Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
¿Cómo implicar a un adolescente que ejerce violencia contra su madre cuando él mismo creció en un contexto de violencia doméstica? En Australia, el equipo de Amy Young entrevistó a 14 profesionales de un programa de Queensland centrado en la violencia de hijos hacia sus madres. Su respuesta descansa en un equilibrio: reconocer el trauma de los hijos sin renunciar a su responsabilización, acercarse a las familias en su propio hogar y trabajar estrechamente con las madres.
Traducción no oficial al español de Adolescent to Parent Violence in the Wake of Domestic and Family Violence: Practitioner Insights, de Amy Young, Jemma Venables, Ryan O’Connell y Patrick O’Leary, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10896-025-00927-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Puede resultar difícil implicar en una intervención a los chicos adolescentes que ejercen violencia en el hogar, sobre todo si albergan un sentimiento de injusticia.
Amy Young, Jemma Venables, Ryan O’Connell y Patrick O’Leary
Resumen
Objetivo. La violencia filio-parental adolescente (APV) se reconoce cada vez más como un problema social y está correlacionada con la exposición a otros tipos de violencia en la familia. Una parte de las y los jóvenes que ejercen violencia contra sus madres y padres ha estado expuesta a violencia doméstica y familiar (DFV); muchos de ellos son chicos y la mayoría de las víctimas son madres. Cada vez se pide más a profesionales que respondan a este problema, pero existen relativamente pocos servicios específicos y el conocimiento sobre la mejor manera de responder es todavía embrionario. La infancia es víctima directa de la DFV, ya sea por ser su blanco o por la exposición a la violencia contra sus madres, sus hermanos y hermanas y sus mascotas; al intentar intervenir en el maltrato; al quedar atrapada en medio de la violencia dirigida contra sus madres; o al ser manipulada para participar en el maltrato. Estas exposiciones pueden tener diversos efectos traumáticos, como problemas de apego y ansiedad. Este artículo presenta los resultados de la evaluación de una intervención innovadora destinada a abordar la APV, en concreto la violencia de hijos hacia sus madres, en el contexto de una DFV ejercida por un adulto, llevada a cabo en Queensland (Australia). Este artículo llena un vacío en la literatura al exponer las perspectivas profesionales sobre los conocimientos, las competencias y los procesos necesarios para implicar a hijos de 12 a 17 años en intervenciones sobre la APV orientadas a reducir la violencia, reconstruir el apego y abordar el trauma.
Métodos. Este artículo se basa en datos de la evaluación de un programa sobre la APV. Se realizó un análisis temático de entrevistas semiestructuradas en profundidad con 14 profesionales que impartían intervenciones psicoeducativas o terapéuticas dentro del programa.
Resultados. Los temas clave del estudio indican que el equipo profesional aboga por adoptar una mirada sensible al trauma y un enfoque de proximidad para implicar a las personas jóvenes en torno a la violencia que han vivido y, a partir de ahí, construir la implicación necesaria para abordar la violencia que ellas mismas ejercen. Se reconoció la importancia de las relaciones entre las figuras de Referente de Jóvenes y de Referente de Mujeres para garantizar que la voz de las personas jóvenes y la de las madres guiaran la intervención.
Conclusión. Los resultados pueden orientar la práctica a la hora de favorecer el cambio de comportamiento y la recuperación de jóvenes que ejercen violencia y han estado expuestos a la DFV, y ofrecen sugerencias tanto para las intervenciones clínicas como para la investigación futura sobre la APV.
Palabras clave: violencia filio-parental adolescente, violencia doméstica y familiar, práctica del trabajo social, violencia juvenil, violencia adolescente en el hogar, violencia de hijos hacia sus madres
La violencia filio-parental adolescente (APV) se reconoce cada vez más como un problema infradenunciado (Baker & Bonnick, 2021). En este artículo empleamos el término APV porque refleja la terminología de uso común en Queensland (Australia), donde se realizó el estudio. Reconocemos que las chicas pueden ejercer violencia contra sus madres y padres, y que los padres y otros miembros de la familia o personas cuidadoras pueden ser blanco de la violencia (Cottrell, 2001). No obstante, este artículo se centra en la violencia de hijos hacia sus madres, ya que los datos presentados proceden de la evaluación de un programa dirigido específicamente a esta forma de APV en familias con experiencias previas de violencia doméstica y familiar. El Gobierno de Queensland financió el Programa como parte de su estrategia para acabar con la violencia contra las mujeres.
Aunque numerosos estudios sugieren que la DFV ejercida por personas adultas es un predictor significativo de la APV (véase Hong et al.’s, 2012), otros trabajos advierten de la falta de evidencia que respalde la afirmación de una relación causal directa entre DFV y APV (véase Ibabe et al., 2023 para una crítica detallada de los correlatos familiares). Sin embargo, esta intersección entre APV y DFV sigue interesando a profesionales y a la investigación como espacio de intervención y apoyo. Los efectos del trauma en las personas jóvenes pueden moldear su apego y sus relaciones posteriores (Levenson, 2017). El impacto de la violencia en la infancia y la adolescencia no está predeterminado; sin embargo, el género puede moldear las reacciones posteriores (Evans et al., 2008). Rak y Warton (2023) sugieren que la manera en que las personas jóvenes entienden la violencia que ejercen está «vinculada a la identidad, pero también situada en contextos de trauma, lugar, género, relacionalidad y comunidad» (p. 42), por lo que se necesitan intervenciones sensibles al género. La complejidad de trabajar con este grupo exige profesionales cualificados y formados en un enfoque sensible al trauma.
Este artículo se centra en las experiencias profesionales a la hora de implicar a chicos (en adelante, los hijos) y a sus madres en un programa especializado que aborda la APV tras experiencias de DFV ejercida por un hombre adulto. Dada la escasa atención que la literatura sobre violencia familiar presta a la APV, es probable que quienes trabajan con la APV puedan aportar luz sobre prácticas innovadoras. Este artículo llena un vacío en la literatura en lo que respecta a las perspectivas profesionales sobre cómo implicar a los hijos en intervenciones sobre la APV que también apoyan a las madres.
Presentamos una parte de los resultados de la evaluación de un programa de intervención especializado en APV, que incluía un componente psicoeducativo y un componente terapéutico, impartidos por dos entidades distintas, y que trabajaba específicamente con hijos de 12 a 17 años que ejercían APV contra sus madres. La pregunta de investigación que se explora en este artículo es: ¿qué conocimientos, competencias y procesos consideran útiles quienes ejercen en este ámbito para implicar a los hijos en un programa sobre la APV? Formulamos esta pregunta a partir de nuestra trayectoria profesional en la investigación y la práctica del trabajo social. Todas las personas autoras son profesionales de Australia con experiencia en DFV y protección de la infancia. Dos integrantes del equipo tienen un interés especializado en implicar a hombres en programas de cambio de comportamiento, y dos, en la participación infantil. Estos intereses y experiencias convergieron en la elaboración de la pregunta de investigación, que examina de forma explícita las experiencias profesionales y la implicación de jóvenes varones. Todo el equipo de investigación aporta una comprensión del desarrollo infantil sensible al trauma.
En la literatura se utilizan términos diversos y discutidos para describir la APV, como violencia filio-parental (CPV) y violencia adolescente en el hogar (AVITH). La variabilidad de la terminología y de las definiciones contribuye a que las mediciones y las estimaciones de prevalencia sean incoherentes. Existe acuerdo en distinguir la APV de la rebeldía adolescente y de la puesta a prueba de los límites (Baker & Bonnick, 2021; Coogan, 2011).
