Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Theory & Review · Terapia familiar
¿Y si, detrás del retraimiento, la indiferencia o la ira de muchos padres en terapia familiar, se escondiera un miedo que no reconocen? Allen K. Sabey, Jakob F. Jensen y Brandon Jacobs relacionan la socialización masculina, el privilegio de género y la teoría del apego. De ello extraen pautas concretas para invitar a los padres a las sesiones y ayudarles a acceder a sus emociones, sin perder de vista el privilegio.
Traducción no oficial al español de Fathers Are Frightened but May Not Know It: Considering Masculinity and Attachment When Working With Fathers in Family Therapy, de Allen K. Sabey, Jakob F. Jensen y Brandon Jacobs, publicado en Journal of Family Theory & Review (Wiley) (2026), doi: 10.1111/jftr.70040, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Así pues, los padres tienen miedo, no solo porque puede que no sean aceptados o no sientan que pertenecen al grupo como hombres (como se ha descrito más arriba), sino también porque perciben su incapacidad para cuidar de su descendencia de ciertas maneras (por ejemplo, atendiendo a sus necesidades emocionales).
Allen K. Sabey, Jakob F. Jensen y Brandon Jacobs
Resumen
Dadas las realidades emocionales, a menudo no reconocidas, que rodean las masculinidades y la paternidad en la teoría y en la práctica, el trabajo con padres en terapia familiar requiere una atención constante. La labor terapéutica puede mejorar si se presta atención a cómo los hombres y los padres pueden haber sido socializados hacia ideologías masculinas restrictivas (por ejemplo, la desvalorización de la experiencia emocional) y a cómo los patrones de conducta correspondientes, contextualizados en el privilegio de género, se perpetúan a través de la experiencia interna de hombres que tienen miedo pero no lo saben. Proponemos un marco basado en el apego y las emociones para comprender la socialización masculina y para el trabajo clínico con hombres y padres; es decir, los instintos de cuidado de los padres y su capacidad de ofrecer a su descendencia un cuidado que favorezca su desarrollo se ven frustrados porque están constreñidos por su legítimo miedo a sus propias emociones. Revisamos la literatura sobre el trabajo terapéutico con hombres y padres (que se refiere principalmente a hombres cisgénero), recomendamos formas de reforzar este aspecto de la terapia a partir del marco de la teoría del apego y reconocemos la necesidad de un marco más inclusivo que tenga en cuenta la heterogeneidad del hecho de ser hombre y padre.
Considérese la confluencia entre masculinidades, familia y terapia familiar en este escenario, en el que un padre participa en una terapia familiar. Un padre de 45 años, cisgénero y heterosexual, socializado desde muy joven por su familia, sus pares y otros sistemas (por ejemplo, los medios de comunicación, la escuela, el trabajo) para no valorar sus propias emociones ni las de los demás (es decir, los ideales masculinos tradicionales), recibe ahora de la persona terapeuta familiar el estímulo para ofrecer cuidado emocional a su hija adolescente, algo que nunca antes ha hecho; ella tiene dificultades para comunicar con claridad sus propias emociones (por ejemplo, o no comparte nada o estalla de ira). Padre e hija tienen cada uno sus propias experiencias de cuidado y de apego, pero sostenemos que la responsabilidad de estar disponible y ser sensible a la experiencia de la hija recae principalmente en el padre. Las variantes de este escenario son frecuentes en terapia familiar, y estas situaciones requieren atención, porque las consecuencias de que la terapia salga mal son considerables. En particular, llamamos la atención sobre cómo este padre ha aprendido a conocer sus propias emociones en tanto que individuo masculino cisgénero.
El campo [de la terapia familiar] ha llegado a reconocer que el género es un aspecto importante tanto de la vida de las personas a las que atendemos como del proceso de la terapia y de la supervisión. Para preparar adecuadamente a la nueva generación de terapeutas familiares, es importante que reconozcan las muchas y complejas maneras en que el género puede influir en su trabajo. (Williams and McBain 2006, 393)
En este artículo proseguimos este reconocimiento y este esfuerzo revisando e integrando las teorías y la investigación sobre la socialización masculina y la paternidad (que son amplias y también se centran principalmente en hombres cisgénero; Fitzgerald et al. 2020; Molloy et al. 2022) y sintetizando la literatura sobre el trabajo terapéutico con hombres y padres, con el fin de fomentar una práctica clínica más eficaz y mejorar las experiencias clínicas de los padres y sus familias. Coincidimos en que «la masculinidad es algo que familias enteras “hacen”» y en que esta perspectiva es valiosa para el campo de la terapia familiar (Roy and Allen 2022, 31). También planteamos nuestro trabajo como referido principalmente a la experiencia de hombres y padres cisgénero, ya que partimos de nuestra experiencia personal y profesional como hombres cis que trabajan principalmente con hombres cis. Nombramos esta perspectiva porque somos conscientes de la diversidad de hombres y padres, y reconocemos que buena parte de la investigación básica y clínica que revisamos se apoya en la nociva conceptualización del género como binario (Dietert and Dentice 2013; McGuire et al. 2016). Por ello, instamos a que las recomendaciones y los enfoques que presentamos aquí se apliquen con sensibilidad y con la adaptación pertinente a cada hombre y a cada padre.
Somos conscientes de que nuestra aproximación a estos temas es a la vez personal y profesional (England 1994) y, por ello, nos situamos socialmente para reconocer cómo nuestras características personales, nuestra formación profesional y nuestras relaciones pueden moldear nuestras perspectivas. El primer autor (Allen Sabey) se identifica como hombre blanco, cisgénero y heterosexual, esposo y padre (de cuatro hijos, entre ellos un varón). Se crio en un hogar con bajos ingresos, sin un padre presente en casa. Es terapeuta matrimonial y familiar con licencia (MFT) y profesor clínico asistente en un máster en ciencias de terapia matrimonial y familiar en el Medio Oeste. Se apoya principalmente en la teoría del apego y en otras teorías afines (por ejemplo, la neurobiología interpersonal) para orientar su trabajo clínico, su docencia y su investigación. El segundo autor (Jakob Jensen) también se identifica como hombre blanco, cisgénero y heterosexual, esposo y padre. Lo crio un padrastro cariñoso y severo, que mostraba conductas parentales tanto útiles como dañinas ligadas a la masculinidad. Es terapeuta matrimonial y familiar con licencia, supervisor acreditado por la AAMFT, presidente de la asociación de MFT de su estado y trabaja como profesor titular de terapia matrimonial y de terapia familiar médica. El tercer autor (Brandon Jacobs) se identifica como hombre gay cisgénero. Lo crio en el sur de Alabama un padre cristiano, que había servido en el ejército y que hacía hincapié en normas estrictas, una expresión emocional limitada y los ideales masculinos tradicionales, aunque el cuidado de la familia se entendía de forma implícita. Tiene un máster en terapia matrimonial y familiar, cursa actualmente un doctorado en terapia familiar médica y trabaja en un centro de atención primaria de afirmación de género.
Reconocemos que «prácticamente todo el funcionamiento humano tiene un matiz de género: la apariencia, los gestos, la comunicación, el temperamento, las actividades dentro y fuera de casa, las aspiraciones y los valores» (Ruble et al. 2006, 858). El género, y el hecho de identificarse como hombre y/o como padre, moldean la experiencia y las relaciones de cada persona. Definir lo que significa ser hombre o padre es complejo y lleno de matices, aunque, en términos generales, consideramos que los hombres y los padres son lo que ellos mismos se identifican como tales: son hombres quienes se identifican como hombres, y son padres los hombres que tienen hijos o hijas. Operacionalizamos el género y la condición parental de estas maneras amplias para ser inclusivos (es decir, para no limitar la identidad de género a características biológicas), reconociendo al mismo tiempo que estas categorías demográficas abarcan una gran heterogeneidad de miembros (Doucet and Lee 2014; McGuire et al. 2016). Aunque gran parte de la investigación operacionaliza el género desde una perspectiva binaria y compara a hombres cisgénero heterosexuales con mujeres cisgénero heterosexuales, y a madres cisgénero heterosexuales con padres cisgénero heterosexuales, concebimos el género como una idea biopsicosocial: el género tiene componentes biológicos, psicológicos y sociales, y es a la vez un continuo (más que binario) y fluido (más que fijo; Bem 1981; de Vries et al. 2014; McGuire et al. 2016). Aunque conceptualizamos así, en general, la masculinidad y a los padres, nuestro objetivo es abordar la experiencia de hombres y padres que, en particular, han vivido una socialización que los lleva hacia la ideología masculina tradicional (por ejemplo, lejos de la experiencia emocional).
