Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Solution Focused Practices · Artículo conceptual
Cada año, en torno a Matariki, Nick Drury regala a su familia, a sus amistades y a algunas personas consultantes un muñeco Daruma: lastrado en la base, se vuelve a levantar cuando se le derriba, y le falta un ojo, que se pinta cuando se alcanza la meta. De este pequeño objeto zen el psicólogo neozelandés extrae una tesis: la terapia breve centrada en soluciones se ha estrechado en torno al «futuro preferido» y ha olvidado el mundo. Con Wittgenstein, para quien los problemas «se disuelven como el azúcar en el agua», con Spinoza, Bohr y Deleuze, con Tom Andersen e Imelda McCarthy, defiende una práctica centrada en soluciones que tenga en cuenta el contexto político de las personas consultantes. Lo apoyan tres casos de su propia consulta, entre ellos el de una adolescente anoréxica cuyo problema se disolvió cuando la báscula dejó paso a la cinta métrica, y el modelo maorí del pōwhiri.
Traducción no oficial al español del artículo original Daruma Dolls and Solution Focused Practice, de Nick Drury, publicado en Journal of Solution Focused Practices (2025), doi: 10.59874/001c.140675, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia; la fotografía de un muñeco Daruma se describe en lugar de reproducirse. Los recuadros y notas con la etiqueta «Complexe Systémique» son nuestros, no del autor. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Palabras clave: muñecos Daruma, zen, nuevo(s) materialismo(s), problemas
En este artículo deseo ofrecer un modelo muy sencillo de una manera de ser terapeuta, y también persona, que representan los muñecos Daruma. A partir de ahí deseo examinar y defender la tesis de que la práctica centrada en soluciones, en especial la terapia breve centrada en soluciones (TBCS), ha desarrollado un foco estrecho que no es coherente con el modelo que ofrecen los muñecos Daruma. Es posible un foco más amplio si se toma en consideración parte de la filosofía de Wittgenstein, que seguirá considerándose centrado en soluciones. Ofrezco ejemplos de mis propias publicaciones, y sin duda quienes lean este texto podrán aportar los suyos.
Una vez al año, hacia Matariki (el solsticio de invierno de junio aquí, en Aotearoa/Nueva Zelanda), empiezo a buscar pequeños regalos para mi familia, mis amistades, mis colegas y algunas personas consultantes escogidas. Este año envié unos muñecos Daruma. Los muñecos Daruma nacieron en el Japón del siglo XVIII y pertenecen a ese género de juguetes tentetiesos que tienen la característica de estar lastrados en la base, de modo que, cuando se les derriba, vuelven a levantarse. Evidentemente, esto simboliza la resiliencia o la perseverancia. Tienen además la particularidad de que les falta un ojo, que se supone que se pinta una vez alcanzada la meta o superado el problema que te derribó. Luego imprimo la siguiente leyenda en papel de seda (tras consultar al señor Google sobre cómo imprimir en papel de seda).
EN TODA VIDA ENTRA UN POCO DE ZEN — Pisapapeles muñeco Daruma
El muñeco Daruma está inspirado en Bodhidharma, fundador de la tradición zen del budismo, y es un símbolo de perseverancia o de resiliencia: como está lastrado en la base, cuando se le derriba vuelve a levantarse. Del mismo modo, en el taichí o el qigong se pone el foco en el tantien (situado un poco por debajo del ombligo en los hombres, o más abajo en las mujeres); estar centrado ahí es también tener resiliencia. Por eso se atribuye a Bodhidharma la paternidad de muchas artes marciales.
[Fotografía descrita: un muñeco Daruma rojo y redondo, con la cara pintada, cejas y bigote negros, y un solo ojo dibujado.] Un muñeco Daruma. El muñeco tiene un ojo en blanco, que representa un problema. Una vez superado este y recuperado el rumbo, se pinta el otro ojo. Se cree que el muñeco nació en el Japón del siglo XVIII.
