Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Child and Family Studies · Familia
¿Qué viven niñas y niños cuando siguen a su madre a una casa de acogida para víctimas de violencia doméstica? Linda Arnell, Sara Thunberg y Åsa Källström escucharon a 12 menores de 7 a 17 años en Suecia. La seguridad está ahí, pero sin juguetes, salidas, escuela ni amistades, el refugio se convierte pronto en un «almacén seguro».
Traducción no oficial al español de Children’s Experiences of Staying at Domestic Violence Shelters in Sweden, de Linda Arnell, Sara Thunberg y Åsa Källström, publicado en Journal of Child and Family Studies (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10826-025-03232-7, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Así pues, aunque una estancia temporal en una casa de acogida para víctimas de violencia doméstica pueda ser necesaria para garantizar la seguridad de la infancia, a menudo tiene un coste; por ello, las casas de acogida deben adaptarse para responder a las necesidades de niñas y niños.
Linda Arnell, Sara Thunberg y Åsa Källström
Resumen
El conocimiento sobre las experiencias de la infancia durante la estancia en casas de acogida para víctimas de violencia doméstica (VD), y sobre su calidad de vida mientras vive en ellas, es limitado. Este estudio se propone examinar cómo describen niñas y niños su estancia en casas de acogida por VD en Suecia, e identificar aspectos importantes de esas experiencias, tanto positivos como negativos. Se utilizó el análisis temático para analizar 12 entrevistas con menores de 7 a 17 años. Los resultados muestran que el entorno de la casa de acogida, las actividades y las relaciones sociales son importantes para su calidad de vida, y que, cuando faltan, existe el riesgo de que las criaturas se aburran y se sientan aisladas. Así pues, aunque una estancia temporal en una casa de acogida por VD pueda ser necesaria para garantizar la seguridad de la infancia, a menudo tiene un coste; por ello, las casas de acogida deben adaptarse para responder a sus necesidades.
Palabras clave: Actividades, Infancia, Casas de acogida para víctimas de violencia doméstica, Refugios, Relaciones sociales
Puntos destacados
Las casas de acogida para víctimas de violencia doméstica (VD) (refugios para mujeres) desempeñan un papel crucial a la hora de responder a las necesidades de las mujeres y de la infancia sometidas a VD. A menudo se consideran lugares seguros que ofrecen protección, y una estancia en una casa de acogida puede mejorar la seguridad percibida, la salud mental y el estrés de las mujeres, y en general presenta pocos inconvenientes (Yakubovich et al., 2022). Niñas y niños acompañan a menudo a su madre a la casa de acogida y, por lo general, también han sufrido una violencia considerable. Entre la infancia que vive en casas de acogida por VD, entre el 80–90% ha presenciado violencia y alrededor del 50% ha sido blanco directo de violencia en el hogar (Fernández-González et al., 2018). Esta violencia aumenta el riesgo de problemas para el niño o la niña, que van desde dificultades emocionales, como ansiedad, depresión y retraimiento social, hasta problemas de conducta, como violencia y otras conductas transgresoras de normas (p. ej., Sternberg et al., 2006; Vu et al., 2016). Estos riesgos ponen de relieve la necesidad de proteger a la infancia de la VD, y las casas de acogida pueden ofrecer esa protección. En este contexto, nuestro estudio se centra en las experiencias de la infancia durante su estancia en casas de acogida por VD.
La mayoría de las criaturas valora la seguridad que puede ofrecer una casa de acogida (Chanmugam, 2011; Øverlien, 2011a; Thunberg et al., 2022). La investigación ha mostrado que, en los últimos años, el personal de las casas de acogida ha adoptado una perspectiva centrada en la infancia, que tiene en cuenta la situación de niñas y niños durante su estancia y les brinda apoyo junto a sus madres (Côté et al., 2022; Eriksson, 2010). Las propias criaturas afirman que el personal es amable (Øverlien, 2011b). En un estudio con adolescentes jóvenes residentes en casas de acogida, Chanmugam (2011) constató también que el entorno relacional y el ambiente mismo de la casa, incluidas las demás familias que residían allí y el sentimiento de camaradería, eran importantes para ellos y ellas.
Sin embargo, la estancia en una casa de acogida también plantea dificultades a la infancia. Por ejemplo, a menudo viven la vida en la casa como pasiva y lenta, con normas rígidas, y con frecuencia no pueden ir a la escuela (Chanmugam, 2011; Øverlien, 2012). Las criaturas expresan también a menudo su rechazo a las normas de la casa, que las restringen, incluidas las relativas al toque de queda, la hora de acostarse y la supervisión parental (Chanmugam, 2011). A ello se suma que Thunberg et al. (2022) constataron en su revisión que las restricciones relativas a la seguridad pueden afectar negativamente a otros ámbitos de la vida de estos menores, como la posibilidad de ir a la escuela o de realizar actividades extraescolares, y a las relaciones sociales. Además, Pinto et al. (2019) observaron que la infancia que vivía en casas de acogida presentaba niveles más altos de síntomas tanto internalizantes como externalizantes que la que vivía en casa con su madre y la pareja maltratadora. Por tanto, no puede darse por sentado que las casas de acogida sean únicamente positivas para la infancia.
Además, investigaciones como las de Øverlien (2011b) y Vass y Haj-Yahia (2021) han mostrado que las criaturas que se trasladan con su madre a una casa de acogida carecen de información y, por ello, les cuesta entender por qué tuvieron que dejar su hogar, adónde iban o qué debían llevarse. También les preocupa el estado emocional de su madre y las reacciones emocionales de sus hermanos y hermanas, así como lo que pueda ocurrir cuando abandonen la casa de acogida. Todo ello puede generarles confusión y ansiedad. Tras el traslado a una casa de acogida, a niñas y niños también puede costarles mantener los vínculos con sus progenitores. Después del traslado, pueden tener pocas oportunidades de vivir el vínculo con su padre, mientras que el contexto físico de la casa de acogida permite a las criaturas y a las madres implicarse en prácticas emocionales y corporales, como abrazos y actividades compartidas (Henze-Pedersen, 2021). No obstante, Vass y Haj-Yahia (2023) constataron que la exposición previa a la violencia contra su madre sigue afectando a la infancia, incluso durante la estancia en la casa de acogida. Les afecta no solo la violencia en sí, sino también las consecuencias de lo vivido por su madre, que pueden influir negativamente en su bienestar y en su relación con ella (Vass & Haj-Yahia, 2023).
