Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Social Sciences · Familia
En Arequipa, en el sur del Perú, un equipo de la Universidad Católica de Santa María entrevistó a tres generaciones de nueve familias: una abuela o un abuelo, una madre y una persona adolescente. El machismo y el marianismo, la irritabilidad, el castigo físico, el alcohol y la dependencia económica mantienen el ciclo; las redes de apoyo, la elaboración del trauma, la educación y la separación ayudan a romperlo. La religión actúa en ambos sentidos.
Traducción no oficial al español de Intergenerational Transmission of Domestic Violence in Peruvian Families: A Qualitative Study, de Flor Vilches, Luisa Mazeyra, Andrea Quintanilla y Luis Ramos-Vargas, publicado en Social Sciences (MDPI) (2025), doi: 10.3390/socsci14070399, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La violencia es tan común que se ha normalizado, lo que lleva a que estos patrones dañinos se transmitan dentro de las familias.
Flor Vilches, Luisa Mazeyra, Andrea Quintanilla y Luis Ramos-Vargas
Resumen
La violencia doméstica es un problema de salud pública que tiene consecuencias importantes para el bienestar físico, mental y social de las personas y de sus familias, y produce efectos negativos en las generaciones futuras, que se ven agravados o inhibidos por factores individuales, sociales y culturales. Este estudio cualitativo tuvo como objetivo explorar la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica en familias peruanas. Se realizaron entrevistas semiestructuradas a una persona adolescente, una madre y una abuela o un abuelo de nueve familias. Los datos se analizaron mediante un análisis temático reflexivo. El análisis reveló la importancia de las normas de género tradicionales, el machismo y el marianismo, en la transmisión intergeneracional. Otros subtemas importantes en el mantenimiento fueron la irritabilidad, el aprendizaje social, el consumo de alcohol y la dependencia económica. Por otra parte, las redes de apoyo, la superación del trauma, saber elegir pareja, la educación y la separación fueron los subtemas identificados como factores de protección y, por último, las creencias religiosas se asociaron con efectos contradictorios, ya que pueden perpetuar la violencia o servir como factor de protección frente a ella. Se discuten las implicaciones de estos hallazgos y se elabora una propuesta basada en el modelo socioecológico de la violencia doméstica que abarca sus cuatro niveles: individual, relacional, comunitario y social.
La violencia doméstica es un importante problema de salud pública (Pinna 2016; Garcia-Moreno et al. 2006; Shields et al. 2020) y tiene graves repercusiones en el bienestar físico, mental y social de las personas y las familias (World Health Organization 2011). Las consecuencias de la violencia pueden durar toda la vida y tener efectos adversos en las generaciones venideras (Agüero et al. 2022; Berktaş and Eryurt 2025; Franklin and Kercher 2012). Estudios anteriores (Bartoli et al. 2024; Bazo-Alvarez et al. 2024; Chernyak et al. 2020) han encontrado asociaciones intergeneracionales entre la exposición de madres y padres a experiencias adversas en la infancia y una peor salud infantil en su descendencia (Lê-Scherban et al. 2018). Esto significa que la exposición a situaciones estresantes, como las experiencias violentas, podría transmitir efectos negativos a las generaciones futuras.
Los países latinoamericanos presentan una propensión a la violencia (Croci 2023). En comparación con otras regiones del mundo, las cifras de violencia son elevadas en sus distintos tipos y formas (Flake and Forste 2006; Imbusch et al. 2011). Al comparar las cifras delictivas y las encuestas de victimización de los años 2004–2014 (Jaitman and Anauati 2020), se estima que la cifra negra de los delitos violentos por razón de género se sitúa entre el 92% y el 95%, frente al 63% y el 80% en los países desarrollados. La Organización Mundial de la Salud señala que una de cada cuatro mujeres de entre 15 y 49 años ha sufrido violencia física o sexual por parte de su pareja en América Latina (World Health Organization 2021). Benavides et al. (2019) explican que el funcionamiento inadecuado de los sistemas de protección podría ser un factor que influye en la perpetuación del fenómeno de la violencia de pareja.
América Latina es una de las regiones con mayor heterogeneidad cultural del mundo y se caracteriza por altos niveles de violencia política y social, que se manifiestan en la corrupción, la delincuencia y la inestabilidad política de sus países (Flake and Forste 2006). La exposición a la violencia se asocia con la continuidad de la violencia a lo largo de las generaciones (Valentino et al. 2012; Bendezu-Quispe et al. 2024; Chernyak et al. 2020; Bott et al. 2022). Vivir en un entorno violento hace que la persona crea que la violencia es una conducta normal y aceptable; es decir, la insensibiliza ante las consecuencias de su conducta (Uslucan and Fuhrer 2008). Lamentablemente, uno de los países con mayor prevalencia de violencia doméstica es el Perú (Ames et al. 2018; Kohrt et al. 2015).
La transmisión intergeneracional no solo incluye la violencia doméstica, sino que abarca también distintos patrones disfuncionales de conducta, como las estrategias de afrontamiento, el consumo de drogas, la conducta desviada y el malestar psicológico (depresión, ansiedad y estrés) (Gomis-Pomares et al. 2023). Así, no solo se transmite el ciclo de la violencia, sino también una serie de condiciones individuales, sociales y culturales que favorecen el mantenimiento del ciclo de la conducta violenta (Kim 2012). La transmisión intergeneracional de la violencia doméstica implica factores biológicos, psicológicos, sociales, políticos, jurídicos, educativos, económicos y culturales en su origen y mantenimiento, y es necesario estudiar este fenómeno en diversos contextos. La investigación debe abordar las circunstancias que permiten que se produzca y las variables que interactúan en este ciclo intergeneracional. En el plano ontológico, el proceso de transmisión incluye condiciones que predisponen a la conducta violenta y otras que la inhiben, por lo que es posible entenderlo como la acumulación simultánea de factores de riesgo y de protección que, una vez identificados, pueden aumentar o reducir la aparición de la conducta violenta (Uslucan and Fuhrer 2008). Ghoshal et al. (2023) realizaron una revisión sistemática sobre los factores de protección y de riesgo de la violencia de pareja y concluyeron que los factores de protección dependen más del contexto, mientras que los factores de riesgo son más generalizables, especialmente en los países de ingresos bajos y medios. En concreto, en los países latinoamericanos, estudios previos indican que hay dos factores de gran relevancia para que este ciclo continúe. Estos factores son un legado de violencia social y unas normas de género rígidas (Flake and Forste 2006).
América Latina tiene una historia de violencia social desde sus orígenes, que abarca acontecimientos desde antes de la conquista española hasta nuestros días, y que se ve agravada por las condiciones económicas, sociales y políticas de sus países (Bendezu-Quispe et al. 2024). Debido a las distintas formas de violencia vividas a lo largo de la historia por los países latinoamericanos, el concepto de trauma intergeneracional ha cobrado mayor relevancia para el estudio de la violencia (Cerdeña et al. 2021; Graf and Schechter 2024; Taccini et al. 2024). La violencia es tan común que se ha normalizado, lo que lleva a que estos patrones dañinos se transmitan dentro de las familias.
Las normas de género están estrechamente relacionadas con dos conceptos, el machismo y el marianismo (Gibbons et al. 2020; Stevens 1973), que, como factor común, otorgan mayor valor a lo masculino que a lo femenino (Fuller 2012). El machismo es un concepto que describe la masculinidad latina y engloba la creencia de que los hombres deben ser masculinos, fuertes, protectores e independientes, pero también agresivos, poco emotivos y sexualmente agresivos (Flake and Forste 2006). Sin embargo, el machismo puede entenderse como una expresión de la inseguridad de los hombres respecto de su propia virilidad (Fuller 2012). Por su parte, el marianismo se refiere a la veneración de la Virgen María (Rondon 2003) y sigue el modelo según el cual las mujeres deben seguir su ejemplo de pureza y ser capaces de soportar cualquier sufrimiento causado por los hombres (Flake and Forste 2006; Stevens 1973), adoptando valores como la virtud, la pasividad, la autosuficiencia y la prioridad de las demás personas sobre sí mismas (Rondon 2003; Lara-Cinisomo et al. 2019).
