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El texto del artículo es el original en español. Los elementos editoriales añadidos por Complexe Systémique (presentación, puntos clave, notas) se han traducido con la ayuda de la inteligencia artificial.

Red Sistémica · Psicoterapia

Sobre resiliencia. El pensamiento de Boris Cyrulnik

Médico y psicoanalista argentino, una de las figuras que introdujeron la resiliencia en América Latina, Aldo Melillo recorre aquí la trayectoria de Boris Cyrulnik y expone los ejes de su pensamiento: la necesidad del otro humano, la estructura en oxímoron del sujeto herido, la distinción entre trauma y prueba, los tutores de resiliencia. Añade su propia lectura psicoanalítica —escisión del yo, mecanismos de desprendimiento, apuntalamiento de la pulsión— y recuerda que promover la resiliencia no exime a nadie de combatir las injusticias que producen las heridas.

Autor Aldo Melillo, médico, psicoanalista, ex secretario de Salud y Medio Ambiente de la Ciudad de Buenos AiresPrimera publicación Perspectivas Sistémicas, n.º 85, marzo-abril de 2005Edición Complexe Systémique, con el acuerdo de Red Sistémica

«La resiliencia es el hecho de arrancar placer, a pesar de todo.»

Boris Cyrulnik

Nota de la edición

El artículo original reproduce largos pasajes, traducidos al español, de libros y entrevistas de Boris Cyrulnik, autor vivo publicado en francés. En esta edición hemos restituido su contenido en estilo indirecto, conservando entre comillas solo fórmulas breves y manteniendo cada referencia bibliográfica en su lugar; el resto del texto de Aldo Melillo se reproduce tal como fue publicado. Para encontrar las citas en su extensión original, pueden consultarse las obras citadas al final del artículo o la versión publicada por Red Sistémica, cuyo enlace figura al pie de la página.

El hombre y su trayectoria

La persona

Nacido en Burdeos en 1937 en una familia judía, Boris Cyrulnik sufrió la muerte de sus padres en un campo de concentración nazi del que él logró huir cuando solo tenía 6 años. Tras la guerra, deambuló por centros de acogida hasta acabar en una granja de la Beneficencia. Por suerte, unos vecinos le inculcaron el amor a la vida y a la literatura y pudo educarse y crecer superando su pasado (1).

No es ni mucho menos gratuito que el D.r Cyrulnik haya indagado tan a fondo en el trauma infantil: con siete años vio cómo toda su familia, emigrantes judíos de origen ruso, eran deportados a campos de concentración de los que nunca regresaron. Lo dijo en una frase: «No es fácil para un niño saber que le han condenado a muerte». Era el típico caso perdido, un «patito feo» condenado a llegar a la edad adulta convertido en un maltratador, un delincuente o un tarado.

Su desarrollo

Su «resiliencia» personal, su nexo de unión con la vida, fueron las personas, los libros y el rugby. Preguntado por su orientación, explica que estudió medicina por un deseo de seguridad, de integración, y que la deportación de su familia no es evidentemente ajena a su decisión de orientarse hacia la psiquiatría: explorar la mente humana y dar un sentido a lo incomprensible (1).

Dar un sentido a la vida es un aspecto inescindible del proceso resiliente.

Boris Cyrulnik se transformó en un neuropsiquiatra, psicoanalista y estudioso de la etología, siendo uno de los fundadores de la etología humana.

La resiliencia y la psicología

La resiliencia se define como la capacidad de los seres humanos sometidos a los efectos de una adversidad, de superarla e incluso salir fortalecidos de la situación.

Uno de los mayores aportes de nuestro autor gira alrededor de colocar el concepto de resiliencia en una relación privilegiada con la psicología. Para Cyrulnik, la diferencia entre las escuelas psicológicas norteamericana y latina (europea y, agregamos, latinoamericana) reside precisamente en la aceptación de la «resiliencia». En la escuela estadounidense apenas se da crédito a este concepto, que para Boris Cyrulnik está empíricamente demostrado a través de múltiples experiencias (2).

En «Algunos fundamentos psicológicos del concepto de resiliencia» (3), antes de entrar en contacto con el pensamiento de Cyrulnik, planteamos con las Lic. Mirta Estamatti y Alicia Cuestas cómo se podía justificar el desarrollo de los pilares de la resiliencia (a partir de su descripción por Edith Grotberg) desde una perspectiva psicológica, puntualizando la necesidad del «otro» humano para que todos y cada uno de los pilares se construyeran en la trayectoria histórica del sujeto. Esto facilita la comprensión de qué significa la promoción de esos pilares, dando pistas seguras para analizar programas educativos, sociales y de salud. Además vinculábamos el concepto de resiliencia con el de salud mental, en el sentido de la semejanza o coincidencia de las acciones promotoras de resiliencia con las que tratan de desarrollar la salud mental. Desde el punto de vista de la resiliencia, el aspecto quizás más especial y original es el énfasis en la necesidad del otro como punto de apoyo para la superación de la adversidad.