Ibabe (2020) propuso una tipología de la agresión de jóvenes hacia sus madres y padres que puede aplicarse a distintos tipos de APV para explicar resultados de investigación contradictorios. La tipología de Ibabe incluye la agresión ofensiva (abusiva), defensiva (autodefensa o resistencia violenta al maltrato parental), afectiva (violencia impulsiva y espontánea en ausencia de maltrato de progenitores a hijos o entre progenitores) y situacional (agresión menor derivada de un conflicto situacional más que del control o la autodefensa) (Ibabe, 2020). Este artículo se centra en la APV ofensiva, ya que el programa estudiado se diseñó para abordar esta forma de APV. Ibabe sostiene que la agresión ofensiva de hijos hacia sus madres y padres es «similar al terrorismo íntimo descrito por Johnson [2008] como un patrón de maltrato ofensivo, sistemático y controlador propio de la violencia de género ejercida por hombres» (Ibabe, 2020, p. 8). Una definición frecuente de este tipo de APV es la de un patrón de actos abusivos que hijas e hijos utilizan intencionadamente para obtener poder y control sobre sus madres y padres o para causarles un daño físico, psicológico o económico (Cottrell, 2001; Holt, 2011; Williams et al., 2017). La edad de mayor incidencia de este patrón de conducta se sitúa entre los 14 y los 17 años (Simmons et al., 2018). Las madres tienen más probabilidades de ser blanco de la APV (Simmons et al., 2018). Para las madres que han vivido DFV, el periodo en que sus hijos adolescentes ponen a prueba los límites puede desencadenar respuestas traumáticas, lo que hace aún más complejo distinguir entre la puesta a prueba de los límites y las conductas que constituyen APV.
La investigación de Ibabe y Jaureguizar (2010) sugiere que el posible aprendizaje por modelado de conductas agresivas, al presenciar la DFV contra la madre, es un factor que influye en el desarrollo de la violencia adolescente en el hogar. Otro efecto atribuido a este modelado de la agresión y la violencia es que la persona menor puede llegar a considerar las conductas de violencia física y de control emocional inapropiadas que presencia en las personas adultas de su entorno como formas adecuadas de gestionar los conflictos interpersonales y de participar en ellos (Selwyn & Meakings, 2016). Las conductas de control pueden formar parte del patrón de violencia de un adolescente. Sin embargo, sobre todo tras una separación, es importante comprender que las personas jóvenes que ejercen control coercitivo pueden estar todavía sometidas a la coerción de un agresor adulto o ser utilizadas por él para controlar a la superviviente de la DFV.
La DFV coercitiva y controladora afecta conjuntamente a las madres y a sus hijos e hijas como covíctimas (Dragiewicz et al., 2021). La infancia está expuesta a la DFV entre personas adultas y se ve implicada en ella (Holden, 2003; Holt et al., 2008; Øverlien & Holt, 2019), y responde y se resiste a la violencia que un progenitor ejerce contra el otro (Dragiewicz et al., 2021; Feresin et al., 2019; Katz, 2016). La infancia se ve implicada en la DFV como víctimas directas; a través de la exposición a la violencia contra sus madres, la fratría y sus mascotas; al intentar intervenir en el maltrato; al quedar atrapada en medio de la violencia dirigida contra sus madres; y al ser manipulada para participar en el maltrato (Bancroft et al., 2012; Dragiewicz et al., 2021; Harne, 2011; Katz, 2016).
La infancia tiene más probabilidades de aceptar la violencia cuando la presencia o cuando es víctima de ella, lo que hace probable que en el futuro recurra a más actos violentos (Junco-Guerrero et al., 2021). Quienes ejercen actos de violencia contra sus madres y padres suelen intensificar su conducta con el tiempo, empezando por lo general con conflictos y maltrato verbales y escalando finalmente hacia el maltrato físico, emocional o de otro tipo (Ibabe & Jaureguizar, 2010). Un estudio con jóvenes con medidas del sistema de justicia juvenil español constató que el contexto en el que se produce la exposición a la violencia influye en los predictores de la APV (Contreras & Cano, 2016). El grupo con APV declaró niveles más altos de exposición a la violencia en el hogar, mientras que el grupo sin APV declaró niveles más altos de exposición a la violencia en la comunidad (Contreras & Cano, 2016).
La exposición a la DFV tiene consecuencias a largo plazo en los planos físico, cognitivo, psicológico, social, emocional y conductual en la infancia y la adolescencia (Bryce, 2015). La infancia expuesta a la violencia puede correr un riesgo considerable de desarrollar síntomas traumáticos que afectan negativamente a su apego con las principales personas cuidadoras y a su desarrollo general (Evans et al., 2008; Kitzmann et al., 2003; Margolin & Vickerman, 2011; Russell et al., 2010; Wolfe et al., 2003). La población infantil expuesta a la DFV refiere más síntomas depresivos, más ansiedad y más preocupación que quienes no han estado expuestos (Evans et al., 2008). Factores que se entrecruzan, como un diagnóstico de salud mental o una adicción, pueden concurrir cuando las personas jóvenes ejercen violencia en el hogar. Al examinar los datos de 200 atestados policiales de agresiones relacionadas con la DFV que dieron lugar a una imputación penal de una persona joven, Freeman (2018) constató que en el 16% de los casos constaba una condición de salud mental especificada. El consumo de alcohol y otras sustancias también figuraba en las estadísticas: en el 11% de la misma muestra se consideró que la persona estaba bajo los efectos de drogas o alcohol en el momento del incidente, y el alcohol era la sustancia más mencionada (Freeman, 2018). El desarrollo de la APV en una persona joven debe contemplarse de forma holística y psicosocial, así como en el plano más micro e individual.
Las experiencias y percepciones profesionales documentadas han aportado una valiosa comprensión de la APV. Según estas percepciones, los factores que influyen en la APV se sitúan en los ámbitos de los problemas de salud mental, la pérdida y el duelo, el trauma complejo y las discapacidades mentales y físicas, a veces sustentados por problemáticas intergeneracionales de maltrato, tanto en chicos como en chicas jóvenes (Bettinson & Quinlan, 2020). Bettison y Quinlan (2019) sugieren además que la APV puede entenderse como una estrategia de afrontamiento que permite a las personas jóvenes sentir que pueden recuperar cierto control sobre su vida.
Para seguir desarrollando intervenciones eficaces frente a la APV, las herramientas de evaluación y cribado desempeñan un papel importante en la identificación de conductas violentas en las familias (O’Hara et al., 2017). Identificar la APV puede resultar difícil, ya que depende de la evaluación del funcionamiento general de la familia junto con la estructura actual e histórica de la unidad familiar, considerada a la luz de la etapa de desarrollo, en constante cambio, en la que se encuentra la persona joven que ejerce violencia (O’Hara et al., 2017). Aunque existen numerosos instrumentos para medir la gravedad y la frecuencia de la violencia ejercida por adolescentes, pocos evalúan la violencia hacia madres y padres (O’Hara et al., 2017). Toole-Anstey et al. (2021) señalaron la falta de herramientas de cribado y evaluación de la CPV en Australia, lo que puede dar lugar a una identificación deficiente de la APV y, en última instancia, a que jóvenes y familias sean derivados a servicios menos adecuados o menos preparados para situaciones en las que una persona joven ejerce violencia contra sus madres o padres. El AVITH Collaborative Practice Framework, elaborado en Australia, se creó recientemente en parte para intentar subsanar estas carencias, ya que su autoría reconocía que las personas jóvenes que ejercen violencia en el hogar y sus familias a menudo no recibían respuestas adecuadas de los servicios (Campbell et al., 2023). Este marco ofrece un enfoque holístico y basado en la evidencia de la AVITH, al proporcionar a profesionales, organizaciones y administraciones información y sugerencias sobre la complejidad de la AVITH (Campbell et al., 2023).