Reconocemos que identificarse como hombre o como padre puede incluir toda una serie de características importantes que moldean la identidad y la experiencia. Los hombres y los padres varían enormemente según la generación, la raza, la etnia, la clase social, la sexualidad y la estructura familiar. Considérese esta lista no exhaustiva de las distintas maneras en que un padre puede identificarse como tal o serlo: los padres pueden llegar a ser padres biológicos mediante relaciones sexuales o donación de esperma, o pueden llegar a ser padres mediante el acogimiento familiar, la adopción, el matrimonio (es decir, como padrastros) o la transición de género; los padres pueden tener o no derechos legales para actuar como tutores legales de su descendencia; pueden vivir o no con ella; pueden tener o no un contacto regular con ella; pueden aportar o no apoyo económico; y pueden tener la responsabilidad principal, compartida o exclusiva de su cuidado. Cada una de estas maneras de ser padre no es mutuamente excluyente ni fija, y admite diversas explicaciones posibles. Por ejemplo, un padre puede haber elegido un aspecto de la paternidad (como vivir con sus hijos) o puede no tener capacidad de decisión al respecto (por ejemplo, si está en prisión).
Dado que la diversidad de trayectorias y circunstancias puede influir sustancialmente en la experiencia, nuestra revisión, nuestras perspectivas y nuestras recomendaciones, más generales, sobre hombres y padres pueden no representar a determinadas personas o grupos de hombres y padres (por ejemplo, padrastros u hombres trans), ni aplicarse a ellos. Reconocemos la realidad de circunstancias singulares y de gran trascendencia, y alentamos la sintonía y la sensibilidad cultural hacia cualquier hombre o padre en su contexto. Reconocemos que la teoría y la investigación sobre la paternidad gay y trans son esclarecedoras y prometedoras (por ejemplo, Barrett and Tasker 2002; Condat et al. 2020; Grigoropoulos 2023; Hafford-Letchfield et al. 2019; Malmquist 2022), pero están infrarrepresentadas, y alentamos a prestar atención a las posibles diferencias respecto de lo que presentamos aquí, con carácter tentativo, para hombres y padres.
Una amplia investigación ha examinado las diferencias de género y de sexo en diversos ámbitos pertinentes, evaluando por lo general las diferencias entre hombres cis heterosexuales y mujeres cis heterosexuales (desde la perspectiva binaria del género; Del Giudice 2022), lo que, por desgracia, deja fuera de la consideración y de la inclusión otras identidades de género (por ejemplo, las personas trans) y perpetúa la visión opresiva del género como binario. Para resumir brevemente esa literatura, existen diferencias medias y cualitativas entre hombres cis y mujeres cis en la biología (por ejemplo, los sistemas endocrino y neurobiológico; Burris and Knox 2024; Eliot 2021; Rajhans et al. 2019), en la personalidad y en las características psicológicas normativas (por ejemplo, el funcionamiento cognitivo, la seguridad del apego; Del Giudice 2019; Hofmann et al. 2025; Kheloui et al. 2023), en la psicopatología y las conductas asociadas (por ejemplo, la violencia, el consumo de sustancias; Eliot 2021) y en la parentalidad. La literatura empírica sobre la parentalidad constata en general que los padres cis heterosexuales están menos implicados, son menos sensibles, tienden más a desalentar la expresión emocional y tienen relaciones de apego menos seguras con su descendencia que las madres cis (Havighurst et al. 2019; Pinquart 2022, 2023; Pleck and Masciadrelli 2004; Suzuki et al. 2022; Yaffe 2020). Aunque los estudios indican diferencias de género significativas en muchas conductas parentales importantes, los medios de comunicación y la psicología popular suelen exagerar estas diferencias, que en general son pequeñas y van disminuyendo (Paquette et al. 2020), y la variación dentro de cada género indica un solapamiento considerable en todos los ámbitos. La investigación que compara a padres cis cuidadores principales con madres cis cuidadoras principales no ha mostrado diferencias en la calidad de la parentalidad (Jones et al. 2022), lo que podría llevar a explicar que las diferencias entre madres y padres se deben a diferencias históricas de rol y a patrones de socialización, más que a características biológicas del sexo, o que reflejan una confusión con otras variables pertinentes (Biblarz and Stacey 2010). Los hombres cis heterosexuales muestran una variabilidad considerable y un solapamiento enorme con otros géneros y otras identidades (por ejemplo, la raza, la identidad sexual) en todas estas diferencias empíricas generalizadas. Por tanto, siempre hay que tener en cuenta los datos demográficos (por ejemplo, la clase social, la edad), ya que el género nunca basta como explicación completa de las características individuales (Hyde 2014).
Las personas expertas en paternidad han concluido en general, aunque con algunas perspectivas discrepantes minoritarias, que no hay pruebas empíricas suficientes para sostener la teoría del padre esencial, según la cual los padres tienen efectos singulares sobre su descendencia debido a su condición masculina y a su identidad masculina (Adamsons et al. 2022; Pleck 2007; Wolfe and Levant 2022). Pleck (2010) propuso más bien la teoría del padre importante, que afirma que, si bien los padres no son un factor determinante absoluto del desarrollo de su descendencia, sí ejercen una influencia importante sobre ella cuando están presentes e implicados. Las pruebas empíricas respaldan el efecto que tienen los padres sobre la salud, el bienestar y el desarrollo de la infancia cuando están presentes en una familia (American Psychological Association, Boys and Men Guidelines Group 2018; Booth et al. 2010; Brown and Aytuglu 2020; Deneault et al. 2021; Hennigar and Cabrera 2024; Jeynes 2016). Al mismo tiempo, la investigación indica que la infancia criada sin padres cisgénero (por ejemplo, por madres lesbianas) puede evolucionar igual de bien, si no mejor, que la de familias con una madre y un padre cisgénero (Patterson 2022; Zhang et al. 2023), lo que pone de relieve que los factores clave para el desarrollo infantil son los procesos familiares, la estabilidad familiar y los datos demográficos (por ejemplo, el nivel socioeconómico).
Aunque las teorías pueden priorizar ciertos factores del desarrollo sobre otros (por ejemplo, la biogenética, el construccionismo social), son las interacciones entre factores individuales/biológicos y ambientales las que contribuyen a la presencia de características masculinas en hombres y padres. Los factores ambientales son múltiples, pero incluyen las ideologías de la masculinidad. Aunque es difícil definirla en términos concretos, la masculinidad, o las masculinidades, pueden referirse tanto a un proceso como a normas (por ejemplo, atributos) de lo que significa ser hombre (Roy and Allen 2022).
Otro aspecto importante a la hora de considerar el género y la experiencia de los hombres es el privilegio (Case et al. 2014). El privilegio designa el hecho de disponer de ciertas ventajas no merecidas en una comunidad o sociedad (es decir, un contexto) en función de la percepción de las identidades sociales (por ejemplo, el género, la raza, la edad, el nivel socioeconómico) y/o de la pertenencia a ciertos grupos (por ejemplo, la afiliación religiosa o política). Los hombres cis suelen considerarse el género más privilegiado y disfrutan de la protección consiguiente frente a la opresión y otras experiencias vitales negativas. Las oportunidades y las experiencias no están igualmente al alcance de todas las identidades de género, y los hombres cis viven el mundo con muchas ventajas, por lo general invisibles o no asumidas; los hombres y los padres tienen más acceso, más seguridad y más poder en muchos ámbitos de la mayoría de las sociedades del mundo que otras identidades de género (Case et al. 2014; Clements et al. 2022). Este privilegio de género se entrecruza además con la identidad sexual y la raza/etnia, de modo que concede a los hombres y padres blancos, heterosexuales y cis aún más beneficios no merecidos que a los hombres no blancos, no heterosexuales y/o trans (Schwiter et al. 2021). Dado que todas las personas tienen múltiples identidades o partes de sí, la comunidad académica ha reconocido que una misma persona puede experimentar a la vez privilegio y subordinación (McIntosh 2012; Moradi 2019). Las mujeres, las personas transgénero y no binarias, o quienes tienen otras identidades de género, gozan de privilegios en su vida por el abanico de otras identidades o pertenencias grupales que puedan tener y ostentar, y los hombres pueden sufrir desventajas u opresión, también a causa de otras identidades o pertenencias, incluida la de ser padre (Adamsons et al. 2022; Coston and Kimmel 2012).