Entre las múltiples experiencias que justifican el concepto de la resiliencia, Boris Cyrulnik (4) explica cómo un alumno suyo realizó un estudio comparativo de lo que ocurría durante la guerra del Líbano en Beirut y en Trípoli: mientras Beirut fue la ciudad más cruelmente bombardeada, con más muertes y meses de asedio, los estudios sobre el terreno demostraron que en Beirut los niños presentaban muchos menos casos de síndrome postraumático que en Trípoli, que estuvo más tranquila. La explicación: la propia situación de Beirut hizo que aumentase la solidaridad y el contacto en las familias, mientras que en Trípoli los niños estaban sufriendo simple y llanamente abandono afectivo.

Los huérfanos rumanos con los que trabajaron tras la caída de Ceaușescu pasaron de ser autistas a poder estudiar una carrera o formar una familia, tras un programa de hogares de acogida. Más sorprendente fue el polémico estudio sobre los chicos con problemas de abuso en el seno familiar, en los que se comprobó que el trauma no venía del hecho en sí del abuso, sino de la falta de afectos en el trato familiar diario.

Las claves de la resiliencia: el oxímoron

Así, la clave reside en los afectos, en la solidaridad, y estos en el contacto humano.

Por muy grave que sea lo que haya sufrido un niño, la psique se revela tan flexible que, con los ingredientes del contacto humano, el entendimiento, la palabra, se puede volver «a flote». Boris Cyrulnik explica que ha elegido estos casos extremos porque son más fáciles para visualizar el problema, pero la resiliencia (y el trauma) no tiene fronteras de nacionalidad o condición. Preguntado por si hay alguna edad tope, respondió riendo: «Hasta los 120 años»; en Toulon, añadía, se trabaja con personas mayores enfermas de Alzheimer, que olvidan las palabras, pero no los afectos, ni los gestos, ni la música.

Boris Cyrulnik (5) ha realizado aportes sustantivos sobre las formas en que la adversidad hiere al sujeto, provocando el estrés que generará algún tipo de enfermedad y padecimiento. En el caso favorable, el sujeto producirá una reacción resiliente que le permita superar la adversidad. Su concepto de «oxímoron», que describe la escisión del sujeto herido por el trauma, permite avanzar aún más en la comprensión del proceso de construcción de la resiliencia, a la que le otorga un estatuto que incluye entre los mecanismos de defensa psíquicos, pero, aclara, más conscientes. Estos corresponderían en realidad a los mecanismos de desprendimiento psíquicos, descriptos por Edward Bibring (6), que, a diferencia de los mecanismos de defensa, apuntan a la realización de las posibilidades del sujeto en orden a superar los efectos del padecimiento.

En la visión de Cyrulnik, la resiliencia significa un mensaje de esperanza. La psicología enseñaba antes que las personas quedaban formadas a partir de los cinco años: pasada esa edad, se abandonaba a su suerte a los niños que tenían problemas, se los desahuciaba, y efectivamente su suerte estaba echada. Las cosas han cambiado: hoy se sabe que un niño maltratado puede sobrevivir sin traumas si no se lo culpabiliza y se le presta apoyo. La historia explica el presente pero nunca cierra el futuro.

Cyrulnik plantea que todo estudio sobre resiliencia debería trabajar tres planos principales, cuyo conjunto —un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social— explica, según él, la asombrosa diversidad de los traumas (7):

1

Los recursos internos

Adquiridos desde los primeros años, en el transcurso de las interacciones precoces preverbales, se impregnan en el temperamento y ponen en marcha unas guías de desarrollo más o menos sólidas, que explicarán la forma de reaccionar ante las agresiones de la existencia.

2

La estructura de la agresión

Explica los daños provocados por el primer golpe, la herida o la carencia. Pero son las significaciones que ese golpe adquirirá más tarde, en la historia personal de la persona magullada y en su contexto familiar y social, las que explican los devastadores efectos del segundo golpe, el que provoca el trauma. Cyrulnik atribuye la idea a Anna Freud.

3

El regreso a los lugares del vínculo

La posibilidad de regresar a los lugares donde se hallan los afectos, las actividades y las palabras que la sociedad dispone en ocasiones alrededor de la persona herida: son ellos los que ofrecen las guías de resiliencia que permiten proseguir un desarrollo alterado por la herida.

De ahí esta escena, que suele poner como ejemplo: un niño ha tenido un problema, ha recibido un golpe; se lo cuenta a sus padres, a quienes se les escapa un gesto de disgusto, un reproche. «En ese momento han transformado su sufrimiento en un trauma.»

