Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
¿Qué dicen sobre el cambio los hombres derivados por la justicia a un programa de intervención con maltratadores? El equipo de Martín Hernán Di Marco entrevistó a 41 hombres en Buenos Aires y Montevideo. Sus relatos van de la transformación de sí a la negación, pasando por la incertidumbre y la distancia prudente, y la confianza en la institución pesa tanto como la motivación personal.
Traducción no oficial al español de But What Does Change Even Mean…? Men’s Desistance Narratives in Batterer Intervention Programs, de Martín Hernán Di Marco, Adrián Jiménez Ribera, Magalí Brizuela y Wanda Denise Cabrera, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2025), doi: 10.1007/s10896-025-00997-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las dos tablas se presentan como listas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El abanico de relatos disponibles para describir el cambio configura las posibilidades de cambio subjetivo.
Martín Hernán Di Marco, Adrián Jiménez Ribera, Magalí Brizuela y Wanda Denise Cabrera
Resumen
Objetivo. Este estudio se propone explorar los relatos en torno al cambio subjetivo y a los programas de intervención, subrayando su papel en el proceso de desistimiento de los maltratadores, para cubrir un vacío de la investigación latinoamericana sobre este tema. La pregunta que orienta nuestra investigación es: ¿cómo narran los hombres que ejercen violencia en la pareja íntima sus propios procesos de cambio y sus experiencias con los programas de intervención?
Métodos. Realizamos entrevistas abiertas a 41 hombres del Área Metropolitana de Buenos Aires (Argentina) y de Montevideo (Uruguay), mediante un muestreo por conveniencia. Los datos se analizaron mediante un proceso temático en cuatro etapas, de orientación deductiva, para identificar los relatos principales.
Resultados. Los relatos de los participantes sobre el cambio se agruparon en cuatro categorías principales: (1) transformación personal; (2) cambios en las relaciones sociales; (3) negación y resistencia; y (4) incertidumbre y actitud defensiva ante el cambio. Las opiniones sobre los programas de intervención con maltratadores iban desde (1) el impacto positivo y (2) el rechazo abierto hasta (3) la distancia prudente. El estudio constató que los relatos de cambio no solo estaban influidos por visiones de género sobre el yo, la transformación, la búsqueda de ayuda y la violencia, sino también por las percepciones sobre la fiabilidad institucional.
Conclusiones. El estudio concluye que comprender el desistimiento de la violencia en la pareja íntima y las trayectorias en los programas de intervención con maltratadores exige situar los relatos individuales en el contexto más amplio de las percepciones institucionales. El abanico de relatos disponibles para describir el cambio configura las posibilidades de cambio subjetivo. Estos hallazgos ponen de relieve la importancia de tener en cuenta las expectativas subjetivas y las visiones del mundo de los maltratadores al elaborar estrategias de intervención y políticas eficaces para abordar la violencia en la pareja íntima en América Latina.
Palabras clave: Violencia en la pareja íntima, Violencia contra las mujeres, Desistimiento, Relatos, Agresores, Maltratadores
En el momento de nuestra primera entrevista, Paco tenía 29 años y participaba en un programa semanal de intervención con maltratadores en Buenos Aires, tras una derivación judicial obligatoria. Llevaba más de un año en el proceso y estaba cerca del momento estimado oficialmente para terminarlo. Hablaba con vehemencia de sentirse «acorralado» y «etiquetado», y al mismo tiempo le costaba comprender los criterios de evaluación que utilizaba el equipo profesional. Afrontaba las sesiones de terapia con escepticismo, inseguro sobre su situación legal y sobre el sesgo que, a su juicio, el equipo profesional tenía en su contra. Como ocurría con otros, los relatos de Paco chocaban con los esfuerzos institucionales por lograr el desistimiento.
El estudio de los relatos ha demostrado su valor para comprender los procesos subjetivos que configuran la vida de las personas e influyen en sus interacciones con las instituciones (Presser & Sandberg, 2015). La investigación sobre los relatos de hombres que ejercen violencia en la pareja íntima (VPI) aporta claves sobre la lógica que subyace a la violencia (Hearn, 1998). Sin embargo, se ha utilizado poco para comprender el desistimiento de la VPI (Weaver et al., 2023), lo que desaprovecha la oportunidad de analizar las dimensiones subjetivas de las intervenciones (Dziewa & Glowacz, 2023; Renehan & Gadd, 2024).
Este artículo surge de un interés práctico por los procesos de cambio de los hombres que asisten a programas de intervención con maltratadores en el Área Metropolitana de Buenos Aires (Argentina) y en Montevideo (Uruguay). A partir de los estudios narrativos sobre la violencia contra las mujeres, las masculinidades y el desistimiento, exploramos las historias que cuentan los hombres sobre el cambio mientras asisten a estos programas. Nos planteamos dos preguntas: ¿qué historias se utilizan para describir el cambio? ¿Y cuáles se utilizan para describir su paso por los programas de intervención con maltratadores?
El desistimiento designa el proceso gradual por el cual las personas reducen la frecuencia y la gravedad de su conducta delictiva o violenta hasta llegar finalmente a su cese (Maruna, 2001; Laub & Sampson, 2001; Rocque, 2017). La comunidad académica ha mostrado un interés creciente por su estudio (Maruna & Liem, 2021), ya que comprenderlo puede ayudar a mejorar los programas de intervención (De Vel-Palumbo et al., 2023; Weaver et al., 2023). El desistimiento resulta de la interacción de numerosos factores, tanto internos (por ejemplo, la construcción de sentido) como externos a la persona (por ejemplo, la red social y la comunidad) (LeBel et al., 2008). No hay acuerdo sobre cuáles son los factores más influyentes en el cambio: se han propuesto la maduración, la elección racional, el aprendizaje social, los puntos de inflexión y los cambios de identidad (Weaver, 2019).
La investigación sobre el desistimiento de la VPI sigue siendo escasa (Boxall, 2023; Weaver et al., 2023). Esto se explica en parte porque el conocimiento general sobre el desistimiento de la mayoría de las conductas delictivas —en particular, los delitos contra la propiedad— no es directamente aplicable a la VPI (Merchant & Whiting, 2017), ya que esta suele implicar dinámicas y motivaciones propias, como el control coercitivo y el deseo de dominar a la pareja, que no suelen estar presentes en la violencia contra desconocidos (Boxall, 2023; Giordano et al., 2015; Ólafsdóttir & Hearn, 2023). También es más difícil fijar un criterio temporal para el cese de la VPI que para otras formas de desistimiento (Weaver et al., 2023). Ello se debe a que este tipo de violencia es cíclico: puede haber variaciones de frecuencia e intensidad debidas a cambios de circunstancias en la relación —la maternidad o la paternidad, la pérdida del empleo, la convivencia, etc.— (Walker et al., 2013). Además, las formas sutiles y normalizadas de violencia, como el maltrato psicológico, pueden pasar desapercibidas, lo que complica aún más la valoración de si se ha producido el desistimiento. Esta falta de investigación es todavía más evidente en América Latina, donde los estudios sobre el desistimiento de la VPI siguen siendo extremadamente escasos.
Pese a los debates en curso sobre cómo evaluar adecuadamente el desistimiento de la VPI, existe un amplio consenso en que un cambio duradero requiere transformaciones en dos ámbitos. El cambio interno suele considerarse esencial: reformulación de la identidad, asunción de la responsabilidad por el maltrato pasado y desarrollo de la empatía y de habilidades de comunicación (Dziewa & Glowacz, 2023; Gondolf & Hanneken, 1987). El cambio externo también es crucial: transformaciones en la dinámica de las relaciones íntimas y en el entorno social más amplio, a menudo desencadenadas por puntos de inflexión significativos (Laub & Sampson, 2001) —como rupturas, intervenciones judiciales o estigma social— (Giordano et al., 2015; Walker et al., 2017)1.
Por tanto, el desistimiento de la VPI se concibe como un proceso a la vez individual y relacional, coproducido en las interacciones con la pareja, los familiares y las redes sociales (por ejemplo, Boxall, 2023; Dziewa & Glowacz, 2023; Ólafsdóttir & Hearn, 2023). Esta perspectiva pone de relieve que el cambio no está impulsado únicamente por la transformación interna, sino que depende también del reconocimiento y del apoyo sociales: el desistimiento se vuelve sostenible cuando los demás reconocen y validan los esfuerzos de la persona en el contexto emocionalmente complejo de las relaciones íntimas (Weaver, 2012).
Los dispositivos de tratamiento desempeñan un papel importante en este proceso de transformación (Di Marco et al., 2023; Giesbrecht, 2018; Weaver et al., 2023). Sin embargo, la eficacia de los programas de intervención para autores de VPI es variable y muy debatida (por ejemplo, Arce et al., 2020; Eckhardt et al., 2013; Gottzén, 2019; Lila & Gilchrist, 2023; Walker et al., 2013). Una explicación habitual apunta al carácter obligatorio de muchos programas: la mayoría de los participantes acuden por mandato judicial, lo que conduce a una baja motivación para el cambio, a la negación, la minimización o la justificación de sus actos, a una falta de compromiso con el programa y a un vínculo terapéutico débil con el personal profesional implicado (Lila & Gilchrist, 2023; Renehan & Gadd, 2024; Santirso et al., 2020). Más aún, se ha cuestionado el supuesto de que poblaciones de contextos socioinstitucionales y geopolíticos diversos sean directamente comparables, lo que plantea dudas sobre la generalización de los resultados (por ejemplo, Gondolf, 2004; Hughes, 2023).
