Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
¿Qué hacen quienes van a ser madres y padres con la violencia que conocieron en su infancia? Durante dos años, un equipo de Londres entrevistó a 26 madres embarazadas que sufrían violencia doméstica y a 13 padres que la ejercían, todos participantes en el programa perinatal For Baby’s Sake. Sus relatos muestran la violencia transmitida de una generación a otra, pero también lo que ayuda a romper el ciclo: un marco que no juzga, la regulación de la ira y el vídeo de sus interacciones con el bebé.
Traducción no oficial al español de ‘It’s so Beneficial to be Able to Stop the Cycle’: Perceptions of Intergenerational Transmission of Violence and Parenting Practices Among Pregnant Women and their Abusive Partners, de Federica Taccini, Jill Domoney, Josephine Ocloo, Margaret Heslin, Sarah Byford, Debra Bick, Louise M. Howard, Harriet MacMillan, Stefania Mannarini, Paul Ramchandani, Nicky Stanley y Kylee Trevillion, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2025), doi: 10.1007/s10896-024-00685-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Tanto las madres como los padres expresaron una fuerte motivación para romper el ciclo de la violencia y evitar que sus hijos e hijas vivieran los mismos acontecimientos traumáticos que habían vivido ellas y ellos.
Federica Taccini, Jill Domoney, Josephine Ocloo, Margaret Heslin, Sarah Byford, Debra Bick, Louise M. Howard, Harriet MacMillan, Stefania Mannarini, Paul Ramchandani, Nicky Stanley y Kylee Trevillion
Resumen
Objetivo. Este estudio tuvo como objetivo explorar cómo las mujeres embarazadas que sufren violencia y abuso domésticos (VAD) y los hombres que ejercen VAD entienden el impacto de su entorno infantil en sus relaciones con sus hijos e hijas y con la otra figura parental, y cómo una intervención psicológica sobre la VAD puede moldear su forma de ejercer la parentalidad.
Métodos. Se realizaron entrevistas cualitativas individuales repetidas con madres embarazadas y padres que informaban de VAD y que participaban en una intervención psicológica para abordarla. Las entrevistas se llevaron a cabo al inicio (durante el embarazo) y al final de la intervención (dos años después del parto). Las entrevistas se analizaron mediante análisis temático reflexivo.
Resultados. Se analizaron 56 entrevistas (26 madres; 13 padres). Se identificaron cinco temas: (1) Reconocer las experiencias de VAD en la infancia; (2) Las cicatrices de las experiencias traumáticas; (3) Romper el silencio sobre el abuso; (4) La transmisión de estilos y comportamientos de crianza de una generación a otra; (5) Llegar a ser la mejor madre o el mejor padre posible. La transmisión intergeneracional de la violencia era identificable en la mayoría de los relatos. Aun así, varias de las personas participantes describieron habilidades adquiridas durante la intervención (por ejemplo, estrategias de regulación emocional) que les ayudaban a interrumpir la violencia y a mejorar la relación con sus hijos e hijas.
Conclusiones. Las personas participantes que reconocían haber sufrido abuso en la infancia lo identificaban como uno de los diversos factores de riesgo de VAD en la edad adulta. También señalaron el potencial de las intervenciones informadas por el trauma para abordar la transmisión intergeneracional de la violencia y de las prácticas de crianza inadecuadas.
Palabras clave: violencia y abuso domésticos, transmisión intergeneracional, parentalidad, trauma, intervención
La violencia y el abuso domésticos (VAD) consisten en el uso de la violencia, el abuso y las amenazas por parte de un familiar, de la pareja o de una expareja contra una persona de 16 años o más (Oliver et al., 2019). Según las estimaciones mundiales, alrededor del 23–31% de las mujeres (de 15 a 49 años) sufre violencia física o sexual por parte de su pareja al menos una vez en la vida (WHO, 2021). Se estima que en Inglaterra y Gales el número de mujeres que sufren VAD es más del doble que el de hombres (1,7 millones de mujeres y 699 000 hombres) (ONS, 2022). No se han encontrado diferencias estadísticamente significativas en las tasas de prevalencia de VAD entre mujeres de distintos grupos étnicos (es decir, blancas, mestizas, negras o británicas negras, asiáticas o británicas asiáticas) (ONS, 2022). Sin embargo, las minorías étnicas tienen menos probabilidades que las mujeres británicas blancas de revelar la violencia y el abuso a los servicios públicos (Femi-Ajao, 2018). Las mujeres también refieren sufrir VAD durante el embarazo, con estimaciones de prevalencia que van del 3 al 30% (Bacchus et al., 2004; Bowen et al., 2005; Devries et al., 2010; Mojahed et al., 2021; Salari & Nakhaee, 2008; Van Parys et al., 2014). La variabilidad de estas cifras refleja la de las tasas de prevalencia mundiales (Van Parys et al., 2014). Cabe destacar que las tasas de prevalencia parecían más elevadas en los países africanos y latinoamericanos que en los países europeos y asiáticos estudiados (Devries et al., 2010; Van Parys et al., 2014). No obstante, conviene subrayar que las estimaciones de prevalencia mostraban una variabilidad considerable tanto dentro de las regiones como dentro de cada país (Devries et al., 2010; Van Parys et al., 2014). Además, la prevalencia y esta variación pueden atribuirse a las definiciones, la metodología y el diseño de los estudios (Román-Gálvez et al., 2021). Centrándose en el Reino Unido, donde se llevó a cabo nuestro estudio, Bowen et al. (2005) examinaron la prevalencia de la violencia doméstica en una muestra de 7591 mujeres. Los resultados indicaron una menor incidencia de victimización por violencia doméstica durante el embarazo que en el posparto: durante el embarazo (es decir, a las 18 semanas de gestación), el 5,1 % de la muestra refirió haber sufrido alguna forma de victimización, el 1% maltrato físico y el 4,8 % maltrato emocional; durante el posparto (es decir, a los 33 meses tras el parto), el 11% de la muestra refirió haber sufrido alguna forma de victimización, el 2,9 % maltrato físico y el 10,8 % maltrato emocional. En un estudio de cohortes internacional más reciente sobre la VAD durante el embarazo en Suecia, los resultados indicaron que el 2,5 % (n = 40/1573) de las participantes refirió haber sufrido VAD, con independencia de su tipo o gravedad (Finnbogadóttir & Dykes, 2016).
Además de numerosos efectos negativos sobre la salud física, las personas que sufren VAD corren el riesgo de desarrollar diversos problemas de salud mental, como depresión, ansiedad, problemas de consumo de sustancias e intentos de suicidio (Bailey et al., 2019; Beck et al., 2011; Beeble et al., 2009; Mantovani et al., 2023; Oram et al., 2022; Trevillion et al., 2012; Trombetta & Rollè, 2022). Asimismo, cuando se sufre durante el embarazo, la VAD se asocia con depresión prenatal y posnatal (Howard et al., 2013) y con malos resultados obstétricos, como el bajo peso al nacer y el parto prematuro (Hill et al., 2016).
