Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Australian and New Zealand Journal of Family Therapy · Terapia familiar
Tras tres décadas de escritos sobre Derrida y Levinas en terapia familiar, Glenn Larner aboga por sostener la teoría «con ligereza e irreverencia». Deconstruir, recuerda el artículo, no es demoler el modernismo para levantar un nuevo edificio posmoderno, sino una ética de la hospitalidad que acoge varios lenguajes terapéuticos a la vez. La postura «paramoderna» sitúa el saber y el no saber en un mismo espectro, y la ética antes que la epistemología.
Traducción no oficial al español de Deconstructing Theory, Engaging Practice, de Glenn Larner, publicado en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy (Wiley) (2026), doi: 10.1002/anzf.70068, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los puntos clave que la revista sitúa bajo el resumen no se reproducen por separado. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Lo que sabemos importa menos que cómo lo sabemos, cuando la ética de nuestro saber se antepone a la epistemología o a la teoría.
Glenn Larner
Resumen
Este artículo revisa las antiguas diferencias entre la teoría moderna y la posmoderna en la terapia sistémica y familiar y examina sus implicaciones para la práctica. Apoyándose en la concepción derridiana de la deconstrucción como relación ética, propone una postura hospitalaria que sostiene la teoría con ligereza e irreverencia y abre la práctica a múltiples formas de teoría y de saber. Esta postura ética precede a la epistemología: para la práctica, la prioridad no es tanto qué saben quienes ejercen la terapia, sino cómo lo saben. El artículo destaca los beneficios de la terapia posmoderna, con su énfasis en la práctica colaborativa-dialógica, el lenguaje, el no saber y la relacionalidad, a la vez que sostiene que corre el riesgo de convertirse en una ortodoxia más y de clausurar el pluralismo y el diálogo que pretendía promover. Las exigencias de la práctica contemporánea requieren aplicar sensibilidades modernas y posmodernas, recurriendo de manera flexible a modelos basados en la evidencia, a la neurociencia y a marcos informados por el trauma, así como a enfoques posmodernos como la terapia narrativa, la práctica colaborativa-dialógica y el pensamiento sistémico. El artículo propone una postura paramoderna ante la teoría como puente deconstructivo, que reconoce el valor perdurable de los enfoques terapéuticos modernos y acoge a la vez las perspectivas relacionales, contextuales y dialógicas del posmodernismo. Desde aquí, el conocimiento puede verse como un espectro de saber y no saber, en el que uno informa al otro y se aloja en él, en lugar de oponerse como binarios. Se defiende una perspectiva del realismo crítico y de la deconstrucción que preserva las aportaciones del construccionismo social, siendo flexible respecto a la teoría e irreverente al cuestionar sus supuestos antirrealistas. Por último, la deconstrucción invita a una práctica sistémica basada en una ética de la hospitalidad, que considera la teoría como un recurso para la práctica terapéutica. Ello legitima modelos y metodologías diversos: deconstruir la teoría es comprometerse con la práctica de un modo flexible, anclado en la ciencia moderna de la terapia y, al mismo tiempo, sintonizado en lo relacional, colaborativo y éticamente responsable.
Puntos clave
Debo admitir que me encuentro en una posición bastante extraña al hablar de deconstruir la teoría, después de haber escrito sobre la teoría en terapia familiar durante tres décadas, en particular en relación con pensadores de peso como los filósofos franceses Jacques Derrida y Emmanuel Levinas (Larner 1994, 1995, 2004, 2010, 2011, 2022). Pero, en cierto sentido, he salido por el otro extremo y, posiblemente como otras figuras de la terapia familiar, entre ellas Peter Rober (2024), la teoría sigue ahí para mí, sin duda, pero más en segundo plano. Al final, la práctica ocupa el centro, pero es la teoría, y la deconstrucción como relación ética, lo que en gran medida me ha llevado hasta ahí. Me explico.
Hace una década o algo más, reparé en un cartel de un estudio de arquitectura cerca de donde vivo, en Freshwater, en las playas del norte de Sídney (Australia), frente a un club de la Returned Services League (RSL) llamado Harbord Diggers, que decía Deconstructed Diggers: Building Our Legacy. La idea era derribar un edificio viejo y sustituirlo por algo mejor. Lo que finalmente surgió fue unas instalaciones nuevas fantásticas1 que incluían un club, un gimnasio, residencias de alta gama para personas mayores y restaurantes. ¡Muy bien! Pero me intrigaba cómo la compleja filosofía de la deconstrucción, que había influido en numerosas disciplinas, como la filosofía, los estudios literarios, la sociología e incluso la arquitectura, había quedado reducida en el imaginario popular a la simple idea de derribar las cosas para permitir una reconstrucción, sobre todo cuando esto estaba en completa contradicción con su creador, Jacques Derrida.
Ahora bien, la terapia familiar, especialmente en su fase posmoderna, aún vigente hoy para muchas personas (Smoliak et al. 2026; Anderson and Gehart 2023), reproduce esta idea popular de la deconstrucción cuando intenta derribar una idea modernista, científica y realista del mundo, del yo y del conocimiento para sustituirla por una epistemología posmoderna como la que se basa en la teoría de la construcción social (McNamee and Gergen 1992; Gergen 2018). Como lo expresó Lynn Hoffman (1992) hace varias décadas, el objetivo del proyecto posmoderno en terapia es «desmantelar los fundamentos filosóficos del pensamiento occidental», con la implicación de «que el modernismo ha muerto» (p. 7). Como señalé anteriormente, esto corre el riesgo de perpetuar «la misma política divisiva y la misma hegemonía de una posición teórica que margina, excluye y sustituye los puntos de vista alternativos, que es precisamente lo que las terapias relacionales critican de la terapia moderna» (Larner 2011, 685). Del mismo modo, Carmel Flaskas (2002), en su libro Family Therapy: Beyond Postmodernism, señala la paradoja de que, si bien la razón de ser de la teoría posmoderna es fomentar múltiples perspectivas, conversaciones y posibilidades, instaura «un dualismo de oposición que conduce a una dinámica de censura de las concepciones “modernistas”» (p. 91). Curiosamente, Flaskas (2002) concluye dando prioridad a la «diversidad teórica» y a «las realidades cotidianas de la práctica terapéutica» (p. 185), lo que refleja en gran medida el posicionamiento de este artículo.
