Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Child Psychology and Psychiatry · Violencia
¿Resurge la violencia entre los miembros de una pareja parental, treinta años después, en la manera en que sus hijos e hijas crían a su propia descendencia? A partir del ensayo Fast Track, iniciado en 1991 con niñas y niños que ya eran agresivos desde la educación infantil, el equipo de Duke siguió a tres generaciones. En el grupo de control, la violencia de pareja presenciada en la infancia se convierte en una crianza violenta, que pesa sobre la tercera generación. Diez años de intervención multinivel rompieron este vínculo.
Traducción no oficial al español de The randomized controlled trial Fast Track multilevel intervention for children with early‐emerging conduct problems breaks intergenerational transmission of violence across three generations, de Laura Gorla, W. Andrew Rothenberg, Jennifer Godwin y el Conduct Problems Prevention Research Group, publicado en Journal of Child Psychology and Psychiatry (Wiley) (2026), doi: 10.1111/jcpp.70133, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La violencia no se limita a una sola generación, sino que persiste a lo largo de varias generaciones; sin embargo, una intervención preventiva multinivel puede interrumpirla.
Laura Gorla, W. Andrew Rothenberg, Jennifer Godwin y el CPPRG
Resumen
Antecedentes. Los mecanismos de la violencia doméstica se transmiten con frecuencia de una generación a otra, lo que constituye un problema mundial que exige una atención particular. Este estudio examina la transmisión intergeneracional de la violencia en la pareja (IPV, por sus siglas en inglés) y de la violencia parental hacia la descendencia (PCV), y si la participación en una intervención preventiva multinivel (Fast Track) rompe esta transmisión.
Métodos. En escuelas de primaria de alto riesgo de Estados Unidos, la infancia considerada de alto riesgo de conducta agresiva según las puntuaciones de cribado del profesorado y de las familias se asignó, en función de su escuela, a una intervención de 10 años o a un grupo de control. El ensayo Fast Track se registró en clinicaltrials.gov (NCT01653535) y se centró en las prácticas de crianza y en las competencias intrapersonales, interpersonales y académicas de niñas y niños. De las 891 personas de la muestra infantil original, 374 participantes con hijos o hijas menores de 18 años (n = 191 grupo de intervención, n = 183 grupo de control) informaron, a los 34 años, sobre su experiencia de violencia doméstica y sobre la adaptación psicológica de su descendencia.
Resultados. La vía mediadora intergeneracional que va de una IPV elevada en la primera generación a una PCV elevada en la segunda generación y a mayores dificultades totales de salud mental en la tercera generación fue estadísticamente significativa en el grupo de control, pero no en el grupo de intervención.
Conclusiones. La IPV se transmitió de una generación a otra a través de su influencia en la PCV, con un efecto negativo en la salud mental de la tercera generación. No obstante, la participación en la intervención Fast Track interrumpió este ciclo. Estos resultados ponen de relieve la importancia de políticas que apoyen las intervenciones preventivas en la infancia.
Registro del ensayo. El ensayo Fast Track se registró en clinicaltrials.gov (número identificador: NCT01653535). Primera presentación: 2012‐07‐16. Disponible en https://clinicaltrials.gov/study/NCT01653535?intr=Fast%20Track&id=NCT01653535&rank=1.
Palabras clave: intergeneracional, violencia en la pareja, violencia parental hacia la descendencia, intervención
¿Qué se sabe?
¿Qué aporta este estudio?
¿Qué relevancia tiene?
En el mundo, el 27% de las mujeres de 15 a 49 años que han tenido pareja alguna vez han sufrido violencia en la pareja a lo largo de su vida (Sardinha, Maheu‐Giroux, Stöckl, Meyer, & García‐Moreno, 2022; World Health Organization, 2021). Unos 90 millones de niñas y niños que viven hoy han sufrido violencia sexual, y 1600 millones se enfrentan con regularidad a castigos violentos y a agresiones psicológicas en el hogar (UNICEF, 2024). Solo en Estados Unidos, se calcula que la violencia doméstica afecta cada año a 10 millones de personas, y más del 25% de la infancia estadounidense está expuesta a violencia familiar a lo largo de su vida (Finkelhor, Turner, Ormrod, & Hamby, 2009; Huecker, King, Jordan, & Smock, 2025). Lamentablemente, la violencia suele denunciarse y documentarse poco (Felson & Paré, 2005) y se propaga a través de las relaciones en el entorno familiar, transmitiéndose de una generación a otra (Kerr & Capaldi, 2019; Rothenberg, 2019) en culturas de todo el mundo (Lansford, Rothenberg, & Deater‐Deckard, 2022).
La violencia doméstica designa el daño físico, psicológico, sexual o emocional dentro de la familia, incluidas la violencia en la pareja (IPV) y la violencia parental hacia la descendencia (PCV). Tanto la exposición directa (es decir, ser víctima personalmente) como la indirecta (es decir, presenciar la victimización de un miembro de la familia) a la violencia doméstica tienen efectos perjudiciales en el desarrollo infantil (Gilbert, Widom, Browne, Fergusson, & Webb, 2009). Las personas que han sufrido o presenciado violencia doméstica tienen más probabilidades de alcanzar un nivel educativo más bajo (Boden, Horwood, & Fergusson, 2007), de cometer actos delictivos (Lansford et al., 2021) y de presentar problemas internalizantes y externalizantes (Jaffee, Moffitt, Caspi, Taylor, & Arseneault, 2002; Tan & Mao, 2023). Haber sufrido violencia doméstica y haber estado expuesto a prácticas de crianza dañinas y violentas aumenta también el riesgo de ejercer violencia en relaciones posteriores (Riedl et al., 2019; Salo, Appleton, & Tracy, 2022), de mantener relaciones sentimentales con parejas violentas (Li, Zhao, & Yu, 2019) y de recurrir a prácticas violentas con los propios hijos e hijas (Lotto, Altafim, & Linhares, 2023; Savage, Tarabulsy, Pearson, Collin‐Vézina, & Gagné, 2019). La violencia doméstica se transmite con frecuencia de una generación a otra (Belsky, Conger, & Capaldi, 2009; Fitzgerald, London‐Johnson, & Gallus, 2020; Kerr & Capaldi, 2019; Rothenberg, 2019). La idea de que las personas que han sufrido violencia doméstica como víctimas puedan convertirse más tarde en parejas y figuras parentales violentas se ha explicado como transmisión intergeneracional de la violencia (Madigan et al., 2019), en la que los mecanismos y los efectos de la violencia pasan de la generación de los abuelos a la de los padres (primera y segunda generación, G1 y G2 respectivamente) y luego de esta a la de sus hijos e hijas (tercera generación, G3).
