Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Contemporary Family Therapy · Terapia familiar
¿Y si el principal instrumento de la terapia fuera la propia persona de quien la ejerce, heridas incluidas? Harry J. Aponte presenta el modelo de la Persona del Terapeuta (Person-of-the-Therapist, POTT): una formación para el uso consciente e intencional de sí «tal como se es», en el momento mismo de la sesión, en lugar de esperar a haberlo resuelto todo. El artículo lo sitúa en el marco de los factores comunes y concluye con el testimonio de una estudiante de Drexel.
Traducción no oficial al español de The Soul of Therapy: The Therapist’s Use of Self in the Therapeutic Relationship, de Harry J. Aponte, publicado en Contemporary Family Therapy (Springer) (2022), doi: 10.1007/s10591-021-09614-5, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para la lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
La clientela se encuentra con la persona terapeuta tal como es en el presente, no con la persona que aspira a ser mañana, tras más formación o más terapia personal.
Harry J. Aponte
Resumen
Este artículo parte de dos premisas: que el uso consciente, activo e intencional de sí por parte de la persona terapeuta en el proceso terapéutico es una aptitud esencial para establecer una relación terapéutica eficaz, y que este uso de sí con fines terapéuticos puede y debe incorporarse de manera explícitamente sistemática a la formación de todas las personas que ejercen la terapia. El artículo intentará identificar las aportaciones del «qué y cómo» con que el uso de sí contribuye al proceso terapéutico. En primer lugar, el uso de sí por parte de terapeutas debe considerarse un factor común tal como lo definen Sprenkle, Davis & Lebow (2009), es decir, una perspectiva sobre la eficacia de la terapia que «sostiene que las cualidades y capacidades de la persona que ofrece el tratamiento son más importantes que el tratamiento en sí» (p. 4). En segundo lugar, el uso de sí pone el acento en el desarrollo de las habilidades de la persona terapeuta para un uso consciente, activo e intencional de sí tal como es en el momento del encuentro terapéutico con la clientela, sin negar por ello la importancia de que trabaje para resolver aquellas cuestiones personales que puedan interferir con su eficacia profesional. El uso de sí concede una importancia particular al uso intencional de uno mismo tal como se es en la relación, la evaluación y las intervenciones de la terapia, cualquiera que sea el modelo terapéutico (Aponte & Kissil, 2016). En tercer lugar, el uso de sí representa una aptitud que puede desarrollarse y perfeccionarse mediante estructuras bien elaboradas para formar a terapeutas en el uso terapéutico de todo lo que aportan de su persona a la relación terapéutica, incluido el uso de sus vulnerabilidades humanas tal como existen en el momento del encuentro empático con la clientela.
Palabras clave: uso de sí, contratransferencia, formación de terapeutas en el uso de sí, persona del terapeuta
La persona que es la o el terapeuta constituye un elemento esencial del proceso terapéutico, porque la relación humana con la clientela es el medio a través del cual se realiza el trabajo de la terapia. Existen sólidos argumentos para sostener que es la persona terapeuta, y no el modelo terapéutico en sí, la que más influye en el resultado del proceso terapéutico (Blow et al., 2007). Es evidente que en este campo se ha dado una importancia creciente a la formación de terapeutas en el uso consciente y estratégico de su propia persona, como se desprende de la investigación y la bibliografía recientes sobre el tema (Aponte, 1994b; Aponte & Winter, 2000; Aponte & Kissil, 2016: D’Aniello & Fife, 2020; Satir, 2000; Simon, 2006; Simon, 2012; Wampold & Imel, 2015; Niño, Kissil & Apolinar Claudio, 2015). Lo que sigue pretende ilustrar, mediante el análisis de un enfoque de formación de terapeutas en el uso de sí en la terapia (el modelo de formación de la Persona del Terapeuta), algunos componentes destinados a maximizar la eficacia potencial de quien ejerce la terapia, sea cual sea el modelo terapéutico.
El autoconocimiento y el dominio de sí de la persona en el contexto del proceso terapéutico son el objetivo principal de la formación en el modelo POTT (Aponte, 2017). El concepto POTT se introdujo originalmente (Aponte, 1982; Aponte & Winter, 1987; Aponte, 1992; Aponte, etc., 2009) como un enfoque para formar a terapeutas en el uso intencional de su «sí mismo», con independencia de su adhesión a un modelo terapéutico concreto, y con un énfasis particular en la elaboración de la propia vulnerabilidad humana de la persona terapeuta. Esto concuerda con la afirmación de Sprenkle y Blow (2004b) según la cual:
Creemos que existen pruebas convincentes de que la mayor parte de la varianza en el éxito de la psicoterapia se debe a factores que no son exclusivos de modelos terapéuticos específicos.
