Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Frontiers in Psychology · Pareja
Una terapeuta invita a un marido a hablar de sí mismo, y él responde con una contrapregunta. Bernadetta Janusz, Jörg Bergmann, Feliks Matusiak y Anssi Peräkylä recurren al análisis de la conversación para examinar cuatro primeras consultas de terapia de pareja en Cracovia en las que uno de los miembros de la pareja presenta un trastorno narcisista de la personalidad. Esquivar la pregunta, bloquear el tema, exhibir independencia: el narcisismo aparece aquí tanto como una forma de interactuar como un rasgo de personalidad.
Traducción no oficial al español de Practices of Claiming Control and Independence in Couple Therapy With Narcissism, de Bernadetta Janusz, Jörg R. Bergmann, Feliks Matusiak y Anssi Peräkylä, publicado en Frontiers in Psychology (Frontiers Media) (2020), doi: 10.3389/fpsyg.2020.596842, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los dieciséis extractos de transcripción y la tabla de símbolos de transcripción (apéndice) se reproducen como imágenes, en su versión original en inglés; la declaración de disponibilidad de los datos no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Más allá de su conceptualización como trastorno de la personalidad, el narcisismo debería entenderse como un patrón de prácticas interaccionales.
Bernadetta Janusz, Jörg R. Bergmann, Feliks Matusiak y Anssi Peräkylä
Resumen
Se examinaron cuatro primeras consultas de terapia de pareja con personas consultantes con problemas narcisistas diagnosticados. A partir de la microsociología del self de Goffman se elaboró un concepto del trastorno narcisista enriquecido y ampliado desde la sociología. Se utilizaron métodos del análisis de la conversación para estudiar en detalle episodios en los que las personas consultantes se resisten a responder a una pregunta de la terapeuta, bloquean o dominan el desarrollo del tema de la conversación, o exhiben de forma llamativa su independencia interaccional. Estas actividades se interpretan como un patrón de prácticas de control desencadenadas por las amenazas que la primera consulta de terapia de pareja impone a la imagen de sí de las personas consultantes. Los resultados se discuten a la luz de los debates psiquiátricos contemporáneos sobre el narcisismo; la autoría sugiere que, más allá de su conceptualización como trastorno de la personalidad, el narcisismo debería entenderse como un patrón de prácticas interaccionales.
“Das erste steht uns frei, beim zweiten sind wir Knechte”
«En lo primero somos libres; en lo segundo, siervos»
Goethe
En este artículo investigamos un conjunto de prácticas interaccionales que se producen en el contexto de primeras consultas de terapia de pareja con miembros de la pareja que presentan problemas narcisistas. Como a estas personas les cuesta mostrar debilidad o necesidad de ayuda, a menudo niegan la necesidad de una terapia individual y están más motivadas para acudir a terapia de pareja por el riesgo de perder a su pareja (Links and Stockwell, 2002). Además, la terapia de pareja con pacientes que muestran una conducta narcisista tiene un interés particular porque se considera que las relaciones de larga duración tienen un efecto estabilizador, si no curativo (Ronningstam et al., 1995; Lewis, 1998, 2000).
Durante las consultas de pareja, las parejas en las que uno de sus miembros es narcisista refieren a menudo problemas básicos de comunicación y, en consecuencia, un nivel de estrés considerable. Esto concuerda con los resultados de estudios experimentales que indican que los cónyuges narcisistas resultan muy problemáticos para su pareja. Se les describe como personas que muestran hostilidad —por ejemplo, críticas, insultos— al discutir conflictos (Peterson and DeHart, 2014; Lamkin et al., 2017), que exhiben conductas agresivas durante tareas competitivas (Keller et al., 2014) y que actúan de manera explotadora (Konrath et al., 2014).
En esta misma línea, los estudios muestran que el tratamiento del trastorno narcisista de la personalidad plantea un enorme desafío tanto para la terapia de pareja como para la terapia individual. Yakeley (2018) señala el rechazo del diagnóstico, la sensación de ser tratado injustamente o la interrupción prematura de la terapia como dificultades graves que obstaculizan la psicoterapia. Tanzilli et al. (2017) trazan un panorama similar e identifican el problema de establecer una relación terapeuta-paciente suficientemente buena como un obstáculo principal para la terapia individual.
La terapia de pareja con un cónyuge narcisista ofrece un marco naturalista específico para el espectáculo interpersonal de una pareja (MacFarlane, 2004), del que la persona terapeuta puede ser testigo como destinataria (implícita) o como oyente que escucha sin participar (cf. Goffman, 1979). Lachkar (2004) destaca los patrones de comunicación circulares y destructivos de las parejas borderline-narcisistas que se escenifican durante las sesiones de terapia de pareja. Links y Stockwell (2002) identifican como un desafío particular la mayor actitud defensiva de las personas con problemas narcisistas cuando la pareja asiste a una interpretación, o sus respuestas de desdén y enfado ante los comentarios de la persona terapeuta.
En los manuales diagnósticos, el narcisismo se conceptualiza como un trastorno de la personalidad que incluye de forma característica alteraciones del funcionamiento del self y una autodirección predominante, y que se manifiesta en «un patrón dominante de grandiosidad (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía» (APA, 2013). En las teorías clínicas, la grandiosidad se entiende como una defensa frente a un estado interno de vulnerabilidad (Kohut, 1971; Levy et al., 2007, 2011; Ronningstam, 2012). Frente a esta visión intrapersonal, enfoques recientes conceptualizan el trastorno de la personalidad como parte de un sistema dinámico de interacciones (Livesley, 2018) que incluye factores interpersonales o situacionales. Estos factores pueden amplificar las predisposiciones individuales de la personalidad, de modo que, por ejemplo, la presentación de la grandiosidad de una persona paciente puede variar u oscilar durante una sesión terapéutica en función de lo segura que se sienta en la relación con la persona terapeuta (p. ej., Hopwood, 2018). Si se asume que la manifestación del trastorno narcisista, conceptualizado como alteración del funcionamiento del self, depende de determinadas condiciones sociales, es necesario seguir investigando en la intersección entre el mundo interno y el self en el mundo social. Para entenderlo, necesitamos conceptos procedentes de la sociología del self.
A nuestro juicio, la descripción clínica de la vulnerabilidad en la personalidad narcisista y el trabajo de Goffman sobre la vulnerabilidad genérica del self en la interacción social se complementan idealmente. Como sostuvo Peräkylä (2015), existe una conexión teórica aún no reconocida entre la teoría de la imagen (face) de Goffman y la comprensión psiquiátrica de las alteraciones del self en los trastornos de la personalidad. Este vínculo entre la descripción goffmaniana del self y las teorías clínicas contemporáneas sobre el narcisismo implica que lo que se encuentra alterado en los trastornos de la personalidad, y especialmente en el narcisismo patológico, es la experiencia de la «imagen».
A lo largo de toda su obra, Goffman señaló que, siempre que las personas entran en interacción, exhiben necesariamente aquello que pretenden ser. En sus primeros trabajos (Goffman, 1955) lo abordó en términos de «imagen» (face). La imagen surge de los atributos sociales positivos que una persona, mediante su línea de acción en la interacción, reivindica para sí y que espera que los demás ratifiquen. Dicho de otro modo, sostiene Goffman, con todo lo que hacemos en la interacción reivindicamos una determinada imagen de nosotros mismos, ya sea diciendo o haciendo.
Goffman subraya así que el self es social de parte a parte. Para que una persona mantenga su imagen, necesita el reconocimiento de quienes participan con ella en la interacción. Además, la socialidad del self implica que no solo somos sensibles a nuestra propia imagen y a nuestro propio self, sino también a la imagen del otro. El actor goffmaniano siente vergüenza también cuando es la otra persona participante quien pierde la imagen (Goffman, 1955).
En su ensayo de 1955 y en otros lugares, Goffman se muestra muy sensible al significado emocional del self así reivindicado. Tomando prestada la terminología psicoanalítica, señala que catectizamos nuestro self: ligamos una emoción positiva a nuestra imagen de nosotros mismos. Pero, por otro lado, también experimentamos una ansiedad inherente respecto a nuestro self. Los demás pueden no ratificar el self que pretendemos ser. Esto significa que nuestra imagen y nuestra imagen de nosotros mismos son perpetuamente vulnerables (Goffman, 1983).
Para Goffman, la vulnerabilidad del self es un subproducto inherente de la interacción social: entrar en interacción significa aceptar el riesgo de no ser atendidos, de no ser ratificados ni tratados como lo que pretendemos ser (Goffman, 1955, 1971). Las teorías clínicas del narcisismo especifican la vulnerabilidad del self al señalar que hay personas que son, por así decirlo, hipervulnerables. Desde el ensayo de Freud «Introducción del narcisismo» (Freud, 1957, orig. 1914), a estas personas se las llama «narcisistas» en la medida en que dependen por completo de la aprobación y la atención de los demás (Kohut, 1971, p. 17) y tienen una gran necesidad de ser amadas y admiradas (Kernberg, 1975, p. 227).
Al investigar las interacciones de personas narcisistas, podemos ver una versión «resaltada» de la vulnerabilidad que está presente, de formas más implícitas, en todas las interacciones sociales. Por otro lado, la manera goffmaniana de entender la omnipresencia del self y de su vulnerabilidad en la interacción social puede ayudarnos a ver con mayor claridad los riesgos relacionados con el self en nuestros materiales clínicos.
En sus publicaciones, Goffman nunca se ocupó de la psicoterapia, y menos aún de la interacción psicoterapéutica. Aunque su obra sobre los entresijos de la presentación de sí en la interacción social tuvo una enorme influencia, nunca basó sus estudios en grabaciones de episodios sociales reales, sino que se apoyó principalmente en observaciones etnográficas y, ocasionalmente, en recortes de prensa o citas de novelas. Es aquí donde entra en juego el análisis de la conversación.
El análisis de la conversación se desarrolló como el microanálisis de las prácticas mediante las cuales quienes interactúan generan el orden social en los detalles minúsculos de la interacción social tal como se despliega en la vida cotidiana corriente.1 En sus primeros años, el análisis de la conversación se centró en identificar y describir mecanismos y dispositivos básicos, si no universales, de la organización de la interacción social. Es una premisa básica del análisis de la conversación que las diversas piezas que componen la maquinaria interaccional tienen la doble característica de ser independientes del contexto y sensibles al contexto (Sacks et al., 1974, p. 699). Los principios de esta maquinaria interaccional regulan, por ejemplo, la alternancia de hablantes, la reparación conversacional, el desarrollo del tema o la referencia a personas. Se aplican en distintos contextos sociales, pero al mismo tiempo ofrecen a quienes participan oportunidades de mostrar su comprensión de las condiciones contextuales particulares de la interacción y su orientación hacia ellas.
El potencial del análisis de la conversación para estudiar las prácticas con las que quienes interactúan particularizan un encuentro social llevó a la comunidad investigadora a ampliar el campo de estudio más allá de la interacción cotidiana informal para incluir el habla institucional, por ejemplo, los procedimientos judiciales o las llamadas de emergencia (Drew and Heritage, 1992), la psicoterapia (Peräkylä, 2019), la psiquiatría (Bergmann, 1992, 2017), así como el habla en la que intervienen participantes con un desarrollo atípico, por ejemplo, personas con afasia (Goodwin, 1995, Goodwin(ed.), 2003) o con autismo (Maynard, 2005). Más recientemente, el análisis de la conversación se ha utilizado como método en estudios sobre terapia familiar y de pareja, que abarcan los patrones interaccionales en el establecimiento (Sutherland and Strong, 2011) y en las rupturas y reparaciones (Muntigl and Horvath, 2016) de la alianza terapéutica, en las preguntas circulares (Diorinou and Tseliou, 2014) y en las asimetrías interaccionales (Janusz et al., 2021).
