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Journal of Family Issues · Protección de la infancia

«Toda mi familia no es realmente mi familia»: las sombras del internamiento en régimen cerrado sobre la familia y las prácticas familiares de personas jóvenes adultas y sus familias

En Suecia, el internamiento en régimen cerrado aísla a las personas jóvenes de casi todos sus vínculos, salvo de su madre y su padre. Casi diez años después, Sofia Enell y Monika Wilińska volvieron a entrevistar a 11 jóvenes que habían pasado por estos centros, junto con miembros de su familia. Sus relatos revelan las «sombras» que el internamiento sigue proyectando: caos emocional, posiciones familiares redibujadas y una familia de origen que no se puede ni dejar atrás ni hacer funcionar.

Autoría Sofia Enell (Department of Social Work, Linnaeus University, Växjö) y Monika Wilińska (Department of Social Work, School of Health and Welfare, Jönköping University), SueciaPrimera publicación Journal of Family Issues, 3 de julio de 2021Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de “My Whole Family Is Not Really My Family”—Secure Care Shadows on Family and Family Practices Among Young Adults and Their Family Members, de Sofia Enell y Monika Wilińska, publicado en Journal of Family Issues (SAGE) (2022), doi: 10.1177/0192513x211030026, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

La familia sin contacto ni práctica deja de existir.

Sofia Enell y Monika Wilińska

Resumen

Este estudio, realizado en Suecia, explora las prácticas familiares y las exhibiciones familiares (family displays) de personas jóvenes adultas con antecedentes de internamiento en régimen cerrado, una medida que limita y restringe los contactos y provoca, por tanto, cambios fundamentales en las relaciones. Casi 10 años después del internamiento institucional, los relatos de 11 personas jóvenes adultas y de 11 familiares designados por ellas revelan luchas persistentes entre las realidades imaginadas y vividas de la familia. Estas luchas se ponen de manifiesto a través de los recuerdos y las emociones que evoca el contexto del internamiento en régimen cerrado, y muestran hasta qué punto este penetró en su vida familiar. Mediante la metáfora de las sombras, se distinguen las sombras del horror recordado del internamiento (que refleja el desplazamiento familiar) y la presión por hacer funcionar la familia (que refleja las prácticas restrictivas del internamiento, en las que solo la familia (de origen) se consideraba familia y relación de importancia (natural)). Reclamamos que se preste más atención a la perversidad de los dispositivos de internamiento en régimen cerrado, tanto en el plano de las políticas como en el de las instituciones.

Palabras clave: familia, prácticas familiares, exhibición familiar, internamiento en régimen cerrado, personas jóvenes adultas, madres y padres, relaciones

Introducción

¿Qué es la familia para ti? Esta pregunta se planteó a personas jóvenes adultas que habían sido internadas en régimen cerrado unos 8 años antes. El internamiento en régimen cerrado es la intervención más intrusiva y controladora del sistema sueco de protección de la infancia, concebida para proteger a menores en riesgo de hacerse daño o de hacérselo a otras personas. Un internamiento de este tipo implica pasar un tiempo indeterminado en un lugar con unidades cerradas con llave, cacheos, aislamientos y vigilancia las 24 horas. Es evidente que los efectos de ser internado en estas instituciones van mucho más allá de sus muros. Además de vivir el internamiento como algo dañino y punitivo, las personas jóvenes tienen dificultades para dar sentido a su internamiento y a sí mismas (Enell & Wilińska, 2021; Henriksen & Prieur, 2019; Vogel, 2018).

El internamiento en régimen cerrado supone intervenciones críticas en las relaciones de las personas jóvenes, tanto dentro como fuera de la institución, lo que lo convierte en una forma particular de práctica relacional (Enell & Wilińska, 2021.). Cuando ingresan en un centro cerrado, las personas jóvenes quedan separadas de sus relaciones anteriores y, al mismo tiempo, se ven introducidas en nuevas relaciones temporales con otras personas internas y con el personal que trabaja en la institución. Del mismo modo, los miembros de la familia se enfrentan al reto de mantener las relaciones cuando todas las formas de contacto personal quedan severamente recortadas por las restricciones institucionales. El internamiento institucional puede, por tanto, afectar gravemente a las relaciones dentro de una familia, al interrumpir, romper y redefinir el significado de la familia y de las prácticas familiares cotidianas. En este artículo exploramos cómo personas jóvenes adultas con la experiencia vivida del internamiento en régimen cerrado y sus familiares hablan de las relaciones familiares y cómo entienden la familia.

El uso de metáforas en la investigación es habitual, sobre todo cuando se pretende encontrar maneras de comunicar experiencias difíciles o emocionalmente exigentes (Carpenter, 2008). Para ayudar a esclarecer cómo el internamiento en régimen cerrado afecta a la comprensión de la familia y de las prácticas familiares, utilizamos la metáfora de las sombras. Las sombras están siempre presentes, pero, según el objeto y la manera en que incide la luz, cambian de forma y de tamaño, y pueden hacerse más o menos visibles. Las sombras llaman la atención sobre el objeto que las proyecta, sobre la fuente de luz y sobre la superficie en la que caen (Schilperoord & van Weelden, 2018). En este artículo abordamos la vida familiar como la superficie sobre la que el internamiento institucional (por sus efectos emocionales y relacionales) proyecta sus sombras. La metáfora de las sombras pone de relieve cómo las experiencias del internamiento en régimen cerrado pueden seguir acechando en las imágenes de la familia y de la vida familiar años después del internamiento.

El arraigo contextual de la familia

La pregunta «¿qué es la familia para ti?» apela a las imágenes y a los ideales que cada persona tiene sobre la vida familiar y el significado de la familia. Las ideas de una persona sobre la familia se apoyan a menudo en valores normativos sobre cómo «debería» vivirse la vida familiar y sobre las obligaciones que se supone que los miembros de la familia tienen entre sí. Estos valores están moldeados por contextos sociales e históricos específicos (Smart, 2007), y su fuerza reside en que nos ayudan a comprender y a medir nuestra propia vida familiar, así como a dar forma a nuestras prácticas familiares y exhibiciones familiares cotidianas. Las prácticas familiares son acciones orientadas hacia personas definidas como miembros de la familia, y tienen por objetivo sostener esas relaciones concretas (Finch, 2007; Morgan, 2011). Las exhibiciones familiares, en cambio, consisten en transmitir el significado especial de la familia y en establecer ante los demás que «esta es mi familia»; se trata de acciones que sirven para distinguir y para «hacer familia» (Finch, 2007). La necesidad de mostrar que las propias relaciones familiares funcionan puede ser más apremiante en momentos de ambigüedad o de cambio, por ejemplo cuando los hijos y las hijas se alejan de su familia o (como en este estudio) cuando una familia queda separada por el internamiento de un menor en régimen cerrado.

Heaphy (2011) subrayó el arraigo sociocultural de la exhibición familiar y lo relacionó con dimensiones de poder. Toda forma de exhibición familiar está delimitada por su contexto situacional, que no solo determina las prácticas de exhibición aceptadas, sino que también impone diversas exigencias sobre quién puede llevar a cabo esas exhibiciones y cómo deben hacerse. Del mismo modo, las prácticas familiares reflejan a grupos singulares de personas que ejercen sus vínculos relacionales, y se ven afectadas por las circunstancias situacionales, que a su vez dependen de los recursos disponibles y regulan las moralidades y las legitimidades familiares. El estudio de la práctica familiar y de la exhibición familiar es, por tanto, tanto un estudio de las relaciones humanas y de las interdependencias en el nivel micro como un estudio de las normas, expectativas y moralidades del nivel macro que rodean la vida relacional. Cuanto más aprendemos sobre la familia, más aprendemos sobre el contexto en el que la familia se practica y se exhibe.