Dados los efectos adversos de la violencia doméstica en el desarrollo, tanto en las generaciones actuales como en las futuras, es crucial identificar factores de protección frente a sus efectos concurrentes y longitudinales. Participar en intervenciones destinadas a prevenir la violencia y a reforzar las relaciones familiares positivas puede aportar esa protección (Pasalich, Fleming, Spieker, Lohr, & Oxford, 2019). Los programas centrados en la adopción de conductas parentales positivas, dirigidos a muestras de alto riesgo (como personas que muestran desde edad temprana problemas de conducta incipientes y crecientes) para prevenir las conductas agresivas, o que interrumpen las vías que llevan de los problemas en la infancia a la psicopatología en la edad adulta, pueden romper la transmisión intergeneracional de la violencia. No obstante, escasean los estudios longitudinales, multinivel y multicomponente que exploren cómo las intervenciones producen efectos duraderos a largo plazo en distintas generaciones (Livings, Hsiao, & Withers, 2023). Este estudio llena ese vacío comprobando si la participación en una intervención preventiva multinivel (el programa Fast Track, Conduct Problems Prevention Research Group [CPPRG]) rompe la transmisión intergeneracional de la violencia en la pareja y de la violencia parental hacia la descendencia a lo largo de tres generaciones.
La intervención Fast Track, iniciada a principios de la década de 1990, se basaba en teorías ecológicas y del desarrollo que subrayan que la violencia crónica surge por lo general cuando la infancia está expuesta a adversidades múltiples y sucesivas (como vivir en un barrio peligroso, crecer en un entorno familiar duro y carecer de apoyo en la escuela). A medida que estos factores de riesgo interactúan y se amplifican, se acumulan con el tiempo y acaban creando una situación adversa persistente que puede tener efectos duraderos (McMahon et al., 1999). Dados los efectos nocivos acumulativos de estos factores, ofrecer una intervención multicomponente e integral, que implique a la vez a las familias y a las escuelas, es esencial para romper las vías que llevan de los problemas de conducta en la infancia a la violencia en la edad adulta (Bierman, 2002). Por ello, la intervención Fast Track tenía como objetivo prevenir la violencia a lo largo de toda la vida en niñas y niños de 5 años en quienes las familias y el profesorado habían identificado agresividad temprana, conductas disruptivas y otros problemas de conducta en la educación infantil. Las familias y la infancia se incluyeron inicialmente en el programa no por antecedentes de violencia doméstica, sino por problemas de conducta elevados y significativos detectados en el cribado tanto por el profesorado como por las familias. Aunque la intervención Fast Track no abordaba específicamente la IPV, buscaba prevenir la violencia a lo largo de la vida abordando de manera integral los principales factores de riesgo en los distintos periodos del desarrollo, centrándose en las competencias intrapersonales, interpersonales y académicas de la infancia, así como en las competencias y conductas parentales de las familias. Combinaba una formación integral en manejo de la conducta para las familias, un entrenamiento de habilidades sociales y cognitivas para la infancia, tutorías académicas, visitas domiciliarias y un currículo universal para reducir los ambientes de aula disruptivos y caóticos, desde 1.º hasta 10.º curso.
Fast Track tuvo un impacto positivo en varios aspectos de la vida de las familias y de la infancia desde los primeros años. En comparación con el grupo de control, la infancia y las familias que recibieron la intervención presentaron menos problemas de conducta agresiva y redujeron el uso del castigo físico durante la escuela primaria (Bierman et al., 2004; CPPRG, 2011; McMahon et al., 1999). Los y las jóvenes que recibieron la intervención se implicaron menos en actos delictivos durante la adolescencia (CPPRG, 2007, 2010), y la intervención redujo significativamente la necesidad de servicios generales y de salud mental hasta los 18 años (Jones et al., 2010). En la edad adulta, las personas participantes en Fast Track mostraron menos problemas externalizantes y menos condenas penales (Dodge et al., 2015; Godwin & CPPRG, 2020; McCabe et al., 2024; Sorensen et al., 2016) y fueron menos propensas a recurrir al castigo corporal con sus propios hijos e hijas (Sorensen et al., 2016). Aunque todos estos resultados demuestran los efectos protectores de la intervención Fast Track frente a las conductas violentas, el presente estudio es el primero que incluye tres generaciones y evalúa así los efectos de Fast Track sobre la violencia doméstica en un horizonte temporal más amplio.
El presente estudio examina la transmisión intergeneracional de la violencia en la pareja y de la violencia parental hacia la descendencia, y si la participación en la intervención Fast Track interrumpe estas vías. Pretendíamos comprender cómo las experiencias pasadas de exposición a la violencia en la familia G1–G2 influyen en la violencia que ejercen en la edad adulta las personas de la G2, como pareja y como figura parental, y afectan al desarrollo de la G3. Comprobamos también si la intervención Fast Track actuaba como factor de protección para las personas de la G2 expuestas a violencia durante la infancia, interrumpiendo potencialmente la transmisión intergeneracional de la violencia. En primer lugar, planteamos la hipótesis de que las personas progenitoras de la G2 con experiencias de violencia en su familia de la G1 tendrían un mayor riesgo de ser violentas con su pareja y con sus hijos e hijas, y que su descendencia de la G3 presentaría una peor adaptación psicológica. En segundo lugar, planteamos la hipótesis de que las personas progenitoras de la G2 que participaron en la intervención Fast Track informarían de niveles más bajos de violencia hacia su pareja y su descendencia que las del grupo de control. En tercer lugar, esperábamos que, en quienes participaron en la intervención Fast Track, los efectos negativos de la violencia sufrida en la infancia se interrumpieran de una generación a otra, preservando así el bienestar de la generación siguiente.
Se seleccionaron para participar en Fast Track escuelas de primaria de alto riesgo (n = 53) en función de las tasas de delincuencia y de pobreza de su barrio en Durham (Carolina del Norte), Nashville (Tennessee), zonas rurales de Pensilvania y Seattle (Washington). En estas escuelas, el profesorado evaluó la conducta agresiva de 9594 niñas y niños de educación infantil en tres cohortes consecutivas (1991–1993). Quienes obtuvieron puntuaciones situadas en el 40% superior de cada cohorte y de cada sede fueron seleccionados para un segundo cribado de los problemas de conducta en el hogar, realizado por las familias. Las puntuaciones de cribado del profesorado y de las familias se estandarizaron y se combinaron en una puntuación de cribado de la gravedad del riesgo. El reclutamiento comenzó por la puntuación más alta y continuó hasta alcanzar los tamaños muestrales previstos en cada sede, cohorte y grupo. En cada sede, las escuelas se dividieron en uno a tres conjuntos de escuelas emparejadas, y uno de los conjuntos de cada par se asignó aleatoriamente a la condición de intervención y el otro a la de control. El 91% de las familias reclutadas aceptó participar, lo que dio una muestra de 891 niñas y niños de la G2 (grupo de intervención, N = 445; grupo de control, N = 446; véanse la Figura 1, diagrama CONSORT, y CPPRG, 2020, para más detalles). En el momento de la selección, la edad media era de 6.58 años (SD = 0.48). El origen racial era diverso (personas negras, 51%; blancas, 47%; otro, 2%), y el 69% eran niños.

