Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Child & Adolescent Trauma · Familia
Cuatro madres de un kibutz cercano a Gaza, desplazadas tras el ataque del 7 de octubre de 2023, describen lo que la guerra hizo a su manera de criar: solas en el refugio, criaturas que crecen de la noche a la mañana o que ya no se separan de su madre ni de su padre, momentos en los que faltan las palabras. La comunidad de acogida, refugio en un primer momento, se convierte también en una fuente de tensión. Tamar Hadar defiende la necesidad de apoyar a las madres y a los padres como supervivientes por derecho propio.
Traducción no oficial al español de “Left Speechless in Front of My Children”: A Thematic Analysis of Parents’ Experiences During War & Displacement, de Tamar Hadar, publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (Springer) (2026), doi: 10.1007/s40653-026-00974-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas; las declaraciones de final de artículo (agradecimientos, financiación, ética, consentimiento, edición asistida por IA, conflictos de intereses) se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autora ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Apoyar a la infancia tras la guerra y el desplazamiento no puede separarse del apoyo a las madres y los padres a quienes se pide que sostengan, interpreten y regulen por ella la realidad traumática.
Tamar Hadar
Resumen
El ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 en Israel y el desplazamiento masivo que le siguió provocaron en las familias crisis psicológicas agudas y sin precedentes. Aunque el impacto de la guerra y de la migración forzada en la infancia está bien documentado, se sabe mucho menos sobre cómo las madres y los padres, en especial las madres, sostienen el cuidado bajo una amenaza tan extrema y persistente. Este estudio explora las experiencias vividas de madres israelíes desplazadas, centrándose en las dimensiones emocionales, relacionales y funcionales de la crianza durante y después del trauma. Se realizaron entrevistas semiestructuradas en profundidad con cuatro madres israelíes desplazadas con sus hijos e hijas tras el ataque. Las entrevistas se transcribieron literalmente y se analizaron temáticamente con un enfoque inductivo, prestando especial atención a los relatos emocionales, a las prácticas de cuidado y a las percepciones tanto de los hogares destruidos como de los entornos de acogida. Surgieron tres temas: (A) Sola en el refugio: el peso de la crianza en solitario durante el ataque, la guerra y el desplazamiento; (B) De una parentalidad regulada a una parentalidad fragmentada; y (C) El arma de doble filo de la comunidad de acogida. En conjunto, describen una intensa tensión emocional, identidades parentales desestabilizadas, una madurez acelerada o una mayor dependencia de las criaturas, y experiencias ambivalentes de las comunidades de acogida, a la vez protectoras y desestabilizadoras. En este contexto, criar implica tanto una protección incesante como una erosión emocional gradual. Las madres oscilaban entre la compostura y el derrumbe, a menudo con un apoyo sistémico limitado. Los resultados subrayan la necesidad de intervenciones informadas sobre el trauma y basadas en la relación, que reconozcan a las personas cuidadoras como supervivientes por derecho propio y que den prioridad a su regulación emocional, a su función reflexiva y al restablecimiento de la coherencia parental como elementos centrales de la recuperación familiar.
Palabras clave: guerra, desplazamiento, crianza, trauma, comunidad de acogida
El ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 en Israel y el posterior desplazamiento masivo de población civil provocaron una ruptura sin precedentes en la vida familiar, en las rutinas de cuidado y en la seguridad psicológica. Si bien la investigación sobre el impacto de la guerra y de la migración forzada ha puesto cada vez más de relieve la vulnerabilidad de la infancia (Bürgin et al., 2022; Hazer & Gredebäck, 2023), se ha prestado mucha menos atención a las experiencias vividas de las madres y los padres, en particular de las madres, encargadas de cuidar en condiciones de estrés extremo, incertidumbre y separación. El malestar parental se ha identificado como un predictor clave del funcionamiento familiar durante las crisis (Alfasi et al., 2025), y la crianza en solitario ha surgido como un factor de riesgo especialmente agudo. Las madres suelen actuar a la vez como reguladoras emocionales1 y como amortiguadoras protectoras para sus hijos e hijas; sin embargo, sus propios relatos de desbordamiento, fragmentación de roles y ruptura relacional siguen poco explorados (Feldman & Vengrober, 2011; Gillespie et al., 2022). Se han señalado lagunas similares en la investigación de Oriente Medio y palestina, donde las familias de Gaza, Cisjordania y las zonas de conflicto vecinas soportan inmensas cargas emocionales y prácticas mientras intentan proteger a sus criaturas bajo el asedio, los ataques con misiles y el desplazamiento prolongado (Akesson & Sousa, 2020; Hamamra et al., 2025; Thabet et al., 2008). Este estudio explora cómo un grupo de madres israelíes afrontó la crianza tras el terror y el desarraigo, y arroja luz sobre las tensiones emocionales, relacionales y funcionales que recayeron sobre las personas cuidadoras durante la crisis y después de ella. Mediante entrevistas cualitativas en profundidad y un análisis temático, el estudio examina cómo el trauma, la pérdida del hogar y la fractura de los apoyos sociales reconfiguraron la identidad parental, la regulación emocional y la dinámica parentofilial.
La guerra aumenta de forma considerable el estrés parental y da lugar a conductas como la sobreprotección y una menor capacidad de respuesta emocional hacia la infancia (Conway et al., 2013). Este estrés se ve agravado además por el desplazamiento, las dificultades económicas y la alteración de los roles familiares, lo que dificulta que las familias ofrezcan estabilidad (Bayer & Shtudiner, 2023; Wang & Pullman, 2019). La exposición a la guerra también puede provocar en las figuras parentales problemas de salud mental como el TEPT y la depresión, que afectan negativamente a su capacidad para regular tanto sus propias emociones como las de sus criaturas (Eltanamly et al., 2021). En consecuencia, esto puede traducirse en una crianza más dura, menos cálida y con mayor hostilidad en las interacciones familiares (Suardi et al., 2017). Más allá de estos efectos sobre la conducta parental, investigaciones recientes subrayan que la propia percepción parental de la guerra es clínicamente significativa. En un estudio cualitativo con familias israelíes durante el primer mes de la guerra que siguió al ataque del 7 de octubre, las personas participantes describieron la guerra a través de vivencias de conmoción, incertidumbre, alerta, abandono, impotencia, miedo por sí mismas y por los demás, y preocupación por un futuro desconocido; también evaluaron su propio funcionamiento parental en condiciones de complejidad e incertidumbre agudas (Mijalevich-Soker & Taubman-Ben-Ari, 2025). Diversos estudios han destacado la importancia de las prácticas de crianza para aliviar o intensificar los efectos del trauma masivo en la adaptación infantil (Joffe et al., 2025; Gewirtz et al., 2008 Hoffman & Shrira, 2019; Möllerherm et al., 2025; Murphy et al., 2017; Pat-Horenczyk et al., 2012). A partir de un amplio abanico de estudios, Murphy et al. (2017) examinaron la intrincada dinámica de las relaciones familiares en el contexto de la guerra y exploraron cómo el trauma bélico afecta no solo a la salud mental parental, sino también a sus prácticas de crianza, que a su vez influyen en el bienestar psicológico y emocional de la infancia. La autoría señaló que quienes han vivido acontecimientos bélicos traumáticos pueden mostrar cambios significativos en su conducta y en su estilo de crianza. Tales experiencias pueden traducirse en mayor autoritarismo, vacilación y retraimiento en la relación con sus criaturas. A la inversa, algunas madres, tras vivir acontecimientos traumáticos, pueden volverse menos estrictas y ejercer menos control, lo que afecta a la dinámica de la interacción entre madre e hijo.
Varios equipos de investigación (p. ej., Joffe et al., 2025; Khamis, 2016; Mladenović et al., 2021) demostraron que el malestar psicológico parental actúa como mediador en la relación entre el trauma bélico y los trastornos emocionales y conductuales infantiles, y mostraron cómo el malestar psicológico parental puede predecir la probabilidad de trastornos en la infancia. En una investigación sobre el impacto a largo plazo de un acontecimiento traumático como los atentados del 11 de septiembre (Chemtob et al., 2010), la autoría no solo puso de relieve su efecto en las figuras parentales, sino que subrayó también las graves consecuencias psicológicas para sus hijos e hijas. El estudio insistió en la necesidad de abordar la transmisión intergeneracional de los efectos del trauma, señalando en particular que la infancia corre un mayor riesgo de malestar psicológico cuando se expone a la combinación de depresión materna y TEPT. Al mismo tiempo, la crianza debe entenderse no solo como un ámbito en el que se producen efectos, sino también como un posible mediador de la evolución infantil. El malestar parental ligado a la guerra puede comprometer la calidez, la disponibilidad emocional, las rutinas y la disciplina, transmitiendo o intensificando así el malestar de la infancia. A la inversa, un cuidado sensible, previsible y emocionalmente regulado puede amortiguar la exposición infantil al peligro y favorecer la resiliencia (Gewirtz et al., 2008; Murphy et al., 2017; Pat-Horenczyk et al., 2012).