La investigación en análisis de la conversación también ha retomado la idea goffmaniana del self en la interacción social. Aunque su concepto de self no se traduce directamente en observaciones detalladas de análisis de la conversación, la comunidad de analistas de la conversación ha comenzado a investigar contextos de acción y entornos secuenciales específicos en los que las identidades situadas de quienes participan se vuelven relevantes o en los que quienes participan se orientan hacia problemas de imagen (véanse Maynard and Zimmerman, 1984; Lerner, 1996). Los estudios realizados hasta ahora han demostrado que la orientación de quienes participan hacia cuestiones de imagen solo concierne a momentos específicos de la interacción. En su análisis de los acuerdos en las secuencias de evaluación, Heritage y Raymond (2005) sugirieron que las reivindicaciones, y a veces las disputas, sobre el grado de conocimiento implican no solo cuestiones epistémicas, como las expectativas sociales y los derechos y obligaciones de saber, sino también cuestiones de imagen. Sin embargo, la tesis radical de Goffman sobre la omnirrelevancia de la imagen no ha encontrado respaldo empírico en los estudios de AC, que se centran en objetos conversacionales claramente definibles.
De acuerdo con su postura epistemológica, el análisis de la conversación se abstiene de emitir juicios sobre la facticidad de las alteraciones del funcionamiento del self, del trastorno narcisista de la personalidad o de otras condiciones clínicas; no puede contribuir directamente a nuestra comprensión del trastorno de la personalidad. Sí puede, en cambio, analizar cuándo y cómo el comportamiento de una persona participante se vuelve «perceptible» para las demás personas participantes —y para quien investiga— como inesperado, inadecuado, impropio y, por tanto, como posiblemente no normal. Sobre la base de esta concepción procedimental, no preguntamos «qué es y quién tiene un trastorno narcisista de la personalidad», sino «cuándo» hay un trastorno narcisista de la personalidad.2 Así, nuestro interés principal se centra en cuándo, dónde y cómo se produce en una sesión de terapia de pareja una actividad que el personal clínico identificará como rasgo de narcisismo.
El foco de nuestro artículo es la cuestión de cómo actúan las personas consultantes con problemas narcisistas en el contexto interaccional de la terapia de pareja. En particular, tratamos de analizar en detalle las actividades de estas personas en situaciones en las que se espera que respondan a preguntas personales. Y observamos de cerca cómo responden cuando el otro miembro de la pareja o la persona terapeuta comentan su personalidad o su comportamiento.
El conjunto de datos con el que comenzó nuestro estudio comprende las sesiones terapéuticas iniciales de siete parejas que referían, todas ellas, problemas en su relación conyugal.3 En cada una de estas parejas, al menos uno de sus miembros había sido diagnosticado con rasgos de trastorno de la personalidad. En cuatro de estas parejas, uno de los miembros (tres hombres y una mujer) había sido diagnosticado con rasgos narcisistas. Estas cuatro parejas constituyeron la base de datos de este artículo.
Todo el equipo terapéutico tenía formación sistémica en comunicación, en teoría sistémica estructural y en los enfoques de la escuela de Milán, que constituían su enfoque terapéutico principal. Pero también contaba con formación complementaria en terapia psicoanalítica o psicodinámica.
La decisión de incluir en el conjunto de datos únicamente primeras consultas se basa en que, dentro del marco sistémico, las primeras sesiones suelen estar más estructuradas que las sesiones terapéuticas siguientes, lo que facilita la comparación entre casos. En las primeras consultas de terapia de pareja sistémica, la persona terapeuta anima a los miembros de la pareja a definir sus objetivos terapéuticos y los cambios deseados, e indaga activamente cómo pueden verse influidas las quejas por la interacción de la pareja. En la escuela de Milán, las preguntas circulares se utilizan al recabar información sobre los patrones relacionales de la familia; el objetivo de la persona terapeuta es observar qué puede impulsar un cambio en las interacciones (Selvini et al., 1980). En los enfoques estructurales, se espera que la persona terapeuta observe las transacciones familiares, en particular las relacionadas con el problema presentado, y que organice la entrevista de manera que su liderazgo sea una fuente de seguridad y confianza para la pareja (Weber et al., 1985; Nichols and Tafuri, 2013).
La cuestión de la seguridad es especialmente importante durante las primeras sesiones. Los miembros de la pareja se enfrentan a la dificultad de tener que hablar con una persona desconocida —la terapeuta— de sus asuntos conyugales más privados, de sus decepciones mutuas, de su historia común de conflictos, de sus heridas y transgresiones recíprocas, de sus deseos, esperanzas y experiencias más íntimos. Por lo general, ambos miembros de la pareja son conscientes —o al menos intuyen— de que cada uno tiene su parte en la agitación y el peligro que atraviesa su matrimonio. Y aunque el papel de la persona terapeuta es reformular los «enunciados de culpabilización» en términos de patrones relacionales problemáticos, los estudios interaccionales muestran que este tipo de perspectiva circular puede contribuir a que se desarrollen aún más secuencias conversacionales de culpabilización (Patrika and Tseliou, 2016).
En conjunto, la configuración de una terapia de pareja implica para ambas personas consultantes que deben ceder el control de la imagen que desean preservar. Y esta situación se considera especialmente amenazante para quienes ya tienen dificultades para recibir y mantener el reconocimiento de su imagen ideal de sí (Links and Stockwell, 2002; MacFarlane, 2004).
Al analizar los primeros intercambios entre la terapeuta y las personas consultantes, nos guiamos por los principios metodológicos del análisis de la conversación; es decir, en la primera fase del análisis, los datos se estudiaron de un modo «no motivado» (Sacks, 1992, p. 175). El hecho de que las conversaciones examinadas tuvieran lugar durante una sesión psicoterapéutica no desempeñó inicialmente ningún papel en el análisis de los datos, y los enunciados de las personas consultantes no se rastrearon en busca de síntomas clínicos. El equipo investigador hizo todo lo posible por evitar especular sobre las intenciones u objetivos de las personas consultantes y se comprometió, en cambio, a atenerse a la máxima de la observabilidad. La validez de una descripción debía alcanzarse remitiendo a un detalle observable de la interacción en curso. En esto, el equipo siguió la «política de estudio» etnometodológica, que consiste en tratar las actividades cotidianas como métodos de los miembros para hacer esas mismas actividades reflexivamente «explicables» (accountable), es decir, observables y describibles (Garfinkel, 1967).
A partir de las grabaciones en vídeo de las sesiones psicoterapéuticas, se transcribieron partes importantes del conjunto de datos central, así como consultas adicionales, según el sistema de transcripción consolidado en el análisis de la conversación, desarrollado originalmente por Jefferson (1984). El análisis comenzó «haciendo una observación». Lo que llamó la atención del equipo investigador fueron los momentos en que la interacción transcurría de forma inesperada: ocurría algo inusual, se producía un «tropiezo» interaccional manifiesto, una interrupción del flujo de la interacción, una intervención llamativa de una persona consultante o alguna otra infracción de una regla conversacional. Se prestó especial atención a las maneras en que quienes participaban creaban esos momentos llamativos o contribuían a ellos y respondían a ellos, y proyectaban —como afirmaciones o preguntas explícitas, como presuposiciones o implícitamente a través de sus acciones— atribuciones positivas o negativas respecto a su propio self y al de los demás.
Se reunió una colección de estos acontecimientos perceptibles y de su gestión interaccional, todavía sin ninguna interpretación clínica, pero con la mirada puesta en la cuestión de cómo se relacionan estos acontecimientos con el posicionamiento interaccional y con las imágenes de sí de quienes participaban. Se analizaron diversos episodios turno a turno en cuanto a su despliegue interaccional, con el objetivo de identificar y desentrañar las distintas capas de significado de un enunciado en un entorno secuencial dado. Finalmente, se identificó el «control interaccional» como el hilo conductor que atravesaba los episodios reunidos. El concepto de control interaccional se refiere a actividades de las personas consultantes con las que estas se resisten a la dependencia interaccional respecto de otras personas (terapeuta o cónyuge) o fijan el curso posterior de la conversación. El análisis mostró que las actividades de control se desencadenan ante amenazas a las imágenes interaccionales de sí de las personas consultantes y sirven como medio para gestionar dichas amenazas y mantener el self pretendido.
Los datos de nuestro estudio se recogieron en primeras consultas de terapia de pareja realizadas en el Departamento de Terapia Familiar y Psicosomática del Medical College de la Universidad Jagellónica de Cracovia.4 En el departamento, las sesiones de terapia se graban habitualmente en vídeo con fines de formación y supervisión. Los casos que componen nuestra base de datos fueron seleccionados por el equipo terapéutico, que identificó a las parejas con las que resultaba especialmente difícil hablar. Como consecuencia, en el curso de la terapia, la persona terapeuta llegó a la conclusión de que podía haber una patología de la personalidad latente en el trasfondo. Las parejas que el equipo terapéutico consideró que cumplían los criterios fueron informadas del proyecto de investigación y se les preguntó si deseaban participar en él. Quienes aceptaron participar firmaron finalmente la declaración de consentimiento. La sintomatología narcisista se situaba en el nivel de trastorno de la personalidad. El diagnóstico inicial de trastorno de la personalidad se confirmó posteriormente mediante evaluación formal con el Shedler–Westen Assessment Procedure SWAP (Shedler and Westen, 2007).
En el paso siguiente se analizaron las grabaciones en vídeo transcritas de cuatro primeras consultas terapéuticas. Como resultado del análisis de los datos, el fenómeno del control interaccional en las parejas con TNP surgió como el objeto principal de nuestro estudio. Para averiguar si estos fenómenos se producían más de una vez, volvimos a revisar las grabaciones de las cuatro sesiones que constituían los datos de este estudio. A efectos de comparación, también examinamos de manera no sistemática otras sesiones grabadas con miembros de la pareja que no habían sido diagnosticados con trastorno narcisista de la personalidad, pero, como se hizo con carácter exploratorio, no se incluyó en este artículo. Las prácticas de control propias de los miembros narcisistas de la pareja no se identificaron en personas que presentaban problemas de personalidad distintos del narcisista, ni en personas sin problemas relacionados con un TP. No obstante, en estudios futuros será necesario realizar una comparación sistemática.
Las prácticas de control que emplean los miembros de la pareja con problemas narcisistas afectan a la posición secuencial en la interacción, a la gestión del flujo temático de la conversación y a la exhibición y escenificación de la identidad. A continuación abordaremos estos tres ámbitos de prácticas uno por uno, aunque en realidad se solapan y se entrelazan, razón por la cual a veces se utilizan los mismos ejemplos con distintos fines analíticos.
En nuestros datos, las personas consultantes realizan repetidamente movimientos con los que se apartan, en la interacción, de la posición de respuesta. En general, en la interacción social, todo enunciado que inicia una secuencia fija el tipo y el alcance de las actividades posteriores. Al formular una pregunta, quien habla genera en la persona destinataria la expectativa de responder y restringe los términos de su respuesta. Así, la persona destinataria se ve fuertemente constreñida por la pregunta y su formulación, su modalidad y sus presuposiciones; su turno es «secuencialmente dependiente del anterior» (Schegloff, 1968, p. 1076).
En psicoterapia, el régimen de pregunta y respuesta se relaja; las preguntas no se formulan como peticiones apremiantes de información, sino como invitaciones a cooperar ofreciendo voluntariamente una respuesta. De hecho, en el siguiente fragmento (el significado de los símbolos de transcripción figura en el apéndice),

