Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Issues · Familia
Cuando un padre entra en la cárcel, alguien tiene que asumir lo que él hacía por sus hijos e hijas, y afrontar además tareas nuevas: visitas, llamadas, explicaciones, duelo. A partir de 154 entrevistas con madres y abuelas del sur de California, el estudio describe un continuo que va de la concentración del cuidado en una sola persona a su redistribución en la familia extensa, y muestra que cada polo tiene su coste: angustia en un lado, conflicto en el otro.
Traducción no oficial al español de Children’s Caregiving Arrangements Following Paternal Incarceration, de Kristin Turney, Daniela E. Kaiser y Kelsey Weymouth-Little, publicado en Journal of Family Issues (SAGE) (2026), doi: 10.1177/0192513x251415136, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas; no se reproducen la dirección de correspondencia, el identificador ORCID ni la declaración de disponibilidad de datos. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El cuidado concentrado tiende a aumentar la angustia de la persona cuidadora, mientras que el cuidado redistribuido suele generar conflictos interpersonales y tensiones dentro de las familias.
Kristin Turney, Daniela E. Kaiser y Kelsey Weymouth-Little
Resumen
El modelo de estrés familiar plantea que factores de estrés externos como el encarcelamiento paterno —una experiencia que vive más de un tercio de la población infantil nacida en zonas urbanas— pueden configurar de manera sustancial los arreglos de cuidado, pero se sabe poco sobre cómo ocurre. Este artículo utiliza datos de entrevistas en profundidad del Jail and Family Life Study. Nos basamos en 154 entrevistas con madres y abuelas de menores que viven el encarcelamiento paterno para comprender cómo cambian los arreglos de cuidado de la infancia tras el encarcelamiento del padre y qué implican estos cambios para quienes los atraviesan. Nuestro análisis revela un continuo de pautas de cuidado tras el encarcelamiento paterno, que va del cuidado concentrado, en el que una sola persona (normalmente la madre biológica) asume la mayor parte de las responsabilidades de cuidado, al cuidado redistribuido, en el que el cuidado se reparte entre varios miembros de la familia. También constatamos que estos arreglos de cuidado tienen consecuencias distintas: el cuidado concentrado tiende a aumentar la angustia de la persona cuidadora, mientras que el cuidado redistribuido suele generar conflictos interpersonales y tensiones dentro de las familias. Estas dinámicas de cuidado ofrecen claves para comprender mejor los desafíos específicos que afrontan las familias que viven el encarcelamiento paterno.
Palabras clave: cuidado, cuidado infantil, sistema penal, familias, teoría del estrés familiar, encarcelamiento
Cuidar de la infancia es una responsabilidad importante y multifacética que exige tiempo, energía y recursos económicos. Esta responsabilidad incluye la provisión de lo necesario (como comida, vivienda y ropa), la gestión de la relación con la escuela y otras instituciones, y un apoyo emocional constante. Para muchas personas cuidadoras, estas exigencias se ven agravadas por la necesidad de compaginar al mismo tiempo el empleo, las obligaciones domésticas y otras responsabilidades personales. En Estados Unidos, la carga del cuidado se intensifica aún más por la escasa disponibilidad de apoyos estructurales y de políticas sociales que faciliten las funciones de cuidado (Glenn, 2010; Nomaguchi & Milkie, 2020). Aun así, la presencia de personas cuidadoras seguras, estables e implicadas sigue siendo fundamental para el desarrollo físico, emocional y social de la infancia (World Health Organization, 2004).
El modelo de estrés familiar subraya tanto el papel determinante de los factores de estrés externos en el funcionamiento familiar como la interdependencia de los miembros de la familia, y ofrece un marco útil para comprender cómo evolucionan los arreglos de cuidado ante la adversidad (Conger & Elder, 1994; Hill, 1958; véase también Conger et al., 1992, 2002; McCubbin et al., 1980; McCubbin & Patterson, 1983). Este marco plantea que factores de estrés externos como el encarcelamiento paterno pueden configurar de manera sustancial los arreglos de cuidado (Arditti, 2016; Turney & Haskins, 2019). El encarcelamiento paterno, y la retirada mecánica de los padres de los hogares, provoca perturbaciones generalizadas en la vida familiar, con profundas implicaciones para las dimensiones emocionales, relacionales y logísticas del cuidado (Arditti, 2016; Comfort, 2008). El encarcelamiento paterno obliga a reconfigurar los arreglos de cuidado (p. ej., Turanovic et al., 2012), y a menudo exige que una o varias personas asuman las responsabilidades de cuidado que antes tenía el padre encarcelado y, al mismo tiempo, atiendan nuevas exigencias que surgen tras el encarcelamiento (como facilitar el contacto entre padre e hijos durante la reclusión y sostener el bienestar emocional de la infancia mientras afronta la ausencia del padre).
Relativamente pocas investigaciones analizan cómo el encarcelamiento paterno estructura los arreglos de cuidado de la infancia o las consecuencias de estas reconfiguraciones, pese a que la investigación más amplia pone de relieve las consecuencias perjudiciales del encarcelamiento para las familias (Wildeman & Western, 2010). Se trata de una omisión lamentable por tres razones. En primer lugar, las personas encarceladas están profundamente insertas en redes familiares y de cuidado antes de su encarcelamiento. La mayoría de los hombres encarcelados son padres (Mumola, 2000), y muchos participaban activamente en el cuidado antes de la reclusión (Geller et al., 2012; Maruschak et al., 2021), lo que deja un vacío que hay que llenar durante su ausencia. En segundo lugar, las responsabilidades de cuidado suelen recaer en familiares mujeres, lo que refuerza la división sexual del trabajo e impone cargas desproporcionadas a las mujeres (Jardine, 2018; Western, 2018). Estos cambios en el cuidado se producen con frecuencia dentro de redes informales o con pocos recursos que carecen de reconocimiento o apoyo institucional, lo que agrava la tensión de las personas cuidadoras mientras afrontan las múltiples complejidades del encarcelamiento paterno (Wakefield & Wildeman, 2013). Comprender cómo el encarcelamiento paterno perturba los arreglos de cuidado también puede aportar claves decisivas sobre los mecanismos más amplios a través de los cuales este contacto con el sistema penal afecta a las familias. Por último, dada la centralidad del cuidado para el bienestar infantil, estos arreglos alterados pueden tener repercusiones en cascada sobre la salud emocional y el desarrollo de la infancia (Nomaguchi & Milkie, 2020; Pearlin et al., 1990).
Este artículo se basa en entrevistas en profundidad del Jail and Family Life Study, un estudio diseñado para investigar las consecuencias del encarcelamiento para la infancia y las familias, con el fin de ofrecer una descripción sistemática de cómo cambian los arreglos de cuidado de la infancia tras el encarcelamiento paterno y qué implican estos cambios para quienes los atraviesan. Nos centramos en el encarcelamiento paterno, y no en el materno, dada su mayor prevalencia y la expectativa de que las familias respondan de manera distinta al encarcelamiento del padre y al de la madre (Turney & Goodsell, 2018). Mediante el análisis de entrevistas con madres y abuelas de menores que viven el encarcelamiento paterno, examinamos cómo se negocian las responsabilidades de cuidado dentro de las familias, cómo varían estos arreglos según los contextos familiares y cómo influyen en el bienestar familiar en general. En primer lugar, nuestro análisis revela un continuo de pautas de cuidado tras el encarcelamiento paterno, que va del cuidado concentrado, en el que una sola persona (normalmente la madre biológica) asume la mayor parte de las responsabilidades de cuidado, al cuidado redistribuido, en el que el cuidado se reparte entre varios miembros de la familia. En segundo lugar, constatamos que estos arreglos de cuidado tienen consecuencias distintas: el cuidado concentrado tiende a aumentar la angustia de la persona cuidadora, mientras que el cuidado redistribuido suele generar conflictos interpersonales y tensiones dentro de las familias. Aunque el encarcelamiento paterno es una experiencia singular, estas dinámicas de cuidado arrojan luz sobre cómo otras formas de ausencia de una persona cuidadora —como el divorcio o la separación, el despliegue militar o la deportación— pueden perturbar los arreglos de cuidado familiares y el bienestar familiar en general.
El modelo de estrés familiar plantea que los factores de estrés externos generan consecuencias en cascada para el funcionamiento familiar, que se manifiestan en un aumento del conflicto parental y de la angustia emocional. Desarrollado en un principio para explicar las consecuencias perjudiciales de las dificultades económicas en los procesos familiares (Conger & Elder, 1994), este marco se ha ampliado para abarcar otros factores de estrés que deterioran el funcionamiento familiar (Cuzzocrea et al., 2016; Turney & Sugie, 2021). El encarcelamiento paterno es un ejemplo de factor de estrés externo, ya que favorece sentimientos de angustia y preocupación mientras las personas cuidadoras se esfuerzan por sostener a la infancia en ausencia del padre (Wildeman et al., 2012). Los factores de estrés, y las tensiones emocionales correspondientes, también pueden mermar la capacidad de las personas cuidadoras para comunicarse eficazmente, afrontar los desafíos de la crianza y mantener un entorno familiar estable para la infancia (Nomaguchi & Milkie, 2017). Aunque el modelo de estrés familiar se ha aplicado ampliamente para comprender las dinámicas familiares en poblaciones con bajos ingresos y económicamente desfavorecidas (Conger & Elder, 1994), su aplicación al contexto del encarcelamiento paterno es comparativamente rara (aunque véase Arditti, 2016; Obus et al., 2024; Turney & Sugie, 2021). De hecho, el encarcelamiento paterno es un factor de estrés que remodela en profundidad las dinámicas familiares al perturbar roles y rutinas establecidos, redistribuir las responsabilidades de cuidado y transformar las relaciones entre la infancia, las personas cuidadoras principales y la familia extensa.