El impacto del trauma en el desarrollo durante la primera infancia no puede entenderse únicamente en relación con el acontecimiento desencadenante. Tanto si la amenaza procede de la guerra, del desplazamiento forzado, de la violencia interpersonal, de la negligencia o de un cuidado atemorizante, el trauma temprano puede comprometer el apego2 y los sistemas relacionales a través de los cuales la criatura desarrolla habitualmente un sentimiento de seguridad, de confianza y de regulación emocional. El trauma en la primera infancia ataca simultáneamente el sistema de apego y el cerebro en desarrollo (Schore, 2009). Las experiencias repetidas de miedo, inconsistencia o cuidado atemorizante alteran la expectativa de la criatura de que la persona cuidadora es una figura segura y emocionalmente disponible, aumentan la probabilidad de un apego inseguro o desorganizado y debilitan la capacidad de utilizar a las personas adultas como base segura para la exploración y la regulación. Paralelamente, el estrés crónico remodela los circuitos neuronales implicados en la detección de amenazas y en la regulación emocional (p. ej., amígdala, hipocampo, corteza prefrontal), lo que da lugar a patrones de hiperactivación o de disociación que interfieren en la atención, el aprendizaje y la integración de la experiencia. En conjunto, estas alteraciones relacionales y neurobiológicas comprometen el sentido de sí que la infancia está construyendo, su capacidad para regular los afectos y sus trayectorias de desarrollo en los ámbitos emocional, social y cognitivo (Díaz et al., 2024; Lanius et al., 2018; Perl et al., 2023; Ressler et al., 2022; Schore, 2009).
El trauma, en especial la violencia interpersonal crónica y el cuidado atemorizante o inconsistente, ataca el apego al hacer añicos la expectativa de la criatura pequeña de que la persona cuidadora es protectora, emocionalmente disponible y fiable en sus respuestas, desestabilizando así los primeros vínculos de apego (Lieberman & Van Horn, 2005; Lieberman & Horn, 2008). Con el tiempo, estas experiencias se interiorizan como miedo y confusión dentro del sistema de apego, lo que aumenta la probabilidad de patrones de apego inseguros o desorganizados y limita la capacidad de utilizar a las personas cuidadoras como base segura para la exploración y la regulación afectiva (Lieberman & Van Horn, 2005; Lieberman & Horn, 2008).
Los trabajos regionales con familias israelíes y palestinas muestran además cómo la violencia política y la inseguridad crónica penetran en los sistemas familiares. Estudios longitudinales con jóvenes de Israel y Palestina indican que la exposición a la violencia étnica y política aumenta la depresión parental y la agresividad entre los miembros de la pareja, lo que a su vez acrecienta el castigo físico severo y predice una posterior agresividad juvenil (Dubow et al., 2025). En Gaza, las familias refieren con frecuencia altos niveles de exposición al trauma, síntomas de TEPT y ansiedad (Thabet et al., 2008), y los trabajos cualitativos describen a las madres y los padres como «guardianes de la noche», que vigilan el peligro y calman a sus criaturas angustiadas mientras afrontan sus propias alteraciones del sueño y su propio miedo (Hamamra et al., 2025). En el caso de las familias refugiadas sirias y palestinas desplazadas recientemente, los estudios describen asimismo un intenso sufrimiento psicológico, duelo y pérdida de eficacia parental, junto con un fuerte compromiso moral de proteger, consolar y guiar a la infancia a través de la guerra y el desplazamiento (Akesson & Sousa, 2020).
Criar en condiciones de desplazamiento forzado plantea un conjunto complejo de retos emocionales, relacionales y ambientales. Un número creciente de investigaciones destaca el potencial de las intervenciones centradas en las personas cuidadoras para apoyar a las familias desplazadas; sin embargo, los resultados sugieren que estos programas a menudo solo logran un éxito parcial: aunque algunas intervenciones han mostrado mejoras en el bienestar materno y una reducción del malestar de las personas cuidadoras (Dybdahl, 2001; Morris et al., 2012; Ponguta et al., 2020), su impacto en dinámicas relacionales más amplias, como la capacidad de respuesta parental, las prácticas disciplinarias y la adaptación emocional y conductual de la infancia, sigue siendo desigual (Stark et al., 2018).
Esta variabilidad apunta a la necesidad de programas de parentalidad que vayan más allá de las estrategias conductuales para abordar procesos emocionales más profundos, entre ellos la regulación emocional parental y la gestión del estrés (Gillespie et al., 2022). Es importante señalar que un apoyo eficaz debe tener en cuenta también las necesidades básicas de las familias, como la seguridad, la alimentación y el acceso a la atención médica, sobre todo en el contexto de una crisis aguda o prolongada, una necesidad que a menudo se pasa por alto en los países de ingresos altos.
La presente investigación se centra en la influencia de la guerra y del desplazamiento en la crianza, con el objetivo de explorar los efectos emocionales, psicológicos y relacionales superpuestos del trauma y el desplazamiento en las madres y los padres, en particular en las madres. Desde una perspectiva cualitativa, el estudio trató de desvelar cómo la conmoción provocada por la guerra transformó las capacidades de cuidado, la disponibilidad emocional y las relaciones familiares tras el ataque del 7 de octubre. En lugar de evaluar los resultados de intervenciones concretas, el objetivo era dar voz a las experiencias vividas de las madres y los padres, destacando las intersecciones entre el malestar personal, la alteración de las rutinas y el esfuerzo constante por mantener un sentimiento de conexión y de seguridad para sus criaturas en medio de la incertidumbre.
El 7 de octubre de 2023, Hamás lanzó un brutal ataque terrorista contra comunidades israelíes cercanas a la frontera con Gaza, que causó más de 1200 muertes y el secuestro de más de 250 personas (Palgi et al., 2024). Desde el ataque, los estudios han constatado un fuerte aumento del malestar psicológico en la población israelí, con mayores tasas de TEPT, ansiedad, depresión e ideación suicida (Levi-Belz et al., 2024).
Existe una abundante literatura sobre el efecto devastador de la guerra en el estado social, emocional y cognitivo de la infancia (Beehler et al., 2012; Betancourt et al., 2012; Hazer & Gredebäck, 2023). Sin embargo, el impacto de las experiencias bélicas en la crianza y, en consecuencia, el papel de las prácticas de crianza como mediadoras del conjunto de influencias de la guerra en el bienestar infantil se han estudiado mucho menos. Esta laguna resulta especialmente llamativa si se compara con el corpus regional, en rápido crecimiento, que documenta cómo familias israelíes, palestinas y sirias intentan mantenerse unidas bajo los bombardeos y el desplazamiento (Akesson & Sousa, 2020; Dubow et al., 2025; El-Khani et al., 2017; Hamamra et al., 2025; Thabet et al., 2008).
El presente estudio pretende colmar esta laguna explorando la visión de madres y padres que vivieron acontecimientos bélicos extremos y un desplazamiento de seis meses. Examinar sus experiencias de primera mano puede aclarar las necesidades de estas familias y orientar el desarrollo de intervenciones centradas en la parentalidad para contextos de guerra y desplazamiento. Las preguntas de investigación fueron las siguientes:
Este estudio se sitúa en un marco epistemológico interpretativo-constructivista (Crotty, 1998). Desde esta perspectiva, los relatos de las participantes se entienden como narraciones situadas a través de las cuales se articulan significados vividos, corporales, relacionales y afectivos. El estudio se interesa por comprender cómo las participantes vivieron sus experiencias en el contexto del trauma y el desplazamiento. En consecuencia, los temas se consideran construcciones interpretativas generadas a través de los relatos de las participantes, del contexto de la entrevista y del compromiso reflexivo del equipo investigador con los datos (Crotty, 1998).
La lectura que la autora hace del material está condicionada por su posición como musicoterapeuta israelí, blanca y formada en Occidente, y por su propia proximidad a los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 y a sus consecuencias. La autora no abordó las entrevistas como una observadora neutral situada fuera de la realidad traumática descrita por las participantes, sino como investigadora y clínica cuyo saber profesional, nacional, emocional y corporal informó inevitablemente el proceso de análisis. En los meses posteriores al ataque, la autora trabajó como musicoterapeuta con familias desplazadas en Israel, una experiencia que agudizó su sensibilidad a las formas en que el trauma puede alojarse no solo en las palabras, sino también en el silencio, en los estados corporales, en los patrones relacionales rotos y en una presencia musical alterada.
Esta proximidad fue a la vez un recurso y una limitación. Permitió una comprensión sintonizada de los contextos sociopolíticos, familiares y terapéuticos en los que se desarrollaron las experiencias de las participantes, al tiempo que exigía una atención reflexiva constante a los supuestos, las identificaciones y las resonancias emocionales aportadas al análisis. Desde este posicionamiento epistemológico, los resultados no se presentan como verdades objetivas descubiertas en los datos, sino como interpretaciones situadas generadas a través de los relatos de las participantes, del encuentro de investigación y del propio compromiso reflexivo de la autora con el material. Ello no resta realidad a los acontecimientos traumáticos ni a sus consecuencias; reconoce, más bien, que los significados del trauma y del desplazamiento se comprenden a través de prismas relacionales, culturales, históricos y corporales.
Este estudio contó con cuatro familias desplazadas de su kibutz de origen, cercano a la frontera con Gaza, tras el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023. Las familias fueron reubicadas temporalmente en un pueblo del norte de Israel en el marco de un programa nacional de rehabilitación de emergencia.
