Traducción asistida por IA

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Behavioral Sciences · Familia

La transmisión intergeneracional del trauma, las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas: una exploración cualitativa de la resiliencia fraterna

¿Cómo pasa la adversidad de una generación a la siguiente, y por qué hermanas y hermanos criados en la misma familia no salen adelante de la misma manera? A partir de dos familias escocesas, cada vez una madre y dos de sus hijos, el equipo de Miriam Riaz Nichol sigue el hilo del trauma: la violencia del barrio, el duelo por un hijo asesinado, el maltrato que le sigue y, después, las relaciones de pareja violentas. Describe también lo que protege: la disociación y la parentalización dentro de la fratría.

Autoría Miriam Riaz Nichol (School of Psychological Sciences & Health, University of Strathclyde, Glasgow, Reino Unido); Lee John Curley (School of Health & Life Sciences, Glasgow Caledonian University, Reino Unido); Pamela Jane Sime (School of Health & Social Care, Edinburgh Napier University, Reino Unido)Primera publicación Behavioral Sciences, 1 de febrero de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The Intergenerational Transmission of Trauma, Adverse Childhood Experiences and Adverse Family Experiences: A Qualitative Exploration of Sibling Resilience, de Miriam Riaz Nichol, Lee John Curley y Pamela Jane Sime, publicado en Behavioral Sciences (MDPI) (2025), doi: 10.3390/bs15020161, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; las figuras se reproducen con sus leyendas originales; el material complementario (guiones de entrevista) no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Aunque hermanas y hermanos puedan compartir experiencias traumáticas, a menudo las perciben de manera diferente.

Miriam Riaz Nichol, Lee John Curley y Pamela Jane Sime

Resumen

Los marcos de las experiencias adversas en la infancia (ACE, por sus siglas en inglés) y de las experiencias familiares adversas (AFE) se han utilizado ampliamente en la investigación. Sin embargo, hasta la fecha, ningún estudio ha considerado ambos marcos de forma simultánea, ni ha explorado las semejanzas y diferencias en la resiliencia entre hermanos cuyos progenitores estuvieron expuestos a ACE y AFE. Hacerlo podría, tal vez, establecer las vías por las que la adversidad se transmite de generación en generación y, en consecuencia, identificar qué trayectorias abordar en posibles intervenciones. Así, los objetivos de este estudio fueron examinar las experiencias de familias con trauma intergeneracional ligado a ACE y AFE, y determinar qué influye en las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos. El análisis temático de dos estudios de caso familiares (n = 6) propuso un relato que abarca el miedo, las relaciones y el afrontamiento del trauma. Los resultados mostraron la influencia de la violencia del barrio, que parecía iniciar este relato. El miedo asociado a la violencia del barrio y al maltrato en la primera infancia parecía influir tanto en el vínculo filial como en las relaciones de pareja. Por último, las personas participantes pusieron de manifiesto las propiedades protectoras de la disociación y de la parentalización fraterna, mostrando su relación con la resiliencia. El equipo de investigación propone que la violencia del barrio se tenga en cuenta en el cuestionario ACE para orientar las políticas actuales y futuras, y para proteger las necesidades de las familias afectadas por el trauma intergeneracional.

1. Introducción

Durante el siglo XXI, la literatura sobre el trauma se ha multiplicado con el fin de determinar el papel del maltrato infantil (MI) en las trayectorias vitales (Howell et al., 2021). Entre las adversidades infantiles estudiadas figuran, por ejemplo, las catástrofes naturales (Meltzer et al., 2021), el terrorismo y la guerra (Samara et al., 2020) y las enfermedades pediátricas graves (Stanzel & Sierau, 2022). En el contexto escocés, las experiencias adversas en la infancia (ACE), que incluyen el MI y los factores de estrés del hogar (FEH), y las experiencias familiares adversas (AFE), centradas en una perspectiva ambiental, se han convertido en un grave problema de salud pública, y estadísticas recientes muestran su creciente prevalencia (Marryat & Frank, 2019; Scottish Government, 2024). Por ejemplo, el 71% de las personas adultas en Escocia afirma haber vivido al menos una ACE, y el 15%, cuatro o más (Scottish Government, 2024). Otros informes similares han puesto de manifiesto tasas de violencia desproporcionadamente altas en las comunidades escocesas desfavorecidas, en particular entre los varones jóvenes (Fraser et al., 2024). Esto resulta preocupante, ya que diversos estudios han establecido que la acumulación de ACE y AFE aumenta el riesgo de psicopatología e ideación suicida (Jia et al., 2020), de consumo y dependencia de sustancias (Hughes et al., 2020), de delincuencia (Basto-Pereira et al., 2022) y de transmisión intergeneracional del trauma (TIT) (Hughes et al., 2017). Por ello, la investigación ha tratado de precisar las amenazas intergeneracionales graves y persistentes de las ACE y las AFE (Swords et al., 2024) para orientar las políticas y las intervenciones preventivas, incluidas las que buscan fomentar la resiliencia (Ortiz, 2019). El trauma intergeneracional designa el fenómeno por el cual la adversidad vivida en una generación, concretamente en la infancia, puede perpetuarse en las generaciones siguientes (Keaney et al., 2024). Aunque a menudo se emplea indistintamente con «trauma histórico» y «trauma transgeneracional», el primero se distingue por su relación con el trauma sistémico (Cerdeña et al., 2021), y el segundo, con la epigenética (Švorcová, 2023). Los traumas individuales que se producen a menor escala (por ejemplo, la violencia interpersonal) no entran necesariamente en el ámbito del trauma histórico (Keaney et al., 2024), lo que justifica el uso del término «trauma intergeneracional» en este contexto a lo largo de este artículo.

Aunque no fueron pioneros en la evaluación del riesgo acumulado (Rutter, 1980), Felitti et al. (1998) ampliaron trabajos anteriores (por ejemplo, Kempe et al., 1962) y se convirtieron en el estudio más destacado sobre el MI. El trabajo fundacional de Felitti y su equipo (1998) reconoció la prevalencia tanto del MI como de los FEH, y mostró que rara vez se dan de forma aislada y que, por el contrario, se viven de manera simultánea (Felitti et al., 1998). La relación dosis-respuesta que identificaron hizo evolucionar la conceptualización del MI y supuso un cambio de paradigma en la literatura, al subrayar el carácter acumulativo y crónico de las ACE sobre la salud posterior (Felitti et al., 1998; Struck et al., 2021). En consecuencia, se propuso un índice sucinto de ACE que abarca cinco subtipos de MI (es decir, abuso verbal/emocional, físico y sexual; negligencia emocional y física) y la exposición a diversas formas de FEH (es decir, separación/divorcio de los progenitores, ser testigo de violencia en la pareja (VP), abuso de sustancias, enfermedad mental y encarcelamiento) (Cerdeña et al., 2021; Dube et al., 2001a, 2001b), que desde entonces se ha utilizado ampliamente en la investigación (Narayan et al., 2022).