Como parte de un número creciente de terapeutas familiares de orientación integradora (p. ej., Dickerson 2010; Lebow 2019; Pinsof et al. 2011; Russell and Breunlin 2019; White and Owen 2022), creo que adoptar una sensibilidad posmoderna fuerte y exclusiva restringe innecesariamente el acceso a una amplia gama de teorías, conocimientos, modelos y enfoques modernos que pueden ayudar a abordar la complejidad de las necesidades de salud mental en el mundo contemporáneo. Un ejemplo destacado es la necesidad de considerar la «realidad» de los trastornos de la conducta alimentaria, que exige una valoración más matizada de la epistemología construccionista recurriendo a perspectivas coconstructivistas y del realismo crítico (Donovan and Khor 2026). Este sentir es cada vez más compartido hoy, a medida que el campo ha adoptado un enfoque más flexible e integrador de la teoría, la investigación y la práctica (p. ej., Lorås et al. 2023), lo que ha llevado «los marcos científicos modernos y los marcos relacionales posmodernos a una relación de trabajo más estrecha» (Larner 2022, 57). Desde luego, encaja con el trabajo sobre problemas de salud mental como la depresión adolescente y el riesgo suicida, que exigen un enfoque integrador multifacético que combine la terapia individual y la familiar (Larner 2003, 2009a).
Mientras que en terapia familiar se han desarrollado modelos formales de integración, mi enfoque ha consistido en construir un puente teórico deconstructivo entre lo moderno y lo posmoderno, que llamo paramoderno, basado en una ética de la hospitalidad (Larner 1994, 2003, 2009b, 2010). Se apoya en la filosofía de la deconstrucción de Derrida y en los escritos de Emmanuel Levinas, que he entendido (paradójicamente, usando la teoría) como una forma de anteponer la relación ética y la práctica a cualquier compromiso previo con una epistemología o una teoría. Esto me permite hacer todo lo que pueda, como terapeuta, para aliviar el sufrimiento psíquico de otra persona, tanto si ello procede de un marco terapéutico moderno como posmoderno.
No obstante, quisiera subrayar que el construccionismo social constituye una parte esencial de mi manera de pensar y practicar la terapia familiar. Me adhiero por completo a la idea de que nuestro conocimiento del mundo se construye socialmente en diversas comunidades culturales y discursivas, y de que podemos concebir el yo como un ser relacional basado en la narrativa, el lenguaje, el diálogo y el relato (Gergen 1999). Sin embargo, también veo el valor de una comprensión realista científica moderna del mundo y de un yo o una subjetividad independientes, tal como los describen la filosofía, la psicología y la neurociencia modernas (Larner 2008), y, como otras personas que ejercen la terapia familiar, en la práctica puedo convivir con la disonancia. Esto me lleva claramente a una posición de realismo crítico como la de David Pocock (2024) en su excelente libro reciente, y la veo también como una postura ética que se desprende de mi lectura de la filosofía deconstructiva. Este posicionamiento tiene asimismo presente el realismo ético descrito por Bøe et al. (2024).
En primer lugar, quisiera presentar una retrospectiva de mi recorrido teórico en terapia familiar e invitar a quienes leen a hacer la suya, como ejercicio útil. Describe mi inmersión en el pensamiento y la práctica construccionistas sociales como ilustración de cómo la deconstrucción actúa desde el interior de un texto, una teoría o un marco, ampliando su significado en lugar de desmantelarlo desde fuera. Como argumentaré, se trata de un movimiento ético que abre la diferencia en lugar de clausurarla y pone a disposición muchas teorías, lenguajes y metáforas en la práctica de la terapia, lo que capta en gran medida el espíritu de lo que significa hoy una práctica sistémica e integradora.
Mi recorrido terapéutico comenzó a mediados de la década de 1970 con la terapia de juego kleiniana y la terapia familiar de las relaciones objetales, incluida una experiencia personal de psicoanálisis. Al mismo tiempo, estaba terminando mi formación en psicología clínica y empecé también a leer a las figuras pioneras de la terapia familiar, entre ellas Satir,2 Minuchin, Haley, Bowen y Watzlawick, para pasar después a Bateson, de Shazer y la terapia sistémica de Milán (Larner 2022). En 1990 tuve la suerte de asistir en Sídney a un taller de dos días con Harry Goolishian (1990) y salí con una inspiración increíble, leyendo con avidez a voces construccionistas sociales como Anderson y Goolishian (1988), McNamee y Gergen (1992), Harlene Anderson (1997) y John Shotter (1999). Me encontré de acuerdo con la crítica de McNamee y Gergen (1992) al marco moderno del terapeuta-científico, que patologizaba a las personas, promulgaba una epistemología realista y empirista exclusiva y descartaba las comprensiones contextuales, espirituales, indígenas, feministas, sociales, culturales y comunitarias del yo, la terapia y la salud mental.3
Terminé escribiendo varios artículos en los que aplicaba ideas narrativas y construccionistas sociales a la terapia familiar (Larner 1996, 2000) y coedité un libro sobre enfoques colaborativos en psicología y terapia (Pare and Larner 2004), que incluye capítulos de figuras clave del movimiento construccionista social. Y estas ideas siguen inspirándome hasta hoy, en especial como trasfondo de un enfoque dialógico contemporáneo en terapia familiar (Seikkula 2011; Larner 2015). Mantengo un interés constante por los escritos de Ken Gergen, Sheila MacNamee y otras personas del Taos Institute, del que formo parte (The Taos Institute https://www.taosinstitute.net/), así como por las aplicaciones contemporáneas de la terapia colaborativa de figuras como Anderson y Gehart (2007, 2023).
No obstante, pese a mi inclinación por las ideas construccionistas sociales moderadas (Pocock 2024), me di cuenta de que limitarse a derribar un paradigma realista científico moderno para sustituirlo por un edificio construccionista social posmoderno (al modo de la reconstrucción del Diggers) corría el riesgo de repetir la arrogancia y la violencia de un modernismo exclusivo. Es lo que Derrida (1998) denomina la política de la lengua, como cuando los gobernantes coloniales británicos sustituyeron en Irlanda los nombres gaélicos de las calles por nombres ingleses.4 Como señalé en un artículo anterior: «En su libro Monolingualism of the Other, Derrida (1998) dice: “Toda cultura se instituye mediante la imposición unilateral de alguna ‘política’ de la lengua. El dominio comienza, como sabemos, por el poder de nombrar, de imponer y legitimar denominaciones” (p. 39)» (Larner 2015, 436).
En su momento, el modernismo suplantó, en favor de un espíritu de época racional y científico-empírico, los modos de conocer precientíficos, espirituales, religiosos, indígenas y no occidentales, con los que una terapia familiar descolonizada ha empezado más recientemente a dialogar (cf. Johnston and Robinson (2026), en prensa). Pero, según mi lectura, parecía que el posmodernismo expresaba un celo imperialista similar, razón por la cual Derrida negó a menudo ser posmoderno, argumentando que es imposible salir de un marco filosófico occidental moderno basado en la razón sin volver a caer en él, en un lecho de paradoja y contradicción (Larner 1994, 2010). Dicho de manera sencilla: ¡para deconstruir necesitamos la razón, la lógica y la argumentación de la tradición logocéntrica occidental!
