Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
The British Journal of Social Work · Trabajo social
¿Marcan las competencias relacionales de las y los profesionales del trabajo social una diferencia para las familias? Mediante la observación y la grabación de una visita domiciliaria en cada una de 127 familias londinenses, y la medición de su situación seis meses después, el equipo de Donald Forrester ofrece una de las primeras respuestas cuantitativas. La construcción de la relación favorece la implicación parental, pero la «buena autoridad» y la evocación de la motivación parecen ser lo que más pesa en los resultados para las familias, sobre todo cuando el contacto se mantiene en el tiempo.
Traducción no oficial al español de What Is the Relationship between Worker Skills and Outcomes for Families in Child and Family Social Work?, de Donald Forrester, David Westlake, Mike Killian, Vivi Antonopolou, Michelle McCann, Angela Thurnham, Roma Thomas, Charlotte Waits, Charlotte Whittaker y Douglas Hutchison, publicado en The British Journal of Social Work (Oxford University Press) (2019), doi: 10.1093/bjsw/bcy126, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas; los agradecimientos, la financiación y la declaración de conflicto de intereses se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Lo decisivo no es, por tanto, autoridad frente a cuidado, sino profesionales con más competencia frente a profesionales con menos.
Donald Forrester et al.
Resumen
Las competencias comunicativas son fundamentales en el trabajo social y, sin embargo, pocos estudios han evaluado directamente su impacto. En este estudio exploramos la relación entre competencias y resultados en 127 familias. Se llevó a cabo una observación de la práctica en el segundo o tercer encuentro con cada familia. La calidad de la práctica se evaluó en relación con siete competencias, agrupadas en tres dimensiones: construcción de la relación, buena autoridad y evocación de la motivación intrínseca. Los resultados, a los seis meses aproximadamente, fueron la implicación referida por las figuras parentales (Working Alliance Inventory), la Goal Attainment Scaling (GAS), una valoración de la satisfacción con la vida familiar en once puntos, la Family Environment Scale y el General Health Questionnaire, así como los resultados de servicio extraídos de los registros de la institución, entre ellos el ingreso de niños y niñas en el sistema de protección. Las competencias de construcción de la relación predijeron la implicación referida por las figuras parentales, aunque la buena autoridad y la evocación mostraron relaciones más fuertes con las medidas de resultado. Cuando las y los profesionales visitaban a las familias con más frecuencia, las relaciones entre competencias y resultados eran más fuertes, en parte porque su implicación era mayor y en parte porque esas familias tenían más probabilidades de presentar problemas importantes. La relación entre competencias y resultados resultó compleja, aunque los hallazgos aportan indicios alentadores de que las competencias clave del trabajo social influyen en los resultados para las familias.
Se acepta en general que la manera en que las y los profesionales del trabajo social hablan con las personas es importante. Varios manuales de trabajo social están dedicados a la comunicación y al trabajo eficaz con las personas, y todas las guías introductorias a la profesión prestan al menos cierta atención a cómo hablar con quienes utilizan los servicios (véanse Coulshed y Orme, 2006; Davies, 2007; Koprowska, 2014; Payne, 2015). Sin embargo, hay relativamente poca investigación centrada directamente en la práctica, y no hemos podido identificar ningún estudio que explore la relación entre las competencias prácticas y los resultados. Es esta laguna la que el presente estudio intenta colmar.
En el trabajo social con la infancia y la familia, la importancia de un trabajo directo eficaz ha recibido una atención creciente en los últimos años. Se han criticado ampliamente los intentos de reformar los servicios centrados en las políticas y los procedimientos, y numerosas voces han sostenido que el trabajo social debería centrarse más en construir relaciones de ayuda eficaces (Ferguson, 2011; Munro, 2011; Featherstone et al., 2014). En su informe clave para el gobierno inglés, Munro subrayó la importancia central de una práctica basada en la evidencia y en la relación para un trabajo social eficaz con la infancia y la familia: «La competencia para establecer relaciones es fundamental para obtener la información que ayuda a las y los profesionales del trabajo social a comprender qué problemas tiene una familia, así como para implicar al niño o la niña y a la familia y trabajar con ellos para promover el cambio» (Munro, 2010, p. 88, énfasis en el original).
El énfasis de Munro en la práctica directa ha tenido eco entre el mundo académico, profesionales y responsables de los servicios para la infancia del Reino Unido. Sin embargo, aunque Munro cita varios estudios pertinentes en apoyo de su convicción, ninguno de ellos examina directamente lo que ocurre cuando las y los profesionales del trabajo social se encuentran con madres, padres o niños y niñas. De hecho, existen pocos estudios de este tipo.
Una excepción es la obra seminal de Ferguson, basada en la observación de encuentros entre profesionales del trabajo social y familias (Ferguson, 2011, 2016a, 2016b, 2016c, 2016d). Sus estudios ponen de relieve la naturaleza compleja de este trabajo, subrayando el contexto físico (incluidos los sonidos y los olores), el contenido emocional (incluidos el miedo, la repulsión y otras emociones intensas) y el reto de gestionar las múltiples exigencias del rol (entre ellas la construcción de la relación y el uso adecuado de la autoridad). La obra de Ferguson ofrece algunas claves esenciales para pensar el trabajo social con la infancia y la familia. Al describir tres entrevistas en las que, a su juicio, el niño o la niña se volvió «invisible», ilumina los poderosos procesos contextuales y emocionales que pueden conducir a ello (Ferguson, 2016a). A lo largo de sus artículos se hace patente lo desordenado que es el trabajo social. Una contribución particular de Ferguson es identificar y describir el concepto de «buena autoridad»: el uso adecuado, sensible pero firme, del poder sancionado por el Estado y ejercido por la o el profesional del trabajo social dentro de la relación (Ferguson, 2011). Se trata de un elemento propio del trabajo social en estos encuentros, crucialmente distinto de la concepción a menudo terapéutica del trabajo que subyace a muchos métodos de intervención descritos en los manuales de trabajo social.
