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Families, Relationships and Societies · Familia

«Queda un enorme vacío en el centro de la familia»: situar las prácticas familiares en el contexto del duelo (fraterno)

¿Qué ocurre en una familia cuando muere un hermano o una hermana? A partir de 36 entrevistas realizadas en Inglaterra a personas en duelo desde hace al menos cinco años, Laura Towers muestra que esa muerte sigue organizando, décadas después, las llamadas diarias a la madre y al padre, las mudanzas e incluso el deseo de tener hijos. El artículo amplía así el concepto de prácticas familiares del sociólogo David Morgan.

Autoría Laura Towers (Universidad de Sheffield, Reino Unido)Primera publicación Families, Relationships and Societies, 26 de febrero de 2024Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de ‘There’s a huge hole left in the middle of the family’: locating family practices within the context of (sibling) bereavement, de Laura Towers, publicado en Families, Relationships and Societies (Bristol University Press) (2025), doi: 10.1332/204674324x17068706068793, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla del anexo se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

El duelo puede ser una presencia dominante, aunque sutil, en la configuración y la gestión de las prácticas familiares.

Laura Towers

Resumen

La vida familiar cambia de forma permanente e irrevocable con la muerte, lo que obliga a quienes están en duelo a adoptar nuevas maneras de «hacer» familia. A partir de los datos de un estudio cualitativo sobre las experiencias de duelo por un hermano o una hermana, este artículo muestra que la muerte puede conservar una presencia poderosa para quienes siguen vivos y moldear la manera en que los miembros de la familia se relacionan entre sí. Se sostiene que el duelo puede influir en el establecimiento y la puesta en acto de las prácticas familiares, lo que pone de relieve que estas pueden inscribirse sutilmente en el contexto del duelo. Este artículo amplía el concepto de prácticas familiares de Morgan en una dirección aún inexplorada. Concluye que la sociología puede aprender más sobre las complejidades dinámicas de la vida familiar si reconoce la posible influencia de la muerte y el duelo en la manera en que las relaciones se transitan y se negocian a lo largo del tiempo.

Introducción

La muerte es una de las pocas cosas inevitables de la vida. Y, sin embargo, la sociología de las familias y de las relaciones la ha pasado en gran medida por alto. Al ser el primero en examinar el trabajo de Morgan (1996; 2011a) sobre las prácticas familiares en relación con el duelo fraterno, este artículo amplía nuestra comprensión de la obra de Morgan en una nueva dirección y ofrece a la sociología otra lente a través de la cual explorar la vida familiar. Reconoce el papel determinante que desempeña la muerte en las maneras en que se «hace» familia a lo largo del tiempo y busca mostrar cómo las prácticas familiares pueden comprenderse mejor si se reconocen en el contexto del duelo. Con ello, vuelve a conectar la muerte con lo prosaico de la vida cotidiana, subraya la naturaleza relacional y temporal de las experiencias de duelo y mejora nuestra comprensión global de cómo se relacionan entre sí los miembros de una familia. Contribuye así a un conjunto de trabajos, reducido pero creciente, que muestra cómo la conexión de los estudios sobre la muerte con la sociología de las familias, las relaciones y la vida personal puede mejorar mucho nuestra comprensión de las relaciones entre vivos (Woodthorpe and Rumble, 2016; Borgstrom et al, 2019; Almack, 2022; Towers, 2022; Ribbens McCarthy et al, 2023).

Dado el argumento general de este artículo, el foco no es el duelo fraterno en sí, sino la manera en que el duelo influye en las formas en que los miembros de la familia se relacionan entre sí en el contexto de la pérdida de un hermano o una hermana. Pero al explorarlo a través de la lente del duelo fraterno, este artículo mejora inevitablemente nuestra comprensión de esas experiencias de duelo, sobre todo dada la escasa atención que en general se presta a la fratría en duelo (Marshall and Winokeur, 2017). La limitada bibliografía disponible procede en gran parte de las disciplinas «psi» (por ejemplo, la psiquiatría y la psicología) y, por tanto, pone el acento en la patología individual, sin reconocer la dimensión relacional del duelo ni la larga duración temporal de las experiencias de pérdida. Los ejemplos presentados en este artículo muestran algunas de las maneras en que el duelo fraterno está inscrito a la vez en el tiempo y en las relaciones. Con ello, el artículo hace una contribución secundaria al mejorar la comprensión de lo que significa haber perdido a un hermano o una hermana y al ofrecer un relato alternativo, basado en la experiencia, de esta pérdida.

En la cultura popular, así como en los enfoques académicos y clínicos, la muerte se conceptualiza en términos de crisis, como un «acontecimiento extraordinario que provoca experiencias emocionales intensas y extremas» (Ellis, 2013: 252). Domina así un «pensamiento centrado en la ruptura» (Ellis, 2013: 251), que considera que la muerte desestabiliza nuestro sentido de identidad y rompe la supuesta seguridad de nuestra biografía (Jakoby, 2015). En consecuencia, se entiende que el «proceso de duelo» requiere «reparar esa ruptura y desarrollar una nueva manera de adoptar un nuevo sentido de sí» (Souza, 2017: 61). Pero ese modo de pensar refleja la concepción medicalizada dominante del duelo como una afección que hay que tratar (Valentine, 2008), y convierte la muerte en algo desconectado de lo prosaico de la vida cotidiana (Ellis, 2013). También conceptualiza el duelo en términos individualistas, como algo que se gestiona al margen de las relaciones sociales, y no reconoce así la naturaleza relacional de las experiencias de duelo (Ribbens McCarthy et al, 2023). El duelo designa un estado de pérdida, mientras que la aflicción es una reacción emocional a esa pérdida (Doka and Martin, 2010). Como no es posible restituir lo que se ha perdido, la condición de «estar en duelo» es permanente: una madre en duelo siempre será una madre en duelo, independientemente de cuándo murió su hijo o de si tiene otros hijos vivos. Por tanto, una parte del duelo consiste en aprender a ajustarse y adaptarse a una nueva forma de vida sin la persona fallecida (Doka and Martin, 2010). Así, aunque las experiencias de duelo pueden ser sin duda profundas y cuestionar la esencia misma de lo que somos, también pueden arraigarse en las rutinas y las relaciones de la vida cotidiana.