Además, algunos menores pasan por varias estancias en casas de acogida. Esto puede deberse a una exposición prolongada a la VD y puede provocar rupturas en las relaciones cercanas e interrupciones repetidas de la asistencia a la escuela infantil y a la escuela (Selvik & Øverlien, 2015). Así pues, desde una perspectiva internacional, la experiencia de trasladarse a una casa de acogida y vivir en ella puede suponer tanto beneficios como dificultades para la infancia. Hay que recordar que, si bien proteger a la infancia de la violencia es importante, su calidad de vida depende de múltiples dimensiones, que las propias criaturas subrayan. Aun así, el conocimiento sobre las experiencias de la infancia en el entorno de la casa de acogida y sobre su calidad de vida mientras vive en ella es limitado, y antes de nuestro proyecto no se había realizado ninguna investigación sobre las experiencias propias de niñas y niños durante su estancia en una casa de acogida en Suecia.
En Suecia, aproximadamente uno de cada diez menores vive alguna forma de violencia física entre sus progenitores en algún momento de su crecimiento, y muchos de ellos han sufrido además alguna forma de maltrato directo por parte de una persona adulta (Cater et al., 2015; Jernbro et al., 2023). Tanto la exposición a la VD como su gravedad aumentan el riesgo de síntomas de estrés postraumático, ansiedad y depresión, así como de autolesiones y otros problemas no clínicos (Cater et al., 2015). Aunque la mayor parte de la violencia entre progenitores en Suecia parece ser bidireccional, la violencia (y las agresiones verbales) ejercida por los padres contra las madres tiende a ser más grave y a asociarse con una peor salud mental a largo plazo de sus hijos e hijas (Miller et al., 2014). Por ello, la VD de la que tratamos en este artículo se refiere principalmente a la violencia de los padres contra las madres. A la infancia expuesta a la VD en Suecia le cuesta, por lo general, dar sentido a la violencia de su padre, y a las actitudes y comportamientos de este después, porque da por supuesto que los padres deben ser buenos y afectuosos y que la violencia es mala, algo de lo que uno debería arrepentirse (Arnell & Källström, 2023).
No existen estadísticas definitivas sobre cuántos menores pasan por una casa de acogida en Suecia, pero, según el National Board of Health and Welfare (2020), aproximadamente 6500 personas adultas y 6200 menores se alojaron en casas de acogida en 2020. La estancia media es de unos dos meses (National Board of Health and Welfare, 2020), pero puede variar desde unos pocos días hasta varios años. En 2020, el 54% de las casas de acogida suecas estaba gestionado por organizaciones sin ánimo de lucro, el 37% por empresas privadas y el 9% por municipios (National Board of Health and Welfare, 2020). Los tipos de alojamiento también varían e incluyen apartamentos o alojamientos compartidos, en los que las familias suelen disponer de su propio dormitorio pero comparten cocina y salón, y no existe ninguna exigencia ni recomendación sobre programas específicos para la infancia. Esto significa que las condiciones de vida y la experiencia de la estancia pueden diferir de un menor a otro en aspectos como las relaciones sociales en la casa de acogida. En Suecia, el personal de las casas de acogida subraya la importancia de crear un entorno seguro, digno y hogareño (Ekström & Hvenmark, 2025).
Los derechos de la infancia en relación con la violencia y la estancia en casas de acogida en Suecia se han reforzado de muchas maneras en los últimos años. Por ejemplo, los derechos de la infancia expuesta a la VD como víctima de delitos se reforzaron en la Ley de Servicios Sociales en 2007 (cap. 5 § 11, 2001:453); exponer a un menor a la violencia contra su progenitor se tipificó como delito en 2021 (Código Penal sueco, 1962:700), y en 2024 entró en vigor una nueva legislación destinada específicamente a reforzar los derechos de la infancia en las casas de acogida (Ley 2024:79 sobre el acogimiento de menores en viviendas protegidas). Sin embargo, sigue siendo en gran medida desconocido cómo este contexto y los esfuerzos recientes por reforzar los derechos de la infancia expuesta a la VD influyen en sus experiencias en las casas de acogida. Por ello, en este estudio nos propusimos contribuir al campo examinando cómo describen niñas y niños su estancia en casas de acogida en Suecia, e identificando aspectos importantes, tanto positivos como negativos, de esas experiencias para su calidad de vida. Para ello analizamos entrevistas con 12 menores de 7 a 17 años mediante el análisis temático, tal como lo desarrollaron Braun y Clarke (2006).
Este estudio forma parte del proyecto Artículo 19: lo que significan las viviendas protegidas para la infancia maltratada. Se basa en 12 entrevistas con menores que han vivido en una casa de acogida junto con su madre y, en algunos casos, con sus hermanos y hermanas, tras dejar un hogar violento. Las criaturas, cuatro niños y ocho niñas, tenían entre 7 y 17 años en el momento de las entrevistas, con una mediana de edad de 10,6 años. La duración de su estancia osciló entre tres meses y tres años. Seis de ellas habían estado en una sola casa de acogida, una en dos y las otras cinco en entre tres y ocho. Todas habían estado en casas de acogida con alojamiento compartido, como cocina y salón comunes, pero algunas habían estado también en casas donde la familia disponía de su propio apartamento y no compartía espacio con otras personas adultas ni con otros menores. Según los relatos de las criaturas, las casas con alojamiento compartido solían contar con zonas de juego específicas, actividades estructuradas y personal centrado en la infancia, mientras que el alojamiento en un apartamento estaba menos estructurado y solía implicar menos contacto con el personal. Ocho de las criaturas seguían viviendo en una casa de acogida en el momento de la entrevista y cuatro se habían marchado recientemente. Procedían de ocho familias distintas, y las entrevistas se realizaron de forma individual, centrándose en el relato de cada menor y en su experiencia concreta de vida en una casa de acogida. Diez habían huido de la violencia ejercida por su padre, y dos habían escapado del maltrato de su padrastro.