la psicoterapeuta ni siquiera formula una pregunta, sino que expresa su deseo de saber más sobre su destinatario, el marido. Y como el marido permanece en silencio durante 2 s, continúa explicándole por qué es importante su participación.
El discreto movimiento de la psicoterapeuta para animar al marido a hablar de sí mismo solo tiene un éxito parcial. El consultante sí responde, pero no contesta a la pregunta de la terapeuta.

Con su rechazo [«No»], el consultante cuestiona dos rasgos del movimiento iniciador de la terapeuta. Rechaza la oportunidad de decidir por sí mismo qué es importante para él y de qué le gustaría hablar. Y aunque, al formular una contrapetición, el consultante sí reacciona a la pregunta de la terapeuta, no la contesta. Se resiste a las condiciones que la pregunta de la terapeuta establece y controla, y formula por su parte las condiciones en las que estaría dispuesto a responder. Así, su respuesta evasiva y su contrapetición pueden verse como un movimiento para controlar los términos de su participación.
No es inusual en la interacción cotidiana que las personas destinatarias, en lugar de responder a una pregunta y aceptar así implícitamente su legitimidad, intenten resistirse a las restricciones del formato pregunta-respuesta y alterar el curso de la interacción (Stivers and Hayashi, 2010; Heritage and Raymond, 2012). En muchas organizaciones que gestionan personas, la interacción consiste en una serie de secuencias de pregunta y respuesta (Drew and Heritage, 1992), y aunque se espera de las personas usuarias que se atengan a las condiciones de la pregunta, a menudo esquivan las preguntas o se resisten a ellas, como se ha mostrado en interrogatorios policiales (Jol and Stommel, 2016), entrevistas informativas (Carranza, 2016), asesoramientos (Muntigl, 2013), psicoterapia (Yao and Ma, 2017) y otros contextos institucionales (Chevalier and Moore, 2015).
Sin embargo, la reticencia de H en el extracto n.º 1 a someterse a los vínculos secuenciales de una pregunta previa no es un acontecimiento aislado, sino recurrente, que puede observarse como un patrón habitual en muchas otras ocasiones de esta sesión terapéutica, como en el siguiente fragmento:

Unos 15 minutos después del inicio de la primera sesión con una pareja de unos 40 años, la terapeuta invita a las personas consultantes a contar más sobre sus razones para acudir a terapia. Después de que la esposa haya aportado alguna información sobre sí misma y sobre su visión de los problemas de la pareja, la terapeuta se dirige al marido y le pide su aportación complementaria. En lugar de responder dando la información solicitada, el marido responde con una contrapregunta en la que pide saber si eso es necesario. La investigación ha mostrado que, en los encuentros entre personal médico y pacientes, las preguntas iniciadas por pacientes son despreferidas y que, cuando aun así se formulan, se modifican para indicar su carácter despreferido (Frankel, 1990). En el fragmento n.º 2, la contrapregunta del consultante no está marcada como una actividad despreferida. Con su indagación sobre la necesidad de la pregunta de la terapeuta, no solo cuestiona la autoridad profesional de esta, sino que sale del espacio interaccional en el que su acción está controlada por la pregunta precedente de la terapeuta. Al formular él mismo una pregunta, ocupa una primera posición secuencial, con lo que convierte una respuesta de la terapeuta en «condicionalmente relevante» (Schegloff, 1968, p. 1084) y ejerce, por su parte, el control de la acción posterior de la terapeuta.
En una de sus primeras lecciones (1964), Sacks observó que «el intento de pasar a la posición de “quien pregunta” parece ser algo que las personas tratan de hacer con bastante frecuencia. (…) Mientras uno está en la posición de hacer las preguntas, tiene en parte el control de la conversación» (1992, p. 54). Y, respecto a la interacción entre personas adultas e infancia, Mishler(1975, p. 99) observó que «cuando las personas adultas inician una conversación con una pregunta, conservan el control sobre su curso mediante preguntas sucesivas, (…) cuando niñas y niños hacen una pregunta a una persona adulta, esta recupera el control respondiendo con una pregunta». Parece evidente que la secuencia de pregunta y respuesta tiene una lógica de control incorporada. Las preguntas no solo establecen que se debe una respuesta, sino que también determinan qué tipo de respuesta se espera.5 Como hemos mostrado, es característico de las personas consultantes narcisistas que, tras una pregunta personal, «se escapen» mediante respuestas evasivas o contrapreguntas. Con sus maniobras de resistencia marcan la pregunta precedente de la psicoterapeuta como una intromisión en su autonomía y, al mismo tiempo, reivindican de forma llamativa su independencia.
En nuestros datos, las personas consultantes controlan y restringen el flujo temático de la conversación terapéutica. A continuación mostraremos las prácticas mediante las cuales lo consiguen.
Quienes participan en una interacción verbal siempre hablan «de algo», y aquello de lo que hablan constituye el «tema» de la conversación. En general, el tema se caracteriza por dos componentes complementarios que forman juntos una unidad contradictoria (Bergmann, 1990). Por un lado, existe una restricción que garantiza que haya, en absoluto, un flujo temático. Esta restricción de progresividad impone a cada hablante la obligación de aportar algo nuevo al intercambio verbal en curso. Por otro lado, la obligación de introducir elementos nuevos se ve contrarrestada por la restricción de no introducir cualquier asunto nuevo, sino de ceñirse al tema y mostrar consideración por el mantenimiento del tema efectivo de la conversación. El desarrollo del tema suele ser el resultado de la cooperación entre quienes interactúan, pero una persona participante puede recurrir a un «control del tema» más estricto «para evitar que se contradigan evaluaciones problemáticas» (McKinlay and McVittie, 2006). La organización más detallada del tema depende del tipo y de la finalidad institucional del encuentro.
En las sesiones de terapia de pareja, una de las maneras que tienen las personas consultantes de contener y dominar el tema de la conversación es perseverar e insistir en su propio punto de vista, de lo que puede encontrarse un ejemplo en el siguiente fragmento.

Mediante una práctica de reparación cercana a la «sustitución léxica» (Rae, 2008), la esposa rechaza lo que la terapeuta ha dicho sobre restaurar el terreno común de la vida de la pareja (l.8 «No se trata de restaurar») e introduce una versión alternativa del estado de cosas conyugal (l.9 «se trata de construirlo»). En sus enunciados siguientes (l.11, 13, 14–15) subraya y explica su punto de vista antes de lanzarse a un monólogo con una lista de diferencias entre ella y su marido. Esta lista es instructiva en dos sentidos. Por un lado, está construida como una serie de formulaciones de caso extremo («totalmente…») que se utilizan «en previsión de escuchas poco comprensivas» (Pomerantz, 1986, p. 227), para subrayar que se tiene razón y prevenir posibles refutaciones. Por otro lado, la lista de W es notable en la medida en que está construida con cuatro elementos (l.18–29) y, como tal, se aparta de la «tripartición» que Jefferson(1990, p. 89f.) ha mostrado como «un principio estructural básico» de las listas. Con esta doble exageración de su argumento, W. marca claramente que, para ella, esta cuestión no es negociable y no merece que se siga hablando de ella; para ella, el tema está cerrado.
Los dos extractos siguientes muestran otro tipo más de control del tema. En estos casos, el control del tema se produce después de que el otro miembro de la pareja haya planteado y descrito una cuestión problemática. Al comienzo del extracto 4 (l.1–3), la esposa describe el estado de ánimo del marido, que considera problemático.

Aunque su esposa está hablando de él, el marido no aprovecha la oportunidad para responder, sino que permanece en silencio (véase la pausa de 3 s en la línea 07). Solo cuando su esposa señala su incapacidad para comprender la vida mental y emocional de su cónyuge («No sé qué pasa con ellas»), él hace un comentario:

Con su afirmación «Hago todo lo posible por no tenerlas», el marido transforma lo que su esposa acaba de describir como un problema en un logro propio. Pero, con su sonrisa burlona, enmarca su enunciado como una observación graciosa, e incluso mira a la terapeuta, con lo que aparentemente vigila su respuesta y su posible aprobación. En caso de éxito, una observación graciosa genera una risa compartida que, a su vez, conduce regularmente al cierre del tema en curso.6 Sin embargo, en el extracto anterior, en lugar de risa, su esposa reacciona con un comentario que muestra «saber» (l.10: «pues exactamente»), y la terapeuta, en su respuesta, trata su enunciado como una afirmación seria, ignorando su subsentido irónico. Al final, su broma no cerró el tema. El desajuste entre las acciones de la terapeuta y las del marido continúa en los turnos siguientes:

El marido empieza a responder con vacilación (l.16), expresa dudas sobre la adecuación de las palabras de la terapeuta y, tras una pausa de 1 s, continúa corrigiendo la elección de palabras de la terapeuta (sentimiento frente a emoción). Aunque el alcance semántico de la reparación sigue sin estar claro, tiene consecuencias interaccionales en dos sentidos: provoca una interrupción del flujo temático (Egbert, 1997), lo que libera al marido de tener que responder a la cuestión planteada por su esposa (la conexión con sus emociones). Y, al rechazar el vocabulario de la terapeuta, el marido pone además en duda su competencia profesional y muestra su falta de disposición a entrar en una relación terapeuta-paciente con ella.
En los extractos siguientes puede encontrarse una práctica aún más poderosa y audaz para tomar el control del tema de la conversación. Más arriba examinamos estos extractos en relación con el control de la secuencia; pero esos mismos ejemplos implican también el control del tema. Pese a que es tarea de la terapeuta dirigir la conversación y guiar a la pareja a lo largo de esta primera sesión, observamos en nuestros datos varios casos en los que el paciente actúa de modo que decide el asunto de la conversación y cómo debe abordarse. En el ejemplo siguiente, la petición de la terapeuta de datos personales básicos al marido da lugar a un silencio de 2 s.