La APV comparte varios problemas de medición bien documentados con la investigación sobre la violencia en la pareja. La APV está infradenunciada ante los servicios y los dispositivos de respuesta (Cox, 2016). La vergüenza y el estigma que sienten las cuidadoras, así como la falta de reconocimiento y de un lenguaje para describir la APV, contribuyen a esta infradenuncia (Campbell et al., 2023). Las mujeres víctimas de APV refieren sentir vergüenza por ser victimizadas y temen que se las culpe de su propia victimización (Williams et al., 2017). Para contrarrestar la infradenuncia, se necesita investigar los distintos tipos de APV y las intervenciones que los abordan, a fin de comprender mejor este problema.
Existe un número reducido, aunque creciente, de programas destinados a abordar la APV, cada uno sustentado en conceptualizaciones distintas de sus causas, que se reflejan en prácticas y diseños de programa diferentes (Holt, 2013, 2016). Por ejemplo, los enfoques centrados en soluciones y basados en las fortalezas sustentan el programa australiano de empoderamiento parental «Who’s in Charge?», mientras que «Step-Up», un programa grupal estadounidense dirigido a la vez a madres y padres y a sus hijos e hijas, se apoya en el aprendizaje de habilidades cognitivo-conductuales (Routt & Anderson, 2011). En cambio, un marco basado en los derechos inspira el modelo de Resistencia No Violenta utilizado en Israel (Omer, 2004, 2021), el Reino Unido e Irlanda (Coogan, 2011). Pese a estas variaciones en el diseño de los programas, existe acuerdo en que el trabajo con adolescentes requiere enfoques distintos de los programas para personas adultas que ejercen violencia en la familia (Elliott et al., 2017; O’Hara et al., 2017) y en que debe situarse en servicios sociales interdisciplinarios y no en el sistema judicial (Douglas & Walsh, 2018; Miles & Condry, 2015; O’Hara et al., 2017). La investigación coincide en que las respuestas a la APV deben equilibrar el bienestar y la seguridad de las mujeres y de la infancia (Moulds et al., 2016) y ser holísticas y centradas en la familia (Miles & Condry, 2015). La investigación de Shanholtz et al (2020) recomendaba que las intervenciones sobre la APV abordaran los factores emocionales, conductuales y psicológicos que afectan a quienes ejercen violencia, trabajaran para crear relaciones familiares positivas y abordaran los obstáculos a la búsqueda de ayuda. La investigación apunta a la necesidad de intervenciones matizadas, individualizadas y centradas en la familia, para evitar la responsabilización de madres y padres víctimas y de jóvenes que pueden ejercer violencia y ser también víctimas de ella (Miles & Condry, 2015).
Quienes participaron en el estudio de O’Toole et al. (2020) expresaban reticencia a recurrir a los servicios públicos de protección de la infancia, ya que a menudo las familias no querían que se les retirara la custodia de su hijo o hija. En cambio, consideraban que la respuesta más útil sería una intervención terapéutica centrada en soluciones, que les permitiría trabajar con madres, padres e hijos con menos estigma que una intervención institucional (O’Toole et al., 2020). Actualmente, la respuesta penal es una de las únicas fuentes de ayuda para las familias afectadas por la APV, y se accede a los servicios mediante derivaciones del sistema de justicia penal. Sin embargo, la criminalización de la APV resulta problemática debido a la complejidad de la covictimización de quienes la ejercen, a su etapa de desarrollo y a su dependencia jurídica y social de las personas adultas (Bettinson & Quinlon, 2020).
Los datos presentados en este artículo se recogieron en el marco de una evaluación más amplia de un programa especializado en APV que realizamos en el sudeste de Queensland (Australia) entre 2020 y 2022. Este artículo no ofrece una crítica del modelo del programa en sí. No obstante, en esta sección se presenta una visión general de sus características para contextualizar los resultados. A lo largo del artículo nos referiremos a la intervención como «el Programa». El Gobierno de Queensland financió específicamente la puesta en marcha del Programa como respuesta a la violencia de hijos hacia sus madres tras experiencias de DFV ejercida por personas adultas. Los principales destinatarios del Programa son madres que sufren APV y sus hijos adolescentes que ejercen violencia. Para poder acceder al Programa, los jóvenes debían tener entre 12 y 17 años, vivir en la zona de cobertura, haber vivido DFV ejercida por personas adultas, ejercer violencia contra su madre, no encontrarse en acogimiento residencial y no tener contacto en ese momento con el sistema de justicia juvenil. Además, la madre debía ser considerada el progenitor protector; ninguna de las madres participantes fue identificada como autora de DFV en el hogar.
El Programa constaba de dos componentes interrelacionados: un componente psicoeducativo y un componente terapéutico, impartidos por dos entidades que trabajaban en colaboración. El componente psicoeducativo lo impartía una entidad especializada en DFV, responsable de la admisión y la gestión de riesgos, de la gestión de casos y de la impartición de los contenidos psicoeducativos. Las figuras de Referente de Mujeres y de Referente de Jóvenes tenían la responsabilidad principal de este componente del Programa. La figura de Referente de Mujeres desempeña un papel clave en la gestión de la seguridad y la gestión de casos de las madres, además de impartir contenidos psicoeducativos en las sesiones grupales para madres. Trabaja en estrecha colaboración con la figura de Referente de Jóvenes, que imparte los contenidos e implica a las personas jóvenes en el Programa. Tras el componente psicoeducativo, madres e hijos pasan al componente terapéutico, impartido por terapeutas de una entidad financiada para ofrecer apoyo psicológico a la infancia, la juventud y sus familias que han sufrido maltrato o violencia doméstica. Una vez iniciado el componente terapéutico, ambas figuras de referencia reducen su intervención con la familia, aunque siguen ofreciendo cierto apoyo en la gestión del caso. A lo largo del Programa, la intervención puede realizarse en formato grupal o individual, según las necesidades de la familia. Este artículo incluye datos recogidos entre profesionales que trabajan en ambos componentes del Programa.
El estudio se diseñó para aportar conocimiento sobre la implantación y la puesta en práctica del Programa, así como sobre su impacto en el funcionamiento y la seguridad de las familias. Las oportunidades ofrecidas al personal profesional se orientaron a maximizar las posibilidades de compartir sus perspectivas y experiencias del Programa. La evaluación obtuvo la aprobación ética del Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la Universidad [dato ocultado para el proceso de revisión] y de la Universidad de [dato ocultado para el proceso de revisión].
Se reclutó una muestra intencional de profesionales de los componentes psicoeducativo y terapéutico del Programa. Se invitó a participar a quienes intervenían en la impartición del programa, incluido el nivel directivo. Cada organización distribuyó el material de reclutamiento entre su personal elegible. Las personas interesadas se pusieron después en contacto con el equipo de investigación para concertar una entrevista. Se informó a todas las personas participantes de que su participación era voluntaria y de que su decisión de participar o no no tendría ninguna repercusión en su empleo.
En total, 14 profesionales de los componentes psicoeducativo (n = 7) y terapéutico (n = 7) dieron su consentimiento para participar. La mayoría eran mujeres (n = 11) y ocupaban puestos de atención directa (n = 9). Las personas participantes desempeñaban diversas funciones en el programa: admisión (n = 2), Referente de Mujeres (n = 1), Referente de Jóvenes (n = 2), terapia (n = 5) y dirección sin contacto directo con las personas usuarias (n = 4). Al presentar los resultados no identificamos a cada profesional por su función, salvo cuando es necesario para contextualizar los resultados; lo hacemos para evitar identificar innecesariamente a las personas participantes.