No obstante, el marco de las ACE ha suscitado controversia por omitir las dificultades contextuales y familiares (Cronholm et al., 2015), que, según diversos estudios, agravan los efectos de las ACE (Camacho & Henderson, 2022). Posteriormente se desarrolló la medida de las AFE, que retoma ítems del cuestionario ACE (excluyendo el trauma emocional/físico y sexual) y los completa con cuatro ítems nuevos (es decir, muerte de un progenitor, bajos ingresos, abuso racista y violencia del barrio) (Kasehagen et al., 2018). Aunque la investigación ha subrayado que las ACE y las AFE no determinan resultados específicos, se ha demostrado la relación gradual entre el número de ACE y AFE vividas y la frecuencia y gravedad de los riesgos y de los resultados de salud (Felitti et al., 1998; Kasehagen et al., 2018). Para explorar esta asociación se ha recurrido a múltiples marcos, entre ellos la teoría del apego (Bowlby, 1980).

La teoría del apego (TA) (Bowlby, 1980) postula que las interacciones diádicas repetidas entre el bebé y su figura de cuidado principal funcionan como prototipo del comportamiento interpersonal, de las emociones y de las relaciones íntimas (Bosmans et al., 2020). Los niños y niñas que reciben cuidados constantes y de apoyo tienden a desarrollar apegos seguros, que les permiten buscar el consuelo parental cuando sienten malestar (Bosmans et al., 2020; Cooke et al., 2019). En cambio, quienes crecen en entornos disfuncionales marcados por la adversidad tienden a percibir a su figura de cuidado principal como inconstante, insensible y poco fiable, lo que contribuye a apegos inseguros (es decir, evitativos y ansiosos) y desorganizados (Bowlby, 1982; Paetzold & Rholes, 2020).

Una de las relaciones para las que la TA puede ofrecer un marco teórico es la asociación entre las ACE maternas, una crianza problemática y la TIT (Kim et al., 2021). Los estudios han mostrado que las madres expuestas a ACE tienden a adoptar una crianza autoritaria caracterizada por la hostilidad y la falta de implicación (Hanetz-Gamliel & Dollberg, 2022). En concreto, unos antecedentes maternos de maltrato son un fuerte predictor de que la madre se vuelva negligente y ejerza maltrato físico y psicológico sobre sus propios hijos e hijas, lo que contribuye a la TIT y a las ACE (Letouneau et al., 2019; Mitani, 2022). La investigación también ha establecido que las madres con antecedentes de ACE muestran una sensibilidad limitada y una autoeficacia materna disminuida, y a menudo no están emocionalmente disponibles para su descendencia (Jiwani et al., 2022; Rowell & Neal-Barnett, 2021), todo lo cual contribuye a un apego inseguro entre madre y bebé (Racine et al., 2018), que parece mediar los efectos del trauma materno en las trayectorias de desarrollo infantil (es decir, salud, aprendizaje y conducta) (Cooke et al., 2019).

Desde hace tiempo se debate la explicación de esta relación (Hanetz-Gamliel & Dollberg, 2022). Por ejemplo, hay quien sostiene que las madres expuestas a ACE están predispuestas a una desregulación afectiva, en la que la capacidad de regular estímulos emocionales negativos o de responder a ellos se ve alterada (Dvir et al., 2014). Esta predisposición tiende a agravarse cuando surge una tensión parental (Ahlin & Atunes, 2016), como la violencia del barrio (VB). Hay datos que sugieren que las madres que viven en comunidades desfavorecidas y con alta criminalidad muestran frustración y desesperanza derivadas de su incapacidad para proteger a su descendencia de la violencia (Ahlin & Atunes, 2016). Estas dificultades de crianza pueden despertar recuerdos dolorosos relacionados con el trauma, sobre todo si se suman a un apego materno inseguro (Mikulincer & Shaver, 2019; O’Brien et al., 2019). Así, a la madre puede resultarle difícil desprenderse de sus ACE y distinguirlas de la tensión parental, lo que compromete una crianza sensible y receptiva y favorece, en cambio, el desarrollo de apegos inseguros filiales (Hanetz-Gamliel & Dollberg, 2022). Por tanto, las comunidades saturadas de violencia y privación no solo contribuyen a la TIT y la perpetúan mediante la exposición crónica a la violencia, sino también mediante el desarrollo de apegos inseguros y de una crianza problemática (McCoy et al., 2015).

En las dos últimas décadas, la operacionalización de la resiliencia ha evolucionado considerablemente: de la idea de que la resiliencia es una cualidad única de invulnerabilidad se ha pasado a una perspectiva moderna de sistemas del desarrollo (Masten, 2018). Esta última define la resiliencia como la capacidad y los procesos mediante los cuales un sistema dinámico se adapta eficazmente a la adversidad gracias a la perseverancia, facilitando un desarrollo positivo (Rava et al., 2023). Una de las formas en que la resiliencia atenúa los efectos negativos de la adversidad es influyendo en las estrategias de afrontamiento que una persona puede adoptar, que agravan o mitigan la respuesta al estrés (Hall et al., 2021). La literatura sobre la resiliencia distingue dos estilos de afrontamiento: el afrontamiento centrado en el problema (CP) y el centrado en la emoción (CE) (Sheffler et al., 2020). El afrontamiento CP consiste en identificar un factor de estrés y gestionarlo activamente, lo que fomenta la autoeficacia (Landy et al., 2022), mientras que el afrontamiento CE se refiere a la eliminación de los estímulos emocionales negativos, lo que impide abordar directamente el factor de estrés (Landy et al., 2022). Tras la exposición a ACE y AFE se suele adoptar una serie de mecanismos de afrontamiento CP (por ejemplo, cuidar de otras personas) y CE (por ejemplo, la autoinculpación y la disociación) (Solberg et al., 2023), aunque la investigación ha establecido que la adversidad se asocia más fuertemente con estrategias de afrontamiento CE desadaptativas (Sheffler et al., 2020). Esta asociación se ha atribuido a las alteraciones de la regulación emocional, por las cuales, tras la adversidad, se prefiere eliminar los estímulos emocionales negativos (Nusslock & Miller, 2016), lo que aumenta a su vez el riesgo de trastornos psiquiátricos y de consumo de sustancias, ambos vinculados a una baja resiliencia (Solberg et al., 2023).