Debido a este arraigo sociocultural, la pertenencia familiar no puede separarse de las prácticas familiares (Morgan, 2011). La pertenencia familiar puede redefinirse si se ofrece o se retira el apoyo o el contacto, y esa redefinición también es posible para los miembros de la «familia de origen» (Becker & Charles, 2006). En otras circunstancias atípicas, como cuando la familia biológica y la familia de acogida cuidan al mismo tiempo de los mismos niños y niñas, la idea de pertenencia familiar puede resultar ambivalente y generar conflicto (Järvinen & Luckow, 2020). Las expectativas normativas específicas de la vida cotidiana también tienen consecuencias para las consideraciones relativas a la práctica familiar. El lenguaje de la familia y las normas asociadas a él, como las ideas de unión, pertenencia y reciprocidad, constituyen poderosos espacios discursivos que moldean el sentido de uno mismo y que, por ello, son difíciles de romper, de eludir o de negociar (McCarthy, 2012). Por ejemplo, los relatos de jóvenes procedentes de familias «difíciles» (por ejemplo, en las que la madre o el padre tienen problemas de consumo de sustancias) muestran lo difícil que es liberarse de relaciones abusivas y lo difícil que es imaginar la vida sin una familia de origen (Wilson, Cunningham-Burley, Bancroft, & Backett-Milburn, 2012).

Las normas sociales sobre lo que constituye (o no constituye) una familia suponen un serio desafío para quienes no pueden ajustarse al ideal familiar. Se ha demostrado que las prácticas familiares se desarrollan a menudo sobre el telón de fondo de ideales persistentes de familia nuclear (Ribbens McCarthy, Edwards, & Gillies, 2000; Stoilova, Roseneil, Carter, Duncan, & Phillips, 2017). Del mismo modo, a personas jóvenes adultas con experiencias de acogimiento fuera del hogar, y a sus familias, también puede resultarles difícil hacer encajar su propia situación en los ideales familiares predominantes en la sociedad. En general, las personas jóvenes con experiencias de acogimiento fuera del hogar tienden a tener una comprensión más fluida y ambigua de la familia y de las relaciones familiares (Holland & Crowley, 2013; Parker & Mayock, 2019). Una sensación de discontinuidad y una falta de seguridad y de arraigo son rasgos que se encuentran con frecuencia en los relatos familiares de estas personas jóvenes (ibid). Estas personas jóvenes muestran una gran creatividad a la hora de problematizar el concepto de familia. De este modo, mantienen la importancia de la familia —sea cual sea la forma y el significado que adopte— en su propia vida (Boddy, 2019; Gwenzi, 2020).

El contexto del internamiento en régimen cerrado en Suecia

Los imaginarios y las prácticas familiares están inscritos en contextos sociales y estructurales específicos y, en este estudio, los contextos específicos se sitúan en Suecia, en el sistema sueco de protección de la infancia y en el internamiento en régimen cerrado. Como Estado, Suecia ofrece un marco desfamiliarizado, lo que significa que no se supone que las personas dependan del apoyo familiar (Nygren, Naujanienè, & Nygren, 2018). Dentro de este marco, la protección de la infancia en Suecia se ha clasificado como un sistema de servicio a la familia en el que el apoyo a las relaciones entre progenitores e hijos y el cuidado de la infancia constituyen el foco principal (Freymond & Cameron, 2006). Este foco debe mantenerse también cuando las autoridades de protección de la infancia acogen a menores fuera del hogar (Höjer & Sjöblom, 2010).

En Suecia, los servicios en el domicilio, las formas de atención no obligatorias y el acogimiento familiar son, en general, más frecuentes que la atención obligatoria y el acogimiento residencial (Socialstyrelsen, 2020). Así, las 22 instituciones estatales de internamiento en régimen cerrado que existen destacan por su carácter obligatorio y por el uso de medidas restrictivas de gran alcance. La mayoría de estas instituciones están situadas en zonas rurales y acogen a entre 14 y 59 jóvenes de hasta 21 años (cada año se envía a unos 1100 niños, niñas y jóvenes a uno de estos centros). Los fundamentos jurídicos del internamiento y de las restricciones en régimen cerrado son que las autoridades de protección de la infancia consideren a la persona joven un peligro para sí misma o para otras personas, y que necesite una «supervisión rigurosa» (Ley sobre la atención de personas jóvenes [disposiciones especiales] 1990:52). Alrededor de la mitad de los internamientos son los llamados «internamientos de urgencia», lo que significa que las personas jóvenes son trasladadas de inmediato al centro cerrado y que el procedimiento judicial tiene lugar después. No hay límites de duración para el internamiento en régimen cerrado (la estancia media es de 5 meses) ni límites inferiores de edad (la edad media es de 16 años). Un internamiento en régimen cerrado debe terminar en cuanto la autoridad de protección de la infancia determine que ya no es necesario para el bienestar del niño o la niña. En la protección de la infancia sueca, solo las personas jóvenes con mayores dificultades son internadas en régimen cerrado, y el internamiento no suele ayudar a resolver los problemas de fondo (Vogel, 2012).

Cuando un menor está en régimen cerrado, las responsabilidades parentales se transfieren a las autoridades de protección de la infancia y se ejercen en las instituciones de internamiento. Mientras dura el internamiento, los contactos de la persona joven con su familia y sus amistades están controlados y restringidos. Al mismo tiempo, la legislación establece que la necesidad del menor de tener contacto con su madre y su padre debe satisfacerse en la medida de lo posible. A lo largo de los años se han hecho varios intentos de incluir un trabajo con las familias junto con el internamiento en régimen cerrado (Kesthely, 2006; Ponnert & Svensson, 2012). Sin embargo, estos intentos no han tenido mucho éxito y, al final, muy pocas familias han participado. Aunque las relaciones familiares, tanto antes como después del internamiento, no están libres de conflictos y tensiones e incluso pueden ser destructivas (Andersson, 2018; Höjer & Sjöblom, 2010), la familia desempeña a menudo un papel crucial a la hora de proporcionar el apoyo social necesario tras la salida de la institución (Harder, Knorth, & Kalverboer, 2011). Resulta, por tanto, preocupante la falta de un trabajo con las familias y de un apoyo que pudiera ayudar a las personas jóvenes a afrontar las complejidades familiares y/o a aprender a tomar distancia de relaciones familiares destructivas.

En este artículo adoptamos una perspectiva relacional sobre las familias (Morgan, 2011; Smart, 2007; Finch, 2007) y abordamos el concepto de familia en el contexto del internamiento en régimen cerrado para explorar de qué maneras este tipo de atención afecta a las familias, a su comprensión de la familia y a sus prácticas familiares cotidianas. Como contexto relacional, el internamiento en régimen cerrado puede considerarse extremo por su intervención fundamental (aunque temporal) en todos los demás contextos relacionales (Enell & Wilińska, 2021.). Durante el internamiento, los contactos familiares se ven muy limitados por las restricciones de contacto y a menudo solo se producen a una distancia física (a veces considerable), mientras que, al mismo tiempo, la familia se enfrenta a distinciones establecidas por profesionales entre exhibiciones familiares «adecuadas» e «inadecuadas» (Ursin, Oltedal, & Muñoz, 2017). Ursin et al. (2017) observaron que las y los profesionales consideraban exhibiciones «adecuadas» la asistencia a terapia y a programas parentales, la mejora de la situación económica y una estructura de familia nuclear, mientras que los miembros de la familia, por el contrario, valoraban las «pequeñas cosas», como reencontrarse físicamente y pasar tiempo juntos. Por esta razón, el internamiento en régimen cerrado pone a prueba la vida familiar y a los miembros de la familia al crear un contexto moral singular en el que se revisan los imaginarios sociales y los ideales de familia y de vida familiar. «Hacer familia» durante un internamiento institucional dista mucho de ser sencillo y depende de condiciones que posibilitan o impiden determinadas formas de contacto y de prácticas relacionadas con la familia. Saber cómo las experiencias del internamiento en régimen cerrado afectan a las imágenes de la vida familiar y a las prácticas familiares es esencial para comprender las consecuencias de los internamientos institucionales para las personas jóvenes, sus familiares y sus relaciones familiares. Una mejor comprensión puede ofrecer nuevas formas de apoyar y de trabajar con estas personas jóvenes y sus familias.

Material y métodos

Presentamos un estudio de seguimiento de personas jóvenes adultas con experiencias de internamiento en régimen cerrado. En el estudio anterior, quien firma en primer lugar entrevistó en repetidas ocasiones (tres veces) a 16 jóvenes (internados en régimen cerrado en otoño de 2010 o en primavera de 2011) durante y después de su internamiento institucional (Enell, 2016, 2017). En 2018 y 2019 se volvió a contactar con estas 16 personas jóvenes adultas mediante cartas informativas, por teléfono, a través de las redes sociales y, en algunos casos, a través de su madre o su padre. Tras meses de intensos esfuerzos para localizar a las personas participantes iniciales, una persona rehusó activamente participar en la investigación, otra nunca respondió y otras tres no pudieron ser localizadas (las cartas informativas volvían una y otra vez con la indicación «destinatario desconocido»). Al final, 11 personas jóvenes adultas (seis hombres y cinco mujeres de entre 21 y 26 años) aceptaron participar en el nuevo proyecto de investigación.