Las personas participantes tomaron parte en una única entrevista semiestructurada centrada en su orientación profesional, incluidos sus marcos de práctica y su formación, así como en su manera de trabajar con las personas usuarias y de colaborar con sus colegas. Las entrevistas semiestructuradas les dieron flexibilidad para incluir observaciones derivadas de su experiencia al margen del guion preparado. Las entrevistas se realizaron en persona, en el lugar de trabajo, o en línea, y duraron entre 45 min y 90 min. Se invitó a participar individualmente o por parejas, si así se sentían más cómodas. Tres integrantes del equipo de autoría realizaron las entrevistas. Las entrevistas se grabaron en audio con el permiso de cada participante y se transcribieron literalmente.
Las transcripciones se anonimizaron y a cada participante se le asignó un seudónimo, que se utiliza para referirse a ellas en los resultados. Las transcripciones anonimizadas se cargaron en NVivo, un programa informático de gestión de datos cualitativos. Nuestro análisis temático se guio por el marco, ampliamente aceptado, de Braun y Clarke (2013). En primer lugar, nos familiarizamos con los datos mediante la revisión de cada transcripción. A continuación, el equipo elaboró un marco de codificación inicial que se aplicó a todas las transcripciones. Durante este proceso surgieron nuevos códigos. Después, dos integrantes del equipo dirigieron el análisis temático de los datos relacionados con los focos de la investigación. Ello implicó identificar similitudes y diferencias dentro del conjunto de datos y comparar de forma constante los datos de profesionales con distintas funciones y que impartían distintos componentes del Programa. Por último, se identificaron temas candidatos, que se acordaron con el resto del equipo de autoría.
En el conjunto de los datos se reconocía ampliamente la necesidad de servicios que apoyen a las personas jóvenes que ejercen APV, a sus madres y, en menor medida, a la fratría. Las personas entrevistadas consideraban la APV un problema frecuente y en aumento, que el sistema de servicios existente no comprendía ni abordaba adecuadamente. El trabajo con hijos que ejercen APV se describía con frecuencia como un ámbito de práctica emergente que requería «un conjunto de competencias expertas muy específico», porque «aquí tienes dos especializaciones juntas, la violencia doméstica y familiar, la juventud… y ahora la violencia filio-parental adolescente» (Ali, componente psicoeducativo).
Al hablar de su función actual en el Programa, muchas de las personas profesionales reflexionaron sobre los conocimientos que aportaban de sus puestos anteriores, ya fuera en servicios de DFV para personas adultas (con víctimas o supervivientes y/o con agresores) o en el sector de la juventud. Por ejemplo, quienes habían trabajado antes en servicios para personas adultas subrayaron la importancia de modificar su mirada para tener en cuenta las experiencias previas de DFV de los hijos y su etapa de desarrollo. Así lo expresó una persona entrevistada:
Creo que es muy importante reflexionar sobre tu propia trayectoria y tu práctica… Mi enfoque está bastante centrado en las mujeres, porque vengo del ámbito de la violencia doméstica. Al principio, mi reacción era: «pequeños agres[ores]». Llevaba anteojeras, en lugar de tener esa práctica más sensible al trauma en la que son niños, en la que todavía queda muchísimo por crecer. (Leigh, componente psicoeducativo)
Por el contrario, quienes procedían del sector de la juventud sentían que ya contaban con una mirada sensible al trauma, pero reconocían la necesidad de incorporar a su trabajo una mayor responsabilización a través de una mirada propia de la DFV. Como reflexionaba Yves (componente psicoeducativo), sería:
un error no entender las complejidades, sobre todo en lo que respecta a esa mezcla de cómo el trauma complejo puede afectar a las personas jóvenes, combinada con una mirada realmente centrada en la violencia doméstica… era increíblemente importante cambiar ligeramente la manera de estar, tener un enfoque mucho más fuerte en la responsabilización de los jóvenes y, a través de esa mirada de la violencia doméstica, entender cuáles eran sus conductas.
Las personas profesionales señalaron la falta de formación específica en APV disponible, pero hablaron de sus esfuerzos individuales activos (por ejemplo, leer artículos científicos o revisar programas existentes sobre la APV), de lo que aprendían de colegas de otros sectores y de los compromisos de sus organizaciones (por ejemplo, talleres o la conexión con otros servicios) para ayudar al personal a «actualizar sus competencias» en este ámbito. En este contexto de práctica compartieron sus opiniones sobre los factores que favorecían y los que obstaculizaban su propia capacidad para implicar a los hijos que ejercen APV y sostener el trabajo con ellos en los dos componentes del Programa. En el conjunto de los datos surgieron 5 temas interrelacionados, que se exponen a continuación.
Los datos mostraban un consenso entre las personas profesionales, con independencia de su organización y su función, en que no se debía situar a los hijos en la posición de agresores:
…el hijo no es un agresor. O sea, reconocer que es una víctima, en la medida en que tiene ciertas conductas violentas preocupantes, pero sosteniendo eso… O sea, entendemos de dónde viene, y creo que sostener la empatía tanto hacia la madre como hacia el hijo en estas familias es absolutamente necesario (Shane, componente terapéutico).
En cambio, todas las personas entrevistadas compartían la idea de que es «fundamental» «abordar este trabajo entendiendo a la persona joven como víctima por derecho propio» y de que existe «una oportunidad de intervenir para el cambio» en sus conductas de APV (Ali, componente psicoeducativo). Para ellas, ver a los hijos ante todo como víctimas de la DFV les permitía reconocer activamente su trauma, mostrar compasión por lo que habían vivido y mantener la esperanza en su futuro y en su capacidad de cambio. Como explicaba una de las personas entrevistadas:
No se puede castigar tanto a los jóvenes… Yo veo a jóvenes traumatizados que se desbordan, y hay que educarlos y reorientarlos… necesitamos tener un poco de compasión y un poco de esperanza en ellos. Si no, lo que tienes son profecías autocumplidas. Empiezas a etiquetarlos como agresores y ellos piensan: «Vale, a la mierda, pues entonces soy un agresor». … Tienes que tener esperanza en ellos para que ellos puedan tener esperanza en sí mismos, y no puedes tratarlos como si fueran una mierda, aunque te saquen de quicio; simplemente tienes que tener esa paciencia con ellos. (Dion, componente psicoeducativo)
Las personas profesionales explicaron que este enfoque exigía, en parte, hacer sitio al sentimiento de injusticia de los hijos al verse responsabilizados de actitudes y de una violencia de las que los hombres adultos agresores de su entorno no habían tenido que responder:
…es difícil para los jóvenes… hay mucho de «ah, a papá no le pidieron cuentas»… es algo difícil de gestionar… hay mucha presión sobre ese joven para que mejore, y en casa están pasando muchas cosas (Bailey, componente terapéutico).
Aunque todas las personas profesionales estaban comprometidas con un enfoque sensible al trauma y con no etiquetar a los hijos como agresores, sí expresaron su preocupación sobre cuándo debería o podría terminar esta «concesión», a medida que los hijos crecían y se acercaban a la edad adulta.
Porque algo que es complicado es que puedes… ya sabes, siento toda esta compasión por estos chicos… No apruebo lo que hacen, pero entiendo por qué lo hacen. ¿En qué momento dejas de sentir eso? ¿A qué edad deja de ser así? ¿A partir de qué nivel de conducta empiezas a perder esa compasión? … Hacen cosas horribles, y es difícil de dilucidar porque parece una pendiente resbaladiza… reconoceremos que sí, que tenemos que tener compasión con estos jóvenes. ¿Cuándo se acaba eso? ¿Cumplen 18 años y de repente decimos… sí, se acabó? (Dion, componente psicoeducativo)
Este interrogante era especialmente evidente en los comentarios de quienes habían trabajado anteriormente en servicios de DFV para personas adultas, en particular en programas de cambio de comportamiento para hombres.
