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Journal of Family Research · Trabajo social

Los padres en la sombra: ¿barreras al enfoque de toda la familia en el trabajo social?

Los servicios sociales checos afirman trabajar con «toda la familia», pero son las madres quienes firman los contratos, reciben las visitas y cargan con la responsabilidad de los problemas. El equipo de Barbora Gřundělová entrevistó a madres, padres y profesionales del trabajo social: las barreras a la implicación de los padres se sitúan a la vez en las historias personales, en la cultura organizativa y en el racismo estructural al que se enfrentan las familias romaníes.

Autoría Barbora Gřundělová, Jakub Černý, Alice Gojová, Zuzana Stanková y Jan Lisník (Faculty of Social Studies, University of Ostrava), República ChecaPrimera publicación Journal of Family Research, 9 de enero de 2023Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The shadow fathers: Barriers to whole family approach in social work?, de Barbora Gřundělová, Jakub Černý, Alice Gojová, Zuzana Stanková y Jan Lisník, publicado en Journal of Family Research (University of Bamberg Press) (2023), doi: 10.20377/jfr-796, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Aunque el discurso habla de la familia «en su conjunto», el personal de trabajo social prefiere una concepción de la familia que presupone la primacía de las madres.

Barbora Gřundělová, Jakub Černý, Alice Gojová, Zuzana Stanková y Jan Lisník

Resumen

Objetivo. El artículo se propone explorar las barreras a la implicación de los padres en el trabajo social con familias en los niveles personal, cultural y estructural, así como su interconexión, para responder a la pregunta principal de investigación: ¿cómo influyen las construcciones de género de madres y padres en el trabajo social en la implicación de los padres en las intervenciones?

Contexto. Este artículo contribuye a los debates sobre los padres en el trabajo social examinando las construcciones de género de los padres en los servicios sociales para familias con menores en la República Checa. El problema se aborda desde la perspectiva del construccionismo social, de la práctica antiopresiva y del enfoque de toda la familia.

Método. Para cumplir el objetivo, utilizamos una estrategia de investigación cualitativa. Se realizaron 44 entrevistas en profundidad con profesionales del trabajo social, madres y padres. A continuación, se formaron tres grupos focales con 21 profesionales del trabajo social.

Resultados. Los resultados muestran que madres y padres reciben un trato diferente en el trabajo social, y que feminidad y masculinidad se perciben como opuestos dicotómicos. Esto dificulta la implicación de los padres en los servicios a las familias y atribuye a las madres la responsabilidad de resolver los problemas familiares.

Conclusión. La mayoría de estas barreras en los niveles micro y meso están relacionadas de algún modo con barreras sistémicas en el nivel macro, que a menudo están moldeadas por discursos de género.

Palabras clave: implicación paterna, trabajo social con familias, investigación cualitativa

1. Introducción

La paternidad se construye social y culturalmente (Lupton & Barclay, 1997). Su definición cambia con el tiempo y según los contextos geográficos (Lucas et al., 2021). La concepción actual de la paternidad en la Europa moderna está más fragmentada que la de la maternidad (Sheldon, 2005) y resulta cada vez más controvertida (Ewart-Boyle et al., 2015). La «cultura de la paternidad» está cambiando, y estos cambios tienen implicaciones para la práctica del trabajo social (Shapiro & Krysik, 2010).

En general, las percepciones de los padres y sus experiencias con el trabajo social se consideran de importancia periférica. Los estudios sobre los padres en el trabajo social tienden a centrarse en cuestiones como la retirada de menores, la violencia doméstica, el divorcio y el desempleo. La literatura de trabajo social solo ha empezado recientemente a prestar más atención a las dificultades que encuentran los padres en los servicios a las familias y a su implicación en las intervenciones (Baum, 2016).

La implicación de los padres en el trabajo social es un constructo complejo y multidimensional. Existe un conjunto de evidencias sobre la infrarrepresentación de los padres en los servicios de atención y protección a la infancia (p. ej., Scourfield, 2003; Brown et al., 2009; Clapton, 2009; Coakley, 2013; Ewart-Boyle et al., 2015; Philip et al., 2018; Nygren, 2019; Critchley, 2021). Investigaciones anteriores muestran que los servicios de bienestar infantil se centran principalmente en las madres y no implican a los padres. Este foco en las madres puede observarse en el contenido de las intervenciones, en la presentación de los servicios y en la elevada presencia de madres usuarias en el servicio (Sicouri et al., 2018). Las madres son percibidas como las responsables del bienestar de la infancia a su cargo (Sinai-Glazer & Peled, 2017). Davies y Krane (2006) califican la cultura de los servicios de protección a la infancia de «culpabilización de las madres» (mother-blaming). D'Cruz (2002) confirma también las construcciones de género de la «responsabilidad» atribuida a las madres y de la «invisibilidad» atribuida a los padres en la práctica del trabajo social con familias.

Desde una perspectiva histórica, los sistemas de bienestar infantil siempre han ignorado a los padres por considerarlos demasiado problemáticos (Franck, 2001). Se les percibe como incompetentes (Baum, 2016), irrelevantes o ausentes (Scourfield, 2001), o bien como adictos, maltratadores y delincuentes (Scourfield, 2001; O’Donnell et al., 2005). Esto conduce a su marginación y demonización (Clapton, 2009; English et al., 2009; Brown et al., 2009; Maxwell et al., 2012).

Pese al descuido de los padres por parte del trabajo social, estos desempeñan un papel importante en la vida de sus hijos e hijas (Flouri, 2005). Las investigaciones sugieren que la implicación de los padres puede ser decisiva para aumentar la eficacia de una intervención (Pleck, 2010; Lamb & Lewis, 2013; Wingrove et al., 2016). En relación con la falta de implicación de los padres por parte del personal de trabajo social, Coakley (2008) constató que, cuando los padres participaban, más menores tenían estancias más cortas en acogimiento familiar. Marshall y English (2001) concluyeron que niveles más altos de implicación paterna se asociaban a una menor depresión materna y a mejores resultados para la infancia. Otras investigaciones han sugerido que una mayor implicación paterna se asocia al bienestar general de la infancia y a un menor riesgo de negligencia (English et al., 2009), así como a un menor riesgo de pobreza (Blanden, 2006).

Ferguson y Hogan (2004) hallaron una relación entre la implicación de los padres en las intervenciones y la falta de una práctica inclusiva en el trabajo social con familias. Aunque el discurso habla de la familia «en su conjunto», el personal de trabajo social prefiere una concepción de la familia que presupone la primacía de las madres (Lee, 2014) y su papel de guardianas del acceso (Schoppe-Sullivan et al., 2015). Esto deja a los padres como un recurso desaprovechado para fortalecer a las familias, reducir los factores de riesgo y aumentar los factores de protección que mejoran la resiliencia familiar.

Los procesos de toma de decisiones en el nivel de la práctica del trabajo social dependen en gran medida del contexto social en el que se desarrollan (Hämäläinen et al., 2012). Las conceptualizaciones legislativas de los «padres» y las políticas nacionales sobre el permiso de paternidad son indicadores clave de cómo percibe el Estado a los padres y la paternidad. Aunque el papel paterno es polifacético e incluye, entre otros, importantes recursos emocionales y sociales, las expectativas actuales respecto a los padres siguen centrándose principalmente en sus obligaciones económicas como sostén de la familia (Sicouri et al., 2018). Las políticas públicas suelen concentrarse en identificar a los padres para hacer cumplir el pago de la pensión alimenticia (Day & Lamb, 2004).

