Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Clinical Social Work Journal · Trabajo social
En Suecia, las tres personas que llevaban un programa de protección a la infancia escribieron durante dos años un diario sobre quince familias cuyas madres tenían un diagnóstico psiquiátrico. Leído a la luz del poder pastoral de Foucault, este material poco común muestra cómo la ayuda se convierte en disciplina: la lactancia, el sueño, la entrada en la escuela infantil, todo queda normado. Los padres, incluso cuando son un recurso, permanecen fuera del encuadre.
Traducción no oficial al español de Conceptions, Norms, and Values in the Work of Child Protective Services with Families at Risk: An Analysis of Social Workers’ Diaries, de Annelie Björkhagen Turesson, publicado en Clinical Social Work Journal (Springer) (2020), doi: 10.1007/s10615-019-00720-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se han agrupado en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
incluso la buena voluntad y las mejores intenciones pueden transformarse en un ejercicio abusivo del poder.
Annelie Björkhagen Turesson
Resumen
Dado que las concepciones, normas y valores que rigen el trabajo de protección a la infancia son difíciles de aprehender, rara vez se discuten en la investigación. Este estudio se basa en los diarios que tres profesionales del trabajo social llevaron sobre 15 familias que eran objeto de intervenciones de los servicios de protección a la infancia en Suecia. Todas las madres de las 15 familias habían recibido un diagnóstico de problemas de salud mental. Los diarios recogen tanto los acontecimientos significativos ocurridos en las familias como los propios sentimientos y percepciones de quienes los escribían sobre su trabajo. Este artículo analiza cuatro temas: el rostro de Jano de los servicios de protección a la infancia, la condición de cliente y sus requisitos, los servicios de protección a la infancia y la buena o mala parentalidad y los padres. Los resultados muestran que las familias fueron sometidas a una disciplina extensa. Los diarios expresaban también juicios de valor muy marcados sobre cómo debe criarse a la infancia. Los deseos y aspiraciones de madres y padres eran redefinidos por el equipo profesional, lo que les privaba de poder. Los padres fueron marginados, lo que supuso la pérdida de un recurso importante dentro de las familias. Las familias reaccionaron a este ejercicio del poder en parte intentando escapar de él y en parte adaptándose a él. En resumen, el deseo de ayudar se transformó en algunos casos en un ejercicio abusivo del poder.
Palabras clave: Familia en riesgo, Servicios de protección a la infancia, Normas y valores, Condición de cliente, Parentalidad
Los servicios suecos de protección a la infancia constituyen el esfuerzo organizado de la sociedad en relación con la infancia en riesgo. Son uno de los ámbitos más amplios de los servicios sociales en Suecia, y su trabajo afecta a aspectos centrales de la vida familiar. Históricamente, existe en los servicios de protección a la infancia una larga tradición de ejercicio del poder y del control tanto sobre las personas como sobre la familia (Höjer 2012). El encuentro entre profesionales del trabajo social y progenitores constituye una parte central de este trabajo. Como el ámbito está delimitado por estrictas normas de confidencialidad, hay pocas oportunidades de conocer el trabajo práctico desde dentro. Aunque varios estudios se han centrado en describir la voz del personal de trabajo social (Pincus and Minahan 1973; Shulman 2012), no fue hasta finales de la década de 1970 cuando aumentó el interés por dar a conocer la voz de las personas usuarias. Tras la obra pionera The Client Speaks de Mayer y Timms (1970), varios estudios han entrevistado a personas usuarias sobre sus experiencias de contacto con los servicios sociales (Cree and Davis 2007; Smith 2004; Spratt and Callan 2004).
El objetivo de este artículo es ir un paso más allá intentando identificar las concepciones, normas y valores que subyacen a las palabras habladas y escritas que rigen el trabajo de los servicios de protección a la infancia. Los datos se han recogido de diarios en los que profesionales del trabajo social han escrito sobre su trabajo con familias en riesgo. Iluminar y discutir la cultura del tratamiento, es decir, lo que ocurre como resultado de las leyes y reglamentos, es sumamente importante tanto desde la perspectiva de las personas usuarias como de la propia profesión. Hasta la fecha se han realizado pocos estudios, si es que hay alguno, que revelen las ideas y los valores que rigen la práctica cotidiana del trabajo social en el ámbito de la protección a la infancia a partir de los relatos escritos por profesionales sobre su trabajo. Estos relatos no se considerarán expresión de las ideas y valores individuales de cada profesional. Representan más bien su cultura, que no puede entenderse con independencia del contexto organizativo e institucional en el que funciona esta institución del bienestar.
Las familias en riesgo constituyen un grupo especialmente vulnerable en el campo del trabajo social. Diversos estudios han mostrado que muchos progenitores experimentan una intensa sensación de miedo y humillación en sus contactos con los servicios de protección a la infancia, y que estos sentimientos suelen ser más intensos durante la fase inicial (Buckley et al. 2011; Dale 2004; Diorio 1992; Dumbrill 2006). Algunas personas sienten que los servicios de protección a la infancia tienen un poder ilimitado, que puede llevar a la retirada de la tutela de la infancia (Ayon et al. 2010; Dumbrill 2006) y al rechazo de las propias definiciones que las familias dan de sus necesidades de ayuda (Lipsky 2010; Lundström and Sunesson 2006). Varios estudios han identificado también otras dificultades que las familias pueden experimentar en relación con los servicios de protección a la infancia. Un estudio noruego halló que las familias se muestran más críticas cuando el personal de trabajo social ignora o redefine sus problemas (Ylvisåker 2013).
Profesionales del trabajo social han descrito también cómo el miedo de las familias a que les retiren a sus criaturas tiene un efecto importante en su trabajo con ellas (Križ et al. 2012). En otros estudios, el personal de trabajo social ha descrito la complejidad de su labor y cómo puede vivir un conflicto entre el papel de proteger a la infancia y el de prestar ayuda a las familias. Para afrontar esta difícil ambigüedad, puede optar por centrarse en los aspectos burocráticos de su trabajo en lugar de desarrollar una relación capaz de generar las condiciones necesarias para el cambio (Lipsky 2010; Trotter 2015).