Poco se sabe de Bodhidharma, el «bárbaro barbudo», salvo que se le atribuye haber llevado la escuela chan del norte de la India a China en los siglos V o VI (escuela que más tarde descendería por la península de Corea para convertirse en zen al entrar en Japón hacia el siglo XII). Entre las leyendas sobre él predomina la práctica de la meditación, por la que esta escuela es más conocida. Una de las pocas historias cuenta que Bodhidharma visitó al emperador Wu hacia el año 520. El emperador Wu había construido muchos templos budistas, les había dado apoyo económico y había hecho formar a mucha gente como monjes y monjas budistas. «¿Qué mérito hay en esto?», preguntó el emperador. Bodhidharma respondió: «Ninguno en absoluto». Perplejo y algo desconcertado, el emperador preguntó al monje quién era él para decirle tal cosa. Bodhidharma respondió: «No lo sé». Esta historia refleja quizá la realización directa de que no se tiene una mente (o un yo), o una mente que se pueda conocer o aprehender (el zen lo llama la mente de la no-mente); y cuando los sucesores de Bodhidharma (o el en gran parte legendario sexto y último patriarca, Huineng) consideraron que esto ya era suficientemente conocido en China, colgaron el teléfono. Es decir, el chan es la única religión que ha intentado deliberadamente dejarse a sí misma sin trabajo, cerrando monasterios. Mucha gente atribuye el florecimiento de finales de la dinastía Tang y de la dinastía Song (un periodo de inmensa producción cultural y artística) a esta amplia difusión.
En el zen hay un dicho según el cual hablar del zen es tener el hedor del zen.
Lo imprimo en papel de seda porque quiero que no dure, ya que, si durara, tendría el «hedor del zen». Luego lo envuelvo alrededor del muñeco y los reparto.
El zen fue muy central en el desarrollo de la TBCS, en la que destacaba la herencia coreana de Insoo Kim Berg.1 A ella le gustaba el dicho «no dejar huellas», que una vez me dijo que venía del zen. En realidad, cuando el budismo chan llegó a China en el siglo V, se encontró con el taoísmo y se produjo un rico diálogo. Este dicho procede del aforismo 17 del Tao te Ching, que dice que los mejores líderes o maestros apenas se conocen, y se parece al aforismo 60, que dice que «gobernar un país es como cocinar un pez pequeño: removerlo demasiado lo estropea». La mayoría de las personas que conozco que practican la terapia centrada en soluciones prefieren trabajar con el futuro preferido de la persona consultante, que a menudo se suscita mediante la «pregunta del milagro», y luego escalar los progresos a partir de ahí. Se resisten a ofrecer ideas propias, porque hacerlo dejaría una huella. Les gusta citar a Steve de Shazer, que dijo que «la política es algo que se hace en la vida privada, no en el papel de terapeuta» (E. George, 2019).
Sin embargo, nuestros «parientes» del movimiento construccionista social, con el que la TBCS mantiene cierta afinidad (Chang & Nylund, 2013; Chang & Phillips, 1993), no están de acuerdo.2 Imelda McCarthy (1995) se hace eco de un conocido lema feminista cuando escribe: «Lo personal es siempre político en el trabajo clínico con las personas marginadas en la sociedad» (p. 163). Cuando se ignora deliberadamente el contexto social de los dilemas de una persona consultante, se están, como dice McCarthy (1995), «privatizando los dilemas» y apartando «el foco de los contextos sociales más amplios, que son importantes en toda comprensión sistémica de la génesis de los problemas» (p. 162). Aun así, algunas personas que practican la TBCS afirman que no necesitamos saber qué causó el problema, ni siquiera cuál es el problema. A quienes se inician en la práctica centrada en soluciones les dicen: «Confía en el proceso» (Iveson, 2021). Aunque de vez en cuando comprueben con la persona consultante que el «proceso» tiene sentido para ella (E. George, 2022), el «proceso» en sí difícilmente es fruto de un proceso «interaccional» como aquel al que aludía de Shazer hace muchos años (1985).
De Shazer escribía sobre lo «interaccional» justo cuando la cibernética de segundo orden (o cibernética de la cibernética) se abría paso en el construccionismo social (Umpleby, 2016). Fue entonces cuando el campo pasó de una posición divina, fuera del universo, a la de un observador participante dentro del universo, algo que la mayoría de terapeutas construccionistas sociales aprendió sobre todo a través de enfoques como el del «no saber» de Anderson y Goolishian (1992), en el que incluso el proceso o el método de la terapia surgía, idealmente, de la conversación. Esto resulta bastante fácil si se adopta lo que Goethe llamaba un «empirismo delicado», que exige hacerse uno con la persona consultante (o la familia) y dejarse conmover por ella (Drury, 2006). John Shotter (2005) lo llamó «conocimiento desde dentro» («withness-knowledge»), por oposición al «conocimiento acerca de» («aboutness knowledge»).