Las profundas perturbaciones que el encarcelamiento paterno inflige a las familias resultan aún más evidentes si se considera el carácter generalizado y profundamente arraigado del encarcelamiento paterno en Estados Unidos. Más de dos millones de menores estadounidenses tienen actualmente a su padre encarcelado en una cárcel de condado (jail) o en una prisión (Sykes & Pettit, 2019), cifra que no incluye a los muchos otros menores que viven el encarcelamiento paterno en algún momento (Muller & Wildeman, 2016). Casi una de cada cinco personas adultas estadounidenses (18%) —y casi una de cada tres (32%) sin título de educación secundaria— ha vivido el encarcelamiento paterno (Enns et al., 2019). Más de un tercio de adolescentes nacidos en zonas urbanas han vivido el encarcelamiento paterno (Turney & Haskins, 2019). Así, la retirada de los padres de los hogares familiares por el encarcelamiento, a menudo de forma temporal y cíclica (Turney & Conner, 2019), deja a la infancia y a las familias viviendo a la sombra del Estado carcelario.
En consonancia con el modelo de estrés familiar, el encarcelamiento paterno puede desencadenar perturbaciones familiares en cascada al remodelar los arreglos de cuidado de la infancia. La retirada de un padre del hogar crea un vacío estructural que altera el funcionamiento familiar (Arditti & McGregor, 2019; Braman, 2007; Comfort, 2008). Los familiares que se quedan —normalmente madres, abuelas y familia extensa— asumen mayores responsabilidades de cuidado, que pueden incluir llevar a los menores a la escuela, preparar las comidas, gestionar las citas médicas y brindar apoyo emocional. Estos familiares absorben las responsabilidades de cuidado del padre y asumen al mismo tiempo responsabilidades adicionales derivadas del encarcelamiento paterno (Arditti, 2016; Turanovic et al., 2012). Estas responsabilidades añadidas suelen implicar mantener el contacto entre la persona menor y su padre encarcelado (mediante visitas, llamadas telefónicas y correo), ayudarla a dar sentido al sistema penal y acompañar sus reacciones emocionales ante la ausencia del padre (Geller et al., 2012; Tasca, 2016). En consecuencia, las personas cuidadoras deben gestionar tanto la reorganización de los arreglos de cuidado preexistentes como las nuevas exigencias de cuidado que desencadena el encarcelamiento. Este trabajo de cuidado debe realizarse mientras se afrontan otras exigencias del encarcelamiento, como sostener económicamente a la persona encarcelada (Page et al., 2019; Schwartz-Soicher et al., 2011), gestionar el estigma de cortesía (Braman, 2007), moverse por las complejidades del sistema penal (Umamaheswar, 2024) y ayudar a la reintegración tras la excarcelación (Miller, 2021).
Pese al vacío de cuidado que crea el encarcelamiento paterno y a la importancia crucial de los arreglos de cuidado de la infancia (Bratsch-Hines, Carr, Zgourou, Vernon-Feagans, & Willoughby, 2020), los procesos específicos mediante los cuales las familias reorganizan el cuidado tras el encarcelamiento paterno siguen poco explorados. En muchos casos, es probable que las madres asuman la responsabilidad principal —o incluso exclusiva— del cuidado y absorban mayores tareas domésticas y de crianza en ausencia del padre (Amato, 2000; Cano & Gracia, 2022; Fallesen & Gähler, 2020). Dado que la mayoría de los menores con padre encarcelado vivían con su madre antes del encarcelamiento paterno (Mumola, 2000), el papel de las madres como cuidadoras principales puede reflejar una prolongación de sus responsabilidades preexistentes. Sin embargo, es posible que las madres no tengan capacidad para absorber por completo estas exigencias de cuidado adicionales, sobre todo dados los desafíos sociales y económicos más amplios que soporta de forma desproporcionada esta población vulnerable (Glenn, 2010; Wakefield & Uggen, 2010). Por ello, las responsabilidades de cuidado pueden redistribuirse, con redes informales (p. ej., la familia extensa) e instituciones formales (p. ej., centros de cuidado infantil) que intervienen para aliviar las cargas de cuidado. Algunos miembros de la familia extensa pueden asumir funciones de cuidado, o incluso convertirse en personas cuidadoras principales, cuando las madres no pueden hacerlo. Con menos frecuencia, cuando las madres u otros familiares no pueden o no quieren prestar apoyo en el cuidado, los menores pueden entrar en el sistema de acogimiento familiar (Andersen & Wildeman, 2014).
Aunque las dinámicas de cuidado cambian inevitablemente cuando se atraviesa el encarcelamiento paterno, el encarcelamiento en una cárcel de condado puede plantear desafíos distintos para las funciones de cuidado que el encarcelamiento en prisión. Las estancias en la cárcel de condado suelen comenzar de forma abrupta, a veces sin previo aviso, y van acompañadas de una incertidumbre considerable sobre el momento y las condiciones de la puesta en libertad (Kohler-Hausmann, 2018; Walker, 2022). Además, el encarcelamiento en una cárcel de condado suele ser de corta duración, con reclusiones de semanas o meses (Zeng, 2025), mientras que el encarcelamiento en prisión sigue a una condena formal y se caracteriza por penas fijas de al menos un año (Mueller, 2024). Por ello, las familias que atraviesan un encarcelamiento en la cárcel de condado pueden verse obligadas a tomar decisiones de cuidado rápidas en condiciones de incertidumbre, sin saber con claridad cuándo volverá el padre. Comprender cómo se adaptan las responsabilidades de cuidado al encarcelamiento en la cárcel de condado es sumamente importante, dada la prevalencia de esta forma de reclusión. Cada año, el encarcelamiento en cárceles de condado es unas seis veces más frecuente que el encarcelamiento en prisión, y casi todas las personas que cumplen condena en prisión pasan antes por una cárcel de condado (Sawyer & Wagner, 2025).
En consonancia con el modelo de estrés familiar, es probable que las perturbaciones del cuidado derivadas del encarcelamiento paterno generen consecuencias más amplias para el funcionamiento familiar (Conger & Elder, 1994). Este marco pone de relieve cómo los factores de estrés —como la retirada de un padre por encarcelamiento— pueden generar factores de estrés adicionales, y cómo tanto los factores de estrés iniciales como los adicionales contribuyen a deteriorar el funcionamiento familiar (Pearlin, 1989; Pearlin, Menaghan, Lieberman, & Mullen, 1981). El factor de estrés del encarcelamiento paterno da lugar necesariamente a los factores de estrés adicionales que suponen los arreglos de cuidado alterados, como se ha descrito más arriba. Estos arreglos de cuidado alterados pueden introducir tensión emocional, aumentar la tensión interpersonal y elevar la carga global de los miembros de la familia, lo que puede conducir a angustia emocional y a tensiones en las relaciones. Estos efectos en cascada ponen de relieve cómo el encarcelamiento puede repercutir en todo el sistema familiar, acumulando vulnerabilidades e intensificando los desafíos que afrontan las familias. Por otra parte, la experiencia del encarcelamiento paterno puede aportar cierto alivio a las personas cuidadoras que, antes de la reclusión de su pareja, cargaban con las responsabilidades del cuidado infantil y con el estrés de lidiar con el consumo de sustancias, la actividad delictiva o la implicación de su pareja en redes sociales de riesgo (Turney et al., 2023). En este sentido, aunque el encarcelamiento paterno puede privar a las personas cuidadoras del apoyo del padre para cumplir con las responsabilidades del cuidado infantil, también puede eliminar factores de estrés que antes tensionaban el entorno de cuidado (Wheaton, 1990).
En primer lugar, los familiares que absorben los arreglos de cuidado tras el encarcelamiento paterno pueden experimentar una angustia emocional considerable. La reasignación repentina de las responsabilidades de cuidado puede desbordar los recursos de las madres, las abuelas o los demás familiares que realizan este trabajo, y llegar a superar los recursos de que disponen. Esta intensificación de las exigencias de cuidado puede generar conflictos entre roles, ya que las personas cuidadoras luchan por equilibrar las obligaciones de crianza con responsabilidades que compiten con ellas (Pearlin, 1989). Del mismo modo, redistribuir las tareas de cuidado a otros miembros de la familia puede desbordar igualmente a estos familiares, que deben equilibrar el cuidado con otras obligaciones. Por ejemplo, las abuelas que asumen el cuidado de la infancia pueden sufrir la tensión asociada a estas nuevas responsabilidades, sobre todo cuando entran en conflicto con obligaciones preexistentes como un empleo remunerado, el cuidado de otros nietos y nietas o el apoyo a una pareja con necesidades de salud. Por tanto, los arreglos de cuidado alterados que se derivan del factor de estrés inicial del encarcelamiento paterno pueden contribuir a la angustia emocional de las personas cuidadoras.