Al mismo tiempo, los estudios han podido identificar también factores que pueden hacer avanzar este trabajo. La investigación ha sostenido que la calidad de la relación entre los progenitores y la persona profesional del trabajo social tiene una importancia central (De Boer and Coady 2007; Maiter et al. 2006). Las familias pueden tardar mucho tiempo en confiar en su profesional de referencia, lo que significa que el trabajo exige a menudo una perseverancia considerable por parte del equipo. La investigación ha subrayado también la importancia de la claridad de la información que se da a las familias, ya que crea una sensación de seguridad en una situación en la que sus vidas se han visto sumidas en la confusión (Gallagher et al. 2011). Otros estudios han descrito la importancia de que el personal de trabajo social sea fiable, es decir, que acuda a las reuniones programadas, haga las llamadas prometidas, conozca bien su campo y sea capaz de apartarse del proceso burocrático cuando sea necesario (Buckley et al. 2011; Dale 2004; Spratt and Callan 2004). Un estudio realizado en Estados Unidos identificó tres factores centrales que generan implicación en las familias y disposición al cambio: la competencia del personal, unas habilidades de comunicación positivas y el hecho de proporcionar a las familias ayuda tanto emocional como concreta (Schreiber et al. 2013). El mismo estudio subrayó también la importancia de una actitud empática por parte de la persona profesional, ya que puede compensar en cierta medida aquellos aspectos del trabajo de protección a la infancia que se perciben como difíciles. Un estudio canadiense halló que el uso del poder por parte del personal de trabajo social en sus contactos con las familias determinaba cómo estas decidían responder a una intervención. Si las familias sentían que se las estaba coaccionando o que la persona profesional había actuado con poca sensibilidad, respondían o bien desafiándola o bien siguiéndole el juego y fingiendo cooperar (Dumbrill 2006). Un estudio noruego halló que las familias valoraban positivamente el trabajo social cuando se les daba la oportunidad de formular sus propias historias de vida. Tanto las familias como el personal de trabajo social coinciden en que un buen trabajo social exige sensibilidad y empatía, y que a quienes buscan ayuda se les dé la oportunidad de definir sus propios problemas (Ylvisåker 2013).
Las familias incluidas en este estudio se sitúan en el contexto del Estado del bienestar sueco. Suecia cuenta con un régimen de bienestar universal que otorga a la ciudadanía el derecho a prestaciones no sujetas a comprobación de recursos, como la prestación por hijo a cargo (Esping-Andersen 2016). El Estado del bienestar sueco persigue los objetivos de la igualdad social y de la igualdad de género, y Suecia tiene la mayor proporción de mujeres en el mercado laboral de la UE (Galte Schermer 2017). La mayoría de la infancia en edad preescolar asiste a la educación infantil, que está fuertemente subvencionada. Esto significa que el cuidado de la infancia tiene lugar no solo en la familia, sino también en otros contextos (Andersson et al. 1996).
Aunque el Estado del bienestar sueco aspira a la igualdad de género, la investigación ha identificado dos discursos claramente diferenciados en el ámbito del trabajo social que se basan en una visión biopsicológica de la parentalidad: la mala madre y el padre ausente. La investigación ha identificado también una ceguera de género en el trabajo social práctico, lo que significa que el género no siempre se vincula ni se analiza en relación con la situación vital de las personas usuarias (Dominelli 2002; Herz 2012). En cuanto a la etnicidad, esta suele equipararse al origen, lo que vincula el concepto a la posición de lo otro. Esto significa, a su vez, que los aspectos vinculados a la etnicidad sueca se vuelven invisibles y se reproducen como norma (Herz 2012).
El Estado del bienestar se desarrolló mediante amplias reformas aplicadas principalmente durante el siglo XX, que han otorgado al Estado una posición de fuerza en relación con la familia. La infancia se convirtió en un interés colectivo y, al invertir en unas buenas condiciones de crianza, el Estado invertía también en un futuro mejor para el país en su conjunto (Börjesson 2008; Ohrlander 1992).
Para garantizar unas buenas condiciones durante la infancia, las familias necesitaban orientación y educación, en especial las madres, y sobre todo las madres pobres. Los servicios de protección a la infancia tenían un papel importante en esta tarea. La legislación que rigió los servicios de protección a la infancia durante la mayor parte del siglo XX tenía su origen en ideas sobre la influencia negativa que la clase baja ejercía sobre su descendencia (Höjer 2012).
Aunque el sector sueco de protección a la infancia se centra en ofrecer apoyo a las familias, incluye también elementos de control y coerción. Los organismos públicos que están en contacto con la infancia tienen la obligación de notificar si sospechan que una persona menor se encuentra en un entorno perjudicial. Los servicios de protección a la infancia, que dependen de las comisiones municipales de bienestar social, están entonces obligados a investigar la situación de la familia. Este ejercicio de la autoridad pública se lleva a cabo al amparo de la Ley de Servicios Sociales (SFS 2001:453). En los casos en que la situación familiar es lo bastante grave como para constituir un riesgo para la salud y el desarrollo de la persona menor, la comisión de bienestar social puede solicitar su ingreso en régimen de tutela sobre la base de la Ley de Atención a Personas Jóvenes (Disposiciones Especiales). El recurso a esta forma de atención coercitiva lo decide un tribunal, y una condición previa importante para su aplicación es que la familia no consienta voluntariamente las intervenciones (SFS 1990:52).
El objetivo principal de los servicios de protección a la infancia es prestar ayuda. Además, están concebidos para formar y socializar a las familias de modo que encajen en la sociedad. Esta forma de trabajo social implica diferenciar lo normal y bueno de lo anormal y malo (Hasenfeld 2009; Payne 2006). Lograrlo requiere grupos profesionales con conocimientos y sensibilidad moral, capaces de definir tanto la naturaleza de los fenómenos y de las personas como el porqué de que sean como son: un grupo que vela por la moral, como el personal de trabajo social o el clero (Becker 1963).
Al principio, el lenguaje utilizado en este campo se caracterizaba por un tono abiertamente moralizante, pero desde entonces ha ido siendo sustituido cada vez más por un vocabulario más psicologizado, que puede implicar, no obstante, un ejercicio del poder igual de extenso (King and Piper 1995; Ottosen 2006). El gobierno de la familia se convirtió en un campo por derecho propio, que obtiene su legitimidad principalmente de la teoría psicológica y psiquiátrica. El sociólogo británico Rose (1999) ha sostenido que la infancia y la niñez moderna constituyen el ámbito más regulado de la sociedad, porque las sociedades tienen la tarea de proteger a la infancia tanto del maltrato como de las familias disfuncionales. Foucault (1993) emplea en este ámbito el concepto de poder pastoral, y sostiene que el poder ejercido en el trabajo social puede compararse con el que antiguamente ejercían sobre las personas los sacerdotes y la Iglesia. Este poder consistía a la vez en ejercer control y en prestar ayuda. Aunque la Iglesia ha perdido su importancia, el poder pastoral sigue vivo en las organizaciones del Estado del bienestar (Järvinen 2002). La disciplina se impone de distintas maneras según la clase social a la que pertenezca una familia. Las clases sociales altas son disciplinadas mediante sistemas de regulación; las clases bajas, mediante la vigilancia y el castigo (Donzelot 1979).