El reclutamiento comenzó a finales de 2020, pero se vio obstaculizado por la pandemia de Covid-19, que limitó el acceso a las casas de acogida durante ese periodo. En consecuencia, las entrevistas se realizaron entre marzo de 2022 y junio de 2023, la mayoría después del otoño de 2022, cuando se levantaron las últimas restricciones en Suecia. Reclutamos a las criaturas con la ayuda del personal de casas de acogida en Suecia. El personal informó a las madres sobre el estudio y, si estas consideraban adecuada la participación, informaban a su vez a sus hijos e hijas y les preguntaban si les interesaba. En caso de interés, las madres se ponían en contacto con nosotras, las investigadoras, directamente o a través del personal de la casa de acogida. Acordábamos de mutuo acuerdo una hora y un lugar de encuentro en el que madres y criaturas se sintieran seguras. Allí mismo proporcionábamos a las madres y a las criaturas (de forma adaptada a su edad) información detallada sobre el estudio, oralmente y por escrito, y respondíamos a cualquier pregunta sobre la participación. Si la madre daba entonces su consentimiento, firmaba un formulario de consentimiento escrito para la participación de su hijo, hija o hijos. Después se preguntaba a cada menor si quería participar y se le informaba de que podía hacer una pausa en cualquier momento, saltarse preguntas o interrumpir la entrevista si lo deseaba. Si el niño o la niña daba su asentimiento verbal, la entrevista comenzaba.
Realizamos las entrevistas en un lugar elegido por la madre, un entorno que ofreciera seguridad tanto a ella como al niño o la niña. Se estructuraron en torno a las cinco fases por las que pasan las mujeres y la infancia que viven en casas de acogida, tal como las formuló Rösare (2015): (1) la llegada y el primer día en la casa de acogida, (2) la primera semana, (3) la continuación de la estancia, (4) el último periodo en la casa y (5) el tiempo posterior a la salida. No obstante, utilizamos estos temas de forma flexible en las entrevistas, dejando que las criaturas hablaran con relativa libertad, en lugar de seguir un orden cronológico. Para que pudieran contar sus propias historias, basamos las entrevistas en preguntas abiertas que las invitaban a describir sus experiencias; por ejemplo: «¿Me puedes contar cómo fue estar en la casa de acogida?» o «¿Puedes describir cómo era la casa de acogida?». Después completábamos los relatos con preguntas de seguimiento para comprender mejor sus experiencias y, a veces, para confirmar que habíamos entendido bien su historia. Durante las entrevistas, también invitábamos a las criaturas a dibujar si les apetecía, y ofrecíamos café o limonada y galletas. Las entrevistas duraron aproximadamente entre 25 y 60 min, según lo que cada menor quisiera hablar. Por lo general, si se trataba de adolescentes, la entrevista duraba más.
Las entrevistas se analizaron utilizando como marco y guía las seis fases del análisis temático de Braun y Clarke (2006; véase también Braun & Clarke, 2013, 2022). Las seis etapas consisten en: (1) familiarizarse con los datos, (2) generar códigos iniciales, (3) buscar temas, (4) revisar los temas, (5) definir y nombrar los temas y (6) redactar el informe. Estas fases pueden entenderse como un proceso de idas y venidas entre las etapas, que es también como llevamos a cabo este análisis. Más concretamente, iniciamos el proceso de análisis mientras la primera y la tercera autora se alternaban en la realización y la transcripción de las entrevistas (es decir, la persona que no había realizado la entrevista la transcribía), con el fin de familiarizarse mejor con los datos. Después, las tres profundizamos en esta familiarización leyendo y releyendo las transcripciones para identificar códigos iniciales y discutiendo posibles temas que representaran bien los datos. Como el objetivo de este estudio era explorar las experiencias de la infancia en la casa de acogida, dejamos de lado las partes de las entrevistas relativas a la huida de la violencia y al periodo posterior al traslado de la casa de acogida a una vivienda propia. A continuación, la primera autora organizó los códigos en un esquema de codificación compartido, con referencia a cada menor. Después, las tres autoras revisamos y discutimos los temas y su correspondencia con los códigos hasta acordar que se ajustaban al contenido de los relatos.
Revisamos y decidimos los temas, los subtemas y sus nombres en discusiones conjuntas. Por último, en la sexta etapa, la primera autora redactó el informe de resultados, que se presenta a continuación, describiendo los relatos de las criaturas sobre sus experiencias en las casas de acogida. Hemos utilizado fragmentos para ilustrar los resultados y los tradujimos nosotras mismas del sueco al inglés; después, los revisó una persona correctora de lengua materna inglesa que también disponía de los fragmentos originales para compararlos, con el objetivo de que la traducción fuera lo más precisa posible.
Obtuvimos la aprobación ética de la Swedish Ethical Review Authority (Dnr. 2020:04561, con modificaciones Dnr. 2021-03242, 2021-06928-02 ). Dado que el proyecto incluye a menores con experiencias de violencia en la familia, y que muchos vivían con identidad protegida, hemos tenido que atender a numerosas consideraciones éticas. La sensibilidad del proyecto influyó en todo el proceso, desde la planificación inicial, pasando por el reclutamiento, la recogida y el tratamiento de los datos, hasta la redacción de este manuscrito. Las tres autoras habían participado anteriormente en el apoyo a víctimas: una como voluntaria de apoyo a víctimas de delitos, otra como personal de una casa de acogida y otra como miembro de la junta directiva de otra casa de acogida, pero ninguna de nosotras ha estado en una casa de acogida ni de niña ni de adulta. Al realizar este estudio, nos hemos beneficiado de nuestro trabajo previo en el apoyo a víctimas y de nuestra investigación anterior sobre jóvenes víctimas de delitos. Para procurar que los resultados siguieran anclados en las experiencias vividas por las criaturas y no en nuestras propias ideas preconcebidas, nos esforzamos conscientemente por centrarnos en las descripciones y los significados de las personas participantes, tanto durante las entrevistas como durante el análisis.
Durante las entrevistas, en aras del bienestar de las personas participantes, prestamos especial atención a las expresiones verbales y no verbales de las criaturas. Las madres y las criaturas recibieron información escrita sobre dónde podían dirigirse para obtener ayuda y apoyo. También se ofreció a cada menor la posibilidad de estar acompañado durante la entrevista por una persona «de confianza», y tres de ellos eligieron la presencia de su madre. Además, el personal de las casas de acogida que nos había apoyado durante el reclutamiento nos ayudó a responder a las necesidades de apoyo y seguridad de madres y criaturas. Para proteger la identidad de unas y otras, hemos utilizado seudónimos al presentar los resultados. También hemos suprimido detalles concretos, como nombres de lugares y organizaciones, para proteger la identidad de las personas participantes.
