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Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Child and Adolescent Social Work Journal · Protección de la infancia

Vulnerabilidades heredadas y remedios innatos: replantear los «ciclos del maltrato infantil» a la luz de la literatura más amplia sobre los aspectos intergeneracionales del trauma y la sanación

¿Por qué quienes pasaron en su infancia por los servicios de protección vuelven a encontrarse tan a menudo con esos mismos servicios cuando se convierten en madres o padres? En lugar de apoyarse únicamente en las teorías del apego y del aprendizaje social, un equipo australiano de trabajo social relee este «ciclo» a la luz de sesenta años de investigación sobre el trauma intergeneracional: descendientes de supervivientes de genocidios y guerras, familias desplazadas, pueblos colonizados, estudios con animales y epigenética. Surgen dos nociones: las vulnerabilidades heredadas, que se activan bajo estrés, y los remedios innatos, que las comunidades saben movilizar.

Autoría Crysta Bowe, Cate Thomas y Patricia Mackey (School of Social Work and Arts, Charles Sturt University, Canberra, Australia)Primera publicación Child and Adolescent Social Work Journal, 29 de mayo de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Inherited Vulnerabilities and Innate Remedies: Reframing “Cycles of Child Maltreatment” Through Attention to the Wider Literature on Intergenerational Aspects of Trauma and Healing, de Crysta Bowe, Cate Thomas y Patricia Mackey, publicado en Child and Adolescent Social Work Journal (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10560-025-01027-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Cuando la fuente del daño es también la fuente de los cuidados, se crea un dilema irresoluble para la criatura.

Crysta Bowe, Cate Thomas y Patricia Mackey

Resumen

La repetición del abuso y la negligencia infantiles a lo largo de las generaciones ha sido ampliamente observada e investigada; sin embargo, el problema sigue estando mal comprendido y conceptualizado de forma estrecha. Esta reflexión, centrada de manera flexible en el contexto australiano de protección de la infancia, examina la investigación más amplia sobre el trauma y la resiliencia intergeneracionales en otros grupos de supervivientes y considera después las posibles implicaciones de este conocimiento para las políticas y la práctica de protección de la infancia. Pone de manifiesto que las experiencias de daño y adversidad de una persona ascendiente pueden dar lugar, en su descendencia, a vulnerabilidades no deterministas hacia una sintomatología relacionada con el trauma, que a menudo se activa en momentos de estrés o de amenaza percibida, como la parentalidad y las intervenciones institucionales de protección de la infancia. La literatura muestra también la indivisibilidad del trauma y la recuperación intergeneracionales, y señala estrategias de resiliencia y recuperación que pueden utilizarse y desarrollarse para apoyar a las familias cuando ha habido daño a la infancia a lo largo de generaciones. En conjunto, el conocimiento más amplio sobre el trauma intergeneracional puede dar forma a enfoques más holísticos, empáticos, preventivos y centrados en las fortalezas en los contextos actuales de protección de la infancia.

Palabras clave: Trauma intergeneracional, Abuso y negligencia infantiles, Maltrato infantil, Ciclo del abuso, Bienestar infantil, Protección de la infancia

La prevalencia del abuso y la negligencia infantiles en Australia aumenta gradualmente (Australian Institute of Health & Welfare, 2022; Curtis et al., 2016): el 62% de las personas australianas encuestadas refiere alguna forma de maltrato en la infancia (Mathews et al., 2023), y entre 2016–2017 y 2020–2021 las notificaciones de abuso y negligencia infantiles en Australia aumentaron un 40%, los incidentes de daño a menores confirmados un 7,2 % y los ingresos en acogimiento fuera del hogar un 7,3 % (Australian Institute of Health & Welfare, 2022). Una perspectiva intergeneracional ayuda a explicar este aumento. La literatura existente muestra que, si bien la continuidad intergeneracional del maltrato infantil dista mucho de ser inevitable (Augustyn et al., 2019; Bartlett, 2012; Mitkovic Voncina et al., 2017), haber sufrido maltrato en la infancia es un factor de riesgo de intervención de los servicios de protección cuando, más adelante, se ejerce la propia parentalidad (Assink et al., 2018; Barker et al., 2019; Krutzinna, 2021; Madigan et al., 2019; Putnam-Hornstein et al., 2015). Un estudio indica que el 6,7 % de la descendencia de progenitores que sufrieron abuso físico o sexual en la infancia fue notificada a los sistemas de protección en los 13 meses siguientes al nacimiento, frente al 0,4 % de la de progenitores sin antecedentes de abuso temprano (Dixon et al., 2005), mientras que otro concluye que los antecedentes de daño notificado o confirmado de una madre aumentan en un 72% la probabilidad de que su propio hijo o hija sea objeto de una notificación por maltrato (Bartlett et al., 2017). Una revisión reciente de los datos de protección de la infancia de Australia Meridional a lo largo de 30 años halló que el 22,1 % de la descendencia de progenitores con antecedentes de maltrato en la infancia había sido objeto de notificaciones, investigaciones y confirmaciones de abuso o negligencia, y que el 10,7 % había pasado tiempo en acogimiento fuera del hogar, frente al 2,0 % (notificaciones confirmadas) y al 0,5 % (ingreso en acogimiento) en la descendencia de progenitores que no sufrieron maltrato en la infancia (Armfield et al., 2021).

El corpus existente, y en rápida expansión, de datos sobre la transmisión del trauma a lo largo de las generaciones —un concepto disperso pero muy aplicable, según el cual los síntomas del trauma se manifiestan en descendientes de supervivientes— está, con escasas excepciones (Menzies, 2019a; Walker, 1999), notablemente ausente de la literatura sobre el maltrato infantil intergeneracional (Frazier et al., 2009; Leeman, 2018) y, por ello, puede constituir un recurso en gran medida inexplorado para afrontar el reto del abuso y la negligencia infantiles intergeneracionales. Este fenómeno se refiere a la presencia de síntomas emocionales, psicológicos y somáticos asociados al trauma en descendientes de supervivientes que no vivieron directamente el acontecimiento traumático (Dass-Brailsford, 2007; Lev–Wiesel, 2007; van Ijzendoorn et al., 2003). El trauma intergeneracional se ha identificado y estudiado en diversos grupos a lo largo de varias décadas, empezando por estudios de casos clínicos de la descendencia de supervivientes del Holocausto en la década de 1960 (Kellerman, 2001; Rakoff et al., 1966), y ha recobrado impulso en la actualidad gracias a la aportación de pruebas científicas sobre alteraciones epigenéticas en la expresión del ADN de descendientes de supervivientes (Roberts et al., 2018; Yehuda et al., 2014; Youssef et al., 2018).

La perspectiva del trabajo social y su atención a la «persona en su entorno» (Green & McDermott, 2010) aplica una comprensión contextual a las personas y las familias, que tiene en cuenta las influencias individuales, sistémicas y sociales y los intercambios entre ellas, e integra múltiples fuentes de conocimiento en la práctica (Connolly & Harms, 2013). Esta comprensión no puede sino enriquecerse con una apreciación profunda de los contextos históricos e intergeneracionales y de los saberes que pueden aplicarse al trabajo social con familias implicadas, de generación en generación, en contextos de protección de la infancia.

Esta revisión de la literatura identifica temas en el conocimiento más amplio sobre las adaptaciones intergeneracionales al trauma, explora su potencial para orientar y mejorar las políticas y la práctica en los contextos de protección de la infancia y ofrece la oportunidad de reconceptualizar el fenómeno de la infancia maltratada que llega a ejercer una parentalidad maltratante, integrando el conocimiento más amplio sobre el trauma intergeneracional. Comienza con una breve discusión del alcance y los límites de la terminología, antes de pasar a una síntesis de la investigación sobre el maltrato infantil intergeneracional. A continuación, el artículo resume los temas y resultados de la literatura más amplia sobre el trauma intergeneracional, abarcando cómo distintos grupos de descendientes de supervivientes han vivido el trauma de sus ascendientes y respondido a él, así como la investigación biológica y epigenética sobre el tema. La discusión posterior sobre los dos términos propuestos en el título de esta reflexión, «vulnerabilidades heredadas» y «remedios innatos», acentúa estos temas y explora su pertinencia para el trabajo en contextos de protección de la infancia. La discusión sugiere que las experiencias intergeneracionales de daño y adversidad no conducen automáticamente al desarrollo de una sintomatología de respuesta traumática adversa en la descendencia; sin embargo, el trauma de una persona ascendiente puede generar una susceptibilidad a tales dificultades. Subraya también que las personas supervivientes y sus descendientes están intrínsecamente predispuestas a la sanación, la recuperación y la construcción de sentido postraumática, y da a conocer diversas iniciativas de recuperación y resiliencia puestas en práctica por estos grupos. Gracias a las percepciones transformadas que cultiva el conocimiento sobre el trauma intergeneracional, se hacen evidentes implicaciones para las políticas, la práctica y la investigación en protección de la infancia.

Terminología

La terminología actual sobre los temas tratados es a la vez extensa y limitante. La investigación en protección de la infancia habla de ciclos o de continuidad intergeneracional del «abuso» (Egeland et al., 1988; Huefner et al., 2007; Jaffee et al., 2013), de la «violencia» (Hellmann et al., 2018; Widom & Wilson, 2014), del «maltrato» (Dixon et al., 2005; Hirst & Jones, 2016; Thornberry et al., 2012; Tomison, 1996) y de la «parentalidad» (Belsky et al., 2009), términos centrados de forma estrecha en los comportamientos parentales que causan daño. La literatura más amplia sobre el trauma emplea multitud de términos que ponen el acento en la experiencia de haber sufrido daño, un enfoque más empático pero igualmente centrado en el déficit. Los más comunes son «trauma intergeneracional» (Dekel & Goldblatt, 2008; Fenton, 2018; Lev–Wiesel, 2007) y «trauma transgeneracional» (Bako & Zana, 2020; Feldman, 2015; Fossion et al., 2015; Welford, 2019); algunos trabajos distinguen ambos especificando la herencia epigenética biológica (intergeneracional) y la transmisión por otros factores (transgeneracional) (Blake & Watson, 2016; Dias & Ressler, 2014a; Mbiydzenyuy et al., 2022). La investigación emplea también términos como «trauma familiar heredado» (Wolynn, 2017), «trauma generacional» (Doucet & Rovers, 2010), «trauma entre generaciones» (Jacobs, 2011; Nagata, 2013) y «síndrome del antepasado» (Esgalhado, 2003; Schützenberger, 2014), entre otros. Los términos afines «trauma colectivo» (Karenian et al., 2011; Menzies, 2019b), «trauma cultural» (Alexander et al., 2004; Halloran, 2004; Mangassarian, 2016) y «trauma histórico» (Brave Heart et al., 2016; Sotero, 2006) se refieren a traumas vividos por un grupo, una comunidad o una sociedad, que se integran después en la comprensión colectiva y en una identidad intergeneracional compartida.