El autoconocimiento y el dominio de sí en el modelo POTT contrastan con el uso que otras figuras han hecho de estos términos, como Sigmund Freud, quien los planteaba en términos de la necesidad de que terapeutas se sometieran a su propio psicoanálisis para tomar conciencia de sus propios problemas emocionales no resueltos y trabajar para eliminar ese «obstáculo» (Bochner, p. 1) a su terapia, o Virginia Satir, que hablaba de estar «en contacto conmigo misma, convirtiéndome en un yo más integrado» para «establecer un mayor contacto con la otra persona» (Satir, p. 24). El modelo POTT pone menos el acento en la resolución de uno mismo y más en la capacidad, en el momento del encuentro terapéutico con la clientela, de tomar conciencia de las propias luchas y vulnerabilidades personales relacionadas, para poder resonar con los dolores y las problemáticas de la clientela y empatizar con ellos. Esto favorece una comprensión más íntima, en el momento, de lo que vive la clientela, y facilita una mayor intuición de la dinámica de sus experiencias en el momento presente de la conexión con ella en el proceso terapéutico.
La filosofía POTT acepta el principio, generalmente admitido, de la importancia de los enfoques de trabajo sobre sí que se centran en que terapeutas busquen resolver sus cuestiones personales, consideradas potencialmente tóxicas para el proceso terapéutico (Bochner, 2000; Bowen, 1972; Kerr, 1981; Satir, 2000). Sin embargo, el punto de vista POTT se distingue porque da prioridad al trabajo a través del uso activo del «sí mismo tal como es» en el momento del contacto con la clientela. La clientela se encuentra con la persona terapeuta tal como es en el presente, no con la persona que aspira a ser mañana, tras más formación o más terapia personal. Las personas terapeutas se implican tal como son en ese momento del encuentro: no solo con sus recursos, sino también con sus cuestiones personales, como el miedo a mostrarse vulnerables, la necesidad de tener el control o la falta de confianza en sí (Aponte & Kissil, 2014). En este marco, el reto de la formación consiste en preparar a terapeutas para trabajar con y a través de lo que son en el momento clínico, de modo que se potencie la eficacia de sus herramientas técnicas en ese momento. Con este espíritu, quienes ejercen la terapia, como «sanadores heridos» (Nouwen, 1972; Aponte, 2002), trabajan empáticamente con y a través de esa herida humana común para relacionarse con su clientela, comprenderla e intervenir. En esencia, el modelo POTT busca tender un puente entre el trabajo sobre uno mismo y el trabajo de la terapia tal como se despliega en el «momento presente» del proceso terapéutico.
Además, la perspectiva POTT va más allá de la psicología del yo para incluir la importancia de los valores personales, la cultura y la espiritualidad en la terapia, así como las fuerzas sociales que operan en la vida de terapeutas: su género, su estilo de vida, su raza, su etnia y su posición social (Aponte, 1985; Aponte, 1991; Aponte, 1994a; Aponte, 1996; Aponte, 1998; Aponte, 2002; Aponte, 2009a; Aponte & Mendez, 2014; Aponte & Nelson, 2018). Incorpora una atención a las dimensiones culturales y espirituales del funcionamiento personal de las personas (Aponte, ), y a las influencias sociopolíticas que actúan como factores en la vida de terapeutas y de su clientela, en particular aquellas que marginan a las personas por motivos de raza, cultura y nivel socioeconómico (Falicov, 2009; Lappin & Hardy, 1997; McDowell & Shelton, 2002). Este artículo se propone hacer operativa de forma específica la filosofía subyacente a un modelo de formación del «sí mismo», ampliando y completando la premisa de Sprenkle et al. según la cual el uso de sí dentro del proceso relacional íntimo de la terapia es fundamental en la formación de psicoterapeutas.
