El texto del artículo es el original en español. Los elementos editoriales añadidos por Complexe Systémique (presentación, puntos clave, notas) se han traducido con la ayuda de la inteligencia artificial.
Red Sistémica · Terapia familiar
¿Existe todavía la terapia familiar conjunta? A partir de esta pregunta, Maurizio Andolfi relee treinta años de terapia familiar –el debate entre la estética y la pragmática, los conductors y los system purists, la fragmentación actual de las intervenciones– para defender un setting terapéutico que convoque a las generaciones y haga de la familia no el problema principal, sino el principal recurso. Expone después lo que fundamenta la elección de un setting: la motivación, el ciclo evolutivo, la duración del congelamiento existencial, el orden en que se suceden las terapias. Luego traslada la cuestión al terreno del lenguaje: aprender los idiomas de las generaciones, de los géneros y de las culturas, pasar del lenguaje con al lenguaje a través, volver a aprender a usar los ojos y construirse, con el tiempo, un supervisor interno.
«Aprender de aquello que no conocemos constituye el mejor método para buscar conocimiento en nosotros mismos, lejos de los límites de aquello que es previsible y cierto.»
Maurizio Andolfi
En los años 60 Virginia Satir escribía un libro titulado Terapia familiar conjunta, es decir, entendiendo una terapia en presencia y con la participación activa de todo el grupo familiar. En esos tiempos tal idea parecía revolucionaria y estaba basada sobre observaciones de las interacciones verbales y no verbales entre los miembros de la familia. En la idea de la terapia familiar conjunta también estaba implícita la posibilidad de convocar a la sesión a las familias de origen, para poder utilizar de esta forma los recursos y las energías de todo el grupo familiar; tal idea, tomada por otros autores pioneros de la terapia familiar –Framo, Boszormenyi-Nagy, Whitaker, etc.–, estaba fundada sobre el objetivo de estudiar en la sesión el desarrollo de las relaciones intergeneracionales, creando un contexto en donde los sentimientos y los afectos muchas veces ocultados o bloqueados por los varios componentes pudieran ser expresados en presencia de los otros miembros de la familia.
¿En nuestros días es esta, todavía, una idea guía al interior de las teorías sistémicas? De hecho, asistimos más bien a una fragmentación de las intervenciones terapéuticas y es así que florecen terapias individuales sistémicas que reproponen de cierto modo una relación dual y un contexto en el cual los otros miembros significativos están «dentro» –respecto a las temáticas tratadas– pero «afuera», ya que no participan en las sesiones; o tal vez terapias paralelas en donde por un lado es seguido el hijo, niño o adolescente, y por el otro la pareja (los padres), como si el setting definiera, de todos modos, una problemática de pareja separada de la del niño. Por no hablar de intervenciones como la así llamada mediación familiar, en donde el objetivo parece hacer separar de modo menos hostil las partes en juego, es decir la pareja, más que generar el redescubrimiento, a través de las experiencias de pérdida, del valor histórico y evolutivo de cada individuo dentro de su sistema de valores.
El espejo unidireccional y la videograbación de centenares de horas de terapias constituían una práctica consecuencia de estos antiguos conceptos; además, junto a la idea de unir las fuerzas, estaba la implícita curiosidad y la necesidad de utilizar la familia de origen como recurso, de modo de proteger, en el curso de la sesión, el desarrollo intergeneracional de las emociones, de los sentimientos y de los patrones de comportamiento. Bowen, Framo, Boszormenyi-Nagy y Whitaker, entre otros, han sido los pioneros de este tipo de orientación que ha guiado a los terapeutas familiares en los últimos treinta años, en la comprensión de las familias y en las estrategias de intervención. Ellos estaban interesados en el conocimiento de aquello que está dentro de cada individuo, a través de la observación del mundo relacional, incluyendo la visión y las resonancias emotivas del terapeuta.
El debate entre la estética y la pragmática de la comunicación humana estuvo desde el inicio y jamás se ha resuelto.
Ya desde los años sesenta se comienza a individualizar dos almas en el naciente movimiento de la terapia familiar: los conductors, es decir aquellos terapeutas que usan la propia personalidad, incluso el instinto y la creatividad, como instrumentos de evaluación y de intervención (véase a Ackerman, Satir, Whitaker, etc.), y los system purists, es decir aquellos terapeutas que estudian a la familia como sistema de relaciones, ubicándose en una posición de relativa distancia de cualquier tipo de implicación personal y/o resonancia emotiva (piénsese en el grupo de Palo Alto, Haley, Hoffman, la escuela de Milán en la primera fase de investigación, etc.).
Los conductors
Profesionales de la terapia que usan la propia personalidad, incluso el instinto y la creatividad, como instrumentos de evaluación y de intervención. Ackerman, Satir, Whitaker.
Los system purists
Profesionales de la terapia que estudian a la familia como sistema de relaciones, a una distancia relativa de cualquier implicación personal y de cualquier resonancia emotiva. El grupo de Palo Alto, Haley, Hoffman, la escuela de Milán en su primera etapa.
Al comienzo de los años ochenta este debate se ha hecho aún más impetuoso a través de una serie de artículos aparecidos en la revista Family Process, en donde se hacía la pregunta de si el terapeuta debiera practicar la terapia desde una posición pragmática o estética. La primera postura partía de la base de que la terapia tenía que resolver los síntomas tal como vinieran presentados, definiendo con claridad los objetivos, mientras que la segunda orientación consideraba la terapia como un proceso creativo, de crecimiento, con el objetivo de favorecer el desarrollo de la familia y de su ecosistema.