Diversos trabajos han reconocido los límites y el sesgo deficitario de esta terminología y han empleado términos como «crecimiento postraumático» (Dekel et al., 2013), «resiliencia intergeneracional» (Denov et al., 2019; Schofield et al., 2014) y «sentido postraumático» (Moskowitz, 2015), junto al discurso del «trauma», para subrayar el potencial tanto de sanación como de progreso personal más allá de la experiencia traumática. Estos conceptos no están exentos de críticas: se ha señalado su dependencia metodológica del autoinforme retrospectivo (Tedeschi et al., 2014; Zachry et al., 2022) y se ha sugerido que una mirada estructural y sistémica podría presentar la resiliencia y el crecimiento postraumático como más accesibles y alcanzables para las personas privilegiadas: aquellas cuya visión del mundo coincide con la dominante, aquellas cuya experiencia traumática basta para cuestionar sus creencias y supuestos sin llegar a desbordarlas, y aquellas que acceden mejor a apoyos y recursos (Lee, 2017; McLean et al., 2024). Sin duda, este último punto es un elemento clave de este artículo, que explora a la vez las vulnerabilidades individuales y las condiciones del entorno que favorecen u obstaculizan la sanación.

También se ha señalado la indivisibilidad del trauma y la recuperación, y diversos trabajos subrayan el proceso de construcción de sentido que transforma la experiencia de maneras diversas y da lugar a valores, estilos de patrón relacional e identidades singulares (Kidron et al., 2019; Lehrner & Yehuda, 2018). Así, las experiencias internas y externas, las interacciones y los comportamientos, y las visiones del mundo y de sí son una fusión de la experiencia de las personas ascendientes y de una síntesis individual. Esta reflexión pretende honrar este concepto en el plano léxico y conceptual, empleando términos como «aspectos», «elementos», «adaptaciones» y «respuestas» intergeneracionales del trauma y del maltrato, para atender a la vez a los resultados beneficiosos y adaptativos de la supervivencia intergeneracional al trauma y a sus consecuencias más perjudiciales.

Maltrato infantil intergeneracional

La idea de que las personas que sufrieron abuso o negligencia en la infancia tienen más probabilidades de causar daño a su propia descendencia sigue siendo una de las teorías más persistentes (Fontana, 1973; Steele, 1976), aunque controvertidas (Belsky, 1993; Jiang et al., 2025; Newcomb & Locke, 2001), en el campo de la investigación y la práctica en protección de la infancia. Sin duda, es importante subrayar que la gran mayoría de la infancia que pasa por los sistemas de protección ejerce después una parentalidad segura y satisfactoria (Augustyn et al., 2019; Bartlett, 2012; Dixon et al., 2009; Mitkovic Voncina et al., 2017). Existen además disparidades importantes entre los resultados de las investigaciones (Bartlett et al., 2017; Langevin et al., 2021; Thornberry et al., 2012): una revisión de la literatura halló que las tasas de continuidad intergeneracional notificadas variaban entre el 7 y el 88% (Langevin et al., 2021). Esto puede deberse en parte a la heterogeneidad de los criterios y métodos de investigación: algunos estudios se centran en datos de protección de la infancia (cuyas definiciones varían de una jurisdicción a otra), otros se basan en el autoinforme retrospectivo (a partir de descriptores propios de cada estudio o de las percepciones individuales de las personas participantes, y por tanto sujeto a sesgos de recuerdo [Widom et al., 2004]), y otros utilizan diversos cuestionarios y medidas estandarizados (como Adverse Childhood Experiences y el Childhood History Questionnaire) (Bartlett et al., 2017; Bywaters et al., 2020; Leve et al., 2015; Romero-Martínez et al., 2014). Aun así, el amplísimo corpus de datos que constata que las experiencias de maltrato en la infancia se correlacionan con comportamientos parentales que causan daño a la siguiente generación y con la intervención de los sistemas de protección de la infancia (Armfield et al., 2021; Assink et al., 2018; Barker et al., 2019; Berlin et al., 2011; Dixon et al., 2005; Madigan et al., 2019; Marshall et al., 2011; Pears & Capaldi, 2001; Putnam-Hornstein et al., 2015; Russotti et al., 2021) sugiere que el concepto de continuidad intergeneracional del maltrato infantil es legítimo y pertinente.

Gran parte de la literatura se ha centrado en los factores que pueden moderar o atenuar la recurrencia intergeneracional del maltrato infantil; en función de estos rasgos, a menudo se dice de los progenitores que sufrieron daño en la infancia que «mantienen el ciclo» o que «rompen el ciclo» (Burke et al., 2021; Islam et al., 2023; McKenzie et al., 2021; Woods-Jaeger et al., 2018). Diversos trabajos han examinado si el tipo y el momento del maltrato sufrido por los progenitores en la infancia influían en la prevalencia y la forma del daño a la descendencia. Sin embargo, las enormes incoherencias en los enfoques y los resultados dificultan identificar de forma fiable temas o tendencias con estas medidas. Por ejemplo, algunos estudios indican que la criatura de un progenitor que había sufrido abuso sexual en la infancia tenía más probabilidades de sufrir daño que la de quien había sufrido otras formas de abuso (Hall et al., 1998; Robboy & Anderson, 2011; Widom et al., 2015), mientras que otros sugieren que el riesgo era máximo cuando la experiencia de daño de los progenitores era el abuso físico (Berlin et al., 2011; Bifulco et al., 2002; Oliveira et al., 2012; Pears & Capaldi, 2001; St-Laurent et al., 2019). Algunos estudios hallaron una transmisión intergeneracional del maltrato del mismo tipo (Kim, 2009): por ejemplo, los progenitores que presenciaron violencia doméstica y familiar en su infancia tenían más probabilidades de mostrar comportamientos físicamente abusivos (Al Dosari et al., 2017; Fulu et al., 2017; Jackson et al., 1999); otros, en cambio, detectaron en la segunda generación un maltrato de tipo múltiple o distinto del vivido por el progenitor: las madres que sufrieron abuso físico en su infancia mostraban comportamientos tanto abusivos como negligentes, mientras que unos antecedentes de negligencia en la infancia solo predecían comportamientos parentales negligentes (Yang et al., 2018). La diversidad de resultados se aprecia también en la investigación sobre el momento en que se produjo el maltrato sufrido por el progenitor: los resultados sugieren, por ejemplo, que el riesgo de desarrollar comportamientos parentales dañinos solo era significativo cuando el maltrato se había producido en la adolescencia (Thornberry & Henry, 2013), y que el abuso físico antes de los 13 años era el mejor predictor en los padres, mientras que el abuso físico después de los 13 años lo era en las madres (Romero-Martínez et al., 2014).

La investigación muestra más uniformidad a la hora de identificar las características parentales y familiares que median o moderan el riesgo de continuidad intergeneracional del maltrato. Se ha constatado que los progenitores jóvenes, en particular adolescentes, con antecedentes de abuso o negligencia en la infancia tenían más probabilidades de que su descendencia sufriera daño (Bartlett, 2012; McKenzie et al., 2021; NSW Department of Communities & Justice, 2019; Putnam-Hornstein et al., 2015; Shusterman et al., 2021), al igual que las familias numerosas (Hellmann et al., 2018) y los progenitores con menor nivel educativo (Fusco, 2015). También se constató que las experiencias de estrés económico o comunitario aumentaban el riesgo de maltrato infantil intergeneracional (Bennett et al., 2020; Dixon et al., 2009; Langevin et al., 2021; Ports et al., 2021), lo que pone de relieve la contribución de los factores de estrés y las adversidades vitales.

El diagnóstico de salud mental de los progenitores y la sintomatología traumática, como la disociación, la evitación experiencial y la desregulación emocional, se consideran factores de riesgo de continuidad intergeneracional del maltrato infantil (Islam et al., 2023; Marshall et al., 2011; McDonnell & Valentino, 2016; Pears & Capaldi, 2001; Russotti et al., 2021; Warmingham et al., 2020). La literatura coincide en general en que los progenitores que han integrado y elaborado su historia traumática y desarrollado mecanismos de afrontamiento eficaces tienen más probabilidades de criar a una descendencia que no sufre abuso ni negligencia (Amos et al., 2011; Borelli et al., 2019; Hall, 2011; Langeland & Dijkstra, 1995; Narang & Contreras, 2005).

Los sistemas de apoyo social relacionales y ecológicos de los progenitores también se identificaron como relevantes en la recurrencia o la discontinuidad intergeneracional del maltrato infantil. Los estudios constataron que el aislamiento social en la edad adulta era una respuesta frecuente al abuso o la negligencia en la infancia, así como un factor de riesgo de causar daño a la infancia, mientras que contar con una red de apoyo social y familiar amortiguaba este riesgo (Bartlett & Easterbrooks, 2015; Dixon et al., 2009; Jaffee et al., 2013; Merrick & Guinn, 2018; Thornberry et al., 2013; Tracy et al., 2018). La investigación halló que, para muchos progenitores que habían estado en acogimiento fuera del hogar, la parentalidad ofrecía una oportunidad y un impulso para reconectar con la familia biológica y sanar en el proceso (Chamberlain et al., 2019; Mauri, 2023); un estudio constató que vivir en un hogar de tres generaciones amortiguaba el riesgo de continuidad intergeneracional del maltrato infantil (Kong et al., 2021). Otras investigaciones señalaron como factores de protección una relación de pareja segura y estable (Conger et al., 2013) y una sólida red de apoyo social (Thornberry et al., 2013; Tracy et al., 2018).

Un importante corpus de investigación indica que las personas adultas que sufrieron daño en la infancia corren un mayor riesgo de revictimización, a menudo en relaciones marcadas por la violencia doméstica (Classen et al., 2005; Dass-Brailsford, 2007; Huefner et al., 2007; Hulette et al., 2011; Renner & Slack, 2006; Richards et al., 2017; Webermann & Murphy, 2018). Se ha constatado que la presencia en el hogar de una persona adulta violenta es un factor de riesgo de continuidad intergeneracional del maltrato infantil (Butler et al., 2020; Fusco, 2015), lo que ha llevado a plantear que es la vulnerabilidad de los progenitores supervivientes a sufrir nuevos daños a manos de otras personas (a menudo parejas violentas) lo que expone a la vez a su descendencia al riesgo de daño (Dixon et al., 2005; Greene et al., 2020), además de la visión tradicional de la infancia maltratada que crece hasta convertirse en una parentalidad maltratante.

Quienes han pasado tiempo en acogimiento fuera del hogar durante la infancia son especialmente vulnerables a la intervención de los servicios de protección cuando, más adelante, ejercen su propia parentalidad (Armfield et al., 2021; Fusco, 2015; Mauri, 2023; Wall-Wieler et al., 2018). Esto ha llevado a equipos de investigación y a activistas a denunciar el aislamiento social y la sensación de impotencia que a menudo se asocian a la experiencia del acogimiento (Dempster-Rivett et al., 2022) y a proponer que el Estado asuma una responsabilidad mayor y más duradera en el apoyo a las personas adultas que han pasado tiempo en acogimiento fuera del hogar, en particular cuando crían a su propia descendencia (Heberle et al., 2020; Hirst & Jones, 2016; Krutzinna, 2021; Schelbe & Geiger, 2017). La infancia indígena y negra también está sobrerrepresentada en los sistemas de protección (Cénat et al., 2023; Duthie et al., 2019). En 2020–2021, por ejemplo, el 17,2 % de la infancia indígena australiana recibió servicios de protección de la infancia (frente al 2,1 % de la no indígena), el 4,3 % fue objeto de notificaciones confirmadas de abuso o negligencia (frente al 0,9 % a escala nacional) y el 1,3 % ingresó en acogimiento fuera del hogar por decisión institucional (frente al 0,2 % en el conjunto de Australia) (Australian Institute of Health & Welfare, 2022). Esta sobrerrepresentación ha suscitado críticas a los sistemas de protección de la infancia por perpetuar un sistema de valores individualista occidentalizado que no facilita la colaboración, el reconocimiento del trauma histórico ni el espacio para las prácticas culturales de crianza necesarios para un enfoque descolonizador y antirracista (Bessarab & Crawford, 2013; Cénat et al., 2023; Funston & Herring, 2016; Menzies, 2019b; Nietz, 2018).

