Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Family Violence · Violencia

«Como una igual, de algún modo» – lo que valoran en el acompañamiento las personas jóvenes expuestas a violencia familiar

¿Qué es lo que importa, para jóvenes que crecieron con la violencia de una figura parental contra la otra, en las sesiones en las que hablan de ello? Nueve jóvenes de Suecia de entre 12 y 19 años responden: poder hablar, servirse de la relación como modelo para otras, salir del tema mediante el juego o el dibujo y, a medida que crecen, que se les escuche casi como a personas adultas. En definitiva, sentirse en pie de igualdad.

Autoría Åsa Källström y Sara Thunberg (School of Law, Psychology and Social Work, Örebro University, Suecia)Primera publicación Journal of Family Violence, 21 de enero de 2019Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de “Like an Equal, Somehow” – What Young People Exposed to Family Violence Value in Counseling, de Åsa Källström y Sara Thunberg, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2019), doi: 10.1007/s10896-018-00032-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Por lo tanto, nuestra conclusión global y general es que el aspecto más valioso de una relación de acompañamiento para la juventud expuesta a violencia familiar es sentirse, de algún modo, en pie de igualdad con las demás personas.

Åsa Källström y Sara Thunberg

Resumen

Una de las formas en que las personas jóvenes pueden reducir el riesgo de problemas asociados a haber vivido violencia familiar es hablar de sus experiencias con una persona profesional que las acompañe. Sin embargo, se sabe poco sobre cómo valoran las personas jóvenes la calidad de esas relaciones. El objetivo de este estudio fue analizar lo que las personas jóvenes describen como valioso en su relación con la persona profesional con la que hablaron de sus experiencias de violencia familiar. Se analizaron, mediante un método temático, catorce entrevistas semiestructuradas con nueve jóvenes de entre 12 y 19 años. Las personas participantes se reclutaron en el marco de la evaluación de un programa de tratamiento en Suecia. El análisis temático puso de manifiesto cuatro temas diferenciados sobre lo que las personas jóvenes describían como aspectos especialmente valiosos de la relación de acompañamiento: la oportunidad de hablar, un modelo para otras relaciones y el hecho de «entrar y salir» del tema de la violencia, valorado por adolescentes de menor edad; y que se les escuchara «casi como a una persona adulta», valorado por adolescentes de mayor edad. El hilo conductor común que se desprendió del análisis fue la importancia, para las personas jóvenes, de sentirse de algún modo en pie de igualdad con las demás. La calidad de la relación entre quien ayuda y quien recibe la ayuda tiene una importancia central para las personas jóvenes, como también la tiene lo que, desde su punto de vista, constituye concretamente esa calidad para adolescentes de menor y de mayor edad, respectivamente. Los resultados indican que es beneficioso que quienes acompañan sean especialmente flexibles con la juventud expuesta a la violencia y sepan establecer con ella relaciones de confianza.

Palabras clave: Jóvenes, Infancia testigo de violencia en la pareja, Violencia doméstica, Investigación cualitativa, Relatos de la infancia

Introducción y revisión de la literatura

Durante la infancia y la juventud se puede vivir la violencia de una figura parental contra la otra a lo largo de periodos más o menos largos. Aunque tanto las madres como los padres pueden ejercer esta violencia, la mayor parte de la investigación indica que la violencia de los padres contra las madres constituye para la juventud un riesgo más grave que la inversa (p. ej., Miller et al. 2014). Es bien sabido que vivir esta violencia durante la infancia aumenta el riesgo de desarrollar problemas emocionales o psicológicos, como la depresión o el estrés postraumático, así como problemas de conducta y de relación (Holt et al. 2008; Kitzmann et al. 2003). Muchas personas menores de edad ocultan su «secreto» a todo el mundo, porque, si otras personas se enteraran, la vergüenza sería devastadora; y una de las posibles consecuencias de vivir con la vergüenza que la violencia familiar supone para buena parte de ellas es que su autoestima resulte dañada (ibid.).

La violencia contra la madre parece afectar menos a la salud psicosocial en la adolescencia que en edades más tempranas, quizá porque en la adolescencia se puede evitar mejor la violencia o se tiene más distancia emocional respecto de la madre y el padre (Levendosky et al. 2002). Sin embargo, hay indicios de que vivir violencia en la relación de pareja de la madre y el padre durante la primera infancia puede tener consecuencias también en la adolescencia, e incluso en la adultez temprana (Cater et al. 2015; Moylan et al. 2010).