Su pensamiento crítico

Es muy importante mencionar la filosa crítica social que el autor francés desarrolla a partir de la utilización que hace del concepto de resiliencia. Recuerda, por ejemplo, cuál era el contexto cultural de los hospitales psiquiátricos franceses de los años 1940: se hablaba mucho de la lucha por la vida, de la selección de los más fuertes, es decir, de la eliminación de los más débiles. El amontonamiento de 120 000 enfermos mentales, las restricciones alimenticias, la ausencia de cuidados y la intención anunciada de eliminar a quienes supuestamente contaminaban la raza hicieron posibles decisiones insidiosas: la mortalidad de esos extraños hospitales pasó del 6,88 % en 1938 al 26,48 % en 1941. Los cerca de 40 000 enfermos que desaparecieron no dejaron huellas ni relatos escritos. Cuando podían testimoniar, los horrores que contaban se consideraban horribles delirios; pero la que estaba loca era la sociedad. Esos enfermos murieron en un silencio que era lo que se deseaba después de la guerra, cuando se quiso reconstruir la nación sin arreglar cuentas con el pasado (7).

Su conclusión es que muchas veces la conducta social se resume en esta frase: «Usted que ha sufrido tanto, díganos lo que pasó. Pero solo tiene derecho a decir lo que queremos escuchar».

Queda entonces la pregunta que dirige a las propias personas heridas: ¿qué van a hacer con sus heridas? ¿Someterse y emprender una carrera de víctima que daría buena conciencia a quienes acuden en su auxilio? ¿Vengarse exponiendo sus sufrimientos para culpabilizar a los agresores o a quienes se negaron a ayudarles? ¿Sufrir a escondidas y convertir sus sonrisas en máscaras? ¿O reforzar la parte sana de sí mismas con el fin de luchar contra las magulladuras y conservar su humanidad a pesar de todo? En este último camino está la esencia de la resiliencia.

Hoy en día la profundización y la cronificación del proceso de exclusión social en una sociedad cada vez más inequitativa desafían la capacidad de los sistemas sociales, educativos y de salud para enfrentar tanta injusticia social. En ese marco de dolor social exacerbado, la promoción de la resiliencia se vuelve una necesidad y una obligación.

Yolanda Gampel (8) estudia el problema del dolor social, definido como «el padecer que se origina en las relaciones humanas como conjunto» (Freud decía que, de las tres causas de sufrimiento humano —los desastres de la naturaleza, el propio cuerpo o las relaciones con los otros seres humanos—, esta última era la causa más frecuente e importante). Plantea la existencia en el sujeto de un «sustrato de seguridad» derivado de una base emocional equilibrada, posibilitada por un marco familiar y social estables. Son los padres o cuidadores sustitutos, como mediadores con el medio social, los que ayudan a su constitución a través de una acción neutralizadora de los estímulos amenazantes. Se trata de lo que Bowlby y Ainsworth llaman una relación de apego seguro, y a ella se remite Cyrulnik para caracterizarla como una base para la construcción de resiliencia, aun cuando admite que una base insegura se puede corregir con buenas experiencias futuras.

La violencia social que fractura la continuidad existencial, haciendo que lo familiar (heimlich) se vuelva no familiar (unheimlich o siniestro), provoca una sensación de amenaza o trauma que genera en el sujeto otra estructura que llamamos el «sustrato de lo siniestro».

Se puede diferenciar asimismo entre el contacto con una agresión social terrible y brutal y el contacto con la agresión existencial que «trabaja y nos trabaja dentro de cada uno de nosotros». En el caso de los sometidos a una violencia brutal, el «sustrato de lo siniestro» no puede asimilarse o integrarse dentro de la estructura de seguridad existente hasta entonces.

Sin embargo, cuando la violencia que «trabaja y nos trabaja» existencialmente es del orden de la pobreza, la exclusión o la desocupación, por ejemplo, con los grados de humillación constantes y repetidos que el sujeto debe soportar, también produce un fenómeno de asimilación imposible y de coexistencia de ambos sustratos.

En estos casos el sustrato de lo siniestro convive con el sustrato de seguridad y la persona se ve forzada a soportar un mundo escindido y con un yo también escindido, que le permite negar lo siniestro para sostener la continuación de su existencia o simplemente sobrevivir, manteniendo a raya el resultado del trauma. Por este camino entramos en el territorio de la resiliencia.

Si la resiliencia constituye un proceso de entramado entre lo que somos en un momento dado y los recursos afectivos presentes en el medio ecológico social, la falencia de esos recursos puede hacer que el sujeto sucumba, pero si existe aunque sea un punto de apoyo, la construcción del proceso resiliente puede realizarse (Cyrulnik).

La psicología del oxímoron

Boris Cyrulnik (9) utiliza para entender el fenómeno de la resiliencia el concepto de «oxímoron», que es una figura de la retórica que consiste en reunir dos términos de sentido opuesto para generar un nuevo significado: la «oscura claridad», un «maravilloso sufrimiento», el «sol negro» de la melancolía.