La literatura sobre la continuidad intergeneracional del maltrato infantil ha sido criticada por sus deficiencias metodológicas (Greene et al., 2020; Haselschwerdt et al., 2019; Madigan et al., 2019; McKenzie et al., 2021; Newcomb & Locke, 2001; Thornberry et al., 2012; Widom & Wilson, 2014), por ignorar variables externas como la opresión y la desigualdad estructurales (Bennett et al., 2020; Geiger et al., 2015) y por supuestos endebles basados en los resultados de investigación (Bartlett et al., 2017). Las teorías causales son otro terreno de controversia: un gran número de estudios se remite a la teoría del apego de Bowlby (1979) y a la teoría del aprendizaje social de Bandura (1977) como los constructos teóricos más utilizados (Assink et al., 2018; Badenes-Ribera et al., 2020; Chamberlain et al., 2019; Finzi-Dottan & Harel, 2014; Iyengar et al., 2019; Marshall et al., 2022; Mitkovic Voncina et al., 2017; Özcan et al., 2016; Steketee et al., 2021). Esto sugiere que el problema puede estar conceptualizado, en la profesión y en la formación, principalmente a través de la idea de que las experiencias infantiles forman un marco interno de patrones relacionales y de conducta que se repite a lo largo de la vida, sin prestar la debida atención a otras teorías de la transmisión. También se ha criticado a esta literatura por una atención excesiva a la transmisión por línea materna, con escasa atención a los padres (Greene et al., 2020; Negriff et al., 2020), y por limitarse predominantemente a dos generaciones cuando explora los patrones intergeneracionales de daño. Examinar la literatura más amplia sobre las respuestas intergeneracionales ofrece la oportunidad de considerar las implicaciones de estas limitaciones en este corpus de investigación y de enriquecer el conocimiento existente con las perspectivas alternativas que ofrece la literatura más amplia sobre las respuestas intergeneracionales al trauma.

Genocidio

La investigación sobre las respuestas intergeneracionales al trauma contiene resultados temáticos sugerentes y pertinentes para el maltrato infantil intergeneracional. Se considera en general que esta investigación pionera comenzó en la década de 1960 con supervivientes del Holocausto y sus familias (Barocas & Barocas, 1979; Danieli, 1998; Dass-Brailsford, 2007; Kellerman, 2001; Starman, 2006). Las observaciones clínicas de trastornos mentales en descendientes adolescentes de supervivientes del Holocausto (Rakoff et al., 1966; Sigal et al., 1973; Trossman, 1968) y los autoinformes de trastornos del sueño y de sueños de persecución semejantes a lo que había vivido el progenitor de la persona estudiada (Kellermann, 2013) dieron lugar a estudios empíricos que intentaban correlacionar los diagnósticos clínicos de problemas de salud mental con la condición de ser descendiente de una persona superviviente del Holocausto (Adelman, 1993).

Estos estudios suscitaron algunas críticas: diversos trabajos señalaron que la investigación implicaba una selección sesgada de las personas participantes, la ausencia de grupos de control y una dependencia de datos anecdóticos (Kellerman, 2001; Sagi-Schwartz et al., 2008; Solkoff, 1992; van Ijzendoorn et al., 2003). Además, a menudo no lograban confirmar la hipótesis de que la descendencia de supervivientes del Holocausto presentara tasas más altas de psicopatología que los grupos de control o la población general (Kellerman, 2001; Leon et al., 1981; Levav et al., 2007; Sagi-Schwartz et al., 2003; Solkoff, 1992). Con el tiempo, la investigación descubrió que, aunque la descendencia de supervivientes del Holocausto se situaba por lo general dentro del rango normal de funcionamiento psicológico, presentaba un perfil psicológico que incluía factores como la susceptibilidad al malestar, la hipervigilancia, problemas de separación e individuación, una autoestima dañada y dificultades interpersonales, que podían agravarse o desencadenarse (a veces hasta umbrales que cumplían los criterios de diagnóstico clínico de enfermedad mental) en respuesta al estrés vital (Baider et al., 2006; Giladi & Bell, 2013; Kellerman, 2001; Solomon et al., 1988; van Ijzendoorn et al., 2003). La investigación señala que ciertos subgrupos de descendientes de supervivientes del Holocausto son más vulnerables, entre ellos quienes nacieron poco después del trauma, las personas primogénitas, quienes tenían a ambos progenitores supervivientes del Holocausto y quienes escucharon en el discurso familiar relatos del Holocausto muy extensos o muy restringidos (Kellerman, 2001). Este último punto se vio agravado por una «conspiración del silencio» (Danieli, 1984, p. 23; Danieli 1988, p. 220), ya que la sociedad, incluidas las profesiones de ayuda, encontraba los horrores del Holocausto demasiado perturbadores y dolorosos para vivirlos de forma vicaria. Esto reforzó el impulso, ligado a la vergüenza, de las personas supervivientes a ocultar los recuerdos traumáticos, y convirtió el hogar familiar en el lugar principal en el que podían hablarse abiertamente esas experiencias. Además, los estudios que exploran los efectos intergeneracionales de distintas experiencias del Holocausto, o «relación dosis-efecto» (Burchert et al., 2017), señalan que la segunda generación de supervivientes del Holocausto refería más dificultades de salud mental si sus madres tenían 18 años o menos y estuvieron solas durante el genocidio (Aviad-Wilchek et al., 2013), lo que indica una mayor sensibilidad al trauma en las primeras etapas de la vida y el papel amortiguador del vínculo social.

Investigaciones posteriores sobre las adaptaciones transgeneracionales al trauma, que continúan hasta la actualidad, corrigieron los defectos metodológicos descritos (Felton, 1998), atendieron a los matices de la sintomatología traumática en lugar de limitarse a los criterios diagnósticos (Cohn & Morrison, 2018; Felton, 1998) y exploraron la tercera generación de descendientes de supervivientes del Holocausto (Aarons & Berger, 2017; Fossion et al., 2003). La literatura sobre supervivientes de genocidios se amplió también a grupos como el pueblo tutsi en Ruanda (Berckmoes et al., 2017; Rudahindwa et al., 2018), las personas supervivientes del genocidio de los Jemeres Rojos en Camboya (Field et al., 2011), la población ucraniana sometida al Holodomor (hambruna provocada por el Estado soviético) (Zasiekina et al., 2021) y el genocidio armenio en Turquía (Kalayjian & Weisberg, 2002; Karenian et al., 2011).

Algunos estudios revelan proporciones más altas de trastornos psicológicos o de síntomas que alcanzan umbrales clínicos en descendientes de supervivientes de genocidios en comparación con grupos de control o con la población general (Danieli et al., 2015; Giladi & Bell, 2013; Karenian et al., 2011; Kidron et al., 2019; Letzter-Pouw et al., 2014; Perroud et al., 2014; Rudahindwa et al., 2018), mientras que otros confirman el tema ya mencionado de la vulnerabilidad a respuestas más intensas ante el estrés o la adversidad. Estudios concretos concluyen que las personas descendientes de supervivientes de genocidios sentían más malestar ante una enfermedad potencialmente mortal que la población general (Baider et al., 2006), expresaban más ansiedad ante las amenazas que plantea el ISIS (Hoffman & Shrira, 2017), mostraban una mayor preocupación por la amenaza nuclear iraní (Shrira, 2015) y tenían más probabilidades de recibir un diagnóstico de TEPT tras el servicio militar que un grupo de control de personas veteranas de guerra (Solomon et al., 1988). Estos resultados apuntan a la aplicabilidad de la perspectiva psicosocial de diátesis-estrés, según la cual la psicopatología puede aparecer cuando vulnerabilidades preexistentes (biológicas o experienciales) se ven activadas por factores de estrés directos (Markward et al., 2000; Wolfner & Gelles, 1993).

La investigación revela en descendientes de muchas personas supervivientes de genocidios la sensación de un secreto familiar o social estigmatizado y silenciado, correlacionado con niveles más altos de malestar emocional (Berckmoes et al., 2017; Kahn & Denov, 2022; Loewenberg, 2012; Zasiekina et al., 2021). Los trastornos del sueño también aparecen como tema: varias personas participantes de distintos estudios refieren pesadillas intensas sobre campos de concentración, la pérdida de seres queridos y otros escenarios relacionados con el genocidio (Cohn & Morrison, 2018; Gertz, 1986; Kalayjian & Weisberg, 2002; Kellermann, 2013; Zasiekina et al., 2021).

La literatura menciona también el crecimiento postraumático y la adaptación positiva en descendientes de supervivientes de genocidios, en particular en la tercera generación. Los estudios revelan que estas personas descendientes muestran una mayor compasión ante el sufrimiento humano (Kellerman, 2001), un marcado escrutinio ético de las cuestiones contemporáneas (Cohn & Morrison, 2018) y una inclinación al activismo y a la identificación con su condición de supervivientes (King, 2013). Diversos trabajos señalan que las generaciones siguientes, en particular la tercera, muestran disposición, e incluso afán, por hablar abiertamente de la experiencia traumática de su familia, lo que contrasta con la tendencia a evitar el tema que a menudo se observaba en las personas supervivientes originales y, en menor medida, en su descendencia directa (Fossion et al., 2003; Kahane-Nissenbaum, 2011; Miller & Miller, 1993; Zasiekina et al., 2021). Estas personas participantes refieren un sentido de responsabilidad por preservar la información, como posible última generación que conoció personalmente a las personas supervivientes del genocidio (Aarons & Berger, 2017; Chaitin, 2002; Greenfeld et al., 2022), una atención a la justicia y la reparación (Mangassarian, 2016), el fortalecimiento de la identidad étnica y de los vínculos culturales (Der Sarkissian & Sharkey, 2021; Zasiekina et al., 2021) y una influencia sanadora sobre sus ascendientes (Bar-On, 1995). Estos resultados sitúan en el centro la defensa de derechos, el recuerdo, el activismo y la recuperación de la cultura como oportunidades deliberadas de recuperación, un factor que podría trasladarse al trabajo con familias implicadas, de generación en generación, en contextos de protección de la infancia.

Guerra

La correlación, citada con frecuencia, entre la experiencia de combate y el desarrollo de TEPT (Castro-Vale et al., 2019; Suozzia & Motta, 2004) ha dado lugar a investigaciones sobre la transmisión del trauma a lo largo de las generaciones en descendientes del personal militar (Dekel & Goldblatt, 2008; Lambert et al., 2014; Suozzia & Motta, 2004). Los estudios sobre este grupo se han centrado en gran medida en la aparición de estrés traumático secundario, traumatización vicaria o fatiga por compasión, de forma similar a lo observado en los servicios de primera intervención o en las profesiones de ayuda (Galovski & Lyons, 2004; Pearrow & Cosgrove, 2009; Suozzia & Motta, 2004). Trasladar esta investigación sobre el trauma de guerra intergeneracional a los contextos de protección de la infancia intergeneracional sugiere, al igual que el silencio y el secreto ya comentados en las personas supervivientes de genocidios, la necesidad de atender con cuidado al relato del trauma cuando se trabaja con familias que han vivido maltrato infantil intergeneracional.