Ruch y su equipo, que concluyeron recientemente un proyecto sobre el trabajo directo con niños y niñas (Winter et al., 2016; Ruch et al., 2017), aportaron otro ejemplo de investigación empírica sobre la práctica directa con las familias. Este estudio, al igual que el de Ferguson, puso de manifiesto la complejidad del «trabajo directo» con niños y niñas, tanto en la manera en que hay que negociar con las familias el espacio y el tiempo que requiere como, sobre todo, en los motivos compuestos de ese trabajo. A veces cuasiterapéuticas, otras veces de investigación, en ocasiones explicativas y quizá con mayor frecuencia destinadas únicamente a comprender mejor a un niño o una niña y sus circunstancias, las razones de estas conversaciones son complejas. El trabajo de Ruch et al. ofrece una visión vívida de esta complejidad.
Hall y su equipo también han observado directamente la práctica. Sus estudios han implicado un análisis minucioso de las interacciones dentro de un marco, en sentido amplio, de análisis de la conversación. Con este enfoque han explorado conceptos como la resistencia de profesionales y de madres y padres, y la manera en que las descripciones de categoría (como ser una buena madre) se utilizan y se crean en la conversación (Hall, 2003; Hall et al., 2006, 2013).
Los trabajos de Ferguson, de Hall y de Ruch, Winter, Cree y sus equipos recurren a profesionales que se ofrecen voluntariamente a ser observados y analizan la práctica de forma cualitativa para ofrecer descripciones y comprensiones ricas. En este sentido, la presente investigación, que emplea una estrategia de muestreo y de análisis diferente, aporta datos complementarios a los de esos estudios. En particular, el presente estudio recurre al análisis cuantitativo para examinar la relación entre las competencias clave del trabajo social y los resultados para las familias. Cuenta además con una muestra de observaciones más representativa, ya que se esperaba que se pidiera permiso para una observación a todas las familias, aunque, por supuesto, el número de observaciones varió considerablemente de una persona profesional a otra, lo que sugiere que algunas eran reacias a ser observadas. Aun así, es probable que sea más representativa que una investigación realizada únicamente con profesionales que eligen activamente participar.
Se trata de una laguna importante en nuestra comprensión de la práctica del trabajo social. Aun cuando exista un amplio consenso sobre las competencias clave del trabajo social, y esto no es seguro, un consenso no constituye una base empírica. Lo que falta en nuestra base de conocimientos actual es una comprensión de la relación entre las competencias clave y unos resultados significativos. Saber más sobre la naturaleza de esta relación probablemente tendrá implicaciones importantes para la manera en que desarrollamos la formación en trabajo social y prestamos los servicios. Podría incluso influir en la naturaleza de las competencias que consideramos centrales en el trabajo social. Resulta por tanto sorprendente, y quizá preocupante, que no dispongamos actualmente de ninguna evidencia empírica que vincule competencias y resultados. Es esta laguna la que el presente estudio intenta colmar. La pregunta de investigación es, por tanto: ¿qué relación existe entre las competencias clave del trabajo social y los resultados para las familias en el trabajo con la infancia y la familia?
Este artículo presenta datos recogidos en el marco de un ensayo controlado aleatorizado (RCT, por sus siglas en inglés) que evaluó el impacto de una formación y una supervisión en entrevista motivacional (MI, por sus siglas en inglés) sobre las competencias de las y los profesionales del trabajo social, la implicación de las figuras parentales y otras medidas de resultado clave. Los resultados del RCT se presentan en otro lugar (véase Forrester et al., 2018). En síntesis, el estudio constató que el conjunto de formación y supervisión aumentaba las competencias en MI de las y los profesionales en aproximadamente medio punto en una escala de cinco puntos. Se trataba de una diferencia estadísticamente significativa entre los grupos, aunque no pareció influir en los resultados para las familias.
Este estudio utiliza la muestra completa para explorar la relación entre las competencias profesionales y los resultados. Uno de los problemas del RCT era que sabemos poco sobre la relación entre competencias y resultados: se daba por supuesto que una mayor competencia mejoraría los resultados, pero puede que no sea así, y no sabemos nada sobre la magnitud de esa relación. El presente artículo intenta responder a estas preguntas.
El estudio se llevó a cabo en una única autoridad local (LA) de Londres en 2012-2013. La LA contaba con seis equipos Child in Need (CIN, infancia en situación de necesidad), cada uno de los cuales cubría una zona geográfica, con un total de cuarenta y ocho profesionales del trabajo social. Los equipos contaban también con diversos perfiles especializados (por ejemplo, para la prisión o el hospital) que no formaron parte del estudio. En esta LA, un equipo de recepción filtraba todas las derivaciones, y las que requerían la intervención de profesionales del trabajo social se transmitían a los equipos CIN para su asignación.
Los datos se recogieron mediante un encuentro observado y grabado entre la o el profesional del trabajo social y la familia, y una entrevista de investigación con las figuras parentales poco después de esa observación ((T1), dos a cuatro semanas después de la asignación). Cuando fue posible, se realizó una entrevista de investigación de seguimiento aproximadamente veinte semanas después (T2). Además, se recogieron datos de los registros informatizados sobre resultados familiares clave a nivel del servicio (como el ingreso de niños y niñas en el sistema de protección o el cierre del expediente). Esto se hizo seis meses después de la primera entrevista de investigación (T3), de modo que T3 se situó, en promedio, seis semanas después de T2.