Se creó un centro de atención específicamente para los miembros del kibutz desplazado, que ofreció apoyo terapéutico a las familias durante el periodo de desplazamiento. La mayoría de las familias de la comunidad acudieron a terapia, aunque la duración del tratamiento varió: algunas recibieron solo un pequeño número de sesiones, mientras que otras participaron en intervenciones terapéuticas más prolongadas. Las sesiones ofrecían un contexto de apoyo y de contención en el que las familias podían empezar a acercarse a sus experiencias recientes y a elaborarlas. Aunque el presente estudio no pretendía evaluar la intervención en sí, la reciente participación de las madres en una terapia era metodológicamente relevante: se entendió como una forma de andamiaje emocional que podía sostener su capacidad para volver sobre experiencias de crianza muy angustiosas, expresarlas y reflexionar sobre ellas sin verse desbordadas.
Todas las familias fueron reclutadas a través del centro de atención temporal creado para apoyar a las familias desplazadas procedentes de la zona fronteriza. Contaba con un equipo de diez terapeutas en régimen de voluntariado y atendía a unas 40 familias, algunas de las cuales recibían varias formas de apoyo, entre ellas terapia individual para sus hijos e hijas, apoyo parental e intervenciones familiares. Unas semanas después de terminar la terapia, cada terapeuta se dirigió a las familias y les preguntó si estaban dispuestas a participar en el estudio. Al equipo terapéutico se le entregó un formulario informativo que explicaba que el estudio, dirigido por la Dra. Tamar Hadar, de la Universidad de Haifa, tenía como objetivo explorar cómo el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023 y sus consecuencias afectaron a las experiencias de crianza de familias que habían sido desplazadas y que habían recibido apoyo terapéutico para sus criaturas pequeñas (de 3 a 9 años). Para poder participar, era necesario haber terminado la terapia al menos dos meses antes.
Para minimizar el sesgo en las derivaciones, se indicó al equipo terapéutico que tuviera en cuenta a todas las familias que cumplieran estos criterios de elegibilidad y que parecieran emocionalmente lo bastante estables para participar, en lugar de dirigirse selectivamente a determinadas madres o padres. Se pidió a cada terapeuta que evaluara la disposición emocional y que no derivara a personas que hubieran presentado síntomas postraumáticos importantes durante la terapia, que siguieran en tratamiento o que hubieran tenido un contacto terapéutico previo con la investigadora. Dado que la terapia ya había concluido y que el equipo terapéutico subrayó explícitamente que la participación era totalmente voluntaria y no guardaba relación con los servicios pasados o futuros, se redujo el riesgo de coacción o de sentimiento de obligación. Las familias podían elegir entre ponerse en contacto directamente con la investigadora o autorizar a su terapeuta a transmitirle sus datos de contacto, lo que separaba aún más los roles clínico e investigador.
Se contactó con seis terapeutas. Identificar a familias que cumplieran los criterios resultó difícil, ya que muchas de ellas presentaban síntomas graves de estrés postraumático y, por tanto, no se consideraban en condiciones de participar en una entrevista. Tres terapeutas indicaron que no tenían familias elegibles, bien porque las familias seguían en terapia, bien porque las criaturas presentaban síntomas de una gravedad que impedía su participación. La investigadora se puso en contacto con las otras tres personas, que trabajaban todas en el centro de atención temporal. La primera, especialista en musicoterapia, se dirigió a dos familias que parecían cumplir los requisitos del estudio; una de ellas aceptó participar. La segunda, especialista en arteterapia, se dirigió a una familia considerada adecuada para su inclusión, y la familia aceptó la invitación. La tercera, especialista en danza movimiento terapia, se dirigió a dos familias elegibles, y ambas aceptaron participar. Finalmente, cuatro familias cumplieron los criterios de inclusión, fueron consideradas emocionalmente preparadas y dieron su consentimiento para participar en el estudio (véase la tabla 1).
Tabla 1. Datos demográficos de las participantes
Se realizaron entrevistas semiestructuradas con cada una de las cuatro madres israelíes participantes al término de una breve intervención de musicoterapia posterior a su desplazamiento a raíz del ataque del 7 de octubre de 2023. El estudio consiste en una única entrevista semiestructurada, durante la cual se invitó a las madres a reflexionar sobre su crianza durante la guerra y sobre el acompañamiento parental que habían recibido.
Las entrevistas se realizaron en hebreo, duraron entre 60 y 90 min y se llevaron a cabo todas por Zoom. Este formato permitió a las participantes hablar con libertad en su lengua materna de sus experiencias vividas de crianza en condiciones de trauma y desplazamiento forzado. Se utilizó un estilo de entrevista abierto y no intervencionista para facilitar una comprensión rica y profunda de las experiencias de las participantes y de su percepción del impacto de la terapia en ellas mismas, en sus hijos e hijas y en su crianza. Los temas abordados en las entrevistas incluyeron, entre otros, la vivencia familiar del 7 de octubre; la transición a su nueva vivienda temporal; la vida en el desplazamiento; reflexiones sobre la crianza; percepciones de las experiencias de sus criaturas; diferencias entre ellas y sus roles dentro de la familia; y el impacto del desplazamiento en la estructura y el bienestar familiares. La autora aplicó el enfoque en seis fases de Braun y Clarke (2022): familiarización, codificación, desarrollo de temas, revisión de temas, denominación de temas y redacción del informe. Este método inductivo hace hincapié en un trabajo minucioso con los datos para identificar patrones o temas recurrentes sin imponer un marco teórico previo.
El proceso se desarrolló en las siguientes etapas:
Este estudio recibió la aprobación ética del Comité de Ética Institucional de Bienestar y Ciencias de la Salud de la Universidad de Haifa (#345/24), lo que garantiza el respeto de las normas éticas establecidas para la investigación con seres humanos. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las madres participantes. Se les garantizó el derecho a retirarse en cualquier fase sin consecuencias. Dada la naturaleza delicada del trauma y del desplazamiento ligados a la guerra, se puso especial cuidado en proteger el bienestar de las participantes, en particular ofreciendo conversaciones opcionales de cierre y garantizando que todas las entrevistas y sesiones se desarrollaran en entornos seguros y de apoyo. La información identificativa se anonimizó en las transcripciones y en las publicaciones para salvaguardar la confidencialidad.
El análisis de las entrevistas a cuatro madres que vivieron un desplazamiento tras un ataque terrorista extremo puso de manifiesto tres temas generales y varios subtemas relacionados (véase la tabla 2). En conjunto, estos temas iluminan las experiencias vividas por las madres en la crianza durante el ataque, la guerra y el desplazamiento, así como las formas en que estas circunstancias afectaron a sus roles parentales, a su disponibilidad emocional y a su sentimiento de estabilidad. El primer tema, «Sola en el refugio»: el peso de la crianza en solitario durante el ataque, la guerra y el desplazamiento, recoge la carga de cuidar a las criaturas en medio de un peligro agudo y de una incertidumbre prolongada. Incluye dos subtemas: «Mi hijo creció de la noche a la mañana»: cambios en los roles parentofiliales, que refleja las formas en que las criaturas parecían madurar rápidamente o asumir roles distintos tras el ataque; y Mayor dependencia y falta de separación, que describe la necesidad intensificada de proximidad y de consuelo de la infancia.
Tabla 2. Temas y subtemas
El segundo tema, De una parentalidad regulada a una parentalidad fragmentada, aborda la alteración de la capacidad de las madres para seguir estando emocionalmente disponibles y reguladas en condiciones de estrés continuo. Consta de tres subtemas: Desbordamiento emocional y agobio parental: «¡Te sientes un fracaso como madre!»; Presencia fragmentada: cuidar estando ausente; e Impotencia parental: «Me quedé sin palabras».
El tercer tema, El arma de doble filo de la comunidad de acogida: un factor estabilizador en un contexto desastroso, explora la comunidad receptora a la vez como una fuente vital de apoyo y como un entorno marcado por la inestabilidad y la tensión. Incluye dos subtemas: Las dificultades del desplazamiento: hacinamiento, estrés e incertidumbre; y Un refugio que no pudo sostener: una seguridad ambivalente en la comunidad de acogida. A continuación se desarrolla cada tema con sus subtemas.
Para tres participantes, el trauma del 7 de octubre y el prolongado periodo de desplazamiento se vieron agravados por periodos de crianza en solitario.3 Estas madres atravesaron la crisis cargando con la responsabilidad principal de sus hijos e hijas sin la presencia física de su pareja, una experiencia que intensificó su carga emocional y logística. Sus relatos revelan no solo una vulnerabilidad aguda, sino también la activación de poderosos instintos de cuidado bajo una presión extrema. Estas historias ponen de relieve cómo la ausencia de la pareja se refractaba en momentos de miedo existencial, de agotamiento y de soledad en la toma de decisiones.
Rony, madre de tres criaturas menores de 10 años en el momento del ataque del 7 de octubre, describió vívidamente el terror de estar sola con ellas bajo el fuego, invocando una oración que no solía rezar, un momento de espiritualidad involuntaria en una situación que escapaba a toda comprensión:
Oyes disparos, puro terror, terror de verdad… Estaba sola en el refugio con tres criaturas, y mi hijo tenía un ataque de histeria total… Las niñas lloraban, y yo tenía miedo. Nunca me había sentido así. Me encontré diciendo “Shema Yisrael”… algo que simplemente me salió… Si mi marido hubiera estado con nosotros, estoy segura de que lo habríamos vivido de una manera totalmente distinta. (Rony)
Su reflexión contrapone una imagen de sí misma como persona tranquila y competente a la confesión del miedo y la impotencia, y deja al descubierto la ruptura psicológica que provocó el acontecimiento. La ausencia de su pareja se imagina no solo como un vacío logístico, sino como un ancla emocional que faltaba: una presencia contrafáctica que habría podido amortiguar la intensidad de su miedo.