En segundo lugar, las familias que asumen responsabilidades de cuidado adicionales derivadas del factor de estrés del encarcelamiento paterno —en particular las que redistribuyen estas responsabilidades entre varios miembros de la familia— pueden enfrentarse a un mayor conflicto relacional. La redistribución alivia la carga de cada persona cuidadora, pero puede introducir nuevas fuentes de tensión. El apoyo instrumental puede tener costes interpersonales, ya que genera expectativas de reciprocidad (Antonucci & Jackson, 1990), puede exponer a las personas cuidadoras al juicio y al escrutinio ajenos (Braman, 2007; Kotova, 2020) y puede suscitar desacuerdos sobre las prácticas de crianza y las formas de cuidar (Choi & Marks, 2006). Por tanto, redistribuir el cuidado entre varias personas puede aliviar la tensión individual y, al mismo tiempo, generar conflicto relacional. De hecho, los cambios en el cuidado pueden crear nuevas dinámicas familiares y transformar las relaciones dentro de las familias.
Los procesos y las consecuencias de los cambios en los arreglos de cuidado tras el encarcelamiento paterno son relativamente desconocidos, a pesar de que el modelo de estrés familiar sugiere que el encarcelamiento paterno remodela los arreglos de cuidado de la infancia de maneras que favorecen tanto la angustia emocional como el conflicto relacional. La investigación cuantitativa muestra que el encarcelamiento paterno aumenta la inestabilidad del cuidado infantil (Turney & Kaiser, 2025), lo cual es relevante dada la importancia de la estabilidad del cuidado infantil para el bienestar de personas adultas y menores (Bratsch-Hines, Carr, Zgourou, Vernon-Feagans, & Willoughby, 2020; Chaudry, 2004; Pilarz & Hill, 2017; Sandstrom & Huerta, 2013). La investigación cualitativa documenta cómo las redes de parentesco se movilizan para cuidar de la infancia tras el encarcelamiento paterno (Arditti et al., 2003; Christian, 2005; Turanovic et al., 2012), pero estos trabajos suelen centrarse en las perturbaciones generales de la vida familiar en lugar de prestar una atención detallada al cuidado. Del mismo modo, aunque existen pruebas considerables de angustia emocional y conflicto relacional tras el encarcelamiento de un familiar (Goldman, 2019; Lowenstein, 1984; Wildeman et al., 2012), el papel de los cambios en las responsabilidades de cuidado como vía hacia estos resultados adversos ha recibido comparativamente poca atención.
En este artículo, nos basamos en entrevistas con madres y abuelas de menores del Jail and Family Life Study para rastrear tanto los procesos por los que el encarcelamiento paterno provoca cambios en los arreglos de cuidado como las repercusiones de esos cambios en el bienestar familiar. Nuestro análisis hace tres aportaciones clave. En primer lugar, situamos los cambios en los arreglos de cuidado como una consecuencia crucial del Estado carcelario, y mostramos cómo el encarcelamiento paterno remodela las familias. En segundo lugar, al centrarnos en las consecuencias del encarcelamiento en cárceles de condado —caracterizado por estancias abruptas, cortas e inciertas—, aportamos pruebas de cómo esta forma de contacto con el sistema penal configura la vida familiar. En tercer lugar, hacemos avanzar la investigación sobre el cuidado al vincular las transiciones de rol con la angustia emocional y el conflicto relacional.
Para comprender cómo reorganizan las familias el cuidado de la infancia tras el encarcelamiento paterno, utilizamos datos del Jail and Family Life Study, un estudio en profundidad y longitudinal sobre padres encarcelados y sus familiares. Reclutamos a padres encarcelados anunciando el proyecto en tres cárceles de condado del sur de California entre 2015 y 2017. Los padres podían participar si (1) llevaban encarcelados al menos dos meses (ya que nos interesaban menos los periodos de encarcelamiento muy cortos), (2) tenían al menos un hijo o hija menor de edad y (3) habían tenido contacto con esa criatura el mes anterior al encarcelamiento. Pedimos a los padres que nos facilitaran los nombres y datos de contacto de sus familiares (con mayor frecuencia, las madres de sus hijos y sus propias madres). La muestra total comprende 123 familias.
Reclutamos y entrevistamos a los familiares lo antes posible después de la entrevista con el padre, para reducir al mínimo el intervalo entre las entrevistas con los padres y con sus familiares y maximizar la probabilidad de que los familiares fueran entrevistados durante el encarcelamiento de su ser querido. También realizamos entrevistas de seguimiento con los familiares después de la salida del padre de la cárcel de condado, lo que nos permitió construir una relación de confianza con las personas participantes a lo largo del tiempo, recoger información adicional y examinar cómo evoluciona la vida familiar con el tiempo. La naturaleza del encarcelamiento hace que algunos padres no salieran de la cárcel de condado (y estuvieran a la espera de la resolución de su causa o cumpliendo condena), que otros fueran condenados a prisión y que otros salieran y volvieran a ser encarcelados, lo que subraya aún más la pertinencia de las entrevistas de seguimiento. En estos casos, entrevistamos a los padres y a sus familiares aproximadamente un año después de su entrevista inicial. Aunque intentamos entrevistar a todo el mundo dos meses después de la salida, a veces se tardó más en localizar a las personas participantes o en concertar las entrevistas.
Nuestra muestra analítica comprende 52 familias. Excluimos las familias sin entrevista a algún familiar (n = 15) y, a continuación, las familias en las que el padre no desempeñaba ninguna función de cuidado antes de su encarcelamiento (n = 56). Consideramos que un padre participaba en el cuidado si realizaba alguna conducta orientada a tareas con su hijo o hija (p. ej., darle de comer, jugar o llevarle al médico). Algunos de estos padres vivían con sus hijos antes de su encarcelamiento y otros no. Utilizamos datos de 46 madres (46 entrevistas iniciales y 39 de seguimiento) y de 37 abuelas (37 entrevistas iniciales y 32 de seguimiento). Las 46 entrevistas con madres representaban a 41 familias, ya que cinco padres tenían descendencia con dos madres distintas que participaron en el estudio. Las 37 abuelas representaban a 38 familias, ya que una abuela tenía dos hijos en el estudio. La mayoría de las abuelas eran madres de los padres, pero nuestra muestra analítica también incluía a dos abuelas de padres y a una madre de una madre (es decir, una abuela materna). Nuestro análisis se apoyó en entrevistas con madres, abuelas y bisabuelas de los menores. Las madres eran con frecuencia las cuidadoras principales tras el encarcelamiento paterno y, por tanto, solían disponer de la mayor información sobre los arreglos de cuidado de la infancia, pero las entrevistas con las abuelas también resultaron útiles para triangular y completar la información aportada por las madres.
Realizamos las entrevistas en inglés y en español, según la preferencia de cada participante. Entrevistamos en español a cinco madres (11% de la muestra analítica) y a 19 abuelas (51% de la muestra analítica). Grabamos en audio y transcribimos literalmente las entrevistas con los familiares, y tradujimos al inglés las entrevistas en español. Una participante se negó a ser grabada en la entrevista inicial, y tomamos notas detalladas durante esa entrevista. Las madres y las abuelas recibieron 50 dólares por entrevista. Las entrevistas con los familiares abordaron temas como el encarcelamiento del padre, las dinámicas y relaciones del hogar, el bienestar y las dificultades económicas, y la salud mental. Las entrevistas se centraron en distinguir entre la vida familiar antes y durante el encarcelamiento del padre, lo que facilitó el análisis de cómo el encarcelamiento cambió las dinámicas familiares. El equipo de entrevista redactaba notas de campo detalladas después de cada entrevista, en las que resumía el contexto de la entrevista (p. ej., la actitud de la participante y el lugar), los ámbitos de la guía de entrevista (p. ej., consecuencias del encarcelamiento, bienestar económico de la familia y salud) y otros detalles importantes (p. ej., información destacable, incoherencias entre familiares y temas que retomar en la entrevista de seguimiento).
Llevamos a cabo cuatro etapas analíticas principales para comprender cómo afrontan las familias el cuidado de la infancia tras el encarcelamiento paterno, siguiendo un enfoque abductivo que permitió que surgieran tanto temas guiados por la teoría como temas inductivos (Timmermans & Tavory, 2012). También utilizamos un enfoque flexible, iterativo y transparente, idóneo para muestras grandes y para la codificación en equipo (Deterding & Waters, 2021; Goldberg & Allen, 2024).
La primera etapa analítica, que realizamos para el conjunto del Jail and Family Life Study, consistió en una codificación deductiva de todas las transcripciones de las entrevistas. Esta codificación deductiva, dirigida por la persona investigadora principal del estudio, la llevó a cabo un equipo de estudiantes de posgrado. Consistió en leer las transcripciones completas y codificarlas a partir de grandes temas derivados en su mayoría de las guías de entrevista. El equipo codificó conjuntamente las primeras transcripciones para alcanzar un consenso sobre la aplicación de los códigos. Después, cada transcripción fue codificada por un miembro del equipo y revisada por otro (en la mayoría de los casos, la persona investigadora principal). Las discrepancias se llevaban al grupo ampliado para resolverlas (y revisábamos el libro de códigos cuando era necesario). El equipo codificó primero de forma deductiva las entrevistas iniciales de las abuelas y pasó luego a las entrevistas iniciales de las madres, a las entrevistas de seguimiento de las madres y a las entrevistas de seguimiento de las abuelas. Entre los códigos deductivos pertinentes para este análisis figuran «Efectos del encarcelamiento», que incluía las conversaciones sobre cómo el encarcelamiento del padre afectó a cualquier miembro de la familia; «Protección de la infancia», que incluía las conversaciones sobre el sistema de protección de la infancia; y «Relación con el hijo o la hija» o «Relación con el nieto o la nieta», que incluía las conversaciones sobre la relación del familiar con los hijos e hijas del padre.