El enfoque de los factores comunes aplicado a las escuelas terapéuticas sigue suscitando una atención considerable en el campo de la psicoterapia (Sprenkle, D. H. & Blow, A. J., 2004a; Sprenkle, D H., Davis, S. D. & Lebow, J. L., 2009; Simon, 2006). Su premisa central se resume así:
En pocas palabras, este paradigma sugiere que la psicoterapia funciona predominantemente no por las contribuciones únicas de un modelo terapéutico particular o de un conjunto único de intervenciones (lo que llamamos el paradigma del cambio guiado por el modelo), sino más bien por un conjunto de factores comunes o mecanismos de cambio que atraviesan todas las terapias eficaces. (Sprenkle, D. H., Davis, S. D., & Lebow, J. L., 2009, p. 2)
Este planteamiento no restringe el poder de cambio a un modelo terapéutico concreto, e intenta identificar diversos factores comunes que influyen en el curso y la eficacia de la terapia, cualquiera que sea el modelo. El uso que terapeutas hacen de su propia persona en su trabajo es solo uno de esos factores. La perspectiva POTT, que abarca a la vez la humanidad personal de la persona terapeuta y su posición social, es uno de esos factores, e incluye las dinámicas espirituales, filosóficas, culturales y sociopolíticas de la sociedad, todas ellas pertinentes para el proceso terapéutico y que, a nuestro juicio, son factores especialmente decisivos en los aspectos filosóficos, diversos, conflictivos y fragmentados de nuestra sociedad actual. Además, la postura POTT pretende facilitar un enfoque integrador de la terapia al identificar un núcleo coherente de procesos personales de la persona terapeuta, común a todos los modelos terapéuticos, junto con el complejo contexto psicosocial en el que vivimos.
Sprenkle y Blow (2004a, p. 114) señalan la «alianza terapéutica ampliada», es decir, la de la persona terapeuta con la familia y con los subsistemas de la familia, como un factor común «propio» de la terapia de pareja y familia. Esto sitúa a la persona terapeuta en relaciones más complejas que la relación de uno a uno de la terapia individual. Asimismo, señalan que «la atención se ha desplazado hacia la alianza terapéutica, que, por definición, es el producto conjunto de terapeuta y cliente» (p. 122). Hablan de que «la relación terapéutica es el factor común más estudiado en la investigación en MFT» (p. 122). Según este artículo, la investigación muestra que las «habilidades relacionales» de la persona terapeuta son «un componente muy valorado de los factores comunes» (p. 123). Desde nuestra perspectiva, este es un argumento convincente para reforzar el componente formativo del uso de sí por parte de terapeutas, que en nuestra opinión debería incluir el contexto psicosocial y político de la sociedad en la preparación de psicoterapeutas de nuestro campo.
De hecho, la influencia de lo que terapeutas aportan de su propia persona al proceso terapéutico ha estado presente desde los inicios de la terapia por la palabra, a principios del siglo XX, cuando Freud identificó la contratransferencia de quien ejerce la terapia, una proyección inconsciente de sus cuestiones personales sobre el proceso terapéutico, algo que consideraba problemático y que, a su juicio, exigía un trabajo para erradicar esos elementos personales tóxicos mediante el propio psicoanálisis didáctico (Freud, 1964). En los años cuarenta, Theodore Reik (1948) habló de escuchar con el «tercer oído», una forma de autoconciencia mediante la cual terapeutas pueden ser sensibles y conscientes de lo que sus pacientes comunican a través de la experiencia interior de su propia persona mientras están en el proceso terapéutico con la o el paciente; es decir, este tercer oído «escucha» a la persona paciente ampliando la escucha hasta incluir las propias experiencias y reacciones interiores de terapeutas ante sus pacientes. Desde esta perspectiva, la contratransferencia podría utilizarse como un instrumento terapéutico útil. En los años sesenta, Otto Kernberg (Bochner, 2000, p. 117) acuñó el término contratransferencia totalista, referido a la «reacción emocional total de la o el analista ante la persona en análisis», un concepto que ya había anticipado el teórico de las relaciones objetales Donald Winnicott. Una vez más, se trataba de un paso hacia una visión constructiva de lo que terapeutas aportan de su yo psicológico a la relación terapéutica, algo de lo que hay que ser consciente y que se puede utilizar como herramienta terapéutica.
Avancemos hasta las perspectivas sistémicas de Murray Bowen (1972) y Virginia Satir (2000), que llevaron este interés por la autoconciencia de terapeutas al mundo de la terapia familiar y lo incorporaron como piedra angular de su formación de terapeutas. Sus modelos de formación ponían el acento no solo en la autoconciencia de la persona terapeuta, sino también en que encontrara la sanación de sí en el contexto de su familia de origen. Para ambos, que terapeutas alcanzaran una mayor resolución de sus propias cuestiones familiares podía repercutir directamente en la eficacia de su terapia.
