Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
European Journal of Psychotraumatology · Familia
¿Deben las madres y los padres hablar del accidente con su hijo o hija, y cómo? El equipo de Bath pidió a 127 figuras parentales que reconstruyeran con la criatura, un mes después de una visita a urgencias, el relato de lo ocurrido, y tres meses más tarde entrevistó a veinte de ellas. A los niños y las niñas el ejercicio les resultó menos angustioso de lo que temían los adultos. En muchas familias sirvió para romper el hielo; en algunas, reavivó la preocupación.
Traducción no oficial al español de A mixed-methods investigation of parent-child posttrauma discussion and the effects of encouraging engagement, de Rosie McGuire, Rachel M. Hiller, Vanessa Cobham, Katharina Haag y Sarah L. Halligan, publicado en European Journal of Psychotraumatology (Taylor & Francis) (2019), doi: 10.1080/20008198.2019.1644127, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Sentir malestar o incomodidad ante las conversaciones sobre el trauma no significa necesariamente que a la criatura la conversación también le resulte angustiosa.
Rosie McGuire, Rachel M. Hiller, Vanessa Cobham, Katharina Haag y Sarah L. Halligan
Resumen
Entre los avances recientes en el campo del trauma infantil figuran intervenciones preventivas centradas en reforzar el apoyo parental. Sin embargo, sabemos poco sobre cómo viven las madres y los padres las conversaciones sobre el trauma con sus hijos e hijas. Examinamos cómo vivieron las figuras parentales y la infancia tanto las conversaciones espontáneas sobre el trauma como una tarea estructurada en la que elaboraban un relato conjunto del trauma, tras la experiencia de un trauma agudo por parte del niño o la niña. Las puntuaciones de malestar de las figuras parentales y de la infancia durante el relato estructurado fueron bajas en las 127 familias participantes, y las de la infancia fueron en conjunto más bajas que las de las figuras parentales. El malestar asociado a la tarea se relacionó positivamente con los síntomas de TEPT de las figuras parentales y de la infancia. El análisis temático de entrevistas semiestructuradas realizadas con un subgrupo de veinte figuras parentales identificó tanto factores facilitadores (p. ej., una relación abierta y sincera con la criatura) como obstáculos (p. ej., la evitación de la conversación por parte de la figura parental o de la criatura) para las conversaciones espontáneas sobre el trauma con su hijo o hija. Además, las figuras parentales describieron la tarea de relato estructurado del trauma como una oportunidad para iniciar la conversación con la criatura, comprender sus sentimientos y permitirle procesar el trauma. No obstante, la tarea también resultó incómoda o perturbadora para algunas figuras parentales o criaturas, y llevó a algunas figuras parentales a volverse más sobreprotectoras. Los resultados pueden orientar el desarrollo de intervenciones de baja intensidad que animen a las familias a mantener conversaciones sobre el trauma después de que un niño o una niña haya vivido una experiencia traumática.
Palabras clave: métodos mixtos, parentalidad, infancia, trauma, apoyo, familia, TEPT, estrés postraumático, estrés post-traumático, intervención
La exposición a un trauma de incidente único, como los accidentes de tráfico y otras lesiones accidentales, es frecuente en la infancia (Alisic, Van der Schoot, van Ginkel, & Kleber, 2008; Copeland, Keeler, Angold, & Costello, 2007). Tras la exposición a un trauma agudo, la infancia corre el riesgo de sufrir diversas consecuencias desfavorables, entre ellas el trastorno de estrés postraumático (TEPT). Los grandes estudios sobre la evolución del TEPT infantil muestran que, si bien la mayoría de las personas jóvenes son resilientes ante experiencias potencialmente traumáticas, con síntomas bajos en general o síntomas iniciales que disminuyen con rapidez, una minoría significativa presentará síntomas de TEPT persistentes o en aumento (Le Brocque, Hendrikz, & Kenardy, 2009; Liang, Cheng, Zhou, & Liu, 2019). Se calcula que entre el 10 y el 20% de los niños y niñas expuestos a un trauma desarrollan un TEPT crónico (Alisic et al., 2014; Hiller et al., 2016; Le Brocque et al., 2009), y una proporción aún mayor presentará síntomas de TEPT subclínicos elevados, que pueden asociarse a un deterioro funcional y a un malestar de un nivel comparable al de quienes cumplen todos los criterios diagnósticos (Carrion, Weems, Ray, & Reiss, 2002).
Un factor implicado en la aparición del malestar postraumático es el apoyo social: una revisión metaanalítica muestra que la infancia que percibe un mejor apoyo social experimenta menos malestar (Trickey, Siddaway, Meiser-Stedman, Serpell, & Field, 2012). Para niños y niñas, las figuras parentales son una fuente clave de apoyo informal tras la exposición a un trauma (Williamson, Creswell, Butler, Christie, & Halligan, 2017). Un trabajo reciente que registró las conversaciones cotidianas de criaturas expuestas a un trauma agudo observó que, al principio, las familias dedicaban de media 46 minutos al día a hablar de la lesión y de las emociones asociadas a ella (Alisic et al., 2017). Otros datos indican que hablar demasiado o demasiado poco del trauma puede conducir a niveles más altos de malestar infantil postraumático (Stein et al., 2004; Wilson, Lengua, Meltzoff, & Smith, 2010). En cuanto al contenido de la conversación sobre el trauma entre figura parental y criatura, la atención parental centrada en la amenaza o en la vulnerabilidad de la criatura, la sobreprotección y el fomento de un afrontamiento evitativo se han asociado a un mayor malestar postraumático infantil (Ehlers, Mayou, & Bryant, 2003; Hiller et al., 2018). A la inversa, las figuras parentales pueden aprovechar estas conversaciones para modelar estrategias de afrontamiento positivas y hablar de las emociones, ayudando así a la criatura a procesar de forma adaptativa sus experiencias traumáticas (Alisic et al., 2017; Hiller et al., 2018; Marsac, Donlon, Winston, & Kassam‐Adams, 2013; Sales & Fivush, 2005).