Los estudios sobre la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica han abordado el fenómeno tanto desde enfoques cuantitativos como cualitativos. Sin embargo, pocos estudios han examinado los mecanismos de la transmisión intergeneracional de la violencia (Agüero et al. 2022). En la revisión de la literatura se constató que la mayoría de los estudios sobre la transmisión intergeneracional de la violencia familiar han seguido un enfoque cuantitativo, en el que es habitual observar el uso de datos primarios y secundarios procedentes de estudios longitudinales, además de la evaluación de modelos explicativos mediante técnicas de regresión múltiple o modelos de ecuaciones estructurales (Agüero et al. 2022; Mora 2013; Alvarez et al. 2010; Adams et al. 2019; Anderson et al. 2018; Bradley and Tanwar 2022), tomando las características de los padres y las madres como variables predictoras y la aparición de la conducta violenta en hijas e hijos como variable dependiente. En este sentido, Haselschwerdt et al. (2019) llevaron a cabo una revisión sistemática de los estudios sobre la transmisión intergeneracional de la violencia y encontraron que estos estudios se caracterizan por su gran variabilidad y por la falta de complejidad de la metodología empleada. Esto significa que este tipo de estudios presenta limitaciones importantes para comprender el fenómeno de la transmisión intergeneracional de la violencia familiar. En los estudios cualitativos se presta más atención a los mecanismos mediante los cuales este ciclo de violencia se establece, se mantiene y se rompe, especialmente contra la pareja y contra niñas, niños y adolescentes (Antle et al. 2020; Domoney and Trevillion 2021; Ronzón-Tirado et al. 2017).
Pese a la abundante investigación sobre la violencia familiar, todavía se sabe poco sobre las intervenciones culturalmente adecuadas en los distintos grupos sociales (Alvarez et al. 2021). En general, en los países de ingresos bajos la prevalencia es mayor que en los de ingresos altos (Sardinha et al. 2022), y la evidencia indica que estas diferencias no son puramente económicas, sino que cada país tiene sus propias características sociales y culturales que las agravan o las inhiben (Bacchus et al. 2024). Existe una brecha de conocimiento en la aplicación de tratamientos eficaces para romper el ciclo de la violencia familiar en las poblaciones de América Latina y el Caribe (Tsapalas et al. 2021); ello se debe a las características de la región y a que los fenómenos de violencia implican que las prácticas parentales aceptables hacia un niño o una niña varían de un país a otro y repercuten en la probabilidad de sufrir maltrato (Wadji et al. 2022). La violencia doméstica es un problema grave en el Perú, por lo que, para abordarla eficazmente, es fundamental comprender sus factores de riesgo propios del contexto peruano (Perez-Vincent and Carreras 2022). Ello incluye identificar tanto los factores de riesgo como los de protección. Por tanto, el presente estudio tiene como objetivo explorar la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica en familias peruanas.
El Perú es un país latinoamericano situado en América del Sur, con tres regiones naturales (la costa, la sierra y la selva). Es un país multicultural, con una fuerte influencia española, y mantiene tradiciones culturales y religiosas vinculadas a la religión católica.
La violencia doméstica en el Perú, en sus distintas formas, está extendida y profundamente arraigada en todo el país (Miljanovich et al. 2010; Caira-Chuquineyra et al. 2024). Se estima que el 51,5 % de las mujeres ha sufrido violencia (Bazo-Alvarez et al. 2024). En general, la violencia doméstica en el Perú es más prevalente en la selva y en la sierra (Miljanovich et al. 2010), y en las regiones del sur del país las mujeres son más vulnerables a la violencia (Bazo-Alvarez et al. 2024). El presente estudio se llevó a cabo en la ciudad de Arequipa, situada en la región de la sierra y en el sur del Perú. Arequipa es una de las regiones con mayor tasa de violencia contra las mujeres (Castro et al. 2017).
Existen teorías que explican la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica, entre las que destaca la teoría del modelado social (Bandura 1973), que señala la importancia del aprendizaje vicario y cómo las conductas se repiten en función de la eficacia de la conducta imitada (Uslucan and Fuhrer 2008). Otra teoría mencionada con frecuencia tiene que ver con la genética de la conducta, que sostiene que el ciclo intergeneracional puede explicarse, al menos en parte, por la genética compartida entre madres o padres e hijas o hijos (Spatz and Wilson 2015) y por los efectos epigenéticos durante el desarrollo infantil (Tremblay and Côté 2019). También hay teorías que se centran más en el individuo, en concreto en sus rasgos; esta teoría tiene un enfoque psicopatológico. La transmisión de la violencia se atribuye a los rasgos de personalidad de los progenitores, desarrollados durante su infancia, que se activan una vez que llegan a ser madres o padres (Uslucan and Fuhrer 2008). Las teorías descritas presentan limitaciones importantes, por lo que los estudios sobre la violencia doméstica emplean hoy el modelo socioecológico de la violencia doméstica (CDC 2024).
No es posible identificar un único factor que explique la conducta violenta. La violencia es un fenómeno complejo y resulta de la combinación de factores personales, situacionales y socioculturales que coexisten en distintos niveles (Heise 1998). Comprender cómo se relacionan estos factores con la violencia es una forma de prevenirla. Este estudio utiliza el modelo socioecológico de la violencia doméstica (CDC 2024), un marco teórico que estudia los efectos interactivos de los factores individuales y ambientales que influyen en las actitudes y las conductas (Tekkas Kerman and Betrus 2020). Se consideran cuatro niveles: individual, relacional, comunitario y social. Su estudio permite comprender los distintos factores de riesgo y de protección frente a la violencia doméstica (CDC 2024). En el nivel individual se identifican los factores biológicos y de historia personal que aumentan la probabilidad de la conducta violenta. En el nivel relacional se sitúan las relaciones cercanas que podrían aumentar el riesgo de sufrir violencia. En el nivel comunitario se analizan los entornos en los que se producen las relaciones sociales, con el fin de identificar las características asociadas a convertirse en víctima o en persona agresora. Y, por último, en el nivel social se analizan los factores sociales que contribuyen a crear un clima en el que la violencia se fomenta o se inhibe, incluidas las normas sociales y culturales que respaldan la violencia como forma aceptable de resolver los problemas (CDC 2024). Cummings et al. (2013) explican que es importante desarrollar modelos socioecológicos específicos de cada contexto, ya que esto permitirá a quienes investigan, a profesionales y a quienes diseñan las políticas públicas tomar decisiones basadas en la evidencia para abordar el problema de la violencia doméstica.
Se realizó un estudio cualitativo descriptivo con un diseño de análisis temático reflexivo (Braun and Clarke 2006). Se adoptó el paradigma construccionista social. Su premisa principal es que las personas construyen el significado de su realidad a través de la interacción social con las demás, y que este se manifiesta a través del discurso. Es decir, cada persona construye el significado de sus experiencias mediante las interacciones con otras personas, y quien investiga debe intentar dar sentido a (interpretar) los significados que los demás atribuyen al mundo (Creswell 2013).
Participaron nueve familias, de las que se entrevistó a un hijo o una hija (adolescente), a una persona adulta (la madre) y a una abuela o un abuelo (n = 27). Se utilizó un muestreo intencional: una persona especializada en psicología que trabaja con familias en riesgo preseleccionó a las personas participantes y, a continuación, les informó sobre el estudio y las invitó a participar. Se informó a las madres y a los padres sobre el estudio y se les invitó a participar.
Los criterios de inclusión fueron: familias que aceptaran participar y familias con tres generaciones en el hogar. Como criterios de exclusión se consideró que ninguna de las personas participantes refiriera un diagnóstico psiquiátrico o sensorial ni tuviera dificultades de comunicación oral. Las personas adolescentes participantes fueron 5 mujeres y 4 hombres, con edades comprendidas entre 12 y 18 años (M = 13.9); las edades de las madres oscilaron entre 40 y 49 años (M = 41.8), y las abuelas y abuelos fueron 7 mujeres y 2 hombres, con edades entre 54 y 79 años (M = 66.4). La Tabla 1 presenta la caracterización de las personas participantes.
Tabla 1 — Caracterización de las personas participantes.
Para cada participante: sexo, edad (años), nivel educativo, ocupación.
Se elaboró una guía de entrevista semiestructurada para cada grupo de participantes (adolescentes, madres y abuelas y abuelos). Para elaborar estas guías se utilizó una matriz de categorización que abarcaba los siguientes temas: percepción de la violencia doméstica, factores de riesgo y/o desencadenantes de la violencia doméstica, transmisión intergeneracional de la violencia doméstica, factores que rompen el ciclo de la transmisión intergeneracional, y apoyo social y estrategias de afrontamiento. Estas guías fueron revisadas por dos especialistas en casos de violencia familiar y se evaluaron mediante entrevistas piloto con una familia.