El silencio lo rompe la terapeuta, que continúa ampliando su pregunta y subrayando la importancia de la participación del marido. En su respuesta posterior, el marido se niega a responder alegando que desconoce lo que la terapeuta espera (l.04). Inmediatamente después, el marido pide en cambio a la terapeuta una pregunta concreta para poder proporcionar la información solicitada (l.07):

Mientras que el extracto (02) muestra la resistencia del marido a entrar en una conversación temática según lo estipulado por la terapeuta, el extracto siguiente (01) recoge un episodio en el que el mismo paciente bloquea el movimiento iniciador de la terapeuta desviando el foco temático de sí mismo hacia ella.

Tras una pausa de 1,5 s y un marcador de vacilación (m::::::), el marido primero rechaza la pregunta de la terapeuta y sigue esquivando una respuesta con una contrapregunta en la que indaga sobre la necesidad del tema. En lugar de hablar de sus perspectivas y problemas, inicia un movimiento para transformar la conversación en una metadiscusión sobre la necesidad de la pregunta de la terapeuta, con lo que impugna su autoridad profesional.
En resumen: cómo y en qué dirección se desarrolla el tema de una conversación en el flujo del habla es, en muchos sentidos, impredecible para quienes interactúan. En la situación de una terapia de pareja, las personas consultantes pueden encontrarse en situaciones incómodas porque los asuntos que se plantean ponen en peligro su self ideal y apelan a su vulnerabilidad. Como hemos mostrado, las personas consultantes aplican diversos métodos para hacerse con el control del tema conversacional, con el efecto de desviar o prevenir que se hable de cuestiones que podrían amenazar su imagen. Pueden insistir en un asunto mediante enunciados extensos y monológicos, o pueden bloquear el desarrollo posterior del tema provocando la risa con una observación graciosa o una broma. La forma más flagrante de alejar la conversación de un tema amenazante es arrastrar a la terapeuta a un metadiscurso, poniendo en duda su legitimidad para saber y para hacer preguntas sobre cuestiones personales.
Según Sacks et al. (1974), un aspecto clave de la maquinaria de toma de turnos de la conversación es que puede acomodar «la interacción entre partes con cualesquiera identidades potenciales» (p. 700). Las identidades sociales de quienes participan en la conversación cobran existencia a través de sus maneras de hacer funcionar el sistema de toma de turnos. Sacks et al.(1974, p. 718) destacan las transformaciones locales de dichas identidades: la maquinaria de la conversación «es compatible con multiplicidades de identidades sociales, y con cambios en ellas, de unos “mismos” participantes». A continuación examinaremos estas multiplicidades de las identidades de las personas consultantes en la terapia de pareja.
A menudo se distinguen dos facetas del self y de la identidad. Una faceta tiene que ver con lo que se dice o se cree explícitamente sobre una persona, y la otra con lo que una persona experimenta o transmite sobre sí misma a través de sus acciones, sin poner necesariamente esas cosas en palabras (véanse Goffman, 1955; Neisser, 1988; Leary and Tangney, 2012). Bamberg (2007); Deppermann (2015) y Deppermann et al. (2020) distinguen a grandes rasgos entre el «yo relatado» (told self) y el «yo escenificado» (performed self), una distinción que nos parece especialmente útil para el estudio de la terapia de pareja y que adoptaremos en lo que sigue. El «yo relatado» comprende las atribuciones verbalizadas que los miembros de la pareja hacen sobre sí mismos y sobre el otro; el «yo escenificado» comprende lo que transmiten sobre sí mismos a través de sus acciones.7
En las primeras sesiones de terapia de pareja —como las que utilizamos como datos—, las cuestiones de identidad son especialmente pertinentes. La tarea principal de la persona terapeuta es llegar a conocer a la pareja: quiénes son sus miembros y cuál es su problema. Para la persona terapeuta, el yo relatado —lo que los miembros de la pareja cuentan sobre sí mismos— es importante, pero al menos igual de importante es el yo escenificado, es decir, lo que transmiten sobre «quiénes son» a través de sus acciones.
Recorreremos ahora una vez más nuestros extractos, aclarándolos de nuevo desde el punto de vista de la construcción de la identidad. Consideremos otra vez el extracto 2 mostrado más arriba. La terapeuta pidió al marido que le contara más sobre sí mismo, y el marido se negó a responder:

En efecto, el marido se niega a hablar de sí mismo: con ello se abstiene de especificar más su yo relatado. En cuanto al yo escenificado, en cambio, el marido es mucho más activo. Negarse a responder a la pregunta es un movimiento poderoso de presentación performativa de sí: el marido muestra que no es alguien a quien la terapeuta controle; pone de relieve su independencia respecto de ella. En este contexto, también puede significar que no es alguien que busque ayuda. Con ello reivindica y demuestra una fuerte independencia.
El extracto 2, también mostrado más arriba, implica una construcción de la identidad muy similar a la del extracto 1. De nuevo, el marido se niega a revelar más sobre sus problemas o sobre los problemas de la pareja tal como él los ve, y con ello se abstiene de especificar más su yo relatado.

En cuanto al yo escenificado, su contrapregunta (líneas 3–4) muestra, como en el extracto 2, que la terapeuta no lo controla. El contexto específico en el que el marido reivindica ahora su independencia es importante: en la línea 01, la terapeuta está solicitando una descripción de los problemas de la pareja tal como los ve el marido. Por el propio acto de negarse a responder, el marido transmite algo sobre su relación con los problemas: puesto que no tiene ni la necesidad ni la voluntad de especificar problemas, muestra también que no tiene problemas acuciantes, al menos ninguno que pueda tratarse aquí, en la terapia de pareja.
En los casos mostrados más arriba, la construcción de la identidad más intensa parece tener lugar en el terreno performativo más que en el declarativo. Consideremos ahora el extracto 5, que se muestra a continuación, en el que las cuestiones del yo relatado son centrales. Sin embargo, si se mira más de cerca, los aspectos performativos de la identidad son igualmente importantes también aquí. Poco antes del intercambio que se muestra en el extracto 4, la esposa se ha quejado de la costumbre del marido de fumar marihuana (datos no mostrados). En el extracto 5, el marido lo cuestiona.

El marido se embarca en una descripción compleja del problema de la pareja, con la que transmite también una descripción de sí mismo. Primero, en la línea 01, rechaza la atribución del problema hecha por la esposa (datos no mostrados) y luego, en las líneas 2–3, afirma que el problema reside en realidad en la incapacidad de la esposa para comprender lo de fumar. Mientras que la queja previa de la esposa atribuía al marido una identidad de «fuente del problema», él hace ahora una contraatribución y afirma que la fuente del problema es la esposa. El marido prosigue su relato admitiendo que ha tenido una adicción. La admisión se formula con recursos minimizadores, como la referencia temporal (durante un mes) y la relativización de la categoría «adicción» (quizá es así como debería llamarse). En el plano del yo relatado, el marido construye así una imagen de sí mismo como consumidor de marihuana no problemático, maltratado e incomprendido por su esposa; es decir, como víctima más que como culpable.
Unos segundos después, el marido vuelve a hacer movimientos que conllevan una identidad de víctima. En respuesta a lo que la terapeuta dijo al final del extracto anterior (línea 4) sobre la dificultad para ella de juzgar (si el consumo de marihuana del marido era una adicción), ambos miembros de la pareja afirman que no esperan que la terapeuta juzgue (datos no mostrados). Esto lleva a la terapeuta a preguntarles de qué creen que trata la terapia (línea 16, más abajo). La respuesta de la esposa es que aprenderían a comunicarse (líneas 16–17).