El psiquiatra noruego Tom Andersen (2012) se hizo famoso por sacar al equipo de observación de la terapia construccionista social de detrás del espejo unidireccional y llevarlo a la sala, donde reflexionaba junto a la familia; estaba decidido a deshacerse de cualquier jerarquía. Todas estas voces expresan un giro intencional hacia la disolución de la posición experta de quien ejerce la terapia, de modo que no tenga ningún poder sobre la persona o las personas consultantes. Quienes conocemos el enactivismo entendemos que, a menudo, cuando usamos el lenguaje (y no distinguimos entre verbal y no verbal), lo usamos como un órgano sensorial: tanteamos cómo son las cosas en el mundo de la persona o las personas consultantes (Drury & Tudor, 2024). Lo hacemos prestando atención a nuestros sentimientos, y no solo a nuestras cogniciones, cuando dialogamos con quienes nos consultan. Andersen influyó mucho en el desarrollo de la terapia narrativa por White y Epston (1989/1990), pero al mismo tiempo compartió una crítica con Karl Tomm (1993), diciendo que eran diferentes, en el sentido de que él (Andersen) ponía más énfasis en la experiencia vivida que en los relatos.
No era el único en tener algunas reservas sobre la terapia narrativa. Como dijo una vez Imelda McCarthy de la terapia narrativa: «Me encanta todo el impulso de esta forma de trabajar, pero una de las cosas que veo que ocurren es que, cuando el alumnado empieza a externalizar, puede concentrarse solo en los grandes discursos sociales y pasar por alto algunas de las complejidades del nivel más local» (2001, p. 178). Steve de Shazer también criticó la terapia narrativa porque parece muy tradicional en la medida en que cosifica los problemas, y sus soluciones se parecen a las de Alcohólicos Anónimos en que recluta «soldados» para batallas (al parecer, de por vida) (Chang & Phillips, 1993). En respuesta a estas críticas, Johnella Bird (2000) desarrolló lo que ella llama «externalización relacional», más matizada que la de White y Epston, en el sentido de que pide a las personas consultantes que examinen la relación que tienen con el problema, en lugar de limitarse a oponerse a él o a vencerlo. Ella considera el uso de «vencer» un discurso masculino, bastante limitante. Con la externalización relacional de Bird es posible que los problemas se deconstruyan de verdad, en lugar de, como dice de Shazer de la terapia narrativa, una «destrukion», una «destrucción de una construcción desde fuera» (Chang & Phillips, 1993, p. 116). Como veremos, esto está más cerca del sentido que Wittgenstein daba a la «deconstrucción» (aunque nunca usó esa palabra).
1 La TBCS no es la única que tiene una influencia zen. El maravilloso Jay Haley conoció en los años cincuenta, por mediación de Gregory Bateson, al principal divulgador del zen, Alan Watts, y utilizó el zen para dar sentido a las técnicas de Milton Erickson, lo que dio origen a la terapia familiar (Richeport-Haley & Carlson, 2010). 2 En realidad, la TBCS tal como se practica hoy está más cerca de los enfoques centrados en la persona, que tienen sus raíces en Carl Rogers (Fitzgerald & Leudar, 2010). En los enfoques centrados en la persona se subraya que «la persona consultante es la experta»; solo la lógica de la persona y su visión del mundo ocupan el centro de la práctica. Como lamentan y dejan claro Bøe et al. (2024), en este enfoque el mundo queda «perdido de vista» (p. 537).