Las entrevistas se realizaron de forma simultánea a los tres miembros de cada familia, en espacios distintos, para garantizar la privacidad y el cuidado de las personas participantes. Se formó un equipo de entrevista integrado por el equipo de investigación y siete personas entrevistadoras externas. Todas eran profesionales de la psicología con al menos un año de experiencia en entrevista clínica. Las entrevistas duraron entre 23 min y 1 h 55 min (adolescentes: 23 min–66 min; madres: 47 min–1 h 55 min; abuelas y abuelos: 48 min–1 h 32 min). Todas las entrevistas se realizaron en privado, en un lugar tranquilo. Las entrevistas se grabaron en audio.
El estudio fue financiado por el fondo de investigación de la Universidad Católica de Santa María (UCSM). El proyecto fue revisado y aprobado por el Vicerrectorado de Investigación (28048-R-2021). El estudio se llevó a cabo conforme a las directrices de la Declaración de Helsinki y fue aprobado por el Comité Institucional de Ética en Investigación de la Universidad Católica de Santa María (código de protocolo 281-2024).
La participación fue voluntaria y se basó en el consentimiento y el asentimiento informados. Se proporcionó a las personas participantes información sobre el objetivo, los riesgos y los beneficios del estudio, así como sobre la confidencialidad de los datos recogidos. Por último, se solicitó autorización para grabar la entrevista. Teniendo en cuenta el posible riesgo de malestar emocional que implicaba el estudio, se adoptaron las siguientes medidas de mitigación: se formó a las personas entrevistadoras en la aplicación de un plan de actuación en crisis, que incluía un protocolo de apoyo emocional e información sobre cómo actuar en casos de violencia doméstica. Este protocolo incluía técnicas de relajación y respiración, distracción sensorial y escucha activa, que la persona entrevistadora debía aplicar en caso de reacciones adversas durante el proceso de entrevista, evitando posibles riesgos y el inicio de cualquier proceso que pudiera conducir a la revictimización de las personas participantes. Además, el equipo de entrevista proporcionó información útil sobre qué hacer en casos de violencia doméstica y distribuyó materiales sobre los servicios de atención a la violencia doméstica a todas las personas participantes en el estudio.
En reconocimiento a su tiempo y a las posibles molestias, se ofreció a las familias una compensación económica de PEN 100,00 (aproximadamente USD 30) por su participación. El pago se entregó a la madre de cada familia al concluir las tres entrevistas. Este pago no generó coerción ni influyó en las respuestas o decisiones dentro del estudio. Para proteger la identidad de las personas participantes, se asignó un código según el orden de las entrevistas (familia 1, adolescente 1, madre 1 y abuela 1).
Se aplicó un análisis temático reflexivo con el programa Atlas.ti, versión 24. Se utilizó un análisis híbrido con lógica abductiva (Reichertz 2014), que implica la asociación entre lo que se extrae de forma inductiva y un marco teórico de referencia, de manera que los datos empíricos se integran con el conocimiento teórico existente. El análisis comenzó con la construcción de una matriz de categorización basada en una revisión de la literatura, seguida de la familiarización con los datos mediante la transcripción de las entrevistas, su lectura y la generación de citas iniciales. La transcripción se realizó en dos etapas: en la primera se utilizó la aplicación Transkriptor (https://transkriptor.com/es/, consultado el 2 de diciembre de 2024) y, en la segunda, las transcripciones se revisaron manualmente. A continuación, se realizó la codificación mediante codificación abierta y temática. Posteriormente se llevó a cabo la categorización, que incluye la detección de los temas o categorías más relevantes. Por último, se elaboró un informe que resume estos hallazgos y que fue validado por el equipo de investigación.
Se identificaron tres temas principales: (1) factores que contribuyen a la perpetuación de la violencia intergeneracional, (2) factores de protección frente a la transmisión intergeneracional de la violencia y (3) creencias religiosas.
Estos factores predisponen a las personas a desarrollar conductas violentas, así como a tener una mayor predisposición a ser víctimas de violencia. Incluyen factores de riesgo que favorecen la aparición y el mantenimiento del ciclo de la violencia intergeneracional.
El machismo y el marianismo remiten a las normas de género, que indican las expectativas socioculturales sobre el comportamiento de hombres y mujeres e implican un orden jerárquico en la relación entre hombres y mujeres. Se observa que estas normas se adquieren mediante la socialización y las diferencias en la crianza de hombres y mujeres. Las citas muestran la idea de que los hombres deben ser masculinos, no realizar tareas domésticas, y que son posesivos con las mujeres, lo que conduce a conductas agresivas.
«… Mi mamá siempre ha sido así, para los hombres sí, lo mejor, en ropa, en comida, en todo, en trato, en atención, en todo, pero para nosotras no… Yo he vivido en una crianza muy machista, que las mujeres son las que cocinan, lavan, limpian, hacen, y los hombres no, no cocinan, no limpian, no… entonces a esa edad yo ya empezaba a reclamar, ¿por qué yo tengo que hacer y mi hermano no?»
(Madre 4)
«Sí, le teníamos miedo [a su padre]. Yo le tenía mucho miedo porque ya sabíamos que mi papá es muy machista, todavía sigue siendo machista. Era muy celoso y era muy agresivo. Me acuerdo que una vez le rompió la nariz a mi mamá, por estas fechas, más o menos, le rompió la nariz.»
(Madre 9)
También se identificaron citas relacionadas con el marianismo, en las que las mujeres tienen que aguantar y sufrir el maltrato de los hombres, sobre todo si es para proteger a sus hijas e hijos, además de asumir un papel pasivo frente a la vida, que ella considera propio del lugar que le corresponde en la sociedad.
«… Fui a un psicoanalista y el psicoanalista me dijo que a mí ya me habían criado como una señorita. Tú has sido una señorita… Yo siempre he sido callada y obediente, pero no sé si es porque yo quería hacerlo o porque ya tenía el chip de que tenía que hacerlo.»
(Madre 1)
«… Mi mamá, por ejemplo, era de esas personas que permitían y perdonaban mucho, yo creo que perdonaba porque mi mamá nunca se fue de la casa, siempre estuvo con mi papá, pero ahora que soy mamá, yo siempre le decía a mi mamá: mamá, ¿por qué no lo dejas? ¿Por qué te dejas pegar tanto?…»
(Madre 3)
Desde el modelo socioecológico, se observa que este subtema engloba la interacción entre varios niveles, empezando por el nivel social, en el que estas normas culturales sobre cómo deben comportarse hombres y mujeres se establecen desde la infancia y tienen repercusiones importantes en los demás niveles. En el nivel individual, se manifiestan en el establecimiento de creencias y actitudes que fomentan la adhesión a roles de género rígidos. Esto puede conducir a una desigualdad de poder en las relaciones que las personas mantienen y justificar, en el nivel comunitario, la tolerancia de la conducta violenta.
Las personas participantes señalaron la gran importancia de los modelos de rol en la repetición de las conductas violentas. Haber presenciado episodios de violencia a una edad temprana se vincula con la aparición posterior de violencia. Así se observa en el relato de la madre sobre su hijo, así como en el de las abuelas y abuelos sobre las madres.
«… Pienso que a veces, cuando él [su hijo] se pone violento y se enoja, yo le digo: no seas como tu papá, no quiero que seas como él…»
(Madre 1)
«… La violencia familiar viene de personas violentas que han tenido ese trato en sus hogares, son hijos de padres violentos, yo creo que de ahí viene, y de la educación, de la cultura y de la situación, del ambiente donde se han criado, sobre todo porque, como dice el dicho, el que con lobos anda, a aullar se enseña, y es una realidad…»
(Abuelo 6)
Este modelado favorece la repetición de patrones disfuncionales en las familias de una generación a otra. Estas conductas comprenden el ciclo de violencia vivido por la generación anterior y repetido, incluidas las respuestas desadaptativas ante la conducta violenta.
