Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution-Focused Brief Therapy · Investigación empírica
El Resilience Doughnut («donut de la resiliencia») de Lyn Worsley sitúa en el centro las fortalezas de la niña o el niño (yo tengo, yo soy, yo puedo) y, a su alrededor, siete factores de protección: figuras parentales, habilidades, familia e identidad, educación, iguales, comunidad y dinero. Bastan tres factores sólidos para que la resiliencia arraigue. De él nacieron dos programas grupales de seis semanas, Connect-3 para el grupo de 8 a 12 años y Linked-Up para el de 13 a 16, y una clínica de Sídney los evaluó antes y después con 70 jóvenes. Quienes tenían menos edad ganaron en competencia personal y redujeron sus dificultades totales; el grupo adolescente no se movió. Un estudio modesto, sin grupo de control y con un 41% de datos de salida ausentes —y lo dice—, pero que muestra un modelo ecológico de la resiliencia cercano al pensamiento sistémico: la resiliencia no es una cualidad de la infancia, sino de sus vínculos.
Traducción no oficial al español de Evaluating the effectiveness of a resilience program for children and young people in a private Australian psychology clinic, de Kaitlyn Miller, Lyn Worsley, Tanya Hanstock y Megan Valentine, publicado en el Journal of Solution-Focused Brief Therapy (2016), hoy Journal of Solution Focused Practices, doi: 10.59874/001c.75093, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, con las ocho tablas presentadas en forma de fichas, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. El PDF original es un documento escaneado; las tablas y las referencias se transcribieron a partir de las imágenes de las páginas, y la figura 1 (el Doughnut) se describe con palabras: una reconstitución, no una reproducción. Los recuadros titulados «Complexe Systémique» son nuestros, no de la autoría. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Resumen
La investigación sobre programas de intervención que refuerzan la resiliencia en jóvenes es cada vez más abundante. Existen varios programas grupales internacionales basados en la resiliencia; sin embargo, pocos se sitúan en Australia. Dos programas australianos de resiliencia son Linked-Up (de 13 a 16 años) y Connect-3 (de 8 a 12 años). Se trata de programas centrados en soluciones basados en el modelo del Resilience Doughnut. El presente estudio evaluó la eficacia de estos dos programas comparando medidas de resiliencia y de adversidades antes y después de la intervención. Las personas participantes tenían entre 8 y 17 años. Participaron 70 jóvenes en total, 40 chicos (57%) y 30 chicas (43%). Los resultados muestran que el programa Connect-3 reforzó la competencia personal y redujo las dificultades totales en una población no clínica. El grupo Linked-Up no mostró cambios significativos en las puntuaciones entre antes y después de la intervención. La investigación futura debería explorar la eficacia de los programas de resiliencia en poblaciones clínicas o con jóvenes expuestos a un mayor riesgo de adversidad. También debería considerar cómo podría reforzarse la resiliencia en poblaciones de adolescentes de más edad.
La resiliencia es un campo de estudio importante, porque afrontar el estrés, el cambio y la adversidad forma parte de la vida cotidiana. Esto es especialmente cierto en la infancia y la adolescencia, que atraviesan múltiples cambios biológicos, sociales y psicológicos durante esta fase del desarrollo (Barrett et al., 2014). Se acepta en general que la resiliencia es la capacidad de una persona para recuperarse de la adversidad (Ungar, 2015; Prince-Embury, 2014; Werner & Smith, 2001). Esta capacidad depende de la compleja interacción entre factores de protección, como unas relaciones sociales positivas, la estabilidad económica o unas habilidades de afrontamiento adaptativas, y factores de riesgo, como la vulnerabilidad a los problemas de salud mental, un apego deficiente u otras adversidades (Ungar et al., 2015; Werner & Smith, 1992; 2001). Ungar et al. (2015) subrayan que los factores de protección no son solo características personales o cualidades del individuo, sino que incluyen también la disponibilidad de recursos comunitarios (por ejemplo, los apoyos sociales y los servicios formales), así como la capacidad de la persona para acceder a esos recursos y utilizarlos.
Nota de la autoría. La investigación presentada en este artículo fue realizada por la primera autora en cumplimiento parcial de los requisitos del título de Master of Clinical Psychology de la University of Newcastle. Una versión de este artículo se presentó en la conferencia Pathways to Resilience, en Halifax (Canadá), en junio de 2015.
Sigue sin existir una definición única y consensuada de la resiliencia, a pesar del acuerdo en que la resiliencia se desarrolla a través tanto de recursos internos como de factores externos. Las primeras definiciones de la resiliencia se centraban principalmente en la superación de la adversidad, como la de Grotberg (1995), que afirmaba: «la resiliencia es la capacidad universal que permite a una persona, un grupo o una comunidad prevenir, minimizar o superar los efectos dañinos de la adversidad» (p.3). Masten y Powell (2003) afirmaban: «La resiliencia remite a patrones de adaptación positiva en un contexto de riesgo y adversidad significativos» (p. 4).
Con el tiempo, las definiciones se han vuelto más completas y complejas, hasta incluir no solo al individuo, sino también a la comunidad en la que vive. Ungar, Brown, Liebenberg, Cheung y Levine (2008) definen la resiliencia como «la capacidad de los individuos para desenvolverse en sus ecologías físicas y sociales a fin de obtener recursos, así como su acceso a familias y comunidades capaces de desenvolverse culturalmente por ellos» (p. 168). En esta definición, Unger et al. (2008) señalan que la resiliencia es algo más que tener o no tener recursos: es también la capacidad de saber cómo utilizarlos para ser resiliente. Esta definición indica asimismo que las personas necesitan el apoyo de sus familias y comunidades para comprender y utilizar esos recursos.
Ungar (2015) describe el desarrollo de la resiliencia como un proceso complejo y multidimensional, en el que la capacidad de resistir a la adversidad no depende simplemente de que los factores de protección pesen más que los factores de riesgo, sino que «la resiliencia se predice tanto por la capacidad de los individuos como por la capacidad de sus ecologías sociales y físicas para facilitar su afrontamiento de maneras culturalmente significativas». (p. 4)
En conjunto, resulta evidente que en la investigación existe un consenso: la resiliencia se desarrolla a través tanto de recursos internos, como las características y habilidades personales, como de factores externos, como los factores ambientales, sociales y educativos. Luthar, Cicchetti y Becker (2000) lo precisaron afirmando que las cualidades personales pueden denominarse «resiliency», mientras que la «resilience» es el proceso de desarrollo que se produce a través de la interacción entre las cualidades internas y los factores externos.