Lógicamente, el estudio de Joan Cook, Tatyana Biyanova, Jon Elhai, Paula Schnurr y James Coyne (2010) constató que sus técnicas de factores comunes orientadas a la relación son «lo que el personal clínico considera los mecanismos más importantes que facilitan la mejoría de pacientes en psicoterapia» (p. 265). Los propios Norcross y Wampold concluyeron, a partir de un grupo de trabajo sobre las relaciones terapéuticas basadas en la evidencia, que «adaptar o ajustar la relación terapéutica a las características específicas de cada paciente (además del diagnóstico) aumenta la eficacia del tratamiento» (2011). Simon (2006, p. 343) lleva todo este debate sobre los modelos terapéuticos frente a la persona terapeuta como factor común a un plano más personal para quien ejerce la terapia, al proponer que «el camino hacia la máxima eficacia para cualquier terapeuta consiste en vivir la terapia que practica como “su” terapia, un mecanismo de expresión de su visión profundamente arraigada de la condición humana». En cualquier caso, las teorías sistémicas han hecho de la relación interactiva e interdependiente entre terapeuta y cliente el eje de su concepción de una experiencia terapéutica sanadora para la clientela.
Entonces, ¿qué hay de distintivo, dentro de las perspectivas de los factores comunes de las teorías sistémicas actuales, en la formación de terapeutas según el modelo de formación de la Persona del Terapeuta? En la formación, en lugar de dar prioridad a que terapeutas sanen sus heridas emocionales, el acento principal está en dominar el uso de sí, con una sintonía particular con sus propias vulnerabilidades emocionales en el encuentro terapéutico con la clientela, para potenciar en el momento presente sus habilidades técnicas a la hora de establecer con la clientela una relación terapéutica que facilite una evaluación más completa e intervenciones más eficaces. Este enfoque refleja una visión que destaca lo que terapeutas aportan intencionalmente de su persona formada, añadiendo profundidad y resonancia a su formación técnica en el proceso terapéutico. Diversas voces sistémicas procedentes de modelos terapéuticos muy distintos han reflejado la importancia de este potencial dentro del proceso terapéutico (Bennett-Levy, J., 2005), algo que este artículo interpreta como el reconocimiento de un factor común a las terapias por la palabra.
Por ejemplo, en palabras de Salvador Minuchin, en la historia reciente (2017, p. 37):
En 1975, cuando escribí «Families and Family Therapy»... pensaba que lo único que necesitaban hacer las y los terapeutas para traducir su interés por comprender a las familias en una terapia eficaz era desarrollar un abecedario de habilidades... Pero a medida que adquiría más experiencia formando a terapeutas en el uso de estas técnicas, se hizo evidente que las técnicas por sí solas no eran tan útiles. Eran las propias personas terapeutas los instrumentos del cambio.
Sprenkle y sus colegas (2009, p. 4) han afirmado:
Las cualidades y capacidades de la persona que ofrece el tratamiento son más importantes que el tratamiento en sí.
Carl Rogers (1961, p. 44) lo expresa así:
Lo importante son las actitudes y los sentimientos de la persona terapeuta, más que su orientación teórica.
En palabras de Virginia Satir (2000, p.26):
¿Podemos aceptar como algo dado que el yo de la persona terapeuta es un factor esencial del proceso terapéutico?
Incluso cuando hay acuerdo sobre el valor positivo que puede aportar el yo de la persona terapeuta a la conducción de la terapia, existen en este campo énfasis distintos sobre los objetivos y los métodos propuestos para formar ese «yo» de terapeutas. Tradicionalmente, la mayor parte de esta formación busca ayudar a terapeutas a resolver sus cuestiones personales para evitar perjudicar a la clientela, aunque también pretende liberarles para utilizarse con más sensibilidad, empatía y comprensión cuando trabajan con su clientela.
Edward Titchener (1909) fue el primero en acuñar la palabra «empatía» en el contexto de la manera en que terapeutas se relacionan con sus pacientes, y se refería esencialmente a sentir con la o el paciente. Sin embargo, sigue en pie la pregunta: ¿cómo se forma realmente a terapeutas para sentir con su clientela o, dicho de otro modo, para compartir sus experiencias? Por supuesto, esto depende en gran medida de los objetivos de la formación del yo.
Figuras destacadas de nuestro campo hablan una y otra vez de la necesidad de estar presente con la persona cliente (Sude, M. E. & Gambrel, L. E., 2016). Satir (p. 24), por ejemplo, afirma:
He aprendido que, cuando estoy plenamente presente con la persona paciente o con la familia, puedo moverme terapéuticamente con mucha más facilidad. Cuando estoy en contacto conmigo misma, con mis sentimientos, mis pensamientos, con lo que veo y oigo, soy capaz de establecer un mayor contacto con la otra persona.