Las ideologías del patriarcado y de la supremacía masculina, conceptos construidos socialmente que declaran a los hombres y a los padres como dominantes, también son pertinentes y guardan relación con lo anterior. Estas estructuras e ideologías crean y mantienen la desigualdad de género. El otro extremo del continuo del acceso y las oportunidades puede referirse a la desventaja, la subordinación o la opresión, en las que otras identidades e ideologías de género (por ejemplo, las feminidades y las masculinidades no hegemónicas) se consideran inferiores. Por ejemplo, las políticas laborales y de carrera profesional, y los procesos sociales que las acompañan, son a menudo desfavorables para las mujeres y las madres, y las sitúan en desventaja frente a los hombres y los padres en cuanto a avances, ascensos y aumentos de sueldo (Yu and Hara 2021). El campo de la terapia familiar no está exento de estas realidades, y muchas voces académicas han llamado la atención, con razón, sobre ello desde finales de la década de 1970 (Smothers 2017). El desarrollo de la terapia familiar feminista surgió como respuesta al refuerzo, explícito y sutil, de las estructuras familiares patriarcales en los enfoques de terapia familiar (Hare-Mustin 1978).
Reconocemos la realidad de estas dinámicas y experiencias marcadas por el género para los hombres y los padres en muchas sociedades y en el campo de la terapia familiar, y reconocemos que estos privilegios y desigualdades se perpetúan por falta de atención y de acción, lo que forma parte de la propia experiencia del privilegio. Esto incluye la ignorancia o la negación de la existencia de ventajas no merecidas, porque reconocerlas conduciría aparentemente a una pérdida o desventaja para la identidad actualmente privilegiada (es decir, los hombres). Algo inquietante para todo el mundo es que muchos niños y hombres son socializados para alejarse de esta conciencia, cuestión que abordamos aquí.
La masculinidad adopta muchas formas. Aunque algunos hombres han dado pasos importantes para ampliar las maneras de expresar la masculinidad, persiste sin duda la idea de que existen normas y expectativas construidas socialmente sobre cómo los hombres deberían pensar, sentir y comportarse, lo que se suele denominar masculinidades hegemónicas (Connell 1987; Messerschmidt 2019; Thompson and Bennett 2015). Wedgwood et al. (2023) definieron las masculinidades hegemónicas como «la configuración de prácticas que representa la forma más honrada de ser hombre en un contexto social dado, que se distingue de masculinidades menos respetadas y que confiere legitimidad a la subordinación general de las mujeres en la sociedad» (p. 1). Como forma de masculinidad más familiar, la ideología masculina tradicional refleja cómo la mayoría de los niños en Estados Unidos son socializados para reprimir la vulnerabilidad y la tristeza; irradiar confianza, autosuficiencia e independencia; ser asertivos, poderosos y tomar las riendas; asumir el dominio, la superioridad y el privilegio, y mostrar dureza, competitividad y destreza económica, viendo rasgos como la empatía o la apertura emocional como debilidades (Addis and Mahalik 2003; Levant 1992; Mahalik et al. 2003; Seidler et al. 2016; Wong et al. 2017). Esta ideología incluye la perspectiva de un falso binarismo de género heterosexista: que hombres y mujeres son opuestos, que la masculinidad existe en contraposición a la feminidad y por encima de ella, y que la heterosexualidad es la norma y la identidad sexual deseable (Garlick 2003; Jones et al. 2025).
Estas prescripciones sociales, las conductas masculinas que las acompañan y el rechazo de la feminidad se observan en todas las relaciones, sectores y sistemas. Desde el ámbito de la enfermería, Rivera and Scholar (2020) afirmaron y describieron cómo las tendencias de conducta resultantes de la estructuración cultural han sido impulsadas por tres teorías influyentes: a) la teoría del varón sostenible, b) la masculinidad positiva y c) la masculinidad social. Las tres elevan la perspectiva del hombre blanco, cis y heterosexual, y sugieren que las personas de razas, géneros, orientaciones sexuales y capacidades diversas son inherentemente inferiores. La definición que cada cual hace de la masculinidad suele estar ligada al género, la clase social, la orientación sexual, la raza, la edad y otras posiciones sociales (Connell 2005). Desde una perspectiva feminista, Wong (2017) explicó que los hombres disfrutan de un privilegio social no merecido, dado que el sexismo, la misoginia y el patriarcado son omnipresentes y afectan negativamente a la manera en que las niñas y las mujeres desarrollan el sentido de su identidad y su expresión de género, así como a la manera en que se desenvuelven en las relaciones, las instituciones y los sistemas sociales. Debido a un mayor miedo y a una mayor probabilidad de rechazo, los hombres con identidades minoritarias deben gestionar su relación con las ideologías masculinas con aún más cautela que los de los grupos mayoritarios. Las expectativas de género rígidas y la perspectiva de un binarismo de género pueden tener efectos especialmente perjudiciales para las familias (Wiseman and Davidson 2012) y para las comunidades marginadas (por ejemplo, los hombres negros jóvenes o las minorías sexuales; Lin and Liu 2023; Quam et al. 2020). Quienes investigan y quienes ejercen la clínica deben reconocer que los debates históricos sobre la masculinidad están casi con certeza influidos por supuestos racistas, sexistas y homófobos impregnados de privilegio masculino y, por tanto, deben esforzarse con vigilancia por tomar conciencia de ese privilegio y de esos sesgos y señalarlos abiertamente.
Para repasar brevemente las tres teorías anteriores: en primer lugar, la teoría del varón sostenible está muy extendida en muchas culturas y postula que los hombres deben desarrollar una coraza emocional dura e impenetrable que los proteja de la debilidad. Quienes defienden esta teoría suponen que los hombres están predispuestos a la violencia y al dominio, y que esas conductas los hacen más deseables para parejas femeninas que querrán que su descendencia porte esos rasgos para sobrevivir (Searcy 1982). La teoría del varón sostenible conlleva muchos de los supuestos heteronormativos que guían la selección de pareja y la teoría evolutiva (Rosenthal and Ryan 2022). En segundo lugar, una teoría de la masculinidad positiva (distinta de la noción de masculinidad positiva de Kiselica y Englar-Carlson que se describe más adelante en este artículo) tiene su origen en teorías raciales elitistas y privilegiadas del siglo XVIII y pretende definir un ideal global de masculinidad hegemónica (Rivera and Scholar 2020). Quienes perpetúan esta teoría se dedican a menospreciar y feminizar los valores, las características y las conductas que no son asertivos ni dominantes. Según esta forma de masculinidad positiva, fuertemente influida por el privilegio masculino, todas las conductas negativas se clasifican como no masculinas o femeninas, lo que racionaliza la inferioridad de otras razas, culturas, géneros y sexualidades. Por ejemplo, para promover la esclavitud, los teóricos de la masculinidad positiva sostenían que los hombres africanos eran inherentemente perezosos y promiscuos y que, en consecuencia, había que darles trabajo.
Por último, la teoría de la masculinidad social (véase Rivera and Scholar 2020) sostenía que los hombres debían ascender por una determinada escala social, en la que conductas específicas representaban avances en la masculinidad. Entre esas conductas figuraban estar casado con una mujer; mantener a la esposa y a los hijos; establecer autoridad sobre la esposa y los hijos; tener autonomía para moverse a voluntad entre el hogar, el lugar de trabajo y las reuniones sociales; expresar los deseos sexuales solo dentro de los lazos del matrimonio, y controlar el tamaño de la familia según la preferencia del hombre (Brady 2009). A medida que las conductas basadas en esta teoría se hicieron más comunes, la masculinidad podía alcanzarse con el tiempo, con independencia de la capacidad física. Las leyes que penalizaban las relaciones entre personas del mismo sexo, las relaciones extramatrimoniales y las relaciones sexuales abiertas también perpetuaron esta línea de pensamiento.
Comprender estos movimientos sociales históricos e interculturales es esencial para debatir con conocimiento de causa sobre la masculinidad, el privilegio masculino y el patriarcado en la actualidad. Aunque los ideales masculinos impregnan continuamente casi todos los ámbitos y dimensiones de la interacción social, quizá en ningún lugar se sienta con más intensidad la presión por ajustarse a los rasgos históricamente masculinos que entre los jóvenes que practican deportes de equipo. Messner (1992) señala que el deporte sirve de campo de entrenamiento en el que los chicos adoptan, y son recompensados por ello, rasgos masculinos dominantes como la competitividad (que puede adoptar la forma de pose social y de dominio) y el estoicismo emocional. Drummond et al. (2022) constataron que, entre los adolescentes varones de Australia, los deportes tradicionalmente dominados por hombres, como el fútbol australiano y el críquet, pueden perpetuar ideales masculinos hegemónicos que enfatizan la fuerza, el dominio y el estoicismo. Estos entornos pueden obstaculizar el bienestar mental y la expresión emocional de los jóvenes deportistas y contribuir a perpetuar un privilegio y un patriarcado no reconocidos. Un creciente corpus de investigación ha relacionado la práctica deportiva juvenil con conductas agresivas y violentas (Newman et al. 2021). Estas conductas pueden resultar problemáticas para las relaciones de pareja y las conductas parentales más adelante en la vida, ya que Newman et al. (2021) sostienen que la socialización agresiva que se produce en el deporte se extiende a otros ámbitos de la vida, entre ellos las relaciones interpersonales y familiares. Algunos hombres pueden trasladar a sus conductas parentales, más adelante en la vida, huellas de la agresividad, la violencia, la ira y el estoicismo recompensados por entrenadores y compañeros de equipo en la adolescencia.
