Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Clinical Social Work Journal · Migración
En 2018, la política de «tolerancia cero» separó a miles de familias centroamericanas que pedían asilo en la frontera de Estados Unidos. A partir de una historia migratoria personal y de la práctica clínica, Cheryl Aguilar recurre a Kohut para leer el golpe que asestó al self de madres y padres un gobierno que castigó en lugar de proteger, y describe después grupos en español en los que la gemelaridad, el reflejo especular y la idealización restauran poco a poco un self parental cohesivo.
Traducción no oficial al español de Luchando Junt@s Por Una Familia Unida (Fighting Together for a United Family): Rebuilding the Cohesive Self of Immigrant Parents and Community Healing after a Family Separation in the United States – A Self Psychology Perspective, de Cheryl Aguilar, publicado en Clinical Social Work Journal (Springer) (2025), doi: 10.1007/s10615-024-00923-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
En aquel momento, sus sentimientos necesitaban resonancia, no soluciones.
Cheryl Aguilar
Resumen
La política de Tolerancia Cero aplicada por la administración Trump provocó la separación de miles de familias centroamericanas que buscaban asilo en la frontera sur de Estados Unidos. Esta política ha tenido un impacto devastador en la salud mental de madres, padres y sus hijas e hijos. Aunque la mayor parte de la literatura sobre la separación familiar forzada por motivos migratorios y la reunificación se centra en las respuestas traumáticas de la infancia, es esencial ampliarla para incluir el impacto en las figuras parentales, que pueden ayudar a mitigar las consecuencias negativas de los acontecimientos adversos y del estrés traumático en sus criaturas. Cuando las familias no reciben intervenciones de sanación adecuadas y culturalmente sensibles, su malestar y sus necesidades emocionales pueden afectar a su capacidad de apoyar eficazmente a sus hijas e hijos. Desde la óptica de la psicología del self, este artículo teórico arroja luz sobre las experiencias psicológicas de madres y padres centroamericanos que sufrieron la separación familiar forzada. También aporta conocimiento a la teoría de la psicología del self y a su integración en el trabajo grupal con población centroamericana. Este artículo se apoya en la literatura, en mi experiencia clínica con personas inmigrantes y refugiadas y en mi trabajo con familias centroamericanas solicitantes de asilo afectadas por la política migratoria de «tolerancia cero» para sostener que la psicología del self ofrece una clave para comprender el impacto del fallo empático del gobierno sobre madres y padres a su llegada a Estados Unidos, que asestó un golpe a su self cohesivo. El self cohesivo parental puede restaurarse mediante experiencias colectivas suficientes de gemelaridad, reflejo especular e idealización, que en psicología del self son necesidades psicológicas primordiales que deben satisfacerse para construir y mantener un self sólido.
Palabras clave: Personas inmigrantes y refugiadas, Salud mental de la población inmigrante, Separación y reunificación familiar por motivos migratorios, Población centroamericana, Personas solicitantes de asilo, Intervenciones grupales con personas inmigrantes, Psicología del self y grupos
«Todo el mundo habla del sueño americano, pero nadie habla de la pesadilla americana» – Persona solicitante de asilo.
A finales de 2021, 89,3 millones de personas se encontraban desplazadas por la fuerza en todo el mundo (United Nations High Commissioner for Refugees, 2023). Centroamérica es una región con una larga historia de patrones de migración forzada y, en las dos últimas décadas, millones de personas centroamericanas han emigrado a Estados Unidos para escapar de la violencia, la corrupción gubernamental, la persecución, los desastres naturales, la pandemia de COVID-19, la pobreza extrema y otros problemas sociopolíticos y ambientales (Babich & Batalova, 2021), ya sea solas, con sus familias o en caravanas (Rechitsky & Hoekstra, 2020; Kenix & Lopez, 2021). El aumento de la inmigración, en particular a través de la frontera entre Estados Unidos y México, se ha topado con políticas de control duras y opresivas, como la política migratoria de «tolerancia cero» aplicada por la administración Trump en 2018 (Refugees International, 2018), que dio lugar a la desgarradora separación forzada de familias solicitantes de asilo recién llegadas (Olivares, 2019). Las separaciones infligieron un profundo trauma emocional y graves repercusiones en la salud mental, y negaron a las familias derechos humanos fundamentales, entre ellos el derecho a las debidas garantías procesales (Baker & Timm, 2020).
La separación de niñas y niños de sus familias es una página oscura de la historia estadounidense. Esta práctica afectó a miles de criaturas esclavizadas e indígenas separadas por la fuerza de sus familias por el gobierno de Estados Unidos, lo que causó un trauma y un dolor inmensos a esas familias (Burrison, 2007; Curtin, 2017; Williams, 2018). Siglos después, la política de tolerancia cero es uno de los ejemplos más recientes de una política racista y xenófoba concebida para separar familias pese a las pruebas de las heridas psicológicas traumáticas que causaría (Hampton et al., 2021). Analizar el impacto de la política de tolerancia cero es crucial: como medida gubernamental contemporánea, desgarró literal y psicológicamente a las familias e infligió estrés traumático y daños duraderos a los vínculos de apego. Las separaciones familiares forzadas de esta política han sido calificadas de tortura, de crimen de lesa humanidad (Arreaga, 2022) y de trauma sistémico1 (Domínguez, 2022).
Con la política de tolerancia cero, las personas sorprendidas cruzando la frontera entre México y Estados Unidos como inmigrantes no autorizadas2 son procesadas penalmente como delincuentes en lugar de enfrentarse a cargos civiles o administrativos (Famulari, 2020). Cuando el entonces fiscal general Sessions presentó la política, anunció que probablemente conllevaría la separación de niñas y niños de sus familias para que madres y padres pudieran ser procesados (Olivares, 2019). En consecuencia, figuras parentales inmigrantes, principalmente de Centroamérica, fueron separadas de sus hijas e hijos al migrar o deportadas, mientras que la infancia era enviada durante largos periodos a distintos centros, entre ellos centros de detención y de acogida, repartidos por todo el país (American Civil Liberties Union, 2019). La política de Tolerancia Cero provocó la separación de más de 5000 familias inmigrantes (Bruzzone, 2021) sin ningún plan de reunificación (Olivares, 2019). La mayoría de las familias procedían de Guatemala, Honduras y El Salvador, y la mayor parte de la infancia separada eran niños de entre 5 y 17 años (American Civil Liberties Union, 2019). En abril de 2023, casi 1000 familias seguían sin haber sido reunificadas (Department of Homeland Security, 2023).
Los efectos de la política de tolerancia cero se dejarán sentir durante años. Está documentado que las separaciones por motivos migratorios pueden tener consecuencias a largo plazo para la salud mental, como síntomas traumáticos, ansiedad, depresión y trastornos de conducta (Delgado et al., 2021). Existe también un riesgo de trauma intergeneracional. La separación familiar entre una criatura y su madre o su padre tiene consecuencias de ruptura del apego que pueden interferir en la relación de la niña o el niño con la persona cuidadora y con otras personas hasta bien entrada la edad adulta (Cohen & Mannarino, 2019). La separación familiar también afecta negativamente a las figuras parentales y se asocia a una mayor prevalencia del trastorno de estrés postraumático y del trastorno depresivo mayor entre las personas cuidadoras que han sido separadas por la fuerza de sus hijas e hijos (Bruzzone, 2021).
Las dificultades parentales que siguen a la separación y la reunificación por motivos migratorios siguen estando poco exploradas en la literatura. Unas intervenciones de servicios y de políticas públicas oportunas, eficaces y culturalmente sensibles que apoyen a madres y padres centroamericanos requieren una sintonía con sus experiencias psicológicas. La investigación ha mostrado que las figuras parentales pueden mitigar en sus criaturas las consecuencias negativas de los acontecimientos adversos y del estrés traumático. Williamson et al. (2018) plantean que la respuesta parental a los síntomas traumáticos desempeña un papel importante a la hora de favorecer u obstaculizar el ajuste psicológico; sin embargo, sin un apoyo adecuado, el malestar y las necesidades emocionales de madres y padres pueden comprometer su capacidad de apoyar eficazmente a sus hijas e hijos.
Este artículo teórico examina las dificultades psicológicas a las que se enfrentan las madres y los padres afectados por la política de tolerancia cero tras una entrada traumatizante en Estados Unidos. Sus experiencias se explican desde la óptica de la psicología del self, una teoría psicodinámica que servirá también de marco para una intervención grupal culturalmente informada. La psicología del self es una teoría y un enfoque psicoanalíticos para comprender el desarrollo humano y el funcionamiento psicológico. Fue desarrollada por Heinz Kohut, destacado psicoanalista, a mediados del siglo XX. La psicología del self se centra en la formación y el desarrollo del self, y subraya la importancia de la sintonía empática (Kohut, 1971). La psicología del self es una teoría adecuada para trabajar con personas solicitantes de asilo porque permite comprender el impacto del entorno externo en la psique y porque la teoría se ha extendido al trabajo grupal.
En este artículo sostengo que la psicología del self ofrece una clave para comprender el impacto del fallo empático del gobierno sobre madres y padres a su llegada a Estados Unidos, que ha asestado un golpe a su self cohesivo, es decir, a su sentimiento de unidad y de continuidad de la identidad. Planteo como hipótesis teórica que el self cohesivo de una madre o un padre puede restaurarse mediante experiencias colectivas suficientes de gemelaridad, reflejo especular e idealización, que en psicología del self son necesidades psicológicas primordiales para construir y mantener un self sólido. Comienzo el artículo esbozando brevemente el contexto migratorio centroamericano y analizando el impacto psicosocial de la inmigración, la migración forzada, la separación familiar y la reunificación. Continúo con una síntesis de los conceptos clave de la psicología del self y exploro cómo la persona que facilita el grupo, sus integrantes y el propio grupo pueden satisfacer las necesidades psicológicas de las figuras parentales afectadas. Por último, desarrollo el concepto de internalización transmutadora, es decir, la internalización de una experiencia, y propongo que el grupo en su conjunto, una vez internalizado, puede cumplir una función de afrontamiento crucial. Para ilustrar las afirmaciones teóricas se utilizará un caso compuesto extraído de mi práctica individual y grupal con madres y padres centroamericanos.
Como inmigrante de Honduras, abordo este tema desde la experiencia vivida de una separación y una reunificación familiar por motivos migratorios, una experiencia que no es exclusiva mía ni del caso compuesto que presento en este artículo. Muchos trayectos migratorios incluyen a miembros de la familia que migran por separado y se reúnen más tarde; sin embargo, las experiencias de separación migratoria varían según las circunstancias que rodean la separación y la reunificación. Mi familiaridad con la cuestión orienta mi curiosidad clínica para explorar, comprender y apoyar a familias inmigrantes cuyas situaciones de separación y reunificación conducen a la lucha y al desconsuelo, pero también a la esperanza y a la determinación.
