Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Frontiers in Psychology · Protección a la infancia
En Rumanía, desde 2016, una lista pública de niñas y niños «de difícil adopción» ha abierto la adopción a menores de más edad, con problemas de salud o en grupos de hermanos. Pero una de cada ocho adopciones procedentes de esta lista se rompe durante los tres meses de guarda preadoptiva. Siete personas adoptantes relatan este rápido paso del entusiasmo a la angustia, y la falta de apoyo que lo acompañó.
Traducción no oficial al español de “We thought we were stronger than we were”: adopters’ narratives about the adoption journey and disruption, de Anca Bejenaru, Sergiu Raiu, Mihai Iovu, Alina Negoescu y Sorina Corman, publicado en Frontiers in Psychology (Frontiers Media) (2024), doi: 10.3389/fpsyg.2024.1381050, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla 1 se presenta en forma de lista; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
No son las características de los niños y niñas en sí mismas las que predisponen a la ruptura de las adopciones, sino las falsas expectativas de las personas adoptantes y la falta de una preparación y de unos recursos adecuados para hacer frente a sus necesidades.
Anca Bejenaru, Sergiu Raiu, Mihai Iovu, Alina Negoescu y Sorina Corman
Resumen
Introducción. Aunque la mayoría de las familias adoptivas se mantienen estables, algunas se rompen prematuramente.
Métodos. Desde un enfoque cualitativo, este estudio dio la palabra a siete personas solicitantes de adopción que iniciaron el proceso de adopción con uno o varios menores, pero no completaron el procedimiento legal. Nuestro objetivo era comprender sus experiencias a lo largo del proceso de adopción y de su ruptura.
Resultados. Los resultados muestran cómo las personas solicitantes pasaron, en poco tiempo, de la ilusión de encontrar a una niña, un niño o un grupo de hermanos a la desilusión y el trauma. Los principales factores de riesgo que obstaculizan la estabilidad de la adopción son las expectativas poco realistas, la elección intuitiva del menor en ausencia de información precisa, los retos que plantean las características particulares de cada menor y la falta de apoyo profesional.
Discusión. Nuestro estudio pone de relieve la necesidad de que las personas adoptantes estén acompañadas por especialistas durante todo el proceso, de que estén mejor preparadas para afrontar las complejas necesidades de la infancia del sistema de protección, y de facilitar su acceso a un conjunto de servicios especializados que respondan a las distintas necesidades de cada familia.
Palabras clave: ruptura de la adopción, experiencias de las personas adoptantes, adopción de menores con necesidades especiales, apoyo a la adopción, servicios psicológicos y sociales
La ruptura (disruption) es uno de los términos más utilizados en la literatura para designar el fracaso del proceso de adopción de menores cuya familia biológica no puede hacerse cargo de su cuidado. Sin embargo, su uso en los estudios no es uniforme (Palacios et al., 2019; Lyttle et al., 2021). Por ejemplo, en Inglaterra, el concepto describe la separación del menor de las futuras familias adoptivas antes y después de la formalización legal (Selwyn et al., 2014; Lyttle et al., 2021). En Estados Unidos, el término se utiliza en un sentido restringido para designar la terminación de la adopción antes de su formalización legal (Rosenthal, 1993), mientras que se ha preferido el término disolución (dissolution) para designar la separación posterior a la adopción legal.
En Rumanía, las adopciones solo pueden romperse durante la guarda preadoptiva, un periodo de tres meses anterior a la formalización legal de la adopción.1 Este periodo puede prorrogarse, en condiciones excepcionales, hasta 6 meses. Durante este tiempo, el menor convive con la futura familia adoptiva y especialistas en adopción supervisan su adaptación. Tras la formalización legal, la adopción solo puede extinguirse una vez que el menor ha cumplido 18 años, en circunstancias excepcionales.2
En Rumanía, hasta 2016, la adopción se practicaba exclusivamente mediante procedimientos de asignación (matching), establecidos recientemente por un sistema electrónico nacional que incluye a las personas con certificado de idoneidad para adoptar y a los menores adoptables. En el proceso de asignación, el sistema tiene en cuenta las características de los menores y los criterios de adopción fijados por las personas certificadas. Como la mayoría de las personas rumanas fijan como criterios la menor edad posible, una buena salud y la ausencia de discapacidad (Buzducea y Lazăr, 2011), los niños y niñas que no reunían estas características no tenían ninguna posibilidad real de ser adoptados en el propio país. La adopción internacional tampoco es una opción. Mediante una moratoria instaurada en 2001 y, posteriormente, mediante la Ley de Adopción de 2004, se prohibió la adopción de menores por parte de ciudadanos extranjeros. Esta prohibición se debió al gran número de adopciones internacionales registradas tras la caída del régimen comunista en 1989, favorecidas por unos procedimientos poco regulados, y a la preocupación suscitada por la limitada capacidad de los organismos rumanos para hacer el seguimiento de los menores adoptados en el extranjero (Popescu et al., 2020). En el periodo que siguió, 2001–2016, Rumanía no hizo ningún esfuerzo por estimular la adopción nacional (Bejenaru, 2017).
Desde 2016 se han adoptado una serie de medidas, tanto para simplificar los procedimientos y reducir el tiempo necesario para declarar la adoptabilidad de los menores como para estimular la adopción de niños y niñas de difícil adopción (HtAC, hard-to-adopt children). Una de estas medidas fue la creación de una lista de menores con perfil público, denominada inicialmente lista de niños de difícil adopción. En ella se inscriben los menores para quienes no se encuentra una familia en un plazo de 6 meses o cuya asignación fracasa. Esta lista puede ser consultada por todas las personas certificadas, con independencia del número y del perfil de los menores para los que obtuvieron inicialmente el certificado, y pueden optar por iniciar el proceso de adopción con cualquier menor o grupo de hermanos de la lista sin recibir formación adicional. De este modo, los menores con problemas de salud o discapacidad, los de más edad y los grupos de hermanos tienen una oportunidad suplementaria de ser adoptados.3 La literatura académica agrupa estas categorías de menores bajo el término genérico de niños con necesidades especiales (Rosenthal, 1993; Child Welfare Information Gateway, 2010; Pecora, 2010; O’Dell et al., 2015), o bajo el término, más discutido, de niños difíciles de ubicar (hard-to-place children). En adelante, utilizaremos según convenga tanto el término menores con necesidades especiales como el de menores HtAC. Desde 2016, las adopciones de menores HtAC en Rumanía han aumentado cada año. Así, mientras que en 2016 hubo dos adopciones HtAC, en 2021 su número alcanzó las 260. Durante este periodo también se registró un aumento de los menores adoptados mediante asignación, de 1053 en 2016 a 1393 en 2021 (NAPRCA, 2022). Además de estas adopciones, que llegaron a buen término, varias adopciones se rompieron durante el periodo de guarda preadoptiva, tanto entre los menores adoptados mediante asignación como entre los menores HtAC. Estadísticamente, las adopciones HtAC presentan una tasa de ruptura más elevada que las adopciones por asignación. A partir de los datos facilitados en 2022 por 40 de las 47 instituciones públicas responsables de la adopción en Rumanía, constatamos que, en el periodo 2016–2021, la tasa media de ruptura fue del 1,9 % en las adopciones por asignación, mientras que en el caso de los menores elegidos en la lista HtAC fue del 13%.