Para bien o para mal, la vida familiar cambia de manera irreparable tras una muerte (Funk et al, 2017), con consecuencias importantes para las relaciones familiares posteriores (Almack, 2022). Sin embargo, los estudios sobre la muerte se ocupan por lo general de comprender cómo las personas mantienen relaciones con los difuntos, y se ha prestado muy poca atención a las maneras en que gestionan sus relaciones con los vivos tras una muerte (Woodthorpe and Rumble, 2016; Ribbens McCarthy et al, 2023). Un pequeño número de estudios ha empezado a explorar cómo afecta la muerte a las familias y a su manera de «hacer» relaciones en el duelo, concretamente en relación con la herencia (véase Finch and Mason, 2000) y la organización del funeral (véase Woodthorpe and Rumble, 2016; Woodthorpe, 2017). Un número aún menor ha aplicado la idea de prácticas familiares de Morgan (1996; 2011a), aunque la mayoría de estos trabajos se centran en el periodo en que un miembro de la familia se está muriendo (Ellis, 2013; 2018; Borgstrom et al, 2019; Almack, 2022). Si bien Pearce y Komaromy (2021) ofrecen algunas pistas sobre las maneras de «hacer» vida familiar tras una muerte, en el contexto de la pérdida de un progenitor, el examen directo de las prácticas familiares en el duelo está en gran medida ausente del debate; es esta laguna la que el presente artículo pretende colmar.

El artículo comienza con una revisión de la bibliografía de referencia y del marco conceptual, antes de ofrecer una visión general del estudio original. Pasa después a la discusión principal, dividida en tres partes. Con el ejemplo de la comunicación, la primera sección muestra que el duelo puede seguir moldeando sutilmente las prácticas familiares cotidianas mucho tiempo después de la muerte. A continuación, la segunda sección examina cómo la toma de decisiones sobre acontecimientos vitales que también se consideran prácticas familiares, como mudarse de casa, puede verse influida igualmente por el duelo. Ello conduce a la tercera sección, que reconoce que las prácticas familiares pueden superponerse cuando las personas negocian su pertenencia a una familia «de origen» junto a su familia «elegida». Esta última sección pone así de relieve cómo el duelo puede influir en la manera en que se abordan y negocian estas prácticas superpuestas. Estos argumentos subrayan que la sociología de las familias, las relaciones y la vida personal puede comprender mejor las prácticas familiares si reconoce la presencia persistente de la muerte en las relaciones entre vivos, mientras que los estudios multidisciplinares sobre la muerte saldrían ganando si reconocieran más la dimensión relacional de las experiencias de duelo. El artículo concluye, por tanto, que hay mucho que aprender sobre la vida, las relaciones y las prácticas familiares si se siguen reforzando los vínculos entre los estudios sobre la muerte y la sociología general.

La muerte en la «familia»

Toda discusión sobre la «familia» debe comenzar reconociendo que «familia» es un término muy discutido (Ribbens McCarthy, 2012), ya que sugiere erróneamente una serie de estructuras rígidas y fijas (Morgan, 1996). Sin embargo, el propio Morgan (2011a) reconoce que la idea de «familia» conserva valor y significado, puesto que sigue siendo una esfera diferenciada de prácticas y experiencias cotidianas, y la gente sigue empleando el lenguaje de la familia en la vida diaria (Edwards et al, 2012; Ribbens McCarthy, 2012), en las políticas sociales (Woodthorpe and Rumble, 2016) y en los discursos políticos (Edwards et al, 2012). Así, «en las secuelas persistentes de la muerte, la “familia” debe entenderse como un término poderoso pero problemático, muy fluido y coconstruido» (Ribbens McCarthy et al, 2023: 6).

Aunque la muerte es un «acontecimiento “familiar” significativo» (Almack, 2022: 237), hablar de «duelo familiar» como algo colectivo pasa por alto la singularidad de la experiencia de cada miembro y simplifica en exceso una compleja interacción de emociones (Breen et al, 2018). Se trata más bien de una «interacción entre miembros de la familia que viven su duelo individualmente en el contexto social y relacional de la familia, cada uno de los cuales afecta a los demás y se ve afectado por ellos» (Gilbert, 1996: 271). Aunque existe un conjunto creciente de trabajos que reconocen la influencia de la vida y las relaciones familiares en las experiencias de duelo (Rosenblatt, 2000; Valentine, 2008; Walter, 2020), aquí tiene prioridad la consideración inversa: cómo el duelo moldea la vida y las relaciones familiares. A lo largo de distintos proyectos, Tony Walter destaca las maneras simbólicas en que se construye la «familia» en el contexto del duelo. Por ejemplo, los funerales contribuyen a reforzar las normas culturales tradicionales de la «familia» frente a interpretaciones más fluidas (Walter and Bailey, 2020), mientras que las jerarquías tácitas del duelo refuerzan, y son reforzadas por, las percepciones de quién se considera más o menos «legitimado» para llorar a la persona fallecida; estas contribuyen a su vez a cosificar las nociones de quién es, o no es, considerado miembro de la «familia» (en duelo) (Robson and Walter, 2012).