Aunque todas las personas profesionales coincidían en que había una necesidad real de programas sobre la APV y en que no se debía etiquetar como agresores a los hijos implicados, existía una diferencia significativa entre las opiniones de quienes impartían el componente psicoeducativo y las de quienes impartían el componente terapéutico acerca de cuál debía ser el foco del programa y, en consecuencia, a quién se debía admitir en el Programa. Quienes impartían el componente psicoeducativo creían que los hijos y sus madres no querían «volver atrás y desentrañar un trauma arraigado», sino que preferían que se les dieran estrategias para poder:
salir adelante en el día a día, sobrevivir… Solo necesito poder salir adelante en el colegio, solo quiero sentirme bien en el colegio, solo quiero que nuestra vida familiar en casa vaya más o menos bien, sabiendo que habrá momentos en que no será así. Y cuando no lo sea, solo quiero algunas estrategias para que podamos salir de esta, porque nuestra vida todavía está un poco en el aire, o «las cosas todavía están un poco caóticas». Y cuando llega el estrés, hay desencadenantes. Y necesitamos algunas soluciones para esos desencadenantes, para poder funcionar lo mejor posible, teniendo en cuenta el trauma que hemos vivido (Ali, componente psicoeducativo).
Como se ha descrito más arriba, la entidad especializada en DFV consideraba que la psicoeducación sobre los efectos de la DFV y de la APV, más que el acompañamiento terapéutico, era lo que mejor respondía a lo que veía como las necesidades y preferencias de apoyo de las personas participantes en el Programa. Al impartir psicoeducación, el servicio de DFV estaba dispuesto a aceptar a hijos que seguían ejerciendo niveles elevados de APV y/o que mantenían contacto con el agresor adulto de la DFV. En cambio, quienes trabajaban en el componente terapéutico creían que la psicoeducación era insuficiente para «mantener un cambio a más largo plazo» y que «hace falta ese elemento añadido» de «procesamiento del trauma, trabajo sobre el apego» (Frankie, componente terapéutico). Sin embargo, sostenían que la intervención terapéutica no debía llevarse a cabo mientras la persona siguiera sufriendo DFV o APV. Shane ilustraba este punto de vista cuando comentaba: «las familias necesitan seguridad y estabilidad antes de estar preparadas para el cambio y la recuperación… porque si no tienen un hogar seguro al que volver después de la sesión de terapia, ¿qué impacto puede haber?» (Shane, componente terapéutico). Esta diferencia de enfoque hizo que algunas familias que habían cumplido los requisitos del componente psicoeducativo y habían participado en él no pudieran pasar al componente terapéutico, porque el servicio terapéutico consideró que la madre y el hijo seguían en crisis y no contaban con la seguridad suficiente para iniciar una terapia orientada a abordar el trauma.
Había acuerdo en que los hijos adolescentes que ejercen APV eran un «grupo muy difícil de implicar», como compartía Ali:
No creo que haya nada más difícil que trabajar con chicos jóvenes, y chicos jóvenes que ejercen violencia y maltrato dentro de su familia, que han quedado traumatizados como víctimas ellos mismos de la violencia doméstica. Estamos ahí arriba, con los casos más complicados. (Ali, componente psicoeducativo)
La implicación inicial de los hijos se consideraba un periodo crítico. Los comentarios relacionados con este tema se centraban en el proceso de admisión, principalmente en el componente psicoeducativo, como principal punto de entrada y primer elemento del Programa. Surgieron dos subtemas: la importancia del trabajo de proximidad y de las visitas a domicilio, y una presentación que nombra el problema sin avergonzar al hijo.
Visitas a domicilio. El proceso de admisión de la familia comenzaba con una valoración telefónica o presencial con la madre, a cargo de una persona profesional del componente psicoeducativo. Las personas entrevistadas explicaron que este primer contacto con la madre les daba información sobre los intereses y las conductas de su hijo, que después orientaba su manera de abordar al hijo en la primera visita a domicilio. Las primeras visitas a domicilio se consideraban un «paso realmente importante» para implicar a los hijos. Como compartía Dion:
Mucho más éxito haciendo la primera en una visita a domicilio que en el centro. En la mayoría de las del centro, si era la primera sesión, sencillamente no se enganchan. En general, no quieren saber nada porque ya están molestos por haber tenido que venir a una oficina. Así que desde el primer momento voy cuesta arriba con ellos. En cambio, si están en casa, al menos están en su zona de confort. (Dion, componente psicoeducativo)
Las personas profesionales reconocían que no sería adecuado «esperar que los jóvenes varones vengan sin más la primera vez» y que obligarlos a acudir a un servicio podía tensar la relación entre madre e hijo y generar un riesgo innecesario para la madre.
Además de reducir los obstáculos a la implicación, las personas profesionales sugirieron que las visitas a domicilio también permitían a los hijos ver que el Programa trataba de la díada madre-hijo y no solo de ellos:
Creo que el hecho de que yo también esté ahí y de que puedan ver que mamá también está haciendo un trabajo y recibiendo apoyo hace que sientan menos que toda la energía está puesta en ellos, y les hace ver que es un enfoque colaborativo y holístico, y que trabajamos juntos como un equipo. (Leigh, componente psicoeducativo)
Así, que las figuras de Referente de Mujeres y de Referente de Jóvenes realizaran conjuntamente la primera visita a domicilio se consideraba un elemento importante del proceso de admisión.
Un tercer beneficio que se atribuía a las visitas a domicilio para la implicación de los hijos era poder «ver el entorno en el que están, lo que después nos ayuda a hacernos una idea cuando elaboramos el plan de seguridad» (Sammy, componente psicoeducativo). Esto permitía a las personas profesionales adaptar su enfoque y su planificación a las necesidades particulares de cada familia, y, según relataban, los hijos valoraban que las adaptaciones guardaran relación con su propia vida.
A diferencia del componente psicoeducativo, que, a través de otros programas y servicios de su organización, contaba con políticas y protocolos muy consolidados en materia de visitas a domicilio, quienes impartían el componente terapéutico no estaban autorizados a realizarlas. Algunas de estas personas señalaron esta limitación como una dificultad para implicar a los hijos en el trabajo terapéutico. Por ejemplo:
Yo diría que quizá la asistencia es complicada porque no somos un servicio de proximidad, así que mientras que quizá [el componente psicoeducativo] puede… ir y hacer una visita a domicilio, pasarse y… nosotros no tenemos capacidad para hacerlo, y eso a veces puede ser complicado, sobre todo si las cosas no van bien en el sistema familiar o ha pasado algo. Es que sencillamente no conseguimos que vengan a hacer ese trabajo. (Shane, componente terapéutico)
Algunas de las personas profesionales del componente psicoeducativo también veían esta falta de trabajo de proximidad como una limitación del componente terapéutico del programa que contribuía a que los hijos se desvincularan.
Una presentación inicial que nombra el problema sin avergonzar. Quienes participaban en la primera visita a domicilio insistieron en la importancia de presentar el Programa de forma clara pero sin avergonzar. Por ejemplo, Dion comentaba:
el único enfoque que he visto que funciona es, por ejemplo, decirles por qué estamos ahí… simplemente objetivo: «Esto es lo que hacemos; obviamente, estamos aquí, creemos que esto es relevante para vosotros»… Pero lo que realmente hace que se enganchen es que desde el principio hablo con mucha franqueza y reconozco que tienen su propio trauma… Del tipo: lo entiendo, nadie te culpa de eso… pero la manera en que estamos tratando a mamá no está bien. Y mi lugar como profesional está justo en medio de esas dos cosas. Del tipo: «Reconozco que tú cargas con tu mierda, pero también tratas a mamá como una mierda. Vamos a intentar mejorarlo». Si no lo planteas desde esa perspectiva, no se enganchan. Les da igual. No se sienten escuchados. Porque eso es lo que quieren, quieren sentirse escuchados… Si no lo hago, no se implican en absoluto en esa primera conversación. (Dion, componente psicoeducativo)
Como ilustra el comentario de Dion, reconocer el propio trauma de la persona joven y sus experiencias de haber sufrido violencia se consideraba esencial para favorecer la implicación. Al igual que Dion, otras personas profesionales subrayaron también la necesidad de no ser confrontativas y de evitar llegar de forma agresiva o punitiva cuando se abordaba la APV que ejercían y se explicaba la finalidad del Programa. No juzgar y tomarse tiempo para crear un buen vínculo con los hijos se consideraban factores que ayudaban a «combatir parte de esa vergüenza» (Sammy, componente psicoeducativo). Una vez creado el vínculo, las personas profesionales señalaban que la mayoría de los hijos admite que «la manera en que tratan actualmente a mamá no funciona» y que apoyarse en ello y en «ese hilo de amor por mamá» es «un gancho fácil» (Dion, componente psicoeducativo) para conseguir que acepten participar en el programa.