Se obtuvo el consentimiento escrito de las familias y el asentimiento oral de la infancia. A partir de 1992, las personas progenitoras de la G1 (M G1Age en el primer informe = 30.70 años (SD = 6.44), personas negras, 48.51%; blancas, 49.75%, otro, 1.74%, 97.51% mujeres) informaron sobre sus prácticas de crianza y sus conductas de violencia en la pareja cuando la G2 tenía 6, 13 y 14 años. Las personas progenitoras de la G1 recibieron una remuneración por completar las entrevistas. En 2020–2021, cuando la infancia original de la G2 había llegado a la edad adulta y tenía 34 años, se invitó a 374 participantes de la G2 (92% de la G2 elegible; n = 191 grupo de intervención, n = 183 grupo de control) a completar una encuesta que evaluaba su relación con su pareja sentimental (si la tenían) y su forma de criar a su descendencia de la G3. También aportaron información sobre la salud mental de su descendencia (es decir, la G3) si tenían al menos un hijo o hija menor de 18 años y convivían con él o ella el 20% del tiempo o más, o declaraban ver al menor o comunicarse con él, o con la persona que tenía su custodia, > una vez al mes (véase la Figura 1 para los datos de abandono); las prácticas de crianza y las medidas de salud mental asociadas se aplicaron a un único menor de la G3 seleccionado al azar en cada familia (M G3age = 9.37 años, SD = 4.37, 52% de sexo masculino). Las personas participantes completaron la encuesta mediante un enlace por correo electrónico, por teléfono o en persona, y recibieron una compensación modesta por su participación.
Los componentes de la intervención se dirigieron a las dos primeras generaciones (es decir, las personas progenitoras de la G1 y la infancia de la G2) desde 1.º hasta 10.º curso, con las primeras sesiones a partir de octubre de 1.º. Durante la escuela primaria, se ofreció a todas las familias del grupo de intervención formación parental con visitas domiciliarias, tutorías académicas y habilidades sociales. En particular, se realizaron en el edificio escolar, los sábados o entre semana por la tarde, intervenciones grupales de 2 h con las personas progenitoras de la G1 y la infancia de la G2, que incluían simultáneamente un entrenamiento de habilidades sociales para la infancia y una formación en manejo de la conducta para la díada adulto‐menor (60 min), un tiempo compartido entre familia e infancia (30 min) y tutorías académicas (30 min; Bierman et al., 2017). Estas intervenciones grupales tuvieron lugar cada semana durante 1.º, cada dos semanas durante 2.º, cada mes de 3.º a 5.º y cuatro veces al año durante 6.º. Además, la G2 siguió un currículo universal de aprendizaje socioemocional impartido por el profesorado (Kusché & Greenberg, 2020), con una media de 2 a 3 lecciones por semana en todas las sedes hasta 5.º, excepto en Durham (Carolina del Norte), donde las fusiones de escuelas después de 1.º impidieron continuar su aplicación. Durante 5.º y 6.º, la G2 recibió un programa de transición a la educación secundaria y participó en cuatro grupos de familias y jóvenes sobre temas del desarrollo adolescente (alcohol/tabaco/drogas/toma de decisiones). En 7.º y 8.º, se organizaron ocho foros juveniles para informar a la G2 sobre las oportunidades profesionales, las habilidades para la vida y el empleo de verano. De 7.º a 10.º, intervenciones individualizadas dirigidas a las personas progenitoras de la G1 y a la G2 abordaron la supervisión parental, las afiliaciones con iguales, el rendimiento académico y la cognición social (CPPRG, 2020). Las familias del grupo de control fueron objeto de seguimiento a lo largo del tiempo y completaron todos los cuestionarios, pero no recibieron ninguna intervención (por lo que eran libres de buscar otros servicios si lo necesitaban). Todos los procedimientos fueron aprobados por los comités de ética institucionales (Institutional Review Boards) de las universidades participantes. Las instrucciones para solicitar y utilizar los datos de Fast Track están disponibles en https://fasttrackproject.org/requesting‐and‐using‐data‐2/.
La participación de las familias y de la infancia en el programa y la fidelidad de aplicación fueron elevadas. Durante 1.º, el 96% de las personas progenitoras y el 98% de la infancia asistieron al menos a una sesión grupal. De ellas, el 79% de las personas progenitoras y el 90% de la infancia participaron al menos en el 50% de las sesiones previstas. La participación disminuyó ligeramente con los años (sobre todo por cambios de domicilio) y, de 7.º a 10.º, la intervención continuó con al menos el 80% de toda la infancia participante. La alta fidelidad de la intervención se garantizó mediante la manualización, una formación periódica común a todas las sedes y una supervisión clínica semanal (Dodge et al., 2015).
Cuando las personas de la G2 tenían 34 años, la salud mental de la G3 se midió a partir del informe de las personas progenitoras de la G2 con el Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman, Lamping, & Ploubidis, 2010; Goodman, 2001), una medida normalizada de 25 ítems diseñada para captar las dificultades de salud mental en la infancia. Se pidió a las familias que indicaran si era 0 = no es cierto, 1 = algo cierto o 2 = totalmente cierto que su hijo o hija había mostrado una conducta en los últimos 6 meses. Los 25 ítems se reparten a partes iguales entre 5 subescalas. En el presente estudio, solo utilizamos los 20 ítems relativos a los problemas de conducta y no examinamos la subescala prosocial. Estas subescalas comprenden los problemas de conducta (α = .68), los problemas emocionales (α = .70), la hiperactividad/inatención (α = .80) y los problemas con iguales (α = .54). Los ítems de cada subescala se sumaron para obtener las puntuaciones de las subescalas. Examinamos también la puntuación total de dificultades, que suma las puntuaciones de los ítems de todas las subescalas (α = .85).
La IPV y la PCV de la G1, así como la PCV de la G2, se obtuvieron cada una a partir de la Conflict Tactics Scale (Straus, 1979). La Conflict Tactics Scale pregunta con qué frecuencia la persona encuestada recurre a conductas específicas con su hijo o hija o con su pareja sentimental, en una escala de 0 = nunca a 6 = casi todos los días. Este estudio obtuvo las medidas de IPV y PCV de la G1, y de PCV de la G2, a partir de dos subescalas de la Conflict Tactics Scale que pueden calcularse a partir de las interacciones entre los miembros de la pareja parental y de las interacciones con la descendencia. Estas subescalas son (1) la subescala de agresión verbal de 6 ítems (p. ej., «gritó, insultó o dijo palabrotas», «amenazó con tirar algo») y (2) la subescala de agresión física de 4 ítems (p. ej., «empujó, agarró o zarandeó», «golpeó o intentó golpear»). Las puntuaciones de las subescalas se calculan con la media de los ítems.