Las barreras a la implicación de los padres en el trabajo social se sitúan en distintos niveles (individual, organizativo y social), y son múltiples y complejas. El enfoque de cada profesional del trabajo social o su falta de competencia figuran entre las barreras más citadas a la implicación de los padres en el trabajo social (Coakley et al., 2018; Tully et al., 2018; Lechowitz, 2019).

2. El enfoque de toda la familia

La importancia de trabajar con ambos progenitores se ve respaldada por la promoción de un enfoque de «toda la familia», pero uno de los obstáculos para lograrlo ha sido la dificultad de implicar a los padres, que siguen estando infrarrepresentados en el trabajo social con familias (Symonds, 2018).

La teoría de los sistemas familiares concibe a todos los miembros de una familia como interdependientes (Broderick, 1993). Conceptualizar la familia como un sistema facilita la comprensión de los amplios efectos de las circunstancias sociales desfavorables sobre todos sus miembros y sobre los sistemas externos con los que interactúan las familias. Esta perspectiva refuerza la importancia de las necesidades de la familia en su conjunto para sostener de la mejor manera posible el funcionamiento familiar y el bienestar de sus miembros.

Los enfoques de toda la familia sostienen que las intervenciones no pueden aplicarse con éxito con ningún miembro de la familia aislado de los demás (Morris et al., 2008). Se trata de intervenciones de trabajo social centradas en la familia, enfocadas en la familia y basadas en la familia. La práctica del trabajo social centrada en la familia presenta los siguientes atributos (Allen & Peter, 1996): la familia es la unidad de atención; los servicios se prestan de acuerdo con la decisión de la familia; se apoya en las fortalezas de la familia (incluye el empoderamiento); la relación entre la familia y profesionales se basa en la colaboración (igualdad, reciprocidad y trabajo en equipo); implica una visión holística de la familia en términos de «circunstancias, barreras y recursos» y la disponibilidad de servicios para todos sus miembros; e implica servicios individualizados que responden a las necesidades de la familia.

3. El contexto checo

La República Checa ha sido criticada durante mucho tiempo por el elevado número de menores en instituciones (UN, 2011). Debido a la transformación de la atención institucional en los últimos años, se observa un nuevo énfasis en que la retirada de menores de su familia sea el último recurso para afrontar la situación familiar. En un momento en que la separación de menores de sus familias se considera sumamente inadecuada, el interés superior de la infancia se protege mediante el uso de servicios de apoyo que trabajan con toda la familia a través de la activación de sus miembros.

Los servicios checos de activación social para familias con menores se centran especialmente en el trabajo con toda la familia. Se trata de un servicio de prevención social que ofrece apoyo a familias con uno o más menores de 18 años cuyo desarrollo está en riesgo debido a una situación social desfavorable y prolongada (malas condiciones de vivienda, desempleo, deudas, etc.). Las madres y los padres no pueden superar esta situación sin ayuda. En diciembre de 2021, la República Checa registraba un total de 250 servicios de activación social para familias con menores. Por regla general, estos servicios los prestan organizaciones no gubernamentales sin ánimo de lucro. No obstante, cooperan estrechamente con los departamentos de protección social y jurídica de la infancia, que son organismos estatales (dependientes de las autoridades municipales y regionales) con competencias en virtud de la Ley n.º 359/1999 Coll., de protección social y jurídica de la infancia.

Las personas usuarias de los servicios de activación social para familias con menores suelen vivir distintos grados de exclusión social, lo que contribuye a los problemas en la crianza y en el funcionamiento de las familias. En Europa Central y Oriental, esta exclusión afecta en gran medida a las familias romaníes y se basa en un alto nivel de racismo hacia la población romaní, tanto en el plano social como en el institucional (Cashman, 2017; Prokop, 2019; Creţan et al., 2022). En el contexto poscomunista checo, esta forma de discriminación se ha manifestado históricamente sobre todo a través de la aparición de barrios socioespacialmente excluidos, habitados mayoritariamente por población romaní (Urban, 2015).

En el entorno checo, los barrios socioespacialmente excluidos adoptan la forma de casas individuales o bloques residenciales, calles o barrios enteros de las ciudades (Office of the Government of the Czech Republic, 2016; Gojová et al., 2021). Pueden definirse como una concentración de más de 20 personas que viven en condiciones insatisfactorias y ocupan un espacio física o simbólicamente cerrado (GAC, 2015). Además de la segregación espacial vinculada a la discriminación en el mercado de la vivienda, la población romaní también sufre discriminación en el mercado laboral y en el sistema escolar (Cashman, 2017; Prokop, 2019), razón por la cual a menudo se encuentra en circunstancias sociales desfavorables y constituye la mayor parte de quienes utilizan este tipo de servicio.

Numerosos trabajos describen el fenómeno de la discriminación racial contra la población romaní en el contexto de los países de Europa Central y Oriental como antigitanismo o sentimiento antirromaní. Según Nicolae (2007), el antigitanismo se caracteriza por diversas formas de discriminación dirigidas contra la población romaní, como actitudes de odio, explotación y discriminación, que se basan no solo en prejuicios raciales, sino también en estereotipos específicos fundados en creencias históricas y culturales sobre el pueblo romaní como grupo étnico. Algunos estereotipos sobre el funcionamiento de las familias y comunidades romaníes y sobre los roles de género en ellas pueden ser adoptados también por el personal de trabajo social, incluida la atribución de los efectos de la discriminación a una supuesta naturaleza intrínseca de las personas romaníes (p. ej., falta de voluntad para cooperar con los servicios sociales, poco esfuerzo por procurar una vivienda adecuada para la familia, etc.).

Así, el personal de trabajo social ve a veces, desde un determinismo cultural, el origen romaní de las personas usuarias como la causa de la supuesta imposibilidad o inconveniencia de modificar el nivel de implicación de los padres. Un enfoque etnicizante similar se manifiesta también en la interpretación de los problemas sociales a mayor escala, algo que ya ha sido objeto de una reflexión crítica en el contexto checo en varios trabajos (Doubek et al., 2014; Frýbert & Pařízková, 2014; Kozubík et al., 2018). Valová & Janebová (2015) añaden que buena parte del personal de trabajo social reconoce la opresión estructural de la población romaní, pero que el trabajo social checo carece de instrumentos para responder a ella desde la posición de los servicios sociales.

Para esbozar el contexto de la construcción de los padres en el trabajo social checo, es necesario hacer algunas observaciones sobre el perfil del grupo de personas usuarias. Este grupo está formado por hombres que a menudo están desempleados o trabajan de manera irregular, viven en condiciones de vivienda precarias y carecen de recursos económicos. Son hombres que Connell (2005) describe como representantes de una masculinidad marginada, una forma de masculinidad que no puede beneficiarse de las ventajas de la masculinidad hegemónica. Incluye, por ejemplo, la pertenencia a una minoría o tener una discapacidad.

4. Marco teórico

Para comprender cómo se interrelacionan las barreras a la implicación de los padres, nos inspiramos en el análisis P-C-S de Thompson (2012) y analizamos las interacciones entre personas usuarias y profesionales del trabajo social en tres niveles. Estos tres niveles (P, C y S) están estrechamente vinculados e interactúan constantemente entre sí.

Thompson (2012) parte de la idea de que nuestros pensamientos, emociones y actitudes hacia determinados grupos de la sociedad están moldeados en cierta medida por nuestras experiencias en el nivel personal. El nivel personal remite a lo personal o psicológico; es el nivel individual de los pensamientos, las emociones, las actitudes y las acciones. Remite también a la interacción de profesionales del trabajo social con las personas usuarias y a los sesgos, a la rigidez mental que se interpone en el camino de prácticas justas y libres de juicios.