La VAD también puede afectar a la descendencia. Niñas y niños que viven en un entorno violento pueden vivir directa o indirectamente la VAD entre sus figuras de cuidado (Henry, 2018), y alrededor de 1 de cada 5 menores refiere este tipo de experiencias (Radford et al., 2011). Tras la Domestic Abuse Act de 2021, la legislación británica reconoce el impacto de la VAD en la infancia, de modo que se considera víctimas de abuso doméstico a las personas menores que ven, oyen o sufren las consecuencias de la VAD. Además, se estima que en los hogares con VAD el riesgo de maltrato infantil es un 30–60% mayor (Hester et al., 2007; Humphreys & Thiara, 2002). Se ha demostrado que las experiencias adversas en la infancia (EAI), entre ellas el maltrato infantil y la exposición a la violencia doméstica, contribuyen a malos resultados en la edad adulta, como problemas por consumo de sustancias, TEPT, depresión y enfermedades crónicas (Anda et al., 2006; Chang et al., 2019; Felitti, 2009; Felitti et al., 1998). Estas EAI contribuyen también a malas relaciones con iguales, bajo rendimiento académico, conductas de riesgo para la salud, consumo problemático de sustancias y problemas de salud mental en la infancia (Guss et al., 2020; Kalmakis & Chandler, 2015; Lange et al., 2019; Murphy et al., 2014; Thornberry et al., 2012). Además, el riesgo de polivictimización —que puede consistir en sufrir al menos dos tipos de victimización por abuso interpersonal (por ejemplo, victimización por parte de figuras de cuidado, negligencia parental)— parece elevado en esta población (Jackson- Hollis et al., 2015; Tura et al., 2022). A este respecto, el estudio de Jackson- Hollis et al. (2015) halló que el 3,57 % de las y los adolescentes británicos que participaron en las cuatro oleadas de la encuesta (con una muestra total de 364) sufrió polivictimización de forma constante a lo largo de esos cuatro años. En otros grupos de edad, Radford et al. (2013) hallaron que, en el año anterior, el 2,5 % de las niñas y niños menores de 11 años y el 6% de la población joven de 11 a 17 años refería uno o más episodios de maltrato físico, sexual o emocional, o de negligencia, por parte de una figura parental o de cuidado. Además, a lo largo de su infancia, al menos una vez, el 8,9 % de las niñas y niños menores de 11 años, el 21,9 % de la población joven de 11 a 17 años y el 24,5 % de las personas adultas jóvenes habían vivido experiencias de este tipo. Asimismo, los resultados de Radford et al. (2013) mostraron diferencias mínimas entre varones y mujeres en las tasas de maltrato infantil ejercido por figuras parentales o de cuidado. En cuanto a otras formas de victimización infantil, los varones sufrían con más frecuencia victimización por parte de iguales, más violencia física ajena a las figuras de cuidado y una mayor exposición a la violencia comunitaria. Por el contrario, en los dos grupos de mayor edad, las mujeres revelaban una mayor prevalencia de experiencias de victimización sexual que sus homólogos varones. Esta exposición acumulada a acontecimientos traumáticos puede ser especialmente dañina: un mayor número de acontecimientos negativos en la infancia se asocia con un peor bienestar físico y mental en la edad adulta (Merrick et al., 2017).
La VAD vivida en la infancia o la adolescencia es un factor de riesgo importante para ejercer violencia o sufrir victimización en la edad adulta (Rikić et al., 2017; Tyler et al., 2011), y este fenómeno se ha denominado transmisión intergeneracional de la violencia (Black et al., 2010; Rikić et al., 2017; Taccini et al., 2021; Tyler et al., 2011). El estudio prospectivo de 20 años de Ehrensaft et al. (2003) muestra que las personas expuestas directa o indirectamente en la infancia a la VAD entre sus figuras de cuidado pueden adoptar métodos disfuncionales similares de gestión de los conflictos en sus relaciones de pareja adultas. Tyler et al. (2011) también hallaron asociaciones entre la exposición a la VAD en la infancia y la violencia en el noviazgo adolescente. Además, una revisión de Lomanowska et al. (2017) muestra que las adversidades tempranas parecen afectar a la parentalidad en la edad adulta. En concreto, los resultados de Newcomb y Locke (2001) muestran que el maltrato infantil se asocia con prácticas de crianza inadecuadas posteriores, es decir, poca calidez, agresividad, rechazo indiferenciado y negligencia.
Sin embargo, algunos hallazgos no respaldan la continuidad de la violencia y el abuso en las relaciones íntimas a través de las generaciones (Ertem et al., 2000; Langevin et al., 2021; Thornberry et al., 2012; Tracy et al., 2018). En concreto, pueden intervenir numerosos factores de protección en la infancia expuesta a VAD, como un alto nivel de apoyo social materno en el posparto (Tracy et al., 2018), la calidez materna (Jaffee et al., 2013), la implicación paterna (Tracy et al., 2018), un nivel socioeconómico alto (Jaffee et al., 2013), una mayor satisfacción con la parentalidad (Thornberry et al., 2013) y una relación sana con la pareja (Jaffee et al., 2013). Varios factores de protección pueden contribuir también a romper el ciclo de la crianza abusiva, como la estabilidad económica y el apoyo social (Crouch et al., 2001; Dixon et al., 2009) y la presencia de recuerdos de experiencias infantiles positivas (Narayan et al., 2019; Radford et al., 2019).
Además, una revisión de Radford et al. (2019) recoge varios estudios que investigaron si las personas modelan su comportamiento sobre el de la figura de cuidado de su mismo sexo; así, la violencia del padre hacia la madre podría predecir el uso de la violencia por parte de un hijo varón y la victimización de una hija en sus relaciones íntimas adultas. Los resultados fueron dispares: algunos estudios, como el de Kwong et al. (2003), no hallaron asociación entre el patrón de género de la VAD vivida en la infancia y la VAD en las relaciones adultas. Otros (por ejemplo, Heyman & Slep, 2002) respaldaron un enfoque de género de la transmisión intergeneracional de la violencia, al mostrar que las personas encuestadas tenían en la edad adulta experiencias de violencia (ejercer o sufrir VAD) similares a las de su figura de cuidado del mismo sexo (masculino o femenino).
Teniendo en cuenta la literatura anterior, este estudio pretende explorar el impacto percibido de las experiencias de abuso en la infancia sobre las prácticas de crianza de mujeres y hombres, desde la perspectiva de quienes han sufrido y de quienes han ejercido VAD, y examinar cómo una intervención psicológica sobre la VAD puede apoyarse en estas percepciones para moldear las prácticas de crianza de las figuras parentales.
Se han seguido las directrices de los criterios consolidados para la comunicación de investigación cualitativa (COREQ) (Tong et al., 2007). Esta investigación es un análisis secundario de datos procedentes de entrevistas cualitativas individuales repetidas con madres embarazadas y padres que informaban de VAD, realizadas en el marco de una evaluación más amplia, con métodos mixtos, de la fase de prototipo de una intervención psicológica británica de parentalidad sobre la VAD denominada For Baby’s Sake (Domoney et al., 2019; Trevillion et al., 2020).
Para describir a las personas que sufren VAD se utilizan habitualmente diversos términos, como «víctima», «superviviente» o «persona con experiencia vivida de abuso doméstico». Perot y Chevous (2018) señalan que muchas personas pueden no sentirse cómodas con términos empleados en la literatura científica, como «víctima» o «superviviente». Esto se debe a que quizá no los hayan oído antes o a que sienten que no describen adecuadamente su experiencia. Por ello, este artículo adopta la expresión «personas que han sufrido VAD» para referirse a las mujeres que participan en este proyecto y que sufrieron violencia por parte de su pareja. Asimismo, a efectos de este estudio, nos referiremos a los padres incluidos en el proyecto como “hombres que ejercen VAD”.
For Baby’s Sake es una intervención psicoterapéutica dirigida a toda la familia, destinada a madres embarazadas y a padres cuya relación está marcada por la VAD. Fue desarrollada y aplicada en el Reino Unido. Según el enfoque de familia completa, ambas figuras parentales se incluyen en la intervención, convivan o no y estén o no juntas como pareja. Este enfoque inclusivo parte de la constatación de que separar a una figura parental maltratadora de sus hijos e hijas no siempre es factible ni es siempre la opción preferida por las familias que viven con VAD (Stanley & Humphreys, 2017). En su lugar, está surgiendo una perspectiva alternativa que promueve intervenciones dirigidas a todos los miembros de la familia. Estas estrategias se alinean con el creciente énfasis en responsabilizar a quienes ejercen la violencia de los efectos de la exposición de la infancia a la VAD, y reconocen la investigación que indica que la paternidad podría actuar como un catalizador sustancial de transformación del comportamiento (Meyer, 2018; Stanley et al., 2012). Cada figura parental cuenta con una o un profesional distinto de For Baby’s Sake que trabaja de forma independiente con ella en sesiones individuales. Las y los profesionales de For Baby’s Sake comparten ubicación con los servicios sociales locales, pero funcionan como una organización independiente; esta ubicación compartida contribuye a dar a conocer la intervención y a fomentar las derivaciones desde sus socios de los servicios sociales públicos. Además, el equipo de For Baby’s Sake da a conocer activamente su intervención a otras organizaciones locales pertinentes (por ejemplo, servicios públicos de salud, servicios de justicia penal y entidades del tercer sector), asistiendo a sus reuniones de equipo. Las madres y padres que cumplen los criterios de elegibilidad pueden autoderivarse al programa (N. B.: el equipo de For Baby’s Sake difunde materiales de marketing social para dar a conocer el programa al público), o recibir una derivación de los servicios de matronas y de visitas de salud, los servicios sociales de infancia, la medicina de familia, la policía, los servicios de libertad condicional o los servicios locales comunitarios y del tercer sector. Durante este estudio, los servicios sociales de infancia fueron la principal organización derivante a For Baby’s Sake, y las familias participantes refirieron diversas experiencias de VAD, incluidos el abuso físico, sexual, psicológico y el control coercitivo.