En el siguiente apartado revisaremos la literatura para poner de relieve los principales factores que concurren en la ruptura y la manera en que las personas adoptantes viven este proceso.
Mientras que en Rumanía la adopción de menores con necesidades especiales solo ha empezado a fomentarse recientemente mediante políticas y prácticas, en otros países, como Estados Unidos o el Reino Unido, se promueve desde hace más de cinco décadas (Carp, 2002). Los primeros estudios que intentaron describir el perfil y las motivaciones de las personas adoptantes existen desde los años setenta. Estos estudios mostraron que las características de quienes adoptan a menores de más edad, con problemas de salud y discapacidades, o a grupos de hermanos, les distinguen de la mayoría. Según los resultados de Deiner et al. (1988), muchos de estos menores fueron adoptados por sus familias de acogida, con ingresos superiores a la media y firmes convicciones religiosas. Eran familias cohesionadas, adaptables y flexibles. Su motivación era sobre todo proporcionar estabilidad y seguridad al menor, y en menor medida mejorar sus problemas de salud. De forma similar, McRoy (1999) mostró en sus estudios que, en las adopciones estables, las personas adoptantes tienen un matrimonio sólido y son flexibles y maduras. Demuestran compromiso con la adopción, tienen experiencia en la crianza, cuentan con una amplia red de apoyo y sus expectativas respecto al menor son realistas. En algunos casos, ya se habían ocupado de menores como familia de acogida. Su motivación es altruista más que centrada en la realización personal (McRoy, 1999). Estudios más recientes respaldan la importancia de esta motivación y del compromiso con los menores para garantizar la estabilidad de la adopción (Denby et al., 2011; Paniagua et al., 2022). Según Paniagua et al. (2022), las motivaciones centradas en los deseos adultos de parentalidad y de compañía presentan un mayor riesgo de ruptura. No todas las personas adoptantes inician el proceso con la intención de adoptar a menores con necesidades especiales. Lindstrom et al. (2013) proponen una clasificación interesante que distingue tres categorías de madres y padres: quienes desean desde el principio adoptar a un menor con necesidades especiales; quienes desean inicialmente adoptar a un menor sano y deciden después que pueden aceptar a un menor con necesidades especiales; y quienes adoptan a un menor aparentemente sano y descubren más tarde que tiene necesidades especiales.
La literatura es en general convergente: los riesgos de inestabilidad y de ruptura son mayores en el caso de los menores con necesidades especiales (McDonald et al., 2001). Sin embargo, «necesidades especiales» es un término paraguas que abarca a menores con características muy distintas. Entre ellas, los trastornos de conducta y emocionales y las dificultades para establecer vínculos de apego con las futuras familias adoptivas parecen ser los factores que más predisponen al fracaso de la adopción (Selwyn et al., 2014; Palacios et al., 2019).
El riesgo de ruptura también aumenta con la edad del menor. Cuanto más tiempo pasa en el sistema de protección, más se acumulan los traumas y los retrasos del desarrollo que afectan a su percepción de sí y de los demás, a su capacidad de autocontrol y a sus conductas (Palacios et al., 2019; Lanham, 2022). En cuanto a la presencia de discapacidades y problemas médicos, siempre que la familia los conozca y los asuma antes de la adopción, parecen poner menos en riesgo su estabilidad. Además, Mozzi y Nuernberg (2016) mostraron que una discapacidad puede contribuir a intensificar los vínculos emocionales entre la persona adoptada y quienes la adoptan, debido a la dependencia del menor respecto de su familia adoptiva y a sus mayores necesidades de cuidado.
Las personas adoptantes parecen en general menos preparadas no solo ante los trastornos de conducta, sino también ante las dificultades relacionales y de apego que presentan los menores (Valentine et al., 1988; Wind et al., 2005; Tonheim y Iversen, 2019). Algunas solo comprenden la magnitud de estos problemas después de que los menores se incorporen a su familia (McRoy, 1999). Estudios previos muestran que las personas adoptantes necesitan una formación más práctica y una comprensión concreta de los retos que les esperan tras la incorporación (Bergsund et al., 2018; Rosenthal et al., 1996; Rushton y Monck, 2009). Según otros estudios, las familias adoptivas afirman a menudo que reciben información incompleta sobre sus hijas e hijos (Reilly y Platz, 2003; Coakley y Berrick, 2007; Lee et al., 2018) o que los equipos especializados presentan la situación de los menores de una forma bastante favorable para aumentar sus posibilidades de adopción (Selwyn et al., 2014), lo que genera en las personas adoptantes expectativas poco realistas que pueden predisponer a la ruptura (Coakley y Berrick, 2007). Según otros estudios, la formación previa a la adopción no les ha ayudado a desarrollar las habilidades necesarias para afrontar los retos que encuentran tras la incorporación (Rosenthal et al., 1996; Rushton y Monck, 2009).
Existe un consenso en la literatura en cuanto a la prevención de las rupturas, en particular en la adopción de menores con necesidades especiales. Esta prevención implica detectar los problemas lo antes posible y proporcionar un apoyo adecuado (Haugaard et al., 2000). La ausencia o la fragmentación de los servicios de apoyo predispone a la ruptura (Barth y Miller, 2000). Durante este breve periodo «de prueba», el contacto con especialistas de los servicios de adopción parece sumamente importante para las personas adoptantes. Schmidt et al. (1988) mostraron que las familias adoptivas valoraban la honestidad, la franqueza y la empatía de los equipos especializados. Su apoyo ayudaba a las familias a mantener el respeto y la confianza en su capacidad para afrontar situaciones difíciles y reajustarse. El mismo estudio mostró la frustración de las personas adoptantes a las que el personal especializado no creía cuando le hablaban de la gravedad de los trastornos de conducta de sus hijas e hijos. De forma similar, en el estudio realizado por Lyttle et al. (2021), muchas madres y padres afirmaron haberse sentido juzgados, no escuchados o tratados con desconfianza. Otro estudio realizado en Estados Unidos mostró que el 88% de las personas adoptantes que habían vivido una ruptura consideraban que la falta de apoyo emocional por parte de profesionales de la adopción y la falta de respuesta o de comunicación adecuada por parte de los servicios de adopción eran obstáculos importantes para el éxito de la adopción (USDHHS, 2020).
En estudios anteriores, las familias hablaban del aislamiento y la alienación vividos durante la guarda preadoptiva (Valentine et al., 1988). Algunas afirmaban no haber encontrado comprensión ni apoyo en su entorno, y que sus sentimientos no habían sido validados (O’Neill, 1993; Bergeron y Pennington, 2013). Muchas de ellas vivieron el proceso de ruptura como traumático (McKirdy et al., 2019). Según Schmidt et al. (1988), las personas adoptantes vivían la pérdida del menor tras la ruptura como la pérdida de una persona fallecida. Estos resultados se ven respaldados por un estudio reciente de Goldberg y Allen (2022) con personas adoptantes LGBTQ. En el estudio dirigido por O’Neill (1993), algunas familias refirieron ira y arrepentimiento, mientras que otras sentían vergüenza o culpa. Estos y otros sentimientos, como el estrés, el duelo, la desesperación, el agotamiento y el alivio, se identificaron también en la investigación de Lyttle et al. (2021).