En conjunto, la investigación sugiere que las madres y los padres hablan con frecuencia del trauma con sus hijos e hijas, y que el apoyo centrado en el trauma que prestan puede influir en la adaptación infantil (Alisic et al., 2017; Hiller et al., 2018). No obstante, existen diversos obstáculos que pueden impedir que las figuras parentales ofrezcan un apoyo eficaz a la criatura tras el trauma. En particular, el malestar parental puede limitar su propia capacidad emocional, o la criatura puede percibir que su madre o su padre está demasiado afectado para conversar, y cualquiera de las dos cosas puede impedir la conversación sobre el trauma (Gil‐Rivas & Kilmer, 2013). En apoyo de esta idea, una revisión sistemática reciente encontró pruebas de que el TEPT parental puede influir negativamente en la calidad de la relación entre figura parental y criatura, con un uso más frecuente de prácticas controladoras y hostiles y niveles más altos de estrés parental (Christie, Hamilton-Giachritsis, Alves-Costa, Tomlinson, & Halligan, 2019). Además del posible papel de su propio malestar, las figuras parentales manifiestan inquietud por el malestar emocional que los recordatorios del trauma pueden causar a la criatura, y no saben bien cuál es la mejor manera de apoyar su afrontamiento (Williamson, Creswell, Butler, Christie, & Halligan, 2016; Williamson, Creswell, Butler et al., 2017).
Se acumulan pruebas sobre los posibles beneficios de implicar a las figuras parentales en las intervenciones psicológicas para la infancia, y las intervenciones centradas en las figuras parentales se utilizan cada vez más en el campo de la salud mental infantil (p. ej., Brown et al., 2017; Cobham, Filus, & Sanders, 2017; Creswell et al., 2017). Ha crecido el interés por los programas de prevención o intervención de baja intensidad centrados en las figuras parentales en el contexto de los síntomas de TEPT infantil (Berkowitz, Stover, & Marans, 2011; Marsac, Kassam-Adams, Hildenbrand, Kohser, & Winston, 2010). Dado que las conversaciones sobre el trauma entre figura parental y criatura parecen un componente necesario de un enfoque dirigido por las figuras parentales, es importante comprender cómo se viven esas conversaciones.
En el presente estudio utilizamos un enfoque de métodos mixtos para explorar las opiniones de las figuras parentales sobre mantener conversaciones con su hijo o hija acerca del trauma vivido por la criatura. Nos interesaba especialmente comprender los factores que podrían facilitar u obstaculizar que una figura parental se sienta cómoda para iniciar estas conversaciones, y cómo vivían esas conversaciones las madres y los padres. Las figuras parentales y las criaturas se reclutaron en el mes siguiente al trauma agudo de la criatura (normalmente una colisión de vehículos u otra lesión accidental), que las llevó a acudir al servicio de urgencias (SU) de su zona. Como parte de las evaluaciones del estudio, se pidió a la figura parental que entablara con la criatura una conversación sobre el trauma. Obtuvimos datos cuantitativos sobre el malestar vivido por figuras parentales y criaturas durante esta tarea. Además, realizamos entrevistas cualitativas con un subgrupo de figuras parentales unos 3 meses más tarde, en las que exploramos sus experiencias de conversación espontánea sobre el trauma con la criatura en las semanas posteriores a la visita a urgencias, y de esta conversación en el marco de la tarea estructurada.
La aprobación ética la concedieron el Comité de Ética de la Investigación de la University of Bath y el Oxford A NHS Research Ethics Committee. Las personas participantes procedían de un estudio longitudinal de 132 niños y niñas de 6 a 13 años y sus figuras parentales, reclutados en servicios de urgencias del Reino Unido tras la exposición a un trauma agudo (sobre todo accidentes de tráfico y otras lesiones accidentales). Los criterios de exclusión fueron: la presencia en la criatura de un trastorno del aprendizaje o del neurodesarrollo significativo que impidiera la escolarización ordinaria; una lesión que hubiera provocado un traumatismo craneoencefálico significativo; la sospecha de lesión intencionada por parte de la criatura (autolesión) o de la figura parental (maltrato). El personal de urgencias se dirigía primero a las familias potencialmente elegibles y obtenía su acuerdo para que un miembro del equipo de investigación se pusiera en contacto con ellas. Después se obtenía el consentimiento informado de la figura parental y el asentimiento de la criatura antes de su participación. Las personas participantes completaron evaluaciones al mes del trauma y, después, a los 3 y a los 6 meses. Los procedimientos completos de reclutamiento y las evaluaciones del estudio se describen en Hiller et al. (2018).
De las 132 familias iniciales, 127 díadas de figura parental y criatura participaron en una tarea de relato conjunto del trauma en la evaluación del primer mes. Para el componente cualitativo, entrevistamos a 20 figuras parentales unos 3 meses después de que la figura parental y la criatura hubieran participado en la tarea (es decir, en la evaluación de seguimiento a los 3 meses). Se utilizó un muestreo de oportunidad: se invitó a participar a figuras parentales consecutivas, haciendo coincidir la entrevista con la evaluación del estudio principal.
En la evaluación del primer mes, personal investigador formado administró a figuras parentales y criaturas el Anxiety Disorder Interview Schedule-PTSD Module (ADIS-PTSD; Silverman, Albano, & Barlow, 1996). El ADIS-PTSD es una herramienta diagnóstica del TEPT bien validada, basada en los criterios del DSM-IV-TR. La concordancia diagnóstica entre evaluadores se estableció en el 25% de las entrevistas (k = 1.00). Se evaluó el informe combinado de la figura parental y la criatura para determinar si se cumplían los criterios de diagnóstico de TEPT (sin el requisito temporal de >1 mes), sobre la base de una puntuación de gravedad clínica y una puntuación de interferencia iguales o superiores a cuatro.
En la evaluación del primer mes, las figuras parentales completaron la Posttraumatic Stress Diagnostic Scale (PDS), una medida autoinformada del TEPT de uso extendido (Foa, Cashman, Jaycox, & Perry, 1997). La PDS incluye 17 ítems que recogen los síntomas del TEPT según el DSM-IV y pide a las personas adultas que puntúen cada uno en una escala de 0 (nada o solo una vez) a 3 (casi siempre), lo que da una puntuación total de síntomas posible de 0 a 51. La elevada consistencia interna de la medida se replicó en el presente estudio (α = .94).
Como parte de la evaluación inicial, al mes del trauma, se pidió a las figuras parentales que entablaran con la criatura una conversación sobre el acontecimiento traumático (relato conjunto del trauma). Se les indicó que empezaran justo antes de que ocurriera el acontecimiento y que incluyeran todo lo que consideraran importante. No había límite de tiempo y la tarea se grabó en vídeo para su posterior codificación cuantitativa (véase Hiller et al., 2018). Tras la parte de relato libre, se entregaron a las figuras parentales 13 tarjetas con preguntas concretas sobre los pensamientos y sentimientos de la criatura durante y después del acontecimiento, p. ej., «¿Cómo te sentiste cuando estabas en el hospital?». A continuación, figuras parentales y criaturas puntuaron cada una por su cuenta su malestar (es decir, lo afectadas que se habían sentido) durante la conversación en una escala de 0 (nada) a 10 (muchísimo).