«… Y por eso yo digo que la violencia te destruye… Lo puedes seguir replicando, porque ahorita eso está pasando con mi hermana. Yo le digo a mi hermana, a pesar de que ha visto todo lo que ha pasado, mi mamá a veces permite que su pareja la trate mal. Yo le digo, pero ¿por qué permites?, le digo, mira, él no es el papá de tu hijo, ¿por qué tienes que permitir que te trate mal?, le digo, y ella no me da una respuesta, no me dice por qué…»
(Madre 9)
Desde el modelo socioecológico, este subtema analiza la interacción entre distintos niveles, en particular los niveles relacional y comunitario. Las experiencias de maltrato o de violencia influyen en el aprendizaje de patrones de conducta violenta, así como en el aprendizaje de patrones de conducta disfuncionales. Ello afecta a las dinámicas relacionales, aumenta los problemas de comunicación y normaliza la conducta violenta, lo que perpetúa el ciclo de la violencia doméstica.
La irritabilidad es un rasgo que manifiesta la persona agresora y que se caracteriza por una tendencia a alterarse y a tener respuestas explosivas ante situaciones leves o que no justifican respuestas tan exageradas.
«… Mi mamá nos agarraba, “¿qué les he dicho?” o algo así, de los cachetes o del pelo nos agarraba, pero mi mamá no nos pegaba como mi papá; mi papá, cuando se amargaba, como si su intención fuera desaparecernos, agarraba su correa…»
(Madre 3)
«… Fue cuando tenía unos 8 años. No me acuerdo qué edad tenía, pero en mi casa teníamos un cilindro de agua. Y me imagino que mi papá me dijo algo, y yo agarré una piedra y se la tiré y le cayó en la rodilla, y eso fue todo. Sí, me acuerdo que mi papá vino furioso, me agarró, me cargó y me metió de cabeza al cilindro, eso es lo que recuerdo. Y eso queda, esas dos cosas marcaron mi vida…»
(Madre 8)
Desde el modelo socioecológico, la irritabilidad se sitúa en el nivel individual y relacional. La irritabilidad es un rasgo que aumenta la probabilidad de la conducta violenta y guarda una estrecha relación con la ira y el control de los impulsos. Además, influye en la forma en que la persona se relaciona con las demás, aumentando los conflictos y los problemas de comunicación que favorecen la aparición de episodios violentos, lo que perpetúa el ciclo de la violencia familiar.
Otro subtema importante fue el uso de prácticas de crianza violentas, motivadas por la necesidad de corregir conductas consideradas «inapropiadas». En las familias en las que la violencia era más frecuente, se observó que estas prácticas eran más violentas y desproporcionadas respecto de la conducta inapropiada.
«… A veces mi hermana no hace sus actividades en la casa y mi mamá le pega con la mano y mi hermana se pone a llorar y mi mamá empieza a gritar groserías…»
(Adolescente 4)
«… Y de pronto los estoy maltratando, ¿no? Pero yo digo, si no los corrijo, cuando sean más grandes, ¿qué va a pasar? Y digo, les estoy haciendo mal, o sea, ese es el dilema que tengo ahorita, ¿no? Eso es lo que me estaría pasando…»
(Madre 1)
«… Los chicos ni siquiera quieren hacer mandados ni nada y a veces un chicotito haría falta… eso le pasó a mi hijo, que es médico… él ha terminado su primaria y su secundaria allá, y en la secundaria es donde se le corrige, pero en ese tiempo el director propuso a una profesora, que había sido profesora del director, era una señora mayor, una señora que tenía su chicote, les daba con su chicote, pero era una profesora muy estricta, y así casi toda la promoción de mi hijo son profesionales…»
(Abuelo 6)
Los métodos disciplinarios violentos eran más habituales cuando se aplicaban en entornos que los aprobaban. Incluso los propios familiares los fomentaban y los percibían como eficaces en la crianza.
«… Ahora que vivo con él [su pareja], siempre lo escucho que me dice, me dice por qué no les pegas a tus hijos, me dice que les deberías pegar, que están muy engreídos, dice…»
(Madre 8)
Desde el modelo socioecológico, este subtema se sitúa principalmente en los niveles relacional, comunitario y social, ya que estas prácticas son fomentadas por grupos sociales cercanos que perciben la conducta violenta como una forma de corregir a las personas menores de edad, lo que normaliza la violencia en la crianza. Las prácticas parentales violentas se perciben como factores positivos, e incluso como necesarias, para la correcta formación de la niña o el niño. Resulta interesante ver cómo se justifica el uso de la violencia, lo que muestra hasta qué punto estas prácticas parentales están arraigadas en las personas entrevistadas.
El consumo de alcohol es otro subtema relevante, ya que se considera un factor de riesgo de la violencia. Se presenta como un desencadenante de la violencia y suele estar relacionado con las reuniones sociales. También se vinculó con el riesgo de violencia sexual por parte de familiares.
«… Porque cada vez que tomaba, se ponía agresivo [su padre]. Se ponía violento o le pegaba [a su madre], en las fiestas de carnaval se ponía violento, tomaba, esa fiesta era para que tuvieran peleas, y sí, sí, me asustaba, me daba miedo. Pero mi mamá aguantaba todo eso… Y por eso yo les tenía miedo a esas fiestas de carnaval, porque tenía miedo de lo que le pasó a mi mamá, que le reventaron la nariz, tenía miedo, tenía miedo de que llegaran los carnavales, podía pasar porque era borrachera, seguro que iba a pasar, no, teníamos miedo porque mi papá era muy agresivo…»
(Madre 9)
«… No puedo estar tranquila con ese aspecto, porque viene desde que era niña, como ya le dije, y prácticamente he crecido con eso, y antes era peor porque mis tíos venían borrachos y hacían bulla, por ejemplo, yo tenía miedo de salir al parque y mi tío venía borracho…»
(Madre 2)
El alcohol y la violencia implican la interacción de los niveles individual, comunitario y social. Se mencionan los niveles comunitario y social porque el alcohol es una sustancia presente en las reuniones sociales y se considera un desinhibidor social. Sin embargo, el abuso del alcohol predispone a la aparición de la conducta violenta al reducir el control de los impulsos de la persona. Los relatos subrayan cómo el consumo de alcohol se asocia con la conducta agresiva y con la ocurrencia de acontecimientos traumáticos.
Se constató que la dependencia económica es un factor que impide a las mujeres abandonar una relación violenta, ya que no disponen de recursos económicos para mantenerse a sí mismas y a su descendencia.
«… Hay mujeres que lo aguantan por la situación económica, si me separo, ¿quién me va a dar plata?…»
(Abuelo 6)
«… Una parte es que la esposa muchas veces aguanta al esposo porque no tiene independencia laboral, porque si tuviera independencia laboral, lo botaría, porque no lo necesito…»
(Abuela 1)
«… Pero el que más ganaba era mi papá. Y para que mis hermanos pudieran estudiar, pudieran tener lo que necesitaban. Mi mamá decía que por eso se quedaba con él…»
(Madre 9)
Se relaciona con los roles de género tradicionales, en los que los hombres se identifican como proveedores y las mujeres tienen un papel de apoyo. En esta categoría se observa que las mujeres soportan la violencia física y psicológica porque tienen recursos limitados para su autonomía económica y dependen en gran medida de los recursos económicos que los hombres pueden aportar. Este subtema abarca principalmente los niveles relacional, comunitario y social. Aquí destacan los factores socioculturales, relacionados con roles de género rígidos que limitan las actividades de las mujeres, especialmente el desarrollo de actividades laborales que eviten la dependencia económica. Esto se agrava cuando la madre cree que, sin el apoyo económico de la pareja, la descendencia se verá afectada, por lo que asume que debe permanecer en la relación violenta por el bien de sus hijas e hijos.
Estos factores reducen el riesgo de violencia en los miembros de la familia e interrumpen el ciclo de la violencia a través de las generaciones.
El primer subtema encontrado fueron las redes de apoyo, que comprenden el conjunto de personas que brindan apoyo a las víctimas de violencia doméstica. Su finalidad es garantizar el bienestar y la seguridad de las personas afectadas. Una de las principales es la propia familia de la víctima, así como los equipos profesionales encargados de la atención y los grupos sociales, como la policía y la iglesia, que brindan apoyo psicosocial a las personas implicadas.