Hay muchas teorías sobre lo que constituye los factores de protección de la resiliencia. Grotberg (1995) los clasificó en tres grandes ámbitos: «YO TENGO, YO SOY, YO PUEDO». YO TENGO designa los apoyos externos que favorecen la resiliencia (por ejemplo, tengo relaciones de confianza); los factores YO TENGO son la base de las categorías siguientes. YO SOY designa las fortalezas y características personales de la niña o el niño (por ejemplo, merezco cariño). YO PUEDO designa sus habilidades interpersonales y sociales (por ejemplo, puedo comunicarme y resolver problemas).
Otros equipos de investigación han propuesto categorías más específicas, como la comunidad, la escuela, la familia y el individuo o los iguales (Fuller, 1998), o la competencia social, la resolución de problemas, la autonomía y el sentido de propósito (Benard, 2004). Ungar (2008) redefinió los factores de protección y las cualidades personales como «tensiones». Planteó la hipótesis de que las personas necesitan equilibrar estas tensiones para reforzar su resiliencia, y de que tener demasiados o demasiado pocos de estos recursos suprime las tensiones que son importantes para desarrollar la resiliencia. En conjunto, parece haber consenso en la investigación en que la resiliencia se desarrolla a través tanto de recursos internos, como las características y habilidades personales, como de factores externos, como los factores ambientales, sociales y educativos.
Una vez entendido que la resiliencia es un proceso influido por factores de riesgo y de protección, la investigación más reciente se ha interesado por cómo puede desarrollarse o reforzarse. Seligman (2002) sugiere que la resiliencia puede reforzarse con la psicología positiva, mediante un enfoque basado en las fortalezas que desarrolle las capacidades de las personas en lugar de corregir sus dificultades. Existe una investigación considerable sobre programas de tratamiento destinados a reforzar la resiliencia, y los datos indican que los programas de prevención son importantes para ayudar a las personas a superar circunstancias difíciles y prevenir problemas de salud mental (Barrett et al., 2014). Hay varios programas internacionales basados en la resiliencia, como el Penn Resiliency Program (Gillham et al., 2007); sin embargo, solo dos programas de resiliencia han sido evaluados en Australia. El programa FRIENDS (Barrett, 2012) y el modelo del Resilience Doughnut (Worsley, 2006) buscan reforzar la resiliencia en poblaciones no clínicas de la infancia y la adolescencia.
El programa FRIENDS (Barrett, 2012) es el programa de refuerzo de la resiliencia más estudiado en Australia; fue desarrollado y evaluado por primera vez por Barrett y Turner (2001). El objetivo del programa FRIENDS (Barrett, 2012) es desarrollar habilidades sociales y emocionales en la infancia y la adolescencia para favorecer la resiliencia y prevenir la ansiedad y la depresión (Barrett et al., 2014). El programa se apoya en el marco teórico de la teoría cognitivo-conductual (TCC) y de la psicología positiva (Barrett et al., 2014). Utiliza el acrónimo FRIENDS como base del programa; por ejemplo, la F corresponde a «feelings» (sentimientos) y se centra en el desarrollo de habilidades sociales y emocionales.
El programa FRIENDS (Barrett, 2012) ha sido evaluado varias veces como programa universal, con datos antes y después de la intervención y de seguimiento (Lock & Barrett, 2003; Barrett, Lock & Farrell, 2005). Los resultados mostraron que el programa lograba reducir la ansiedad y aumentar las habilidades de afrontamiento, con los efectos más fuertes en el grupo de 9 a 10 años, en comparación con el grupo de adolescentes de 14 a 16 años. Lock y Barrett (2003) se basaron en estos resultados para sugerir que una intervención temprana podría ser más beneficiosa que una intervención tardía.
Se realizó un estudio de seguimiento de los resultados de Lock y Barrett (2003) para evaluar los efectos del programa a los 24 y 36 meses (Barrett, Farrell, Ollendick & Dadds, 2006). Este estudio constató que la reducción de la ansiedad se mantenía en el alumnado del grupo de menor edad (9-10 años) que había recibido el tratamiento, y no en el grupo de control de la misma edad. También se informó de un efecto de género: las chicas del grupo de intervención puntuaban más bajo en ansiedad tras la intervención que las chicas del grupo de control, aunque esta diferencia no se mantenía en el seguimiento a los 36 meses. La autoría sugiere que este resultado respalda la hipótesis del estudio anterior según la cual una intervención temprana, concretamente entre los 9 y los 10 años, es ideal para obtener beneficios a largo plazo.
Aunque estos resultados son positivos, una cuestión importante en relación con el programa FRIENDS es si se centra realmente en el desarrollo de la resiliencia o más bien en el manejo de la ansiedad. Los estudios analizados se definen principalmente como intervenciones de TCC para reducir la ansiedad, más que como un programa diseñado para desarrollar la resiliencia. Lo demuestra en particular el hecho de que la autoría no utiliza ninguna medida conocida de la resiliencia, como la Resilience Scale for Adolescents (READ; Hjemdal, Friborg, Stiles, Martinussen & Rosenvinge, 2006), para medir el efecto de la intervención FRIENDS sobre el desarrollo de los factores que construyen la resiliencia.
El programa Resilience Doughnut fue desarrollado por Worsley (2006) y se apoya en el marco teórico de la teoría centrada en soluciones (SFT) y de la psicología positiva. Como indica su nombre, el programa se construye en torno a la idea de un donut: el interior del donut representa las fortalezas internas del individuo, y el exterior representa siete factores de protección de los que puede disponer, como factores sociales y ambientales (véase la figura 1). Las fortalezas internas se basan en el trabajo de Grotberg (1995), mientras que los factores de protección se arraigan en la investigación teórica de Werner y Smith (2001), Fuller (1998) y Ungar (2008); son «Figuras parentales», «Habilidades», «Familia e identidad», «Educación», «Iguales», «Comunidad» y «Dinero». Worsley (2014) sugiere que el proceso de la resiliencia se construye cuando los factores externos nutren las fortalezas internas de la infancia. Afirma que el Resilience Doughnut no consiste en enseñar a la infancia a ser resiliente, sino en enseñar a las familias y a las comunidades habilidades relacionales que construyan la resiliencia infantil. Este proceso se produce ayudando a la infancia y a sus familias a adquirir más conciencia de sí y más habilidades sociales, y a desarrollar maneras creativas de reforzar sus factores de protección externos (Worsley, 2008).