Utilizamos un formato de entrevista semiestructurada para explorar: (i) las experiencias de las figuras parentales con las conversaciones espontáneas sobre el trauma con la criatura antes de la tarea; (ii) su experiencia al realizar la tarea (p. ej., cómo fue mantener esa conversación); y (iii) las posibles consecuencias de la conversación estructurada sobre el trauma en su manera de comprender o apoyar las reacciones postraumáticas de la criatura.
Las preguntas eran abiertas (p. ej., «¿Qué le pareció tener esa charla?»), con algunas indicaciones específicas para aclarar el sentido u obtener más información (p. ej., si ya habían hablado del accidente con la criatura antes de la tarea de investigación, «¿cómo fue? ¿[En qué] fue diferente?»). No había límite de tiempo para la entrevista; duraron entre 3 y 20 minutos, con una duración media de 8 minutos y 43 segundos (SD = 4 minutos y 36 segundos). Todas las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron literalmente, eliminando durante la transcripción cualquier información identificativa.
Para comprender cómo vivieron figuras parentales y criaturas la conversación sobre el trauma, para toda la muestra del estudio (N = 127) obtuvimos datos descriptivos a partir de las puntuaciones de malestar recogidas tras la tarea de relato, y utilizamos pruebas t para muestras independientes con el fin de explorar si el malestar al hablar del trauma se asociaba con: el sexo de la figura parental o de la criatura; la edad de la criatura (6–9 años frente a 10–13 años); el hecho de que la figura parental hubiera presenciado el trauma de la criatura; y la presencia o ausencia de TEPT infantil. También utilizamos análisis de correlación bivariada para comprobar si el malestar asociado a la tarea de la figura parental y el de la criatura estaban correlacionados entre sí, y si alguno de ellos se asociaba con la gravedad de los propios síntomas de TEPT de la figura parental. Por último, realizamos una prueba t-para muestras relacionadas para comparar las puntuaciones de malestar de figuras parentales y criaturas. También se presentan las puntuaciones medias de malestar de la submuestra de 20 familias entrevistadas posteriormente.
Las entrevistas transcritas a los 3 meses se importaron a NVivo v10 para su codificación. RM codificó las transcripciones con un enfoque inductivo de análisis temático siguiendo los pasos propuestos por Braun y Clarke (2006). RM leyó primero todas las transcripciones para sumergirse en los datos y, a continuación, generó sistemáticamente los códigos iniciales (Braun & Clarke, 2006). Para garantizar la coherencia de la codificación, se volvieron a revisar todas las transcripciones, prestando especial atención a las primeras para no pasar por alto ningún código nuevo pertinente. Después, los códigos se vincularon entre sí al buscar y desarrollar los temas candidatos. Para garantizar el rigor académico y la fiabilidad, una segunda persona codificadora (KH) leyó todas las transcripciones y desarrolló temas, sin conocer los temas candidatos iniciales. Tras ello, ambas personas compararon sus temas; eran muy similares, con citas casi idénticas en cada uno, y las principales discrepancias se referían a los títulos y la organización de los temas. El equipo resolvió estas discrepancias volviendo a examinar juntos los datos hasta alcanzar un consenso.
Una vez desarrollados y revisados los temas, se recabaron observaciones sobre la interpretación y el análisis de los datos de la coautoría (RH, SH y VC), con experiencia en investigación en psicopatología infantil y en métodos cualitativos. Ello dio lugar a la reestructuración y combinación de algunos subtemas, aunque los temas generales elaborados por las personas codificadoras se mantuvieron sin cambios. Consideramos si la presencia de TEPT en la criatura podía influir en la experiencia de la conversación por parte de la figura parental, examinando sistemáticamente los temas identificados para comprobar si se agrupaban en función de que las figuras parentales tuvieran criaturas con o sin TEPT. Sin embargo, no hubo patrones en los datos cualitativos que sugirieran diferencias de temas entre estos grupos. Por ello, los temas se presentan para el conjunto de la muestra.
Se reclutó a 132 niños y niñas para el estudio principal, de los cuales 127 completaron la tarea de relato conjunto (62,2 % de sexo masculino), con edades de 6 a 13 años (M = 9.8, SD= 2.0), junto con la figura parental participante, mayoritariamente madres (89,8 %), de 25 a 60 años (M = 39.9, SD= 6.9). Una gran proporción de estas criaturas (42%) recibió en el triaje hospitalario una clasificación de nivel uno, lo que significa que requerían atención inmediata. La mayoría había sufrido un accidente de tráfico como trauma índice (52%). Otros traumas índice fueron lesiones accidentales graves (30%; p. ej., caídas graves), episodios médicos agudos (7%; p. ej., anafilaxia aguda), agresiones (2%) u otros acontecimientos (9%; p. ej., incendio doméstico, casi ahogamiento). Al mes del trauma, el 26% (n = 34) de las criaturas cumplía los criterios de TEPT (sin el requisito temporal, si había transcurrido <1 mes desde el trauma). La información detallada de la muestra se presenta en Hiller et al. (2018).
De las 127 díadas que completaron la tarea de relato conjunto, las figuras parentales puntuaron su malestar durante la tarea (es decir, al hablar del acontecimiento) con una media de 2.80 (SD = 2.63), sobre una puntuación posible de 0–10. Así pues, en conjunto, las figuras parentales experimentaron niveles de malestar relativamente bajos al hablar del trauma con la criatura. No obstante, el 30% de las figuras parentales puntuó su malestar con un cinco o más, lo que muestra que una minoría significativa experimentó un malestar elevado al recordar el acontecimiento con la criatura. Los niños y las niñas también refirieron en conjunto niveles bajos de malestar cuando se les preguntó cómo se habían sentido al recordar el acontecimiento con su madre o su padre, M = 1.85, SD= 2.44. Una prueba t para muestras relacionadas mostró que las puntuaciones de malestar de la infancia eran significativamente más bajas que las de las figuras parentales, t(123) = 4.33, p < .001. Solo el 12% de las criaturas puntuó su malestar al hablar del acontecimiento con un cinco o más en la escala de 0–10. El malestar de figuras parentales y criaturas al hablar del trauma presentaba una correlación positiva moderada (r = .57, p < .001).
