apartar los obstáculos del camino del hijo, librando sus batallas por él, interpretando sus actos ante los demás, intentando sostenerlo y protegerlo de la angustia y del fracaso. El hijo, de forma recíproca, se presenta como frágil e incompetente, lo que refuerza la perspectiva de sus padres. Ambos ven a los otros dos hijos como más robustos y competentes, y les preocupa menos su desarrollo y sus decisiones vitales.
El carácter relativamente fijo de este triángulo concreto limita la separación de la criatura respecto de sus figuras parentales. El hijo o la hija que ocupa esta posición sale del proceso de desarrollo con un nivel de diferenciación del self menos desarrollado que el del resto de la fratría. Bowen destacó este triángulo particular como un mecanismo central en la transmisión de niveles variables de diferenciación del self de las figuras parentales a la descendencia, y lo llamó proceso de proyección familiar. Dicho de otro modo, la implicación parental diferenciada con cada hijo o hija transmite niveles variables de diferenciación del self a la generación siguiente.
Un patrón amplio se refiere a la conexión entre las unidades generacionales de la familia extensa. Las conexiones entre las figuras parentales, su descendencia adulta y sus nietos y nietas reflejan las experiencias del sistema familiar a lo largo del tiempo. El grado de conexión entre una familia nuclear y sus familias extensas parece desempeñar un papel importante en el funcionamiento de la familia nuclear [1]. Las familias difieren considerablemente en el grado de conexión que mantienen con sus familias extensas. Algunas mantienen un buen contacto, ampliamente, entre generaciones. Otras mantienen un contacto infrecuente y limitado, con visitas de compromiso ocasionales. Otras, por último, muestran un corte completo, sin contacto alguno. Cuando las familias conservan una buena conexión y un buen contacto entre generaciones, las familias nucleares parecen desarrollar menos disfunciones o síntomas que en las familias donde la conexión es más débil [13].
Al igual que las secuencias de movimientos predeterminadas de una danza, estos patrones surgen y se repliegan en la familia, marcando los repuntes de estrés y de ansiedad. Algunos aparecen y cambian rápidamente, a la manera dinámica de un caleidoscopio. Algunos patrones se fijan y pierden su capacidad de respuesta flexible. A medida que los patrones se vuelven más rígidos, los miembros de la familia que participan en ellos parecen más susceptibles de desarrollar síntomas. Con estudio y experiencia, quien observa puede predecir la aparición de conjuntos de patrones recíprocos en una familia concreta. Aunque las cuestiones o los desafíos (el contenido) de la familia cambien con el tiempo, las observaciones clínicas sugieren que los patrones de respuesta (el proceso) parecen repetirse en su vínculo con los distintos grados de tensión en la familia.
El trabajo clínico derivado de la teoría de los sistemas familiares tiene por objetivo favorecer el funcionamiento de la unidad familiar y no solo la conducta de una persona sintomática. La o el profesional de la clínica y la familia trabajan para desplazar la atención desde el miembro individual de la familia hacia el contexto y los procesos de las relaciones familiares. Se anima a las familias a observar primero cómo se comporta el sistema familiar y en qué condiciones lo hace. ¿Quién está implicado, dónde se produce la interacción, qué ocurre y cuándo ocurre? Los hechos cobran importancia, y las personas se esfuerzan por separar la información factual de la opinión y la creencia.
Los miembros de la familia que están motivados empiezan a identificar los patrones de interacción recíprocos y repetitivos en los que se inscribe un síntoma o una dificultad concreta. Cada miembro de la familia intenta reconocer, y modificar lentamente, su propia participación automática en ese patrón. Se esfuerza por permanecer presente en las relaciones tensas gestionando su propia reactividad emocional ante los demás. Elabora planes para gestionarse a sí mismo o a sí misma en el proceso familiar y para llevarlos a cabo. El objetivo pasa a ser pequeños cambios sostenibles en el propio funcionamiento. Estos pequeños desplazamientos parecen tener efectos a largo plazo en el funcionamiento del SEF.
La terapia de los sistemas familiares, basada en este modelo, lleva el potencial del pensamiento de sistemas naturales sobre la familia al ámbito de la psiquiatría y de las profesiones de ayuda. Los principios y el método pueden generalizarse a otros grandes grupos y organizaciones en los que profesionales de la consultoría y del coaching intentan aplicar el pensamiento sistémico a su trabajo.