Figura 1. El modelo del Resilience Doughnut (Worsley, 2006), descrito
Un anillo dividido en siete segmentos, cada uno con un agujero, dispuestos alrededor de un centro que lleva las palabras «Yo tengo · Yo soy · Yo puedo». Los siete segmentos, en el sentido de las agujas del reloj desde arriba: factor Figuras parentales, factor Habilidades, factor Familia + Identidad, factor Educación, factor Iguales, factor Comunidad, factor Dinero.
Worsley (2014) sugiere que no es necesario que estén presentes los siete factores para construir la resiliencia, y plantea la hipótesis de que tres factores bastan para mejorar el bienestar. Al reforzar tres factores, según la hipótesis de Worsley (2014), el resto de los factores se reforzará también. Esto se basa en los principios de la SFT, según la cual centrarse en las fortalezas, más que en los problemas, suscita un cambio positivo y favorece la resiliencia (Seligman, 2002). Al igual que el programa FRIENDS, el marco del Resilience Doughnut enseña al alumnado el pensamiento optimista y ofrece además sesiones informativas sobre el modelo para madres y padres.
El Resilience Doughnut (Worsley, 2006) no se ha estudiado con tanta frecuencia como el programa FRIENDS; sin embargo, tres estudios de caso realizados por Worsley (2014) muestran varios resultados positivos del modelo. Se seleccionaron tres centros escolares para aplicar el modelo del Doughnut. El primer y el segundo estudio de caso aplicaron el programa con alumnado de 13 a 15 años, y el tercero con alumnado de 12 a 17 años. Determinados miembros del personal recibieron formación en el modelo del Resilience Doughnut, que aplicaron con su alumnado mediante una herramienta en línea. La herramienta en línea ayudaba al alumnado a identificar sus tres factores de protección más fuertes. Después, cada estudiante debía elaborar un proyecto que vinculara sus tres fortalezas. Por ejemplo, las fortalezas de un alumno podrían ser el factor Figuras parentales, el factor Habilidades (la habilidad sería el fútbol) y el factor Comunidad. El proyecto de este niño podría consistir en organizar un partido de fútbol en el parque del barrio e invitar a sus padres a participar.
Para cada estudio de caso se tomaron medidas de ansiedad, depresión y resiliencia antes y después, con un seguimiento longitudinal a los 12 y 24 meses. Las medidas variaban de un estudio de caso a otro, pero incluían la Multidimensional Anxiety Scale for Children (MASC-10; March, 1997), el Child Depression Index (CDI-10; Kovacs, 2003), el Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman, 1997), la Child, Youth Resilience Measure (CYRM; Ungar, 2008), la Resilience Scale (RS-14; Wagnild & Young, 1993) y la Resilience Scale for Adolescents (READ; Hjemdal et al., 2006). Los resultados posteriores a la intervención mostraron que la infancia con ansiedad alta y media, según la MASC-10, aumentaba con el tiempo sus puntuaciones en las medidas de resiliencia. Worsley (2014) sugiere que estos resultados demuestran que el Doughnut puede utilizarse con éxito para construir la resiliencia en adolescentes.
Se necesita más investigación para desarrollar la base empírica del modelo del Resilience Doughnut. En concreto, aplicar el programa a lo largo de varias sesiones, en lugar de una sola, para dar a las personas participantes más tiempo para aprovechar los recursos específicos de su entorno (Luthar & Cicchetti, 2000). Asimismo, aplicar el programa Doughnut tanto con alumnado de primaria como de secundaria y comparar sus puntuaciones de resiliencia. Ello podría ampliar la sugerencia de Barrett et al. (2006) de que los programas aplicados a una edad más temprana son más eficaces para reducir los síntomas de ansiedad o depresión y mejorar la resiliencia.
El presente estudio prolonga la investigación de Worsley (2014) evaluando dos programas basados en el modelo del Resilience Doughnut (2006). Los programas Connect-3 (de 8 a 12 años) y Linked-up (de 13 a 16 años) son programas grupales interactivos de 6 semanas, diseñados para ayudar a jóvenes a desarrollar su competencia personal, mejorar sus interacciones sociales y desarrollar habilidades de pensamiento resiliente (Worsley, 2012a & Worsley, 2012b). Esta investigación pretende evaluar la eficacia de ambos programas midiendo el cambio entre antes y después de la intervención en las personas participantes, mediante la Resilience Scale for Adolescents (READ; Hjemdal et al., 2006) y el Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman, 1997).
Se planteó la hipótesis de una mejora significativa de las puntuaciones en la medida de resiliencia y de una disminución de las puntuaciones de dificultades después de la intervención. En concreto, se planteó la hipótesis de que las personas participantes aumentarían sus puntuaciones en todas las subescalas de la READ y disminuirían sus puntuaciones en las subescalas del SDQ, salvo en la escala prosocial, que aumentaría. En segundo lugar, se planteó la hipótesis de que el grupo Connect-3 tendría una mayor disminución de sus puntuaciones de dificultades y un mayor aumento de sus puntuaciones de resiliencia que la población Linked-Up, sobre la base de los resultados de Barrett et al. (2006). Por último, se planteó la hipótesis de que las chicas tendrían una mayor reducción de sus puntuaciones de dificultades y un mayor aumento de sus puntuaciones de resiliencia que los chicos, de nuevo sobre la base de los resultados de Barret et al. (2006).
Nota de la autoría. El estudio obtuvo la aprobación ética del Human Research Ethics Committee de la University of Newcastle (referencia n.º H-2015-0152).
Participaron jóvenes de entre 8 y 17 años inscritos en el programa Connect-3 o en el programa Linked-Up. Hubo 70 participantes en total: 40 chicos (57%) y 30 chicas (43%), con una edad media de 10,43 años (SD=2.74). Hubo 48 participantes (69%) en el grupo Connect-3 (60% chicos, 40% chicas) y 22 participantes (31%) en el grupo Linked-Up (50% chicos y 50% chicas).
Las madres y los padres de las personas participantes cumplimentaron con ellas un formulario de consentimiento que autorizaba a recoger, anonimizar y utilizar los datos para el proyecto de investigación. Quienes no dieron su consentimiento para participar en la investigación pudieron seguir el programa de resiliencia de todos modos.
Los programas se llevaron a cabo en The Resilience Centre, en Sídney, en un barrio de nivel socioeconómico alto según los Socio Economic Indexes for Areas (SEIFA). Los SEIFA son un conjunto de índices elaborados por la Australian Bureau of Statistics (ABS) para analizar el nivel socioeconómico de una población. La Statistical Area 2 (SA2) de Epping-North Epping se sitúa en el decil más alto en tres de las cuatro medidas SEIFA, lo que indica una población muy favorecida y con un nivel educativo muy alto (ABS, 2013). No se disponía de datos demográficos más precisos sobre las personas participantes; sin embargo, procedían en general de familias con recursos económicos, ya que debían pagar 350 $ para participar en el programa. Además, como parte del programa, se invitaba a las familias de las personas participantes a asistir a sesiones informativas para animarlas a implicarse en lo que se aprendía en el programa. No hay datos disponibles sobre la asistencia de las familias a estas sesiones.