Yafa, madre de tres criaturas menores de 11 años en el momento del ataque del 7 de octubre, que permaneció sin su pareja durante la mayor parte del periodo de desplazamiento, describió la crianza en solitario como un peso a la vez estructural y emocional. Su paso de profesional a tiempo completo a única cuidadora reconfiguró su identidad y la enfrentó a diario con la desesperanza:
De repente, tuve que gestionarlo todo sola. Tenía que tomar todas las decisiones. Recuerdo abrir los ojos por la mañana y sentirme sin esperanza. Por no hablar de que apenas dormía por la noche. Pero cada mañana, era como, maldita sea, tengo que aguantar otro día… La ausencia, es constante… Hablas por teléfono con tu pareja, pero no es lo mismo… Estás sola, con unas criaturas que echan de menos a su padre, que lo están pasando mal… Eso es lo más difícil, la separación, estar apartada de tu pareja. (Yafa)
La expresión «la ausencia, es constante» condensa la sensación omnipresente de la ausencia de su pareja. Contrasta fuertemente con la dinámica anterior de doble carrera profesional y pone de relieve cómo las condiciones de crisis despojan de las estructuras de apoyo que antes parecían estables.
La proximidad de la crisis y la intensidad compartida de la guerra parecieron catalizar inversiones de roles o un desarrollo emocional acelerado en la infancia. Las entrevistadas describieron momentos en los que sus hijos e hijas asumían una mayor responsabilidad o mostraban una comprensión emocional mayor, adoptando roles que difuminaban la frontera entre infancia y edad adulta. Miri, madre de cuatro criaturas menores de 6 años en el momento del ataque del 7 de octubre, contó cómo las conversaciones francas sobre la muerte la acercaron a su hijo, pero también señalaron una pérdida de la inocencia infantil: «De repente, me di cuenta de que algo había cambiado. Había crecido. Se había vuelto más maduro, más consciente». Yuli, madre de tres criaturas menores de 14 años en el momento del ataque del 7 de octubre, habla de su hijo, que se volvió sorprendentemente autosuficiente durante la evacuación: «Se despertaba por la mañana, se preparaba sus cosas… Estaba solo, comía solo, simplemente se ocupaba de sí mismo». Cuando comenzó el ataque, Yuli fue llamada de inmediato al hospital donde trabajaba como enfermera de urgencias, mientras que su marido fue movilizado en el equipo de emergencia que combatía a los terroristas. Si bien estos relatos hablan de la capacidad de adaptación de la infancia y de una resiliencia emergente, también llevan un trasfondo de pérdida: pérdida de protección, de dependencia y del espacio de desarrollo normalmente reservado a la infancia.
En un relato más complejo, Yafa describió el estallido emocional de su hijo, que expresaba a la vez un duelo personal, un discernimiento moral y una ambivalencia hacia la comunidad:
Lloraba… decía que esto era horrible, que las familias no deberían vivir así… “Quiero ir a ese kibutz de acogida y decirles que son horribles. Los odio. Odio estar aquí. Pero no se lo voy a decir, porque… sé que tengo que quedarme aquí”. Y lo único que pude hacer fue abrazarlo y decirle que entendía que era muy duro, pero que esa era nuestra realidad. No había nada más que pudiera hacer por él. No era suficiente. Lloró hasta dormirse de puro agotamiento. Fue desgarrador. (Yafa)
Este arrebato refleja una conciencia de varias capas: reconoce la necesidad de su situación de vida actual y, a la vez, le duele su coste emocional. Su capacidad de contener la ira para proteger un equilibrio frágil pone de relieve un trabajo emocional prematuro que normalmente no se espera de la infancia. La respuesta de Yafa, limitada al consuelo físico y a la validación, revela una impotencia paralela: el dolor de una madre que reconoce el sufrimiento de su hijo sin poder aliviarlo del todo.
Junto a los relatos de maduración prematura, algunas madres describieron una regresión hacia la dependencia. Para estas familias, la proximidad se volvió claustrofóbica, ya que las criaturas se aferraban a su madre en busca de seguridad y regulación mucho después de que hubiera pasado el peligro inmediato. Yafa contó:
Cuando me fui a dormir con ellos al refugio el día siete, no me di cuenta de que siete u ocho meses después seguiría durmiendo con ellos. Pierdes tu intimidad, tanto física como emocionalmente. (Yafa)
Esta cercanía física prolongada, aunque comprensible tras el trauma, también erosionó los límites y complicó la vuelta a las rutinas normales. La coexistencia, a lo largo de las entrevistas, de una madurez prematura y de una dependencia prolongada ilustra una tensión clave: el trauma puede quebrar las trayectorias de desarrollo en direcciones divergentes, empujando a algunas criaturas hacia una hiperindependencia y a otras hacia un apego regresivo, a veces dentro del mismo sistema familiar.
Las participantes describieron el paso de un sentimiento familiar de coherencia parental y de regulación emocional a experiencias de desbordamiento, de fragmentación y de ruptura de la continuidad parental. Todas las participantes relataron haber llegado a puntos de quiebre emocional durante la fase aguda del ataque y de la evacuación o después de ella. Estos derrumbes no se produjeron en el momento de la amenaza directa, sino más tarde, una vez alcanzada una seguridad relativa.
Miri contó cómo protegió a sus hijos e hijas del acontecimiento, una habilidad que ya había practicado antes del 7 de octubre:
No. No, creo que las criaturas estuvieron muy bien protegidas. Apenas estuvieron expuestas. La naturaleza del acontecimiento cuenta mucho. No es lo mismo vivir una alerta de cohetes dentro de casa que fuera. ¿Estás expuesta a otras personas, al pánico, a la ansiedad? ¿O estás en un entorno tranquilo? Los dos estábamos muy, muy tranquilos. (Miri)
Por el contrario, otras madres describieron cómo se derrumbaron emocionalmente una vez a salvo, permitiéndose sentir todas las emociones que habían reprimido durante la crisis aguda. Yafa relató:
En cuanto llegué al lugar de evacuación, me puse a llorar como una loca. Me había mantenido entera, muy tranquila, hasta entonces… Y de repente, por algo insignificante, un pensamiento cualquiera, me vine abajo. Completamente desproporcionado… fue como una liberación enorme… Había pasado de tenerlo todo bajo control a perderlo todo de golpe. (Yafa)
Esta cita refleja la compleja superposición de roles y de expectativas que recaen sobre las madres y los padres en circunstancias extremas. El derrumbe emocional de Yafa, desencadenado por «algo insignificante», ilustra cómo los estados de hiperregulación suelen dar paso a un afecto incontrolable una vez que pasa la necesidad inmediata de vigilancia. Su descripción transmite también una disociación entre la magnitud de sus sentimientos y el desencadenante concreto, lo que sugiere que el derrumbe no se debía a un solo momento, sino a una acumulación de miedo, responsabilidad y agotamiento reprimidos.
Rony reflexionó de forma similar sobre la dolorosa disonancia entre cómo deseaba mostrarse ante sus hijos e hijas y cómo reaccionó finalmente: Las criaturas me vieron por primera vez muy, muy asustada. Nunca… en mi vida, nunca había reaccionado así. Este momento parece marcar una ruptura en su identidad parental, en la que la fachada protectora se resquebrajó y dejó ver su propio miedo. El coste emocional de intentar ser una fuente de fortaleza para luego «fracasar» en el intento pone de manifiesto las expectativas inalcanzables que pueden cargar las madres y los padres durante una catástrofe. Aquí, la vulnerabilidad no fue elegida, sino que surgió a pesar de sus esfuerzos. El relato de Yuli añade otra dimensión más, desplazando la atención del derrumbe visible al embotamiento emocional y a la fragmentación:
Era supervivencia, simplemente eso. No sentir demasiado… y la incertidumbre y los constantes interrogantes… No sabes cuánto tiempo vamos a estar allí… las catástrofes no paran de llegar… la sensación de que ni siquiera tenemos un ancla que darles para apoyarse. Hay comida, hay un sitio donde dormir, hay actividades de vez en cuando, pero mucho menos tiempo de crianza. (Yuli)
Más que una liberación emocional, Yuli describió una disociación progresiva de su rol parental, que remite a un sentimiento más profundo de desconexión y de insuficiencia. Su uso de referencias logísticas, «comida», «un sitio donde dormir», contrasta fuertemente con los déficits emocionales que nombra: la falta de «ancla», de «tiempo de crianza» y la evitación generalizada del sentir. La cita ilumina otra contradicción: aunque las necesidades básicas de la familia estaban cubiertas, el núcleo emocional de la crianza se veía erosionado por el estrés y el desgaste continuos. Estos relatos ilustran cómo, en condiciones extremas, las madres oscilaban entre la compostura y el derrumbe, entre la regulación y el desbordamiento. Los desbordamientos emocionales a menudo no llegaban como derrumbes aislados, sino como señales de una tensión psíquica más profunda, que dejaba al descubierto tanto la fortaleza como la fragilidad del cuidado en tiempos de guerra.