También se ha examinado la relación entre los participantes y el personal para comprender el cambio y los relatos que lo rodean (Hamel et al., 2022; Renehan & Gadd, 2024; Santirso et al., 2020; Soleymani et al., 2022). Este vínculo, conceptualizado por lo general como alianza terapéutica, comprende «el carácter colaborativo de la relación, el vínculo afectivo entre paciente y terapeuta, y la capacidad de paciente y terapeuta para ponerse de acuerdo sobre los objetivos y las tareas del tratamiento» (Stubbe, 2018, p. 402). Algunos estudios destacan que quienes logran desistir tras participar en un programa están muy influidos por su actitud hacia el dispositivo y por la relación que establecieron con el equipo profesional (Hamel et al., 2022; Renehan & Gadd, 2024; Soleymani et al., 2022). La investigación realizada en otros contextos terapéuticos, como los centros de rehabilitación por consumo de drogas, indica que la alianza terapéutica influye significativamente tanto en los resultados como en las tasas de asistencia. La percepción que tienen los participantes de la calidad de la terapia puede determinar su grado de compromiso y de éxito, mientras que una alianza terapéutica deficiente puede conducir a resultados perjudiciales, a veces peores que si no se hubiera asistido a ningún programa (por ejemplo, Berry et al., 2016; Goldsmith et al., 2015).
Además de las dinámicas interpersonales, el diseño estructural de los programas de intervención desempeña un papel decisivo en su eficacia. Elementos como la orientación teórica (por ejemplo, cognitivo-conductual, psicoeducativa), el alcance y la secuencia de las sesiones, la duración y la intensidad del programa, y el hecho de que sea grupal o individual, influyen en los resultados (Di Marco et al., 2023; Lipsey et al., 2007). Del mismo modo, la organización y la dinámica de un programa configuran los relatos de los participantes y sus procesos de cambio identitario (Gottzén, 2019; Walker et al., 2013). Aunque el análisis de la relación terapéutica aparece ahora con más frecuencia en la literatura, lo hace sobre todo desde una óptica cuantitativa y marcos realistas (Hamel et al., 2022; Santirso et al., 2020; Soleymani et al., 2022), y procede principalmente del Norte global. Además, hay pocas pruebas sobre cómo la dependencia más amplia respecto de las instituciones —como los sistemas judicial y social— podría influir en estas trayectorias. Todavía se sabe poco sobre cómo perciben los participantes los propios entornos institucionales, su relación general con estas estructuras y cómo estas percepciones se entretejen en sus relatos de cambio (Renehan & Gadd, 2024).
Este estudio se basa en la criminología narrativa, un enfoque centrado en el impacto de «la creación y verbalización de historias en la comisión, el mantenimiento y el desistimiento efectivo del delito y de otros actos dañinos» (Sandberg & Ugelvik, 2016, p. 129). Desde esta perspectiva, la manera en que las personas narran su vida y sus expectativas, así como la forma en que interactúan los distintos relatos temáticos, está estrechamente ligada al proceso de desistimiento (Maruna & Liem, 2021). En este contexto, quienes desisten suelen hablar de su vida en términos de redención, crecimiento, esperanza y vínculo con los demás. Quienes persisten, por el contrario, tienden a adoptar una perspectiva vital pesimista, junto con una actitud pasiva ante la vida y una falta de responsabilidad personal por sus conductas, y culpan a otras personas de su incapacidad para cambiar (Maruna, 2001). En ambos casos, la disponibilidad de relatos alternativos desde los que interpretar la propia vida, las expectativas y el futuro es esencial para el cambio de actitud.
El examen de los relatos de los autores de VPI ha sido útil para comprender sus puntos de vista sobre las dinámicas de la violencia de género (Boira et al., 2014; Ólafsdóttir & Hearn, 2023) y sobre su cese (Dziewa & Glowacz, 2023; Giordano et al., 2015; Merchant & Whiting, 2017; Walker et al., 2017). El potencial de cambio parece estar configurado —y a veces limitado— por los marcos narrativos de que disponen, incluidos los que circulan en las instituciones penitenciarias o terapéuticas (Ievins, 2019): que las historias presenten el cambio como positivo, inútil o amenazante afecta a las posibilidades de desistimiento de las personas. Maruna et al. (2004) sostienen también que la transformación de la identidad no es únicamente un proceso interno, sino que se configura en la interacción social: la manera en que nos narramos ante los demás influye en cómo nos perciben (por ejemplo, como capaces de cambiar), y estas percepciones, a su vez, configuran cómo llegamos a vernos. Esto refleja lo que Weaver (2012, 2019) describe como un proceso iterativo de narración y reconocimiento, en el que el entorno social contribuye a afirmar o a socavar los esfuerzos de cambio.
Por ello exploramos los relatos de los hombres sobre su proceso de desistimiento y sobre los programas de intervención con maltratadores. En lugar de centrarnos en sus explicaciones de la violencia, examinamos qué relatos de cambio tienen a su disposición estos hombres en sus contextos relacionales e institucionales, y cómo los emplean. En este sentido, nuestro foco analítico principal no son los hombres en sí ni su desistimiento o persistencia, sino las historias en juego. Este enfoque distingue el presente estudio de los que exploran las razones de la violencia (por ejemplo, Hearn, 1998; Dziewa & Glowacz, 2023; Gottzén, 2019; Merchant & Whiting, 2017). Además, analizamos una muestra de hombres del Cono Sur —una región donde la investigación sobre la VPI y el desistimiento sigue siendo limitada— con el interés de examinar si las teorías elaboradas en el Norte global captan adecuadamente las realidades de este contexto.
Este artículo deriva del proyecto multisituado de métodos mixtos «El desistimiento relacional: relatos y relaciones en torno al cambio en dispositivos de violencia de género» (CyTMA2 C2SAL-105, Universidad Nacional de La Matanza, Argentina), que examina las historias de vida de hombres cisgénero que asisten a programas de intervención con maltratadores. Utilizamos un enfoque narrativo cualitativo, basado en el análisis de las entrevistas realizadas en Argentina y Uruguay.
Argentina y Uruguay tienen procesos institucionales similares para los hombres acusados de VPI: tras una denuncia presentada ante un juzgado, el caso se remite a la oficina local de género o de violencia2. Tras el proceso judicial formal, las autoridades judiciales locales se ponen en contacto con los hombres y les exigen asistir a un programa comunitario de intervención con maltratadores. Si un hombre es admitido tras una entrevista de admisión, la duración media de la participación obligatoria es de un año, aunque se espera que el tratamiento dure un año y medio.
Los programas de tratamiento suelen basarse en la psicoeducación y en la terapia cognitivo-conductual. En ambos países, la mayoría de las intervenciones se apoyan en principios cognitivo-conductuales y en marcos psicoeducativos con perspectiva de género desarrollados en contextos latinoamericanos (véase Iniciativa Spotlight et al., 2021). A menudo están influidos por enfoques feministas que buscan interrogar la masculinidad y promover la regulación emocional mediante ejercicios estructurados, como juegos de rol, autoobservación de las respuestas emocionales y debates grupales guiados orientados a reconocer y reformular patrones de pensamiento dañinos. Sin embargo, no existen modelos nacionales estandarizados aplicados en todas las instituciones. Entre los elementos comunes figuran la reflexión sobre las normas de género, el debate crítico sobre la violencia y el desarrollo de habilidades relacionales no violentas. La mayoría de los programas consisten en sesiones grupales semanales, a veces complementadas con orientación individual. Estas sesiones suelen abordar temas como los roles de género, la construcción social de la masculinidad, la identificación de conductas abusivas, la autorregulación emocional, la comunicación no violenta y el desarrollo de la empatía. Los objetivos principales de los programas son que sus participantes asuman la responsabilidad de sus actos, desarrollen «autocontrol» y aprendan a regular sus emociones. Los programas pueden estar a cargo de instituciones públicas o privadas. Puede haber otras medidas judiciales, como órdenes de alejamiento o tobilleras electrónicas.
Aunque existen diferencias institucionales y culturales entre Buenos Aires y Montevideo, la estructura básica, las vías de derivación y el enfoque de los programas de intervención con maltratadores en ambas jurisdicciones son en gran medida comparables. Los programas de las dos ciudades se inscriben en sistemas jurídicos similares y están influidos por redes profesionales compartidas y por enfoques regionales de la intervención en VPI. Por este motivo, en el análisis no diferenciamos las entrevistas según el lugar.
Las tasas de finalización en los dos países son similares: aproximadamente el 20% de los hombres termina los programas, según nuestras entrevistas con profesionales de los programas. En ambos contextos, la finalización del programa la determina el equipo profesional responsable, a partir de su valoración de los avances de los participantes y de su preparación para salir, por lo general al cabo de alrededor de un año y medio, como establecen la mayoría de las directrices de los programas. En consecuencia, consideramos que un hombre había desistido cuando el equipo profesional del programa también le había reconocido esa condición.
Se utilizó un muestreo por conveniencia debido a la accesibilidad limitada de las instituciones, a la inviabilidad de reclutar un conjunto amplio y aleatorizado de participantes y a la ventaja práctica de simplificar el contacto y la coordinación con los programas participantes durante nuestro trabajo de campo. Los participantes eran hombres cisgénero. Los criterios de inclusión iniciales exigían que los participantes: (1) llevaran un mínimo de seis meses en el programa; (2) residieran en el Área Metropolitana de Buenos Aires o en Montevideo; y (3) hubieran reconocido haber cometido actos de violencia. La inclusión de hombres cisgénero no fue un rasgo deliberado del diseño del estudio, sino que reflejó la población disponible a través de las instituciones participantes.