Al igual que la literatura ya comentada sobre descendientes de supervivientes de genocidios, gran parte de la investigación se centra en la presencia o ausencia de diagnósticos de salud mental en la descendencia. Los estudios indican que la infancia de familias con personas veteranas de guerra tiene más probabilidades de presentar conductas externalizantes clínicamente reconocidas (como el TDAH y el trastorno de conducta) que la de las demás familias (Bommersbach et al., 2022), un mayor riesgo de TEPT si el progenitor con experiencia de guerra fue diagnosticado de TEPT (Galovski & Lyons, 2004), una mayor probabilidad de buscar tratamiento psiquiátrico si el progenitor tenía TEPT (Davidson & Mellor, 2001) y una mayor probabilidad de TEPT, depresión y ansiedad si los progenitores con experiencia de guerra tenían TEPT o habían sufrido cautiverio de guerra (Al-Turkait & Ohaeri, 2008). Sin embargo, un corpus notable de investigación no halla relación entre la experiencia bélica o el TEPT del personal militar y la psicopatología de su descendencia (Davidson & Mellor, 2001; Glenn et al., 2002), lo que sugiere la repetición del énfasis excesivo y erróneo en los umbrales clínicos que ya se observó en las familias de supervivientes de genocidios.

En cambio, la literatura confirma en general una sintomatología no clínica y dificultades funcionales en la descendencia de personas veteranas de guerra, con correlaciones entre las experiencias bélicas de los progenitores y el TEPT asociado, por un lado, y las dificultades emocionales y conductuales de su descendencia, por otro (Davidson & Mellor, 2001; Suozzia & Motta, 2004; Zerach et al., 2016). La investigación señala que la descendencia de progenitores que sirvieron en el ejército muestra más ira y ansiedad (Ahmadzadeh and Malekian, 2004), dificultades en las relaciones con sus pares (Rosenheck & Fontana, 1998) y estilos de apego inseguros (Kolvenbach, 2019). Al igual que la literatura sobre descendientes de supervivientes de genocidios, la literatura sobre el impacto intergeneracional del combate constata en la descendencia una mayor susceptibilidad a desarrollar sintomatología o diagnósticos de salud mental en momentos de estrés (Rosenheck & Fontana, 1998) y, retrospectivamente, que la experiencia de combate aumenta la vulnerabilidad al TEPT y a otros trastornos de salud mental si la persona había vivido previamente desventaja, opresión o trauma intergeneracionales (Coleman, 2016; McCormack et al., 2022). Además, la literatura identifica la reticencia de la generación de los progenitores, inducida por la vergüenza, a revelar y comentar la experiencia de guerra como una fuente de tensión relacional para su descendencia ya adulta (McCormack et al., 2022; Ruscio et al., 2002), y la sobrerrevelación o la reescenificación inconsciente del trauma por parte de los progenitores como una experiencia abrumadora y vicariamente traumatizante para su descendencia (Leiner, 2009).

Un pequeño grupo de estudios examina los efectos intergeneracionales en la descendencia de personas que fueron soldados en la infancia (Betancourt et al., 2020; Song, 2016; Song et al., 2013, 2014), un grupo especialmente pertinente cuando se trata de trasladar la literatura sobre el trauma intergeneracional a la investigación y la práctica en protección de la infancia. En la descendencia de personas de Burundi que fueron soldados en la infancia se detectan más problemas de conducta, menos habilidades de afrontamiento, menos apoyo percibido por parte de la fratría y una mayor percepción de problemas familiares, junto con una atención a valores que cultivaban la recuperación y la supervivencia (Song et al., 2013, 2014). Sin embargo, la escasez de literatura sobre este grupo concreto y las limitaciones de grupos de control comparables dificultan extraer conclusiones temáticas firmes.

Los estudios sobre descendientes de población civil que vivió el trauma de la guerra también han hallado un malestar mayor, incluso en comparación con el personal militar (Miller & Rasmussen, 2017; Schick et al., 2013). Song et al. (2013) sugieren que la experiencia civil en tiempo de guerra conlleva una menor sensación de control y de actividad que la experiencia de combate, lo que produce un malestar imprevisible con escasa capacidad de acción. Esta hipótesis resuena con la modalidad terapéutica de la experiencia somática (somatic experiencing), según la cual la acción, el movimiento y la movilización son necesarios para completar y descargar la respuesta de estrés y sacar a la persona traumatizada de una respuesta traumática de congelación o de inmovilidad tónica (Levine et al., 2018). Es posible que este fenómeno se manifieste a lo largo de las generaciones: un estudio halló niveles más bajos de TEPT en la tercera generación de descendientes de supervivientes del Holocausto si su progenitor había participado en combates militares (Zerach & Solomon, 2016).

Desplazamiento geográfico

La investigación sobre la transmisión intergeneracional del trauma en familias que han abandonado su país y su cultura a causa de la violencia, el cambio climático o una invasión explora los efectos de las adversidades vividas en el país de origen y de la discriminación y la opresión en el país de acogida (Denov et al., 2019; Sanmuhanathan, 2020; Steel et al., 1999). Algunos equipos de investigación sugieren que la experiencia migratoria puede ser tan significativa psicológicamente para las generaciones futuras como la supervivencia al Holocausto o a la guerra (Kellerman, 2001; Miller & Rasmussen, 2017; Solkoff, 1992), y el término «paradigma del triple trauma» (Flanagan et al., 2020, p. 2; Miller & Rasco, 2004) abarca los factores de estrés y las adversidades acumulados antes, durante y después de la migración.

Al igual que en la literatura ya comentada sobre otros grupos, se constata que la descendencia de personas refugiadas o solicitantes de asilo presenta tasas más altas de malestar psicológico, hiperactividad, síntomas conductuales y dificultades en las interacciones con sus pares, a menudo mediadas por los síntomas de salud mental relacionados con el trauma de los progenitores (Bryant et al., 2018; East et al., 2018; Panter‐Brick et al., 2014; Sangalang & Vang, 2017; Spencer & Le, 2006; Vaage et al., 2011). También recibe diagnósticos de trastornos de salud mental y de conducta, como TDAH, TEPT, depresión, ansiedad y otros trastornos psicológicos (Daud et al., 2005; Karenian et al., 2011), con tasas más altas que los grupos de control o la población general. La investigación constata que las experiencias de estilos parentales duros o emocionalmente distantes, la exposición a la violencia doméstica y familiar y los vínculos de apego interrumpidos contribuyen al nivel de malestar de la descendencia (Dalgaard et al., 2016; De Haene et al., 2013; Han, 2005; Kara & Stuart, 2021; Sangalang & Vang, 2017; Scharpf et al., 2021; van Ee et al., 2016), al igual que los relatos familiares excesivos o ausentes sobre la experiencia traumática antes, después y durante la migración (Dalgaard & Montgomery, 2015; Kizilhan et al., 2022; Kwan, 2019; Lev–Wiesel, 2007; Sanmuhanathan, 2020). Varios estudios se centraron en los sistemas estructurales y sociales del país de acogida y constataron a menudo que estos mantienen y agravan la desventaja intergeneracional de las familias desplazadas (Crankshaw et al., 2023; Steel et al., 1999). Este punto resuena con las experiencias de pobreza, opresión estructural y discriminación que a menudo viven las familias implicadas en los sistemas de protección de la infancia (Bennett et al., 2020; Procter et al., 2022) y subraya la pertinencia de una perspectiva sistémica en el trabajo con este grupo.

Otros resultados destacables de la literatura son una mayor percepción de racismo y acoso en la infancia refugiada cuyos progenitores presentan síntomas depresivos, en comparación con un grupo de control de familias refugiadas sin depresión (East et al., 2018); tensiones intrafamiliares en torno a la aculturación de las generaciones más jóvenes y a la percepción de desculturación en las generaciones mayores, que generan tensión relacional en la unidad familiar (Ayika et al., 2018; Der Sarkissian & Sharkey, 2021; Dinh et al., 1994; Weine et al., 2004); y una tendencia a la inversión de roles, en la que la infancia asume funciones de liderazgo en la familia a la hora de comunicarse y relacionarse con las instituciones del nuevo país (Denov et al., 2019).

El crecimiento postraumático ha sido también objeto de atención en la literatura sobre las poblaciones que han emigrado a nuevos países tras la opresión, la adversidad o la violencia en su país de origen (Atallah, 2017; Denov et al., 2019). La investigación identifica una variedad de vías que conducen a la recuperación intergeneracional en las poblaciones refugiadas y migrantes, entre ellas el retorno a las raíces culturales (Atallah, 2017; Kizilhan et al., 2022), espacios para hablar del trauma en los ámbitos educativo, social y familiar (Lin et al., 2009), la realización de estudios superiores como forma de honrar los sacrificios de las personas ascendientes (Kwan, 2019) o de recuperar la posición social previa a la huida (Lev–Wiesel, 2007), la creación artística que representa la historia del trauma (Kizilhan et al., 2022) y la conciencia, en las profesiones de ayuda, de las adaptaciones culturalmente sensibles de los modelos psicológicos de sanación dominantes (Kizilhan & Wenzel, 2020). La variedad ecléctica y culturalmente dependiente de las medidas de resiliencia y recuperación sugiere la necesidad de evitar los supuestos monoculturales o la aplicación de modelos de tratamiento rígidos y prescriptivos en el trabajo con familias que han vivido la migración. Por ejemplo, diversos trabajos señalan la disparidad entre la importancia que concede Occidente a hablar de las situaciones difíciles como forma de sanación y las normas de muchas otras culturas sobre la preservación de la intimidad familiar (Dalgaard & Montgomery, 2015; Gopalkrishnan, 2018; Valibhoy et al., 2017). Este resultado es aplicable a los contextos de protección de la infancia: diversos trabajos sugieren que dar prioridad a los valores y preferencias familiares y culturales en materia de sanación, en lugar de a modelos prescriptivos o manualizados, mejora la eficacia de las intervenciones (Hall, 2011; Kaur, 2012; Mroczkowska, 2024).

Colonización

El trauma de la colonización es especialmente pertinente cuando se trata de trasladar a los contextos de protección de la infancia el conocimiento más amplio sobre la transmisión intergeneracional. Los sistemas de protección de la infancia se describen como un «lugar de colonización» (Wanganeen, 2022), y las crecientes disparidades entre las tasas de niñas y niños indígenas y no indígenas que entran en contacto con los sistemas de protección en todo el mundo representan un proceso de colonización actual y continuo, perpetuado por el sistema (Atkinson, 2002; Funston & Herring, 2016; McCallum, 2022). En Australia, la infancia indígena tiene 10,5 veces más probabilidades de estar en acogimiento fuera del hogar que la no indígena (Secretariat of National Aboriginal & Islander Child Care, 2023) y (en 2020–2021) representaba el 29,4 % de las notificaciones confirmadas y el 39,15 % de las medidas de guarda y protección, pese a constituir algo menos del 6% de la población australiana de 0 a 17 años (Australian Government Productivity Commission, 2022). Se observan desproporciones similares en otros países. Más de la mitad (52,5 %) de la infancia del sistema de acogimiento canadiense es indígena, aunque solo representa el 7,7 % de la población total (Matheson et al., 2022), y la mitad de las familias indígenas y negras de un estado de EE. UU. fueron investigadas por abuso o negligencia infantiles, frente a algo más de 1 de cada 4 en la población general (Putnam-Hornstein et al., 2021).