Si una persona joven reacciona, y cómo y cuánto, ante la exposición a la violencia en la relación de su madre y su padre es algo que varía. Algunas parecen capaces de movilizar la resiliencia necesaria para hacer frente a las experiencias violentas y superarlas así sin daños a largo plazo en su desarrollo psíquico (Howell et al. 2010; Levendosky et al. 2002). El riesgo de que la salud y el desarrollo psíquicos y psicosociales de la persona joven se vean afectados negativamente aumenta con la gravedad de la violencia vivida y con el tiempo durante el que se ha prolongado (Kitzmann et al. 2003). La violencia familiar incluye a menudo violencia contra las propias personas menores de edad, lo que también aumenta el riesgo de consecuencias negativas para ellas (Annerbäck et al. 2012). Además, para comprender plenamente las experiencias de violencia familiar en la infancia hay que incluir no solo los incidentes de violencia física, sino también las formas de control coercitivo entretejidas en la vida cotidiana (Katz 2016).

Sin embargo, las personas jóvenes no son meras víctimas pasivas de la violencia familiar: la manera en que comprenden lo ocurrido influye también en el impacto de la violencia en su vida (Graham-Bermann et al. 2017). La forma en que interpretan y comprenden sus experiencias de violencia en la relación de su madre y su padre puede verse influida por el hecho de hablar con otras personas. Una manera de reducir algunos de los problemas antes mencionados es, por tanto, dar a las personas jóvenes la oportunidad de hablar de sus experiencias (Cohen et al. 2011; Graham-Bermann et al. 2011). Por ejemplo, profesionales del trabajo social pueden ofrecer acompañamiento. Sin embargo, estas intervenciones no ayudan a todas las personas menores de edad (Broberg et al. 2011).

Howe (2008) subraya que las buenas relaciones entre profesionales del trabajo social y personas usuarias forman parte, de hecho, de los cambios en la vida de las personas que persigue el trabajo social. Trevithick (2003) considera que precisamente por ello quienes ejercen el trabajo social necesitan una comprensión teórica de la importancia de construir y mantener buenas relaciones con las personas usuarias, así como la capacidad de trasladar ese conocimiento a la práctica. La importancia de la calidad de la relación entre quien ayuda y quien recibe la ayuda para el resultado de las intervenciones con jóvenes parece sólida y constante (Shirk y Karver 2003). Sin embargo, lo que constituye realmente la «calidad» depende de concepciones subjetivas, y se sabe poco sobre cómo valoran las personas jóvenes la calidad de esas relaciones. En particular, dado que la mayoría de los estudios citados son de naturaleza cuantitativa, se necesita investigación basada en relatos cualitativos de las personas jóvenes para comprender mejor sus experiencias de violencia familiar y el crecimiento posterior a la violencia.

En este contexto, el objetivo de este estudio es utilizar los relatos de las personas jóvenes para analizar lo que expresan como valioso en su relación con la persona profesional con la que hablaron de sus experiencias de violencia familiar.

La importancia de la etapa adolescente en el acompañamiento tras experiencias de violencia

Durante la adolescencia, las personas avanzan hacia la adultez desarrollando más autonomía y responsabilidad, y configuran su identidad consolidando sus capacidades cognitivas y accediendo a privilegios sociales (Geldard et al. 2016; Herman 2012). Un factor importante que influye en este desarrollo son las respuestas emocionales de las demás personas (Geldard et al. 2016; Herman 2012). Sin embargo, la relación entre una persona profesional adulta y una joven víctima de maltrato puede ser bastante desigual (Cater 2014). Por eso es especialmente importante saber qué consideran importante las propias personas jóvenes en las intervenciones basadas en la conversación que se les ofrecen.

La adolescencia se divide y se describe cada vez más en franjas de edad más estrechas, con expectativas sociales diferentes en cuanto a la madurez y la proximidad a la adultez (Steinberg 2008; Geldard et al. 2016). Por ejemplo, a quienes están en la adolescencia tardía se les atribuye más responsabilidad sobre su bienestar que a quienes están en la adolescencia temprana, para quienes esa misma responsabilidad se atribuye principalmente a la madre y al padre (Geldard et al. 2016; Steinberg 2008). Por lo tanto, los análisis de lo que las personas jóvenes valoran en las relaciones de acompañamiento deben tener en cuenta la edad.