En lugar de tomar postura ante la sugerencia de W o de abordar de algún otro modo la pregunta de la terapeuta, H vuelve a sus argumentos anteriores y señala que W no lo comprende (línea 20) y que el problema está en W más que en H (22–23, 25). De nuevo, asume la identidad de víctima.
Si el yo relatado que reivindicaba el marido era el de alguien incomprendido por su cónyuge, no la fuente de los problemas sino más bien víctima del comportamiento de su esposa, la identidad performativa se presenta de manera bastante distinta. El marido se embarca en una autodefensa que despliega de forma agitada, hablando deprisa, con un tono agudo y gesticulando enérgicamente mientras habla. Formula sus enunciados por iniciativa propia, y no como respuestas u otras reacciones a las iniciativas de la terapeuta. Este control secuencial y temático se ve con la mayor claridad en la última parte del extracto 4, donde el marido no responde a la pregunta de la terapeuta (l. 16) ni a la respuesta de W (l. 17–18). Al contrario, persigue su propia agenda por iniciativa propia. Y aún más: formula su (re)definición del problema de la pareja en las líneas 19–20, 22–23, 25 como una afirmación con la que la esposa debería estar de acuerdo, apartándose así del sistema normativo de toma de turnos de la terapia de pareja (en el que es la persona terapeuta quien hace las preguntas). Mediante esta acción por iniciativa propia, en la que ocupa la primera posición en la organización secuencial, el marido exhibe una identidad. Pese a la reivindicación declarativa de ser una víctima, su actuación lo constituye como un actor independiente.
Consideremos ahora otro ejemplo en el que el yo relatado está en la superficie de la interacción y, sin embargo, el trabajo de identidad se realiza igualmente en términos de yo escenificado. Volveremos al extracto 3, comentado más arriba. Al comienzo del extracto, la terapeuta describe una manera «típica» de vivir los problemas en las parejas —ver el problema en el otro miembro de la pareja— y presenta después la alternativa aparentemente mejor de la «perspectiva de restaurar» (l. 04–05) y del cuidado conjunto de los problemas (línea 05).

Mientras que el marido, en la línea 07, parece estar al menos mínimamente de acuerdo con la formulación de la perspectiva alternativa por parte de la terapeuta, la esposa, en las líneas 08–09, 11 y 12, la refuta. La refutación tiene al principio un cierto matiz positivo, ya que en la línea 09 habla de construir (algo nuevo) como alternativa a «restaurar». Sin embargo, a medida que continúa su enunciado (líneas 11 y 12), desplaza el foco referencial y hace hincapié en lo negativo: que no hay nada que restaurar. Con ello empieza a construir un yo relatado para ella y para su marido como una pareja intrínsecamente infeliz. Esta construcción de la identidad negativa se intensifica a medida que la esposa sigue hablando:

Como hemos mostrado más arriba, con una lista de descripciones que emplean formulaciones de caso extremo, la esposa, en las líneas 14–24, presenta a la pareja como un caso perdido. Ahora bien, si nos fijamos en el yo escenificado, surge un panorama muy distinto. Como se argumentó en la sección anterior, W toma para sí, en el extracto 5, el control del tema y el control de la secuencia. Al cambiar la perspectiva temática (de la expectativa de restauración a la lamentación del fracaso) y al pasar de una posición de respuesta preparada para ella por la terapeuta a la primera posición mediante su revelación de sí cargada de emoción, exhibe su independencia interaccional respecto de la terapeuta. Esta independencia está teñida de lo que podría llamarse «honestidad apasionada», en la medida en que asume abiertamente las atribuciones negativas sobre la pareja.
Al comienzo de esta sección distinguimos entre yo relatado y yo escenificado. Los casos examinados en esta sección mostraron que los yoes relatados reivindicados por quienes participaban eran bastante variables: en los extractos n.º 1 y n.º 2, el paciente evitaba toda declaración de identidad; en el extracto n.º 5, el paciente se presentaba como víctima y situaba el problema en su cónyuge; mientras que en el extracto n.º 4, la paciente asumía activamente los problemas como parte de la identidad de la pareja. Si el panorama de los yoes relatados era así variable, el examen de los yoes performativos mostró un panorama más unificado. En todos los casos mostrados más arriba, los yoes performativos de pacientes ponían en primer plano su independencia respecto de la interacción en curso y, por tanto, respecto de quienes participaban en ella.
Sugerimos que esta reivindicación performativa de independencia es tan importante, si no más, que las reivindicaciones declarativas variables en el trabajo de identidad y la presentación de sí de las personas consultantes en las primeras consultas. Además, sugerimos que la reivindicación de independencia interaccional depende fuertemente del contexto. La consulta de terapia de pareja, como situación social, implica una posibilidad de dependencia: la pareja está ahí para buscar ayuda. Los contextos secuenciales locales que examinamos más arriba implicaban posibilidades de dependencia más específicas, sobre todo cuando el otro miembro de la pareja atribuye problemas a la persona consultante. Por tanto, sugerimos que las reivindicaciones de independencia se desencadenan ante riesgos de dependencia que surgen en la interacción de la terapia de pareja.
En este artículo hemos descrito, mediante el AC, tres facetas de la interacción —secuencia, tema y construcción de la identidad— en las que puede verse cómo las personas consultantes narcisistas de nuestra muestra ejercen un control interaccional. Observamos:
Las prácticas de control de las personas consultantes plantean distintos desafíos y dificultades a quienes ejercen la terapia de pareja. Parece haber dos ámbitos clave del trabajo terapéutico a los que se refieren estas dificultades: la capacidad de revelar debilidades y problemas personales y, en relación con ello, el establecimiento de la relación terapéutica.
El concepto clásico de alianza terapéutica de Bordin (Bordin, 1994) implica el compromiso con un trabajo colaborativo orientado a objetivos, así como el desarrollo de relaciones recíprocas e interactivas. Sugerimos que la exhibición de independencia por parte de las personas consultantes puede suponer un desafío importante para el desarrollo de la colaboración terapéutica en el «micronivel».
Un aspecto de la teoría de Bordin concierne a la alianza de trabajo. Significa que construir una alianza es un proceso activo, a veces implícito, de negociación que comienza desde el principio mismo del tratamiento y se renegocia en el curso de las sesiones terapéuticas posteriores (Bordin, 1994; Hatcher and Barends, 2006). Las prácticas con las que las personas consultantes con problemas narcisistas niegan la dependencia interaccional y controlan el curso del encuentro pueden bloquear este «proceso implícito de negociación». Estas prácticas inducen con mucha frecuencia —tanto en la persona terapeuta como en el otro miembro de la pareja— silencios, marcadores de vacilación, disfluencias verbales y otras manifestaciones de confusión momentánea, que pueden indicar dificultades en el micronivel para construir la «colaboración recíproca e interactiva» entre todas las personas que participan en la conversación de la terapia de pareja.
El otro aspecto de la alianza, según la teoría de Bordin, se refiere al vínculo afectivo. Las prácticas de control de las personas consultantes también pueden verse como un bloqueo del desarrollo del vínculo afectivo entre ellas y la persona terapeuta, que se constituye por la dependencia mutua y que contribuye al trabajo colaborativo. Mediante sus prácticas de control, las personas consultantes marcan su propia independencia y autoridad, pero al mismo tiempo muestran implícitamente su desconsideración por la imagen de la persona terapeuta al corregir su vocabulario o socavar su agenda.
Centrándose en el desarrollo de la alianza terapéutica en las fases iniciales del tratamiento, Ronningstam (2012) sugiere que las personas pacientes narcisistas tienden a provocar y controlar a la persona terapeuta, mientras que Dimaggio et al. (2006) describen su tendencia a la lucha de poder. Nuestras observaciones concuerdan con ello, pero nuestro estudio muestra además que la propia organización interaccional de la primera sesión de consulta, con su estructura global de pregunta y respuesta, atrapa a las personas consultantes en un marco de dependencia (secuencial) que puede sumarse a su resistencia y a la obstrucción del desarrollo de la alianza.
La resistencia a revelar los asuntos personales tiende a producirse pronto en la psicoterapia, casi siempre ya durante las primeras consultas de pareja. Al exponer los problemas de la pareja, cada miembro suele situar el problema en el otro. También adoptan posiciones defensivas cuando su pareja los describe como la fuente de los problemas conyugales. Nuestro estudio ha mostrado que las personas consultantes con problemas narcisistas parecen utilizar estrategias más específicas para frustrar la revelación de sus problemas personales. A nuestro juicio, estas prácticas pueden remontarse a la anticipación, por parte de la persona consultante, de que una conversación temática no controlada, con su transición suave y discreta de un asunto al siguiente, puede revelar debilidades o defectos y, por ello, es percibida como «arriesgada».8
La literatura clínica sugiere que las personas narcisistas son especialmente sensibles a las amenazas a la autoestima (Freud, 1957). La mayor tasa de abandono de la psicoterapia entre pacientes narcisistas se ha entendido como reflejo de los esfuerzos por gestionar la autoestima (Ellison et al., 2013). Ello concuerda con las observaciones clásicas de Abraham(1927, orig. 1919), que describió la tendencia de las personas pacientes narcisistas a perturbar activamente las intervenciones que amenazan su imagen grandiosa de sí.
Los riesgos que una persona consultante puede anticipar conciernen a su imagen de sí y pueden surgir de tres contingencias entrelazadas. En primer lugar, la persona terapeuta, en virtud de su autoridad institucional, tiene derecho a definir las condiciones de la conversación y a hacer preguntas personales, una asimetría que las personas consultantes con problemas narcisistas pueden percibir como una amenaza para su independencia. En segundo lugar, el otro miembro de la pareja puede ser una fuente adicional de amenaza para la imagen de la persona consultante, puesto que es testigo de cómo esta habla de su situación conyugal; también es testigo de los comentarios de la persona terapeuta y puede, además, formar una coalición temporal con ella (Janusz et al., 2021). En tercer lugar, como hemos mostrado, una persona consultante puede percibir el flujo temático sin restricciones de la conversación terapéutica como amenazante, ya que podría llevar a afirmaciones o relatos reveladores de sus problemas o debilidades.
La coocurrencia de los riesgos para el self y de las actividades de control en nuestros datos puede interpretarse a la luz del debate clínico clásico sobre la vulnerabilidad y la grandiosidad en el narcisismo. La grandiosidad se manifiesta en las sesiones terapéuticas rara vez como «gran grandiosidad», es decir, como jactancia y fanfarronería, y más a menudo como exhibición de una superioridad momentánea y de un dominio interaccional. Ejercer el control es una de las formas en que puede aparecer la «pequeña grandiosidad»: quien tiene el control puede regodearse en su supuesta admirabilidad. Kohut (1971); Kernberg (1975) y Levy et al. (2007, 2011) sugirieron que, en las personas pacientes narcisistas, los estados mentales grandiosos oscilan o incluso coexisten con estados mentales vulnerables. Sobre la base de estudios empíricos, otros trabajos (Cain et al., 2008; Pincus and Lukowitzsky, 2010) han señalado que hay contextos sociales particulares que intensifican la dualidad entre grandiosidad y vulnerabilidad, lo que da lugar a una desregulación de la autoestima. La primera sesión de terapia de pareja podría ser uno de esos contextos.
La dialéctica entre los riesgos para el self y las actividades de control no es algo que esperaríamos encontrar únicamente en el entorno de la terapia de pareja y con personas narcisistas. Goffman (1955) sugirió que todas las interacciones entrañan riesgos para el self de quienes participan, y que a tales riesgos se responde normalmente mediante un trabajo correctivo —el trabajo de imagen (face-work)— para restaurar los selfs amenazados. Por tanto, la terapia de pareja con pacientes narcisistas puede considerarse un «prisma» que hace especialmente sobresalientes y perceptibles dinámicas del self en la interacción social que están presentes en todos los encuentros sociales.
Cabe argumentar que las primeras consultas de terapia de pareja resultan incómodas, si no amenazantes, para todas las personas pacientes, no solo para las narcisistas. La experiencia clínica sugiere que la primera consulta es especialmente amenazante para pacientes narcisistas. Aun así, son necesarios más estudios sistemáticos que comparen pacientes narcisistas y no narcisistas. Resultaría de sumo interés un estudio adicional en el que se compararan primeras consultas y consultas posteriores en relación con la cuestión de si las personas consultantes con problemas narcisistas mantienen sus prácticas de control o aprenden a soltarlas y a relajar su hábito defensivo.
Otra línea de investigación que no pudimos seguir se deriva directamente de la configuración de la terapia de pareja. Aunque identificamos las prácticas de control de las personas consultantes narcisistas como maniobras interaccionales, no tuvimos en cuenta de forma sistemática la estructura triádica de la interacción en la terapia de pareja. En la mayoría de los casos, nuestro foco estuvo en la interacción entre la terapeuta y uno de los miembros de la pareja, más que en la tríada. Pero la presencia simultánea de la persona terapeuta y de la pareja íntima, en la que siempre una es la destinataria mientras la otra es oyente pasiva, es sin duda relevante en relación con las prácticas de presentar, y de seguir exhibiendo, una imagen ideal de sí coherente. Una investigación sobre las maneras en que las prácticas de control afectan a las configuraciones terapéuticas triádicas y se ven afectadas por ellas sería un complemento necesario y sumamente estimulante de nuestro estudio.
Una cuestión crítica que recorre todo nuestro texto se refiere a cómo pueden vincularse los enunciados sobre el ámbito interaccional (comportamientos de control, riesgos interaccionales) con los enunciados sobre el ámbito interno (disposiciones relacionadas con la personalidad, percepciones de los riesgos para el self, narcisismo). Se trata de una cuestión de gran calado, y no menos filosófica, que no puede, por supuesto, abordarse en un único estudio, y menos aún empírico. En nuestro estudio hemos procedido bajo el supuesto, que es una presuposición metodológica principal del AC, de que nadie puede mirar detrás de la frente de otra persona y que, por tanto, la mente ajena no es directamente accesible para nadie.9 Por otro lado, en el mundo cotidiano somos capaces de «ver» las intenciones de los demás, de «leer» su mente, puesto que no tenemos otra opción que dotar de significado su comportamiento10. En ese sentido, la mente de los demás es «transparente» para nosotros (Coulter, 1977). Los estudios etnometodológicos y de análisis de la conversación tratan cuestiones «cognitivas» como las expectativas, la memoria o la percepción, pero siempre y únicamente como actividades observables. En esta línea, abordamos el «narcisismo» como un objeto que se lleva a cabo y se realiza en y a través de la interacción. Esto concuerda con teorías psicológicas más recientes (Hopwood, 2018; Livesley, 2018) según las cuales los trastornos de la personalidad no pueden conceptualizarse únicamente como un rasgo intrapersonal, sino que deben verse también como un fenómeno en el contexto interpersonal. Aun así, reconocemos también que la mente, como experiencia subjetiva que emerge en contextos interaccionales, es real y relevante para la comprensión de los trastornos de la personalidad. A partir de nuestra visión coconstructiva de los trastornos de la personalidad, surgen dos preguntas que podrían ser objeto de estudios futuros.
El diagnóstico de «narcisismo» (o de cualquier otro trastorno de la personalidad) es el resultado final de una serie de pruebas, entrevistas y otros procedimientos de evaluación mediante los cuales profesionales son capaces de identificar y «leer» acontecimientos interaccionales observables como «signos» o «pruebas» de una condición intrapersonal no observable, es decir, como síntoma de una disposición patológica oculta (Bergmann, 2017). Por otro lado, las personas legas se observan mutuamente en todas las interacciones y realizan también algún tipo de evaluación coloquial de la personalidad. Poco se sabe sobre cómo se relacionan entre sí el modo de diagnóstico profesional y el modo de evaluación lega. Se necesita un estudio en el que se expongan y reconstruyan las lógicas divergentes de la evaluación psicológica en contextos legos y profesionales.
Sería necesario un segundo estudio paralelo para arrojar luz sobre el estatus epistémico respectivo de la peculiaridad o alteración que motivó la demanda de ayuda psicoterapéutica. Por lo general, el programa profesional de pruebas y exploraciones desemboca en una categoría diagnóstica en la que han desaparecido las aportaciones de los procedimientos de evaluación y de la interacción social con el personal evaluador. El problema se objetiva y se atribuye a un mal funcionamiento interno, con el resultado de que la persona consultante aparece entonces como única portadora responsable de una enfermedad. Un desafío —tanto para la clínica como para la investigación— consiste en entender el «trastorno de la personalidad» no como un rasgo interno fijo, sino como patrones de interacción contextual desencadenados por condiciones interaccionales especificables.
Las sesiones de terapia de pareja con pacientes que presentan problemas narcisistas plantean desafíos específicos a la persona terapeuta. Abordar los asuntos personales, los problemas y la vulnerabilidad de la persona consultante puede percibirse como amenazante y conducir directamente a la resistencia y a respuestas obstructivas y no cooperativas. Pero abordar las prácticas de control interaccional y de marcaje de la independencia de la persona consultante puede desencadenar reacciones de rechazo y de competencia. Una lección que puede extraerse de nuestro estudio es que, a nuestro juicio, es aconsejable que quienes ejercen la terapia, al trabajar con una persona consultante que muestra problemas narcisistas, organicen la primera sesión de terapia de pareja de un modo discreto y ejerzan por el momento su autoridad institucional de manera atenuada. Esta estrategia interaccional «abierta» también puede, por supuesto, percibirse como amenazante (como hemos mostrado en la sección «Controlar la posición secuencial»), pero aumenta las posibilidades de que la persona consultante encuentre por sí misma formas de participación cautelosa que puedan desarrollarse, en el proceso posterior, hacia una cooperación más libre y no controladora.
Otro desafío de la terapia de pareja con personas consultantes que tienen problemas narcisistas reside en que quienes ejercen la terapia experimentan confusión y tienen la sensación de que es difícil trabajar con estas personas. Puede que no sean capaces de señalar con precisión las prácticas que generan esa impresión. Los resultados de nuestro estudio deberían permitir a terapeutas desentrañar su comprensión intuitiva, es decir, discernir e identificar, en el curso mismo de la interacción, las actividades y los fenómenos que provocan su malestar. Conocer las prácticas de control de las personas consultantes con problemas narcisistas ayudará a terapeutas a trabajar con sus propias respuestas internas e interaccionales. Así podrán regular mejor su propia aportación a las interacciones problemáticas.