La Figura 1 presenta el flujo de participación en el estudio. Combina los datos de las dos condiciones del RCT (profesionales con formación y supervisión en MI y profesionales sin ellas). La muestra difiere de la del RCT porque (i) en una familia los datos se recogieron antes de la aleatorización y fue excluida del RCT, y (ii) las familias cuyo profesional de referencia cambió antes de T2 se excluyen de este análisis (ya que hay menos motivos para pensar que existiría un vínculo entre la competencia de la o el profesional y los resultados).

La muestra del estudio estaba compuesta por todas las familias que recibieron tres o más visitas de la o el profesional asignado (con el fin de excluir a las familias con un contacto mínimo). Se esperaba que las y los profesionales del trabajo social preguntaran a las familias si querían participar en el estudio, y a una proporción elevada de familias se le propuso participar (67 %). De las familias a las que se preguntó, alrededor de dos tercios aceptaron la observación de una entrevista de investigación. Se excluyó a las familias asignadas a profesionales especializados (por ejemplo, para la prisión o el hospital). Se excluyó a un pequeño número de familias porque la dirección tuvo que anular la aleatorización (esto ocurría cuando no era posible asignar la familia a la condición elegida, generalmente por ausencias de profesionales). Se produjeron pérdidas adicionales en el caso de familias que no deseaban realizar una entrevista de investigación tras la observación y de familias que se negaron a las entrevistas de T2 o no pudieron ser localizadas (véase el diagrama de flujo de la Figura 1). La Tabla 1 resume la información demográfica y de servicio clave sobre la muestra.
Tabla 1 — Datos de las familias (n = 127)
SD, desviación estándar.
Se recogieron tres tipos de datos de las familias. En primer lugar, las familias dieron su consentimiento para que el equipo de investigación observara una visita domiciliaria con la o el profesional del trabajo social. La visita domiciliaria observada (T1) era por lo general la segunda o la tercera visita de la o el profesional tras la asignación del caso. También se pidió permiso a las familias para grabar en audio la visita. En las entrevistas grabadas se codificaron siete dimensiones de la competencia profesional, que luego se simplificaron en una descripción de las competencias clave en tres factores.
De las siete dimensiones, cuatro procedían de conceptos de la MI y se midieron con el manual Motivational Interviewing Treatment Integrity (versión 3.1) (MITI; Moyers et al., 2010). Eran las siguientes:
Además, los elementos de la práctica del trabajo social más directamente relacionados con otros aspectos del rol, como el hecho de que el niño o la niña es el foco principal y de que es necesario un uso adecuado de la autoridad, estaban ausentes del esquema de codificación de la MI. Tras un proceso de desarrollo que incluyó una revisión de la literatura, grupos focales con personas expertas y una fase piloto (véase Whittaker et al., 2016 para más información), se elaboraron las siguientes dimensiones adicionales de la práctica:
Cada una de las siete dimensiones se codifica en una escala de cinco puntos para el conjunto de la sesión, siendo 3 el «ancla» o punto de partida, y la práctica se valora como más o menos competente que ese punto. Se proporcionan descriptores para cada variable, con más detalle en Whittaker et al. (2016). Además de dar cuenta del desarrollo de las medidas, Whittaker et al. (2016) informan de un alto grado de fiabilidad interjueces en la codificación de estas siete dimensiones de la competencia práctica, aunque es importante señalar que alcanzar esa fiabilidad exigió una formación extensa y una verificación constante de la coherencia.
En un análisis independiente con la presente muestra, realizamos un análisis factorial que permitió una presentación más sencilla de las competencias, sobre todo porque muchas estaban correlacionadas positivamente entre sí. Se describe en detalle en un artículo de próxima publicación (Forrester et al., en prensa). Este análisis identificó una solución de tres factores para describir las competencias de las y los profesionales del trabajo social. El primer factor era una media de empatía, colaboración y autonomía. Describe lo que hemos llamado competencias de «construcción de la relación». El segundo factor combinaba intencionalidad, foco en el niño o la niña y claridad sobre las preocupaciones. Parece representar lo que Ferguson denominó «buena autoridad» y, con su permiso, lo llamamos así. Por último, la evocación es una variable aparte. Solo es posible codificarla cuando se habla de un cambio de comportamiento de las figuras parentales, ya que es la única variable asociada directamente al apoyo al cambio de comportamiento en la madre o el padre. Presentamos, por tanto, la relación con los resultados en función de estas tres dimensiones de la competencia:
Para facilitar la presentación, las puntuaciones de «construcción de la relación» y de «buena autoridad» se dividieron entre tres para obtener puntuaciones comprendidas entre 1 y 5.
Este cuestionario de T1 se completaba poco después de la observación con la familia, a menudo inmediatamente después y normalmente en las veinticuatro horas siguientes. El cuestionario de entrevista a la familia de T2 repetía la mayoría de las medidas de T1.
Se recogió información sobre la composición del hogar, la edad de los miembros de la familia y la raza o etnia.
Elegimos el Working Alliance Inventory en su forma abreviada (WAI-S; Horvath y Greenberg, 1989) como medida principal para evaluar la implicación parental, por su facilidad de aplicación y su amplio uso en los estudios centrados en el counselling (Hanson et al., 2002). El WAI concibe la implicación en tres componentes, a saber, el «vínculo» (la calidad de la relación), los «objetivos» (grado de acuerdo sobre las metas del trabajo) y las «tareas» (medida en que la madre o el padre lleva a cabo tareas para alcanzar los objetivos) (Horvath y Greenberg, 1989). En este estudio, la medida principal es la puntuación total del WAI-S cumplimentado por la madre o el padre.
La GAS pide a las figuras parentales que identifiquen la cuestión más apremiante para su familia y unos niveles de cambio específicos y medibles (de +3 a –3) de aquí a T2. Este enfoque permite una identificación amplia, fiable y válida, por parte de las figuras parentales, de las cuestiones y objetivos propios de cada familia (Palisano et al., 1992; King et al., 2000).