Pese a las diferencias señaladas en sus marcos de práctica, las personas profesionales de ambos componentes, psicoeducativo y terapéutico, reconocían la importancia de transmitir a los hijos un mensaje coherente de manera flexible. Sus comentarios se centraban en tres subtemas: a) un mensaje claro sobre la responsabilización y los límites de lo que es una conducta aceptable; b) ofrecer un modelo de relaciones respetuosas y cuestionar los estereotipos de género dañinos; y c) trabajar a partir del punto en que se encuentra la persona joven, lo que requiere itinerarios grupales e individuales.
En primer lugar, las personas profesionales subrayaron la importancia de mantener con las personas jóvenes conversaciones claras y transparentes, adaptadas a su edad, para construir la responsabilización en torno a dónde se sitúa el límite entre las conductas aceptables y el uso de la violencia. Como comentaba Ali:
…algunas expectativas muy claras en torno a la seguridad, a lo que se toleraría y lo que no, y a cómo es la seguridad. Sé que una de las cosas que se nos transmitió claramente fue que no se tolera la violencia, y que si se produce con colegas, llamaremos al «000» [servicios de emergencia]. Es el mismo consejo que damos también a madres y padres… Podemos sostener el trauma y las adversidades de la infancia, y podemos sostener que los jóvenes son víctimas por derecho propio, por la violencia doméstica a la que han estado expuestos, pero no podemos aceptar la violencia. (Ali, componente psicoeducativo)
Los comentarios de Ali reiteran que, aunque las propias experiencias de violencia de los hijos deben reconocerse y abordarse, no deben presentarse como una panacea que excuse la violencia que ellos mismos ejercen. Debe haber, en cambio, una comunicación directa y clara sobre las conductas aceptables y las consecuencias de transgredirlas, a saber, la intervención de la policía. Ali comparte la opinión de que estos límites y respuestas deben ser coherentes tanto en el programa grupal como en el hogar familiar.
En segundo lugar, las personas profesionales de ambos componentes subrayaron la necesidad de actuar con mucha intencionalidad al ofrecer un modelo de relaciones respetuosas y al cuestionar los estereotipos de género negativos y perjudiciales. Aunque el trabajo grupal no era habitual en el componente terapéutico —solo tuvo lugar dos veces durante el periodo de recogida de datos—, ambos equipos insistieron en la importancia de que cualquier sesión grupal estuviera codirigida por un profesional y una profesional.
al codirigir o facilitar un grupo, creo que también es importante tener ese modelo masculino y femenino… simplemente para la regulación general del grupo y para la seguridad y la estabilidad, tener a dos personas adultas allí, y luego… Pero siendo muy conscientes de nuestro programa, de la estructura de nuestro grupo y de quién debe dirigir cada actividad. Por ejemplo, yo hice las tarjetas del Día de la Madre. Así tienen ese modelo masculino positivo que reconoce que esto es algo estupendo que hacer por vuestras madres. (Bailey, componente terapéutico)
Para ayudar en este trabajo de modelo, uno de los profesionales varones sugirió que sería beneficioso implicar a otros modelos masculinos positivos de las redes existentes de los hijos:
Creo que es increíblemente beneficioso tener otro modelo masculino positivo dentro de la familia, que no sea yo… Creo que eso va a generar, con suerte, un cambio sostenible a más largo plazo en esas conductas, si podemos contar con otro hombre capaz de mostrar estrategias de afrontamiento positivas frente a la ira, o de ayudar más en casa, y de cuestionar algunas de esas visiones de género sobre el trabajo doméstico, las tareas del hogar, las distintas cosas de ese tipo; todas ellas conductas súper, súper positivas que deberían ayudar a que mamá recupere el cambio. (Yves, componente psicoeducativo)
Algunas personas profesionales consideraban que recurrir a modelos de las redes existentes de los hijos era una opción más sostenible para ayudarles a cuestionar los estereotipos de género negativos que confiar únicamente en una intervención formal de duración limitada. Aunque las personas profesionales del componente psicoeducativo estaban abiertas a trabajar con modelos masculinos positivos de las redes existentes de los hijos, esto no llegó a ocurrir durante el periodo del estudio, porque solo se identificó un modelo masculino positivo y, en ese caso, el equipo dio prioridad a otros objetivos con la díada.
En tercer lugar, las personas profesionales insistieron en la importancia de poder ajustar la modalidad de impartición del programa en función de las necesidades y de las circunstancias actuales de los hijos. Por ejemplo:
Algo que teníamos muy claro es que queríamos asegurarnos de tener el proceso de admisión, y sabemos que parte de nuestro modelo es individual y grupal, según la capacidad y el momento en que esté la familia. Así que queríamos poder aplicar realmente ese enfoque: haremos grupo si sabemos que te conviene y si lo quieres, pero tendrás esta opción individual si no es así. (Sammy, componente psicoeducativo)
Como ilustra este extracto, en el componente psicoeducativo esto significaba impartir el programa en sesiones grupales o en sesiones individuales a domicilio, mientras que en el componente terapéutico significaba sesiones individuales de terapia o sesiones conjuntas con la madre, y decidir si se invitaba al hijo a las sesiones grupales puntuales.
Las sesiones grupales se consideraban beneficiosas y «realmente potentes», porque permitían a los hijos sentir «que no están pasando por esto solos» (Bailey, componente terapéutico) y por «la manera en que pueden rebotar ideas entre ellos, aprender unos de otros y cuestionarse un poco entre ellos, en lugar de que todo el cuestionamiento venga de [profesional]; viene de un igual» (Dion, componente psicoeducativo). Sin embargo, se señaló como una dificultad garantizar una composición adecuada del grupo. El tamaño del grupo y la edad de las personas participantes se mencionaban con frecuencia como consideraciones clave, por ejemplo:
Creo que si vas a llevar grupos más pequeños, de cuatro a seis, tienes que mantener una franja de edad un poco más compacta; si no, corres el riesgo de tener a un chico de 16/17 años en un grupo con uno de 12, otro de 12, otro de 12 y otro de 13, y eso lo deja señalado. Lo hace un poco más difícil. También hace más difícil adaptar el contenido al grupo, porque intentas adaptarlo, ya sabes, a algunos de los chicos que son más jóvenes que otros en su desarrollo, incluso teniendo la misma edad. (Dion, componente psicoeducativo)
En el componente terapéutico, las personas profesionales reflexionaron sobre una experiencia grupal negativa que se debió en parte a no haber conocido antes en persona a uno de los hijos para valorar si era adecuado que se incorporara al grupo. Esto contravenía su proceso habitual de valoración previa de cada hijo para determinar si un entorno grupal le convenía. Como consecuencia, desconocían sus necesidades de apoyo en materia de conducta y de lectoescritura, lo que hizo que la sesión se viera perturbada, ya que quienes facilitaban el grupo tuvieron que centrarse en gestionar la conducta en lugar de facilitar las actividades previstas. Aunque las personas profesionales del componente psicoeducativo reconocían los recursos adicionales que requieren las sesiones individuales, señalaron que «hay algunos chicos para los que lo individual es claramente mejor», porque «puedes adaptar mejor el contenido a ellos y hacer esos ajustes en el momento» sin «afectar a nadie más» (Dion, componente psicoeducativo). Otras personas profesionales mencionaron consideraciones prácticas a favor de contar con opciones individuales, como no poder obligar a la madre, ni esperar de ella, que convenza a sus hijos, sobre todo a los mayores, de asistir a un grupo.