En lo esencial de acuerdo con ello, la perspectiva POTT formula así el hecho de estar «presente»: las personas terapeutas se implican personalmente con su clientela, pero de manera selectiva e intencional, según lo que cada cliente necesita, para poder vivir a su clientela conscientemente tal como la ven e intuitivamente tal como la sienten. Se trata de una utilización deliberada de lo personal dentro del marco y la finalidad del proceso terapéutico. Es un uso profesional de la propia persona para ayudar a alcanzar los objetivos de la terapia en los planos consciente y subconsciente. Suponemos aquí que esto está implícito en la manera en que Satir formuló el proceso. Sin embargo, la perspectiva POTT pone el acento en una formación estructurada y sistemática de terapeutas sobre cómo utilizar estratégicamente su propia persona dentro del proceso terapéutico para potenciar su eficacia profesional, humanizando de forma emocionalmente íntima sus herramientas técnicas dentro de la relación terapéutica.
En un estudio, Kissil y Niño (2011) proponen que «modelos como el POTT, centrados en acoger nuestra vulnerabilidad, pueden ayudar a profesionales de la clínica a ser más tolerantes y benévolos consigo» (p. 1). A continuación informan de que, en su estudio:
Cuarenta y nueve participantes informaron de cambios en sus relaciones [personales]. Escribieron que había aumentado su capacidad de autenticidad, de apertura y de vulnerabilidad en sus relaciones [personales] (p. 6).
Evidentemente, desde el punto de vista del objetivo de una formación centrada en la persona, este tipo de cambio personal dispone a las personas en formación a mostrarse emocionalmente más abiertas y empáticas con su clientela y con las luchas de esta. Este tipo de resultado ha sido descrito por diversos equipos de investigación sobre el modelo de formación POTT (Apolinar Claudio & Watson, 2018; Kissil et al., 2018), así como en relatos personales de personas en formación que publicaron su propia experiencia, como Lutz e Irizzary (2009).
Para analizar la puesta en práctica de este enfoque sistemático de formación en el uso del «yo» por parte de terapeutas, ilustrémoslo con la filosofía subyacente al modelo de formación de la Persona del Terapeuta:
El modelo POTT (sin negar la importancia de trabajar para resolver las cuestiones personales) pone el acento en el uso consciente, selectivo e intencional, adquirido mediante la formación, del «yo» de la persona terapeuta tal como es en el momento del encuentro terapéutico. Lo hace hasta el punto de insistir en elaborar conscientemente la propia persona y la experiencia vital de terapeutas, junto con las perspectivas socioculturales, pero con especial énfasis en sus heridas emocionales y psicológicas (sus temas distintivos), para poder relacionarse de manera empática con las luchas personales de su clientela dentro de su contexto sociocultural, comprenderlas y acceder a ellas (Aponte, 1985; Aponte & Méndez, 2014; Quinn, 2012; Watson, 2019).
Muchas personas sufren porque suponen que padecen disfunciones emocionales debido a alguna vulnerabilidad de su carácter, algo con lo que en cierto sentido empatizamos, pero solo porque partimos del supuesto de que esta carencia está inscrita, de una forma u otra, en la humanidad de todas y cada una de las personas. Estos sufrimientos emocionales están universalmente en el corazón de nuestro recorrido humano (Nouwen, 1972). Son retos inherentes al camino de nuestro crecimiento hacia nuestro potencial humano (Nouwen, 1972, p. 93). La premisa es que esta plataforma común de nuestra humanidad vulnerable compartida sienta las bases del componente humano de la relación terapéutica (la empatía) entre terapeuta y cliente en su nivel más profundo.
El objetivo esencial de la formación POTT, que debe ser común a toda formación de psicoterapeutas, es transformar a quienes aspiran a ejercer la terapia en profesionales capaces de identificarse personalmente con su clientela y, al mismo tiempo, observar, analizar y dirigir profesionalmente ese «yo» que es la persona terapeuta, para conducir con sensibilidad y pericia el proceso terapéutico: identificación personal con diferenciación profesional. En la práctica, esto significa que, mientras la persona terapeuta se pone empáticamente en el lugar de su clientela, se sitúa también fuera del proceso terapéutico (cuyo núcleo es la relación) como profesional que analiza el encuentro y pilota su manera de trabajar con la clientela. Se trata de esforzarse por formar lo que Sprenkle y sus colegas denominan (p. 10) «“variables del terapeuta” (características de la persona terapeuta que contribuyen al resultado [terapéutico])».