En el curso de los años este debate ha alentado a muchos clínicos familiares a alinearse por uno o por otro enfoque, sin lograr integrar de modo armónico la persona y el rol del terapeuta y la toma de la responsabilidad de enfrentar los síntomas, integrando ambas posturas para favorecer el desarrollo de la familia y de su mundo relacional.
Pero entonces, ¿qué perspectiva se abre a la terapia familiar, en un campo tan dominado por divisiones, dicotomías y contraposiciones epistemológicas? Muchas, como por ejemplo una conciencia siempre creciente sobre la utilización de la terapia sistémica dentro del campo de la medicina, mientras que en sus comienzos se había abierto solamente la puerta de la psiquiatría, como si la terapia familiar se especializara predominantemente en el área de los trastornos mentales. Y tantas otras, como intervenciones de pareja, en las crisis, en las separaciones conyugales o en las familias reconstituidas, adoptivas o monoparentales, hoy aceptadas con naturalidad como áreas de intervención de los terapeutas familiares. Esto quiere decir que el campo de la terapia familiar ha sido reconocido competente en diferentes formas del desarrollo familiar en una sociedad en rápida transformación.
Todo esto no habría sido posible que sucediera sin un fuerte debate y, tal vez, encendidas discusiones sobre el tema del género sexual y sobre el diálogo entre lo masculino y lo femenino sobre una base igualitaria.
El niño, que por mucho tiempo ha sido un recurso desatendido dentro de la terapia familiar, paradójicamente está floreciendo en el campo de las teorías sistémicas a través de una realidad muy dramática. La extrema violencia del abuso infantil, del abandono y de la negligencia en relación con el niño ha puesto en alarma y nos ha hecho comprender que ha llegado el momento de moverse de las tentaciones académicas en el estudio del desarrollo infantil, para hacer intervenciones muy activas en el contexto social, para buscar de este modo los recursos y restaurar salud en muchas estructuras familiares y en organizaciones sociales desintegradas y distorsionadas.
Parece también que haya llegado el momento de incluir la palabra cultura en nuestra identidad de terapeutas familiares. Si en el comienzo la palabra contexto implicaba la necesidad de observar las realidades sociales alrededor de una específica temática, ahora debemos cambiar todo el lenguaje del sector y movernos y pensar culturalmente nuestro trabajo clínico y nuestros programas de formación.
No existe más algo que podamos describir como una familia «intacta»; debemos, en cambio, confrontarnos y trabajar, como ya se ha indicado, con muchos tipos de organizaciones familiares: familias reconstituidas, familias adoptivas, familias homosexuales, monoparentales, etc.; del mismo modo en el cual hoy no existe más una «cultura intacta», nosotros debemos aprender a integrar en nuestros encuentros idiomas, razas, tradiciones, mitos y rituales diferentes y encontrar ideas y soluciones a través de aquello que es diverso más que de aquello que se asemeja. Este parece ser el reto para el inicio del nuevo milenio: aprender de aquello que no conocemos constituye el mejor método para buscar conocimiento en nosotros mismos, lejos de los límites de aquello que es previsible y cierto.
Para retener
El debate entre la estética y la pragmática nunca se zanjó y produjo sobre todo alineamientos: había que elegir entre la persona de quien hace terapia y la responsabilidad de enfrentar el síntoma. Andolfi rechaza la alternativa y plantea la tarea de otro modo: integrar ambas posturas para favorecer el desarrollo de la familia y de su mundo relacional.
El pensamiento sistémico y las teorías evolutivas han seguramente guiado la evolución de la psicoterapia familiar. La emergencia «patología» ha sido siempre considerada una fase crítica en la evolución de una familia, incapaz de usar adecuadamente los propios recursos en el momento en el cual se encuentra en un particular estadio de desarrollo. Esta incapacidad puede crear expectativas excesivas o desordenadas sobre los propios medios de recuperación o tal vez puede producir verdaderos bloqueos de desarrollo. En la práctica clínica hemos verificado la importancia de observar la posición de los hijos y de su género sexual en la relación de pareja.
Si la relación es armónica y existe una buena reciprocidad entre la pareja, los hijos son compartidos en el plano afectivo y pueden jugar libremente las propias partes masculinas y femeninas; si la relación no es armónica y si existen fuertes estereotipos sexuales, se establecerá una especie de lealtad invisible (Boszormenyi-Nagy, 1988) entre padre e hijo del mismo sexo en perjuicio del otro miembro de la pareja, lealtad que podrá ser leída en el juego de las alianzas relacionales, muchas veces explícitas, pero a veces camufladas.
Viñeta clínica
Recuerdo por ejemplo una familia en donde tres hijas adolescentes mostraban una actitud de adoración en relación con el padre, al que siempre habían llamado Puchi, una especie de diminutivo cariñoso, y jamás papá, y parecía que habían relegado a la madre a un rol de doméstica de casa. En realidad, durante el transcurso de las sesiones resultó claro el camuflaje relacional que cubría una vieja alianza con la madre, con una total exclusión del famoso Puchi de cualquier acontecimiento afectivo entre las hijas y su esposa.