«… Todos veíamos todo lo que mi papá le pegaba [a su madre] y si la defendíamos, nos pegaba con chicote…»
(Abuela 3)
«… Pero yo le dije, vámonos, vámonos, mamá, y le dije una vez y mi mamá no quiso. Por eso ahora digo, por qué mi mamá de repente aguantaba, porque no tenía adónde ir. Mi mamá no tiene familia. Entonces de repente por eso, no, digo que por eso aguantaba…»
(Abuela 9)
«… Bueno, ahora aprendí lo de la denuncia, pero tampoco me hacen caso…»
(Abuela 2)
La falta de una red de apoyo puede tener efectos contraproducentes sobre la víctima y mantener el ciclo de la violencia doméstica. Asimismo, la desconfianza hacia las instituciones que deberían proteger a la víctima reduce el efecto de las redes de apoyo. Este subtema es uno de los más importantes para romper el ciclo de la violencia familiar. Aquí se observa cómo interactúan los niveles relacional, comunitario y social. En el nivel relacional, se aprecia cómo madres, padres, hijas e hijos son una parte importante de la manera en que se brinda apoyo a la víctima. Por otra parte, en los niveles comunitario y social, la desconfianza hacia las instituciones que prestan servicios de apoyo en estos casos genera desesperanza y normaliza la conducta violenta. Las redes de apoyo de la víctima deberían tenerse en cuenta en las intervenciones que buscan romper el ciclo de la violencia familiar.
La superación del trauma implica que la reflexión personal sobre los acontecimientos traumáticos puede contribuir a romper el ciclo de la violencia intergeneracional. La persona comprende la importancia de la comunicación para superar el trauma, expresando lo que piensa y siente, lo que impide que el ciclo de la violencia se repita.
«… No seguir los pasos de mi familia, no ser así, valorar más la vida por mi madre, mis hermanos, mis hijos, más por la vida, porque digo que es un milagro que siga viva con todo lo que pasé…»
(Madre 2)
«… Ahora he superado mucho, mucho, pero no he ido a ningún psicólogo, por mi cuenta, conversando con una persona, con otra persona, me han levantado la moral… de repente eso también me ha hecho cambiar, me ha hecho reaccionar y la verdad es que ahora estoy tranquila… me dedico a mí misma… me preguntan por qué no te has buscado una pareja, porque prefiero estar sola que estar controlada…»
(Abuela 4)
Desde el modelo socioecológico, este subtema abarca el nivel individual y el relacional. En el nivel individual, la historia personal de violencia doméstica puede desencadenar un trauma, que favorece la aparición de patrones disfuncionales de conducta, los cuales se manifiestan cuando la persona se relaciona con las demás, en especial con la pareja y con sus hijas e hijos. En las citas se observa que la superación del trauma puede producirse mediante una reflexión profunda sobre los acontecimientos traumáticos vividos y la decisión individual de no repetir el ciclo. La superación del trauma tiene efectos enriquecedores en la persona, pues le permite desarrollar recursos individuales para aumentar su bienestar. De acuerdo con lo anterior, es pertinente evaluar la presencia de trauma al trabajar con estos casos, para poder realizar intervenciones más personalizadas y eficaces que rompan el ciclo de la violencia familiar.
Un subtema que surgió del análisis fue saber elegir pareja. Incluye la importancia de saber elegir a la pareja sentimental. Se pone el foco en conocer la historia familiar de la pareja, especialmente si se trata de hombres. Esto tuvo mayor peso en las entrevistas con las abuelas y abuelos.
«… Aunque el hombre sea violento, por eso antes de casarse tiene que tratar de ver la calidad del hombre con quien va a estar, o de la mujer también, porque si te estás metiendo con un hombre posesivo, con una mujer que también es violenta, eso ya se nota desde que estás enamorado; si ya vas a tener problemas solo estando enamorados, ¿cómo será cuando estés casada y tengas derechos con tu esposo?…»
(Abuelo 6)
«… La crianza, el ejemplo de los padres, y cuando un hombre o una mujer se va a casar con alguien, también deberían fijarse en cómo son su mamá y su papá, eso les va a dar una mejor respuesta de cómo van a ser en el futuro, si su futuro, por ejemplo, si su pareja ve que su papá le pegaba a su mamá, o su mamá era un poco terca y difícil, entonces de ahí viene el mal ejemplo…»
(Abuela 5)
Desde el modelo socioecológico, este subtema se sitúa principalmente en el nivel relacional. Saber elegir pareja desempeña un papel importante en el control de la aparición de la violencia. Cabe señalar que son las abuelas y los abuelos quienes más importancia conceden a esta categoría. Aunque elegir la pareja adecuada tiene un efecto preventivo, también tiene una contrapartida, ya que, si se elige una pareja y esta resulta violenta, podría aparecer un efecto revictimizante, que señala que la culpa es de la víctima.
Otro subtema relevante fue la educación. Se refiere a cómo la formación educativa de mujeres y hombres funciona como un factor de protección frente a la conducta violenta. Las personas entrevistadas asocian los títulos académicos con factores que impiden la aparición de la violencia. También asocian la formación en la escuela con una educación en valores y con el logro de metas a través de la educación.
«… Casi todos mis yernos son profesionales y yo le dije a ella que eso no era de una persona preparada, poner la mano, que para eso estaban las palabras, la boca para poder hablar y entender si mi hija se estaba equivocando, entonces corregirla, pero con palabras…»
(Abuela 4)
«… Yo la describiría como una familia que se basa mucho en el estudio y que creen que… tienen la mentalidad de que sin estudios no se puede llegar lejos…»
(Adolescente 4)
«… Nos hemos preocupado de que mis hijos estudien incluso en colegios particulares de los buenos, donde les enseñan valores, y a mí me parece que lo principal es enseñarles valores a los hijos y tratarlos para que, con su capacidad de muchachos, puedan salir adelante…»
(Abuelo 6)
Este subtema muestra la interacción entre los niveles individual y relacional. Las personas entrevistadas concedieron gran importancia a la educación como factor relacionado con el crecimiento personal y la inhibición de la conducta violenta. Además, se constató que el nivel educativo alcanzado se asociaba con la idea de adquirir valores que permitirían mejores relaciones con las demás personas. Esto era especialmente importante para las abuelas y los abuelos, quienes, de forma sesgada, insistían en la educación de los hombres para que pudieran tener un mayor control y desarrollar sus habilidades de comunicación con sus parejas. Este hallazgo podría vincularse con la existencia de sistemas sociales que refuerzan la idea de las desigualdades de género, asignando papeles más importantes a los hombres y papeles más secundarios a las mujeres.
La separación fue un subtema que surgió del análisis. Se constató que es una medida drástica para alejarse de la situación violenta. La separación se produce cuando la persona considera que no hay otra salida ni posibilidad de mejora en la relación. Al separarse, la persona puede fomentar una mayor independencia y confianza en sí misma.
«… Mi mamá un día agarró y dijo: ya, no hay más solución, nos vamos de esta casa, y agarró sus cositas y nuestros padrinos agarraron su camioncito y cargaron todas las cositas al camión y nos fuimos…»
(Madre 3)
«… Por eso decidí terminar la relación, que ya no va a pasar más. Dije, ya le he dado tantas oportunidades, tantas veces…»
(Madre 8)
«… La separación me sirvió mucho, y bueno, fue un proceso para darme cuenta de que puedo sola…»
(Madre 1)
Este subtema aborda la interacción entre los niveles relacional y comunitario. La separación es una medida drástica para interrumpir el ciclo de la violencia. Sin embargo, es posible que la separación genere nuevos problemas, como la falta de recursos económicos y la posibilidad de maltrato después de la separación. En este sentido, la separación requiere redes de apoyo que minimicen los posibles efectos negativos, en especial sobre la víctima, que puede encontrarse en una situación de vulnerabilidad. Además, es necesario contar con instituciones que puedan protegerla y brindarle el apoyo que necesita, con el objetivo de romper el ciclo de la violencia familiar.
El último tema encontrado fueron las creencias religiosas. Las creencias religiosas se asociaron con tradiciones que implican violencia, en especial la penitencia.
«… El Viernes Santo yo ayunaba ese día. Ese día agarraba el látigo, el “San Martincito”, y ni siquiera sabía por qué, me levantaba a las cuatro de la mañana, y ahí me daban con el chicote. Tres veces, me hacía rezar, me hacía rezar, me hacía pedirle perdón a Dios. Ahí es donde mi papá me castigaba por todo lo malo que había hecho durante el año, me sacaba esto, esto, esto, esto…»
(Abuela 7)
Las creencias religiosas también se relacionaron con la obtención de apoyo para afrontar los problemas vinculados a la violencia. Estas creencias dan a la víctima la esperanza de que las cosas mejorarán en la forma en que la familia se relaciona.