Las personas profesionales de ambos componentes, psicoeducativo y terapéutico, señalaron que necesitaban estar al tanto de los acontecimientos clave que se producían fuera de las sesiones del programa y responder a ellos, en particular la APV ejercida por los hijos y cualquier interacción con el agresor adulto. Quienes trabajaban habitualmente de forma directa con los hijos explicaron cómo utilizaban esa información para adaptar su manera de implicarlos y de interactuar con ellos en la sesión siguiente. Subrayaron la importancia de la figura de Referente de Mujeres dentro del Programa para recoger la voz de las madres sobre las escaladas de conducta de los hijos, así como la importancia de su propia relación de trabajo con la figura de Referente de Mujeres. Por ejemplo, Yves destacaba la necesidad de «una gran cantidad de puesta en común y de reflexión» con la Referente de Mujeres porque «esa es una parte realmente central de este trabajo, que consiste en transmitir esa información, porque va a orientar gran parte de mi trabajo personal con el joven» (Yves, componente psicoeducativo). El comentario de Yves ilustra también cómo las personas profesionales que trabajan con los hijos integran en la sesión acontecimientos y experiencias de la vida de estos —en particular el impacto continuado de los agresores adultos de la DFV y la respuesta de la policía a la violencia ejercida por los hijos— para anclar las conversaciones y adaptar el contenido de modo que responda a sus necesidades y a su situación.
Ser conscientes de la presencia y del impacto continuados de los agresores adultos en la vida de los hijos ayudaba a las personas profesionales a estar atentas a sus intentos de «seguir intentando sabotear esa relación entre el joven y mamá» y de «seguir ejerciendo el maltrato a través del joven» (Ali, componente psicoeducativo). Aunque esto se consideraba importante para no responsabilizar únicamente al hijo de los retrocesos y para contextualizar sus conductas, algunas de las personas profesionales lamentaban que el agresor adulto:
se mantenía invisible, lo cual es frustrante porque esos pobres chavales intentan activamente trabajar para tener una relación mejor con mamá. Y él sigue ahí fuera, sin apenas responsabilizarse, sin que nadie pueda siquiera tener una charla con él para que asuma alguna responsabilidad. (Ali, componente psicoeducativo)
De nuevo, las personas profesionales, con independencia del componente que impartieran, subrayaron la importancia de que la figura de Referente de Mujeres obtuviera esta información de las madres.
El conocimiento de las acciones del agresor adulto se utilizaba también para actualizar las evaluaciones de riesgo y los planes de seguridad. En el componente psicoeducativo, esta información servía además para decidir si, en un momento dado, eran más adecuadas las sesiones grupales o las individuales. En el componente terapéutico, la implicación del agresor adulto solía conllevar la interrupción de la terapia por falta de seguridad.
Un grupo más reducido de profesionales, sobre todo del componente psicoeducativo, reflexionó también sobre la importancia de saber cómo respondía la policía a las personas jóvenes cuando la llamaban el vecindario o las propias madres.
Nueve de cada 10 veces, si la policía ha venido, no ha hecho nada, y a menudo las madres me dicen que eso empeora las cosas, porque a su hijo se le está demostrando muy claramente que está haciendo algo mal, que se llama a gente, pero que esa gente no hace nada. Así que, en realidad, puede salirse con la suya una y otra vez, y nadie va a pararlo, ni siquiera la policía… cuando quizá llamar a la policía forma parte de ese plan de seguridad. Pero se complica si en realidad eso va a poner a mamá en más peligro, porque si ella llama a la policía y viene, no hace nada y luego se va, el joven escala porque ella llamó a la policía. (Charlie, componente psicoeducativo).
Como ilustra este extracto, la respuesta policial podía no solo socavar el mensaje de responsabilización que se intentaba transmitir en el programa, sino también socavar la autoridad de las madres y tensar la relación entre madre e hijo. En conjunto, se percibía que estos factores aumentaban el riesgo de violencia contra las madres en lugar de reducirlo, como pretende un plan de seguridad. Esto pone de relieve una tensión en la práctica, ya que en el Programa era habitual animar a las madres a llamar a la policía como parte del plan de seguridad elaborado conjuntamente.
Esta investigación pone de relieve el creciente reconocimiento de la APV y de sus vínculos con la DFV ejercida por personas adultas en el caso de los chicos. Muestra también que las personas profesionales se apoyan en su experiencia práctica ante la escasez de evidencia sobre la mejor manera de implicar a los hijos que ejercen APV contra sus madres. Este artículo amplía los estudios previos sobre la APV al centrarse específicamente en las perspectivas de profesionales que participan en la impartición de un programa destinado a abordar la APV ejercida por hijos de 12 a 17 años contra sus madres. Nuestros resultados indican que, incluso en programas voluntarios sobre la APV (O’Toole et al., 2020) impartidos en los servicios sociales y no en el ámbito judicial (Douglas & Walsh, 2018; Miles & Condry, 2015), puede resultar difícil captar e implicar a los hijos adolescentes. Ello se debe en parte al estigma, a la vergüenza y al sentimiento de injusticia por verse responsabilizados de conductas violentas de las que otros hombres adultos de su entorno no han tenido que responder.
Las personas profesionales de nuestro estudio destacaron la importancia del delicado equilibrio entre trabajar para reducir el estigma y la vergüenza, reconociendo el impacto de la DFV ejercida por personas adultas en la vida de los hijos, y responsabilizarlos al mismo tiempo de la violencia que ejercen actualmente. Sin embargo, insistieron en la importancia de no situar a los hijos como «agresores» y abogaron, en cambio, por una mirada sensible al trauma que reconozca el impacto de la DFV y del trauma en sus conductas actuales. Señalaron también la necesidad de implicar a las madres en la intervención, tanto para compartir la responsabilidad como por lo que aportan sobre la personalidad del hijo y sobre la dinámica cambiante de la vida familiar.
El trabajo de proximidad se señaló especialmente como un mecanismo para reducir los obstáculos a la implicación, favorecer la creación del vínculo y ayudar a construir la seguridad de la familia, al reducir la presión que supone para la relación madre-hijo tener que llevar al hijo a otro lugar y al permitir a las personas profesionales observar el entorno del hogar. Este conocimiento del entorno del hogar les permitía también adaptar sus sesiones y su apoyo para que resultaran más cercanos para el hijo, un factor que, según se percibía, favorecía su implicación.
Las personas profesionales también destacaron como esencial para trabajar con los hijos en el Programa la necesidad de un mensaje coherente sobre las conductas adecuadas, transmitido de manera flexible. La flexibilidad se refería a la modalidad de impartición (por ejemplo, grupal frente a individual) y al ritmo, reconociendo la capacidad de comunicación y de procesamiento de los hijos, así como el impacto de otros acontecimientos de su vida en su capacidad de implicarse. Al igual que en otros estudios (Toole-Anstey et al., 2023), las personas profesionales señalaron el impacto continuado de los agresores adultos, sobre todo cuando existían acuerdos de custodia compartida. Este impacto incluía tanto el estímulo activo al hijo para que ejerciera APV contra su madre como el desaliento activo a que participara en el Programa, así como una desregulación de los hijos que afectaba después a sus interacciones y a su relación con mamá y con otras personas del hogar. Las personas profesionales subrayaron la importancia de ser conscientes de estos impactos y el papel que las madres y las figuras de Referente de Mujeres podían desempeñar al aportar esta información. Las figuras de Referente de Jóvenes y el equipo de terapia explicaron cómo este conocimiento les permitía responder a lo que ocurría en su trabajo con los hijos, incluida la planificación de la seguridad.