La IPV de la G1 se midió a partir de los informes de las personas progenitoras de la G1 sobre su agresión física y verbal hacia su pareja y, cuando se disponía de ellos, de los informes de la pareja en la G1 sobre su agresión física y verbal hacia la persona progenitora de la G1, cuando estas medidas se recogieron a los 6, 13 y 14 años de la G2. Se creó una medida compuesta de IPV calculando una puntuación media del conjunto de los informes de las personas progenitoras y de sus parejas en la G1 sobre la agresión física y verbal en esos tres momentos. La creación de esta puntuación compuesta se justificó por consistencias internas muy elevadas y por fuertes correlaciones positivas entre la agresión física de la persona progenitora y de su pareja en la G1 a lo largo de los 3 años (α = .75, r = .58, p < .01), entre su agresión verbal a lo largo de los 3 años (α = .77, r = .74, p < .01) y entre una medida compuesta de agresión verbal y la agresión física de la persona progenitora y de su pareja en la G1 (α = .80, r = .73, p < .01).
La PCV de la G1 se midió de manera similar a partir de los informes de la persona progenitora y de su pareja en la G1 sobre la agresión física y verbal dirigida a su hijo o hija, cuando estas medidas se recogieron a los 6–8 y 13–14 años de la G2. Como en el caso de la IPV de la G1, se creó una medida compuesta de crianza violenta calculando una puntuación media de todos los informes disponibles en esos momentos. Al igual que la medida compuesta de IPV de la G1, esta medida mostró una consistencia interna elevada (α = .77) y correlaciones positivas entre la conducta agresiva de la persona progenitora y la de su pareja en la G1 (r = .35, p < .01).
En la encuesta a los 34 años, la PCV de la G2 se evaluó con la misma versión de la Conflict Tactics Scale descrita para la G1 (véase más abajo), mientras que para la agresión física y verbal dirigida a la pareja se utilizó una versión modificada de la Conflict Tactics Scale. La IPV de la G2 se midió sumando la frecuencia con la que las personas de la G2 declaraban haber cometido alguno de 5 actos de violencia (p. ej., «le gritó o chilló a su pareja sentimental») o haber sufrido alguno de 15 actos de violencia por parte de su pareja (p. ej., «su pareja sentimental le dio un puñetazo, le golpeó, le dio una patada o una bofetada») en los últimos 12 meses, en una escala de 0 = nunca, 1 = una vez, 2 = 2 veces, 3 = 3 veces o más. Esta medida compuesta mostró una consistencia interna elevada (α = .79). La encuesta a la G2 a los 34 años no incluía informes de la pareja de la G2 y se realizó en un único momento. La medida compuesta de PCV de la G2 era la media de los informes de las personas progenitoras de la G2 sobre su agresión física y verbal hacia su hijo o hija. Esta medida mostró también una consistencia interna elevada (α = .76).
Para examinar las preguntas del estudio se realizaron análisis de rutas con Mplus versión 8.2 (Muthén & Muthén, 1998–2017). Concretamente, se estimaron modelos de rutas en los que la violencia en la pareja y la violencia parental hacia la descendencia de la G1 predecían cada una la violencia en la pareja y la violencia parental hacia la descendencia de la G2, así como las dificultades de salud mental de la G3, y en los que tanto la violencia en la pareja como la violencia parental hacia la descendencia de la G2 predecían también las dificultades de salud mental de la G3. Estas rutas se analizaron en modelos multigrupo para comprobar si diferían según la condición de intervención. En primer lugar, se restringieron ocho rutas para que fueran iguales en los grupos de intervención y de control. Estas rutas comprendían (1) la IPV de la G1 como predictora de la IPV de la G2, (2) la PCV de la G1 como predictora de la PCV de la G2, (3) la IPV de la G1 como predictora de la PCV de la G2, (4) la PCV de la G1 como predictora de la IPV de la G2, y las siguientes rutas como predictoras de las dificultades de salud mental de la G3: (5) la IPV de la G1, (6) la PCV de la G1, (7) la IPV de la G2 y (8) la PCV de la G2. Después, una a una, estas rutas se liberaron para que pudieran variar entre grupos, y la diferencia de ajuste se comparó con una prueba de chi cuadrado de 1 grado de libertad. Si la prueba de chi cuadrado mostraba que el modelo se ajustaba mejor cuando la ruta podía variar libremente entre grupos, la ruta se dejaba sin restricción. De este modo, pudimos identificar exactamente qué vías intergeneracionales diferían entre el grupo de intervención Fast Track y el grupo de control. Las 29 covariables previas a la intervención y sociodemográficas enumeradas en la Tabla S1, así como la edad y el sexo de la G3, se examinaron como posibles variables de control (véanse www.fasttrackproject.org; Bierman et al., 2004; CPPRG, 2007). Controlar las 29 covariables al examinar simultáneamente los constructos relativos a la G1, la G2 y la G3 conducía a una subidentificación del modelo, por lo que en los análisis principales solo se controlaron las covariables que se asociaban significativamente, en las correlaciones de orden cero, con cada uno de los constructos relativos a la G1, la G2 y la G3 (véanse las notas de las Figuras 2, 3, 4, 5, 6). La condición de intervención se codificó como 0 = miembro del grupo de control, 1 = miembro del grupo de intervención.





En cada modelo de rutas, las medidas contemporáneas se correlacionaron entre sí (p. ej., las medidas de la G1 se correlacionaron entre sí), y se incluyeron en el modelo aquellas de las 29 covariables que resultaron correlatos significativos en las correlaciones de orden cero de las medidas referidas a la primera, la segunda y la tercera generación. Para estimar los modelos de rutas se utilizaron procedimientos de estimación por máxima verosimilitud robusta, con el fin de tener en cuenta la asimetría o la curtosis de las variables del estudio y de garantizar que se respetaba el marco analítico por intención de tratar. Cabe señalar que al 35% de las personas de la G2 (n = 141) les faltaban datos en al menos una de las medidas de la G1, la G2 o la G3. Sin embargo, las personas de la G2 con y sin datos faltantes no diferían en su pertenencia al grupo de intervención o al de control, ni en ninguna de las variables de IPV, PCV o dificultades de salud mental de la G3. Las 403 personas de la G2 que disponían de datos sobre los constructos de la G1, la G2 o la G3 (incluso con datos parcialmente faltantes) se incluyeron en todos los análisis.