Para que el trabajo social sea posible, es esencial que las familias se vean a sí mismas como usuarias y como necesitadas de apoyo. Además, es crucial que se adapten al modelo de tratamiento empleado por la organización de bienestar. El trabajo social implica transformar a las personas que buscan ayuda en clientes. Esta práctica se basa en la experiencia, los conocimientos y las concepciones del personal de trabajo social, que se denominan «doxa». Este término designa una forma de tradición silenciosa que se transmite dentro de la organización de una generación de profesionales a la siguiente (Bourdieu 1977). La «doxa» está formada por las concepciones que se consideran evidentes dentro de la organización y que, por tanto, nunca se someten a discusión (Järvinen and Mik-Meyer 2003).
Empezar a verse como cliente afecta a la propia imagen y a la identidad. Las personas se ven a sí mismas a través de la mirada ajena, lo que significa que nuestra autoimagen refleja en gran medida la imagen que otras personas nos devuelven (Mead et al. 2015). La identidad de cliente no es moralmente neutra y se diferencia en este aspecto de la identidad de una persona que recibe apoyo general del Estado del bienestar (Goffman 2014). Se considera que la clientela no es respetable, es decir, que tiene un escaso valor social y poca legitimidad. Las evaluaciones sobre si una persona es o no respetable se basan, por ejemplo, en el comportamiento, la forma de vestir, el hogar y la manera en que se cuida de la familia y se cría a la descendencia (Finch 1993; Skeggs 1997). En el contexto del trabajo social se distingue también entre clientela digna (respetable) e indigna (no respetable). Se considera digna a la clientela que coopera y a la que se puede ayudar (Järvinen 2002).
El estudio en el que se basa este artículo ha sido financiado por la Public Health Agency of Sweden con el fin de probar y evaluar científicamente un nuevo modelo de tratamiento a lo largo de un periodo de dos años. El estudio es cualitativo y se basa en los diarios que tres profesionales del trabajo social llevaron durante todo el periodo de investigación. Se llevó un diario por cada familia, y las 15 familias con bebés que participaron en el tratamiento dieron su consentimiento para ello. Su participación en el tratamiento no estaba en modo alguno condicionada a que aceptaran participar en la investigación.
El equipo recibió el encargo de anotar tanto acontecimientos concretos, como que una familia hubiera iniciado o finalizado el tratamiento, como otros hechos significativos desde el punto de vista del tratamiento. Los diarios debían incluir también un relato de sus sentimientos y opiniones personales sobre su trabajo con las familias. Se consideró que las 15 familias tenían una gran necesidad de ayuda para hacer frente a la tarea de la crianza. El grupo de progenitores es muy diverso en cuanto a edad, origen étnico y nivel educativo. Algunas de estas personas llevaban relativamente poco tiempo viviendo en Suecia. Aproximadamente la mitad de las madres vivían solas con sus criaturas. La presencia de los padres en las familias variaba: en algunos casos estaban completamente ausentes, mientras que en otros tenían un papel muy destacado en la familia. Todas las madres tenían diagnósticos de salud mental, a menudo en forma de depresión surgida durante el embarazo. En una familia, la madre sufría problemas de salud mental combinados con problemas de abuso de sustancias, y en cuatro familias combinados con problemas de salud física. Dos de los padres sufrían graves problemas de salud mental. Se tenía conocimiento de que había habido violencia en siete de las familias; en una de ellas, esta violencia se había dirigido tanto contra la madre como contra la criatura. Aproximadamente la mitad de las familias había iniciado el tratamiento durante la fase final del embarazo o inmediatamente después del nacimiento. Las madres eran un actor central del tratamiento, lo que hizo que los diarios se centraran principalmente en la interacción entre las madres y el personal de tratamiento. La decisión de que las familias necesitaban apoyo la habían tomado en ocho casos los servicios sociales, en cuatro casos los servicios de psiquiatría de adultos y en tres casos los servicios de salud infantil.
El tratamiento era voluntario en sentido jurídico, pero en la mayoría de los casos existía una exigencia explícita de la autoridad de protección a la infancia: la familia debía aceptar la intervención si quería seguir ocupándose de sus criaturas. La autoridad de protección a la infancia utilizó sus facultades legales para inducir a las familias a participar. Esto se consiguió, por ejemplo, mediante la motivación, la negociación, el control y el uso de amenazas veladas. El tratamiento se realizaba en gran parte en el domicilio. Un elemento importante del modelo de tratamiento era que debía ser flexible, es decir, basarse en las necesidades de las familias.
Desde el punto de vista organizativo, el personal de trabajo social que aplicó el tratamiento forma parte de los servicios de protección a la infancia, pero el tratamiento se llevaba a cabo en un piso facilitado por la administración. Tres profesionales del trabajo social se ocupaban del tratamiento, una de estas personas era también responsable de dirigir el trabajo. Las tres personas tenían formación en ciencias del comportamiento y muchos años de experiencia en el ámbito del trabajo de tratamiento social.
El material se ha analizado mediante un análisis temático. Una de las ventajas del análisis temático es su flexibilidad (Braun and Clarke 2006). El análisis se realizó en varias etapas; la primera consistió en codificar los detalles importantes. El paso siguiente fue ver si esos detalles podían combinarse en temas. A continuación se pusieron a prueba posibilidades alternativas. A partir de estos temas se seleccionaron teorías que permitieran comprender el material empírico.
El método empleado en el estudio presenta ventajas e inconvenientes. En conjunto, los diarios resultaron una buena fuente de información en función de los objetivos del estudio, es decir, ofrecieron una imagen muy buena de las concepciones e ideas que rigen el trabajo realizado con las familias. Aunque no se escuchó directamente la voz de los progenitores, los diarios contienen numerosas descripciones de sus pensamientos, percepciones y reacciones. Esto ha dado al estudio una dimensión adicional.
La presentación y la publicación de los resultados del estudio han exigido mucha reflexión, en parte porque el estudio se basa en material escrito por solo tres profesionales del trabajo social y en parte porque las familias se encuentran en una situación de gran vulnerabilidad. Por este motivo, se ha dedicado un gran esfuerzo a garantizar que nadie pueda ser identificado ni perjudicado. Como la atención se dirige al equipo de tratamiento y a su trabajo, he optado por presentar el material a nivel de grupo. También es importante señalar que he decidido no identificar ni exponer a ninguna persona profesional en particular, sino revelar algunos de los valores e ideas que pueden encontrarse en el ámbito de la protección a la infancia. Naturalmente, los resultados no son representativos de todo el trabajo realizado en los servicios suecos de protección a la infancia; sin embargo, nada sugiere que puedan ser atípicos o presentar una imagen sesgada. Las tres personas del equipo proceden de tres ámbitos de actuación distintos dentro de los servicios sociales y la psiquiatría infantil, y no habían trabajado en equipo anteriormente. No hay nada en los diarios que parezca haber dado lugar a desacuerdos en el equipo de tratamiento, salvo la cuestión de hasta qué punto debía implicarse a los padres en el tratamiento. El material es extenso y su naturaleza es tal que no ha sido difícil identificar valores e ideas centrales. Sin embargo, es importante recordar que el material se ha analizado a partir de un marco teórico centrado en los aspectos del poder. En consecuencia, otras partes del trabajo no se presentan, y la imagen que surge de los resultados no es exhaustiva.