Esto inspiró un artículo titulado «Paramodern Therapy: Deconstructing Postmodernism» (Larner 1994), que intenta abordar la ruptura teórica entre modernistas y posmodernistas, argumentando que, en la práctica, buena parte de la terapia familiar adopta una postura más pragmática, a la vez moderna y posmoderna, o «ambos/y» en lugar de «o/o». Como lo expresé entonces:
Lo anterior sugiere un tercer término deconstructivo en la literatura de terapia familiar para expresar el juego entre binarios como lo moderno/posmoderno. El prefijo «para» forma compuestos que significan a la vez «al lado de» y «más allá de», p. ej., paramédico, paranormal (The Australian Pocket Oxford Dictionary 1984, 490). Lo paramoderno es a la vez lo moderno y lo posmoderno. No es ni lo uno ni lo otro, sino ambos/y (Larner 1994, 14).
Así, respetando un marco modernista, uno se proyecta hacia lo posmoderno como parte de lo que hoy podríamos llamar un enfoque teórico integrador pos-posmoderno, como describiré más adelante.
Un proceso similar define las artes contemporáneas. Así, el cineasta Peter Greenaway (2010), en su visionaria instalación multimedia sobre la pintura «La última cena» de Leonardo, deconstruye y recontextualiza el clásico renacentista para el público contemporáneo mediante tecnologías digitales como el cine, la luz, la música y las proyecciones. En música, Max Richter recompone el clásico barroco «Las cuatro estaciones» de Vivaldi como una pieza electrónica minimalista que lo traslada a la época contemporánea. Del mismo modo, en el jazz se llevan los estándares modernos a espacios de libre improvisación sin perder el anclaje en la música original. El eminente contrabajista de jazz Christian McBride habla de la importancia de la herencia: tener un pie en la tradición y permitir al mismo tiempo que la música avance.
De manera similar, como argumentaré, la terapia familiar puede anclar un enfoque sistémico, colaborativo y dialógico contemporáneo en la tradición y la ciencia modernas de la terapia familiar. Y esto refleja claramente dónde se encuentra hoy la disciplina, en la que los enfoques sistémicos, construccionistas sociales, narrativos y científicos basados en la evidencia conviven unos junto a otros, como lo ilustra la lectura de cualquier revista contemporánea de terapia familiar como esta. Aquí, las revistas pueden desempeñar un papel importante para mantener unido el campo en su conjunto frente a tendencias potencialmente divisorias.
Irónicamente, en la política actual, un paradigma científico moderno es precisamente lo que está amenazado y lo que hay que proteger. Como ha documentado recientemente la socióloga Elizabeth Finkel (2025), los ataques actuales contra la verdad y la ciencia en la América de Trump han conducido al desmantelamiento de la ciencia en disciplinas como la medicina y la climatología, donde los hechos ya no se someten a prueba empírica, sino que son construcciones colectivas en las redes sociales de la «verdad». Como afirma Finkel (2025): «La administración Trump parece haber declarado la guerra a todos los aspectos del método científico. Ha declarado la guerra a la verificación de los hechos, desencadenando un linchamiento mundial» y «… también ha metido el hacha en el funcionamiento de la maquinaria científica». En un ejemplo asombroso de «doblepensar» orwelliano, el 23 de mayo Trump firmó una orden ejecutiva para restaurar una «ciencia de referencia». Lo ilustraba una viñeta reciente del New Yorker Daily titulada «Remember Objective Truth» (27 de junio de 2025), que mostraba a dos personas en un mar de objetos flotantes deformados y contrastados, mirando con nostalgia hacia una época de perspectiva más clara y un camino a seguir basado en la realidad objetiva.
En el mundo actual, la ciencia se encuentra asediada por un «virus anticientífico de desinformación convertida en arma», como se analiza en un libro reciente de dos destacadas figuras científicas (Mann and Hotez 2025). El espíritu de época de la posverdad (¿puedo decir trumpiano?) en el que nos encontramos, en el que las emociones y las creencias personales priman sobre la ciencia a la hora de determinar la verdad, fue en gran medida una reacción al movimiento posmoderno que situó la igualdad, la diversidad y la inclusión en primer plano del pensamiento político de izquierda, universitario e institucional. Pero, irónicamente, la posverdad es muy posmoderna en su espíritu por su enfoque relativista de la verdad.5 En otros aspectos, puede verse como premoderna, reflejo de una época medieval en la que poderosas figuras monárquicas y religiosas definían la política de la verdad. Tales contradicciones y paradojas, que Derrida (1993) llama «aporías» o «antinomias», captan el juego ambiguo del sentido en el lenguaje y en la vida cultural y son precisamente lo que a la deconstrucción le interesa explorar.
Del otro lado, en la derecha política, muchas personas no estarían de acuerdo, y surge la pregunta: ¿cómo es posible tener en cuenta esta perspectiva si la diversidad y el diálogo ocupan el primer plano? He abordado recientemente esta cuestión en relación con mi propio recorrido personal y profesional en el trabajo con el distanciamiento familiar a raíz de un choque de valores (Larner 2025).6
En mis escritos, rastreé contradicciones y paradojas en relación con la deconstrucción del poder y del saber en la terapia familiar y la psicología crítica (Larner 1995, 1999) y llegué a la idea de «saber no saber» (Larner 2000). Se parecía a lo que Barry Mason (1993) llama «incertidumbre segura», en la que quienes ejercen la terapia utilizan su conocimiento y su «pericia para abrir un espacio que permita que emerjan nuevos significados» (p. 37). Paradójicamente, la o el terapeuta sabe «no saber», lo que expresa una postura de humildad, de apertura y de curiosidad para facilitar el diálogo, de modo que las demás personas puedan hacer evolucionar su saber como parte de un proceso colaborativo y dialógico. Pero, tal como yo lo veía, esto no tenía por qué negar en absoluto el conocimiento profesional previo de quien ejerce la terapia, tanto si procede de marcos teóricos y prácticos modernos como posmodernos.
Al deconstruir el binario saber/no saber, este se vuelve más fluido y permite que uno interactúe con el otro y lo informe: el saber se aloja en el no saber y viceversa. Esto permite someter el no saber a un criterio de lo que es real y de lo que constituye una ayuda eficaz para las personas con sufrimiento psíquico, mientras que, al mismo tiempo, el conocimiento moderno puede aplicarse de un modo receptivo, centrado en la persona, colaborativo y desde el no saber en el contexto de la relación terapéutica. Aquí, el saber y el no saber se sitúan en un espectro, en lugar de fijarse como polaridades excluyentes. En este sentido, quienes ejercen la terapia trabajan entre el saber y el no saber en el «espacio intermedio» de la relación terapéutica (Flaskas et al. 2005), donde pueden utilizarse tanto perspectivas realistas como construccionistas sociales, en la línea de lo que David Pocock (2024) propone como postura de realismo crítico en terapia familiar.