Se dispone de una bibliografía mucho más amplia cuando se consideran vínculos relacionales específicos. En lo que respecta a la fratría, Winokuer (2017) constató que la muerte de un progenitor puede llevar a hermanos y hermanas a perder el contacto, porque ya no los une un vínculo compartido, mientras que Connidis (2001) sugiere que la muerte de los progenitores puede volver a poner en contacto a la fratría. Una vez más, sin embargo, no se explora suficientemente cómo viven las personas estos momentos, por lo que se pasa por alto el impacto de la muerte en sus relaciones familiares cotidianas. De hecho, la bibliografía en su conjunto se ocupa sobre todo del periodo de aflicción inmediatamente posterior a una muerte y, por tanto, no reconoce el duelo como una experiencia continua que las familias transitan y negocian a lo largo del tiempo (Ribbens McCarthy et al, 2023). Por ello se sabe muy poco del impacto de las experiencias continuas de duelo en la vida familiar. Este artículo contribuye a colmar esta laguna explorando cómo las prácticas familiares pueden seguir estando directamente moldeadas por el duelo, y utiliza la lente de la pérdida de un hermano o una hermana para profundizar en esta discusión.

(Re)situar las prácticas familiares

Como se cita a menudo, la premisa central del «enfoque de las prácticas» es la idea de que la familia es algo que las personas «hacen», más que algo que «tienen» o que «son» (Morgan, 2011a). Conlleva una idea de acción y la afirmación de que la vida familiar es un conjunto de actividades, más que una estructura estática con posiciones fijas, como la de «madre» o «padre». Las prácticas son «a menudo pequeños fragmentos de la vida diaria que forman parte de la existencia normal, dada por sentada, de quienes las practican» (Morgan, 1996: 190–1). Aunque a menudo se asocian a lo cotidiano, la esencia de las prácticas es que forman parte de la rutina de la vida familiar y se producen con cierta regularidad, ya sea diaria, semanal, mensual o anual (Morgan, 1996; 2011a). Morgan (1996) señala que las prácticas familiares tienen una dimensión emocional, así como un significado personal o moral, que da sentido a quienes las practican y a sus acciones. Ello no significa, sin embargo, que siempre se consideren en términos positivos; muchas prácticas se perciben como opresivas o restrictivas.

Uno de los objetivos originales al introducir las «prácticas familiares» era abordar la idea de uniformidad y rigidez implícita en el término «familia», tratando en cambio de reconocer que las familias son muy variables y cambian constantemente (Morgan, 2011a). Un aspecto de esta fluidez se aprecia en la manera en que la vida familiar está implicada en diversas instituciones sociales y en otras prácticas sociales, de modo que prácticas descritas como familiares pueden considerarse en otros términos. Por ejemplo, las prácticas de crianza pueden describirse también como prácticas de género. Las prácticas, así, «se funden y se superponen» unas con otras. Otro aspecto de esta fluidez es que las prácticas familiares no se limitan exclusivamente al hogar, sino que se llevan a cabo en situaciones y lugares diversos, incluidos algunos no asociados a la vida familiar (Morgan, 2011b). Por ejemplo, May (2023) muestra cómo la «familia» puede ponerse en acto en entornos y espacios públicos, lejos del hogar «familiar».

Aunque «la muerte nos llega a todos» (Almack, 2022: 227), sorprende lo poco que se reconoce la muerte en la investigación sociológica sobre las prácticas familiares, así como, de manera más general, en la bibliografía sociológica sobre la familia. Esta omisión podría deberse a la incongruencia percibida entre lo prosaico de la vida familiar cotidiana y la experiencia de ruptura que supone la muerte (Borgstrom et al, 2019), o a una «mirada plana» dentro de la sociología de la familia (May, 2023: 62). Una de las pocas referencias de Morgan (2011a: 6) al duelo sugiere que las prácticas familiares pretenden «transmitir una idea de la vida cotidiana, tanto en el sentido de los acontecimientos vitales que vive una proporción significativa de cualquier población (formar pareja, la parentalidad, la enfermedad, el duelo) como, igualmente, en el de las actividades que parecen anodinas, que apenas merece la pena comentar».

Al identificar el duelo como un «acontecimiento vital», se perpetúa la idea de que la muerte está desconectada de lo cotidiano. Sin embargo, un conjunto creciente de trabajos muestra que es posible, y de hecho provechoso, reconocer cómo se ponen en acto las prácticas familiares al final de la vida (Ellis, 2013; 2018; Borgstrom et al, 2019; Almack, 2022). Por ejemplo, Ellis (2018) explora la materialidad de la comida y del acto de comer para mostrar su significado social y simbólico para las personas que viven con una enfermedad terminal, mientras que Borgstrom et al (2019) ponen de relieve la fluidez de las prácticas familiares examinando su presencia fuera del hogar, en entornos institucionales como los cuidados paliativos. Aunque Almack (2022: 237) pretende ampliar la aplicación de las prácticas familiares de Morgan (1996) al «ámbito de la muerte y el morir», esto (como suele ocurrir) excluye las experiencias de duelo. Este artículo busca, por tanto, ampliar el concepto sociológico central de «prácticas familiares» mostrando que es posible comprender con mayor profundidad la manera en que algunas familias «hacen» familia, y el sentido que dan a sus acciones, si se reconoce que algunas prácticas deben entenderse en el contexto del duelo. Al reconceptualizar el duelo como una experiencia continua y no como un acontecimiento puntual, podemos ver la cotidianidad de las experiencias de duelo y reconocer el papel que desempeña en la orientación de las acciones de las personas. Se trata, pues, de una consideración importante que la sociología de la familia debe tener presente cuando intenta comprender cómo y por qué los miembros de una familia se relacionan entre sí de determinadas maneras.