La obligación de realizar investigaciones que beneficien a la sociedad se ha sopesado frente a la obligación de proteger a la persona. Existe un interés social considerable en estudiar y arrojar luz sobre la forma en que los servicios de protección a la infancia trabajan con familias en riesgo, en parte porque este trabajo se dirige a un grupo que se encuentra en una situación de gran vulnerabilidad y en parte porque está sujeto a estrictas normas de confidencialidad. Esto significa que, de otro modo, el trabajo se realiza en un entorno que no permite conocerlo ni examinarlo. El diseño y la ejecución del estudio han sido aprobados por la Swedish Research Ethics Review Board, de conformidad con la Ley sueca de revisión ética (SFS 2003:460).
Las familias en las que se centra este artículo se sitúan en un campo entre el Estado, las profesiones y la familia, es decir, en un llamado territorio social en el que el Estado ejerce controles legítimos para adaptar el modo de vida de las familias a las normas de la sociedad (Donzelot 1979). Todas las citas que se presentan a continuación proceden de los diarios escritos por el personal de trabajo social.
Eva es una mujer de unos treinta años con un hijo llamado Eric. El padre, Ed, vive en la misma ciudad, y la pareja está en contacto a diario. El programa para bebés en el que Eva había participado anteriormente había notificado oficialmente su preocupación a los servicios de protección a la infancia porque consideraba que Eva necesitaba un apoyo y una ayuda en su parentalidad más amplios de los que el programa podía ofrecer. Tras reunirse el equipo de tratamiento con Eva y Eric, la trabajadora social escribió en su diario que «mamá no tiene claro qué quieren conseguir realmente los servicios sociales con el tratamiento». Durante la reunión, Eva también había dado a entender que se sentía incómoda con las visitas domiciliarias, que constituyen una parte importante del modelo de tratamiento. Al expresar estas ideas, Eva mostraba que el tratamiento no era algo que ella misma quisiera o hubiera pedido, y que se sentía como un objeto en relación con lo que estaba ocurriendo. Cuando la familia llevaba unos meses en tratamiento, llegó el momento de las vacaciones de verano del equipo. Durante ese tiempo, el equipo quería que la familia estuviera en contacto con otro programa:
Mamá y Eric van a ir al programa de apoyo familiar de verano. Eva se opone mucho; me ha dicho que no necesita un montón de cosas que hacer durante las vacaciones de verano. Le he dicho que es porque Eric necesita salir para estar con otras criaturas. Mamá ha aceptado ir una vez por semana.
Este extracto ilustra el significado del concepto de poder pastoral: contiene elementos tanto de ayuda como de control (Järvinen 2002). Los servicios de protección a la infancia quieren conservar cierto grado de control sobre la familia durante el verano, pero esto no se hace explícito. Por el contrario, la trabajadora social dice que la participación de la familia en el programa de verano es necesaria para que Eric pueda estar con otras criaturas. El extracto revela también el juego de poder que se da entre el personal de tratamiento y las personas usuarias: la trabajadora social concede a Eva cierto margen de negociación para no perder la relación terapéutica. Y en esta situación concreta, la trabajadora social no puede apoyarse en el modelo de tratamiento habitual, lo que le hace más difícil mantenerse firme en sus exigencias.
Anne lucha contra problemas de salud mental y de abuso de sustancias desde la adolescencia. Asta es su primera hija, muy deseada. Tenía poco más de un mes cuando la familia empezó el tratamiento. La trabajadora social escribe en su diario que Anne desearía que el tratamiento fuera más flexible y se adaptara a sus necesidades:
La madre se pregunta qué pasará si siente que no necesita nuestra ayuda durante un año entero. Hace una comparación con su terapia, en la que el foco se pone en centrarse en la salud y en arreglárselas por sí misma. Le decimos que, según nuestra experiencia, el tratamiento no es tan largo cuando el comienzo de la parentalidad ha sido complicado.
Los distintos enfoques de los servicios de protección a la infancia y de la terapia de Anne se deben probablemente a que los servicios de protección a la infancia tienen que tener en cuenta la perspectiva de la protección infantil. Cuando esta función de control no se describe ni se aclara, a las familias les resulta difícil entenderla. El extracto muestra que a Anne le preocupan las posibles consecuencias si abandonara el tratamiento. Manifiesta una ambivalencia difícil durante todo el periodo de tratamiento, que se revela en su deseo de dejar el tratamiento y en sus cambios de opinión posteriores.
Todas las familias tuvieron que buscar un equilibrio entre permanecer en el tratamiento o arriesgarse a que les retiraran la tutela de sus criaturas. Esto afecta, naturalmente, a su manejabilidad y a su capacidad de adaptación. La conformidad de los progenitores con el modelo de tratamiento es también una condición previa importante para su aplicación. Esto significa que el equipo de tratamiento tiene un incentivo para mantener estrechos vínculos con la autoridad de servicios sociales, de modo que el poder de la administración pueda utilizarse como medio para presionar a las familias a continuar el tratamiento cuando su motivación flaquea:
Pensamos que es difícil trabajar en solitario [sin la autoridad de protección a la infancia, nota de la autora] con familias difíciles si no quieren venir/…/entonces tampoco hay posibilidad de presionar; hemos tenido muchas familias que al principio se mostraban ambivalentes hasta que desarrollaron una relación con el personal. Entonces las cosas avanzan. Al principio hace falta ayuda.
La condición de cliente se entiende mejor como un proceso al que las personas usuarias son canalizadas paso a paso. Puede implicar que se considere que la persona usuaria necesita ayuda, que acepta la situación problemática tal como está construida, que recibe ayuda y que es tratada (Payne 1992). Los diarios del equipo ofrecen muchas perspectivas diferentes sobre los requisitos de la condición de cliente. Sin embargo, en ellos aparecen diversas descripciones de las familias que sirven para rebajar su valor y su legitimidad. Se considera a las familias no respetables (Skeggs 1997). Tanto ellas como sus hogares se describen en términos negativos. Por ejemplo, aunque dos de las madres tienen estudios universitarios, el equipo las encasilla exclusivamente a partir de su condición de clientas. El proceso acentúa la asimetría de las relaciones de poder entre las familias y el personal de trabajo social, y sirve para reforzar la legitimidad de este. Al personal de trabajo social le resulta difícil ver que las relaciones sociales de las que forma parte se producen y se desarrollan en el contexto de un proceso institucional:
No tienen costumbre de estar con gente que no conocen. Tampoco de formar parte de un contexto de esta manera. Ni de tener que estar en algún sitio a una hora determinada.