El GHQ (Goldberg y Williams, 1988; Goldberg et al., 1997) es una medida del riesgo elevado de trastornos psiquiátricos comunes, como la ansiedad y la depresión, y del malestar psicológico leve. La versión abreviada del GHQ contiene doce ítems, cada uno con cuatro opciones de respuesta (codificadas de 0 a 3), en la que las puntuaciones más altas indican niveles más elevados de malestar psíquico. Las opciones de respuesta tienen anclajes semánticos del tipo «Mejor que de costumbre», «Igual que de costumbre», «Peor que de costumbre» y «Mucho peor que de costumbre», o alguna variante. El GHQ-12 ha sido validado en numerosas poblaciones y contextos clínicos. En el presente estudio se calculó una puntuación total, así como un umbral clínico de 3/4 basado en la puntuación del GHQ-12 (Goldberg et al., 1997).
La FES (Moos y Moos, 1994) es una medida multidimensional del entorno social familiar. El estudio utilizó el conjunto de subescalas de relaciones familiares, de veintisiete ítems repartidos en tres subescalas. La subescala Cohesión mide el grado percibido de compromiso y apoyo expresado por los miembros de la familia. La apertura emocional y el estímulo se midieron con la subescala Expresividad. El conflicto y la ira en la familia se midieron con la subescala Conflicto.
Se pidió a madres, padres y personas cuidadoras que valoraran su vida familiar en una escala de tipo Likert de once puntos en T1 y T2. Las valoraciones iban de 0 a 10: las puntuaciones más altas indicaban que «su vida familiar va realmente bien», y 0 correspondía a «cómo se siente cuando la vida está en su peor momento».
En primer lugar, describimos los estadísticos descriptivos de las dimensiones de la práctica, para responder a la pregunta de cómo interactuaban las y los profesionales con las figuras parentales. En segundo lugar, exploramos las relaciones entre variables mediante correlaciones bivariadas simples (r de Pearson) y diferencias entre grupos en dos variables (pruebas U de Mann-Whitney). Los análisis se realizaron con SPSS 24.0 (IBM, 2016).
El estudio fue examinado y aprobado por el Comité de Ética de la University of Bedfordshire, Reino Unido.
Se realizaron dos series de análisis. En primer lugar, se analizó la relación entre las dimensiones clave de la competencia y las medidas de resultado para el conjunto de la muestra. Se hizo evidente que una gran proporción de familias veía relativamente poco a su profesional del trabajo social. El número medio de visitas registradas en el Integrated Children's System (ICS) en T3, incluso en esta muestra con tres o más visitas, era de 6,2, y casi la mitad (46 %) había tenido cinco o menos. Se decidió analizar también a las familias que habían recibido más visitas. Para este análisis se identificaron las familias con ocho o más visitas; alrededor de una cuarta parte de las familias se encontraba en este grupo (26 %), lo que bastaba para permitir un análisis estadístico.
Las visitas domiciliarias observadas de 127 familias se codificaron según las dimensiones de la competencia en trabajo social expuestas más arriba. Los datos de estas familias se presentan en la Tabla 1. Con mayor frecuencia, el miembro de la familia que se reunía con la o el profesional durante las visitas era la madre del niño o la niña (85,3 %). En el momento de la visita domiciliaria observada, la base legal de la intervención era mayoritariamente CIN (84,8 %). Una minoría de casos correspondía a protección infantil (12,8 %) o a niños y niñas bajo tutela (looked after children, 2,4 %). La mayoría de las familias había tenido una intervención previa de los servicios para la infancia (55,6 %). Las familias indicaron tener profesional asignado desde hacía 6.19 semanas (desviación estándar (SD) = 6.16) y haberse reunido con esa persona una media de 3.34 veces (SD = 1.75) antes de T1 (incluida la sesión grabada).
El patrón general de las medidas de resultado clave se presenta en la Tabla 2 para T2 y, cuando procede, para T1. Los análisis mostraron que las competencias profesionales, y en particular las de construcción de la relación, estaban fuertemente asociadas a la implicación parental tanto poco después de la entrevista como, de forma más notable, veinte semanas más tarde. Las competencias de construcción de la relación no mostraron una relación estadísticamente significativa con ninguna otra medida de resultado.
Tabla 2 — Correlaciones entre las competencias profesionales y las medidas de resultado
*p < 0.05; **p < 0.01; ***p < 0.10. SD, desviación estándar.
La buena autoridad mantenía una relación más compleja con los resultados en el conjunto de la muestra. Estaba débilmente asociada a la implicación (WAI) en T1, aunque esta asociación se reforzaba a las veinte semanas y era estadísticamente significativa. La buena autoridad se asociaba a que las figuras parentales declararan una mejor vida familiar (la medida de la escala de valoración de la vida) y, sobre todo, a un cambio positivo en la vida familiar. El cambio positivo en la vida familiar depende de lo baja que sea la puntuación inicial (ya que no son posibles grandes cambios cuando no se han identificado problemas), así como del impacto de la competencia. La asociación particularmente fuerte con el cambio se relaciona, por tanto, tanto con resultados familiares positivos como con una tendencia a valoraciones iniciales más bajas de la vida familiar allí donde se recurre más a la buena autoridad. La buena autoridad también mostraba algunas asociaciones fuertes con una mejora del funcionamiento familiar medido con la FES, y en particular con un aumento de la expresividad y la cohesión familiares. La reducción del conflicto no alcanzó la significación estadística, pero se trata, no obstante, de una relación digna de mención: no todas las familias presentaban conflicto, y esto indica un impacto considerable de la buena autoridad allí donde se había identificado conflicto en T1. Estos instrumentos, junto con los resultados de la valoración de la vida, sugieren que la buena autoridad tiene un impacto positivo en la vida familiar veinte semanas después.