Asimismo, he sostenido que, en la práctica, quienes ejercen la terapia siempre llevan consigo un «saber» implícito y trabajan desde una posición de poder basada en su formación profesional, su pericia y sus años de experiencia, lo que proporciona el trasfondo necesario para que sea posible una postura de «no saber» (Larner 1995, 2000). Como dice Flaskas (2002): «pasamos a la idea de que el no saber se sostiene junto con el saber en el proceso terapéutico» (p. 165). Me preguntaba si colaborar y adoptar el no saber no es tanto un atributo del yo, de la personalidad y del estilo de quien ejerce la terapia como algo que requiera un compromiso previo con una teoría o una epistemología construccionista social. Así, encontré entre mis colegas de psicología de orientación modernista, sin formación sistémica, a personas que mostraban curiosidad, una actitud conversacional y, en cierto modo, practicaban el no saber como parte de su estilo terapéutico natural.7 Asimismo, algunas personas formadas en terapia familiar sistémica de inspiración posmoderna podían parecer menos colaborativas y menos instaladas en el no saber de lo que cabría esperar.
Además, en mi trabajo de psicología clínica en servicios de salud mental, existía a veces la expectativa y la necesidad de adoptar un enfoque terapéutico moderno, intervencionista y guiado por la pericia, por ejemplo, al trabajar con la violencia en las familias, el trauma y el riesgo suicida, con madres y padres que podían beneficiarse de la psicoeducación y de indicaciones directas, o con adolescentes con depresión que podían responder a enfoques como la TCC. Tras varias décadas de trabajo con jóvenes y familias en un servicio de salud mental infantil y juvenil, me di cuenta de que esa pericia y ese saber podían alojarse dentro de una sensibilidad del no saber e integrarse a partir de lo que, siguiendo a Derrida (2000), denominé una ética de la hospitalidad (Larner 2003). Veía esta integración como un posicionamiento ético que respeta, reconoce y trabaja sistémicamente a través de y dentro de múltiples lenguajes y conversaciones terapéuticos a la vez (Larner 2009a). Esto significa mantener la apertura a cualquier discurso terapéutico que resulte útil en un contexto de práctica, en lugar de cerrar opciones por motivos teóricos. Si tienes ante ti a una persona adolescente con una depresión clínica grave, junto con una familia y un equipo de salud mental en estado de máxima alerta, recurres a todo lo que pueda resultar útil y eficaz en términos de la ciencia moderna de la psicología, la terapia o la psiquiatría, pero procuras aplicar ese conocimiento de un modo sistémico, colaborativo y desde el no saber.
Sostuve que integrar, que significa «hacer un todo», es pensar sistémicamente, en la medida en que no se considera lo uno o lo otro, sino múltiples voces como una polifonía de conversaciones internas y externas sobre lo que funciona o lo que ayuda en terapia (Rober 1999; Larner 2009a). Como lo expresé: «Con un espíritu de hospitalidad, la terapia familiar pone una parte del todo en conversación o en diálogo con la otra… La terapia familiar es la comprensión más amplia, el movimiento relacional hacia el otro, ya sea en el plano personal, teórico o político. Abre las fronteras, no las cierra» (Larner 2003, 212). En cuanto a deconstruir la teoría, esas fronteras incluyen las que delimitan y oponen distintos marcos teóricos y lo que se permite debatir como terapia sistémica y familiar.
En un enfoque sistémico integrador, sostuve que el conocimiento moderno podía alojarse dentro de un marco posmoderno y viceversa, como las muñecas rusas (matrioskas), en las que una muñeca se encaja dentro de la otra (Larner 2009a). De este modo, el saber puede alojarse dentro del no saber y el no saber dentro del saber; es decir, un enfoque orientado a la persona, colaborativo y dialógico, que anima a las demás personas a tener voz, puede convivir con una gama de formación y conocimientos profesionales y alojarse en ella, de modo que, como terapeutas, estemos en la mejor posición para que nuestra terapia sea eficaz y sanadora. Creo que esto capta en gran medida el enfoque integrador que adopta buena parte de la práctica profesional en terapia familiar y más allá. Un ejemplo reciente es la constatación de que un enfoque colaborativo, centrado en la persona y orientado a la recuperación en el tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria tiene más probabilidades de resultar útil que una aplicación generalizada o rígida de una intervención familiar basada en la evidencia como el modelo Maudsley (Conti et al. 2017).
Así pues, al deconstruir el conocimiento, el no saber requiere mucho saber y mucha pericia profesional8, y la manera en que se aborda puede entenderse en términos del posicionamiento ético de quien ejerce la terapia en la relación terapéutica, más que de un compromiso previo con una teoría o una epistemología posmoderna que vaya más allá de un marco científico moderno: «El desafío ético en psicoterapia consiste en minimizar la posibilidad de que la terapia sirva para violentar al otro, una cuestión que concierne tanto a la terapia “posmoderna” como a la “moderna”. Se trata de la violencia potencial de la teoría, la autoridad, la pericia y la técnica, capaces de imponerse sobre la contribución de la persona consultante a la narrativa de su propia vida» (Larner 1999, 48). Sostuve que se trataba de la ética antes que la epistemología, donde una postura colaborativa de no saber no implica la supresión o la suspensión de la pericia y del conocimiento, sino una prescripción ética sobre cómo se utilizan, a saber, como base para el diálogo, la colaboración y la indagación abierta en la exploración mutua del sentido. Así, «el saber de quien ejerce la terapia sigue ahí, pero deconstruido en favor del propio saber, el poder y la capacidad de acción de la persona consultante en el encuentro terapéutico» (Larner 2000, 69). Siguiendo a Derrida (2000), empecé a ver una postura colaborativa de no saber como una ética de la hospitalidad y de la práctica (Larner 2003, 2009a) que podía aplicarse a cualquier enfoque terapéutico, moderno o posmoderno, en el que quien ejerce la terapia sigue pensando, sabiendo y puede adoptar una actitud directiva o intervencionista según se requiera9, pero de un modo que no suponga un abuso de poder y de influencia. Como sostienen Rober y De Haene (2017), toda terapia implica una jerarquía de poder implícita, se adopte o no una postura de no saber.10
Para ser justos, voces construccionistas sociales como Harlene Anderson (1997, 2005) reconocen que el no saber descansa sobre una base de pericia y conocimiento terapéuticos. Como afirma Anderson (1997): «No cuestiono que quienes ejercen la terapia tengan un conocimiento previamente aprendido, teórico y experiencial, profesional y personal» (p. 137). No obstante, que yo sepa, la conversación sobre cómo utilizan las terapias posmodernas ese conocimiento «previamente aprendido» aún no se ha mantenido en la comunidad construccionista social. Además, como dice David Pocock (2024): «… la paradoja que está en el corazón del construccionismo social fuerte hace que todos los intentos de llevar a cabo esa práctica contengan inevitablemente, incrustadas en ellos, formas de realismo encubierto» (p. 38). Es precisamente lo que habían mostrado mis lecturas sobre la deconstrucción, en las que Derrida subrayaba que es imposible salir de la modernidad, ya que necesitamos la razón y el conocimiento para deconstruir (Larner 2010).