Examinamos los factores que podrían influir en el malestar de figuras parentales y criaturas durante la tarea de relato conjunto del trauma. En la Tabla 1 se desglosan las puntuaciones de malestar de figuras parentales y criaturas según las principales características demográficas y del trauma. No encontramos indicios de que la edad o el sexo de la criatura se asociaran con el malestar de la figura parental o de la criatura, ni de que el hecho de que la figura parental hubiera presenciado el acontecimiento o se hubiera visto implicada en él (frente a enterarse después) se asociara con su malestar al recordar el trauma. Las puntuaciones de malestar de las criaturas que hablaban del trauma con su madre eran significativamente más altas que las de quienes lo hablaban con su padre. Además, las puntuaciones de malestar tanto de la figura parental como de la criatura eran más altas si la criatura cumplía los criterios diagnósticos de TEPT que si no los cumplía (véase la Tabla 1). Del mismo modo, los síntomas de TEPT parentales presentaban una correlación positiva moderada tanto con su propio malestar durante la tarea (r = .57, n = 119, p < .001) como con el malestar de la criatura (r = .32, n = 116, p = .001).
Tabla 1 — Puntuaciones de malestar de figuras parentales y criaturas (N = 127), según las principales características demográficas y del trauma, con pruebas t que examinan las asociaciones con las puntuaciones de malestar en la tarea de relato.
Puntuaciones de malestar durante la tarea: figura parental M (SD); criatura M (SD).
*p < .05; **p < .01; ***p < .001
De las 20 familias del subgrupo del estudio cualitativo, la mayoría de las figuras parentales participantes eran madres (solo un padre), y su edad media era de 38.8 años (SD= 7.7, rango = 26–60 años). Sus hijos e hijas (14 de sexo masculino, 6 de sexo femenino) tenían de media nueve años (SD= 2.3, rango = 6–13 años). El trauma más frecuente en este subgrupo fue un accidente de tráfico, con la criatura como pasajera (15%) o como peatón (45%). Otros traumas fueron lesiones accidentales graves (25%), agresiones (5%), episodios médicos agudos (5%) u otros acontecimientos (5%). Cinco de estas 20 criaturas (25%) cumplían los criterios de diagnóstico de TEPT en la primera evaluación, alrededor de un mes después del trauma. Las figuras parentales y las criaturas de la submuestra cualitativa mostraron durante la tarea de relato puntuaciones de malestar similares a las de la muestra principal (figuras parentales M = 2.37, SD = 3.17; criaturas M = 1.79, SD= 2.62). Por tanto, la distribución de características en esta submuestra es similar a la de la muestra principal.
A partir del análisis de las 20 entrevistas, las figuras parentales destacaron tres temas clave al reflexionar sobre su experiencia de conversación sobre el trauma. Expusieron los motivos por los que habían mantenido o no conversaciones espontáneas sobre el trauma con la criatura, describiendo los factores facilitadores (Tema 1) y los obstáculos (Tema 2) de sus primeras conversaciones postraumáticas. También relataron su experiencia con la tarea de relato conjunto y el efecto que tuvo después en ellas y en la criatura (Tema 3).
La mayoría de las figuras parentales (15/20) había hablado espontáneamente del trauma con la criatura en alguna medida en el periodo inmediatamente posterior, y de los datos surgieron varios factores facilitadores de estas conversaciones.
La mayoría de las figuras parentales que dijeron haber hablado ya del acontecimiento con la criatura tras el trauma lo atribuían a tener con ella una buena relación, en la que ambas partes eran sinceras y abiertas sobre sus pensamientos y sentimientos. Eso significaba que ya existía un espacio para hablar del acontecimiento y que ambas partes se sentían lo bastante cómodas para abordar el tema.
Participante E: Yo lo achaco a nuestra relación y a que no hay nada escondido sobre el accidente ni nada de eso.
Una figura parental contó que había adoptado el estilo de crianza de su propia madre porque creía que había servido para crear una relación abierta, que propiciaba conversaciones maduras. Quería hacer lo mismo con su hija para que se sintiera cómoda expresándose.
Participante D: … mi madre hizo lo mismo conmigo, ya sabe, me hablaba abiertamente como si fuera una adulta … me sentía incluida y lo que pensaba y lo que tenía que decir contaba … he intentado hacer lo mismo con ella para que no le dé miedo decir algo si está triste o contenta o si algo la ha enfadado, ¿sabe?, que pueda decirlo.
Muchas figuras parentales que afirmaban tener una buena relación con la criatura también expresaban la convicción de que esta se sentía lo bastante cómoda para acudir a ellas y hablar de sus sentimientos. En consecuencia, a menudo consideraban que lo mejor era dejar que la criatura iniciara las conversaciones postraumáticas cuando estuviera preparada.
Participante B: Depende de él, la verdad, si viene a mí o a su padre. Es bastante abierto.
Participante R: … es una niña bastante abierta, si algo le preocupa, te lo dice.
Cabe señalar que la participante R fue una de las pocas figuras parentales que no había hablado del trauma con la criatura antes de participar en la tarea de relato conjunto. Puede que la joven no estuviera afectada por el acontecimiento y no sintiera la necesidad de hablar de él, pero también podría mostrar que dejar que sea la criatura quien inicie la conversación puede hacer que esta nunca tenga lugar, aunque hubiera podido ser beneficiosa.
Otras figuras parentales animaban activamente a sus hijos e hijas a hablar del trauma creando ocasiones para ello, en lugar de esperar a que la criatura iniciara la conversación. Eso incluía preguntar directamente a la criatura cómo se sentía respecto al acontecimiento traumático y reservar expresamente tiempo para escuchar lo que pudiera contar.
Participante G: … le preguntaba a [criatura] cómo se sentía desde el principio y qué pensaba de lo que había pasado.
Participante T: … creo que ayuda mucho, de vez en cuando, pararse sin más y escuchar a tu hijo con muchísima atención sobre algo …
Una figura parental subrayó que había utilizado deliberadamente la conversación postraumática con la criatura para desarrollar estrategias de afrontamiento del trauma actual, de modo que la criatura dispusiera de herramientas que también pudiera usar ante acontecimientos adversos en el futuro.
Participante S: … hablamos de tener como una caja para afrontar las cosas en la cabeza, un día todo va a estar ahí dentro, etc., así que… todo irá bien … simplemente hablamos de… ya sabes, qué hacer a partir de ahora …
Las figuras parentales también identificaron factores que limitaban su deseo o su capacidad de hablar del trauma con la criatura tras el acontecimiento.
El motivo más frecuente que daban las figuras parentales para no mantener conversaciones postraumáticas era la convicción de que hablar de ello supondría darle vueltas innecesariamente al acontecimiento traumático o convertirlo en el centro de atención de una manera que consideraban poco útil. En algunas figuras parentales, esta actitud se presentaba como una estrategia de afrontamiento habitual en la vida cotidiana.