Hay que ver el problema, dice, desde sus dos caras. Desde el exterior, la frecuencia de la resiliencia prueba que es posible recuperarse. Desde el interior del sujeto, estar estructurado como un oxímoron revela la división del ser humano herido, la cohabitación del Cielo y el Infierno, «la felicidad en el filo de la navaja».

No se trata de la ambivalencia, que caracteriza un movimiento pulsional donde se expresan sentimientos opuestos de amor y odio hacia una misma persona. El oxímoron designa el contraste de una persona que, al recibir un gran golpe, se adapta dividiéndose: la parte de la persona que ha recibido el golpe sufre y se necrosa, mientras que otra parte, mejor protegida, aún sana pero más secreta, reúne con la energía de la desesperación todo lo que puede seguir dando un poco de felicidad y sentido a la vida.

La felicidad, añade, existe únicamente en la representación mental; por tanto, es siempre fruto de una elaboración. Es algo que hay que trabajar, y se construye en el encuentro con el otro.

La escisión del yo no se sutura: permanece en el sujeto compensada por los recursos yoicos que se enuncian como pilares de la resiliencia: autoestima consistente, independencia, capacidad de relacionarse, sentido del humor, moralidad, creatividad, iniciativa y capacidad de pensamiento crítico. Con algo de todo eso, más el soporte de otros humanos que otorgan un apoyo indispensable, la posibilidad de resiliencia se asegura y el sujeto continúa su vida (10).

Podríamos decir que el concepto de oxímoron es equivalente al concepto de Freud de la escisión del Yo en el proceso defensivo: tal como lo describió inicialmente en los casos de fetichismo, frente al trauma psíquico de la amenaza de castración, el sujeto se escinde para poder continuar la satisfacción de sus pulsiones por una parte (un poco de felicidad y sentido de la vida), mientras a otro nivel sufre la continua acción de la amenaza recibida, que sabe real y posible. Luego fue ampliando la aplicación de este tipo de defensa a las psicosis y neurosis, y aun a la vida «normal». Rubén Zuckerfeld (11) va más allá y plantea la escisión como un hecho fundante del aparato psíquico, como una condición del ser humano, y la incluye en su descripción de una tercera tópica.

Se trata entonces, en ambas perspectivas, de cómo el sujeto sobrelleva la adversidad construyendo una salida vital para superar el trauma, produciendo una modificación de su yo, la escisión, con el auxilio de la denegación.

Para Cyrulnik (12), cuando en la historia del sujeto ocurre un hecho exterior que le inflige una herida, esta impregna el cuerpo y la memoria. El oxímoron se vuelve característico de la personalidad herida pero resistente, que porta su parte sufriente pero puede ser feliz a pesar de todo. Describe una patología del vínculo del sujeto con el mundo que habrá que restablecer; por eso un otro humano es indispensable.

El trauma puede ser el punto de partida de una estructuración neurótica o psicótica, pero también un punto de llegada en cuanto a generar una fuerte y útil estructura defensiva. La construcción del sistema psíquico incluye, y no como algo accesorio, el sistema de las defensas del Yo.

Trauma y prueba, bienestar y felicidad

Cyrulnik insiste en una distinción: hay que diferenciar el trauma de la prueba. Para hablar de trauma, dice, es necesario haber muerto, y no es una imagen: es real. Las personas traumatizadas dicen que no están seguras de estar vivas, que han regresado del infierno y vuelto a la vida. Algunas llegan a decir que salir de los campos de la muerte no es volver a la vida, que no son sobrevivientes sino retornadas, fantasmas, lo que implica este curioso pensamiento: «mientras más envejezco, más me alejo de la muerte».

Mucha gente sufre traumas, y todo el mundo debe soportar pruebas. Pero en la prueba seguimos siendo nosotros mismos: la prueba no nos mata ni nos desgarra. Frente a una prueba pienso: he perdido mi trabajo, ¿qué voy a hacer? Ella me abandonó, siento una profunda pena, pero pienso que está loca por haber dejado ir a un hombre como yo; peor para ella. Nos defendemos como podemos y seguimos siendo nosotros mismos (13).

Para recordar

La felicidad no es más fatal que la desgracia: se puede aprender a modificar estos sentimientos. El bienestar es físico, una sensación inmediata, la de tener todas las necesidades cubiertas. La felicidad, en cambio, es el resultado de una representación, de una esperanza, de un proyecto de existencia, y se construye siempre en el encuentro con el otro.