Aunque los estudios previos han aportado datos significativos sobre los factores que afectan a la estabilidad de la adopción, solo algunos se han centrado en la fase de guarda preadoptiva, a pesar de que la mayoría de las adopciones fracasan antes de su formalización legal (Selwyn et al., 2014). Asimismo, muy pocos estudios han abordado la manera en que las personas adoptantes viven el proceso de adopción y su ruptura durante la guarda preadoptiva. Nuestro estudio pretende, por tanto, colmar esta laguna.
El objetivo de este estudio era comprender las experiencias de las personas participantes a lo largo del proceso de adopción y de ruptura, así como los retos que encontraron en su recorrido con la niña, el niño o el grupo de hermanos que se les confió en guarda con fines de adopción.
Concretamente, nuestros objetivos eran:
(1) explorar las motivaciones para adoptar a un menor de la lista HtAC; (2) analizar cómo valoraban su preparación para el proceso; (3) identificar los retos que planteaban las características de los menores y su capacidad para afrontarlos; (4) describir la experiencia con especialistas en adopción y servicios de apoyo, y (5) captar cómo vivieron el proceso de adopción y de ruptura.
El presente estudio forma parte de un proyecto de investigación más amplio centrado en la resiliencia de la familia adoptiva en Rumanía. Para captar la resiliencia, en el marco de este proyecto triangulamos la perspectiva ecosistémica y la del desarrollo familiar, tal como propone Walsh (2007). La perspectiva ecosistémica nos permitió estudiar la resiliencia como un proceso de interacción multinivel entre la familia adoptiva y otros sistemas complejos o exigentes (Ungar, 2015), mientras que la perspectiva del desarrollo facilitó la comprensión de los factores adversos a lo largo del tiempo y dio coherencia al estudio.
El proyecto de investigación incluyó tanto a personas adoptantes que completaron el proceso y tienen actualmente una adopción estable como a participantes que interrumpieron dicho proceso. En el presente estudio solo se incluyeron estas últimas.
De las 41 personas participantes en el estudio, siete cumplían los siguientes criterios de inclusión: habían iniciado el procedimiento de adopción de un menor o grupo de hermanos de la lista HtAC entre 2018 y 2021, y habían solicitado la revocación de la adopción antes de su formalización legal. Seis de las personas seleccionadas eran mujeres y una era un hombre. Entre ellas, una persona adoptante no estaba casada y seis estaban casadas. Se contactó con las personas participantes individualmente, pero en el caso de una pareja, ambos miembros quisieron participar en el estudio y fueron aceptados. Sus respuestas se trataron y se presentan por separado. Las edades de las personas adoptantes oscilaban entre 37 y 51 años, con una media de 41. Todas las personas participantes tienen estudios superiores y una trayectoria profesional consolidada en distintos ámbitos: dos trabajan en servicios educativos, dos en la administración pública, dos prestan servicios profesionales y técnicos, y una trabaja en servicios financieros. El estudio se refiere a nueve menores. Cuatro fueron confiados solos y los demás en grupos de dos y tres hermanos. Los menores pasaron entre cuatro y 20 semanas con la familia adoptiva. La tabla 1 ofrece más detalles sobre los menores y las personas participantes.
Tabla 1 — Datos sociodemográficos de las personas adoptantes y de los menores confiados
Datos sobre las personas adoptantes (sexo, edad en años, nivel de estudios, estado civil) y datos sobre el menor confiado (edad en años, sexo, adoptado solo o con hermanos, estado de salud/discapacidades, duración de la guarda en semanas).
*Los nombres de las personas participantes se han cambiado para garantizar la confidencialidad.
Para este estudio se adoptó una metodología cualitativa basada en una entrevista semiestructurada. El guion de entrevista se elaboró a partir de las perspectivas teóricas que fundamentaban la investigación. Algunos de los temas fueron: la motivación para adoptar, la elección del menor en la lista HtAC, las dificultades del proceso de adopción, los servicios sociales necesarios y disponibles, la decisión de ruptura, y los pensamientos y sentimientos de las personas adoptantes a lo largo del proceso. La recogida de datos se llevó a cabo entre agosto de 2022 y marzo de 2023.
Las entrevistas fueron realizadas por dos miembros del equipo de investigación: la investigadora principal, especializada en psicología, con experiencia en adopción, y una persona investigadora especializada en sociología, con experiencia en el estudio de distintas categorías de personas vulnerables.
Debido a la gran dispersión geográfica de las personas participantes, las entrevistas se realizaron por teléfono y se grabaron en audio. Aunque esta técnica de entrevista da menos acceso a los datos no verbales, estudios anteriores han demostrado que la entrevista telefónica puede proporcionar datos narrativos ricos sobre temas sensibles (Padilla et al., 2022), es menos intrusiva y da a las personas participantes más poder para controlar la situación de entrevista (Drabble et al., 2016). Después de que expresaran su interés en participar en el estudio, se contactó con ellas y se les informó con más detalle sobre el objetivo de la investigación, la duración estimada de la entrevista, la forma de tratar y conservar los datos recogidos y la ausencia de cualquier ventaja económica derivada de su participación. Esta información se envió por mensaje a las personas participantes, junto con el formulario de consentimiento. Las personas participantes fijaron el momento de la entrevista para que se ajustara a sus horarios y para reducir al mínimo el riesgo de abandono. Las entrevistas duraron entre 42 y 68 min, con una media de 56 min. Todas fueron transcritas literalmente por quienes las realizaron. La estrategia de entrevista siguió de cerca las recomendaciones de Glogowska et al. (2011) y Drabble et al. (2016), y se consideró adecuada también para nuestro estudio. Este estudio fue aprobado por el Comité de Ética de la Investigación Científica con Seres Humanos de la Universidad Lucian Blaga, aprobación n.º 7 de 29 de julio de 2022.
Los datos se trataron con el programa de análisis de datos cualitativos NVivo12. Dos miembros del equipo de investigación los analizaron temáticamente, siguiendo de cerca las seis fases del proceso de análisis propuestas por Braun y Clarke (2006, 2019).