Las personas participantes se reclutaron de varias maneras, la mayoría de las veces por derivación propia al programa. Los programas de resiliencia gozan de muy buena reputación en la zona geográfica, por lo que muchas derivaciones proceden de recomendaciones de participantes anteriores. Otras fuentes de derivación son profesionales de medicina general, de orientación escolar o de psicología que conocen el programa y que suelen derivar porque la persona joven tiene dificultades de ansiedad. Para esta investigación no se disponía de datos precisos sobre cuántas personas participantes procedían de cada fuente.
Los programas grupales funcionaron con unas 6 a 10 personas participantes por grupo. Si una persona participante no podía asistir a alguna de las seis sesiones, se le ofrecía una sesión individual de recuperación con la psicóloga o el psicólogo en periodo de práctica supervisada (provisional psychologist) que codirigía el programa.
Los programas Linked-Up y Connect-3 se desarrollaron cada uno a lo largo de 6 semanas, con sesiones semanales de 1,5 horas. Los programas tenían una estructura idéntica y utilizaban ejemplos y fichas de trabajo diferentes para adaptar los conceptos del Resilience Doughnut a los dos grupos de edad. Los programas fueron impartidos por un o una profesional de la psicología y por una persona en periodo de práctica supervisada que habían completado la formación acreditada del Resilience Doughnut (Worsley, 2008). Quienes facilitaban los grupos siguieron una estructura definida por los manuales de los programas, resumida en la tabla 1. Además, tras la primera sesión se celebró una sesión informativa para que las familias y otros miembros de la familia o de la comunidad pudieran implicarse en lo que se hacía en el programa. Después de cada una de las demás sesiones se entregaba una carta a las familias que detallaba el contenido de la sesión y cómo podían aplicarse y desarrollarse en casa o en la escuela las estrategias abordadas. No hay datos disponibles sobre la asistencia global del alumnado a las 6 sesiones ni sobre la asistencia de las familias durante la primera semana.
Tabla 1. Presentación de los programas Connect-3 y Linked-Up
Semana 1 — Presentación del Resilience Doughnut. Semana 2 — Identificación de las fortalezas de la persona joven. Semana 3 — Aprender el pensamiento optimista. Semana 4 — Aprender la empatía y las habilidades sociales. Semana 5 — Informar sobre su proyecto de amabilidad. Semana 6 — Percibir el cambio.
El Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman, 1997) y la Resilience Scale for Adolescents (READ; Hjemdal, et al., 2006) se administraron al alumnado una semana antes del inicio del programa y de nuevo tras la conclusión de la sexta sesión. La mayoría de las personas participantes cumplimentó los cuestionarios en un ordenador, pero, debido a algunos problemas técnicos, seis tuvieron que cumplimentarlos en papel y lápiz, y los resultados se introdujeron manualmente en la base de datos.
El Strengths and Difficulties Questionnaire (SDQ; Goodman, 1997). El SDQ es un breve cuestionario de cribado conductual para personas de 3 a 16 años. Consta de 25 ítems repartidos en 5 subescalas: síntomas emocionales, problemas de conducta, hiperactividad/falta de atención, problemas de relación con los iguales y conducta prosocial.
En este estudio, el SDQ se utilizó como medida de los factores de riesgo o de las adversidades de las personas participantes. Puntuaciones más altas en cada una de las subescalas indican un nivel más alto de síntomas emocionales, problemas de conducta, hiperactividad, problemas con los iguales y dificultades totales, salvo en la escala prosocial. Como la escala prosocial mide la competencia social, puntuaciones más altas indican un mayor nivel de resiliencia social. Las puntuaciones de las subescalas del SDQ se dividen en cuatro categorías descriptivas, basadas en los puntos de corte clínicos de las subescalas. Las categorías descriptivas van de «cercano a la media», que indica una puntuación de dificultades o prosocial dentro de la normalidad, hasta «muy alto (muy bajo)», que indica una puntuación de dificultades muy superior a la media (o una puntuación prosocial muy inferior). El SDQ ha mostrado anteriormente una buena consistencia interna, con un α de Cronbach de .93 (Goodman, 2001). En el presente estudio, el SDQ tuvo una consistencia interna de moderada a débil, con coeficientes alfa de entre .43 y .65 antes de la intervención y de entre .43 y .82 después (véase la tabla 2). La validez del SDQ está bien establecida (Goodman, Ford, Simmons, Gatward & Meltzer, 2000).
Tabla 2. Fiabilidad de las subescalas de la READ y del SDQ antes y después (alfa de Cronbach, antes / después)
READ — Competencia personal .78 / .83; Competencia social .75 / .74; Estilo estructurado .58 / .43; Recursos sociales .78 / .69; Cohesión familiar .83 / .82.
SDQ — Problemas emocionales .61 / .82; Problemas de conducta .50 / .51; Hiperactividad .58 / .50; Problemas con los iguales .43 / .43; Conducta prosocial .65 / .65; Dificultades totales .49 / .64.
La Resilience Scale for Adolescents (READ; Hjemdal et al., 2006). La READ (Hjemdal et al., 2006) es un cuestionario de 28 ítems que también consta de cinco subescalas: competencia personal, competencia social, estilo estructurado, conciencia de los recursos sociales y cohesión familiar. En este estudio, la READ se utilizó como medida de la resiliencia. No tiene puntos de corte clínicos recomendados; sin embargo, puntuaciones más altas en cada una de las subescalas indican niveles más altos de resiliencia. La READ ha mostrado anteriormente una consistencia interna muy alta, con un α de Cronbach de .94 (Hjemdal et al., 2006). En el presente estudio, la READ mostró una consistencia interna adecuada, con coeficientes alfa de entre .58 y .83 antes de la intervención y de entre .43 y .83 después (véase la tabla 2). La READ se considera una medida válida de la resiliencia (von Soest, Mossige, Stefansen & Hjemdal, 2009).
Los análisis estadísticos se realizaron con IBM SPSS Statistics for Windows (versión 21.0; SPSS, Chicago, IL, EE. UU.) y todas las pruebas estadísticas utilizaron un error de tipo I de α=.05. Se calcularon los coeficientes alfa de Cronbach de la READ y del SDQ en ambos momentos de medida para determinar la consistencia interna de las subescalas en este alumnado.