Históricamente, la inmigración de Centroamérica a Estados Unidos ha sido el resultado de una interacción multifacética de factores de expulsión y de atracción3 profundamente arraigados en contextos socioeconómicos, políticos e históricos (Rosenblum & Brick, 2011), y está estrechamente ligada al contexto histórico de la intervención estadounidense en la región (Organista, 2023; Zayas, 2023). En las dos últimas décadas, la población centroamericana ha seguido enfrentándose a unas condiciones de vida difíciles marcadas por una crisis sociopolítica persistente, con una violencia creciente de las pandillas, pobreza extrema, falta de oportunidades educativas, corrupción e inestabilidad gubernamental, lo que ha empujado a las familias a buscar protección y mejores oportunidades en otros lugares (Gerschutz-Bell, 2022; Meyer & Taft-Morales, 2019) y ha provocado un aumento de las solicitudes de asilo en Estados Unidos (Edyburn & Meek, 2021). Se han publicado numerosos trabajos académicos sobre los factores fundamentales que contribuyen a la prevalencia de la desigualdad y la violencia en Centroamérica, entre ellos el legado persistente del colonialismo y el impacto de las políticas económicas y comerciales extractivas de Estados Unidos, los desastres naturales, el cambio climático y la mala gobernanza (Eckler, 2020; Edyburn & Meek, 2021; Main, 2020; Meyer & Taft-Morales, 2019). La intervención de Estados Unidos ha ejercido una influencia considerable en el panorama político, económico y social de países como Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. En particular, durante la guerra civil guatemalteca, de 1960 a 1996, el apoyo estadounidense al régimen militar guatemalteco contribuyó a agravar la inestabilidad y la violencia, lo que acabó provocando desplazamientos masivos y migración forzada (Rabe, 2012). Del mismo modo, en El Salvador y Honduras, la intervención estadounidense en los conflictos internos y su apoyo a regímenes autoritarios contribuyeron al desplazamiento de cientos de miles de personas (D’Haeseleer, 2017; LeoGrande, 1998; Montgomery, 1995). Las consecuencias de estas intervenciones históricas siguen resonando hoy, mientras los países centroamericanos lidian con el legado persistente de la violencia, la pobreza y la inestabilidad política. Estos factores han llevado a muchas personas y familias a buscar refugio y seguridad económica en Estados Unidos, lo que contribuye a los continuos desafíos migratorios en la frontera entre Estados Unidos y México.
Las personas migrantes internacionales que llegan a la frontera entre Estados Unidos y México, expulsadas de sus países de origen y huyendo de situaciones que amenazan su vida, a menudo reúnen los requisitos para ser consideradas refugiadas necesitadas de protección jurídica. Este movimiento migratorio con un elemento de coacción, que incluye amenazas a la vida y a los medios de subsistencia derivadas de causas tanto naturales como humanas, se conoce también comúnmente como migración forzada (Reed et al., 2016). La protección jurídica de las personas refugiadas está reconocida desde 1951, cuando la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados estableció que no se debe devolver a nadie a un país en el que corra peligro (Chin & Cortes, 2015; Hatton, 2020). Sin embargo, estos derechos se vulneran a menudo y se ven amenazados por las prohibiciones de asilo impulsadas por los gobiernos.
La migración forzada desde Centroamérica refleja un fenómeno profundamente preocupante y complejo, impulsado por factores que se entrecruzan, como la violencia persistente, la delincuencia organizada y la inestabilidad política, que crean un entorno en el que la seguridad está gravemente comprometida. Un ejemplo de personas migrantes expulsadas por la agitación se produjo en la década de 1980, cuando más de 300 000 personas afectadas por las guerras civiles regionales en Centroamérica, principalmente de El Salvador, Nicaragua y Guatemala, huyeron de sus países de origen. Entre las décadas de 1980 y 1990, la migración desde Centroamérica se multiplicó por más de tres (Babich & Batalova, 2021). Desde 2014, se calcula que unas 400 000 personas al año, con nuevas tendencias de migración de mujeres y de niñas y niños, han emigrado de El Salvador, Guatemala y Honduras (Cheatham & Roy, 2020). La escalada de la violencia en estos países, que figuran entre los de mayores tasas de homicidio del mundo, se ha documentado como el motivo más frecuente asociado a la migración forzada (Roth et al., 2022).
En otro ejemplo de una tendencia violenta con implicaciones de trauma histórico e intergeneracional (Cerdeña et al., 2021), algunas familias centroamericanas afectadas por la política de tolerancia cero huyeron de sus países de origen tras haber sido blanco de la violencia de las pandillas, por miedo a seguir siendo perseguidas y para evitar que sus hijas e hijos fueran reclutados, violados o asesinados por ellas (Hampton et al., 2021). Las persecuciones cometidas por las pandillas violentas de la región son paralelas a la tiranía de las guerras civiles pasadas, cuando se reclutaba a niños como soldados para combatir en la guerra civil de El Salvador (Courtney, 2010), lo que llevó a las familias a huir para proteger a sus hijos del reclutamiento. En un sistema de reforma migratoria estadounidense que se tambalea, las familias centroamericanas afectadas por estas condiciones disponen de vías limitadas hacia la ciudadanía estadounidense debido a los topes de visados, a la reducción de los visados de trabajo y temporales y a los largos retrasos en la tramitación de los visados de inmigración, que pueden prolongarse hasta 20 años. Estos obstáculos empujan a las familias en situación precaria a pedir asilo en Estados Unidos como una de las pocas opciones legales para escapar de situaciones peligrosas (Bier, 2022).
Una abundante literatura ha profundizado en el impacto psicológico de la migración. Ya se huya de la violencia, se busque reunirse con familiares o se persigan oportunidades económicas o educativas, el viaje migratorio es un trayecto de separación, cambio, adaptación, emociones, duelo, ganancias y pérdidas, y de reelaboración de la identidad y del relato de sí (Akhtar, 1999; Falicov, 2011; Grinberg & Grinberg, 1989; Zayas, 2015). Las personas solicitantes de asilo que huyen de la violencia y la persecución se enfrentan a acontecimientos traumáticos acumulativos y nuevos, vividos antes, durante y después del trayecto migratorio, así como en el país de acogida.
La magnitud del impacto psicológico de la inmigración depende también de varios factores asociados a las circunstancias de la migración, al tipo de experiencia migratoria, a la etapa del desarrollo en la que se produjo, al apoyo disponible antes y después de la migración y a si la persona migrante llegó sola o con familiares (Akhtar, 1999; Falicov, 2011; Lijtmaer, 2017; Tummala-Narra, 2019).
Ante un contexto social, cultural y político desconocido y diferente, migrar a un nuevo país puede provocar un choque cultural (Lijtmaer, 2020). Akhtar (1999) plantea que esta experiencia se ve agravada por el clima político y social, por la acogida que brinda el país receptor y por los relatos sobre la inmigración en el país de acogida, que inciden en la visión que la persona inmigrante tiene de sí y en su sentido del self. A lo largo de la historia, las poblaciones inmigrantes se han topado de forma constante con percepciones negativas y estereotipos persistentes. Estos prejuicios tienen consecuencias importantes: influyen en el trato que reciben las personas inmigrantes, moldean las políticas migratorias y afectan profundamente a su bienestar psicológico. Las caracterizaciones adversas de la inmigración suelen presentarla como una amenaza para la seguridad, la identidad y el tejido cultural del país de acogida (Gonzales et al., 2019). Estos relatos perjudiciales tienden a intensificarse, sobre todo cuando la inmigración procede de determinadas regiones geográficas, concierne a personas racializadas o se percibe como no autorizada. Por ejemplo, las personas inmigrantes centroamericanas y mexicanas han sido denigradas como delincuentes, como portadoras de enfermedades y como si pretendieran aprovecharse de las oportunidades económicas de Estados Unidos (Massey, 2020). La investigación indica que la proliferación de sentimientos basados en el resentimiento hacia la población latinx y el auge del nacionalismo blanco contribuyen de forma notable a que se perciba a la población inmigrante como delincuente (Baranauskas & Stowell, 2022). Estos prejuicios nacen con frecuencia de temores asociados a lo desconocido y a la competencia económica, y se ven exacerbados por tendencias nativistas y sentimientos xenófobos. Tales representaciones, perpetuadas por los medios de comunicación, el discurso político y la opinión pública, han contribuido conjuntamente a un relato deshumanizador que corroe la autoestima de las personas inmigrantes y acrecienta su sentimiento de marginación (Morey, 2018). El coste psicológico es considerable, ya que las personas inmigrantes luchan con una vergüenza internalizada, una ansiedad acentuada y un sentimiento de pertenencia mermado.
Las alteraciones de la identidad y de la continuidad del self tienen implicaciones importantes para el sentimiento de capacidad de una persona. Lijtmaer (2017) afirma que las personas solicitantes de asilo sufren rechazo, deshumanización y vergüenza, y experimentan sentimientos de impotencia, pérdida de dignidad, frustración e ira cuando se perciben como no deseadas. Plantea que las personas solicitantes de asilo sufren ya, o sufrirán pronto, un trastorno de estrés postraumático (TEPT) debido al trauma psíquico, y sugiere que una agresión traumática de este tipo conduce a menudo a la pérdida de la cohesión física y de la continuidad del self.
Otras dificultades a las que se enfrentan las personas migrantes son los sentimientos contradictorios, como la culpa por haber dejado atrás a sus seres queridos, el miedo al futuro, la soledad y la tristeza que pueden predominar tras la migración, junto con experiencias de alegría, una mayor sensación de seguridad y esperanza en el futuro. A estos sentimientos contradictorios se suma el anhelo de volver a un lugar familiar (es decir, el país de origen) cuando se sienten rechazo o falta de pertenencia, así como la pérdida y el duelo ligados a la imposibilidad de volver al país de origen sin poner en peligro el proceso de asilo o una vez concedido el estatuto de refugiado.
El impacto traumático en niñas y niños apartados por la fuerza de sus familias está bien documentado en la literatura (Monico et al., 2019). Aunque revisar toda la historia del impacto de las separaciones familiares y de la teoría del apego excede el alcance de esta investigación, es esencial reconocer las aportaciones psicodinámicas históricas a la comprensión del impacto de la separación familiar forzada. Monico et al. (2019) resumieron las investigaciones realizadas en el Reino Unido por el psicólogo John Bowlby, a quien preocupaban los niños y niñas que el gobierno británico alejó de los peligros de los bombardeos de Londres durante la Segunda Guerra Mundial para ponerlos a salvo en el campo. Bowlby, que desarrolló la teoría del apego entre progenitor y criatura, estudió a la infancia que vivió estas evacuaciones. Observó que quienes sufrían separaciones prolongadas de sus personas cuidadoras principales mostraban los niveles de trauma más pronunciados. Sus observaciones lo llevaron a concluir que la infancia que había establecido un apego emocional profundo y un sentimiento de confianza con las personas adultas de su vida tenía más recursos para afrontar la situación. Concluyó que las separaciones de las figuras parentales conducían a un apego alterado con la persona cuidadora, a dificultades de apego en etapas posteriores de la vida y a la delincuencia juvenil. Si bien esta literatura temprana documentó bien el impacto de la separación en la infancia, sus efectos en madres y padres se estudiaron poco.