Al invitar a las personas jóvenes al estudio, les pedimos también que designaran a los miembros de su familia con quienes podíamos ponernos en contacto para entrevistarlos sobre la vida familiar durante y después del internamiento. Nueve participantes hicieron designaciones, mientras que dos no dieron ningún nombre porque consideraban sus relaciones familiares demasiado tensas. Una persona designó a un padre y a una hermana, y el resto designó únicamente a progenitores (11 progenitores biológicos y tres de acogida). Aunque estas personas fueron elegidas para las entrevistas familiares, algunas de las personas jóvenes expresaron ambivalencia a la hora de considerarlas miembros de su familia. Una hermana, un padre de acogida y una madre declinaron participar, y no se pudo localizar a una madre. En total, participaron los progenitores de ocho jóvenes. La pareja de acogida que participó había acogido a la joven desde su primera infancia. La mayoría de las personas jóvenes vivían cerca de su familia, cuatro tenían hijos propios y dos vivían con ellos (en el caso de quienes no vivían con sus hijos, estos vivían con el otro progenitor). Para un resumen de las personas participantes en esta investigación, véase la tabla 1.

Tabla 1 — Jóvenes adultos, sus familiares y circunstancias de vida actuales

  • Hombre, 25 años. Familiar designado: madre y padre biológicos; familiar entrevistado: padre biológico; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): vive y estudia en una escuela popular superior, lejos de su madre y su padre biológicos.
  • Hombre, 24 años. Familiar designado: madre biológica; familiar entrevistado: madre biológica; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su madre biológica, sin contacto con su padre biológico, estudia en una escuela popular superior.
  • Hombre, 24 años. Familiar designado: madre y padre biológicos; familiar entrevistado: madre y padre biológicos; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su pareja y los hijos de ella, cerca de su madre biológica, temporalmente en paro.
  • Hombre, 23 años. Familiar designado: padre biológico y hermana; familiar entrevistado: padre biológico; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): temporalmente con su madre biológica, cerca de su padre biológico, en paro.
  • Hombre, 23 años. Familiar designado: ninguno; familiar entrevistado: —; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su pareja, cerca de su madre y su padre biológicos, lejos de su hijo, trabajaba sin contrato.
  • Hombre, 21 años. Familiar designado: padre de acogida y madre biológica; familiar entrevistado: madre biológica; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): solo, lejos de su padre de acogida y de su madre biológica, sin contacto con su padre biológico, trabajaba con su hermano biológico.
  • Mujer, 26 años. Familiar designado: madre y padre de acogida; familiar entrevistado: madre y padre de acogida; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): sola, cerca de su madre y su padre de acogida, contacto los fines de semana con sus propios hijos, estudia en una escuela popular superior.
  • Mujer, 25 años. Familiar designado: madre biológica; familiar entrevistado: —; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): sola, cerca de su madre biológica, contacto limitado con su padre biológico, trabajadora de cuidados.
  • Mujer, 25 años. Familiar designado: madre biológica; familiar entrevistado: madre biológica; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su pareja, cerca de su madre biológica, contacto limitado con su padre biológico, temporalmente en paro.
  • Mujer, 23 años. Familiar designado: madre y padre biológicos; familiar entrevistado: madre y padre biológicos; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su pareja y sus hijos, cerca de su madre y su padre biológicos, de permiso parental.
  • Mujer, 23 años. Familiar designado: ninguno; familiar entrevistado: —; residencia y empleo (en el momento de la entrevista): con su pareja y su hijo, cerca de su madre biológica, padre fallecido, estudia.

La mayoría de las personas entrevistadas eligió un lugar neutral para su entrevista, casi siempre una sala de reuniones de un centro de conferencias cercano a su domicilio. Tres de las personas jóvenes y cinco familiares pidieron que la entrevista se realizara en su casa. Dos familiares pidieron entrevistas por teléfono y por videoconferencia. Las entrevistas en profundidad se inspiraron en la entrevista centrada en quien narra (teller-focused interview), una manera de abordar cuestiones complejas de las que puede resultar difícil hablar con personas desconocidas (Hydén, 2014). Desde una posición de escucha, la persona entrevistadora trata de sostener y alentar a quien narra en su relato. La entrevista se basa en una comprensión dialéctica de cómo el sentido se coconstruye entre participantes y de la entrevista como práctica relacional. Este método, y el hecho de que la persona entrevistadora (quien firma en primer lugar) hubiera conocido a todas las personas jóvenes y a la mayoría de los familiares durante el estudio anterior, proporcionaron un contexto relacional singular que nos permitió explorar cuestiones potencialmente delicadas durante las entrevistas. Los temas clave de las entrevistas fueron el significado de la familia, la(s) relación(es) familiar(es) actual(es), la(s) relación(es) familiar(es) en el momento del internamiento y las reflexiones sobre las implicaciones del internamiento para las relaciones familiares actuales. La duración de las entrevistas varió: la más corta duró 40 minutos y la más larga casi 3 horas. Todas las entrevistas se grabaron y se transcribieron literalmente con el consentimiento de las personas entrevistadas. Para respetar el anonimato de las personas participantes, se cambiaron todos los nombres y se omitió la información sobre los vínculos entre las personas jóvenes y los progenitores. El estudio recibió la aprobación ética del comité regional de ética de la investigación, n.º 2018/273-31.

Este procedimiento de entrevista (es decir, que algunas personas participantes eligieran a otras) implicó que las personas jóvenes y sus familiares tuvieran distintas posibilidades de definir los términos durante las entrevistas. Las personas jóvenes eran libres de definir a quién consideraban parte de su familia, pero el familiar que la persona joven designaba para una entrevista no tenía la misma libertad para definirse a sí mismo. Esta diferencia creó un marco particular y puede haber influido en la manera en que las personas jóvenes y sus familiares compartieron sus historias.

Este estudio adopta un enfoque narrativo. Reconociendo la producción social de los relatos individuales, leemos sus historias como discursos social y culturalmente producidos, filtrados por experiencias individuales y por relaciones inscritas en contextos específicos. Profundizamos en las maneras en que diversos significados de la familia y de las prácticas familiares revelan aspectos del internamiento en régimen cerrado, en cómo estos significados interactúan con los imaginarios sociales de la familia y en las consecuencias de estos significados para la vida cotidiana de estas personas jóvenes y de sus familiares. Los conceptos de prácticas familiares (Morgan, 2011) y de exhibición familiar (Finch, 2007) sirven de puntos de anclaje que dan forma a nuestra interacción con los datos de las entrevistas y a nuestra comprensión de ellos.

Siguiendo un enfoque relacional de la vida personal, tuvimos en cuenta los recuerdos, las emociones y el contexto, que son esenciales para comprender la vida personal (Smart, 2007). Comenzamos identificando los pasajes de las entrevistas en los que se hablaba de la familia, la vida familiar o las posiciones familiares. Centramos específicamente nuestra atención en los tipos de significados atribuidos a la familia, en las emociones que rodeaban estos relatos y en los recuerdos familiares. También señalamos los aspectos temporales de sus relatos, es decir, si se referían al momento del ingreso en el centro cerrado o al periodo durante o después del internamiento. Al observar cómo las personas jóvenes y sus familiares daban sentido a la familia, trazaban fronteras entre lo familiar y lo no familiar, y se situaban en redes de relaciones en distintos momentos de su vida, no solo obtuvimos una visión de las trayectorias familiares individuales, sino que también vimos cómo el internamiento en régimen cerrado proyectaba sombras sobre las experiencias relacionadas con la familia y escuchamos cómo se narraban esas experiencias.

