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Journal of Marital and Family Therapy · Terapia familiar

La premisa de la interseccionalidad para las intervenciones de terapia familiar con personas solicitantes de asilo en Estados Unidos

¿Por qué una familia solicitante de asilo deja de acudir a las sesiones? Antes de interpretarlo como resistencia, Christian D. Chan y su equipo invitan a quienes ejercen la terapia a mirar lo que pesa sobre la familia: racismo, nativismo, heterosexismo, precariedad jurídica. A partir de los seis principios de la interseccionalidad formulados por Collins y Bilge, el artículo propone cinco vías concretas, desde la evaluación de los obstáculos hasta la defensa de derechos.

Autoría Christian D. Chan y Connie T. Jones (Department of Counseling and Educational Development, The University of North Carolina at Greensboro, USA); Chanel Shahnami Rodriguez (School of Counseling, Marymount University, Arlington, Virginia, USA)Primera publicación Journal of Marital and Family Therapy, 22 de junio de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The Premise of Intersectionality for Family Therapy Interventions With Asylum Seekers in the United States, de Christian D. Chan, Chanel Shahnami Rodriguez y Connie T. Jones, publicado en Journal of Marital and Family Therapy (Wiley) (2025), doi: 10.1111/jmft.70047, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

En lugar de presuponer carencias parentales o resistencia a la terapia familiar, la interseccionalidad suscita una comprensión más crítica de las formas estructurales de opresión que acentúan el modo en que los miembros de la familia pueden presentarse en el contexto de la terapia familiar.

Christian D. Chan, Chanel Shahnami Rodriguez y Connie T. Jones

Resumen

Los cambios en la política migratoria y en los sistemas gubernamentales han intensificado la retórica antiinmigración y las actitudes hostiles hacia las personas solicitantes de asilo en Estados Unidos. En consecuencia, las familias solicitantes de asilo se enfrentan a cambios culturales, relacionales y de roles que agravan las experiencias de trauma, aislamiento y síntomas de salud mental. Aunque en Estados Unidos sigue imperando un clima de nativismo racista, los factores de estrés posmigratorios ponen al descubierto otras formas de opresión estructural, como el heterosexismo y la opresión de género. La interseccionalidad constituye un marco teórico indispensable para examinar las fuerzas de opresión que se entrecruzan y el modo en que acentúan las experiencias de las familias solicitantes de asilo en terapia. Para abordar las experiencias sociopolíticas y la opresión que afectan al bienestar y a las relaciones de estas familias, el artículo (a) expone las definiciones clave y las tendencias de investigación sobre las relaciones familiares y las intervenciones con familias solicitantes de asilo; (b) desarrolla los principios centrales de la interseccionalidad; y (c) sintetiza aplicaciones de la interseccionalidad para mejorar las intervenciones y la investigación con familias solicitantes de asilo.

1 Introducción

La atención a las comunidades migrantes ha cobrado mayor impulso entre la comunidad investigadora y las y los terapeutas familiares, con el fin de acompañar a las familias transnacionales en los procesos de aculturación, separación y desplazamiento (Larrinaga‐Bidegain et al. 2024; Roy and Yumiseva 2021). Aunque las comunidades migrantes se clasifican a grandes rasgos en personas residentes temporales, inmigrantes, refugiadas y solicitantes de asilo, en la investigación y la terapia familiar se suelen confundir las experiencias de estas personas en lugar de explorar sus transiciones, procesos de aculturación e historias migratorias específicas (Douglas et al. 2019; Graf et al. 2023). Las personas refugiadas y solicitantes de asilo, en particular, viven una migración forzada que las desplaza a causa de la tortura, la guerra, la violencia y la persecución, que crean condiciones de vida insostenibles en su país de origen (Bemak and Chung 2017; Utržan and Wieling 2020). Las personas refugiadas y las solicitantes de asilo siguen trayectorias marcadamente distintas cuando se topan con obstáculos jurídicos, políticos y sociales que dificultan y les niegan el acceso a los servicios de terapia y a la atención sanitaria (Bemak and Chung 2017; Blount and Acquaye 2018). Pese al auge de la investigación sobre las experiencias de las personas refugiadas, sobre todo en relación con las prácticas informadas por el trauma (véanse Bemak and Chung 2017; Flanagan et al. 2020; Midgett and Doumas 2016; Simmelink McCleary et al. 2020), se ha prestado menos atención al contexto sociopolítico y a las experiencias vividas por las personas solicitantes de asilo en su transición hacia Estados Unidos (Attia et al. 2023; Merry et al. 2017). Más concretamente, las personas solicitantes de asilo siguen enfrentándose a multitud de factores psicosociales, a la tortura y a historias traumáticas que influyen en su identidad cultural, su bienestar y su capacidad de buscar ayuda (Attia et al. 2022, 2023; Shaw and Verghese 2022). Con experiencias e historias culturales propias, las personas solicitantes de asilo afrontan formas singulares de precariedad (Griswold et al. 2021). Por ello, la investigación en terapia familiar se beneficiaría de un examen más matizado de los factores culturales, los contextos sociopolíticos y las intervenciones terapéuticas centradas específicamente en las familias solicitantes de asilo.

Arrojando luz sobre las complejas experiencias de precariedad que viven las personas solicitantes de asilo, estudios recientes han descrito tendencias de intervención para responder mejor a las necesidades tanto de las personas refugiadas como de las solicitantes de asilo. Un estudio de Griswold et al. (2021) mostró que las personas solicitantes de asilo afrontan formas específicas de estrés de reasentamiento y posmigratorio, lo que remite a las implicaciones temporales del contexto social dentro de las familias (Rivas‐Koehl et al. 2023). Además de las dificultades educativas y lingüísticas, las familias solicitantes de asilo se enfrentan a diversas formas de estrés traumático (Flanagan et al. 2020; Gandham et al. 2021; Utržan and Wieling 2020), problemas de salud mental (Báez et al. 2024; Patterson et al. 2018) y cambios notables en las relaciones y los roles familiares (Hadi 2023; Sigmund 2023; Wieling et al. 2020). Lamentablemente, muchas de estas consecuencias adversas se ven agravadas por una sensación acumulada de ambigüedad propia de las personas solicitantes de asilo (Utržan and Northwood 2017), dado que muchas familias solicitantes de asilo en Estados Unidos no tienen acceso a servicios ni protecciones gubernamentales, ni a plazos definidos en relación con su solicitud de asilo (Phillips 2023; Sigmund 2023).