La segunda etapa analítica consistió en una amplia redacción de memorandos sobre los arreglos de cuidado del conjunto de la muestra de 123 familias. Quienes firman este artículo en segundo y tercer lugar redactaron memorandos cualitativos a partir de extensas notas de campo, en los que resumían, para cada familia, las condiciones de convivencia, los arreglos de cuidado infantil (p. ej., quién cuida y cómo se reparte el cuidado entre los miembros de la familia), la custodia y el contacto con el sistema de protección de la infancia antes, durante y después (si procedía) del encarcelamiento del padre. También codificamos cuantitativamente algunas de estas dimensiones para resumir con facilidad la presencia o ausencia de temas. Utilizamos después estos memorandos para afinar nuestra muestra analítica y redactar memorandos de síntesis sobre los arreglos de cuidado, destacando los temas más relevantes documentados en las familias. Estos memorandos de síntesis facilitaron la comprensión de las pautas comunes y orientaron la siguiente ronda de codificación.
La tercera etapa analítica consistió en una codificación inductiva de los códigos deductivos pertinentes (es decir, los fragmentos de las transcripciones más relevantes para nuestras preguntas de investigación) en nuestra muestra analítica. Quienes firman en segundo y tercer lugar realizaron esta codificación inductiva, en diálogo con la persona investigadora principal del estudio. Estos códigos surgieron de los memorandos y de las transcripciones de las entrevistas. Algunos ejemplos son «Cuidado por la persona cuidadora principal», que incluía las conversaciones sobre las tareas de cuidado realizadas por las personas cuidadoras principales tras el encarcelamiento paterno; «Relación entre padre e hijos», que incluía las conversaciones sobre cómo los padres cuidan de sus hijos e hijas antes y durante el encarcelamiento; y «Consecuencias relacionales de los cambios en los arreglos de cuidado», que incluía las conversaciones sobre cómo cambiaron las relaciones entre las personas cuidadoras tras los cambios en los arreglos de cuidado infantil provocados por el encarcelamiento del padre. Quienes firman en segundo y tercer lugar aplicaron estos códigos inductivos a las transcripciones, revisando al principio la codificación de la otra persona hasta alcanzar la coherencia (Halpin, 2024). Toda la autoría se reunía semanalmente para comentar la codificación y resolver las discrepancias.
La cuarta y última etapa analítica consistió en una nueva redacción de memorandos a partir de la codificación inductiva. Redactamos de nuevo memorandos para cada familia, esta vez solo para las familias de nuestra muestra analítica, en los que resumíamos los principales temas emergentes e identificábamos las citas clave. Utilizamos después estos memorandos por familia para redactar memorandos temáticos, en los que describíamos las principales pautas comunes a las familias, explorábamos la heterogeneidad e identificábamos las pautas que contradecían las anteriores. Estos memorandos constituyen la base de nuestros resultados.
Dadas las diferencias de poder inherentes a la relación entre el equipo investigador y las personas participantes (Reich, 2021), el equipo de investigación estuvo atento a cómo nuestras posiciones pudieron influir en varias etapas del estudio, entre ellas la formulación de las preguntas de las entrevistas, las interacciones con las personas participantes y la interpretación de los datos. Procuramos mitigar estas dinámicas estableciendo confianza y una buena relación con las personas participantes, manteniendo debates periódicos en equipo para reflexionar sobre el proceso de entrevista y examinando cómo nuestros supuestos y nuestros marcos interpretativos influían en las decisiones analíticas y en los temas emergentes (Goldberg & Allen, 2024).
La tabla 1 presenta las características descriptivas de la muestra analítica. La mayoría de las madres (n = 32, 70%) y de las abuelas (n = 29, 78%) se identifican como latinas, lo que refleja el contexto del sur de California (Census, 2000). La mayoría de las madres (n = 26, 57%) nacieron en Estados Unidos, mientras que la mayoría de las abuelas nacieron fuera de Estados Unidos (n = 23, 62%). De media, las madres tienen 29 años y las abuelas 59. Su número medio de hijos es de dos y cuatro, respectivamente. Estas mujeres están vinculadas a hombres que han vivido con frecuencia encarcelamientos largos y repetidos. Los familiares están vinculados con mayor frecuencia a hombres que han pasado entre uno y cinco años encarcelados (n = 30, 65% en el caso de las madres; n = 27, 73% en el de las abuelas). Aproximadamente dos quintas partes (n = 19, 41%) de las madres tienen descendencia con alguien que ha sido encarcelado entre cuatro y siete veces, y aproximadamente una cuarta parte (n = 11, 24%) con alguien que ha sido encarcelado ocho veces o más. Estas frecuencias son similares en el caso de las abuelas (n = 16, 43%; n = 9, 24%, respectivamente). Estas características descriptivas coinciden con las del conjunto de la muestra de madres y abuelas.
Tabla 1 — Características iniciales de la muestra analítica
El encarcelamiento paterno cambia las dinámicas de los arreglos de cuidado infantil, en consonancia con el modelo de estrés familiar. El encarcelamiento, y la consiguiente imposibilidad de que el padre recluido se ocupe del cuidado infantil, obliga a la vez a que otras personas cuidadoras absorban sus responsabilidades de cuidado y crea nuevas responsabilidades, como llevar a los menores a las visitas y acompañarlos mientras afrontan la ausencia de su padre; ambas cosas conducen a cambios en las responsabilidades de cuidado. Nuestro análisis de las transcripciones identifica dos estrategias principales —y a menudo complementarias— mediante las cuales las familias organizan el cuidado infantil tras el encarcelamiento paterno: (1) la concentración de las responsabilidades de cuidado en la persona cuidadora principal ya existente, normalmente la madre biológica, y (2) la redistribución de las responsabilidades de cuidado, la mayoría de las veces entre miembros de la familia extensa, pero en ocasiones hacia fuentes de cuidado ajenas a la familia, como guarderías, canguros remunerados y amistades (véase la figura 1).

Concebimos las estrategias de concentración y de redistribución del cuidado como situadas a lo largo de un continuo: la mayoría de las familias recurren a una combinación dinámica de ambas en lugar de apoyarse exclusivamente en una. Las respuestas familiares al encarcelamiento paterno, configuradas por características específicas del entorno familiar, se sitúan por lo general entre la concentración exclusiva y la redistribución exclusiva. La concentración exclusiva suele darse cuando los miembros de la familia extensa no están disponibles o no están dispuestos a ayudar con el cuidado infantil. La redistribución exclusiva suele darse cuando las madres afrontan las exigencias de un empleo remunerado o están ellas mismas implicadas en el sistema penal o en el de protección de la infancia. El enfoque combinado —en el que las familias utilizan a la vez estrategias de concentración y de redistribución— aparece como la vía más accesible para las familias. El encarcelamiento crea a menudo un vacío de cuidado considerable, demasiado grande para cubrirse solo mediante la concentración o solo mediante la redistribución, sobre todo cuando los padres asumían una parte sustancial de las tareas de cuidado antes de su encarcelamiento. Describimos primero las estrategias de concentración y de redistribución por separado y examinamos después cómo las familias integran con frecuencia ambas en respuesta a las necesidades de cuidado.
Constatamos que las familias que viven el encarcelamiento paterno experimentan con frecuencia una concentración de las responsabilidades de cuidado infantil, ya que las personas cuidadoras principales ya existentes —por lo general, las madres— asumen responsabilidades de cuidado ampliadas tras el encarcelamiento del padre. Estas responsabilidades ampliadas surgen porque el padre ya no está disponible para apoyar en el cuidado mientras las madres trabajan de forma remunerada, se ocupan de otras responsabilidades domésticas o hacen recados. Surgen también por las cargas adicionales que el encarcelamiento paterno impone a las familias (p. ej., mantener el contacto con el padre encarcelado). La concentración de las responsabilidades de cuidado suele darse cuando los miembros de la familia extensa no están disponibles o no están dispuestos a ayudar con el cuidado (habitualmente por la distancia geográfica, por otras responsabilidades de cuidado o por el desgaste que les produce el encarcelamiento cíclico de su ser querido). Aproximadamente la mitad de las familias experimentaron algún grado de concentración de las responsabilidades de cuidado infantil, desde la concentración exclusiva hasta la combinación de concentración y redistribución, lo que aumenta la sobrecarga de rol y la tensión de rol (Pearlin et al., 1990).