Para ilustrar esta diferencia, Cyrulnik suele contar la historia de los picapedreros. En un camino, un primer hombre pica piedras haciendo muecas: sufre, explica que su oficio es idiota y que el trabajo muscular le hace mal. Un poco más allá, un segundo parece más apacible: golpea tranquilamente la piedra y dice que es un oficio al aire libre, que le basta para ganarse la vida. Más allá todavía, un tercero pica piedras en éxtasis, radiante, sonriente: explica que eso lo hace muy feliz porque piensa que está construyendo una catedral. Tener una catedral en la cabeza hace feliz; contentarse con lo inmediato procura bienestar; desesperarse por no tener otro oficio hace desdichado. El gesto es el mismo en los tres casos: es su significado lo que vuelve feliz o desdichado (14).

Sin embargo, el pensamiento de Cyrulnik no es utópico: no dice que la felicidad es fácil de alcanzar, sino solamente que es posible. El precio puede ser alto, pero quienes no lo intentan lo pagan más caro. Porque para el sujeto, si la herida es demasiado grande, si nadie sopla sobre las brasas de resiliencia que aún quedan en su interior, será una lenta agonía psíquica.

Las personas drogadictas, observa, confunden la felicidad con el bienestar momentáneo: el flash de la droga les da una sensación de bienestar que se apaga de inmediato y las desespera, mientras que tener un proyecto permite trascender la realidad (14).

Y rechaza toda complacencia con la desdicha: una infelicidad no es nunca maravillosa. Es un fango helado, una escara de dolor que nos obliga a elegir: someternos o superarla. «La resiliencia define el resorte de aquellos que, luego de recibir el golpe, pudieron superarlo.»

La resiliencia como trama con el otro y con el entorno social

La resiliencia se teje: no hay que buscarla solo en la interioridad de la persona ni en su entorno, sino entre los dos, porque anuda constantemente un proceso íntimo con el entorno social. Esto elimina la noción de fuerza o debilidad del individuo; por eso en la literatura sobre resiliencia se dejó de hablar de niños invulnerables.

Tiene contactos con la noción de apuntalamiento de la pulsión. Como dice Freud (15), «la libido sigue los caminos de las necesidades narcisistas y se adhiere a los objetos que aseguran su satisfacción». La madre, que es la primera suministradora de satisfacción de las necesidades del niño, es el primer objeto de amor y también de protección frente a los peligros externos; modera la angustia, que es la reacción inicial frente a la adversidad traumática, en grado o medida aún mínima.

Ya mencionamos la necesidad de que el niño desarrolle un apego seguro como base de su futura resiliencia. En esto iba un reconocimiento de Boris Cyrulnik a quien él nombra como uno de sus maestros, John Bowlby, y a sus enseñanzas sobre la teoría del apego.

Esta condición inicial del sujeto sigue existiendo toda la vida; por eso durante toda la vida es fundamental otro humano para superar las adversidades mediante el desarrollo de las fortalezas que constituyen la resiliencia. En síntesis, el proceso de apuntalamiento de la pulsión lleva al otro humano y evita el atrapamiento en el mortífero solipsismo narcisista.

En la resiliencia, que atiende los efectos del estruendo más exterior, el Yo que lo padece debe de todos modos gobernar la conmoción emocional. El estrés participa en el choque cuando la emoción sacude el organismo bajo el efecto de los golpes venidos de las agresiones sociales o del espíritu de los demás. Con frecuencia el estrés es crónico, y su efecto insidioso altera el organismo y el psiquismo que no toma conciencia.

Sin embargo, siempre la autoestima, con la ayuda y la mirada de los demás, puede ser reorganizada y reelaborada por medio de nuevas representaciones, acciones, compromisos o relatos. Es discutible si el concepto de resiliencia pertenece a la familia de los mecanismos de defensa del yo. Quizás se deba recurrir al poco usado concepto de mecanismos de desprendimiento del yo, introducido por E. Bibring (16), que «no tienen por finalidad provocar la descarga (abreacción) ni hacer que la tensión deje de ser peligrosa (mecanismo de defensa). Sin negar que durante el proceso se producen fenómenos de abreacción en pequeñas dosis», se trata de operaciones yoicas que apuntan a dispersar las tensiones dolorosas en otros complejos de pensamientos y emociones con efectos compensatorios; o bien, como en el trabajo de duelo, generan el desprendimiento de la libido del objeto perdido para transferirla a otros. Un tercer modo es la familiarización con el peligro para poder superarlo en forma contrafóbica. Daniel Lagache (17), siguiendo a Bibring, señala el paso de la repetición a la rememoración pensada y hablada. Para él, las operaciones de desprendimiento del yo permiten neutralizar la operación defensiva (inconsciente). Para el psicoanálisis serían mecanismos más propios de la cura que de la enfermedad; desde el punto de vista de la resiliencia constituyen la posibilidad de una continuidad de la vida en aceptables condiciones de salud mental.