Se estimaron cinco modelos de rutas de estructura idéntica, cada uno de los cuales exploraba una de las 4 subescalas del SDQ o la puntuación total que captaba las dificultades de salud mental de la G3. En cada uno de los cinco modelos de rutas, se utilizó el comando MODEL INDIRECT de Mplus para captar las vías mediadoras que van de la IPV y la PCV de la G1 a las dificultades de salud mental de la G3 a través de la IPV y la PCV de la G2 (Muthén & Muthén, 1998–2017). El comando MODEL INDIRECT calcula el efecto de mediación mediante el método del producto de los coeficientes de ruta y estima los errores estándar mediante el método delta (Muthén & Muthén, 1998–2017).
La submuestra de personas progenitoras de la G2 y la muestra inicial de la G2, así como las muestras de intervención y de control de las personas progenitoras de la G2, solo difirieron en 8 de las 58 pruebas, en conjunto, de diferencias previas al tratamiento y sociodemográficas entre grupos (véase la Tabla S1). Concretamente, los hombres de la G2 y las personas de la G2 con puntuaciones más altas de externalización o de competencia social a los 6 años tenían menos probabilidades de participar a los 34 años. Las personas de la G2 del grupo de intervención a los 34 años tenían a los 6 años puntuaciones más bajas de satisfacción con sus amistades, pero puntuaciones más altas de competencia social y puntuaciones más bajas de riesgo de conducta externalizante, en comparación con las del grupo de control. De estas diferencias, solo el hecho de que la persona de la G2 fuera de sexo masculino se asoció significativamente con alguna de las variables de IPV o PCV de la G2 o con alguno de los problemas de salud mental de la G3. Esta variable se controló en todos los análisis pertinentes.
La Tabla S2 presenta los estadísticos descriptivos y las correlaciones de orden cero de las principales variables del estudio. Los estadísticos de ajuste global de los modelos finales figuran al pie de cada figura e indican que cada modelo se ajusta excelentemente a los datos (p. ej., CFI/TLI ≥ .95, RMSEA ≤ .06, SRMR ≤ .08; Hu & Bentler, 1999). Las secciones de resultados resumen los principales hallazgos; las estimaciones exactas de los parámetros figuran en las Figuras 2, 3, 4, 5, 6; véase el Apéndice S1 para una descripción completa de los resultados de todos los modelos. Todas las estimaciones de parámetros presentadas están estandarizadas y todos los resultados estadísticamente significativos resistieron la corrección de Bonferroni (Bonferroni, 1936), salvo dos (señalados más abajo).
Tras examinar las pruebas de diferencia de chi cuadrado, los modelos que predecían (1) las dificultades totales del SDQ de la G3 (Figura 2), (2) los problemas de conducta (Figura 3) y (3) la hiperactividad (Figura 4) se ajustaron todos mejor cuando la ruta de la IPV de la G1 como predictora de la PCV de la G2 se liberó para variar entre el grupo de intervención Fast Track y el grupo de control (para más detalles, véase el Apéndice S1). Esto indica que la magnitud de la vía que va de la IPV de la G1 a la PCV de la G2 variaba entre los grupos de tratamiento y de control de FT. Los modelos finales se representan en las Figuras 2, 3, 4.
Los tres modelos respaldan nuestra primera hipótesis, según la cual las personas de la G2 con experiencias de violencia en su familia G1–G2 ejercerían más violencia en su familia adulta G2–G3, lo que conduciría a una peor adaptación psicológica de su descendencia. Concretamente, en las personas de la G2 del grupo de control, si las personas progenitoras de la G1 declaraban una IPV más elevada cuando la G2 tenía entre 6 y 14 años, esas personas de la G2 ejercían niveles más altos de PCV a los 34 años, lo que se asociaba a mayores dificultades totales de salud mental, problemas de conducta e hiperactividad en la G3.
Estos modelos respaldaron también nuestra segunda hipótesis, según la cual la intervención Fast Track protege frente a esta transmisión intergeneracional de la violencia y sus consecuencias. Concretamente, una IPV más elevada en la G1 predecía una PCV más elevada en la G2 en el grupo de control, pero no en el grupo de intervención Fast Track, en los tres modelos (Figuras 2, 3, 4; Tabla 1). En consecuencia, las vías mediadoras intergeneracionales que van de una IPV elevada en la G1 a una PCV elevada en la G2 y a mayores dificultades de salud mental en la G3 fueron estadísticamente significativas en el grupo de control (efecto indirecto en las dificultades totales del SDQ = 0.93, SE = 0.45, 95% CI: 0.03–1.83, p = .04; efecto indirecto en los problemas de conducta del SDQ = 0.27, SE = 0.13, 95% CI: 0.01–0.53, p = .03; efecto indirecto en la hiperactividad del SDQ = 0.24, SE = 0.12, 95% CI: 0.005–0.48, p = .05), pero no en el grupo de intervención (efecto indirecto en las dificultades totales del SDQ = −0.35, SE = 0.30, 95% CI: −0.95 to 0.25, p = .25; efecto indirecto en los problemas de conducta del SDQ = −0.11, SE = 0.09, 95% CI: −0.29 to 0.07, p = .23; efecto indirecto en la hiperactividad del SDQ = −0.09, SE = 0.08, 95% CI: −0.25 to 0.07, p = .25). Los tres efectos correspondían a una mediación completa: el efecto directo de la IPV de la G1 sobre las dificultades totales, los problemas de conducta y la hiperactividad del SDQ de la G3 dejaba de ser significativo una vez tenida en cuenta esta vía mediadora.
Tabla 1 — Efectos totales, directos e indirectos de cada vía violencia en la pareja de la G1 → violencia parental de la G2 → dificultad de salud mental de la G3
* y negrita indican significación estadística a p < .05. SDQ, Strengths and Difficulties Questionnaire. Para simplificar, la violencia en la pareja y la violencia parental hacia la descendencia de la G1 y de la G2 se etiquetaron como «G1 IPV», «G1 PCV», «G2 IPV» y «G2 PCV». Del mismo modo, las variables del SDQ de la G3 se denominaron «G3 SDQ».
En cuanto a otros resultados significativos, en los tres modelos, tanto en el grupo de control como en el de intervención, los niveles más altos de PCV de la G2 se asociaron a mayores dificultades totales de salud mental (Figura 2), problemas de conducta (Figura 3) e hiperactividad (Figura 4) en la G3. Además, en ambos grupos y en los tres modelos, la IPV y la PCV de la G1 estaban fuertemente correlacionadas. Sin embargo, en los tres modelos, la IPV y la PCV de la G2 estaban fuertemente correlacionadas en el grupo de control, mientras que no lo estaban significativamente en el grupo de intervención. Ninguna otra vía de estos modelos fue estadísticamente significativa.
Al igual que en los modelos 1–3, el modelo de problemas emocionales del SDQ de la G3 (Figura 5) se ajustó mejor cuando la ruta de la IPV de la G1 como predictora de la PCV de la G2 se liberó para variar entre grupos, lo que indica que la magnitud de esta ruta variaba significativamente entre los grupos de tratamiento y de control de FT (Figura 4).