Otra área de investigación relevante es la observación de las dinámicas emotivas, de las actitudes de la pareja en relación con un terapeuta hombre o mujer: de cómo se establecen modalidades relacionales específicas y distintas según el género, podemos hacernos una idea bastante precisa sobre el mundo de las expectativas de cada individuo y de sus procesos de identificación, sobre los cortes emotivos (diciéndolo a la Bowen), y sobre la espera de cuidados en relación con la madre o el padre, sobre el pertenecer al sistema de los hermanos o de las hermanas de cada miembro de la pareja.
Todavía, esta hipótesis necesita una revisión del concepto de encuentro terapéutico: los encuentros no facilitarán a la familia material ex novo ni por parte del terapeuta, ni mucho menos por parte de las instituciones, ni tampoco una medicina que resuelva los problemas. Al contrario, es la familia misma la que se vuelve protagonista de la propia curación: en la medida en que no sea considerada el problema principal, puede transformarse en el recurso principal.
Todavía el material sobre el cual se tendrá que trabajar es el comportamiento sintomático del paciente; y exactamente por el sobresaliente sentido relacional de este último y por las actitudes correlacionadas de los otros miembros significativos de la familia, creemos que los síntomas/trastornos de un individuo adquieren una extraordinaria importancia como indicadores generacionales, de género o de transmisión cultural.
Los síntomas/trastornos por los cuales se pide una psicoterapia son generalmente presentados como negativos, equivocados o por lo menos indeseados y hasta, algunas veces, denunciados como algo reprobable.
Si logramos no ponernos como agentes de control social o mental y si la institución de salud dentro de la cual trabajamos nos da la libertad de evaluar una situación de sufrimiento sin prejuicios, cualquier síntoma/trastorno tiene que ser respetado por el terapeuta, en cuanto representa el primer vínculo significativo con la familia, el primer recurso activo ofrecido por esta última.
Pienso haber alcanzado un cambio en mi trabajo clínico desde que, en vez de controlar o encuadrar los comportamientos irracionales o patológicos del paciente, he terminado por «casarme con ellos»: en otras palabras, he comprendido que se trataba de algo positivo, intenso y simbólico solo cuando he comenzado a aceptarlos. Cuando hablo de matrimonio lo entiendo en su mejor significado: la vitalidad, la armonía, el sentimiento de solidaridad, la implícita comprensión. Creo que este sea el primer paso para transformar el handicap de una familia en un recurso, para descubrir su potencial de vitalidad. Si el terapeuta «se casa» con el comportamiento destructivo del paciente, entonces la familia se siente más segura y libre de mostrar las propias contradicciones, los propios miedos, muchas veces transmitidos de generación en generación.
El uso de un modelo trigeneracional ha permitido superar una crisis «congelada» sobre una persona para enfrentar una crisis de desarrollo en un grupo con historia. Introducir la generación de los abuelos en la observación de la relación padres-hijos nos ha permitido no solo ver las interacciones in actu entre más personas en la sesión, sino, sobre todo, entender mejor al individuo; este último aparece como una entidad más rica, llena, sí, de contradicciones y de conflictos, pero al mismo tiempo con más recursos, porque ya no está constreñido a los atolladeros del «aquí y ahora». Para quien logra observar las interacciones entre más generaciones es más fácil entrar en el mundo interno del individuo y captar el vínculo entre experiencias actuales y necesidades no resueltas del pasado.
La sesión terapéutica deberá adentrarse en los fundamentos de la construcción patológica de la realidad elaborada por la familia en el tiempo, muchas veces con la complicidad de las mismas instituciones sanitarias, que han contribuido a hacer más pasivos a cuantos se preocupan por la situación. Esta actitud, que quiere considerar las dificultades de la familia como parte de su evolución, nace de raíces más bien filosóficas que terapéuticas: por ejemplo, nuestro concepto del hombre y de sus recursos internos, nuestra motivación personal a emprender una profesión que exige «tocar» sin prejuicio las partes más destructivas de otro, y en fin la capacidad de contener las ansias y los miedos de los otros sin cargarlos sobre las propias espaldas.
Para retener
El vuelco decisivo cabe en una imagen: dejar de controlar o de encuadrar el comportamiento patológico para «casarse» con él. El síntoma ya no es lo que hay que reducir, sino el primer vínculo significativo con la familia y el primer recurso que ella ofrece. Con esta condición la familia deja de ser el problema principal para convertirse en el recurso principal.
Pensamos que para establecer un contrato y elegir el setting más adecuado es necesario considerar el problema de la motivación y de la expectativa de la familia sobre este tipo de terapia. Una familia puede pensarse motivada si cada uno de sus componentes siente que puede rescatar del tratamiento algo para sí mismo, es decir, si siente que el trabajo que está haciendo o se prepara a hacer en ese momento es algo que le puede dar, por consecuencia, ventajas en el plano personal, aunque en el inicio la petición de terapia esté centrada en el comportamiento sintomático de un miembro de la familia, o sea, que exista un problema que cree un nivel de sufrimiento suficiente para hacerla venir a terapia.
La motivación, al inicio, parte de una situación de impotencia y de dificultad del grupo como tal en relación con una problemática seria y grave de uno de sus miembros, de quien se espera la curación o por lo menos la recuperación de sus rendimientos funcionales. Esto parece constituir, en nuestra opinión, el único nivel de motivación y de petición que se halla en una fase inicial. Es durante la terapia que de esta problemática centrada en el sufrimiento de un miembro del grupo se puede pasar a una búsqueda de las motivaciones individuales; como en el caso de la anorexia de una muchacha: durante la terapia se podrá lograr pasar a niveles individuales de «anorexia» de cada uno de los miembros de la familia y entonces a la recuperación de ciertas conflictividades personales. Los problemas de control, de negación de sí, de autodestrucción deberán, entonces, desplazarse del paciente designado a los diversos componentes del grupo; por lo tanto, cada uno, al final, a través de la anorexia de la joven podrá encontrar una ocasión de enriquecimiento personal.