Cuando contactábamos con los programas para maltratadores, a veces pedíamos a las autoridades y al personal profesional que nos pusieran en contacto con hombres dispuestos a participar en entrevistas, tras haberles explicado los objetivos principales del estudio: esto incluía tanto a hombres que asistían en ese momento como a antiguos participantes. En otros casos, asistíamos a las sesiones grupales, explicábamos los objetivos del estudio y preguntábamos si alguien quería participar. La opción elegida dependía de la apertura del programa a la presencia de personas ajenas. En consecuencia, nuestra muestra incluye a hombres en distintas etapas del tratamiento: en las fases intermedia y final, así como hombres que ya habían completado el programa.
La muestra estuvo formada por hombres de 13 instituciones distintas (aprox. 3–4 participantes por institución). Incluyó a 41 hombres que vivían en el Área Metropolitana de Buenos Aires (Argentina) y en Montevideo (Uruguay) (Tabla 1). Con ocho de ellos se realizaron dos entrevistas; con el resto, una. Las segundas entrevistas se realizaron, en promedio, una semana después de la primera, para ampliar los relatos de la entrevista inicial cuando algunos temas relevantes no se habían explorado lo suficiente. La edad media de los participantes era de 39 años (mín.: 18; máx.: 59). En el momento de la entrevista, 37 tenían empleo, dos estaban desempleados y dos no dieron información al respecto. Debido a la ubicación del equipo de investigación, la mayoría de los participantes eran de Argentina.
Tabla 1 — Resumen de las características sociodemográficas y de la participación en el programa para maltratadores
Para cada categoría: % y N.
En el momento de la entrevista, el 32% de los participantes había completado el programa y el 68% seguía asistiendo. Entre quienes seguían en el programa, el 46% llevaba asistiendo entre 6 y 12 meses, y el 54% entre 1 y 2 años. Esta distribución fue intencionada: buscamos incluir tanto a hombres hipotéticamente bien socializados en la dinámica del programa (los que asistían desde hacía un año o más, incluidos los que lo habían terminado) como a hombres en etapas más tempranas (alrededor de seis meses), para recoger relatos con distintos niveles de exposición a la intervención. Diecisiete participantes tenían una relación de pareja, dos de ellos con la misma pareja a la que habían maltratado. Ninguno estaba privado de libertad y, según el equipo profesional, no había constancia de que el maltrato continuara.
Realizamos entrevistas abiertas siguiendo una técnica narrativa (Rosenthal, 2018). En primer lugar, se pedía a los participantes que hicieran un relato espontáneo y completo de los acontecimientos, centrado en las relaciones íntimas y en lo que consideraban cambios. Se pedían aclaraciones y ejemplos, y se utilizaban expresiones paralingüísticas (por ejemplo, «mhm») para animar a narrar. Cuando se realizaban dos entrevistas con un participante, el equipo de investigación comentaba el relato producido en la primera inmediatamente después. La segunda entrevista estaba pensada para profundizar en temas mencionados pero poco explorados en la primera, como los conflictos interpersonales y la experiencia del hombre en el programa. Las entrevistas duraron aproximadamente 80 min y se grabaron. Durante las conversaciones se tomaron notas de campo.
La mayoría de las entrevistas (37) se realizaron en lugares elegidos por los participantes, allí donde se sentían cómodos: cafeterías, restaurantes y videollamadas. Diez entrevistas tuvieron lugar en salas privadas del local donde se desarrollaban los programas. Las entrevistas se llevaron a cabo en entornos no residenciales elegidos por los participantes, como precaución para minimizar los riesgos de malestar emocional o de agresión. Las personas que entrevistaban utilizaron técnicas no confrontativas e informadas por el trauma, junto con un formato narrativo abierto, para reducir el riesgo de escalada. No se entrevistó a los participantes inmediatamente después de audiencias judiciales o de conflictos, y se mantuvo una confidencialidad estricta para proteger a todas las personas implicadas. También se indicó a quienes entrevistaban que detuvieran la entrevista si el participante mostraba signos visibles de malestar, y se facilitó información sobre servicios de apoyo psicológico cuando fue pertinente. Estas precauciones combinadas tenían por objeto garantizar que las entrevistas se realizaran de forma segura y respetuosa, permitiendo al mismo tiempo una exploración narrativa en profundidad.
Este proyecto, junto con la hoja informativa y el consentimiento informado, fue aprobado por el Comité de Ética del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de La Matanza. Antes de la entrevista, se entregó a todos los participantes el consentimiento informado por escrito. Este recogía el objetivo del estudio, la duración de la participación y el hecho de que la participación era totalmente voluntaria y no remunerada. Los participantes podían retirarse en cualquier momento, y quienes no participaban recibían el mismo trato que quienes sí lo hacían. Para minimizar posibles conflictos o sensaciones de coacción, toda la comunicación (salvo la presentación del estudio) se realizó de forma individual. Todas las entrevistas se anonimizaron y los nombres de los participantes se sustituyeron por seudónimos. En la sección de Resultados se presentan citas textuales, con la edad del entrevistado en el momento de su participación en el programa, el número de meses que llevaba asistiendo al programa y si lo había completado.
Las entrevistas se transcribieron y procesaron en Atlas.Ti. El análisis siguió las pautas generales del análisis temático inspirado en Braun y Clarke (2006), adaptadas a un enfoque de orientación deductiva. El proceso consistió en: (1) definir cinco dimensiones teóricas de análisis (percepción del cambio, percepción del programa de tratamiento, motivos de asistencia, obstáculos y facilitadores del cambio) a partir de nuestro objetivo y de la revisión de la literatura (véase Gondolf, 2004; Hughes, 2023; Mertens & Myrttinen, 2019); (2) codificar las entrevistas según cada dimensión para identificar temas (por ejemplo, identificar la «amenaza» dentro de la percepción del programa de tratamiento); (3) elaborar definiciones de los temas principales (por ejemplo, definir la «amenaza» como la intención del equipo profesional de causar daño); (4) agrupar los temas en tipos ideales y formular las relaciones entre ellos en cada dimensión.
El procedimiento interpretativo utilizado para analizar el corpus codificado se basó en la criminología narrativa (Presser & Sandberg, 2015). Para el análisis, construimos tipos ideales de relatos (por ejemplo, historias sobre el cambio de sí, historias sobre el rechazo) que recogían patrones recurrentes en la manera en que los entrevistados hablaban de su vida, del cambio y de la violencia. Nuestra unidad de análisis eran las historias contadas por los participantes, y no los participantes en sí: esto implicaba que un mismo hombre podía utilizar más de un tipo de relato.
En esta sección describimos cómo narraron los participantes sus experiencias de cambio y su implicación en los programas. La Tabla 2 presenta los tipos ideales de relatos que identificamos y las historias subordinadas que abordaron los hombres (en cursiva en el texto).
Tabla 2 — Historias sobre el cambio y sobre los programas para maltratadores
Historias principales e historias subordinadas.
Los entrevistados contaron diversas historias sobre su cambio subjetivo. Algunos hablaban de «mejorar». Otros entendían el cambio como ser capaces de «manejar» mejor sus emociones. Algunos, sin embargo, no hacían ninguna referencia a una posible transformación, porque sentían que el cambio era innecesario o una amenaza.
Algunos participantes mencionaron distintos tipos de cambio y presentaron la transformación personal como el propósito central de asistir al programa. En estas historias, el cambio no tenía que ver principalmente con mejorar las relaciones ni con cumplir expectativas externas: se trataba de mejorarse a uno mismo.
Algunas historias presentaban el desistimiento como un crecimiento personal general: el cambio era un proceso de desarrollo, semejante a avanzar hacia una «nueva identidad prosocial». Esta transformación personal no estaba vinculada a cambios externos, como puntos de inflexión en sus relaciones íntimas o en su situación legal, sino a una revisión radical de las creencias, los valores y las actitudes que constituían el núcleo de su ser. Las historias de crecimiento personal solían abarcar el yo entero, no solo su «parte violenta». Esta transformación implicaba reevaluar su yo moral y remodelar su sentido interno del bien y del mal. Rulo (44 años, 24 meses, completado), por ejemplo, decía:
Entonces, si tengo 44 años, necesitaría 44 años de proceso para rehacerme de cero, ¿no? […] Cambiar es crecer como persona, crecer para vos, no para los demás. Se trata de mejorar, de adoptar valores nuevos y de tener otra mirada sobre la vida. Se trata de ser mejor.
La historia de Rulo distinguía también entre los actos y pensamientos de su antiguo yo y los que definían a su nuevo yo: «¿Qué habría hecho el de antes? El boludo habría hecho eso. Pero mi nuevo yo maneja esa situación de otra manera». El cambio no solo se presentaba como una mejora respecto del yo pasado (visto como «peor», más agresivo, etc.), sino que también ayudaba a marcar límites con los demás.
El cambio también se describía mediante historias sobre procesos de cambio específicos. A diferencia de la transformación general de sí, estos relatos presentaban la transformación como una mejora personal concreta, como la adquisición de «habilidades de comunicación». Los participantes veían en estas habilidades una alternativa al uso de la violencia, herramientas que les permitían expresar eficazmente sus sentimientos. Cacho (52 años, 7 meses, en curso) decía:
Nosotros [los hombres del programa] no decíamos lo que sentíamos de verdad, solo porque pensábamos que nos íbamos a sentir blandos o, no sé, menos hombres […]. Costaba ser emotivo y demostrativo […]. Pero hoy tengo muchas herramientas que me dieron y tengo las cosas muy claras […]; no es que ahora sea un santo, a veces todavía sale, pero repito, ahora están estas herramientas.