Se construyeron modelos lineales mixtos para todas las subescalas del SDQ (dificultades totales, síntomas emocionales, problemas de conducta, hiperactividad/falta de atención, problemas de relación con los iguales y conducta prosocial) y de la READ (competencia personal, competencia social, estilo estructurado, conciencia de los recursos y cohesión familiar) para comparar la línea de base con el postratamiento en el alumnado de cada uno de los grupos Connect-3 y Linked-Up por separado.
Se recurrió a un enfoque de modelos mixtos para analizar los datos de medidas repetidas porque analiza según el principio de intención de tratar y porque los datos de las personas participantes entre antes y después de la intervención estaban incompletos. El presente estudio solo disponía de 29 puntos de datos para el análisis posterior a la intervención. El análisis de modelos mixtos garantizó que todas las personas participantes se incluyeran en el análisis y permitió ajustes inherentes a las puntuaciones de línea de base. Otra ventaja de un enfoque de modelos mixtos es que se selecciona la matriz de covarianza óptima, lo que da lugar «a estimaciones más adecuadas del efecto del tratamiento y de sus errores estándar» (Brown & Prescott, 2006: p. 3). La elección del modelo se basó en la comparación de dos patrones de covarianza (simetría compuesta y no estructurada/general), y la selección de la matriz de covarianza con mejor ajuste se determinó por los valores más bajos del criterio de información de Akaike (AIC) y del criterio bayesiano de Schwartz (BIC). La matriz de simetría compuesta fue el modelo más adecuado para todas las subescalas. Se calculó el tamaño del efecto d de Cohen para cada una de las variables utilizando la desviación típica combinada de la matriz de covarianza residual (Dunst & Hamby, 2012).
Se utilizaron otros modelos para examinar posibles diferencias de género en cada uno de los dos grupos de edad (Connect-3 y Linked-Up). La correlación entre las subescalas de la READ y del SDQ se examinó mediante la rho de Spearman, dado el número relativamente reducido de estudiantes y la falta de normalidad de las distribuciones de las subescalas.
Los resultados del grupo Connect-3 (N=50) en el SDQ mostraron una reducción significativa de las puntuaciones medias de 2,11 puntos entre antes y después de la intervención en Dificultades totales F(1,32)=4.60, p=.04, d=0.37 (véase la tabla 3).
Tabla 3. Medias marginales estimadas (M), significación (p) y tamaño del efecto (d) del modelo lineal mixto para el grupo Connect-3 (n=48) en la medida SDQ
Cada fila: M antes (EE); M después (EE); diferencia; significación; IC (95%); d de Cohen.
Dificultades totales — 17.71 (0.81); 15.60 (1.05); −2.11; .04*; 0.11, 4.11; 0.37.
Problemas emocionales — 4.90 (0.36); 4.05 (0.46); −0.84; .06; −0.02, 1.71; 0.33.
Problemas de conducta — 3.37 (0.26); 3.20 (0.35); −0.17; .63; −0.87, 0.53; 0.09.
Hiperactividad — 5.85 (0.29); 5.04 (0.40); −0.82; .06; −1.68, 0.04; 0.40.
Problemas con los iguales — 3.59 (0.32); 3.35 (0.41); −0.24; .52; −1.00, 0.52; 0.11.
Conducta prosocial — 7.74 (0.25); 8.02 (0.33); 0.28; .40; −0.39, 0.95; 0.16.
Tabla 4. Medias marginales estimadas (M), significación (p) y tamaño del efecto (d) del modelo lineal mixto para el grupo Connect-3 (n=44) en la medida READ
Competencia personal — 19.79 (0.81); 22.44 (1.01); 2.65; .01*; 0.66, 4.64; 0.49.
Competencia social — 14.47 (0.54); 15.10 (0.65); 0.63; .29; −0.56, 1.82; 0.17.
Estilo estructurado — 10.40 (0.43); 10.84 (0.56); 0.44; .45; −0.74, 1.62; 0.15.
Recursos sociales — 16.47 (0.49); 16.49 (0.58); 0.02; .97; −0.96, 1.00; 0.01.
Cohesión familiar — 19.29 (0.58); 19.44 (0.73); 0.15; .84; −1.34, 1.64; 0.04.
Además, las diferencias de puntuación en las subescalas Problemas emocionales e Hiperactividad se acercaban a la significación, F(1,33)=3.92, p=.06, d=0.33 y F(1,37)=3.70, p=.06, d=0.40, respectivamente. Ninguna otra subescala del SDQ mostró un cambio significativo entre antes y después de la intervención en el grupo Connect-3. En la medida READ, los resultados del grupo Connect-3 mostraron un aumento significativo de las puntuaciones medias de 2,65 puntos en la subescala Competencia personal entre antes y después de la intervención, F(1,36)=7.31, p=.01, d=0.49 (véase la tabla 4). Ninguna otra subescala de la READ fue significativa en el grupo Connect-3.
Los resultados del grupo Linked-Up (N=22) no mostraron ningún cambio significativo de las puntuaciones entre antes y después de la intervención, ni en el SDQ ni en la READ (véanse las tablas 5 y 6). Sin embargo, la subescala Conducta prosocial del SDQ se acercaba a la significación, F(1,34)=3.62, p=.07, d=0.62. Se observó un aumento aparente de las puntuaciones medias de 1,09 puntos entre antes y después de la intervención (véase la tabla 5).
Tabla 5: Medias marginales estimadas (M), significación (p) y tamaño del efecto (d) del modelo lineal mixto para el grupo Linked-Up (n=22) en la medida SDQ
Dificultades totales — 18.59 (1.21); 15.60 (1.05); −2.11; .04*; 0.11, 4.11; 0.37.
Problemas emocionales — 5.59 (0.54); 4.05 (0.46); −0.84; .06; −0.02, 1.71; 0.33.
Problemas de conducta — 3.32 (0.39); 3.20 (0.35); −0.17; .63; −0.87, 0.53; 0.09.
Hiperactividad — 5.27 (0.43); 5.04 (0.40); −0.82; .06; −1.68, 0.04; 0.40.
Problemas con los iguales — 4.41 (0.48); 3.35 (0.41); −0.24; .52; −1.00, 0.52; 0.11.
Conducta prosocial — 7.23 (0.37); 8.02 (0.33); 0.28; .40; −0.39, 0.95; 0.16.
Complexe Systémique: en la versión publicada, las columnas «Después», «Diferencia», «Significación», «IC» y «d de Cohen» de esta tabla son idénticas a las de la tabla 3 (grupo Connect-3), lo que contradice el texto de la autoría (ningún cambio significativo en Linked-Up; conducta prosocial +1,09, p=.07, d=0.62). Se trata con toda probabilidad de un error de composición del original. Reproducimos la tabla tal como se imprimió; solo las columnas «Antes» son propias del grupo Linked-Up.