Las separaciones de las figuras parentales o de las personas cuidadoras principales se han documentado como uno de los factores de estrés traumático más graves que puede vivir una criatura, con un impacto nefasto en el apego, sobre todo cuando las separaciones se producen en circunstancias repentinas, caóticas, aterradoras y prolongadas (The National Child Traumatic Stress Network, 2022). Este tipo de separaciones aumentan el riesgo de que niñas y niños desarrollen depresión, ansiedad y un trastorno de estrés postraumático ligado a la separación, afecciones que también se han documentado en las figuras parentales (de la Peña et al., 2019). La literatura y la evidencia clínica sugieren que las madres expuestas al trauma responden menos al malestar de sus criaturas, lo que las lleva a desconectarse de ese malestar (Kim et al., 2014). Además, el trauma parental puede afectar directamente al bienestar psicológico de la infancia. En un estudio sobre la transmisión del trauma en familias refugiadas, Dalgaard et al. (2016) observaron que la historia traumática de las figuras parentales y los síntomas de TEPT posteriores pueden influir negativamente en sus hijas e hijos y llevarles a desarrollar malestar psicológico. Además, la separación familiar forzada en contexto de detención se ha correlacionado directamente con resultados de salud mental como la depresión, los síntomas de TEPT y la calidad de vida psicológica (de la Peña et al., 2019).
Las expectativas de las personas solicitantes de asilo respecto a su transición migratoria suelen toparse con una realidad muy distinta de la que imaginaban. Como compartió una vez una persona que había sido consultante y solicitante de asilo: «Todo el mundo habla del sueño americano, pero nadie habla de la pesadilla americana.» Con la política de Tolerancia Cero, las familias que buscaban seguridad vivieron al gobierno estadounidense como hostil y punitivo, un gobierno que las consideró «malas» y las trató como delincuentes. En marcado contraste, las madres y los padres centroamericanos con quienes he trabajado consideran su decisión de pedir asilo como un acto de valentía y de sacrificio por el bienestar de sus hijas e hijos. Aun manteniendo la convicción de que migrar fue un acto de coraje, muchas de las figuras parentales con las que he trabajado luchan al mismo tiempo con la internalización de algunos de los estereotipos negativos predominantes.
En mi práctica clínica individual y grupal he observado al menos dos estados afectivos iniciales en las personas adultas como consecuencia de la separación y la reunificación familiar: ansiedad y depresión, seguidas de la activación de síntomas traumáticos. La ansiedad está ligada a lo que madres y padres sintieron durante la separación mientras estaban en detención, y la depresión, a lo que sienten tras la reunificación con sus criaturas. Las experiencias traumáticas pasadas se reactivan durante el periodo de reunificación, cuando las figuras parentales se enfrentan a los motivos por los que huyeron y a sus sentimientos de culpa, autorreproche e ira. Estas últimas emociones se ven amplificadas por el impacto de la separación familiar en sus hijas e hijos y por los reproches que estos dirigen a sus progenitores. Las experiencias afectivas de las figuras parentales se complican con la regresión a estados más arcaicos, la pérdida permanente de sus capacidades de autocalmarse y de autoconsolarse y un sentimiento de impotencia intolerable. Estos estados psicológicos se ven agravados por los constantes obstáculos con que tropiezan al intentar cubrir sus necesidades básicas de vivienda, empleo, servicios jurídicos y sanitarios, por la presión añadida de las limitaciones de su situación migratoria y por la exposición a la discriminación y al racismo.
Las figuras parentales separadas, como Silvia, refirieron una angustia intensa debida a la falta de información sobre el paradero de sus hijas e hijos, lo que les provocaba una preocupación constante por su bienestar y confusión sobre el proceso de separación y detención. «Estaba desesperada», recordaba Silvia. Migró a principios de 2018 desde Honduras con sus dos hijas y su hijo, que tenían entre 5 y 14 años. Había sido víctima de varias violaciones en distintos momentos de su vida, la última de ellas en 2016. El agresor amenazó con seguir haciéndole daño a ella y a sus hijos cuando saliera de la cárcel, y las amenazas continuaron durante varios meses tras su encarcelamiento y se intensificaron justo antes de su puesta en libertad. Personas desconocidas acudían a casa de Silvia para advertirle: «Ten cuidado, algo va a pasar, él va a buscar revancha». Los temores de Silvia a que la violencia contra ella continuara estaban bien fundados. Honduras tiene las tasas de feminicidio más altas de América Latina (United Nations Sustainable Development Group, 2021), y Silvia había oído hablar de varias personas de su comunidad que habían desaparecido sin dejar rastro.
Aterrada por lo que el agresor pudiera hacer, Silvia huyó con sus hijos a través de las fronteras de Guatemala y México, como otras personas en situaciones de amenaza similares habían hecho antes. Tenía la esperanza de encontrar seguridad y protección en Estados Unidos. Para su consternación, y en lo que ella llama su pesadilla, al día siguiente de cruzar la frontera el gobierno se llevó a sus hijos y a ella la arrestaron. «No hice nada malo. Nunca le he hecho nada malo a nadie y me trataron como una criminal. Lo único que quería hacer era protegerlos». Silvia todavía recuerda vívidamente a su hija pequeña llorando y tendiéndole los brazos cuando un funcionario de inmigración se la llevó.
Mientras estuvo en detención migratoria, Silvia tenía dificultades para dormir y, cuando por fin conseguía conciliar el sueño, tenía pesadillas sobre circunstancias traumáticas pasadas y sobre el futuro de su familia. Sufría ataques de pánico y decía sentirse inquieta la mayor parte del tiempo. Contaba que pensaba lo peor y temía no volver a ver nunca a sus hijos. Cuando buscó apoyo en el personal del centro de detención y preguntó por el paradero de sus hijos, el personal se mostró desinformado e indiferente. Se sintió objeto de burla, incomprendida y sin nadie a quien recurrir en busca de ayuda.
Silvia fue deportada tras cinco meses de detención, y sus hijos se reunieron con su padre, que había emigrado antes a Estados Unidos. Aproximadamente tres años después de su deportación, en el marco del Grupo de Trabajo para la Reunificación de Familias de la administración Biden (Olivares, 2023), Silvia se reunió con sus hijos. A pesar de su alegría inicial, Silvia sintió que algo había cambiado drásticamente. «Ya no me quieren. Se alejan de mí y ya no me escuchan. Es como que ya no existo», contaba entre sollozos. Esta dolorosa desconexión la sumió en un profundo estado depresivo que incluía ideación suicida. Aunque por fin se había reunido con sus hijos, se sentía más sola que cuando estaban separados. Durante los años de separación, los hijos de Silvia habían crecido mucho, dominaban el inglés y habían desarrollado otros gustos en comida, ropa y aficiones. También habían creado un fuerte vínculo con su padre, que se convirtió para ellos en una fuente de apoyo y de orientación, y Silvia sentía que no podía identificarse con ellos. Sin embargo, más doloroso aún era el sentimiento de Silvia de ser rechazada por sus hijos. Este rechazo está ligado a los síntomas traumáticos de la descendencia, que la llevaron a percibirse abandonada. Se preguntaban qué había pasado, por qué ella no había estado a su lado y si había luchado por recuperarlos. A Silvia le costaba mucho asumirlo porque, a pesar de sus repetidos intentos de explicar a sus hijas que ella no tenía la culpa de la separación, se sentía incomprendida y herida por sus reacciones. Sus viejas heridas de la agresión sexual empezaron a abrirse de nuevo al recordar los motivos por los que había huido, pero no podía compartirlos por completo a causa de la vergüenza.
Algunas familias viven la clásica luna de miel que sigue a la reunificación. Este periodo de alegría se ve interrumpido cuando los factores de estrés acumulados de la separación y la reunificación se manifiestan en problemas psicosociales (Lu et al., 2020). Las figuras parentales separadas por la política de tolerancia cero refirieron que no lograban conectar con sus criaturas como antes, que empezaban a dudar de sus decisiones migratorias y que sentían una profunda tristeza cuando percibían el rechazo de sus hijas e hijos. Tras la reunificación, cuando encuentran dificultades para volver a conectar, pierden la esperanza de que la situación mejore, lo que conduce a una insuficiencia parental percibida y real. Se encuentran ante un dilema: intentan consolar a sus criaturas sin comprender con precisión qué les pasa, a la vez que tratan de explicar cómo se produjo la separación familiar, lo que puede reducir su capacidad de validar el dolor de la infancia porque están ocupándose de su propio sufrimiento. A menudo viven su dolor en soledad, sin nadie que pueda comprenderles. Tras la reunificación, madres y padres describen síntomas de estrés traumático y caracterizan a sus hijas e hijos como cambiados, desafiantes y distantes. La respuesta traumática de la infancia y su expresión (comportamientos verbales y no verbales) de irritabilidad e ira se interpretan como que son «malcriados». La capacidad de las figuras parentales para manejar su nueva situación repercute en su sentimiento de competencia. Sintiéndose sin esperanza y rechazadas, pueden dejar de intentar conectar con sus criaturas por un miedo inconsciente, y a veces consciente, al rechazo y a la frustración de que sus intentos no funcionen. Silvia dejó de intentarlo tras unos meses de tratar de conectar con sus hijos, porque sentía que sus esfuerzos eran inútiles por mucho que se empeñara. Dejó de abrazar, besar y estrechar a sus hijas, que también dejaron de intentarlo. Silvia recuerda que se sentía entre personas extrañas. Cuando se sintió incapaz de ejercer como madre, su autoestima se hizo añicos, lo que afectó a otros aspectos de su vida, entre ellos su capacidad de hacer nuevas amistades, por vergüenza y por miedo a ser juzgada si se enteraban de sus problemas familiares.
Aunque Silvia se sentía a menudo derrotada en sus primeros intentos de volver a conectar con sus hijos, en los momentos de pesar nunca dejó de rezar para pedir consuelo, guía y que la situación mejorara. Leía la Biblia todos los días y decía: «Esto me alimenta el espíritu y me ayuda en momentos difíciles». También se conectaba por videollamada con su madre en Honduras varias veces por semana. Estas fortalezas y acciones ayudaron a mitigar la depresión de Silvia.
Mientras ofrecía terapia individual a madres y padres que habían vivido la separación familiar forzada, empecé a identificar temas que surgían en esas sesiones. Las figuras parentales expresaban confusión ante los nuevos comportamientos de sus criaturas y tenían dificultades para comprenderlas y calmarlas mientras lidiaban con sus propias emociones ligadas a la experiencia de separación y reunificación. De las sesiones individuales surgieron varias preguntas centrales, entre ellas: «¿Qué hago para ayudar a mis hijos? ¿Cómo hago para que las cosas sean como antes? ¿Por qué no me entienden? ¿Por qué no me hacen caso y se alejan de mí?».