«… Soy consciente de que Dios ha tenido algo mucho mejor para mí y ahora me siento más tranquila a pesar de todos los problemas… Que hay un Dios que ama, que todo lo que pasa es porque va a pasar algo mejor… Yo antes estaba deprimida y me iba a dormir, estaba mal a pesar de todo el apoyo que recibía. En cambio, la comunidad me ha hecho ver que debo mirar a mi familia y agradecer lo que tengo…»
(Madre 1)
«… Había una señora que me ayudaba y que me decía: “Pídele al Señor de rodillas, pídele al Señor que cambie a tu esposo…”»
(Abuela 3)
«… Por lo que pasó con mi mamá. Por lo que me tocó vivir, bueno, no, pero… Pero gracias a Dios he podido salir adelante. Todo está bien con mis hijos, todo está bien…»
(Abuela 9)
Este subtema muestra la interacción de todos los niveles del modelo socioecológico. En el nivel comunitario y social, la religión, en concreto la religión católica, es un factor de gran importancia en la sociedad peruana. Su influencia se deja sentir a lo largo de toda la vida de la persona y rige su manera de comportarse. En el plano individual y relacional, las creencias religiosas sirven de apoyo para soportar las situaciones violentas y dan esperanza de que las cosas mejorarán en el futuro. Sin embargo, es posible que las creencias religiosas, sobre todo cuando son rígidas en relación con el matrimonio y la familia, lleven a la víctima a sufrir más violencia para evitar la separación. Este subtema se ha separado del resto porque se le debe prestar más atención al establecer intervenciones en el contexto peruano, ya que estas pueden estar mediadas por el efecto de las creencias religiosas de la persona.
El presente estudio tuvo como objetivo explorar la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica en familias peruanas. Durante el análisis se identificaron tres temas principales: factores que contribuyen a la perpetuación de la violencia intergeneracional, factores de protección frente a la transmisión intergeneracional y creencias religiosas. De acuerdo con el marco teórico utilizado, los factores sociales y culturales tienen gran importancia en el estudio del fenómeno de la violencia familiar.
Los roles de género desempeñan un papel relevante en las víctimas y en quienes ejercen la violencia familiar (Alfitri 2020; Alvarez et al. 2021). En las entrevistas analizadas se encontraron temas relacionados con el machismo y el marianismo, especialmente al hablar de roles rígidos en los países latinoamericanos, es decir, de cómo deben comportarse una mujer y un hombre dentro de la familia y de la sociedad. Estas manifestaciones de rol concuerdan con la teoría y los estudios previos (Cerdeña et al. 2021; Isobel et al. 2021). Las mujeres asumen papeles de cuidado y de atención hacia los hombres, y los hombres deben ser fuertes, agresivos y machos. Hay evidencia de que las normas de género que promueven el control de los hombres sobre las mujeres aumentan el riesgo de violencia (Alvarez et al. 2021). Las normas de género rígidas han sido fomentadas, desde las experiencias de la primera infancia, por mujeres, en especial por las abuelas entrevistadas. Resulta interesante observar que este dominio masculino se ve reforzado por el papel de las mujeres dentro de las sociedades latinoamericanas.
Entre los factores que contribuyen a la perpetuación de la violencia destacó el modelado social. La infancia observa a sus modelos, sus madres y padres, cómo interactúan con los demás y cómo resuelven sus problemas, y luego imitan esas conductas observadas (Bandura 1973). La infancia expuesta a la violencia entre progenitores puede aprender que la violencia es un medio eficaz y apropiado para resolver los conflictos con la pareja (Ehrensaft et al. 2003) y, una vez en la edad adulta, repetir estos patrones de conducta en su propia familia (Berktaş and Eryurt 2025; Bendezu-Quispe et al. 2024; Bazo-Alvarez et al. 2024). Pese a la amplia aceptación de esta teoría, presenta lagunas, ya que el aprendizaje por imitación por sí solo no basta para explicar la aparición de la violencia familiar. Aunque el ciclo de la violencia parece bastante claro en términos generales, hay que tener en cuenta que la mayoría de las madres y los padres que vivieron violencia en la infancia no la utilizan en la crianza de sus propios hijos e hijas cuando llegan a ser progenitores (Spatz and Wilson 2015).
Existe evidencia del papel mediador de la irritabilidad entre el maltrato infantil y la agresión, especialmente en los hombres en comparación con las mujeres (Xu et al. 2024). Es posible que estas diferencias se deban a que la irritabilidad predice la ira, pero solo en las personas con puntuaciones más altas de impulsividad (Gröndal et al. 2023). Al analizar esta categoría desde un punto de vista intergeneracional, debe entenderse que tiene componentes biológicos (Haller 2020; Siever 2008) y ambientales en la aparición de la conducta agresiva y violenta (Tremblay and Côté 2019). La genética de la conducta sostiene que el ciclo intergeneracional de la violencia se debe, en parte, a la transmisión de rasgos heredados, atribuyendo mayor relevancia a la genética compartida. Además, afirma que haber vivido experiencias adversas en la infancia tiene efectos epigenéticos en el desarrollo individual, especialmente en el desarrollo del cerebro y en las respuestas neurofisiológicas al estrés (Spatz and Wilson 2015; Tremblay and Côté 2019). Las respuestas explosivas características de la irritabilidad podrían inhibirse gracias a la crianza que recibe la niña o el niño.
Se observó que es habitual utilizar la violencia física y psicológica como castigo para corregir conductas «inapropiadas» en la infancia. Hay evidencia de que las experiencias de maltrato infantil tienen la capacidad de favorecer prácticas parentales negativas e impedir las prácticas positivas (Bott et al. 2022; Kong et al. 2021). Cuando se aplica el castigo físico y psicológico durante la infancia, la niña o el niño entiende que forma parte del repertorio normal de conducta de su madre o su padre y que sirve para disciplinarle (Uslucan and Fuhrer 2008). Esto puede agravarse y generalizarse a otros ámbitos según la aceptabilidad de la violencia en el contexto social y cultural de la persona (Xu et al. 2024).
El consumo de alcohol se identifica como un factor predisponente de la violencia familiar (Ramsoomar et al. 2021). En los relatos de las personas entrevistadas se afirma que la conducta de beber se asociaba con episodios de violencia dirigidos contra la pareja y contra hijas e hijos. Existe evidencia de la transmisión intergeneracional del consumo de drogas (Gomis-Pomares et al. 2023; Meulewaeter et al. 2019; Neppl et al. 2020), pero parece que la transmisión opera de manera diferente en el caso del alcohol y en el de otras sustancias. Gomis-Pomares et al. (2023) explican que estas diferencias podrían deberse a factores sociales y culturales, como la legalidad del consumo de alcohol y las consecuencias punitivas del consumo de otras drogas. Otro aspecto interesante podría referirse a lo que se entiende cuando se habla de consumo de alcohol, en concreto cuando se alude a un consumo elevado (Castro et al. 2017). En distintos espacios sociales, esta definición presenta diferencias importantes, por lo que es necesario considerar de manera particular el contexto sociocultural al estudiar el consumo de alcohol dentro de la transmisión intergeneracional de la violencia familiar.
Las mujeres que dependen económicamente de su pareja tienen más probabilidades de permanecer en la relación violenta, ya que la falta de dinero para mantenerse a sí mismas o a su descendencia les impide dejar la relación (Heron et al. 2022). Resulta curioso que, al analizar la independencia económica de las mujeres, en concreto su situación laboral, se encuentren resultados inconsistentes sobre la dependencia económica como factor de riesgo (Castro et al. 2017; Heron et al. 2022). A este respecto, en una revisión sistemática de los factores asociados se constató que tanto las mujeres con empleo como las desempleadas tienen un riesgo elevado de sufrir violencia de pareja (Ghoshal et al. 2023). Esto implica que el fenómeno de la dependencia debe estudiarse dentro de un contexto socioeconómico específico, ya que la violencia familiar se vive de forma diferente en los países de ingresos altos y bajos (Tekkas Kerman and Betrus 2020; Heron et al. 2022; Yakubovich et al. 2018) y, para comprenderlo mejor, deben incluirse factores más específicos que permitan determinar cuáles aumentan el riesgo.