Las historias de este grupo exploraban procesos de cambio orientados a identificar un rasgo o una cualidad percibidos como dañinos. En el relato de Cacho, el tema central era una masculinidad hegemónica caracterizada por la reticencia a expresar emociones (es decir, «sentirse blandos», «menos hombres»). Sin embargo, esto no requería una transformación completa de sí: el cambio consistía en aprender a comunicarse de otro modo sin alterar en lo fundamental el propio yo estoico.
Algunos hombres narraban su cambio como un proceso positivo interminable. A diferencia de las historias que presentaban el cambio como un proceso finito con un punto final claro, este relato describía la transformación personal como continua e inacabada. Así, el desistimiento implicaba un proceso activo y continuo de autoconciencia y de esfuerzo por no recaer en la violencia. Pavel (30 años, 12 meses, en curso) decía:
Mi proceso de deconstrucción, de alguna manera, va a ser para siempre porque una de las cosas que me dio el taller es que… se trata de repensar todo todo el tiempo, de pensar en mis actos, en cómo mejorar mi vínculo con los demás.
Los relatos de cambio de sí describían el desistimiento como un proceso de desarrollo personal y una transformación de la identidad. Estas historias hablaban de crecimiento personal y dejaban fuera el papel de las redes sociales y del entorno. El cambio se presentaba como algo logrado exclusivamente con el propio esfuerzo, lo que reflejaba los valores dominantes del estoicismo masculino (Hearn, 1998). En estas historias, la idea subyacente era que el cambio depende de un yo fuerte y resistente, sin necesidad de recursos contextuales para mejorarse (Mertens & Myrttinen, 2019). Las historias de este tipo variaban en cuanto a la duración atribuida al proceso (acotada en el tiempo, prolongada o interminable) y al alcance del cambio (adquirir habilidades específicas o cambiar «por completo» como individuo). No obstante, en todas ellas el desistimiento se equiparaba a cambiar como persona y a entender este proceso como parte de la mejora de sí.
Algunas historias se centraban en el papel de las relaciones sociales y de los entornos institucionales en el proceso de cambio. Estos relatos vinculaban la transformación personal con determinados factores externos —en particular, las dinámicas sociales— que desencadenaban la motivación interna para cambiar.
Ciertas historias atribuían el cambio a una nueva comprensión de los efectos de la violencia sobre la pareja y al desarrollo de la empatía. Así, el desistimiento no se presentaba principalmente como una mejora de sí, sino como una acción altruista. Darío (29 años, 7 meses, en curso), por ejemplo, mencionaba ponerse «en el lugar del otro» y reconocía su propia responsabilidad en el daño causado. Pepe (30 años, 9 meses, en curso) también reflexionaba sobre ello:
Para mí, el cambio tiene que ver con los demás. No se trata de ser perfecto ni solo de mejorarme a mí mismo. Eso es todo superficial y hasta egoísta. Se trata de entender que mis actos la afectan a ella y que soy responsable de ellos.
El punto de inflexión en la historia de Pepe fue reconocer el impacto que sus actos tenían en su pareja: el desistimiento empezaba por reconocer el dolor vivido por la otra persona. Del mismo modo, Flores (47 años, 11 meses, en curso) decía:
Empecé a sentir el de la otra persona, que para mí es importantísimo. No está solo el dolor del compañero que va al grupo, sino el dolor de mi expareja, de la otra persona. Es importante entender los dos tipos de dolor, pero, ante todo, el de la expareja.
En varios casos, el desencadenante de este reconocimiento era un sentimiento de vergüenza profundamente vivido. Algunos participantes describían la experiencia de ser «mirados de otra manera» tras la revelación de los hechos o la detención, y se referían a sí mismos como «marcados» o «sucios». Un hombre decía: «Antes de que abriera la boca, ya habían decidido que era culpable». Esta exposición emocional no siempre conducía a reacciones defensivas. Para algunos, la vergüenza se convertía en la primera grieta en su certeza narrativa, una emoción desestabilizadora que abría la posibilidad de reevaluarse a sí mismos y sus relaciones.
Algunas historias ponían de relieve cómo el deseo de preservar o restablecer relaciones sociales significativas servía de motivación clave para el cambio. Aunque estos relatos solían plantear el cambio en términos prácticos o estratégicos, el foco seguía puesto en mantener el vínculo con los demás, en particular con hijos e hijas, parejas o redes sociales más amplias. Este cambio instrumental es una transformación motivada principalmente por intereses pragmáticos: la persona puede modificar su conducta violenta para proteger o recuperar relaciones importantes, obtener aprobación social, evitar las consecuencias sociales negativas de la violencia (por ejemplo, el etiquetamiento, el procesamiento judicial, etc.) o resarcirse de las pérdidas personales sufridas a causa de la VPI. Así, Byron (50 años, 14 meses, completado) decía:
Ella me hizo una denuncia en el juzgado, ¿sabés? Perdí a mi hijo. Me acuerdo de que era un bebé. El de 21 años era entonces un bebé, de un año […]. Todo lo que hice después, toda esta terapia y las charlas en grupo, el tiempo y la plata invertidos, no fue por mí, sino por él. Cambiar nunca formó parte de mi plan.
El relato de Byron se centra en el cambio como estrategia para mantener la relación con su hijo. Como otros hombres, presentaba su implicación en el programa como un medio para un fin. Esto suponía alejarse de un «yo temido» (alguien rechazado por su familia por su carácter violento) para acercarse a un «yo posible» con mayores beneficios sociales (un padre capaz de comunicarse con afecto) (Paternoster & Bushway, 2009). Esta nueva identidad podía arraigar porque sus beneficios contrastaban con las desventajas percibidas de la identidad violenta anterior. Byron lo dejaba claro al describir su situación después del programa:
Seguís viviendo y teniendo amigos, familia, y portarte bien está bueno porque la gente dice: «Mirá qué bien le va a este tipo». ¿Me entendés? «Mirá cómo te habla, o cómo habla con sus sobrinos, ¿viste? Tratando de dar una mano incluso a gente que no conoce, tratando de ayudar, o de dar consejos, buenos consejos».
Las historias sobre cambiar por los demás o a causa de los demás muestran los matices de los relatos de desistimiento. Estos cambios incluían a menudo una reconstrucción de su yo moral, a medida que los hombres empezaban a ajustar su conducta a un marco ético renovado. El bienestar de la pareja puede ser a veces central; otras veces, el cambio tiene motivaciones pragmáticas. Si bien los relatos pueden considerarse fragmentados y dinámicos (Sandberg, 2013), estas historias subrayan la necesidad de considerar tanto los mensajes terapéuticos ofrecidos como la manera en que los hombres responden activamente a ellos. Mejorar la propia imagen, por tanto, no puede vincularse a una única motivación o lógica. En algunas historias, la vergüenza moldeaba silenciosamente el camino hacia el cambio; en otras, estaba casi ausente, porque los hombres se centraban más bien en recuperar el control, reconectar con sus seres queridos o simplemente evitar más problemas.
Al hablar de sus experiencias en los programas, algunos hombres negaban que hubiera necesidad alguna de cambiar: describían la terapia, los programas y el contacto con los actores institucionales como innecesarios o incluso perjudiciales, pese a haber completado, en ciertos casos, el proceso terapéutico. Estas historias presentaban el cambio como algo invasivo y una amenaza para la identidad, un ataque a su sentido de sí. Era la visión de Matías (35 años, 7 meses, en curso): contaba que sentía que el proceso judicial lo perjudicaba, en particular en cuanto a su reputación masculina, su situación legal, su control personal y su respeto por sí mismo.
Que me acusen de un delito me arruinaría la vida, porque seguro que me quedan antecedentes. No sé si eso significa ir preso, ¿no? Pero una investigación, tiempo, plata, que te evalúen. No sé. Un montón. […]. Todo esto, estar en un espacio terapéutico, solo me complicaría la vida.
En estos relatos, el proceso de cambio estaba moldeado por la conciencia de los participantes de ser etiquetados y estigmatizados como delincuentes. Por ello, los participantes refutaban o restaban importancia a su violencia. A veces culpaban a la víctima, afirmando que ella lo había provocado o que había mentido sobre lo ocurrido. Estos relatos, en los que el cambio se consideraba irrelevante, estaban a menudo pensados para eludir las consecuencias legales, sociales y morales de ser etiquetado como «maltratador» (Harding et al., 2017).
Estos relatos también podían inspirarse en la creencia de que buscar el cambio es completamente innecesario e incluso contrario a sus intereses. Pablo (37 años, 7 meses, en curso) preguntaba: «¿Por qué pensarían que el problema era yo [con énfasis]? … No necesito cambiar, no me pasa nada». En estos relatos, los participantes reconocían a veces la violencia en sus relaciones íntimas, pero rechazaban la ayuda externa. Pablo continuaba:
El juzgado dice que tenés que ir, entonces vas. Pero eso no significa que yo haya hecho algo mal. Una cosa es hacer algo mal una vez; ¡no podés pretender que la gente haga un tratamiento por eso! (…). La gente miente para conseguir lo que quiere, y ahora estoy metido en un grupo con tipos que son… disfuncionales. Es ridículo.