Sin embargo, a diferencia de los modelos 1–3, las hipótesis 1 y 2 solo se vieron parcialmente respaldadas. Concretamente, una vez más, una IPV más elevada en la G1 predecía una PCV más elevada en la G2 en el grupo de control, pero no en el grupo de intervención Fast Track. Sin embargo, en ambos grupos, la PCV de la G2 no se asoció significativamente con los problemas emocionales del SDQ de la G3. En cambio, una IPV más elevada en la G2 se asoció significativamente con mayores problemas emocionales del SDQ de la G3 en ambos grupos, aunque la significación estadística de estas dos asociaciones positivas no se mantuvo tras la corrección de Bonferroni (con ps = .02–.04, por encima del umbral corregido de Bonferroni p de .0125). Por tanto, estos resultados respaldaron parcialmente la hipótesis 1, porque la conducta violenta de la G1 (en forma de IPV) sí predecía la conducta violenta de la G2 (en forma de PCV) en el grupo de control, y respaldaron parcialmente la hipótesis 2, porque la participación en Fast Track protegía frente a este vínculo en el grupo de tratamiento. Sin embargo, ninguna de las dos hipótesis se vio plenamente respaldada, porque la crianza violenta de la G2 no se asociaba a los problemas emocionales de la G3 y, en consecuencia, la vía mediadora que va de la IPV de la G1 a la PCV de la G2 y a los problemas emocionales de la G3 no fue estadísticamente significativa ni en el grupo de control (Tabla 1; efecto indirecto = 0.11, SE = 0.07, 95% CI: −0.25 to 0.03, p = .11) ni en el de intervención (Tabla 1; efecto indirecto = −0.04, SE = 0.05, 95% CI: −0.14 to 0.06, p = .40).
Los resultados del modelo de problemas con iguales del SDQ de la G3 (Figura 6) fueron similares a los de los modelos de dificultades totales, problemas de conducta e hiperactividad de la G3, ya que este modelo se ajustó mejor cuando la ruta de la IPV de la G1 como predictora de la PCV de la G2 se liberó para variar entre grupos, lo que indica una diferencia significativa en la magnitud de esta ruta entre grupos. La significación de las distintas rutas de este modelo reprodujo la de los modelos de dificultades totales, problemas de conducta e hiperactividad de la G3. Concretamente, en las personas de la G2 del grupo de control, si las personas progenitoras de la G1 declaraban una IPV más elevada cuando la G2 tenía entre 6 y 14 años, esas personas de la G2 ejercían niveles más altos de PCV a los 34 años, lo que se asociaba a mayores problemas con iguales en la G3. Sin embargo, la intervención Fast Track protegía frente a esta transmisión intergeneracional de la violencia, ya que el vínculo entre la IPV de la G1 y la PCV de la G2 solo era significativo en el grupo de control, no en el grupo de intervención.
El modelo de problemas con iguales de la G3 difería de los modelos de dificultades totales, problemas de conducta e hiperactividad de la G3 cuando se examina la vía mediadora intergeneracional completa. La vía mediadora que va de la IPV de la G1 a la PCV de la G2 y a los problemas con iguales de la G3 no es estadísticamente significativa ni en el grupo de control (Tabla 1; efecto indirecto = 0.24, SE = 0.13, 95% CI: −0.02 to 0.50, p = .07) ni en el de intervención (Tabla 1; efecto indirecto = −0.10, SE = 0.08, 95% CI: −0.26 to 0.06, p = .21). Por tanto, al igual que en el modelo de problemas emocionales de la G3, las hipótesis 1 y 2 solo se ven parcialmente respaldadas en el modelo de problemas con iguales de la G3.
Examinamos la transmisión intergeneracional de la IPV y de la PCV, sus efectos en la tercera generación y el papel de la intervención Fast Track como posible factor de interrupción de esta vía intergeneracional. Nuestros resultados mostraron que la violencia en la pareja se transmitía de una generación a otra a través de su influencia en la violencia parental hacia la descendencia. En efecto, las personas progenitoras de la G2 que habían presenciado una IPV elevada entre sus padres y madres (es decir, la G1) durante la infancia y la primera adolescencia tendían a actuar de forma más violenta con su descendencia (es decir, la G3). Esta vía intergeneracional tiene efectos adversos en el bienestar de la generación siguiente, ya que la G3 sufre más dificultades psicológicas, con niveles más altos de problemas de conducta y de hiperactividad. Sin embargo, la participación en la intervención Fast Track interrumpió esta transmisión intergeneracional de la violencia.
Curiosamente, no se encontró ningún vínculo intergeneracional entre formas de violencia del mismo ámbito: la IPV de la G1 no se asoció con la IPV de la G2, ni la PCV de la G1 con la PCV de la G2. Aunque esta vía intergeneracional directa estaba ausente, surgieron correlaciones significativas entre IPV y PCV en la primera generación, tanto en el grupo de intervención como en el de control, y en la segunda generación solo en el grupo de control. Estos resultados sugieren que, aunque la IPV y la PCV estaban relacionadas de forma concurrente en la primera y la segunda generación, solo las asociaciones cruzadas entre IPV y PCV se transmitieron de una generación a otra, lo que acabó perjudicando la adaptación psicológica de la G3. Estos resultados refuerzan la comprensión de la violencia doméstica como un fenómeno complejo, en el que puede resultar difícil distinguir la exposición directa de la indirecta y diferenciar las distintas formas de violencia (Riedl et al., 2019; Thi, Zimmerman, Pocock, Chan, & Ranganathan, 2022). Aun así, las asociaciones entre IPV y PCV solo se transmitieron de una generación a otra en el grupo de control, lo que apunta al papel de la intervención Fast Track en la reducción de la vía de transmisión intergeneracional de la violencia. Resulta interesante que Fast Track actuara como factor de protección no solo entre generaciones, sino también dentro de una misma generación: las personas progenitoras de la G2 no presentaban correlaciones significativas entre la violencia ejercida hacia su pareja y hacia su descendencia.