El estudio

Este artículo se basa en una investigación que exploró cómo la muerte de un hermano y/o una hermana moldea e influye en la vida de quienes sobreviven a lo largo de su curso vital. El estudio adoptó una lente relacional para reconocer la multitud de relaciones en las que está inserta cada persona y examinar el papel de estos vínculos en la experiencia de duelo. Con este enfoque conceptual, era inevitable que el análisis condujera a aprender sobre la vida y las relaciones familiares. Como constataron Funk et al (2017), todas las personas participantes hablaron en profundidad de su relación con su madre y su padre (o con sus figuras parentales por alianza), mucho más que de cualquier otro vínculo de parentesco, y quedó claro que, de maneras diversas, las experiencias de duelo fraterno están muy influidas por esa relación (Marshall and Winokuer, 2017). Este artículo se centra, por tanto, en la relación entre las personas en duelo por un hermano o una hermana y sus progenitores (incluidos padrastros y madrastras), para reflejar la experiencia de las personas participantes y demostrar mejor los argumentos expuestos.

Un total de 36 personas participantes (en su mayoría blancas británicas), 9 hombres y 27 mujeres, residentes en Inglaterra, tomaron parte en una entrevista semiestructurada que duró, por término medio, de dos a tres horas cada una (véase el anexo A para una visión general de las personas participantes). Todas las muertes se produjeron cuando las personas participantes tenían entre 8 y 34 años, y estas tenían entre 19 y 66 años en el momento de participar. Aunque todas residen actualmente en Inglaterra, una se crio en México, otra en Estados Unidos, dos crecieron en Irlanda del Norte y una nació en Kuwait, pero de niña o niño vivió en distintos países de Oriente Medio. Todas salvo esta última vivían en su país de nacimiento en el momento de la muerte de su hermano o hermana. Se aplicó un enfoque de «autodefinición» en el reclutamiento, con métodos de muestreo oportunista y de bola de nieve para reducir al mínimo cualquier sensación de presión u obligación de participar en la investigación. El enfoque de autodefinición permitió también que cada persona interpretara su propia relación fraterna, lo que hizo posible incluir una gama diversa de vínculos, como hermanos o hermanas por alianza, de vínculo sencillo (medio hermanos) o adoptivos. Como «las personas en duelo» son un «grupo» no visible, no existían métodos sencillos o predefinidos de reclutamiento, por lo que se recurrió a diversos medios, entre ellos las redes sociales y una lista de distribución de voluntariado universitario, así como las organizaciones benéficas Child Bereavement UK, The Compassionate Friends y The Rotary Foundation. Debido a las vías de reclutamiento utilizadas, la inmensa mayoría de las personas participantes tenía formación universitaria y ejercía profesiones cualificadas. No se impuso ninguna restricción en cuanto a la causa de la muerte, pero debían haber transcurrido al menos cinco años desde el fallecimiento del hermano o la hermana. Las entrevistas tuvieron lugar en un sitio elegido por cada participante, en distintos puntos de Inglaterra, como cafeterías, su domicilio o el campus universitario, y un pequeño número por teléfono o Skype.

Aunque no se trataba explícitamente de entrevistas narrativas, se mantuvo una atención a lo narrativo durante toda la recogida de datos, que se desarrolló después en el proceso de análisis. Ello se debe a que los relatos permiten a las personas reflexionar sobre el valor y el sentido de sus experiencias y son, por tanto, un recurso útil cuando intentan dar sentido a su vida (Birch and Miller, 2000). Se utilizó el análisis temático para identificar temas en el conjunto de las transcripciones (Braun and Clark, 2006), aunque también se tuvieron en cuenta los relatos dentro de cada transcripción. Las transcripciones de las entrevistas se codificaron y analizaron, así, mediante un enfoque narrativo del análisis temático (Riessman, 2008). Se aplicó un enfoque «híbrido» de la codificación, que exigía equilibrar codificación inductiva y deductiva (Fereday and Muir-Cochrane, 2006). Estos códigos se organizaron en temas, que luego se volvieron a analizar para poder extraer relatos dentro de temas concretos, además de los identificados en cada entrevista.

Todos los aspectos de la investigación se ajustaron a las directrices éticas de la universidad, y el trabajo de campo se realizó tras obtener la aprobación ética. Se adoptaron varias medidas para garantizar el bienestar de las personas participantes: se les aseguró que no tenían que responder a ninguna pregunta que les resultara angustiosa, se les recordó su derecho a retirarse si la experiencia resultaba emocionalmente estresante y se les orientó hacia servicios de apoyo al duelo por si buscaban más ayuda. Se reconoce asimismo que investigar sobre el duelo puede ser emocionalmente exigente tanto para quien investiga como para quienes participan (véase Reed and Towers, 2021, para una discusión más amplia de la experiencia de la autoría a este respecto).

Resultados y discusión

Prácticas cotidianas

En las entrevistas se identificaron varias prácticas familiares cotidianas, pero la discusión se centra aquí en la comunicación entre madres y padres y la descendencia adulta superviviente. Esta era, con diferencia, la relación de la que más se hablaba, y la conceptualización de «familia» que las personas participantes adoptaban con más naturalidad. Este ejemplo muestra cómo el hecho de estar en duelo sigue moldeando e influyendo en la manera en que los miembros de la familia interactúan mucho tiempo después de una muerte.

Para muchas de las personas entrevistadas, la pérdida de su(s) hermano(s) y/o su hermana suscitó un nuevo sentimiento de cuidado y de responsabilidad hacia sus progenitores, vivido de forma tanto positiva como negativa, que tuvieron que negociar a lo largo de su curso vital. Los sentimientos adicionales de preocupación están bien documentados en la bibliografía sobre el duelo fraterno (Marshall and Winokuer, 2017) y se señalan como posible fuente de carga y de frustración (Funk et al, 2017). Este sentido acentuado de la responsabilidad lo vivían a menudo, aunque no siempre, con más intensidad quienes no tenían ningún otro hermano o hermana vivo. Como sostiene Kate (30): «Desde luego, cambia las cosas si sientes que eres todo lo que les queda en cuanto a hijos».