La primera fase consistió en familiarizarse con los datos mediante su lectura y relectura reiteradas. En la segunda fase, las dos personas investigadoras codificaron los datos de forma independiente, mediante un procedimiento de codificación abierta. No obstante, desde el principio existió un consenso en el equipo para seguir los factores que desencadenaron el paso a las distintas etapas del proceso de adopción (por ejemplo, iniciar el proceso, renunciar a la asignación, elegir al menor de la lista e interrumpir el proceso), pero también los retos a los que se enfrentaron las personas participantes en las distintas etapas de este proceso. De este modo, nos aseguramos de codificar la información pertinente para responder a las preguntas de investigación. Byrne (2022) utilizó una técnica similar. En la tercera fase, las personas codificadoras revisaron y discutieron los códigos generados individualmente. En esta fase se fusionaron varios códigos y se eliminaron los considerados irrelevantes para las preguntas de investigación. Agrupando los códigos restantes y analizando los vínculos entre ellos, se desarrollaron nueve temas en la cuarta fase, que se definieron después en la quinta. Una vez concluida esta etapa, para facilitar la comprensión del proceso de adopción seguido de la ruptura, optamos por agrupar los temas y presentarlos según las fases del proceso de adopción, del siguiente modo:
El proceso de adopción hasta la guarda preadoptiva, con los temas:
El periodo de guarda preadoptiva y la ruptura, con los temas:
Después de la ruptura, con los temas:
En la sexta fase, toda la autoría contribuyó a redactar y revisar los resultados de la investigación para garantizar que ofrecieran una imagen significativa de los relatos de las personas participantes.
En los relatos de las personas entrevistadas sobre la decisión de adoptar surgieron dos subtemas: las razones de la decisión y la manera en que llegaron a ella, que analizaremos a continuación.
Razones para adoptar
En el caso de todas las personas participantes, la decisión de adoptar se basó principalmente en deseos personales no realizados. El deseo mencionado con más frecuencia era tener un hijo o una hija, algo que hasta entonces no había podido cumplirse por diversas razones. Así, cuatro parejas hablaron de infertilidad o de problemas de salud que impedían a las mujeres llevar un embarazo a término. Por ejemplo, Marta (F, 41) afirmó: «Tenemos problemas de infertilidad y, después de unos años, como queremos tener hijos, decidimos recurrir a la adopción». Otra de las personas entrevistadas que deseaba un hijo no estaba casada, mientras que una pareja cuyos miembros tenían 40 y 44 años en el momento de decidir tener un hijo pensó que era demasiado tarde para intentarlo de forma natural.
Otros deseos mencionados por una solicitante de adopción que tenía un hijo biológico eran ampliar su familia y también tener un hijo sano. Lo explicaba así: «Queríamos ampliar nuestra familia. Tenemos otro hijo con discapacidad, y queríamos uno más, un hijo sano». (Carmen, F, 37).
A las razones centradas en los deseos de las personas adoptantes se sumaban razones filantrópicas, centradas en las necesidades de los menores, en el caso de la persona no casada y de quienes se consideraban demasiado mayores para procrear. El deseo de ayudar a un menor era evidente en sus relatos. Por ejemplo, Oana (F, 36), soltera, afirmó: «El deseo de dar a una niña o a un niño desfavorecido algunas oportunidades más de un desarrollo armonioso y continuo». y Tania (F, 40), casada, dijo: «Pensamos que, si todavía había 60 000 menores o más en el sistema de protección, sin duda podíamos hacerlo mejor para uno de ellos».
Cómo se llegó a la decisión de adoptar
En sus relatos, las personas entrevistadas contaron también cómo llegaron a la decisión de adoptar. Para la persona no casada, pero también para la pareja cuyos miembros pensaban que su edad era demasiado avanzada para tener un hijo de forma natural, la adopción representaba la única opción para satisfacer su deseo de tener un hijo. Por ejemplo, Tania (F, 40), casada desde hacía 24 años, durante los cuales se había dedicado a su carrera profesional, afirmó:
«Pasamos nuestra juventud trabajando, y luego nos dimos cuenta de que éramos relativamente mayores y de que habíamos acumulado muchos recursos. Después de descartar tener un hijo biológico (…), decidimos adoptar».
Para otras personas, la adopción era la segunda mejor opción o incluso la última. Una pareja decidió adoptar tras un periodo de «intentos fallidos de tener un hijo biológico» (Marta, F, 41). En cambio, otras parejas probaron distintos métodos de reproducción asistida y recurrieron a la adopción como último recurso. Por ejemplo, Bianca (F, 42) mencionó: «Intentamos tener un bebé y, después de tres FIV fallidas, esta era la solución definitiva».
Una vez tomada la decisión de adoptar, la mayoría de las personas adoptantes deseaban un menor de corta edad sin problemas de salud importantes. Ninguna familia estaba motivada explícitamente para adoptar a un menor de más edad, con discapacidad, problemas de salud o trastornos de conducta. La mayoría de los menores de la lista no responden a sus expectativas y, sin embargo, la mayor parte de estas personas decide consultar estas listas e iniciar el procedimiento de adopción de un menor o grupo de hermanos que figura en ellas. Las personas adoptantes cuentan que se desanimaron por la larga espera de una asignación con un menor que respondiera a sus criterios iniciales y que, animadas por profesionales del trabajo social, decidieron consultar la lista para acortar el proceso. Otras sienten que han llegado a una edad en la que ya no pueden esperar. Por ejemplo, Adriana (F, 51) dijo:
«Obtuve ese certificado y, después de que me dijeran que tenía que esperar mucho tiempo para la asignación, y como mi edad no me permitía esperar muchos años, dije que iría a la lista de niños difíciles de ubicar.»
En algunos casos, las personas adoptantes acudieron a la lista HtAC con expectativas poco realistas inducidas por especialistas que las habían formado para la adopción. Para que el mayor número posible de futuras familias adoptivas consultara la lista y mejorar las posibilidades de adopción de los menores, algunos equipos describen la lista de forma poco realista. En este sentido, Marta (F, 41) afirmó:
«Fuimos a la lista de niños de difícil adopción porque así nos educaron en la formación. Nos dicen que nos fijemos en los niños más mayores, los niños de la lista, que es maravilloso (…), que lo ideal es ir a por un niño más mayor porque ya entiende la adopción.»
La elección que hacen las personas adoptantes en la lista HtAC es a menudo intuitiva, sin comprender plenamente los diagnósticos ni disponer de información muy precisa sobre los menores. Por ejemplo, Bianca (F, 42) afirmó: «Vimos fotos y leímos los datos. Intentamos entender las descripciones de los perfiles, aunque no entendíamos muchos diagnósticos.» La misma adoptante contó que eligió en la lista a dos hermanas de distintas edades, pero cuyas descripciones eran idénticas. Y prosiguió: «La ficha sintética estaba mal porque se había copiado y pegado de la primera a la segunda, es decir, las dos hermanas tenían la misma información, incluso la fecha de nacimiento, aunque no era así. (…) Las dos tenían las mismas características presentadas ahí.» Otras personas adoptantes señalaron que las fotos de los menores no estaban actualizadas. La información sobre los diagnósticos de los menores tampoco es precisa, y la mayoría de las familias afirman que «no se puede uno fiar de lo que pone ahí» (Adriana, F, 51). En algunos menores los diagnósticos eran más graves, mientras que en otros no se confirmaron. Por ejemplo, Oana (F, 36) afirmó: «La niña era sociable, juguetona, inteligente (…). Había varios diagnósticos, que no se confirmaron en las revisiones posteriores.»