Los objetivos de la intervención son: “(1) poner fin al abuso doméstico; (2) superar el impacto de las experiencias traumáticas de su propia infancia; (3) introducir cambios duraderos en su comportamiento, y (4) crear, mediante sus técnicas de crianza y el entorno familiar, las condiciones para prevenir malos resultados en los bebés” (Domoney et al., 2019, p. 127). Las sesiones psicoterapéuticas son presenciales e integran varias técnicas de distintas teorías terapéuticas: la terapia cognitivo-conductual (TCC) (Beck, 2011); la terapia Gestalt (Kellogg, 2014); el análisis transaccional (Berne, 2016); la entrevista motivacional (Rollnick & Miller, 1995); la terapia basada en mindfulness (Whitaker et al., 2014) y el trabajo con el niño interior (Bradshaw, 1992). Este último ocupa el centro del programa, ya que pretende ayudar a madres y padres a abordar las EAI y a recuperarse del trauma. El programa For Baby’s Sake está manualizado y se imparte por módulos. Algunos ejemplos de módulos son la «Video Interaction Guidance (VIG)» (Kennedy et al., 2011), que tiene por objeto evaluar y mejorar la comunicación entre progenitores y criaturas y una crianza sensible y sintonizada mediante la grabación en vídeo de las interacciones. En este módulo, el equipo de For Baby’s Sake (formado en Video Interaction Guidance) guía a madres y padres para analizar las grabaciones y reflexionar sobre ellas con el fin de mejorar la comunicación con sus hijos e hijas. «Expresión saludable de los sentimientos» constituye otro módulo del programa. Este módulo consta de dos partes: la primera explora las emociones de culpa y vergüenza y la disociación, y busca reforzar las estrategias de regulación emocional de madres y padres; la segunda se centra en fortalecer la identificación y la expresión saludable de las emociones. La segunda parte también pretende mejorar la capacidad de madres y padres para responder con sensibilidad a los sentimientos de sus hijos e hijas.
La evaluación midió los resultados cuantitativos y cualitativos de madres y padres a lo largo de dos años, desde su entrada en el programa de intervención (al principio o a mediados del embarazo) hasta su finalización (aproximadamente dos años después del parto). Puede encontrarse más información sobre el diseño y la metodología del proyecto, incluidas las consideraciones de seguridad para las personas participantes, aquí (Domoney et al., 2019) y en el informe final de evaluación (Trevillion et al., 2020).
Los criterios de inclusión para la intervención eran: que ambas figuras parentales tuvieran intención de participar en la intervención desde el embarazo; que ambas tuvieran 17 años o más; que la madre sufriera VAD por parte del padre del bebé por nacer, con posibilidad de que la violencia y el abuso se repitieran, se prolongaran o se agravaran; y que residieran en las zonas donde operaba la intervención (un distrito del centro de Londres o un condado del sur de Inglaterra). Además, aunque no formaran pareja, ambas figuras parentales debían querer ejercer conjuntamente la parentalidad del bebé por nacer. Otros factores de exclusión, valorados caso por caso por comprometer la capacidad de implicarse en la intervención, incluían la naturaleza particular de un diagnóstico de salud mental (como problemas agudos de consumo de sustancias) u otras necesidades o problemas, así como la retirada permanente confirmada de la tutela del bebé tras el parto. Los criterios de exclusión de la investigación eran los mismos que los de la intervención, más la incapacidad de las personas participantes para dar su consentimiento informado en el momento de la entrevista.
El programa estaba en evolución durante la fase de prototipo y ha seguido desarrollándose desde la evaluación. Entre estos desarrollos figura la realización de sesiones terapéuticas a distancia mediante tecnologías de vídeo y audio, fruto de la experiencia y el aprendizaje durante los confinamientos de la pandemia mundial de COVID-19. Los criterios de cohorte incluyen ahora explícitamente a las familias en las que la madre maltrata al padre y también a parejas parentales del mismo sexo. Los criterios de exclusión ya no hacen referencia a un nivel de diagnóstico de salud mental, de consumo de sustancias u otras necesidades complejas que pudieran impedir la implicación de una figura parental, ya que, en la práctica, el programa rara vez excluía a madres o padres por estos motivos. Del mismo modo, el programa trabaja ahora con madres y padres cuyo bebé puede ser retirado de su cuidado y, si esto ocurre, se les ofrece apoyo durante un periodo posterior para lograr un cierre planificado e informado por el trauma.
Las madres y los padres fueron entrevistados por separado en tres momentos distintos de su participación en la evaluación: (1) entrevista de línea de base, en los primeros 10 meses desde el inicio de la intervención For Baby’s Sake; (2) al año de la inscripción en el programa, y (3) a los dos años de la inscripción. En cuanto a las entrevistas de línea de base, el equipo de evaluación pretendía realizarlas antes del parto, lo que se logró con 14 personas usuarias. Sin embargo, los retrasos en el acceso a las personas entrevistadas hicieron que la mayoría realizara la entrevista de línea de base después del parto (aunque, para aproximadamente la mitad de la muestra, en los 2 meses siguientes a la inscripción). Esto significa que algunas personas participantes ya podían reflexionar sobre los beneficios del programa en la línea de base. Las entrevistas se realizaron en persona, en los servicios comunitarios donde las familias recibían la intervención o, si era seguro, en el domicilio de las personas participantes; se grabaron en audio y se transcribieron literalmente. Si las personas participantes no querían ser grabadas, el equipo investigador tomaba notas escritas durante la entrevista, que se analizaban. Las entrevistas las realizaron personas investigadoras con formación cualitativa (JD, KT, Lauren Carson, Danielle Megranahan), y se informó a las personas participantes de que el estudio pretendía comprender el impacto de la intervención en sus relaciones de pareja y en su relación como madres o padres. Se utilizaron guías temáticas para facilitar las entrevistas, con temas de conversación como los procesos de búsqueda de ayuda, las percepciones, expectativas y experiencias de la intervención, y los objetivos y opiniones de madres y padres sobre el programa. Estas guías no preguntaban explícitamente por cómo influyen las experiencias infantiles en la crianza actual, pero este tema surgió durante la exploración de los temas mencionados. Esto pudo deberse a que la relación entre las experiencias infantiles y la crianza actual era un eje central de la intervención For Baby’s Sake. Las guías temáticas están disponibles previa solicitud. Todas las personas participantes recibieron un vale regalo de 20 £ por entrevista.
Se realizó una prueba piloto para determinar si era viable aplicar el protocolo completo de la entrevista de línea de base. Para ello se identificaron los ítems que las personas participantes consideraban difíciles, el tiempo necesario para completar las evaluaciones iniciales y los comentarios verbales de las personas participantes sobre el contenido y el desarrollo de la entrevista. En consecuencia, se introdujeron algunos ajustes en el protocolo de entrevista.
El equipo de investigación elaboró procedimientos operativos normalizados y protocolos de seguridad para priorizar la seguridad y el bienestar de todas las personas participantes. Esta documentación incluía pautas sobre cómo contactar de forma segura con posibles participantes, cómo adaptar los lugares de entrevista para garantizar la confidencialidad y cómo hablar con las personas entrevistadas sobre los posibles riesgos y las formas de mitigarlos (Ellsberg & Heise, 2002; WHO, 2001). Algunos ejemplos de estos procedimientos: durante la fase de reclutamiento, el equipo de For Baby’s Sake evaluaba los posibles riesgos de la participación y, si se consideraba seguro, informaba sobre los objetivos del estudio, sus procedimientos y el proceso de consentimiento informado, y respondía a las preguntas o inquietudes que las personas participantes pudieran tener sobre su implicación. Una vez que (y si) las personas participantes manifestaban su interés, indicaban un medio de comunicación seguro (por ejemplo, carta o llamada al móvil) por el que el equipo de investigación pudiera contactarlas para hablar del proyecto y planificar las entrevistas. Antes de la entrevista de línea de base, la persona investigadora obtenía de cada participante el consentimiento informado por escrito para todos los aspectos del estudio. Padres y madres fueron entrevistados por separado en lugares seguros y privados, y no se facilitó a ninguna de las dos figuras parentales información sobre la entrevista de la otra.