Entre quienes decían sentir la necesidad de apoyar a sus progenitores, uno de los rasgos clave era mantener una presencia reforzada, mediante un mayor nivel de contacto (tanto físico como verbal). Esto era así en el periodo inmediatamente posterior a la muerte del hermano o la hermana: «Sentía que tenía que llamarles todos los días. Me decían que no hacía falta, pero sí, tenía que hacerlo, tenía que llamarles todos los días» (Poppy, 35, en duelo desde hace cinco años), y también años después: «Me esfuerzo muchísimo, muy conscientemente, en mantener una comunicación regular con mi madre y en tener simplemente una relación muy buena con ella» (Kate, 30, en duelo desde hace 18 años).

Las personas participantes no atribuían a estas conversaciones bidireccionales ningún propósito específico más allá de «saber cómo estaban» y seguir formando parte de la vida de la otra persona. Morgan (2011b: 3) señala que «muchas prácticas familiares consisten en conversaciones o van acompañadas de ellas», a través de medios diversos como el teléfono, la videollamada o el correo electrónico. Poner en acto estas prácticas y orientarlas deliberadamente hacia otro miembro de la familia sirve para definir y reafirmar su posición como «familia», lo que muestra el trabajo que realizan las personas para construir y mantener la unidad familiar como entidad social significativa (Ribbens McCarthy, 2012). De hecho, al «buscar a otros miembros de la familia para mantener estas conversaciones, los vínculos familiares se reafirman y adquieren cierta significación» (Morgan, 2011b: 3). Así, aunque la intención principal de esta comunicación más intensa era que quienes habían perdido a un hermano o una hermana se mantuvieran en contacto con sus progenitores y conservaran un vínculo con ellos, integrar esta práctica familiar en su rutina diaria contribuía también a reafirmar su relación de progenitor e hijo o hija.

«Llamo a mi madre y a mi padre todos los días. Sí que quiero hablar con ellos, y en parte es también por mí, pero creo que también estoy siempre asegurándome de llamar y de que no estén solos… ese tipo de decisiones que tomo quizá son bastante pequeñas, pero las he metido en mi rutina… Creo que no sentiría ese sentido de la responsabilidad tan enorme como lo siento ahora.» (Brooke, 33, en duelo desde los 11 y los 17 años)

«Si no hubiera sido por la muerte de mi hermano, la vida sería completamente distinta. Seguiría en contacto, pero no me esforzaría tanto. Me esfuerzo como lo hago porque sé que no tienen a nadie más. Como él ya no está, he tenido que quedarme cerca de ellos, por así decirlo.» (Adam, 32, en duelo desde hace 18 años)

Tanto Brooke como Adam habían perdido a su hermano o hermana 18 años o más antes de la entrevista realizada para la investigación. Con un lapso de tiempo tan considerable desde esas muertes, es poco probable que una persona investigadora que no trabaje sobre el duelo considerara de entrada esta experiencia como un motor clave de sus acciones. Ello refleja una norma social más amplia según la cual el reconocimiento de quienes han vivido una muerte en la familia se desvanece con el tiempo (Baddeley and Singer, 2009). Las acciones más indicativas del duelo son revisitar los recuerdos, cuidar la tumba y honrar la memoria de la persona fallecida (Klass et al, 1996). Por ello, es poco probable que la muerte del hermano o la hermana y el duelo posterior se identificaran de inmediato como la influencia determinante de la necesidad de Brooke de comunicarse todos los días y de la insistencia de Adam en mantener la comunicación en condiciones tensas. Aunque la fluidez de las prácticas familiares implica que estos comportamientos podrían ser a la vez prácticas de duelo y de comunicación (Morgan, 1996; 2011a), aquí se sugiere que se comprenden mejor como prácticas familiares inscritas dentro del contexto del duelo. Quizá sea Dan (46, en duelo desde hace 21 años) quien mejor formula esta idea: «Ya no está en primer plano en mi cabeza, pero es uno de esos filtros a través de los cuales veo el mundo. Tengo varias cosas que condicionan mis reacciones ante las cosas, y la muerte de mi hermana es una de las principales».

En palabras de Dan, el duelo se ha convertido en la lente a través de la cual pueden reconocerse a menudo sus pensamientos, sentimientos y comportamientos. Es este sentir el que explica cómo las prácticas familiares cotidianas pueden comprenderse mejor cuando se reconocen en un contexto más amplio que incluye la muerte. Al reconocer la presencia continua del duelo familiar a largo plazo y situar las prácticas familiares en estas experiencias pasadas, se hace posible comprender mucho mejor los objetivos y las motivaciones de los miembros de la familia. Esto, a su vez, ofrece a la sociología una visión más clara de la vida familiar, incluida la manera en que los miembros de la familia se relacionan entre sí.

Acontecimientos vitales

Más allá de sus prácticas familiares cotidianas, las personas participantes reconocieron que la muerte de su hermano o hermana había influido a la hora de tomar decisiones importantes, por ejemplo sobre mudarse de casa o tener hijos. Samantha (41, en duelo desde hace siete años) habló de su deseo de tener hijos, en parte por su madre y su padre: «Quiero asegurarme de que haya una familia ahí y de que mis padres vuelvan a tener algo que les haga felices, algo que esperar con ilusión». Esto coincide con los resultados de Funk et al (2017: 10), que también constataron que las personas participantes «expresaban sentir cierta presión para tener hijos […] porque sentían que sus padres necesitaban un nieto». Aunque decisiones tan importantes no son prácticas familiares en el sentido cotidiano del que más se habla, entran en el ámbito definido por Morgan (2011a: 6) como acontecimiento vital «que vive una proporción significativa de cualquier población». Se reconoce, no obstante, que el resultado de estas decisiones acabaría moldeando inevitablemente también sus prácticas familiares cotidianas.