En consonancia con trabajos anteriores (Shanholtz et al., 2020), las personas profesionales de nuestro estudio consideraban que un programa sobre la APV debía abordar los factores emocionales, conductuales y psicológicos que afectan a los hijos, al tiempo que trabajaba para crear relaciones positivas entre madre e hijo y abordaba los obstáculos a la búsqueda de ayuda. Sin embargo, sostenían opiniones distintas sobre los tipos de apoyo que necesitaban los hijos y sus madres. Su preferencia por enfoques psicoeducativos que ofrecieran estrategias para la vida cotidiana, frente al compromiso con un trabajo terapéutico profundo y a largo plazo para abordar el trauma, tenía consecuencias sobre qué hijos consideraban aptos para participar en su práctica.
Aunque este artículo no ha evaluado la idoneidad de ninguno de los dos componentes del Programa, nuestros resultados plantean cuestiones relativas al diseño del programa y al paso por distintos componentes con finalidades y entidades prestadoras diferentes. Es importante procurar evitar ocasiones de ruptura de la implicación, también al pasar de un componente a otro, sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que resulta implicar a los hijos desde el principio. Se señaló asimismo la necesidad de seguir trabajando en el desarrollo y la comprobación de la utilidad de herramientas de evaluación del riesgo y de cribado específicas de la APV. Esto cobra especial importancia cuando distintas entidades, con filosofías diferentes, participan en la impartición de distintos componentes de un mismo programa. Se necesitan procesos que favorezcan una valoración compartida de la idoneidad, basada en herramientas compartidas de evaluación del riesgo y de cribado.
El muestreo intencional garantizó que se seleccionara a profesionales con experiencia en una intervención especializada en APV, lo que se ajustaba a las necesidades del estudio. Sin embargo, las personas participantes de nuestro estudio solo trabajaban con hijos que ejercían APV contra sus madres. Se necesita más investigación que incluya las perspectivas de profesionales que apoyan a chicas que ejercen violencia, para determinar si existen obstáculos específicos de género para implicar a adolescentes en programas grupales. Además, los resultados no son representativos de las experiencias de profesionales que trabajan en el conjunto más amplio del sistema de servicios, donde la APV no siempre es la necesidad principal con la que llegan las personas usuarias. Hace falta seguir investigando la experiencia práctica de quienes desempeñan funciones que se entrecruzan con este ámbito, como el personal de salud mental juvenil, donde puede haber APV. Pese a estas limitaciones, nuestros resultados han generado nuevos conocimientos sobre las competencias y los saberes que las personas profesionales pueden movilizar para implicar a los hijos en programas que abordan la APV. Aunque en este artículo no hemos presentado las opiniones de los hijos participantes, sus experiencias son el único objeto de un próximo artículo (autoría, revisiones en evaluación).
Las respuestas a la APV se han desarrollado antes de que existiera una evidencia sólida, basada en la investigación, tanto sobre la comprensión de su aparición como sobre las respuestas al problema. Por ello, la experiencia y la sabiduría práctica de profesionales constituyen hoy una parte importante de la base de conocimientos sobre las intervenciones en APV. Este artículo ha puesto de relieve que la práctica adapta, para utilizarlas con jóvenes, herramientas y respuestas desarrolladas para personas adultas que ejercen violencia. La aparición de la APV debe diferenciarse claramente de la DFV, lo que exige seguir trabajando en el perfeccionamiento, la comprobación y la validación de las herramientas, así como en la evaluación de las intervenciones, para garantizar que las adaptaciones respondan a las necesidades de las personas jóvenes que ejercen violencia, así como a las necesidades de seguridad de las madres y de la fratría. Puede resultar difícil implicar en una intervención a los chicos adolescentes que ejercen violencia en el hogar, sobre todo si albergan un sentimiento de injusticia. Este estudio pone de relieve la necesidad de una implicación flexible y sensible al trauma de las personas jóvenes y de sus madres para sostener el trabajo sobre la seguridad y la responsabilización. Las necesidades y la voz de las madres deben incluirse en la intervención para maximizar su seguridad, y esto se favoreció mediante una estrecha relación de trabajo entre las figuras de Referente de Mujeres y de Referente de Jóvenes. Las relaciones de colaboración entre profesionales favorecieron asimismo la coherencia de los mensajes dirigidos a las familias participantes, lo que promovió la seguridad. Las personas profesionales necesitan también una formación continua y un apoyo adecuados para mejorar su práctica, así como trabajar codo con codo con la investigación para construir una base de evidencia más sólida sobre las respuestas eficaces a la APV. Es necesario seguir trabajando para extender este trabajo colaborativo más allá de los programas especializados, hacia respuestas más amplias del sistema que apoyen las necesidades interseccionales de las familias. Más allá de la necesidad de desarrollar servicios e intervenciones, se necesita con urgencia investigación tanto primaria como de investigación-acción para mejorar las respuestas a la APV.
Complexe Systémique: puntos clave
Este artículo es importante para la práctica sistémica porque se niega a elegir entre dos lecturas del hijo violento: agresor o víctima. Las personas profesionales entrevistadas sostienen ambas a la vez, reconociendo lo que estos chicos han sufrido por la violencia doméstica sin convertir ese trauma en una excusa. De ello se derivan varias palancas concretas: acercarse a la familia en su domicilio en lugar de convocarla, presentar el programa nombrando la violencia sin humillar, trabajar con la díada madre-hijo y no solo con el adolescente, y tener en cuenta al padre violento, a menudo todavía activo entre bastidores. El estudio muestra también los efectos sistémicos de los propios servicios: dos entidades con filosofías distintas, psicoeducativa y terapéutica, filtran a las familias de manera diferente, y una intervención policial sin seguimiento puede aumentar el peligro que pretendía reducir. Los límites son claros: 14 profesionales de un único programa australiano, sin la voz de las madres ni la de los hijos, y sin chicas. Para leer junto con el artículo sobre la violencia filio-parental como fenómeno emergente y el artículo sobre la diversidad de la violencia filio-parental.
Notas del original
Agradecimientos. El equipo de autoría desea agradecer las contribuciones de todas las personas participantes y de las dos organizaciones de acogida que imparten el programa.
Financiación. Financiación en acceso abierto facilitada y organizada por CAUL y sus instituciones miembros. Esta investigación fue financiada por el Gobierno de Queensland.
Aprobación ética y consentimiento para participar. Este estudio obtuvo la aprobación ética del Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la Griffith University y del Comité de Ética de la Investigación con Seres Humanos de la University of Queensland.
Conflicto de intereses. No hay conflictos de intereses que declarar.
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Traducción no oficial de Adolescent to Parent Violence in the Wake of Domestic and Family Violence: Practitioner Insights, de Amy Young, Jemma Venables, Ryan O’Connell y Patrick O’Leary, Journal of Family Violence, vol. 41, n.o 4 (2026), doi: 10.1007/s10896-025-00927-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción del artículo original «Adolescent to Parent Violence in the Wake of Domestic and Family Violence: Practitioner Insights», publicado en Journal of Family Violence (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Young, A., Venables, J., O’Connell, R., et O’Leary, P. (2026). Adolescent to Parent Violence in the Wake of Domestic and Family Violence: Practitioner Insights. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/adolescent-to-parent-violence-in-the-wake-of-domestic-and-family-violence (Obra original publicada en 2025 en Journal of Family Violence, 41(4), 767-780 (2026); republicada en 2026 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-025-00927-9)
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