Resulta alentador ver hoy a figuras clave de la terapia posmoderna, como Harlene Anderson (2023) y Gergen y McNamee (2026), adoptar una posición más conciliadora de coexistencia con marcos terapéuticos modernos más tradicionales. Como comentaron recientemente Gergen y McNamee (2026), la terapia posmoderna «no suprime el trabajo científico tradicional ni sus diversas aplicaciones a las prácticas terapéuticas», sino que es «reflexiva» y «pragmática» al cuestionar el impacto de nuestras construcciones teóricas en «el bienestar humano y global» (p. 51). Del mismo modo, Harlene Anderson (2026) describió recientemente el posmodernismo como «solo una perspectiva entre muchas» (p. 4), que «no exige el abandono de las tradiciones que lo preceden», sino que cuestiona críticamente sus supuestos. De manera similar, Bergstrom et al. (2026) presentan el diálogo abierto como un enfoque «integrador» que «permite una integración flexible de todas las modalidades de tratamiento existentes», incluidos «los enfoques psicofarmacológicos y de terapia individual» (p. 303). Esto encaja sin duda con la perspectiva teórica que describo en este artículo.
En cierto sentido, este podría ser un primer paso para considerar las virtudes de un marco de realismo crítico en terapia familiar, tal como lo esboza Pocock (2024), que en modo alguno resta valor a un construccionismo social moderado, sino que preserva sus aportaciones siendo más flexible e irreverente respecto a los supuestos realistas. Con este telón de fondo, este artículo sostiene que las terapias basadas en el realismo científico modernista (p. ej., ACT, TCC, terapia de esquemas), por no hablar de toda una gama de enfoques de terapia familiar con respaldo científico, como documentan regularmente investigaciones como las de Alan Carr (2024, 2025), pueden y, de hecho, deberían convivir con lo que Harlene Anderson (2026) identifica como «práctica colaborativa-dialógica». Aquí, lo que requiere ser deconstruido no es el modernismo, sino la delimitación de territorios teóricos que enfrenta a unos con otros, con independencia de los beneficios demostrados para las personas consultantes. Al deconstruir la teoría, las tradiciones moderna y posmoderna pueden convivir en favor de la práctica, y este artículo ofrece un enfoque integrador basado en la ética de la deconstrucción.
Desde mi formación en filosofía, me preguntaba si la cuestión entre construccionismo social y realismo no surgía de confundir la epistemología, como teoría de cómo conocemos el mundo, con la ontología, como estudio del ser o de lo que existe. Así, decir que el mundo es una construcción social es hacer una afirmación realista sobre cómo es realmente el mundo, lo cual constituye un error categorial que confunde el conocimiento con aquello sobre lo que tenemos conocimiento. De hecho, Roy Bhaskar (Collier 1998) lo describe como la falacia epistémica. Es aquí donde la distinción entre una posición construccionista social moderada y una fuerte (Pocock 2024) resulta crucial, y sería útil verla retomada y debatida en el ámbito académico construccionista social. Decir que, como seres relacionales y dialógicos, construimos nuestro conocimiento del mundo a través del lenguaje (Anderson 1997; K. J. Gergen 1999) no es decir que el mundo mismo sea un diálogo o una construcción. Como lo expresé:
Esta reducción de la ontología o la realidad a la epistemología o el conocimiento es una forma de idealismo que impregna tanto las filosofías positivistas-empiristas como las lingüísticas-posestructuralistas. En su forma construccionista social, confunde la epistemología crítica —que el conocimiento del mundo se construye socialmente— con el relativismo ontológico —que el mundo es una construcción social y no es real en un sentido trascendente u objetivo— (Larner 2002, 14).
Así, cabría esperar que quienes construyeron el avión en el que se viaja hayan probado su modelo científicamente en el mundo real y no se hayan limitado a construirlo como parte de una comunidad que comparte un lenguaje o una teoría comunes socialmente construidos. ¡Y lo mismo vale para el personal médico especialista que nos trata a nosotros o a alguien de la familia, como se ha comentado más arriba! Curiosamente, el «enfoque unificado integrado» de terapia familiar de Diane Gehart (2024) tiene muy en cuenta el papel de la práctica científica basada en la evidencia, a pesar de que coeditó dos libros sobre práctica colaborativa con Harlene Anderson (Anderson and Gehart 2007, 2023).
Como sostiene con acierto Flaskas (1997), la práctica terapéutica se enfrenta a la experiencia vivida real de las personas consultantes en el mundo real, lo que la sitúa fuera de un marco construccionista social posmoderno exclusivo. Del mismo modo, Rolf Sundet (2021) señala que el giro posmoderno hacia el lenguaje en terapia familiar descuida la realidad del mundo físico, incluida la experiencia del cuerpo: «Hay algo fuera del lenguaje de lo que el lenguaje se alimenta y de lo que depende. Me gusta llamarlo realidad y, aunque el lenguaje es una parte importante de lo real, lo real está igualmente lleno de no-sentido, de materialidad y de causas» (p. 41). Por supuesto, muchas personas que ejercen hoy la terapia familiar reconocen la importancia de trabajar más allá del lenguaje cuando se abordan problemáticas como el trauma y el abuso desde una perspectiva integradora, centrada en el cuerpo y en la neurociencia (White and Owen 2022).
Para abordar otro mito sobre la deconstrucción utilizado para justificar un construccionismo social fuerte y exclusivo: cuando Derrida (2016) dice, en una frase célebre, «no hay nada fuera del texto», esto no significa que el mundo sea un texto, sino que nuestro conocimiento del mundo es contextual y está mediado por un juego infinito de lenguaje, signos, metáforas y aplazamiento del sentido. No es una afirmación sobre la ontología ni sobre si el mundo existe fuera de nuestro conocerlo o de nuestro ponerlo en lenguaje. Como señala Christopher Norris, crítico literario y filósofo británico y destacado especialista en la deconstrucción, Derrida era de hecho un realista crítico (Norris 1997).11 De manera similar, el filósofo Tim Mooney (1999) sostuvo recientemente que, lejos de ser un idealista textual, Derrida era un realista empírico que reconocía al otro como una realidad encontrada fuera del lenguaje. Como comentó Derrida (1984): «Cada semana recibo comentarios críticos y estudios sobre la deconstrucción que parten del supuesto de que lo que llaman “posestructuralismo” equivale a decir que no hay nada más allá del lenguaje, que estamos sumergidos en las palabras, y otras estupideces por el estilo» (citado en Mooney 1999, 9).