Solo el 80 % de las entrevistas observadas incluía una conversación sobre un cambio de comportamiento, por lo que la muestra para las puntuaciones de evocación es menor que para las demás dimensiones de la práctica. Se observaron tendencias (p < 0.1) hacia una asociación con una mejor implicación y una mejor valoración de la vida en el conjunto de la muestra.
Las relaciones entre competencias y resultados en las familias que habían recibido ocho o más visitas ofrecen un panorama interesante. En primer lugar, cabe destacar que, en esta submuestra, la buena autoridad predecía mejor la implicación parental, tanto en T1 como en T2, que las competencias de construcción de la relación. La construcción de la relación mostraba relaciones positivas débiles con la implicación, las puntuaciones de consecución de objetivos y el cambio en la FES (con una muestra muy pequeña de familias). Curiosamente, existía una relación estadísticamente significativa con el ingreso de niños y niñas en el sistema de protección: niveles más bajos de competencia en construcción de la relación predecían ese ingreso. Sin embargo, esto se refiere a una muestra muy pequeña de tres familias cuyos hijos e hijas ingresaron en el sistema de protección, y puede tener otras explicaciones (como se expone más adelante).
En cambio, la «buena autoridad» parecía mantener relaciones más fuertes con los resultados que la construcción de la relación. Presentaba relaciones bastante fuertes y estadísticamente significativas con la implicación y con la valoración de la vida familiar, así como con su cambio. Se observaba también una tendencia, aunque no significativa, a una menor buena autoridad en las familias cuyos hijos e hijas ingresaron en el sistema de protección.
Los hallazgos relativos a la evocación son especialmente interesantes. La evocación mostraba una relación fuerte con la valoración de la vida en T2. También existía una relación fuerte con la consecución de objetivos. Esta no alcanzó la significación estadística, pero es un hallazgo que merece un examen más detenido.
El número de familias que completaron la FES en la submuestra de 8 visitas o más es demasiado pequeño para un análisis estadístico significativo. Conviene, no obstante, señalar algunas relaciones en los datos que merecen explorarse en futuras investigaciones. En primer lugar, la construcción de la relación, la buena autoridad y la evocación presentan todas relaciones con las subdimensiones del cambio en la FES como cabría esperar si se plantea la hipótesis de que las competencias del trabajo social reducen los problemas y aumentan el funcionamiento positivo. En el caso de la evocación, estas relaciones son especialmente fuertes. Sin embargo, en las puntuaciones de la FES en T2, la construcción de la relación no muestra ninguna relación, la evocación presenta indicios de relaciones positivas, pero la buena autoridad parece asociada a resultados negativos (menor cohesión y expresividad y mayor conflicto). Esta relación se debe en realidad a que la buena autoridad estaba correlacionada negativamente con cada una de las dimensiones de la FES en T1. Dicho de otro modo, las familias menos cohesionadas y expresivas, y que declaraban mayores niveles de conflicto, tendían a llevar a las y los profesionales del trabajo social a recurrir más a la buena autoridad. Es un hallazgo interesante en sí mismo. Sugiere también que la cuestión clave es el cambio en la puntuación de la FES, y en este punto había indicios de cambio positivo, aunque la muestra era demasiado pequeña para alcanzar certeza estadística.
Es posible que las y los profesionales formados en MI hayan intentado demostrar en las entrevistas observadas un grado de competencia en MI mayor que en la práctica no observada. Lo analizamos comparando la fuerza de las relaciones entre competencias y resultados en los grupos con y sin MI. Si hubiera un efecto de actuación, cabría esperar una relación más débil. De hecho, no hubo diferencias entre los grupos.
El hecho de que la mitad de la muestra hubiera recibido formación en MI significa que esta muestra no es representativa de la práctica habitual del trabajo social. Sin embargo, puede que esto no sea una limitación para este análisis: en la práctica, crea un abanico más amplio de competencias prácticas que aumenta nuestra capacidad de analizar las relaciones entre las competencias medidas y los resultados para las familias. Aun así, sería importante explorar la relación entre competencias y resultados con familias cuyos profesionales no hubieran recibido ninguna formación.
Una limitación clave, sin embargo, es que la codificación de las competencias está fuertemente influida por la MI. Esto es más evidente en el caso de las competencias evaluadas con el MITI, que son elementos clave de la MI, aunque incluso la formulación de la dimensión de buena autoridad estuvo influida por el carácter colaborativo y centrado en la persona de la MI. Otros enfoques teóricos podrían desarrollar marcos alternativos para evaluar la calidad de la práctica. También somos muy conscientes de que muchos elementos importantes de la práctica no quedaron recogidos en la rúbrica actual, como la autenticidad o el humor. La competencia en trabajo social abarca además mucho más que el trabajo directo. Un buen trabajo social implica también la coordinación con otras instituciones, así como competencias de evaluación y de toma de decisiones. Estos aspectos quedan fuera del alcance de este estudio. Este artículo presenta simplemente un primer intento de evaluar la relación entre algunas dimensiones de la buena práctica y los resultados. Esperamos que sirva de catalizador para otros estudios que exploren elementos alternativos de la práctica, así como para investigaciones que analicen en otros contextos las relaciones que hemos identificado.
Una segunda limitación es que solo evaluamos resultados específicos, centrados predominantemente en cuestiones del ámbito familiar tal como las referían las figuras parentales. Somos especialmente conscientes de que, en el presente estudio, no hemos obtenido datos directos sobre los resultados para niños y niñas. Este estudio se centra en lo que podrían considerarse eslabones más proximales de una cadena causal: si las competencias influyen en los resultados a nivel familiar. Esperamos poder explorar los vínculos con la seguridad y el bienestar de niños y niñas en estudios futuros.