Resultados

La metáfora de la sombra se utiliza para ilustrar lo que podemos aprender sobre el contexto del internamiento en régimen cerrado en Suecia escuchando los relatos de las personas jóvenes y de sus familiares sobre su vida familiar. Estos relatos se construyen en la intersección de las experiencias familiares individuales, de los ideales familiares imaginados y de las expectativas sociales e institucionales relativas a las prácticas y exhibiciones familiares. Constatamos que las sombras proyectadas por el internamiento en régimen cerrado se manifestaban en tres ámbitos distintos: el caos emocional, las posiciones familiares revisadas y negociadas y el hacer y deshacer la familia. A continuación presentamos la variedad de maneras en que el internamiento afectó a la comprensión de las personas jóvenes y de sus familias en estos tres grandes ámbitos de la vida familiar. Curiosamente, estos relatos también revelaron nociones matizadas y complejas de la temporalidad. Aunque los relatos se referían a experiencias pasadas de internamiento institucional, al analizarlos a través de la lente de las prácticas y exhibiciones familiares daban testimonio de concepciones no lineales del tiempo. Acontecimientos pasados y presentes se entrelazaban en relatos que revelaban diversas prácticas y exhibiciones familiares. Desde una comprensión del tiempo y del lugar como interdependientes (Morgan, 2011), los relatos entrelazados revelan cómo el internamiento en régimen cerrado sigue influyendo en la vida familiar años después de que tuviera lugar el internamiento institucional propiamente dicho. Al igual que el tiempo y el lugar son fluidos y difíciles de aprehender, también lo son las sombras.

Caos emocional

Uno de los aspectos más destacados de los relatos de las personas jóvenes y de sus progenitores sobre su experiencia de la vida familiar durante y después del internamiento institucional fue el caos emocional. Estas experiencias y estos relatos estaban marcados por una amplia gama de emociones, vividas con gran intensidad y que cambiaban a un ritmo rápido.

Para las madres y los padres, sus relatos de la vida familiar cuando su hijo o hija fue internado en régimen cerrado eran relatos de una parentalidad en crisis. Aunque varios de ellos habían pedido que se tutelara a su hijo o hija y estaban convencidos de que no tenían otra opción, expresaron cómo cuestionaban su propia capacidad parental y cómo se sentían cuestionados por los demás. Como explicó una madre:

[…] cuando a ella [la hija] la tutelaron, te sentías la peor madre del mundo… o sea, como si no valieras gran cosa. (Agneta, madre)

El internamiento en régimen cerrado se considera un último recurso en la protección de la infancia, y esta opción solo surge cuando todo lo demás ha fracasado, incluida la familia. Así, tener a un hijo o una hija internado en régimen cerrado generaba una sensación de fracaso personal, amplificada por el estigma social que rodea al internamiento institucional. Las madres y los padres que se habían dirigido por sí mismos a las autoridades de protección de la infancia para pedir ayuda, y que con ello habían solicitado el internamiento institucional de sus propios hijos, subrayaban situaciones que les habían llevado a actuar en contra de lo que se considera una «buena parentalidad». Los sentimientos de vergüenza y de falta de autoestima que expresaban dan testimonio del marco moral que define lo que los progenitores deben y no deben hacer, y manifiestan la responsabilidad parental como una exigencia incuestionable (Ribbens McCarthy et al., 2000).

Sostenemos que estos sentimientos de vergüenza están relacionados con las sombras del internamiento en régimen cerrado que caen sobre la autoestima de los progenitores. El prisma general del fracaso parental que supone tener hijos internados en la institución hace que la sombra del internamiento sea persistente y visible cuando madres y padres hablan de su familia. Curiosamente, el impacto del internamiento no se desvanece con el tiempo; al contrario, su sombra afecta a la imagen actual que los progenitores tienen de sí mismos y de sus competencias parentales. Las imágenes perturbadas de sí también desencadenaban pensamientos perturbados sobre la propia posición, y estos pensamientos se vivían como una pesada carga emocional:

Pero seguimos aquí, y seguramente eso es lo que… lo que importa en cierto modo, por terrible que haya sido. Así que aguantar, eso está infravalorado como método, diría yo, aguantar de verdad. A veces solo se trata de eso. O sea, no puedes hacer nada más que aguantar porque no tienes otra opción. (Gunilla, madre)

Al reflexionar sobre sus experiencias, Gunilla utilizó repetidamente la palabra «aguantar» para explicar su posición como madre. La sensación de impotencia surgía como una condición abrumadora que afecta a todos los aspectos de la vida familiar. «Aguantar» indicaba no solo la fuerza interior para luchar contra circunstancias desfavorables, sino también una lucha continua por encontrar el propio lugar en la imagen sacudida de la vida familiar. Incluso años después del internamiento, la fuerza del caos emocional de aquella época sigue aflorando cuando los progenitores dan sentido a su propia posición familiar y a su familia.

Esta sombra del caos emocional parece persistir en la imagen perturbada que los progenitores tienen de sí mismos. Algunas madres y algunos padres llevaban años arrastrando dudas sobre su propia posición familiar. Para ellos, el internamiento en régimen cerrado pudo haber amplificado problemas y preocupaciones ya existentes:

En esa parte soy prácticamente un fracaso. Lo que yo considero una familia es una familia nuclear. Lo es, de verdad. Pero eso lo eché a perder cuando tenía 18 años, mis ideas sobre la familia, por así decirlo. (Linn, madre)

Al admitir que era un fracaso, Linn utilizó el presente. Para ella, la experiencia de una parentalidad en crisis parecía constituir un rasgo permanente de su vida como madre. En este contexto, el internamiento en régimen cerrado servía de ejemplo o, más bien, de prueba de fracasos que no podían ni ocultarse ni repararse. En este fragmento de gran carga emocional, Linn evocaba su embarazo adolescente para subrayar que, desde el principio, estaba condenada al fracaso. El fracaso que percibía no se refería a los hechos reales, sino a los ideales familiares imaginados que, cuando no se alcanzan, pueden haber dañado de forma permanente la manera en que las personas se relacionan con los demás y se implican en la vida familiar.

La implicación y las posiciones parentales en el momento del internamiento también recibieron atención en los relatos de las personas jóvenes. Aunque podían describir relaciones tensas y frágiles con su madre o su padre antes del internamiento, expresaban reacciones muy intensas ante la implicación (o la falta de implicación) de sus progenitores en el internamiento. En consonancia con el tono muy emotivo de algunos relatos parentales, las personas jóvenes cuyos progenitores habían iniciado el internamiento expresaban su ira y su falta de respeto. Al reflexionar sobre el internamiento, Rashid compartió los sentimientos intensos y ambivalentes que lo invadieron al verse en el centro cerrado:

Cuando pasó esto, cómo yo… Sigo queriendo a mi madre. Cuando hablaba con ella, lloraba… La primera vez que me… Yo lloraba a gritos y ella lloraba a gritos. Pero le dije que la odiaba y esas cosas, pero, Dios… Sabía en el fondo de mi corazón que no la odiaba, solo decía gilipolleces porque estaba cabreadísimo. […] Estaba cabreado por el sitio donde me había metido, eso es lo que me cabreaba. Pero seguía queriendo a mi madre, pero aun así estaba… es eso, seguro que le dije todas esas cosas porque tenía miedo, [me] acuerdo de que tenía miedo porque me sentía como en una cárcel. (Rashid, joven)

Los sentimientos de miedo y de ira que acompañaban al internamiento institucional eran también sentimientos de abandono y de rabia hacia unos progenitores cuyo papel era proteger a sus hijos. Los recuerdos vívidos de llanto y de gritos, como los que ilustra Rashid, eran frecuentes en los relatos de las personas jóvenes que se esforzaban por comprender su internamiento en régimen cerrado. Como se ha indicado, gran parte de la lucha que mostraban estaba relacionada con imágenes familiares alteradas y rotas. Fueran cuales fueran su situación anterior y la calidad de las relaciones familiares antes del internamiento, las personas jóvenes que narraban sus experiencias no lograban dar sentido a la situación porque no lograban dar sentido al papel que su familia había asumido durante el internamiento institucional. Rashid, por ejemplo, habla a la vez de ira y de amor hacia su madre en un intento de evocar los sentimientos contradictorios y abrumadores que, desde entonces, han marcado sus experiencias y sus recuerdos del internamiento. La sombra de estos sentimientos ambiguos hacia sus progenitores acechaba en su manera de hablar del internamiento, casi 10 años después. Aun así, tras tanto tiempo, varias de las personas jóvenes nos dijeron que la fuerza de las emociones que sentían les dificultaba hablar de esta ambigüedad con su madre o su padre.