Aunque abunda la literatura que examina los diversos resultados de salud y de desarrollo de las ACE o de las AFE, ningún estudio hasta ahora ha considerado las ACE y las AFE de forma simultánea. Establecer los orígenes evolutivos del trauma parental es fundamental para determinar si determinados comportamientos de crianza sostienen vías intergeneracionales del trauma que, tal vez, constituyen un riesgo importante de ACE en las generaciones siguientes (Narayan et al., 2022). Además, la literatura sobre el trauma ha mostrado que, aunque hermanas y hermanos puedan compartir experiencias traumáticas, a menudo las perciben de manera diferente (Donagh et al., 2022). Pese a este hallazgo bien establecido, ningún estudio ha explorado hasta ahora qué influye en las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos en un contexto escocés de ACE y AFE. Esto podría ser importante para identificar cómo se transmite la adversidad a las generaciones siguientes y para determinar qué trayectorias abordar en posibles intervenciones, específicas para cada hermano o hermana. Así, el presente estudio pretende colmar las lagunas mencionadas explorando, respectivamente, las siguientes preguntas de investigación.

  • PI 1: ¿Cuáles son las experiencias de las familias con trauma intergeneracional en relación con las ACE y las AFE?
  • PI 2: ¿Qué influye en las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos en los distintos estudios de caso?

2. Materiales y métodos

2.1. Ética y riesgos

Se obtuvo la aprobación ética del comité de ética de la School of Health and Life Sciences de la Glasgow Caledonian University (GCU) [HLS/PSWAHS/23/176], y la investigación se llevó a cabo conforme a las directrices de práctica de la British Psychological Society (BPS) (Practice Board, 2017).

2.2. Diseño y materiales

Se empleó un diseño cualitativo de estudio de casos colectivo (Crowe et al., 2011), ya que hasta la fecha la investigación ha adoptado un enfoque predominantemente cuantitativo (por ejemplo, Gomis-Pomares & Villanueva, 2023; Skolnick et al., 2023). Esto permitió explorar fenómenos complejos desde distintas perspectivas (Baxter & Jack, 2008) y poner de manifiesto múltiples relaciones (Yin, 2017). Cada estudio de caso incluía a un progenitor y a dos hermanos o hermanas, lo que permitía mostrar la TIT y explorar la resiliencia entre hermanos. El equipo de investigación consideró la posibilidad de realizar entrevistas triádicas para observar las relaciones entre las personas entrevistadas (Polak & Green, 2016). Sin embargo, las personas participantes pueden mostrarse reacias a hablar del trauma en presencia de otras (Taylor et al., 2021). Por ello se optó por entrevistas semiestructuradas individuales. Se elaboraron dos guiones de entrevista con siete preguntas abiertas (por ejemplo: ¿Puede describir un recuerdo de su infancia en el que se sintiera especialmente querido o querida, seguro o segura y/o comprendido o comprendida? ¿Hubo alguien en su infancia que tuviera un impacto especialmente positivo? ¿Qué consejo le daría a su yo más joven?) y las repreguntas pertinentes (por ejemplo: ¿Podría contarme más?) (Material complementario S1). La investigación muestra los efectos de anclaje asociados a las preguntas cerradas (Frew et al., 2003), por lo que se eligieron preguntas abiertas para ayudar a construir un relato más matizado (Rouder et al., 2021).

2.3. Reclutamiento y participantes

Para garantizar la selección de estudios de caso ricos en datos y pertinentes para los fenómenos de interés, se empleó un muestreo intencional (Campbell et al., 2020). Para facilitar el reclutamiento, se elaboraron carteles que se distribuyeron por el campus de la GCU y en las redes sociales. La literatura pertinente ha mostrado que cuatro o más ACE en un progenitor suponen riesgos de ACE especialmente importantes para las generaciones siguientes (Hughes et al., 2017). Por ello, los progenitores participantes debían haber vivido cuatro o más ACE para poder participar. Además, todas las personas participantes debían ser mayores de 18 años y hablar inglés. Se excluyó a quienes procedían de familias de hijo único. Una revisión sistemática reciente ha sugerido que, en una población homogénea, la saturación de datos puede alcanzarse con tan solo cinco participantes (Hennink & Kaiser, 2022). Dicho esto, al excluir los valores atípicos, esta revisión mostró que la mayoría de los conjuntos de datos alcanzaban la saturación con una muestra de 9 a 17 participantes (Hennink & Kaiser, 2022). Así, teniendo en cuenta los resultados de esta revisión y las importantes limitaciones de tiempo, el equipo de investigación buscó una muestra de (n = 9). Sin embargo, a pesar de un periodo de reclutamiento de cuatro meses y de diversos esfuerzos (es decir, muestreo en bola de nieve, muestreo intencional), solo pudieron reclutarse dos estudios de caso familiares (n = 6), aunque inicialmente cuatro familias (n = 12) habían mostrado interés. La investigación pone de manifiesto las dificultades asociadas al reclutamiento de participantes para estudios de carácter sensible (Adikaram et al., 2022), que se atribuyen al estigma y a la vergüenza que a menudo acompañan al trauma (Vogel et al., 2020). No obstante, el equipo de investigación determinó que se alcanzaba la saturación de datos con 6 participantes (2 estudios de caso), ya que no se identificaron códigos nuevos, lo que permitía establecer comparaciones adecuadas (Naeem et al., 2024).

Se recogieron los datos sociodemográficos de las personas participantes; la edad media de las personas participantes era de 52.66 años (SD = 14.36 años); la edad media de hermanas y hermanos, de 46.25 años (SD = 10.90 años); y la edad media de los progenitores, de 65.50 años (SD = 13.44 años). El número medio de ACE vividas era de 7.67 (SD = 2.34) y el número medio de AFE, de 2.17 (SD = 1.17). Todos los datos sociodemográficos de las personas participantes se presentan en la tabla 1, y el detalle de las ACE y AFE, en la figura 1 y la figura 2.