Tabla 6. Medias marginales estimadas (M), significación (p) y tamaño del efecto (d) del modelo lineal mixto para el grupo Linked-Up (n=22) en la medida READ
Competencia personal — 17.72 (1.15); 17.14 (1.79); −0.59; .74; −2.91, 4.09; 0.11.
Competencia social — 12.50 (0.77); 12.49 (1.13); −0.15; .99; −2.09, 2.12; 0.04.
Estilo estructurado — 8.96 (0.61); 9.19 (1.00); 0.23; .82; −1.83, 2.30; 0.08.
Recursos sociales — 14.91 (0.70); 14.36 (0.98); −0.55; .52; −2.28, 1.18; 0.17.
Cohesión familiar — 16.36 (0.82); 15.17 (1.30); −1.19; .36; −3.81, 1.42; 0.31.
Se llevó a cabo un análisis complementario para determinar si los resultados globales eran significativos tanto en los chicos como en las chicas. Hubo poca diferencia de género entre la línea de base y el final de la intervención, tanto en el grupo Connect-3 como en el grupo Linked-Up. La única diferencia significativa se observó en el grupo Connect-3, en la subescala Competencia personal. Los chicos aumentaron significativamente (p=.01) sus puntuaciones entre antes (M=19.54) y después de la intervención (M=23.02).
Como se había planteado en la hipótesis, la mayoría de las subescalas de la READ se correlacionaban negativamente con las subescalas del SDQ, salvo la escala prosocial, cuya correlación era significativamente positiva (véase la tabla 7). En concreto, la escala prosocial se correlacionaba positivamente con las subescalas Competencia personal (.31, p=.01), Competencia social (.39, p<.01), Recursos sociales (.40, p<.01) y Cohesión familiar (.26, p=.04), y se acercaba a la significación en Estilo estructurado (.24, p=.06). La competencia social se correlacionaba positivamente con la hiperactividad (.30, p=.02).
Tabla 7. Matriz de correlaciones entre las subescalas de la READ y del SDQ (rho de Spearman; N=64 para cada coeficiente)
Para cada subescala de la READ, los coeficientes (y la significación bilateral) con, por orden: Problemas emocionales; Problemas de conducta; Hiperactividad; Problemas con los iguales; Conducta prosocial; Dificultades totales.
Competencia personal — −.476** (.000); −.182 (.150); −.005 (.968); −.198 (.116); .307** (.014); −.354** (.004).
Competencia social — −.197 (.118); −.139 (.275); .301* (.016); −.326** (.009); .393** (.001); −.146 (.251).
Estilo estructurado — −.327** (.008); −.316* (.011); −.208 (.099); −.124 (.330); .238 (.059); −.361** (.003).
Recursos sociales — −.144 (.256); −.154 (.224); .120 (.347); −.149 (.239); .398** (.001); −.155 (.222).
Cohesión familiar — −.204 (.106); −.223 (.076); −.014 (.914); −.068 (.594); −.263* (.036); −.218 (.083).
Complexe Systémique: la tabla original imprime «−4.76**» en la primera celda, una errata evidente por −.476; y el coeficiente entre Cohesión familiar y Conducta prosocial aparece impreso en negativo (−.263), mientras que el texto lo da como positivo (.26, p=.04). Reproducimos los valores impresos.
De las 70 personas participantes de las que se disponía de datos previos a la intervención en las medidas SDQ y READ, 29 (41%) tenían datos posteriores a la intervención. Hay además dos participantes del grupo Connect-3 de quienes se disponía de datos SDQ y READ posteriores a la intervención, pero no de sus datos previos. Dada esta baja tasa de retención, se realizaron pruebas t para muestras independientes en cada una de las subescalas y en los datos demográficos disponibles de la READ y del SDQ, para comparar las puntuaciones de línea de base del alumnado del que no se disponía de medidas posteriores a la intervención. Ambos grupos eran similares en todos los aspectos, salvo en la subescala Cohesión familiar (p=.04) de la READ y en Problemas con los iguales (p=.01) y Dificultades totales (p=.02) del SDQ (véase la tabla 8).
Tabla 8. Medidas de línea de base de los n=41 estudiantes sin datos en el tiempo 2, comparadas con las de los n=29 estudiantes que completaron las medidas de los tiempos 1 y 2
Cada fila: sin datos posteriores (n=41); con datos posteriores (n=29); significación.
Edad 11.14; 10.5; .33. Género (chicos) 26 (61%); 16 (55%); .66. Competencia personal 18.70; 19.55; .54. Competencia social 13.62; 13.90; .77. Estilo estructurado 9.38; 10.59; .10. Recursos sociales 15.27; 16.69; .08. Cohesión familiar 17.35; 19.45; .04*. Problemas emocionales 4.88; 5.54; .26. Problemas de conducta 3.24; 3.50; .54. Hiperactividad 5.40; 6.07; .16. Problemas con los iguales 3.31; 4.57; .01*. Conducta prosocial 7.50; 7.71; .62. Dificultades totales 16.83; 19.68; .02*.
El objetivo del presente estudio era prolongar la investigación de Worsley (2014) sobre el modelo del Resilience Doughnut. En concreto, evaluar la eficacia de dos programas basados en este modelo. Los programas Connect-3 y Linked-Up son intervenciones grupales que buscan ayudar a jóvenes a encontrar sus fortalezas, mejorar sus interacciones sociales y desarrollar habilidades de pensamiento resiliente. La eficacia de estos programas se evaluó examinando medidas de resiliencia antes y después de la intervención, mediante la READ (Hjemdal et al., 2006), y de adversidades, mediante el SDQ (Goodman, 1997). El estudio examinó también las diferencias de edad y de género entre antes y después de la intervención.
Los resultados del grupo Connect-3 muestran cambios significativos en sus puntuaciones entre antes y después de la intervención. En concreto, las personas participantes del grupo Connect-3 redujeron significativamente su puntuación de dificultades totales tras la intervención. También aumentaron significativamente sus puntuaciones en la subescala Competencia personal de la medida de resiliencia READ. Además, se observó una disminución aparente en las subescalas Problemas emocionales e Hiperactividad, con una tendencia hacia la significación. Aunque estos resultados aportan datos bastante sólidos a favor del programa Connect-3 para reducir las adversidades, es importante considerar la relevancia clínica de las puntuaciones. En todas las subescalas del SDQ, las puntuaciones medias de las personas participantes se situaban en las categorías descriptivas «media» a «ligeramente elevada», lo que sugiere que no presentaban una tasa de dificultades clínicamente alta ni siquiera antes del tratamiento. Esto no es sorprendente, dado que el estudio se realizó con una población no clínica.