El nivel cultural incluye formas compartidas de ver, pensar y hacer. Se refiere ante todo a los significados compartidos. Remite a lo común —valores y patrones de pensamiento y de comportamiento, un supuesto consenso sobre lo que es correcto y lo que es normal—; genera conformidad con las normas sociales. El nivel cultural es una compleja red de supuestos que se dan por sentados o de «reglas no escritas». La cultura influye mucho en lo que se percibe como «normal» en una situación dada.

El nivel estructural remite a la red de divisiones sociales y a las relaciones de poder tan estrechamente asociadas a ellas; remite también a las formas en que la opresión se «institucionaliza» (se fija mediante patrones de pensamiento, lenguaje y comportamiento). Se refiere al nivel más amplio de las fuerzas sociales, a la dimensión sociopolítica de patrones interconectados de poder e influencia.

Nuestros pensamientos, acciones, actitudes y emociones son en cierta medida únicos e individualizados, pero también debemos reconocer el poderoso papel de la cultura. El nivel cultural crea el contexto en el que se forma nuestra experiencia personal. La sociedad no solo controla nuestras acciones, sino que moldea retroactivamente nuestra identidad, nuestros pensamientos y nuestras emociones. Por ello, el artículo pretende explorar las barreras a la implicación de los padres en cada nivel y su interconexión, así como comprender cómo influyen las construcciones de género de madres y padres en el trabajo social en la implicación de los padres en las intervenciones.

5. Datos y métodos

El artículo se basa en los hallazgos de un estudio de investigación cualitativa orientado a comprender las condiciones, y su interconexión, que influyen en la implicación de los padres en los servicios sociales cuando se aborda la situación social desfavorable de la familia. El artículo se basa en datos parciales de dicha investigación. La investigación contó con la aprobación ética de la Universidad de Ostrava. Su objetivo era averiguar qué condiciones configuran la situación de (no) implicación de los padres en los servicios de activación social para familias con menores. El estudio forma parte de un proyecto de investigación aplicada de dos años destinado a desarrollar una metodología y una formación para profesionales del trabajo social con el fin de favorecer la implicación de los padres en el trabajo social con familias. Utilizamos una estrategia de investigación cualitativa, adecuada para temas complejos y delicados que requieren información sobre las experiencias personales y vividas de las personas participantes (Ritchie & Lewis, 2003).

Entre septiembre de 2020 y enero de 2021, los datos se recogieron mediante entrevistas en profundidad cara a cara. Se utilizaron entrevistas con elementos del método ORID (Stanfield, 2000). El ORID (Objetivo, Reflexivo, Interpretativo, Decisional) nos permitió estructurar la conversación y desarrollarla de forma natural mediante una discusión orientada.

La recogida de datos de este estudio cualitativo se llevó a cabo en dos regiones de la República Checa (Moravia-Silesia y Moravia del Sur). La región de Moravia-Silesia figura entre las regiones con mayor tasa de exclusión social y mayor número de barrios socioespacialmente excluidos habitados principalmente por población romaní, donde se concentran convenientemente los servicios sociales (GAC, 2015). Moravia-Silesia es también la región con el segundo mayor número de servicios de activación social para familias con menores de la República Checa. La región de Moravia del Sur, por su parte, se sitúa entre las regiones con un número medio de localidades socialmente excluidas y de concentración de servicios para familias. Seleccionamos ambas regiones para incluir distintos niveles de exclusión social registrada.

Recurrimos a un muestreo intencional para contactar con organizaciones sin ánimo de lucro que prestan servicios de activación social e implicarlas en el estudio. Se trataba principalmente (aunque no exclusivamente) de organizaciones que participaban en el proyecto de investigación como garantes de aplicación1. Algunas de estas organizaciones trabajan con familias socialmente excluidas (una de ellas se dedica al apoyo a familias romaníes), mientras que para otras la etnia no es un criterio de apoyo. El hecho de que la mayoría de las personas usuarias sean romaníes se debe al lugar donde la organización desarrolla sus actividades (barrio socialmente excluido).

La muestra intencional incluyó a padres, madres y profesionales del trabajo social. Las 44 personas participantes eran 11 padres, 14 madres y 19 profesionales del trabajo social. Los criterios de inclusión fueron: profesionales que ocuparan un puesto de trabajo social o de dirección de servicio social en un servicio social registrado con una inscripción vigente como servicio de activación social para familias con menores según el Registro de Proveedores de Servicios Sociales. El criterio de selección para madres y padres era utilizar el servicio, o que su pareja (cónyuge) lo utilizara.

Se contactó con el personal de trabajo social a través de las organizaciones colaboradoras, y estas personas contactaron a su vez con las personas usuarias. Les entregaron un folleto informativo sobre el proyecto y la recogida de datos. Después, o bien facilitaron al equipo de investigación los teléfonos de quienes habían aceptado la entrevista para que concertara las entrevistas directamente, o bien acompañaron al equipo de investigación a los domicilios de las familias. En dos casos, una persona del trabajo social estuvo presente en la entrevista a petición de la persona usuaria; en los demás casos, se retiró a otra habitación.

Las personas participantes en la investigación eran mayores de 18 años y su lengua materna era el checo o el eslovaco. El personal de trabajo social trabajaba en un total de seis organizaciones sin ánimo de lucro.

Las entrevistas duraron entre 13 y 81 minutos, con una media de 34 minutos, y se grabaron en audio con el consentimiento de las personas participantes. Antes de cada entrevista, el equipo de investigación explicó los objetivos del estudio y las cuestiones éticas. Se utilizaron seudónimos para identificar a las personas participantes.

En abril de 2021 organizamos un total de tres grupos focales con profesionales del trabajo social (n=21), de dos horas de duración cada uno, para completar la imagen obtenida del análisis de las entrevistas individuales. En los grupos focales participaron profesionales del trabajo social de las organizaciones colaboradoras. Cada grupo focal fue moderado por una pareja de moderación (un hombre y una mujer). Los temas de los grupos focales surgieron de las entrevistas individuales. Elegimos la técnica del grupo focal porque, a diferencia de las entrevistas individuales, permite generar datos a través de la interacción entre participantes (Morgan, 2001). Durante los grupos focales, las personas participantes pudieron verbalizar sus opiniones y actitudes en respuesta a las afirmaciones de las demás.

Los datos se elaboraron mediante la teoría fundamentada de Charmaz (2006), en particular la codificación inicial y focalizada y la redacción de memos. Utilizamos el programa informático ATLAS.ti para apoyar la organización, el análisis y el almacenamiento de los datos. La credibilidad de los datos se garantizó mediante la grabación en audio y la transcripción literal de las entrevistas, así como mediante la discusión de los temas y de las interpretaciones dentro del equipo en múltiples ocasiones (Guba & Lincoln, 1994; Thorne et al., 2004).

6. Resultados

6.1 (No) implicación de los padres en el nivel personal (micro)

El personal de trabajo social compartió con el equipo de investigación experiencias de su vida personal y profesional que han moldeado su manera de ver a los padres y la paternidad. Las personas usuarias de los servicios sociales compartieron sus experiencias personales con dichos servicios y sus percepciones sobre su implicación en las intervenciones.

El personal de trabajo social señaló que le resultaba importante que toda la familia participara en las intervenciones y, al mismo tiempo, consideraba deseable la implicación de los padres. «... trabajamos con la familia, y para nosotras es importante conocer a toda la familia» (Radmila, responsable). «Intentamos que sea algo global, porque el padre forma parte de ello. El padre está ahí y debería estar ahí» (Šárka, responsable).