Como ya expuse en esta revista (Drury, 2022), este dilema de no poder situarse fuera del universo, o adoptar una posición divina, ha sido considerado por otras ciencias y filosofías. Baruch Spinoza (en el siglo XVII) fue quizá el primero, en la primera Ilustración, en filosofar sobre la inmanencia: el universo no tiene un ámbito trascendental, sino que está compuesto de una sola sustancia, inmanente (por oposición a trascendente).3 Como cabe imaginar, era una idea herética en su época, porque venía a decir que no hay Dios ni cielo; y desafiaba a los teólogos a encontrar otro fundamento para la ética. En la Viena de fin de siglo (en torno al cambio del siglo XIX al XX), donde creció Wittgenstein, se discutía sobre Spinoza, junto con la obra de Arthur Schopenhauer (siglo XIX), que había dado a conocer a Europa el budismo (que, por supuesto, no tiene un Dios trascendente) (Janik, 1973). Se discutía el «empirismo delicado» desarrollado por Goethe, quien nos entendía como «observadores participantes» que habíamos evolucionado con el mundo, de modo que nuestra comprensión era intuitiva. Además de los cafés, la mansión de los Wittgenstein (su padre era inmensamente rico) acogía a la flor y nata de la sociedad vienesa, donde se discutían estas ideas. El genio musical Gustav Mahler era un visitante asiduo y los entretenía no solo con su música, sino también con su conocimiento de Schopenhauer y de Nietzsche (el del famoso «Dios ha muerto»). La Viena de fin de siglo engendró mucho de lo que era «asombrosamente nuevo» y que «se extendió mucho más allá de las fronteras de la Austria imperial y, de hecho, de Europa» (Kann, 1981, p. 169).
De Wittgenstein procede la idea de que «los problemas se disuelven en el sentido literal de la palabra, como el azúcar en el agua» (2005, p. 183). Describió cómo disolver los problemas:
«La manera de resolver el problema que ves en la vida es vivir de un modo que haga desaparecer lo problemático. Que la vida sea problemática muestra que la forma de tu vida no encaja en el molde de la vida. Así que debes cambiar tu manera de vivir y, una vez que tu vida encaje en el molde, lo problemático desaparecerá» (1980, p. 27).
Esta es, sostengo, la versión de Wittgenstein del deconstruccionismo.
Se trata de un foco más amplio que el foco actualmente popular de la TBCS en el desarrollo del futuro preferido. Esta analogía del azúcar que se disuelve en el agua procede de la teología apofática de Wittgenstein, un legado de la Viena de fin de siglo (Fronda, 2010; Mitralexis, 2015). La teología apofática se ha comparado con la escultura: quita para revelar una dimensión «espiritual». Era una solución popular al desafío que Spinoza había lanzado al clero. Este pasaje de Wittgenstein (1922/1961) quizá lo capte: «La solución del problema de la vida se nota en la desaparición de este problema. (¿No es esta la razón por la que quienes, tras largas dudas, vieron claro el sentido de la vida no pudieron decir entonces en qué consistía ese sentido?)» (6.521)
Creo que Forrest Carter ofrece una explicación aún más sencilla de la apófasis en su libro The Education of Little Tree, donde la palabra «comprensión» se usa como sustantivo. En el relato de Carter, cuando el pueblo cheroqui la alcanza, se dice que llega a la iluminación, como en algunos relatos budistas e hindúes del encuentro con la unidad con el todo.4 Como deja claro el filósofo wittgensteiniano Peter Hacker (2009), comprender es distinto de saber, y cuando comprendemos emulamos a Wittgenstein (1953/2009) diciendo: «¡Ahora puedo seguir!» (§151). Y si lo consigues, puedes pintar el otro ojo del muñeco Daruma.
La física cuántica también se enfrentó durante todo el siglo XX al problema de no poder situarse fuera del universo. Niels Bohr ofreció descripciones minuciosamente detalladas de su método, pues cuando montaba su aparato experimental de una manera, la luz se mostraba como ondas; pero si el aparato se montaba de otra, la luz era partículas. No era posible observar la luz como partículas y como ondas al mismo tiempo. Barad (2007), que desarrolló sus ideas a partir de la física cuántica de Bohr y de la filosofía de Deleuze, sostuvo que Deleuze tiene razón cuando dice que debemos superar toda ilusión de ser seres independientes. Formamos parte del mundo, no estamos aparte de él.5 Así, cuando Bohr monta su aparato de una manera, en realidad crea la realidad (por ejemplo, ondas) que obtiene; la realidad no existe más allá de su aparato. Pero Heisenberg y la mayor parte de la física de su tiempo interpretaban toda incertidumbre como debida a que la realidad quedaba justo fuera de nuestro alcance; seguían atrapados en el «giro lingüístico». A causa de la interpretación de Bohr de la física cuántica, Barad sugiere que el universo se comprende mejor saliéndole al encuentro a medio camino, porque hagamos lo que hagamos, lo estamos creando.