Algunos relatos minimizaban la especificidad de la violencia («no es de género, es solo una pelea») y la posibilidad de cambiar. En ellos, la agresión se explicaba como un hecho aislado derivado de una situación excepcional. Por tanto, se descartaba la idea de que el cambio fuera necesario. Por ejemplo, Óscar (32 años, 8 meses, en curso) mencionaba un conflicto relacionado con la crianza, sin reconocer el trasfondo de violencia de género: «Nos casamos a los 27 y dos años después tuvimos a [nombre del hijo]. Ahí empezamos a pelear. Supongo que es normal, con un bebé las cosas cambian, no hay tanto tiempo. […] Diga lo que diga la gente del programa». Insistía en que el problema no tenía que ver con él, sino con lo que estaba viviendo la otra persona.
Obviamente, yo sabía que la relación iba a cambiar con el tiempo, que no iba a ser siempre igual. Pero yo estaba bien. Y entonces ella empezó a cambiar y yo no podía quedarme callado. Y empecé a sentirme mal. Pero ahora me doy cuenta, por eso te lo decía, el problema no era yo. Era lo que le pasaba a ella.
Los relatos de negación y resistencia incluían historias de acatamiento, que presentaban el cambio como parte de su trayectoria institucional, un fingimiento destinado a satisfacer las expectativas del sistema. A diferencia de los relatos instrumentales, que implican un esfuerzo por cambiar la conducta en busca de un beneficio personal o relacional, los relatos de acatamiento reflejan una implicación performativa en el programa. A los participantes no les interesaba el cambio, sino hacer lo necesario para dejar satisfechas a las autoridades. Como decía Juan (65 años, 9 meses, en curso):
Me obligaron a ir, también fui a un psicólogo particular, pero casi lo dejo el primer día porque ya había hecho terapia… pero él me dijo: «Bueno, si estás buscando una excusa… eh… ahí está la puerta», y yo le dije que no, que se equivocaba. (…) No me gustó cómo me habló… Pero, viste, tenía que seguirles el juego [asistir al programa] para terminar con todo esto [la situación judicial].
En estos relatos hay negación de la violencia, culpabilización de la víctima y afirmaciones de que el problema eran las circunstancias externas (acontecimientos estresantes, una idea equivocada del programa, etc.). Y, sobre todo, todos ellos veían el cambio subjetivo como innecesario o imposible. Por ello, los hombres construían estas historias para presentarse como personas moralmente íntegras a las que no se debía etiquetar como «maltratadores», minimizando su responsabilidad y la necesidad de cambiar (Harding et al., 2017).
Hasta aquí, los relatos han trazado límites claros entre las intenciones de los participantes y los esfuerzos institucionales percibidos, pero no todos plantearon sus experiencias de cambio de forma tan nítida. Algunos expresaban incertidumbre y se sentían desbordados por la institución. Las historias de incertidumbre señalaban un malestar con el programa, por ejemplo, por no saber qué se esperaba de ellos en el proceso ni qué estaba ocurriendo durante la sesión de terapia. Llamativamente, este planteamiento no surgía solo en hombres que estaban en las primeras etapas del proceso, sino también en algunos que habían completado el programa o estaban a punto de hacerlo.
Algunos participantes reconocían la necesidad de cambiar, pero no sabían bien cómo lograrlo. Walter (34 años, 10 meses, en curso) decía: «Estoy empezando a reconocer, digamos, que algo no estaba bien, pero no estoy seguro de cómo… de cómo funciona esto». Roberto (49 años, 11 meses, en curso) se mostraba inseguro respecto de las normas institucionales:
Me cuesta entender el proceso. Se espera que cambie mi manera de manejar la ira, pero me encuentro con dificultades constantes y con un trato irrespetuoso. No tengo claro qué papel tiene cada persona acá ni con quién puedo ser franco. Estoy confundido, más que desinteresado.
Todas las historias que expresaban incertidumbre presentaban a personas que no sabían cómo avanzar. Algunos estaban comprometidos con el desistimiento; otros tenían reservas sobre la «necesidad real» de cambiar. La incertidumbre les permitía decir que se sentían perdidos y, en cierta medida, no responsables de sus actos.
La incertidumbre era un tema frecuente, lo que indica la tensión entre los objetivos de los programas y los intereses de los participantes. Estos relatos permitían a los hombres presentarse de un modo que ni rechazaba por completo a las instituciones ni se comprometía plenamente con su tratamiento, lo que les daba cierto margen de agencia en medio de su confusión. Un tema recurrente era la falta de comprensión, por parte de los narradores, de las normas y los procedimientos de los programas (por ejemplo, las jerarquías del equipo profesional y sus funciones y responsabilidades, la capacidad de la institución para intervenir en el proceso judicial de los hombres, etc.). Estas historias pueden representar una fase del proceso de desistimiento que precede a la implicación con un catalizador del cambio, o pueden interpretarse como indicio de una escasa implicación en el tratamiento recibido.
Los entrevistados también contaron historias relacionadas con los programas a los que habían asistido. A diferencia de los relatos de cambio, que no siempre mencionaban a las instituciones, las conversaciones sobre los programas abordaban directamente la situación institucional de los participantes. A veces los programas aparecían como una oportunidad para cambiar de rumbo; otras, como una fuente de problemas y complicaciones. Dividimos las historias en tres tipos: (1) impacto positivo, (2) rechazo y (3) distancia prudente (Tabla 2).
Algunos relatos describían los programas como algo que había tenido un efecto profundamente positivo en su vida. Las actividades que ofrecían —sobre todo la terapia de grupo— se presentaban a menudo como decisivas para el proceso de cambio. El programa se representaba como útil, formativo o, en general, como un apoyo.
En estos relatos positivos, algunos hombres describían un profundo sentido de pertenencia, nacido de la satisfacción de contribuir activamente a su propio cambio y a su «crecimiento personal». Subrayaban el papel del tratamiento en la mejora de su vida y de sus relaciones, en la que la reconstrucción de su yo moral era central. En la base de estos relatos había un fuerte sentimiento de confianza en la propia institución: la convicción de que el programa tenía a la vez la legitimidad y la capacidad para sostener un cambio significativo. Esta confianza funcionaba como premisa narrativa y hacía plausibles y coherentes los relatos de crecimiento y transformación.
Al hablar de la terapia de grupo del programa, Patricio (34 años, 15 meses, completado) explicaba que le había ayudado a superar su depresión y a avanzar hacia una identidad más madura:
Ese lugar me enseñó a ser una persona […] porque yo no tenía amor propio, higiene, estaba deprimido, a los 32 no sabía hacer una cama, no sabía doblar la ropa, era como si todo se hubiera esfumado.
El relato de Patricio ilustra cómo algunos hombres encontraban un sentido profundo en su participación y la veían como un catalizador de reconstrucción personal. Su relato presenta la participación como un punto de inflexión, marcado por la recuperación de competencias básicas y de un sentimiento de valía personal. Frases como «era como si todo se hubiera esfumado» señalaban el rechazo de identidades negativas anteriores —no solo la violencia, sino también la incompetencia en otros ámbitos de la vida cotidiana— y mostraban la magnitud del cambio que había hecho posible el tratamiento. La cita muestra que, para algunos hombres, estos programas ofrecen a la vez una oportunidad de cambio y un espacio de crecimiento personal y de reconstrucción vital.
Las historias de implicación en el grupo subrayaban además los beneficios del enfoque grupal de los programas. Estas historias destacaban la capacidad de la dinámica grupal para favorecer la autorreflexión, el reconocimiento mutuo y el aprendizaje colaborativo. Pavel (30 años, 10 meses, en curso) comentaba:
Me parece genial que haya lugares así donde podamos reflexionar y repensar nuestra forma de vivir, cómo nos relacionamos con los demás. Creo que espacios así son necesarios… Tuve la suerte de encontrar un lugar para reflexionar, no todo el mundo tiene esa oportunidad.
Aquí, la reflexión se presentaba como central para reevaluar la propia vida y las propias relaciones. Esta reflexión supone un alejamiento de los ideales masculinos hegemónicos, que a menudo desalientan la introspección emocional y promueven la resistencia estoica, lo que indica que el cambio implica no solo crecimiento personal, sino también una reconfiguración de género de la manera en que los hombres se relacionan consigo mismos y con los demás. En estas historias, las personas pasan de la negación a reconocer la necesidad de espacios grupales en los que pueda transformarse la conducta. Jeremías (48 años, 12 meses, en curso) decía:
Está bueno quizá ver que… Es un problema un poco más complejo, no solo una cuestión individual y aislada. La mayoría de los hombres —no todos, pero la mayoría— de alguna manera tienen problemas con la violencia, o con el machismo.
En estos relatos, los participantes reconocían la complejidad del problema del cambio y abordaban la dimensión relacional de la violencia de género, reconociendo que no es solo un asunto individual sino una cuestión social más amplia. Estas historias contrastan notablemente con las experiencias de resistencia y vergüenza (Góttzen, 2019) y muestran que la dinámica grupal desempeña un papel valioso en la transformación personal y en la toma de conciencia de la complejidad del problema. Conviene señalar, sin embargo, que fueron el tipo de historias menos frecuente entre las recogidas. Aunque convincentes, estas representaciones positivas de la implicación institucional eran raras y destacaban sobre un fondo de experiencias más ambivalentes o negativas.
Todos los participantes compartieron historias que expresaban alguna forma de rechazo hacia el tratamiento. Estos relatos solían apuntar a aspectos concretos de un programa, como la dinámica de la terapia, el comportamiento del personal o la idea misma de intervención. La forma más común de plantear el rechazo era la desconfianza. Estos relatos nacían de la falta de comprensión de cómo funcionan los programas, de lo que se esperaba en ellos o de cómo podían ayudar a mejorar su conducta. Estas cuestiones estaban vinculadas, en general, a la negación y a la resistencia al cambio. Como decía Juan (65 años, 10 meses, en curso):
Voy, digo que voy a ir a todas las reuniones, hago todo lo que me piden, lo que me pide [nombre de la persona coordinadora del programa], pero en realidad no entiendo. No entiendo cuánto va a durar esto ni por qué tengo que pagarlo. Lo pago porque no quiero más problemas, pero no sé.