Karen, madre de 21 años con dos hijos (de 1 y 2 años), experimentó una concentración de las responsabilidades de cuidado porque los miembros de su familia extensa no podían ayudarla con el cuidado infantil cuando su pareja, el padre de sus hijos, entró en la cárcel. Karen se convirtió en la única cuidadora principal después de que su pareja fuera retirada del hogar que compartían. Karen contó con poco apoyo de su familia de origen durante ese tiempo, ya que su padre, que vivía solo, trabajaba muchas horas. Además, Karen no podía tener contacto con la familia de su pareja, dada la orden de alejamiento que había contra él. Estas circunstancias hicieron que Karen tuviera dificultades para cuidar sola de sus dos criaturas. Contó lo difícil que era hacer la compra con ellas: «Ni siquiera puedes hacer la compra [con dos críos]... Tenía que ir andando [al supermercado] con el carrito. Y luego no puedo hacer la compra con ese carrito. Así que tenía que plegarlo y coger un carro. Mi niño estaba dormido, así que tenía que poner una manta en el carro y acostar a mi niño. Esa es mi compra, mi niño. Ocupa todo el carro. Mi hija va sentada, así que tenía que coger otro carro... Eso es lo más difícil. Tener dos críos cuando no puedes ir a comprar para nada». Para madres como Karen, la falta de apoyo familiar tras el encarcelamiento de su pareja obligaba a absorber todas las responsabilidades de cuidado infantil adicionales.
Julia, madre de 25 años con un hijo (de 6 años), también experimentó una concentración de las responsabilidades de cuidado. Su pareja desempeñaba un papel de cuidado sustancial en la vida de su hijo antes de su encarcelamiento. Cuidaba de su hijo tres días a la semana, lo que daba a Julia tiempo para hacer recados, ocuparse de las tareas de la casa y descansar. Sin embargo, tras su encarcelamiento, Julia se encontró de repente como única responsable del cuidado de su hijo. Contó: «[Mi hijo] está conmigo el cien por cien del tiempo. Muy rara vez pido a alguien que lo cuide… La cantidad de tiempo que paso con él es mucho mayor [que antes del encarcelamiento de su padre]». Julia nos cuenta que su familia rara vez podía aliviar esta carga debido a sus propias obligaciones. Dijo: «Mi madre tiene un negocio. Es una mujer ocupada… no está disponible siempre, la verdad. Casi nunca, para ser sincera». Así, los cambios en las responsabilidades de cuidado de Julia son sustanciales, ya que su pareja desempeñaba un papel de cuidado significativo antes de su encarcelamiento, y concentrados, dada la incapacidad de su familia para sustituir plenamente el papel de su pareja.
Constatamos que las familias que viven el encarcelamiento paterno también redistribuyen con frecuencia las tareas de cuidado, ya que personas que antes no eran cuidadoras principales —como miembros de la familia extensa, amistades o personal remunerado de cuidado infantil— asumen responsabilidades de cuidado durante el encarcelamiento paterno. Más de tres cuartas partes de las familias experimentaron una redistribución de las responsabilidades de cuidado infantil, desde cambios parciales en las responsabilidades hasta cambios completos en los arreglos de cuidado (estos últimos se producen cuando las madres afrontan las exigencias de un empleo remunerado o tienen su propio contacto con el sistema penal o con el de protección de la infancia). Las familias describieron tres pautas habituales de redistribución: una mayor implicación de la familia extensa, una mayor dependencia de personas cuidadoras ajenas a la familia y un traspaso completo a una nueva persona cuidadora principal.
La forma más habitual de redistribución del cuidado infantil consiste en que miembros de la familia extensa intervienen para ayudar a gestionar las responsabilidades durante el encarcelamiento paterno. Este cuidado suele ser voluntario, no remunerado y asumido por abuelas y abuelos (aunque a veces cuidaban tías, tíos, primos o hermanos mayores). Estos arreglos requieren la cooperación entre las madres y los miembros de la familia extensa. Casi todas las familias que experimentaron una redistribución trasladaron al menos parte de las responsabilidades de cuidado infantil a la familia extensa (aproximadamente la mitad de las veces a familiares maternos, una cuarta parte a familiares paternos y otra cuarta parte a familiares tanto maternos como paternos). Pensemos en Amy, de 77 años, cuyo hijo estaba encarcelado. Antes de su encarcelamiento, Amy y su hijo compartían la custodia de su nieta de 13 años, que vivía con ellos parte de la semana y asistía a una escuela cercana. Tras el encarcelamiento de su hijo, Amy se convirtió en la cuidadora principal entre semana y en fines de semana alternos, y asumió las cargas económicas y prácticas de este nuevo papel. Debido a su edad y a sus limitaciones físicas, la hija de Amy también intervino para ayudar. «Ahora, el sábado o el domingo, [mi hija] se lleva a [mi nieta] y hacen lo que sea», explicó Amy. «Así que eso me ayuda, y es bueno para [mi nieta]». Este ejemplo —en el que tanto la abuela como la tía de la niña asumieron funciones de cuidado— ilustra cómo la familia extensa asume a menudo colectivamente las responsabilidades de crianza en ausencia del padre.
La redistribución de las responsabilidades de cuidado infantil tras el encarcelamiento paterno recurría en ocasiones a fuentes de cuidado ajenas a la familia, como guarderías, canguros remunerados o amistades. Pensemos en Cindy, una madre de 29 años que vivía con sus dos hijos (de 1 y 7 años) y con su madre. Aunque la pareja de Cindy no vivía con ellos antes de su encarcelamiento, asumía responsabilidades de cuidado considerables. Cindy contó: «Si necesitaba ayuda para limpiar, me ayudaba a limpiar… Porque estaba ahí para ver que yo necesitaba ayuda». El encarcelamiento de su pareja generó considerables huecos en el cuidado infantil para Cindy, cuya madre no podía ayudar debido a un diagnóstico reciente de cáncer, y Cindy pidió ayuda con el cuidado a un amigo. Cindy describió cómo llegaba su hijo mayor a la escuela tras el encarcelamiento de su padre: «Lo llevo andando. O mi amigo que vive a una manzana viene a recogerlo, lo cual está bien porque así no tengo que sacar al bebé cuando hace frío. Pero en verano es fácil, salimos y vamos andando con el carrito si el bebé está despierto. Si no, lo recoge mi amigo». La experiencia de Cindy ilustra los desafíos que afrontan las madres cuando cuidan solas de sus hijos e hijas, sobre todo si tienen horarios y necesidades diferentes. Aunque normalmente eran los familiares quienes intervenían para ayudar, las amistades o las guarderías de pago desempeñaban a veces un papel esencial para las madres.
En aproximadamente una quinta parte de las familias de nuestra muestra, la redistribución de las responsabilidades de cuidado infantil se produjo mediante un cambio de persona cuidadora principal, ya que los menores pasaron a vivir con un miembro de la familia extensa tras el encarcelamiento del padre. Esta redistribución se debió la mayoría de las veces al contacto de la madre con el sistema penal o con el de protección de la infancia, aunque en ocasiones se produjo de forma voluntaria, cuando la madre decidía que no podía cuidar de sus hijos. Claire, madre de 23 años con cuatro hijos (de 1, 4, 5 y 7 años), es un ejemplo de madre que perdió temporalmente la custodia por la intervención de los Servicios de Protección Infantil (CPS). Claire recibió un disparo de su novio y resultó herida, lo que llevó al encarcelamiento de este. La madre de Claire llamó a los CPS por preocupación ante la violencia. Claire contó: «Mi madre llamó a los CPS, y [los CPS] entrevistaron a mi hija, y le preguntaron si nos peleábamos. Y ella dijo que sí. Y entonces se los llevaron solo por eso». Tras completar un año de clases de parentalidad y conseguir un piso, Claire recuperó la custodia. Así, el caso de Claire ilustra cómo el encarcelamiento paterno puede desestabilizar los arreglos de cuidado infantil a través de la intervención de organismos estatales, lo que contribuye a un cambio de custodia.
Casi la mitad de las familias recurrieron a la vez a la concentración y a la redistribución para gestionar las responsabilidades de cuidado infantil tras el encarcelamiento. Las familias solían utilizar estas estrategias simultáneamente cuando soportaban una carga de cuidado elevada, por lo general cuando los padres estaban muy implicados en el cuidado antes de su encarcelamiento. En estas familias, a menudo era inviable o imposible recurrir solo a la concentración (ya que una única persona cuidadora principal no podía absorber todas las necesidades de cuidado) o solo a la redistribución (ya que las personas cuidadoras principales querían y podían asumir al menos parte de las responsabilidades de cuidado adicionales).
Pensemos en Teresa, una mujer de 35 años que recurrió tanto a la concentración como a la redistribución. Antes del encarcelamiento de su pareja, vivía con él, con el hijo o la hija que tenían en común (de 2 años) y con dos hijos mayores de una relación anterior (de 12 y 9 años). Teresa contó que su pareja se ocupaba de una parte sustancial del cuidado infantil antes de su encarcelamiento: «Los días que [él] libraba [del trabajo], en realidad nos venía bien para nuestro horario, porque, obviamente, ya sabes, nuestro día a día siempre ha estado lleno. Él puede recoger a los niños y llevarlos a donde tengan que ir. Yo no tengo que volver corriendo ni hacer nada. Así que, en realidad, me quitaba mucha de esa carga». El encarcelamiento de su pareja dejó a Teresa con un gran vacío de cuidado que cubrir, tanto logístico como económico, y Teresa recurrió a estrategias de redistribución y de concentración para cubrirlo. A petición de Teresa, su madre —que vivía lejos— se hizo cargo a tiempo completo del menor de sus hijos, lo que permitió redistribuir parte de las responsabilidades de cuidado infantil pese a la distancia geográfica. Teresa también inscribió a sus dos hijos mayores durante más días en una guardería de pago. Sin embargo, pese a redistribuir parte del cuidado infantil hacia la familia y la guardería de pago, Teresa también experimentó una concentración de las responsabilidades de cuidado, ya que sus familiares no vivían cerca para ayudar con regularidad. Al reflexionar sobre las dificultades para recoger a sus hijos de la escuela, Teresa dijo: «Lo hacía yo sola. Tuve que cambiar mi horario [de trabajo]». Las experiencias de Teresa ilustran cómo las familias recurren simultáneamente a estrategias de concentración y de redistribución. Teresa fue una de las dos únicas madres que, voluntariamente y sin intervención de los CPS, dejaron que uno de sus hijos viviera a tiempo completo con un miembro de la familia extensa. No obstante, su experiencia es representativa de cómo las familias podían emplear estrategias distintas para hijos distintos en función de las capacidades de las madres y de las necesidades de cuidado de cada menor.