La construcción de la resiliencia

No se puede abstraer el modo de concebir de nuestro autor francés la construcción de la resiliencia de su concepción etológica del ser humano. Cuando dice acerca de la construcción de la resiliencia que «la genética tendrá algo que decir, pero que las interacciones precoces hablarán mucho más, mientras que las instituciones familiares y sociales contendrán lo esencial del discurso» (18), podríamos traducirlo con otras formulaciones suyas: para que haya habla, primero es preciso que el desarrollo del cerebro humano esté correctamente programado, que los ojos del niño se encuentren con una figura de apego que suscite las ganas de hablar y que el niño se impregne del baño lingüístico social de los adultos que lo rodean. El habla ya no pertenece al cielo: tiene su origen en el cuerpo, en lo afectivo y en lo social (19).

Cyrulnik pone así en valor el carácter social de cada ser humano, cuya individualidad se construye en un campo de tensiones afectivas estructurado por palabras. Pero en términos de la resiliencia las posibilidades de reestructuración no cesan nunca. Por eso acomete la posibilidad de trabajar con pacientes que padecen el mal de Alzheimer e insiste en que la mente de un niño, de una persona, es como un submarino que aguanta toneladas y toneladas de presión sin romperse y siempre (mientras hay vida) puede volver a flote. Para él no hay herida que no sea recuperable. Al final de la vida, uno de cada dos adultos habrá vivido un traumatismo, una violencia que lo habrá empujado al borde de la muerte; pero aunque haya sido abandonado, martirizado, inválido o víctima de un genocidio, el ser humano es capaz de tejer, desde los primeros días de su vida, su resiliencia, que lo ayudará a superar los shocks inhumanos.

El murmullo del pasado en la intimidad de la adolescencia

El murmullo de los fantasmas es un libro de Boris Cyrulnik que se centra en la adolescencia, esa compleja y crítica etapa de la vida en la que aflora con fuerza la sexualidad en un cuerpo que se transforma y pasa a ser adulto, la identidad se constituye como una búsqueda fundamental donde los pares juegan un rol importante, el deseo de autoafirmación pone en conflicto la autoridad en general, no solo la paterna, y se vuelve perentorio encontrar nuevos sentidos a una vida que se llena de incertidumbres.

En esta circunstancia el pasado de la infancia del sujeto retorna como un murmullo fantasmal que lo obliga a poner los hechos y emociones en el modo de una narración a la que él mismo le va dando sentido. Para que exista un trauma debe darse dos veces la experiencia traumática: la primera en la realidad y la segunda en la representación. Es en relación con esta donde puede instalarse el trabajo de la resiliencia. El adolescente la busca: primero en la familia y, si ahí no la encuentra, será con sus pares, con un docente o cualquier adulto significativo que juegue como tutor de su desarrollo resiliente. Con un entorno adecuado afectivamente que respalde su socialización, el adolescente puede rememorar sus experiencias traumáticas y ubicarlas en un relato positivo de su vida. Los fantasmas quedan conjurados.

Los tutores de resiliencia

Un tutor de resiliencia, explica Cyrulnik, es alguien —una persona, un lugar, un acontecimiento, una obra de arte— que provoca un renacer del desarrollo psicológico tras el trauma. Casi siempre se trata de una persona adulta que encuentra al niño y que asume para él el significado de un modelo de identidad, el viraje de su existencia. No se trata necesariamente de alguien del oficio: un encuentro significativo puede ser suficiente. Muchos niños comienzan a aprender en el colegio una materia porque les agrada la persona que la enseña; pero cuando, veinte años después, se le pide a esa persona que explique el éxito de su alumno, se subestima y no sospecha hasta qué punto fue importante (20).

Cuando comienza a contar su vida, Tim Guénard (21) hace esta observación: cuando se habla de casas hermosas o de coches viejos, siempre se cuenta bellamente su reconstrucción; pero cuando se ve a un niño que se agrieta, a un adulto que se derrumba, la gente se plantea tantas preguntas que ya ni siquiera se atreve a hacer las cosas más simples: mirar con amabilidad, tocar, hacer compañía.

Fue abandonado por su madre. La única imagen que le quedó de ella es alejándose, de espaldas, con unas botas blancas. A él lo dejaba atado a un poste de luz en una ruta. Golpeado por su padre alcohólico, despreciado por su madrastra y sus hijos, que lo confinaban en la «cucha» del perro a la intemperie. La última golpiza del padre con un palo, lanzándolo a un sótano, lo deja con múltiples fracturas, un ojo reventado y un oído estallado. Despierta del coma de tres días en un hospital donde pasa tres años, curándose y volviendo a poder caminar. De un orfanato donde su aspecto físico no da la medida para que sea adoptado, es entregado, junto con otros niños, a una «nodriza» que también lo maltrata, previo paso por un hospicio para enfermos mentales donde lo envía una médica simplemente por sus antecedentes. Otro médico percibió varios meses después que no era loco. Termina en un duro correccional donde se lo rotula y estigmatiza como un niño «descarriado». Se transformó en una persona de riesgo, «echado a perder» y, por lo tanto, «irrecuperable». Esas palabras dirigidas al niño renovaban las violencias vividas. Su única esperanza era llegar a matar al padre: eso lo mantenía con vida.