Participante F: Yo soy mucho de … quitárnoslo de encima y pasar a otra cosa, ese tipo de cosas … es como cuando se caen y tienen un accidente … «Un besito rápido para que se cure y arriba, a seguir» … no le doy demasiadas vueltas.
En otros casos, las figuras parentales sugerían que era la criatura quien prefería pasar página rápidamente y no darle vueltas al acontecimiento traumático hablando de él. En estos casos, consideraban que el acontecimiento no había afectado a la criatura porque no mostraba signos evidentes de malestar. Por eso no fomentaban la conversación, al suponer que la criatura lo estaba llevando bien.
Participante Q: Creo que [criatura] es de esos críos que simplemente siguen adelante … No hace un drama … Nunca tuve la sensación… de que estuviera… afectado por ello … Nunca tuve la sensación de que hiciera falta preguntarle …
Otro obstáculo señalado por las figuras parentales era que ellas mismas evitaban activamente la conversación postraumática. Era un tema común entre las cinco figuras parentales que no habían hablado del trauma antes de la tarea de relato conjunto; la mayoría afirmó con rotundidad que no había querido hablar del acontecimiento con la criatura tras el trauma. Sus respuestas indicaban con frecuencia un malestar significativo relacionado con el trauma, que daba lugar al deseo de evitar las conversaciones sobre el acontecimiento traumático.
Participante H: Creo que lo evitamos porque no estábamos seguros… creo que ninguno sabía muy bien cómo nos sentíamos, no queríamos expresarlo, y yo también evito hablar de ello, para ser sincera, porque no es algo a lo que quiera volver la vista … Incluso ahora sigo intentando no pensar en ello.
Una figura parental mencionó también que había evitado la conversación postraumática con la criatura porque ella misma no había hablado del trauma con nadie. Por ello, sentía que necesitaba apoyo para procesar el trauma y reducir su malestar antes de poder hablar de él con la criatura, y percibía que necesitaba una mirada externa que le aconsejara cómo abordar la situación.
Participante L: … no lo había… ordenado en mi cabeza … Y no se lo había contado a nadie … si alguien me hubiera dicho «oye, creo que tienes que hacer esto» o … «veo que los dos necesitáis esto». A veces necesitas que otra persona te lo diga y yo es que no la tengo.
Proteger a la criatura fue también un motivo de evitación de la conversación para algunas figuras parentales, entre ellas algunas de las que habían dicho estar demasiado afectadas para hablar del trauma. Estas figuras parentales decían que hablar del acontecimiento habría sido demasiado angustioso para la criatura.
Participante H: Lo habría evitado … para protegerlo … porque sentía que no quería que hablara de ello y que eso lo pusiera triste.
Algunas figuras parentales señalaron que la criatura evitaba activamente la conversación postraumática. Estos niños y niñas eludían cualquier intento de conversación de sus figuras parentales o de otras personas; con solo oír de lejos una conversación sobre su trauma, protestaban. A veces las figuras parentales lo relacionaban con el malestar de la criatura, pero otras percibían que la evitación activa tenía su origen en la personalidad de la criatura y no la atribuían a motivos más emocionales.
Participante A: No, porque no quería hablar de eso, porque tenía demasiado miedo y era un poco tímido, no le gustaba hablar de eso … le daba un poco de reparo hablar de eso. No le gustaba, le decía a la gente que se callara y que no hablara de eso … Creo que simplemente le afectaba.
Un par de figuras parentales hablaron de su propio malestar, visible, tras el trauma de la criatura, que en su opinión era la causa de la evitación activa de esta.
Participante T: Un crío no quiere disgustar a sus padres … se da cuenta de que lo que dice me afecta …
También se mencionaron obstáculos más prácticos para la conversación: algunas figuras parentales decían que les habría gustado sentarse con la criatura para hablar del acontecimiento traumático, pero que era difícil crear el entorno adecuado para esa ocasión por tener a otros hermanos y hermanas alrededor o por estar ocupadas con el trabajo y otras obligaciones.
Participante L: … es que vamos muy liados, no nos ponemos a ello … siendo madre sola, teniendo que gestionar el resto de su vida y mi trabajo.
Las figuras parentales describieron tanto su experiencia «en el momento» de mantener con la criatura una conversación estructurada y centrada en el trauma como su percepción de las posibles consecuencias de esa experiencia. Casi todas (17/20) describieron al menos un aspecto positivo de la experiencia (subtemas 1–3). Sin embargo, casi la mitad (9/20) describieron también al menos un aspecto potencialmente negativo (subtemas 4 y 5).
Aunque la mayoría de las figuras parentales ya había hablado del acontecimiento con la criatura antes de participar en el estudio, muchas dijeron que la tarea había sido útil de todos modos, porque la naturaleza de las preguntas animaba a la criatura a hablar de ello con más profundidad que antes y a abordar sus emociones. Percibían que podía haber sido especialmente útil para permitir a la criatura hablar de cualquier problema o de emociones más negativas, ya que quizá no había tenido ocasión de hacerlo espontáneamente o no se había sentido lo bastante cómoda para ello.
Participante J: … estuvo bien, o sea, de casi todo ya había hablado con él de todas formas … creo que simplemente estuvo bien que pudiera volver a hablar y quizá tener la opción de, digamos, hacer que hablara de ello, en vez de dejar que hablara solo cuando le apeteciera.
Otras figuras parentales señalaron dificultades para conseguir que la criatura hablara del trauma, porque en general conversaba poco sobre temas difíciles o, más ampliamente, sobre cualquier cosa. Estar en un contexto en el que tenían que sentarse y hablar de manera estructurada durante un rato les daba la ocasión de abrirse más de lo habitual.
Participante Q: … estuvo bien… dejar que se abriera un poco porque es el típico… chaval de trece años que … habla lo justo que… en general tiene que hablar … conseguir que hablara un poquito más estuvo bastante bien, la verdad.
A partir de esta idea de crear una ocasión para compartir, muchas figuras parentales sugirieron que, gracias a ello, sus hijos e hijas habían podido procesar el acontecimiento traumático, cerrar el episodio y pasar página.
Participante D: … lo ha digerido y lo ha pensado y ahora puede pasar página … se habló de ello y ella participó en la conversación … creo que desde ese punto de vista ayuda, para cerrar el episodio.
Algunas figuras parentales dijeron que había sido bueno utilizar la tarea de relato conjunto, así como otras conversaciones postraumáticas, para tranquilizar a la criatura asegurándole que ahora estaba a salvo y que era poco probable que volviera a ocurrir un incidente traumático similar.