El periodo de desplazamiento introdujo una carga psicológica sostenida que puso a prueba la resiliencia emocional y las capacidades de cuidado de las participantes. Tres de las madres entrevistadas describieron momentos de sobrecarga emocional aguda y de insuficiencia parental. Estos sentimientos no eran derrumbes aislados, sino respuestas acumulativas a la disonancia entre lo que necesitaban sus criaturas y lo que ellas se sentían capaces de ofrecer. Todas las participantes se encontraron gestionando su propio malestar mientras intentaban, al mismo tiempo, proteger a sus hijos e hijas del caos de la guerra, a menudo sin éxito.
Yafa, por ejemplo, describió cómo la tensión se intensificó con el tiempo, a medida que se desvanecía la novedad inicial del desplazamiento y afloraban dificultades más profundas:
Hubo estallidos de ira y de nervios… Al principio, todo iba bien… pero cuando surgieron las dificultades, intenté ayudar y no lo conseguí… Mi paciencia, lo reconozco… con el paso del tiempo, se hizo más difícil… Te sientes un fracaso como madre. (Yafa)
Aquí Yafa revela una contradicción dolorosa: su conciencia del deterioro emocional de sus criaturas choca con su menguante capacidad para seguir presente y emocionalmente regulada. Su repetición de «intenté… y no lo conseguí» marca una ruptura en el ideal de cuidado: un estándar interiorizado de eficacia materna que las condiciones de guerra hicieron insostenible.
Del mismo modo, la experiencia de Rony en los primeros días del ataque muestra cómo la intensidad del miedo de sus criaturas chocaba con su propia parálisis emocional:
No conseguía calmarlo… estaba conectado todo el tiempo y sabía más que yo… Intenté hacerle callar… Simplemente no podía estar ahí para él… Solo le dije, “¡Cállate!” (Rony).
El intento de Rony de proteger a sus hijas pequeñas de la sobrecarga de información de su hijo mayor tuvo como resultado paradójico hacerle callar. Este momento ilustra una tensión clave: las necesidades contrapuestas de las distintas criaturas y la lucha de una madre por gestionarlas cuando ella misma está emocionalmente afectada. Su repetido «no podía…» es un estribillo de impotencia que subraya límites tanto situacionales como internos.
Yuli, en cambio, insistió en la lenta erosión del vínculo con el tiempo, a medida que su hijo se distanciaba cada vez más emocional y físicamente: «Una pérdida total de control… una sensación de distancia… él era una entidad separada de nosotros, y él también lo sentía». Esta «pérdida de control» remite no solo a la autoridad parental, sino a la intimidad relacional. Lo que empezó como una estrategia de supervivencia, confiar en que un hijo mayor se las arreglara solo, se transformó en una vivencia de desatención. Más adelante, Yuli lo expresa como culpa: «Había esa sensación… como si simplemente lo hubiéramos dejado de lado, porque era mayor y podía arreglárselas… pero eso no… no tiene sentido». Aquí surge la contradicción entre razón y emoción: cognitivamente, sabe que delegar la responsabilidad era necesario; emocionalmente, lo vive como un abandono. Su repetición de «no tiene sentido» sugiere un malestar moral no resuelto: lo que tenía sentido desde el punto de vista logístico violentaba su intuición materna.
En algunos casos, las madres y los padres se vieron obligados a separarse de sus criaturas durante largos periodos debido a funciones profesionales de emergencia, lo que agravó su sentimiento de fracaso y de desconexión. Yuli, enfermera de urgencias, cuenta cómo su doble responsabilidad de cuidado, hacia pacientes heridos y hacia sus propios hijos e hijas, generó dilemas imposibles: «Todo el día estaba en el infierno en Barzilai (un hospital)… y mi marido combatía en la frontera… las criaturas iban de un sitio a otro… bajo el fuego». Aquí la fragmentación es a la vez física y simbólica: las criaturas pasan de una persona cuidadora a otra mientras la madre y el padre se debaten entre el deber y el apego. La imagen de unas criaturas que «iban de un sitio a otro… bajo el fuego» refleja no solo la exposición al peligro, sino la inestabilidad del cuidado, lo que produce lo que podría llamarse una dislocación traumática del propio vínculo de cuidado.
Dos madres describieron momentos en los que sus criaturas les contaron informaciones atroces que habían captado de sus iguales o en espacios digitales, antes de que ellas mismas hubieran tenido ocasión de procesar o mediar ese contenido. Estos momentos dejaron al desnudo la pérdida de autoridad narrativa y la imposibilidad de proteger por completo a la infancia de la violencia psicológica de la guerra. Miri recordó cómo su hijo pequeño le contó la muerte de una persona de su comunidad: «Ahí, me quedé en shock… Me pilló desprevenida. No sabía qué decir… Solo dije algo así como, “No, no ha muerto nadie… seguramente no es verdad…”. Y entonces te quedas sin palabras». Su negación no es tanto una mentira como un intento reflejo de restablecer un mundo en el que todavía puede proteger a su hijo de verdades insoportables. Sin embargo, este momento revela también su propia incapacidad para regular el terreno emocional: «quedarse sin palabras» se convierte en emblema de la impotencia parental ante un trauma compartido.
Otra dificultad recurrente era cómo hablar con las criaturas de los rehenes, un tema que muchas madres y padres, como Miri, no se sentían preparados para abordar:
Decidimos no decírselo hasta saber lo que estaba pasando… Se lo dije solo a mi hijo mayor, pero no al pequeño… siempre estaba el miedo a lo que yo les contaba frente a lo que oían a su alrededor… No hemos conseguido tener una conversación como es debido sobre ello. (Miri)
Esto revela otra contradicción: el silencio pretende proteger, pero también deja un vacío que se llena rápidamente con relatos externos incontrolados. El papel de la madre o del padre como intérprete emocional y como fuente de sentido se ve socavado por la presencia omnipresente y sin filtro de la guerra en todos los ámbitos de la vida. El resultado es una parálisis del lenguaje, en la que hasta las «conversaciones como es debido» se vuelven esquivas.
La metáfora del «arma de doble filo» refleja la naturaleza ambivalente de la comunidad de acogida. Por un lado, ofrecía seguridad, continuidad y pertenencia en un contexto desastroso; por otro, ese mismo marco comunitario generaba también tensiones emocionales y relacionales, que se desarrollan en el subtema siguiente. Las participantes subrayaron sistemáticamente el papel decisivo de la comunidad de acogida para aliviar la angustia inmediata de la evacuación. Para muchas familias, la reubicación en un entorno conocido ofrecía un sentimiento de seguridad, de continuidad y de pertenencia en medio del caos. Rony, por ejemplo, describió la comunidad de acogida como un entorno que le servía de ancla emocional:
El pueblo de acogida era un lugar que queríamos mucho. Cada vez que nos evacuaban, íbamos allí. Ya teníamos amigos allí… Conocíamos a todo el mundo. Era de verdad como una segunda casa. Así que ayudó mucho. Solo quieres estar en un sitio seguro, sobrevivir, ¿sabes? Solo quieres que todo esté a salvo… era como un centro de recuperación… Era una casa de huéspedes, había césped, era un ambiente de kibutz, y la verdad… tuvimos suerte. (Rony)
El relato de Rony refleja un raro momento de coherencia en una realidad desintegrada. Su insistencia en lo familiar, «conocíamos a todo el mundo» y «era como una segunda casa», sugiere que la continuidad social pudo actuar como factor de protección. La metáfora del «centro de recuperación» refuerza la idea del kibutz de acogida como un entorno terapéutico de sostén, en el que las actividades estructuradas y el entorno bucólico calmaban temporalmente el sistema nervioso colectivo.
Sin embargo, las mismas condiciones de acogida que ofrecían consuelo generaban también nuevos factores de estrés. El hacinamiento, la falta de intimidad y la incertidumbre prolongada pesaban mucho tanto sobre las personas adultas como sobre las criaturas. Miri, por ejemplo, describió cómo la vida en común erosionaba su sentimiento de hogar:
Era absolutamente horrible. Ni siquiera podía decir la palabra “casa”… Sin espacio, sin salón, sin posibilidad de una comida familiar en privado, se come en el comedor comunitario. Siempre con todo el mundo, siempre todos juntos. (Miri)
La repetición de «sin» señala la negación de los rituales familiares que habitualmente restablecen el orden y el sentido. La vida en común, aunque necesaria, despojaba a las familias de rutinas básicas que confieren dignidad y previsibilidad, elementos centrales de la recuperación psicológica. Yafa se hizo eco de esta tensión, subrayando cómo la asfixia física reflejaba una claustrofobia emocional:
Era asfixiante, como una asfixia de 360 grados, la sensación de que no tenías aire. Y ellos tampoco tenían aire… Una de las cosas más difíciles era que no podía darle la sensación de que había una solución… Vives de verdad en la incertidumbre, y es imposible acostumbrarse a vivir en la incertidumbre. (Yafa)
Aquí, el lenguaje sensorial, «no tener aire», funciona como una metáfora visceral de los límites de la contención parental. Yafa no solo lucha por gestionar su propia ansiedad, sino que lamenta también su incapacidad para ofrecer a su hijo un sentimiento de estabilidad. El desplazamiento se convierte no solo en una alteración logística, sino existencial.