El apoyo familiar, concretamente en la defensa de la víctima, es importante para que esta pueda salir del ciclo de la violencia. En general, se consideran el apoyo informal, que procede de la familia y de las amistades, y el apoyo profesional, que incluye a los actores sociales que deben proteger a la víctima y evitar que estos hechos se produzcan (Heron et al. 2022). En las entrevistas se constató que el apoyo social (familiar e institucional) era muy importante para salir del ciclo de la violencia familiar. Sin embargo, se identificó una desconfianza institucional, concretamente hacia la policía, en lo que respecta a la protección de la víctima. En este sentido, el sistema judicial en América Latina se caracteriza por su ineficiencia y por altos niveles de corrupción (Croci 2023); ello repercute en la percepción que la víctima tiene de las instituciones que deberían protegerla.
El trauma es un componente relevante para que el ciclo de la violencia y diversas patologías se transmitan de una generación a otra (Isobel et al. 2021; Wadji et al. 2022; Meulewaeter et al. 2019; Hoskins and Kunkel 2022; Meyer et al. 2021); por tanto, si la víctima o la persona agresora, o ambas, logran superar el trauma, el ciclo de la violencia puede interrumpirse. Sin embargo, la superación del trauma es un proceso complejo, con características particulares según la persona y su contexto. Hay evidencia de que los efectos postraumáticos de la violencia se manifiestan de distintas formas según el país de la persona (Bartoli et al. 2024), y de que la percepción de la violencia influye en cómo se transmite el trauma entre generaciones, especialmente en las poblaciones latinoamericanas, que sufren una violencia estructural que las vuelve vulnerables al trauma intergeneracional (Cerdeña et al. 2021).
Una categoría importante fue «saber elegir pareja». Esto sugiere que la elección de pareja desempeña un papel importante para evitar el origen de la violencia (Borras-Guevara et al. 2017). En el análisis, las abuelas y los abuelos subrayaron la importancia de que mujeres y hombres sepan elegir bien a su pareja. Esta categoría tiene dos características: la primera implica la prevención de la aparición de la conducta violenta y la segunda conlleva un efecto revictimizante, ya que, si la persona no sabe elegir a su pareja, la culpa es suya. Se culpa a la mujer por no haber hecho la «elección correcta» y se la revictimiza por sus decisiones (Nettleton 2011).
Otro subtema identificado fue la educación. Se constató que la formación educativa servía de impulso para el crecimiento personal y profesional, y como factor inhibidor de la aparición de la violencia. La educación se identifica como uno de los factores de protección más importantes frente a la violencia de pareja (Ghoshal et al. 2023; Klencakova et al. 2023; Allen et al. 2024). Los niveles educativos de la mujer y de su pareja repercuten en la aparición de la violencia (Tekkas Kerman and Betrus 2020; Yakubovich et al. 2018). En general, las mujeres con bajo nivel educativo corren un mayor riesgo de sufrir violencia (Castro et al. 2017), mientras que, en algunos casos, el nivel educativo de la pareja es un factor de protección (Ghoshal et al. 2023). Los bajos niveles de educación reducen los recursos de las mujeres, aumentan la aceptación de la violencia y favorecen la disparidad entre géneros, lo que mantiene estas creencias de una generación a otra.
Se constató que la separación es un subtema importante para interrumpir el ciclo de la violencia. Sin embargo, la separación puede desencadenar otros tipos de violencia, conocidos como maltrato posterior a la separación (Spearman et al. 2023), que incluye fenómenos como el control coercitivo contra la descendencia (Katz et al. 2020) y que afecta al ejercicio del rol parental (Hardesty et al. 2016). Por ello, la separación se considera un proceso a largo plazo que conlleva riesgos y dificultades para la salud mental de las personas implicadas (Hulley et al. 2023). La separación debe ir de la mano de una sólida red de apoyo informal y profesional para minimizar los riesgos de que la violencia familiar continúe.
El tercer tema identificado se refiere a las creencias religiosas, que pueden perpetuar la transmisión generacional de la violencia familiar o proteger frente a ella, al promover normas que protegen contra la violencia familiar o normas que la toleran (Priest et al. 2024; Truong et al. 2022), contribuyendo a la vulnerabilidad de la víctima o dando más poder a la persona agresora (Simonič 2021). En el análisis se constató que la religión puede considerarse parte de una estrategia para afrontar situaciones estresantes y que da a la persona la esperanza de que las cosas mejorarán. Esto puede ser perjudicial, ya que podría llevar a la persona a quedarse con quien la agrede, por la idea de que va a cambiar, lo que lleva a la víctima a soportar la violencia para mantener unida a la familia (Heron et al. 2022; Zust et al. 2021). Las creencias religiosas no determinan la presencia de la violencia, pero su combinación con otros factores individuales, psicológicos y socioculturales contribuye a su persistencia o a su prevención (Simonič 2021).
El modelo socioecológico de la violencia doméstica ofrece un marco conceptual sólido para el diseño de intervenciones integrales, sensibles al contexto individual y sociocultural de las personas implicadas, con el objetivo de interrumpir el ciclo de la violencia. A partir de los hallazgos de esta investigación, se formulan implicaciones relevantes tanto para la práctica profesional como para la investigación futura en este ámbito.
En el nivel individual, la intervención debe centrarse tanto en las personas agresoras como en las víctimas, con el objetivo de modificar las conductas, creencias y actitudes disfuncionales adquiridas a lo largo del ciclo vital. En el caso de las personas agresoras, es fundamental trabajar la regulación de la irritabilidad mediante el desarrollo del autocontrol, la gestión emocional y las habilidades sociales, promoviendo especialmente la comunicación no violenta. Para las víctimas, la intervención debe incluir la exploración de las experiencias traumáticas vinculadas a la familia de origen y la provisión de apoyo psicológico para su elaboración y superación. También es muy importante fomentar su empoderamiento mediante el fortalecimiento de las habilidades sociales, en especial la asertividad, que les permitirá generar respuestas más adaptativas ante situaciones de riesgo o de conflicto. Asimismo, es importante incluir factores de riesgo como el abuso de alcohol, con el fin de llevar a cabo intervenciones más integrales. Por último, para ambos grupos, es esencial la exposición a modelos positivos que ejemplifiquen conductas no violentas y relaciones sanas, lo que contribuye a la reconstrucción de patrones relacionales más funcionales.
En el nivel relacional, las acciones se orientan a desarrollar relaciones sanas con las personas más cercanas, como la pareja, hijas e hijos, madres y padres, con el fin de fortalecer las redes de apoyo emocional y social. En el caso de madres y padres, es fundamental orientarles en el desarrollo de prácticas de crianza positiva, caracterizadas por el establecimiento de normas claras y una comunicación basada en el respeto y el acompañamiento. Con las víctimas, debe trabajarse la identificación temprana de las señales de violencia y las estrategias de protección, junto con el fortalecimiento de las competencias laborales que reduzcan la dependencia económica y faciliten la toma de decisiones autónomas. La terapia familiar también puede ser una herramienta muy útil para identificar y modificar los patrones disfuncionales de comunicación y de convivencia. En las situaciones en que la permanencia en la relación implica un riesgo, es necesario ofrecer acompañamiento terapéutico y jurídico durante el proceso de separación.
En el nivel comunitario, el objetivo es fortalecer el apoyo social e institucional en el entorno inmediato de las personas, promoviendo una red comunitaria activa para prevenir y abordar la violencia doméstica. Para ello, debe aumentarse la presencia y la accesibilidad de las instituciones que brindan apoyo, así como mejorar la percepción pública de su eficacia, especialmente en el caso de la policía, para que las víctimas se sientan seguras al denunciar. Un aspecto esencial es la formación y la sensibilización de actores estratégicos, como el personal sanitario, el profesorado, la policía y el funcionariado, en la identificación temprana, la intervención y el seguimiento de los casos de violencia doméstica. También es importante implicar a los liderazgos comunitarios y a las autoridades religiosas, sobre todo en contextos como el Perú, donde su influencia social y simbólica puede contribuir de forma significativa a transformar las normas culturales que toleran la violencia y a promover relaciones sanas.
En el nivel social, el objetivo es cuestionar y transformar las normas culturales y las estructuras sociales que perpetúan la violencia doméstica y las desigualdades de género. Es fundamental promover un cambio en las creencias colectivas que normalizan el control, la subordinación de las mujeres y la impunidad ante la violencia. Ello requiere la participación activa del Estado y de sus representantes en la revisión y reforma de las leyes ineficaces, así como en el diseño de políticas públicas con enfoque de género y de derechos humanos. También es muy importante cuestionar los roles de género tradicionales, como el machismo y el marianismo, que asignan de forma rígida papeles desiguales a hombres y mujeres. Mediante campañas y programas nacionales de sensibilización, la inclusión de las habilidades para la vida en el currículo escolar y la participación activa de los medios de comunicación, es posible avanzar hacia una cultura de igualdad y no violencia.