3 Hay filósofos anteriores, como Demócrito y Epicuro, que propusieron un punto de vista inmanente. 4 El libro ha tenido una historia bastante controvertida: Oprah Winfrey lo retiró de su lista de títulos recomendados cuando se reveló que Carter había pertenecido al Ku Klux Klan y había escrito discursos para George Wallace. 5 Es la «mente de la no-mente» de Bodhidharma.
Wilhelm Reich y Alexander Lowen fueron figuras clave en el desarrollo de la psicoterapia corporal (Coffman, 2023).6 Simplificando, propusieron que la musculatura del cuerpo puede dividirse en músculos largos, para la acción, y músculos cortos, para la postura. Sin embargo, debido a los traumas y al estrés, usamos ahora algunos de nuestros músculos largos para la postura, con el resultado de que algunos de los músculos cortos se atrofian. Reich, que fue alumno de Freud, acuñó el concepto de «coraza caracterial» (Coffman, 2023, p. 14) para indicar que algunos músculos largos están permanentemente en tensión, y Lowen desarrolló la bioenergética como forma de analizar y aliviar las tensiones emocionales. Como para Lowen las «entrañas», o la parte baja de la pelvis, son el centro del instinto, al estar «enraizados» ahí recuperamos una sensación de estabilidad y de presencia (Lowen, 2005). Esto se parece mucho al concepto chino de tantien: el centro de gravedad del cuerpo y depósito de energía vital (qi), que constituye la base de las artes marciales. Bodhidharma está estrechamente asociado al templo de Shaolin, donde se desarrollaron las artes marciales. Así, sanar a alguien, y no solo curarlo, es devolverle la integridad.7
6 Dato curioso: ¡la FDA estadounidense quemó los libros de Reich! 7 Es la tesis del libro Cure or Heal? del psiquiatra Eric Graham Howe, «el druida de Harley Street».
1. En 1992, Michael Durrant me ayudó a redactar un artículo sobre el tratamiento, casi una década antes, de una adolescente a la que su médico había diagnosticado anorexia nerviosa (Drury, 1992b). Esta joven quería ser modelo y estaba muy orgullosa de su dieta. Con «una mezcla de humor, incredulidad y naturalidad» (p. 29), le dije que el peso era relativamente poco importante para ser modelo y que lo que «de verdad contaba en ese juego era la figura». No tenía ni idea de cuál era su figura, ni de lo que era una figura ideal, y eso se convirtió en su tarea para casa y en el foco de las sesiones siguientes. Un psiquiatra «ayudó» amenazándola con la hospitalización y la modificación de conducta, y diciéndole que no llegaría a Navidad, lo que no es tan inusual en estos casos.8 Sin embargo, más tarde ella reconoció que, aunque logró rechazarlo, redobló sus esfuerzos por conseguir una figura ideal. Unos meses después su figura se había redondeado, para su gran orgullo, y llegó el momento de separarnos. Se fue a vivir al extranjero con su madre. Siete años después recibí una llamada suya para decirme que se había casado, que le iba bien en su carrera de modelo y que acababa de aparecer en el póster central de la revista Playboy. El paso de la báscula a la cinta métrica disolvió el problema, y el cambio se vio luego alimentado por el hombre del saco (disfrazado de psiquiatra).
2. También en 1992 presenté en la Conferencia Nacional de Nueva Zelanda sobre Trastornos de la Conducta Alimentaria el caso de una joven a la que había conocido unos nueve años antes en la unidad de cuidados intensivos del hospital local (Drury, 1992a). «Eve» dijo que enseguida se sintió a gusto conmigo porque yo hablaba de filosofía y de historia, a diferencia de lo que había vivido con profesionales de la psicología y con el personal de los hospitales en los que la habían internado su madre y su padre. Como «Eve» hablaba de la «anorexia» en tercera persona, pensamos que podíamos adoptar un enfoque narrativo tradicional, con el que «Eve» estuvo de acuerdo. Sin embargo, no era tradicional, en el sentido de que el personal se dividió en dos equipos: un «equipo Pro-vida», dirigido por el personal médico y de enfermería, y un «equipo Antianorexia», dirigido por mí y por mi coterapeuta. El «equipo Pro-vida» se encargaba del seguimiento físico mientras estaba en la UCI y después, cuando fue trasladada a la planta de psiquiatría. No mantenía ninguna discusión moral con ella, ni con nosotros. Sin embargo, podía leer el expediente. Su tarea consistía en dejarse a sí mismo sin trabajo lo antes posible, pero con seguridad. Quienes formábamos parte del «equipo Antianorexia» le escribíamos a menudo cartas después de nuestras conversaciones con ella. Sufrió un breve revés cuando se casó un par de años después, pero apenas se convirtió en una feminista activa, pese a nuestro discurso de terapia narrativa de la época.