Aunque concebidas como lugares de refugio, algunas comunidades de acogida se convirtieron en escenarios de traumatización secundaria. Dos participantes describieron cómo la fragilidad psicológica de otras personas evacuadas, sumada a la repetición de las sirenas antiaéreas, intensificó el trauma de sus criaturas. Yafa relató una de esas experiencias:
Fue terrible y espantoso, impactante. Puedo decirte que muchos años de sirenas en la zona fronteriza con Gaza no fueron tan malos como esas dos sirenas… Por la cantidad de gente, y éramos muchísimos, éramos cientos, corriendo juntos hacia dos refugios, todos apiñados… con gente gritando, “¡Cuidado, que no se pierdan los niños! ¡Vigilad a los niños! ¡Se están llevando niños!”. Porque la gente, por sus propias experiencias traumáticas, no estaba bien mentalmente. Mis peques nunca habían llorado con las sirenas, nunca, en su vida. Pero esas dos, fueron impactantes. Fueron las peores. Dejaron huella, uno de los momentos realmente más duros, con una ansiedad que nos acompañó mucho tiempo después, y dificultades, y miedo a quedarse a solas. Fue verdaderamente terrible. (Yafa)
La descripción de Yafa complica la noción de apoyo comunitario. Lo que debería haber sido protector, el «estar juntos», amplificó en cambio el caos. La dinámica de la multitud, el ruido y la hipervigilancia compartida convirtieron el refugio en un escenario de desregulación colectiva. Su relato subraya que la proximidad con los demás, sobre todo cuando el trauma no elaborado está generalizado, puede paradójicamente desestabilizar en lugar de calmar. Las secuelas emocionales, una ansiedad persistente y el miedo a la soledad, apuntan a la larga estela del trauma ligado al desplazamiento, incluso cuando la seguridad física está técnicamente garantizada.
Este estudio exploró las experiencias vividas de madres israelíes que afrontaron la crianza y la alteración de la relación con sus hijos e hijas tras el ataque terrorista del 7 de octubre y el posterior desplazamiento. Los resultados iluminan la aguda carga psicológica que recae sobre las madres y los padres, los cambios en la regulación emocional y en los roles familiares dentro del sistema de apego y la compleja relación con la comunidad de acogida. Estos temas coinciden con la literatura emergente sobre la crianza en condiciones de conflicto armado, de trauma acumulativo y de desplazamiento forzado, y en algunos casos la amplían, al mostrar cómo la amenaza y el desplazamiento remodelan tanto la corregulación como la «ecología del cuidado» más amplia que rodea a la familia (Ungar, 2011).
Los relatos de las participantes revelaron una profunda vulnerabilidad emocional y dudas sobre sus capacidades parentales, sobre todo cuando se encontraban aisladas de la otra figura parental, de la familia extensa y de sus anclajes sociales habituales. Las madres que participaron en el presente estudio describieron momentos de derrumbe psicológico seguidos de giros bruscos hacia la acción, a menudo por el bien de sus criaturas. Este péndulo emocional concuerda con los hallazgos de Mijalevich-Soker y Taubman- Ben-Ari (2025), según los cuales las personas cuidadoras israelíes oscilaban durante la guerra entre la parálisis y un sentido acrecentado de la responsabilidad, condicionadas por la incertidumbre persistente y la ruptura de las redes de apoyo. En estos contextos, la crianza se convirtió en un campo de batalla emocional y logístico, donde mostrar fortaleza era a la vez una estrategia de afrontamiento y un deber parental percibido.
Diversos estudios muestran que una regulación acrecentada, unida a imperativos morales internos de mantener la compostura delante de la infancia, complicaba la dinámica parentofilial (Mijalevich-Soker & Taubman - Ben-Ari’s, 2025). Al parecer, las personas cuidadoras reprimen sus reacciones emocionales para proteger a sus criaturas, lo que genera una carga emocional invisible que puede comprometer su disponibilidad para la corregulación precisamente en los momentos en que la infancia más necesita un «regulador externo» (Lieberman & Van Horn, 2005; Lieberman & Horn, 2008).
Nuestro segundo tema, «Mi hijo creció de la noche a la mañana», recoge cambios drásticos en los roles parentofiliales que se produjeron bajo una amenaza crónica y en el desplazamiento. En las cuatro entrevistas, las madres describieron una combinación paradójica de maduración acelerada (criaturas que se vuelven vigilantes, protectoras e «hiperresponsables») y de dependencia regresiva (aferramiento, angustia de separación, alteraciones del sueño y ansiedad acrecentada). Estas trayectorias dobles, independencia prematura junto con una búsqueda acrecentada de proximidad, se han documentado en familias expuestas al trauma, también en condiciones de estrés ligado a la guerra (Feldman & Vengrober, 2011).
Desde la perspectiva del apego, estos cambios pueden entenderse como adaptaciones al peligro en las que la criatura alterna entre demandas de corregulación basadas en el acercamiento y estrategias más autosuficientes cuando el cuidado parece menos disponible (Bowlby, 1969; Taylor & Kaplan, 2023). El aparente «crecer de la noche a la mañana» de las criaturas puede también relacionarse con una inversión de roles parentofiliales o con dinámicas próximas a la parentificación, en las que la criatura asume una vigilancia, una responsabilidad o funciones de cuidado propias de una persona adulta en condiciones de estrés familiar y de vulnerabilidad parental. La parentificación se ha conceptualizado como una alteración de las fronteras generacionales en la que la criatura asume responsabilidades emocionales o funcionales que normalmente corresponden a las personas adultas, sobre todo cuando la disponibilidad parental está comprometida o el sistema familiar se encuentra sometido a tensión (Boszormenyi-Nagy & Spark, 1973; Earley & Cushway, 2002; Engelhardt, 2012; Macfie et al., 2015). Sin embargo, en el presente estudio, estas dinámicas no deben entenderse como estructuras familiares fijas ni como una parentificación formal, sino como cambios de rol situacionales, modelados por el trauma, que surgen en condiciones extremas de amenaza, de desplazamiento y de agotamiento materno.
Desde la perspectiva del apego, estos cambios de rol pueden afectar a la percepción que la criatura tiene de la persona cuidadora como fuente de protección disponible de forma fiable. Cuando siente que debe vigilar el malestar de su madre o de su padre o ayudar a estabilizar el sistema familiar, la dirección del cuidado puede invertirse parcialmente: en lugar de depender de la persona cuidadora para regularse, puede intentar preservar la cercanía volviéndose útil, vigilante o emocionalmente sintonizada con las necesidades parentales (Earley & Cushway, 2002; Engelhardt, 2012). Con el tiempo, estas dinámicas pueden moldear sus modelos operativos internos, reforzando una imagen de sí como responsable de la estabilidad emocional de los demás y una visión de las relaciones organizadas en torno al cuidado, el deber y la gestión de la amenaza (Bowlby, 1969; Earley & Cushway, 2002; Engelhardt, 2012). En el presente contexto, esto no implica una alteración fija del apego, sino que sugiere que el peligro extremo y el agotamiento materno pueden tensar temporalmente la jerarquía ordinaria del apego, produciendo a la vez una búsqueda intensificada de proximidad y una autosuficiencia prematura. Es importante señalar que los relatos de las madres sugieren que estos cambios de rol estaban configurados también por la propia capacidad reguladora de las madres bajo el trauma: cuando se sentían agotadas, desbordadas emocionalmente o fragmentadas en su rol de cuidado, las estrategias de sus criaturas parecían polarizarse: o bien asumían una responsabilidad casi adulta (para estabilizar el hogar), o bien intensificaban las conductas de dependencia (para obtener cercanía y contención). Así, el tema no sugiere una simple aceleración del desarrollo, sino más bien una oscilación modelada por el trauma entre una responsabilidad prematura y una dependencia intensificada.
Los relatos de las madres revelaron que el desplazamiento no terminaba una vez reducido el peligro físico; seguía desarrollándose, más bien, en las condiciones relacionales y comunitarias del entorno de acogida. Las participantes describieron el kibutz de acogida o el asentamiento temporal como un contexto de doble filo: un lugar que al principio ofrecía seguridad, continuidad y cuidado comunitario, pero que poco a poco se asoció al hacinamiento, a la tensión, a la pérdida de intimidad y a la sensación de ser juzgadas. Diversos equipos de investigación han subrayado el impacto del desplazamiento en el entorno de acogida (Lozynskyy et al., 2023; Grinshtain & Haruv, 2025; Richmond, 1988). Richmond (1988) analizó cómo la adaptación sociocultural de las personas inmigrantes está condicionada tanto por el apoyo sistémico como por los conflictos sociales en los países de acogida, subrayando las tensiones que surgen cuando los esfuerzos de integración chocan con la preservación cultural y la resistencia social. Del mismo modo, en el presente estudio, aunque las participantes vivieron al principio el kibutz de acogida como un espacio estabilizador e incluso terapéutico, «como un centro de recuperación», ese sentimiento de refugio a menudo se erosionaba con el tiempo. Las mismas estructuras que hacían posibles la pertenencia y la continuidad se convertían también en fuentes de fragmentación psicológica. Las expectativas culturales, la pérdida de intimidad y la convivencia con otras familias traumatizadas intensificaban el malestar y minaban la eficacia parental. Estos resultados resuenan con la investigación sobre el apoyo social tras las catástrofes, que muestra que el apoyo comunitario puede ser muy protector inmediatamente después del trauma, pero también deteriorarse o resentirse con el tiempo cuando la propia comunidad circundante está desbordada (Kaniasty, 2012).