Por su parte, la investigación en estudios de familia y en terapia familiar ha documentado la importancia de las intervenciones basadas en la familia para promover la identidad cultural de la juventud racializada y migrante (Bámaca‐Colbert et al. 2019). Puesto que el desarrollo de la identidad cultural puede actuar como factor de protección y promover la resiliencia de manera intergeneracional en familias históricamente marginadas (Perez‐Brena et al. 2024; Umaña‐Taylor and Hill 2020), fomentar la identidad cultural y la conciencia crítica respecto de los obstáculos sociopolíticos refuerza el empoderamiento de estas familias (Juang et al. 2017). Los cambios en las relaciones y los roles familiares inmersos en el estrés migratorio no carecen de implicaciones culturales y políticas (Larrinaga‐Bidegain et al. 2024; Roy and Yumiseva 2021; Wieling et al. 2020), dado que muchos roles se desplazan en función de la raza, el género y la clase (Attia et al. 2024; Sigmund 2023). De hecho, Gangamma y Shipman (2018) analizaron cómo los contextos transnacionales introducen influencias sociales y políticas que acaban moldeando la expresión de las identidades sociales, sobre todo en entornos posmigratorios. Así pues, integrar un enfoque global del contexto cultural, social y político puede ser crucial en las intervenciones con familias solicitantes de asilo.

La interseccionalidad —un marco analítico para examinar múltiples formas superpuestas de opresión y de desigualdad de poder— abarca muchas de estas facetas al vincular el racismo, el etnocentrismo y el nativismo, a la vez que desmitifica explícitamente los factores contextuales que perjudican a las personas solicitantes de asilo (Bonu Rosenkranz 2024; Collins and Bilge 2020). Por su anclaje en un ethos de justicia social (Collins 2015, 2019), su incorporación explícita de identidades y formas de opresión que se entrecruzan (Few‐Demo 2014; Few‐Demo and Allen 2020) y su conceptualización de los obstáculos sistémicos y jurídicos (Cho 2013; Cho et al. 2013), este enfoque puede ofrecer a terapeutas familiares y a la comunidad investigadora una aplicación intuitiva para poner de relieve aspectos importantes de los factores culturales y de las relaciones de poder en las familias solicitantes de asilo (Attia et al. 2023; Sigmund 2023). Para enriquecer las intervenciones familiares mediante la interseccionalidad, este artículo (a) expone las definiciones clave y la investigación sobre las relaciones familiares y las intervenciones con familias solicitantes de asilo; (b) desarrolla los fundamentos filosóficos de la interseccionalidad; y (c) ilustra aplicaciones para que terapeutas familiares y personal investigador empleen la interseccionalidad con familias solicitantes de asilo.

2 Personas solicitantes de asilo

Las personas solicitantes de asilo constituyen un grupo de personas que buscan un lugar nuevo y permanente donde vivir, trabajar y encontrar protección sin fundados temores, pero que no gozan del mismo reconocimiento jurídico que las personas refugiadas (Amnesty International, n.d.; Phillips 2023). Históricamente, ha existido un clima inestable en torno a la reforma migratoria estadounidense, que dicta las políticas aplicables a quienes entran en Estados Unidos (Alberto and Chilton 2019; King 2022). La retórica y las políticas antiinmigración están envueltas en un nativismo racista: «el derecho de la persona nativa a dominar se justifica atribuyendo valores a diferencias reales o imaginarias; a las personas nativas se las percibe como blancas, mientras que a las no nativas se las percibe como personas de color» (Risley 2022, p. 113). Recientemente, Estados Unidos ha hecho más arduo el proceso de solicitud de asilo con políticas que han intentado disuadir a las familias de migrar al país (Alberto and Chilton 2019). Políticas xenófobas, como la política de Tolerancia Cero aplicada en 2018, los Protocolos de Protección al Migrante (MPP) y la prohibición de asilo por tránsito (Asylum Transit Ban), afectan a los procedimientos jurídicos de asilo y agravan las experiencias traumáticas que las personas solicitantes de asilo ya habían vivido antes de llegar a Estados Unidos (Alberto and Chilton 2019; American Immigration Council 2023a). Estados Unidos ha sido criticado de forma constante por las incoherencias, lagunas y sesgos de sus políticas y de su aplicación con respecto a las personas refugiadas y solicitantes de asilo (King 2022). Más recientemente, el U.S. Committee for Refugees and Immigrants (USCRI; 2025) denunció al Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos por revocar las protecciones del permiso humanitario (humanitarian parole) a personas venezolanas, cubanas, haitianas y nicaragüenses que habían recibido protecciones temporales para entrar legalmente en Estados Unidos.

Pese a los solapamientos entre personas solicitantes de asilo y refugiadas, siguen existiendo discrepancias en el modo en que se define específicamente cada estatus. Conforme a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados estableció una definición común para personas solicitantes de asilo y refugiadas que sigue vigente hoy: «debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de tal país» (Artículo 1A, párr. 2). Utržan y Northwood (2017) describieron que los fundados temores, en tanto persecución pasada o futura, pueden derivarse directamente de factores de estrés aculturativo, de familiares desaparecidos o separados, o de la violencia nacional en el país de origen. Pese a estos avances internacionales para definir jurídicamente y apoyar a las personas solicitantes de asilo y refugiadas, las solicitantes de asilo atraviesan circunstancias políticas distintas que no les brindan las mismas protecciones (Douglas et al. 2019; King 2022). La definición de la Convención de Ginebra de la ONU abarca los motivos para buscar refugio o asilo, pero no establece recomendaciones ni procedimientos para los trámites posteriores a la llegada a un país, ni la duración permitida del asilo. Para solicitar asilo, una persona debe encontrarse físicamente en Estados Unidos o en un puerto de entrada estadounidense (American Immigration Council 2023b). Por lo general, hay que solicitar el asilo en el plazo de 1 año desde la llegada a Estados Unidos (American Immigration Council 2025), a diferencia de las personas refugiadas, que suelen esperar en un campo de refugiados mientras se someten a un examen exhaustivo durante aproximadamente entre 1 y 1,5 años, y a las que el gobierno estadounidense proporciona el transporte para migrar a Estados Unidos (Bemak and Chung 2015).