Si este proceso se inserta en el grupo, asistiremos a un cambio significativo de toda la organización familiar. En los primeros encuentros, definidos por nosotros como «sesiones exploratorias», que preceden una verdadera propuesta terapéutica, usamos un lenguaje del tipo «el terapeuta ha pasado», «ha sucedido algo», justo cuando logramos captar el viraje: de una posición de espera o de delegación por parte de los miembros del grupo en relación con el terapeuta, se pasa al momento en el cual la familia parece, en cambio, proponerse como un recurso terapéutico y, entonces, asumir en primera persona la responsabilidad de lo que acontecerá. En ese momento parece ponerse en movimiento la «terapia». ¿Qué cosa la hace comenzar? ¿El hecho de que al inicio de estos encuentros a la familia se la hace sentir a gusto? ¿O que se le pida abiertamente la colaboración en el proceso terapéutico? ¿Que de algún modo exista una comprensión explícita de los niveles de motivación? O, en cambio, ¿el trabajo es mucho más implícito e indirecto?
Por ejemplo, llega una pareja en dificultad, en una situación que parece atormentar a los dos miembros de la pareja, que no saben qué hacer con sus vidas, con su realidad de pareja, con los hijos, que no saben ni restablecer una intimidad ni separarse. En el momento en el cual se les solicita a los cónyuges que observen sus dificultades según una dimensión vertical, solicitando la participación, en el proceso terapéutico, de las propias familias de origen, se les propone, indudablemente, un desafío. Es una provocación que obliga a cada uno de los miembros de la pareja a reexaminar la posibilidad de pedir todavía ayuda y de volver a poner en discusión, sobre un plano emotivo, relaciones interrumpidas o irresueltas con los propios grupos de origen.
Si la pareja acepta hacer venir a los propios familiares, nos parece que está motivada para hacer una terapia de pareja, por el hecho de que se le propone una elección que, sin hacer explícito el problema, le demanda, en realidad, poner en movimiento energías vitales, niveles de solicitación, de ayuda, que parecen de otro modo impensables. De hecho, la pareja llega en una situación en la cual ninguno de los dos siente que puede pedir más apoyo al otro porque teme ser rechazado.
Entonces, poder dirigir una petición de ayuda a terceros significativos, por ejemplo a las familias de origen, en una situación en la cual se piensa que no son capaces de ayudarse recíprocamente, es un elemento evaluativo importante de las motivaciones y de la capacidad de la pareja para iniciar una terapia.
El paso siguiente es verificar si aquello que se propone a las personas implicadas en el problema es suficientemente cercano a su realidad emotiva y si están suficientemente disponibles para aceptar una realidad terapéutica que tiende a ampliar el cuadro, en vez de reducirlo a un lugar en donde se «reparan» comportamientos considerados inadecuados para mantener una relación de pareja.
Las indicaciones para una terapia familiar tienen que estar también ligadas no solo al tipo de idiosincrasia que se crea en la relación entre terapeuta y familia, sino también al ciclo evolutivo de esta última. Es decir, deben existir parámetros mucho más generales: cuando una problemática psicológica surge en un miembro de la familia que se encuentra en una determinada fase evolutiva (niñez, adolescencia, juventud, adultez, etc.), la plasticidad es mucho mayor y, entonces, también su capacidad de reproponerse como recurso terapéutico, respecto a aquellas situaciones en donde la patología surge en una generación del medio o en una generación anciana. Cuanto más la alteración está presente en el nivel generacional del menor, tanto más se puede reconstruir y utilizar como recurso terapéutico la subunidad abuelos; es muy difícil, si la problemática parte del subsistema abuelos, lograr poner en movimiento las generaciones sucesivas, es decir, padres e hijos.
Otro elemento que se tiene que evaluar es la «duración del congelamiento» del desarrollo existencial del grupo. O sea, por cuánto tiempo la movilidad existencial de la familia ha permanecido bloqueada por la patología específica de uno de sus miembros. Si un paciente se ha transformado en un «profesional» de una patología mental durante veinticinco años, es mucho más difícil lograr poner en movimiento el ciclo existencial de la familia en sus diversos componentes que si esta patología tuviera un periodo mucho menor. Por otra parte, la indicación de terapia familiar es muy escasa, al menos por aquello que nosotros entendemos como proceso terapéutico, en situaciones de niños autistas, o en cualquier manifestación de trastornos infantiles tan precoces que no han permitido un pasaje real de una fase a la otra del ciclo evolutivo. Es como si la pareja hubiera permanecido cristalizada en su desarrollo hacia la constitución de un núcleo familiar que permitiese utilizar las retroacciones de la nueva generación.