El presente estudio se centra únicamente en las entrevistas de línea de base y en las realizadas a los dos años de la inscripción; el tema de las experiencias infantiles y la crianza no surgió en las entrevistas al año, por lo que estas no se incluyeron en este estudio. Todas las entrevistas se analizaron conjuntamente, ya que el objetivo de este trabajo no es examinar diferencias entre los dos momentos.
El London-Camberwell St Giles Research Ethics Committee concedió el 25 de enero de 2016 la aprobación ética del NHS para la evaluación con métodos mixtos (número de referencia: 15/LO/2006).
Se utilizó el análisis temático reflexivo para identificar patrones de significado recurrentes en las entrevistas (Braun & Clarke, 2022). Los datos fueron analizados por una de las personas firmantes [FT]) y todos se gestionaron en Nvivo12Pro. Se empleó un método inductivo y guiado por los datos, cuyo foco no era solo el contenido semántico —que corresponde a los significados evidentes de las entrevistas— sino también los constructos latentes —el significado implícito—. Se siguieron las seis fases del análisis temático reflexivo (Braun & Clarke, 2022): (1) «familiarización» con los datos, que consistió en leer y releer las transcripciones de las entrevistas; (2) elaboración del marco inicial de «codificación»; (3) generación de temas iniciales, que agrupaban patrones de significado codificados en las distintas transcripciones; (4) «desarrollo y revisión de los temas», que comprendió lecturas detalladas de los datos para afinar los temas, incluida la fusión de códigos con información similar y el ajuste de las etiquetas temáticas para reflejar con precisión los códigos revisados. A lo largo de todas estas fases, el marco de codificación se afinó en iteraciones sucesivas y las transcripciones anteriores se recodificaron cuando fue necesario. En las dos últimas fases: (5) afinar, definir y nombrar los temas, otra persona firmante [KT] valoró de forma independiente la pertinencia del marco de codificación; ambas personas investigadoras se reunieron después varias veces para discutir y acordar un marco de codificación temática definitivo; (6) la redacción, a cargo de FT (Braun & Clarke, 2022; Yapp et al., 2019).
Un enfoque reflexivo puso de relieve las características individuales (por ejemplo, edad, género) y las motivaciones ideológicas (es decir, el feminismo). En concreto, FT es una mujer y ha realizado dos prácticas en dos centros antiviolencia para mujeres que han sufrido abuso. Estas experiencias y su motivación ideológica (es decir, el feminismo interseccional) pueden haber influido en el análisis. No obstante, el proceso de reflexividad se mantuvo a lo largo de todo el análisis.
Se realizaron en total 56 entrevistas con 39 participantes, 26 madres y 13 padres. En concreto, se completaron entrevistas de línea de base con 38 participantes entre julio de 2016 y agosto de 2017. De ellas, 24 fueron con ambas figuras parentales (12 parejas), 13 solo con madres y una solo con un padre. A los dos años de la inscripción, 18 participantes completaron la entrevista: 8 de ellas con ambas figuras parentales (4 parejas), 8 solo con madres y 2 solo con padres. De estas 18 personas participantes, solo una no había completado la entrevista de línea de base. La información sociodemográfica de las personas participantes se resume en la Tabla 1.
Entre los motivos de abandono en las entrevistas a los dos años figuraban el abandono o la no finalización de la intervención y la imposibilidad del equipo investigador de contactar con la familia.
Tabla 1 — Características sociodemográficas de las madres (N = 26) y los padres (N = 13)
* N madres = 25 en algunas variables por datos faltantes; ** Solo las madres tenían máster; *** No se informa de la situación laboral de las madres porque varias entrevistas de línea de base tuvieron lugar en el periodo posnatal, cuando las mujeres no trabajaban, por lo que faltan muchos datos en esta variable
Se identificaron cinco temas: (1) Reconocer las experiencias de VAD en la infancia; (2) Las cicatrices de las experiencias traumáticas; (3) Romper el silencio sobre el abuso; (4) La transmisión de estilos y comportamientos de crianza de una generación a otra; (5) Llegar a ser la mejor madre o el mejor padre posible.
Muchas madres y muchos padres describieron los acontecimientos traumáticos que vivieron en su entorno familiar durante la infancia, cómo esas experiencias tempranas les llevaron a ver los comportamientos abusivos como normales y cómo influyeron en su comprensión posterior de los comportamientos aceptables en las relaciones de pareja:
«Sentía que mi relación con mi padre fue lo que dio inicio a mis malas relaciones con todos los hombres… Nunca supe cómo debería haber sido un padre. Verle maltratar a mi madre y a mi madrastra era lo que yo conocía, así que simplemente acepté que así tenía que ser» (ID06; madre; línea de base).
Algunas madres también hablaron de cómo la normalización de la violencia en las relaciones de pareja se extendía a sus redes sociales y a sus familiares:
«Si se lo contaba a alguien, me decía: “Eso no es nada. Viniendo de donde vienes, es lo normal”… Así es como se cría a la gente allí, en mi país, a creer que está bien que te maltraten, básicamente» (ID08; madre; línea de base).
«Mi madre pasó por lo mismo, así que creo que ella también piensa que es normal» (ID04; madre; línea de base).
Este padre también fue explícito sobre los efectos normalizadores de las experiencias infantiles de violencia, pero aquí hay asimismo un indicio, en su atención al comportamiento de otros hombres, de que una historia de violencia familiar puede utilizarse como recurso para negar la responsabilidad personal por el comportamiento abusivo:
«Es que no te das cuenta de que estás maltratando en casa. Si tus padres eran así, si tu familia era así, ellos [los hombres que ejercen violencia en la pareja] piensan que eso es normal. Piensan que es normal pegar a tu mujer, piensan que es normal ser controlador y controlar el dinero. Para ellos, no saben que hay un problema» (ID05; padre; línea de base).
Un padre describió cómo el abuso sufrido en la infancia había moldeado su uso de la violencia y el abuso, y explicó que los comportamientos que tenía de adulto eran una forma de recuperar el poder que había perdido en las experiencias de victimización pasadas:
«A veces el agresor ha sido esa víctima; de hecho, en muchos casos ese agresor ha sido la víctima en algún momento… Es una cuestión de poder, no hay diferencia entre una relación o un entorno doméstico… Te quitan todo tu poder [cuando eres víctima] y estás decidido a no volver a darle nunca, jamás, esa oportunidad a nadie, así que te conviertes en una persona dominante y controladora y, por desgracia, eso viene con muchos rasgos que crees que están bien porque te estás protegiendo. Crees que está bien y tienes una razón para ello si alguien te dice que te equivocas» (ID05; padre; línea de base).
Algunas personas participantes refirieron problemas de salud mental y consumo de drogas como consecuencias del trauma vivido en la infancia. Además, los padres identificaron el consumo de alcohol y drogas como un desencadenante de los episodios violentos:
«Él [su pareja, que ejerce VAD] arrastraba muchas cosas de sus padres y de su infancia, y eso afectaba a su forma de beber» (ID28; madre; postintervención).
«Lo que nos llevó [al padre y a su pareja] allí [a la intervención] fue que yo me emborrachaba y me ponía agresivo y maltratador» (ID02; padre; postintervención).
Varias madres expresaron que se culpaban de la VAD vivida en la infancia y compartieron las consecuencias positivas de que el programa abordara esa autoculpa:
«Fui una niña que creció rodeada de violencia doméstica, […]. Cuando era más pequeña me culpaba a mí misma, porque no entendía realmente lo que pasaba. Desde que estoy en For Baby’s Sake, me ha ayudado a aprender, a mi forma de pensar… aprendes sobre el cerebro del bebé. Cuando son pequeños no está en sus manos, así que me ha ayudado a ser una persona más fuerte» (ID11; madre; postintervención).