«Hace años tuvimos la oportunidad de irnos a vivir a Estados Unidos y no nos fuimos. No podíamos dejar a mi madre y a mi padre, ¿sabes?, porque se habrían quedado solos y dependían muchísimo de nosotros… Ella [la madre] se disgustaba con mucha facilidad y cualquier cosa valía con tal de tener la fiesta en paz. Le decía a todo el mundo que, si no hubiera sido por mí y por los niños, cree que ella y mi padre se habrían quitado la vida, y siempre decía que éramos nosotros los que la manteníamos en pie.» (Claire, 64, en duelo desde hace 41 años)

«Diría sin duda que contribuyó a que volviera, porque no conseguía asentarme, tenía muchísima morriña y luego estaba todo eso de, con mis padres, ¿estarán bien?, tener que llamarles todos los días, sería mucho más fácil si estuviera en casa, y todo lo demás.» (Poppy, 35, en duelo desde hace cinco años)

La elección de Poppy estuvo guiada en parte por el deseo de estar más cerca de su familia para buscar su apoyo y encontrar consuelo en lo conocido, pero también era consciente de que aligeraría la carga de cuidado que sentía. Debido a la reducción progresiva de la asistencia social, el cuidado de los progenitores que envejecen se percibe cada vez más como responsabilidad de los miembros de la familia, por lo general de las hijas e hijos adultos (Silverstein et al, 2006). Por ello es habitual que se tenga en cuenta (en distinta medida) a los progenitores cuando se toman decisiones sobre un traslado, sobre todo si su cuidado recae en una sola hija o un solo hijo (Shelton and Grundy, 2000). Aunque esta preocupación suele surgir por la enfermedad o el envejecimiento de los progenitores, tanto Claire como Poppy eran jóvenes adultas en el momento de (no) mudarse, y ninguna de las dos mencionó la salud o la edad de su madre y su padre como motivo de preocupación. Si bien a Claire y a Poppy las movía la necesidad de apoyar a sus progenitores, en última instancia la causa profunda de esta inquietud era la muerte de su hermano.

«Ese fue el motivo por el que volvimos al pueblo, para estar cerca de mi madre y de mi hermana, porque sabíamos que necesitarían apoyo… durante todo aquello y después, llevarnos a mi madre de vacaciones y cosas así, no sé si compensar es la palabra, pero, bueno, intentar sacar lo mejor de una mala situación en lugar de dejarla sola y que tuviera que sobrellevarlo sola.» (Ray, 56, en duelo desde hace 22 años)

Las palabras de Ray muestran una conciencia de la larga duración del duelo, ya que quiso estar presente para su madre a lo largo del tiempo, no solo en el periodo inmediatamente posterior a la muerte de su hermana. Su disposición a mudarse y a integrar a su madre en las actividades planificadas muestra que aceptaba sus nuevas obligaciones, con la expectativa de que continuarían mucho tiempo en el futuro. En cada uno de estos ejemplos, las personas participantes identificaron la muerte de su hermano o hermana como la causa de su preocupación y un factor importante en su toma de decisiones. En conjunto, por tanto, el duelo puede moldear continuamente las prácticas familiares, tanto en el sentido cotidiano y prosaico como en el de los acontecimientos vitales, que se producen con menos frecuencia.

Mantener las prácticas entre familias

La discusión ha ilustrado hasta aquí cómo las prácticas familiares cotidianas, así como los acontecimientos vitales importantes, pueden estar inscritas en experiencias de duelo. Para sostener este argumento, el foco se ha centrado en la relación entre los progenitores y la descendencia adulta superviviente. Sin embargo, las relaciones entre progenitores e hijos «no excluyen otras relaciones» (Chambers et al, 2009: 36). De hecho, muchas de las citas de participantes recogidas en este artículo aludían a parejas e hijos, pero hasta ahora se ha pasado por alto el efecto de ello en esas relaciones y en las prácticas compartidas. La discusión aborda ahora esta omisión y muestra cómo las prácticas familiares se cruzan y se negocian entre «familias».

«Lo he pensado desde entonces, y él [el marido] siempre fue estupendo con mi madre y mi padre, porque eso los volvía aún más sobreprotectores conmigo… Mi marido fue sencillamente maravilloso, hasta el final [de la vida de sus padres], porque sabía cuánto dependían de mí.» (Claire, 64, en duelo desde hace 41 años)

«¿Qué piensa él [el marido] de todo esto? Sí, no sé, creo que como, ya sabes, llevamos tanto tiempo juntos, es un poco lo normal, ¿no?... Lo sabe y me apoya con todo eso, pero en cierto modo intenta, me ayuda a salir también de parte de todo eso.» (Brooke, 33, en duelo desde los 11 y los 17 años)

«Soy el único que se esfuerza, y no me importa esforzarme, pero si llega un punto en que estamos limitando nuestra vida, por ejemplo si tenemos familia y todo eso, si alguna vez se llega a ese punto, creo que eso pasará por delante de lo que he estado haciendo hasta ahora.» (Adam, 32, en duelo desde hace 18 años)