El pensamiento de sistemas naturales de la teoría de Bowen ha hecho avanzar nuestra comprensión de la familia como sistema emocional. Ha puesto de manifiesto cómo el sistema emocional familiar produce problemas de salud, de conducta y de relación. De esta visión sistémica han surgido principios para orientar la conducta y mejorar los procesos emocionales y conductuales de la familia que producen problemas originados en ella. Los principios que rigen el funcionamiento del sistema emocional familiar aparecen también en patrones de funcionamiento de otros sistemas naturales. Se plantea la hipótesis de que el sistema familiar, y la manera en que corregula las partes y el todo, podría servir de modelo para la teorización y la investigación científicas sobre otros sistemas naturales más allá de la familia. El conocimiento de los sistemas humanos podría beneficiarse a su vez de lo que se aprenda sobre lo que es igual y lo que es diferente en otros sistemas naturales. Esto es lo que se denomina pensamiento de sistemas naturales, y es coherente con la visión de Bowen de una ciencia vigorosa de la conducta humana capaz de guiar el progreso de la psiquiatría, la medicina y otras disciplinas aplicadas.
Bowen identificó una relación previsible entre el modo en que funciona la unidad familiar y la capacidad de adaptación o el nivel de funcionamiento de cada uno de sus miembros. Cuando se observan en otros sistemas naturales procesos similares entre el grupo social y sus miembros, ello contribuye al progreso de la ciencia que E.O. Wilson llama consiliencia. La consiliencia se produce cuando las observaciones «saltan juntas» por encima de las fronteras de las disciplinas científicas y se convierten en la base de una teoría sólida que integra los conocimientos existentes y proporciona un fundamento firme para la investigación y el descubrimiento continuos [14]. El biólogo evolutivo Ernst Mayr escribió que el progreso científico se basa más en los avances de la conceptualización que en hechos nuevos [15] (p. 23). En esta línea, Bowen creía que la esquizofrenia y las enfermedades emocionales graves no se comprenderían plenamente hasta que las disciplinas de las ciencias biológicas y sociales pudieran entenderse todas dentro de un único marco de referencia.
Bowen creía también que el estudio de los sistemas vivos conduciría a una teoría general de los sistemas naturales ([1] p. 46, p. 354 y [16]). Llegó a reunir dos grandes clases de conducta reconocidas en psicología y en las ciencias del comportamiento: la conducta refleja y ligada al estímulo, y la conducta más flexible que puede estar bajo el control de la persona [17,18,19]. El concepto de escala de diferenciación refleja la variación entre las personas en la combinación de estas dos clases de conducta y las diferencias correspondientes en sus niveles de funcionamiento adaptativo. Entre las preguntas de investigación figuran cómo se relaciona el concepto de diferenciación con la conducta adaptativa en otras especies y en qué medida el concepto de diferenciación del self en el sistema emocional puede servir de marco integrador para estudiar las interacciones entre el funcionamiento del individuo y el del grupo en toda la gama de conductas adaptativas que abarcan las ciencias del comportamiento.
Los principios que regulan la interacción de los individuos en las unidades sociales de otras especies parecen basarse en procesos relacionados con los procesos de individualidad y de unión observados en el sistema familiar humano [1]. En la familia humana, la conducta impulsada por la reactividad emocional en las relaciones refleja presiones familiares hacia la unión que erosionan la autonomía emocional, la capacidad de autorregulación y la conducta reflexivamente guiada de los miembros de la familia. Si ese proceso de erosión va demasiado lejos, la viabilidad y la estabilidad de toda la familia se ven comprometidas. El biólogo evolutivo John Bonner examinó especies que van desde las amebas hasta los seres humanos, observando la integración y el aislamiento de los organismos respecto de los grupos más amplios de los que forman parte. Observó, en todos los niveles de vida que estudió, que la viabilidad de los individuos depende de su integración funcional como parte del sistema más amplio y que la viabilidad del grupo depende de la integridad funcional de sus componentes individuales dentro del sistema más amplio [20] (pp. 229–246). Tanto la pérdida de conexión como su exceso socavan el funcionamiento del todo y de sus partes.