Durante el proceso de codificación surgieron tres temas principales de las descripciones que hicieron las criaturas de su estancia en una casa de acogida: El entorno de la casa de acogida, Las actividades y Las relaciones sociales. Las criaturas describieron la vida en la casa de acogida en términos tanto positivos como negativos. Dijeron que el entorno de la casa, las actividades y las relaciones sociales eran importantes para su calidad de vida y que, cuando faltaban, corrían el riesgo de aburrirse y sentirse aisladas. Quienes habían vivido en más de una casa de acogida tendían a describir cada una de forma bastante distinta, tanto en lo que respecta al entorno como a las condiciones para las actividades y las relaciones sociales y a su número. Presentamos a continuación los tres temas por separado, con el fin de iluminar tanto los aspectos positivos como los negativos de la estancia en una casa de acogida tal como los describieron las criaturas.
Tabla 1 — Descripción de los temas derivados del análisis
Las entrevistas muestran que las criaturas destacaron en sus relatos la seguridad y las condiciones básicas, como un entorno limpio e higiénico, como aspectos importantes, pero también hablaron de aspectos negativos que podían generar una sensación de aislamiento. En cuanto a la seguridad, todas las criaturas dijeron que sentían y valoraban la seguridad de la casa de acogida. Hablaron de la seguridad en relación con cuestiones como la protección, el hecho de preocuparse menos y el de vivir en un lugar libre de la violencia que habían sufrido en casa. Por ejemplo, Mattias, un niño de nueve años, expresa: «Entonces [antes de mudarse a la casa de acogida] estaba bien, pero aquí me siento mucho mejor […] Es mucho más seguro y mejor, y puedes estar con el personal». Otro ejemplo de cómo las criaturas hablaban de su bienestar en relación con la seguridad procede de Sebastian, un chico de 17 años, que dice: «Simplemente sienta bien llegar a un entorno como, yo, tuve mi propia habitación, así que era más como que podía estar solo, lejos de todo, así que estaba bien y ya está».
Estos ejemplos de los relatos de Mattias y de Sebastian ilustran aspectos positivos de estar en un lugar seguro, que compartían por igual todas las criaturas, sin importar su edad, si el agresor era su padre o su padrastro, ni en cuántas casas de acogida habían vivido. Aunque la seguridad puede entenderse como una condición básica para la infancia en una casa de acogida, en algunos casos las criaturas hablaron también específicamente de las condiciones básicas en relación con el nivel de calidad y la limpieza de las casas. Cuando estas faltaban, describían el bajo nivel de calidad y un entorno sucio o poco higiénico como factores que afectaban negativamente a su estancia, como muestra el relato de Lisa.
Era, bueno, una habitación pequeña con quizá, había tres camas, y la ducha no estaba nada limpia, así que mamá tuvo que insistir durante días en que no queríamos quedarnos en la habitación y en que nos cambiaran de habitación porque estaba tan, bueno, sucia que no queríamos ducharnos. Yo no podía ducharme porque estábamos acostumbradas a que todo estuviera limpio y eso, así que no nos duchamos durante varios días. (Lisa, chica, 15 años)
Como ilustran los comentarios de Lisa, los relatos de las criaturas sobre un entorno limpio e higiénico pueden entenderse como descripciones de las condiciones básicas para vivir en una casa de acogida. Además, destacaron el nivel de sus habitaciones, el mobiliario, los juguetes y las zonas de juego como condiciones básicas importantes para la vida en la casa. Cuando estas se describían en términos positivos, como espacios limpios, una habitación lo bastante grande para toda la familia y un lugar donde poder jugar, las criaturas hablaban de las casas de acogida en términos positivos, las describían como divertidas y decían que les gustaba estar allí. Cuando faltaban estas condiciones básicas para la vida de la infancia, la experiencia de la vida en la casa se describía, por el contrario, a menudo como algo con un efecto negativo, monótono, aburrido y socialmente aislante, como muestra el relato de Freja.
No me dejaban salir, así que eso era muy triste porque era muy, no me podía como mover. Ha sido como lo más difícil porque a mí me parece divertido estar fuera. […] Y luego, ahora, donde estuve la última vez, no me dejaron ir a la escuela durante seis meses. (Freja, niña, 11 años)
Como muestra el relato de Freja, la vida en una casa de acogida puede vivirse como aburrida y aislante; por ejemplo, cuando no se puede pasar tiempo fuera o ir a la escuela. Este aislamiento debe entenderse en relación con las normas y reglamentos de seguridad que hay que respetar debido a la amenaza que pesa sobre las familias. La seguridad y la protección de la infancia, que las criaturas valoran mucho, deben por tanto sopesarse frente a las consecuencias negativas que conlleva el aislamiento.
En resumen, los relatos de las criaturas revelan la importancia de la seguridad y de las condiciones básicas en las casas de acogida para que su estancia sea una experiencia positiva. Aun así, muestran que vivir en una casa de acogida también puede vivirse como algo aburrido y aislante y puede tener efectos negativos en su calidad de vida, sobre todo si no hay posibilidad de ir a la escuela y faltan actividades.
Los relatos de las criaturas revelan no solo la importancia del entorno de la casa de acogida, sino también la de las actividades, más concretamente las actividades al aire libre y las cosas con las que jugar o que hacer en el tiempo libre, como juguetes, peluches o videojuegos, como subrayó Mehmet (niño, 10 años) al decir: «Mola que aquí puedas tomar prestados juegos, Nintendo y PS4». Sin embargo, cuando estos faltaban, las criaturas describían su estancia en la casa de acogida como aburrida, lo que revela aspectos negativos de estas estancias, como ejemplifica el relato de Elin:
Ojalá nos dieran a lo mejor algunos juguetes o algo para que al menos podamos hacer algo. O que al menos nos ayuden a hacer alguna actividad o algo así. No tiene que ser nada enorme, pero al menos para que podamos hacer algo y no tener que estar ahí sentados en la casa de acogida aburriéndonos. (Elin, niña, 11 años)
Los relatos de las criaturas subrayan la importancia de las actividades y de tener cosas que hacer en el tiempo libre, como ilustra Elin. Otro aspecto importante es la posibilidad de salir al exterior, como ilustraba Freja más arriba, y que aquí contrasta con sus experiencias en otra casa de acogida.