Las experiencias de colonización pueden considerarse una culminación de los traumas de genocidio, guerra y desarraigo geográfico ya comentados. Las guerras coloniales fueron a menudo el resultado de la ocupación forzosa (Brave Heart, 2003; Kennedy, 2021), comparables a las experiencias de guerra internacional. Diversos trabajos sostienen que los procesos de asimilación, como la separación forzosa de la infancia de sus familias y el control de los matrimonios en Australia con fines de absorción genética (Broome, 2012; Menzies, 2019a), y la institucionalización forzosa de la infancia indígena y las esterilizaciones no consentidas de mujeres indígenas en Estados Unidos y Canadá (Matheson et al., 2022; Walls & Whitbeck, 2012), cumplen la definición de genocidio por la intención de aniquilar a un grupo racial a lo largo de generaciones (Barkan, 2003; Bartrop, 2001; Broome, 2012; Cunneen & Libesman, 2000; Ellinghaus, 2009; Evans-Campbell, 2008; Kirmayer et al., 2000). La colonización implicó también a menudo el traslado forzoso o coaccionado lejos de la comunidad y de la tierra ancestral hacia misiones, reservas o internados (Atkinson, 2002; Denov & Campbell, 2002; Menzies, 2019b; Walls & Whitbeck, 2012), un trauma especialmente profundo para los pueblos indígenas dada la interconexión entre las personas, los ancestros, el espíritu y la tierra (Atkinson, 2002; Berndt & Berndt., 1988; Krichauff, 2017; Matheson et al., 2022; McCallum, 2022; Nicolai & Saus, 2013). Además, no hubo un único acontecimiento, limitado en el tiempo, que afectara a una sola generación de pueblos indígenas, como la experiencia del Holocausto o del combate, que, aunque a menudo prolongada y profundamente dañina, tuvo un final tangible. Por el contrario, los traumas intergeneracionales de la colonización se han amplificado y acumulado a lo largo de las generaciones mediante experiencias continuas de colonización y poscolonización, entre ellas la pobreza, la discriminación, la enfermedad, el duelo, la retirada de la infancia de sus familias y el encarcelamiento (Bombay et al., 2014; Menzies, 2019b; O’Neill et al., 2018; O'Neill, 2019; Paradies, 2016; Stewart & Losurdo, 2015).

La literatura sobre los aspectos intergeneracionales del trauma de la colonización se concentra mayoritariamente en los grupos indígenas de Canadá, Norteamérica y Australia (Bombay et al., 2009; Brave Heart et al., 2011; Matheson et al., 2022; Menzies, 2019b; O’Neill et al., 2018), con un número limitado de estudios sobre pueblos colonizados de Nueva Zelanda, México y otros países (Cacari Stone et al., 2021; Dempster-Rivett et al., 2022; Love, 2002; Pihama et al., 2014). La investigación revela en la descendencia una sintomatología traumática que incluye desregulación emocional, abuso de drogas y alcohol y otros comportamientos autodestructivos, dificultades interpersonales, violencia personal y familiar, pensamientos y recuerdos intrusivos y rechazo de la cultura (Bombay et al., 2009; Brave Heart, 2003; Hoffart & Jones, 2018; Holder, 2023; Jacobs & Davis, 2017; Krakouer et al., 2022).

La literatura explora el bienestar emocional y la salud mental de las personas indígenas que han vivido un trauma intergeneracional. En 2018–2019, el 24% de las personas indígenas australianas encuestadas refirió un trastorno de salud mental o de conducta diagnosticado (Martin et al., 2023). Una comparación de estos datos con las estadísticas sobre la población adulta australiana en 2017–2018 muestra que la frecuencia de diagnósticos psicológicos no es muy distinta, ya que el 20,1 % de la población australiana refería un diagnóstico de salud mental (Australian Bureau of Statistics, 2018). La similitud de las tasas de salud mental entre la población indígena y no indígena de Canadá lleva a suponer que este resultado inesperado podría estar relacionado con la menor búsqueda de ayuda (que da lugar a evaluaciones y diagnósticos) que la población indígena puede mostrar en comparación con otros grupos, debido al abuso y el maltrato sistémicos históricos (Kirmayer et al., 2000). Sin embargo, esto también puede reflejar lo observado en los grupos ya comentados, es decir, la ausencia de resultados estadísticamente significativos cuando la atención se centra en el diagnóstico clínico. Cuando los criterios de medición aplicados a los pueblos colonizados se centran en el bienestar emocional y psicológico, se observan disparidades más significativas entre las familias de supervivientes del trauma y los grupos de control. Según los datos, la descendencia de miembros de las Generaciones Robadas en Australia Occidental tiene el doble de probabilidades de presentar dificultades emocionales y conductuales significativas y el doble de probabilidades de consumir drogas o alcohol que la infancia aborigen cuyos progenitores no fueron arrebatados a sus familias (De Maio et al., 2005), más de dos veces y media más probabilidades de presentar un riesgo elevado de dificultades emocionales y conductuales significativas, y más del doble de probabilidades de alcanzar este umbral si su progenitor, pero no su abuelo o abuela, había sido separado de su familia (Silburn et al., 2006). El treinta y uno por ciento de las personas adultas indígenas australianas encuestadas (Martin et al., 2023), frente al 13% de la población australiana encuestada (Australian Bureau of Statistics, 2018), refiere niveles altos o muy altos de malestar psicológico en la Kessler Psychological Distress Scale (K10). El consumo de sustancias y las adicciones, una forma eficaz de anestesiar o eludir la angustia psicológica (Marsh et al., 2022; Nutton & Fast, 2015), entre las personas indígenas están ampliamente documentados en la literatura (Barker et al., 2019; Duran et al., 1998; Estrada, 2009; Krakouer et al., 2022), mientras que los pensamientos y conductas suicidas resultan significativamente más frecuentes en la población indígena australiana (Islam et al., 2022; Martin et al., 2023; Parker & Ben-Tovim, 2002) y en la descendencia, hasta la tercera generación, de personas indígenas canadienses separadas de sus familias y criadas en los internados para indígenas (Indian Residential Schools) (Elias et al., 2012; Menzies, 2008; Moniruzzaman et al., 2009). De hecho, estudios recientes sugieren que la población indígena canadiense muere por suicidio en una proporción de dos a diez veces superior a la de la población no indígena (Matheson et al., 2022), y la población indígena australiana, cuatro veces más que sus pares no indígenas (Australian Bureau of Statistics, 2018).

De forma más esperanzadora, la literatura sobre las respuestas transgeneracionales al trauma en los pueblos colonizados pone de relieve la resiliencia y la recuperación en mucha mayor medida que la referida a otros grupos, y sitúa a estos pueblos a la vanguardia de la sanación intergeneracional. Kennedy (2021) afirma que «(e)l proceso de sanación es una segunda naturaleza para el pueblo aborigen» (p. 231), y expresa después la inseparabilidad del trauma y la recuperación para los pueblos indígenas en la Australia colonizada. Las personas indígenas australianas subrayan el valor, para la recuperación, de mantener y recuperar los relatos culturales y la conexión con la tierra ancestral a través de los relatos del Tiempo del Sueño, el arte, la danza y el canto (Atkinson, 2002; Dockery, 2010; Toomey, 2015; Tujague & Ryan, 2023), así como de establecer vínculos significativos entre las experiencias traumáticas de las distintas generaciones para favorecer una mayor compasión y la sanación relacional (Gee et al., 2020). Muchas culturas indígenas australianas practican el Dadirri, una filosofía relacional y una práctica oral de escucha profunda, reflexiva y respetuosa que consiste en sintonizar con el «manantial profundo que hay en nuestro interior» (Ungunmerr-Baumann, 2002, p. 1). El Dadirri sitúa en el centro el reconocimiento de los daños históricos y la sanación de las heridas espirituales (Kennedy, 2021; Tracey, 2015; Ungunmerr-Baumann et al., 2022; Walters, 2014). Los círculos de conversación (yarning circles), a veces llamados clinical yarning o therapeutic yarning (Burke et al., 2022; Wanjunagalin & Thompson, 2023), ofrecen también en la cultura indígena australiana un espacio narrativo para el duelo compartido, el consuelo, la seguridad cultural y la reapropiación del relato de vida (Tracey, 2015; Wanjunagalin & Thompson, 2023). Un estudio señala como esenciales para la sanación las prácticas maoríes de Nueva Zelanda del Wairua (conexión con el espíritu y con el propio ser), el Pou (fuerza y liderazgo de origen cultural para la propia persona y para las demás) y el Turangawaewae (un lugar donde mantenerse en pie y al que pertenecer) (Dempster-Rivett et al., 2022), lo que pone de relieve la importancia de la pertenencia, el activismo y la conexión cultural. La investigación sobre las prácticas culturales indígenas de sanación en todo el mundo constata la importancia del relato y del compartir la experiencia (Brave Heart-Jordan, 1995; Denham, 2008; Krichauff, 2017; Marsh et al., 2016; McCabe, 2008), de la recuperación de la cultura y de las prácticas culturales de sanación (Gone, 2013; Halloran, 2004; Marsh et al., 2016; Menzies, 2008; Smallwood et al., 2021), y del liderazgo a través del activismo y el voluntariado para impulsar el reconocimiento político del daño y facilitar la sanación colectiva (Kirmayer et al., 2011; Walters, 2014).

Estudios con animales

La investigación cuantitativa y positivista basada en estudios experimentales con animales amplía el conocimiento sobre las respuestas intergeneracionales al trauma y refuerza el marco científico y empírico en torno al fenómeno social del maltrato infantil intergeneracional. Aunque algunos de estos estudios han recibido críticas por el tamaño de las muestras y por la falta de comparabilidad entre grupos experimentales y de control (Callaway, 2013; Ptashne, 2013), muchos equipos de investigación destacan las ventajas de las condiciones experimentales controladas que permiten los estudios con animales (un objetivo inviable con seres humanos por las obligaciones éticas y por la imposibilidad práctica de realizar estudios longitudinales multigeneracionales dentro de la duración de una vida humana) y subrayan la legitimidad de explorar el fenómeno de las adaptaciones intergeneracionales al trauma y al maltrato infantil con mamíferos como sujetos de investigación (van Steenwyk et al., 2018).

Varios estudios introdujeron experiencias estresantes o traumáticas en una generación de animales y observaron sus efectos en la descendencia y en las generaciones siguientes según diversos criterios. Una de estas investigaciones expuso a grupos de crías de ratón a una separación materna impredecible durante los catorce primeros días de vida y evaluó factores como la sensibilidad al estrés, la capacidad de experimentar placer y la persistencia en la resolución de problemas en estos ratones y en dos generaciones de su descendencia (Franklin et al., 2010). El estudio constata respuestas de evitación y de inmovilidad que sugieren comportamientos depresivos y ansiosos, con variaciones de la transmisión según el sexo. Otro estudio, que observó tres generaciones de macacos rhesus asignados aleatoriamente a ser criados por su madre o a ser separados al nacer y criados por personas cuidadoras humanas, concluye que los beneficios observados a lo largo de la vida (salud y rango social) de haber sido criado por la madre solo eran evidentes en la descendencia de monos que también habían sido criados por sus madres (Dettmer et al., 2020). Otra investigación, que condicionó a ratones a asociar el olor de la acetofenona (flor de cerezo) con una descarga eléctrica, halló que dos generaciones de su descendencia (concebida mediante FIV y criada por progenitores adoptivos para descartar la posibilidad de una transmisión social) mostraban respuestas de ansiedad ante el olor de la acetofenona sin haber sufrido nunca una descarga eléctrica (Dias & Ressler, 2014b). Un estudio de seguimiento inyectó ácido ribonucleico (ARN), traductor y portador de información genética, en cigotos sin exposición previa, y halló que la descendencia resultante también presentaba una mayor sensibilidad al estímulo olfativo hasta la edad adulta (Aoued et al., 2020). Al pensar en el concepto de maltrato intergeneracional y de retirada de la infancia de sus familias, cabe preguntarse si los efectos de las comunicaciones de los servicios de protección de la infancia sobre las familias implicadas en estos sistemas a lo largo de generaciones podrían ser en cierto modo análogos al olor desencadenante de la flor de cerezo en la descendencia de los animales condicionados. Otros estudios concluyen que la descendencia de ratones expuestos a un estrés prenatal acumulativo (cada generación estaba expuesta) mostraba niveles de comportamientos de tipo ansioso que aumentaban de generación en generación (McCreary et al., 2016); que, tras una experiencia traumática en la primera generación de ratones, los síntomas depresivos persistían hasta la tercera generación y los comportamientos de riesgo hasta la cuarta generación de descendientes (van Steenwyk et al., 2018); y que la descendencia de ratones machos expuestos a una derrota social crónica muestra más comportamientos relacionados con la ansiedad y la depresión (aunque esto se atenuaba considerablemente cuando la reproducción se realizaba mediante FIV en este estudio [Dietz et al., 2011]).