Por otra parte, en una familia puede existir una red de funciones absolutamente adecuadas hasta una cierta fase del ciclo evolutivo, por ejemplo, aquella de la desvinculación del adolescente: entonces se manifiesta una crisis con una poussée psicótica, una anorexia, una toxicomanía o cualquier otra alteración. En este caso es posible recuperar el sentimiento de la familia como célula terapéutica, es decir, solicitar aquellas energías vitales vividas en ella en el arco de los catorce años precedentes. Solamente en los últimos tres o cuatro años, tal vez, la familia dice: «Nosotros no sabemos qué hacer, no sabemos más quiénes somos»; es como si existiera una historia precedente que ha construido en el grupo una solidaridad, un sentido de competencia.
¿Qué indicación puede existir para una terapia familiar antes o después de otro tipo de intervención terapéutica? Dando por supuesto que cualquier terapia es, por su naturaleza, limitada, es decir, sectorial, se han verificado muchas veces situaciones en donde una intervención familiar ha fallado por haberse utilizado demasiado precozmente: por ejemplo, alcohólicos puestos de inmediato en terapia familiar no han tenido ningún resultado positivo; colocados en un grupo terapéutico, han tenido notables mejorías y han regresado nuevamente a terapia familiar, esta vez con éxito. Es como si inicialmente hubieran faltado requisitos para el funcionamiento de la terapia, que en cambio han sido adquiridos sucesivamente en otro tipo de intervención.
Al contrario, una terapia familiar puede llevar, como resultado final, a una petición de terapia individual por parte de uno de los miembros de la familia. Esto se verifica muy frecuentemente, al punto que pensamos que la terapia familiar puede configurarse como el primer paso en una situación de conflicto no claramente definida: es como si se tuvieran que redistribuir las cartas de un mazo y no se supiera cuáles pertenecen a quién. Entonces la terapia familiar puede servir para que cada una de esas cartas pueda ser distribuida en el momento en el cual cada uno se reapropia de las «cartas personales» que se hallan en el mazo y puede comenzar a reflexionar sobre la posibilidad de hacer una petición para sí mismo. Muchas personas van en busca de una terapia individual, pero no son capaces de hacer una petición para sí mismas: por ejemplo, hablando durante toda la sesión de la dificultad con el/la cónyuge y de cómo este es inadecuado o indispensable para la relación; es decir, llevan una petición de pareja, pero no llevan físicamente al otro. Aceptar esto como una petición individual es arriesgado, porque nos podríamos efectivamente convencer de que aquella persona ha elegido venir sola, cuando de hecho ha venido acompañada, pero ha preferido dejar al segundo en casa, poniéndolo simbólicamente cerca de sí. En consecuencia, es necesario aceptar que la «relacionalidad» de ellos se transforme en el elemento más fundamental del encuentro terapéutico.
Mientras nos parece más compleja la idea de que se puedan hacer contemporáneamente diversos tipos de terapia, es muy útil discernir cuál terapia puede ser útil antes y cuál después. Una petición de intervención familiar está siempre basada sobre la percepción de una «resistencia» de grupo, de cierta necesidad. Es decir, para poder llegar al individuo, se tiene que pasar a través de un triángulo; un niño, por ejemplo, es portador de síntomas y señala trastornos que conciernen al menos a tres personas. Una petición de pareja refleja una menor exigencia de mediación por parte de un tercero: dos personas están bloqueadas y no saben qué hacer con sus vidas, sea en el ámbito interpersonal o en el personal. Una petición individual tendría que introducirse cuando una persona de algún modo fuera «capaz de llegar sola» y de poder definir confines individuales. En perspectiva, el mayor nivel de elección personal es la terapia individual, pero muchas veces iniciarla cuando la persona no posee ningún medio para poder elegir quién y qué cosa quiere para sí es un error, y sería por consiguiente útil efectuar antes los esquemas considerados más arriba. Por ejemplo, muchas parejas terminan por perder cualquier posibilidad de colocarse, estructuralmente, como recurso terapéutico y de este modo superar las propias dificultades, porque están paralizadas y distanciadas ulteriormente por relaciones de terapia individual, con la creación de vínculos mucho más fuertes en el exterior, entre uno de los miembros de la pareja y su terapeuta, que pueden conducir a una solución opuesta a la que se habían propuesto. La relación terapéutica entre paciente y terapeuta se vuelve de este modo fundamental y tan íntima que hace perder completamente la posibilidad de atravesar nuevas tomas de conciencia en el interior de la relación de pareja. Paradójicamente, es exactamente el crecimiento de esta nueva pareja terapeuta-paciente lo que termina por hacer todavía menos significativa la relación de la pareja.
Quisiera asumir como «objeto» de observación en sus diversas manifestaciones, y en particular hablar del encuentro, en el plano comunicativo y también empático, entre la familia y los operadores sociales, entre las organizaciones familiares en dificultad por un lado y los servicios de salud o de rehabilitación por el otro.
Antes que nada, quisiera focalizar algunos aspectos inherentes a la familia: observar cómo poder acercarse al lenguaje del género masculino y femenino, al lenguaje de las generaciones, al lenguaje de la cultura, al lenguaje de la salud y de la enfermedad (Andolfi, Angelo, de Nichilo, 1996).
Estos son los «ingredientes» principales de mi trabajo cotidiano, sea clínico o docente.