Aunque se declaraba la importancia de trabajar con toda la familia, parte del personal de trabajo social confirmó que en su práctica prestaba atención sobre todo a las madres y a la infancia. «...la experiencia muestra que las mujeres trabajan con nuestro servicio en un 90% (de los casos)» (FG1).

Jana sugiere que existe margen de discrecionalidad por parte del personal de trabajo social en este aspecto, así como una identificación de la familia y la parentalidad con la madre, cuando dice: «Creo que depende de nosotras decidir cómo lo hacemos, y hasta qué punto va a ser toda la familia, o si solo serán la madre y los críos… nadie distingue entre la familia y la madre con los críos… es todo lo mismo… eso significa que como trabajadoras sociales ya no nos ocupamos de ello, y hacemos lo que podemos» (Jana, trabajadora social).

Las actitudes del personal de trabajo social hacia la implicación de los padres en las intervenciones están moldeadas en cierta medida por sus experiencias en el nivel personal (véase también Cryer-Coupet et al., 2021). «Seguro que, cuando trabajas con estos tipos, lo comparas con tu propia familia, tus propios hijos, tus propios padres. Seguro que eso influye» (Monika, trabajadora social). Según las personas participantes, las experiencias personales vividas en la propia familia pueden repercutir en cómo construye el personal de trabajo social la relación con los padres y en cuánta atención les presta.

La relación con el propio padre puede obstaculizar («Toda mi vida he vivido sin padre… así que sería realmente raro que no lo transmitiera de alguna manera, que no lo trasladara a mi práctica… no creo que eso sea posible», FG1, profesional del trabajo social) o favorecer la implicación de los padres usuarios en la colaboración («...mi compañera, que trabaja de verdad con todas las abuelas, los abuelos, los padres, las madres, viene de una familia en la que su padre era superactivo... y le parece raro que un padre se quede sentado sin que nadie le haga caso, en algún rincón», Šárka, responsable).

Del mismo modo, Baum (2016) señala que las hijas que tienen una relación positiva con su padre tienen más probabilidades de mantener relaciones positivas con otros hombres. El desempeño profesional en el trabajo social está influido por las experiencias personales y, por tanto, es importante ser consciente del impacto de estas experiencias en el propio comportamiento profesional. En este sentido, un pensamiento estereotipado no reflexionado sobre las relaciones de género puede convertirse en una fuente de opresión (Hicks, 2000). Por ejemplo, Monika habló de los riesgos de no reflexionar sobre las propias experiencias y valores: «Crecí en una familia en la que mi padre nunca me dio ni una bofetada... y mi marido nunca pega a nuestros hijos, así que tengo a mi alrededor modelos masculinos amables... no son agresivos, y aun así, personalmente, eso me crea un problema por dentro. Cuando esta mujer me ve y me lo cuenta (la violencia doméstica), me irrita por dentro.... Nunca sé qué hacer… intento mantenerme profesional, así que nunca les empujo a nada… y no intento imponerles mi opinión» (Monika, trabajadora social).

Las proyecciones no reflexionadas de experiencias, valores y normas personales del personal de trabajo social pueden reflejarse en la evaluación y categorización de las personas usuarias. Estas categorías abstractas se crean clasificando y agrupando según características específicas, que en este caso se basaban con mayor frecuencia en el género o la etnia (Jacob, 2004). La categorización proporciona a profesionales una orientación en la realidad social, lo que ahorra tiempo y energía a la hora de conocerla. Las principales categorías binarias en las que el personal de trabajo social clasificaba a las personas usuarias eran romaní/no romaní, hombre/mujer y padre/madre. Al hacerlo, a menudo las construían como categorías asimétricas y dicotómicas.

Las familias romaníes se describían como más tradicionales, con roles fuertemente diferenciados según el género. «Hay una fuerte división entre lo que puede hacer una mujer y lo que puede hacer un hombre… lo tienen un poco distinto de la mayoría [de la población]» (FG1). La mayoría de las madres se describían como activas, emotivas, frágiles, abnegadas, cooperativas, etc. Los padres se construían como agresivos, perezosos, irresponsables, adictos (a sustancias), retraídos, peligrosos, etc. Las madres representan las principales usuarias («ella es la persona clave»). La construcción de la madre como usuaria principal está ligada a una percepción de reparto tradicional de los roles de género en la familia («normalmente es la mujer la que se ocupa de estas cosas»). El padre se percibe como un usuario secundario. Esto se justifica por su ausencia del hogar. «…cuando vamos al domicilio, la mayoría de las veces hablamos con una mujer, porque o bien el hombre no está en casa, o bien, si por casualidad está, suele quedarse en otra habitación, porque no quiere participar» (Kateřina, trabajadora social). La ausencia de los padres se explicaba con mayor frecuencia por su papel de sostén económico. «…se debe a que él está trabajando y no puede ocuparse de esto…, porque son ellos los que traen el dinero a casa» (Gabriela, trabajadora social).

Otras justificaciones de la ausencia del padre eran el encarcelamiento («...hay familias en las que el padre de los niños simplemente no está, o bien está en la cárcel», Gabriela, trabajadora social), la ruptura familiar y la autonomía masculina («...hacen como que salen a tomar una cerveza», Zora, trabajadora social).

Los datos respaldan la tesis de que la ausencia de los hombres, o el papel específico que se atribuye a las mujeres en las familias romaníes, y la forma de cooperación con los servicios sociales y de activación que de ello se deriva son interpretados por el personal de trabajo social principalmente a través de la lente de las diferencias étnicas de la población romaní. Esta mirada deja de lado las interpretaciones basadas en el racismo institucionalizado y en las desigualdades de la sociedad checa y, sobre todo, en la carga interseccional que soportan las familias romaníes en un entorno de antigitanismo. Dicho de otro modo, el personal de trabajo social tiende a interpretar las especificidades a través de las diferencias étnicas más que a través de una combinación de distintas condiciones discriminatorias. Una mirada etnicizante sobre los problemas sociales de las familias, y sobre las barreras a la implicación de los padres o el control materno del acceso, puede desviar la atención de una visión sensible al contexto de la situación de las familias romaníes en la sociedad checa, impidiendo así superar las barreras a la cooperación con toda la familia.

El personal de trabajo social describía la construcción de los padres como invisibles (padres en la sombra). Describían los encuentros con estos padres como un acto físico de separación. Citaron numerosos casos en los que los padres en la sombra, en el momento en que la persona del trabajo social entraba en la vivienda, se iban a otra habitación o a otra parte del piso («Simplemente se van a otro sitio», «se preparan un té y luego se sientan a ver la tele», «se esconde en el dormitorio, no saluda, se lleva el móvil, se tumba en la cama con la puerta cerrada», «prefiere encerrarse en otra habitación y, de hecho, no sale para nada», profesionales del trabajo social), o se marchaban por completo («Mi experiencia es que, cuando vivían en un piso 1+1, su pareja siempre se iba cuando yo llegaba», Monika, trabajadora social).

Las madres ofrecieron una descripción similar. «Se queda un rato acompañándonos y luego [la madre y la persona del trabajo social] nos vamos a la habitación» (Joanna, madre). Joanna afirma que, incluso cuando los hombres se apartan, vigilan la situación. «Está en el dormitorio y a veces nos oye.»