En la última casa de acogida en la que estuve, podía salir. Había un patio, uno enorme, era como el jardín más grande, enorme, en el que nos dejaban estar, pero no pasar del límite, y luego me dieron una bici, así que montábamos mucho en bici y eso. (Freja, niña, 11 años)
Como muestra el relato de Freja, la vida en una casa de acogida puede ser bastante divertida y agradable si es posible salir o hacer actividades como montar en bici, pero cuando hay que quedarse dentro (por motivos de seguridad) se vuelve aburrida y aislada. Las actividades disponibles, en especial la posibilidad de estar al aire libre, se describen a menudo en términos positivos, como muestra el relato de Camilla.
Lo mejor era que allí podías, solo vivíamos nosotros allí y pudimos hacer un montón de excursiones. Fuimos a [nombre de un parque de atracciones] y hemos ido a la piscina, hemos ido a un parque infantil. Hicimos muchas cosas divertidas. (Camilla, niña, 7 años)
Como muestran estos relatos, las actividades tienen una gran importancia para la infancia. Más concretamente, las criaturas más pequeñas destacaban a menudo la importancia de tener juguetes, una cama elástica y zonas de juego específicas en la casa de acogida. En cambio, las de más edad tendían a subrayar el valor de una wifi fiable, de mantenerse en contacto con sus amistades a través de las redes sociales y de realizar actividades al aire libre, como montar en bici, ir a la biblioteca o a tomar un helado, o arreglar sus ciclomotores. Sin embargo, la mayoría de las criaturas habló también de la falta de cosas que hacer y de aburrirse o sentirse aisladas en el interior debido a las medidas de seguridad que interrumpían su vida cotidiana. Así pues, las normas y restricciones de seguridad de una casa de acogida también tienen sus inconvenientes, pues limitan la posibilidad de la infancia de realizar actividades en el interior y al aire libre.
Para la mayoría de las criaturas, la posibilidad de mantener el contacto con sus amistades y su familia no solo está limitada por las precauciones de seguridad, sino que también tiene que ver con el traslado de su antiguo hogar a un lugar nuevo, a menudo alejado de donde vivían antes. Sus amistades y el personal de las casas de acogida, o las nuevas amistades en la ciudad a la que se han trasladado, se vuelven así muy importantes para ellas. Algunas criaturas que viven en casas de acogida con alojamiento compartido también hacen amistades en la casa, como explicó Lilly (niña, 7 años): «Haces muchos amigos, con los que vives [en la casa de acogida]. [Nombre] y [nombre] son mis amigos». Las demás personas residentes son, pues, importantes, pero las criaturas también dijeron que es difícil hacer amistades cuando puede que no haya menores de la misma edad o con los mismos intereses, como en el caso de Natasha.
No puedo invitar a nadie a casa, y tampoco puedo decir la verdad directamente, así que era como sí, pero, no necesito tener amigas, puedo esperar hasta el instituto. Solo quedaba un año. Pero ahora siento que no va a funcionar, que necesito tener a alguien a mi lado, y tengo una amiga que está en mi escuela. Pero quiero más […] así que ojalá viniera alguien de mi edad [a la casa de acogida] solo para poder estar cerca de ella así, así que he estado atenta a eso. Pero no viene nadie. […] Así no habría tenido que explicárselo todo. Me habría entendido más, por así decirlo. (Natasha, chica, 14 años)
Como pone de relieve el relato de Natasha, hacer nuevas amistades en un lugar nuevo no es fácil debido a las precauciones de seguridad, que implican que no se puede decir dónde se vive, llevar amistades a la casa de acogida ni contarles la propia situación de huida. Su relato revela también el anhelo de una amiga de la misma edad con quien conectar y compartir experiencias, algo que no había ocurrido.
Para las criaturas que no hacen amistades en la casa de acogida, o que no pueden ir a la escuela ni realizar actividades fuera de la casa, las relaciones quedan limitadas. Algunas contaron que solo pasaban tiempo con su madre y con sus hermanos y hermanas, sin nadie más con quien relacionarse. El relato de Elin es un ejemplo de ello.
Entonces, era bastante aburrido no poder ver a mucha gente y eso, pero aun así solíamos poder salir a comprar y cosas así. Y entonces veías a otra gente, pero luego no hablabas. (Elin, niña, 11 años)
Como muestra el relato de Elin, las relaciones sociales de las criaturas eran a veces muy limitadas; no podían ver a sus antiguas amistades ni a su familia, ni establecer nuevas relaciones en el nuevo lugar. Durante el periodo inicial en la casa de acogida, debido a las precauciones de seguridad, esto parece haber sido especialmente difícil, y a veces apenas se relacionaban con nadie aparte de su madre y, si los tenían, de sus hermanos o hermanas. Sin embargo, algunas criaturas contaron cómo, al cabo de un tiempo, a veces restablecían el contacto con la familia, por ejemplo con abuelas y abuelos, como muestra el relato de Jill (niña, 8 años) cuando le preguntamos si podía ver a alguien fuera de la casa de acogida:
Jill: Sí, hemos visto a mi abuela. Pero no a los demás.
Entrevistadora: ¿Y quiénes son los demás? Cuando dices que no a los demás.
Jill: [Nombre del abuelo], la novia del abuelo.
Entrevistadora: ¿Entonces has podido ver a algunas personas, pero no a todas?
Madre: No hemos podido, no. Al abuelo no. Solo a la abuela. […]
Entrevistadora: ¿Cómo te sentiste? Al no poder verlos.
Jill: Era triste que no pudiéramos. Ojalá todos pudieran vivir en el mismo sitio en [nombre de la ciudad].