El estudio es además correlacional, lo que puede dificultar el establecimiento de relaciones causales. Por ejemplo, en las familias cuyos hijos e hijas ingresaron en el sistema de protección se observaron niveles más bajos de competencia. Puede deberse a que una práctica más competente reduce la necesidad de ese ingreso. Sin embargo, es igualmente posible que, en las familias con mayores dificultades, las y los profesionales tiendan a ser menos colaborativos y más autoritarios.
Se identificó una dificultad específica en relación con la GAS como medida de resultado. Un número considerable de figuras parentales fijaron objetivos quizá poco «realistas», como mudarse a una nueva vivienda o el cese completo de un problema complejo. Muchas más no creían tener un problema ni que nada tuviera que cambiar; para muchas de estas familias, parecía una posición razonable. Nuestra observación es aquí de orden metodológico: esto dificulta identificar el cambio mediante la GAS y, por tanto, el uso de la GAS puede subestimar el nivel de cambio en la muestra.
Una limitación importante es el impacto de los efectos de la observación. En particular, las y los profesionales del trabajo social sabían que estaban siendo observados y grabados. No podemos saber qué impacto puede tener la observación en la práctica. La investigación cualitativa describe numerosos efectos (Ferguson, 2011; Ruch et al., 2017), pero no está claro cuál podría ser el impacto en el tipo de análisis descrito aquí.
Una última limitación es que los datos se recogieron en una sola LA de Londres. Hasta qué punto las relaciones se mantienen en otros contextos es una cuestión que requiere nuevas investigaciones empíricas.
Aunque todas estas limitaciones son importantes, el estudio presenta varias fortalezas. Es, hasta donde sabemos, el primer estudio de la literatura internacional que explora las relaciones empíricas entre las competencias profesionales y los resultados. Se apoya en un conjunto de datos relativamente amplio de encuentros entre profesionales y familias observados directamente. Además, no se trata de una muestra de conveniencia. La mayoría de las investigaciones que observan directamente la práctica han recurrido a profesionales del trabajo social que se ofrecían voluntariamente a ser observados. En este estudio, la LA acordó que se ofreciera a todas las familias la decisión de ser observadas o no. Aunque en la práctica algunas y algunos profesionales tuvieron niveles bajos de participación, obtuvimos observaciones de cincuenta y ocho de los sesenta profesionales del trabajo social que formaban parte del estudio en T1 (97 %) y de más de la mitad de todas las familias que tenían asignado profesional del trabajo social. Además, el ámbito de la protección infantil presenta a menudo tasas de participación en la investigación comparativamente bajas, por lo que disponer de información de seguimiento para casi la mitad de todas las familias constituye, en conjunto, una fortaleza del estudio.
El estudio identificó relaciones complejas e interesantes entre las competencias profesionales y los resultados para las familias. Conviene, sin embargo, examinar primero la fuerza esperada de la relación entre las competencias profesionales y los resultados explorados en este estudio. Cabría prever una relación entre las competencias profesionales y la implicación parental, medida con el WAI, porque se percibe un vínculo conceptual relativamente directo; eso es lo que encontró el estudio. Esto es en sí mismo importante porque, en la investigación sobre counselling, el WAI mantiene una relación constante, aunque débil (tamaño del efecto de 0.1–0.2), con los resultados (Horvath y Greenberg, 1989). Sin embargo, hay razones para esperar relaciones más débiles entre las competencias y los resultados, o incluso la implicación, veinte semanas después. En primer lugar, un resultado veinte semanas más tarde estará influido por muchos otros factores. La vida sigue su curso: las relaciones cambian, ocurren accidentes, las personas mantienen numerosas conversaciones, y todo ello sucede en el contexto de factores estructurales más amplios, como la clase, la raza y el género, que influyen en los resultados. En consecuencia, cabría esperar relaciones comparativamente débiles entre las competencias del trabajo social en la práctica directa y los resultados.
En segundo lugar, la observación codificada de la práctica se basó en una sola entrevista. Cabe preguntarse hasta qué punto es representativa de la práctica de la o el profesional (habría que grabar todos esos encuentros). Desde un punto de vista estadístico, habrá variación entre esta muestra de práctica y el nivel medio de práctica que vive la familia. También esto dificulta identificar relaciones, porque no se trata de una medida perfecta de la competencia práctica global. Esta consideración reduce, por tanto, la fuerza de las relaciones que cabría esperar.
En tercer lugar, una cuestión clave es que muchas figuras parentales no consideraban tener problemas graves ni necesitar profesionales del trabajo social, como se ha señalado más arriba en relación con la GAS. Volveremos sobre esta cuestión más adelante, pero lo que importa aquí es que los tamaños del efecto de las intervenciones terapéuticas suelen calcularse estimando el impacto de un servicio en personas que han identificado un problema concreto. Cabe esperar una relación menor cuando una parte de las personas cuestiona la existencia del problema.
En este contexto, utilizar palabras simplistas para describir correlaciones de 0.1, 0.3 o 0.5 induce a error: esas palabras se emplean a menudo para describir correlaciones entre variables medidas en el mismo momento. Quizá sea más útil, en cambio, precisar lo que significa cada uno de estos niveles de correlación. Una manera de hacerlo es considerar el r al cuadrado, que indica qué proporción de la medida de resultado se explica por la variable independiente (en este caso, la competencia práctica). Así, en cuanto a los resultados, las relaciones débiles (0.1–0.19) explican entre el 1 y el 4 % de los resultados, las relaciones medias (0.2–0.39) entre el 4 y el 16 %, y las relaciones fuertes (0.4–0.6) entre el 16 y el 36 %. Conviene señalar también que es poco probable que este «efecto» se distribuya de manera uniforme. Resume el efecto en el conjunto de la muestra, pero incluirá muchas familias en las que la competencia profesional tuvo poco o ningún impacto y algunas en las que tuvo efectos importantes, lo que produce la media global.