Algunos hombres afirmaban que su desconfianza se debía a que el programa no comunicaba los objetivos del tratamiento ni sus beneficios a largo plazo. Les frustraba no poder ver un camino claro hacia el cambio. Otros decían que su compromiso no había dado resultados tangibles. La brecha entre sus expectativas y la realidad del programa era, para estos participantes, el eje central de sus historias de rechazo. Esta desconfianza también puede estar vinculada a las presiones de género que experimentan los hombres para mostrarse autosuficientes, lo que dificulta su disposición a implicarse plenamente en programas percibidos como un cuestionamiento de los ideales masculinos tradicionales de estoicismo y control.
Una variante de estas historias recoge la percepción de la inadecuación de las instituciones, a las que les falta capacidad para adaptarse o para ofrecer un tratamiento que responda a las necesidades específicas de los hombres. Así, Flores (47 años, 7 meses, en curso) decía:
Sí noté que algunas partes parecían haber cumplido su ciclo. Seguía yendo al grupo, pero no tenía mucho más para compartir. Sentía que estaba escarbando en mi pasado para encontrar algo violento de lo que hablar. Me di cuenta de que eso no era lo que buscaba el grupo, como que de alguna manera no respondía a mis necesidades.
La historia de Flores describía cómo el programa no respondía a sus necesidades. En una segunda entrevista, lo desarrolló: «El programa no funciona. Funciona como una cadena de montaje; no es personalizado». Otros hombres contaban historias similares: el motivo principal para negar la utilidad de un programa era que no se ajustaba a sus necesidades particulares. Estos relatos dejaban claro que los programas eran, por diversas razones, ineficaces.
El último tipo de historia contado por los entrevistados giraba en torno a la vergüenza, es decir, el sentimiento de incomodidad, humillación o deshonra asociado al hecho de que se supiera que participaban en los programas, ya que eso implicaba ser etiquetado como maltratador. Este relato era especialmente frecuente entre quienes llevaban menos tiempo en el programa. Martín (39 años, 7 meses, en curso) decía:
También está la vergüenza, ¿viste? Porque cuando se lo contás a alguien, no sabe bien si de verdad le pegaste a tu pareja o no. Te explico… En mi trabajo se lo conté a todos, pero los que me conocen poco no saben toda la situación. No saben si de verdad le pegué, entonces fue vergonzoso porque tuve que explicar lo que había pasado… No es que les pida que me crean, porque no… pero lo ves en los ojos, las miradas que te juzgan….
A diferencia de otras historias, estas no se centraban en la idea de cambio ni en el funcionamiento de una institución, sino en lo que significaba estar en un programa. En última instancia, la vergüenza está ligada al significado y a la negociación de las etiquetas: es decir, a si uno es juzgado culpable o inocente, como sostiene Gottzén (2019). Una «orden de alejamiento» intensifica la vergüenza, porque la preocupación por el oprobio público se suma a la deshonra asociada a estar en un programa de tratamiento.
Un tema frecuente en los relatos de los participantes era la desconfianza hacia el programa y su personal. Mantener una distancia prudente solía indicar reticencia a implicarse emocionalmente o a comprometerse plenamente con el proceso de tratamiento. Su falta de confianza se manifestaba en historias que a menudo expresaban preocupación por las intenciones ocultas del equipo profesional o por los objetivos poco claros de las instituciones. Jorge (27 años, 12 meses, completado), que había terminado el programa una semana antes de nuestra primera entrevista, decía que su reticencia a participar nacía del solapamiento, poco ético a su juicio, entre el trabajo del personal y sus intereses.
Esperan que nos abramos y que contemos todo lo que sentimos, pero ellos no revelan sus propias intenciones. Es su trabajo. Entonces, ¿por qué debería creer que eso no interfiere con hacer un trabajo ético, como escuchar nuestra versión de la historia?
Rulo (44 años, 13 meses, completado) también describía una vacilación inicial a participar en las actividades del programa, pero decía que eso había cambiado.
Te hacen hacer unos ejercicios que al principio parecen, no debería ser joda, debería ser, como, actuar, hacemos cosas, hoy me cago de risa. Pero de entrada, ¿por qué? ¿Por qué tengo que actuar como una mujer? […] Está esa resistencia en cada compañero nuevo que llega cuando empezamos […], hasta que superás esa situación, tenés un par de meses largos.
Aunque estas historias sugieren una desconfianza de fondo, algunas muestran indicios de disposición a abrazar los programas. Estos relatos se centran en adquirir conocimiento sobre los programas y su funcionamiento, superando miedos, desconfianza o escepticismo. Sugieren que la distancia emocional respecto del tratamiento puede reducirse. A menudo intervienen la influencia positiva de una amistad, de un familiar o de otra persona que los anima a participar en el programa. Pavel (30 años, 9 meses, en curso) preguntó a «una compañera, una amiga activista, si conocía algún programa que trabajara la violencia en los hombres». Pedro (33 años, 8 meses, en curso) mencionaba la ayuda de su hermano:
Pedí ayuda, le pedí a mi hermano que hablara con alguien que me pudiera conseguir un lugar, y en ese momento mi hermano había empezado a trabajar en [lugar de trabajo del hermano] y por suerte levantó el teléfono y me consiguió un lugar una semana después para que me admitieran enseguida […]. Pero no te voy a mentir, en los últimos momentos, los últimos días, mi cabeza quería decir que no, como, dejarlo plantado, no ir, pero me armé de valor y fui.
Pavel y Pedro recibieron así el impulso de una persona cercana, que les ayudó a superar las barreras emocionales. Esto les permitió depositar una confianza inicial en el programa, lo que aliviaba la sensación de total desconocimiento del dispositivo. Esto muestra que las amistades y la familia pueden desempeñar un papel clave en la decisión de implicarse en el tratamiento, al reducir la incertidumbre y aumentar la disposición a comprometerse con el cambio y la rehabilitación. El apoyo entre pares masculinos facilita a menudo una renegociación de la identidad masculina, que permite a los hombres suavizar con prudencia sus posturas estoicas y aceptar ayuda sin sentir que se socava su masculinidad.
El relato de la distancia prudente fue el más frecuente entre los participantes y abarcaba un amplio abanico de desconfianza y de distanciamiento emocional respecto de la institución. Esta variedad de escepticismo ponía de relieve un relato heterogéneo de falta de fiabilidad institucional. El relato de la distancia prudente tenía, por tanto, implicaciones prácticas para la participación. Mantenerse al margen actuaba como una barrera para una intervención eficaz: la falta de compromiso emocional podía llevar a una participación a medias, en la que las personas estaban físicamente presentes pero no plenamente implicadas. Sin embargo, este relato revelaba una paradoja en la relación entre confianza y participación: confiar en el programa y en su potencial de cambio positivo requería aportes de fuentes externas, por lo general pares masculinos. El desistimiento, por tanto, depende a menudo de factores externos a los propios programas e incluso podría estar influido por personas que en el pasado aprobaban la conducta violenta del individuo.
Este estudio exploró los relatos de los hombres sobre su asistencia a programas de intervención con maltratadores, centrándose en cómo describían sus procesos de cambio. Nos concentramos en hombres que ya habían participado en el programa durante más de la mitad de su duración media, así como en quienes habían completado la mayor parte o la totalidad del mismo, para explorar las historias comunes de quienes ya estaban familiarizados con las ideas del programa sobre el cambio, e incluso de quienes podrían considerarse «desistentes». Las historias revelaron la complejidad y la diversidad de estas trayectorias: no hay una historia única que describa el cambio. Entre los temas comunes figuraban el cambio de sí, la adquisición de «habilidades de resolución de conflictos» alternativas, el desarrollo de «técnicas de comunicación eficaz» y los cambios en los círculos sociales de los hombres. Algunos relatos negaban la necesidad de cambiar e incluían la negación de la VPI, la externalización de la responsabilidad o la falta de conciencia sobre la importancia del cambio. Entre estos dos extremos, había historias que expresaban ambigüedad, confusión y una falta de referencias comunes que les ayudaran a orientarse en el proceso terapéutico.
Los relatos de resistencia y negación se arraigaban en un sentimiento de desesperanza, amenaza y sometimiento del yo. Los participantes describían sus experiencias como la sensación de ser menospreciados y acosados por los mecanismos judiciales. La tensión entre su autopresentación (como hombres que se esfuerzan por mantener una imagen moralmente íntegra) y las estrategias del programa (centradas en su responsabilidad) los llevaba a resistirse activamente a los programas. Estas respuestas son lógicas si los hombres ven su violencia como irreprochable y como un intento de convertir un daño percibido en justicia (Cassino & Besen-Cassino, 2021). Esto hace que cualquier forma de tratamiento parezca innecesaria. Sus historias sobre el cambio —que lo presentaban como innecesario o irrelevante— eran un intento de recuperar una posición de poder. El hecho de que encontráramos todavía estos relatos entre hombres que habían completado formalmente los programas pone de relieve una contradicción entre la finalización oficial de la intervención y los cambios reales en la manera de narrar el cambio.