Cabe mencionar que un aspecto que debería considerarse en futuras investigaciones es la inclusión de la interseccionalidad, abarcando no solo las desigualdades de género, que son las más visibles, sino también fenómenos como la etnia, la clase social y la orientación sexual, entre otros. Por último, la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica es un fenómeno complejo que debe estudiarse desde una perspectiva integral y multicausal. Por ello, el modelo socioecológico constituye una alternativa sólida para facilitar la comprensión de las dinámicas que sostienen este problema. Las acciones deben integrarse en todos los niveles y sostenerse a corto y a largo plazo, lo que permitirá romper el ciclo de la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica.
El estudio presenta las siguientes limitaciones: en primer lugar, la mayoría de las personas participantes eran mujeres (77,78 %), especialmente en el papel parental, ya que todas eran madres. Esto podría implicar un sesgo en los resultados, por la ausencia de entrevistas con hombres adultos que habrían permitido una exploración más completa de la transmisión intergeneracional de la violencia. La segunda limitación fue la dificultad para encontrar familias interesadas en participar en el estudio, sobre todo porque trata un tema complejo como la violencia familiar, que puede considerarse un tabú y genera respuestas cognitivas y afectivas que las personas prefieren evitar. La dificultad para encontrar participantes obligó al equipo a dedicar más tiempo del previsto a la recogida de datos. En tercer lugar, cabe señalar que las personas participantes tenían niveles educativos similares, en su mayoría con educación secundaria, por lo que existen limitaciones para comprender cómo se produce este fenómeno en personas con niveles educativos más bajos, que, como hemos visto, desempeñan un papel importante, como factor de protección y de riesgo, en el ciclo de la transmisión intergeneracional de la violencia.
La transmisión intergeneracional de la violencia doméstica es un fenómeno complejo que debe abordarse desde una perspectiva integral y multicausal. El presente estudio constató que la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica comprende un conjunto de factores que predisponen a la conducta violenta o la inhiben. Por ello, es necesario analizarla como la interacción entre los niveles individual, relacional, comunitario y social del modelo socioecológico, que puede aumentar o reducir la aparición de la conducta violenta.
En este sentido, del análisis surgieron tres temas: factores que contribuyen a la perpetuación de la violencia intergeneracional, factores de protección frente a la transmisión intergeneracional de la violencia familiar y creencias religiosas. Se identificó que las normas de género rígidas, manifestadas a través del machismo y el marianismo, fomentan un orden jerárquico entre hombres y mujeres que se ha transmitido mediante la socialización y las diferencias en la educación de hombres y mujeres. La transmisión intergeneracional comprende una serie de factores individuales y socioculturales que interactúan en el ciclo de la violencia. En el análisis se destacaron como subtemas: el modelado social, la irritabilidad, las prácticas parentales violentas, el consumo de alcohol y la dependencia económica.
Por otra parte, las redes de apoyo resultaron ser un subtema muy importante para la protección frente a la transmisión intergeneracional. El apoyo informal y profesional actúa como un factor que protege a la víctima y favorece la interrupción del ciclo de la violencia. Las redes de apoyo son especialmente importantes para superar el trauma intergeneracional y para la separación de la persona agresora. Otros factores de protección identificados fueron el nivel educativo y saber elegir pareja. Este último tiene dos efectos: preventivo y revictimizante. Por último, las creencias religiosas se asociaron con efectos contradictorios, ya que pueden perpetuar la violencia doméstica o servir como factor de protección frente a ella.
A partir de los hallazgos, se desarrolla una propuesta de intervención que abarca los cuatro niveles. En el nivel individual, es fundamental trabajar tanto con las personas agresoras como con las víctimas, promoviendo el desarrollo de habilidades socioemocionales y cognitivas que favorezcan relaciones no violentas. En el nivel relacional, deben fortalecerse los vínculos cercanos y fomentarse prácticas de crianza positiva que contribuyan a entornos familiares protectores y menos propensos a la reproducción de patrones violentos. En el nivel comunitario, la articulación de las redes de apoyo, junto con la formación de actores clave, fortalecerá la capacidad del entorno inmediato para responder a las situaciones de violencia. Por último, en el nivel social, es fundamental transformar las normas culturales y las estructuras institucionales que legitiman la violencia y perpetúan las desigualdades de género. Merece una mención especial el sistema educativo, que actúa de forma transversal en todos los niveles y debe basarse en el desarrollo de valores de igualdad, respeto y convivencia sana con las demás personas. Para romper el ciclo de la violencia doméstica de generación en generación, es necesario actuar de manera articulada y sostenida en todos estos niveles, con el fin de lograr una sociedad más justa, equitativa y libre de violencia.
Complexe Systémique: puntos clave
El interés del estudio reside en su diseño: entrevistar por separado, el mismo día, a tres generaciones de una misma familia, lo que muestra la transmisión desde dentro, con las palabras de abuelas y abuelos, madres y jóvenes. Pone de relieve algo que la práctica sistémica conoce bien: la violencia no se transmite solo por el ejemplo, sino a través de normas compartidas, que transmiten también quienes la han sufrido, como las abuelas que sostienen el machismo o justifican el látigo educativo. Los factores de protección son relacionales: una red que apoya, una institución en la que se puede confiar, la elaboración del trauma y, a veces, la separación, que a su vez requiere una red de seguridad. El lugar de la religión, a la vez apoyo y trampa, invita a la clínica a explorarla con tacto en lugar de dejarla de lado. Los límites son claros: nueve familias de una sola ciudad, solo madres del lado parental, un reclutamiento a cargo de una sola persona profesional y propuestas de intervención que a veces van más allá de lo que los datos permiten sostener. Puede leerse junto con el estudio sobre la transmisión intergeneracional de la violencia en mujeres embarazadas y sus parejas y el estudio sobre las normas de género en hombres condenados por violencia de pareja.
Notas del original
Contribuciones de la autoría. Conceptualización, F.V., L.M., A.Q. y L.R.-V.; metodología, F.V. y L.R.-V.; investigación, F.V., L.M. y A.Q.; análisis formal, L.M., A.Q. y L.R.-V.; supervisión, F.V. y L.R.-V.; redacción—preparación del borrador original, L.M., A.Q. y L.R.-V.; redacción—revisión y edición, F.V. y L.R.-V.; administración del proyecto, F.V. y L.R.-V.; obtención de financiación, F.V. y L.R.-V. Toda la autoría ha leído y aceptado la versión publicada del manuscrito.
Financiación. Esta investigación fue financiada por el Vicerrectorado de Investigación de la Universidad Católica de Santa María de Arequipa, Perú (Resolución 28048-R-2021).
Declaración del comité de ética institucional. El estudio se llevó a cabo conforme a las directrices de la Declaración de Helsinki y fue aprobado por el Comité Institucional de Ética en Investigación de la Universidad Católica de Santa María (código de protocolo 281-2024, fecha de aprobación: 6 de noviembre de 2024).
Declaración de consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas participantes en el estudio.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
Referencias
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Traducción no oficial al español de Intergenerational Transmission of Domestic Violence in Peruvian Families: A Qualitative Study, de Flor Vilches, Luisa Mazeyra, Andrea Quintanilla y Luis Ramos-Vargas, Social Sciences, vol. 14, n.o 7 (2025), doi: 10.3390/socsci14070399, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
El artículo original «Intergenerational Transmission of Domestic Violence in Peruvian Families: A Qualitative Study» se publicó en Social Sciences (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Complexe Systémique publica aquí una traducción no oficial al español, realizada con la ayuda de la inteligencia artificial y adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Vilches, F., Mazeyra, L., Quintanilla, A., y Ramos-Vargas, L. (2025). Intergenerational Transmission of Domestic Violence in Peruvian Families: A Qualitative Study. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/intergenerational-transmission-of-domestic-violence-in-peruvian-families (Obra original publicada en 2025 en Social Sciences, 14(7), 399 (2025); republicada en 2025 por Social Sciences, https://www.mdpi.com/2076-0760/14/7/399)
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