La investigación sobre las personas solicitantes de asilo apunta a tendencias crecientes de desigualdades y síntomas en materia de salud mental. Debido a la carga de salud mental y de estrés traumático que soportan estas personas y sus familias (Merry et al. 2017), las familias de estatus migratorio mixto, con hijas e hijos con ciudadanía estadounidense y madres y padres inmigrantes, presentan más síntomas de TEPT, ansiedad y depresión, en parte por el riesgo de que las figuras parentales sean detenidas o deportadas (Simmelink McCleary et al. 2020; Wieling et al. 2020). Según una revisión sistemática de Flanagan et al. (2020), la exposición al trauma de madres y padres refugiados y solicitantes de asilo genera problemas de salud mental, alteraciones del apego, prácticas parentales desadaptativas y un funcionamiento familiar disminuido, lo que se traduce en resultados desfavorables de salud mental en la infancia. Cabe señalar que muchos de los estudios de esa revisión sistemática rara vez distinguían entre participantes solicitantes de asilo y refugiadas en la investigación familiar, lo que puede ocultar algunas de las exigencias propias de madres y padres, jóvenes o familias solicitantes de asilo. Otra revisión sistemática de Mak y Wieling (2022) mostró que muchas de las intervenciones disponibles para apoyar a las comunidades desplazadas y afectadas por el trauma se centran en gran medida en la reducción de síntomas más que en cualquier forma de intervención relacional (p. ej., familia, díada madre/padre-hijo, pareja). Un estudio más reciente de Attia et al. (2024) documentó una larga lista de factores de estrés vinculados al trauma migratorio, entre ellos el acceso limitado a recursos, el aislamiento, el estrés continuo del procedimiento de asilo y el miedo constante a la deportación. Estos problemas coinciden con las tendencias recientes de detención de mujeres solicitantes de asilo, incluidos abusos sexuales y físicos en los centros de detención estadounidenses (Hadi 2023). Según un estudio cualitativo de Singer et al. (2023), la COVID‐19 agravó afecciones subyacentes de ansiedad, depresión y trastorno de estrés postraumático entre las personas solicitantes de asilo en Estados Unidos; de hecho, la mayoría de estos síntomas se combinan con obstáculos jurídicos para acceder a la atención sanitaria y con la discriminación asociada al estatus de solicitante de asilo. Los resultados del estudio de Griswold et al. (2021) reforzaron estos solapamientos, ya que las personas participantes refirieron una larga lista de necesidades de salud mental no atendidas mientras esperaban autorizaciones de trabajo, el acceso a la atención sanitaria y la cobertura de necesidades básicas de seguridad alimentaria y vivienda.

3 Familias solicitantes de asilo

La separación de la familia representa un obstáculo importante para la evolución psicológica favorable de las personas solicitantes de asilo (Larrinaga‐Bidegain et al. 2024; Santilli et al. 2023). Como es habitual en la migración transnacional, la separación, el choque cultural y las dificultades de aculturación pueden romper la unidad familiar (Bámaca‐Colbert et al. 2019; Miller and Csizmadia 2022). En consecuencia, madres, padres y demás personas adultas cuidadoras pasan a depender más de la infancia, ya que niñas y niños se aculturan más deprisa que las personas adultas; a veces son sus progenitores, otras personas cuidadoras y los servicios quienes recurren a ellos para que ejerzan la mediación cultural (Blount and Acquaye 2018; Perez‐Brena et al. 2024). Durante el reasentamiento, las familias suelen ser fuentes cruciales de vínculo (Utržan and Northwood 2017; Utržan and Wieling 2020); sin embargo, a las figuras parentales les puede costar responder a las complejas necesidades de sus hijas e hijos debido a otros factores de estrés relacionados con el empleo, la atención sanitaria y la vivienda (Báez et al. 2024; Merry et al. 2017). De hecho, un estudio etnográfico de Sigmund (2023) mostró que los obstáculos raciales y jurídicos intensificaban formas entrecruzadas de precariedad para la infancia y los miembros de la familia, lo que, a su vez, afectaba a la capacidad de las madres centroamericanas solicitantes de asilo para estar emocionalmente disponibles. Otro estudio de Parra‐Cardona et al. (2017) reforzó la necesidad de integrar la cultura e intervenciones parentales específicas para abordar la discriminación, lo que podría favorecer mejores resultados de salud mental en la infancia. Además, Parra‐Cardona et al. (2017) mostraron que las diferencias de género, incluso en presencia de intervenciones culturalmente adaptadas, configuran las intervenciones parentales dirigidas a la salud mental infantil y exigen matices específicos sobre las formas entrecruzadas de discriminación.

Los cambios en los roles familiares pueden resultar especialmente difíciles de asumir y afectar negativamente a la adaptación psicológica tras la migración (Flanagan et al. 2020). El estado de salud mental parental, en particular el bienestar emocional de la madre o del padre, y la estabilidad de las relaciones familiares parecen ser cruciales para el desarrollo psicosocial y constituir factores de protección frente al trauma (Merry et al. 2017; Parra‐Cardona et al. 2019). Niñas y niños pueden dejar de apoyarse en sus progenitores y en otras personas adultas cuidadoras al presenciar cómo pasan de ser personas autónomas que cuidan a personas desbordadas y dependientes que intentan aprender un nuevo idioma y nuevas costumbres mientras procuran sostener económicamente a la familia (Bemak and Chung 2015, 2017; Miller and Csizmadia 2022). Por ejemplo, el estudio de Utržan y Wieling (2020) describió cómo las experiencias posteriores al reasentamiento de personas adultas refugiadas seguían cargadas de culpa por depender de otras personas como intérpretes cuando apenas hablaban inglés. Los resultados de Simmelink McCleary et al. (2020) señalan reticencias a hablar del bienestar emocional por falta de alfabetización emocional o por el estigma en torno a la salud mental, lo que pone de relieve lagunas en la comunicación sobre el estrés posmigratorio en las familias.

Pese a los factores de estrés posmigratorios, las personas participantes en el estudio de Griswold et al. (2021) subrayaron la importancia de las intervenciones familiares como forma de reconectar con la comunidad y atender a sus necesidades de salud mental. En otro estudio, de Santilli et al. (2023), algunas personas solicitantes de asilo indicaron que habían encontrado valor al reencontrarse con su familia en un nuevo país. Las intervenciones familiares parecen ser cruciales en las experiencias posmigratorias, ya que Parra‐Cardona et al. (2019) mostraron que abordar la discriminación y la resolución de problemas en familia puede producir resultados útiles para la salud mental de sus miembros. Si bien las personas solicitantes de asilo están, en sentido amplio, atrapadas en sistemas jurídicos y políticos de poder, las experiencias posmigratorias pueden poner a prueba específicamente las relaciones entre los miembros de la familia al obligarles a renegociar sus valores culturales y sus posiciones de poder (Báez et al. 2024).