Así pues, reconectar con la familia fuera del entorno de la casa de acogida, tras el periodo inicial, es muy importante. Sin embargo, las precauciones de seguridad necesarias dificultan que las criaturas mantengan el contacto con la familia fuera de la casa, y aún más con sus amistades. Es raro que puedan verse en persona; en su lugar, se escriben o hablan por teléfono. Hay excepciones, sin embargo, para los pocos menores que pueden alojarse en una casa de acogida cercana a su antiguo lugar de residencia. Aunque también deben lidiar con riesgos de seguridad, en algunos casos pueden seguir yendo a la escuela y ver a sus antiguas amistades.
Las criaturas hablaron también del personal de la casa de acogida, que parecía desempeñar un papel importante en su vida cotidiana. Describían al personal como alguien que facilitaba el acceso a la escolarización y organizaba actividades, como ilustra Mattias (niño, 9 años).
Entrevistadora: Has dicho que te cae bien el personal.
Mattias: Es divertido estar con ellos y son majos.
Entrevistadora: ¿Suelen organizar cosas para hacer?
Mattias: Sí, a veces hacemos salchichas a la parrilla, y tuvimos el «día del gofre», entonces hicimos gofres, y también hacemos hamburguesas a la parrilla.
Además de facilitar el acceso a la escolarización, organizar actividades y, como ilustra Mattias, ser compañía de juego, el personal era a menudo a quien las criaturas tenían más probabilidades de acudir (aparte de sus madres) cuando tenían preguntas o necesitaban apoyo. Puede ilustrarlo la respuesta de Natacha cuando le preguntamos si había algo que no le gustara de su marcha de la casa de acogida:
Que pierdo el contacto con el personal. Porque aunque no han estado tanto tiempo en mi vida, son como los que más me han ayudado, así que da como pena perder el contacto, porque no quiero. Porque me han ayudado como muchísimo, así que ahora son una parte enorme de mi vida. (Natacha, chica, 14 años)
Los relatos de las criaturas sugieren que el personal de la casa de acogida eran figuras importantes, aunque su papel se describía de forma diferente según la edad. Las criaturas más pequeñas tendían a describir al personal como compañía amable y juguetona, mientras que las de más edad subrayaban su papel como personas adultas de confianza a las que podían pedir apoyo. Estas perspectivas distintas ponen de relieve el papel polifacético del personal de las casas de acogida a la hora de responder a las necesidades de la infancia de distintas edades. Sin embargo, también hubo dos criaturas que expresaron experiencias negativas con el personal, entre ellas Lisa (chica, 15 años), que dijo: «Había una mujer que trabajaba allí; era muy mala».
Había también una persona a la que todas las criaturas dijeron no querer ver, o hacia la que tenían sentimientos encontrados: el agresor, que normalmente era su padre. Un par de las criaturas más pequeñas mencionaron que echaban de menos a su padre, al tiempo que les preocupaba o les daba miedo encontrarse con él. Un par de las de más edad habían intentado mantener el contacto enviando correo, pero aun así dijeron que no querían verlo en persona.
En resumen, las relaciones sociales tenían importancia en los relatos de las criaturas, pero no siempre eran fáciles de mantener, a menudo faltaban y a veces eran complicadas o negativas. Los relatos ilustran la importancia de poder mantener el contacto con las amistades y la familia fuera de la casa de acogida, y también de tener relaciones seguras y de apoyo en la casa, con el personal y con otros menores. Muestran también que algunas criaturas rara vez veían a nadie aparte del personal, su madre y sus hermanos y hermanas.
En general, los temas que identificamos en los relatos de las criaturas confirman la investigación previa y contribuyen al campo al constatar que, en Suecia, como ya se había observado en otros países, la estancia en una casa de acogida, aunque necesaria para la seguridad de la infancia, a menudo tiene un coste. En concreto, las criaturas de nuestro estudio dijeron sentirse seguras en el entorno de la casa de acogida, lo que concuerda con investigaciones anteriores (Arnell & Thunberg, 2025; Chanmugam, 2011; Øverlien, 2011a; Thunberg et al., 2022). Sin embargo, sus relatos no presentaban la casa de acogida como un «refugio seguro», sino que, a falta de actividades significativas, juguetes, posibilidades de jugar al aire libre y condiciones básicas como un espacio adecuado para la familia y un entorno de vida limpio, la imagen que transmitían se parecía más a la de un «almacén seguro». Estas condiciones básicas, poco destacadas en la literatura previa, resultaron cruciales para las criaturas. Nuestro estudio contribuye así al campo poniendo en primer plano la importancia de estos elementos básicos, cuya ausencia repercute negativamente en la calidad de vida de la infancia durante su estancia en las casas de acogida.
La forma en que las criaturas entrevistadas en este estudio describieron el aislamiento, las normas de la casa de acogida y las restricciones de las relaciones sociales que a menudo acompañan a la estancia también está en consonancia con la investigación previa (Chanmugam, 2011; Øverlien, 2012; Thunberg et al., 2022). El análisis revela, por ejemplo, la importancia de las amistades y su frecuente ausencia, pues a menudo las criaturas no tenían a nadie de su edad con quien jugar o hablar en la casa de acogida. Aun así, nuestros resultados sugieren que, mientras que las relaciones con familiares a menudo podían mantenerse o restablecerse —con el apoyo de la madre, mediante cartas o llamadas telefónicas—, las amistades propias (previas) de las criaturas se echaban de menos con frecuencia y se veían afectadas negativamente por el traslado a la casa de acogida. Cabe suponer que esto guarda relación con las medidas de seguridad con las que vivían debido a las amenazas de violencia y, en algunos casos, con el largo traslado a un lugar alejado de su hogar. Por ello, para su calidad de vida es esencial que la infancia en casas de acogida tenga acceso a actividades de ocio estructuradas y a la escolarización junto con otras criaturas de su edad. Estas interacciones aportan intercambio social y apoyo entre iguales.
Además, los relatos muestran que estas criaturas vivieron experiencias diferentes y hablaron de aspectos tanto positivos como negativos de las casas de acogida en las que habían estado. Por ejemplo, cuando vivían en una casa con alojamiento compartido, valoraban las oportunidades de establecer amistades y de recibir apoyo del personal. Por otro lado, disponer de un apartamento propio significaba no tener que preocuparse por cómo se sentían o se comportaban otros menores, ni compartir juguetes y espacios con ellos. Así pues, nuestros resultados revelan la importancia del entorno de la casa de acogida, de las actividades y de las relaciones sociales para la infancia durante su estancia, y que sus experiencias pueden variar según tengan o no oportunidades de jugar, pasar tiempo al aire libre o ver a sus amistades y a su familia. En consonancia con los resultados de Woodward y Joseph (2003), esto sugiere que, si las casas de acogida pueden reforzar las experiencias de seguridad y protección de la infancia, así como su capacidad de acción, su control y su libertad en la vida cotidiana, las criaturas disfrutarán de una mejor calidad de vida. En el mejor de los casos, esto puede propiciar un cambio que favorezca la liberación, el crecimiento y el bienestar de la infancia que vive en casas de acogida.