Fue ladrón, huyó de las instituciones en que lo internaban y llegó a París. Allí se encontró con dos jóvenes que le dieron una acogida amistosa, lo ayudaron, pero lo introdujeron un poco más en el delito: fue «chulo de putas» (les robaban a las prostitutas lo que ganaban) y «gigoló en Montparnasse» (eran elegidos por mujeres acaudaladas en un café de moda).

Finalmente se encontró con una jueza (cumplía su viejo deseo de tener una madre) que lo hizo pasar a su despacho y empezó a hablar con él, le prestó atención y finalmente le consiguió trabajo en un taller de escultura. Nadie daba mucho por su duración en el trabajo y, a su profesor principal, que hacía diseño industrial, enojado porque rechazó un trabajo suyo, le rompió todos los dibujos del año. El profesor pasó de largo del suceso y durante dos años y medio le enseñó geometría, tecnología, dibujo industrial, etc. Dice Tim: «Soñé con tener un padre como él». El diploma que finalmente obtuvo se lo regaló a la «jueza-madre» que le dio la posibilidad de lograrlo.

Luego se encontró con un cura que atendía a personas con discapacidad. Se sorprendió al verse querido por esos chicos y se dedicó a su cuidado. Finalmente, sorprendido al conocer a los «extraterrestres», el grupo de creyentes que circulaba alrededor del cura, terminó por hacerse cristiano.

El resumen que hace de todo esto cabe en pocas palabras: creció queriendo matar a su padre, y hoy quiere a su padre; si es un hombre feliz, con una mujer, cuatro hijos y amigos, no puede ser lo que es sin todo su pasado. A las personas presas que visita en la cárcel y que le dicen que se sienten «torcidas», les responde que no es grave: si hubiera que arrancar de cuajo, en la Tierra entera, todo lo que está torcido, no habría ya ni vino, ni aceite de oliva, ni frutas; a las cosas torcidas se les pone un tutor para que puedan dar frutos. A las que se dicen «podridas», les responde que una manzana podrida se tira y quedan las pepitas; y que después de las pepitas viene un árbol nuevo, y del árbol nuevo, nuevos frutos. Con esos antecedentes que pronosticaban un destino funesto para su vida, Tim Guénard llegó a encontrar los tutores de resiliencia necesarios para terminar siendo, entre otras cosas, coautor con Boris Cyrulnik de El realismo de la esperanza.

El momento de la resiliencia

Cuando se habla de resiliencia se plantea de inmediato su aplicación en el plano social, de salud o educativo a las poblaciones más desfavorecidas por una sociedad que genera pobreza, inequidad, exclusión, delincuencia, enfermedades de todo tipo. Pero entonces surge la sospecha. El fomento de la resiliencia en las poblaciones carenciadas, ¿no es funcional al sistema de injusticia social que predomina? ¿No es un parche que hace olvidar la necesidad de transformar las estructuras sociales que generan la injusticia? ¿No estamos postergando indefinidamente su solución? ¿Se trata solo de modificar el yo del sufriente, dejando intactos los discursos legitimadores de estructuras de poder que siguen generando injusticia, maltrato e infelicidad?

Nada más lejos del pensamiento de muchos de quienes trabajamos con el concepto de resiliencia. Precisamente Boris Cyrulnik ha marcado con mucha precisión la ubicación de la resiliencia entre los diferentes quehaceres de una sociedad (22). Cuando un niño es expulsado de su hogar como consecuencia de un trastorno familiar, cuando se lo coloca en una institución totalitaria, cuando la violencia del Estado se extiende por todo el planeta, cuando quienes están encargados de asistirlo lo maltratan, cuando cada sufrimiento procede de otro sufrimiento, como una catarata, conviene actuar sobre todas y cada una de las fases de la catástrofe:

1

Un momento político

Para luchar contra esos crímenes.

2

Un momento filosófico

Para criticar las teorías que preparan esos crímenes.

3

Un momento técnico

Para reparar las heridas.

4

Un momento resiliente

Para retomar el curso de la existencia.

Lo que está en juego aquí vale mucho más allá de las grandes catástrofes colectivas. La resiliencia puede convertirse en objeto de un trabajo terapéutico por derecho propio, declinarse en intervenciones breves centradas en las soluciones o buscarse en los contextos clínicos más difíciles. Pero nunca sustituye a los otros tres momentos: viene después de ellos.

Notas del original

(*) El D.r Cyrulnik es psiquiatra etólogo. Director de Estudios en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Toulon.

(I) Este artículo fue publicado en el n.º 85 de Perspectivas Sistémicas, marzo-abril de 2005.