Cuando hablamos, me parece que el lenguaje es bastante pobre. Lena no tiene muchas palabras ni matices para expresarse.
Fuerte olor a humo de tabaco, desorden y cosas por todas partes. El único sitio para sentarse es la cama sin hacer.
Antes de que me vaya, llega a casa el hermano. Es alto y lleva la cabeza rapada cubierta por un tatuaje.
¿Cómo es una abuela que compra una caja de cervezas para el bautizo de su nieto?
Los extractos anteriores muestran claramente lo que el personal de tratamiento considera respetable y no respetable (Finch 1993; Skeggs 1997). En cuanto a los rasgos personales, llevar la cabeza rapada y tatuajes provocadores, sentirse a disgusto en contextos sociales y tener un vocabulario pobre se consideran no respetables. Un hogar no respetable está desordenado, sucio y huele a humo de tabaco. Se trata de una descripción estereotipada de la clase baja vista desde una perspectiva de clase media.
Las familias que llevan mucho tiempo en la condición de clientes comprenden sus requisitos. Constituyen una clientela «digna» (Järvinen 2002). El siguiente extracto describe cómo Kim quiere mostrar que su familia es respetable:
Kim insiste en señalar que han aceptado reunirse conmigo porque quieren demostrar que funcionan bien como madre y padre, y quieren que yo lo compruebe.
El siguiente extracto muestra que Cecilia tiene un claro papel de clienta, es decir, carece de legitimidad, lo que significa que carece del mandato para definir sus propios problemas:
Cuando se trata de cambiar una conducta, no es lo primero que se hace; primero hay que conocerse. Y una vez hecho eso, se puede percibir con relativa rapidez en qué necesita ayuda la familia: como una de las madres [Cecilia, nota de la autora] que tengo ahora, que dice que quiere ayuda con los hábitos de alimentación y de sueño de la criatura. Yo tengo otra idea de aquello en lo que necesita ayuda, y creo que tienen que cambiar bastantes cosas.
Investigaciones anteriores han mostrado que a las familias les resulta difícil que los problemas que perciben no se tomen en serio, sino que se ignoren o se redefinan (Ylvisåker 2013).
Lena tiene 19 años y es la madre más joven que ha participado en el tratamiento. Lena y su propia familia de origen han sido objeto de diversas intervenciones de los servicios sociales durante muchos años. Muestra una resistencia considerable cuando la trabajadora social realiza visitas domiciliarias:
Creo que se lo digo cuatro veces: «Está [su hijo] en una postura un poco rara, ahí colgado de tu barriga». No escucha; o, mejor dicho, seguro que escucha, pero no me pregunta qué quiero decir. No le cambia de postura. Da la impresión de ser una adolescente muy testaruda. Y ha aceptado el tratamiento, pero ha cancelado las primeras sesiones.
Se considera a Lena lo que se ha denominado una clienta indigna (Järvinen 2002): muestra una resistencia considerable al tipo de adaptación que exige la condición de cliente, cancelando citas y no escuchando los consejos que se le dan. Poco después, Lena se mudó con su familia a otra ciudad y abandonó el tratamiento.
Un elemento importante del modelo de tratamiento es que la criatura empiece la escuela infantil hacia el año de edad. Esto se debe en parte a que es la norma en Suecia y en parte a que, en las condiciones adecuadas, se considera que la escuela infantil puede compensar las carencias parentales (Broberg et al. 2012). En la mayoría de los casos, las familias tienen una actitud positiva hacia la escuela infantil, pero Eva y Ed tenían otros planes. Eva quería retomar sus estudios universitarios y Ed quería asumir más responsabilidad sobre su hijo, Eric, acogiéndose al permiso parental.
La trabajadora social había organizado una reunión en la escuela infantil para convencer a la pareja de que su propuesta no respondía al interés superior de Eric:
En menos de una hora había concertado una nueva cita en la escuela infantil; pero, una vez allí, Ed pregunta: «¿Podemos decir que no?». Así empezó esa conversación. Lo primero que siento es vergüenza: ¿qué he empezado?, ¿adónde va a llevar esto? y ¿qué pensará el personal de la escuela infantil? Pero nos miramos un momento e intentamos ayudarnos mutuamente en la conversación para ver de qué se trata la resistencia de la pareja. Creo que se trata de que no se comunican y de que el padre empieza a darse cuenta de que hay personas que pueden tomar decisiones sobre él y sobre la vida de su hijo.
El trabajo de protección a la infancia es una práctica muy compleja, y el personal de tratamiento tiene la responsabilidad última de proteger a la infancia y salvaguardar su derecho a la vida y a un desarrollo positivo. En este caso, sin embargo, resulta difícil comprender la postura adoptada por el equipo de tratamiento ya que, según la información de los servicios de salud infantil, la salud, el crecimiento y el desarrollo de Eric son buenos. El hecho de que la trabajadora social tome partido en esta cuestión puede deberse en parte a que la escuela infantil forma parte del modelo de tratamiento y en parte a que la trabajadora social está anclada en su percepción de que la pareja tiene escasas capacidades parentales. Además, puede que a la trabajadora social le resulte difícil reconocer la información que apunta a lo contrario.
El extracto anterior ilustra también que Ed todavía no ha desarrollado una identidad de cliente clara. Sigue más bien en algún lugar de la periferia: no está seguro de su propio mandato. El extracto muestra además que el deseo expresado por Ed de acogerse al permiso parental se redefine como un problema de comunicación entre la pareja. Esta transformación de los deseos expresados por los progenitores en un problema psicológico deja a la familia sin poder frente a los servicios de protección a la infancia. Ed se encuentra en el papel de cliente pese a no tener problemas conocidos: una especie de efecto de contagio. Por ello, debe evaluarse la capacidad parental de Ed:
Y cuando voy a su casa el mes siguiente, él se queda en casa y está bastante activo. Y no creo que esté actuando; más bien está claro que quiere mostrarse, y entonces dice: «¿No es suficiente con esto?». Le respondo: «No, lo que queremos es un día completo en nuestra compañía». Y entonces pensamos elaborar un programa en el que podamos ver su capacidad parental. De algún modo tenemos que hacerlo. Parece que está preocupado, y eso es lo que queremos. Así que, en realidad, está bien. Luego se va y dice: «¿Ya tenéis lo que queríais?». Le digo: «Sí».
