Esta versión ha sido traducida del francés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Una madre le reprocha su silencio a su hija o hijo, que se encierra en el mutismo precisamente como reacción a las críticas. ¿Quién causa el comportamiento de quién?
Este tipo de bucle de interacción ilustra lo que se denomina causalidad circular: un proceso en el que causa y efecto se alimentan mutuamente en un ciclo, en lugar de sucederse en línea recta.
El uróboros, la serpiente-dragón que se muerde la cola, simboliza la unión de la causa y la consecuencia en un círculo sin fin. Este antiguo símbolo sugiere que el final se une con el comienzo. Un efecto puede convertirse a su vez en causa: esa es la intuición central de la causalidad circular.
Desde la Antigüedad, la filosofía contempló formas no lineales de causa y efecto. Aristóteles introduce, en particular, la idea de causa final: un fin por alcanzar que, paradójicamente, explica un fenómeno remontándose desde el efecto esperado hacia la causa. Una explicación así contradice el principio clásico según el cual la causa precede siempre al efecto.
En el siglo xvii, Spinoza da un paso más con la noción de causalidad inmanente. En su Ética, afirma que Dios o la Naturaleza es causa de sí —causa sui—, es decir, que encuentra en sí misma la razón de su existencia y de todo lo que de ella se deriva. La causa ya no es exterior, sino que está integrada en el propio sistema: un universo autodeterminado en el que el todo produce sus propios efectos y viceversa.
En el siglo xx, la cibernética da una formulación científica a estas intuiciones. La noción de feedback aparece con Norbert Wiener en 1948 para describir las máquinas autorreguladas. Después, la cibernética de segundo orden, en la década de 1970, insiste en que quien observa ya no puede quedar excluido del sistema: «quien observa forma parte del sistema observado».
Figuras como Heinz von Foerster ponen entonces de relieve la recursividad de los sistemas vivos, en los que causas y efectos forman un circuito continuo. Esta evolución epistemológica sienta las bases de un enfoque del saber en el que se reconoce que nuestros conocimientos también se construyen en bucle, mediante la interacción con lo real.
Paralelamente, el pensamiento sistémico se desarrolló para comprender la complejidad de los fenómenos humanos. Gregory Bateson, antropólogo, mostró que en las relaciones —familiares, sociales, ecológicas— es ilusorio buscar una causa primera. Paul Watzlawick popularizó la idea de que, en la comunicación humana, cada acción es a la vez respuesta y estímulo: no se puede aislar quién empezó, porque A influye en B, que influye en A, en un círculo continuo.
A causa B. Se busca el origen, la culpa, el eslabón defectuoso. Eficaz para los mecanismos simples.
A influye en B, que influye en A. Se busca el proceso de conjunto. Necesaria en cuanto se trata de lo vivo.
Esta perspectiva rompe con el modelo cartesiano clásico. La ciencia moderna, eficaz para los mecanismos simples, privilegió durante mucho tiempo un esquema causal lineal. Pero, frente a lo vivo, aislar un comportamiento de su contexto hace perder rápidamente el sentido: en un sistema relacional, un acto solo tiene significado a la luz de la interacción global.
En la causalidad circular, los efectos actúan sobre sus propias causas y viceversa. Se crea un bucle continuo entre causa y efecto, alimentado por retroalimentaciones constantes.
Corrige las desviaciones y mantiene la homeostasis. El sistema vuelve hacia su punto de equilibrio.
Amplifica las derivas. El sistema se desboca hacia un círculo vicioso… o virtuoso.
Es inútil, por tanto, buscar una causa inicial única en una red circular. Más vale captar el proceso de conjunto que hace emerger y perdurar el fenómeno.
La visión circular de la causalidad ha transformado profundamente nuestra comprensión de los sistemas humanos.
En psicología, dio origen a las terapias familiares y sistémicas: en lugar de culpar a un individuo aislado, se considera el ciclo de interacciones en el que se inscribe el problema. El síntoma de un niño o una niña puede ser a la vez el resultado y el desencadenante de un equilibrio disfuncional: las reacciones de las figuras parentales alimentan el problema, que a su vez justifica esas reacciones. Se habla de homeostasis familiar para describir esta regulación mutua invisible que mantiene el sistema tal como está.
Identificar estos círculos viciosos permite pasar de una lógica de culpa a una responsabilidad compartida del cambio. Nadie es la causa; cada cual sostiene un fragmento del bucle.
En sociología, la causalidad circular arroja luz sobre numerosos fenómenos emergentes. Una institución o una cultura de empresa no se impone desde arriba: emerge de las interacciones entre las personas y, una vez instalada, influye a su vez en ellas. Los conceptos de emergencia y de autopoiesis, según Maturana y Varela, describen este fenómeno: los elementos de un sistema producen un todo que, a su vez, actúa sobre esos elementos. Encontramos aquí la idea de recursividad: los efectos en el nivel del todo retroactúan sobre las partes que los han generado.
Por último, en epistemología de las ciencias, la causalidad circular invita a la prudencia ante las explicaciones simplistas de los sistemas complejos. Cada vez más modelos integradores en psicología o en sociología incorporan la idea de retroalimentaciones múltiples. Este marco conceptual tiende un puente entre las intuiciones de la filosofía, que ya presentía la circularidad, y los métodos modernos para comprender la complejidad real.
Dejar de preguntar «¿de quién es la culpa?» para preguntar cómo produce el sistema su propio estado.
Adoptar el prisma de la causalidad circular es cambiar nuestra forma de explicar el mundo. En lugar de buscar de quién es la culpa, se trata de comprender cómo un sistema produce su propio estado mediante bucles de feedback. Este paso de una visión lineal a un enfoque ecosistémico refleja mejor la complejidad de lo vivo, de las organizaciones y de las sociedades.
Al tomar conciencia de los círculos de los que formamos parte —en la familia, en el trabajo, en nuestras instituciones—, podemos actuar con más eficacia sobre los sistemas que nos rodean, interviniendo en los bucles que los constituyen y no en un eslabón aislado.
Doumit, Y. (2025). La causalité circulaire : quand la cause est aussi un effet. Complexe Systémique. https://www.complexe-systemique.com
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