Participante C: … pasamos por todo esto por lo que ocurrió, no porque sea algo habitual, [criatura], y así, haciendo esa tarea dentro de todo el estudio, creo que ayudó a [criatura] a darse cuenta de que no es probable que vuelva a pasar …
Algunas figuras parentales dijeron que lo más positivo de realizar la tarea de relato conjunto era que les había «obligado» a tomarse el tiempo de sentarse con la criatura a hablar del trauma. Esto parecía especialmente cierto en quienes habían señalado obstáculos prácticos después del trauma (p. ej., falta de tiempo) como freno principal para iniciar este tipo de conversaciones.
Participante J: … que alguien te diga «venga, siéntate y ten esta charla con él» … está bien, porque no sé si lo habría hecho por mi cuenta… sentarme de verdad con él a solas y hablarle como lo hicimos, así que estuvo bastante bien … En casa había mucho jaleo, así que estuvo bastante bien tener esa ocasión, la verdad, de simplemente sentarme con él.
Para las pocas figuras parentales que habían evitado activamente la conversación postraumática, la tarea de relato conjunto sirvió para «romper el hielo» e iniciar la conversación sobre el trauma. Contaron que hablar del acontecimiento no había sido tan duro como esperaban y se dieron cuenta de que, en realidad, la criatura quería tener esa conversación. Esto llevó a estas figuras parentales a abordar el tema con más apertura y, en algunos casos, a fomentar activamente conversaciones posteriores.
Participante K: … creo que me ayudó a decirle a [criatura] que podía hablar de ello cuando quisiera … No hablaba de ello porque sabía que yo no quería, pero … Ahora sabe que puede hablar de ello … Ya ves, ahora ya hemos hablado de ello, así que.
Las figuras parentales también contaron que, al realizar la tarea de relato conjunto, habían aprendido más sobre cómo abordar un tema delicado como el trauma. Muchas dijeron que las preguntas de las tarjetas les habían resultado útiles y que en el futuro utilizarían preguntas similares para animar a la criatura a hablar de las cosas.
Participante G: … me hizo ver más preguntas que podría haberle hecho cuando pasó el accidente … me ayudó a pensar «uy, pues en el futuro podría hacerle más preguntas de este tipo» …
Las figuras parentales señalaron que la tarea les había permitido ver más las cosas desde la perspectiva de la criatura, ya que suponía construir juntos un relato y compartir cómo se habían sentido. Esto les dio una comprensión más profunda de la vivencia del trauma por parte de la criatura, de sus sentimientos al respecto y de su influencia en su comportamiento.
Participante O: … de verdad… útil… muy útil … verlo desde su perspectiva, nunca habíamos hablado de ello… antes … con tanto detalle.
Participante B: Creo que simplemente lo escuché más … para entender cómo se sentía él en todo eso, porque están mis sentimientos al respecto … Y obviamente están también los suyos, pero que él lo repasara de verdad y que yo viera que son dos visiones completamente distintas …
Muchas figuras parentales describieron también cómo la tarea les había dado la ocasión de comprobar de manera más estructurada cómo estaba la criatura. Ofrecerle esta ocasión clara de expresar sus preocupaciones, y poder hacer preguntas en profundidad sobre sus sentimientos, les permitía obtener la confirmación, a menudo deseada, de que la criatura lo estaba llevando bien, algo que percibían como beneficioso.
Participante H: … supongo que también me hizo sentirme mejor con la situación … supe que él no lo estaba pasando tan mal con todo esto … me hizo sentirme un poco más capaz de sobrellevarlo … me alegró ver que él está bien con todo y que está pasando página, así que sí, ayudó muchísimo.
Ser más conscientes de los sentimientos de la criatura tras la tarea animó a algunas figuras parentales a preguntarle más a menudo cómo estaba. Después de construir el relato, muchas eran también más conscientes de los posibles desencadenantes de recuerdos negativos y, aunque a menudo no podían evitarlos, sí podían asegurarse de que la criatura estuviera bien cuando se enfrentaba a ellos.
Participante J: Sí, estar pendiente de cómo se siente … sí, no he dejado de llevarlo a ningún sitio que pudiera recordárselo; tiene que aprender, digamos, a gestionar lo que siente … Pero sí, desde luego, hizo que estuviera un poco más pendiente de él.
Para algunas figuras parentales, la tarea de relato conjunto fue una experiencia algo negativa, porque no se sentían cómodas hablando de sus sentimientos, sobre todo en relación con el trauma. Contaron que se habían sentido incómodas al recordar el acontecimiento con la criatura, posiblemente porque hasta entonces habían evitado pensar y hablar de ello.
Participante B: Bueno, yo soy una persona a la que no le gusta mucho hablar de cómo se siente.
Participante F: Estaba un poco incómoda, pero no fue tan grave; solo era volver a pasar por lo ocurrido con ella.
Una figura parental, visiblemente afectada durante la tarea de relato conjunto, dijo que se debía a algunas de las preguntas de las tarjetas. Aunque ya había hablado del acontecimiento con la criatura, la tarea fue la primera vez que se le animaba a hablar de lo que sentía respecto al trauma, y no solo de los aspectos prácticos de lo sucedido.
Participante F: Había podido hablar de los hechos con mucha facilidad, pero no había podido dejar salir las emociones, y esas preguntas hicieron que salieran algunas de esas emociones, por eso me afecté.
Algunas figuras parentales expresaron su preocupación por que la tarea de relato conjunto generara ansiedad o malestar en la criatura al hacerle revivir el trauma. Muchas de ellas no habían hablado del trauma con la criatura precisamente por ese motivo.
Participante P: … me preocupaba… que en realidad… casi le provocara más ansiedad a [criatura] … En cierto modo fue algo negativo en ese sentido, se lo volvió a poner en primer plano para darle vueltas, pero, por otra parte, nunca es bueno reprimir las emociones.
Varias figuras parentales contaron que se habían vuelto más protectoras con la criatura tras hablar del trauma en la tarea de relato conjunto. Esto se debía bien a que la criatura había revelado que estaba afectada de una manera de la que la figura parental no se había dado cuenta antes, bien simplemente a que hablar de ello había despertado cierta preocupación o malestar en la figura parental, lo que la llevaba a percibir a la criatura como más vulnerable.
Participante F: Creo que, a raíz de esa charla que tuvimos, pensaba que ella estaba más avanzada de lo que está.
En algunas figuras parentales, esto se tradujo en una actitud sobreprotectora que consistía en mantener a la criatura alejada de cualquier recordatorio del trauma o de posibles accidentes futuros.
Participante A: Me volví muy, eh, protectora (se ríe)
Persona entrevistadora: ¿Entonces cree que es más protectora desde que tuvieron esa conversación?