Tabla 1 — Datos sociodemográficos de las personas participantes

  • Progenitor 1, estudio de caso 1. Edad: 75; mujer; ACE: 4; AFE: 2.
  • Hermano/a 1, estudio de caso 1. Edad: 53; mujer; ACE: 10; AFE: 4.
  • Hermano/a 2, estudio de caso 1. Edad: 58; mujer; ACE: 10; AFE: 3.
  • Progenitor 1, estudio de caso 2. Edad: 56; mujer; ACE: 6; AFE: 2.
  • Hermano/a 1, estudio de caso 2. Edad: 36; mujer; ACE: 8; AFE: 1.
  • Hermano/a 2, estudio de caso 2. Edad: 38; hombre; ACE: 8; AFE: 1.
Esta figura muestra las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas del estudio de caso uno.
Figura 1. Esta figura muestra las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas del estudio de caso uno.
Esta figura muestra las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas del estudio de caso dos.
Figura 2. Esta figura muestra las experiencias adversas en la infancia y las experiencias familiares adversas del estudio de caso dos.

2.4. Procedimiento

Las personas participantes recibieron una hoja informativa, un formulario de consentimiento y una hoja de datos sociodemográficos (con fines de inclusión y de análisis) antes de su entrevista presencial (en el campus de la GCU) o en línea (a través de Microsoft Teams). El equipo de investigación se aseguró de recordarles sus derechos antes de participar (es decir, protección de datos, confidencialidad y retirada de los datos). El orden de las entrevistas se estableció según la disponibilidad, y las realizó la persona responsable del estudio. Las entrevistas duraron entre 34 min y una hora (M = 52.50, SD = 22.06) y se realizaron a través de Microsoft Teams. En algunos casos, las personas participantes aportaron detalles sobre experiencias traumáticas concretas que no figuraban directamente en el guion de entrevista (por ejemplo, reflexiones sobre experiencias de VP). En esos casos, el equipo de investigación profundizó de forma adecuada, prestando atención al lenguaje corporal. Por ejemplo, si se detectaba desconexión o conductas repetidas de autoapaciguamiento (por ejemplo, movimientos nerviosos) (Dreisoerner et al., 2021), se proponía hacer una pausa o terminar la sesión. Una vez finalizada, se guardaba la grabación y se ofrecía a la persona participante una sesión de cierre (debriefing).

2.5. Análisis de datos

Tras la recogida de datos, la persona responsable del estudio transcribió las entrevistas literalmente en un documento de Word y se siguieron las seis fases del análisis temático (AT) de Braun y Clarke (Braun & Clarke, 2012, 2023). En primer lugar, esta persona revisó repetidamente las transcripciones para familiarizarse con los datos. Anotó los datos pertinentes para las preguntas de investigación y la literatura existente, y los codificó manualmente con Microsoft Word (2021, Microsoft Office), pasando de datos desorganizados a conceptos estructurados (Attride-Stirling, 2001; Stocks et al., 2002).

A continuación, la persona responsable del estudio reunió los extractos de datos codificados para elaborar los temas; los códigos se volvieron a examinar para garantizar su coherencia con los temas y subtemas, y se introdujeron nuevas modificaciones. Aunque la persona responsable del estudio realizó el análisis de forma independiente, el equipo de investigación celebró reuniones periódicas a lo largo del proceso de análisis para garantizar la coherencia y el acuerdo. Cualquier duda o desacuerdo se discutió hasta alcanzar el consenso. Una vez terminado, el equipo de investigación comenzó la redacción, asegurando un relato coherente y conciso de los datos (Braun & Clarke, 2012, 2023). El equipo se mantuvo atento a sus propias ideas preconcebidas para evitar sesgos (Starks & Trinidad, 2007), por lo que se adoptó un enfoque inductivo (el análisis se orienta por objetivos específicos y no por la teoría) (Braun & Clarke, 2012). Para ilustrar las relaciones entre los temas propuestos (Nowell et al., 2017), la persona responsable del estudio elaboró un mapa temático (véase la figura 3). Con Microsoft PowerPoint (2021, Microsoft Office), presentó cada tema y su(s) subtema(s) de manera que mostrara un relato coherente del conjunto de datos (Nowell et al., 2017). Se añadieron líneas de puntos para mostrar con claridad las relaciones entre temas y subtemas. Al igual que en el proceso de análisis de datos, el equipo de investigación celebró reuniones para garantizar la coherencia y el acuerdo. Los desacuerdos se resolvieron mediante discusiones de consenso.

Esta figura muestra los temas y subtemas propuestos tras el análisis temático de dos estudios de caso familiares.
Figura 3. Esta figura muestra los temas y subtemas propuestos tras el análisis temático de dos estudios de caso familiares.

3. Resultados

Mediante el AT se propusieron tres temas (es decir, el miedo, las relaciones y el afrontamiento del trauma) y cuatro subtemas (es decir, el apego, conformarse con menos, el afrontamiento centrado en la emoción y el afrontamiento centrado en el problema) (véase la figura 3). Todos los temas y subtemas se observaron en ambos estudios de caso. Las citas se seleccionaron para representar lo mejor posible la TIT; cada estudio de caso presenta un relato similar, si no idéntico.

3.1. Tema 1. El miedo

El tema 1 reunía el miedo asociado a la VB y al MI. Una participante reflexionó sobre las consecuencias psicológicas de haber perdido a tres hijos por la violencia.

«Sufrí la pérdida de otros dos hijos, que fueron asesinados los dos, y aunque seguí viviendo, en realidad no estaba viva… Temía por mis otros hijos».

Esto puede observarse en las generaciones siguientes: la hija de la participante anterior atribuyó el asesinato de su hermano a la transgresión de códigos de la calle conocidos por todos. Recuerda los trastornos del sueño que siguieron y puso de relieve un trauma vicario.

«Querían asegurarse de que supiera cuál era su sitio y de que no iba a hacer nada sin su permiso… A mi hermano lo apuñalaron en el estómago y le rajaron con una cuchilla de afeitar desde la oreja hasta dentro de la boca… Eso me provocó muchas pesadillas, me daba miedo dormirme».

La hermana mayor de la participante anterior aporta otra perspectiva sobre el impacto intergeneracional de la VB. Describió el MI que siguió y lo atribuyó al duelo de su madre. Puso de relieve las conductas de sumisión como mecanismo de defensa.

«Ella (la madre) me pegaba con la correa del perro; se volvió agresiva después de aquello (el asesinato del hermano)… No creo que ninguna criatura deba vivir aterrorizada por sus padres, pero yo estaba absolutamente aterrada. Habría hecho cualquier cosa por mantener la paz».