4 La teoría de la interseccionalidad como fundamento de la práctica con personas solicitantes de asilo

En relación con el contexto sociopolítico que afrontan las familias solicitantes de asilo (Gangamma and Shipman 2018; Interiano‐Shiverdecker et al. 2022), la teoría de la interseccionalidad abarca varias décadas de investigación que analiza cuestiones clave de cultura, identidad y políticas públicas que afectan a comunidades multiplemente marginadas (Cole 2020; Curtis et al. 2020). Acuñada por Crenshaw (1989) en solidaridad con especialistas de los estudios jurídicos críticos, la interseccionalidad pone el acento en el examen del poder, el privilegio y la opresión en múltiples ámbitos jurídicos, profesiones de la salud mental y disciplinas de las ciencias sociales, localizando las formas estructurales de opresión (véanse Bonu Rosenkrantz 2024; Chan et al. 2018; Few‐Demo 2014; Ratts et al. 2016; Singh et al. 2020). La interseccionalidad postula que las formas estructurales de opresión se entrecruzan y generan así desigualdades más complejas (Bowleg 2017), a la vez que da lugar a intervenciones clínicas que abordan cómo las personas multiplemente marginadas viven los daños del poder, la supresión de su cultura y una exclusión aún mayor (Buchanan and Wiklund 2020).

La investigación en estudios de familia y en terapia familiar ha mostrado un gran interés por utilizar la interseccionalidad para elaborar análisis más finos de las fuerzas de opresión que se entrecruzan, como el racismo, el heterosexismo y la opresión de género, inscritas en las dinámicas familiares y en las presiones sociales (Few‐Demo and Allen 2020; Fish et al. 2024; Gangamma and Shipman 2018; Reczek 2020; Seedall et al. 2014). Además de documentar las complejidades de la identidad social que subyacen a las relaciones familiares, la interseccionalidad revela las conexiones entre la identidad en las familias y las estructuras de poder, las implicaciones temporales y el contexto social (Rivas‐Koehl et al. 2023). Pese a su auge en la investigación familiar, Curtis et al. (2020) señalaron que la interseccionalidad sigue siendo escasa en las aplicaciones empíricas y clínicas de las ciencias de la familia y la terapia familiar, y que carece de consenso sobre sus definiciones operativas. Pese a aplicaciones más recientes de la interseccionalidad en contextos transnacionales (p. ej., Gangamma and Shipman 2018; Interiano‐Shiverdecker et al. 2022), estas referencias pasan por alto aplicaciones más precisas para las personas solicitantes de asilo y requieren una explicitación más sustancial en la investigación conceptual y empírica (Attia et al. 2022, 2023).

Con frecuencia, numerosos especialistas definen la interseccionalidad únicamente como identidades múltiples o diversas (Bowleg 2008; Moradi and Grzanka 2017), pero omiten su compromiso con un ethos claro de justicia social (Bilge 2013; Collins and Bilge 2020), una genealogía vinculada al feminismo negro, a las mujeres de color y a las mujeres queer de color (Bonu Rosenkrantz 2024; Cole 2020), y un análisis de las relaciones de poder (Bowleg and Bauer 2016; Grzanka 2020). El impacto de la interseccionalidad en la práctica suele verse reducido porque el ámbito académico y profesional aleja la teoría de su clara conexión con el poder y las estructuras (p. ej., escuelas, comunidades, políticas; Bowleg 2017; Curtis et al. 2020). Además, varias voces académicas (p. ej., Chan and Howard 2020; Grzanka 2020; Hancock 2016; Moradi and Grzanka 2017) siguen instando a quienes investigan y ejercen a arraigar la práctica de la interseccionalidad en las historias de las mujeres de color y de las mujeres queer de color que contribuyeron a su evolución. De lo contrario, la interseccionalidad queda como un marco diluido que distorsiona sus fundamentos y su genealogía en la raza y la política (Buchanan and Wiklund 2020; Collins 2015). A medida que la interseccionalidad se convierte en una práctica habitual para terapeutas familiares y personal investigador, resulta imprescindible incorporar las aportaciones de Crenshaw (1989, 1991); Collins (1986); Davis (1983); Lorde (1984); Anzaldúa (1987); Combahee River Collective (1995); hooks (1981); y Moraga y Anzaldúa (1983) para el pensamiento crítico vinculado a la cultura, la identidad, la política y la justicia social.

4.1 Fundamentos centrales de la interseccionalidad

Según Collins y Bilge (2020), la interseccionalidad centra el análisis en seis ámbitos: (a) la justicia social; (b) la relacionalidad; (c) la complejidad; (d) la desigualdad social; (e) el poder; y (f) el contexto social. La interseccionalidad opera principalmente desde un fundamento de justicia social, en el que terapeutas familiares y personal investigador tienen la tarea de criticar las desigualdades estructurales y de dar pasos sistemáticos para desmantelarlas (Few‐Demo 2014; Singh et al. 2020). Recurrir a la interseccionalidad no es una mera descripción de sistemas desiguales ni la revelación de los fenómenos que afrontan los grupos multiplemente marginados, sino una estrategia para denunciar las estructuras sociales y de poder hegemónicas (Buchanan and Wiklund 2021; Matsuda 1991). En el caso de las familias solicitantes de asilo, limitarse a mencionar los factores culturales o políticos que subyacen a su experiencia terapéutica puede no bastar para su bienestar. Más bien, las intervenciones centradas en las políticas públicas (Alberto and Chilton 2019; Cole and Duncan 2023) y el abordaje de los determinantes sociales del racismo, el nativismo y el clasismo que impiden la seguridad y la participación constante en la terapia familiar (Interiano‐Shiverdecker et al. 2022; Rivas‐Koehl et al. 2023) podrían ser más cruciales.

La interseccionalidad subraya también la importancia de la relacionalidad, por la que terapeutas familiares y personal investigador conectan las relaciones entre múltiples dimensiones de las identidades sociales (p. ej., raza, etnicidad, sexualidad, identidad afectiva, identidad de género, situación de discapacidad, espiritualidad; Chan and Howard 2020). Estas relaciones reflejan las conexiones entre múltiples formas superpuestas de opresión (p. ej., racismo, opresión de género, clasismo) que se traducen en obstáculos, aislamiento y marginación social (Curtis et al. 2020; Few‐Demo 2014). Para tener en cuenta este aspecto en los estudios de familia y en terapia, terapeutas familiares y personal investigador pueden conceptualizar los efectos vinculados a estas fuerzas de opresión superpuestas e identificar cómo determinadas comunidades (p. ej., personas queer y trans racializadas) sufren opresión dentro de las comunidades solicitantes de asilo (Corlett and Mavin 2014; Parent et al. 2013). Attia et al. (2022), por ejemplo, examinaron cómo las personas LGBTQ+ solicitantes de asilo afrontan niveles acumulados de estrés posmigratorio, no solo en función del racismo y el nativismo en Estados Unidos, sino también del heterosexismo presente tanto en Estados Unidos como en su país de origen.