Tras estas experiencias deportivas, muchos chicos se enfrentan a una presión creciente para mantener conductas masculinas estereotipadas y tóxicas en la secundaria, ya que los adolescentes varones vigilan las conductas masculinas mediante burlas y acoso homófobos o tránsfobos (Pascoe 2011). Por ejemplo, Stanaland et al. (2024) constataron que los adolescentes varones que se sentían presionados para ajustarse a las normas masculinas tradicionales desde una perspectiva binaria del género, sobre todo aquellos cuyas madres y padres suscribían creencias de masculinidad hegemónica, mostraban más agresividad cuando se cuestionaba su identidad de género. Las consecuencias de estas presiones se ven claramente en el aumento del acoso, la violencia y la soledad que afectan a los chicos en los primeros cursos de secundaria (Orpinas et al. 2015).
Al llegar a la adultez temprana, a través de la formación de las primeras relaciones de pareja, los hombres a menudo son recompensados por asumir, y se vuelcan en asumir, los roles de proveedor y protector que se les asignan desde la infancia. Cuando la sociedad transmite a los hombres el mensaje de que su papel principal o único es proveer y proteger a otras personas, disminuye la probabilidad de que adopten conductas de cuidado, sensibles y compasivas. A medida que se reprimen otras emociones, la ira se vuelve omnipresente, y muchos hombres adoptan la agresividad y la competición como parte inherente de su papel de proveedor y protector. Adoptar la agresividad y la competición es problemático, porque perpetúa la idea de que los hombres deben demostrar su hombría mediante muestras de dominio aprendido, agresión, opresión y explotación (Roy and Allen 2022; Schwalbe 2015).
Dentro del estrecho margen de roles socialmente aceptables que pueden desempeñar los hombres, descubren también qué emociones deben amplificarse o reprimirse. A través de sus experiencias de desarrollo en la adultez temprana, los hombres siguen aprendiendo mediante la socialización que la vulnerabilidad y las emociones deben mantenerse bajo control, con una excepción notable: la ira. La ira destaca como una emoción poco común que a los hombres se les permite socialmente expresar, e incluso se les anima a hacerlo (Logoz et al. 2023). La ira es la única emoción que los hombres pueden mostrar abiertamente sin temor a que se les perciba como débiles o incompetentes (Okuda et al. 2015). Ya sea a través del ejemplo de figuras deportivas destacadas o de celebridades masculinas, o quizá viendo medios populares y jugando a videojuegos repletos de ejemplos de hombres que muestran una ira y una violencia intensas, los hombres jóvenes reciben una y otra vez el mismo mensaje: la ira y la violencia son una manera «aceptable» de que los hombres resuelvan los problemas (Grossman and Paulsen 2018). Esta normalización (es decir, el privilegio) sostiene la desigualdad de género al ignorar los sistemas dañinos que favorecen a los hombres y los actos de patriarcado que circulan y se transmiten por toda la sociedad.
En este proceso de socialización masculina, en el que niños y hombres aprenden lo que significa ser hombre en la sociedad y se esfuerzan por representar la masculinidad para conservar sus privilegios, lo que rara vez se reconoce en las teorías, en la investigación y en los foros públicos sobre la masculinidad es la experiencia emocional subyacente que está en juego. La socialización puede definirse como la manera en que las personas aprenden a ser aceptadas o rechazadas por la sociedad (Dodge et al. 2003). Dada la necesidad fundamental de pertenecer a una familia o a una comunidad, no solo en la infancia para la supervivencia física propiamente dicha, sino a lo largo de toda la vida y en todas las personas, la socialización de género es una manera de gestionar esta necesidad de pertenencia. En la medida en que no está garantizado que esa necesidad básica vaya a satisfacerse, niños y hombres experimentarían miedo a no pertenecer. Por ejemplo, si un niño no se siente cómodo siendo dominante y deportista, puede que no tenga la seguridad (es decir, que sienta miedo) de poder actuar de manera constante o auténtica de forma que le permita pertenecer a su comunidad. Este sentimiento también puede manifestarse en relación con los privilegios y ventajas que se conceden a niños y hombres. Si un varón percibe la pérdida potencial o real de su estatus, de sus beneficios no merecidos o de sus posiciones de poder, lo vivirá como una amenaza, lo que activará igualmente sus miedos (Levant and Powell 2017).
Muchos niños, si no la mayoría, son socializados en la creencia de que, si no se ajustan a las normas masculinas, serán rechazados y no se les considerará «hombres de verdad». Vandello et al. (2008) pusieron de relieve el concepto de hombría precaria, según el cual la masculinidad es un estatus que debe ganarse continuamente y que puede perderse con facilidad, lo que a menudo genera miedo al rechazo por no ajustarse a las normas masculinas tradicionales. Para algunos varones, este miedo puede ser incluso una cuestión de vida o muerte. En consecuencia, el miedo de los hombres a ser percibidos como débiles o femeninos (desde una perspectiva binaria del género) y, en última instancia, a ser rechazados por esa percepción perpetúa patrones de socialización emocional poco saludables y evitativos, así como conductas problemáticas. La necesidad de niños y hombres de demostrar continuamente que son «hombres de verdad» y de mantener su estatus privilegiado puede traducirse en actos continuos y perpetuos de misoginia, acoso, violencia y evitación emocional que socavan unas relaciones sociales y familiares sanas (Vandello and Bosson 2013).
Maté and Maté (2022) describen esta tensión emocional (es decir, la tensión del rol de género; Levant and Powell 2017) como una tensión entre dos necesidades universales, el apego y la autenticidad, y señalan que, cuando no es posible satisfacer ambas (por ejemplo, porque ser aceptado como hombre implica tener ciertos atributos y no otros), el apego se impone por ser absolutamente necesario durante toda la infancia. Los hombres pueden desconectarse de partes de su naturaleza (por ejemplo, la autenticidad, la vulnerabilidad, la curiosidad) para ser aceptados por los demás, incluso cuando ello exige conductas dañinas (como ilustra la novela Lord of the Flies). Este dilema sugiere que la experiencia emocional central que sienten niños y hombres es, por tanto, el miedo. Podríamos llamarlo baja autoestima o ansiedad, y puede manifestarse de forma defensiva y airada, como acoso, dominio o agresividad, o bien como impasibilidad e indiferencia. Proponemos que esto puede ser una parte sustancial de la comprensión de la supremacía masculina, que se manifiesta como patriarcado, misoginia, homofobia, transfobia, violencia masculina y otras formas semejantes. A partir de la investigación (por ejemplo, Dodge et al. 2003; Pollastri et al. 2018; Vandello et al. 2008; Wong et al. 2017) y siguiendo esta línea de pensamiento, planteamos la hipótesis de que los hombres que se sitúan por encima de los demás, o que aceptan y mantienen las posiciones de superioridad que la sociedad les concede, podrían describirse como aterrorizados. Este posicionamiento puede adoptar muchas formas y producirse de manera consciente e intencionada, o no.
Entre las numerosas personas que han investigado la masculinidad, Brene Brown ha llevado a cabo una investigación influyente sobre la vergüenza en los hombres. Brown (2012) afirmó que, por término medio, los hombres sienten más vergüenza cuando se sienten incompetentes, cuando creen que los demás los ven como débiles, cuando se ven obligados a pedir ayuda y cuando no pueden satisfacer las necesidades de otras personas ni protegerlas. Brown explica que los hombres a menudo se sienten atrapados por las expectativas culturales de ser estoicos, fuertes y emocionalmente controlados. La «debilidad» percibida puede ser física, emocional o incluso moral. Cualquier signo de vulnerabilidad suele interpretarse, tanto por los demás como por los propios hombres, como un fracaso. Para la mayoría de los hombres, el miedo a parecer incompetentes se mantiene oculto y se expresa mediante muestras de ira, evitación o distanciamiento, lo que da lugar a dinámicas interpersonales poco saludables (Addis 2008).