Algunos estudios han explorado el impacto del trauma en la supervivencia de las crías. Un estudio constata una reducción de la duración de la gestación en la descendencia de ratas expuestas al estrés (Yao et al., 2014), mientras que otro halla que la leche de cerdas estresadas durante las primeras semanas de lactancia provoca pérdidas de lechones de hasta el 15% (Gimsa et al., 2022). El estudio ya mencionado con macacos rhesus (Dettmer et al., 2020) no halla diferencias en la fertilidad ni en la mortinatalidad entre la descendencia de animales criados por sus madres y la de animales criados por personas cuidadoras humanas (y, por tanto, sometidos a un estrés temprano), pero sí una probabilidad estadísticamente significativa de mortalidad infantil en el primer mes de vida en este último grupo. La autoría señala que este resultado concuerda con estudios observacionales en estado salvaje que sugieren que la adversidad temprana afecta a las tasas de supervivencia de las crías de babuino (Thayer & Sweetman, 2019; Zipple et al., 2019).

Investigación biológica

Las aportaciones de las biociencias han demostrado que el trauma deja una huella orgánica en las generaciones siguientes, con diferencias medibles en la activación o desactivación de genes y de las funciones biológicas asociadas (Klengel et al., 2016; Švorcová, 2023; Youssef et al., 2018). Al igual que los estudios con mamíferos, esta investigación rodea el concepto de maltrato infantil intergeneracional de una validación científica y biológica, y confirma que las vulnerabilidades existen a nivel celular y epigenético. Esta teoría postula que la transmisión intergeneracional se produce mediante marcadores epigenéticos que modifican la expresión del ADN en distintos momentos de la experiencia preconcepcional, prenatal y vital de una persona. La herencia epigenética designa la alteración de la expresión del ADN en las células germinales (espermatozoide u óvulo) para preparar al individuo para las condiciones que puede encontrar en su vida a partir de las experiencias de generaciones anteriores (Blake & Watson, 2016; Harper, 2005; Krippner & Barrett, 2019; Lassi & Teperino, 2020). Se postula que un número muy reducido de marcadores epigenéticos (que activan o desactivan genes) sobrevive al «reinicio» (borrado de las marcas epigenéticas) que se produce durante la formación de la célula germinal (óvulo o espermatozoide) y de nuevo entre la fecundación y la implantación del embrión, lo que da lugar a una metilación (silenciamiento de ciertos genes) en el ADN y permite así que algunos aspectos de la memoria y la experiencia parentales se manifiesten biológicamente en la descendencia (Hackett et al., 2013; Krippner & Barrett, 2019; Roberts et al., 2018; Tang et al., 2015). Se señala que las experiencias maternas pueden afectar epigenéticamente de forma directa a tres generaciones (la madre, el feto y las células reproductoras en desarrollo del feto), mientras que las experiencias preconcepcionales de los varones solo pueden influir directamente en dos generaciones (el padre y el espermatozoide), ya que el esperma se produce durante toda la vida reproductiva, mientras que los ovocitos (preóvulos) se desarrollan en el útero (Klengel et al., 2016; Otterdijk & Michels, 2016). La programación epigenética intrauterina reconoce el embarazo como un periodo sensible para la expresión genética de la descendencia (Braun et al., 2020; Kertes et al., 2016; Mbiydzenyuy et al., 2022; Švorcová, 2023; Szyf, 2015). Además, las alteraciones epigenéticas actúan constantemente a lo largo de la vida, modificando la expresión de los genes para optimizar nuestra adaptabilidad a las condiciones ambientales y sociales (Harper, 2005; Szyf, 2015).

Gran parte de la investigación sobre la herencia epigenética aplicada a la transmisión intergeneracional del trauma se centra en el sistema glucocorticoide y en la reactividad asociada del funcionamiento del eje hipotálamo-hipófiso-suprarrenal (HHS), que regula la activación y desactivación de la respuesta de estrés (Daskalakis et al., 2021; Kertes et al., 2016; Švorcová, 2023; Yahyavi et al., 2014; Yehuda et al., 2011, 2016) y se asocia al malestar emocional y psicológico y a los trastornos del estado de ánimo (McGowan et al., 2009; Rodgers et al., 2013). En las células germinales y en la descendencia de sujetos de investigación expuestos al estrés o al trauma se halló una expresión inhibida de los genes responsables de los receptores de glucocorticoides (Fish et al., 2004; Gapp et al., 2016; Švorcová, 2023), junto con niveles de cortisol (corticosterona en los roedores [Raff, 2016]) en general reducidos (Brand et al., 2010; Feng et al., 2011; Goerlich et al., 2012; Oberlander et al., 2008; Perroud et al., 2014; Yehuda et al., 2005), pero a veces aumentados (Dietz et al., 2011; Huang et al., 2012). El cortisol es la segunda hormona que se libera (después de la adrenalina) en momentos de estrés intenso, y tanto los niveles altos como los bajos de cortisol dificultan la recuperación tras situaciones estresantes y se asocian a una sintomatología depresiva, ansiosa y relacionada con el TEPT (Kaitz et al., 2009; Yehuda et al., 2011).

La investigación sobre las respuestas intergeneracionales al trauma halló respuestas inhibidas o hiperactivas en varios otros sistemas biológicos. En la descendencia de sujetos expuestos al estrés se observa la inhibición de genes relacionados con la producción, la recepción y el transporte de la serotonina (asociada a la regulación del estado de ánimo y a la salud mental) (Bouvette‐Turcot et al., 2015; Franklin et al., 2010; Razoux et al., 2017). La oxitocina (una hormona asociada a los comportamientos maternos de cuidado, a la eyección de la leche hacia los conductos y a las contracciones durante el parto), la sensibilidad a la oxitocina y los marcadores epigenéticos relacionados con su producción aparecen atenuados en las madres que han vivido un trauma (Babb et al., 2014; Bos, 2017; Buchheim et al., 2022; Kim & Strathearn, 2017), lo que, según se postula, reduce las recompensas emocionales habitualmente positivas de la hormona y el incentivo para el vínculo entre madre y bebé (Bos, 2017; Cicchetti & Feldman, 2015). Además, según los datos, la prolactina, una hormona que estimula la producción de leche tras el parto, disminuye en las madres que han vivido un trauma (Babb et al., 2014), mientras que una enzima que contribuye a un escudo placentario que transforma el cortisol materno en una forma no tóxica para el feto durante el tercer trimestre del embarazo era menos abundante en las madres que habían vivido un trauma, sobre todo si este se produjo en la infancia (Bierer et al., 2014; Yehuda et al., 2009). La literatura muestra también adaptaciones epigenéticas más alentadoras en la célula germinal: la descendencia de madres con niveles reducidos de la enzima mencionada presentaba de hecho niveles más altos de esta enzima, lo que sugiere un posible elemento compensatorio durante el desarrollo intrauterino (Bierer et al., 2014; Yehuda, 2021).

Otros estudios han utilizado la resonancia magnética funcional (RMf) y el examen post mortem para explorar las estructuras y la señalización neurológicas en descendientes de supervivientes del trauma (Braun et al., 2020; Mbiydzenyuy et al., 2022; Moog et al., 2018). Los resultados sugieren que el estrés preconcepcional de los progenitores o el trauma intrauterino producen una menor densidad neuronal y cambios epigenéticos en la activación de genes asociados a la conectividad y la plasticidad neurológicas (McCreary et al., 2016), una plasticidad sináptica alterada, una señalización debilitada entre neuronas y déficits de memoria a largo plazo (Bohacek et al., 2015), así como cortezas más delgadas y alteraciones de la conectividad entre regiones cerebrales, entre ellas el hipocampo (centro del aprendizaje y la memoria), la amígdala (respuesta de miedo) y la corteza frontal (pensamiento de orden superior) (De Asis-Cruz et al., 2020; Mbiydzenyuy et al., 2022; Wu et al., 2020). La investigación sugiere también que las criaturas recién nacidas de madres estresadas tienen, por término medio, telómeros más cortos (secuencias que protegen los cromosomas, asociadas a la longevidad y a la protección frente a trastornos somáticos y psicológicos) (Carroll et al., 2020; Marchetto et al., 2016; Send et al., 2017).

Una visión menos determinista, y quizá más esperanzadora, de la investigación sobre la epigenética en la transmisión intergeneracional sugiere que las alteraciones epigenéticas de la célula germinal son reversibles, en particular en periodos sensibles como el prenatal y la infancia (Gapp et al., 2014; Rasmussen & Storebø, 2021; Yehuda, 2021). Estudios controlados han observado cambios en la expresión genética de las funciones corporales, con una respuesta de estrés del eje HHS más moderada y cambios en la expresión génica del hipocampo relacionados con el sistema glucocorticoide cuando los sujetos recibían mejores cuidados maternos (Fish et al., 2004; Weaver et al., 2004); que el silenciamiento de un gen transportador de la serotonina, que provocaba un mayor malestar en los sujetos de investigación, se atenuaba en parte gracias a vínculos de apego maternos seguros en la primera infancia (Suomi, 2011); y que las personas con TEPT que participaron en una terapia presentaban una menor metilación de un gen asociado a los trastornos afectivos, lo que sugiere una mayor resiliencia biológica frente a los síntomas de enfermedad mental (Yehuda et al., 2013).

Patrones y desencadenantes

En la literatura existen algunas propuestas, aunque controvertidas, según las cuales la repetición intergeneracional de la experiencia o de la respuesta traumática podría seguir ciertos patrones en cuanto al momento, el sexo y la forma de manifestarse. Una aplicación intergeneracional del concepto denominado por primera vez «síndrome de aniversario» hace más de 70 años (Hilgard, 1953) sugiere que la segunda generación puede vivir traumas o mostrar respuestas traumáticas al alcanzar la edad que tenía su progenitor cuando sufrió el trauma original (Schützenberger, 2014; Welford, 2019; Wolynn, 2017). Un estudio temprano constata que, en su muestra, más de la mitad de las 30 personas hospitalizadas descendientes de supervivientes del Holocausto presentaban sintomatología traumática y de salud mental al alcanzar la edad que tenía su progenitor durante el Holocausto (Axelrod et al., 1980), mientras que otros trabajos describen el abandono de la infancia o experiencias de pérdida y duelo a la misma edad en varios miembros de una familia a lo largo de varias generaciones (Schützenberger, 2014).