La adolescencia es también el momento en que se desarrolla una identidad de género. Parte de la literatura sostiene que los hombres, a diferencia de las mujeres, tienden a ignorar, negar o reprimir sus emociones (Burcar 2005). En la misma línea, algunas investigaciones han constatado que las mujeres utilizan a menudo estrategias centradas en las emociones para buscar apoyo o expresar sus sentimientos en el marco de las relaciones sociales, mientras que los hombres tienden a gestionar sus experiencias mediante la evitación, el distanciamiento o la distracción (p. ej., Copeland y Hess 1995). Nolen-Hoeksema y Aldao (2011), en cambio, no encontraron tales diferencias de género. En la línea de estos últimos, Burcar (2005) muestra que los hombres jóvenes quieren apoyo, aunque no necesariamente el tipo de apoyo que ofrecen los servicios. Por ejemplo, quieren más ayuda práctica. Así pues, el género también debe tenerse en cuenta en el análisis de lo que las personas jóvenes valoran en las relaciones de acompañamiento.

A partir de la investigación presentada, sostenemos que las descripciones que hacen las personas jóvenes de lo que consideran valioso en su relación con una persona profesional deben entenderse en relación con la vulnerabilidad que conlleva la exposición a la violencia, pero también con lo que significa estar a punto de pasar de la infancia, con su dependencia de la madre y el padre que les expusieron a la violencia (y de otras personas adultas), a la adultez (Uprichard 2008; Geldard et al. 2016). Esta comprensión exige también reconocer la posible importancia de la edad y/o del género, dos variables que se incluyen en el presente estudio.

Método

Este artículo se basa en entrevistas cualitativas realizadas en el marco de la evaluación del Modelo de la Escalera (Trappan-modellen), un modelo de acompañamiento para niñas, niños y jóvenes que han vivido violencia en la relación de su madre y su padre, pero que no han alcanzado necesariamente un nivel de riesgo determinado ni desarrollado síntomas específicos (Arnell y Ekbom 2010; Cater 2009). El Modelo de la Escalera fue desarrollado por Save the Children y se describe en un manual de Arnell y Ekbom (2010). El modelo consiste en un acompañamiento individual en crisis cuyo objetivo es dar a las personas jóvenes la oportunidad de elaborar sus experiencias traumáticas, preferentemente una vez que la amenaza ha cesado. Puede ofrecerse en una casa de acogida, por parte de una ONG o de los servicios sociales públicos. El modelo consta de 3–8 sesiones individuales de 30–60 min cada una, durante las cuales el manual permite un uso flexible de los temas propuestos.

A lo largo de un año se incluyó en el estudio a todas las personas de 4–19 años inscritas voluntariamente en el acompañamiento del Modelo de la Escalera en una unidad pública de trabajo social que ofrece apoyo y ayuda a la infancia y la juventud, lo que dio un total de 36 participantes. En dos ocasiones, justo después de haber participado en el acompañamiento y un año después de que este terminara, se invitó a todo el grupo a participar en entrevistas semiestructuradas con preguntas abiertas sobre el acompañamiento. Estas entrevistas tenían por objeto identificar las percepciones de las personas entrevistadas y recoger sus descripciones del acompañamiento. En este artículo, centrado en comprender las experiencias y opiniones específicas de la adolescencia, se utilizan las entrevistas con las nueve personas jóvenes mayores de 12 años para analizar lo que expresan como valioso en su relación con una persona profesional adulta; en la mayoría de los casos se trataba de profesionales con formación en trabajo social.

Participantes

Este estudio incluye a cuatro chicos y cinco chicas que tenían entre 12 y 19 años en el momento de la primera entrevista y a quienes se entrevistó en una o en ambas ocasiones. Los chicos tenían de media 14 años y las chicas, 17. El análisis se basa en 14 entrevistas: uno de los chicos y tres de las chicas solo participaron en la primera entrevista, mientras que tres chicos y dos chicas participaron también en la segunda. (En total, por tanto, se realizaron nueve entrevistas inmediatamente después de terminar el acompañamiento y cinco un año más tarde.) Este artículo no pretende comparar lo que las personas jóvenes dijeron justo después del acompañamiento con lo que expresaron un año después. Sin embargo, como ambas entrevistas incluyen preguntas sobre la relación de acompañamiento, las entrevistas de las dos ocasiones se utilizan conjuntamente (en el caso de quienes tuvieron dos entrevistas) para ofrecer una base más completa a los análisis.