Así que aquí me situaba a la vez en el realismo y en el construccionismo social y, como Pocock (2013, 2024), estudié los escritos de Roy Bahskar sobre el realismo crítico, que, al igual que la deconstrucción, ofrecían una oportunidad de tender un puente entre ambos (Larner 2002). Ahora bien, si dentro del construccionismo social se oculta una creencia implícita y no declarada en un mundo real que existe y se mantiene aparte de cómo lo conocemos y lo construimos a través del lenguaje, entonces lo que se deconstruye no es el realismo o el construccionismo social, sino el binario radical real/socialmente construido que los mantiene en oposición como «o/o», en lugar de verlos como ambos/y. Esto deriva de una política institucional del poder que nos exige elegir lo uno o lo otro. Antes bien, «deconstruir la psicoterapia tiene lugar en el plano de la práctica, donde aborda cuestiones de poder, justicia y ética en relación con las personas consultantes, y en el plano de la teoría, donde deconstruye su propio poder y su propia autoridad como institución de la psicoterapia» (Larner 1999, 41).
Así, desde una perspectiva de la ética primero, lo que se deconstruye es precisamente la política institucional de la teoría, en la que un lenguaje o un marco (como la modernidad, lo posmoderno o lo premoderno) intenta sustituir violentamente lo que lo ha precedido. Esta idea de que la terapia familiar dispone de muchos lenguajes se refleja en la noción wittgensteiniana de la filosofía como terapia (Kenny 1972), que cuestiona la idea de que las palabras (como «terapia familiar») remitan a una esencia o una cosa única; más bien, apuntan a los múltiples juegos de lenguaje en los que aparecen. Es interesante que, mientras se recurre a Wittgenstein para justificar una perspectiva construccionista social exclusiva (Shotter 1999), algunas voces de la filosofía sostienen que reconocía «hechos de la naturaleza» y lo describen como un «realista del sentido común» (Nyiri 2017).
Al margen de las consideraciones teóricas, en mi trabajo de psicología clínica y de práctica de la terapia familiar, me preguntaba dónde dejaría el hecho de postergar un paradigma terapéutico moderno hasta la irrelevancia a mis colegas de psicología clínica sin formación en terapia familiar con quienes trabajaba a diario, por no hablar de la mayor parte de la profesión psicológica, que sigue comprometida con una filosofía de la terapia moderna, científico-realista y basada en la evidencia (Larner 2011). Además, en mi práctica cotidiana, valoraba mucho lo que los enfoques psicoterapéuticos modernos dominantes, como la TCC, la terapia de esquemas, el mindfulness y otros similares, podían ofrecer a las personas consultantes (Larner 2003, 2022). Como ya se ha mencionado, el campo de la terapia familiar parece encontrarse en una fase pos-posmoderna que podemos llamar integradora (Larner 2022; Lebow 2019; White and Owen 2022), que reconoce la contribución de una diversidad de enfoques, teorías y epistemologías como parte de una amplia comunidad o de un amplio espectro de ideas.
Esto sigue incluyendo plenamente los enfoques posmodernistas, como ilustra la reciente publicación de The Routledge International Handbook of Postmodern Therapies (Smoliak et al. 2026). Es inclusivo tanto de los enfoques terapéuticos moderno-realistas-científicos como de los posmoderno-colaborativos, en los que nuestra manera de pensar y teorizar la terapia sistémica y familiar se modela sistémicamente según las exigencias de la práctica y lo que necesitan las personas consultantes. Así, Lorås et al. (2023) propusieron recientemente un mapa de la investigación en terapia familiar que recurre tanto a metodologías científicas cuantitativas modernas como a metodologías cualitativas posmodernas. Lo que esto señala es la necesidad de un enfoque «ambos/y» que reconozca el valor de las perspectivas tanto modernas como posmodernas en terapia familiar.
Un trasfondo esencial para leer la obra tardía de Derrida es su definición de la deconstrucción como justicia y ética bajo la influencia de su compatriota Emmanuel Levinas (Critchley 2002; Critchley and Bernasconi 2003; Larner 2008, 2010). La filosofía ética de Levinas fue una respuesta a su experiencia de la realidad del Holocausto, en el que el uso de la teoría como ideología negó al otro el «derecho a existir» (Pollefeyt 2022), y Derrida siguió a Levinas al adoptar una lectura ética de la deconstrucción (Critchley 2002). Para Derrida, la deconstrucción «es hospitalidad, ética o justicia, etc.» (Larner 2011, 831) y, como para Levinas, esto requiere creer en una realidad ontológica, pues actuar éticamente nos exige responder de la mejor manera posible al sufrimiento de los demás, y para ello es necesario saber:
De este modo, los escritos éticos de Derrida y Levinas tienen implicaciones significativas para la teoría y la práctica de la terapia. Como terapeutas, tenemos la obligación de aliviar el sufrimiento psicológico humano con los mejores medios y conocimientos a nuestro alcance. ¡Esto no excluye el conocimiento científico moderno, sino que lo requiere! Aquí no vamos más allá de una terapia científica, sino que trabajamos éticamente dentro de ella. En lugar de ver un paradigma relacional como opuesto a una terapia científica, la idea de lo paramoderno sugiere una manera de que quienes ejercen la terapia trabajen radicalmente dentro de ambos al mismo tiempo. En lugar de que las terapias relacionales abandonen el modelo científico-profesional, pueden señalar otra cosa necesaria en la compleja ecuación de la terapia, a saber, el lenguaje, el diálogo, el relato, el contexto y la relación (Larner 2011, 835).
Al deconstruir la teoría, ya sea nuestro pensamiento moderno, posmoderno o pos-posmoderno (como podemos decir ahora), lo que más importa es la ética de nuestro saber, es decir, si aplicamos el conocimiento o la teoría que preferimos, moderna o de otro tipo, de un modo que no la imponga a los demás ni excluya otras voces de la conversación. Lo que sabemos importa menos que cómo lo sabemos, cuando la ética de nuestro saber se antepone a la epistemología o a la teoría. Sea cual sea la teoría, la exigencia ética es sostenerla con ligereza, con cortesía y con irreverencia, y aquí vinculé la idea sistémica de irreverencia (Cecchin et al. 1992, 1993) a la deconstrucción como postura ética en terapia: «La implicación de la irreverencia y de la deconstrucción como más de un lenguaje no es que abandonemos la teoría, sino nuestros prejuicios y dogmas, y que acojamos diversas maneras de pensar la terapia familiar» (Larner 2005, 40).
Del mismo modo, la terapia sistémica de Milán contemporánea, tal como la describen Telfener et al. (2025), sitúa la irreverencia como postura ética ante la teoría en el centro de su enfoque: «Ética, en el sentido de que persigue y nutre la biodiversidad y la pluralidad de pensamientos, acciones, experiencias y puntos de vista, atribuyendo al suyo propio el estatus de parcialidad y la conciencia de una ceguera ineludible» (p. 17). En cuanto a la ética de la irreverencia y de la deconstrucción, ya sea que alguien se identifique con el realismo científico, el realismo crítico, el construccionismo social, el constructivismo, la teoría cibernética o el pos-posmodernismo, etcétera, lo crucial es cómo sostenemos y utilizamos la teoría en relación con los demás. Esto permite recurrir a una amplia red de enfoques terapéuticos posibles y a una ecología de universos teóricos paralelos que reflejan la complejidad de lo que la astrofísica nos dice sobre el mundo en que vivimos (Larner 2024).