La literatura revela también posibles vías de transmisión intergeneracional específicas según el sexo: la mayoría de los estudios sobre este posible fenómeno sugiere que las hijas tienen más probabilidades que los hijos de verse afectadas por el trauma de sus progenitores (Amy et al., 2002; Burchert et al., 2017; Felton, 1998; Franklin et al., 2010; Lichtman, 1984). También se ha estudiado la transmisión de la respuesta traumática en función del sexo del progenitor superviviente, con resultados contrapuestos: un mayor riesgo de transmisión del TEPT por línea materna, mientras que el TEPT del padre predecía con más probabilidad la depresión en la descendencia (Yehuda et al., 2008); un efecto transgeneracional más marcado en la transmisión paterna que en la materna (Schick et al., 2013); la constatación de que los hijos se veían más afectados por la sintomatología traumática de la madre, mientras que las hijas lo estaban más por la del padre (Kim et al., 2009); y una menor longevidad de los hijos y de los nietos por línea masculina, pero no de las hijas ni de la descendencia por línea femenina, si el abuelo había sido prisionero de guerra (Costa, 2024).

Algunas investigaciones sugieren que el trauma puede saltarse una generación, con la hipótesis de que algunas personas podrían ser portadoras asintomáticas del trauma, de forma similar a las vías de transmisión de algunas enfermedades genéticas (Bulmer, 1998; Franklin et al., 2010; Sagi-Schwartz et al., 2008). Las vías específicas según el sexo podrían intervenir en este posible fenómeno: un estudio halló que las crías macho de ratones sometidos a estrés tenían menos probabilidades que las hembras de mostrar respuestas traumáticas de tipo depresivo y sensibilidad al estrés, pero que estas respuestas traumáticas aparecían en su propia descendencia de ambos sexos (Franklin et al., 2010). Aunque la literatura sobre los patrones intergeneracionales de la respuesta traumática es ecléctica, discordante y variable en cuanto a sus conclusiones temáticas, su reaparición a lo largo de décadas de investigación sugiere que el concepto merece ser tenido en cuenta y seguir explorándose en relación con el maltrato infantil intergeneracional.

Discusión

Esta revisión, aunque no es exhaustiva (el trauma intergeneracional se estudia también en relación con otros traumas, como el abuso interpersonal en la edad adulta, la esclavitud y las experiencias de catástrofes naturales [Degruy-Leary, 2017; Lambert et al., 2014]), revela temas en las formas en que se enmarca y se concibe la integración del trauma intergeneracional en distintos grupos de supervivientes. Mientras que la investigación sobre la continuidad intergeneracional del maltrato infantil se centra en los incidentes, las características y los tipos de maltrato que pueden perpetuar o romper los ciclos intergeneracionales de abuso o negligencia infantiles, el conocimiento más amplio que explora el genocidio, la guerra, el desplazamiento geográfico, la colonización, los estudios con animales y la influencia biológica aborda el tema desde perspectivas más holísticas y abiertas a la curiosidad. Pone de manifiesto los múltiples efectos de la supervivencia intergeneracional al trauma, sugiere mecanismos de transmisión diversos y llama la atención sobre la susceptibilidad no determinista a dificultades psicológicas y funcionales en descendientes de supervivientes del trauma («vulnerabilidades heredadas») y sobre las prácticas de recuperación que surgen de forma natural («remedios innatos»). Este conocimiento ofrece la oportunidad de ampliar el enfoque, ya contextual, del trabajo social con la infancia y la adolescencia, prestando más atención a las influencias longitudinales e intergeneracionales. Aprovechar los datos existentes sobre la aparición, las secuelas y la superación del trauma a lo largo de las generaciones puede tener implicaciones profundas para la práctica, las políticas y la investigación. Ello podría suponer un cambio en la percepción de las experiencias internas y externas de las familias, una nueva comprensión de la eficacia y el altruismo de los enfoques actuales del trabajo social en este campo, y el desarrollo de nuevas formaciones, directrices de actuación y herramientas prácticas para trabajar con personas que han vivido maltrato infantil a lo largo de generaciones.

Se recomienda una actitud reflexiva y crítica al trasladar los temas de la literatura más amplia a los contextos de protección de la infancia. Las experiencias de maltrato en la infancia implican componentes singulares y complejos que pueden no reproducir con exactitud las experiencias traumáticas de otros grupos. En primer lugar, se considera que los efectos del trauma son más intensos y generalizados si se sufre en la infancia (Anda et al., 2006; van der Kolk, 2014; van der Kolk et al., 2005), algo que se atribuye a la amplificación de la plasticidad neurológica y de la dependencia relacional durante el desarrollo. El cerebro forma y consolida vías sinápticas (la base de los pensamientos, las creencias y los comportamientos) a un ritmo rápido en la infancia y la adolescencia, lo que da lugar a formaciones neurológicas profundas y duraderas que afectan a la visión del mundo y a los esquemas si se sufre un trauma durante este periodo (Cross et al., 2017; Perry & Szalavitz, 2017; van der Kolk, 2003). Además, las experiencias de maltrato en la infancia suelen deberse a la acción o la inacción de las personas cuidadoras (Bartlett et al., 2017; US Department of Health and Human Services., 2023), que son también las fuentes de seguridad y de cuidados de la criatura. Bebés y criaturas pequeñas tienen una predisposición automática e instintiva a buscar la conexión con sus personas cuidadoras para obtener alimento, calor y otras respuestas de cuidado esenciales para la supervivencia. También tienen un impulso instintivo de retirarse ante el peligro, el dolor y el miedo, y de evitarlos. Cuando la fuente del daño es también la fuente de los cuidados, se crea un dilema irresoluble para la criatura, que repercute de forma marcada en sus patrones relacionales y en su respuesta autónoma al estrés (Cohn, 2022; Liotti, 2004). Diversos trabajos abogan por un diagnóstico específico, el TTD (trastorno traumático del desarrollo, Developmental Trauma Disorder), para reconocer estas particularidades como distintas tanto del TEPT como del más reciente TEPT-C (TEPT complejo, que abarca múltiples episodios traumáticos y el trauma relacional) (Ford, 2023; van der Kolk, 2005).

Conviene señalar también que el trauma que viven las familias implicadas, de generación en generación, en los sistemas de protección de la infancia no se limita a una sola generación, como ocurre, por ejemplo, con las personas supervivientes del Holocausto. Por el contrario, y de forma similar a lo que constata la literatura sobre la colonización y sobre algunas experiencias de refugio, el trauma suele acumularse y complicarse en cada generación, dando lugar a daños y respuestas múltiples y a menudo inseparables. Además, la implicación en los sistemas de protección de la infancia puede conllevar la separación de la infancia de sus progenitores si ingresa en un acogimiento formal fuera del hogar, lo que limita las oportunidades de comunicación familiar y de mantenimiento de las relaciones que, según la literatura, pueden ser un poderoso instrumento de sanación y de elaboración intergeneracionales.

Vulnerabilidades heredadas

La literatura sobre las respuestas intergeneracionales al trauma deja claro que la transmisión de la adversidad, de la sintomatología de salud mental y de las respuestas traumáticas dista mucho de estar predestinada. Sin embargo, la investigación en los grupos revisados observa una mayor vulnerabilidad a estas dificultades en la descendencia de supervivientes, hasta la tercera generación, que a menudo se activa cuando la persona se enfrenta a sus propios factores de estrés y adversidades. Trasladar este modelo de diátesis-estrés al campo del maltrato infantil impulsa una reflexión atenta sobre las experiencias de las familias implicadas durante varias generaciones en los sistemas de protección de la infancia (Markward et al., 2000; St-Laurent et al., 2019), así como la motivación para pensar en las generaciones futuras de niñas y niños y hacerles justicia (Bartholet, 2014).

Pese a sus satisfacciones, la parentalidad en sí misma se considera casi universalmente fuente de experiencias estresantes (Iyengar et al., 2019), y la literatura señala que las personas con antecedentes de abuso tienen más probabilidades de percibir y abordar el rol parental con aprensión o ansiedad (Amos et al., 2015; Dixon et al., 2009; Finzi-Dottan & Harel, 2014; Rodriguez & Richardson, 2007). Además, la experiencia de apego que implica la crianza puede reactivar el propio trauma relacional o de apego del progenitor y provocar malestar emocional y respuestas traumáticas (Amos et al., 2015; Thompson, 2018). La investigación sobre los cambios biológicos en las personas supervivientes del trauma y en su descendencia sugiere también que algunas funciones de la maternidad (como el parto, la lactancia y el vínculo entre madre y bebé) pueden verse obstaculizadas por cambios epigenéticos en los sistemas hormonales que regulan e influyen en estas funciones, lo que da lugar a dificultades orgánicas que pueden intensificar las ansiedades maternas.

Además, es muy probable que una intervención de los servicios de protección de la infancia constituya un factor de estrés intenso y agudo para las familias con una historia intergeneracional de implicación en estos sistemas, sobre todo cuando ha habido retiradas de menores en el pasado, lo que puede provocar reacciones cognitivas, emocionales y conductuales intensas. La investigación sugiere que el trauma no resuelto de los progenitores dificulta su implicación con los sistemas de protección (Thompson, 2018), y que la expresión de ira, malestar y evitación de los progenitores hacia profesionales de la protección de la infancia es un factor importante en las evaluaciones del riesgo percibido para la infancia (Mirick, 2013; Quick & Scott, 2019). El concepto de «vulnerabilidades heredadas» enmarca la parentalidad, las intervenciones de protección de la infancia y otros factores de estrés vitales como posibles desencadenantes de reacciones traumáticas internas y externas en los progenitores, que pueden preverse y planificarse. Las implicaciones para la práctica podrían incluir el cribado prenatal del maltrato infantil o intergeneracional en atención primaria (Sperlich et al., 2017), la provisión de apoyos adicionales a la crianza y de apoyos prácticos (Negriff et al., 2020), la transformación de las evaluaciones de protección de la infancia en un enfoque holístico y continuo en lugar de una evaluación puntual de la seguridad de la criatura (normalmente en el primer encuentro con la familia, cuando es más probable que se activen las respuestas de estrés) (Sheppard, 2003), y el refuerzo de la capacidad de profesionales para explorar con sensibilidad la historia intergeneracional (Stob et al., 2020).

Comprender las vulnerabilidades transmitidas intergeneracionalmente a la infancia favorece también un enfoque más empático y meditado. El conocimiento adquirido en la formación profesional sobre las consecuencias del trauma y del apego inseguro puede llevar a profesionales a suponer que las conductas hiperactivas, retraídas, desorganizadas o de riesgo de una criatura indican que ha sufrido directamente abuso y negligencia, lo que influye en las evaluaciones y las intervenciones. Sin embargo, los resultados de la literatura más amplia sobre la mayor prevalencia de diagnósticos y de dificultades conductuales y emocionales no clínicas en la descendencia de supervivientes del trauma, junto con las pruebas biológicas de diferencias epigenéticas y hormonales en el sistema de respuesta al estrés de esta descendencia, invitan a evitar tales supuestos. Este conocimiento subraya la mayor probabilidad de sintomatología y, en menor medida, de diagnóstico en la infancia descendiente de supervivientes del trauma, lo que puede sumarse a las dificultades de criarla y desencadenar respuestas de estrés más intensas en el progenitor. Esta perspectiva informada, meditada y centrada en la familia sobre las conductas de la infancia cuyos ascendientes vivieron un trauma favorece respuestas profesionales y terapéuticas más solidarias ante la continuidad intergeneracional del daño en la infancia. Entre las estrategias prácticas podrían figurar la psicoeducación sobre las respuestas intergeneracionales al trauma para reducir la vergüenza y la culpabilización de los progenitores, y la provisión de un mayor apoyo clínico y pediátrico a la infancia con antecedentes intergeneracionales de daño y adversidad.