Ed lucha por liberarse de la condición de cliente que se le ha impuesto. Tiene que mostrar una buena parentalidad cuando la trabajadora social va al domicilio a realizar su evaluación. Dumbrill (2006) sostiene que las personas usuarias pueden sobrellevar su papel de cliente siguiendo el juego y fingiendo cooperar. El extracto muestra que la trabajadora social considera a Ed un cliente «digno» (Järvinen 2002) porque manifiesta compartir la visión que la organización tiene de él y de su familia, lo que, según Bourdieu (1977), constituye también una condición fundamental para que un tratamiento sea viable.
El siguiente extracto muestra que los servicios de protección a la infancia ven con malos ojos que Cecilia siga amamantando durante tanto tiempo. Su criatura tiene más de un año:
Pienso, por ejemplo, en que creo que Cecilia debería dejar de dar el pecho, pero eso no se puede decir; aun así, es el tipo de cosas en las que pienso. Me reuní con ella tres o cuatro veces antes de poder decírselo.
Cuando se comparan los extractos de los diarios con la información que el sector sanitario proporciona a las familias que no están en riesgo, la diferencia es evidente:
Usted misma decide cuándo es el momento de dejar de dar el pecho. No hay un momento concreto que sea el mejor para todo el mundo. Algunas lo dejan pronto, mientras que otras continúan durante varios años. Algunas lo dejan de golpe, mientras que otras lo van retirando más poco a poco. Suele ser más fácil dejar la lactancia si tanto usted como su criatura sienten a la vez que ha llegado el momento. (Vårdguiden [Guía sanitaria] 2017)
En el terreno cultural del ámbito del tratamiento, la lactancia y su «presencia o ausencia» parecen ser una cuestión rodeada de fuertes concepciones morales y de un foco en las ideas de normalidad. La cantidad adecuada de lactancia es importante tanto en lo que respecta a su duración como a su intensidad. Varios de los diarios semanales contienen anotaciones que muestran que la lactancia se asocia con fuertes elementos de control y disciplina. En varias de las familias, la lactancia se aborda desde estos distintos puntos de vista. A varias de las madres en tratamiento también se les aconsejó no dormir con sus criaturas, ya que así les resultaría más fácil dejar la lactancia. En el siguiente extracto, la trabajadora social reflexiona sobre una conversación que ha mantenido con una de las madres:
Li dice que Johannes no está preparado; cree que es demasiado pequeño para no dormir con ella. Hm, ¿quizá lo más difícil sea para Li? Le digo que Johannes lo sobrellevaría, que podría ser bueno para los dos, pero ella no quiere. Intento una vez más apoyarla para que sea constante.
Uno de los objetivos más importantes del tratamiento es aumentar la medida en que los progenitores escuchan a sus criaturas y reforzar el vínculo y la relación entre ellos. El extracto muestra que, aunque Li escucha a su hijo y sus necesidades, la trabajadora social se opone a ella. Además, al influir en las familias para que hagan con sus criaturas cosas con las que no se sienten cómodas, se les impone una carga aún mayor. Parece poco probable que esto pueda ayudar a las familias, ya que todas ellas soportan ya una gran tensión. A la luz de esto, el consejo de la trabajadora social a Li es contraproducente, sobre todo teniendo en cuenta que los estudios han mostrado que tanto la lactancia como dormir con la criatura benefician el vínculo entre esta y sus progenitores, y que también pueden ser beneficiosos para el desarrollo físico y psicológico y el bienestar del bebé (Morgan et al. 2011). Estos elementos disciplinarios se encuentran en los diarios de todas las personas del equipo de tratamiento, y constituyen un ejemplo de la doxa que existe en este ámbito y que se transmite de una generación de personal de tratamiento a la siguiente (Bourdieu 1977).
El tema de la lactancia surge también en relación con Eva:
Eric ha dormido cuatro veces sin el pecho. Me pregunto si mamá piensa seguir así durante el fin de semana. No lo sabe, no sabe responder. Me pregunto si está pensando en lo que es mejor para Eric. Le digo lo que pienso, y que tiene la oportunidad de ayudarle. Parece disgustada y no quiere dejarlo ella misma.
En este extracto, Eva muestra resistencia a cambiar sus hábitos de lactancia. Durante los fines de semana, la influencia directa de la trabajadora social sobre la familia disminuye, lo que es motivo de preocupación. La trabajadora social intenta motivar a Eva para que sea constante y le dice que dejar la lactancia responde al interés superior de su hijo. Este extracto y el siguiente demuestran que el control que ejerce el personal de tratamiento sobre las familias es a la vez considerable y de gran alcance. Además, representa otro ejemplo de poder pastoral y pone de manifiesto que el trabajo social ha asumido el papel de la Iglesia como instancia de ayuda y a la vez guardiana de la moral (Foucault 1990; Järvinen 2002):
Les he preguntado varias veces qué tipo de relación tienen: si mantienen una relación de pareja. Pero no he obtenido respuesta. Me pueden preocupar. No sé cuánto tiempo pasan juntos; pero, desde luego, tener más criaturas no me parece una buena idea.
El extracto que figura a continuación también se centra en la lactancia, pero la situación es la inversa: aunque Lena no quiere amamantar a su criatura, la trabajadora social quiere que lo haga. Muestra que, según el personal de trabajo social, las madres no deben dar el pecho ni con demasiada frecuencia ni demasiado pocas veces, ni durante un periodo demasiado corto ni demasiado largo. Los hábitos de lactancia de las madres deben, por tanto, situarse dentro de un marco de normalidad muy estrecho. Payne (2006) sostiene también que el trabajo social es una práctica que pretende distinguir lo normal y bueno de lo anormal y malo, como ilustran muchas de las citas relativas a la lactancia:
Le han aconsejado que no use el biberón, pero me dice que le va bien; no siempre hay que hacer lo que dicen los demás.
A Anne le preocupa que Asta no coma lo suficiente, porque se cansa enseguida de estar sentada en la trona y por eso no come bastante. Anne intenta compensarlo dándole un plátano mientras juega en el suelo. Es una situación que varias personas del equipo de tratamiento describen como ejemplo de comportamiento parental problemático. Demuestra que la capacidad de poner límites y disciplinar a la criatura es una parte importante de lo que se considera una buena parentalidad.