Aunque nuestro material empírico es demasiado limitado para permitir un análisis estructurado a lo largo del tiempo, cabría plantear la hipótesis de que la sensación de seguridad puede empezar a desarrollarse más o menos inmediatamente después de la llegada a la casa de acogida, y que la adaptación, mediante el establecimiento de las condiciones básicas y el descubrimiento de oportunidades de juego, también puede comenzar poco después de la llegada. Aun así, puede llevar algún tiempo acostumbrarse a la nueva situación en la casa y construir relaciones de confianza con otras personas residentes y con el personal (Thunberg & Arnell, 2025). Aunque no quedó del todo claro en nuestras entrevistas, consideramos probable que el aburrimiento o la sensación de aislamiento aparezcan más tarde, en función de factores como si las oportunidades disponibles de realizar actividades, jugar, etc. ofrecen al niño o la niña suficiente estímulo. Del mismo modo, es posible que sea el traslado a la casa de acogida lo que genere la interrupción de las relaciones sociales y de la escolarización, y que explorar las posibilidades de relación con otros menores o con el personal de la casa, así como los deberes escolares, sean estrategias posteriores para afrontar esas interrupciones. Si estas estrategias no funcionan, la infancia puede sufrir un malestar duradero, echar de menos a sus amistades o tener que repetir cursos escolares.
El proceso de la estancia en una casa de acogida debe discutirse también en relación con las múltiples estancias que viven muchas criaturas debido a amenazas reiteradas. Para comprender el proceso de la vida en una casa de acogida, hay que tener presente que cada nuevo traslado obliga a las criaturas y a sus madres a empezar de cero: llegar a una ciudad nueva, no ir a la escuela durante un tiempo, conocer a un nuevo personal en la casa y volver a dejar juguetes y amistades por un lugar nuevo y desconocido. En consonancia con Selvik y Øverlien (2015), sostenemos por tanto que la estancia en una casa de acogida no puede entenderse ni como algo lineal ni como una ruptura temporal; más bien debe entenderse como un proceso de interrupciones repetidas que afectan a la calidad de vida de la infancia. Además, la calidad de vida y el bienestar de la infancia implican algo más que la mera ausencia de problemas, como la violencia, y suelen centrarse en la visión subjetiva que cada persona tiene de su propia salud y de sus circunstancias vitales. Al hablar de su calidad de vida, niñas y niños incluyen no solo dimensiones como la seguridad y la protección, sino también la capacidad de acción y el control en la vida cotidiana, la libertad, la diversión y la salud física (Grip et al., 2014). En la misma línea, Woodward y Joseph (2003) sugieren que tener una sensación de liberación, libertad, afrontamiento y control es importante para el crecimiento después de la violencia. Por tanto, es importante procurar que el entorno sea lo más estable y predecible posible para estas criaturas, apoyando su seguridad, su capacidad de acción y su control (Grip et al., 2014; Hauge & Kiamanesh, 2019).
El reducido número de entrevistas con menores limita nuestra capacidad para identificar posibles diferencias entre criaturas de distintos géneros o edades. Se trata de una limitación habitual en la investigación con la infancia en casas de acogida. Pese a ello, el principal punto fuerte del estudio es que las entrevistas se realizaron directamente con una muestra de difícil acceso, de distintos géneros y edades, en lugar de mediante entrevistas indirectas a sus madres o a profesionales. Sus relatos nos permitieron explorar directamente sus experiencias. No obstante, se necesita más investigación basada en las propias descripciones de la infancia sobre sus experiencias, en distintos países y sistemas de bienestar, y este estudio ha contribuido en cierta medida a colmar esta laguna de conocimiento. Además, también es importante conocer las perspectivas del personal de las casas de acogida y del profesorado, sobre todo tras la entrada en vigor de la nueva legislación en Suecia, así como la perspectiva de los miembros de la familia extensa que pierden el contacto debido a la amenaza que representa el agresor.
En relación con la VD, tanto las madres como las criaturas tienen un poder limitado para influir en su situación. No solo son quienes deben mudarse, sino que las consecuencias van más allá y afectan a la calidad de vida de la infancia. Si se añade a esta discusión un nivel social, es evidente que el sistema de protección desarrollado a escala mundial tiene limitaciones a la hora de garantizar los derechos y las necesidades de la infancia y de sus progenitores. La infancia que vive en casas de acogida tiene derecho no solo a ser protegida de la violencia, sino también al desarrollo, a la escolarización, etc. (Thunberg et al., 2022). El Estado debe también adoptar todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proporcionar a cada menor y a las personas que se ocupan de su cuidado el apoyo necesario, de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (United Nations, 1989).
Nuestra constatación de que la escuela representa un reto importante para muchas criaturas que residen en casas de acogida coincide con investigaciones previas, como la de Ekström y Hvenmark (2025), y las amplía. Estas autoras constataron que la calidad de las casas de acogida no solo incluye la relación entre madre e hijo o hija, sino también «que garantizar que estos niños y niñas puedan ir también a la escuela mientras están en una casa de acogida constituye una verdadera medida de calidad» (2025, p. 7). Nuestro estudio amplía esta comprensión al poner de relieve que las propias criaturas expresan preocupaciones similares. Subrayan la importancia de mantener el acceso a la educación durante su estancia, lo que indica que se trata de un ámbito crítico que necesita mejoras. Aunque nuestra investigación no es de carácter comparativo, nuestros resultados coinciden también con los de Øverlien y Selvik (2025), que muestran que la infancia en casas de acogida en Noruega no recibe la educación a la que tiene derecho. Verse privada del acceso a la educación expone a la infancia en casas de acogida al riesgo de quedarse atrás en lo académico, lo que podría afectar a su calidad de vida a largo plazo. Es muy necesario encontrar formas de resolverlo, por ejemplo mediante la escolarización virtual o la escolarización en las propias casas de acogida si no es seguro que las criaturas acudan en persona.