Un tercer componente de la interseccionalidad se refiere a la complejidad: pone de relieve las numerosas dimensiones de las identidades culturales y sociales y reconoce que cada una de ellas comporta experiencias singulares (Carastathis 2014, 2016; Collins 2015). Por ejemplo, las familias solicitantes de asilo pueden incluir progenitores LGBTQ+, experiencias lingüísticas diversas, identidades de género variadas, estatus migratorios mixtos entre progenitores e hijos (p. ej., hijas e hijos nacidos en Estados Unidos de madres y padres solicitantes de asilo e indocumentados) y orígenes raciales y étnicos distintos, todo lo cual incide en la cultura y el funcionamiento global de la familia (Interiano‐Shiverdecker et al. 2022). Estos orígenes e identidades no se esencializan, lo que significa que no todas las personas solicitantes de asilo tendrán las mismas experiencias (Chan et al. 2018). En consecuencia, la complejidad implica que las personas con estas múltiples dimensiones pueden cargar con varias formas de marginación o experimentar simultáneamente privilegio y opresión (Gangamma and Shipman 2018; Warner et al. 2016).

La desigualdad social es un cuarto eje del marco de la interseccionalidad (Collins and Bilge 2020). Emplear la interseccionalidad de manera responsable exige que terapeutas familiares y personal investigador examinen cómo las personas solicitantes de asilo siguen enfrentándose a multitud de obstáculos jurídicos y políticos que culminan en su desplazamiento y su aislamiento social (Attia et al. 2022, 2023). A través de la interseccionalidad, terapeutas familiares y personal investigador tienen la tarea de reconocer estas desigualdades sociales como vías por las que las personas solicitantes de asilo pueden quedar desconectadas de recursos cruciales, de la educación y del acceso a servicios de salud mental y de orientación psicológica debido a su situación jurídica y a las restricciones de las políticas estadounidenses (Alberto and Chilton 2019; Sigmund 2023). Algo propio de las personas solicitantes de asilo y de la terapia familiar es que la falta del estatus de refugiado cierra oportunidades de empleo y de atención sanitaria y acumula formas singulares de desigualdad debido a la incertidumbre sobre el lugar de acogida, la duración y las consecuencias jurídicas (King 2022). Dada esta mirada sobre la desigualdad social, terapeutas familiares y personal investigador deben considerar un quinto aspecto clave de la interseccionalidad: el poder. En relación con la desigualdad social, el poder es un factor subyacente para caracterizar la interseccionalidad (Cole 2020; Grzanka 2020). En el núcleo del marco, analizar el poder supone que profesionales y personal investigador deben reconocer qué comunidades pueden no tener acceso a recursos, no tener influencia en las políticas, no ser vistas como la norma y quedar excluidas de decisiones comunitarias, legislativas y políticas importantes (Bonu Rosenkrantz 2024; Few‐Demo et al. 2016). Mediante el análisis de las relaciones de poder, profesionales y personal investigador pueden detectar interacciones interpersonales, políticas y normas culturales capaces de restar poder a múltiples comunidades de personas solicitantes de asilo (Cole and Duncan 2023; Gangamma and Shipman 2018). De manera específica en la práctica de la terapia familiar, quienes ejercen la terapia deben considerar el contexto de poder dentro de las familias cuando las formas estructurales de opresión (p. ej., racismo, nativismo) instauran determinadas relaciones de poder entre los miembros de la familia (Few‐Demo et al. 2016; Rivas‐Koehl et al. 2023). Por ejemplo, madres y padres queer y trans solicitantes de asilo podrían encontrarse con formas de prejuicio más perjudiciales fuera de su familia, por parte de los sistemas escolar y jurídico, mientras gestionan posibles sesgos de sus hijas e hijos heterosexuales. En las familias de estatus migratorio mixto, las familias solicitantes de asilo podrían vivir un desfase marcado en los niveles de aculturación, en el que la infancia aprende más deprisa las normas lingüísticas y culturales y desplaza el equilibrio de poder al ejercer la mediación cultural dentro de la familia (Mak and Wieling 2022; Miller and Csizmadia 2022). El poder adquiere muchos más matices en las familias solicitantes de asilo, al redefinir las dinámicas de poder internas de la familia y alterar los roles y estilos parentales tradicionales (Utržan and Northwood 2017). A partir de la reflexión sobre la desigualdad social y el poder, el contexto social es el último principio central del enfoque interseccional (Collins and Bilge 2020). El contexto social ofrece un mapa para organizar las relaciones de poder, al explicar qué grupos pueden tener más poder y acceso en un entorno determinado debido a las políticas, la representación o la vida política del entorno (McKinzie and Richards 2019; Rivas‐Koehl et al. 2023). Además, el contexto social remite al trasfondo que sitúa a ciertos grupos en posiciones de privilegio y a otros grupos históricamente marginados en la opresión (Carastathis 2016; Collins and Bilge 2020). Por ello, el contexto social es crucial para discernir cómo las implicaciones políticas, jurídicas y sanitarias influyen en las relaciones de poder dentro de la familia, lo que a menudo produce desplazamientos inciertos en los roles y en las normas generacionales (Sigmund 2023).

5 Implicaciones para la práctica clínica

Los principios de la interseccionalidad se han consolidado como un marco más viable para dar cabida a las complejas dinámicas de poder y a las connotaciones políticas que afectan a las familias. Dado que la investigación y la terapia familiar examinan habitualmente sistemas, procesos de socialización y ecología, cuentan con los recursos y las competencias para trasladar eficazmente la interseccionalidad a la práctica (Fish et al. 2024; Rivas‐Koehl et al. 2023). Incorporar la interseccionalidad a la práctica familiar, en concreto con familias solicitantes de asilo, puede resultar beneficioso mientras estas atraviesan contextos sociales cambiantes, gestionan cambios en su identidad y responden a situaciones de opresión (p. ej., la política de Tolerancia Cero, las protecciones limitadas en Estados Unidos).

5.1 Examinar las desigualdades entrecruzadas como obstáculos para la terapia familiar

Terapeutas familiares tienen la oportunidad de evaluar las formas entrecruzadas de desigualdad que impiden a las familias solicitantes de asilo implicarse de manera constante en el proceso de terapia familiar (Griswold et al. 2021). Debido al peso acumulado del estrés extremo sobre madres y padres solicitantes de asilo, es probable que muchas familias solicitantes de asilo se abstengan de buscar apoyo en salud mental para la familia o para sus hijas e hijos (Patterson et al. 2018). Mientras se desenvuelven en los sistemas jurídicos, políticos y sanitarios de Estados Unidos, las familias solicitantes de asilo pueden estar atendiendo otras necesidades de supervivencia críticas (p. ej., vivienda, atención médica, seguridad alimentaria) que harían de la terapia familiar una prioridad menor, pese a necesidades de salud mental no atendidas (Utržan and Northwood 2017). Además, las familias solicitantes de asilo pueden estar centradas en gestionar otras necesidades, como un empleo estable, para mantener el acceso a recursos jurídicos y al apoyo comunitario (Sigmund 2023).