Los padres de las distintas familias se han incluido en el tratamiento en una medida muy limitada, lo que puede parecer ilógico dado que todas las madres necesitan mucho apoyo y ayuda a causa de su propia mala salud. Esto resulta especialmente llamativo en los casos en que los padres son personas que funcionan bien y que han participado activamente en la vida de sus criaturas. La trabajadora social que dirige el equipo de tratamiento reflexionaba de este modo sobre la razón por la que Peo [el padre] había quedado excluido del tratamiento:
El padre es un verdadero activo, pero no se le ha permitido participar. Yo misma vengo de un mundo en el que se habla de madre e hijo. He decidido personalmente que ahora hay que incluir a los padres, pero he tenido que trabajar mucho conmigo misma. Dentro del grupo de tratamiento no estamos totalmente de acuerdo.
El personal de trabajo social lleva décadas trabajando con familias. El extracto muestra que se rige por la concepción de que son únicamente las madres quienes deben ser las figuras de apego de la infancia, al menos durante sus primeros años de vida. La trabajadora social cuenta que se ha dado cuenta de que es importante incluir a los padres en el tratamiento. Sin embargo, también es consciente de que esta decisión choca con la cultura de tratamiento dominante.
En su diario escribe sobre una lección que el equipo de tratamiento ha aprendido a lo largo de su trabajo y que supuso para ella una especie de punto de inflexión. El padre tiene una herida de guerra, sufre TEPT y los servicios de protección a la infancia no lo consideran un recurso:
Al principio todo se centraba mucho en la madre, y todo iba muy mal en la familia. Pero luego ella [la trabajadora social] le llamó e hizo una evaluación. Identificó que su estrés tenía que ver con el dinero, el piso y el médico. Eso hizo que él la llamara de repente para preguntarle si quería acompañarle al centro de salud. Creo que es una especie de confianza que ha desarrollado hacia ella porque lo ha visto como alguien que no es solo un problema y que tiene dolores de cabeza/…/Sus heridas son graves. Pero también está muy feliz con su niño, y el niño está muy feliz con él.
La investigación ha mostrado que, cuando el personal de trabajo social responde a las necesidades de una familia, esto puede reforzar la relación entre ambas partes, lo que puede constituir el primer paso hacia un cambio en la familia (Schreiber et al. 2013).
Los servicios de protección a la infancia desempeñan una de las tareas más importantes de la sociedad: proteger a la infancia de la negligencia, el maltrato y otros factores de riesgo que pueden poner en peligro su salud y su desarrollo. Cuando este trabajo funciona bien, puede crear nuevas oportunidades para que las familias protejan a sus criaturas de los efectos de unas condiciones de vida difíciles. Sin embargo, cuando funciona mal, puede dar lugar a experiencias negativas tanto para los progenitores como para la infancia.
Este artículo se basa en un estudio cualitativo realizado a lo largo de un periodo de dos años. Los datos se recogieron mediante diarios en los que tres profesionales del trabajo social escribieron sobre 15 familias durante su tiempo en tratamiento. Los diarios han demostrado ser una fuente de conocimiento inestimable, porque recogen las concepciones, normas y valores que rigen el trabajo realizado con las familias. En la mayoría de los casos, las personas del equipo de tratamiento han trabajado solas con las familias. Sin embargo, describen una imagen sorprendentemente coherente de las ideas que rigen su trabajo. El equipo de tratamiento ha descrito su trabajo y las concepciones, normas y valores que lo rigen como si fueran en gran medida evidentes, lo que sugiere que estas ideas forman parte de una doxa aceptada (Bourdieu 1977; Järvinen and Mik-Meyer 2003). Sin embargo, es importante no ver los resultados como expresión del trabajo de tres profesionales, sino más bien como expresión de una cultura que no puede entenderse con independencia del contexto organizativo e institucional en el que funciona esta institución del bienestar.
Uno de los elementos más importantes del presente tratamiento es que debe ser flexible y basarse en las necesidades de la familia. Este estudio ha mostrado que ha sido muy difícil estar a la altura de este objetivo, ya que el personal de trabajo social realiza su labor a partir de construcciones de problemas producidas institucionalmente y de un modelo de tratamiento que ha regido el trabajo con las personas usuarias (Järvinen and Mik-Meyer 2003).
La razón principal por la que la sociedad consideraba a los progenitores de este estudio como progenitores en riesgo era que todas las madres sufrían problemas de salud mental, a menudo en forma de depresión surgida durante el embarazo. Existe consenso en la investigación en que la descendencia de personas con problemas de salud mental corre un mayor riesgo de desarrollar a su vez problemas tanto en su desarrollo como en sus capacidades funcionales (Lagerberg and Sundelin 2000; Welner and Rice 1988). Sin embargo, la investigación ha mostrado también que no es inevitable que la descendencia de progenitores con problemas de salud mental desarrolle problemas. Un tercio de la infancia estudiada en un amplio estudio salió adelante sin ninguna dificultad, y su desarrollo no fue peor que el de otras criaturas cuando se controlaron otros problemas presentes en la familia (Rutter and Quinton 1984). Lo decisivo es la interacción entre los factores de riesgo y los factores de protección dentro de la familia. Los resultados de este estudio muestran, sin embargo, que los servicios de protección a la infancia consideran los problemas de salud mental como un factor de riesgo sin tener en cuenta los factores de protección presentes en cada familia. Esto pone de manifiesto también una mentalidad pronóstica: la idea de que es posible predecir qué familias manifestarán escasas capacidades parentales (Höjer 2012).
Los resultados han mostrado también que las familias reaccionaron de distintas maneras al gobierno al que estaban sometidas. Esto se manifestó, por ejemplo, en una ambivalencia inquietante: las familias intentaban alternativamente eludir el tratamiento y adaptarse a las exigencias que se les planteaban. Una madre joven manifestó su resistencia ignorando los buenos consejos de la trabajadora social, cancelando reuniones y mudándose después de la ciudad para poder interrumpir el tratamiento. Es imposible pasar por alto que la mayoría de las familias pende de un hilo muy fino, ya que la retirada de la tutela de sus criaturas es un riesgo real, y esto influye naturalmente en su comportamiento de diversas maneras.
El foco unilateral en los problemas de las madres hizo que el personal de tratamiento no viera otros factores positivos dentro de las familias, como el hecho de que las criaturas se estaban desarrollando bien. Eva y su familia, por ejemplo, fueron vistas con considerable desconfianza tanto durante el tratamiento como después de su conclusión, a pesar de que su hijo, Eric, se había desarrollado muy bien física y psicológicamente según las evaluaciones tanto de la escuela infantil como de los servicios de salud infantil. Los servicios de protección a la infancia permanecieron anclados en sus propias concepciones de la familia, lo que hizo que se descartaran perspectivas alternativas y concurrentes. Además, los resultados muestran que los servicios de protección a la infancia tienen concepciones muy marcadas sobre cómo debe criarse a la infancia. Los valores que debían transmitirse a las familias se comunicaban sin espíritu crítico y a menudo eran contraproducentes o carecían de importancia en relación con los problemas para los que las familias necesitaban ayuda. En varias de las familias se ignoró o se obstaculizó a los padres, incluso en los casos en que constituían un activo para sus criaturas. Si los servicios de atención social marginan y excluyen a los padres, la organización contribuye a crear en ellos una imagen de sí mismos según la cual no son importantes para sus criaturas. Esto, a su vez, puede afectar negativamente a las representaciones de lo que significa ser padre y llegar a serlo (Bangura Andersson 2003; Hagström 1999).