El contexto israelí posterior al 7 de octubre aclara aún más esta dualidad. Estudios recientes sobre personas evacuadas en Israel describen el desplazamiento no simplemente como un traslado a un lugar más seguro, sino como una alteración prolongada de la autonomía, la intimidad, las rutinas familiares, la pertenencia y la continuidad comunitaria. Assaraf y Dagan (2025), por ejemplo, estudiaron a personas evacuadas del norte y del sur de Israel que fueron desplazadas a hoteles durante la guerra entre Israel y Hamás, y mostraron cómo incluso entornos destinados a ofrecer protección podían vivirse como restrictivos, liminales y psicológicamente angustiosos.
Desde un punto de vista ecológico, estos relatos pueden entenderse como un cambio en el microsistema de la familia, en el que los «entornos de sostén» cotidianos (rutinas, intimidad, roles previsibles y apoyos sociales) se ven reconfigurados por el lugar de acogida y sus normas (Beck, 2025; Taylor & Kaplan, 2023). En la investigación sobre refugio y desplazamiento, los marcos de integración subrayan igualmente que los vínculos sociales (lazos, puentes y enlaces), junto con el acceso a los servicios y las actitudes locales, determinan si los contextos de acogida funcionan como entornos protectores o estresantes (Ager & Strang, 2008; Hadar, 2024). Desde una perspectiva ecológica informada por la teoría del apego, estas presiones parecen reducir la capacidad de las personas cuidadoras para mantener una corregulación coherente y ofrecer una base segura, ya que el funcionamiento parental quedaba continuamente expuesto a la vigilancia, la comparación y la incertidumbre (Mladenović et al., 2021). Esto es especialmente importante porque las comunidades de acogida no eran contenedores neutros del malestar de las personas evacuadas; estaban ellas mismas inmersas en la misma emergencia nacional y, en muchos casos, en una realidad traumática compartida y persistente. La literatura sobre la realidad traumática compartida subraya que el cuidado, la ayuda y el apoyo se complican cuando quienes ayudan, los equipos profesionales y los entornos de acogida están expuestos a amenazas, pérdidas e incertidumbres superpuestas (Dekel & Baum, 2010; Baum, 2014; Segev et al., 2026).
Grinshtain y Haruv (2025) observaron que las personas evacuadas en la periferia norte de Israel describían el desplazamiento comunitario como generador de factores de atracción y de expulsión a la vez: sentimientos de desapego, pérdida involuntaria de capacidad de acción y profunda preocupación por el bienestar de sus hijos e hijas. La ambivalencia emocional relatada, a salvo pero emocionalmente fragmentadas, pone de relieve que el apoyo debe ir más allá de las necesidades materiales para abordar las rupturas relacionales en los entornos de acogida.
Las revisiones sistemáticas de Bürgin et al. (2022) y de Hazer y Gredebäck (2023) muestran que el desplazamiento forzado y el malestar parental afectan significativamente al desarrollo socioemocional y cognitivo de la primera infancia, sobre todo cuando las personas cuidadoras están desbordadas o ausentes. En el presente estudio, estos relatos profundamente personales de crianza en solitario durante los ataques del 7 de octubre y a lo largo de un desplazamiento prolongado ponen de relieve la carga psicológica acumulada que recae sobre las personas cuidadoras, en especial sobre las madres, que atraviesan la crisis sin la otra figura parental.
La ausencia de toma de decisiones compartida y de apoyo emocional intensificaba los sentimientos de impotencia, de culpa y de insuficiencia parental. Como reflejan los relatos de Rony y de Yafa, el doble papel de protectora y de reguladora emocional se volvió a la vez crucial e insostenible bajo un estrés crónico.
Alfasi et al. (2025) documentaron igualmente un elevado estrés parental y su impacto negativo en el funcionamiento familiar entre madres y padres israelíes después del 7 de octubre, lo que refuerza el lugar central del bienestar de las personas cuidadoras en la adaptación al trauma. Sin embargo, incluso frente al agotamiento y la fragmentación, las madres de este estudio hicieron esfuerzos notables por contener la angustia de sus criaturas, ya fuera mediante la proximidad física, la protección emocional o el encuadre moral de la adversidad. Esto se hace eco de Gillespie et al. (2022), que destacan el papel protector fundamental que desempeñan las madres desplazadas para amortiguar el trauma complejo en sus hijos e hijas. Su trabajo subraya la urgente necesidad de intervenciones relacionales centradas no solo en los síntomas de la infancia, sino en las capacidades de las personas cuidadoras y en el restablecimiento de la coherencia parental como base de la recuperación.
En conjunto, nuestros resultados ponen de relieve la doble carga: las madres atravesaron el trauma a la vez como cuidadoras y como reguladoras relacionales. En este contexto, cuidadoras remite principalmente a las dimensiones prácticas y protectoras de la crianza, como garantizar la seguridad, gestionar las exigencias del desplazamiento y mantener el cuidado cotidiano en condiciones de inestabilidad. Reguladoras relacionales, en cambio, remite al papel emocional diádico de las madres: sus esfuerzos por contener el miedo de sus criaturas, mantener la disponibilidad emocional y restablecer la corregulación a pesar de su propia activación traumática. El desplazamiento no solo quebró la estabilidad física, sino también la identidad parental y las capacidades internas de regulación, lo que complicó el restablecimiento de una base segura y de una corregulación fiable en la relación parentofilial. Estudios recientes refuerzan la importancia de la función reflexiva y de la eficacia parental en contextos expuestos a la guerra (Enav & Mayer, 2025; Hadar, 2025). Ello sugiere que las intervenciones deberían reforzar la capacidad reflexiva de madres y padres como vía para sostener la resiliencia tanto de la infancia como de las personas cuidadoras. Además, Khraisha et al. (2024) sugieren que unos sistemas de cuidado rediseñados, que subrayen la urgencia de la coparentalidad, la dignidad, la negociación y la delicadeza, pueden promover la salud mental y la cohesión familiar general en contextos de desplazamiento.
Este estudio se basa en entrevistas en profundidad con cuatro madres que vivieron el ataque del 7 de octubre y el desplazamiento posterior, por lo que sus conclusiones deben interpretarse con cautela. El reducido tamaño de la muestra y el limitado perfil de las entrevistadas restringen la transferibilidad de los resultados; no puede suponerse que representen toda la gama de experiencias de madres y padres israelíes de distintas regiones, comunidades, estructuras familiares o entornos socioculturales.
Además, todas las participantes eran madres reclutadas a través de un centro terapéutico temporal, lo que significa que sus relatos pueden reflejar la situación de familias que tenían cierto acceso a apoyo terapéutico y que podían reflexionar sobre sus experiencias en un contexto relativamente contenedor.
Otra limitación se refiere a la especificidad cultural y geopolítica del estudio. Su foco empírico está muy situado en el contexto israelí y, más concretamente, en familias de la periferia israelí afectadas por el terror, la guerra y el desplazamiento interno. Esta especificidad es también una fortaleza: permite un relato rico y sensible al contexto de la crianza bajo una amenaza aguda y un desplazamiento prolongado. Sin embargo, significa también que los resultados no deben generalizarse sin espíritu crítico a otros contextos de guerra, de migración forzada o de trauma comunitario. La crianza en el desplazamiento está condicionada por historias locales, realidades políticas, estructuras familiares, expectativas culturales, formas de organización comunitaria y sistemas de apoyo disponibles. Estos rasgos contextuales son centrales en los significados que las participantes atribuyeron a la crianza en solitario, a la maduración acelerada de sus criaturas, a la fragmentación del cuidado y al papel ambivalente de la comunidad de acogida. Al mismo tiempo, estas participantes ilustran de forma muy elocuente un fenómeno más amplio: el de las madres que crían en condiciones de terror agudo, de incertidumbre persistente y de desplazamiento prolongado. Sus relatos ofrecen ejemplos ricos y conceptualmente potentes de procesos que probablemente comparten muchas personas en circunstancias similares, pero el estudio debe entenderse más bien como una aportación de profundidad y de matices que de amplitud o de representatividad estadística.
Futuras investigaciones deberían examinar la crianza en el desplazamiento en contextos culturales, sociales y geopolíticos más diversos. Se necesitan estudios cualitativos y mixtos de mayor envergadura para explorar si surgen patrones similares en familias desplazadas por otras formas de conflicto armado, de violencia política, de catástrofe natural o de desplazamiento forzado. En el contexto israelí, los estudios futuros deberían incluir a madres y padres de distintas regiones, comunidades étnicas y religiosas, entornos socioeconómicos y configuraciones familiares, incluidos los padres, las familias monoparentales, las abuelas y los abuelos y otras personas cuidadoras.
También se necesitan estudios longitudinales y diádicos que sigan a las madres, a los padres y a sus criaturas a lo largo del tiempo, en particular en momentos clave de transición como la evacuación, el realojamiento temporal, la acogida prolongada, el regreso a casa o el reasentamiento en otro lugar. Estos diseños podrían ayudar a aclarar cómo evolucionan con el tiempo las representaciones parentales, la adaptación infantil, las conductas relacionadas con el apego y las rutinas familiares. También podrían examinar cómo los entornos de acogida sostienen o socavan el funcionamiento parental, la intimidad, la autonomía y la coherencia familiar.