Complexe Systémique: lo esencial
El narcisismo suele pensarse como una propiedad de la persona; este estudio lo traslada al intercambio. En cuatro primeras consultas, el equipo identifica tres movimientos: salir de la posición de respuesta con una contrapregunta, bloquear o desviar el tema y, sobre todo, exhibir una independencia escenificada, sea cual sea el relato que se haga de uno mismo (víctima, pareja perdida, nada que decir). La lectura es valiosa para la práctica sistémica, porque estos comportamientos los suscita el propio encuadre: la primera sesión, hecha de preguntas y con un cónyuge que asiste como testigo, sitúa a cada cual en una posición de dependencia. El síntoma se convierte en una respuesta al contexto, y las pautas clínicas que se derivan son concretas: conducir la primera sesión de un modo discreto, atenuar por el momento la autoridad institucional y leer el propio malestar como un indicador de movimientos de control más que como prueba de patología. Límites: cuatro parejas, un único centro, ninguna comparación sistemática, una tríada aún poco analizada y unos extractos de transcripción que quienes leen las traducciones solo pueden seguir en inglés. Puede leerse junto con el artículo sobre el trastorno narcisista de la personalidad más allá de las caricaturas y el análisis de la conversación de las preguntas desde la perspectiva de la observación en terapia de pareja.
Notas del original
Financiación. Este trabajo contó con el apoyo de la subvención 320248 de la Academia de Finlandia.
1 Muchos de los analistas de la conversación de la primera generación (Sacks, Schegloff, Sudnow, Turner) fueron originalmente estudiantes de Goffman, pero en su trabajo pionero recibieron una fuerte influencia del programa etnometodológico de Garfinkel (1967).
2 Este giro etnometodológico en la manera de preguntar se inspira en Moerman, que realizó trabajo de campo con el pueblo lue en Tailandia y mostró que la pregunta «¿quiénes son los lue?» debe reformularse y sustituirse por la pregunta «¿cuándo son los lue?» (Moerman, 1974, p. 66).
3 Originalmente, el conjunto de datos incluía también dos parejas en crisis. En el curso del análisis, estas dos parejas se excluyeron y se utilizaron únicamente como medio heurístico de comparación.
4 El proyecto obtuvo la aprobación del Comité de Bioética del Medical College de la Universidad Jagellónica, n.º 1072.6120.76.2020.
5 Una caracterización aún más fuerte de las preguntas como herramienta de poder se encuentra en «Crowd and Power» de Canetti (1982): «Toda pregunta es una intrusión forzada. Cuando se usa como instrumento de poder, es como un cuchillo que corta la carne de la víctima» (p. 284).
6 Sobre las bromas y las observaciones graciosas como «dispositivos de salida» en la interacción, véase Haugh y Musgrave (2018).
7 La distinción entre yo «relatado» y yo «escenificado» está ligada a una cuestión sobre el lugar del «contenido» del habla en el AC. Aunque el AC sigue el dictum de Wittgenstein según el cual «el significado de una palabra es su uso en el lenguaje» (Wittgenstein, 2002 [1953], p. 18), también se ocupa de la cuestión de cómo se formula un contenido, por ejemplo, en el uso de «categorías de pertenencia» o en prácticas de «formulación» como la «formulación del lugar» (Schegloff, 1972) o la «formulación de planos» (Goodwin and Goodwin, 1996).
8 Queremos subrayar que nuestra noción de «anticipación» no es cognitivista, sino que remite a las expectativas y percepciones del futuro de quienes interactúan, que es uno de los «contextos» hacia los que se orientan en sus acciones; véanse el temprano artículo de Drew (1995) sobre la «planificación interaccional anticipatoria» o Streeck y Jordan (2009) sobre el «carácter prospectivo de la comunicación encarnada».
9 Una célebre afirmación de Garfinkel(1963, p. 190), que se convirtió en una piedra angular de la autoconcepción de la etnometodología, es: «No hay razón para mirar bajo el cráneo, puesto que allí no se encuentra nada de interés salvo el cerebro».
10 En relación con la extrañeza del otro, Husserl(1960, p. 114) habló de la «accesibilidad verificable de lo que no es originariamente accesible». Los recientes y encendidos debates sobre la «epistémica» entre etnometodología y análisis de la conversación muestran que hay mucho margen para entendimientos divergentes de semejante perspectiva; véanse las discusiones en la revista «Discourse Studies» de 2013 y 2016.
Declaración ética. Los estudios con participantes humanos fueron revisados y aprobados por el Comité de Bioética del Collegium Medicum de la Universidad Jagellónica. Las personas pacientes o participantes dieron su consentimiento informado por escrito para participar en este estudio.
Contribuciones de la autoría. Todas las personas que firman el artículo han realizado una contribución sustancial, directa e intelectual al trabajo y han aprobado su publicación.
Conflicto de intereses. La autoría declara que la investigación se llevó a cabo en ausencia de cualquier relación comercial o financiera que pudiera interpretarse como un posible conflicto de intereses.
Agradecimientos. Queremos dar las gracias a Karolina Dejko-Wańczyk y a otras personas de la Cátedra de Psiquiatría de la Universidad Jagellónica de Cracovia, así como al grupo de investigación Facing Narcissism de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Helsinki.
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Traducción no oficial al español de Practices of Claiming Control and Independence in Couple Therapy With Narcissism, de Bernadetta Janusz, Jörg R. Bergmann, Feliks Matusiak y Anssi Peräkylä, Frontiers in Psychology, vol. 11, artículo 596842 (2020), doi: 10.3389/fpsyg.2020.596842, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (extractos de transcripción reproducidos como imágenes, en inglés). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Practices of Claiming Control and Independence in Couple Therapy With Narcissism», publicado en Frontiers in Psychology (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Janusz, B., Bergmann, J. R., Matusiak, F., y Peräkylä, A. (2020). Practices of Claiming Control and Independence in Couple Therapy With Narcissism. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/practices-of-claiming-control-and-independence-in-couple-therapy-with-narcissism (Obra original publicada en 2021 en Frontiers in Psychology, 11, 596842 (2020); republicada en 2021 por Frontiers in Psychology, https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2020.596842/full)
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