La polarización entre la madre y los padres conduce a la acentuación y profundización de las diferencias —el trabajo de frontera (borderwork, Thorne, 1993)—, con la formación de una coalición madre-profesional, favorecida por el hecho de conocer el problema familiar solo desde la perspectiva de las madres («queramos o no, estamos de su lado porque conocemos su perspectiva», Radmila, responsable). Esto lleva a culpar al padre de los problemas de la familia: el padre (no implicado) es percibido a la vez como la causa del problema familiar y como un obstáculo para su solución. Una persona del trabajo social, por ejemplo, dijo: «El padre se va al bar y deja toda la carga a la madre. En realidad es un círculo, pero si coopera más estrechamente con la madre, la carga no es tan grande para ella» (Alex, profesional del trabajo social).

A partir de las construcciones de género de madres y padres, el personal de trabajo social aplicaba medidas normativas diferentes a unas y otros. La motivación de la normalización es la búsqueda del funcionamiento social de las personas usuarias, y el objetivo es lograr la conformidad con la norma y la homogeneización mediante el control de la normalidad. En el nivel micro, la normalización se manifiesta como una supervisión del cumplimiento de una norma (p. ej., la norma de la «buena madre») ligada a una concepción tradicional de la familia. Las prácticas basadas en supuestos normativos e ideales de comportamiento constituyen un medio de reproducir la diferenciación y las desigualdades de género (Zábrodská, 2009).

La norma de ser una «buena madre» puede influir en la percepción que tienen las madres de la implicación paterna. Las madres actúan a menudo como guardianas del acceso de profesionales al padre (Maxwell et al., 2012). Las actitudes tradicionales de las madres respecto a los roles parentales predicen una mayor probabilidad de conductas maternas de cierre del acceso (Schoppe-Sullivan et al., 2015). El control materno del acceso (maternal gatekeeping) otorga a las madres el poder de decidir sobre la implicación del padre en las intervenciones (Malm et al., 2006). El papel de madre puede ser una importante fuente de fuerza y de autoestima para muchas mujeres. Nuestras personas participantes relataron que la madre, como usuaria principal, decide si el padre se incluye o no en el contrato de servicio («Como normalmente es la madre la que decide si incluimos al padre en el contrato o no… en el contrato está principalmente la madre.», Jana, trabajadora social). La madre es quien decide qué llega a saber el personal de trabajo social sobre la familia y también qué sabe el padre sobre el trabajo con el servicio. La madre puede entonces favorecer u obstaculizar el contacto del personal de trabajo social con el padre («a veces los hombres forman parte de esto, si a la madre no le importa, y entonces a mí tampoco me importa», Egon, trabajador social). La mayoría de las madres entrevistadas contaron que sus parejas se interesan por la colaboración y que ellas les transmiten la información («…sí, me pregunta. Le digo que sí y que está bien», Beatriz, madre). Los padres también nos lo confirmaron («…mi pareja siempre se ocupa de eso… cuando llego a casa, me cuenta qué ha pasado y qué está pasando», Jáchym, padre). Al mismo tiempo, las mujeres admitieron que no toda la información llega a los padres («Cuando me acuerdo de contárselo, le cuento algunas cosas, pero no todo», Sára, madre). Una abuela se refirió a la concepción masculina tradicional del papel femenino en la familia sin identificarse con ella de manera significativa («...es tu trabajo... esa es su opinión», Svatava, abuela).

Debido a la construcción de género de los padres como agresores peligrosos y amenazantes, el personal de trabajo social sentía subjetivamente miedo de implicar a los padres, porque no se sentía seguro en las interacciones mutuas («…mientras no le des la espalda»). Róza, en cambio, reflexionó sobre el miedo derivado de la amenaza que corría el resto de la familia en su ausencia, cuando declaró: «A veces percibo la presencia de su pareja como peligrosa y me resulta incómodo marcharme. Me refiero, en realidad, a dejar allí a los demás, porque siento que podrían estar en algún tipo de peligro» (Róza, trabajadora social).

Este miedo sentido subjetivamente, basado en construcciones institucionalizadas de los padres como peligrosos, puede impedir que el personal de trabajo social se acerque a ellos para colaborar. Al mismo tiempo, el personal admitió que todavía no habían vivido ninguna situación peligrosa. «Nunca nos han agredido de verdad» (Šárka, responsable). Šárka señala que, si los hombres cooperan con el servicio, no son peligrosos para el personal de trabajo social: «…Y una vez que cooperan contigo, no te harán daño. O sea, llevo aquí cinco años y nunca nadie ha agredido a nadie aquí.» Pese a ello, el personal subraya la necesidad de una mayor sensación de seguridad y de autodefensa (cursos de autodefensa, espray de pimienta). Esto sustenta también el trato diferenciado hacia madres y padres dentro de las organizaciones «…si el usuario es un hombre, el personal siempre va en pareja a verlo… suele tener miedo, porque no conoce mucho a la persona, así que teme las reacciones que pueda tener o cómo pueda actuar» (Jiřina, responsable).

6.2 (No) implicación de los padres en el nivel cultural (meso)

Las actitudes del personal de trabajo social no pueden aislarse del contexto cultural más amplio (Ewart-Boyle et al., 2015). El nivel meso de la implicación de los padres en el servicio social supone responder a la pregunta: ¿cómo se hacen las cosas en nuestra organización? Representa un conjunto de valores, normas, creencias, actitudes y supuestos que no necesariamente se formulan de manera explícita, pero que determinan la forma en que las personas se comportan y actúan y la manera en que realizan su trabajo. En el nivel meso, el personal de trabajo social señaló en las entrevistas sobre todo cuatro ámbitos que reflejan una cultura organizativa existente en los servicios sociales. Se trataba, en concreto, de la configuración del servicio, es decir, las normas codificadas y formalizadas, así como de las creencias escritas y no escritas, es decir, lo que es tradicional en la organización, por ejemplo las concepciones de la familia o las características de las personas usuarias. La configuración del servicio y las creencias se reflejaban después en prácticas de trabajo establecidas y en formas de comunicación (dentro del equipo, entre colegas, con la dirección, con las personas usuarias, etc.). «Me parece algo muy interesante, porque en realidad lo creamos internamente dentro del equipo y luego lo difundimos de alguna manera, lo transmitimos a nuestras compañeras y a nuestras personas usuarias» (FG2).

En cuanto a la configuración del servicio, la implicación de los padres en las organizaciones estaba influida principalmente por la configuración del contrato, el lugar y el horario de la intervención. Esto se relaciona también con la definición del grupo destinatario, el número de familias (carga de trabajo) por profesional, la manera de abordar el servicio y la manera en que se presenta.

Aunque el propio personal de trabajo social definía el servicio como un servicio que trabaja con toda la familia, admitía que, en realidad, los servicios están feminizados y orientados hacia las madres. Aunque la feminización de una profesión es más bien una cuestión del nivel macro, también afecta de manera significativa a la cultura organizativa. Los servicios feminizados y orientados a las madres no parecen responder a las necesidades de los padres (véase también Ghate et al., 2000). En este contexto, las trabajadoras sociales tematizaron la necesidad de contratar a trabajadores sociales varones. Por otro lado, expresaron dudas sobre la capacidad de los trabajadores sociales varones para asesorar a las madres sobre el cuidado, especialmente, de la primera infancia («Porque pensaba que esos chicos no podrían con ello», Klára, trabajadora social) y manifestaron su preocupación por las reacciones de celos de los usuarios varones, sobre todo en las familias romaníes: «Pero es difícil cuando de repente tienes que mandar a un hombre a una familia romaní donde están la madre y los niños. Su pareja está trabajando, ganando dinero. Y en su casa hay un tipo desconocido que visita a su mujer y le da consejos sobre cómo criar a sus hijos... esta situación... no es nada buena» (Šárka, responsable).