Procedimiento

El procedimiento del estudio fue aprobado por el comité regional de ética de la investigación (número de expediente suprimido para la revisión anónima) y siguió los principios éticos recomendados para los proyectos de ciencias sociales. Sin embargo, incluir en la investigación a menores en situaciones de vulnerabilidad, como haber vivido violencia, exige una atención especial a la ética de la investigación (Cater y Överlien 2014). Los criterios de inclusión de la infancia y la juventud en la intervención eran: (1) haber vivido violencia contra su madre por parte de la pareja de esta, y (2) tener entre 4 y 19 años.

Cater y Överlien (2014) sostienen que algunas circunstancias pueden complicar especialmente la cuestión del consentimiento en la investigación con la infancia expuesta a violencia doméstica. Por un lado, puede ser necesario establecer un primer contacto con quienes ejercen la tutela legal para ayudar a la persona menor de edad a sentirse en confianza al hablar de estas cuestiones en una situación de entrevista. Por otro lado, si quien ejerce la violencia y/o la víctima son quienes tienen la tutela legal, su participación puede verse obstaculizada, ya sea porque quien ejerce la violencia no la reconoce como tal, ya sea porque la víctima u otra persona adulta quiere protegerla de estas cuestiones. Por eso, exigir el consentimiento únicamente de la figura parental víctima puede ponerla en peligro cuando/si quien ejerce la violencia descubre que su hijo o hija participa en un proyecto de investigación centrado en lo que él o ella ha hecho. Por otro lado, también podría correr peligro si el equipo de investigación pidiera el consentimiento a quien ejerce la violencia. Se trata de un dilema difícil. En este estudio, antes de comenzar el acompañamiento, el personal de la unidad informó brevemente sobre el estudio a cada joven (si tenía 15 años o más) o a sus madres (si eran menores de 15 años) y les preguntó si deseaban más información. En caso afirmativo, el equipo de investigación les informó del estudio con más detalle.

Tras valorar la conveniencia de participar, las personas jóvenes de 15 años o más rechazaron o dieron su consentimiento, mientras que las madres de menores de 15 años lo rechazaron o lo dieron en nombre de sus hijas e hijos. El lugar y la hora de la entrevista se fijaron después según sus preferencias. A quienes tenían menos de 15 años se les informó sobre el estudio y se les invitó a participar en presencia de su madre, y dieron su consentimiento de forma oral. Antes de la entrevista, la persona joven (de 15 años o más, ya que es la edad del consentimiento legal según la legislación sueca) o la madre firmó un formulario de consentimiento por escrito. Se informó a todas las personas participantes de su derecho a poner fin a su participación en el estudio en cualquier momento. Aunque todas las personas a las que se preguntó aceptaron participar en esa fase, no siempre fue posible realizar las entrevistas tras el acompañamiento, por razones prácticas o porque la persona joven (o la madre) prefirió interrumpir su participación en el estudio.

En las entrevistas individuales se utilizó una guía de entrevista semiestructurada con preguntas abiertas. Las entrevistas incluían preguntas como: ¿Puedes contarme qué ha significado para ti el acompañamiento? ¿Hay algo que te resulte más difícil o más fácil desde que hiciste el acompañamiento? ¿Hubo algo en particular que [la persona profesional] dijera o que hicierais en las sesiones que marcara una diferencia para ti? Las descripciones de las personas jóvenes se aclararon y profundizaron mediante preguntas de seguimiento formuladas de manera abierta, a partir de lo que habían dicho y de cómo se habían expresado antes en la entrevista (cf. Greig y Taylor 1999; Korkman et al. 2008). Las entrevistas las realizó la persona que firma en primer lugar, con formación en trabajo social y amplia experiencia en entrevistas a menores con fines de investigación. Las entrevistas tuvieron lugar en una sala tranquila y aparte de la unidad o en el domicilio, según el deseo de la persona joven (o de la madre, si era menor de 15 años). Se invitó a las madres de menores de 15 años a permanecer en una sala contigua durante las entrevistas, pero ninguna lo hizo en la muestra utilizada en este estudio. Las entrevistas no se grabaron en audio, sino que la persona que entrevistaba las anotó por escrito durante su desarrollo. Aunque las formulaciones clave se leyeron en voz alta a la persona informante para garantizar la exactitud de la transcripción, las citas de la sección de resultados deben leerse teniendo esto en cuenta.