El internamiento en régimen cerrado (una intervención poderosa, de último recurso, a la que a menudo se había trasladado a las personas jóvenes de forma precipitada) constituye un contexto extraordinario desde el que considerar las cuestiones relativas a la familia y a la vida familiar. Planteamos que, como práctica institucional, el internamiento en régimen cerrado tiene una enorme carga emocional y afecta a las relaciones tanto de la juventud internada como de sus familias (Enell & Wilińska, 2021.). El caos emocional que acompaña a esta forma de internamiento institucional está estrechamente relacionado con la alteración de la vida familiar y con las imágenes de lo que deberían ser las familias. En el imaginario social de la familia, los progenitores son quienes cuidan y protegen a sus hijos; los hijos, por su parte, pueden contar con sus progenitores. El internamiento en régimen cerrado muestra que esta idea no siempre se corresponde con la realidad. En algunos casos, muestra que la familia no basta; en otros, muestra que la familia es la principal fuente de problemas. No puede subestimarse el peso emocional de estas maneras de entender la familia en el contexto del internamiento en régimen cerrado. Las voces de hijos y progenitores presentadas más arriba demuestran que el internamiento va acompañado de emociones vívidas, intensas y duraderas, y que estas están relacionadas con la manera en que miramos a las familias. La sombra del horror recordado del internamiento en régimen cerrado no tiene que ver solo con la institucionalización, sino también con el desplazamiento familiar, y aparece en forma de emociones que tanto los hijos como sus familias tienen que gestionar muchos años después.

Posiciones familiares revisadas y negociadas

En estas condiciones de caos emocional y relacional, tanto para los familiares como para las personas jóvenes, se esperaba que las relaciones con la familia continuaran durante el internamiento, ahora dentro de las restricciones propias de un centro cerrado (Enell & Wilińska, 2021.). Una de estas restricciones era que, durante las primeras semanas o meses, las personas jóvenes no podían llamar por teléfono a nadie de su red privada, salvo a su madre y a su padre. Además, el número de llamadas y su duración estaban limitados. Algunas personas jóvenes afirmaron (y sus progenitores lo confirmaron) que solo podían hacer una llamada de diez minutos y recibir otra llamada de diez minutos al día. Otra restricción se refería a las visitas en persona, que en algunos casos se limitaban a un fin de semana de cada tres. Estas circunstancias se veían agravadas por la ubicación (a menudo aislada) de las instituciones de internamiento. En su mayor parte, los contactos de las personas jóvenes con el mundo exterior se limitaban al contacto con sus progenitores, independientemente de la calidad de la relación o de las tensiones familiares existentes.

Las personas jóvenes vivieron de manera diferente la separación forzosa y el contacto tan restringido con la familia. A algunas, las restricciones les resultaban muy frustrantes. Lisa, por ejemplo, contó que, a pesar de los conflictos anteriores, su madre era la primera persona a la que quería llamar y que a menudo utilizaba las dos llamadas diarias asignadas para hablar con ella. Según lo recuerda, esas llamadas eran lo que la mantenía en pie. Más adelante en el internamiento, cuando a Lisa se le permitió hablar con otras personas además de su madre y su padre, explica que el número limitado de llamadas diarias la obligaba a elegir entre aceptar una llamada o reservarla para más tarde por si llamaba su madre. A menudo daba prioridad a las llamadas de su madre. Ocho años después del internamiento, reflexiona:

El hecho de que mi relación con mamá, sobre todo con mamá, se basara en que yo estaba mal, y eso desgastó nuestra relación hasta tal punto que incluso ahora nunca tendremos una relación de madre e hija, porque siempre hay algo en lo que me tiene que ayudar. Todavía es un poco una relación de dependencia. Ha sido así desde [nombre del centro cerrado], siento que es la única en quien puedo confiar para ciertas cosas. Así que es ella la que me tiene que ayudar. Eso la agota y también hace que a menudo tengamos… ya no, pero teníamos muchas discusiones y peleas porque yo pensaba que ella tenía que ayudarme, mientras que ella quizá pensaba: “Ya, pero tú también tienes que aprender por ti misma”. (Lisa, joven)

Lisa presentaba su relación con su madre como atípica en comparación con el ideal de una relación madre-hija «como es debido». La manera en que se vio abocada a depender de su madre en el momento de mayor vulnerabilidad le dio una comprensión de esa relación que seguía presente en su vida. El hecho de mostrar que su bienestar depende de su madre constituye para ella una sombra nítida y todavía presente del internamiento, que le impide el cambio que espera de sí misma: llegar a ser una hija autónoma con una relación más igualitaria con su madre.

El internamiento en régimen cerrado, como época difícil y de gran carga emocional, también podía suponer que los lazos y los vínculos familiares se reforzaran. En esto podían coincidir las personas jóvenes y los progenitores de una misma familia, y fue lo que les ocurrió a Nora y a su madre. Nora, al igual que Rashid, estaba enfadada con su madre por haberla internado. Tras darse cuenta de que solo se le permitía tener contacto con su madre y su padre, Nora dijo: «bueno, claro, se volvieron muy importantes para mí porque no me dejaban tener nada más.» Las relaciones también podían reforzarse en situaciones en las que tanto las personas jóvenes como sus progenitores se sentían unidos frente al poder abrumador del internamiento institucional. Tener un enemigo común podía permitir a ambas partes redefinir sus relaciones y posiciones familiares. El ejemplo de Lisa pone de relieve la perspectiva de una madre que, gracias a su ingenio, aparece como la persona más importante en la vida de Lisa. Puede que la madre de Lisa siempre hubiera actuado así, pero quizá fue el internamiento institucional lo que reveló a Lisa el sentido y la importancia de sus actos.

Si bien el internamiento en régimen cerrado pudo desencadenar cambios y redefiniciones de la familia que, para algunas personas, se tradujeron en una conexión mayor o mejor, para otras el camino hacia una mayor comprensión exigió más tiempo y esfuerzo, como ilustra el siguiente relato:

Johan: Cuando estabas en [centro cerrado] y en [ciudad] y eso, no había mucha familia porque… solo tenías contacto por teléfono a veces.

Pregunta: ¿Con…?

Johan: Con tus padres de verdad. Así que no había mucha relación. Perdiste muchas relaciones entonces. Pero seguías sabiendo quiénes son, y los sigues conociendo, pero pierdes la conexión que tenías. […] Y pierdes también el contacto con tus hermanos… como no estás en casa. Estás fuera, estás lejos de ellos. (Johan, joven)

En la exhibición familiar de Johan que acabamos de citar, este establece una distinción entre conocer a la familia y hacer familia. Su reflexión apesadumbrada recuerda de forma vívida la importancia de las prácticas familiares en la manera de vivir las familias, en las que las «pequeñas cosas» (Ursin et al. 2017), como estar juntos, mantenerse en contacto e implicarse en la vida de los demás, marcan la diferencia. La familia sin contacto ni práctica deja de existir. Aun así, Johan utilizaba las categorías de «padres» y «hermanos» para nombrar sus relaciones familiares, aunque su «lejos» final señala una gran distancia emocional que creció durante el acogimiento residencial y mientras se imponían restricciones a sus relaciones con otras personas. Sin embargo, el relato de Johan habla también de relaciones familiares revisadas tras la salida del sistema de protección por mayoría de edad. Después de años en distintas modalidades de acogimiento, Johan retomó el contacto con su madre y con algunos de sus hermanos.

Aprendes a valorarla porque un miembro de la familia puede desaparecer así [chasquea los dedos] y ya no está. (Johan, joven)

La manera en que daba sentido a sus relaciones familiares puede entenderse como una sombra de su paso por el sistema de protección y de los cambios relacionales repentinos que los internamientos trajeron a su vida. La sombra del internamiento en régimen cerrado en su relato recuerda de forma vívida la temporalidad de la familia y sus límites.

La fragilidad de las relaciones familiares durante el internamiento institucional también influyó en la manera en que las personas jóvenes y sus progenitores concebían la familia. Las personas jóvenes subrayaban la importancia de la confianza, el apoyo y el cuidado. Aunque por defecto identificaban la familia con su madre y su padre, también abrían espacio a definiciones más abiertas de la familia, basadas no en los lazos de sangre, sino en la práctica concreta y en las cualidades de las relaciones.