Comenzaré afrontando el lenguaje intergeneracional, con la convicción de que muchas veces se corre el riesgo de una disminución de significados al observar el lenguaje entre una generación y otra. Cuando se habla de comunicar, por ejemplo, entre un padre y un hijo, de escucharse, inmediatamente se restablece un código de escucha, una unidad de medida de la comunicación que es aquella propia del adulto, subestimando la voz y las razones del otro, en este caso un hijo, niño o adolescente. El mundo de la psicoterapia es también el de las teorías sistémicas, esas teorías que más que otras han adoptado una perspectiva comunicacional, y ha casi descuidado aquella operación fundamental de traducción de lenguajes diversos al referirse a sujetos provenientes de diferentes generaciones y, por consiguiente, de culturas, conocimientos y experiencias de vida diferentes. Por ejemplo, si se aplican las teorías a la práctica más común y se observa cómo intervenir de hecho en situaciones de dificultad en el interior de las familias, casi siempre nos encontramos frente a definiciones, ejemplificaciones, en donde el sujeto principal del hablar y del escuchar es el adulto.
Mientras que, cuando hablamos de escucha, deberíamos pensar que sobre todo es necesario ser expertos en el comprender idiomas diversos: el idioma del niño, el idioma del adolescente, el idioma del adulto y el del anciano. Y no solo debemos ser capaces de conocer estos diversos idiomas para poderlos escuchar, sino que debemos hacer una segunda operación aún más compleja, que consiste en coligarlos. O sea, se va configurando una operación de traducción de lenguajes, y el mayor problema es que nosotros, los psicoterapeutas, entramos en contacto con esta «estructura multigeneracional» con un rol que muchas veces parece confinarnos en una posición de «adulto crónico», de adulto súper lógico, de profesional: el moverse como profesional, el observar como profesional…, perdiendo así otros aspectos importantes que son nuestra capacidad de sentir, nuestra resonancia emocional, nuestras modulaciones metafóricas, que consisten en la capacidad de jugar con realidades «como si».
Por ejemplo, un modo de enriquecer nuestras potencialidades relacionales es la capacidad de jugar como si fuéramos niños aunque seamos adultos, como si fuéramos mujeres aunque seamos hombres, como si fuéramos ancianos cuando somos adultos y no ancianos.
Creo que la psicoterapia es la capacidad de jugar a ser aquello que nosotros somos, pero también la capacidad de movernos de lugar sin pensar en perdernos a nosotros mismos o a los otros; de pensar, por ejemplo, cómo sería si fuéramos aquello que no somos.
Siempre me he quedado muy sorprendido al constatar cómo tantos profesionales están tan apegados a las reglas de sus lógicas formales, a la necesidad de permanecer prácticamente adheridos a los propios zapatos sin jamás ponerse en los de los otros. Por ejemplo, frente a un adolescente, que es el ejemplo más emblemático de una potencial comunicación difícil, estamos más habituados a escuchar y a analizar aquello que se nos dice, aquello que se actúa, que a prestar atención a aquello que el adolescente no hace, que no dice, que muchas veces es igualmente importante.
El lenguaje, como se sabe, no está solamente compuesto de aquello que es explicitado verbalmente, sino todavía más de aquello que no es dicho; pensemos, por ejemplo, en el nivel de idiosincrasias conyugales que se manifiestan en situaciones de crisis o de hostilidad abierta, cuando uno de los miembros dice una cosa con la precisa intención de herir al otro por aquello que no ha dicho, que ha voluntariamente callado, pero que ha tenido efecto de comunicación. Esto para decir que el lenguaje es algo mucho más articulado que las simples palabras que son emitidas y que existe un código mucho más complejo entre lenguaje verbal, lenguaje analógico y silencio.
Nosotros vivimos haciendo preguntas, pero muchas veces las preguntas terminan por no solicitar ya ningún interés, ninguna empatía, por no introducir nada que represente una señal de nuestra curiosidad, de nuestro deseo de acercarnos al otro; es más, muchas veces las preguntas son propiamente «construidas» para mantener distancia del otro.
Entonces la comunicación se configura como un trabajo complejo en donde es necesario encontrar las piezas –como en la construcción de un puzzle– o, para decirlo como Bateson, los pattern de conexión, para colocar, de este modo, juntas las partes y encontrar al final una configuración que tenga un sentido, un valor propio. Si intentamos analizar las preguntas, vemos que la mayor parte de ellas contienen implícitos, presupuestos de base que muchas veces se fundan en estereotipos sociales, prejuicios o verdaderas actitudes moralistas.
Basta pensar en un diálogo entre un adolescente y un adulto: muchas veces parece un diálogo entre dos sordos, en el sentido de que el adulto dice al joven aquello que se espera que el joven tenga que hacer para su bien, el adolescente dice al adulto aquello que no quiere escuchar del adulto porque piensa que ya sabe aquello que está bien para él mismo o para ella, pero ambos, al final, se encuentran en una situación de impasse, porque detrás de esta especie de forcejeo relacional existe un sentimiento de grave dificultad: la incapacidad de comunicar y de encontrarse. O tal vez piénsese en el fenómeno, aún más frecuente, de tener que encontrar un puente comunicativo en un tercero: basta pensar cuánto la madre tradicionalmente ha hecho de puente entre el hijo y el padre, como si fuera una praxis comunicar a través de un tercero. Hablar o escuchar a través de un tercero puede ser también útil, por ejemplo, cuando los adultos logran hablar entre ellos a través de un niño pequeño.
Utilizar el triángulo como mecanismo de conocimiento del otro puede transformarse entonces en un elemento de conocimiento, pero muchas veces la comunicación a través de un tercero asume un significado opuesto, es decir, un modo a través del cual dos personas que han interrumpido desde hace tiempo el diálogo buscan un tercero para lograrlo sin lograrlo, porque este último se transforma después en una función rígida, ya no en un puente que facilita el encuentro.