En lugar de presuponer carencias parentales o resistencia a la terapia familiar, la interseccionalidad suscita una comprensión más crítica de las formas estructurales de opresión que acentúan el modo en que los miembros de la familia pueden presentarse en el contexto de la terapia familiar (Gangamma and Shipman 2018). En este sentido, la interseccionalidad puede ser generativa al examinar las desigualdades entrecruzadas de las familias solicitantes de asilo. Por ejemplo, terapeutas familiares pueden considerar cómo el nexo entre nativismo y racismo promueve formas lingüísticas de marginación que limitan aún más las oportunidades de empleo, atención sanitaria, educación y vivienda, y que reducen el acceso a profesionales de la terapia familiar disponibles que hablen su idioma (Bunn et al. 2022). Además, terapeutas familiares pueden servirse de la interseccionalidad considerando cómo otras formas de opresión subyacen al nativismo y al racismo. Por ejemplo, madres y padres queer y trans solicitantes de asilo pueden sufrir discriminación en la vivienda debido a sesgos generalizados en la asignación de alojamiento basados en la expresión de género, en las relaciones íntimas de minorías sexuales y de género y en la incertidumbre sobre la duración de la estancia (Attia et al. 2022). Por miedo a represalias relacionadas con la vivienda, pueden mostrarse reticentes a implicarse en la terapia familiar, ante la posibilidad de revelar identidades destacadas o información jurídica que podría amenazar su solicitud de asilo (Attia et al. 2024; Interiano‐Shiverdecker et al. 2022).

Terapeutas familiares podrían explorar cómo determinados episodios críticos de discriminación pueden socavar las oportunidades de apoyo económico y de salarios dignos (Santilli et al. 2023). Además, la combinación de racismo, opresión de género y transnacionalismo puede agravar el trato desigual hacia las madres solicitantes de asilo, cuyas oportunidades siguen siendo limitadas por obstáculos jurídicos, exigencias lingüísticas y percepciones del trabajo marcadas por el género (Phipps et al. 2022; Sigmund 2023). Como a terapeutas familiares se les puede asimilar a las autoridades de los países de origen, es importante que reduzcan el estigma asociado a la atención sanitaria y la reticencia ante los servicios explicando su función, incluido el hecho de que su papel no tendrá repercusiones en el procedimiento de asilo (Báez et al. 2024; Reading and Rubin 2011; Singer et al. 2023). En su evaluación de las desigualdades, terapeutas familiares adoptan una perspectiva transnacional al examinar los obstáculos jurídicos y políticos para acceder a la atención sanitaria, la vivienda y el asilo en Estados Unidos y en los respectivos países de origen (Attia et al. 2022, 2024).

5.2 Gestionar las relaciones de poder entre los miembros de la familia

En relación con el poder y la desigualdad social en las familias solicitantes de asilo, terapeutas familiares tienen una oportunidad única de identificar las dinámicas relacionales que se dan en el conjunto de la familia y entre sus miembros. Partiendo de la premisa de que las identidades sociales difieren entre los miembros de la familia, quienes ejercen la terapia podrían examinar distintas interacciones interpersonales entre ellos para determinar si las desigualdades sociales se reproducen dentro de la familia (Few‐Demo 2014; Gangamma and Shipman 2018; Seedall et al. 2014). Por ejemplo, una persona joven queer solicitante de asilo puede verse silenciada por una madre o un padre que alberga prejuicios homófobos y tránsfobos como consecuencia del estigma de la cultura de su país de origen (Attia et al. 2022). Debido al entrecruzamiento de la clase social y de implicaciones económicas y jurídicas que podrían amenazar su solicitud de asilo (Sigmund 2023; Utržan and Wieling 2020), la persona joven de la familia puede no querer enfrentarse a su progenitor ni revelar su identidad queer, aunque desee apoyo (Attia et al. 2022). En lugar de presentarlo como un fallo parental, terapeutas familiares podrían servirse de la interseccionalidad para explicar cómo determinadas identidades, como lo queer y la no conformidad de género, emergen de manera distinta en Estados Unidos, y para explicar la socialización de las figuras parentales en una cultura homófoba y tránsfoba en el país de origen (Gangamma and Shipman 2018). Movidos por un miedo acumulado a las consecuencias (Utržan and Wieling 2020), madres y padres pueden generalizar el estigma y la persecución de sus propios países de origen y aplicarlos al contexto posmigratorio de las identidades de sus hijas e hijos (Simmelink McCleary et al. 2020). Del mismo modo, la persona terapeuta podría propiciar espacios de conversación sobre las diferencias de poder, privilegio y opresión en función de sus identidades, en concreto sobre cómo una experiencia de nativismo y racismo puede suscitar temores similares a los del heterosexismo (Chan 2018). Al resolver los conflictos relacionados con el poder, el privilegio y la opresión dentro de una familia solicitante de asilo, la persona terapeuta puede favorecer el apoyo y la cohesión entre sus miembros, que quizá necesiten para amortiguar los efectos de la aculturación y del desplazamiento (Roy and Yumiseva 2021; Yzaguirre and Holtrop 2025). Integrar el principio de justicia social no se refiere únicamente a la capacidad de la persona terapeuta para facilitar el empoderamiento de las familias solicitantes de asilo. La justicia social exige un esfuerzo deliberado por parte de profesionales para considerar formas de defensa de derechos y las políticas que pueden estar obstaculizando la protección de las familias solicitantes de asilo o generando un mayor desplazamiento en su vínculo con un entorno determinado (Curtis et al. 2020; Rivas‐Koehl et al. 2023; Wieling et al. 2020).