En el trasfondo de estas preguntas se cernían los efectos de la ruptura del apego, que se manifestaban en el retraimiento mutuo entre la infancia y las figuras parentales. El impacto de la ruptura del apego y la respuesta traumática del gobierno, que castigó las necesidades de seguridad, apoyo y refugio de las familias, llevaron a una disminución de la autoestima y a un sentido parental de sí frustrado. Las figuras parentales empezaron a sentir que habían fracasado en sus intentos de proteger a sus hijas e hijos y a dudar de su capacidad para manejar la situación en casa. Entre los abrumadores factores de estrés que supone ser una persona recién inmigrada y afrontar los efectos del trauma, tenían un acceso mermado a sus fortalezas internas, a sus cualidades y a su capacidad de sobrevivir a situaciones precarias. Además de atender las dificultades emocionales de madres y padres, vi la necesidad de ofrecer psicoeducación sobre el impacto traumático y sobre el apego de las separaciones. A pesar de algunos de los avances que observaba en la terapia individual, la magnitud del dolor de estas familias parecía merecer una respuesta fuerte y colectiva de personas con experiencias similares (gemelaridad), también deseosas de comprensión y de un reflejo especular de un sufrimiento, unas fortalezas y unas metas que nadie había reflejado.
Tras haber diseñado y llevado a cabo numerosos grupos terapéuticos para personas inmigrantes, como Emotions and Politics, un grupo en español para personas inmigrantes que sentían ansiedad por el clima político, y tras haber visto de primera mano el impacto positivo que tenía en las personas participantes estar en comunidad con otras afectadas por la misma cuestión, me propuse crear un grupo terapéutico para madres y padres centroamericanos a través de mi consulta comunitaria de salud mental. Los grupos han durado entre 8 y 12 sesiones semanales; son grupos cerrados que se reúnen virtualmente por Zoom y se facilitan en español, mi lengua materna y la lengua materna y elegida de las personas participantes. Para cada grupo se recluta a un máximo de 12 madres y padres. Los requisitos para participar en el grupo son: (a) haber vivido la separación de sus hijas e hijos, (b) haber vivido después la reunificación y (c) tener dificultades para conectar con ellos. No se exigía haber recibido terapia antes de incorporarse al grupo, pero algunas personas participantes habían recibido terapia individual.
Bajo el lema ¡Conéctate, Aprende y Sana con Mi Familia Unida!, el grupo se presenta a madres y padres como un espacio seguro para aprender estrategias para afrontar la transición de la reunificación, las emociones y las experiencias traumáticas derivadas de la separación familiar. Las ideas de temas surgieron de cuestiones observadas en las sesiones individuales y de temas sobre los que las familias expresaban querer aprender más. Las sesiones han abordado los siguientes temas: Orientación al grupo y finalidad, El trayecto migratorio como factor de estrés, Qué significa ser inmigrante, Psicoeducación sobre el trauma, Etapas del desarrollo infantil y trauma, Papel del apego en el desarrollo infantil, Estrategias de conexión y de construcción del apego, Lenguajes del amor, Estrategias de disciplina informadas sobre el trauma, Autocuidado parental, Orientarse en la escuela y en los recursos comunitarios, Reflexiones de cierre. Cada sesión incluye tres componentes terapéuticos: elaboración, psicoeducación y desarrollo de habilidades de afrontamiento.
Hasta la fecha, la mayoría de las personas participantes han sido madres de entre veinte y cuarenta y tantos años. He facilitado hasta ahora tres grupos terapéuticos para familias centroamericanas, dos de los cuales se basaron en los principios de la psicología del self.
Aunque tenía una lista de temas que, a mi juicio, respondía a las necesidades de madres y padres que veía surgir en mis sesiones individuales, el grupo que llevé a cabo en la primavera de 2022 me permitió ver más de cerca la profundidad de las heridas narcisistas4 de estas figuras parentales y sintonizar mejor con ella. A diferencia de otros grupos que había llevado, en los que la información y la validación habían parecido útiles a las personas participantes, esta metodología basada en la información no resonó en este nuevo grupo de madres y padres a quienes el gobierno había arrancado violentamente de sus hijos. La «psicoeducación» sobre los síntomas traumáticos de sus criaturas y sobre estrategias para ayudarlas a afrontarlos era difícil de aceptar cuando las propias figuras parentales tenían que ocuparse de sus decepciones, su rabia y su pérdida. Este enfoque psicoeducativo pudo ser una herida más infligida sobre sus heridas. También empecé a observar que las necesidades individuales quedaban en segundo plano frente a las necesidades del grupo en su conjunto. En ese momento decidí dejar a un lado mi lista de temas y responder al grupo a medida que los temas surgían de manera orgánica en las sesiones, desde la óptica de la psicología del self, una teoría en la que estaba profundizando. Madres y padres necesitaban conexión y una sintonía empática mayor para sentir que se les veía, se les escuchaba y se les comprendía, antes que información y herramientas. En aquel momento, sus sentimientos necesitaban resonancia, no soluciones. El énfasis de la teoría en la sintonía empática hizo de mi nueva orientación teórica para los grupos algo natural.
En The Restoration of the Self, Heinz Kohut, pionero de la psicología del self, una teoría que subraya el papel de la empatía en el desarrollo y el mantenimiento de un self cohesivo, afirmó que un bebé nace poderoso gracias a un medio de respuestas empáticas (Kohut, 1977). Thomas Kohut, que amplió la obra de su padre en psicología del self, subraya el papel del entorno externo en la formación de la psique. Plantea que el self es producto de la internalización de las respuestas del entorno (Kohut, 2023).
Kohut planteó que el self en desarrollo de una persona, o el sentimiento del «yo», se forma gracias a la sintonía empática de otras personas con sus necesidades emergentes (Harwood & Pines, 1998). Kohut y Wolf (1978) conceptualizaron además un self sano como un self cohesivo, vibrante, creativo y amoroso, que experimenta vigor, armonía interior y autoestima: un self que permanece estable incluso frente a las amenazas a la propia identidad. El self cohesivo se desarrolla y se mantiene mediante la sintonía empática con tres polos que interactúan, lo que Kohut postuló como el self tripolar, cuyas necesidades psíquicas satisfacen otras personas y el entorno, considerados objetos del self (Kohut & Wolf, 1978). Estas necesidades son: el reflejo especular de la vitalidad, la grandeza, la perfección y los talentos; la idealización de otras personas consideradas fuertes, tranquilizadoras y admirables; y las necesidades de gemelaridad, de encontrar semejanza y compañerismo con los demás. Kohut consideraba estas necesidades como necesidades narcisistas sanas, inherentes a todo ser humano, que se vuelven patológicas cuando los demás no sintonizan lo suficiente con las necesidades de objeto del self, lo que lleva a las personas a seguir excesivamente investidas en sí mismas (Kohut & Wolf, 1978).
Aunque las experiencias de objeto del self las facilitan en un principio madres, padres, personas cuidadoras y un entorno de cuidado, las necesidades de objeto del self son continuamente atendidas, satisfechas y frustradas por otras personas y por el entorno externo a lo largo de toda la vida. Según Kohut, un objeto del self cumple una función particular en la satisfacción de las necesidades de los demás y representa la experiencia que una persona tiene de otra, que pasa a formar parte del self y es tan vital como el oxígeno (Kohut, 1984). Al sintetizar la definición de Kohut de los objetos del self, Melano Flanagan (2016) resumió que un objeto del self puede ser cualquier cosa del mundo exterior que proporcione alimento psicológico, incluidas la cultura, el arte, la religión y la política. Harwood y Pines (1998) desarrollaron este concepto y señalaron que las nociones de cultura, política, religión y circunstancias históricas deben considerarse constitutivas del self individual.
Necesidad crítica de objeto del self, la imago parental idealizada o función de objeto del self idealizado la internaliza la criatura mediante la internalización transmutadora, es decir, la incorporación de la función que aporta la sensación de seguridad, calma, competencia y omnipotencia de la figura idealizada, que se convierte en capacidades propias de la persona (Goldstein, 2001).
El arrullo de una madre cumple la función de consolar a un bebé que llora, que se siente a salvo y atendido gracias a sus cuidados. El bebé internaliza esta sensación de calma y de consuelo y, con el tiempo, aprende a calmarse por sí mismo. En la edad adulta, los objetos del self pueden adoptar la forma de relaciones cercanas, del trabajo, de aficiones y de actividades que aportan una sensación de plenitud, de consuelo y de valía personal.
La firme concepción del desarrollo como un continuo que sostiene la psicología del self (Harwood, 1992), y el hecho de que amplíe a otras personas además de madres, padres o personas cuidadoras —mentores, docentes, amistades, familiares o la propia comunidad— la influencia en la formación del self, multiplican las oportunidades de recibir el reflejo especular necesario, la idealización de otras personas y la gemelaridad, aportes que en esta teoría son un indicador de salud y el centro del desarrollo psicológico. La interconexión del self con las experiencias y las respuestas de los demás hace que este sentido del nosotros sea culturalmente pertinente en el trabajo con la población centroamericana, que sostiene, entre otros valores culturales, el familismo (importancia de la familia y de la comunidad) y el personalismo (importancia de las relaciones) (Añez et al., 2005), importantes factores de protección que se han vinculado a una salud mental positiva.
Kohut acuñó la expresión hombre trágico para designar un self que refleja ambiciones no reflejadas especularmente, un self muy triste y sufriente (Goldstein, 2001). En psicología del self, los trastornos afectivos, como la ansiedad y la depresión que viven las madres y los padres centroamericanos, se consideran resultado de un patrón de fallos empáticos hacia el self tripolar. La falta de reflejo especular obstaculiza el desarrollo de metas y ambiciones sanas. Las necesidades de idealización no satisfechas merman las oportunidades de fusionarse con otra persona tranquilizadora, fuerte y admirable, y pueden afectar a la capacidad de calmarse, lo que deja a la persona con una sensación de agotamiento y vacío. La falta de gemelaridad puede llevar a sentimientos de aislamiento y soledad. En psicología del self, la ansiedad se vive como angustia de desintegración, una amenaza de disolución o pérdida del self (Rowe & Mac Isaac, 2000). La falta de sintonía empática y de capacidad de respuesta de los demás conduce a vulnerabilidades narcisistas, que se movilizan ante la decepción, el rechazo, la incomprensión, la crítica, la falta de reconocimiento, las heridas traumáticas y otros fallos del entorno (Melano Flanagan, 2016).