Como los menores de la lista HtAC pueden proceder de cualquier distrito de Rumanía, los equipos que acompañan a las personas adoptantes no conocen ningún dato adicional sobre ellos, aparte de los registrados en el sistema. De algunos relatos de las personas participantes se desprende que tampoco los profesionales responsables de los menores los conocían muy bien. Por ejemplo, Tania (F, 40) dijo: «Ellos [los especialistas] no habían visto a la niña desde hacía unos dos años. Se quedaron impactados de lo mucho que había crecido».
Al reflexionar sobre el periodo anterior a la guarda preadoptiva, la mayoría de las personas adoptantes consideraban que, en aquel momento, la felicidad de haber encontrado a la niña, al niño o a los menores y el entusiasmo de la incorporación inmediata las habían hecho menos receptivas a ciertas indicaciones que podrían haber sido señales de alarma para la estabilidad de la adopción, y menos objetivas al analizar la situación. Por ello, la mayoría declaró que al principio no tenía ninguna duda sobre el éxito de la adopción. Tania (F, 40) dijo:
«Pero ya habíamos pasado las etapas y estábamos muy contentos… Así que me negué a escuchar y a entender lo que oí entonces.»
De forma similar, Marta (F, 41) relató:
«Cuando llevas mucho tiempo queriendo tener hijos, y los conoces, y así, no sé, la objetividad desaparece, te lo digo sinceramente. Mirando atrás, juzgo las cosas de otra manera, pero entonces estábamos ilusionados; queríamos que saliera y.»
Una sola entrevistada, que optó por adoptar a una niña de 10 años, declaró que tenía dudas sobre el éxito de la adopción. Estas dudas se referían al deseo de la adoptante de «moldear» a la niña adoptada y a la herencia genética de ciertos problemas de salud mental presentes en la madre biológica. Dijo:
«Un poco, sí, por la edad; cuando me di cuenta de que era tan mayor, no pensé que… Quiero decir, de todos modos era un riesgo, no poder transformarla demasiado. Pero después dije: empecemos de todos modos esta pequeña aventura. Quiero decir, no hay que tener prejuicios. Partí de la idea de que no debíamos tener prejuicios, de que aunque su madre biológica tuviera esquizofrenia, ella no tenía por qué desarrollar necesariamente esquizofrenia; consulté a especialistas y me dijeron que lo intentara de todos modos…» (Adriana, F, 51)
La mayoría de los menores confiados figuraban como físicamente sanos, y el resto con problemas de salud menores. Dos tenían retrasos del lenguaje y uno presentaba deficiencias auditivas. Estas deficiencias constaban en los expedientes de los menores, y las personas adoptantes no las consideraron obstáculos para el éxito de la adopción. En cambio, la conducta y los estados psicológicos de los menores plantearon retos considerables para los que las personas adoptantes no estaban preparadas. Hablaron de los trastornos psicológicos que manifestaban algunos de los menores, en forma de agresividad hacia los miembros de la familia adoptiva, autoagresiones e incluso tendencias suicidas. En algunos casos, los menores mostraban estas conductas ante frustraciones menores, como relató Adriana (F, 51): «O sea, tenía muchísimos ataques de nervios. Gritaba, pataleaba y se daba golpes con la cabeza contra las paredes, por cualquier motivo (…), como si alguien le decía, por ejemplo, que se estaba portando como un bebé, se portaba mal». De forma similar, Carmen (F, 37) contó: «Actitudes de oposición, agresivas: rompía hojas de papel, objetos personales, estropeaba los muebles cuando se le ponían límites. Los límites eran respetar la rutina diaria: cambiarse del pijama a la ropa de día y hacer los deberes». En otros casos, se debía al deseo de interrumpir una actividad o de conseguir lo que querían. Tania (F, 40) habló de las conductas de riesgo de la niña que se le había confiado, debidas al deseo de la niña de volver a su familia de acogida: «Había momentos en que quería tirarse por el balcón si no la llevaban de vuelta. Si iba con ella por la calle, me daba un tirón de la mano y me decía que se tiraría delante de un coche si no la llevaba de vuelta». La misma adoptante contó que la niña la agarró del cuello y le puso la chaqueta sobre los ojos mientras conducía, para evitar que la llevara al dentista.
Otros menores no tenían conductas agresivas, pero mostraban hiperactividad y otras conductas que las personas adoptantes gestionaban con dificultad. Marta (F, 41) contó que a uno de los tres menores que se les habían confiado lo sacaban a pasear en coche todas las mañanas a las 5 para que los otros pudieran dormir. En este caso, los especialistas consultados por las personas adoptantes tras la incorporación sospecharon varios trastornos mentales asociados (TDAH, trastorno del espectro autista y síndrome alcohólico fetal) que la familia desconocía antes de la incorporación.
La mayoría de las personas adoptantes declararon que habían creado vínculos de apego débiles con los menores durante el tiempo que pasaron en la familia. En tres casos, los menores tenían un vínculo muy fuerte con las personas acogedoras que los habían criado desde muy pequeños. Oana (F, 36) declaró que «Sacar a la niña de la familia en la que ha crecido es demasiado brutal. La niña tenía un vínculo fuerte con sus antiguas cuidadoras, lo que hacía difícil adaptarse a otra familia completamente distinta.» De forma similar, Adriana (F, 51) afirmó, a propósito de la niña de 10 años que se le había confiado: «Esa niña la había criado una acogedora desde que tenía siete meses. ¿Se da cuenta de que era como una madre para ella? Cuando mi marido y yo aparecimos, la niña ya estaba muy apegada a esa acogedora». En otro caso, la niña confiada mantenía el contacto con su familia biológica a través de la familia de acogida, sin que estuviera legalmente permitido tras la declaración de adoptabilidad. Por ello, en su situación, se produjo una ruptura de sus relaciones tanto con la familia de acogida como con la familia biológica. En estos casos, las personas adoptantes hablan de una preparación inexistente o deficiente de los menores para la adopción.
Otra cuestión planteada por las personas entrevistadas fue la ausencia de cualquier progreso en el desarrollo de los menores durante el periodo de guarda. A pesar de los esfuerzos de las personas adoptantes y de los profesionales a los que recurrieron, varios menores presentaban déficits del desarrollo cognitivo y del lenguaje y no mejoraron en absoluto. Dan (M, 40) recordaba:
«Después de que llegaran a casa, poco a poco nos dimos cuenta de que la mayor no hablaba nada, ni siquiera un “sí” o un “no”. Fue duro. Vale, un día, dos, tres, una semana, pero no habló en tres meses. Y para nosotros era algo atípico. Así que no, no podíamos imaginar… era como trabajar con una niña con alzhéimer. Así que, cada día, volvíamos a empezar una y otra vez, y nada cambiaba. Al contrario, iba a peor».
El periodo de guarda, aunque esperado por las personas adoptantes, fue vivido por la mayoría como sumamente estresante, lleno de incertidumbres y de búsqueda de servicios especializados y de soluciones para los problemas de los menores. Algunas de las personas adoptantes se sintieron profundamente afectadas emocionalmente durante este periodo. Dan (M, 40) declaró que «sufrió una crisis nerviosa» tras 3 meses de guarda, y Bianca (F, 42) afirmó que empezó a tener «ataques de pánico». Otra adoptante sintió que este periodo creó muchos desequilibrios en la pareja. Afirmó: «Tenía miedo, estaba en pánico, y me di cuenta de que no podía vivir con una persona psicológicamente desequilibrada en casa porque eso también nos desequilibraría a mi marido y a mí, y estábamos a punto de divorciarnos» (Adriana, F, 51).