Las familias fueron sometidas también a una disciplina extensa. Por ejemplo, el equipo de tratamiento intentó influir activamente en cuánto tiempo y con qué frecuencia las madres daban el pecho a sus criaturas, y en si las familias dormían o no con ellas. Esto refleja que el Estado del bienestar ocupa una posición de fuerza en relación con la familia y que la infancia y su educación constituyen un interés social (Börjesson 2008; Ohrlander 1992). Además, ilustra la misión de la atención social a la infancia, que consiste en parte en ayudar a las familias y en parte en socializarlas para que encajen en las normas y valores de la sociedad (Hasenfeld 2009; Payne 2006).
Los resultados han mostrado también que las madres han sido problematizadas y han tenido que asumir la responsabilidad principal del tratamiento, mientras que los padres han sido marginados por el sistema de atención social a la infancia. Investigaciones anteriores también han podido constatar que estos dos discursos diferentes se utilizan habitualmente en el trabajo social, lo que puede explicarse por el enfoque biopsicológico que la atención social a la infancia adopta respecto a la parentalidad (Herz 2012).
Las definiciones que las familias daban de la ayuda que necesitaban se redefinieron también en favor del saber experto representado por los servicios de protección a la infancia, lo que hizo que las familias perdieran en gran medida el control sobre sus propias vidas. La investigación previa revela que no es raro que las necesidades de ayuda expresadas por las propias familias se redefinan cuando se prioriza la perspectiva de la organización (Lipsky 2010; Lundström and Sunesson 2006).
Donzelot (1979) ha sostenido que el Estado utiliza la familia como medio para implantar normas y valores deseables en la esfera social privada. Sostiene que esta disciplina se impone de maneras diferentes en las distintas clases sociales. Este estudio revela que las normas y valores que la sociedad intenta transmitir a los progenitores que son vistos con desconfianza, es decir, como no respetables, difieren de los que se transmiten a los progenitores considerados respetables.
El trabajo de protección a la infancia es difícil y complicado. Además, no cabe duda de que quienes participan en él tienen las mejores intenciones de ayudar a las familias en cuestión. Sin embargo, los resultados de este estudio muestran que incluso la buena voluntad y las mejores intenciones pueden transformarse en un ejercicio abusivo del poder. Además, el estudio revela que es esencial mantener un debate crítico continuo dentro de los servicios de protección a la infancia.
Los resultados no representan todo el trabajo realizado por los servicios de protección a la infancia. Sin embargo, nada indica que sean atípicos, en parte porque el equipo comparte en gran medida opiniones y perspectivas pese a proceder de distintos tipos de profesiones y trayectorias de tratamiento, es decir, de los servicios sociales y del sistema de salud. Para concluir, es importante señalar que el material se ha analizado a partir de teorías del poder, lo que significa que otras perspectivas presentes en el material no se han discutido ni se han hecho visibles.
Los diarios escritos por tres profesionales del trabajo social en relación con familias objeto de intervenciones de los servicios de protección a la infancia en Suecia permiten comprender y conocer mejor los requisitos de la condición de cliente. Los textos del personal de trabajo social muestran que la ayuda prestada a las familias por los servicios de protección a la infancia contenía fuertes elementos de control y disciplina, es decir, el llamado poder pastoral (Foucault 1990; Järvinen 2002). A través de los propios pensamientos y reflexiones de este personal se fijan límites sobre lo que consideran una buena o una mala parentalidad. Además, los textos ponen de manifiesto que los padres fueron marginados en el tratamiento porque se consideraba a las madres las personas más importantes durante el primer año de desarrollo de la infancia.
Complexe Systémique: puntos clave
El valor de este estudio reside en su fuente: no se trata de entrevistas, sino de lo que un equipo de protección a la infancia escribe, día a día, sobre las familias con las que trabaja. Muestra, con toda claridad, cómo un modelo de tratamiento que debía partir de las necesidades de las familias acaba redefiniéndolas: la demanda de una madre sobre el sueño o la alimentación se convierte en un síntoma, el proyecto de un padre de acogerse al permiso parental se convierte en un «problema de comunicación». Para una lectura sistémica, es un recordatorio valioso: el equipo que interviene forma parte del sistema que observa, y el contexto de la ayuda obligada moldea lo que se ve de la familia. El diagnóstico psiquiátrico de las madres funciona como única lente, en detrimento de los factores de protección y de los padres, que a veces son el principal recurso. El estudio tiene sus límites: tres personas autoras de los diarios, un único equipo, una lectura centrada en el poder que deja en la sombra lo que el trabajo haya podido lograr. Invita a los equipos a llevar a la supervisión sus propios supuestos, esa «doxa» que nunca se discute. Para leer junto con el artículo sobre los padres fantasma en el trabajo social y el artículo sobre el maltrato institucional en la protección a la infancia.
Notas del original
Agradecimientos. Financiación de acceso abierto proporcionada por Malmö University.
Financiación. La financiación corrió a cargo de la Public Health Agency of Sweden (subvención n.º 00647-2014).
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Traducción no oficial al español de Conceptions, Norms, and Values in the Work of Child Protective Services with Families at Risk: An Analysis of Social Workers’ Diaries, de Annelie Björkhagen Turesson, Clinical Social Work Journal, vol. 48, n.o 4, p. 369-379 (2020), doi: 10.1007/s10615-019-00720-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Este texto es una traducción no oficial del artículo original «Conceptions, Norms, and Values in the Work of Child Protective Services with Families at Risk: An Analysis of Social Workers’ Diaries», publicado en Clinical Social Work Journal (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto se ha traducido al español y su presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Björkhagen Turesson, A. (2020). Conceptions, Norms, and Values in the Work of Child Protective Services with Families at Risk: An Analysis of Social Workers’ Diaries. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/conceptions-norms-and-values-in-the-work-of-child-protective-services-with-families (Obra original publicada en 2019 en Clinical Social Work Journal, 48(4), 369-379 (2020); republicada en 2020 por Clinical Social Work Journal, https://link.springer.com/article/10.1007/s10615-019-00720-4)
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