El texto del artículo es el original en español. Los elementos editoriales añadidos por Complexe Systémique (presentación, puntos clave, notas) se han traducido con la ayuda de la inteligencia artificial.
Red Sistémica · Epistemología
A partir de una anécdota —dos amigos, un psicoanalista y una psicóloga, enfrentados a unos mellizos bivitelinos de temperamentos opuestos—, Carlos E. Sluzki abre la cuestión de la relación entre lo que traemos al mundo al nacer y lo que el mundo nos da: entre los genes y el entorno. Un ejercicio interdisciplinario que, como recuerda, no debería resultar ajeno a la terapia familiar, una disciplina nacida de préstamos y de puentes tendidos hacia otros campos.
Hace unos años, dos amigos míos, un psicoanalista y una psicóloga, tuvieron mellizos bivitelinos –es decir, no idénticos–. Durante una visita que les hice pocos días después del nacimiento me comentaron lo diferentes que eran los bebés: uno era sereno, tranquilo, se despertaba con un mínimo escándalo, amamantaba plácidamente y, después de unos minutos, volvía a entrar en un sueño plácido; el otro, por el contrario, se despertaba a los alaridos, como atacado por los demonios, y seguía tan agitado que ni podía encontrar el pezón cuando la madre intentaba darle de mamar, se atragantaba con su propio llanto mientras trataba de alimentarse y, llegando un momento de saciedad o quizás de exasperación, escupía el pezón y seguía llorando hasta caer en un sueño agitado y cargado de suspiros.
Mis amigos comentaron: está claro que uno de ellos tiene mucha mayor tolerancia a la frustración que el otro. Quizás uno ya había comenzado a internalizar un pecho bueno, o quizás su monto bajo de impulsos tanáticos lo protegía de transformar su hambre en una experiencia de un pecho atacante; en tanto que el otro estaba probablemente atormentado por su baja tolerancia a la ansiedad, y a merced de un pecho malévolo y destructivo. Como conclusión, habían decidido dar cierta prioridad al bebé agitado, alimentándolo primero y calmándolo lo más posible, ya que el otro parecía poder tolerar una espera sin excesiva desazón.
Pocos días después los visité de nuevo y, conversando acerca de su decisión, confesaron estar sorprendidos de la estupidez de la primera resolución: si hubieran caído en la trampa relacional de atender siempre primero al bebé de conducta problemática, dijeron, ¡estarían recompensando su comportamiento fastidioso y castigando al otro por ser sólo un bebé encantador, arriesgando iniciar un patrón familiar que llevaría a producir un sociópata y un esquizoide abandónico! Por lo tanto, me informaron –en serio, si bien riéndose un poco de ellos mismos– que habían decidido no darle un tratamiento preferencial al bebé agitado, sin complicarse la vida con pecho malo o pecho bueno. Su comportamiento ecuménico iba a ser atender primero un día a uno y otro día al otro.
Voy a ahorrarles el detalle de las oscilaciones que continuaron caracterizando la vida de esta pareja de nuevos padres, ya que mis amigos siguieron alternando por un tiempo su marco de referencia, entre Melanie Klein a ultranza y una mezcla de Skinner y Bowlby salpicado con sistemas familiares, con el consiguiente cambio frecuente de sus guías de comportamiento.
En última instancia, reconozcámoslo, mis amigos estaban respondiendo a lo que hemos sabido desde hace siglos –aun cuando no lo solemos tener en cuenta en nuestra práctica–, a saber, que los diferentes modos de ser con los que venimos equipados al nacer tienden a conservar su presencia, sin demasiadas variaciones, a lo largo de la vida, facilitadas o desalentadas solo hasta cierto punto por los rasgos del entorno familiar, cultural o socioeconómico que nos aporta la lotería de la vida.