La visita de Boris Cyrulnik está organizada por la Lic. Elida Romano, miembro fundadora de la Asociación Parisina de Investigación y Trabajo con las Familias (A.P.R.T.F.) de París, Francia, y por la Lic. Juana Droeven, directora de la Fundación para la Investigación Clínica Familiar (F.F.) de Buenos Aires, Argentina, asociadas para invitar al D.r Cyrulnik a Buenos Aires. Acompañan al D.r Cyrulnik en el Encuentro Internacional las siguientes personas invitadas: Jorge Basile, Emilio Boggiano, Bernardo Chomski, Silvia Crescini, Elina Dabas, Juana Droeven, Lucila Edelman, Roberto Ferro, Emiliano Galende, Silvia Gomel, Estrella Joselevich, Luis Juri, Marta López Gil, Denise Najmanovich, Aldo Melillo, Isabel Mikulic, Cristina Ravazzola, Cynthia Szevach, Nieves Tapia, Graciela Zarebski, Rubén Zukerfeld.

Quién es Aldo Melillo

(**) Aldo C. Melillo es médico, psicoanalista, ex secretario de Salud y Medio Ambiente de la Ciudad de Buenos Aires, miembro del Foro Psicoanalítico de Buenos Aires y profesor de la Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados. Consejero académico del máster en Psicoanálisis de la Escuela de Psicoterapia para Graduados y de la Universidad Nacional de La Matanza. Autor y compilador de Resiliencia. Descubriendo las propias fortalezas y de diversos trabajos psicoanalíticos.

Referencias

(1) www.muyinteresante.es/canales/muy_act/entrevi/entrevis29

(2) et (4) http://elmundolibro.elmundo.es/elmundolibro/2003/10/01/no_ficcion

(3) En Resiliencia – Descubriendo las propias fortalezas, Aldo Melillo y Néstor Suárez Ojeda (comp.), Buenos Aires, Paidós, 2001, Pág. 83 y sig.

(5) Cyrulnik, Boris, La maravilla del dolor, Barcelona, Granica, 2001.

(6) Bibring, Edward, « The conception of the repetition compulsion », Psychoanalytic Quarterly, vol. XII, N° 4, 1943.

(7) et (22) Cyrulnik, Boris, Los patitos feos, Barcelona, Gedisa, 2002 (páginas 26 y 215).

(8) Gampel, Yolanda, « El dolor de lo social », Psicoanálisis, Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires, Vol. XXIV, N° 1 y 2.

(9) Cyrulnik, Boris, La maravilla del dolor, Barcelona, Granica, 2001.

(10) Melillo, Aldo, « Realidad social, psicoanálisis y resiliencia », en Resiliencia y subjetividad, Melillo A., Suárez Ojeda, N. y Rodríguez, D. (comp.), Buenos Aires, Paidós, 2004, pág. 71.

(11) Zuckerfeld, Rubén, « Psicoanálisis actual: tercera tópica, interdisciplina y contexto social », presentado en el III Congreso Argentino de Psicoanálisis y II Jornada Interdisciplinaria, Córdoba, 1998.

(12) Op. cit.

(13), (14) et (20) http://resiliencia.cl/opinexp/

(15) Freud, Sigmund, (1914) Introducción al narcisismo, OC, Buenos Aires, Amorrortu, 1976, Vol. 14.

(16) Op. cit.

(17) Lagache, Daniel, « Psychanalyse et structure de la personnalité », en La Psychanalyse, Vol. 6, 1958.

(18) Cyrulnik, Boris, La maravilla del dolor, Barcelona, Granica, 2001, pág. 193.

(19) Cyrulnik, Boris, Del gesto a la palabra, Barcelona, Gedisa, 2004, pág. 110.

(21) Guénard, Tim, Más fuerte que el odio, Barcelona, Gedisa, 2003, y en El realismo de la esperanza – testimonios de experiencias profesionales en torno a la resiliencia, Barcelona, Gedisa, 2004, « La encarnación de la resiliencia », página 71.

Texto original publicado por Red Sistémica con el título «Sobre Resiliencia. El pensamiento de Boris Cyrulnik» (primera publicación: Perspectivas Sistémicas, n.º 85, marzo-abril de 2005). Reproducido con el acuerdo de la revista; las citas largas de Boris Cyrulnik se restituyen en estilo indirecto, como se indica al principio del artículo.

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Cómo citar este artículo

Melillo, A. (2022). À propos de la résilience. La pensée de Boris Cyrulnik (Complexe Systémique, trad.). Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/a-propos-de-la-resilience-la-pensee-de-boris-cyrulnik (Obra original publicada en 2005 en Perspectivas Sistémicas, n.º 85, marzo-abril de 2005; republicada en 2022 por Red Sistémica, https://redsistemica.ar/2022/07/19/sobre-resiliencia-el-pensamiento-de-boris-cyrulnik/)

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