El énfasis del modelo POTT en la humanidad imperfecta de terapeutas tiene su raíz en hacer todo lo posible, en la medida de cada terapeuta, para caminar empáticamente en los zapatos de la clientela, resonando con ella y preocupándose por ella (Frankl, 1963). En palabras de Viktor Frankl (1963, p. 176), «El amor es la única manera de captar a otro ser humano en lo más íntimo de su personalidad.» Para que terapeutas se impliquen en el sufrimiento de su clientela, ese sufrimiento solo puede abordarse y hacerse resonar verdaderamente a través del propio sufrimiento de quien ejerce la terapia. Sin embargo, esto ocurre en una experiencia sanadora cuando la persona terapeuta «está en su propia casa» (Nouwen, 1972, página 90), es decir, en paz con sus propias heridas, «entendidas como heridas inherentes a la condición humana» (p. 93), con una visión de la vida según la cual «podemos movilizar [estos dolores] en una búsqueda común de la vida, [de modo que] esos mismos dolores se transforman de expresiones de desesperación en signos de esperanza» (p. 93). Esto significa verlos como retos que nos invitan a crecer a través de ellos para conocernos mejor y poder utilizar esos dolores como motivación para superar nuestros propios obstáculos emocionales y mejorar. Dicho de otro modo, este trabajo de terapeutas sobre sí tendría que empezar por un compromiso con nuestro propio camino de cambio y crecimiento, un objetivo que el modelo POTT comparte con tantos otros enfoques de formación en el uso de sí.
Los objetivos de la formación POTT reflejan en muchos aspectos las «tres dimensiones esenciales de la persona terapeuta que conducen a una terapia exitosa: empatía, consideración positiva y congruencia» de Carl Rogers (Sprenkle et al., 2009, p. 20). Y quisiera subrayar aquí que la «cálida aceptación de cada aspecto de la experiencia de la persona cliente» que Rogers promovía en terapeutas (Sprenkle et al., 2009, p. 20) debe empezar por la aceptación empática, por parte de terapeutas, de su propia condición humana. Todo ello conduce a enumerar los cinco objetivos centrales del POTT, que suponemos subyacen, de una forma u otra, a toda formación en el uso de sí:
¿Cómo se consigue todo esto? Ofrecemos aquí un ejemplo de cómo puede llevarse a cabo esta formación en el uso del «yo». Aunque existen sin duda muchos formatos prácticos para alcanzar los objetivos de la formación, queremos presentar como ejemplo tres componentes básicos del modelo POTT en torno a los cuales se organiza la formación del yo, junto con un hilo conductor que recorre toda la formación. Los tres componentes son:
En el programa de formación de Drexel, donde aplicamos actualmente este enfoque, durante el primer año de formación del estudiantado dedicamos el primero de los tres trimestres a trabajar con cada estudiante, en presencia de su cohorte, para que comprenda su propia humanidad vulnerable identificando la naturaleza y el origen de su tema distintivo. En el segundo trimestre trabajamos mediante juegos de rol y la observación de grabaciones en vídeo de sus sesiones con clientes, para que adquieran autoconciencia mientras están implicados terapéuticamente con la clientela. En el tercer y último trimestre ofrecemos a cada estudiante experiencias supervisadas en directo mientras trabaja con una familia o una pareja simulada, interpretada por intérpretes con experiencia y formación contratados para ello, y se le guía en el uso consciente de sí hacia la conducción personalmente lograda de una sesión clínica. No solo viven la experiencia con la clientela simulada, sino que también reciben, al final de la sesión, una devolución de sus «clientes» sobre cómo les han percibido en su manera de relacionarse, de mostrar comprensión y de resultarles terapéuticamente útiles. A lo largo de este primer año de formación, el hilo que lo une todo es el diario semanal que cada estudiante lleva sobre lo aprendido en cada una de sus clases, y que comparte con el profesorado, el cual hace comentarios sobre el diario de cada semana con el fin de profundizar y desarrollar lo que en él se relata.
Desde el comienzo mismo de esta experiencia formativa, el objetivo explícito ha sido desarrollar el potencial terapéutico de quienes aspiran a ejercer la terapia. El propósito no ha sido sanar sus cuestiones emocionales o familiares. Sin embargo, las personas en formación han manifestado de forma constante que la formación también les ha afectado profundamente en lo personal, y lo que ello ha supuesto para su desarrollo como terapeutas (Aponte, 1994b; Kissil et al., 2018).