Un aspecto clave de esta experiencia emocional y de sus manifestaciones asociadas es que este miedo que experimentan niños y hombres es desconocido, no elaborado, bloqueado o reprimido, de modo que ejerce su poderosa influencia sobre los pensamientos y las conductas de forma inconsciente e involuntaria. La literatura sobre el privilegio masculino respalda la idea de que la ignorancia es frecuente (Schwiter et al. 2021) y de que existe una «venda en los ojos» activa (es decir, el hecho de volver invisibles las identidades queer y las experiencias de opresión asociadas) respecto de los privilegios y desventajas que refleja la desigualdad de género (Smith and Shin 2014). Suponemos que la mayoría de los hombres no son conscientes de que tienen miedo y negarían sinceramente la realidad de esta parte de su experiencia, aunque su conducta y sus actitudes indiquen lo contrario. Incluso una actitud de indiferencia y una falta de acción representan probablemente una disociación emocional resultante de la activación crónica del sistema nervioso. Sostenemos que la falta de conciencia y de inclusión de esta pieza clave de la experiencia masculina constituye un obstáculo para avanzar hacia la igualdad de género y el bienestar de los hombres. Por ejemplo, en una reciente charla TED, Gary Barker (2023), director general de una organización dedicada a la igualdad de género mediante la implicación y la educación de los hombres, señaló que hombres y chicos se sienten perdidos, confundidos y solos, y cómo «se cierran», pero no mencionó este tema emocional central: tener miedo y no saberlo. Así, las organizaciones, los programas, la investigación, las teorías y los enfoques clínicos que buscan ayudar a sociedades y comunidades a avanzar en estas direcciones importantes se verían reforzados si las realidades vulnerables de los hombres se incluyeran directamente en las conversaciones y las intervenciones destinadas a abordar los patrones problemáticos de las dinámicas relacionales y sociales en las que intervienen hombres socializados de este modo. Por ejemplo, Eckerle et al. (2023) subrayaron recientemente la importancia de reconocer la activación de la vergüenza de los hombres en las intervenciones destinadas a confrontar el privilegio masculino, y la literatura sobre la «venda» frente a lo queer enmarca las motivaciones intrapsíquicas subyacentes desde una óptica emocional (Smith and Shin 2014).
Ofrecemos este comentario y este marco no para justificar o minimizar la realidad del privilegio de los hombres y los padres, ni los actos negativos y las consecuencias de los actos y sistemas asociados (por ejemplo, el patriarcado) para las personas y la sociedad, sino para enriquecer las perspectivas y ofrecer nuevos puntos de intervención. Reconocemos que los efectos de esta realidad (el miedo no reconocido de los hombres y los actos negativos que de él se derivan) tienen consecuencias que van de indeseables a terribles para todo el mundo, incluidos los propios hombres (Connell and Messerschmidt 2005). Los resultados negativos y lamentables de la ideología masculina tradicional se han documentado de forma constante, entre ellos los problemas de salud mental y los conflictos interpersonales (Courtenay 2011; Green et al. 2018; Hill et al. 2020; Murnen et al. 2002; Pollastri et al. 2018; Smiler 2024; Wong et al. 2017).
En cambio, formas de masculinidad más positivas e inclusivas, como la masculinidad positiva, la masculinidad inclusiva y la masculinidad compasiva, promueven la inteligencia emocional, las relaciones igualitarias y la vulnerabilidad como alternativas a la masculinidad hegemónica. La masculinidad positiva pone el acento en rasgos tradicionales como la responsabilidad, la integridad y el cuidado de los demás, lo que permite a los hombres asumir funciones de cuidado sin estigma (Kiselica and Englar-Carlson 2010). La teoría de la masculinidad inclusiva sostiene que, en contextos menos homófobos y menos rígidamente marcados por el género (es decir, en los que se reconoce el género como no binario), los hombres tienen más libertad para expresarse emocionalmente y establecer relaciones masculinas cercanas, no competitivas y sanas (Anderson 2009). Estos enfoques favorecen el pluralismo, el bienestar mental, unas relaciones más sanas y normas de género más flexibles. Las masculinidades actuales cuestionan la idea de que la fuerza y el cuidado se excluyen mutuamente, y contribuyen a desmontar estereotipos que perjudican tanto a los hombres como a quienes los rodean. Pretendemos promover la flexibilidad en los roles de género y en las conductas «masculinas», y reconocemos que los rasgos masculinos estereotipados o tradicionales (por ejemplo, la asertividad, la autosuficiencia, el valor) no son intrínsecamente dañinos y pueden tener efectos positivos (Kiselica et al. 2016). Lo problemático es la limitación habitual o rígida de las expresiones conductuales y emocionales de los hombres a aquellas que coinciden con los rasgos masculinos estereotipados.
La teoría del apego, tal como se formuló originalmente, describe sobre todo la naturaleza del vínculo madre-hijo. La comunidad académica también ha considerado y estudiado la relación padre-hijo desde la óptica del apego, que enmarca y centra la conceptualización de la paternidad y del ejercicio de la paternidad en la función del padre como base segura y refugio seguro para su descendencia (Brown and Aytuglu 2020; Dykas and Smiler 2022; Grossmann and Grossmann 2020). Idealmente, los padres, al igual que las madres, estarán disponibles de forma constante y responderán a las necesidades físicas y emocionales de su descendencia mediante la activación de su sistema conductual de cuidado (Bowlby 1969; Lamb 2010; Lombardi et al. 2022). La amplia literatura existente respalda que la infancia establece con el padre un vínculo de apego propio e importante (Palm 2014) y que la relación de apego padre-hijo tiene efectos significativos en la salud y el desarrollo de la descendencia (Diniz et al. 2021; Rodrigues et al. 2021).
Como aplicación de la teoría del apego a la paternidad, y situada en buena medida en determinadas culturas (por ejemplo, las occidentales), Daniel Paquette (Paquette 2004; Paquette et al. 2020) desarrolló la teoría de la activación padre-hijo, que reconoce que los padres son más propensos a apoyar la exploración del mundo por parte de su descendencia (por ejemplo, el juego) ofreciendo una base segura que a brindar consuelo emocional en el papel de refugio seguro. Esta preferencia puede estar relacionada con la socialización emocional masculina tradicional, que disuade a niños y padres de valorar la experiencia emocional y puede llevar a los padres a transmitir a su descendencia el mensaje de que no están emocionalmente disponibles y de que la criatura, en el plano emocional, está sola. Ser una base segura que anima a la criatura a jugar y explorar puede corresponder mejor a la socialización de género de los padres y al papel con el que se sienten más cómodos: impulsar a la infancia a tomar la iniciativa en situaciones desconocidas, a explorar, a arriesgarse, a jugar de manera enérgica, a superar obstáculos, a mostrarse más valiente en presencia de extraños y a defenderse (Grossmann and Grossmann 2020). La investigación ha empezado a respaldar el valor de esta cualidad del apego padre-hijo (Lee et al. 2021).
La teoría del apego ofrece un marco para comprender la fusión entre paternidad y masculinidad, y cómo la ideología masculina tradicional podría constreñir el ejercicio de la paternidad (Dykas and Smiler 2022). Una premisa fundamental de la ciencia del apego es que los padres tienen instintos de cuidado innatos que se activan de forma natural para atender y responder a su criatura. Dadas las necesidades de desarrollo de la infancia a lo largo del tiempo, estos instintos y las acciones de cuidado asociadas exigirían que un padre dispusiera de un abanico de respuestas y de flexibilidad en la manera de responder a su descendencia, en particular cuando se trata de responder emocionalmente. Del mismo modo que la ideología masculina tradicional prescribe cómo deben ser masculinos los hombres de ciertas maneras, las normas sociales o hegemónicas de la masculinidad tradicional podrían traducirse también en que los padres solo pueden ser padres de ciertas maneras, lo que les impide acceder a toda la gama de sus instintos de cuidado y actuar a partir de ella (Doucet and Lee 2014; Fernández-Cornejo et al. 2025). Por ejemplo, un padre puede sentirse incómodo cuando su criatura expresa tristeza o duelo y responder de una manera que no corregula (por ejemplo, haciendo payasadas para intentar animarla rápidamente). En la medida en que los instintos y las conductas de cuidado de los padres se ven restringidos por la socialización y la tensión del rol de género, un padre podría quedar activado neurobiológicamente sin resolución, es decir, con miedo a no poder cumplir su función inherente y natural de estar disponible y responder a las necesidades de su criatura. Siguiendo con el ejemplo, puede que la criatura no se anime rápidamente y que el padre se sienta ineficaz para ayudarla a afrontar su malestar emocional. Así pues, los padres tienen miedo, no solo porque puede que no sean aceptados o no sientan que pertenecen al grupo como hombres (como se ha descrito más arriba), sino también porque perciben su incapacidad para cuidar de su descendencia de ciertas maneras (por ejemplo, atendiendo a sus necesidades emocionales). Por desgracia, del mismo modo que el miedo puede quedar, en general, fuera de la percepción de los hombres, los padres pueden ser en gran medida inconscientes de esta activación crónica y de esta experiencia emocional de insuficiencia, lo que perpetúa un patrón de conductas de cuidado limitadas o incluso dañinas.