Kohut y Wolf (1978) formularon varios tipos de transferencias ligadas a necesidades de objeto del self no satisfechas, en las que las personas proyectan en otras sus emociones, expectativas y necesidades de desarrollo pasadas. En terapia, estas transferencias de objeto del self pueden ayudar a reavivar y reparar necesidades tempranas no satisfechas de reflejo especular, idealización y gemelaridad mediante la sintonía empática y las respuestas óptimas de la persona terapeuta. Este proceso refuerza la estructura del self de la persona consultante y se produce en interacciones y relaciones fuera de la terapia. Además, Goldstein (2001) plantea que los fallos empáticos de quien ejerce la terapia provocan rupturas de la transferencia, y recomienda una actitud de autoexamen para comprender las razones de la falta de sintonía con la persona consultante, por ejemplo, examinando los propios sentimientos contratransferenciales. En psicología del self, la contratransferencia se entiende como las vulnerabilidades de la persona terapeuta que provienen de sus propias necesidades de objeto del self y que se exacerban al trabajar con una persona consultante concreta.
Las figuras parentales y las personas cuidadoras incapaces de satisfacer las necesidades de objeto del self de sus criaturas pueden haber sufrido o estar sufriendo carencias de objeto del self, o pueden verse afectadas por factores de estrés actuales que las obligan a replegarse para satisfacer sus propias necesidades narcisistas, lo que dificulta satisfacer las necesidades de otra persona o sintonizar con ellas. En los grupos de apoyo, sus integrantes pueden transferir sus necesidades psicológicas frustradas a otras personas del grupo o a quien ejerce la terapia a través de transferencias.
Aunque Kohut no se centró en el trabajo grupal hasta que empezó a explorarlo al final de su vida, aludió en sus escritos a la influencia de lo social y acabó llamando la atención sobre el self grupal. Kohut abordó por primera vez el self grupal en 1976 en su artículo «Creativeness, Charisma, and Group Psychology: Reflections on the Self-Analysis of Freud» (Karterud & Stone, 2003). En este artículo fundamental, Kohut planteó que, cuando las personas forman parte de grupos, su individualidad disminuye para dejar espacio a un self grupal o sentido de sí del grupo. Kohut teorizó que un self grupal representa las ambiciones y los ideales centrales del grupo y explica la continuidad y la cohesión del grupo (Karterud & Stone, 2003).
Varias personas terapeutas e investigadoras orientadas por la psicología del self, entre ellas Rosemary Segalla (2021) e Irene Harwood (1992), han desarrollado los conceptos de la psicología del self para integrarlos en el trabajo terapéutico grupal. La literatura sobre psicología del self y grupos sugiere que, en la terapia de grupo, se considera a las personas como constituidas a partir de una red de otras personas, de cuyas aportaciones y de cuyo entorno obtienen un sentido de identidad personal (Harwood & Pines, 1998). Cada integrante del grupo influye en los demás, y sus necesidades, metas y deseos se interconectan hasta convertirse en las ambiciones y en el sentido de sí del grupo. Schermer (2000), que también llamó la atención sobre la formación de un self grupal y subrayó las necesidades colectivas que surgen en el grupo, plantea que, si el grupo tiene un self, este self dispone de un conjunto de funciones destinadas a mantener la cohesión y la integración del self grupal, a fomentar la iniciativa del grupo y a orientar sus metas.
El proceso grupal lo facilita activamente la persona terapeuta del grupo, que mediante respuestas transferenciales satisface las necesidades de objeto del self de las personas participantes. Sin embargo, a diferencia de la terapia individual, las experiencias y necesidades intrapsíquicas van más allá de las necesidades individuales e incluyen la experiencia intrapsíquica del grupo (Segalla, 1998). Reconociendo las múltiples necesidades de objeto del self que surgen en los grupos terapéuticos, Segalla (2021) acuñó la expresión necesidades de objeto grupal. Las necesidades de objeto grupal reconocen también las distintas funciones que sostienen la organización del self grupal (Segalla, 1998, citado en Karterud, 1998).
La potencia de los grupos reside en las respuestas y en los intercambios transferenciales que sus integrantes se brindan mutuamente, en lo que el grupo representa y en la manera en que el grupo puede internalizarse como una fuerza positiva que se integra como parte del self, lo que permite nuevos principios organizadores. Planteo como hipótesis que, para las madres y los padres centroamericanos, el grupo simboliza un colectivo del que se puede extraer fuerza y seguridad, semejante a la familia, a los grupos y a las comunidades a los que pertenecían y a los que recurrían en busca de apoyo en sus países de origen.
Al satisfacer las necesidades de gemelaridad (semejanza), reflejo especular e idealización, los grupos terapéuticos orientados por la psicología del self ofrecen oportunidades múltiples y continuas de interacciones reparadoras entre participantes y terapeuta, y entre participantes, que contribuyen a restaurar el self cohesivo a la vez que fomentan la comunidad. En los grupos terapéuticos, el self grupal y las necesidades de objeto grupal tienen prioridad sobre el self y las necesidades individuales (Karterud, 1998). A medida que se activan los objetos grupales, la persona facilitadora y las personas integrantes del grupo satisfacen estas necesidades mediante respuestas transferenciales. Como las necesidades de objeto grupal se activan constantemente, quien facilita puede frustrar sin querer su satisfacción. Sin embargo, estas frustraciones pueden ser subsanadas por las demás personas del grupo y no solo por quien ejerce la terapia. Aunque la persona terapeuta del grupo debe permanecer atenta a las múltiples necesidades que surgen, también cumple otra función: modelar respuestas empáticas, invitando así de forma vicaria a las personas participantes a responderse mutuamente del mismo modo. Segalla (2021) afirmó que quienes integran el grupo internalizan gradualmente la capacidad de empatía a lo largo de la vida del grupo. Recurriendo a la analogía de la dirección de orquesta, Paparo (1984), citado en Paparo y Nebbiosi (1998), sugiere que quien facilita el grupo (quien dirige la orquesta) «cataliza y mantiene una atmósfera que permite la movilización y la elaboración de las necesidades de objeto del self» (p. 71).
La entrada traumática de Silvia en Estados Unidos, la respuesta agresiva de un gobierno al que había acudido en busca de ayuda y el rechazo de sus hijos como consecuencia de la ruptura del apego dieron lugar a una vulnerabilidad narcisista que afectó a su sentimiento de capacidad como madre. Tras unos meses de terapia individual, Silvia decidió incorporarse a mi grupo de apoyo. La primera sensación de Silvia de estar en un entorno acogedor surgió cuando otras personas del grupo empezaron a hablar de los platos tradicionales de sus respectivos países que les gustaba comer. Su lenguaje no verbal y su afecto dejaban entrever sorpresa y bienestar. Las conversaciones sobre temas más ligeros crearon un entorno seguro y estable para adentrarse en sus experiencias traumáticas. Durante las sesiones, observaba en silencio cómo otras personas narraban sus experiencias. La primera mención de la palabra «separación» desencadenó el dolor y las lágrimas de madres y padres, y Silvia se identificó rápidamente con la frustración, la tristeza y las preocupaciones de las demás personas del grupo, y empezó a participar y a compartir sus experiencias. «Pensé que yo era la única que se sentía así». Togashi y Kottler (2015) afirman que el trauma conduce a una profunda necesidad de semejanza. Aunque al principio parecían tímidas y cautelosas, Silvia y las demás personas encontraron mucha camaradería en sus experiencias como centroamericanas y en lo que tenían en común, incluidos los motivos de su huida y la esperanza en el futuro.
En este grupo de apoyo, contar con participantes de la misma zona geográfica que habían vivido experiencias traumáticas similares y que tenían también aspiraciones similares generó cercanía, pertenencia y un sentimiento de identidad compartida. En un momento de las sesiones, el self grupal empezó a ver la luz cuando una participante pronunció «Somos fuertes», vinculando sus fortalezas a las de las demás personas del grupo y a las del grupo en su conjunto. También había elementos de gemelaridad entre las personas participantes y yo. Como personas centroamericanas nacidas en Honduras, hablábamos la misma lengua, disfrutábamos mucho encontrando en nuestra zona comidas centroamericanas reconfortantes y sabíamos lo que es dejar el propio país y separarse de los seres queridos. Aunque los grupos se centraban en las experiencias de las personas participantes, mi conexión con ellas como inmigrante y mi propia experiencia de separación familiar me aportaron valiosos sentimientos contratransferenciales a través de los cuales podía acceder a su sentimiento de pérdida. A veces creía saber exactamente cómo se sentían quienes integraban el grupo y tenía muchas ganas de validarles. Sin embargo, el impulso que sentía en el cuerpo de querer que supieran de inmediato que comprendía sus experiencias era también una señal de que necesitaba detenerme y comprender mis impulsos a partir de mis propias necesidades de mostrar más comprensión y más empatía que el gobierno. Reconocer estos sentimientos contratransferenciales me permitió dejar a un lado mis propios deseos y sintonizar mejor con lo que las personas participantes necesitaban en ese momento.
Durante las sesiones de grupo, Silvia empezó a sentirse más cómoda para compartir lo difícil que le resultaba conectar con sus hijos y su creciente sentimiento de fracaso por ello. En nuestras sesiones individuales, su vergüenza por la relación rota era palpable.
Silvia solía taparse la cara cuando hablaba de lo difícil que había sido todo con sus hijas, pero en el grupo habló con valentía, descubriendo su rostro y permitiéndose ser vista. Las personas participantes enseguida intervinieron para consolar a Silvia, contaron sus propias experiencias de intentos fallidos con sus hijas e hijos y le ofrecieron recomendaciones. Silvia vio su dolor reflejado y aceptado a través de los relatos de otras personas participantes. Incluso cuando el grupo no siempre validaba directamente sus experiencias, sus relatos similares bastaban por sí solos para ofrecer un espejo en el que Silvia podía verse reflejada. Ya no tenía que esconderse. Quizá en la terapia individual, a través de la activación de la transferencia, Silvia sentía inconscientemente presión por mi parte para hacer las cosas bien, una presión que sentía de su madre, que la consolaba a través de las fronteras por WhatsApp. Sin embargo, entre iguales con las mismas experiencias vividas, la presión por obtener resultados pareció disminuir. Las respuestas empáticas de las personas participantes a las dificultades de Silvia y su convicción de que podría volver a conectar con sus hijos, como ella aspiraba, avivaron su sentimiento de capacidad. Silvia acudía con entusiasmo semana tras semana y compartía cada vez un intento distinto de reparar la relación con sus hijas. «Ya vienen a donde mí para preguntarme consejos». Bacal (1985) y Stern (1985), citados en Jackson (1994), sugieren que las respuestas empáticas atenúan el afecto doloroso y ayudan a reaccionar ante estados cohesivos preexistentes.