Aunque no es un problema importante en el presente, Adam preveía dificultades en el futuro y sugiere que tener hijos será el momento en que reconsidere sus compromisos. Ello pone de relieve la idea de que la vida familiar está «en constante cambio» (Morgan, 2011a: 3) y de que «las maneras de hacer familia que les permitían salir adelante en etapas anteriores del curso vital pueden haber dejado de estar presentes» (Chambers et al, 2009: 35). Las personas deben, por tanto, encontrar nuevas maneras de gestionar sus prácticas familiares que se ajusten a su situación cambiante. Lo crucial para este artículo, sin embargo, es reconocer que el duelo moldea e influye en el margen del que disponen las personas para transitar entre estas presiones superpuestas. Por ejemplo, el sentimiento de obligación familiar hace difícil simplemente «desentenderse» en tiempos difíciles (Finch and Mason, 1993); hermanos y hermanas sienten a menudo la presión de los relatos públicos que dan prioridad a las madres y los padres en duelo (Goldman, 2017), y los progenitores pueden volverse protectores con la descendencia superviviente tras la muerte de una hija o un hijo (Rosenblatt, 2000). En conjunto, por tanto, hay que reconocer que el duelo puede ser una presencia dominante, aunque sutil, en la configuración y la gestión de las prácticas familiares. Esta influencia debe reconocerse si la sociología de las familias, las relaciones y la vida personal quiere comprender plenamente cómo y por qué algunos miembros de la familia se relacionan como lo hacen.

Conclusión

La muerte altera para siempre las maneras en que los miembros de una familia se relacionan entre sí. A medida que los roles se desplazan y las responsabilidades cambian, el duelo puede influir en la manera en que se «hace» familia a lo largo del tiempo. Se reconoce cada vez más que las relaciones familiares son el contexto en el que se vive la pérdida individual. Este artículo, sin embargo, ha reorientado esta discusión para sugerir que el duelo puede ser el contexto en el que se sitúan habitualmente la vida y las relaciones familiares. Ello se debe a que las prácticas cotidianas y prosaicas, así como los acontecimientos vitales importantes, pueden seguir estando informados e influidos por la muerte de un miembro de la familia mucho tiempo después. Los ejemplos del mantenimiento de la comunicación y de la mudanza se han utilizado para ilustrar este punto, pero podría recurrirse a toda una serie de actividades adicionales. Sin embargo, el paso del tiempo y el desplazamiento de las familias de origen a las familias elegidas implican también que las personas pueden tener que gestionar prácticas familiares múltiples y superpuestas. La manera en que se negocian estas decisiones puede, una vez más, estar muy influida por aspectos de la experiencia de duelo. Con estos argumentos, este artículo aporta a los debates más amplios sobre la obra de Morgan (1996; 2011a) el primer examen de las prácticas familiares en el contexto del duelo fraterno, y subraya la importancia de reconocer el papel de la muerte cuando se intenta comprender la vida familiar.

Aunque la contribución principal de este artículo es el valor de situar a las familias en el contexto de su duelo, una contribución secundaria es que hace avanzar el conocimiento y la comprensión de las experiencias de duelo fraterno. Tras la muerte de su hermano y/o hermana, quienes sobreviven sienten a menudo un deber de cuidado y de responsabilidad hacia sus progenitores, vivido de maneras complejas y contradictorias (Towers, 2022). Los ejemplos de comunicación y de toma de decisiones discutidos en este artículo giran en gran parte en torno a estos sentimientos continuos de cuidado, de modo que los argumentos aquí expuestos siguen componiendo un retrato de este aspecto fundamental del duelo fraterno. Ponen también de relieve la naturaleza relacional y temporal del duelo, lo que muestra la necesidad de que los estudios sobre la muerte reconozcan más la importancia de estos conceptos en las experiencias de duelo.

Aunque las familias son fluidas y pueden estar formadas por una multitud de relaciones (Morgan, 1996; Smart, 2007), aquí se utiliza la relación entre progenitores (incluidos padrastros y madrastras) e hijos (adultos) como estudio de caso ilustrativo. Los ejemplos presentados se refieren a personas que han perdido a un hermano o una hermana y se centran en cuestiones propias de esa pérdida, pero su examen sirve para plantear una cuestión más amplia sobre las prácticas familiares. Las madres y los padres pueden experimentar sentimientos similares de responsabilidad acentuada hacia la descendencia superviviente (Rosenblatt, 2000), por lo que es probable que ideas similares puedan explorarse a través de la lente del duelo parental. Sin embargo, la pérdida de un miembro de la familia significa cosas distintas para personas distintas, de modo que las experiencias y los efectos de la pérdida varían según la naturaleza de esas relaciones (Walter, 2020).

En conjunto, el objetivo central de este artículo es poner de relieve que la toma de decisiones relativa a las prácticas familiares puede estar muy marcada por el duelo durante muchos años después de la muerte. Si se tiene esto en cuenta y se reconoce la posible presencia de la muerte en las relaciones entre vivos, la sociología de las familias, las relaciones y la vida personal puede llegar a comprender mucho mejor las maneras en que las personas se relacionan entre sí y transitan el «hacer» familia. La aplicación generalizada de este artículo está limitada por estar centrado en normas y valores británicos, sobre todo porque las expectativas normativas sobre la relación fraterna varían entre países y culturas (véase Edward, 2010). De hecho, se reconoce que las personas participantes en el estudio son principalmente blancas británicas y con un alto nivel de estudios, factores que tienen implicaciones importantes para la manera en que se entienden la «familia» y las relaciones fraternas. Pese a estas limitaciones, la idea de que el duelo sigue influyendo en la vida familiar se mantiene intacta, y sigue estando claro que queda más por aprender sobre las relaciones familiares si se siguen reforzando los vínculos entre los estudios sobre la muerte y la sociología general.

Anexo A

Tabla — Visión general de las personas participantes

Seudónimo de la persona participante; edad de la persona participante entonces/en el momento de la entrevista; tipo de vínculo con el hermano o la hermana fallecidos*/edad en el momento de la muerte; otros hermanos o hermanas vivos.