3.2. Tema 2. Las relaciones

El tema 2 reunía las dificultades relacionales que siguieron al MI y a la exposición a la violencia, incluidas las alteraciones del vínculo filial, representadas por el subtema (1) «problemas de apego», y la influencia en las relaciones de pareja, representada por el subtema (2) «conformarse con menos».

Apego. Madre e hija reflexionan sobre sus experiencias de abandono parental y de abuso sexual infantil (ASI). Sugirieron problemas de apego específicos según el género, que dependían del género de quien había cometido el abuso. Esto parecía perpetuarse a lo largo de la vida y de una generación a otra.

«No solo sufría por el abandono, sino que eso desencadenó en mí un odio y una desconfianza hacia las mujeres que me han durado toda la vida… Me sentía mucho más cerca de mis hijos varones, pero tenía problemas para vincularme con mis hijas. Siempre me sentía muy decepcionada cuando iba a tener una niña».

Esto puede observarse en las generaciones siguientes: la hija de la participante expresó dificultades para vincularse con sus hijos varones, que atribuía al abuso sexual que había sufrido.

«Recuerdo que pensaba: si es otro niño, no me lo quedo. No podía con los niños; no podía quererlos; no podía vincularme con ellos. Creo que eso se debe al abuso sexual que sufrí por parte de mi padre y de mi hermano».

Conformarse con menos. Las personas participantes sugirieron que la baja autoestima se había forjado en la adversidad y que la falta de amor en la infancia las había llevado a aceptar cualquier muestra de afecto. Las dos madres y dos de los hijos insistieron en que una desensibilización a la violencia había contribuido a aceptar la VP en la edad adulta.

«No me merecía nada, así que me conformaba con cualquier cosa que llegara. No me sentía digna de una vida de verdad. Si no hubiera sido por mi infancia y por los abandonos repetidos, no me habría conformado con el hombre con el que me casé… Me parecía bastante normal que me pegaran. Aunque tenía miedo… me parecía una forma de vida normal».

Esto puede observarse en las generaciones siguientes: la hija de la participante anterior puso de relieve la imitación, que parecía facilitar a su vez un nuevo trauma intergeneracional.

«Creo que el trauma que sufres de niña moldea la persona en la que te conviertes y hace, quizá, que elijas relaciones que no son del todo buenas para ti… exactamente iguales a las que tenían tu madre y tu padre, y por eso vives exactamente lo mismo que vivió tu madre».

3.3. Tema 3. Afrontar el trauma

El tema 3 ilustraba dos formas de afrontamiento que contribuían a las semejanzas y diferencias en la resiliencia entre hermanos, representadas por los subtemas (1) afrontamiento centrado en la emoción y (2) afrontamiento centrado en el problema.

Afrontamiento centrado en la emoción. Las personas participantes reflexionaron sobre sus mecanismos de afrontamiento y subrayaron la eficacia de la disociación para un funcionamiento resiliente.

«Me di cuenta de que me disociaba durante el abuso sexual. Cuando mi marido se ponía violento, me disociaba y sentía un entumecimiento. Eso me ayudó a seguir adelante».

Esto puede observarse de una generación a otra: la hija de la participante anterior puso de relieve las propiedades protectoras de la despersonalización (una forma de disociación) y de las experiencias de oír voces.

«Siempre conseguía desconectarme cuando pasaban cosas traumáticas, era como si lo viera pasar en lugar de vivirlo… La voz me dijo que fingiera ser una niña pequeña. Lo cual era irónico, porque eso es exactamente lo que era. Era una cría. Era un bebé».

Las participantes relataron que sus parejas maltratadoras las habían iniciado en el consumo de sustancias, lo que permitía a la pareja aumentar deliberadamente su dependencia mediante la manipulación emocional y facilitaba un control coercitivo aún mayor.

«Mi pareja era camello y era violento. Un día me preguntó si quería un porro y pensé: a la mierda… Luego me preguntó si quería speed… Me dijo que lo necesitaba para ocuparme de mis hijos. Poco después acabé en la heroína y a mis hijos los llevaron a un centro de acogida».

Pueden observarse los efectos intergeneracionales del consumo de sustancias de la madre: el hijo de la participante describió el abuso sexual que sufrió estando bajo la tutela de los servicios de protección. Expresó que había imitado a su madre para hacer frente a los sentimientos de vergüenza asociados.

«Él (el educador responsable) te miraba y te tocaba mientras te duchabas. No podía soportar la vergüenza y el bochorno… Me volví agresivo y adicto a la coca. Acabé igual que mi madre».

Afrontamiento centrado en el problema. Las participantes subrayaron la importancia de la «parentalización fraterna»: describieron cómo asumieron el papel de cuidadoras para proteger del maltrato a sus hermanos menores. Se pusieron de relieve las propiedades protectoras de la parentalización (es decir, fomentar la resiliencia y dar un sentido).

«Yo lo levantaba, lo cambiaba, le daba de comer y por eso falté mucho al colegio. Pero me daba demasiado miedo dejarlo con ella (la madre). Sabía que solo yo podía protegerlo… Eso me devolvió un sentido».

Otra participante puso de relieve las propiedades protectoras de la parentalización a lo largo de la vida, y sugirió que la parentalización se extiende a la protección de todos los niños del hogar.

«Cuando la depresión de mi madre empeoró de verdad, no podía ocuparse de mí ni de mi hermano pequeño, y menos aún de mi sobrino. Me convertí en la mamá de la casa. Le daba de comer, lo cambiaba, lo paseaba en el cochecito y lo abrazaba… De niña me molestaba, pero me hizo fuerte y resiliente. Me hizo ser una buena madre».

4. Discusión

Aunque abunda la literatura que examina los resultados de salud, de desarrollo y de conducta de las ACE (Arnold et al., 2023), ningún estudio hasta ahora ha considerado los efectos intergeneracionales de las ACE y las AFE a la vez. Además, si bien la investigación ha empezado a estudiar la relación fraterna tras la exposición a ACE (Donagh et al., 2022), ningún trabajo ha explorado qué influye en las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos. Así, con el presente estudio, el equipo de investigación pretendía explorar la transmisión intergeneracional del trauma en relación con las ACE y las AFE, al tiempo que exploraba la resiliencia entre hermanos. Tras el análisis temático de dos estudios de caso de familias escocesas, se propusieron tres temas (el miedo, las relaciones, afrontar el trauma) y cuatro subtemas (el apego, conformarse con menos, el afrontamiento centrado en la emoción, el afrontamiento centrado en el problema).