La familia para mí. Bueno, o sea, toda mi familia no es realmente mi familia en ese sentido. Para mí, mi familia son esas personas por las que, bueno, básicamente harías cualquier cosa. O que sin ellas todo se siente muy, muy vacío. Es como un pilar. […] Y, por desgracia, no siento exactamente eso por mi madre. Me gustaría, pero no. (Nora, joven)

La idea de que las familias lo harían todo por sus miembros y de que las relaciones familiares proporcionan una sensación de estabilidad y de seguridad estaba muy extendida entre las personas jóvenes. Esas reflexiones se producían a menudo sobre el telón de fondo de experiencias vividas de la vida familiar que no se correspondían del todo con esa imagen. La lucha evidente en el relato de Nora puede reflejar cualquier lucha en la que alguien intenta liberarse de una familia definida por el nacimiento. Así, «Toda mi familia no es realmente mi familia» no es solo la expresión de una situación familiar complicada, sino, ante todo, la expresión de una postura moral según la cual, para tener la condición de «familia», hay que merecerla. Cuando la pertenencia familiar no se corresponde con la práctica familiar, esa pertenencia puede retirarse (véase Becker & Charles, 2006). Las fronteras que las personas jóvenes trazaban alrededor de su familia, excluyendo a algunos familiares e incluyendo a otras personas, como amistades o incluso animales de compañía, no se trazaban a la ligera. La descripción que hace Nora de sus sentimientos hacia su madre biológica evoca una sensación de pérdida y de decepción, y da testimonio de la valiosa posición (cultural y socialmente determinada) de los progenitores biológicos, sean cuales sean las circunstancias.

Las entrevistas con los progenitores revelaron posibilidades mucho más limitadas de negociar el concepto de familia. Aunque algunas madres y algunos padres compartían las definiciones más abiertas de la familia de sus hijos, ninguno de los progenitores entrevistados rechazó a sus hijos ni se negó a considerarlos parte de su familia, ni en el momento del internamiento en régimen cerrado ni después. Para algunos, la experiencia del internamiento los obligó a dar prioridad a sus hijos. Linn, que antes se había descrito como un fracaso familiar, tenía la intención de poner fin a la relación dañina con su pareja en el momento en que su hija fue internada en régimen cerrado. Sin embargo, la manera en que el personal del centro subrayó la importancia del apoyo parental para su hija la hizo cambiar de opinión, y siguió en la relación.

Y se me quedó grabado lo importantes que éramos. Y eso hizo que me echara un poco atrás, porque [nombre de la hija] sigue [siendo] lo primero. (Linn, madre)

La exhibición que hace Linn de anteponer a su hija y de asumir la responsabilidad parental dejando de lado sus propias necesidades surgía como una lección moral del internamiento en régimen cerrado sobre cómo ser una «buena madre o un buen padre». En términos de sombra del internamiento, esta lección moral reforzó la percepción que tenía de sí misma como un fracaso y, durante la entrevista, se describió como una madre insuficiente.

Las experiencias por las que habían pasado los progenitores también podían ayudarles a admitir que la vida familiar no tiene por qué ser perfecta o, mejor dicho, que no puede tratarse de perfección.

Y que no tienes que, no todo tiene que ser alegre, puedes enfadarte con los demás, también puedes estar triste, pero aun así mantienes el contacto. […] Yo nunca echaría a mis hijos de casa. Los he traído a este mundo y luego… bueno, es un compromiso para toda la vida. (Agneta, madre)

Hablando desde la posición de quienes sostienen la familia, las madres y los padres compartían a menudo sus experiencias de mantenerlo todo unido y de hacer todo lo posible para que la familia funcionara. De acuerdo con el imperativo moral de anteponer a los hijos (Ribbens McCarthy et al., 2000), se atribuían a sí mismos la responsabilidad de la vida familiar. Aunque las experiencias con el internamiento en régimen cerrado podían permitirles reflexionar con más libertad sobre cómo podrían ser las familias, también proyectaban sobre su parentalidad una sombra moralmente arraigada: los hijos debían ser su primera prioridad.

La presión por hacer funcionar la familia (léase: la familia de origen) es evidente en los relatos tanto de los progenitores como de las personas jóvenes. Hay indicios de que algunas personas, sobre todo jóvenes, crean nuevos significados y abren la idea de familia para incluir a personas ajenas a la red de parentesco tradicional, así como indicios de que la familia se piensa como una forma de hacer más que como una unidad fija. Aun así, estas interpretaciones se producen sobre el telón de fondo de ideas firmemente arraigadas sobre el predominio de la familia de origen. La noción de «familia de origen» es persistente, y a las personas jóvenes les cuesta mucho renunciar a ella (como también observaron, por ejemplo, Wilson et al., 2012). Es posible que la idea sea tan importante que, al intentar mostrar que una familia funciona, los miembros de la familia (de origen) se vean impulsados a explorar nuevas formas de interactuar y de comunicarse (Finch, 2007). La presión por hacer funcionar la familia y la comunicación revisada de una familia pueden entenderse como una sombra del internamiento en régimen cerrado: se aceptan los contactos con los progenitores, pero también se refuerza la idea de que la familia (de origen) es importante.

Hacer y deshacer la familia

El contexto posterior al internamiento de una familia marcada por el caos emocional y (en muchos casos) por imágenes revisadas de la familia tiene también consecuencias para las prácticas y acciones inmediatas que mantienen o disuelven diversas relaciones familiares. Del mismo modo que la exhibición familiar y las prácticas de «hacer familia» revelan mucho sobre las familias en el contexto del internamiento en régimen cerrado, la ausencia de exhibición, o el deshacer la familia, puede aportar una comprensión aún más profunda de las complejidades familiares. Como señala Gabb (2011), las exhibiciones familiares visibles e invisibles son igualmente pertinentes para entender en qué consiste la familia. No es de extrañar que, en los relatos analizados, la dimensión del «hacer» apareciera con más frecuencia entre los progenitores entrevistados, mientras que los relatos de deshacer la familia se encontraron exclusivamente entre las personas jóvenes. Por deshacer la familia en este contexto entendemos el proceso de redefinir los supuestos normativos y los ideales sobre la vida familiar y de tomar distancia de la preeminencia abrumadora de la familia en la vida de las personas. En este sentido, todo intento de deshacer la familia se orienta tanto a imaginar como a vivir la vida sin la familia como una de las formas relacionales más deseadas.

Por lo general, se responsabiliza a los progenitores de cómo es la familia (Ribbens McCarthy et al., 2000). El internamiento en régimen cerrado puede, por tanto, poner en entredicho la capacidad de madres y padres para estar a la altura de lo que exige ser un «buen progenitor». Las exhibiciones familiares pueden convertirse así en una estrategia útil para protegerse del estigma moral que sigue al internamiento y para transmitir que sus relaciones familiares son como las de las «familias como es debido» (cf. Ursin et al., 2017). En el siguiente fragmento, Olle muestra lo que aprendió de su experiencia con una hija internada en régimen cerrado:

Bueno, ahora también tenemos otra perspectiva sobre eso, pero una familia es básicamente que podamos hablar de todo. Podemos implicarnos en lo que hacemos. No dejamos que nadie termine el día sin contar algo que haya vivido; al menos tienes que hablar un poco con ellos sobre lo que piensan. (Olle, padre)

La importancia de la comunicación y de mantener un ojo (indirecto) sobre los hijos puede leerse como un ejemplo típico de reproducción del ideal parental. Para Olle, esta descripción indicaba también que la conversación diaria había ganado importancia como consecuencia directa de las experiencias del internamiento, y relacionaba esa conversación con las dificultades de las relaciones familiares, especialmente entre progenitores e hijos. Como él mismo admite, aprendió a hacerlo porque «creías que vivías bien y que tenías una vida agradable, pero por lo visto [la hija] no estaba nada bien.» Así, la manera en que Olle hace familia 9 años después está ensombrecida por su experiencia del internamiento en régimen cerrado.