El cuestionamiento de los programas de intervención con maltratadores iba a menudo unido a historias que expresaban ansiedad ante el futuro por el estigma de ser señalado como «autor de VPI» (véase Walker et al., 2017). La vergüenza era un guion recurrente que los hombres empleaban para narrar sus experiencias a lo largo del tratamiento. Como sugieren Ólafsdóttir y Hearn (2023), esta vergüenza puede entenderse como un producto social que bloquea sistemáticamente los caminos de los hombres hacia el cambio y la reflexión. Sin embargo, el papel de la vergüenza en los relatos no era uniforme. En algunos, estaba ligada a la etiqueta misma y evocaba sentimientos de exclusión, desconfianza y resistencia al cambio. En otros, la vergüenza marcaba un punto de inflexión: abría espacio para una mayor implicación en el programa y para un examen más honesto de su conducta.
Tras considerar lo que podría venir una vez terminadas sus relaciones o el tratamiento, muchos participantes expresaban el deseo de convertirse en «mejores hombres». Sin embargo, sus nociones de «mejor» y sus maneras de mejorarse diferían a veces de las del programa. Las expectativas contrapuestas eran, por tanto, un tema central, en particular en las historias que destacaban la confusión y la desconfianza. Por ejemplo, mientras que Patricio (34) entendía el crecimiento personal como superar la depresión y reconstruir las habilidades de la vida cotidiana, otros como Pavel (30) valoraban contar con espacios de reflexión para repensar sus relaciones, lo que muestra cómo estas expectativas divergentes alimentaban a menudo la confusión y la desconfianza. Esta divergencia de relatos y objetivos personales contribuía a una sensación de desajuste con los fines del programa, que perturbaba el vínculo con la institución, una tensión que puede ser una característica inherente a toda institución total.
La resistencia a las nociones oficiales de cambio iba unida a relatos que expresaban incertidumbre sobre los beneficios del programa, la percepción de que los programas no se adaptaban a las necesidades individuales y vergüenza por el etiquetamiento asociado a la participación. No obstante, los participantes que abrazaban la idea de transformación describían los programas como algo con un impacto positivo, decían experimentar un profundo sentido de pertenencia y reconocían la importancia de la intervención para mejorar su vida y sus relaciones.
Aunque los relatos marcados por una mayor resistencia y escepticismo eran más frecuentes entre los participantes en etapas tempranas del programa (6–12 meses), encontramos todos los tipos de relatos —incluidos los que abrazaban, cuestionaban o expresaban ambivalencia ante el cambio— en hombres que se encontraban en distintos momentos de su tratamiento. Interpretamos que, aunque el tiempo en el programa puede lógicamente influir en cómo se cuentan las historias, no determina por completo la postura narrativa (como sugiere Sandberg, 2013). La mayoría de los participantes ya llevaban un tiempo considerable en el programa, según los estándares profesionales, y sus historias reflejaban en general familiaridad con sus discursos. Sin embargo, los hombres contaban a menudo más de una historia en una misma entrevista, oscilando entre la confianza en el personal profesional y el escepticismo, o entre reconocer el cambio y minimizarlo. Esta variación narrativa interna subraya el carácter fluido y continuo de la implicación con el cambio y complica los modelos lineales de transformación (Gottzén, 2019; Hughes, 2023). Más que comparar etapas del programa, destacamos que los relatos contradictorios coexisten a menudo y configuran el proceso de desistimiento de manera desigual.
Algunos relatos expresaban una comprensión instrumental del cambio: por ejemplo, una manera de recuperar el acceso a sus hijos e hijas, evitar más problemas judiciales o no quedar «manchados» ante sus pares. Estas historias implican un acatamiento pasivo destinado a evitar el estigma. Esta posición discursiva arroja luz sobre cómo algunos participantes pueden transitar los procesos institucionales sin experimentar un cambio identitario sustancial. Sin embargo, estos relatos instrumentales pueden desempeñar igualmente un papel en el desistimiento. Si bien un yo temido por sí solo puede no bastar para sostener un cambio a largo plazo, la investigación sugiere que, cuando se combina con un yo posible positivo —como en el modelo de Paternoster y Bushway (2009)— o con un gancho para el cambio (Giordano et al., 2002), incluso una conducta motivada externamente puede catalizar con el tiempo transformaciones más significativas. Por este motivo, somos prudentes a la hora de interpretar los relatos instrumentales únicamente como resistencia o desimplicación. Aunque la disposición de una persona no refleje un compromiso firme con el cambio —como se ve en los relatos de rechazo—, las presiones externas (por ejemplo, el riesgo de perder a la pareja, el miedo a la cárcel) pueden contribuir igualmente al desistimiento al crear condiciones que favorecen cambios de conducta y, con el tiempo, un cambio identitario (Laub & Sampson, 2001).
Ya fuera abrazando, rechazando o cuestionando el cambio, los papeles que adoptaban los hombres estaban marcados por el género y mostraban sus esfuerzos por sostener, a través de los relatos, identidades masculinas socialmente aceptables (Góttzen, 2019; Hughes, 2023). Asistir a estos programas amenazaba a menudo sus identidades estoicas, pero, cuando se veía como una oportunidad de «mejora» y de «crecimiento», la participación encajaba con relatos de engrandecimiento masculino y con ideales neoliberales de superación personal (Mertens & Myrttinen, 2019). La cuestión clave era si cuestionar el yo y el statu quo se consideraba viable: aceptar la incertidumbre y la crítica era un factor de división importante. Como sostienen Dziewa y Glowacz (2023), reevaluar las experiencias vividas, ya estuvieran ligadas a la infancia o a las relaciones íntimas, era crucial para estos hombres. Su disposición a implicarse en la reflexión y en conversaciones delicadas era un elemento clave de sus historias.
El foco en las redes sociales presente en algunas historias subraya la importancia de comprender el tratamiento más allá del desistimiento individual. La preocupación de los participantes por el rechazo de sus pares y por ser etiquetados como «violentos» o como «mascota sumisa de un programa de tratamiento» representa un obstáculo importante para el tratamiento (Harding et al., 2017). En última instancia, todos los relatos sobre el cambio, lo rechazaran o lo abrazaran, estaban fuertemente ligados a las redes sociales de los hombres. Esto pone de relieve no solo la influencia omnipresente de la masculinidad (Hughes, 2023), sino también la importancia de los factores exógenos para el desistimiento (Walker et al., 2013).
Utilizar estos relatos para describir sus experiencias —ya fuera expresando vergüenza, negando la necesidad de cambiar o abrazando con entusiasmo la transformación subjetiva— permitía a los hombres mantener una imagen coherente de sí (Maruna, 2001). Incluso cuando transmitían negación o incertidumbre, los relatos les permitían recuperar sus posiciones masculinas anteriores (Hearn, 1998; Gottzen, 2019). Estos relatos estaban moldeados por los marcos discursivos de que disponían en su contexto para dar sentido al cambio. Aunque narrar implica siempre cierto grado de innovación (Presser & Sandberg, 2015), en un entorno sociocultural dado el abanico de historias disponibles para hablar del cambio es limitado. ¿Cómo pueden entonces los hombres hablar de él de manera significativa?
Nuestros hallazgos pretenden contribuir a la creciente literatura sobre el desistimiento adoptando una óptica narrativa que pone en primer plano las historias que los hombres cuentan sobre el cambio, en lugar de presuponer cambios psicológicos o transformaciones identitarias fijos. Gran parte de la literatura sobre el desistimiento se ha centrado en el cambio de identidad como requisito previo para abandonar la violencia (por ejemplo, Paternoster & Bushway, 2009); sin embargo, nuestro estudio con una muestra latinoamericana sugiere que los relatos contradictorios sobre el cambio persisten a menudo incluso después de completar el programa. Para muchos participantes, distanciarse de la violencia implicaba reinterpretar actos pasados o cultivar versiones más aceptables de sí mismos, más que reinventarse por completo. Esto invita a reconsiderar el papel de la continuidad narrativa —y no de la ruptura— en los procesos de cambio.
Es importante señalar que pocos estudios han explorado estas dinámicas en contextos latinoamericanos, donde cuestiones más amplias como la desconfianza institucional y la desigualdad social configuran la manera en que los hombres interpretan y narran su implicación en el tratamiento y, más ampliamente, el cambio subjetivo. Nuestro análisis subraya la necesidad de situar las teorías globales en los contextos locales y de ir más allá de los marcos que aíslan conceptos como la vergüenza o la masculinidad de las ecologías sociales más amplias de la confianza, la pertenencia y la legitimidad del Estado. Muchas historias de nuestra muestra revelaron que la disposición de los participantes a reflexionar sobre su uso de la violencia dependía no solo de cómo se veían a sí mismos como hombres, sino también de sus experiencias de ser escuchados, apoyados o rechazados por las instituciones y por sus pares. Estos hallazgos sugieren que los relatos de desistimiento no son meros relatos personales, sino procesos socialmente arraigados que deben comprenderse en relación con los discursos y los contextos institucionales más amplios en los que se producen. En lugar de tratar los relatos de los hombres como guiones descontextualizados de negación, culpa o redención, defendemos un enfoque que reconozca el relato a la vez como una práctica de construcción de sentido y como una herramienta relacional moldeada no solo por el reconocimiento y la retroalimentación sociales (Weaver, 2012), sino también por las posibilidades más amplias disponibles en cada entorno sociocultural.
El estudio detenido de estos relatos deja claro que no son solo un medio de construir un yo moral, sino también un producto de la implicación en los programas institucionales. Ievins (2019) señala que las historias que comparten personas fuertemente estigmatizadas pueden estar moldeadas por las instituciones responsables de su «tratamiento». Por tanto, la interacción entre los agresores y los programas conduce a menudo a historias limitadas y obturadas sobre el cambio personal. En los países latinoamericanos, donde la confianza en las instituciones es baja (Cáceres, 2019), esto resulta aún más problemático. Los enfoques actuales podrían impedir que los hombres aborden plenamente sus actos o den cuenta de ellos reconociendo plenamente el daño causado.