En conjunto, estos resultados concuerdan con investigaciones anteriores que destacan que las personas con antecedentes personales de violencia doméstica tienen una mayor probabilidad de ejercer conductas violentas hacia su pareja y su descendencia, perpetuando un ciclo de violencia con efectos adversos de una generación a otra (Belsky et al., 2009; Fitzgerald et al., 2020; Riedl et al., 2019; Rothenberg, 2019; Salo et al., 2022). Concuerdan, además, con estudios previos que informan de los efectos nocivos de la PCV en la adaptación psicológica infantil (Jaffee et al., 2002; Oram et al., 2022; Vu, Jouriles, McDonald, & Rosenfield, 2016). Hasta donde sabemos, el presente estudio es el primero que combina datos longitudinales prospectivos sobre IPV y PCV a lo largo de tres generaciones y que, además, pone a prueba los efectos de una intervención sobre la transmisión intergeneracional de la violencia. Muestra que la intervención Fast Track rompe el ciclo de la violencia al eliminar la transmisión de la IPV de la G1 en forma de PCV en la G2 y al reducir la asociación entre la IPV y la PCV de la G2. Esta capacidad puede deberse a que la intervención Fast Track buscaba prevenir la violencia a lo largo de la vida abordando de manera integral los principales factores de riesgo en los distintos periodos del desarrollo y actuando sobre varias dimensiones, como las competencias intrapersonales e interpersonales de la infancia y de las familias. Concretamente, Fast Track hacía hincapié en el desarrollo de competencias interpersonales y emocionales en la G2. Entre ellas figuraban la capacidad de establecer y mantener relaciones positivas con iguales, de regular y comunicar eficazmente las propias emociones y de resolver los conflictos de forma constructiva. A través de grupos de amistad, grupos de familias, tiempos compartidos entre familia e infancia y visitas domiciliarias, los componentes de la intervención Fast Track se centraban en las habilidades prosociales de la infancia, la expresión y la comprensión de las emociones, la percepción acertada de las intenciones ajenas y el control de la ira, así como en la calidez y el apoyo parentales y en la reducción de la disciplina dura y punitiva (CPPRG, 2020; McCabe et al., 2024). Estas competencias se reconocen ampliamente como fundamentales para una adaptación psicológica positiva a lo largo de la vida, ya que protegen frente al desarrollo de patrones de conducta agresivos y violentos (Lansford et al., 2006; Lösel & Farrington, 2012; Siegel, 2013). Trabajos anteriores han demostrado que los efectos de Fast Track en la psicopatología posterior de la G2 pueden explicarse por la mejora de sus habilidades sociales y de autorregulación durante la infancia (Godwin et al., 2020; McCabe et al., 2024; Sorensen et al., 2016), que posteriormente puede prevenir el recurso a conductas parentales violentas en la G2 en la edad adulta (Rothenberg et al., 2023, 2024). Este papel protector de la intervención multinivel de Fast Track confirma resultados de investigaciones anteriores que destacan que una intervención psicológica dirigida a la vez a las familias y a la infancia puede reducir la violencia doméstica y aumentar el bienestar de los miembros de la familia (Livings et al., 2023).
Resulta interesante que, aunque la intervención interrumpió la transmisión de la violencia de la IPV de la G1 a la PCV de la G2 y, después, de la PCV de la G2 a los resultados de la G3, la vía entre la PCV de la G2 y las dificultades de salud mental de la G3 siguió siendo significativa. Varios factores podrían explicar este resultado. En primer lugar, otras variables clave podrían intervenir en esta vía y merecen un estudio más profundo. Por ejemplo, es posible que las tareas del desarrollo a las que se enfrentaba la infancia en 2020–2021 tuvieran características distintas de las que vivió la G2 en la década de 1990. En el contexto de los cambios sociales actuales, como la evolución de los valores familiares, la aparición más temprana de la pubertad y unas relaciones sociales más fluidas, la influencia de la violencia parental en la salud mental infantil podría ser ligeramente diferente, lo que modificaría los efectos duraderos de la intervención. Además, es posible que la G3 cuyas personas progenitoras mantienen conductas de crianza violentas pese a la intervención sea más propensa a sufrir dificultades psicológicas, sobre todo si las personas de la G2 mostraron conductas agresivas más intensas durante la infancia. Estos resultados invitan a seguir investigando el tema, por ejemplo con un seguimiento longitudinal del desarrollo de la G3 para comprender mejor las vías intergeneracionales. Por último, estos resultados podrían señalar la necesidad de un seguimiento continuo y de un apoyo específico para las personas con antecedentes familiares de violencia, lo que sugiere que romper el ciclo intergeneracional de la violencia exige intervenciones constantes y sostenidas.
Las vías relacionadas con la violencia dentro de cada generación y entre generaciones cambian ligeramente si se consideran los problemas emocionales y los problemas con iguales de la G3. En efecto, tanto para los problemas emocionales como para los problemas con iguales de la G3, la vía mediadora que va de la IPV de la G1 a la PCV de la G2 y a los resultados de la G3 no fue estadísticamente significativa, y los problemas emocionales no se asociaron directamente con la PCV de la G2. Estos resultados sugieren una diferencia entre los problemas internalizantes y externalizantes en la G3: los problemas externalizantes (es decir, los problemas de conducta y la hiperactividad) tienen más probabilidades de surgir como consecuencia de la transmisión intergeneracional de la violencia que los problemas internalizantes (es decir, los problemas emocionales y con iguales). Cabe señalar que la muestra original de la G2 estaba formada por niñas y niños identificados por presentar problemas externalizantes tempranos. Según la teoría del aprendizaje social de Bandura (1969), la G3 podría ser más propensa a mostrar más conductas externalizantes al tomar como modelo las conductas de sus figuras parentales. La transmisión intergeneracional de síntomas psicopatológicos de la generación parental a la descendencia, como los problemas internalizantes y externalizantes, se ha descrito en investigaciones anteriores (Goodman et al., 2011; Marceau, Yu, Knopik, Ganiban, & Neiderhiser, 2022). Teniendo en cuenta las características de la presente muestra de la G2, podría ser interesante que futuras investigaciones se centraran en la transmisión intergeneracional específica de los síntomas externalizantes para confirmar los resultados actuales.
El estudio tiene también limitaciones. En primer lugar, aunque medimos la IPV de la G1 a partir de los informes de ambos miembros de la pareja y a lo largo de varios años, no disponíamos de informes de la pareja en la G2 y solo recogimos los datos de IPV de la G2 en un único momento. En segundo lugar, la subescala de problemas con iguales del SDQ presentaba una consistencia interna moderada, lo que podría haber influido en los resultados al atenuar posibles vías intergeneracionales predictoras de estos problemas. En tercer lugar, la adaptación psicológica de la G3 fue informada por las familias y se recogió en un único momento. Por último, aunque estos resultados ponen de relieve la eficacia de la intervención Fast Track, conviene tener en cuenta dos aspectos. El primero es que su aplicación a gran escala puede resultar difícil por su larga duración y su carácter intensivo. No todas las intervenciones pueden extenderse durante 10 años, implicar a la vez a familias y escuelas y abordar varios factores de riesgo importantes en distintos periodos del desarrollo, como hizo la intervención Fast Track, sobre todo porque aplicar este tipo de intervenciones podría resultar muy costoso para los servicios de salud pública. Sin embargo, se ha demostrado que la intervención Fast Track tiene una buena relación coste‐eficacia, y se han propuesto posibles evaluaciones de coste‐eficacia para futuras aplicaciones (Foster et al., 2006). El segundo aspecto, señalado a menudo en el ámbito de la investigación sobre la violencia, es el posible sesgo de deseabilidad social en los autoinformes de violencia. Aunque varios estudios han subrayado el problema de la deseabilidad social en las respuestas a la Conflict Tactics Scale (Archer, 1999), otros han señalado que la confidencialidad y el anonimato pueden favorecer una revelación completa (Hamby, 2014) y que la distorsión por deseabilidad social en los informes de violencia es mínima (Visschers, Jaspaert, & Vervaeke, 2015). En el presente estudio, aunque debe reconocerse el posible sesgo de los autoinformes de violencia, utilizamos, cuando fue posible, tanto los autoinformes como los informes de la pareja para crear una puntuación compuesta de IPV y PCV, y encontramos tasas de respuesta afirmativa elevadas en ambos miembros de la pareja (es decir, el 94% de las personas progenitoras de la G1 y el 90% de sus parejas declararon al menos una conducta de IPV, y el 66% de las personas progenitoras de la G1 y el 88% de sus parejas declararon al menos una conducta de PCV). Consideramos que estas medidas probablemente redujeron los posibles efectos de deseabilidad social.