Hablar, o «simplemente hablar», como decían algunos progenitores y algunas personas jóvenes, se convirtió en una de las formas más importantes de hacer familia. Ni los relatos de los progenitores ni los de las personas jóvenes incluían gran cosa sobre otros tipos de actividades: hablar y llamarse por teléfono era lo que se mencionaba con más frecuencia para explicar las prácticas familiares durante y después del internamiento. A veces, sin embargo, hablar entre sí era señal de problemas, de dependencia o de miedo:

Ahora, cuando llama tan a menudo, llama solo para hablar… No, quizá no lo hace, no solo para hablar, siempre hay algo que quiere. Pero antes ya sabías: «vale, algo ha tenido que pasar» cuando llamaba. Pero ya no es así. (Robert, padre)

Los comentarios de Robert permiten vislumbrar la cara problemática de la comunicación, en la medida en que muestran cómo una práctica aparentemente única (llamar) puede adquirir diversos significados aunque intervengan las mismas personas. Lo que antes era motivo de preocupación ha cambiado y ahora es una oportunidad para mantener el contacto. Sin embargo, «hacer familia» no tiene que ver solo con el cómo y el con quién, sino también con el cuándo y el dónde. Las consideraciones de pertenencia y de práctica que mantienen vivo el concepto de familia (Morgan, 2011) tienen también dimensiones espaciales y temporales que pueden cambiar o afectar al significado que se les atribuye, algo que también refleja Boddy (2019), quien constató que los recuerdos y las relaciones familiares podían cambiar con el tiempo y volverse a la vez tensos y fuente de apoyo.

Así como mantenerse en contacto era una práctica importante de exhibición familiar en el contexto posterior al internamiento, arreglárselas por cuenta propia era la principal estrategia de las personas jóvenes para «deshacer la familia».

Ya no me importa mucho la familia, como cuando era más pequeña. No me importa porque la familia es la familia, pero tú… o sea, pueden seguir siendo los que más daño te hacen o… Es así… así que lo más importante para mí, en realidad, soy yo misma. (Tove, joven)

Las relaciones tensas con los progenitores, unidas a las experiencias del internamiento en régimen cerrado, podían hacer que las personas jóvenes se replegaran sobre sí mismas y buscaran una mejor calidad de vida por su cuenta, sin referencia a la familia. Poner el acento en uno mismo podía verse, por tanto, como la prolongación de discursos individualistas (predominantes en los centros cerrados) que, en nombre de enseñar responsabilidad, se habían convertido poco a poco en una sombra que culpabilizaba y estigmatizaba a las personas jóvenes como origen de todos los problemas (Enell & Wilińska, 2021.).

En su relato, Tove dio voz también a los sentimientos negativos y a las dificultades vividas en sus relaciones con la familia. Reconociendo la importancia que se atribuye a las familias, subrayó por ello que el daño emocional causado por las relaciones familiares difíciles «es el que más te duele.» Estas dificultades implican también que las personas jóvenes pueden disponer de recursos relacionales limitados para salir adelante y crear nuevas relaciones y nuevas familias, como se describe en otra entrevista:

Adam: Mmm. Pero bueno, creo que es mucho porque… No he estado con mamá y papá desde 2007. Se ha tratado sobre todo de crear mi propia familia.

Pregunta: ¿Quién cuenta hoy como familia para ti?

Adam: Hoy en día. No lo sé. (Adam, joven adulto)

Solo unas pocas de las personas jóvenes encontraban difícil o imposible definir sus relaciones familiares actuales. El relato de Adam sobre «crear una familia» refleja su manera de hacer y deshacer la familia en una infancia que incluyó múltiples acogimientos en familias de acogida y en centros residenciales. Su respuesta «no lo sé» implica sentimientos ambiguos respecto a las relaciones familiares y, como sugirieron Holland y Crowley (2013) en su estudio sobre jóvenes que salían del sistema de protección, la pérdida de tener la biografía de otras personas entrelazada con la propia durante un periodo prolongado.

Para muchas de las personas jóvenes, el concepto de familia parecía reservado a los progenitores, lo cual se hacía evidente en los relatos de quienes tenían hijos propios. En sus relatos se identificaban como «hijos» de sus progenitores más que como progenitores de sus hijos. Tener descendencia parece haber acercado a algunas de estas personas jóvenes a su madre y a su padre. Cuando se les pedía que nombraran a los miembros de su familia, sus propios progenitores aparecían en primer lugar. Así, no saber quién es tu familia no debe leerse literalmente como no tener relaciones familiares, sino que puede entenderse como una dificultad persistente para aceptar relaciones disfuncionales con los progenitores. En la entrevista con Adam, este habló de sus hermanos y de su tatuaje que dice «familia» para subrayar que siempre apoyaría a su familia. Este ideal y esta moral de cómo hacer familia podrían reflejar lo que él habría deseado que su familia hiciera por él mientras luchaba por crear su propia familia.

El «no lo sé» puede ser también un recordatorio de la etapa vital en la que se encontraban las personas jóvenes entrevistadas. Tenían la edad en la que muchas personas jóvenes dejan el hogar y la familia de origen. Dejar el hogar se considera una de las transiciones más importantes que separan la juventud de la edad adulta; sin embargo, es un proceso largo que depende de diversos aspectos estructurales, contextuales y relacionales (Holdsworth & Morgan, 2005). Entrar en la edad adulta con la experiencia de un internamiento en régimen cerrado, en el que algunas personas se sintieron abandonadas por sus propios progenitores y culpables de haber perturbado la vida familiar, pudo haber facilitado deshacer la familia, al menos de forma temporal. Para los progenitores de hijos que entran en la edad adulta, su responsabilidad parental y su obligación moral de proteger y anteponer a su hijo o hija parecen persistir, incluso en el proceso en el que este deja la familia de origen.

Discusión final

El objetivo principal de esta investigación era arrojar luz sobre la familia y las prácticas familiares de personas jóvenes adultas con antecedentes de internamiento en régimen cerrado y de sus familiares. Al reflexionar sobre las diversas maneras en que el internamiento en régimen cerrado puede afectar a las familias, utilizamos la metáfora de las sombras para comprender cómo el internamiento se manifestaba en las prácticas y exhibiciones familiares de estas personas jóvenes y de sus familiares. En los tres grandes ámbitos (caos emocional; posiciones familiares revisadas y negociadas; y hacer y deshacer la familia) en los que se manifestaron las sombras del internamiento, estas adoptaron formas diferentes: algunas eran nítidas, mientras que otras resultaban más difíciles de aprehender. Entre las sombras más claras figuraban el horror recordado del internamiento (que refleja el desplazamiento familiar) y la presión por hacer funcionar la familia (que refleja la práctica restrictiva de considerar únicamente a los progenitores (biológicos) como familia y como relación de importancia (natural) para las personas jóvenes).

Constatamos también que, en gran medida, los relatos de las personas jóvenes y de sus progenitores eran relatos de exhibición familiar en los que las personas entrevistadas subrayaban cómo eran sus familias y lo que estas significaban para ellas. Hablaban mucho menos de las prácticas familiares y de las diversas maneras de hacer familia, sobre todo después del periodo de internamiento institucional. Este resultado implica una fuerte lucha en torno al significado de la familia, principalmente para las personas jóvenes, pero también para algunos progenitores. Recordemos el argumento de Heaphy (2011) según el cual el arraigo contextual restringe quién puede llevar a cabo exhibiciones familiares y cómo. Las sombras identificadas y las luchas de las personas participantes pueden reflejar diversos contextos situacionales difíciles en su vida antes, durante y después del internamiento. A continuación sostendremos que estas sombras están ligadas al contexto situacional del internamiento en régimen cerrado.

Analizar el material haciendo un uso activo de los conceptos de prácticas y exhibiciones familiares nos permitió identificar y examinar las normas, las expectativas y las moralidades asociadas a la palabra «familia». Una de ellas se refiere a la «relación entre progenitores e hijos», concebida por las personas jóvenes y por sus progenitores como el núcleo de la vida familiar. Las exhibiciones de los progenitores muestran que tienen una comprensión bastante estática y fija de lo que es la familia, y que deshacer o redefinir a los hijos como miembros de la familia parece estar moralmente prohibido (véanse también Becker & Charles, 2006; Ribbens McCarthy et al., 2000). A diferencia de las opiniones expresadas por los progenitores, las exhibiciones familiares de las personas jóvenes estaban estrechamente ligadas al «hacer» familia; aun así, los progenitores estaban presentes en sus relatos. Estas personas jóvenes se referían casi exclusivamente a su madre y a su padre como familia durante su internamiento, tras su salida y cuando se les pidió que designaran a familiares para este estudio. Rara vez se mencionaba a hermanas y hermanos o a otras personas significativas. La presencia omnipresente de los progenitores en los relatos no variaba en función de que las relaciones con ellos fueran tensas, de que la persona joven hubiera pasado mucho tiempo bajo tutela y hubiera establecido nuevas relaciones (familiares), ni siquiera de que hubiera formado su propia familia con una pareja e hijo(s). Investigaciones anteriores han mostrado que quienes salen del sistema de protección pueden experimentar una fluidez considerable en sus familias (véanse Holland & Crowley, 2013; Parker & Mayock, 2019); en cambio, la mayoría de estas personas jóvenes no experimentaban las mismas ambigüedades en sus relaciones familiares.