El desgaste de la aptitud individual de algunos individuos, que beneficia el funcionamiento de otros y del grupo en su conjunto, parece operar también en otras especies sociales, sobre todo cuando el estrés aumenta la intensidad de los patrones relacionales. En el ser humano, algunos miembros de la familia absorben las tensiones familiares y son más vulnerables a las descompensaciones y a los síntomas clínicos. Esto deja a otros miembros de la familia más libres de tensiones y capaces de funcionar a un nivel más alto, lo que beneficia al grupo. Esta canalización de la tensión del sistema hacia unos más que hacia otros es común tanto en las sociedades humanas como en otros grupos sociales de primates, que transfieren la ansiedad, a menudo hacia individuos reactivos o aislados situados más abajo en una jerarquía social estable [21]. Este proceso de canalización de la reactividad al estrés se encuentra en sistemas naturales muy alejados del ser humano en la evolución. Puede encontrarse en los principios que regulan el funcionamiento de las amebas de los mohos mucilaginosos. Cuando las amebas individuales de estos mohos se agregan, las que son más reactivas a las tensiones adaptativas a medida que estas aumentan se convierten en individuos no reproductores. Estos individuos mueren al formar un pedúnculo que sostiene el cuerpo fructífero del colectivo, donde otros individuos sobreviven y se reproducen [22,23]. Muchos procesos relacionales de otras especies parecen estrechamente relacionados con principios de funcionamiento que subyacen a la familia humana y que también conducen a variaciones en los niveles de funcionamiento adaptativo dentro de las unidades funcionales de los sistemas sociales de la naturaleza y entre ellas [24].
El pensamiento de sistemas naturales aplicado a la familia ha producido una manera de comprender las condiciones en las que se sostienen relaciones satisfactorias y altos niveles de funcionamiento para un mayor número de miembros de la familia. Unas relaciones viables con la familia extensa pueden ayudar a la familia a gestionar la ansiedad. Cuanto mayor es la red de triángulos entrelazados, mayor es el número de vías por las que la ansiedad puede transferirse y circular en el sistema sin fijarse en un miembro de la familia o en una relación concreta ni dañarlos. Esta es una de las maneras en que la integridad del sistema extenso en su conjunto repercute en el individuo. Además, las tendencias automáticas a la polarización y al corte emocional pueden moderarse, y las ventajas de la conexión pueden mantenerse, cuando las relaciones se basan en la diferenciación del self. Con niveles de diferenciación más altos, las relaciones tienen más probabilidades de mantenerse incluso cuando el estrés las tensiona y la ansiedad se intensifica. Con la visión más amplia que caracteriza los niveles de diferenciación más altos, el pensamiento predomina sobre la reacción emocional. Las tensiones relacionales se toman de forma menos personal, la culpa se atribuye con menos ligereza y la tolerancia a la diferencia se alcanza con más facilidad. La experiencia clínica ha aportado pruebas convincentes, además de las observaciones originales de Bowen, de que los esfuerzos individuales por aumentar el propio nivel de diferenciación en la familia contribuyen a moderar la reactividad relacional y mejoran las posibilidades de estabilidad y flexibilidad del sistema familiar en su conjunto [1].
Bowen teorizó, en su concepto de proceso emocional social, que las mismas fuerzas emocionales que operan en la familia operan en la sociedad en general. El equilibrio entre las fuerzas de individualidad y de unión que constituye el nivel de funcionamiento o nivel de diferenciación de la familia constituye también el nivel de funcionamiento de la sociedad. La teoría propone que la manera en que la sociedad ha interactuado con la naturaleza ha provocado la degradación del medio natural del que dependemos. En consecuencia, la ansiedad crónica en la sociedad ha ido en aumento. En la sociedad, como en la familia, el aumento de los patrones de funcionamiento emocionalmente reactivos y la disminución de los niveles funcionales de diferenciación producen regresiones sociales, todo lo cual ocurre en condiciones de ansiedad crónica sostenida. A medida que aumentan los niveles sociales de ansiedad crónica, aumentan también los niveles de ansiedad en las familias. El proceso de proyección se activa aún más en la familia y repercute negativamente en la maduración adaptativa de la generación más joven. Prueba de que se están produciendo estos efectos negativos es el informe, bastante asombroso, según el cual el 75 por ciento de las personas estadounidenses de 17 a 24 años no cumplía en 2009 los requisitos para incorporarse a las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Es decir, 26 millones de jóvenes estadounidenses no reunían las condiciones para el servicio militar debido a una educación insuficiente, a antecedentes delictivos, al sobrepeso, a la obesidad y a problemas de salud física y mental [25].