Pienso que nuestras preguntas más comunes son descriptivas y no están preparadas para captar nexos relacionales entre las personas, por ejemplo en las comunicaciones telefónicas, o en la vida común, o también en el ámbito profesional, donde somos llevados a pensar que una persona debe expresar sus sentimientos o debe hablarnos de algo que le gusta o no le gusta y por ello sufre o no sufre, y muchas veces por eso se piensa que se deben formular preguntas directas a aquella persona.
Si queremos captar aspectos más profundos y personales de un individuo, podremos preguntar algo sobre aquello que otra persona puede pensar de él o sentir hacia él; en otras palabras, no siempre es útil preguntar a A algo sobre A –pregunta directa–, sino que se comienza a preguntar a A algo que B podría pensar o imaginar sobre A. De este modo, comenzamos a realizar una construcción un poco más interesante, que consiente entrar en el imaginario, en las fantasías de A –preguntas indirectas (Andolfi, 1991). Por ejemplo, en el caso de un adulto y un adolescente que parecen no estar dispuestos a abrir ningún diálogo entre ellos, buscar de todos los modos posibles forzar su confianza puede resultar poco útil. Si en cambio, en presencia del padre, se pide a un adolescente que hable de cómo el padre resolvía sus dificultades en relación con su familia cuando tenía su misma edad, nosotros ponemos al adolescente en una posición distinta: fundamentalmente lo ayudamos a salir del vínculo del presente, muchas veces bloqueado, para explorar su mundo imaginario y sus expectativas respecto a un padre que tiene su edad, operación que puede intrigarlo e intrigar al padre mucho más que una realidad que de inmediato avance para desbloquear las dificultades del presente. Si se logran reactivar recursos sobre otros tiempos y sobre otros planos generacionales, se puede, después, volver a descender a las relaciones actuales con más disponibilidad recíproca. Con esta metodología se permite a los sujetos recorrer las generaciones, moverse de modo diverso en el tiempo; se les autoriza a imaginar cómo eran los padres cuando eran pequeños, cómo vivía la familia cuando los hijos entraron en sus vidas. Del mismo modo se puede preguntar a un hijo único cómo se comportaría si tuviera un hermano o una hermana, qué podría decir respecto a la familia con la cual vive.
La comunicación se puede entonces ampliar muchísimo si nosotros salimos del vínculo de la lógica, del vínculo del problema presente, y logramos hacer mover, de algún modo, a las generaciones.
Viñeta clínica
Recuerdo un encuentro de terapia familiar con tres generaciones en donde estaba presente una abuela de casi 85 años, que se apoyaba en un bastón con elegancia y autoridad, como si fuera un cetro del poder al interior de la familia. Esta anciana señora se encontraba en aquella edad en la cual se piensa también en morir tarde o temprano. Pues bien, he necesitado casi media hora o algo más para permitir a esta señora hacer una fantasía y observar a sus «amados desde lo alto».
Señora, digamos que tal vez dentro de veinte años usted probablemente estará «en el cielo»; imaginemos por un momento que no estuviera más aquí abajo sobre la tierra, que estuviera sobre una nubecita: ¿qué vería desde allí?
¡No sé imaginar!, respondía la anciana señora.
Señora, ¿no sabe imaginar la nubecita o no sabe imaginar que esta familia pueda vivir sin usted, cuando usted no esté más?
Entonces no solamente se puede regresar atrás en el tiempo e intentar hacer hablar a los niños y a los adolescentes respecto al periodo en el cual no habían nacido, sino que se puede también explorar el futuro, porque el futuro es también parte de aquello que uno imagina en el presente. La anciana señora del ejemplo, ¿podrá reflexionar sobre quién podrá tener en el puño el cetro cuando ella no esté más? ¿Y los otros podrán preguntarse qué tiene que suceder, a su vez, para sentirse adultos responsables, o también en qué esta función, en el seno de este grupo, ha disminuido las diferencias entre las generaciones y ha confundido las responsabilidades de los hijos con aquellas de los nietos?
Creo que este tema del lenguaje entre las generaciones, el captar los movimientos entre las generaciones, no solo por aquello que son sino también por aquello que podemos imaginar que podrían ser, constituye un óptimo vehículo en el plano de la comunicación.
Para retener
Pasar del lenguaje con al lenguaje a través: en lugar de preguntar a A sobre A –pregunta directa que muchas veces forzaría la confianza–, preguntar a A lo que B podría pensar o imaginar sobre él. El triángulo se convierte entonces en instrumento de conocimiento y no en función rígida, y el tiempo se abre en ambos sentidos: se puede hacer hablar a una persona adolescente del padre que no conoció a su edad, como se puede hacer imaginar a una abuela la familia que le sobrevivirá.
Hoy, en una sociedad cada vez más atravesada por las diferencias, por el multiculturalismo, el problema de la comunicación va más allá del comunicar entre personas que comparten valores, tradiciones, ritos, etc. El problema se traslada entonces a cómo lograr escuchar otras culturas sin perder los rasgos personales constitutivos de la nuestra, o sin obligar a los otros a entrar en las tramas interpretativas de nuestra cultura, de nuestras tradiciones, de cómo nosotros comemos, de nuestro modo de divertirnos, de nuestro modo de sentir y vivir la familia, de sentir los valores, etc.