5.3 Reflexividad en la relación entre terapeuta y familia

Aunque la interseccionalidad puede servir de fundamento para la práctica, hay consideraciones que subyacen a su uso en terapia familiar y a la posición social de terapeutas familiares. A quienes ejercen la terapia puede costarles aplicar con precisión los principios de la interseccionalidad, hasta el punto de reducir, lamentablemente, todo el enfoque a identidades múltiples y diversas en lugar de captar su ethos de justicia social y su atención a la opresión estructural (Bilge 2013; Grzanka 2020; Moradi and Grzanka 2017). En algunos casos, puede que se repleguen sobre un solo principio de la interseccionalidad o despoliticen su práctica para aliviar su propia incomodidad ante la opresión interiorizada o ante las conversaciones sobre las implicaciones políticas que afrontan las personas solicitantes de asilo (Buchanan and Wiklund 2021). En un escenario desafortunado, algunas personas terapeutas pueden ignorar los factores posmigratorios que afectan a la situación de asilo y eludir sin querer el reconocimiento de experiencias de racismo, nativismo y clasismo (Gangamma and Shipman 2018; Interiano‐Shiverdecker et al. 2022). Incluso terapeutas familiares con trayectoria de refugio deberían comprender hasta qué punto su propio recorrido migratorio puede diferir enormemente del de otros miembros de familias solicitantes de asilo. Al prepararse para trabajar con familias solicitantes de asilo, quienes ejercen la terapia pueden explorar sus propias identidades sociales mediante la reflexión interna, junto con conversaciones explícitas en supervisión y en consulta.

Una parte de quienes ejercen la terapia se sirve de la interseccionalidad principalmente desde la óptica de las modalidades de orientación individual (p. ej., terapeuta-cliente), en lugar de proponer ideas claras para aplicarla en la práctica de la terapia familiar (Chan 2018). Quienes trabajan con modalidades de terapia familiar deben lidiar con la complejidad de las identidades sociales (p. ej., raza, identidad de género, etnicidad, situación migratoria) con varios miembros de la familia (Abreu et al. 2020; Chan and Erby 2018). Deben saber identificar qué identidades sociales pueden ser destacadas para las familias solicitantes de asilo y cuáles pueden quedar invisibles (Attia et al. 2022). Aplicar la interseccionalidad de forma deliberada en terapia familiar requiere un nivel profundo de reflexividad para contrarrestar el riesgo de pasar por alto identidades sociales relevantes, abordar la opresión en un momento inoportuno o retraumatizar a las familias consultantes (Gangamma and Shipman 2018; Patterson et al. 2018). Por ello, quienes ejercen la terapia deben tener presentes las formas sistémicas de injusticia que afectan a la experiencia transnacional y cuestionar sus propios sesgos sobre las familias solicitantes de asilo, incluido el desconocimiento de cuestiones y políticas clave (Wieling et al. 2020). Más allá de gestionar las identidades diferentes que organizan el privilegio y la opresión entre terapeuta y determinados miembros de la familia, quienes ejercen la terapia pueden examinar cómo sus propias identidades influyen en sus creencias respecto de otras creencias culturales, como las creencias religiosas y las prácticas parentales marcadas por el género, que orientan el foco de las conversaciones en terapia familiar. Al examinar sus propias creencias, pueden asegurarse de antemano de no estigmatizar las experiencias de los miembros de familias solicitantes de asilo, sobre todo en los casos en que la persona terapeuta comparte una identidad privilegiada con otro miembro de la familia (p. ej., hombre, cisgénero, blanco, heterosexual, sin discapacidad).

5.4 Aprovechar las fortalezas de la complejidad y de los cambios culturales dinámicos

Empleando específicamente el principio de complejidad, quienes ejercen la terapia podrían abrir espacios en los que los miembros de familias solicitantes de asilo reconozcan que tienen múltiples identidades que aportan perspectivas críticas y soluciones diversas (Attia et al. 2023). En el caso de las familias solicitantes de asilo, puede ser beneficioso considerar multitud de identidades sociales, como la raza, la etnicidad, la nacionalidad, la clase social, la sexualidad y la identidad de género, que coinciden con su condición de solicitantes de asilo (Gangamma and Shipman 2018). Explorar la diversidad de estas identidades sociales puede tener un significado profundo para cada miembro de la familia, a medida que construye nuevos sentidos a través del procedimiento jurídico y de la aculturación a una nueva cultura de acogida (Sigmund 2023). Por ejemplo, la juventud de las familias solicitantes de asilo puede estar más atenta y ser más consciente de las necesidades críticas de su familia y de sus progenitores durante la solicitud de asilo, pero necesitar más apoyo terapéutico para facilitar la comunicación (Simmelink McCleary et al. 2020). Poner de relieve la eficacia con la que una familia solicitante de asilo maneja perspectivas diversas en relación con identidades sociales ligadas a su experiencia de racismo y nativismo puede abrir oportunidades de empoderamiento.

Del mismo modo, la relacionalidad puede desempeñar un papel sustancial en la práctica al identificar los momentos en que los miembros de la familia atravesaron múltiples formas superpuestas de opresión a lo largo de su historia migratoria. Por ejemplo, madres y padres solicitantes de asilo podrían desarrollar múltiples perspectivas sobre los roles de género y ampliar su punto de vista tras haber hecho frente, junto con sus hijas e hijos, a la opresión de género en dos países (Yzaguirre and Holtrop 2025). Este enfoque puede mostrar cómo la interseccionalidad tiende puentes entre determinadas identidades para identificar estrategias o relatos mediante los cuales las familias solicitantes de asilo han superado múltiples formas de opresión (Attia et al. 2024).

5.5 Intervenciones centradas en la defensa de derechos

Emplear la interseccionalidad en terapia familiar para favorecer el apoyo y el bienestar de las familias solicitantes de asilo exige un compromiso continuo con la defensa de derechos. Dado que la interseccionalidad está anclada en el principio de justicia social (Collins and Bilge 2020; Curtis et al. 2020), terapeutas familiares pueden hacer avanzar sus intervenciones aprovechando oportunidades de defensa de derechos que vayan más allá de la mera crítica de las relaciones de poder y de las desigualdades sociales (Rivas‐Koehl et al. 2023). En lugar de esperar a que las familias solicitantes de asilo planteen sus preocupaciones y las desigualdades que sufren en las sesiones, terapeutas familiares podrían adoptar un enfoque más proactivo analizando el impacto de las políticas en la salud mental y en las relaciones familiares de sus miembros (Cole and Duncan 2023). En este sentido, terapeutas familiares podrían mantenerse al tanto de las políticas estadounidenses que regulan los derechos de las personas solicitantes de asilo a ayudas económicas, de vivienda y de atención sanitaria (Alberto and Chilton 2019; Phipps et al. 2022). Además, podría ser beneficioso que establecieran relaciones con organizaciones de defensa especializadas en defensa jurídica e incidencia política, como el Asylum Seeker Advocacy Project (ASAP) o el Charlotte Center for Legal Advocacy. De este modo, terapeutas familiares podrían desempeñar un papel crucial en las iniciativas de organización comunitaria que llaman la atención sobre las violaciones de los derechos humanos y abordan directamente niveles más amplios de las políticas públicas (Phillips 2023). Participar en estas iniciativas también puede iluminar complejidades más profundas, como las violaciones de los derechos humanos que atentan contra la justicia reproductiva (Hadi 2023) y las ayudas económicas para las madres solicitantes de asilo (Sigmund 2023), que podrían repercutir en sus prácticas parentales.