Las familias también utilizaban simultáneamente estrategias de concentración y de redistribución cuando necesitaban compaginar los horarios laborales de las madres y de los miembros de la familia extensa para garantizar la cobertura del cuidado. Pensemos en Susie, madre de 21 años con un hijo (de 2 años). La pareja con la que convivía Susie dedicaba un cuidado considerable a su hijo en común antes de su encarcelamiento. Cuidaba de su hijo mientras Susie trabajaba, y él y su hijo «jugaban mucho juntos... iban al parque y esas cosas». Sin embargo, tras su encarcelamiento, Susie tuvo que organizar el cuidado de su hijo mientras ella trabajaba. Al reflexionar sobre cómo cambiaron sus responsabilidades de cuidado infantil tras el encarcelamiento de su pareja, Susie dijo: «Tenía que hacerlo todo por mi bebé». Y añadió: «[Criar sola] fue bastante duro para mí, porque mi hermana también trabajaba. No podía cuidármelo. Así que tuve que buscar una canguro. O a veces llegaba tarde al trabajo porque no tenía quien me lo cuidara». Con el tiempo, sin embargo, el horario de su hermana cambió, y Susie redistribuyó entonces parte de las responsabilidades de cuidado infantil hacia su hermana. Así, Susie recurrió simultáneamente al cuidado concentrado y al redistribuido, según la disponibilidad de su hermana y de la canguro. Como Teresa, Susie experimentó a la vez concentración y redistribución porque, pese a recibir cierto apoyo de sus familiares, se convertía en la única responsable de las necesidades de su hijo cada vez que ese apoyo no estaba disponible.
Nuestro análisis revela que la concentración y la redistribución de las responsabilidades de cuidado tras el encarcelamiento paterno tienen consecuencias importantes para las dinámicas familiares y el bienestar de las personas cuidadoras, en consonancia con el modelo de estrés familiar (véase la figura 1). Identificamos dos consecuencias emergentes principales: (1) un aumento de la angustia, observado sobre todo en las personas cuidadoras que asumen responsabilidades de cuidado concentradas (solas o combinadas con la redistribución), y (2) un aumento del conflicto entre personas cuidadoras, observado sobre todo en las familias que experimentan una redistribución de las responsabilidades de cuidado (sola o combinada con la concentración).
Los familiares describieron la concentración de las responsabilidades de cuidado tras el encarcelamiento paterno como una experiencia angustiosa y abrumadora. Esta concentración, que se produce junto con otras tensiones derivadas del encarcelamiento de un familiar, agravó los sentimientos de angustia de las personas cuidadoras de dos maneras principales. En primer lugar, las personas cuidadoras refirieron sentir tensión al asumir una parte mayor de las responsabilidades de cuidado infantil, más difíciles de sobrellevar sin el apoyo emocional que antes aportaba el padre. En segundo lugar, las personas cuidadoras refirieron sentir tensión ante las nuevas responsabilidades derivadas directamente de la reclusión del padre. Aproximadamente una cuarta parte de las personas cuidadoras de nuestra muestra refirieron un aumento de la angustia como respuesta directa a las cargas de cuidado.
Las personas cuidadoras describieron la angustia derivada de la concentración de las obligaciones de cuidado como especialmente aguda por no poder recibir el apoyo emocional del padre de sus hijos, un apoyo que solía ayudarlas a sobrellevar el estrés del cuidado. Pensemos en Emily, madre de 21 años con dos hijos (de 1 y 4 años). Antes de su encarcelamiento, la pareja de Emily contribuía al cuidado de sus hijos haciendo recados, limpiando y brindando apoyo emocional. Tras su encarcelamiento, Emily recurrió tanto a la concentración como a la redistribución del cuidado: asumió ella misma más cuidado infantil y se apoyó en Head Start. Nos cuenta que su encarcelamiento aumentó sus responsabilidades de cuidado y, al mismo tiempo, la privó del apoyo emocional que necesitaba para afrontarlas. Dice: «No tengo apoyo. Apoyo mental. Alguien que me diga que todo iba a salir bien, o deja, que te lo traigo yo… Él era de los de “toma, déjame ayudarte”. Porque estaba ahí para ver que yo necesitaba ayuda». Así, la concentración de las responsabilidades de cuidado, unida a la reducción del apoyo emocional debida a la reclusión, llevó a un deterioro de la salud mental de las personas cuidadoras.
Además, las personas cuidadoras refirieron que la reclusión del padre trajo consigo nuevas tareas de cuidado que contribuyeron a la angustia. Por ejemplo, las personas cuidadoras describieron las repercusiones emocionales del encarcelamiento paterno en sus hijos e hijas, lo que aumentaba su angustia. Pensemos en Paulie, una madre de 26 años que vivía con sus dos hijos (de 6 y 7 años) y con el padre de estos antes de su encarcelamiento. Paulie recurrió tanto a la concentración como a la redistribución tras el encarcelamiento de su pareja, ya que aumentó su dedicación al cuidado y recibió cierto apoyo limitado en el tiempo de la abuela paterna. Paulie contó que su angustia ante el cuidado concentrado se veía agravada por las reacciones de sus hijos al encarcelamiento. Dijo: «Tienes que hacerlo todo tú. Es agotador. Y quizá si sois dos podéis repartiros las tareas… pero yo tengo que encargarme de todo. Y es muy estresante. Sobre todo cuando no me hacen caso. Me he dado cuenta de que desde que él está ahí dentro se portan mal. Me parece que se han vuelto más trastos. Están … más respondones y se creen que pueden salirse con la suya». Este fragmento ilustra la angustia y la tensión derivadas de las nuevas responsabilidades de cuidado.
Del mismo modo, algunas personas cuidadoras respondieron a las reacciones emocionales de sus hijos e hijas ante el encarcelamiento paterno pasando más tiempo con ellos, lo que contribuyó a la angustia. Pensemos en Jessica, madre de 24 años con dos hijos (de 2 y 5 años), que asumió mayores obligaciones de cuidado tras el encarcelamiento del padre de su hijo. Dice: «Fue duro no tener ya ayuda … tener que hacer malabares con tantas cosas cuando estaba acostumbrada a tener a alguien ahí para hacer las tonterías más simples, esas cosillas en las que ni piensas». Jessica también contó que quería compensar la ausencia del padre en la vida de su hijo. «Intentaba hacer más cosas con ellos solo porque sentía que tenía que… compensar la falta del otro progenitor… Me pasaba el tiempo intentando comprar cosas, cosas carísimas, una locura, para [mi hijo]. Porque solo intentaba llenar un vacío que estaba ahí… De verdad que intentaba distraerlo, mantenerlo ocupado o compensar el hecho de que [su padre] ya no estuviera». Jessica, como otras madres, describe cómo la concentración de las responsabilidades de cuidado tras el encarcelamiento paterno, unida a sus esfuerzos por mitigar las repercusiones perjudiciales del encarcelamiento, pone a prueba su bienestar emocional.
La angustia surgía también cuando las exigencias del cuidado concentrado limitaban la capacidad de las personas cuidadoras para pasar «tiempo de calidad» con sus hijos e hijas. Paulina, madre de 31 años con dos hijos (de 3 y 6 años), ilustra estas preocupaciones. Paulina vivía con su pareja antes de su encarcelamiento; su pareja cuidaba de sus hijos mientras Paulina trabajaba. Tras su encarcelamiento, Paulina recurrió tanto a la concentración como a la redistribución, ya que asumió la mayor parte de las responsabilidades de cuidado y se apoyó además en una canguro y en la ayuda ocasional de familiares. Paulina contó: «Llego a casa cansada del trabajo, cocino, veo a [mis hijos]... Me dicen: “Mami, vamos al parque. Ya no juegas con nosotros. Mami, mami, ya no me cantas”.… Mi hija me dice: “¿Por qué ya no nos lees cuentos, mami? Ya no me haces caso, mami, escúchame”». Paulina ilustra las experiencias de las personas cuidadoras a las que les cuesta conciliar sus mayores responsabilidades de cuidado con la calidad del cuidado que pueden dar a sus hijos e hijas.
La redistribución de las tareas de cuidado tras el encarcelamiento paterno contribuye a la aparición de conflictos entre personas cuidadoras, sobre todo, aunque no exclusivamente, entre la familia materna y la familia paterna de los menores. Los conflictos surgen en torno a cuestiones como dónde viven los menores y su custodia, el reparto de los gastos de cuidado infantil, el acceso a los menores (sobre todo por parte de la familia del padre) y las preocupaciones sobre las relaciones y los hábitos de los menores. Aproximadamente una quinta parte de las personas cuidadoras refieren conflictos con otras personas cuidadoras.