A diferencia del grupo Connect-3 (alumnado de primaria), el grupo Linked-Up (alumnado de secundaria) no mostró ningún cambio significativo en las puntuaciones entre la línea de base y el final de la intervención. Estos resultados respaldan los de Lock y Barrett (2003) y Barrett et al. (2006), que sugieren que aplicar los programas con niñas y niños en edad de primaria parece más eficaz para reducir las adversidades que con jóvenes en edad de secundaria. El reducido número de participantes del grupo Linked-Up puede haber influido en estos resultados, dado que solo había 22 participantes antes de la intervención y siete después. Se observó un aumento no significativo de las puntuaciones de Dificultades totales en el grupo Linked-Up, que parece deberse más probablemente a una variación aleatoria que a un error de tipo II. Aunque estas puntuaciones se basan solo en siete participantes disponibles, no parece haber ninguna tendencia a la baja de las medias marginales estimadas entre antes y después, como la que sí se observaba en el grupo Connect-3.
Sin embargo, a diferencia de los resultados de Barrett et al. (2006), este estudio no encontró diferencias significativas en los cambios entre la línea de base y el final de la intervención para la mayoría de las subescalas entre chicos y chicas. La única excepción se dio en el grupo Connect-3, donde las puntuaciones de los chicos aumentaron significativamente en la subescala Competencia personal entre la línea de base y el final de la intervención. Este resultado poco llamativo sugiere que, en general, chicos y chicas no responden de manera diferente a los programas del Resilience Doughnut.
Como se había planteado en la hipótesis, se observó un aumento significativo de las puntuaciones en la medida de resiliencia (READ) y una disminución de las puntuaciones de dificultades (SDQ) después de la intervención, como muestra la matriz de correlaciones entre ambas medidas (tabla 7), lo que concuerda con los resultados de Worsley (2014). Sin embargo, a diferencia del estudio de Worsley (2014), un pequeño número de subescalas del SDQ no presentaba correlaciones significativas con las subescalas de la READ, como la escala de hiperactividad. Esto se debe probablemente al tipo de participantes del grupo, que se derivaban con más frecuencia por dificultades de ansiedad que por problemas de conducta hiperactiva. A diferencia del estudio de Worsley (2014) (en particular del tercer estudio de caso), esta investigación incluía participantes de entornos socioeconómicamente favorecidos.
De forma inesperada, la competencia social se correlacionaba positivamente con la hiperactividad. De nuevo, esto se debe probablemente a una población tímida y ansiosa. La escala de hiperactividad podría reflejar a participantes de carácter más extrovertido, sin hiperactividad, como indica el hecho de que las puntuaciones de hiperactividad se situaran dentro del rango clínicamente normal.
El presente estudio es el primero que examina la eficacia de los programas grupales Connect-3 y Linked-Up basados en el modelo del Resilience Doughnut. Los datos recogidos en este estudio permiten comprender mejor los factores que construyen la resiliencia en jóvenes de una población con buenos recursos. Estos resultados ofrecen una base para seguir estudiando estos programas en poblaciones más diversas y menos acomodadas.
Otra fortaleza de este estudio es que los programas Connect-3 y Linked-Up son programas innovadores, basados en las fortalezas, que buscan construir la resiliencia en diversos ámbitos, como los factores de la comunidad y de los iguales. A diferencia de otros programas que pueden centrarse únicamente en el desarrollo de las características individuales (por ejemplo, las habilidades de afrontamiento), los programas del Resilience Doughnut están diseñados para que la juventud se conecte con su familia, su comunidad y los demás recursos externos de su entorno. Las subescalas de la READ ofrecen cierta medida de estos recursos; no obstante, la investigación futura podría centrarse más específicamente en cómo esta visión más amplia de la resiliencia influye en la eficacia de los programas.
Por último, la dificultad para obtener las puntuaciones posteriores a la intervención en las medidas READ y SDQ pone de relieve la importancia de un buen control de calidad en la clínica privada. Este estudio ha sido el catalizador de la mejora del sistema de recogida de datos, en particular de la identificación de problemas técnicos del programa informático. Unos procedimientos más estrictos de recogida y registro de los datos ayudarán a la clínica a llevar a cabo nuevas investigaciones rigurosas sobre los programas que se imparten en el centro. También le permitirán seguir contribuyendo al creciente campo de la investigación sobre la resiliencia.
Esta investigación tiene varias limitaciones. En primer lugar, el grupo Linked-Up contaba con un número reducido de participantes. Este número menor puede haber afectado a la posibilidad de detectar un cambio significativo de las puntuaciones en la READ y el SDQ a lo largo del tiempo. Se necesita más investigación con población adolescente para evaluarlo con mayor profundidad.
Otra limitación del programa fue la escasa cantidad de datos disponibles tras la intervención. Solo se disponía de 29 puntos de datos para el análisis posterior a la intervención; sin embargo, esto no indica directamente las tasas de abandono, ya que la mayoría de las personas participantes completó el programa íntegramente. Este número bajo podría deberse más bien a problemas técnicos, a un fallo del sistema informático al guardar correctamente los datos. También podría deberse a que algunas personas participantes no asistieron a la sesión de seguimiento, en la que se recogió la mayor parte de los datos posteriores a la intervención. Se intentó que las personas participantes cumplimentaran los cuestionarios posteriores en una fecha más tardía, pero no siempre fue posible. Los resultados de las pruebas t para muestras independientes mostraron que solo las subescalas Cohesión familiar, Problemas con los iguales y Dificultades totales eran significativas para quienes no tenían datos posteriores a la intervención. No está claro a qué puede deberse; podría ser que las personas participantes con un apoyo familiar más limitado no pudieran asistir a la sesión de seguimiento para la recogida de datos posteriores, ya que tenían puntuaciones de línea de base significativamente más bajas en Cohesión familiar. O bien podría ser que estas personas participantes no asistieran a la sesión de seguimiento porque no necesitaban la intervención, ya que tenían puntuaciones significativamente más bajas en Problemas con los iguales y Dificultades totales.