El tema de la comunicación no puede prescindir no solo de la adquisición de los lenguajes del género sexual y de las generaciones, sino sobre todo de la capacidad transcultural de aprender el uso de idiomas extranjeros para poder comunicarnos con otros países, sin continuar pensando que sean solo los otros los que tienen que aprender nuestro idioma, en donde por idioma entiendo toda una cultura, una visión del mundo, usos y costumbres diferentes a los propios.
Antes que nada, se necesitaría reaprender –y me refiero sobre todo a los psicólogos– a usar los ojos, y no las descripciones o las interpretaciones de las cosas. Los ojos son un fuerte vehículo transcultural, porque están menos estructurados que nuestras modalidades para interpretar los fenómenos o las relaciones. Muy a menudo, cuando enseño a terapeutas en vías de formación, propongo el experimento de observar juntos una sesión videograbada de un encuentro familiar excluyendo completamente el audio. A través de esta privación del canal acústico se fuerza al estudiante a captar las cosas con los ojos. Si posteriormente son interrogados sobre lo que observaron, pocas personas describen aquello que observaron: generalmente se refieren a aquello que interpretan respecto a aquello que han visto y al final no saben ni siquiera aquello que han visto, porque interpretar las relaciones es así, automático. Uno no ve más a las personas, sus cuerpos en movimiento, sus respuestas emotivas; no ve más dónde está en relación con las personas.
Creo que este volver a otorgar valor al observar es una modalidad increíble para despejar el terreno de las contaminaciones del prejuicio y de la «psico-cosa».
Si en las familias, por ejemplo, las distintas generaciones se pudieran ver aun antes de hablar, sin pensar que de inmediato sea necesario intervenir de modo activo para el bien del otro, para proteger al otro, entonces, tal vez, a través de la mirada y del silencio se podría obtener una comunicación más eficaz.
Desde hace algunos años, pienso que cada uno de nosotros –hablo en particular por aquellos que practican esta difícil profesión de escuchar los problemas de los otros– tendría necesidad de construirse en el tiempo un supervisor interno, es decir, una parte de nosotros que, tomando una distancia de seguridad, dialoga con la otra parte mientras esta última se expone en el terreno.
Es obvio que cuando uno es joven busca supervisores externos, busca a alguien que lo ayude, un formador, un tutor, un colega más anciano que, teniendo más experiencia, diga qué se debe hacer, un equipo con el cual compartir miedos y reflexiones; pero, superada esta fase del aprendizaje del primer tipo, tal vez se debería comenzar a pensar en un aprendizaje más sofisticado, correspondiente a la capacidad de poder reconocer mejor la comunicación entre diversas partes de sí. Se trata de ponerse a la escucha de un lenguaje formado por nuestras resonancias emotivas, que se transforman, a su vez, en señales kinestésicas y psicosomáticas, en señales gestuales, en asociaciones libres entre nosotros y nosotros. Este ejercicio necesita sobre todo un respeto de nuestra persona que es necesario tener presente dentro de nuestra profesión. Muchas veces el respeto de nuestra profesión, sin el respeto de nuestra persona y de sus necesidades y de sus resonancias, se transforma en una función más bien vacía.
¿Cómo hacer dialogar persona y función? Creo que este es un punto muy importante en el cual trabajar.
Quién es Maurizio Andolfi
El D.r Andolfi es profesor de la Universidad «La Sapienza» de Roma, Facultad de Psicología, y director de la Academia de Psicoterapia de la Familia de Roma (Italia).
Notas del original
(*) Artículo aparecido en La cultura dell’ascolto, Unicopli, Milán, 1997. Traducido y publicado en el n.º 73 de Perspectivas Sistémicas, septiembre-octubre de 2002.
(1) Traducción del Lic. Emilio Ricci, psicólogo clínico y de comunidad, terapeuta familiar ítalo-chileno, formado en la Università degli Studi di Roma «La Sapienza», profesor visitante en la Universidad Católica del Norte y encargado de la Unidad de Terapia Familiar (UTF) de la Escuela de Psicología de la UCN, Antofagasta, Chile.
Bibliografía
Andolfi, M. (1991) – Il colloquio relazionale. A.P.F., Roma.
Andolfi, M., Angelo, C., de Nichilo, M. (dir.) (1996) – Sentimenti e sistemi. Raffaello Cortina, Milano.
Bateson, G. (1984) – Mente e natura, trad. it. Adelphi, Milano.
Boszormenyi-Nagy, I. (1988) – Lealtà invisibili. La reciprocità nella terapia familiare intergenerazionale. Astrolabio, Roma.
Di Nicola, V. (1990) – Tipologia familiare ed epistemologia sistemica. In Terapia Familiare, n° 32, mars, I.T.F., Roma.
Este artículo es el texto original de «El setting en Psicoterapia Familiar», publicado por Red Sistémica (primera publicación: La cultura dell’ascolto, Unicopli, Milán, 1997; traducción española de Emilio Ricci). Republicado con el acuerdo de la revista.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Andolfi, M. (2022). El setting en psicoterapia familiar (E. Ricci, trad.). Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/fr_FR/articles/le-cadre-en-psychotherapie-familiale (Obra original publicada en 1997 en La cultura dell’ascolto, Unicopli, Milán, 1997; republicada en 2022 por Red Sistémica, https://redsistemica.ar/2022/07/06/el-setting-en-psicoterapia-familiar/)
Para profundizar
Comentarios 0
Inicia sesión para participar en el debate. Iniciar sesión