Si se considera que un objeto del self puede ser cualquier cosa del mundo exterior que sirva de alimento psicológico, incluidas la cultura, el arte, la religión y la política, entonces, por las expectativas que madres y padres inmigrantes tenían sobre la forma en que el gobierno estadounidense les apoyaría, este sistema cumplió la función de una imago parental idealizada, pero fracasó en sus funciones de prestar ayuda, consuelo y sensación de seguridad. En lugar de ello, las familias centroamericanas sufrieron el deplorable castigo de la separación familiar, el encarcelamiento y el abandono por parte de una nación que se ha inmiscuido en los asuntos de sus países, pero que no supo responder humanamente a las crecientes necesidades de las personas solicitantes de asilo. Para algunas de las figuras parentales con las que trabajé, el trato del gobierno estadounidense activó la transferencia de su experiencia con un gobierno indiferente en sus países de origen, que no las protegió del daño. Jackson (1994) sugirió que los fallos de la imago parental idealizada conducen a un self débil y fragmentado, y que, a través de la experiencia vicaria de la vitalidad y la fuerza del grupo, el self individual debilitado de las personas participantes se fortalece. Las personas participantes vivieron el grupo en su conjunto como una imago parental idealizada tranquilizadora, empática y validante.
Aunque es esencial satisfacer todas las necesidades de objeto del self para aportar beneficios psicológicos específicos, sostengo que en el trabajo grupal con madres y padres solicitantes de asilo, las funciones de fuerza, seguridad y calma que ofrece la imago parental idealizada (quien facilita, las personas participantes, el grupo en su conjunto) son esenciales para la autorregulación y la reparación del self parental cohesivo. Cuando estas funciones son objeto de una internalización transmutadora como parte del self (por ejemplo, somos fuertes, estamos a salvo), aportan recursos internos y externos a los que las figuras parentales inmigrantes pueden recurrir cuando se sienten solas, inseguras y necesitadas de apoyo. Durante una sesión, una de las madres contó cómo había pensado en el grupo y en sus integrantes cuando le daba miedo empezar un nuevo trabajo: «Pensé, todos estamos pasando por lo mismo. Si todas hemos podido llegar aquí y sobrepasar lo que hemos vivido, yo puedo hacer esto». Esta participante pudo acceder a la fuerza del grupo y conectar con ella como si fuera propia. Recordó las afirmaciones que le habían brindado las demás personas del grupo y que acabaron convirtiéndose en sus propias afirmaciones. Pudo fusionarse con la omnipotencia del grupo e internalizar finalmente ese poder como propio.
Como recurso externo, madres y padres del último grupo que llevé empezaron a conectar fuera del grupo, compartiendo recursos y consejos y entablando amistades. Paparo y Nebbiosi (1998) afirman que, entre las experiencias poderosas de formar parte de un grupo, está la intensidad con la que los grupos regulan los estados afectivos de sus integrantes. El self de Silvia, privado de reflejo especular y reminiscente del hombre trágico de Kohut, se envalentonó y se llenó de esperanza y de posibilidades a través de las fortalezas, las ambiciones y las metas compartidas del grupo. Silvia trabaja ahora, asiste a clases de inglés, acude a una iglesia local donde ha hecho algunas amistades y sigue con valentía intentando fortalecer los lazos con sus hijos hacia una familia unida.
Ante una demanda creciente de servicios de salud mental culturalmente informados, la terapia de grupo puede salvar la brecha de servicios y encarnar una respuesta culturalmente sensible, ya que puede estar en sintonía con culturas interconectadas que dan prioridad a los grupos, a la familia y a los círculos de amistad. Los grupos de apoyo terapéutico ofrecen también una plataforma para romper el ciclo de silencio y estigma que suele acompañar al trauma histórico (Ortega-Williams et al., 2021), y permiten a las personas afrontar y elaborar su dolor de forma colectiva. Los grupos orientados por la psicología del self, en particular, ofrecen múltiples oportunidades de reparación y pueden fomentar un sentimiento de comunidad y la internalización de la fuerza y de los beneficios de apoyo de un colectivo. Esta internalización transmutadora de la seguridad y la fuerza colectivas puede ser especialmente beneficiosa para las personas inmigrantes recién llegadas, que pueden vivir aislamiento debido a experiencias migratorias traumáticas y a una acogida frustrante en su nuevo país. Los grupos orientados por la psicología del self están también en una posición privilegiada para ofrecer una atención informada sobre el trauma, ya que ambos enfoques reconocen la importancia de la seguridad, la colaboración y la sintonía empática. El reflejo especular grupal puede ser especialmente útil para abordar los sentimientos de vergüenza y aislamiento que a menudo acompañan al trauma, reforzando la conexión y promoviendo un entorno de apoyo.
Al trabajar con personas solicitantes de asilo con un trauma preexistente, es fundamental tener en cuenta no solo las pérdidas y el estrés traumático asociados a la huida de sus países de origen y a su trayecto migratorio; igual de importante es reconocer las repercusiones de las pérdidas y de las expectativas frustradas al migrar, unidas a nuevas experiencias traumáticas. Esto incluye las interacciones con sistemas y organismos gubernamentales que pueden activar vulnerabilidades narcisistas y afectar al self cohesivo.
Llevar a cabo una terapia de grupo requiere tener en cuenta la composición del grupo, su tamaño y las experiencias pertinentes de sus integrantes. Las personas participantes del último grupo de apoyo que facilité para madres y padres solicitantes de asilo se encontraban en distintas etapas de su proceso de sanación y tenían distintos grados de implicación en sistemas de apoyo de base cultural, como las redes eclesiales. Aunque no era requisito para incorporarse al grupo haber recibido apoyo terapéutico previo ni llevar cierto tiempo en Estados Unidos, contar con integrantes con experiencias diversas pero pertinentes enriqueció la comprensión y el aprendizaje de todas las personas participantes. En concreto, la presencia de personas más avanzadas en su proceso de sanación o más integradas en sus nuevas comunidades reforzó el reflejo especular y la dinámica del grupo.
Según mi experiencia de trabajo por vídeo con grupos grandes y pequeños de personas solicitantes de asilo con experiencias traumáticas, los grupos más pequeños, con una media de 6 a 8 personas, permitían una mayor sensación de seguridad y más intercambio y elaboración que los grupos más grandes. Por tanto, los grupos más pequeños pueden ofrecer más oportunidades de sintonía empática con las necesidades de objeto grupal en curso y pueden reducir la frustración empática que puede surgir en grupos más grandes. Al facilitar sesiones de grupo por vídeo, es esencial tener en cuenta las limitaciones y las posibilidades inherentes al uso de la tecnología, respetando siempre las directrices establecidas. En mis grupos utilicé la función de chat de Zoom, lo que permitía a las personas participantes comunicar sus experiencias por escrito si les costaba verbalizarlas. Este recurso recibió comentarios positivos, lo que subraya el valor de ofrecer distintas vías para compartir y reforzar la relación. No obstante, cabe señalar que nuestras sesiones por vídeo tropezaron con limitaciones, derivadas sobre todo de problemas de conexión de las personas participantes. Estas interrupciones dificultaron en ocasiones la sintonía general entre participantes.
Aunque este artículo se ha centrado principalmente en las dificultades psicológicas a las que se enfrentan madres y padres centroamericanos en relación con la separación y la reunificación familiar, es esencial reconocer que existen complejidades adicionales, como las dinámicas de grupo, que deben tenerse en cuenta al facilitar grupos. Las dinámicas de grupo abarcan una serie de factores, como los patrones de comunicación, las dinámicas de poder, los orígenes culturales y los roles individuales dentro del grupo. Estos elementos influyen de manera significativa en la forma en que el grupo interactúa y avanza.
Además, quienes facilitan grupos deben prestar atención a los posibles conflictos, a las necesidades individuales y al clima general del grupo. Crear un entorno seguro e inclusivo, promover la participación activa y fomentar una comunicación eficaz son aspectos fundamentales para garantizar una experiencia grupal positiva.
Por último, en consonancia con un enfoque basado en las fortalezas, profesionales del trabajo social, terapeutas y demás profesionales de la salud mental que trabajan con familias solicitantes de asilo deberían integrar de forma proactiva la evaluación de las fortalezas e incorporar estos atributos al tejido de sus estrategias de intervención. A pesar de los retos y obstáculos internos y externos a los que se enfrentan las personas inmigrantes en la búsqueda de sus metas y sueños, el proceso migratorio está marcado también por la esperanza, la determinación y las fortalezas de quienes lo emprenden, como ilustra el caso compuesto. Como se ha señalado, las personas inmigrantes suelen dejar atrás entornos familiares, redes de apoyo y contextos culturales para emprender un trayecto lleno de incertidumbres y de ajustes. Ya sea por aspiraciones económicas o por la búsqueda de seguridad, la decisión de migrar exige un nivel profundo de valentía. Este optimismo y esta determinación permiten a menudo a las personas inmigrantes orientarse en entornos desconocidos y contribuir de manera significativa a sus nuevas comunidades.
Desde la aparición de los grupos terapéuticos en la década de 1940, se ha demostrado que los grupos ofrecen resultados terapéuticos equivalentes a los de la terapia individual (Yalom & Leszcz, 2020). Sin embargo, las instituciones educativas y de formación ofrecen pocas oportunidades de aprendizaje del trabajo de terapia grupal. Con una demanda creciente de servicios terapéuticos, las instituciones educativas deben dar prioridad a la formación en trabajo grupal para preparar adecuadamente a quienes ejercen la psicoterapia. Además, ampliar los estudios psicodinámicos en los programas de máster es fundamental para que el alumnado esté mejor preparado para profundizar en el intrincado funcionamiento inconsciente de la mente y abordar eficazmente las cuestiones de transferencia y contratransferencia, inherentes a toda labor clínica y centrales en la exploración de las dinámicas de grupo en el trabajo con personas inmigrantes. Profesionales del trabajo social, terapeutas y demás profesionales de la salud mental que deseen facilitar grupos deberían también buscar supervisión o consulta y asistir a las formaciones existentes, o recurrir a la abundante literatura sobre grupos en busca de orientación y conocimiento.
La investigación futura sobre el impacto de la separación familiar forzada debería explorar el impacto a largo plazo en el apego entre figuras parentales e infancia y el efecto de los factores de estrés biopsicosociales externos en el proceso de reconstrucción de ese apego. Aunque este artículo se ha centrado en explorar los aspectos traumáticos de las experiencias de separación familiar forzada y las respuestas de salud mental de madres y padres, la investigación futura debería explorar las fortalezas de las familias, su resiliencia y su crecimiento postraumático mediante marcos como el de trauma histórico-crecimiento postraumático. Para seguir comprendiendo las experiencias de las personas solicitantes de asilo y ofrecer apoyo grupal desde una óptica psicodinámica, la exploración futura puede incluir el examen de la terapia de grupo a través de la teoría de la psicología del self intersubjetiva, para explorar la influencia de las subjetividades de quienes integran el grupo y de su terapeuta en la cocreación de la experiencia terapéutica y de la sanación.