Por parte de la dirección, el desinterés por los trabajadores sociales varones también puede interpretarse como una amenaza para su propio papel, dado que los hombres suelen ocupar los puestos de dirección en los servicios sociales (véase también Christie, 2006). Las trabajadoras hablaban a menudo de los trabajadores varones en términos hipotéticos. Sus afirmaciones sobre la falta de aptitud de los hombres para este tipo de trabajo no se apoyaban en la experiencia personal. Sus temores sobre los celos de los usuarios varones no se confirmaban, en su mayor parte, en los relatos de las madres: «No creo que estuviera celoso. No es así con desconocidos, solo cuando vienen amigos... amigos y eso, entonces sí que se pone celosísimo... (suspiro). Sí, pero si no, no. Es lo que yo creo. No sé, no me lo dice» (Amálie, madre).

Las trabajadoras sociales basaban sus estereotipos sobre los trabajadores sociales varones en la afirmación esencialista de que «una mujer entiende mejor a otra mujer» o de que «una madre entiende mejor a otra madre». Róza, trabajadora social, lo respaldaba afirmando: «...en realidad construir una relación de mujer a mujer... me parece más fácil en cuanto a cierta sintonía y comprensión.» y Kateřina (trabajadora social) añadía: «Creo que una se entiende mejor con la madre, quizá porque somos mujeres… simplemente es distinto...». Partir de tal supuesto es arriesgado, aunque solo sea por la diversidad de las formas de ser mujer y de ser madre. Además, esta actitud conduce a la exclusión del sujeto masculino de las intervenciones y a la construcción de su inferioridad (Zábrodská, 2009). También complica la implicación de los padres varones en las intervenciones.

La idea de la inutilidad del padre durante las intervenciones también puede verse respaldada por las propias madres, que remiten a la etnia: «Con nosotros suele ser así... no solo conmigo, sino con todos nosotros, con los gitanos… Es que lo tenemos así: el hombre se ocupa de... digamos del trabajo, del dinero… y la casa, los niños y todo eso, eso es cosa nuestra. Y claro, si tengo otra cosa que hacer, él juega con ellos, los saca y me ayuda… pero no mucho. Estaría bien que fuera más» (Amálie, madre). Esta afirmación explícita por parte de las usuarias encaja con la interpretación de la cooperación como «la mujer entiende mejor a otra mujer, y más aún cuando trabaja con romaníes» «... esta fuerte división entre lo que puede hacer una mujer y lo que puede hacer un hombre ...» (FG1).

La feminización y la orientación hacia las madres se reflejan en una configuración del servicio que discrimina a los padres. Un ejemplo de ello es la configuración del contrato. Para que el personal pueda, como mínimo, transmitir información al padre, este debe figurar en el contrato de servicio. La firma del contrato suele tener lugar en el primer encuentro. Dado que la madre se percibe como usuaria principal, el contrato suele firmarse únicamente con ella. Incluso en los casos en que los hombres están presentes en el encuentro, se les invisibiliza precisamente porque no figuran como usuarios en los contratos. «Así que para nosotras siempre se daba por hecho automáticamente que no debíamos ocuparnos de la pareja, que habría que añadir un anexo al contrato. En realidad, eso determina también con quién tratamos en esa familia» (Kateřina, trabajadora social).

Uno de los padres entrevistados subrayó los riesgos de vincular los contratos solo a las madres, ligados al hecho de que sean ellas quienes asumen la responsabilidad de la situación familiar. «Debería valer para los dos progenitores… deberían entrar en una relación en la que los dos queden vinculados. Normalmente solo queda vinculada la madre, porque es ella la que recibe todas las prestaciones sociales ...» (Alex, padre). Otro padre suponía que, si están casados, el contrato abarca a ambos progenitores. «Si estamos casados, con un contrato basta, ¿no? No hace falta tener dos contratos, supongo. Nos dieron un contrato y no dos, ¿verdad?» (Hugo, padre). Esto muestra la falta de claridad del papel del padre en la cooperación con el servicio.

La no implicación de los padres en la colaboración formal puede interpretarse como una forma de hacer frente a las exigencias profesionales. El personal de trabajo social relató que trabajar con toda la familia le resultaba muy difícil y que no era habitual reunir a toda la familia para una intervención («… pero no tengo la sensación de que sea así… de poder trabajar realmente con toda la familia. Puedo trabajar con una persona, pero casi nunca he tenido la experiencia de trabajar con una familia, y en realidad tampoco con los niños», Radmila, responsable).

Radmila, la responsable, lo resume así: «La situación actual de los servicios sociales, en la que nos vemos obligadas a crear listas de espera para las familias, y en la que el número de familias y de intervenciones por profesional es elevado, no ayuda a implicar a toda la familia», y añade: «Creo que eso no es realista. Necesitaríamos mucho más tiempo y mucha más capacidad, porque un encuentro así requiere mucha preparación… ya que estamos todos ahí, creo que tenemos que prepararlo.»

Asimismo, las exigencias laborales de los padres de familias pobres y el horario del servicio no facilitan su implicación. Esto puede estar ligado a una cultura organizativa que no tiene suficientemente en cuenta los diferentes ritmos cotidianos y, por tanto, el espacio para el trabajo con las familias (por ejemplo, los hombres pueden realizar trabajos físicamente exigentes que los dejan cansados; tienen «trabajos de pluriempleo» lejos de casa, por lo que el tiempo para el contacto es limitado).

Según el personal de trabajo social, no solo el horario sino también el lugar de la intervención desempeñan un papel importante. Algunos servicios solo realizan actividades de campo; otros también ofrecen atención en sus oficinas. Cuando el personal podía comparar ambas modalidades, señalaba que las dos tenían inconvenientes. Según su experiencia, la modalidad en oficina no es solicitada por los padres. Según sus declaraciones, esto se relaciona con un entorno del servicio formal y feminizado. En el trabajo de campo, aunque el personal tiene más posibilidades de encontrarse con los padres («… el padre conoce a la persona del trabajo social en otro entorno… y no solo estrictamente aquí, en la oficina, donde lo atiendo… y sabe también que puede hablar con ella..., y de algún modo se implica más, así que creo que ahí la cooperación funciona mejor», Kateřina, trabajadora social), los padres pueden percibirlo como una invasión de su intimidad.

Otra forma de legitimar la no implicación de los padres en el nivel meso consistía en presentar el servicio como un servicio «voluntario». El carácter voluntario del servicio de activación social suele definirse por oposición a las actividades de la oficina de protección social y jurídica de la infancia, considerada un organismo de control. Al mismo tiempo, la voluntariedad de la implicación de las personas usuarias en los servicios sociales se considera cuestionable a la vista de la presión de poder que ejerce la autoridad de protección de la infancia: «Pues sí, y esa es precisamente la familia en la que la cooperación es voluntaria, pero recomendada por la oficina de protección social y jurídica de la infancia…, así que el carácter voluntario es cuestionable (risas)» (Zora, trabajadora social).