Lo que sigue (con el permiso por escrito de la estudiante) es lo que escribió una estudiante tras el segundo trimestre, centrado en tomar conciencia de sí durante la conducción de la terapia.
Mi tema distintivo es la baja autoestima. Puede manifestarse en mi falta de confianza, en no sentirme suficiente y, a menudo, en sentirme poco importante en la vida. Luchar contra la depresión también influye en mi baja autoestima, y siento que muchos de mis sentimientos negativos hacia mí misma vienen de ahí. Mi baja autoestima también procede de la dinámica de mi relación con mis padres y de su falta de apoyo, de su incapacidad para validar mis sentimientos y mis experiencias. Toda esta experiencia del POTT me ha llevado a hacer estas observaciones sobre mí misma. Al principio no me daba cuenta de hasta qué punto mi baja autoestima afecta a mi funcionamiento diario y a mi manera de ir por la vida. Aprender más sobre mí misma, sobre lo que me desencadena y sobre mis factores de estrés a través de estas presentaciones ha hecho evolucionar mi comprensión de mi tema distintivo.
Mi primera experiencia con un juego de rol improvisado fue una experiencia de aprendizaje. Me permitió entender mejor exactamente cómo, dónde y cuándo aflora mi tema distintivo en mi trabajo clínico. Me di cuenta de que tiendo a cerrarme con clientes negativos u hostiles porque empiezo a sentir que no les caigo bien, y eso me incomoda. Eso disminuye aún más mi confianza en mí misma y hace que me retire o que me centre en clientes más agradables. También me di cuenta de que tiendo a evitar el conflicto porque no tengo la suficiente confianza en mí misma para sentir que puedo gestionarlo y trabajar eficazmente con la clientela a través de él.
A lo largo de este trimestre he reflexionado mucho sobre mi tema distintivo y sobre cómo afecta a mi vida cada día. En concreto, en el transcurso de los últimos meses he notado que mi baja autoestima me impide asumir ciertos riesgos en la vida y ser la persona que de verdad quiero ser. He notado que, aunque soy consciente de mi tema distintivo, todavía no me había esforzado lo suficiente en trabajar la manera en que me veo. He empezado a ver cómo, debido a mi baja autoestima, dejo que otras personas cuiden de mí y dependo de los demás para sentirme validada. Veo cómo esto se manifiesta tanto en mis relaciones de pareja como en mi relación con mis padres. Durante este trimestre viví una ruptura. Este proceso de ruptura me ha permitido reflexionar sobre mí misma y sobre mi tema distintivo. Me he dado cuenta de que utilizo las relaciones como una muleta y como una razón para sentirme suficiente, lo que me permite evitar trabajar en mí misma. Cuando la relación termina, mi autoestima se desploma y tomo conciencia de lo perjudicial que era permitir que una relación definiera mi valor personal. Para tener una relación sana, del tipo que sea, tengo que hacer el trabajo de quererme y aceptarme de verdad tal como soy.
Mis experiencias de este trimestre me han permitido ver con más claridad cómo mi tema distintivo puede afectar a mi trabajo clínico. He notado que tengo miedo al rechazo porque no siempre me siento suficiente para la persona cliente, sobre todo cuando no logro calibrar si hemos creado un buen vínculo o siento que no lo hemos creado. Estoy aprendiendo a no ser tan reservada en mi trabajo clínico, a implicarme y a ser más asertiva con la clientela. Sin embargo, todavía me cuesta sentirme lo bastante segura en sesión para hacer ciertas preguntas o decir ciertas cosas cuando siento que pueden incomodar a la persona cliente o hacer que yo no le guste. Del mismo modo, [mi] experiencia con el juego de rol también me ha permitido ver cómo evito el conflicto en mi trabajo clínico y cómo, al hacerlo, puedo frenarme a la hora de avanzar con la clientela. He notado que tengo más dificultades con los clientes varones, y siento que se debe a mis experiencias con hombres a lo largo de mi vida, que me han hecho sentirme inferior a ellos. Es algo de lo que debo seguir siendo consciente en sesión y que debo esforzarme especialmente por superar. Además, este trimestre he aprendido que necesito centrarme más en estar presente en la sesión y permanecer en el momento, en lugar de centrarme en la solución. A menudo me absorbe tanto la manera de resolver el problema que olvido encontrarme con la persona cliente allí donde está y simplemente escuchar lo que me está diciendo.