Según las declaraciones de las personas adoptantes, algunas se beneficiaron del apoyo necesario por parte de los servicios públicos que mediaron en la guarda. Sin embargo, afirmaron que nada habría podido hacerse por la estabilidad de la adopción. En este sentido, Marta (F, 41) argumentó: «La psicóloga y la trabajadora social venían más o menos una vez por semana. (…) O sea, la psicóloga estuvo muy bien. O sea, venía y hablaba con nosotros». De forma similar, Oana (F, 36) contó: «Hubo apoyo durante todo el proceso, todo el que hizo falta». Otras personas adoptantes no pidieron apoyo, pues creían que no lo necesitaban porque «ya era demasiado tarde» (Carmen, F, 37). Pensaban que los menores deberían haber estado mejor preparados para la adopción, lo que habría evitado la ruptura.
Sin embargo, la mayoría de las personas adoptantes pidieron apoyo y no lo recibieron. A algunas se las orientó a buscar por su cuenta servicios profesionales privados. Otros especialistas trasladaron la responsabilidad de la intervención de una institución pública a otra. Tania (F, 40) describió así su situación:
«Intentamos hablar con las Direcciones y, cada tres días, volvíamos a hablar con todo el mundo. ¿Qué tenemos que hacer? ¡Ayuda! ¡Ayúdennos! La niña llora, quiere volver con su familia de acogida. ¡Ayuda! ¡Ayuda! Nos mandaban de uno a otro. Todos decían que las niñas ya no eran responsabilidad suya. Así que no recibí apoyo…»
La mayoría de las personas adoptantes afirmaron que tampoco encontraron apoyo mientras estaban en pleno proceso de ruptura. Se sintieron incomprendidas, culpabilizadas y, en algunas circunstancias, presionadas para quedarse con el menor o el grupo de hermanos. Por ejemplo, Carmen (F, 37), refiriéndose a especialistas de la dirección pública, afirmó:
«La revocación de la adopción vino acompañada de abusos y de intentos de convencernos para que nos quedáramos con la niña aunque nos habíamos dado cuenta de que éramos incompatibles».
Las personas adoptantes afirmaron que los equipos especializados se preocupaban sobre todo por los menores y se desinteresaban de la salud mental de los demás miembros de la familia adoptiva. Bianca (F, 42) afirmó:
«Discutí por teléfono con la señora de la Dirección. Le dije que no estábamos bien psicológicamente. Y me dijo: “No me interesa cómo están ustedes; me interesa cómo están las niñas”. Así que me sentí fatal, y esa señora me dijo que nos estábamos burlando de las niñas, y cosas así. Eso me dolió de verdad».
Algunas personas adoptantes describieron toda la experiencia de la guarda y de la posterior revocación como dolorosa e incluso traumática. Marta (F, 41), a quien se habían confiado tres menores, presentó una situación particular. La familia habría querido quedarse con dos de ellos, con los que había logrado crear un vínculo emocional durante el periodo de guarda, pero sintió que no podía hacer frente a las necesidades especiales del tercero. Aunque la revocación tuvo lugar hace 2 años, Marta (F, 41) afirmó que no se han recuperado del todo:
«Sufrí mucho después de aquel periodo; todavía no puedo decir que lo haya superado del todo. El impacto emocional es fuerte. Fue un periodo que intenté superar, pero no se puede superar. Sigo pensando en ellos, sigo pensando en cómo estarán, si estarán bien, si… No se puede olvidar. Han pasado dos años y…»
Tras la revocación, una de las familias logró adoptar con éxito a dos niñas. Otras dos familias renunciaron a su certificado y, por tanto, a su derecho a adoptar. Las demás familias han conservado su certificado y se plantean adoptar. La mayoría se muestra reacia a volver a consultar la lista de menores con perfil público y espera una asignación con un menor que responda a sus criterios. Marta (F, 41) consultó la lista tras la revocación de la primera adopción, pero no eligió a ningún menor, mostrando más cautela. Ninguna de las familias recibió apoyo psicológico tras la revocación, pero los especialistas aconsejaron a todas que se tomaran un respiro antes de intentar una nueva adopción.
Nuestro estudio da la palabra a siete personas solicitantes de adopción que iniciaron el proceso de adopción con uno o varios menores sin que el procedimiento llegara a formalizarse legalmente. Nuestro objetivo era comprender sus experiencias a lo largo del proceso de adopción y de su ruptura. Relataron cómo pasaron, en poco tiempo, de la esperanza de llegar a adoptar a la ilusión y la felicidad de encontrar a una niña, un niño o un grupo de hermanos, y después a la desilusión, la desesperación y el trauma. De sus relatos pueden extraerse varios factores de riesgo que pueden obstaculizar el éxito de la adopción. Comprenderlos puede orientar las políticas sociales y la práctica para prevenir situaciones similares.
La asignación en la adopción infantil es un procedimiento antiguo, y la evidencia empírica muestra que algunos de sus componentes predicen de forma significativa la estabilidad de la adopción (Lanham, 2022). Según Farmer y Dance (2016), la asignación puede definirse como el ajuste entre los puntos fuertes o los recursos de las personas adoptantes y las necesidades del menor o del grupo de hermanos. En Rumanía, como en la mayoría de los sistemas legislativos, el proceso de asignación consta de dos fases: la asignación teórica, basada en los datos registrados sobre el menor o el grupo de hermanos y sobre las personas solicitantes de adopción, y la asignación práctica, cuando las dos partes se conocen. Todas las personas entrevistadas iniciaron su proceso de adopción con el deseo de adoptar a menores lo más pequeños posible (la mayoría de menos de tres años) y sin problemas de salud ni discapacidades importantes. Son personas adoptantes que deseaban ante todo ejercer la parentalidad, y la motivación de ayudar a un menor era secundaria y solo se expresó directamente en dos casos. La mayoría eligió la adopción como segunda o incluso última opción para llegar a ser madres o padres. Renunciar al proceso de asignación teórica y elegir a un menor de la lista HtAC supuso varias concesiones por parte de las personas adoptantes, relacionadas sobre todo con la edad y, en algunos casos, con el número de menores. Hay varias razones por las que las personas adoptantes renuncian a la asignación teórica. Los equipos de adopción les advierten desde el principio de que este procedimiento lleva mucho tiempo porque no hay menores disponibles que respondan a sus criterios iniciales. Otros estudios ponen también de relieve esta práctica (Burge y Jamieson, 2009). Una segunda razón para abandonar la asignación es que los especialistas animan a las personas adoptantes a tener en cuenta la lista HtAC y a fijarse en menores de más edad. Las personas participantes cuentan que la lista se les presentó de forma demasiado favorable. Los especialistas pretenden aumentar las posibilidades de adopción del mayor número posible de menores, sobre todo cuando existe una política de fomento de la adopción de menores con necesidades especiales. Estas prácticas generan expectativas poco realistas en las personas adoptantes y, según estudios anteriores, predisponen en gran medida a la ruptura (Barth y Miller, 2000; Coakley y Berrick, 2007). Además, investigaciones previas indican que no todas las personas son idóneas para adoptar a menores de más edad o con necesidades especiales (Brind, 2008). Sin embargo, según el procedimiento de adopción rumano, cualquier persona o pareja certificada puede elegir a un menor de la lista HtAC, sea cual sea su perfil, sin necesidad de formación adicional.