No fue sino hasta hace poco que empecé a ver esto como algo centrado en soluciones, al estudiar a Deleuze (Deleuze & Guattari, 1991/1994). Una de las ideas centrales de su filosofía es que los conceptos son dispositivos inventados para presentar lo que es impresentable en el pensamiento (Gane, 2009). Los conceptos tienen una pedagogía, en el sentido de que no son fijos, sino móviles y transitorios. Imprimen cierta estabilidad al flujo del mundo, pero nunca pueden hacer justicia a la complejidad del mundo. «Todo concepto remite a un problema, a unos problemas sin los cuales carecería de sentido» (Deleuze & Guattari, 1991/1994, p. 16). Son relacionales, en el sentido de que se enlazan con otros conceptos. Una vez que han cumplido su función, podemos «colgar el teléfono». Por ejemplo, muchas personas en tratamiento por problemas de alcohol y drogas pueden aceptar la «abstinencia» si es solo por un tiempo determinado (Sanders, 2014). Desde la perspectiva de la mente encarnada, «agarramos con fuerza y soltamos con ligereza». Y así el «equipo Pro-vida» se disolvió cuando dejó de ser necesario. Y «Eve» dijo del feminismo: «No creo que sea lo mío, pero desde luego tiene mi apoyo» (Drury, 1992a, p. 22).
3. Trabajé como kaumātua hinengaro (psicólogo maorí de Nueva Zelanda) en una unidad maorí de salud mental adscrita a un hospital general. Estando allí, me di cuenta de que el modelo terapéutico pōwhiri poutama de Paraire Huata nunca se había descrito formalmente en ninguna publicación académica, y me puse a hacerlo (Drury, 2007). La idea es que el trabajo del antropólogo Victor Turner (siguiendo a Arnold van Gennep) sobre el proceso ritual podía servir de modelo para el proceso de cambio en psicoterapia. Es decir, la terapia podía verse como un proceso ritual en el que las personas transitan de una posición social a otra. El ritual más conocido de la Māoritanga (la cultura maorí) es el pōwhiri, que se representa sobre todo como bienvenida en un marae (lugar de encuentro). El pōwhiri es el proceso por el que una persona pasa de ser ajena a un grupo a formar parte de él. Los poutama son los peldaños de ese ritual, y a menudo se representan como una escalera en los paneles tejidos de la whare (casa). La mayoría de la población neozelandesa y de quienes visitan Nueva Zelanda ha participado en algún pōwhiri en un momento u otro. Como empleábamos a varias personas con poca educación formal, pero que habían crecido en la Nueva Zelanda rural con el maorí como primera lengua, me pareció lógico que esto pudiera quitarle el misterio a la psicoterapia, permitiéndoles verla como un proceso que ya les era muy familiar. En algunos casos, permitió a parte de este personal obtener mejores resultados que el personal con formación universitaria que había aprendido el maorí como segunda lengua y no había disfrutado de toda una vida de pōwhiris. Por eso lo veo como una resolución centrada en soluciones de un dilema laboral.
8 Sobre todo si se trabaja en el sistema sanitario público, donde parte de la psiquiatría cree que puede intervenir en cualquier caso.
Muchas de las personas que defienden que quienes practican el enfoque centrado en soluciones deberían limitarse a centrarse únicamente en los «futuros preferidos» de las personas consultantes no trabajan en servicios sanitarios o sociales estatales o públicos. La mayoría de quienes salen de la universidad entran en ellos, lo que, si se trata de salud mental, significa que se tocará como mínimo el segundo violín por detrás del personal médico. Además, en salud mental habrá personal de enfermería cuya carrera lo ha llevado a redactar las políticas de la organización; y, según quién dirija, se esperará que se sigan esas políticas, que suelen tener el marcado enfoque del «modelo médico». Si a esta mezcla se añade la política mezquina de los colegios profesionales y de los organismos de habilitación —de estos últimos, el psicólogo crítico Ian Parker dijo una vez que corren el riesgo de convertirse en «una máquina que encarna el tipo de práctica malsana contra la que pretende posicionarse» (Haney, 2012, cubierta)—, se tiene el entorno en el que un gran número de profesionales al menos comienzan. Y quienes tenemos una tradición familiar socialista permaneceremos en él (a menos que nos echen).