En consonancia con la teoría del apego, sostenemos que los padres «ideales» no están restringidos por las normas masculinas tradicionales y, por tanto, se sienten cómodos y son capaces de actuar de manera creativa y flexible para garantizar el desarrollo de su descendencia (Fernández-Cornejo et al. 2025; Rodrigues et al. 2021). Las expectativas sociales sobre los hombres importan (Cassidy 2000; Palm 2014), sobre todo cuando llevan a que los padres no puedan cuidar de su criatura de forma eficaz y constante. Por ello, afirmamos que la capacidad de los padres para actuar de maneras que favorezcan el desarrollo de su descendencia no es únicamente una característica individual que exista dentro de cada padre (Doucet and Lee 2014). La paternidad es también una característica colectiva. Afortunadamente, a medida que se producen gradualmente cambios sociales, los padres pueden mostrar cada vez más formas sintonizadas y flexibles de ejercer la paternidad (por ejemplo, siendo más expresivos emocionalmente), y animamos a todas las personas a contribuir a estos cambios sociales de diversas maneras, entre ellas mediante las distintas formas de psicoterapia.
En nuestra revisión y en nuestras perspectivas sobre la teoría y la investigación relativas a los hombres, la masculinidad y la paternidad, hemos situado en el centro la experiencia emocional de tener miedo sin saberlo para organizar y comprender un rasgo de la experiencia de hombres y padres, en el mundo y en sus familias, a menudo descuidado pero significativo. La presencia de este aspecto en la vida de hombres y padres, reconociendo que no todos viven el miedo de estas maneras, es un posible objetivo de intervención para avanzar hacia la flexibilidad y la seguridad en su identidad como hombres y padres dentro de su familia y de la sociedad. Las distintas formas de psicoterapia (modalidades individual, de pareja y familiar) son lugares habituales y potenciales para este tipo de intervención. Así, nuestro objetivo en esta sección es revisar y desarrollar las propuestas que las distintas formas de psicoterapia han formulado para trabajar con hombres y padres «tradicionales» (Silver et al. 2018) y presentarlas como maneras de atender a los miedos de los hombres en relación con su masculinidad, con los patrones de conducta asociados y con su experiencia de los privilegios que la sociedad les concede. Comenzamos en el plano individual, revisando las pautas y recomendaciones formuladas para el trabajo psicoterapéutico con hombres en general. A continuación, presentamos y analizamos modelos pertinentes de terapia de pareja y de terapia familiar, y aportamos comentarios y orientaciones adicionales para enriquecer el campo.
A partir de diversas fuentes, presentamos aquí una lista no exhaustiva, cuyos elementos no se excluyen mutuamente, para resumir e introducir métodos de trabajo individual con hombres, que en su mayoría invitan a considerar de distintas maneras el papel de la socialización emocional masculina en el malestar de los hombres y en los patrones de conducta correspondientes, en general y en terapia (American Psychological Association, Boys and Men Guidelines Group 2018; Ashfield and Gouws 2019; Englar-Carlson et al. 2010; Liddon et al. 2019; Silver et al. 2018; Walters 2011; Whitley and SpringerLink 2021; Wolfe and Levant 2022). Aunque se describen en el contexto del trabajo individual, también pueden aplicarse al trabajo con hombres en sus relaciones. Se trata de recomendaciones generales para trabajar con los hombres para quienes se consideran pertinentes; pueden no ser aplicables ni útiles para hombres que no fueron socializados hacia la ideología masculina tradicional o que son más flexibles en su rol de género. Reconocemos que las distintas trayectorias, identidades y posiciones sociales moldearán la experiencia de los hombres y, aunque no abordamos aquí los posibles matices, alentamos la conciencia y la sensibilidad respecto de las particularidades de cada hombre que participa en una psicoterapia.
En primer lugar, las personas terapeutas pueden reflexionar sobre sus propias experiencias con hombres y padres para identificar posibles sesgos y minimizar así los problemas de contratransferencia. Por ejemplo, si una persona terapeuta se activa mucho ante un cliente verbalmente agresivo o indiferente, probablemente le costará mantener su equilibrio emocional y estará en peores condiciones de ofrecer a la vez calidez terapéutica y límites y orientación sanos de un modo que sea útil para el cliente. En segundo lugar, conviene saber que los síntomas de ansiedad y depresión pueden presentarse de forma distinta en los hombres (por ejemplo, la depresión puede manifestarse como ira). Como sostiene la tesis principal del libro de Terry Real (1998), I Don't Want to Talk About It: Overcoming the Secret Legacy of Male Depression, puede que ni los hombres ni las personas de su entorno reconozcan fácilmente la presencia o la gravedad de la depresión en los hombres, porque a menudo se manifiesta mediante conductas reactivas (por ejemplo, la irritabilidad) más que mediante lo que muchas personas identificarían habitualmente como conductas depresivas (por ejemplo, la falta de motivación).
En tercer lugar, se puede abordar directa e indirectamente la reticencia de los hombres a participar en el tratamiento. Históricamente, los hombres han sido menos propensos a buscar ayuda profesional (Addis and Mahalik 2003) y, aunque las tendencias puedan estar cambiando, para muchos hombres sigue siendo difícil necesitar y recibir ayuda, ya que puede implicar una carencia personal y una dependencia vulnerable. En cuarto lugar, y en relación con el punto anterior, hay que tener paciencia para ganarse la confianza de los hombres. Los hombres pueden ser más escépticos ante la terapia, lo que puede traducirse en una escasa implicación en las sesiones, poca apertura ante la persona terapeuta sobre su propia experiencia, ambivalencia respecto de los posibles beneficios o frustración con ciertas partes del proceso terapéutico. Hay que contar con avanzar despacio. En quinto lugar, se pueden evaluar, directamente y mediante la observación, las creencias actuales sobre la ideología masculina tradicional y la adhesión a ella (por ejemplo, el estoicismo emocional, el dominio social, el heterosexismo, el patriarcado). Existen maneras informales y formales de llevar a cabo esta evaluación (Thompson and Bennett 2015), entre ellas instrumentos como el Conformity to Masculine Norms Inventory (Levant et al. 2020).
En sexto lugar, cabe esperar que los clientes varones minimicen o desconozcan la experiencia emocional (la suya y la de los demás) y las experiencias relacionales tempranas (por ejemplo, la familia de origen). Cuando se les hacen las preguntas tradicionales sobre los sentimientos, los hombres pueden responder con lógica y explicaciones, o no saber cómo responder ni qué decir. Hay quien ha conceptualizado la alexitimia, es decir, la dificultad para identificar, comprender y expresar las emociones, como un fenómeno masculino normativo (Levant 1992). En séptimo lugar, se puede reconocer explícitamente el impacto de la socialización emocional masculina vinculando el contenido o el proceso de las sesiones con el discurso social sobre la socialización masculina o con ejemplos concretos del pasado del cliente. Por ejemplo, a propósito de un patrón de conducta, se podría preguntar: «¿Qué experiencias recuerda que le enseñaran a comportarse así?». No se hace para justificar la conducta, sino para crear conciencia y aumentar la posibilidad de flexibilidad al respecto. Por último, se puede trabajar con paciencia en el desarrollo de la competencia emocional (Root and Denham 2010) mediante la psicoeducación, la exploración, la validación, la profundización emocional, etc. Muchos métodos clínicos abordan esta cuestión de diversas maneras, como Internal Family Systems, la terapia de aceptación y compromiso, Somatic Experiencing y la terapia focalizada en las emociones.
Pasando al trabajo clínico relacional con hombres, varios modelos de terapia de pareja han integrado directamente en el tratamiento el género y la socialización masculina. La Socioemotional Relationship Therapy (SERT; Knudson-Martin et al. 2015) y la Relational Life Therapy (Real, n.d.) trabajan con los miembros masculinos de la pareja para que reconozcan las influencias contextuales y de género en su manera de estar en las relaciones, suavizando las expectativas interiorizadas y las normas restrictivas que obstaculizan la intimidad y la conexión. Aunque históricamente no ha sido un elemento central de la terapia de pareja focalizada en las emociones (EFT), Ceniza and Allan (2021) propusieron pautas prácticas para aplicar la EFT con hombres blancos, heterosexuales, de clase trabajadora y del medio rural, ya que esta población suele estar más estrechamente sujeta a las normas masculinas tradicionales. En conjunto, estos enfoques ponen de relieve la necesidad de deconstruir, con compasión y de manera directa, las formas en que las expectativas de género operan en el plano social e interno, con el fin de promover la equidad relacional y la capacidad emocional.