Las personas cuidadoras entran a veces en disputas sobre dónde viven los menores y sobre su custodia tras el encarcelamiento paterno. Pensemos en Amy (presentada más arriba), que se convirtió en la cuidadora principal de su nieta tras el encarcelamiento de su hijo. Amy expresaba su frustración porque la madre de su nieta se negaba a pagar los gastos de cuidado, incluida la gasolina para llevarla a la escuela; en respuesta, Amy exigió a la madre de su nieta que la llevara ella a la escuela cada mañana. Además, la nieta de Amy quería vivir con ella a tiempo completo, pero la madre de la niña se negaba, lo que provocó un conflicto entre las dos mujeres. Amy contó: «Ayer, cuando [mi nieta] llegó aquí, me dice: por fin le he dicho a mi madre que quiero mudarme a tu casa para empezar el instituto... Y entonces su madre dijo: bueno, no sé, porque no me fío de ella, o sea, de mí. ¿Cómo puede no fiarse de mí?». El conflicto entre Amy y la madre de su nieta se deriva de la redistribución de los arreglos de cuidado infantil tras el encarcelamiento paterno.
Los desacuerdos sobre dónde debían vivir los menores desembocaban a veces en disputas por la custodia. Pensemos en Crucecita, de 74 años. Tras el encarcelamiento de su hijo, los hijos de este se fueron a vivir con la hija de Crucecita, mientras que la abuela materna de los menores, su tía materna y la hija de Crucecita solicitaban la custodia. La custodia se concedió a la abuela materna. Los CPS aprobaron un régimen de visitas para Crucecita, pero los intentos de su hija de obtener un arreglo similar no prosperaron. Al reflexionar sobre esta disputa, Crucecita dijo: «Viven en un sitio estrecho. No tienen espacio suficiente para vivir. Tienen muchos niños y viven todos juntos. Es horrible… ¿Por qué no le dan la custodia a mi hija, o los niños? Está mejor económicamente, lleva una vida decente, y ella y su marido son profesionales los dos. Fueron a ver su casa y vieron que tiene una buena situación. Se puede decir que Dios la ha bendecido y que tiene dinero. Viven bastante bien». Como ilustra el caso de Crucecita, los desacuerdos sobre dónde deben vivir los menores son una fuente de conflicto tras el encarcelamiento paterno, ya que las personas cuidadoras sostienen a veces opiniones enfrentadas sobre dónde —y con quién— deben residir.
La redistribución del cuidado infantil tras el encarcelamiento paterno provocaba a veces disputas sobre los hábitos y las rutinas de los menores. Pensemos en Kaylee, de 49 años, que asumió responsabilidades de cuidado adicionales tras el encarcelamiento de su hijo. Kaylee cuenta que los desacuerdos entre ella y la madre de sus nietos aumentaron a medida que se implicaba en la rutina de sus nietos. Nos dijo: «Cuando ella los lleva a comer, es solo pizza, hamburguesas, patatas fritas… no les compra nada más. Me preocupa muchísimo porque hay antecedentes de diabetes…. No entiende que la fruta y la verdura son buenas para ellos. Cuando les cocino, no quieren comérselo porque están acostumbrados a la comida basura. Cuando eran más pequeños les daba mucha fruta y verdura, pero ahora no se la comen. A él le encantan las golosinas». Este fragmento ilustra que, tras el encarcelamiento paterno, a medida que las personas cuidadoras asumen mayores responsabilidades y coordinan el cuidado entre sí, las opiniones divergentes sobre las prácticas de crianza adecuadas pueden dar lugar a conflictos.
Otra fuente de desacuerdo entre personas cuidadoras giraba en torno al contacto de los menores con su padre encarcelado. Pensemos en Marsha, una mujer de 48 años cuyo hijo vivía con su pareja y su hija (de 3 años) antes de ser encarcelado. Tras el encarcelamiento de su hijo, su pareja ya no podía pagar el alquiler; esto llevó a que la niña se alojara de forma intermitente en moteles con su madre y con sus abuelas materna y paterna. Más tarde, la madre de la niña fue encarcelada, y la niña empezó a repartir su tiempo entre las casas de su abuela materna y de su abuela paterna. Mientras tanto el padre como la madre de la niña estaban encarcelados, la abuela materna la llevaba a visitarlos. Esta decisión suscitó la desaprobación de Marsha, que nos dijo: «Imagínate lo agotador que es para una niña pequeña. O sea, no me importa si son dos o tres horas, pero estamos hablando de al menos cuatro o cinco horas ahí dentro. O sea, no puedes llevar comida, no puedes llevar bebida, y no hay baño y estás en ese cubículo pequeño y el asiento es así de redondo. Y no hace falta… no sé, para mí no es en absoluto un sitio para críos. Y tienes a toda esa gente maldiciendo, todas esas palabrotas». El ejemplo de Marsha muestra que, cuando las personas cuidadoras se dividen y comparten las responsabilidades de cuidado infantil, pueden surgir conflictos sobre cómo deben mantener los menores el contacto con su padre encarcelado, que reflejan creencias divergentes sobre cuestiones como las posibles repercusiones de las visitas a la cárcel en la primera infancia.
Partiendo del modelo de estrés familiar, que pone de relieve la interdependencia y la interconexión de los miembros de la familia (Arditti & McGregor, 2019; Conger & Elder, 1994; Hill, 1958), describimos y explicamos cómo responden las familias a las cargas de cuidado que surgen del encarcelamiento paterno. Utilizamos datos de entrevistas en profundidad de 54 familias —principalmente entrevistas con madres y abuelas de los menores— que viven un encarcelamiento, para dar cuenta de forma sistemática de los cambios en el cuidado tras este factor de estrés. El encarcelamiento paterno cambia los arreglos de cuidado, ya que impide a los padres realizar muchas tareas de cuidado, obliga a que otras personas absorban sus tareas de cuidado anteriores y crea nuevas tareas de cuidado (como facilitar la comunicación entre los padres encarcelados y sus hijos e hijas). En consecuencia, examinamos cómo cambian los arreglos de cuidado tras el encarcelamiento paterno y qué consecuencias tienen estos cambios para las personas cuidadoras.
En primer lugar, constatamos que los arreglos de cuidado tras el encarcelamiento paterno van de la concentración, en la que las responsabilidades de cuidado son absorbidas por completo por la persona cuidadora principal ya existente, a la redistribución, en la que estas responsabilidades se reparten entre otras personas, como miembros de la familia extensa, amistades y guarderías. Esto concuerda con investigaciones previas que ponen de relieve cómo el encarcelamiento altera las dinámicas familiares (Braman, 2007; Comfort, 2016; Turanovic et al., 2012). Complementamos esta investigación —buena parte de la cual se centra específicamente en las relaciones de pareja (Emory, 2022; Turney et al., 2023; Widdowson et al., 2020)— examinando de forma sistemática el cuidado, una responsabilidad exigente que requiere tiempo, energía y recursos económicos de las personas cuidadoras (Urwin et al., 2023) y un motor fundamental del bienestar infantil (World Health Organization, 2004). Nuestros resultados sobre el continuo de los arreglos de cuidado —con algunas familias que recurren solo a la concentración del cuidado, otras solo a su redistribución y la mayoría a alguna combinación de concentración y redistribución— concuerdan con la investigación que documenta respuestas heterogéneas al encarcelamiento paterno (Sampson, 2011; Venema et al., 2024). Estas respuestas heterogéneas, que muestran cómo las madres y otros familiares organizan el cuidado ante el encarcelamiento paterno, pueden arrojar luz sobre los mecanismos que vinculan el encarcelamiento paterno con la inestabilidad del cuidado infantil (Turney & Kaiser, 2025).
En segundo lugar, constatamos que estas respuestas de cuidado al encarcelamiento paterno tienen consecuencias para madres y abuelas, ya que generan angustia y conflicto relacional. La concentración del cuidado suele aumentar la angustia, mientras que la redistribución del cuidado suele generar conflicto relacional. Estas consecuencias concuerdan con la teoría del estrés familiar, que pone de relieve tanto la interdependencia de los miembros de la familia como la forma en que los factores de estrés pueden conducir a la angustia y al conflicto (Conger & Elder, 1994). Estas consecuencias concuerdan también con la investigación que documenta la angustia y el conflicto derivados del encarcelamiento en general (Goldman, 2019; Lowenstein, 1984; Wildeman et al., 2012). Los cambios en los arreglos de cuidado —en forma de concentración, de redistribución o de alguna combinación de ambas— podrían ser mecanismos que expliquen las consecuencias perjudiciales del encarcelamiento paterno para la salud mental (Goldman, 2019; Sirois, 2020; Wildeman et al., 2012) y para el conflicto relacional (Braman, 2007). La investigación futura podría utilizar datos de encuestas poblacionales para examinar los arreglos de cuidado como mediadores entre el encarcelamiento paterno y el estrés y el conflicto relacional, o considerar moderadores familiares (p. ej., el nivel socioeconómico o la proximidad de la familia extensa) de la relación entre el encarcelamiento paterno y estos resultados. La investigación futura podría examinar también las consecuencias de los cambios en los arreglos de cuidado para el bienestar infantil, un ámbito de investigación importante que queda fuera del alcance de este artículo.