Varias personas participantes refirieron algunas de las formas en que la intervención For Baby’s Sake les ayudó a abordar su comprensión y sus necesidades en relación con las experiencias de abuso pasadas. Tanto madres como padres señalaron que el hecho de que se les escuchara sin juzgarles fue uno de los primeros pasos para superar el trauma infantil y la VAD:
«Me siento apoyada, porque… hablan, por ejemplo, de tu pasado, y yo no tuve una buena crianza. […] Puedo hablar de mi infancia con [la profesional que acompaña a la madre], y ella me escucha. Es bonito que se tomen el tiempo de escuchar, aunque sea su trabajo, pero es bonito que te escuchen» (ID11; madre; línea de base).
«Simplemente está bien tener a esa persona más a la que puedo acudir, que no juzga y que puede ayudar, en lugar de hundirme y todo eso. Se lo puedo contar todo» (ID27; madre; línea de base).
«Hay un estigma muy grande para que los hombres puedan ir a decirle a alguien: tengo problemas de violencia doméstica. No hay realmente nada ahí fuera en lo que sientas que no te van a juzgar. Está bien que te quiten ese estigma y saber que puedes sentarte a hablar de los problemas que sabes que tienes, y de los problemas que quieres abordar, en un contexto en el que no hay ningún estigma asociado (ID05; padre; línea de base).
A las personas participantes les resultaba difícil relatar los episodios violentos que habían vivido y temían revivir el trauma. Sin embargo, también identificaron esta forma de trabajo como una vía importante para elaborar el trauma:
«A veces puede ser difícil hablar de… mi infancia, y, pero a veces ayuda hablar de ello, porque si vas acumulando cosas dentro no te vas a sentir mejor. Porque he estado rompiendo la cadena familiar. O sea, la cadena familiar está un poco hecha un lío, pero no quiero nada malo para [el bebé], y quiero que tenga lo mejor que pueda tener». (ID11; madre; línea de base)
Todas las personas participantes expresaron su voluntad de ser conscientes del impacto de sus prácticas de crianza en sus hijos e hijas y de protegerles de las EAI que habían marcado su propia infancia:
«Tampoco me daba cuenta de que la forma en que me criaron influye en la forma en que yo voy a criar a mi hijo o hija, y eso me impactó mucho. Así que he hecho muchos cambios en mi forma de criar, porque no estoy de acuerdo con cómo me criaron» (ID01; madre; postintervención).
«[El bebé] es lo más importante de mi vida, lo digo con bastante convicción. En parte por un punto de vista egoísta, porque tuve una infancia realmente horrible. Nunca jamás querría infligir eso a otro ser humano. Así que sí, supongo que lo que pasó para que estuviéramos en este programa [For Baby’s Sake] me dejó bastante traumatizado. Nunca pensé que podría cruzar esa línea. […]. Y eso fue algo bastante difícil de sobrellevar en su momento. Estaba totalmente destrozado. Así que tener algo que me ayudara a asegurarme de que algo así no volviera a pasar me pareció muy positivo» (ID02; padre; línea de base).
La mayoría de las madres y de los padres describió haber adquirido una mayor conciencia gracias a la intervención, en particular una comprensión del desarrollo y la cognición infantiles, de la transmisión intergeneracional de la violencia y de las prácticas de crianza, y del riesgo de reproducir sus propias experiencias de crianza. Señalaron que este conocimiento les ayudó a dar pasos para romper el ciclo:
«Sobre todo con mis peques. Nunca he sido un padre cariñoso, quizá por mi pasado. Mi padre no era cariñoso; era muy estricto y muy controlador. Me ha hecho mirar atrás y darme cuenta de lo controlador que era yo… Hacer este programa me hizo darme cuenta de que era muy controlador sin darme cuenta. Para mí, era lo normal» (ID20; padre; postintervención).
«Creo que [la intervención For Baby’s Sake] es capaz de impedir que ese ciclo se produzca, de modo que a las criaturas que nacen en estas familias se les da la oportunidad de no vivir estas cosas, y eso me parece increíble, la verdad» (ID02; madre; línea de base).
Algunas madres señalaron que comprendían mejor los efectos fisiológicos y psicológicos del abuso en la infancia y que, gracias a ese conocimiento, estaban motivadas para evitar exponer a sus propios hijos e hijas al mismo tipo de trauma infantil negativo que ellas vivieron:
«[Tener un bebé] te hizo darte cuenta de lo que de verdad está pasando; de lo inteligentes que son, de lo fácil que se les quedan las cosas y de lo que pasa si se estresan demasiado y cosas así. Nunca me había dado cuenta de que eso tiene ese tipo de efecto en el cerebro. Me afectó un poco. Parte de ello [el trabajo en la intervención]… me golpeó bastante fuerte, por cómo crecí y cómo reacciono ahora de adulta. Me hizo darme cuenta de que algunas de las cosas que hago son probablemente por cómo crecí. Me dio ganas de decir: “Nunca quiero que mi bebé pase por eso”» (ID12; madre; línea de base).
«Hemos hecho muchas actividades […]: desarrollo infantil, cómo se desarrollan, sus habilidades sociales. Es muy interesante y la verdad es que me ha enseñado mucho. Hay cosas que no sabía, sobre todo cómo se desarrolla el cerebro infantil y que, si ve maltrato o lo ha sufrido, se forma de manera distinta a un cerebro normal» (ID05; madre; postintervención).
Los padres describieron cómo la intervención les ayudó, en un entorno seguro, a cambiar la perspectiva sobre sí mismos y sobre sus comportamientos:
«Pasar por este proceso de entenderlo todo, de asimilarlo. Sanar algunos de esos momentos hasta el grado que sea posible sanar algo así. Simplemente tomar conciencia de dónde vienen algunos de los comportamientos. Crear cierta capacidad de elección en cómo nos tratamos mutuamente. Creo que eso probablemente no tiene precio» (ID02; padre; línea de base).
«Entender cómo he asumido ciertas cosas que mis padres me habían, por así decirlo, inculcado. Y poder luego separarme de sus opiniones o de sus juicios» (ID028; padre; postintervención).
En relación con esto, varios padres describieron cómo el trabajo psicológico de la intervención les ayudó a compartir sus emociones y a desarrollar nuevas estrategias de regulación emocional, para evitar recurrir a estrategias disfuncionales de regulación de sus emociones delante de sus hijos e hijas. En este sentido, subrayaron la importancia de aprender a regular la ira:
«La cantidad de cosas que tratan, como lo del niño interior en torno a la ira y los desencadenantes, más o menos todo aquello en lo que necesitaba apoyo» (ID13, padre; línea de base).
«Trabajar lo de mi ira de la infancia me ayudó muchísimo» (ID02; padre; postintervención).
Varias madres y padres describieron cómo, gracias a la intervención, desarrollaron nuevas habilidades y prácticas de crianza que esperaban que garantizaran que sus hijos e hijas no crecieran también en un hogar maltratador. Varias madres describieron haber desarrollado mejores estrategias de afrontamiento y haber aprendido a identificar sus sentimientos y emociones y a comunicarlos a sus hijos e hijas:
«Porque ahora puedo ver un poco de luz al final del túnel. Antes pensaba: “¿Por qué he tenido este bebé?” Y: “¿Por qué estoy embarazada?” Traer a otra criatura a esta vida con todo esto. Y ahora de verdad empiezo a poder sobrellevarlo un poco, y hay más apoyo disponible» (ID11; madre; línea de base).
«Nos reímos mucho y nos divertimos mucho en casa, pero no siempre estamos así, y por eso nos ha ayudado a los dos [madre y padre] a ser muy abiertos, en plan: “Ay, hoy mamá estaba un poco gruñona”, y se lo he dicho a [la niña]: “Ay, esta mañana estaba un poco gruñona, ¿verdad? Perdona. Es por esto, pero no está bien, y voy a esforzarme mucho por no estar gruñona”. Ya sabes, y hemos hablado de eso […] He notado que [la hija mayor] identifica más sus emociones, e incluso [la segunda hija], siendo muy pequeña. Si leemos un libro, se da cuenta cuando alguien está triste y dice: “Oh, están tristes, lloran”. Así que nos ha ayudado a ser más sinceros y abiertos sobre nuestras emociones con las niñas» (ID28; madre; postintervención).