En «El miedo», las personas participantes pusieron de manifiesto la influencia subyacente de la violencia del barrio (VB). Concretamente, se mostró que perder a un hijo por la violencia comprometía las capacidades de crianza: la combinación de duelo y trauma conducía al maltrato de los hijos supervivientes. La literatura empírica sugiere que la muerte súbita y violenta de un hijo o una hija puede dificultar la recuperación (Lichtenthal et al., 2013), y que las madres son especialmente vulnerables a un duelo grave y complicado (Fernández-Alcántara & Zech, 2017; Morris et al., 2019). Las cogniciones desadaptativas sobre uno mismo o sobre los demás desempeñan un papel central en el desarrollo y la perpetuación del duelo complicado (Shear, 2015), ya que dificultan un afrontamiento adaptativo y alimentan, en cambio, emociones intensas como la ira y la culpa (Komischke-Konnerup et al., 2023). Estos patrones complejos de duelo pueden interferir en la capacidad de un progenitor para comunicarse con sus hijos y apoyarlos (Sharp et al., 2020), y los hijos supervivientes han relatado sentirse desatendidos (Leichtentritt et al., 2024). En el contexto del presente estudio, la literatura empírica sugiere que las madres expuestas a ACE corren el riesgo de sufrir desregulación afectiva, sobre todo tras una tensión parental (por ejemplo, la pérdida de un hijo, la violencia del barrio) (Ahlin & Atunes, 2016), lo que puede conducir a conductas de crianza insensibles, poco receptivas y agresivas (Racine et al., 2018). Esto sugiere que las familias afectadas por ACE y AFE corren un riesgo particular tras un duelo súbito y violento, dado el maltrato que probablemente le seguirá, lo que muestra el papel de la VB en la transmisión intergeneracional del trauma (TIT).

La influencia emergente de la VB se observó también en «Las relaciones», donde las personas participantes sugirieron que la exposición a la violencia en la infancia había contribuido a una desensibilización y a la aceptación de la VP en la edad adulta. Esto concuerda con la literatura previa, que muestra que la exposición a la violencia comunitaria aumenta el riesgo de que un niño o una niña ejerza o sufra violencia más adelante en la vida (Sokar et al., 2023; Butler et al., 2020). Los mecanismos por los que esto ocurre pueden explicarse mediante el concepto de habituación (Thompson & Spencer, 1966). Desde el punto de vista teórico, la desensibilización concuerda con el fenómeno bien establecido de la habituación, en el que la exposición repetida a un estímulo (por ejemplo, la violencia) acaba provocando una respuesta disminuida (Groves & Thompson, 1970; Rankin et al., 2009). Por ejemplo, mientras que la exposición inicial a la VB suscitaría una respuesta emocional naturalmente negativa, la hipótesis de la desensibilización sostiene que la exposición repetida acabaría suprimiendo esas reacciones innatas, como el malestar emocional, la activación fisiológica y la desaprobación cognitiva (Fanti & Avraamides, 2011; Mrug et al., 2017). La literatura empírica respalda esta hipótesis y muestra que la exposición crónica a la VB puede conducir a una desensibilización emocional a través de una disminución de los síntomas depresivos (Gaylord-Harden et al., 2017).

El modelo de adaptación patológica a la violencia (Ng-Mak et al., 2004) permite comprender la aceptación de la VP. Este modelo postula que la exposición crónica a la violencia puede conducir a su normalización mediante el proceso cognitivo de la desconexión moral, que facilita una participación activa en nuevas conductas violentas (Bacchini & Esposito, 2019). Aunque menos estudios han abordado el papel de la desconexión moral en la victimización, la literatura disponible sugiere que las víctimas racionalizan el maltrato mediante mecanismos de desconexión moral (Cuaddrado-Gordillo et al., 2020), de forma similar a como niños y niñas reconstruyen las experiencias de maltrato (Wang et al., 2017). Los datos sugieren que las personas participantes en el presente estudio aceptaron la VP mediante mecanismos de desconexión moral, en los que las conductas inmorales se consideran justificables. Tales experiencias pueden haberse transmitido de una generación a otra según los principios de la teoría del aprendizaje social, como la observación y el modelado (Bandura, 1973).

En «Las relaciones» vimos aparecer problemas de apego específicos según el género: quienes han sufrido MI en la infancia pueden desarrollar después problemas de apego con sus hijos o con sus hijas, según el género de la persona que cometió el maltrato. En concreto, las participantes del presente estudio relataron que el ASI cometido por el padre había provocado problemas de apego con los hijos varones, y que el maltrato físico cometido por la madre había provocado problemas de apego con las hijas. Aunque la TA (Bowlby, 1980) estableció hace tiempo las consecuencias del apego en las capacidades de crianza, este estudio parece ser el primero (que sepa la autoría) en establecer este fenómeno en un contexto de ACE y AFE. Un principio central de la TA y de sus efectos intergeneracionales es el concepto de modelo operativo interno (MOI), según el cual se desarrollan esquemas cognitivos de uno mismo y de los demás a partir de las experiencias vividas entre el niño o la niña y su figura de cuidado (Bowlby, 1980). Se considera que estos esquemas cognitivos funcionan fuera de la conciencia y sirven de prototipo para anticipar e interpretar las intenciones ajenas (Bowlby, 1980). Por ello, la infancia maltratada tiende a desarrollar representaciones mentales negativas de los demás, que parecen afectar a las relaciones posteriores, incluidas las que se tienen con los propios hijos (Bretherton & Munholland, 2016). Por ejemplo, los esquemas cognitivos negativos desarrollados en la infancia pueden contribuir al desarrollo de la inseguridad del apego. En la edad adulta, esto puede llevar a adoptar conductas de crianza desdeñosas y hostiles, como evitar el contacto físico y emocional con la descendencia (Sette et al., 2015). En conjunto, los datos sugieren que las participantes desarrollaron MOI negativos de los hombres o de las mujeres como representaciones de quienes las maltrataron (es decir, la madre o el padre), lo que dio lugar a dificultades de vinculación con determinados hijos (es decir, hijos varones o hijas) en función de esas representaciones. Sin embargo, dadas las limitaciones del presente estudio (por ejemplo, una muestra pequeña y desequilibrada en cuanto al género), son necesarios nuevos estudios para explorar este fenómeno con una muestra más amplia y diversa.