Las severas limitaciones relacionales del internamiento en régimen cerrado sacudieron los fundamentos de la vida en general y de la vida familiar en particular. En este caos emocional, a las personas jóvenes solo les quedaban su madre y su padre como únicas personas disponibles fuera de la institución para recibir consuelo y apoyo. Los progenitores se convirtieron también en su único vínculo relacional y biográfico con la vida anterior al internamiento. Sostenemos que, en el contexto del internamiento en régimen cerrado, la implicación y la responsabilidad parentales se impusieron a cualquier otra consideración relacional, lo que creó y/o reforzó en los progenitores la obligación moral de anteponer a sus hijos, y creó y/o reforzó en las personas jóvenes la imagen moral de que la familia (es decir, la madre y el padre) está ahí pase lo que pase. Este ideal fijo de la relación entre progenitores e hijos ata más estrechamente a las personas jóvenes y a sus progenitores a una comprensión moral de la familia como «los padres», al tiempo que restringe sus prácticas. La sombra de las restricciones relacionales y de tener contacto únicamente con los progenitores recae con fuerza sobre las personas jóvenes más adelante en su vida. Su(s) relación(es) con el progenitor o los progenitores parece(n) tener prioridad sobre (todas) las demás relaciones, por tensas que sean. La comprensión de la familia en términos de apoyo parental también puede dar lugar a imágenes distorsionadas de la familia, difíciles de estar a la altura.

Si consideramos el contexto del internamiento en régimen cerrado como un guion cultural de exhibiciones familiares «como es debido», la «familia de origen» parece considerarse de importancia «natural». Estos guiones esencialistas corren el riesgo de «hacer invisibles realidades y posibilidades relacionales alternativas» (Heaphy 2011, p. 37). Por ello sostenemos que el contexto del internamiento en régimen cerrado no favorece el arraigo de las personas jóvenes en relaciones distintas de las que mantienen con sus progenitores. Tampoco favorece el contexto institucional la idea de biografías entrelazadas con relaciones distintas de las parentales. Las estrategias de soledad de las personas jóvenes y el consiguiente deshacer de la vida familiar podrían haberse evitado si durante el internamiento se hubieran acogido y apoyado distintos tipos de relaciones. Además, un guion de este tipo puede dificultar una comprensión de la familia como algo relacional, creado y mantenido mediante diversas prácticas (Morgan, 2011). En consecuencia, tanto los progenitores como las personas jóvenes compartieron relatos de una lucha entre sus imágenes moralmente arraigadas de la familia y sus experiencias (en el caso de las personas jóvenes) de familiares que no alcanzaban ese ideal, o (en el caso de los progenitores) de ser quienes no lo alcanzaban.

El título de este artículo contiene una cita de una de las personas jóvenes, Nora, que afirmó: «Toda mi familia no es realmente mi familia». Este fragmento pone de manifiesto a la vez la persistencia de normas familiares cultural y socialmente construidas que privilegian la relación entre progenitores e hijos, y la idea de que la pertenencia familiar es algo para lo que hay que reunir méritos mediante actos: hay que ganársela y merecerla. Las emociones y los sentimientos que hay detrás de esta frase resultarán probablemente reconocibles para muchas personas que, en momentos de ira, pueden arremeter contra las nociones idealizadas de la familia. Sin embargo, aquí la afirmación se asienta en una condición más permanente. Los relatos de las personas jóvenes y de sus progenitores están condicionados por la influencia continua del internamiento en régimen cerrado, inscrito en el contexto estructural de un modelo de bienestar orientado a la familia dentro de un Estado de bienestar desfamiliarizado. Juntas, estas dos fuerzas crean una tensión estructural entre, por un lado, unas políticas de bienestar basadas en los ideales de independencia y de contacto directo entre el individuo y el Estado y, por otro, unas prácticas institucionales que ponen el acento en la dependencia del apoyo familiar. Las tensiones evidentes entre políticas, prácticas y experiencias cotidianas se perciben en las dificultades para conciliar las realidades imaginadas y vividas de la familia, y estas dificultades llevan a algunas personas jóvenes a concluir que lo mejor que pueden hacer es invertir en sí mismas, no en relaciones (familiares).

Al discutir, o más bien al «problematizar», el concepto de familia entre jóvenes con experiencias de acogimiento fuera del hogar, Boddy (2019: p. 2249) subraya la importancia de tener en cuenta tanto los significados ordinarios como los significados particulares de la familia. En este artículo partimos del significado ordinario para llegar a significados particulares de la familia, con el fin de llamar la atención sobre el efecto permanente que el internamiento en régimen cerrado tiene tanto en las personas jóvenes como en sus progenitores. La sombra que el internamiento proyecta sobre las prácticas y las exhibiciones familiares es un amplio recordatorio de que las políticas y las instituciones de protección de la infancia pueden marcar de por vida a hijos y progenitores al intervenir en los rasgos más preciados de la vida humana, a saber, las relaciones (Donati, 2011). Centrándonos específicamente en la familia, nuestros resultados nos llevan a reclamar que se preste más atención a la perversidad de los dispositivos de internamiento en régimen cerrado, tanto en el plano de las políticas como en el de las instituciones, porque estos dispositivos perjudican a las personas jóvenes y a sus familias al mermar sus recursos y reducir sus posibilidades de hacer o de deshacer la familia.

Complexe Systémique: puntos clave

Este texto recuerda que una medida de protección es también una intervención en un sistema relacional, y que lo remodela a largo plazo. Al reducir el contacto a la madre y el padre, el internamiento en régimen cerrado fabrica una familia obligatoria: estrecha la dependencia (Lisa), fija en los progenitores el imperativo moral de «anteponer al hijo» hasta la autoinculpación (Linn) y deja a las personas jóvenes dos salidas estrechas: seguir ligadas a sus progenitores pase lo que pase o replegarse sobre sí mismas. La metáfora de la sombra invita a profesionales a escuchar, años después, lo que sigue actuando en los relatos de las personas, en lugar de dar el internamiento por cerrado en el momento del alta. Para la práctica, se trata de sostener durante el internamiento vínculos distintos de los parentales (hermanos y hermanas, amistades, familia elegida) y de acompañar también la toma de distancia respecto de relaciones destructivas. El estudio sigue siendo cualitativo y sueco: 11 jóvenes, progenitores designados por ellos y un marco de entrevista que dio a los progenitores menos libertad para definirse. Puede leerse junto con el artículo sobre las relaciones de jóvenes adultos con experiencia de acogimiento con su familia de origen y la reflexión sobre protección y maltrato institucional.

Notas del original

Sofia Enell, Department of Social work, Linnaeus University, Växjö SE-351 95, Suecia.

Agradecimientos. La autoría desea dar las gracias a todas las personas jóvenes y a todos los familiares que participaron por haber compartido generosamente sus reflexiones sobre la vida familiar.

Declaración de conflictos de intereses. La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Financiación. La autoría declaró haber recibido el siguiente apoyo financiero para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo: este artículo cuenta con el apoyo financiero del Swedish Research Council for Health, Working life and Welfare, dnr 2017-00261, STYA-2017/0003.

Referencias

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Traducción no oficial al español de “My Whole Family Is Not Really My Family”—Secure Care Shadows on Family and Family Practices Among Young Adults and Their Family Members, de Sofia Enell y Monika Wilińska, Journal of Family Issues, vol. 43, n.o 8 (2022), doi: 10.1177/0192513x211030026, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Este es el artículo original «“My Whole Family Is Not Really My Family”—Secure Care Shadows on Family and Family Practices Among Young Adults and Their Family Members», publicado en Journal of Family Issues (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Enell, S., y Wilińska, M. (2022). “My Whole Family Is Not Really My Family”—Secure Care Shadows on Family and Family Practices Among Young Adults and Their Family Members. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/my-whole-family-is-not-really-my-family-secure-care-shadows-on-family-and-family-practices (Obra original publicada en 2021 en Journal of Family Issues, 43(8), 2210-2233 (2022); republicada en 2022 por Journal of Family Issues, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0192513X211030026)

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