No solo el género, sino también la sexualidad influye de manera significativa en la práctica del trabajo social. La sexualidad es un mecanismo regulador que en algunos casos lleva a evitar a los usuarios varones. Intervienen tanto el deseo de evitar la inseguridad en los planos personal y cultural como el discurso de la heteronormatividad. Los límites profesionales se codifican en las organizaciones mediante los requisitos de vestimenta y de comportamiento que se esperan de las trabajadoras sociales («Tienen que tener más cuidado, por supuesto, con cómo se visten, con cómo sonríen a los hombres»). Las trabajadoras sociales carecen entonces de conocimiento sobre la perspectiva del usuario varón y, a partir de sus propios estereotipos sobre los hombres, pueden evitarlos porque sienten que no los entienden, que no pueden comunicarse con ellos y que no se sienten cómodas en su presencia («Creo que algunos temas quizá son más difíciles de abordar con un hombre», Sandra, trabajadora social). La evitación también puede atribuirse a situaciones en las que las trabajadoras sociales no saben cómo responder a las confidencias y comentarios de los padres: «Me manda correos diciendo cuánto ha esperado el momento de ver a la rubita y yo no sabía muy bien cómo responder a eso… así que pedí una supervisión individual con una supervisora para este caso» (Týna, trabajadora social).

6.3 (No) implicación de los padres en el nivel estructural (macro)

El nivel macro remite a la red de relaciones sociales y de poder, y a las formas en que la opresión se «institucionaliza» (se fija mediante el pensamiento, el lenguaje y la acción). Las familias con las que hablamos se enfrentan a menudo a problemas económicos y de vivienda, al desempleo y al racismo institucionalizado. Son familias que viven en viviendas precarias y deficientes y/o familias numerosas que no encuentran un piso más grande. Sin embargo, el personal de trabajo social no considera la búsqueda de vivienda como un encargo que deba cumplir. «Muy a menudo, y sobre todo, se ocupan de un problema de vivienda… nosotras, como servicios de activación social… no deberíamos ocuparnos en absoluto de la vivienda, pero para nosotras es importante que la familia pueda funcionar mínimamente» (Radmila, responsable). Al mismo tiempo, el personal de trabajo social siente que no está en su poder (ni en el de las personas usuarias) resolver la cuestión de la vivienda. «Pero resolver de verdad otras cuestiones si la familia no tiene un lugar donde quedarse es terriblemente difícil. Y, por supuesto, nosotras no podemos encargarnos de eso, ¿verdad? Podemos ayudarles a dar pequeños pasos, pero no podemos conseguirles pisos» (Garbriela, trabajadora social). Dado que en la República Checa la vivienda se percibe como una mercancía o una inversión, y no como un derecho, se trata ante todo de una cuestión económica. Entre las principales barreras figura la discriminación contra la población romaní en los mercados de la vivienda y del trabajo. La imposibilidad de conseguir una vivienda o un trabajo adecuados puede percibirse como un fracaso de los padres en su papel de sostén económico. Del mismo modo, las deudas y los embargos pueden verse como un fracaso del padre proveedor. Aquí se observa cómo un aspecto de género del ensombrecimiento de los padres se entrelaza con un elemento de opresión (principalmente racial): esto genera circunstancias que excluyen a los hombres del contacto, ya sea por su falta de disponibilidad (por encarcelamiento, por la búsqueda constante de dinero, por la drogodependencia) o por su sentimiento de incompetencia, que combina los atributos esperados (mantener a la familia) y su desempoderamiento debido a la opresión racial. Esto coloca a los servicios sociales en una posición difícil: necesitan responder a estas contradicciones para poder hacer su trabajo, pero al mismo tiempo carecen del mandato y de los instrumentos para hacerlo (véase también Valová & Janebová, 2015).

Las declaraciones de madres y padres apuntan a una pobreza y una segregación cada vez más profundas, así como a la ausencia de soluciones sistemáticas a las situaciones familiares: «Sería importante encontrar un piso nuevo, ¿no? Porque estoy cansada de vivir allí…. mis hijos se contagiaron allí… es un mal sitio» (Joanna, madre). «Por ejemplo, asesoramiento social, prestaciones sociales, vivienda, o simplemente acompañamiento a los sitios. Porque muchas veces vamos, pero no nos dicen nada… a qué tenemos derecho… nada, simplemente no nos lo dicen por su cuenta» (Albert, padre). «¿Yo? ¿Qué necesitaría? Otro piso. Poder irme de aquí» (Radovan, padre).

Los servicios orientados a las madres tampoco contribuyen a mejorar las situaciones desfavorables de las familias. Si, por ejemplo, una familia necesita vivienda y debe resolver su situación mediante un alojamiento de emergencia en un albergue para personas sin hogar, a menudo surge la pregunta: ¿qué hacer con el padre? Los servicios sociales de la República Checa están fuertemente marcados por el género. El padre se ve obligado a buscar alojamiento separado del resto de la familia. Los albergues suelen dividirse en albergues para mujeres y madres con menores y albergues para hombres. Las familias deben separarse, y las criaturas deben quedarse con su madre. No existen albergues para padres con menores. El sistema de servicios sociales descalifica así a los padres como progenitores. «... así que muy a menudo acabamos en una situación en la que les decimos a estas madres que tienen que decidir entre su pareja o sus hijos, es decir, irse a un albergue para madres con hijos. En realidad nos alegramos si da prioridad a sus hijos, porque es la única posibilidad de que la familia viva en algún sitio… pero es duro para ellas y a menudo no quieren dejar a su pareja» (Radmila, responsable). Esto complica el trabajo posterior con toda la familia. Para no separarse, en estos casos las familias se trasladan a menudo a un hostal. Sin embargo, para algunas familias que se beneficiarían de un apoyo más intensivo, un inconveniente puede ser la ausencia del servicio social que se ofrece casi las 24 horas en los albergues, mientras que el personal de trabajo social solo puede visitar a estas familias en los hostales.

Aunque parte del personal de trabajo social afirmó no ver diferencias entre los encargos procedentes de madres y de padres, «...supongo que no veo ninguna diferencia… las mujeres no tienen objetivos distintos de los de los hombres…» (Sandra, trabajadora social), la implicación de los padres parecía depender de esos encargos: «Depende de… si de verdad solo tratamos cosas del cuidado, la mayoría de las veces acabo trabajando solo con la madre» (Laura, trabajadora social).

Sin embargo, los encargos no proceden exclusivamente de las familias, sino que a menudo vienen de fuera: autoridades de protección de la infancia, escuelas, tribunales, etc. El personal de los servicios sociales para familias tiene además sus propias ideas sobre cómo deberían funcionar las familias. «Y yo intento incorporar algo a eso para ellos: ‹Deberían hacer esto y aquello. Deberían ir aquí y allá, simplemente hace falta›» (Klára, trabajadora social). Parte del personal de trabajo social relató que la construcción de la madre como usuaria principal estaba relacionada con el modelo transmitido por la oficina de protección social y jurídica de la infancia, que también trabaja principalmente con la madre y deriva el caso de esa manera. «...la oficina de protección social y jurídica de la infancia trabaja principalmente con la madre y nos deriva una parte para que la tratemos directamente, junto con el contacto de la madre. Nos reunimos todas: la oficina de protección social y jurídica de la infancia, la madre y nosotras, así que nos transmiten el modelo en el que trabajan con la madre» (Radmila, trabajadora social).

7. Discusión y conclusión

Los resultados sugieren que no solo los atributos personales, sino también el diseño y la forma de prestación de los servicios sociales pueden llevar a que los padres pierdan el contacto con los servicios sociales y de activación para familias con menores. Esto ocurre sobre la base del refuerzo de los roles de género tradicionales (también McKeown, 2001), pero también sobre la base de diferentes formas de opresión combinadas con un enfoque etnicizante hacia la población romaní en la sociedad checa.