No solo eso: las consultas y los servicios se encuentran en un mundo neoliberal, con su política identitaria en lo alto del acantilado, que empuja hacia nosotros a la mayoría de las personas consultantes (Wrenn, 2014). En conversaciones conmigo, algunas personas que practican el enfoque centrado en soluciones sostienen que, en un régimen de igualdad de oportunidades (que no reconocen como un mito), cada individuo es responsable de sus propios éxitos y fracasos. La historia no importa. Pero bajo el neoliberalismo la identidad se mide por el éxito económico; y a quienes no lo tienen se les etiqueta de «perdedores», «basura de caravana», etc. (D. George, 2006). A diferencia de los «ganadores», que encuentran una identidad colectiva en lugares como el club de campo, los «perdedores» encuentran su identidad colectiva en grupos no económicos. Parece que cuanto mayor es la desigualdad entre «quienes tienen» y «quienes no tienen», mayor es la adhesión o la lealtad a estos grupos no económicos (Wilkinson & Pickett, 2009). Sin embargo, como concluye Wrenn (2014), la creciente alienación de estos grupos sirve a la agenda neoliberal, porque el neoliberalismo se basa en la idea de que, parafraseando a Margaret Thatcher, «no existe tal cosa como la sociedad, solo hombres y mujeres individuales». Necesitamos una nueva comprensión de nuestra identidad colectiva si queremos ir más allá de nuestras identidades neoliberales. Me atrae la idea de que esta pueda residir en la visión de Deleuze o en el nuevo materialismo (Albertini et al., 2025; Deleuze & Guattari, 1972/1984). Sea como fuere, creo que la tarea de quienes practican el enfoque centrado en soluciones es tener presente el contexto político de las personas consultantes, y no regodearse con los cuerpos que caen empujados por el acantilado.
Los muñecos Daruma nos ofrecen un modelo sencillo de una manera de ser. Un lote que encargué tenía la base muy plana y no volvía a levantarse cuando se le derribaba. Algunas personas tienen todo el aspecto de terapeutas, pero… Este artículo ha ofrecido un argumento, con algunos ejemplos diversos, a favor de que las agendas políticas tengan un lugar en la práctica centrada en soluciones.
Complexe Systémique: lo que hay que retener
Drury retoma la controversia abierta en No dejar huellas, de Iveson, pero por otro extremo: no «¿necesitamos una teoría?», sino «¿adónde ha ido a parar el mundo?». Su respuesta es sistémica en el sentido antiguo: Andersen, McCarthy, la cibernética de segundo orden y una lectura de Wittgenstein en la que el problema no se resuelve, sino que se disuelve cuando cambia la forma de vida. Los tres casos deben leerse como reencuadres del contexto, no de la cognición: la báscula se convierte en cinta métrica, el equipo se divide en dos mandatos, la terapia se convierte en un ritual de bienvenida. Para leer junto con su degustación de Wittgenstein y la entrevista con Allan Wade, que defiende la misma atención al contexto social.
Referencias
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Contacto
Nick Drury holds two Masters degrees in Psychology and a Diploma of Clinical Psychology in New Zealand. He has been practicing as a therapist for more than 35 years: nickdrury@knonews.org
Traducción no oficial al español del artículo original Daruma Dolls and Solution Focused Practice, de Nick Drury, publicado en Journal of Solution Focused Practices, vol. 9, n.º 1 (2025), pp. 20-32, doi: 10.59874/001c.140675, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia; la fotografía se describe en lugar de reproducirse. Esta traducción no ha sido realizada ni por el autor ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Traducción no oficial al español del artículo «Daruma Dolls and Solution Focused Practice», publicado en Journal of Solution Focused Practices (2025) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto se ha traducido al español y su presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Drury, N. (2025). Daruma Dolls and Solution Focused Practice. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/daruma-dolls-and-solution-focused-practice (Obra original publicada en 2025 en Journal of Solution Focused Practices, vol. 9, n.º 1 (2025), pp. 20-32; republicada en 2025 por Journal of Solution Focused Practices, https://journalsfp.org/article/140675)
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