Gracias a la intervención, los padres habían aprendido a aumentar su autoconciencia y sus estrategias de regulación emocional. Esto, junto con el aprendizaje de habilidades de crianza positiva, caracterizada por el afecto, la seguridad y la calidez, les ayudó en sus intentos de evitar una crianza dura o negligente:
«No puedes ser el mejor padre posible si no miras hacia dentro, analizas y mejoras el tipo de persona que eres. Así que creo que es una consecuencia: la mejora en la crianza es una consecuencia de mirarme a mí mismo y de cómo soy» (ID28; padre; postintervención).
«Me volví mucho menos explosivo. Creo que gran parte de eso tiene que ver también con que [nombre de la criatura] está en mi vida y yo quería, más que nada en el mundo, ser un buen padre, pero sí, sin duda, adquirí algunas herramientas [de For Baby’s Sake] que me ayudaron a lograrlo». (ID02; padre; postintervención).
Tanto las madres como los padres dijeron tener confianza en sus capacidades parentales tras ver los vínculos que habían logrado construir con sus hijos e hijas, tal como quedaban registrados en vídeo. Esas interacciones se grabaron en el marco de la intervención For Baby’s Sake:
«Ella [la profesional] se centraba más bien en levantarme el ánimo como madre. Me hablaba de hacer lo del vídeo, porque me decía: “Mira, como madre a veces sientes que no estás haciendo bien tu trabajo, pero al verlo en vídeo verás que no es para tanto y podrás reconocerte algo de mérito”. Y creo que eso me va a ayudar bastante» (ID07; madre; línea de base).
El propósito de este trabajo era explorar cómo las mujeres que sufren VAD y los hombres que ejercen VAD perciben el impacto de las experiencias tempranas en sus relaciones con sus hijos e hijas y con la otra figura parental, y cómo una intervención psicológica sobre la VAD puede moldear sus prácticas de crianza. A partir del análisis de 56 entrevistas se identificaron cinco temas.
Las personas participantes describieron sus EAI como sumamente traumáticas, hasta el punto de que estas experiencias podrían conceptualizarse como un factor de riesgo de sufrir violencia y abuso en la edad adulta. Tanto madres como padres describieron cómo crecer en un entorno violento normalizó el uso de la violencia en las relaciones de pareja. En consecuencia, este análisis puso de relieve una transmisión intergeneracional de la violencia en varios de los relatos de las personas participantes. Este hallazgo concuerda con otros trabajos con padres que ejercen VAD (Domoney & Trevillion, 2021). Además, es importante señalar que, para algunas personas participantes, hablar abiertamente de sus EAI marcó un punto de inflexión significativo en su camino hacia la sanación. Les permitió no solo compartir sus experiencias, sino también recuperar el control de su propio relato. Este cambio de dinámica, de recibir pasivamente la propia historia a conducirla activamente, puede ser profundamente empoderador para las personas con una experiencia de trauma. Por otra parte, hay que reconocer que, para otras personas, adentrarse en estas dolorosas experiencias pasadas puede ser una tarea difícil, cargada de malestar emocional. Ello subraya la naturaleza compleja y profundamente personal de la recuperación del trauma. También pone de relieve el papel decisivo de las y los profesionales a la hora de crear un entorno seguro y de apoyo. Comprender y respetar las necesidades y preferencias propias de cada persona es primordial para ofrecer una atención eficaz del trauma. Esto implica reconocer cuándo la comunicación verbal puede no ser el enfoque más adecuado o cómodo. En esos casos, otras formas de expresión, como la escritura (Frattaroli, 2006; Pennebaker & Beall, 1986), pueden ofrecer una vía valiosa para elaborar y expresar las complejas emociones asociadas al trauma.
Si se atiende al género, resultó evidente que tanto los padres como las madres que hablaron de una experiencia de violencia entre sus progenitores en la infancia refirieron que la violencia la ejercía el padre. Este resultado parece coherente con la literatura que defiende una perspectiva de género sobre la transmisión intergeneracional de la violencia (Radford et al., 2019): cuando niñas y niños presencian violencia del padre hacia la madre en su hogar, ello puede tener efectos duraderos. En los hijos varones, puede contribuir a una mayor probabilidad de ejercer violencia en sus propias relaciones de pareja más adelante. En las hijas, en cambio, puede aumentar la posibilidad de sufrir victimización en sus relaciones de pareja adultas. Es fundamental reconocer que las estructuras patriarcales y los desequilibrios de poder pueden estar en la base de estos patrones intergeneracionales de violencia. Los padres pueden ser vistos como figuras de autoridad y de poder dentro de la unidad familiar que, en estas dinámicas de poder, pueden recurrir a comportamientos controladores o agresivos. A medida que los hijos varones observan e interiorizan estas dinámicas, pueden reproducirlas, consciente o inconscientemente, en sus propias relaciones adultas. Estos comportamientos y actitudes aprendidos pueden manifestarse en sus relaciones adultas y perpetuar el ciclo de la violencia (McCormack & Lantry, 2022; Mihalic & Elliott, 1997). Además, ciertos padres parecían utilizar sus experiencias adversas de la infancia como medio para racionalizar su violencia. Esta interpretación se apoya en el trabajo de Hearn (1998) y en otros estudios recientes (por ejemplo, Kelly & Westmorland, 2016; Seymour et al., 2021), según los cuales, cuando los hombres hablan de la violencia, a menudo buscan establecer cierta credibilidad ante quien les entrevista, ofreciendo explicaciones, excusas y justificaciones de su comportamiento agresivo. En consecuencia, algunos «justificaban» sus actos violentos estableciendo paralelismos con la conducta de hombres de su pasado. Desde esta perspectiva, puede argumentarse que la cultura proporciona el telón de fondo de la violencia o construye su norma. En este sentido, encontraban «apoyo», o incluso validación, en esos hombres y en los relatos y recuerdos asociados a ellos. Para estos hombres, la violencia ejercida por otros hombres puede verse como parte integrante de una trayectoria y una cultura de la agresión que acaba extendiéndose a la violencia contra las mujeres (Hearn, 1998). Es fundamental señalar que este patrón no siempre se aplica: algunos hombres del estudio mostraron comprensión de su comportamiento violento y asumieron la responsabilidad de sus actos. Aunque este no era el foco principal del estudio, es esencial reconocerlo y tener en cuenta el lenguaje que utilizan los hombres para describir el comportamiento violento, ya que puede ser un indicador de cambio terapéutico (Seymour et al., 2021).
Además, las madres expresaron que lidiaban con sentimientos de autoculpa por sus experiencias negativas de la infancia. La autoculpa consiste en atribuir un acontecimiento a las propias acciones (Rancher et al., 2022) y es una experiencia frecuente entre las mujeres que han sufrido violencia. La investigación indica que este sentimiento de culpabilidad podría funcionar como un mecanismo de afrontamiento, que permite a las mujeres racionalizar y encontrar una razón para los acontecimientos traumáticos que vivieron (Ullman et al., 2007). Además, las reacciones negativas de otras personas, como las actitudes que culpan a la víctima, pueden agravar o incluso provocar esta autoculpa (Taccini & Mannarini, 2023; Ullman et al., 2007). Ello puede tener un efecto perjudicial en el bienestar mental de las mujeres y obstaculizar su capacidad de buscar ayuda, perpetuando así un ciclo dañino que agrava su malestar psicológico (Beck et al., 2011; McLean & Foa, 2017). Algunas madres que participaron en el programa For Baby’s Sake señalaron que la intervención había tenido un impacto positivo en sus sentimientos de autoculpa. En particular, informarse en las sesiones de psicoeducación sobre cómo afecta la violencia a la infancia no solo mejoró su comprensión del entorno en el que querían criar a sus hijos e hijas, sino que también arrojó luz sobre algunos de sus propios comportamientos y emociones que podían atribuirse a sus EAI. Como resultado, se redujo su sentimiento de culpa por esos acontecimientos traumáticos. Además, el entorno del programa For Baby’s Sake contribuyó a reducir los sentimientos de culpa. De hecho, la creación de un entorno inclusivo y sin juicios dentro del programa desempeñó un papel importante para que las personas participantes pudieran hablar abiertamente de sus experiencias negativas y de su condición de personas que han sufrido violencia, al ofrecerles un espacio en el que sentirse seguras y apoyadas. Vivir una atmósfera libre de juicios es especialmente importante para las mujeres que han sufrido VAD, ya que en un contexto así es más probable que se sientan cómodas para compartir sus experiencias sin miedo a que se las responsabilice de la violencia que sufrieron. Este entorno sin juicios se alinea además con las buenas prácticas de la atención informada por el trauma (Raja et al., 2015), que “se basa en la comprensión de que la mayoría de las personas en contacto con los servicios sociales y sanitarios han vivido un trauma, y esta comprensión debe impregnar las relaciones y la prestación de los servicios” (Sweeney et al., 2016, p. 174). En consecuencia, durante el programa se reconoció la naturaleza compleja y delicada de la VAD, y el trabajo dio prioridad al bienestar emocional y a la autonomía de las mujeres. Al crear un espacio en el que las mujeres pueden hablar de sus experiencias sin miedo a ser culpadas, el programa les permite tomar el control de sus relatos e iniciar el proceso de sanación y recuperación.