Nuestro análisis inicial de todas las familias encontró relaciones relativamente pequeñas entre competencias y resultados. Solo al centrarnos en las familias que recibieron ocho o más visitas surgieron relaciones más sustanciales. Hay dos explicaciones posibles. Una es una relación de «efecto dosis», en la que las competencias solo marcan la diferencia si las y los profesionales tienen con la familia un contacto suficiente para que sea significativo. Parece, desde luego, plausible. Sin embargo, un segundo factor parece al menos igual de importante. Las familias que reciben ocho o más visitas suelen tener problemas más importantes. Hay, por tanto, más posibilidades de que un trabajo social competente marque una diferencia real.
Nuestra impresión fue que una gran proporción de las familias atendidas había sido asignada a raíz de preocupaciones reales, pero que, tras la investigación, las y los profesionales del trabajo social y las demás instituciones se preocupaban menos o los problemas iniciales se resolvían con bastante rapidez. Había, por tanto, muchos ejemplos de familias en las que una derivación por violencia doméstica se investigaba y se cerraba cuando, tras unas pocas visitas domiciliarias, no se identificaban más preocupaciones, o en las que la derivación de un niño o una niña golpeado o desatendido recibía una explicación y parecía seguirle una mejora del funcionamiento familiar. En este contexto, el papel de la o el profesional del trabajo social no se asemeja al de una persona terapeuta (donde las competencias podrían relacionarse con los resultados de una forma comparativamente directa), sino más bien al de la medicina general (general practitioner, GP). Una parte esencial del papel del GP consiste en atender un gran número de cuestiones y distinguir las más graves de las menores, que pueden resolverse con rapidez. Del mismo modo, la primera tarea de la o el profesional del trabajo social suele ser discernir, entre el gran número de derivaciones, aquellas en las que los problemas son lo bastante graves como para requerir una intervención importante. Nuestro hallazgo sobre el vínculo entre competencias y resultados en las familias con ocho o más visitas sugiere que es en este último grupo donde se encuentran relaciones más significativas entre competencias y resultados.
Identificar la relación entre competencias y resultados parece importante, ya que una de nuestras funciones esenciales como profesionales del trabajo social es ayudar a las personas. Sin embargo, conviene señalar que la importancia de las competencias no se limita a su capacidad de propiciar determinados resultados. La calidad del servicio es igual de importante. Cualquiera de nosotras y nosotros que tuviera relación con los servicios para la infancia tendría derecho a profesionales del trabajo social respetuosos, claros, con un propósito definido y con autoridad, influyera o no eso en los «resultados».
Dicho esto, las relaciones identificadas entre competencias y resultados ofrecen un panorama fascinante. En primer lugar, existía una relación relativamente fuerte entre las competencias de «construcción de la relación» y la implicación declarada por las figuras parentales. Cabía esperar esta relación, pero encontrar evidencia empírica de ella no deja de ser importante. Curiosamente, en las familias que habían recibido más de ocho visitas, las competencias de implicación parecían menos importantes que las de «buena autoridad», sobre todo en el momento del seguimiento. Este hallazgo es importante, ya que la implicación se considera desde hace tiempo un elemento central de un trabajo eficaz de protección infantil. Sin embargo, nuestros hallazgos sugieren que la implicación en sí misma guarda poca relación directa con los resultados. Desde luego, la competencia profesional parece influir más en los resultados en T2 que las medidas parentales de implicación en T1, al menos en esta muestra y con estas medidas de resultado.
Las medidas de resultado principales de este estudio fueron la escala de valoración de la vida y la GAS. En cuanto a la valoración de la vida, tanto las competencias de implicación como las de autoridad mostraron relaciones positivas con la valoración de la vida familiar en el seguimiento. Sorprendentemente, la GAS no se vio muy influida por estos elementos de la competencia profesional, ni en la muestra completa ni en las familias que recibieron más visitas. En ambas muestras, la correlación típica rondaba 0.1, lo que indica una relación débil entre las competencias profesionales y el logro por parte de las familias de sus objetivos de trabajo. En cambio, la competencia con la relación más fuerte con el logro de objetivos por parte de las figuras parentales y con la valoración de la vida familiar fue la «evocación». La evocación es quizá el elemento central de la MI: es el grado en que la o el profesional suscita en la madre o el padre sus propias motivaciones para el cambio, en lugar de decirle qué hacer. Este estudio sugiere que la evocación puede ser una competencia clave que influye en los resultados para las figuras parentales cuando hay conversaciones sobre cambio de comportamiento.
Otra observación se refiere a las implicaciones de los hallazgos para otras investigaciones. Este análisis se basa en datos recogidos en un RCT centrado en la MI (Forrester et al., 2018). Ese estudio constató que un programa intensivo de desarrollo de competencias tenía un impacto estadísticamente significativo sobre las competencias, pero sin diferencias de resultados entre los grupos. Los hallazgos del presente estudio explican en parte ese resultado, porque la competencia profesional solo tiene un impacto comparativamente pequeño en los resultados para las familias. Esto tiene implicaciones importantes para la investigación, porque sugiere que los estudios que examinan el impacto de una mejor práctica del trabajo social probablemente necesiten muestras relativamente amplias para identificar la diferencia que aporta una buena práctica. Es posible que estudios con una potencia estadística insuficiente produzcan «falsos negativos», en los que no se identifica el impacto de una buena práctica porque la muestra no es lo bastante amplia.