Participante A: Sí, sin duda … no le dejaba salir (se ríe), no me gusta dejarle salir …
Otras figuras parentales no impedían que la criatura hiciera cosas, sino que se aseguraban de que fuera consciente de que debía tener más cuidado en determinadas situaciones, para evitar una nueva exposición a un trauma similar.
Participante S: … me aseguré… de que cuando hay hielo y cosas así, me ha hecho estar un poco más atenta … Y ya sabe, recordarlo por la mañana: «no, que hay un poco de hielo, así que los conductores y tú no vais a poder frenar tan rápido».
Utilizamos métodos mixtos para explorar las experiencias de las figuras parentales con las conversaciones postraumáticas, tanto espontáneas como prescritas, con la criatura. En conjunto, los resultados cualitativos sugieren que las figuras parentales tienen una opinión globalmente positiva de las conversaciones sobre el trauma con sus hijos e hijas, como una ocasión para construir una comprensión compartida y prestar apoyo. Esto valía tanto para la conversación espontánea sobre el trauma como para la tarea de relato estructurado, en la que figuras parentales y criaturas refirieron niveles medios bajos de malestar asociado. Al mismo tiempo, también se describieron obstáculos a las conversaciones espontáneas sobre el trauma, relacionados sobre todo con la incertidumbre parental y con el malestar de la figura parental o de la criatura, y algunas figuras parentales consideraron que el relato estructurado provocaba malestar y una crianza sobreprotectora. Las puntuaciones de malestar en la tarea eran más altas cuando la criatura y la figura parental presentaban un TEPT más elevado.
La mayoría de las figuras parentales de nuestro estudio describió las conversaciones espontáneas centradas en el trauma con sus hijos e hijas como una manera positiva de facilitar el afrontamiento de la criatura, lo que concuerda con datos previos que sugieren que, tras un acontecimiento agudo, hablar del trauma es habitual en muchas familias (Alisic et al., 2017; Williamson et al., 2016). Esta visión mayoritariamente positiva de las conversaciones sobre el trauma se extendía también a la tarea de relato estructurado, percibida como una ocasión para que la criatura hablara de su trauma si aún no lo había hecho, o para que hablara con más profundidad de sus emociones, lo que ayudaba a procesar sus reacciones. Las figuras parentales contaron que, gracias a la tarea de relato, habían comprendido mejor las reacciones emocionales y las necesidades postraumáticas de la criatura, y que la tarea les había dado la ocasión de tranquilizarla asegurándole que estaba a salvo, y de tranquilizarse a su vez si la criatura lo estaba llevando bien. Estos resultados sugieren posibles beneficios de facilitar la conversación sobre el trauma entre figura parental y criatura, sobre todo en cuanto a aumentar la comprensión parental, que es un primer paso importante para prestar apoyo (Alisic, Boeije, Jongmans, & Kleber, 2012; Carpenter et al., 2017; Pynoos & Nader, 1988).
Nuestro estudio puso también de relieve variaciones en la manera en que las figuras parentales abordaban las conversaciones sobre el trauma con la criatura, relacionadas con las características que le atribuían. Las figuras parentales que decían que la criatura se mostraba poco comunicativa sobre el trauma tomaban a menudo medidas activas para fomentar la conversación y saber cómo se sentía, mientras que adoptaban un papel más pasivo si percibían a la criatura como abierta y comunicativa en general, dejando que fuera ella quien iniciara la conversación. Esperar a que la criatura tomara la iniciativa hacía que, en algunos casos, no llegaran a producirse conversaciones potencialmente útiles. Esto puede no plantear problemas si la criatura lo está llevando bien, pero puede ser una ocasión perdida para figuras parentales que no siempre son conscientes de todo el alcance del malestar de la criatura (Meiser-Stedman, Smith, Glucksman, Yule, & Dalgleish, 2007).
También se identificaron otros obstáculos a la conversación sobre el trauma, centrados sobre todo en el propio malestar de las figuras parentales y en su preocupación por el posible malestar de la criatura, en consonancia con investigaciones previas (Alisic et al., 2012; Williamson et al., 2016). Algunas figuras parentales sugirieron también que la criatura había evitado hablar del trauma porque era consciente del malestar relacionado con el trauma de su madre o su padre. Pese a la preocupación parental, las puntuaciones globales de malestar en la tarea de relato estructurado del trauma fueron bajas tanto en las figuras parentales como en las criaturas, y las criaturas refirieron un malestar medio significativamente más bajo durante la conversación que sus figuras parentales. Puede ser una información importante que compartir con las familias. A saber: sentir malestar o incomodidad ante las conversaciones sobre el trauma no significa necesariamente que a la criatura la conversación también le resulte angustiosa. De hecho, cuando la tarea de relato conjunto era la primera vez que la figura parental hablaba del trauma con la criatura, muchas figuras parentales contaron que también les había hecho darse cuenta de que la criatura en realidad quería tener esa conversación, pese a sus propias reticencias. Dicho esto, los síntomas de TEPT de la figura parental y de la criatura se asociaron ambos, quizá como era de esperar, de forma significativa con un mayor malestar al hablar del trauma. También hubo una correlación moderada significativa entre el malestar de la figura parental y el de la criatura durante la tarea, que podría reflejar la asociación moderada, bien documentada, entre los síntomas de TEPT parentales e infantiles (p. ej., Landolt, Ystrom, Sennhauser, Gnehm, & Vollrath, 2012). Estas sensibilidades entre figura parental y criatura, y su evitación de la conversación sobre el trauma, se han asociado en trabajos cuantitativos previos con más síntomas de TEPT infantil (p. ej., Carpenter et al., 2017; Gil‐Rivas & Kilmer, 2013).
Dada esta dualidad del malestar parental e infantil, prestar más apoyo a las figuras parentales o a las criaturas con niveles elevados de síntomas de TEPT, a quienes la comunicación sobre el trauma puede resultarles difícil, podría ser especialmente beneficioso. Cabe destacar que el hecho de que la figura parental se hubiera visto implicada en el acontecimiento o lo hubiera presenciado, frente a haberse enterado después, no se asoció significativamente con su malestar posterior. Los datos sobre el papel de la implicación directa de las figuras parentales en el trauma infantil y el riesgo posterior de TEPT parental son dispares (p. ej., de Vries et al., 1999; Hiller et al., 2015). Ante la falta de consenso, debería ofrecerse apoyo a las figuras parentales con independencia de que hubieran estado o no directamente implicadas en el trauma, sobre todo porque el malestar postraumático parental puede tener un efecto directo en el bienestar emocional de la criatura y en el funcionamiento familiar en general (Landolt, Buechel, & Latal, 2011).