Pese a estas limitaciones, este estudio realiza una contribución significativa al demostrar que la violencia no se limita a una sola generación, sino que persiste a lo largo de varias generaciones; sin embargo, una intervención preventiva multinivel puede interrumpirla. Estos resultados ponen de relieve la importancia de programas y políticas que apoyen las intervenciones en la infancia destinadas a reducir los problemas de conducta, que pueden dar fruto para la infancia en el momento de la intervención, pero también en su edad adulta e incluso en la generación siguiente.
Los miembros del Conduct Problems Prevention Research Group (CPPRG) son, por orden alfabético, Karen L. Bierman (Pennsylvania State University), John D. Coie (Duke University), D. Max Crowley (Pennsylvania State University), Kenneth A. Dodge (Duke University), Mark T. Greenberg (Pennsylvania State University), Jennifer E. Lansford (Duke University), John E. Lochman (University of Alabama), Robert J. McMahon (Simon Fraser University y B.C. Children's Hospital Research Institute) y Ellen E. Pinderhughes (Tufts University).
Complexe Systémique: puntos clave
El interés de este ensayo reside en su duración: treinta años y tres generaciones, algo que ningún estudio de terapia familiar puede ofrecer. El resultado tiene una gran legibilidad sistémica. La violencia no pasa idéntica de una generación a otra: quienes vieron pelearse a sus padres y madres no reproducen principalmente la violencia de pareja; ejercen más dureza con su propia descendencia, y es la generación siguiente la que carga con las dificultades. Fast Track, que no se dirigía a la violencia de pareja, corta sin embargo este vínculo, gracias a diez años de trabajo sobre la disciplina parental, las competencias emocionales de la infancia y el vínculo con la escuela. Para la práctica, es un argumento sólido a favor de las intervenciones tempranas que reúnen a familia, criatura y escuela. Quedan algunas reservas: la violencia de la G2 informada únicamente por la persona encuestada, la salud mental de la G3 informada por la figura parental, algunas incoherencias en la tabla y el vínculo entre violencia parental y dificultades de la infancia, que persiste incluso en el grupo de intervención. Puede leerse junto con el estudio sobre la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica en Perú y el análisis de los componentes de las intervenciones centradas en la familia.
Notas del original
Véase el Apéndice 1 sobre el Conduct Problems Prevention Research Group (CPPRG).
Declaración de conflicto de intereses: véanse los Agradecimientos para la declaración completa.
Consideraciones éticas. Se obtuvo el consentimiento escrito de las familias y el asentimiento oral de la infancia. Todos los procedimientos fueron aprobados por el Institutional Review Board de la Duke University el 2 de junio de 2025 (número de protocolo 2018–0331).
Agradecimientos. El proyecto Fast Track ha contado con el apoyo de las subvenciones del National Institute of Mental Health (NIMH) R18 MH48043, R18 MH50951, R18 MH50952, R18 MH50953, R01 MH062988, R01 MH117559, K05 MH00797 y K05 MH01027; de las subvenciones del National Institute on Drug Abuse (NIDA) R01 DA016903, R01 DA036523, R01 DA11301, K05 DA15226, RC1 DA028248 y P30 DA023026; de la subvención del National Institute of Child Health and Human Development R01 HD093651; y de la subvención del Department of Education S184U30002. El Center for Substance Abuse Prevention también aportó apoyo mediante un memorando de acuerdo con el NIMH. Se recibió apoyo adicional a través de una BC Children's Hospital Research Institute Investigator Grant Award y de una ayuda de la Canada Foundation for Innovation. K.L.B., J.D.C., K.A.D., M.T.G., J.E.L., R.J.M. y E.E.P. son investigadores e investigadoras principales del proyecto Fast Track y tienen un acuerdo de publicación con Guilford Publications, Inc. Los derechos de autor derivados de ese acuerdo se donan a una organización profesional. Además, tienen la autoría del currículo PATHS y donan todos los derechos de PATHS Program LLC a una organización profesional. M.T.G. es uno de los desarrolladores del currículo PATHS y tiene un acuerdo de derechos independiente con PATHS Program LLC. K.L.B., J.D.C., K.A.D., M.T.G., J.E.L. y R.J.M. son quienes desarrollaron el currículo Fast Track y tienen un acuerdo de publicación y de derechos con Guilford Publications, Inc. R.J.M. es coautor de Helping the Noncompliant Child y tiene un acuerdo de derechos con Guilford Publications, Inc. El resto de la autoría declara no tener ningún conflicto de intereses real ni potencial.
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Traducción no oficial de The randomized controlled trial Fast Track multilevel intervention for children with early‐emerging conduct problems breaks intergenerational transmission of violence across three generations, de Laura Gorla, W. Andrew Rothenberg, Jennifer Godwin y el Conduct Problems Prevention Research Group, Journal of Child Psychology and Psychiatry, vol. 67, n.o 8 (2026), doi: 10.1111/jcpp.70133, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «The randomized controlled trial Fast Track multilevel intervention for children with early‐emerging conduct problems breaks intergenerational transmission of violence across three generations», publicado en Journal of Child Psychology and Psychiatry (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Gorla, L., Rothenberg, W. A., Godwin, J., et Conduct Problems Prevention Research Group (2026). The randomized controlled trial Fast Track multilevel intervention for children with early‐emerging conduct problems breaks intergenerational transmission of violence across three generations. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-randomized-controlled-trial-fast-track-multilevel-intervention-for-children (Obra original publicada en 2026 en Journal of Child Psychology and Psychiatry, 67(8), 1254-1268 (2026); republicada en 2026 por Journal of Child Psychology and Psychiatry, https://acamh.onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jcpp.70133)
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