Lo que más nos llamó la atención en el texto de esta estudiante fue lo omnipresente que era su autoconciencia recién adquirida, tanto en su vida personal como en su trabajo clínico. Y, en particular, la claridad con la que fue capaz de abordar su impacto en su manera de relacionarse y de trabajar con la clientela. Como se ha señalado antes en este artículo, el tercer trimestre le daría una experiencia más profunda del trabajo con clientes realistas en la sesión supervisada que tuvo con intérpretes en la sesión clínica simulada. El segundo año de formación le ofrecerá supervisión de casos reales que lleva, ilustrada sobre todo con fragmentos grabados en vídeo de encuentros clínicos.
En resumen, el yo personal se ha reconocido desde hace mucho tiempo como un elemento decisivo en el campo de la psicoterapia, y se ha abordado de formas muy diversas: desde una visión tóxica, como en la contratransferencia, hasta un factor que hay que trabajar para formar a terapeutas, como en la diferenciación respecto de la familia, pasando por un factor que debe considerarse desde una perspectiva a la vez personal y social, hasta una herramienta que se utiliza intencionalmente para relacionarse mejor con la clientela e intervenir. Se ha avanzado en la medida en que se ha caracterizado como un factor común del proceso terapéutico. Y hoy se pone mucho énfasis en considerarlo un factor que puede y debe utilizarse de manera activa e intencional para relacionarse mejor con la clientela y comprenderla a ella y sus problemáticas, así como para guiarnos, como terapeutas, sobre cómo intervenir con destreza y sensibilidad. Ello nos ha obligado a desarrollar maneras de formar a terapeutas en el uso intencional de sí dentro del modelo terapéutico que elijamos para guiar el proceso terapéutico. Sin embargo, creo que hemos avanzado más en la formación en el uso de sí en relación con la psicología de nuestra clientela que en la manera de incorporar los elementos sociales de nuestros contextos de vida a la filosofía y las técnicas de formación que hemos desarrollado sobre el uso de nuestra persona para comprender y utilizar los elementos sociales de nuestra sociedad en nuestra visión de la naturaleza esencial del proceso terapéutico. En conclusión, me parece que la formación de terapeutas en el uso de sí debe ampliarse mucho más en sus perspectivas sociales, y estudiarse y formalizarse más, no solo en relación con el proceso terapéutico, sino también en nuestros enfoques de formación, para que en última instancia pueda consagrarse formalmente como piedra angular de toda formación en psicoterapia.
Complexe Systémique: puntos clave
El artículo desplaza una vieja pregunta. Desde Freud, el yo de la persona terapeuta ha sido sobre todo un problema que neutralizar: contratransferencia, análisis didáctico, trabajo sobre la familia de origen en Bowen. El modelo POTT no cuestiona ese trabajo, pero desplaza su centro de gravedad: lo que cuenta es el uso, en sesión, de lo que se es en ese preciso momento, vulnerabilidades incluidas. El «tema distintivo», la herida que atraviesa una vida, se convierte en una vía hacia la empatía en lugar de un defecto que corregir. Para una lectura sistémica, hay aquí un parentesco con la resonancia en el sentido de Mony Elkaïm: lo que ocurre en la persona terapeuta dice algo del sistema al que se incorpora. Su interés práctico reside en el programa de Drexel, a lo largo de tres trimestres, con juegos de rol, sesiones simuladas y un diario semanal. El límite es el de un artículo de posición: la eficacia del modelo se afirma más de lo que se demuestra, y el llamamiento final a integrar las dimensiones sociales sigue siendo un programa. Para leer junto con el artículo sobre el trabajo con la persona del terapeuta y el artículo sobre la resonancia en terapia sistémica.
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Traducción no oficial al español de The Soul of Therapy: The Therapist’s Use of Self in the Therapeutic Relationship, de Harry J. Aponte, Contemporary Family Therapy, vol. 44, n.º 2 (2022), doi: 10.1007/s10591-021-09614-5, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial al español realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial, con maquetación adaptada, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «The Soul of Therapy: The Therapist’s Use of Self in the Therapeutic Relationship», publicado en Contemporary Family Therapy (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial y presentación adaptada para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Aponte, H. J. (2022). The Soul of Therapy: The Therapist’s Use of Self in the Therapeutic Relationship. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-soul-of-therapy-the-therapists-use-of-self-in-the-therapeutic-relationship (Obra original publicada en 2021 en Contemporary Family Therapy, 44(2), 136-143 (2022); republicada en 2022 por Contemporary Family Therapy, https://link.springer.com/article/10.1007/s10591-021-09614-5)
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