Por último, «Afrontar el trauma» puso de relieve el carácter adaptativo de la disociación y su impacto en la resiliencia. La teoría del trauma por traición (TTT) (Freyd, 1996) ofrece un marco teórico para comprender las secuelas postraumáticas. Por ejemplo, de forma similar a los principios centrales de la TA (Bowlby, 1980), la TTT (Freyd, 1996) afirma que el maltrato cometido por alguien de quien la víctima depende (por ejemplo, un progenitor) probablemente provocará consecuencias distintas. Más concretamente, la dependencia en la relación entre víctima y agresor lleva a la víctima a adaptarse al maltrato de un modo que preserve el apego entre progenitor e hijo, favoreciendo así procesos que inhiben la toma de conciencia, como las respuestas de congelación, entre ellas la disociación (Gagnon et al., 2017; Platt et al., 2016). Aunque el carácter adaptativo y las propiedades protectoras de la disociación están documentados en la literatura (Loewenstein, 2018), se ha subrayado que su función adaptativa parece ser de corta duración (Kumpula et al., 2011). Por ejemplo, se ha demostrado que su uso persistente aumenta la probabilidad de revictimización, al interferir en la capacidad de identificar con precisión los riesgos para la propia seguridad (Zamir & Lavee, 2015). Por ello, estos resultados deben interpretarse con cautela, sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones de este estudio (por ejemplo, una muestra pequeña y desequilibrada en cuanto al género).

Por último, se puso de relieve el fenómeno de la parentalización: las participantes asumieron el papel de cuidadoras para proteger a sus hermanos menores de un progenitor (o de ambos) emocionalmente no disponible y violento. La teoría de los sistemas familiares de Minuchin (Minuchin, 1974) subraya la importancia de las fronteras jerárquicas para favorecer la interdependencia, la autonomía y un desarrollo positivo en la infancia. Así, la disolución de las fronteras jerárquicas, por ejemplo mediante la parentalización, tendría en teoría efectos adversos. Así lo respalda la literatura previa, en la que se han documentado los vínculos entre parentalización y psicopatología (Khafi et al., 2014; Van Loon et al., 2017). Sin embargo, otros estudios han sugerido que la parentalización puede fomentar la resiliencia, un afrontamiento adaptativo y la autoestima (Borchet et al., 2015; Eskisu, 2021). Por tanto, dados estos resultados dispares, es posible que la propia relación fraterna sea un factor importante que medie o modere los resultados mencionados. Esto ofrece una posible clave para los resultados del presente estudio, al sugerir que los efectos positivos de la parentalización pueden atribuirse al carácter positivo de las relaciones fraternas. No obstante, son necesarios nuevos estudios para explorar el papel mediador y moderador de la calidad de la relación fraterna en la relación entre parentalización y consecuencias negativas.

La literatura previa ha optado por estudiar la TIT en relación con ACE o AFE específicas, como la exposición a la violencia (Hashemi et al., 2022), el ASI (Hornor, 2024) y la psicopatología (Zhou et al., 2023). Así, una fortaleza fundamental de este estudio reside en la decisión del equipo de investigación de explorar a la vez las ACE y las AFE, y su contribución a la TIT. Esta decisión permitió mostrar las relaciones entre la VB (AFE) y la VP (ACE): la exposición a la VB en la infancia desensibilizó a las personas frente a la VP en la edad adulta. Además, el presente estudio exploró la resiliencia entre hermanos, poniendo de relieve los factores (por ejemplo, el afrontamiento centrado en la emoción y en el problema) que quizá contribuyen a las semejanzas y diferencias en la resiliencia entre hermanos, algo que, hasta donde sabe el equipo de investigación, no se había hecho antes en este contexto. Es importante que la investigación siga explorando esta cuestión, dado que hermanas y hermanos tienden a percibir sus traumas de forma diferente, aunque compartan las mismas experiencias (Donagh et al., 2022). La prometedora literatura sobre las experiencias positivas en la infancia [PCE] (Bhargav & Swords, 2023; Samji et al., 2024) podría desempeñar un papel clave en el desarrollo de la investigación sobre las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos tras la adversidad; por ejemplo, determinar si las PCE difieren entre hermanos, junto con otros factores similares a los del presente estudio (por ejemplo, el afrontamiento centrado en la emoción y en el problema), podría ayudar a desarrollar intervenciones adaptadas que se dirijan a trayectorias específicas de cada hermano o hermana.

No obstante, el estudio también presenta limitaciones. A pesar de un periodo de reclutamiento de cuatro meses y de diversos esfuerzos (es decir, muestreo en bola de nieve, muestreo intencional), solo pudieron reclutarse dos estudios de caso familiares, cada uno con un número limitado de personas (n = 3) y sin diversidad cultural. Antes del reclutamiento, el equipo de investigación había acordado que una muestra de (n = 9) sería quizá suficiente, aunque inicialmente cuatro estudios de caso familiares (n = 12) habían mostrado interés. Antes del periodo de recogida de datos, dos estudios de caso se retiraron tras el consentimiento informado. Aun así, el equipo pasó al análisis de datos debido a las limitaciones de tiempo. Además, no fue posible determinar el impacto de las ACE y las AFE desde la perspectiva padre-hijo, ya que los dos progenitores participantes eran mujeres. Diversos estudios sugieren que las mujeres presentan patrones de MI más complejos que los hombres (Haahr-Pedersen et al., 2020). Así, con tan pocos participantes varones, los resultados de este estudio no pueden aplicarse a la comprensión de la resiliencia entre hermanos varones. Las dificultades para reclutar a hombres pueden atribuirse a la experiencia del trauma marcada por el género, sobre todo en lo que respecta a las relaciones y a las experiencias de VP (Søegaard et al., 2021). Por ejemplo, estadísticas recientes muestran que en el 81% de los casos de VP en Escocia la víctima era una mujer y el agresor un hombre (Scottish Government, 2024). Por otra parte, las expectativas de la masculinidad hegemónica, que incluyen la invulnerabilidad, pueden haber dificultado el reclutamiento de hombres a través de los sentimientos de vergüenza asociados (Hogan et al., 2024). Por último, hay que tener en cuenta el sesgo de memoria. Los recuerdos se deterioran de forma natural con el tiempo (Park & Festini, 2016); sin embargo, la exposición a la adversidad puede acentuar este proceso y conducir a una sobregeneralización de la memoria autobiográfica (Moore & Zoellner, 2007), en la que los detalles autobiográficos se recuerdan de forma inexacta (por ejemplo, la cronología). En el contexto de este estudio, las personas participantes tenían entre 36 y 75 años, por lo que es posible que se hayan omitido, minimizado o exagerado detalles. Así, para comprender plenamente este fenómeno y generalizar los resultados al conjunto de la población, son necesarios nuevos estudios. Para ello, la investigación debe replicar este estudio con una muestra mayor y más diversa que incluya a hombres y mujeres en igual proporción. También sería útil replicarlo con una muestra más joven para reducir al mínimo el sesgo de memoria.