Del mismo modo, los padres destacaron el profundo impacto de vivir un entorno sin juicios. Este contexto les permitió afrontar la violencia que habían infligido a sus parejas. Este énfasis en la importancia de un entorno así subraya que adentrarse en conversaciones sobre el comportamiento violento requiere un espacio libre de condena o juicio social. Ello, a su vez, puede favorecer un entorno en el que los hombres que han ejercido VAD se sientan más dispuestos a afrontar y elaborar sus actos, lo que conduce a una comprensión más profunda y a una posibilidad de cambio. Así, el programa logró un cuidadoso equilibrio entre no juzgar y, al mismo tiempo, cuestionar las creencias dañinas de los hombres sobre la aceptabilidad del uso de la violencia. Este delicado equilibrio desempeñó un papel decisivo en la creación de un entorno de apoyo en el que las personas participantes se sentían a la vez validadas y responsables de sus actos. Al fomentar una atmósfera de comprensión y de confrontación constructiva, el programa pretendía facilitar un proceso transformador en el que cada persona pudiera enfrentarse a las raíces de su comportamiento violento. Ello, a su vez, podría allanar el camino hacia un cambio más profundo y duradero hacia formas no violentas en sus relaciones. Este resultado concuerda con investigaciones anteriores (por ejemplo, Knight & Modi, 2014; Morrison et al., 2019). Por ejemplo, Morrison et al. (2019) entrevistaron a 76 hombres que habían ejercido violencia en la pareja (VPI) y que participaban en una intervención para reducir el maltrato, con el fin de conocer su visión de las personas facilitadoras que dirigían el programa. Uno de los seis temas destacados de su estudio fue la experiencia de una facilitación sin juicios. Este término designaba a las personas facilitadoras que mostraban una actitud abierta y no condenatoria hacia los participantes. Esta actitud se reconocía como un elemento crucial para fomentar una sensación de seguridad, que permitía a los participantes sentirse cómodos para expresarse en las sesiones y recibir la retroalimentación de quienes facilitaban.
Tanto madres como padres reflexionaron sobre si estas experiencias negativas en la infancia constituían también un factor de riesgo para el desarrollo de trastornos mentales o de problemas de consumo de sustancias. Esto concuerda con la evidencia científica (por ejemplo, Dube et al., 2003; He et al., 2022; Merrick et al., 2017), que muestra que cuanto mayor es el número de acontecimientos traumáticos vividos en la infancia, mayor es la probabilidad de sufrir problemas de salud mental y de consumo de sustancias en la edad adulta. Sin embargo, es importante señalar que sufrir violencia y abuso en la infancia no implica causalmente sufrir violencia y abuso en la edad adulta. De hecho, la violencia y el abuso en la infancia son uno de los muchos factores de riesgo de sufrir violencia y abuso en la edad adulta. Por ejemplo, otros factores de riesgo para ejercer violencia y abuso son el estrés económico, los trastornos mentales, incluidos los trastornos de la personalidad (como el trastorno antisocial de la personalidad), y los problemas de consumo de alcohol y drogas (Capaldi et al., 2012; Schluter et al., 2008; Slep et al., 2010).
Conviene reconocer que esta muestra estaba formada por madres y padres que participaban en un programa terapéutico intensivo y que, en consecuencia, sus percepciones pueden no reflejar las de la población más amplia afectada por la VAD, ya que el programa aborda explícitamente el impacto de la violencia y el abuso. Además, parece que el lenguaje y el tipo de discurso sin juicios utilizados en el programa ayudaron a las personas participantes a abrirse al personal y mejoraron la comprensión del uso de comportamientos abusivos y el desarrollo de la toma de conciencia.
Las madres y los padres de este estudio subrayaron su firme compromiso de romper el ciclo de la violencia y de proteger a sus hijos e hijas de vivir la VAD directa o indirectamente como una motivación clave para participar en For Baby’s Sake. Expresaron la esperanza de que su participación en la intervención les permitiera adquirir estrategias sanas para proteger a sus hijos e hijas de los acontecimientos adversos.
Las personas participantes relacionaron sus propias experiencias de crianza en la infancia con sus prácticas de crianza actuales, describiendo un concepto de transmisión intergeneracional de la parentalidad (Madden et al., 2015). Habían desarrollado una conciencia creciente del impacto que los estilos y comportamientos de crianza vividos en la infancia tenían en la configuración de sus estilos de crianza actuales. Esta conciencia reforzó su determinación de evitar que sus hijos e hijas vivieran los mismos traumas que ellas y ellos en su infancia. En consecuencia, a lo largo de la intervención For Baby’s Sake, tanto madres como padres describieron el uso de técnicas de crianza positiva caracterizadas por el cuidado, la calidez parental, la seguridad, el afecto y la implicación con sus hijos e hijas. Además, en la entrevista de seguimiento a los dos años, la mayoría de las madres describió su relación con sus hijos e hijas como marcada por la atención a la socialización emocional, que puede definirse como un proceso complejo y multifacético orientado al desarrollo o la mejora de la comprensión, la expresión y la regulación de los sentimientos y las emociones en la infancia (Eisenberg et al., 1998).
En cuanto a los padres, este estudio identificó en los hombres una mayor atención a su regulación emocional y al uso de estrategias adaptativas y positivas de regulación emocional en presencia de sus hijos e hijas. La regulación emocional se caracteriza por «(a) la conciencia y la comprensión de las emociones, (b) la aceptación de las emociones, (c) la capacidad de controlar los comportamientos impulsivos y de comportarse de acuerdo con los objetivos deseados al experimentar emociones negativas, y (d) la capacidad de utilizar con flexibilidad estrategias de regulación emocional adecuadas a la situación para modular las respuestas emocionales como se desee, con el fin de cumplir los objetivos individuales y las exigencias de la situación» (Gratz & Roemer, 2004, pp. 43–44). Aunque la literatura sobre el papel de los padres en la regulación emocional de la infancia es escasa, los datos sugieren que la experiencia de un padre emocionalmente desregulado puede afectar negativamente a la regulación emocional de la criatura (Bariola et al., 2011). En consecuencia, la regulación emocional de ambas figuras parentales es clave para la socialización emocional infantil (Bariola et al., 2011; Eisenberg et al., 1998; Morelen et al., 2016). En este sentido, los padres subrayaron la importancia de adquirir nuevas habilidades para identificar y regular su ira, con el fin de romper el ciclo de la violencia y no perpetuarlo con sus parejas y sus hijos e hijas. Además, los padres contaron que la psicoeducación sobre el desarrollo infantil reforzó su motivación para romper el ciclo de la violencia, porque pudieron comprender las consecuencias que la experiencia de la violencia en el entorno familiar puede tener en la infancia.
Utilizar un enfoque informado por el trauma con personas que han vivido un trauma debe comenzar por comprender sus necesidades específicas (Anyikwa, 2016; Campbell et al., 2019; Wilson et al., 2015). El análisis nos permitió identificar qué aspectos de la intervención For Baby’s Sake consideraban más útiles las personas participantes y qué necesidades querían abordar en relación con la recuperación de la VAD y la mejora de sus relaciones parentales.
En concreto, las personas participantes de este estudio compartieron la necesidad de vivir un entorno seguro y sin juicios en el que pudieran hablar libremente de las experiencias adversas de la crianza que recibieron y en el que pudieran cambiar la perspectiva sobre sí mismas y sobre sus habilidades parentales. En este sentido, los datos sugieren que la culpa y la vergüenza, estrechamente asociadas al trastorno de estrés postraumático y a la depresión (McLean & Foa, 2017; Owens et al., 2009; Taccini et al., 2022), deberían abordarse especialmente en cualquier intervención psicológica. Los padres subrayaron la utilidad de adquirir nuevas formas de regular la ira.