  • Jane. 20/29; hermano, 22; 2 hermanos menores.
  • Andy. 8/40; hermana, 13; ninguno.
  • Peter. 30/60; hermana, 32; 3 hermanas mayores, 1 hermano mayor.
  • Jackie. 29/35; hermano, 25; ninguno.
  • Adam. 14/32; hermano, 16; ninguno.
  • Kate. 12/30; hermano, 21; 1 hermano mayor.
  • Amber. 15/20; hermano, 18; ninguno.
  • Becky. 19/30; hermano, 17; ninguno.
  • Martin. 20/37; hermano, 27; ninguno.
  • Claire. 23/64; hermano, 16; ninguno.
  • Ray. 34/56; hermana, 28; ninguno.
  • Holly. 17/50; hermano, 15; ninguno.
  • Theresa. 24/56; hermano, 21; ninguno.
  • Pat. 11/48; hermano, 4; 1 hermana mayor, 1 hermana menor, 1 hermano menor.
  • Melissa. 12/19; hermano, 18; 2 hermanas mayores, 1 hermana menor.
  • Ruth. 22/35; hermano, 24; ninguno.
  • Frances. 34/48; hermana, 39; 1 hermano menor.
  • Gayle. 27/66: hermano, 22; 51/66: hermana, 49; ninguno.
  • Samantha. 34/41; hermano, 38; ninguno.
  • Phoebe. 14/44: hermana, 19; 30/44: hermano, 32; ninguno.
  • Charlotte. 30/60; hermana, 33; 1 hermano mayor, 1 hermano menor, 3 hermanas menores.
  • Asim. 16/32; hermana, 28; 5 hermanas mayores.
  • Britney. 17/25; hermano, 19; ninguno.
  • Tony. 30/41; hermana, 33; ninguno.
  • Poppy. 30/35; hermano, 27; ninguno.
  • Bella. 16/55; hermano, 21; 1 hermano mayor.
  • Beth. 16/22; hermano, 18; ninguno.
  • Brooke. 11/33: hermano, 18; 17/33: hermano, 18; ninguno.
  • Philippa. 14/19; hermana, 0; 1 hermana mayor, 2 hermanas menores.
  • Viv. 18/30; hermano, 17; 1 hermano menor, 2 hermanas menores.
  • Abi. 12/61: hermano, 23; 20/61: hermano, 16; ninguno.
  • Dan. 25/46; hermana, 23; 1 hermana menor.
  • Mary. 12/33; hermana, 23; 1 hermano mayor.
  • Rosa. 17/30; hermana, 5; 1 hermano mayor, 1 hermana menor.
  • Adele. 25/34; hermana, 27; 4 hermanas mayores.
  • Ashley. 31/61; hermana gemela idéntica, 31; ninguno.

Nota: * Los vínculos por alianza, de vínculo sencillo o adoptivos no se especifican, por respeto a las personas participantes que se identificaron como «hermanos o hermanas».

Complexe Systémique: puntos clave

El artículo desplaza la mirada de forma útil: en lugar de preguntarse cómo ayuda la familia a sobrellevar el duelo, muestra cómo el duelo organiza la familia, a veces veinte o cuarenta años después. Una llamada diaria a la madre y al padre, una mudanza al extranjero a la que se renuncia, un regreso al pueblo, un hijo deseado «para ellos»: actos corrientes que, vistos desde fuera, no llevan rastro alguno de la muerte, pero que las personas entrevistadas vinculan directamente con la pérdida de un hermano o una hermana. Para la práctica sistémica, es una invitación a explorar estas lealtades discretas, a preguntar qué cambió en el lugar de cada cual tras una muerte y a reconocer la carga que recae en la hija o el hijo que queda, sobre todo cuando no hay otro, sin reducirla a una patología. Las parejas entran también en juego, hasta la tensión entre familia de origen y familia elegida. Los límites son los de una muestra británica, blanca, con alto nivel de estudios y autoseleccionada, y los de un análisis centrado en los relatos de la fratría, sin la voz de los progenitores. Para leer junto con el artículo sobre un enfoque narrativo del trabajo grupal con familias en duelo y el artículo sobre la experiencia emocional de la parentificación.

Notas del original

Financiación. La investigación fue financiada por una beca de estudios del Economic and Social Research Council (n.º ES/J500215/1).

Agradecimientos. Un enorme agradecimiento a las 36 personas que, tras perder a un hermano o una hermana, participaron en la investigación. Gracias también a Lauren White por sus comentarios sobre un primer borrador, y a las personas revisoras por sus útiles comentarios y sugerencias.

Conflicto de intereses. La autoría declara que no existe ningún conflicto de intereses.

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Traducción no oficial al español de ‘There’s a huge hole left in the middle of the family’: locating family practices within the context of (sibling) bereavement, de Laura Towers, Families, Relationships and Societies, vol. 14, n.o 2 (2025), doi: 10.1332/204674324x17068706068793, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra ha sido modificada en el sentido de la licencia (traducción, tabla presentada como lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

El artículo original, «‘There’s a huge hole left in the middle of the family’: locating family practices within the context of (sibling) bereavement», se publicó en Families, Relationships and Societies (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Esta versión española es una traducción no oficial de Complexe Systémique, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial y adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Towers, L. (2025). ‘There’s a huge hole left in the middle of the family’: locating family practices within the context of (sibling) bereavement. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/theres-a-huge-hole-in-the-middle-of-the-family-family-practices-and-sibling-bereavement (Obra original publicada en 2024 en Families, Relationships and Societies, 14(2), 177-193 (2025); republicada en 2025 por Families, Relationships and Societies, https://bristoluniversitypressdigital.com/view/journals/frs/14/2/article-p177.xml)

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