En cuanto al primer nivel, el del refuerzo de los roles de género tradicionales, la feminización de la profesión y la generización de los servicios pueden tener un efecto disuasorio sobre la disposición de los padres a implicarse. Dado que los contratos de servicios sociales se firman mayoritariamente con las madres, las barreras administrativas a la implicación paterna también están ligadas al problema de los servicios marcados por el género. Implicar a los padres y trabajar con toda la familia resulta, por tanto, complicado en el nivel de la configuración del sistema de servicios, en el de los procesos intraorganizativos y en el nivel personal de cada profesional o persona usuaria. La configuración de todo un sistema de servicios que no incluye a los padres se apoya en un «modelo del déficit paterno» (Lechowitz et al., 2019). Panter-Brick et al. (2014) constataron que los marcos políticos en los que se aplican las intervenciones presuponen a menudo este déficit, por el que se considera a los padres incompetentes en cuanto a sus habilidades y conocimientos relacionados con la salud y el desarrollo infantil. Las actitudes y los comportamientos del personal hacia los padres pueden perpetuar el modelo del déficit y afectar al nivel de implicación paterna (Pfitzner et al., 2015).

Un ejemplo de la interconexión de las distintas barreras es, por ejemplo, el miedo percibido subjetivamente por el personal en relación con la participación de los padres, que tiene sus fundamentos en los niveles macro y meso. En el nivel macro, se relaciona con la construcción social de los hombres en el trabajo social como agresores; en el nivel meso, esta construcción se ve reforzada por la organización de cursos de autodefensa para las trabajadoras y el suministro de material de protección (p. ej., espray de pimienta). Asimismo, Maxwell et al. (2012) señalan que el personal de trabajo social a veces etiqueta a los padres como peligrosos sin haberlos conocido. Brown et al. (2009) sugieren que el miedo del personal de trabajo social a los hombres es un miedo a lo desconocido. Según Baum (2016), la sensación de amenaza tiene causas tanto externas como internas. Algunos temores pueden derivar de la mayor proporción de hombres, en las familias con menores, que tienen problemas de consumo de sustancias y/o antecedentes de actividad delictiva relacionada con la violencia. (Zanoni et al., 2013) Las trabajadoras pueden entonces generalizar sus experiencias o las creencias organizativas no escritas y volverse hostiles y desconfiadas hacia todos los usuarios varones (Baum, 2016). Scourfield (2001) ha subrayado la necesidad de formular explícitamente las construcciones de género de usuarios y usuarias y de comprender sus implicaciones en el trabajo social con familias. Sostiene que el personal de trabajo social debería reflexionar sobre su propia práctica y sobre los discursos de género presentes en la cultura de su propia organización. Corresponde a quienes forman en trabajo social apoyar este proceso de reflexión.

En cuanto al segundo nivel, se relaciona con la opresión estructural y racial, pero también con un enfoque etnicizante del personal de trabajo social y con el autoconcepto de las personas usuarias. Los resultados muestran que existe una intersección entre género y raza, en la que el personal de trabajo social es capaz de distinguir, dentro de la categorización de género, entre masculinidad mayoritaria y minoritaria (romaní), con la masculinidad romaní en desventaja (véase Connell, 2005). Esto puede llevar a un «distanciamiento» entre la población romaní (Doubek et al., 2014), definido como un intento de desplazar la degradación social de la categoría «romaníes» a la categoría «otros romaníes», en este caso los «hombres romaníes». Este perfilado etnicizante también puede ser aceptado por las usuarias: véase la declaración de una de ellas, que aplica una diferenciación de género a toda la población romaní, en línea con la opinión de las trabajadoras sociales. Puede concluirse que los fenómenos asociados a la opresión o a una posición socioeconómica desfavorecida pueden malinterpretarse desde una mirada etnicizante de los roles de género en las familias.

Para quienes forman en trabajo social, hay otro impulso, expresado acertadamente por Kozubík et al. (2018, p. 81) como la «deconstrucción de una óptica etnicizante estereotipada de las comunidades romaníes marginadas». Basan sus conclusiones en un estudio etnográfico de la vida en asentamientos rurales segregados de Eslovaquia, que mostró solo una diferencia insignificante entre la cultura local y la cultura rural tradicional de la población eslovaca. Dada la interconexión entre la diferenciación de género y los enfoques etnicizantes que observamos en nuestra investigación, consideramos que promover una formación sensible al género puede contribuir a la deconstrucción propuesta por Kozubík et al. (2018).

Mientras no se reconozca y aborde explícitamente el contexto social, político y económico en el que viven las familias, estos servicios seguirán centrándose en las deficiencias individuales (personales) más que en las estructurales (Philip et al., 2018). La pobreza, la etnia y la cultura son solo algunos de los factores que, según Coakley et al. (2014), pueden impedir que los padres participen plenamente en la resolución de la situación familiar. Gordon et al. (2012) añaden que el racismo y la discriminación subyacen a muchos problemas emocionales y psicológicos de los padres, lo que puede afectar negativamente a su capacidad para desenvolverse de forma competente como progenitores.

Complexe Systémique: puntos clave

El artículo pone nombre a una escena que muchas personas del ámbito clínico conocen: el padre que sale de la habitación cuando llega el servicio. Su fuerza consiste en no tratarlo como un rasgo de carácter, sino como el efecto de un sistema: un contrato firmado solo con la madre, horarios de oficina, albergues de emergencia que separan a las parejas, un miedo alimentado por cursos de autodefensa, una coalición implícita entre madre y profesional. El nivel personal (la propia historia con el propio padre), el nivel cultural de la organización y el nivel estructural (pobreza, vivienda, antigitanismo) se refuerzan mutuamente. Para la práctica sistémica, cabe retener la invitación a observar a quién se invita, quién firma, quién se queda en la habitación de al lado, y a releer la «ausencia» del padre como una información relacional. Limitaciones: una muestra de servicios checos, algunas entrevistas muy breves, un análisis sostenido en gran parte por los relatos del personal y un marco binario madre/padre. Puede leerse junto con el artículo sobre la implicación de los padres en las investigaciones de protección de la infancia en Suecia y el artículo sobre el miedo y el apego en el trabajo con los padres.

Notas del original

1 Un garante de aplicación es una organización interesada en la aplicación y el uso, en su práctica, de los resultados previstos de un proyecto de investigación y desarrollo.

Financiación. Esta investigación fue financiada por la Agencia Tecnológica de la República Checa (Technology Agency of the Czech Republic) con el número de subvención TJ04000152.

Conflictos de intereses. La autoría declara no tener intereses en conflicto relacionados con el contenido de este artículo.

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Traducción no oficial al español de The shadow fathers: Barriers to whole family approach in social work?, de Barbora Gřundělová, Jakub Černý, Alice Gojová, Zuzana Stanková y Jan Lisník, Journal of Family Research, vol. 35 (2023), doi: 10.20377/jfr-796, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El artículo original, «The shadow fathers: Barriers to whole family approach in social work?», se publicó en Journal of Family Research (2023) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión es una traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, con una presentación adaptada para la lectura en línea, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Gřundělová, B., Černý, J., Gojová, A., Stanková, Z., y Lisník, J. (2023). The shadow fathers: Barriers to whole family approach in social work?. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-shadow-fathers-barriers-to-whole-family-approach-in-social-work (Obra original publicada en 2023 en Journal of Family Research, 35, 85-102 (2023); republicada en 2023 por Journal of Family Research, https://ubp.uni-bamberg.de/jfr/index.php/jfr/article/view/796)

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