La política de tolerancia cero es una de las muchas políticas gubernamentales nocivas que socavan el bienestar físico y psicológico de las personas inmigrantes. Dado el considerable impacto de los factores sociopolíticos en la psique, es primordial que quienes prestan servicios de salud mental se mantengan al corriente de las nuevas políticas migratorias que puedan provocar una respuesta traumática. Las políticas que socavan el derecho de las personas solicitantes de asilo a pedir asilo, como la separación familiar forzada o la detención de familias, deben abordarse y cuestionarse para mitigar sus efectos nocivos en la salud mental de la población inmigrante. Como comunidad de salud mental, es esencial no solo responder con servicios, sino defender los derechos de las personas solicitantes de asilo y comprometerse con el análisis crítico y el activismo para cuestionar estas políticas y promover prácticas migratorias más humanas y justas.
Las madres y los padres centroamericanos solicitantes de asilo separados en el marco de la política de tolerancia cero han soportado un dolor y un malestar psicológico considerables, incluido el trauma, como consecuencia de la separación forzada dirigida por el gobierno y de la posterior reunificación con sus hijas e hijos. Es necesario prestar más atención al impacto de la separación en las figuras parentales para atender adecuadamente sus cicatrices psicológicas. Sus profundas heridas exigen intervenciones acordes con su familiaridad cultural e informadas sobre el trauma, que ofrezcan validación, vías de elaboración y oportunidades de internalizar los aspectos positivos de un colectivo tras una acogida traumatizante en Estados Unidos. Reconocer la conexión inherente de las personas con grupos como la familia y la comunidad, en los que la identidad colectiva influye en la identidad personal, pone de relieve el potencial de la terapia de grupo para las personas solicitantes de asilo marcadas por experiencias traumáticas que alteraron la cohesión de su self.
Al ofrecer un entorno seguro y de apoyo y la alquimia de los relatos compartidos, de las conexiones empáticas y de la afirmación de una experiencia colectiva, los grupos terapéuticos orientados por la psicología del self, en particular, pueden facilitar la reconstrucción del sentido de identidad propia y de pertenencia.
Además, la sinergia entre los principios de la psicología del self y el encuadre de la terapia de grupo resuena profundamente con los complejos desafíos a los que a menudo se enfrentan las personas solicitantes de asilo. El énfasis de la psicología del self en la empatía, el reflejo especular, la gemelaridad, la idealización y la internalización transmutadora se ajusta de forma natural a algunas de las necesidades de sanación fundamentales de madres y padres solicitantes de asilo. Para las madres y los padres centroamericanos cuyo self cohesivo ha sufrido un golpe, la internalización transmutadora del grupo de apoyo puede simbolizar una fuerza y una seguridad semejantes a las de la familia o la comunidad, que representan valores culturales familiares.
Profesionales del trabajo social, terapeutas y demás profesionales de la salud mental que deseen poner en marcha grupos basados en la psicología del self pueden familiarizarse con la abundante literatura sobre la psicología del self y su extensión a los grupos, y buscar consulta y supervisión cuando sea necesario. Apoyar a las familias solicitantes de asilo va más allá de una respuesta clínica. Se anima a profesionales del trabajo social, terapeutas y demás profesionales de la salud mental a comprometerse con la justicia social para desmantelar los sistemas opresivos, defender políticas justas e informadas sobre el trauma y movilizar a las comunidades.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo tiene el mérito de situar al Estado dentro del sistema: la separación forzada no es solo un acontecimiento vital, es una decisión política que se inscribe en la relación entre progenitores e infancia, hasta en el rechazo que Silvia lee en sus hijas. El hallazgo clínico más útil es probablemente el fracaso de la psicoeducación: explicar el trauma de sus criaturas a madres y padres ya heridos añadía otra herida; primero tenía que llegar la resonancia, y fue el grupo, más que la persona terapeuta, quien la ofreció. Para la práctica sistémica, dos pistas: pensar el grupo como una familia extensa sustitutiva que devuelve a madres y padres un sentimiento de competencia, y trabajar la reunificación como una redistribución de posiciones y lealtades (el padre que ya estaba en Estados Unidos, el idioma, los nuevos gustos de la infancia), no solo como una cuestión de apego. Limitaciones: un caso compuesto, una única perspectiva clínica, además comprometida, ninguna evaluación formal, y una infancia que no tiene voz. Para leer junto con el artículo sobre Padres Ayudando a Padres, una intervención construida con madres y padres centroamericanos, y el artículo sobre migración, pérdida ambigua y rituales.
Notas del original
1 Dominguez (2022) describe el trauma sistémico infligido a las personas solicitantes de asilo como intentos orquestados de causar daño a grupos específicos en distintos ámbitos, instituciones y administraciones políticas.
2 La expresión inmigrante no autorizado, también conocida como inmigrante indocumentado, designa a la persona inmigrante que entra en el país sin la documentación exigida por las leyes de inmigración de ese país (Capps et al., 2020).
3 Los factores de expulsión son las condiciones o circunstancias del país de origen de una persona que la impulsan a marcharse. Los factores de atracción son las condiciones de un país de destino que animan a las personas a trasladarse a él (Rosenblum & Brick, 2011).
4 En psicología del self, las heridas narcisistas designan situaciones o experiencias que provocan una alteración o un daño en el sentimiento de valía personal y en la autoestima de una persona (Kohut, 2013).
Agradecimientos. Siento una profunda admiración por las familias centroamericanas que fueron separadas por la política de Tolerancia Cero. A pesar de haber soportado un trauma y un dolor inmensos, estas familias muestran una fuerza, una valentía, una determinación, una fe y una esperanza inquebrantables. Quiero expresar mi gratitud a colegas y personas mentoras que me brindaron un apoyo esencial durante la redacción de este artículo. Un agradecimiento especial a quien dirigió mi investigación, Dr. Ora Nakash, por su orientación excepcional, sus ideas y su apoyo inquebrantable. Quiero dar las gracias también a mi supervisora clínica, la Dra. Lourdes Mattei, y a mi querida tutora académica, la difunta Dra. Maria Oliva, por sus comentarios alentadores y sus valiosas ideas, que han influido en mi pensamiento en la práctica clínica y en la investigación. Agradezco también profundamente a las personas integrantes de ALIVE, el laboratorio de investigación de mis prácticas dirigido por Dr. German Cadenas, a mi grupo de mentoría y de escritura, y a mi cohorte de Health Policy Research Fellows y a mi coach, Dr. Gabriela Gonzalez-Barajas, su apoyo, su gemelaridad y su reflejo especular.
Conflicto de intereses. La autoría declara que no existe ningún conflicto de intereses.
Referencias
Akhtar, S. (1999). Immigration and identity: Turmoil, treatment, and transformation. Jason Aronson.
American Civil Liberties Union (2019). Trump’s family separation crisis: A step-by-step guide. https://www.aclu.org/issues/family-separation.
Añez, L. M., Paris Jr, M., Bedregal, L. E., Davidson, L., & Grilo, C. M. (2005). Application of cultural constructs in the care of first generation latino clients in a community mental health setting. Journal of Psychiatric Practice, 11(4), 221–230.
Arreaga, F. (2022). The moral and legal obligation to provide justice and restitution to forcibly separated families. Georgetown Immigration Law Review.
Babich, E., & Batalova, J. (2021). Central American immigrants in the United States. Migration Information Source.
Bacal, H. A. (1985). Object-relations in the group from the perspective of self psychology. International Journal of Group Psychotherapy, 35(4), 483–501.
Baker, J. R., & Timm, A. M. (2020). Zero-Tolerance: The Trump administration’s human rights violations against migrants on the southern border. Drexel L Rev, 13, 581.
Baranauskas, A. J., & Stowell, J. I. (2022). Perceptions of immigrants as a criminal threat: The role of negative affect and ethnocentrism. Race and Justice.
Bier, D. J. (2022). Processing backlogs in the US Immigration system. Describing the scale of the problem.
Burrison, J. (2007). American Indian boarding schools: An exploration of global, ethnohistorical, and critical themes. University of Nebraska Press.
Bruzzone, M. (2021). How the “Zero Tolerance” family separation policy harmed children and families.
Capps, R., Gelatt, J., Ruiz Soto, A. G., & Van Hook, J. (2020). Unauthorized immigrants in the United States. Migration Policy Institute.https://www.migrationpolicy.org/sites/default/files/publications/mpi-unauthorized-immigrants-stablenumbers-changingorigins_final.pdf.
Cheatham, A., & Roy, D. (2020, October 29). U.S. detention of child migrants. Council on Foreign Relations. https://www.cfr.org/backgrounder/us-detention-child-migrants.
Cerdeña, J. P., Rivera, L. M., & Spak, J. M. (2021). Intergenerational trauma in Latinxs: A scoping review. Social Science & Medicine, 270.
Chin, A., & Cortes, K. E. (2015). The refugee/asylum seeker. In Handbook of the economics of internationalmigration (Vol. 1, pp. 585–658). North-Holland.
Cohen, J. A., & Mannarino, A. P. (2019). Trauma-focused cognitive behavioral therapy for childhood traumatic separation. Child Abuse & Neglect, 92, 179–195. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2019.03.006.
Courtney, J. (2010). The civil war that was fought by children: Understanding the role of child combatants in El Salvador’s civil war, 1980–1992. Journal of Military History, 74(2).
Curtin, P. D. (2017). The Atlantic slave trade: A census. University of Wisconsin Press.
D’Haeseleer, B. (2017). The Salvadoran crucible: The failure of US Counterinsurgency in El Salvador, 1979–1992. University Press of Kansas.
Dalgaard, N. T., Todd, B. K., Daniel, S. I., & Montgomery, E. (2016). The transmission of trauma in refugee families: Associations between intra-family trauma communication style, children’s attachment security and psychosocial adjustment. Attachment & Human Development, 18(1), 69–89.
de la Peña, C. M., Pineda, L., & Punsky, B. (2019). Working with parents and children separated at the border: Examining the impact of the zero tolerance policy and beyond. Journal of Child & Adolescent Trauma, 12(2), 153–164.
Delgado, J. R., Diaz, L. D., LaHuffman-Jackson, R., Quion, N., & Walts, K. (2021). Community-based trauma informed care following immigrant family reunification: A narrative review. Academic Pediatric, 21(4), 600–604. https://doi.org/10.1016/j.acap.2021.02.005.
Department of Homeland Security (2023, February 2). Fact sheet: Review of the family reunification task force on the second anniversary of its creation. https://www.dhs.gov/news/2023/02/02/fact-sheet-review-family-reunification-task-force-second-anniversary-its.
Domínguez, D. G., Hernandez-Arriaga, B., Noriega, M. A., García, D., & Martínez, D. A. (2022). They treat us like we are not human: asylum-seekers and la migra’s violence. Psychology of Violence, 12(4), 241.
Eckler, C. (2020). Prevailing facets of Spanish colonialism: the roots of exploitation and inequality in Latin America.