Es alentador para el trabajo social que hayamos encontrado algunas relaciones significativas entre las competencias clave y los resultados a nivel familiar. Sin embargo, es importante introducir una nota de prudencia. Nos sorprendió la fuerza de la relación entre las competencias profesionales y los resultados, al menos en las familias con ocho o más visitas. Conviene reiterar que muchos factores pueden influir en las relaciones entre competencias y resultados en el trabajo social. Dado este nivel de complejidad, instamos a la prudencia a la hora de extraer conclusiones de estos hallazgos. Se necesita más investigación antes de que podamos empezar a tener confianza sobre las competencias clave del trabajo social que marcan la diferencia. Sin embargo, lo estimulante de este estudio es que demuestra que semejante empresa es posible. Ello nos permite reflexionar sobre la naturaleza de la buena práctica y comprobar empíricamente si nuestras teorías bien asentadas sobre la práctica se ven confirmadas por la evidencia.
El presente estudio aporta cierto respaldo a la importancia de las competencias de construcción de la relación para implicar a las familias. Sin embargo, sugiere que quizá la buena autoridad sea más importante que la construcción de la relación para producir resultados positivos para las familias (Ferguson, 2011, 2016d). Es un hallazgo importante, en parte porque las competencias de «buena autoridad» se desarrollaron por separado de los elementos de MI del sistema de codificación. Aunque inspiradas en los principios de colaboración respetuosa y autodeterminación que comparten la MI y el trabajo social como profesión, se desarrollaron específicamente para el contexto de la protección infantil y a partir de él. Constatar que estos elementos del trabajo social parecían importantes es un primer paso hacia la formulación de una conceptualización propia del trabajo social de la competencia en el trabajo con la infancia y la familia.
Un hallazgo inesperado fue que la evocación estaba relativamente fuertemente relacionada con resultados positivos. Esto respalda la contribución potencial que la MI podría hacer al trabajo social con la infancia y la familia (véanse Hohman, 2011; Forrester et al., 2012). Este estudio exploró la evocación, pero sería interesante analizar otras hipótesis sobre la manera en que las y los profesionales del trabajo social pueden ayudar a las personas a cambiar. Actualmente, las dimensiones de construcción de la relación y de buena autoridad parecen relativamente bien desarrolladas, y sería interesante, y quizá importante, desarrollar trabajos sobre lo que funciona en el cambio de comportamiento.
Sin embargo, no son las diferencias entre buena autoridad, construcción de la relación y evocación los elementos más importantes de este estudio, pues estas dimensiones de la práctica no se oponen. De hecho, al analizar esta muestra identificamos una correlación positiva entre todas las competencias, lo que sugiere que las y los profesionales que eran buenos en la implicación también lo eran en la autoridad y la evocación y, a la inversa, quienes mostraban poca buena autoridad tendían a ser poco competentes en la construcción de la relación y recurrían poco a la evocación. Lo decisivo no es, por tanto, autoridad frente a cuidado, sino profesionales con más competencia frente a profesionales con menos. El hallazgo más importante del estudio es que un trabajo social competente puede marcar una diferencia positiva en la vida de las familias.
Complexe Systémique: puntos clave
Desde una perspectiva sistémica, este estudio es valioso porque saca el debate «cuidado o control» de una oposición estéril. Al codificar visitas domiciliarias reales, el equipo muestra que la empatía y la colaboración nutren la alianza, pero que la «buena autoridad» (claridad sobre las preocupaciones, foco en el niño o la niña, propósito explícito) y la evocación de la propia motivación de las figuras parentales pesan más en los resultados para las familias, sobre todo cuando los problemas son graves y el contacto se mantiene en el tiempo. Sobre todo, estas competencias van juntas: no es necesario elegir entre calidez y firmeza. La comparación con la medicina general resulta esclarecedora para los servicios: muchas situaciones se resuelven con rapidez, y es en las intervenciones más prolongadas donde la competencia relacional marca la diferencia. Se impone, no obstante, la prudencia: una sola autoridad local londinense, una única entrevista observada por familia, correlaciones modestas, un esquema de codificación moldeado por la entrevista motivacional y ningún resultado medido directamente en niños y niñas. Puede leerse junto con la síntesis realista sobre la relación entre profesionales del trabajo social y familias y el artículo sobre la resistencia parental en las relaciones no voluntarias.
Notas del original
Agradecimientos. Queremos dar las gracias a las numerosas madres, padres, niñas, niños y profesionales del trabajo social que nos permitieron observar sus encuentros.
Financiación. Esta investigación fue financiada por el Social Care Trust a través del legado de Tilda Goldberg.
Declaración de conflicto de intereses. No se declara ninguno.
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Traducción no oficial de What Is the Relationship between Worker Skills and Outcomes for Families in Child and Family Social Work?, de Donald Forrester, David Westlake, Mike Killian, Vivi Antonopolou, Michelle McCann, Angela Thurnham, Roma Thomas, Charlotte Waits, Charlotte Whittaker y Douglas Hutchison, The British Journal of Social Work, vol. 49, n.o 8 (2019), doi: 10.1093/bjsw/bcy126, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tablas presentadas en forma de listas, declaraciones agrupadas en las notas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «What Is the Relationship between Worker Skills and Outcomes for Families in Child and Family Social Work?», publicado en The British Journal of Social Work (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Forrester, D., Westlake, D., Killian, M., Antonopolou, V., McCann, M., Thurnham, A., Thomas, R., Waits, C., Whittaker, C., et Hutchison, D. (2019). What Is the Relationship between Worker Skills and Outcomes for Families in Child and Family Social Work?. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/what-is-the-relationship-between-worker-skills-and-outcomes-for-families-in-child (Obra original publicada en 2019 en The British Journal of Social Work, 49(8), 2148-2167 (2019); republicada en 2019 por The British Journal of Social Work, https://academic.oup.com/bjsw/article/49/8/2148/5303670)
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