Los debates sobre los programas para maltratadores se han centrado principalmente en su eficacia (Arce et al., 2020; Eckhardt et al., 2013; Lila & Gilchrist, 2023; Walker et al., 2013), sin poner demasiado el acento en comprender las lógicas de los participantes (Hughes, 2023; Oddone, 2020). Nuestro objetivo es matizar la comprensión del desistimiento de la VPI examinando las historias de los agresores en Argentina y Uruguay y cómo estas configuran sus visiones del mundo y sus predisposiciones al cambio. Como dice Renehan (2021) a propósito de los programas para maltratadores, es esencial «humanizar a los hombres traumatizantes, pero también traumatizados» con los que trabajamos (p. 324). En cierta medida, la mayoría de los hombres sí veía el cambio de forma positiva, pero creemos que sigue siendo crucial evaluar los relatos complejos que median el proceso de desistimiento y fomentar conversaciones abiertas sobre cómo se perciben las instituciones.
Este estudio tiene limitaciones ligadas a su diseño y al lugar donde se realizó el trabajo de campo. En un estudio transversal es imposible analizar cómo influyen las historias en el proceso de desistimiento de los participantes, como habría podido hacerlo un estudio longitudinal, ya que las historias de los hombres pueden evolucionar a lo largo del programa. Nuestro análisis se centra, en cambio, en el repertorio de historias utilizadas para hablar del cambio, y examina estos relatos más que a los participantes individuales. Nuestro objetivo no era comparar a quienes desisten con quienes persisten, sino identificar formas narrativas —entendidas no como rasgos de los individuos, sino como recursos discursivos— que pueden configurar las trayectorias. Además, los resultados que hemos expuesto están inevitablemente influidos por el efecto del programa. No lo vemos como una limitación, sino como una implicación teórica de nuestro estudio: estos relatos, con independencia de los participantes concretos, dotan de sentido al cambio subjetivo y a los contextos institucionales.
Muchos factores pueden haber influido en el proceso de reclutamiento y en la composición de la muestra. Los hombres pueden haberse sentido presionados a participar y haber considerado ciertos relatos más aceptables para la institución. Para afrontar estas dificultades, desarrollamos estrategias para crear un buen clima de confianza y espacios seguros durante las entrevistas. A la luz de nuestro trabajo anterior sobre las motivaciones para participar en este tipo de entrevistas (Di Marco & Sandberg, 2023), creemos que el interés de los participantes por compartir sus historias pesa más que otros factores. Por último, incluimos en el análisis a hombres de Uruguay y de Argentina y los examinamos conjuntamente. No obstante, dadas las estrechas similitudes culturales entre ambas zonas, no consideramos que esto sea un problema.
Gran parte de la literatura existente sobre los programas de intervención con maltratadores y sobre los agresores (a menudo centrada en «lo que funciona») tiende a pasar por alto los relatos más amplios que configuran los procesos de cambio, así como los marcos institucionales en los que operan estos programas. Los relatos de hombres que asisten o han completado estos programas ponen de relieve factores que pueden tanto facilitar como obstaculizar su transformación. Estas historias van desde un interés «genuino» por mejorar y una implicación activa hasta el rechazo y la resistencia abiertos, junto a usos más ambivalentes o instrumentales de los programas y distintos grados de desconfianza. Esta diversidad subraya la necesidad de un enfoque matizado en las intervenciones contra la VPI. Los relatos sobre las instituciones revelan a menudo tensiones entre las expectativas de los participantes y la falta de orientación detallada dentro de los programas, lo que indica que lograr el «cambio» depende no solo de cómo se entienda el desistimiento, sino también de las percepciones sobre la eficacia y la fiabilidad institucionales. Paradójicamente, la confianza en el potencial de impacto positivo del programa requiere una confianza previa en las instituciones del Estado y aprendizajes adquiridos a través de las experiencias de los pares.
Nuestro estudio revela que, ya sea abrazando, rechazando o cuestionando el cambio, los papeles de los hombres están intrínsecamente marcados por el género, como muestran sus esfuerzos por mantener identidades masculinas socialmente aceptables a través de los relatos. Para algunos, participar en estos programas era una amenaza para su identidad, mientras que para otros representaba oportunidades de «mejora» y de «crecimiento», en consonancia con relatos de engrandecimiento masculino e ideales neoliberales de superación personal. Una cuestión decisiva era si cuestionar el yo y desafiar el statu quo se consideraba aceptable: aceptar la incertidumbre y la vulnerabilidad fueron factores fundamentales en sus experiencias de transformación. Al comprender estos relatos diversos y su conexión con las instituciones, los equipos profesionales pueden abordar mejor las cuestiones de fondo y mejorar la eficacia de los programas de intervención para autores de VPI.
Los hallazgos subrayan la importancia de reconocer los relatos que configuran la manera en que los hombres entienden la idea de cambio y se implican en ella, relatos influidos por discursos sociales más amplios y no exclusivos de «agresores» individuales. Es crucial prestar atención no solo a las expresiones manifiestas de implicación o de resistencia, sino también a relatos más sutiles, ambivalentes o instrumentales que revelan cómo se posicionan los participantes respecto de la responsabilidad, la violencia y la transformación. Los equipos profesionales pueden beneficiarse de incorporar a los procesos grupales una reflexión narrativa estructurada, animando a los participantes a examinar críticamente sus propias historias de vida y sus nociones cambiantes del cambio (un elemento clave de la masculinidad hegemónica). Al mismo tiempo, vemos que construir confianza institucional es esencial, sobre todo en contextos en los que los sistemas se perciben como punitivos, incoherentes u opacos. Esto es especialmente importante en sociedades con menores niveles de confianza en el Estado. Crear entornos transparentes, estables y culturalmente sensibles puede favorecer una implicación más significativa. Por último, examinar críticamente los marcos dominantes de la superación personal puede ofrecer un valioso punto de entrada para una reflexión más profunda, que favorezca el paso del mero acatamiento a formas de cambio más relacionales y responsables.
Complexe Systémique: lo esencial
En lugar de clasificar a los hombres entre «motivados» y «resistentes», el estudio escucha las historias de que disponen para hablar del cambio y muestra que el mismo hombre suele utilizar varias de ellas en una sola entrevista. Desde un punto de vista sistémico, destacan dos bucles. El primero une la vergüenza, la etiqueta de «maltratador» y la actitud defensiva: cuanto más se vive el programa como una amenaza para la identidad, más se cierra el relato. El segundo une la confianza en la institución con la implicación: allí donde el Estado inspira poca confianza, a menudo es un hermano o una amistad quien abre la puerta del programa. El cambio llamado «instrumental», para volver a ver a un hijo o una hija, no debe despreciarse, pero la seguridad de las víctimas sigue siendo la vara de medir, y el estudio no recoge ni sus voces ni ninguna medida de la violencia después del programa. Para los equipos profesionales, la orientación que se sugiere es concreta: aclarar las reglas y los roles, y trabajar en grupo los relatos de sí y de la masculinidad. Para leer junto con el artículo sobre la paternidad de hombres en tratamiento por violencia en la pareja y el artículo sobre las normas de género en hombres condenados por violencia en la pareja.
Notas del original
1 En la literatura existe un debate abierto sobre si el desistimiento puede producirse sin un acontecimiento externo significativo o desencadenarse sin un cambio importante de identidad, por ejemplo, por la presión de los pares, las tobilleras electrónicas, etc. (LeBel et al., 2008). No obstante, hoy el desistimiento se conceptualiza sobre todo como un proceso multifacético e individualizado, en el que los factores internos o externos pueden tener un papel mayor o menor según las circunstancias concretas de cada caso (Rocque, 2017; Weaver, 2019).
2 Las oficinas locales de género o de violencia se dedican a diseñar acciones preventivas y terapéuticas vinculadas con la VPI.
Financiación. Esta investigación contó con el apoyo del proyecto CyTMA2 (C2SAL-105), titulado «El desistimiento relacional: relatos y relaciones en torno al cambio en dispositivos de violencia de género», realizado por la Universidad Nacional de La Matanza, Argentina.
Consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado (verbal y escrito) de todos los participantes individuales incluidos en el estudio, tanto para su participación como para la publicación.
Aprobación ética. El proyecto fue evaluado y aprobado por el Comité de Ética de la Investigación del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de La Matanza, de conformidad con las normas éticas de la Declaración de Helsinki de 1964, en su revisión de 2013.
Conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses potencial en relación con la investigación, la autoría o la publicación de este artículo.
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Traducción no oficial de But What Does Change Even Mean…? Men’s Desistance Narratives in Batterer Intervention Programs, de Martín Hernán Di Marco, Adrián Jiménez Ribera, Magalí Brizuela y Wanda Denise Cabrera, Journal of Family Violence, publicación anticipada en línea (2025), doi: 10.1007/s10896-025-00997-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas como listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «But What Does Change Even Mean…? Men’s Desistance Narratives in Batterer Intervention Programs», publicado en Journal of Family Violence (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Di Marco, M. H., Jiménez Ribera, A., Brizuela, M., et Cabrera, W. D. (2025). But What Does Change Even Mean…? Men’s Desistance Narratives in Batterer Intervention Programs. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/but-what-does-change-even-mean-mens-desistance-narratives-in-batterer-programs (Obra original publicada en 2025 en Journal of Family Violence, Online First (2025); republicada en 2025 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-025-00997-9)
Para profundizar