Si se mira a los padres en terapia familiar, el campo ha experimentado una transformación gradual en su conceptualización de la masculinidad y la paternidad. Los modelos anteriores, como la terapia familiar estructural y la estratégica, a menudo mantenían las jerarquías familiares convencionales al situar a los padres como figuras de autoridad rígidas o como participantes desvinculados (Friedman 1995; Minuchin 1974). Estas representaciones eran paralelas a la masculinidad hegemónica, que histórica y actualmente antepone la contención emocional, el dominio y la productividad a la sintonía relacional (Connell and Messerschmidt 2005). La terapia familiar feminista aportó un contrapunto esencial al cuestionar estos supuestos de género arraigados (Silverstein and Brooks 2010). Al subrayar las dinámicas de poder y los efectos limitadores de las normas patriarcales tanto en las mujeres como en los hombres, la crítica feminista instó a quienes ejercen la terapia a examinar críticamente la ideología de género que moldea la paternidad. Avis (1989) puso de relieve el riesgo de reproducir estructuras opresivas, mientras que Dienhart and Avis (1994) mostraron cómo la expresión emocional de los padres se ve a menudo restringida por normas de masculinidad interiorizadas. La terapia familiar focalizada en las emociones (EFFT) contribuye además poniendo el acento en las necesidades de apego y ayudando a los padres a volverse emocionalmente más accesibles y receptivos, en particular cuando la vulnerabilidad ha sido socializada como debilidad (Furrow et al. 2019). En consecuencia, el trabajo terapéutico con los padres era limitado y ocultaba la complejidad y la variabilidad emocionales de la experiencia de los hombres.
Los desarrollos posteriores siguieron ampliando esta comprensión relacional de la paternidad. El modelo dialógico de Dienhart (2001) concibió la paternidad como una narrativa en evolución, moldeada por las relaciones y la construcción de sentido, algo especialmente pertinente dado el frecuente aislamiento emocional de los hombres y la escasez de modelos de conducta de cuidado (Mahalik et al. 2003). Frosh (1997) señaló asimismo los costes psicológicos de la masculinidad tradicional, vinculando la represión emocional con patrones intergeneracionales de desconexión. Otros modelos sistémicos, como la terapia narrativa (White and Epston 1990) y los enfoques colaborativos (Anderson and Goolishian 1992), ofrecen vías para reconstruir las identidades masculinas de modo que incluyan el cuidado y la presencia emocional. La terapia sistémica integradora (IST) prolonga este trabajo mediante su metamarco de género, que anima a terapeutas a identificar y levantar las restricciones basadas en el género que moldean las dinámicas familiares, incluso sin abordar explícitamente la masculinidad o la socialización masculina (Pinsof et al. 2018).
Planteamos esta revisión de intervenciones y modelos como maneras de atender a las manifestaciones conductuales que pueden derivarse de la activación inconsciente del miedo en el marco de la socialización de la masculinidad hegemónica. Subrayamos el valor clínico de identificar la activación del miedo de los hombres y de conectar con ella de forma vivencial, y de trabajar con ella y desde ella en beneficio de hombres y padres, así como de las personas y los sistemas que los rodean. En este sentido, Silver et al. (2018) señalaron:
El trabajo clínico con hombres tradicionales puede tener un impacto especial en la medida en que defienda los derechos y las necesidades de las personas vulnerables hacia las que esos hombres tienen más probabilidades de dirigir su agresividad y de abusar de su poder: sus parejas mujeres y sus hijos e hijas. (p. 104)
En términos clínicamente pertinentes, afirmamos que hombres y padres pueden tener miedo de su propia experiencia emocional, miedo al juicio, al rechazo, a la pérdida, al abandono y a ser insuficientes o deficientes dentro de su familia. Se trata de necesidades humanas fundamentales que quedan insatisfechas en hombres, parejas y padres y, según nuestra experiencia clínica, la mayoría de las familias no lo sabe. Por ello, destacamos el valor de que la persona terapeuta ayude a hombres y padres a reconocer su experiencia emocional del miedo y a conectar con ella, para favorecer el acceso a su vulnerabilidad y remodelar su relato sobre lo que un hombre y un padre pueden sentir y hacer. Esta orientación va en sentido contrario a los aspectos restrictivos de las ideologías masculinas que, como se ha visto, limitan la conciencia y la expresión de la vulnerabilidad emocional. En estas intervenciones, queremos subrayar con fuerza la importancia de la curiosidad, la validación, la aceptación y la empatía de la persona terapeuta hacia los clientes varones, con el fin de ofrecer una experiencia emocional correctiva de confianza y seguridad que tranquilice ese miedo desconocido con el que, presumiblemente, los hombres han vivido la mayor parte de su vida. Creemos que esto es necesario para aflojar la presión, potencialmente férrea, de una identidad, unas creencias (por ejemplo, la supremacía masculina) y unos patrones de conducta problemáticos (por ejemplo, «la inversión en el relato de la venda en los ojos frente a lo queer», Smith and Shin 2014, 956) que, aunque los hombres quizá los consideren funcionales, interfieren en una conexión auténtica consigo mismos y con los demás y pueden perpetuar un privilegio no asumido y las conductas dañinas que de él se derivan (Franklin-Paddock et al. 2025). La compasión y la rendición de cuentas pueden darse simultáneamente (Silver et al. 2018).
Una situación clínica frecuente con la que nos encontramos regularmente, tanto nosotros como nuestro alumnado (el del primer y el del segundo autor), es la de un padre que se implica en la terapia familiar menos que la madre y que la criatura. Esto puede deberse a la socialización en la autosuficiencia y a las posiciones privilegiadas que niños y hombres han vivido a lo largo de su vida. Puede haber limitaciones legítimas a su implicación, pero también queremos alentar aquí esfuerzos productivos para implicar al padre en la mayor medida posible, ya que la implicación paterna en el tratamiento clínico augura una mejora de los resultados en la infancia (Bagner and Eyberg 2003; von Klitzing and White 2020; Lundahl et al. 2008). Suscribimos que «implicar al padre periférico es una tarea clave para quienes trabajan con familias» (Walters 2011, 106). Por ello, estas son nuestras recomendaciones para invitar a un padre a la terapia familiar, en la medida en que sean pertinentes para la familia y la situación:
Si los padres no participan directamente, hablar con las demás personas sobre cómo entienden esta ausencia y expresar empatía ante su posible ira y/o tristeza. Recomendamos incluirlo aun así, aunque no esté físicamente presente, con preguntas como: «Si tu padre estuviera aquí, ¿qué crees que diría?».
Al trabajar con padres en terapia familiar, además de los enfoques y métodos revisados más arriba, animamos a la persona terapeuta a mostrar que valora al padre y su perspectiva mediante la colaboración y un equilibrio de la atención y del reconocimiento en todo el sistema consultante. Se puede hablar directamente con él de lo que le importa de ser padre, de cómo cree que lo está haciendo y de cómo aprendió a ser padre (Owen and Glass 2009). Hay que abordar el miedo de los padres y la posible falta de flexibilidad en su identidad, en su concepto de sí mismos y en sus conductas, para favorecer su disponibilidad, su apertura y su capacidad de respuesta hacia su descendencia. Hay que atender a la presencia del patriarcado y del privilegio masculino en las dinámicas familiares y en los ámbitos asociados del reparto de tareas (por ejemplo, el cuidado de la infancia), la toma de decisiones familiares y el sustento económico. Afirmamos que los padres pueden ser a la vez fuertes y vulnerables, abiertos y sólidos, comprensivos y fiables. No tienen por qué sentirse obligados a elegir entre conductas tradicionalmente «masculinas» y «femeninas». Se trata de reconectar con sus instintos paternos de cuidado y con sus propias experiencias y necesidades emocionales. Quienes ejercen la clínica deben reconocer que los padres pueden partir de una escasa confianza en que otras personas estén disponibles para apoyarlos si no funcionan exclusiva y eficazmente como protectores y proveedores tradicionales. Un cliente reciente del primer autor se refirió a esta expectativa percibida de ser «Superman» y contó que le daba miedo lo que pensarían sus hijos si admitía sus dificultades de cualquier manera. Los padres pueden seguir siendo la persona adulta más grande, más fuerte y bondadosa que la infancia necesita (Coyne et al. 2019) y tener permiso para sentir miedo, tristeza o vergüenza. Afirmamos que el liderazgo paterno incluye todas esas emociones y características.