Otra limitación fue la escasa cantidad de datos demográficos y descriptivos disponibles para analizar la población participante. En concreto, no se disponía de datos para examinar cuántas personas participantes habían seguido intervenciones anteriores, ni cuántas recibían otra intervención psicológica al mismo tiempo que participaban en los programas, sobre todo teniendo en cuenta que muchas derivaciones al programa procedían de profesionales de la psicología. Del mismo modo, existe una limitación en lo que respecta a quienes acudieron al programa por iniciativa propia, ya que la derivación propia suele captar a una población probablemente interesada y más implicada en el programa, lo que puede sesgar los resultados hacia una respuesta positiva al programa.
Por último, el diseño de la presente investigación constituye una limitación importante. Se trataba de un diseño pre-post, sin grupo de control. Esto limita las conclusiones que pueden extraerse de los resultados en cuanto a la eficacia general del programa.
El presente estudio examinó el efecto de los programas Connect-3 y Linked-Up sobre la mejora de las puntuaciones de resiliencia en una población pequeña y homogénea, socioeconómicamente favorecida y, por tanto, con recursos suficientes para ser ya resiliente, como sugiere Ungar (2008). La investigación futura podría examinar la eficacia de los grupos Connect-3 y Linked-Up en una población expuesta a una mayor adversidad, ya que podría arrojar resultados más significativos desde el punto de vista clínico. También podría ser interesante examinar cómo se comparan estos programas con otros programas internacionales de resiliencia, como el Penn Resiliency Program (Gillham, et al., 2007).
Otra línea de investigación futura podría consistir en examinar cómo estos programas ayudan a la juventud a conectarse con los recursos de su entorno, como su familia y su comunidad, y cómo, a su vez, estos recursos construyen la resiliencia de la persona joven. Por ejemplo, los programas estaban diseñados para implicar a la familia de la persona joven mediante sesiones informativas para madres y padres. La familia y la comunidad también participaban en tareas para casa, como el proyecto de amabilidad, en el que las personas participantes debían elaborar un proyecto que las conectara con sus recursos sociales disponibles (por ejemplo, la escuela, el club deportivo, la familia, la comunidad religiosa). La investigación futura podría examinar el impacto de estas conexiones en la construcción de la resiliencia. Esto es especialmente importante porque la resiliencia se define cada vez más como un proceso de superación de la adversidad mediante el uso de recursos tanto individuales como ambientales (Ungar at al., 2008; Windle et al., 2011).
Por último, los estudios futuros deberían plantearse modificar el diseño del estudio. En lugar de un diseño pre-post, la investigación futura podría considerar la asignación aleatoria a grupos de entrenamiento y de control. Ello garantizaría resultados estadísticamente más sólidos, lo que podría ampliar el alcance de las implicaciones clínicas de los programas.
La presente investigación ofrece una perspectiva sobre la construcción de la resiliencia en poblaciones no clínicas de la infancia y la adolescencia mediante los programas Connect-3 y Linked-Up. Estos dos programas de 6 semanas, basados en el modelo del Resilience Doughnut, han demostrado su capacidad para construir la competencia personal y reducir las dificultades totales en jóvenes de 8 a 12 años. Sin embargo, se necesita más investigación para examinar el impacto de los programas en muestras de población no clínica y clínica.
Complexe Systémique: lo que conviene retener
Lo que merece la visita aquí, más que las cifras, es el modelo: un anillo de siete factores alrededor de la infancia, de los que bastan tres si se consolidan, y la idea de Worsley de que no se enseña a la infancia a ser resiliente, sino que se enseñan a su familia y a su comunidad maneras de estar en relación. Es una definición ecológica de la resiliencia, la de Ungar, que cualquier profesional de la sistémica reconocerá. El estudio en sí es frágil y lo dice: sin grupo de control, una clínica privada en un barrio acomodado, un 41% de datos de salida y una tabla 5 cuyas columnas están manifiestamente duplicadas de la tabla 3 en la versión impresa (lo señalamos en su lugar). Puede leerse junto con la revisión sistemática de Ghataorhe Johnson, Robinson y McCabe, que sitúa este tipo de programa en el conjunto de la investigación, y con John Henden sobre la resiliencia tras el trauma.
Sobre la autoría
Kaitlyn Miller is a clinical psychologist registrar in the Child and Adolescent Mental Health Service, John Hunter Children’s Hospital in Newcastle, Australia and is an associate member of the Australian Psychological Society. Kaitlyn is also completing further study in applied policy and social research with an interest in developing policy using resilience frameworks. Email: Kaitlyn.Miller@hnehealth.nsw.gov.au
Lyn Worsley is a Clinical Psychologist and Director of the Resilience Centre in Sydney, Australia. She is the author of The Resilience Doughnut, a pioneering model showing the strong contexts where resilience is enhanced, both during development and throughout adulthood. Email: lyn@theresiliencecentre.com.au
Tanya Hanstock is a Senior Lecturer and the Convenor of the Clinical Psychology Program at The University of Newcastle in Australia. She lectures in the area of child and family clinical psychology. Dr Hanstock has conducted a number of research projects in the area of child and adolescent mental health and has also supervised a number of students’ research projects in this area. Dr Hanstock is also a Senior Clinical Psychologist who specialises in the assessment and treatment of children and adolescents. Dr Hanstock has a special interest in promoting resilience in young people. Email: Tanya.Hanstock@newcastle.edu.au
Megan Valentine is a research statistician with the Statistical Support Service at the University of Newcastle, and has assisted with study design and analysis across several disciplines, predominantly in Psychology and Special Education. Mrs Valentine is also a tutor in statistics for science students and public health for students studying medicine.
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Traducción no oficial al español del artículo original Evaluating the effectiveness of a resilience program for children and young people in a private Australian psychology clinic, de Kaitlyn Miller, Lyn Worsley, Tanya Hanstock y Megan Valentine, publicado en el Journal of Solution-Focused Brief Therapy, vol. 2, n.º 2 (2016), pp. 37-60, doi: 10.59874/001c.75093, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial, con la presentación adaptada para la lectura en línea, las tablas presentadas en forma de fichas y la figura descrita, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo original «Evaluating the effectiveness of a resilience program for children and young people in a private Australian psychology clinic», publicado en Journal of Solution-Focused Brief Therapy (2016) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido íntegramente y solo se ha adaptado la presentación para su lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
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Miller, K., Worsley, L., Hanstock, T., & Valentine, M. (2016). Evaluating the effectiveness of a resilience program for children and young people in a private Australian psychology clinic. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/evaluating-the-effectiveness-of-a-resilience-program-for-children-and-young-people-in-a-private-australian-psychology-clinic (Obra original publicada en 2016 en Journal of Solution-Focused Brief Therapy, vol. 2, n.º 2 (2016), pp. 37-60; republicada en 2016 por Journal of Solution-Focused Brief Therapy, https://journalsfp.org/article/75093)
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