La elección del menor o del grupo de hermanos en la lista HtAC se basó sobre todo en la intuición de las personas adoptantes. Hablan de la falta de acompañamiento para consultar la lista HtAC, de no entender los diagnósticos de los menores y de la información incompleta o inexacta registrada sobre ellos. Cuentan que ni siquiera los especialistas responsables de los menores adoptables conocen de cerca su situación. En numerosos estudios, la falta de información adecuada y de preparación de las personas adoptantes para atender las necesidades de menores de más edad, con trastornos de conducta y a veces con discapacidades, se asocia a la inestabilidad o a la ruptura de la adopción (Rosenthal, 1993; Reilly y Platz, 2003; Santos-Nunes et al., 2018).
Las carencias en la información y la preparación de las personas adoptantes las llevan a no identificar con precisión el perfil y las necesidades de los menores. No son las características de los menores per se las que predisponen a la ruptura de las adopciones, sino las falsas expectativas de las personas adoptantes y la falta de una preparación y de unos recursos adecuados para hacer frente a sus necesidades. Salvo una participante, todas las demás personas afirmaron que no tenían ninguna duda sobre el éxito de la adopción antes de que se les confiara el menor o el grupo de hermanos.
Algunas no lograron comprender las posibles dificultades de apego de los menores. Esperaban dar y recibir amor de la niña, el niño o el grupo de hermanos. Es bien sabido, por estudios anteriores (Howe, 2001; van den Dries et al., 2009; White, 2016), que los menores con antecedentes de trauma presentan estrategias adaptativas de supervivencia que no les permiten percibir de entrada a las personas adoptantes como fuentes de cuidado y protección (Howe, 2001), por lo que necesitan mucho tiempo para vincularse y ofrecer afecto. Para algunas personas adoptantes, la aparente indiferencia de los menores y sus dificultades de apego se volvieron pronto inaceptables y generaron insatisfacción. Estos resultados coinciden con los de Wydra y O’Brien (2018), que demostraron que la cohesión familiar y la satisfacción con la adopción se predicen a partir de la valoración parental de la capacidad de respuesta afectiva. Según estudios anteriores, los menores adoptados a edades más avanzadas pueden mostrar indiferencia o rechazo ante los primeros esfuerzos de las personas adoptantes por crear un vínculo emocional con ellos (Quinton et al., 1998). No obstante, estos estudios sostienen que las familias deben estar adecuadamente preparadas para esperar tales rechazos y no rendirse, ya que con el tiempo el afecto llegará a ser mutuo. Otros estudios han mostrado también que las familias adoptivas noveles creen que los menores adoptados muestran disposición a formar nuevos vínculos de apego y que un entorno seguro y protector basta para garantizar su adaptación (Ward, 1997; Santos-Nunes et al., 2018). Según algunas de nuestras personas entrevistadas, los menores que se les confiaron estaban muy apegados a las personas acogedoras a cuyo cuidado habían estado durante mucho tiempo.
Otras personas adoptantes esperaban ver una rápida recuperación de los retrasos cognitivos y del lenguaje del menor gracias al apoyo especializado y a un entorno estable, y se desanimaron al constatar que la recuperación era muy lenta o incluso imperceptible. En su estudio, Moyer y Goldberg (2017) mostraron que, cuando las personas adoptantes constatan que tienen poco poder para moldear a los menores, pueden sentir una gran frustración. Entre las personas participantes que adoptaron grupos de hermanos, algunas se dieron cuenta de que los costes acumulados del tratamiento y de las necesidades de recuperación de los menores superaban los recursos de la familia.
Para la mitad de las personas participantes, los problemas más graves a los que se enfrentaron fueron los problemas de conducta de los menores y su propia falta de habilidades para afrontarlos. Estos resultados coinciden con investigaciones anteriores, que muestran que los trastornos de conducta de los menores parecen tener la mayor influencia en la estabilidad de la adopción (Rosenthal y Groze, 1990; Smith y Howard, 1991; McGlone et al., 2002; Nalavany et al., 2009).
Ante todos estos retos planteados por los menores, algunas personas adoptantes se sintieron afectadas emocionalmente, agotadas y desbordadas; otras sostuvieron que su relación conyugal se había desestabilizado, y otras temieron por sí mismas o por otros miembros de la familia. Lyttle et al. (2021) refirieron también experiencias similares en su investigación.
Una participante intentó poner fin a la adopción sin buscar ayuda especializada, pues creía que sería mejor para la niña volver con la familia de acogida a la que estaba apegada. En otros dos casos, las personas adoptantes sintieron que habían recibido toda la ayuda necesaria, pero sin resultados positivos. Las demás personas entrevistadas pidieron apoyo, pero no lo recibieron ni durante el periodo de guarda ni durante el procedimiento de ruptura. Algunas percibieron que los especialistas se centraban exclusivamente en el bienestar de los menores y descuidaban el de las personas adoptantes. Por esta razón, sintieron que no se las escuchaba, que no se las comprendía e incluso que se las ignoraba. Cuando llegaron al punto de solicitar la ruptura, algunas se sintieron presionadas para quedarse con el menor o el grupo de hermanos, a pesar de ser acusadas y culpabilizadas. Personas adoptantes de otras investigaciones expresaron sentimientos similares (Lyttle et al., 2021). Ninguna de las personas participantes del estudio recibió apoyo psicológico tras la ruptura. Los especialistas en adopción se limitaron a recomendar que se tomaran un respiro antes de plantearse otra adopción. Muchas personas hablan del trauma que persiste mucho después de la ruptura, aunque los menores hayan pasado periodos relativamente cortos con la familia. Estos hallazgos coinciden con los de Goldberg y Allen (2022), que estudiaron a 80 personas LGBTQ que habían pasado por distintas experiencias de pérdida relacionadas con la adopción.