Los servicios que trabajan con familias desplazadas (p. ej., centros comunitarios, kibutzim de acogida, centros de salud, escuelas) deberían ofrecer a madres y padres intervenciones grupales breves y estructuradas dirigidas directamente a (a) las habilidades de regulación emocional (p. ej., técnicas de anclaje, corregulación con las criaturas, gestión del pánico en los refugios), (b) la autoeficacia parental (ayudar a las madres a nombrar lo que sí hacen bien en condiciones imposibles) y (c) el acompañamiento relacional (estrategias prácticas para hablar con la infancia del miedo, de la ausencia de la otra figura parental y de la incertidumbre). Pueden impartirse en grupos de 6 a 8 sesiones o integrarse en las reuniones de familias y en los programas centrados en la infancia ya existentes.
Debería exigirse a los entornos de acogida que integren la seguridad psicológica en su funcionamiento habitual, y no solo que proporcionen alojamiento y comida. Esto puede incluir: reuniones de acogida que presenten explícitamente a las personas evacuadas como huéspedes apreciadas y no como una carga; formación del personal local y del voluntariado en comunicación informada sobre el trauma (p. ej., evitar comentarios que juzguen la manera de criar); espacios tranquilos e íntimos donde las madres y los padres puedan desahogarse sin sentirse expuestos; y foros comunitarios periódicos en los que las tensiones puedan expresarse y mediarse en lugar de dejar que se enquisten.
Las políticas de reasentamiento y de desplazamiento interno deberían dar prioridad a (a) mantener la unidad familiar siempre que sea posible (evitando separaciones innecesarias entre las criaturas y sus madres o padres en lugares distintos), (b) financiar servicios de cuidado infantil y programas de desarrollo de la primera infancia in situ y de fácil acceso en las viviendas temporales, y (c) incorporar un apoyo parental informado por la salud mental (p. ej., grupos psicoeducativos, asesoramiento parental) en los dispositivos nacionales de respuesta a emergencias (Bernhardt et al., 2024). Las directrices políticas pueden establecer normas mínimas de apoyo psicosocial en hoteles, kibutzim y centros temporales, y destinar presupuestos específicos a la contratación de personal psicosocial cualificado en lugar de depender únicamente del voluntariado.
Este estudio arroja luz sobre las experiencias vividas de madres israelíes que afrontan la crianza en condiciones de terror extremo y de desplazamiento prolongado. A lo largo de las entrevistas, la crianza apareció como una tarea a la vez práctica y profundamente relacional, modelada por las exigencias simultáneas de protección, regulación emocional, negociación de roles y supervivencia. Los resultados muestran cómo la crisis traumática y el desplazamiento pueden quebrar no solo los hogares físicos y las rutinas diarias, sino también la identidad parental, la coherencia emocional y el campo relacional parentofilial. Las madres debían mantener la seguridad y la continuidad para sus criaturas mientras gestionaban su propio miedo, su duelo, su agotamiento y su desorientación. En este contexto, cuidar se convirtió en un acto continuo de contención emocional, que a menudo exigía a las madres proyectar estabilidad en momentos en que su propio sentimiento interno de estabilidad se había visto profundamente alterado.
El estudio pone de relieve la necesidad de respuestas informadas sobre el trauma que reconozcan a las madres y los padres desplazados no solo como personas cuidadoras responsables de la recuperación de la infancia, sino también como supervivientes cuyas propias capacidades emocionales y relacionales necesitan apoyo. Las intervenciones clínicas y comunitarias deberían, por tanto, atender al sistema familiar en su conjunto, reforzando la seguridad relacional, la capacidad reflexiva parental, la regulación emocional y las oportunidades de agencia y de dignidad parentales. Apoyar a la infancia tras la guerra y el desplazamiento no puede separarse del apoyo a las madres y los padres a quienes se pide que sostengan, interpreten y regulen por ella la realidad traumática. En este sentido, la recuperación implica algo más que restablecer las rutinas o proporcionar un refugio temporal; requiere prestar atención a las estructuras emocionales y relacionales fracturadas a través de las cuales las familias intentan recuperar la continuidad, la conexión y un sentimiento de seguridad.
Complexe Systémique: lo esencial
Solo cuatro entrevistas, pero un retrato minucioso de lo que la amenaza hace al sistema parentofilial: la madre resiste durante el peligro y se derrumba una vez a salvo, la criatura se parentifica o retrocede según lo que la figura parental todavía es capaz de contener, y el silencio protector cede el paso a los relatos de los iguales y de las pantallas. La aportación más sistémica se refiere a la comunidad de acogida: el entorno que salva se convierte, con el tiempo, en un lugar de hacinamiento, de comparación y de trauma compartido, de modo que forma parte del problema tanto como de la solución. Para la práctica clínica destacan tres puntos: sostener la parentalidad en lugar de tratar solo a la criatura, leer los cambios de rol como adaptaciones situacionales y no como una parentificación fija, y trabajar con los propios entornos de acogida. Los límites son claros: una muestra muy pequeña de madres reclutadas a través de un centro de atención, una investigadora que trabajó ella misma como terapeuta con familias desplazadas, ningún padre ni ninguna criatura entrevistados y un contexto israelí muy situado que la autora advierte que no debe generalizarse. Puede leerse junto con el artículo sobre los primeros auxilios psicológicos para familias en tiempos de guerra y el ensayo de un programa familiar con jóvenes y familias de Gaza.
Notas del original
1 La regulación emocional designa los procesos mediante los cuales las personas supervisan, comprenden y modulan sus estados emocionales para responder de forma adaptativa a las exigencias internas y externas. En la primera infancia, esta capacidad se desarrolla en gran medida a través de la corregulación con las personas cuidadoras, que ayudan a la criatura a organizar su malestar, a recuperar la calma y a interiorizar progresivamente estrategias de gestión de los afectos (Paley & Hajal, 2022).
2 El apego designa el vínculo emocional duradero de la criatura con una persona cuidadora a la que vive como fuente de protección, de consuelo y de regulación en los momentos de angustia. A través de interacciones repetidas, la criatura desarrolla expectativas sobre la disponibilidad y la capacidad de respuesta de los demás, que modelan sus patrones posteriores de seguridad, exploración, regulación afectiva y relación (Bowlby, 1969).
3 En este artículo, la crianza en solitario designa los periodos en los que una madre o un padre asume la responsabilidad principal del día a día de sus criaturas sin la presencia física de la otra figura parental. El término no indica necesariamente una situación formal de monoparentalidad. Esta experiencia cobró especial relevancia en Israel tras el ataque del 7 de octubre debido al desplazamiento y a otras separaciones ligadas a la guerra, entre ellas un servicio prolongado en la reserva militar. En enero de 2024 se había movilizado a unos 300 000 reservistas, de los cuales unos 120 000 tenían hijos o hijas; aproximadamente el 12% de las personas movilizadas tenían criaturas menores de nueve años (Shay et al., 2024; Zerach, 2024).
Agradecimientos. La autora expresa su más sincera gratitud a las valientes mujeres que participaron en este estudio y compartieron sus experiencias durante la guerra y el desplazamiento. Su disposición a hablar abiertamente, a pesar de la incertidumbre y de las pérdidas persistentes, hizo posible esta investigación. La autora agradece también a los equipos profesionales y a las organizaciones que colaboraron en el reclutamiento y apoyaron el proceso de investigación, así como a todas las personas que aportaron orientación y apoyo práctico para hacer avanzar el estudio.
Financiación. Financiación en acceso abierto proporcionada por la Universidad de Haifa. No aplicable.
Aprobación ética. Este estudio fue aprobado por el comité de ética del Comité de Ética Institucional de Bienestar y Ciencias de la Salud de la Universidad de Haifa (#345/24).
Consentimiento para la publicación. Todas las participantes firmaron un formulario de consentimiento para la publicación.
Declaración de consentimiento para participar. Cada participante dio su consentimiento informado para participar.
Declaración de edición asistida por IA. La autora declara haber utilizado ChatGPT para la corrección lingüística y el pulido estilístico durante la preparación de este manuscrito. La herramienta se utilizó únicamente para mejorar la claridad, la gramática y la legibilidad. Todo el contenido intelectual, el análisis, la interpretación y las decisiones finales relativas al manuscrito siguen siendo responsabilidad de la autoría.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
Número de ensayo clínico. No aplicable.
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Traducción no oficial al español de “Left Speechless in Front of My Children”: A Thematic Analysis of Parents’ Experiences During War & Displacement, de Tamar Hadar, Journal of Child & Adolescent Trauma, publicación anticipada en línea (2026), doi: 10.1007/s40653-026-00974-4, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción, tablas presentadas en forma de listas). Ni la autora ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «“Left Speechless in Front of My Children”: A Thematic Analysis of Parents’ Experiences During War & Displacement», publicado en Journal of Child & Adolescent Trauma (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido y maquetado por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Hadar, T. (2026). “Left Speechless in Front of My Children”: A Thematic Analysis of Parents’ Experiences During War & Displacement. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/left-speechless-in-front-of-my-children-a-thematic-analysis-of-parents-experiences (Obra original publicada en 2026 en Journal of Child & Adolescent Trauma, publicación anticipada en línea (2026); republicada en 2026 por Journal of Child & Adolescent Trauma, https://link.springer.com/article/10.1007/s40653-026-00974-4)
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