Mi argumento es que, al deconstruir la teoría, nos comprometemos con la práctica, como posicionamiento ético en el que un enfoque terapéutico colaborativo basado en el lenguaje y en el no saber (Gergen and McNamee 2026), que ve a los seres humanos como «seres dialógicos» y la terapia como una «asociación conversacional» (Anderson 2026), puede convivir con ideas y prácticas modernistas que pueden ser útiles para abordar el sufrimiento psíquico. Y diría que muchas personas que ejercen la terapia familiar, en particular las que se inspiran en enfoques integradores de la terapia familiar (Loras and Whittaker 2026) y en perspectivas del realismo crítico (Pocock 2024), hacen exactamente eso.
Deconstruir la teoría y comprometerse con la práctica es mantener la teoría en suspenso, ya sea moderna, posmoderna o pos-posmoderna, deleuziana, poshumanista, nuevo materialismo, realismo crítico o incluso deconstrucción. Allí donde la teoría se somete a escrutinio y se sostiene con ligereza o irreverencia (Cecchin et al. 1993), la práctica y la relación terapéutica se convierten en el principal motor de la terapia. Esto supone un interés y una curiosidad sistémicos por todas las posiciones y todos los marcos teóricos, y la disposición a conversar sobre lo que los asemeja o los diferencia. Concierne a la metateoría o teoría sobre la teoría en la filosofía de la ciencia, o a cómo nos posicionamos, como terapeutas de orientación sistémica, en relación con la teoría misma. Permite poner a prueba una teoría o un modelo en función de su aplicación a la práctica, entendida como el laboratorio donde se comprueba qué enfoques de tratamiento, basados en la evidencia o no, convienen a qué personas consultantes (Larner 2004). Esto deconstruye la teoría y compromete la práctica en la relación ética, en la que aplicamos lo que tiene más probabilidades de ayudar a las personas que atendemos y la manera en que podemos estar en el mundo como seres éticamente receptivos y en nuestra labor terapéutica. Ello requiere integrar o mantener unidas una perspectiva teórica moderna y otra posmoderna como parte de una conversación más amplia sobre la teoría.
Cuando la terapia familiar está abierta a considerar diversos marcos y enfoques teóricos, actúa en el mejor interés de la profesión:
Aquí, la narrativa y la ciencia, la investigación cualitativa y la cuantitativa, las perspectivas modernas y posmodernas conviven como una tensión necesaria, compartiendo una curiosidad investigadora, ética y pragmática por lo que resulta útil en el difícil trabajo de la terapia. Esta postura colaborativa no rechaza una ciencia moderna de la psicología y de la terapia, lo que no haría más que perpetuar una violencia relacional hacia lo diferente o lo otro, sino que intenta criticar, deconstruir y enriquecer su institución desde dentro (Larner 2004, 34).
Antes de concluir, teniendo presentes mis propios comienzos en la terapia, con los que abrí este artículo, quisiera decir algo sobre dónde podría dejar esta discusión a las personas que se inician en la terapia familiar y que aún no han abordado diferencias teóricas complejas ni desarrollado un enfoque integrador. En mis inicios, hace unas cinco décadas, recuerdo mi fascinación por el proceso de aprender cómo ser terapeuta, fueran cuales fueran la teoría o el modelo. Me implicaba en múltiples enfoques terapéuticos a la vez, entre ellos el psicoanalítico, la Gestalt, las relaciones objetales, la terapia familiar estructural y la experiencial, así como enfoques de la psicología conductual. Podía entrar y salir de estos diversos modelos según las circunstancias y quería aprenderlos todos. No tengo la certeza de que haya cambiado mucho, sobre todo porque la gama de terapias de que dispone la práctica profesional se amplía tanto dentro de la terapia familiar (pensemos en el diálogo abierto) como en el campo más amplio de la salud mental (pensemos en el trabajo centrado en el trauma, la terapia de esquemas o la terapia de partes). En cierto modo, sigo siendo terapeuta novel, aunque quizá con algo más de sabiduría y con gratitud por las contribuciones fundamentales de Carmel Flaskas (2002) y Peter Rober (2024), que situaron la relación terapéutica en el centro, sea cual sea el modelo. En muchos sentidos, es el enfoque colaborativo-dialógico de figuras como Harlene Anderson (2023, 2026) el que ofrece el mejor ejemplo de este enfoque relacional y una excelente oportunidad para aprender sobre el proceso terapéutico.
Sin embargo, mi consejo a quienes se inician en la terapia sería ver la teoría como un andamiaje provisional que permite que la práctica terapéutica evolucione, manteniendo la apertura a una gama de lentes sin intentar resolverlas ni integrarlas. Más bien, apoyarse en una teoría concreta como estructura muy necesaria para aprender un enfoque terapéutico, ya sea la terapia familiar sistémica, la terapia narrativa o la práctica colaborativa-dialógica. Esto sitúa en primer plano el compromiso con la práctica y el aprendizaje de cómo hacer terapia, con el foco puesto en la relación terapéutica más que en una adhesión definitiva a un modelo teórico. La práctica integradora puede irse construyendo a medida que se responde a las exigencias de la práctica terapéutica, como el trabajo informado por la evidencia en el mundo contemporáneo. Esto requiere convivir con afirmaciones contradictorias y en competencia, mientras se aprende a sentirse con los pies en la tierra y a gusto en el proceso terapéutico, en el que las distintas lentes teóricas brindan oportunidades para aprender y para responder de la mejor manera posible a las personas consultantes. Aquí, convivir con la complejidad y tolerar la diferencia y los múltiples puntos de vista, como parte del recorrido integrador de quien ejerce la terapia, quizá no sea tan distinto del recorrido terapéutico que invitamos a emprender a las personas consultantes. Las invitamos a someter a escrutinio su teoría sobre su propio recorrido vital y a abrirla a la posibilidad del cambio, allí donde el saber convive con el no saber, y donde la flexibilidad, la irreverencia, la curiosidad y la apertura a otras maneras de pensar nos permiten, a ellas y a nosotros, estar en el mundo de un modo más ético y más orientado hacia el otro.
Esto plantea la cuestión de qué responsabilidades tienen quienes forman, quienes supervisan y quienes cuentan con más experiencia terapéutica para animar a quienes se inician a tomar decisiones informadas sobre cómo teorizan la práctica en una etapa temprana de su carrera. El enfoque de la teoría, como en este simposio, puede respetar las tradiciones en competencia en lugar de prescribir una u otra. La teoría puede verse como un recurso para enriquecer la práctica, en el que toleramos la incertidumbre y el no saber como algo que se sitúa junto al saber terapéutico, de modo que uno informe al otro. Esto ancla la terapia en la ética de la relación terapéutica más que en la doctrina, donde deconstruir la teoría no es derribar un marco y sustituirlo por otro, sino poner en acto una ética de la hospitalidad que, siguiendo a Derrida (2000), habla muchos lenguajes de la terapia y ya no solo el Uno. Por último, enseñar una conciencia deconstructiva, en la que las personas en formación aprendan a criticar distintos modelos teóricos sin rechazar el valor que hay en cada tradición, ya sea moderna o posmoderna.