En conjunto, nuestros resultados ponen de relieve cómo el encarcelamiento paterno —un factor de estrés que suele implicar la ausencia temporal del padre en el hogar— reestructura la vida familiar. Aunque el encarcelamiento paterno es un factor de estrés singular, estos resultados pueden ser instructivos sobre cómo responden las familias a otros factores de estrés, en particular los que implican la ausencia de un miembro de la familia —como la muerte de un progenitor, el despliegue militar o la deportación— y los que configuran las dinámicas de cuidado (p. ej., cuando un progenitor se incorpora al trabajo remunerado tras un periodo de desempleo). Es probable que los procesos de concentración y de redistribución de las responsabilidades de cuidado infantil que observamos en nuestros datos existan también en las familias que viven estos otros factores de estrés (Dreby, 2012). La investigación futura debería identificar en qué se parecen y en qué se diferencian del encarcelamiento paterno las formas en que estos otros factores de estrés configuran los arreglos de cuidado.
Estos resultados deben interpretarse a la luz de varios factores, relacionados en su mayoría con la composición de nuestra muestra. En primer lugar, realizamos entrevistas con madres y abuelas de menores que viven el encarcelamiento paterno, y no con el conjunto de las personas que cuidan de la infancia durante la ausencia del padre. Otros familiares —como la fratría de los padres encarcelados, abuelas y abuelos maternos y menores de más edad— también participan en el cuidado, como supimos por los familiares que entrevistamos. Las entrevistas con estas otras personas cuidadoras podrían aportar resultados adicionales. La investigación futura —sobre el cuidado tras el encarcelamiento paterno, pero también sobre las consecuencias del encarcelamiento paterno en general— se beneficiaría de entrevistar a estos otros familiares (Umamaheswar, 2024). Dicho esto, nuestras entrevistas con madres y abuelas de menores que viven el encarcelamiento paterno son coherentes con un enfoque de sistemas familiares (Minuchin, 1974). En segundo lugar, limitamos nuestra muestra a las familias en las que el padre participaba en el cuidado antes de su encarcelamiento. Teóricamente, es el grupo que esperamos que se vea más afectado por el encarcelamiento paterno, pero esta decisión impide examinar los cambios en las dinámicas de cuidado en otras familias. Los padres que no cuidaban de sus hijos antes de su encarcelamiento pueden aportar recursos económicos, cuya falta podría alterar los arreglos de cuidado. En tercer lugar, nuestra muestra incluye familias que viven el encarcelamiento de un ser querido en una cárcel de condado (aunque algunos hombres reciben penas de prisión durante el estudio o han estado presos anteriormente). Los arreglos de cuidado tras un encarcelamiento en una cárcel de condado, que suele ser más breve que el encarcelamiento en prisión e implica una incertidumbre considerable sobre la fecha de salida (Walker, 2022), pueden desarrollarse de manera distinta a los arreglos de cuidado tras un encarcelamiento en prisión. Por otro lado, las necesidades de cuidado de la infancia cambian con bastante rapidez incluso sin encarcelamiento paterno, y las familias no hablan de sus cambios en los arreglos de cuidado como algo exclusivamente de corto plazo, lo que sugiere que el tipo de centro podría no configurar de forma significativa los arreglos de cuidado ni sus consecuencias. Esto, así como las consecuencias a largo plazo del encarcelamiento en cárceles de condado para los arreglos de cuidado, sigue siendo una cuestión para la investigación futura. Por último, los resultados podrían diferir si nuestra muestra tuviera más diversidad racial y étnica, ya que la mayoría de nuestras participantes se identifican como latinas. Las familias latinas abrazan el valor del familismo, que subraya la importancia de las relaciones familiares estrechas (Campos et al., 2014), y esto puede configurar los arreglos de cuidado (y explicar en parte, junto con las limitaciones económicas, por qué pocas de nuestras participantes recurrían a guarderías). Además, la situación indocumentada de algunas de estas familias puede favorecer una evitación de las instituciones que configura los arreglos de cuidado (Desai, Su, & Adelman, 2020).
Este estudio, basado en entrevistas en profundidad con madres y abuelas de menores que viven el encarcelamiento paterno, ofrece una descripción matizada de cómo afrontan las familias las cargas de cuidado tras el encarcelamiento paterno. Ponemos de relieve los procesos, en su mayoría interconectados, de concentración y de redistribución del cuidado, y explicamos cómo algunas familias concentran las responsabilidades de cuidado, otras las redistribuyen y la mayoría recurre a alguna forma de concentración y redistribución. Partiendo del modelo de estrés familiar, nuestros resultados revelan las diversas estrategias que emplean las familias para atender las necesidades de cuidado de la infancia, las características familiares que configuran estas estrategias y las consecuencias sustanciales que tienen estos arreglos para el estrés de las personas cuidadoras y el conflicto relacional. Al examinar de forma sistemática el cuidado tras el encarcelamiento paterno, y sus implicaciones, arrojamos luz sobre los mecanismos mediante los cuales el encarcelamiento paterno perturba la vida familiar y contribuye a un estrés familiar más amplio. Estas aportaciones mejoran nuestra comprensión de los desafíos específicos que afrontan las familias que viven el encarcelamiento paterno y ofrecen a la vez un marco para estudiar las respuestas de cuidado a otros factores de estrés familiar. La investigación futura debería seguir explorando cómo gestionan las familias el estrés familiar, incluido el encarcelamiento paterno, ampliando su alcance a otras personas cuidadoras, otros contextos de encarcelamiento y sistemas familiares diversos. Este trabajo puede orientar intervenciones que mitiguen las consecuencias adversas del encarcelamiento paterno y promuevan la resiliencia familiar ante las dificultades.
Complexe Systémique: puntos clave
Leído desde una perspectiva sistémica, este artículo describe un sistema familiar que se reorganiza en torno a un vacío: cuando el padre entra en la cárcel, sus tareas no desaparecen, migran. El continuo propuesto (concentración en una persona, redistribución en la familia extensa, o ambas) es una herramienta sencilla para cartografiar, en sesión, quién carga con qué desde el encarcelamiento. El hallazgo más útil es la simetría de los costes: la concentración agota a la persona que lo sostiene todo sola, mientras que la redistribución alivia pero aviva conflictos entre la familia materna y la paterna por la custodia, el dinero, la comida o las visitas a la cárcel. Así, quienes ejercen la práctica clínica pueden escuchar estas disputas como efectos de la reorganización y no como fallos personales. Los límites están claros: un único emplazamiento en el sur de California, familias mayoritariamente latinas, padres recluidos en cárceles de condado, y no se preguntó al respecto ni a los menores ni a los padres. Para leer junto con el estudio sobre hombres cuyo padre estuvo en prisión y el «padre liminal», y la revisión sobre la terapia relacional en la reinserción tras el encarcelamiento.
Notas del original
Agradecimientos. Britni Adams, Maryanne Alderson, Nadine Alsaadi, Natalie Averruz, Belen Barocio, Elisabet Barrios, Isha Bhallamudi, Jaymesha Carter, MacKenzie Christensen, Emma Conner, Adrienne Credo, Patricia Delacruz, Ann Fefferman, Nicholas Freeman, Jesse Garcia, Marilyn Garcia, Gabriela Gonzalez, Rebecca Goodsell, Arevik Gyurjyan, Christopher Hoffman, Payton Huse, Jessica Kizer, Alma Leon-Oseguera, Amy Gong Liu, Crysbelle Lopez, Setarah Mahmoudi, Katelyn Malae, Estéfani Marin, Analicia Mejia Mesinas, Carmel Mitchell, Angie Belen Monreal, Jasmine Morales, Janet Muñiz, Katherine Navarro, Hannah Neatherlin, Tiffany Park, Elizabeth Partida, Alexandra Russo, Juan Sandoval, Steven Schmidt, Archibaldo Silva, Desirae Sotto, Breauna Spencer, Luis Vaca-Corona, Ashley Torres, Alexis Velez, Cara Vermaak, Kanoelani Villanueva, Lacey Wood y Jessica Zhu prestaron una excelente asistencia de investigación.
Consideraciones éticas. Esta investigación fue aprobada por el Institutional Review Board de la University of California, Irvine.
Declaración de conflictos de intereses. La autoría declara no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría o la publicación de este artículo.
Financiación. La autoría declara haber recibido el siguiente apoyo económico para la investigación, la autoría o la publicación de este artículo: la financiación del Jail and Family Life Study corrió a cargo de la National Science Foundation y de la William T. Grant Foundation.
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Traducción no oficial al español de Children’s Caregiving Arrangements Following Paternal Incarceration, de Kristin Turney, Daniela E. Kaiser y Kelsey Weymouth-Little, Journal of Family Issues, vol. 47, n. 9 (2026), doi: 10.1177/0192513x251415136, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla en forma de lista, declaraciones agrupadas en las notas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Este es el artículo original «Children’s Caregiving Arrangements Following Paternal Incarceration», publicado en Journal of Family Issues (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Turney, K., Kaiser, D. E., y Weymouth-Little, K. (2026). Children’s Caregiving Arrangements Following Paternal Incarceration. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/childrens-caregiving-arrangements-following-paternal-incarceration (Obra original publicada en 2026 en Journal of Family Issues, 47(9), 1279-1310 (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Issues, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0192513X251415136)
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