Los resultados de los estudios con animales y las pruebas biológicas tienen también implicaciones para la salud física y la supervivencia de la infancia que sufre daño. El conocido estudio ACE (experiencias adversas en la infancia, por sus siglas en inglés) revela las consecuencias negativas a largo plazo para la salud de las personas que sufrieron daño en la infancia (Anda et al., 2006; Felitti, 2002), y la literatura sobre el trauma intergeneracional sugiere que esta vulnerabilidad puede transmitirse a las generaciones siguientes, lo que pone de relieve la importancia de los cribados en atención primaria. Los estudios controlados con mamíferos y las pruebas biológicas relativas a las respuestas intergeneracionales al trauma sugieren también que los bebés y la infancia de personas que han vivido sufrimiento podrían tener, trágicamente, más probabilidades de morir en la infancia. De hecho, la investigación constata que la infancia implicada en los sistemas de protección tiene más probabilidades de morir en la infancia y la adolescencia, siendo la enfermedad la causa de muerte más frecuente (NSW Department of Communities & Justice, 2019; Segal et al., 2021). Llamar la atención sobre esta vulnerabilidad tiene implicaciones para los análisis y las interpretaciones de los informes sobre fallecimientos de menores, para las intervenciones con las familias y la fratría tras la muerte de una criatura, y para el trauma acumulado del duelo y la pérdida en los sistemas familiares.

La literatura más amplia sobre los aspectos intergeneracionales del trauma, en particular la relativa a supervivientes de genocidios, los estudios con mamíferos y la colonización, sugiere que la transmisión intergeneracional puede ser evidente en tres o más generaciones, y apunta incluso a que las respuestas traumáticas podrían saltarse una generación o seguir vías específicas según el sexo. Este resultado da impulso a la investigación sobre más de dos generaciones en el campo del maltrato infantil, un ámbito que ha suscitado un número limitado de estudios (Badenes-Ribera et al., 2020; Buisman et al., 2020) pero que sigue siendo una laguna en la literatura. También existe la posibilidad de mejorar las políticas y la práctica mirando más allá de la díada progenitor-criatura, hacia las experiencias de ascendientes más lejanos. Esta perspectiva invita a considerar la disponibilidad y la accesibilidad de los expedientes históricos de protección de la infancia, a menudo archivados, y alienta interacciones entre profesionales y familias en las que se busque y se explore la historia intergeneracional.

Remedios innatos

Un tema central de la literatura sobre las adaptaciones intergeneracionales al trauma son las estrategias de sanación y resiliencia, a menudo instintivas o puestas en marcha por la comunidad. Sin duda, la literatura sobre muchas teorías y marcos de práctica terapéutica amplifica la idea de que sanar del trauma es una tendencia natural de la condición humana, siempre que se den las condiciones y oportunidades adecuadas (Cattanach, 2008; Levine, 1997; Mitchell & Friedman, 2003). Una postura teórica de este tipo, aplicada al trabajo con familias implicadas de generación en generación en los sistemas de protección de la infancia, reconoce el papel del poder y de las fuerzas estructurales en la capacidad de resiliencia (McLean et al., 2024) y sitúa el acento, para profesionales, en la creación de condiciones para la sanación mediante la atención al contexto sociopolítico. Las familias que llegan a conocimiento de los sistemas de protección de la infancia en todo el mundo tienen más probabilidades de vivir desventaja social y económica, discriminación racial y violencia y opresión sistémicas (Bywaters et al., 2020; Procter et al., 2022), y quienes han pasado por el sistema de acogimiento en la infancia tienen más probabilidades de vivir adversidades como la falta de hogar y el encarcelamiento a lo largo de su vida (McFarlane, 2017; Rosenberg & Kim, 2018). Como han enseñado las «vulnerabilidades heredadas», estas experiencias pueden activar la sintomatología del trauma intergeneracional e interrumpir así el proceso natural de sanación. Un enfoque de práctica que integre la consideración de estos factores en las evaluaciones y los apoyos del trabajo de protección de la infancia, así como cambios en las políticas que ofrezcan niveles más altos de apoyo hasta la edad adulta a quienes han pasado por el acogimiento, podrían contribuir a eliminar estos obstáculos a la sanación.

La literatura sobre la supervivencia a los genocidios sugiere que la sanación familiar suele amplificarse en la tercera generación, y en muchos de los grupos revisados la literatura constata que las vías de recuperación incluyen la conexión con la historia y la cultura, el compromiso con el activismo y la búsqueda de justicia, y el liderazgo en el apoyo a la recuperación de otras personas. Sin duda, «redescubrir la historia» (Herman, 2015, p. 2) implicándose en la experiencia traumática y dándole voz sigue considerándose uno de los componentes fundamentales de la recuperación del trauma, en particular en los modelos occidentales. Por ello, podrían ofrecerse a las familias y a la infancia implicadas en los sistemas de protección oportunidades significativas de activismo, defensa de derechos, contribución política y liderazgo, como método de sanación que empodera y amortigua la transmisión del maltrato a las generaciones siguientes. La participación en esos grupos también puede favorecer para las personas supervivientes una red relacional sólida y duradera, otro factor que la literatura identifica como amortiguador de la continuidad intergeneracional del maltrato infantil.

La literatura sobre la transmisión intergeneracional, en particular en las familias que han sobrevivido a genocidios, guerras y desarraigos geográficos, subraya que tanto un secreto familiar saturado de vergüenza como un desbordamiento sin freno del recuerdo traumático en una generación pueden agravar las dificultades de las generaciones siguientes. Esto pone de relieve la importancia de la comunicación y de un relato compartido del trauma en espacios seguros y contenidos, con sensibilidad hacia el momento, la manera y las necesidades evolutivas y emocionales de la criatura, lo que se ha denominado «revelación modulada» (Dalgaard & Montgomery, 2015). La literatura constata que este enfoque deliberado y sensible de la comunicación intrafamiliar e intracomunitaria es familiar e inherente a muchas comunidades indígenas de todo el mundo, en prácticas culturales como el Dadirri y los círculos de conversación (yarning circles). La experiencia de implicación en los sistemas de protección de la infancia suele ir acompañada de una sensación de estigma, vergüenza e incomodidad (Quick & Scott, 2019; Sykes, 2011), lo que sugiere que la experiencia traumática podría quedar reprimida o ignorada en los relatos familiares e individuales. La comprensión de la vergüenza como posible vehículo de transmisión del trauma que aporta la literatura sobre el trauma intergeneracional ofrece la oportunidad de reforzar, dar espacio y normalizar los relatos traumáticos (tanto los que condujeron a la intervención de protección como, eventualmente, el trauma de las experiencias vividas dentro del propio sistema), en particular para la infancia que ingresa en acogimiento fuera del hogar. Poner el acento en un trabajo de historia de vida minucioso y coconstruido, y facilitar una comunicación familiar sobre el trauma frecuente, segura y mediada de forma independiente (incluidas, cuando proceda, prácticas culturales), son opciones que podrían aplicarse para apoyar e impulsar la sanación intergeneracional.

Conclusión

La literatura sobre la aparición intergeneracional del maltrato infantil ofrece un repertorio significativo de rasgos personales, familiares y sistémicos que pueden predecir o amortiguar la probabilidad de daño a las generaciones futuras. Sin embargo, sus posibilidades se ven limitadas por restricciones teóricas y conceptuales. La enorme cantidad de literatura sobre la transmisión intergeneracional del trauma revela dos temas principales que pueden ampliar y profundizar las intervenciones con familias implicadas de generación en generación en los sistemas de protección de la infancia. Las «vulnerabilidades heredadas» sitúan los factores de estrés vitales directos como posibles desencadenantes de la manifestación de respuestas traumáticas intergeneracionales, lo que invita a analizar los factores de estrés y las adversidades, actuales y potenciales, que pueden activar respuestas traumáticas en las familias. Los «remedios innatos» subrayan la predisposición natural a la sanación psicológica que generaciones de supervivientes han ido perfeccionando, y sugieren que se ofrezca un espacio sistémico y social para acelerar estos mecanismos instintivos de recuperación. En conjunto, estos resultados pueden fundamentar una mirada más lúcida y esperanzadora en los contextos institucionales, de intervención temprana y terapéuticos de la protección de la infancia.

Complexe Systémique: puntos clave

Este artículo desplaza una cuestión que la protección de la infancia suele plantear como un fracaso individual («la criatura maltratada convertida en progenitor maltratante») hacia una lectura transgeneracional y contextual. Dos ideas son útiles en clínica. Primera: la vulnerabilidad heredada no es un destino; la despierta el estrés, y la propia intervención de protección, sobre todo en una familia que ya ha vivido retiradas de menores, es uno de esos desencadenantes; la ira o la evitación de un progenitor en el primer encuentro no lo dicen, por tanto, todo sobre el riesgo. Segunda: la sanación pasa por una revelación modulada, ni secreto vergonzoso ni desbordamiento, y por la conexión con la historia, la cultura y la comunidad, que las prácticas indígenas saben organizar. Aquí reencontramos el genograma, las lealtades y el trabajo de historia de vida, con una atención renovada a la generación de las abuelas y los abuelos y a los expedientes archivados. Límites: una revisión narrativa sin método de selección explícito, que se apoya mucho en estudios con animales y epigenéticos cuya transposición al ser humano exige prudencia. Puede leerse junto con la terapia multifamiliar frente a los efectos intergeneracionales del psicotrauma y un enfoque relacional indígena del pensamiento sistémico.

Notas del original

Financiación. Financiación de acceso abierto posibilitada y organizada por CAUL y sus instituciones miembros

Conflicto de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses, financiero o no financiero, que declarar.

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Traducción no oficial al español de Inherited Vulnerabilities and Innate Remedies: Reframing “Cycles of Child Maltreatment” Through Attention to the Wider Literature on Intergenerational Aspects of Trauma and Healing, de Crysta Bowe, Cate Thomas y Patricia Mackey, Child and Adolescent Social Work Journal, vol. 43, n.o 1 (2026), doi: 10.1007/s10560-025-01027-9, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Traducción no oficial del artículo original «Inherited Vulnerabilities and Innate Remedies: Reframing “Cycles of Child Maltreatment” Through Attention to the Wider Literature on Intergenerational Aspects of Trauma and Healing», publicado en Child and Adolescent Social Work Journal (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Bowe, C., Thomas, C., y Mackey, P. (2026). Inherited Vulnerabilities and Innate Remedies: Reframing “Cycles of Child Maltreatment” Through Attention to the Wider Literature on Intergenerational Aspects of Trauma and Healing. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/inherited-vulnerabilities-and-innate-remedies-reframing-cycles-of-child-maltreatment (Obra original publicada en 2025 en Child and Adolescent Social Work Journal, 43(1), 233-261 (2026); republicada en 2026 por Child and Adolescent Social Work Journal, https://link.springer.com/article/10.1007/s10560-025-01027-9)

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