Afirmamos además que la evaluación de cada hombre y cada padre, y la sintonía con cada uno de ellos, son esenciales a la hora de considerar si se aborda la masculinidad y la paternidad, y cómo. Aunque puede haber temas comunes para los padres en terapia familiar, las normas nunca son realidades absolutas ni universales (von Klitzing and White 2020). No podemos pretender comprender a la perfección la experiencia de ningún padre en su familia singular. Al mismo tiempo, hombres y padres se presentarán dentro de sistemas de poder y privilegio y, en lo que respecta específicamente al género y a la identidad sexual, pueden tener valores y sesgos de heterosexismo, homofobia y privilegio heterosexual que moldearán su visión del mundo y su concepción de sí mismos, de su familia y de las dificultades que afrontan y que traen a la terapia (Owen and Glass 2009). Aquí se necesita humildad cultural, igual que con cada persona y cada sistema consultante.
La American Association for Marriage and Family Therapy publicó recientemente unas pautas para la atención de afirmación de género que son pertinentes para esta reflexión sobre la masculinidad, la paternidad y la terapia familiar.
Como terapeutas matrimoniales y familiares (MFT), con independencia de los modelos y teorías concretos, abordamos todo nuestro trabajo, incluida la supervisión, de manera sistémica. Esto significa que debemos tener en cuenta todas las variables socioculturales e históricas que aportan tanto la persona supervisada como la supervisora, además, por supuesto, de las psicológicas y emocionales. Una de esas variables es el género, no solo como identidad y/o expresión personal, sino también como construcción sociocultural e histórica. El género también es clave cuando se trabaja con personas, parejas, policúlas, familias y, en realidad, con cualquier sistema relacional que llegue a nuestra consulta, dado que la investigación ha demostrado hasta qué punto esta variable puede influir en nuestra manera de pensar y de actuar en todo tipo de relaciones, así como en nuestra relación con nuestra propia salud mental e incluso en la manera de abordar nuestra práctica terapéutica como MFT. Si no tenemos en cuenta el género, sobre todo en la función de supervisión, corremos el riesgo de dejar sin abordar ámbitos importantes de implicación y desarrollo, lo que probablemente se reflejará después en la falta de espíritu crítico con que las personas supervisadas podrían abordar su propio trabajo clínico. (Carrington et al. 2025, 15)
Nuestra revisión y nuestras recomendaciones abren y conducen a varias vías de exploración continuada para abordar en terapia familiar las experiencias y conductas emocionales (es decir, basadas en el miedo) de hombres y padres, a la luz de la teoría del apego y en la medida en que puedan estar relacionadas con su masculinidad. Las líneas futuras deberían dar prioridad al desarrollo de intervenciones clínicas, tanto en el plano individual como en el relacional, que reconozcan y aborden directamente los miedos de hombres y padres en torno a la masculinidad. Además de diversificar las muestras de población, la investigación y la práctica futuras deben determinar cómo los miedos emocionales pueden moldear la implicación en la terapia, influir en los roles familiares y afectar a la disponibilidad emocional de los padres y a sus patrones de conducta paterna. Los modelos terapéuticos deben seguir evolucionando para integrar, de forma explícita y simultánea, los constructos de género, poder, privilegio y vulnerabilidad (por ejemplo, el miedo a perder autoridad) de maneras que ayuden a los hombres a afrontar y reencuadrar las ansiedades relacionadas con la masculinidad (Dienhart 2001; Frosh 1997; Silverstein and Brooks 2010).
El trabajo futuro también tendría que considerar la diversidad de identidades paternas y avanzar hacia un marco más inclusivo. Por ejemplo, la clínica podría investigar cómo los miedos de los padrastros a no estar a la altura en roles no biológicos afectan a su autoridad y a los procesos de apego, o cómo las familias homoparentales y los padres transgénero se enfrentan a retos singulares cuando se alteran las expectativas tradicionales de género asociadas a la paternidad (Condat et al. 2020; Malmquist 2022). Del mismo modo, los padres solos y las familias elegidas pueden experimentar ansiedades acentuadas por cumplir con lo que podría describirse como una masculinidad adecuada (Doucet 2004), al tiempo que lidian con el estigma y con apoyos sistémicos limitados (Barrett and Tasker 2002; Roy and Allen 2022). Examinar estos diversos contextos e identidades de hombres y padres desde la óptica de sus miedos ofrece un punto de entrada importante para diseñar intervenciones que normalicen la vulnerabilidad, cuestionen las normas restrictivas de masculinidad y de paternidad y refuercen la resiliencia relacional en experiencias de paternidad diversas. Atender a los miedos a no estar a la altura de los ideales culturales de masculinidad en toda una diversidad de hombres y padres permitirá que la terapia promueva con más eficacia la conexión, la resiliencia y la salud relacional.
Las personas terapeutas familiares pueden seguir reforzando, de forma inconsciente y lamentable, los roles de género tradicionales, perpetuar el privilegio masculino y/o no explorar adecuadamente cómo la socialización masculina afecta al funcionamiento relacional (Scourfield and Drakeford 2002). Es necesaria una formación continua en competencia de género y en reflexividad para abordar los posibles puntos ciegos y fomentar entornos terapéuticos inclusivos que validen las diversas expresiones de la paternidad y la masculinidad. En conjunto, estas contribuciones señalan una creciente conciencia, dentro de la terapia familiar, de cómo la masculinidad y la paternidad pueden ser moldeadas por fuerzas socioculturales y por ideologías interiorizadas. De las críticas feministas a los enfoques dialógicos y basados en el apego, el campo está cada vez mejor equipado para ayudar a los padres a construir, dentro del espacio terapéutico, identidades más auténticas y emocionalmente implicadas, y a crecer en conciencia, seguridad y conexión consigo mismos y con los demás. von Klitzing and White (2020) subrayan la multiplicidad de los roles paternos actuales, que describen como emocionalmente variados y relacionalmente complejos. Sostienen que los roles paternos en evolución abarcan cada vez más los de protector, compañero de juego y cuidador, cada uno de ellos influido por los cambios socioculturales de las expectativas de género. Su perspectiva se hace eco de la idea de que los padres guían a la infancia hacia un mundo simbólico más amplio, facilitando a la vez la separación y la reintegración en el sistema familiar. Este papel dinámico, antes visto a través de una óptica fija, invita ahora a una exploración más amplia de las capacidades emocionales y simbólicas de la paternidad. Abogamos por que estos avances teóricos y clínicos sigan llevándose gradualmente a la primera línea de la práctica terapéutica, para garantizar una aplicación coherente de prácticas sensibles al género en todo el campo. Esta base histórica prepara el terreno para una integración más amplia y sistemática de prácticas sensibles al género en el trabajo clínico y la formación futuros.
Complexe Systémique: puntos clave
El texto tiene el mérito de plantear una hipótesis clínica sencilla y fecunda: el padre periférico, frío o airado no es ante todo un padre al que no le importa, sino un hombre al que la socialización masculina ha desconectado de su miedo, el miedo a no pertenecer y el miedo a no saber cuidar. La lectura desde el apego permite reencuadrar el retraimiento como una activación sin salida más que como una falta de amor, y la lista de pautas para invitar al padre a las sesiones es directamente utilizable. El artículo mantiene unidas la compasión y la rendición de cuentas: reconocer el miedo no exime a nadie de nombrar el privilegio y el patriarcado que actúan en la familia. Para la práctica sistémica, recuerda que la masculinidad es algo que las familias «hacen» juntas y que el lugar del padre se juega en todo el sistema, incluida la relación terapéutica. Sus límites se deben a la naturaleza del texto: una revisión teórica, sin datos propios, centrada en hombres cisgénero de Estados Unidos, cuya hipótesis de un miedo inconsciente queda por contrastar. Puede leerse junto con el artículo sobre la crisis de la masculinidad y el artículo sobre la nueva paternidad y el instinto paterno.
Notas del original
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.
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Traducción no oficial al español de Fathers Are Frightened but May Not Know It: Considering Masculinity and Attachment When Working With Fathers in Family Therapy, de Allen K. Sabey, Jakob F. Jensen y Brandon Jacobs, Journal of Family Theory & Review, vol. 18, n.o 2 (2026), doi: 10.1111/jftr.70040, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Fathers Are Frightened but May Not Know It: Considering Masculinity and Attachment When Working With Fathers in Family Therapy», publicado en Journal of Family Theory & Review (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Sabey, A. K., Jensen, J. F., y Jacobs, B. (2026). Fathers Are Frightened but May Not Know It: Considering Masculinity and Attachment When Working With Fathers in Family Therapy. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/fathers-are-frightened-but-may-not-know-it-masculinity-and-attachment-in-family-therapy (Obra original publicada en 2025 en Journal of Family Theory & Review, 18(2), 328-342 (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Theory & Review, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jftr.70040)
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