En su libro sobre las prácticas colaborativas-dialógicas, Anderson y Gehart (2023) invitan a plantearse la siguiente pregunta: «¿qué te permite hacer y no hacer una orientación determinada?» (p. 4). En pocas palabras, mi respuesta es que, si bien aprecio y valoro plenamente una perspectiva terapéutica colaborativa-dialógica, construccionista social y narrativa, valoro al mismo tiempo lo que una perspectiva positivista o científico-realista puede ofrecer a la terapia familiar, y ello por lo que me permite hacer y por las razones siguientes:
Harlene Anderson (2023) señala que «el posmodernismo es simplemente una perspectiva entre muchas» (p. 4) y que no «exige el abandono de las tradiciones que lo preceden» (p. 4), sino que se somete a la misma indagación crítica que aplica a una teoría modernista y realista del conocimiento y del yo. Este espíritu de diálogo abierto es exactamente lo que este artículo aspira a ofrecer al hablar de deconstruir la teoría y comprometerse con la práctica.
Quisiera terminar donde empecé, es decir, con la comprensión de la deconstrucción en el imaginario popular. La misma mañana en que terminé este artículo, salí a desayunar y pedí champiñones a la marroquí con huevos escalfados sobre pan de masa madre, pero con la tostada aparte. Cuando la camarera me lo trajo, me preguntó si había pedido un desayuno «deconstruido» (palabras suyas, no mías). Le pregunté qué quería decir y me explicó: la tostada aparte en lugar de todo encima. Ante la coincidencia y la ironía, me pregunté con asombro si mi trabajo académico sobre la deconstrucción se había vuelto en mi contra. Entonces me di cuenta de que era una metáfora y una receta excelentes: terapia moderna con terapia posmoderna aparte o, si se prefiere, realismo científico con una construcción social moderada aparte y, por supuesto, también al revés.
Complexe Systémique: puntos clave
Este texto se lee como un balance: una figura clínica de la generación de Goolishian, que ha escrito mucho sobre Derrida, constata que la terapia familiar posmoderna ha reproducido a veces lo que reprochaba al modernismo, una teoría que sustituye a las demás en lugar de dialogar con ellas. La respuesta no es un nuevo modelo, sino una postura: sostener la teoría con irreverencia, en el sentido de Cecchin, y anteponer la ética de la relación a la epistemología. El no saber aparece como una competencia que presupone mucho saber, no como una renuncia a la pericia; algo útil para quien trabaja en salud mental con el riesgo suicida, la violencia o los trastornos de la conducta alimentaria. Cabe lamentar que el realismo crítico se invoque más de lo que se desarrolla, y que la dimensión política del texto, muy ligada al contexto estadounidense, quede en la alusión. El consejo a quienes se inician merece atención: elegir primero un andamiaje teórico sólido; la integración llegará con la práctica. Puede leerse junto con el artículo sobre la terapia familiar ultramoderna después del posmodernismo y el artículo sobre el constructivismo, el construccionismo social y las narrativas en los límites del enfoque sistémico.
Notas del original
1 La cara oculta de este tipo de clubes es la siguiente: aunque Nueva Gales del Sur solo alberga el 0,1 % de la población mundial, concentra el 37% de las máquinas tragaperras de pubs y clubes del mundo, con pérdidas anuales para quienes juegan de unos 8000 millones de dólares al año: https://www.smh.com.au/national/nsw/this-man-could-cull-the-number-of-misery-machines-in-nsw-but-he-won-t-20250801-p5mjkb.html.
2 Tuve la suerte de asistir en Sídney a talleres de formación tanto con Satir, que trabajó en directo con una de las familias que yo atendía, como con Boscolo.
3 La crítica del modernismo de McNamee y Gergen (1992) concordaba con mis estudios de grado en la Universidad de Sídney, donde cursé una especialidad en filosofía; mi tesina teórica de psicología (honours), en 1973, aplicaba los escritos de Paul Feyerabend en filosofía de la ciencia para cuestionar un empirismo científico purista, entonces dominante en psicología bajo la forma del conductismo, que excluía otras visiones del mundo, incluidos los relatos espirituales e indígenas de la experiencia humana.
4 En Australia, el equivalente fue ignorar 60 000 años de cultura indígena al dar nombre a lugares emblemáticos como Ayers Rock, en el centro del continente, rebautizado hoy como Uluru, con una adopción creciente de topónimos aborígenes para reconocer, en el siglo XXI, su vínculo con la Tierra (Country).
5 Véase https://en.wikipedia.org/wiki/Post-truth.
6 En resumen, considerar puntos de vista ajenos a los propios tiene un coste: debido a la disonancia cognitiva, una persona puede desplazarse un poco en el espectro político. Si ese es el precio de preservar las relaciones personales y familiares, podría estar justificado, aunque quizá haya un límite a lo lejos que se puede o se debe ir desde la propia perspectiva ética.
7 Por supuesto, en psicología clínica existe la idea del cuestionamiento socrático.
8 Recuerdo que Harry Goolishian dijo en el taller al que asistí en 1990 que aprender a situarse en el no saber puede llevar una década o más, y estoy de acuerdo.
9 Vienen a la mente ejemplos como las cuestiones de crianza, los conflictos de pareja y la violencia y el abuso en la familia, pero, más allá de eso, la terapia podría verse como el arte de tomar las riendas para fomentar la capacidad de acción de la persona consultante.
10 Las paradojas del poder en terapia familiar son un tema que abordo también en un artículo (Larner 1995) y en un capítulo sobre la deconstrucción del poder en terapia para un libro editado por el psicólogo crítico Ian Parker (Larner 1999).
11 En su momento, envié a Norris un ejemplar de mi artículo (Larner 1994), y él lo utilizó generosamente en su programa docente de ética aplicada.
Agradecimientos. Publicación en acceso abierto facilitada por La Trobe University, en el marco del acuerdo Wiley - La Trobe University a través del Council of Australasian University Librarians.
Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.
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Traducción no oficial al español de Deconstructing Theory, Engaging Practice, de Glenn Larner, Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, vol. 47, n.o 1 (2026), doi: 10.1002/anzf.70068, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.
Este es el artículo original «Deconstructing Theory, Engaging Practice», publicado en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español de Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Larner, G. (2026). Deconstructing Theory, Engaging Practice. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/deconstructing-theory-engaging-practice (Obra original publicada en 2026 en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, 47(1), e70068 (2026); republicada en 2026 por Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/anzf.70068)
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