Las figuras parentales de nuestro estudio identificaron también como obstáculos para hablar del trauma la incertidumbre sobre si es más beneficioso abordar o evitar las conversaciones sobre el trauma y sobre cómo empezar a hablar de temas tan delicados. Para las figuras parentales que se sentían más afectadas e inseguras ante una conversación sobre el trauma, que se les animara a hablar y disponer de una estructura que les ayudara a abordar el tema les permitió «romper el hielo», lo que facilitó conversaciones posteriores. Aunque muchas figuras parentales de nuestro estudio ya habían hablado del trauma con la criatura, para una parte de ellas la tarea de relato fue su primera conversación. Además, incluso para quienes refirieron conversaciones previas sobre el trauma, la conversación estructurada se percibió como cualitativamente distinta: aportaba nuevas perspectivas, sobre todo en torno a pensamientos y sentimientos, y ocasiones de prestar apoyo. Al mismo tiempo, es importante señalar que algunas figuras parentales también destacaron aspectos negativos de la tarea de relato conjunto: la percibieron como incómoda o angustiosa para sí mismas o para la criatura, o se sintieron más sobreprotectoras con la criatura tras realizarla. Esto último es una posible preocupación que debería abordarse, dadas las asociaciones observadas entre la sobreprotección parental y los síntomas de TEPT infantil (Williamson, Creswell, Fearon et al., 2017).
Estos resultados deben considerarse a la luz de algunas limitaciones. En primer lugar, solo 13 figuras parentales del estudio principal eran padres, y solo una figura parental del componente cualitativo era padre. Por ello, nuestros resultados representan sobre todo las opiniones de las madres. Hubo algunos indicios de que el malestar infantil era menor durante las conversaciones con los padres, aunque el reducido número de padres en el estudio hace necesaria más investigación para obtener información más fiable sobre este posible efecto. En segundo lugar, la gran mayoría de la muestra había sufrido traumas accidentales (p. ej., accidente de coche, accidente deportivo). Los resultados no pueden generalizarse a las conversaciones tras un trauma interpersonal, en el que es más probable un TEPT grave o en el que los niveles de incomodidad durante las conversaciones pueden ser mayores. Esto es especialmente importante si se tiene en cuenta que observamos un mayor malestar asociado a la conversación sobre el trauma cuando había síntomas de TEPT en la figura parental o en la criatura. Es esencial estudiar grupos expuestos a traumas de mayor riesgo.
En resumen, nuestros resultados permiten comprender cómo un apoyo estructurado podría ayudar a las figuras parentales a sentirse más cómodas al mantener conversaciones sobre el trauma con la criatura y mejorar su comprensión del afrontamiento infantil. Aunque se necesitan más estudios para comprender los posibles beneficios de este enfoque para la adaptación de la figura parental o de la criatura, las figuras parentales señalaron el efecto positivo que las conversaciones estructuradas sobre el trauma podían tener en el apoyo que prestarán a la criatura en adelante. Esta información, junto con las observaciones sobre por qué las figuras parentales pueden sentirse o no cómodas hablando del trauma con la criatura, puede ser importante al diseñar intervenciones de baja intensidad dirigidas por las figuras parentales, que con toda probabilidad incluirían el fomento de las conversaciones entre figura parental y criatura. Ya se ha desarrollado una TCC de primera línea, coste-efectiva y aplicada por las figuras parentales, para niños y niñas con ansiedad (Creswell et al., 2017), en la que la mayoría (60%) de las mejoras del tratamiento se mantenía en un seguimiento a los tres a cinco años (Brown et al., 2017). En el campo del TEPT, las intervenciones centradas en las figuras parentales también resultan muy prometedoras para la infancia expuesta a un trauma agudo (Berkowitz et al., 2011). Nuestro estudio sugiere que una intervención estructurada podría dotar a las figuras parentales de las habilidades y la confianza necesarias para iniciar conversaciones sobre el trauma con la criatura, e informarles de las posibles ventajas de este enfoque.
Complexe Systémique: puntos clave
El estudio toca un punto sensible del trabajo familiar con el trauma: lo que se dice, o se calla, entre una figura parental y una criatura tras un accidente. Las figuras parentales que guardan silencio rara vez lo hacen por indiferencia: quieren proteger a la criatura, contener su propio malestar o esperar a que sea ella quien saque el tema, algo que quizá nunca ocurra. La criatura, por su parte, puede callar para no hacer sufrir a una madre o a un padre visiblemente afectado: un bucle de evitación mutua. Un marco sencillo, unas pocas preguntas sobre pensamientos y sentimientos, suele bastar para desbloquear la conversación, y a la infancia le resulta menos difícil que a los adultos. Pero la herramienta tiene efectos secundarios: en algunas figuras parentales, descubrir el malestar de la criatura alimentó la sobreprotección, y el malestar aumenta cuando una de las dos partes presenta síntomas postraumáticos. Una muestra compuesta sobre todo por madres, y solo de traumas accidentales: se impone la prudencia ante la violencia intrafamiliar. Para leer junto con el estudio sobre la emoción expresada parental tras una pérdida traumática y el estudio sobre la revelación del trauma a los hijos e hijas en contexto migratorio.
Notas del original
Agradecimientos. Damos las gracias a las madres y los padres que dedicaron voluntariamente su tiempo a participar en este estudio; al personal de urgencias del Bristol Royal Hospital for Children, el Royal United Hospital Bath, el Great Western Hospital y el Gloucestershire Hospital; y a Hope Christie y Filipa Alves-Costa por su apoyo y sus consejos.
Declaración de intereses. La autoría no declaró ningún posible conflicto de intereses.
Referencias
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Traducción no oficial de A mixed-methods investigation of parent-child posttrauma discussion and the effects of encouraging engagement, de Rosie McGuire, Rachel M. Hiller, Vanessa Cobham, Katharina Haag y Sarah L. Halligan, European Journal of Psychotraumatology, vol. 10, n.º 1, artículo 1644127 (2019), doi: 10.1080/20008198.2019.1644127, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción, tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «A mixed-methods investigation of parent-child posttrauma discussion and the effects of encouraging engagement», publicado en European Journal of Psychotraumatology (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
McGuire, R., Hiller, R. M., Cobham, V., Haag, K., y Halligan, S. L. (2019). A mixed-methods investigation of parent-child posttrauma discussion and the effects of encouraging engagement. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/a-mixed-methods-investigation-of-parent-child-posttrauma-discussion-and-the-effects (Obra original publicada en 2019 en European Journal of Psychotraumatology, 10(1), 1644127 (2019); republicada en 2019 por European Journal of Psychotraumatology, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/20008198.2019.1644127)
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