El conocimiento de los principios de funcionamiento del sistema emocional familiar ofrece al ser humano opciones para trazar un rumbo a través de una ansiedad crónica creciente, nacida de sistemas naturales cada vez más amenazados y amenazantes. Proporciona principios de funcionamiento orientados a la gestión de uno mismo en relación con los demás y al uso del conocimiento de los sistemas emocionales para guiar la conducta en favor del bien común. Son los principios de funcionamiento orientados a la diferenciación del self en el sistema emocional, bien conocidos por quienes practican la clínica según la teoría de Bowen. Su objetivo es aumentar los niveles de funcionamiento de las personas y de los sistemas más amplios de los que forman parte, y contrarrestar el impacto emocionalmente regresivo de la ansiedad crónica sobre las relaciones y sobre el funcionamiento individual en la familia y en la sociedad.
Comprender a las personas y a sus grupos como sistemas emocionales, en los que la reiteración constante del funcionamiento emocional individual repercute en el grupo, que a su vez repercute en el individuo, proporciona al ser humano una base para cambiar el futuro. Según la teoría, un cambio social a mayor escala sería posible si un número suficiente de líderes clave se dedicara a trabajar en su propia diferenciación del self como manera de influir en los sistemas más amplios de los que forman parte. El desafío consiste en salir de los patrones de conducta automáticos y emocionalmente reactivos, a pesar de la ansiedad crónica que los alimenta, para avanzar hacia un pensamiento y unas acciones basados en principios responsables a largo plazo. Esto es también lo que entendemos por pensamiento sistémico y lo que creemos que constituye el potencial del pensamiento sistémico para la condición humana.
Complexe Systémique: puntos clave
Este texto recuerda una singularidad a menudo olvidada: el pensamiento sistémico de Bowen no procede ni de Bateson ni de la cibernética, sino de la biología evolutiva y de la observación de familias enteras hospitalizadas en el NIMH. Su valor clínico reside en la claridad con que expone las nociones básicas: la tensión circula en el sistema, se fija en el miembro más vulnerable, se desplaza a través de los triángulos, y el trabajo consiste en cambiar la propia parte en el patrón en lugar de cambiar a la otra persona. Ofrece además una clave de lectura de los cortes emocionales y del valor protector de los vínculos extensos. Conviene, no obstante, mantener una distancia crítica. Las analogías con las amebas y las hormigas son sugerentes, no demostrativas; el paso a la sociedad, y el argumento extraído de la aptitud militar de la juventud estadounidense, sigue siendo especulativo; la idea de que unos «líderes clave» podrían cambiar la sociedad trabajando en su diferenciación merece debate. Para la práctica queda una postura: observar los hechos y los procesos antes que el contenido, y aspirar a cambios pequeños y sostenibles. Puede leerse junto con el estudio sobre la diferenciación del self y la mentalización en la pareja y el artículo sobre la homeostasis.
Notas del original
Contribuciones de la autoría. Las cuatro personas firmantes contribuyeron a la conceptualización y a la redacción de este artículo. Cada una se encargó de secciones concretas, que luego se integraron en el artículo.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
Referencias
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Traducción no oficial al español de Natural Systems Thinking and the Human Family, de Daniel Papero, Randall Frost, Laura Havstad y Robert Noone, Systems, vol. 6, n.o 2 (2018), doi: 10.3390/systems6020019, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Natural Systems Thinking and the Human Family», publicado en Systems (2018) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Papero, D., Frost, R., Havstad, L., y Noone, R. (2018). Natural Systems Thinking and the Human Family. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/natural-systems-thinking-and-the-human-family (Obra original publicada en 2018 en Systems, 6(2), 19 (2018); republicada en 2018 por Systems, https://www.mdpi.com/2079-8954/6/2/19)
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