La primera línea de decisión de mis amigos tiene de hecho ciertos méritos: existe evidencia de investigación que muestra que los bebés que son más negativos y reactivos se benefician más de un cuidado dedicado, de respuestas contingentes rápidas y de un vínculo de amor seguro (Gunnar y otros, 1996) 1. Pero la segunda decisión también puede ser fundamentada: una investigación complementaria muestra que los bebés que demandan atención, sea de manera positiva o negativa, se desarrollan mejor que aquellos que parecen inhibidos y no lloran –ya que los bebés pasivos hacen que los padres 2 se involucren menos– (Gunnar & Nelson, 1994). De hecho, los bebés entrenan a los progenitores tanto, si no más, que los segundos entrenan a los primeros.
Los bebés entrenan a los progenitores tanto, si no más, que los segundos entrenan a los primeros.
Carlos E. Sluzki
Esta presentación se centrará en la relación entre lo que traemos al mundo y lo que el mundo nos da, entre los genes y el entorno. Este ejercicio interdisciplinario no tendría que ser nuevo para los terapeutas familiares. De hecho, la terapia familiar nació en un entorno interdisciplinario, lista para establecer puentes con distintas formas de conocer, y abierta a tomar prestados y poner a prueba ideas y modelos de otros campos. De acuerdo, puede que hayamos perdido algo de ese ímpetu y fervor juvenil, quizás como resultado inevitable de habernos vuelto una disciplina (¡ecos de Foucault!), con comportamientos demasiado civilizados, visión demasiado limitada, desconfiando de los vecinos, volviéndonos nuestros propios carceleros. Quizás haya contribuido también la herida a nuestra identidad que tuvo lugar cuando la visión sistémica y luego la narrativa dejaron de ser una lente privada de la terapia familiar. Otro factor de profundo trauma puede haber sido la marginalización de las prácticas terapéuticas avanzadas por parte de las prepagas y las obras sociales, y aun exacerbada por la reciente «década del cerebro» del Instituto Nacional de Salud Mental (de los EE. UU.) y su énfasis en la investigación en neurociencia básica, con exclusión de toda variable psicosocial.
Notas del original
(*) Presentación plenaria, Conferencia internacional sobre terapia familiar AFTA-IFTA 2005, «Política, comunidad y práctica clínica», Washington, DC, junio de 2005.
(**) Profesor / investigador, CNHS e ICAR, George Mason University, Fairfax, Virginia, USA (csluzki@gmu.edu).
(1) Otra línea de investigación fascinante acerca del efecto neurológico y comportamental del cuidado maternal así como su efecto sostenido a lo largo de generaciones, esta vez en animales de laboratorio, puede encontrarse en el trabajo de Meaney y colaboradores (cf. Fish y otros, 2004).
(2) «Padres» y «progenitores», palabras que uso con frecuencia en esta nota, incluyen a ambos géneros. Con todo, de hecho, «padres» suele ser, con gran frecuencia, principalmente «madre».
Un fragmento
Red Sistémica solo publica en línea un fragmento de este texto: se interrumpe aquí, justo cuando el autor anuncia el programa de su conferencia. El artículo completo apareció en el n.° 87 de Perspectivas Sistémicas. Esta versión reproduce la totalidad del fragmento publicado, y nada más.
Texto original de «La articulación entre genómica y dinámica familiar», publicado por Red Sistémica (primera publicación: Perspectivas Sistémicas, n.° 87 (plenaria de la conferencia internacional AFTA-IFTA, Washington, junio de 2005)). Republicado con el acuerdo de la revista.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Sluzki, C. E. (2022). L’articulation entre génomique et dynamique familiale (Complexe Systémique, trad.). Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/l-articulation-entre-genomique-et-dynamique-familiale (Obra original publicada en 2005 en Perspectivas Sistémicas, n.° 87 (plenaria de la conferencia internacional AFTA-IFTA, Washington, junio de 2005); republicada en 2022 por Red Sistémica, https://redsistemica.ar/2022/07/19/la-articulacion-entre-genomica-y-dinamica-familiar/)
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