Algunas criaturas de nuestro estudio dijeron que echaban de menos a su padre, al tiempo que les preocupaba o les daba miedo encontrarse con él. Esto pone de relieve una dificultad particular: la de manejar perspectivas potencialmente divergentes entre madres e hijos o hijas. Mientras que las madres que residen en casas de acogida se enfrentan a menudo a exigencias contradictorias —equilibrar la necesidad de proteger a sus criaturas de un padre violento con las presiones externas para mantener el contacto entre padre e hijos (Andersson, 2024)—, la infancia, en particular la de menor edad, puede no ser consciente de los riesgos asociados ni de las cuestiones de seguridad. Esto subraya la importancia de garantizar que tanto las autoridades responsables de la derivación como el personal de las casas de acogida estén bien informados de las circunstancias, necesidades y preferencias individuales de cada menor, con su seguridad como prioridad absoluta. Las madres a veces también se sienten obligadas a dejar a su pareja maltratadora o a aceptar el ingreso en una casa de acogida bajo la amenaza de que, de lo contrario, sus criaturas podrían ser objeto de una medida de tutela (Andersson, 2024). En esos casos, las exigencias de contacto entre padre e hijos pueden socavar la intención protectora de la estancia en la casa de acogida y complicar la aplicación de las medidas de seguridad, en particular cuando el tribunal de distrito ha concedido un régimen de visitas (Andersson, 2024). Si una madre acepta el ingreso en una casa de acogida principalmente para evitar la retirada de la tutela de sus criaturas, aun sin creer que sea el medio más eficaz para evitar la violencia, también esto debe ser reconocido por quienes deciden los ingresos y por el personal de las casas de acogida. Es crucial reconocer estas dinámicas complejas al diseñar intervenciones que prioricen de verdad la seguridad y la calidad de vida tanto de las madres como de la infancia.
A partir de nuestro material, sugerimos que las casas de acogida deben adaptarse mejor para responder a las necesidades de la infancia, tanto a su llegada como durante su estancia. Así pues, las distintas rutinas y métodos de apoyo a la infancia desarrollados por las casas de acogida deberían evaluarse para que los ejemplos de buenas prácticas puedan utilizarse a escala nacional. Queremos subrayar que las casas de acogida no son un problema en sí mismas; son una solución a la violencia de los hombres. Que sean la mejor solución es otra cuestión, ya que, por lo general, las criaturas no solo se alejan de la violencia, sino también de sus amistades, de la escuela y de la familia extensa. Necesitamos encontrar formas de proteger a la infancia de la VD sin que se vea obligada a dejar su hogar y a perder su entorno familiar de vida y de escuela, a su profesorado, sus amistades y los miembros de su familia extensa, sus propios juguetes y sus actividades de ocio. Para hacerlo posible, sugerimos que quienes elaboran las políticas públicas estudien y encuentren formas de proteger a la infancia de la VD actuando sobre el agresor y alejándolo, en lugar de desarraigar a las criaturas de su hogar. Ello debe hacerse, no obstante, a condición de que pueda garantizarse su seguridad (véase, p. ej., Diemer et al., 2017) y de que no suponga costes para otras dimensiones de la calidad de vida de la infancia.
Complexe Systémique: puntos clave
La casa de acogida protege, y esa es su función; pero vista desde el lado de la infancia, la protección tiene un precio que el sistema no contabiliza. Las normas de seguridad cortan la escuela, las amistades, la familia extensa y, a veces, el simple derecho a salir al exterior. Para una lectura sistémica, el estudio recuerda que la seguridad no es un estado, sino un contexto vivo: una criatura necesita un espacio limpio, juego, iguales y personas adultas disponibles para que el refugio se convierta en un lugar donde crecer. Hace visibles también las tensiones de un sistema familiar en crisis: un padre al que se echa de menos y se teme, una madre atrapada entre la protección y la presión para mantener el contacto, un personal que se convierte en figura de apego y luego desaparece en el momento de la partida. Las estancias múltiples convierten la protección en rupturas repetidas. La propuesta final, alejar al agresor en lugar de desarraigar a las criaturas, interpela nuestros dispositivos. Los límites: doce menores, en su mayoría niñas, en Suecia, sin seguimiento a lo largo del tiempo. Para leer junto con la revisión sobre lo que valora la infancia expuesta a la violencia doméstica en su relación con profesionales del trabajo social y el estudio sobre el hogar tras un homicidio en la pareja.
Notas del original
Agradecimientos. Queremos dar las gracias a las criaturas por participar en este estudio y compartir con nosotras sus historias y experiencias. También queremos dar las gracias a las madres y al personal de las casas de acogida, que dedicaron su valioso tiempo a ayudarnos con el proyecto.
Financiación. Financiación de acceso abierto proporcionada por la Umea University. Este trabajo contó con el apoyo de la Swedish Crime Victim Authority (Brottsoffermyndigheten), subvención número 03395/2020. Los resultados y conclusiones son obra exclusiva de las autoras, y la entidad financiadora no ha participado en la investigación.
Conflicto de intereses. Las autoras declaran no tener intereses en conflicto.
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Traducción no oficial al español de Children’s Experiences of Staying at Domestic Violence Shelters in Sweden, de Linda Arnell, Sara Thunberg y Åsa Källström, Journal of Child and Family Studies, vol. 35, n.o 1 (2026), doi: 10.1007/s10826-025-03232-7, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
El artículo original, «Children’s Experiences of Staying at Domestic Violence Shelters in Sweden», se publicó en Journal of Child and Family Studies (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Complexe Systémique ofrece aquí una traducción no oficial al español, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial y adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Arnell, L., Thunberg, S., et Källström, Å. (2026). Children’s Experiences of Staying at Domestic Violence Shelters in Sweden. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/children-s-experiences-of-staying-at-domestic-violence-shelters-in-sweden (Obra original publicada en 2025 en Journal of Child and Family Studies, 35(1), 264-274 (2026); republicada en 2026 por Journal of Child and Family Studies, https://link.springer.com/article/10.1007/s10826-025-03232-7)
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