5. Conclusiones

En conclusión, este estudio ha contribuido a la literatura sobre las ACE y las AFE, al mostrar la TIT y las posibles influencias que contribuyen a las semejanzas y diferencias de la resiliencia entre hermanos. Este estudio estableció la influencia subyacente de la violencia del barrio, que parecía iniciar este relato. Aunque la literatura reconoce el papel de la VB en la TIT, por ejemplo a través de los trastornos del sueño (Mrug et al., 2020), la perpetración de VP (Sokar et al., 2023), la revictimización (Butler et al., 2020) y el estrés tóxico (Lee et al., 2020), el cuestionario ACE no tiene en cuenta esta experiencia. Incluir la VB en las herramientas de cribado de ACE ayudaría a profesionales a identificar mejor el estrés tóxico acumulado. Esto es importante, ya que el estrés tóxico contribuye a alterar la arquitectura del cerebro en desarrollo, lo que aumenta el riesgo de enfermedad física y de psicopatología (Lee et al., 2020). Además, esta incorporación al cuestionario ACE orientaría mejor políticas como la ACE Aware Initiative, que ayuda a identificar, tratar y prevenir el estrés tóxico inducido por el trauma. En resumen, el presente estudio propuso que la VB iniciaba el relato de la TIT: perder hijos por la VB desencadenaba una crianza autoritaria, en la que el aumento de la agresividad derivado de la combinación de trauma y duelo conducía al maltrato de los hijos supervivientes. Además, la exposición a la VB contribuía a una desensibilización y a la aceptación de la VP, lo que parecía tener efectos intergeneracionales. Así, para proteger las necesidades de las familias afectadas por la VB y otras ACE, es importante incorporar la VB al cuestionario ACE y a otras herramientas de cribado, de modo que políticas como la ACE Aware Initiative puedan identificar, tratar y prevenir eficazmente el estrés tóxico inducido por el trauma, tal como defienden también otros estudios (Lopez et al., 2022). Por último, el equipo de investigación propone que futuras investigaciones determinen si la transmisión intergeneracional del trauma difiere entre la perspectiva madre-hija y la perspectiva padre-hijo, y exploren la resiliencia entre hermanos de distinto sexo y del mismo sexo.

Complexe Systémique: puntos clave

El interés de este pequeño estudio es que mira la transmisión del trauma con ojos de terapeuta familiar: no una persona y sus ACE, sino una madre, sus hijos y lo que circula entre ellos. Destacan tres hilos. La violencia del barrio, ausente del cuestionario ACE, aparece como punto de partida: un hijo asesinado, un duelo que se convierte en maltrato hacia los demás hijos. El vínculo entre madre e hijos se reconstruye después según el género de la persona que cometió el abuso, con madres a quienes les cuesta vincularse con sus hijos varones o con sus hijas. Por último, la parentalización dentro de la fratría se describe como un recurso, lo que invita a una lectura más matizada de los trabajos sobre la parentalización destructiva. Para la práctica, es un argumento para incluir la violencia del barrio y el duelo por homicidio en el genograma, y para explorar el lugar de cada hermano o hermana. Las limitaciones son considerables: dos familias, seis personas, solo madres del lado parental, recuerdos lejanos y conclusiones a veces más tajantes de lo que permiten dos casos. Para leer junto con el estudio sobre los recuerdos fraternos en hogares afectados por la violencia en la pareja y el artículo sobre la entrevista de apego para romper el ciclo del trauma intergeneracional.

Notas del original

Descargo de responsabilidad/Nota de la editorial: Las afirmaciones, opiniones y datos contenidos en todas las publicaciones son exclusivamente de la autoría y de quienes han contribuido a ellas, y no de MDPI ni del equipo editorial. MDPI y el equipo editorial declinan toda responsabilidad por cualquier daño a personas o bienes derivado de las ideas, métodos, instrucciones o productos mencionados en el contenido.

Contribuciones de la autoría. Conceptualización, M.R.N., L.J.C. y P.J.S.; metodología, M.R.N.; software, M.R.N.; validación, M.R.N., L.J.C. y P.J.S.; análisis formal, M.R.N.; investigación, M.R.N.; recursos, M.R.N.; curación de datos, M. R. N; redacción—preparación del borrador original, M. R. N; redacción—revisión y edición, L.J.C. y P.J.S.; visualización, M.R.N., L.J.C. y P.J.S.; supervisión, L.J.C. y P.J.S.; administración del proyecto, M.R.N.; obtención de financiación, M.R.N. Toda la autoría ha leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.

Declaración del comité de ética institucional. El estudio se llevó a cabo de conformidad con la Declaración de Helsinki y fue aprobado por el comité de ética de la GLASGOW CALEDONIAN UNIVERSITY (código de protocolo HLS/PSWAHS/23/176, el 5 de marzo de 2024).

Declaración de consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas que participaron en el estudio.

Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.

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Traducción no oficial al español de The Intergenerational Transmission of Trauma, Adverse Childhood Experiences and Adverse Family Experiences: A Qualitative Exploration of Sibling Resilience, de Miriam Riaz Nichol, Lee John Curley y Pamela Jane Sime, Behavioral Sciences, vol. 15, n.o 2 (2025), doi: 10.3390/bs15020161, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «The Intergenerational Transmission of Trauma, Adverse Childhood Experiences and Adverse Family Experiences: A Qualitative Exploration of Sibling Resilience», publicado en Behavioral Sciences (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Riaz Nichol, M., Curley, L. J., y Sime, P. J. (2025). The Intergenerational Transmission of Trauma, Adverse Childhood Experiences and Adverse Family Experiences: A Qualitative Exploration of Sibling Resilience. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-intergenerational-transmission-of-trauma-adverse-childhood-experiences-and-adverse (Obra original publicada en 2025 en Behavioral Sciences, 15(2), 161 (2025); republicada en 2025 por Behavioral Sciences, https://www.mdpi.com/2076-328X/15/2/161)

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