Incorporar el principio de justicia social de la interseccionalidad supone reconocer que la terapia familiar no es la única intervención en materia de salud y seguridad en Estados Unidos (Gangamma and Shipman 2018). Algunos miembros de familias solicitantes de asilo, como niñas y niños que migran, adquieren un gran caudal de estrategias para orientarse y podrían empoderarse participando en iniciativas y grupos de defensa de derechos (Delgado 2022; Santilli et al. 2023). En colaboración con organizaciones locales de defensa de las personas refugiadas, inmigrantes y solicitantes de asilo, terapeutas familiares podrían organizar programas y grupos multifamiliares que pongan en contacto a las familias solicitantes de asilo con redes de apoyo (Reading and Rubin 2011). Por ejemplo, los programas y talleres podrían abordar directamente formas seguras de orientarse en los recursos sanitarios y aprovechar las aportaciones entre pares de los miembros de familias solicitantes de asilo presentes en esos encuentros (Frounfelker et al. 2021; Singer et al. 2023). Aprovechando las alianzas con organizaciones comunitarias, terapeutas familiares también podrían desarrollar iniciativas que recojan, directamente de las familias solicitantes de asilo, datos sobre recursos de vivienda segura y empleo. Apoyándose en el empoderamiento de la juventud de la comunidad, también podrían ofrecer a niñas y niños solicitantes de asilo la posibilidad de compartir las estrategias con las que ayudaron a sus progenitores a desenvolverse en los sistemas jurídicos estadounidenses (Delgado 2022; Parra‐Cardona et al. 2019). Establecer alianzas de defensa de derechos con miembros de familias solicitantes de asilo también podría contribuir a desestigmatizar el proceso de terapia familiar, promoviendo así sus beneficios y reduciendo el estigma (Griswold et al. 2021).

6 Conclusión

La interseccionalidad constituye un marco pertinente para identificar las necesidades colectivas de las familias solicitantes de asilo. Es un marco crítico que amplía las implicaciones teóricas para el desarrollo de las personas solicitantes de asilo y para sus definiciones y relaciones con la familia. Utilizar la interseccionalidad en apoyo de las familias solicitantes de asilo abre oportunidades para ampliar su aplicación teórica, al reconocer las implicaciones temporales, jurídicas, sociales y políticas de la situación de asilo (Attia et al. 2024; Rivas‐Koehl et al. 2023). Debido a la experiencia acumulada de racismo y nativismo, las familias solicitantes de asilo se enfrentan a mayores tasas de estrés traumático y a desigualdades de salud que moldean su bienestar, el desarrollo de su identidad y su vínculo duradero con la familia (Merry et al. 2017; Utržan and Northwood 2017). Este marco pone de relieve determinados subgrupos dentro de las familias, como las madres solicitantes de asilo que pueden estar atravesando cambios de rol importantes en función del racismo, el nativismo, la xenofobia y la opresión de género (Sigmund 2023). La interseccionalidad no solo ofrece oportunidades cruciales para comprender los matices culturales y el desarrollo identitario de las familias solicitantes de asilo, sino que también brinda un análisis de la violencia estructural presente en las políticas migratorias racistas y nativistas (Alberto and Chilton 2019). Dada la premisa de la interseccionalidad, terapeutas familiares deberían considerar en futuras investigaciones a los grupos multiplemente marginados (p. ej., la juventud LGBTQ+ solicitante de asilo y sus relaciones familiares; los conflictos en las díadas progenitor-hijo con jóvenes LGBTQ+ solicitantes de asilo; la juventud solicitante de asilo y la falta de hogar) para seguir ampliando las intervenciones de terapia familiar. Terapeutas familiares también pueden promover la interseccionalidad en su formación y su supervisión como ocasión para examinar el contexto social y prestar una atención más crítica a las políticas que dañan las relaciones familiares y la salud mental de las personas solicitantes de asilo. Apoyándose en las implicaciones para la práctica clínica, terapeutas familiares pueden ampliar las aplicaciones de la interseccionalidad más allá de la práctica, a la docencia, la supervisión y la defensa de derechos.

Complexe Systémique: puntos clave

El interés de este artículo teórico reside en desplazar la mirada clínica: lo que en sesión parece desimplicación o fallo parental puede reflejar las limitaciones de un procedimiento de asilo, una vivienda precaria o el miedo a la deportación. La interseccionalidad, devuelta a sus raíces en el feminismo negro y la justicia social, obliga a sostener a la vez lo que ocurre dentro de la familia y lo que las políticas públicas le hacen. Para el pensamiento sistémico, la aportación es doble. En primer lugar, el exilio reconfigura las relaciones de poder entre generaciones: la hija o el hijo que habla inglés asume la mediación cultural, el padre o la madre pierde el papel de sostén económico, y una identidad queer puede reavivar en una figura parental los miedos a la persecución vividos en el país que dejó atrás. En segundo lugar, el texto recuerda que la posición social de quienes ejercen la terapia forma parte del sistema observado. Cabe lamentar la ausencia de viñetas clínicas y un marco jurídico muy propio de Estados Unidos: las propuestas siguen siendo programáticas y deben adaptarse a cada país de acogida. Para leer junto con el artículo de Celia Falicov sobre migración, pérdida ambigua y rituales y el artículo sobre el trabajo con mujeres exiliadas para reaprender la vida en pareja.

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Traducción no oficial al español de The Premise of Intersectionality for Family Therapy Interventions With Asylum Seekers in the United States, de Christian D. Chan, Chanel Shahnami Rodriguez y Connie T. Jones, Journal of Marital and Family Therapy, vol. 51, n.o 3 (2025), doi: 10.1111/jmft.70047, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El artículo original «The Premise of Intersectionality for Family Therapy Interventions With Asylum Seekers in the United States» se publicó en Journal of Marital and Family Therapy (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Complexe Systémique publica aquí una traducción no oficial al español, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial y adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Chan, C. D., Rodriguez, C. S., y Jones, C. T. (2025). The Premise of Intersectionality for Family Therapy Interventions With Asylum Seekers in the United States. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-premise-of-intersectionality-for-family-therapy-interventions-with-asylum-seekers (Obra original publicada en 2025 en Journal of Marital and Family Therapy, 51(3), e70047 (2025); republicada en 2025 por Journal of Marital and Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/jmft.70047)

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