Edyburn, K. L., & Meek, S. (2021). Seeking safety and humanity in the harshest immigration climate in a generation: A review of the literature on the effects of separation and detention on migrant and asylum-seeking children and families in the United States during the Trump administration. Social Policy Report, 34(1), 1–46.
Falicov, C. J. (2011). Migration and the family life cycle. The expanded family life cycle: Individual, family and social perspectives, 336–347.
Famulari, U. (2020). Framing the Trump administration’s zero tolerance policy: A quantitative content analysis of news stories and visuals in US news websites. Journalism Studies, 21(16), 2267–2284.
Gonzales, R. G., Sigona, N., Franco, M. C., & Papoutsi, A. (2019).Undocumented migration.John Wiley & Sons.
Goldstein, E. (2001). Object relations theory and self psychology in soc. Simon and Schuster.
Grinberg, L., & Grinberg, R. (1989). Psychoanalytic perspectives on migration and exile. Yale University Press.
Gerschutz-Bell, J. M. (2022). Root causes of migration, development, and US aid to northern triangle states. Journal on Migration and Human Security, 10(3), 173–189.
Hampton, K., Raker, E., Habbach, H., Deda, L., Heisler, M., & Mishori, R. (2021). The psychological effects of forced family separation on asylum-seeking children and parents at the US-Mexico border: A qualitative analysis of medico-legal documents. Plos One, 16(11).
Harwood, I. H. (1992). Advances in group psychotherapy and self psychology: An intersubjective approach. Group, 16(4), 220–232.
Harwood, I. N., & Pines, M. (1998). Self experiences in group: Intersubjective and self psychological pathways to human understanding (Vol. 4). Jessica Kingsley Publishers.
Hatton, T. J. (2020). Asylum migration to the developed world: Persecution, incentives, and policy. Journal of Economic Perspectives, 34(1), 75–93.
Jackson, H. (1994). Using self psychology in psychotherapy. Jason Aronson.
Karterud, S. W. (1998). The group self, empathy, intersubjectivity and hermeneutics. Self experiences in group: Intersubjective and self psychological pathways to human understanding, 4, 83.
Karterud, S., & Stone, W. N. (2003). The group self: A neglected aspect of group psychotherapy. Group Analysis, 36(1), 7–22.
Kenix, L. J., & Lopez, J. B. (2021). Representations of refugees in their home countries and abroad: A content analysis of la caravana migrante/the migrant caravan in Central America and the United States. Newspaper Research Journal, 42(1), 48–73.
Kim, S., Fonagy, P., Allen, J., & Strathearn, L. (2014). Mothers’ unresolved trauma blunts amygdala response to infant distress. Social Neuroscience, 9(4), 352–363.
Kohut, H. (1971). The analysis of the self: A systematic approach to the psychoanalytic treatment of narcissistic personality disorders. University of Chicago Press.
Kohut, H. (1977). The restoration of the self. The University of Chicago Press.
Kohut, H. (1984). How does analysis cure? University of Chicago Press.
Kohut, H. (2013). The analysis of the self: A systematic approach to the psychoanalytic treatment of narcissisticpersonality disorders. University of Chicago Press.
Kohut, T. (2023). January 7). After Vienna: A conversation with Otto Kernberg. MD, and Thomas Kohut, PhD [Online training]. Austen Riggs Center. https://education.austenriggs.org/content/refugees-and-immigrants-their-experience-and-contribution-psychoanalysis-north-america-3.
Kohut, H., & Wolf, E. S. (1978). The disorders of the self and their treatment: An outline. International Journal of Psychoanalysis, 58(3), 255–278.
LeoGrande, W. (1998). Our own backyard: The United States in Central America, 1977–1992. University of North Carolina Press.
Lijtmaer, R. M. (2017). Variations on the migratory theme: Immigrants or exiles, refugees or asylees. The Psychoanalytic Review, 104(6), 687–694.
Lijtmaer, R. M. (2020). Culture and psychoanalysis. The Routledge international handbook of race, culture and mental health (pp. 81–91). Routledge.
Lu, Y., He, Q., & Brooks-Gunn, J. (2020). Diverse experience of immigrant children: How do separation and reunification shape their development?. Child Development, 91(1).
Main, A. (2020). Out of the ashes of economic war. NACLA Report on the Americas, 52(1), 33–40.
Massey, D. S. (2020). The real crisis at the Mexico-US border: A humanitarian and not an immigration emergency. Sociological Forum, 35(3), 787–805.
Melano Flanagan, L. (2016). The theory of self psychology. Inside out and outside in: Psychodynamic clinical theory and psychopathology in contemporary multicultural contexts (4th Ed., pp. 166–194). Lantham, Rowman & Littlefield.
Meyer, P. J., & Taft-Morales, M. (2019). Central American migration: Root causes and US policy. Congressional Research Service, 27.
Monico, C., Rotabi, K., Vissing, Y., & Lee, J. (2019). Forced child-family separations in the Southwestern US border under the “zero-tolerance” policy: The adverse impact on well-being of migrant children (part 2). Journal of Human Rights and Social Work, 4, 180–191.
Montgomery, T. S. (1995). Revolution in El Salvador: From civil strife to civil peace (2nd ed.). Westview Press.
Morey, B. N. (2018). Mechanisms by Which Anti-Immigrant Stigma Exacerbates Racial/Ethnic Health Disparities. American Journal of Public Health, 108(4), 460–463. https://doi.org/10.2105/AJPH.2017.304266.
National Child Traumatic Stress Network (2022, December 21). Refugee traumahttps://www.nctsn.org/what-is-child-trauma/trauma-types/refugee-trauma.
Olivares, M. (2019). The rise of zero tolerance and the demise of family. Ga St UL Rev, 36, 287.
Olivares, M. (2023). The trauma of the family separation policy on migrant children (2017–2022). Laws, 12(1), 17.
Organista, K. C. (2023). Solving Latino psychosocial and health problems: Theory, research, and practice. Oxford University Press.
Ortega-Williams, A., Beltrán, R., Schultz, K., Henderson, R. G., Colón, Z., L., & Teyra, C. (2021). An integrated historical trauma And posttraumatic growth framework: A cross-cultural exploration. Journal of Trauma & Dissociation, 22(2), 220–240.
Paparo, F. (1984). Self psychology and the group process. Group Analysis, 17(2), 108–121.
Paparo, F., & Nebbiosi, G. (1998). Psychotherapy cure? Self Experiences in Group: Intersubjective andSelf Psychological Pathways to Human Understanding, 4, 70.
Rabe, S. G. (2012). The Killing Zone: The United States Wages Cold War in Latin America. Oxford University Press.
Rechitsky, R., & Hoekstra, E. (2020). Humanitarianism and Mass Migration: Confronting the World Crisis.
Reed, H. E., Ludwig, B., & Braslow, L. (2016). Forced migration. International handbook of migration and population distribution, 605–625.
Refugees International (2018, July 31). Trump zero tolerance policy https://www.refugeesinternational.org/reports/2018/7/31/trump-zero-tolerance-policy.
Rosenblum, M. R., & Brick, K. (2011). US immigration policy and Mexican/Central American migration flows. Migration Policy Institute.
Roth, B., Huffman, A., & Brame, R. (2022). Too afraid to stay: Measuring the relationship between criminal victimization in Central America and the intent to migrate. Crime & Delinquency, 68(4), 684–706.
Rowe, C. Jr., & Mac Isaac, D. (2000). Empathic attunement: The ‘technique’ of psychoanalytic self psychology. Jason Aronson.
Schermer, V. L. (2000). Contributions of object relations theory and self psychology to relational psychology and group psychotherapy. International Journal of Group Psychotherapy, 50(2), 199–217.
Segalla, R. (2021). Self psychological approaches to ruptures and repairs in group psychotherapy. International Journal of Group Psychotherapy, 71(2), 253–274.
Segalla, R. (1998). Motivational systems and groupobject theory: Implications for group therapy. In I. N. Harwood & M. Pines (Eds.), Self experiences in group: Intersubjective and self psychological pathways to human understanding (Vol. 4). Jessica Kingsley Publishers.
Stern, D. N. (1985). The interpersonal world of the infant: A view from psychoanalysis and developmental psychology. Basic Books.
Togashi, K., & Kottler, A. (2015). Kohut’s twinship across cultures: The psychology of being human. Routledge.
Tummala-Narra, P. (2019). Working with immigrants and refugees in psychodynamic psychotherapy. Contemporary psychodynamic psychotherapy (pp. 281–294). Academic Press.
United Nations Sustainable Development Group (2021, July 15). Violence against women: The other pandemic impacting Honduras. https://unsdg.un.org/latest/stories/violence-against-women-other-pandemic-impacting-honduras.
United Nations High Commissioner for Refugees (2023) 2023 Global Compact on Refugees Indicator Report. https://data.unhcr.org/en/documents/details/105481.
Williams, J. H. (2018). Child separations and families divided: America’s history of separating children from their parents. Social Work Research, 42(3), 141–146.
Williamson, V., Hiller, R. M., Meiser-Stedman, R., Creswell, C., Dalgleish, T., Fearon, P., ... & Halligan, S. L. (2018). The parent trauma response questionnaire (PTRQ): Development and preliminary validation. European Journal of Psychotraumatology, 9(1), 1478583.
Yalom, I. D., & Leszcz, M. (2020). The theory and practice of group psychotherapy (6th ed.). Basic Books.
Zayas, L. H. (2015). Forgotten citizens: Deportation, children, and the making of American exiles and orphans. Oxford University Press.
Zayas, L. H. (2023). Through iceboxes and kennels: How immigration detention harms children and families. Oxford University Press.
Traducción no oficial al español de Luchando Junt@s Por Una Familia Unida (Fighting Together for a United Family): Rebuilding the Cohesive Self of Immigrant Parents and Community Healing after a Family Separation in the United States – A Self Psychology Perspective, de Cheryl Aguilar, Clinical Social Work Journal, vol. 53, n.o 3 (2025), doi: 10.1007/s10615-024-00923-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «Luchando Junt@s Por Una Familia Unida (Fighting Together for a United Family): Rebuilding the Cohesive Self of Immigrant Parents and Community Healing after a Family Separation in the United States – A Self Psychology Perspective», publicado en Clinical Social Work Journal (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido y maquetado por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Aguilar, C. (2025). Luchando Junt@s Por Una Familia Unida (Fighting Together for a United Family): Rebuilding the Cohesive Self of Immigrant Parents and Community Healing after a Family Separation in the United States – A Self Psychology Perspective. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/luchando-junt-s-por-una-familia-unida-rebuilding-the-cohesive-self-of-immigrant-parents (Obra original publicada en 2024 en Clinical Social Work Journal, 53(3), 336-350 (2025); republicada en 2025 por Clinical Social Work Journal, https://link.springer.com/article/10.1007/s10615-024-00923-4)
Para saber más