La intervención abordó también las prácticas de crianza, y la mayoría de las personas participantes de este estudio consideró que la retroalimentación en vídeo sobre las interacciones con sus hijos e hijas era útil para mejorar sus comportamientos de crianza y su sintonía con ellos. También ayudó a mejorar su autoestima y su autoeficacia como madres y padres. La psicoeducación sobre el desarrollo de sus hijos e hijas mejoró igualmente la autoestima y la autoeficacia, ya que las personas participantes sentían que disponían de un espacio seguro donde obtener información útil sobre el desarrollo infantil y plantear preguntas sobre la crianza. En consecuencia, la retroalimentación en vídeo sobre las interacciones entre progenitores e hijos o hijas y la psicoeducación sobre el desarrollo infantil se identificaron como técnicas útiles tanto para padres como para madres en situaciones de VAD.
Cabe señalar algunas limitaciones de esta investigación. En primer lugar, aunque el número de entrevistas cualitativas recogidas en la evaluación fue elevado, en particular en lo que respecta a las entrevistas con personas que han tenido comportamientos abusivos, se realizaron más entrevistas con madres que con padres. Esto puede deberse a que se inscribieron menos padres en el programa For Baby’s Sake, lo que dio lugar a un número menor de participantes varones. En segundo lugar, hubo abandonos (N = 20) en las entrevistas de seguimiento a los dos años. En concreto, en la entrevista de seguimiento a los dos años se alcanzó una tasa de seguimiento del 47%. En tercer lugar, este estudio no pretendía investigar los cambios a lo largo del tiempo desde una perspectiva longitudinal. No obstante, trabajos futuros abordarán esta cuestión.
Un punto fuerte clave de este estudio fue el amplio enfoque longitudinal adoptado, con entrevistas repetidas a las personas participantes a lo largo de un periodo considerable (en concreto, 2 años en total). Este enfoque no solo refuerza la solidez de la investigación, sino que ofrece también a otras intervenciones sobre la VAD la oportunidad de extraer enseñanzas valiosas. Su aplicabilidad más amplia se debe a que estudiar la violencia y la parentalidad a lo largo del tiempo puede ofrecer una evaluación completa de cómo evolucionan las relaciones entre progenitores e hijos o hijas. Además, un análisis tan prolongado facilita la identificación de beneficios potencialmente duraderos de la intervención, lo que contribuye a una comprensión más matizada de su eficacia a largo plazo.
Esta investigación se centró en explorar cómo madres embarazadas que sufren VAD y hombres que ejercen VAD, participantes en un programa terapéutico de parentalidad, percibían el impacto de las EAI en sus comportamientos y estilos de crianza.
Los resultados mostraron que las personas participantes entendían los acontecimientos traumáticos de la infancia como un factor de riesgo para su experiencia de violencia y abuso en las relaciones de pareja en la edad adulta. Además, varias personas participantes refirieron haber desarrollado problemas de salud mental y de consumo de sustancias como consecuencia de sus experiencias negativas en la infancia.
En cuanto a los estilos y comportamientos de crianza, la mayoría de las madres señaló que la intervención reforzó sus prácticas de crianza positiva y su atención a la socialización emocional de sus hijos e hijas. La mayoría de los padres refirió una atención creciente al uso de estrategias adaptativas de regulación emocional delante de sus hijos e hijas y el impacto positivo que ello tuvo en la relación con ellos. Tanto las madres como los padres expresaron una fuerte motivación para romper el ciclo de la violencia y evitar que sus hijos e hijas vivieran los mismos acontecimientos traumáticos que habían vivido ellas y ellos.
Una enseñanza clave de For Baby’s Sake es que las intervenciones destinadas a romper la continuidad de la violencia deben centrarse en el desarrollo de estrategias de regulación emocional por parte de las personas participantes, en el refuerzo de su autoconciencia y de sus prácticas de crianza positiva. Además, las intervenciones deberían incluir formación, educación y empoderamiento terapéutico sobre el desarrollo psicológico infantil, para ayudar a madres y padres a sintonizar mejor con las necesidades de sus hijos e hijas y a comprender el impacto del entorno familiar en el desarrollo infantil.
Complexe Systémique: puntos clave
El estudio tiene el raro mérito de escuchar, dentro de un mismo programa, tanto a las madres que sufren la violencia como a los padres que la ejercen, y de hacerlo en torno al nacimiento, el momento en que la familia se reorganiza y la historia de cada progenitor vuelve a primer plano. For Baby’s Sake trabaja con ambas figuras parentales, por separado, sin exigirles que sigan juntas ni que se separen, y se apoya en la criatura por nacer como palanca de cambio. Para la clínica destacan tres elementos: la autoculpa de las madres, que retrocede a medida que comprenden lo que la violencia hace al desarrollo infantil; la regulación de la ira en los padres, y la retroalimentación en vídeo de las interacciones con el bebé, que devuelve la confianza. El equipo señala también un riesgo bien conocido en este campo: la historia infantil puede convertirse en una excusa, y una postura sin juicios no debe eximir a nadie de afrontar su responsabilidad. La seguridad de las mujeres y de la infancia sigue siendo la condición previa de este trabajo. Los límites residen en una muestra implicada en un programa intensivo, menos entrevistas con padres y una tasa de seguimiento del 47%. Puede leerse junto con el artículo sobre la AEAI para romper el ciclo del trauma intergeneracional y con el artículo sobre hombres condenados por violencia en la pareja en Turquía.
Notas del original
Agradecimientos. Queremos dar las gracias a todas las familias que participaron en este estudio. KT, MH, NS y JD recibieron financiación de la Stefanou Foundation para llevar a cabo el estudio de evaluación independiente. El resto de la autoría no recibió financiación específica para este estudio. La Dra. Josephine Ocloo, del King’s College London, cuenta con el apoyo del National Institute for Health and Care Research (NIHR) Applied Research Collaboration South London (NIHR ARC South London) en el King’s College Hospital NHS Foundation Trust. Las opiniones expresadas son las de la autoría y no necesariamente las del NIHR ni del Department of Health and Social Care. La Dra. Harriet MacMillan cuenta con el apoyo de la Chedoke Health Chair in Child Psychiatry. A efectos del acceso abierto, la autoría ha aplicado una licencia Creative Commons Attribution (CC BY) a cualquier versión del manuscrito aceptado derivada de este envío.
Financiación. The For Baby’s Sake Trust (conocida como The Stefanou Foundation en el momento de la financiación).
Conflicto de intereses. No aplicable.
Referencias
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Traducción no oficial al español de ‘It’s so Beneficial to be Able to Stop the Cycle’: Perceptions of Intergenerational Transmission of Violence and Parenting Practices Among Pregnant Women and their Abusive Partners, de Federica Taccini, Jill Domoney, Josephine Ocloo, Margaret Heslin, Sarah Byford, Debra Bick, Louise M. Howard, Harriet MacMillan, Stefania Mannarini, Paul Ramchandani, Nicky Stanley y Kylee Trevillion, Journal of Family Violence, vol. 40, n.o 6 (2025), doi: 10.1007/s10896-024-00685-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Traducción no oficial del artículo original «‘It’s so Beneficial to be Able to Stop the Cycle’: Perceptions of Intergenerational Transmission of Violence and Parenting Practices Among Pregnant Women and their Abusive Partners», publicado en Journal of Family Violence (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Taccini, F., Domoney, J., Ocloo, J., Heslin, M., Byford, S., Bick, D., Howard, L. M., MacMillan, H., Mannarini, S., Ramchandani, P., Stanley, N., y Trevillion, K. (2025). ‘It’s so Beneficial to be Able to Stop the Cycle’: Perceptions of Intergenerational Transmission of Violence and Parenting Practices Among Pregnant Women and their Abusive Partners. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/it-s-so-beneficial-to-be-able-to-stop-the-cycle-intergenerational-transmission-of-violence (Obra original publicada en 2024 en Journal of Family Violence, 40(6), 1091-1107 (2025); republicada en 2025 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-024-00685-0)
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