Los resultados de este estudio pueden servir para orientar las políticas y prácticas sociales, reduciendo la inestabilidad y la ruptura de las adopciones. La apertura de la lista HtAC es un procedimiento que ofrece una oportunidad adicional de adopción a muchos menores para quienes no pudo encontrarse una familia adecuada en poco tiempo. Aunque la mayoría de las adopciones procedentes de esta lista son estables, algunas se rompen poco después de la guarda preadoptiva. El acceso sin restricciones a la adopción a partir de esta lista para todas las personas certificadas podría resultar problemático, porque puede dar lugar a adopciones inestables por al menos dos razones. En primer lugar, la mayoría de las futuras familias adoptivas deben renunciar a sus preferencias iniciales, lo que puede dejarles una sensación de insatisfacción. En segundo lugar, pueden no disponer de recursos y preparación suficientes para adoptar a un grupo de hermanos o a un menor con problemas de conducta, de salud o de discapacidad. Por tanto, es esencial garantizar que la renuncia a las preferencias iniciales de adopción y la elección de un menor de la lista vayan acompañadas de sesiones de formación adicionales y de apoyo psicológico. Esto permitirá a las personas adoptantes iniciar el proceso con convicción, comprendiendo plenamente las necesidades de estos menores y comprometidas con su bienestar y su crianza.
La elección de un menor de la lista HtAC debería estar guiada por especialistas capaces de aclarar los diagnósticos del menor y de explicar los posibles retos que plantean su edad, su historia social, su estado de salud y sus posibles discapacidades. Los especialistas en adopción deben asegurarse de conocer de cerca a los menores y de que la información facilitada sobre ellos esté actualizada y sea exacta. Antes de la guarda, los especialistas deberían asegurarse de que las futuras familias adoptivas pasen tiempo suficiente con el menor en distintos entornos para conocerlo lo mejor posible, y de que el menor esté suficientemente preparado para separarse de su familia de acogida.
Para que una adopción sea estable, todas las partes implicadas deben encontrarse bien. Por tanto, es imprescindible que, en el proceso de seguimiento, no solo se evalúe y apoye a los menores, sino también a las madres y los padres. Los servicios de asesoramiento y de desarrollo de las competencias parentales que respondan a las necesidades particulares de los menores adoptados, la intervención en crisis e incluso los centros de respiro deben estar accesibles en todo momento para las futuras familias adoptivas.
El problema de la ruptura aún no se ha estudiado en el contexto rumano y no es una cuestión visible en el discurso público sobre la adopción infantil. Además, pocas personas adoptantes están dispuestas a compartir la historia de su adopción fallida, lo que apunta a un posible trauma y al miedo a ser incomprendidas o culpabilizadas por el fracaso (O’Neill, 1993). En consecuencia, para nuestro estudio pudimos identificar en total a siete personas adoptantes de seis familias que habían intentado adoptar a un total de nueve menores. Tres participantes nos fueron derivadas por profesionales de la adopción y las demás se identificaron a través de las redes sociales, lo que redujo el posible sesgo que podría haberse producido si todas las personas adoptantes se hubieran identificado mediante una única estrategia. Sin embargo, los resultados no pueden generalizarse debido al reducido número de participantes. Otra limitación del estudio es que refleja únicamente la visión de las personas solicitantes de adopción y no tiene en cuenta la perspectiva de los profesionales de la adopción ni de los menores confiados. Se necesitan estudios más amplios para comprender mejor las experiencias de todas las partes y los factores de riesgo que conducen a la ruptura, con el fin de prevenir el mayor número posible de estas situaciones.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo muestra una ruptura de la adopción que se gesta mucho antes de la guarda preadoptiva. Una política pública empuja hacia la lista de menores «de difícil adopción», los especialistas la presentan de forma demasiado favorable, las fichas de perfil se copian y pegan, y personas cuyo proyecto inicial era un bebé sano se encuentran, en pocas semanas, ante una niña que grita, rechaza el vínculo o reclama a su familia de acogida. Desde un punto de vista sistémico, la ruptura no es, por tanto, el fracaso de una madre, de un padre o de una niña, sino el de un sistema de adopción que separa a un menor de vínculos de apego reales sin preparar ni al menor, ni a la pareja, ni la transición. Los relatos recuerdan también que la pareja adoptiva es una consultante por derecho propio: ataques de pánico, amenaza de divorcio, un duelo todavía presente dos años después, sin ningún acompañamiento. Los límites son claros: siete personas, casi todas mujeres, y ninguna voz de los menores ni de los profesionales. Puede leerse junto con el artículo sobre los factores que protegen frente a las rupturas en acogimiento familiar y el artículo sobre el bienestar de las madres adoptivas.
Notas del original
1Dado este aspecto, en el presente estudio utilizaremos el sentido restringido del término ruptura para referirnos a la separación del menor de la futura familia adoptiva durante la guarda preadoptiva.
2Véase el Código Civil rumano de 17 de julio de 2009, sección 4, «Extinción de la adopción», artículo 477, apartado 3.
3El procedimiento de adopción de menores de la lista de menores con perfil público está previsto en la Decisión n.º 798 de 28 de julio de 2021, dictada por el Gobierno de Rumanía.
Declaración ética. Los estudios con seres humanos fueron aprobados por el Comité de Ética de la Investigación Científica con Seres Humanos de la Universidad Lucian Blaga, aprobación n.º 7 de 29 de julio de 2022. Los estudios se realizaron de conformidad con la legislación local y los requisitos institucionales. Las personas participantes dieron su consentimiento informado por escrito para participar en este estudio.
Contribuciones de la autoría. AB: redacción – borrador original, redacción – revisión y edición. SR: redacción – borrador original, redacción – revisión y edición. MI: redacción – borrador original, redacción – revisión y edición. AN: redacción – borrador original, redacción – revisión y edición. SC: redacción – borrador original, redacción – revisión y edición.
Financiación. La autoría declara haber recibido apoyo financiero para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo. Este trabajo contó con el apoyo de una subvención del Ministerio de Investigación, Innovación y Digitalización, CNCS - UEFISCDI, proyecto número PN-III-P1-1.1-TE-2021-0186, en el marco del PNCDI III.
Conflicto de intereses. La autoría declara que la investigación se realizó en ausencia de cualquier relación comercial o financiera que pudiera interpretarse como un posible conflicto de intereses.
Nota de la editorial. Todas las afirmaciones expresadas en este artículo son exclusivamente de la autoría y no representan necesariamente las de sus organizaciones de afiliación, ni las de la editorial, el equipo editorial o las personas revisoras. Ningún producto que pueda evaluarse en este artículo, ni ninguna afirmación que pueda hacer su fabricante, está garantizado ni respaldado por la editorial.
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Traducción no oficial al español de “We thought we were stronger than we were”: adopters’ narratives about the adoption journey and disruption, de Anca Bejenaru, Sergiu Raiu, Mihai Iovu, Alina Negoescu y Sorina Corman, Frontiers in Psychology, vol. 15, art. 1381050 (2024), doi: 10.3389/fpsyg.2024.1381050, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (texto traducido al español, tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo original «“We thought we were stronger than we were”: adopters’ narratives about the adoption journey and disruption», publicado en Frontiers in Psychology (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Bejenaru, A., Raiu, S., Iovu, M., Negoescu, A., y Corman, S. (2024). “We thought we were stronger than we were”: adopters’ narratives about the adoption journey and disruption. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/we-thought-we-were-stronger-than-we-were-adopters-narratives-about-the-adoption-journey (Obra original publicada en 2024 en Frontiers in Psychology, 15, 1381050 (2024); republicada en 2024 por Frontiers in Psychology, https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fpsyg.2024.1381050/full)
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