Análisis

Las entrevistas se analizaron mediante un análisis temático centrado en su contenido (cf. Braun y Clarke 2006). El análisis temático se utilizó para comprender mejor lo que las personas jóvenes con experiencias de violencia familiar consideran importante en una relación de acompañamiento, y pretendía reforzar la fiabilidad de los resultados mediante una especie de proceso de fiabilidad intercodificación. Por ello, las dos personas firmantes realizaron el análisis por separado y de forma conjunta, siguiendo estas etapas: en primer lugar, ambas se familiarizaron con los datos y anotaron sus primeras ideas. En segundo lugar, la persona que firma en primer lugar generó códigos iniciales identificando los datos que respondían de algún modo al objetivo del estudio y agrupó esos códigos en temas. En tercer lugar, la otra persona firmante utilizó esos temas y volvió a codificar las entrevistas. En cuarto lugar, ambas revisaron y discutieron los temas, y surgió un nuevo tema, lo que dio lugar a una nueva codificación por parte de la segunda persona firmante. En quinto lugar, la primera revisó el análisis y se mostró de acuerdo con los resultados. En sexto lugar, se controlaron los resultados según el género y la edad de las personas participantes para examinar semejanzas y diferencias entre ellas. Después, la autoría volvió a discutir los resultados. El análisis dio lugar a cuatro temas generales, que se referían tanto a aspectos generales de hablar de la violencia con una persona profesional como a aspectos específicos de hablar (y escuchar) en una situación de acompañamiento. La fase final del análisis consistió en buscar lo que los temas tienen en común para identificar un contenido común en un nivel más abstracto.

Resultados

Todas las personas jóvenes expresaron experiencias positivas de haber hablado de la violencia con una persona profesional. Sin embargo, hablar de la violencia no fue fácil, y varias la describieron como algo doloroso. Es comprensible, ya que uno de los síntomas más frecuentes del estrés postraumático es intentar evitar todo lo que recuerda el acontecimiento traumático (Connor et al. 2014). Por eso puede ser necesario recibir ayuda para superar el impulso de evitar hablar del acontecimiento y poder así dejarlo atrás.

Dentro de estas experiencias positivas, aunque dolorosas, pudieron identificarse en las entrevistas cuatro temas diferenciados, a partir de lo que las personas jóvenes describían como especialmente valioso en la relación de acompañamiento en la que habían participado. Dos se referían a aspectos más generales de hablar, y dos a aspectos específicos de la naturaleza del habla (y de la escucha) dentro de la relación de acompañamiento. La oportunidad de hablar y un modelo para otras relaciones fueron valorados en todas las franjas de edad, mientras que «entrar y salir» del tema de la violencia fue valorado por adolescentes de menor edad, y que se les escuchara «casi como a una persona adulta», por adolescentes de mayor edad.

La oportunidad de hablar

El primer tema lo constituyen las descripciones del valor general de tener a alguien con quien hablar de la violencia. Estas descripciones permitieron así comprender lo que hablar dentro de la relación de acompañamiento significaba para las personas jóvenes. Muchas contaron que hablar de la violencia les había ayudado a no pensar tanto en ella:

Te quedas como un poco vacío cuando se lo has contado a alguien [lo de la violencia], y te sientes mucho mejor, creo. […] Porque si [los pensamientos] están aquí dentro piensas en ellos todo el rato, pero si se lo cuentas a alguien, al cabo de un tiempo se te olvida, no piensas en ello. (Chico, 15 años)

Las personas jóvenes describieron como un alivio y una alegría que ahora, después del acompañamiento, ya no tengan que pensar en la violencia todo el tiempo.

Algunas personas jóvenes describieron explícitamente el valor de hablar dentro de la relación de acompañamiento en relación con la falta de otras fuentes de apoyo de este tipo:

Las charlas estuvieron bien porque no he hablado de esto con mucha más gente. Poder hablar hizo que doliera menos. Cuanto más hablas, menos duele. (Chica, 19 años).

Las personas jóvenes expresaron así su gratitud por no tener que andar todo el tiempo pensando en la violencia y sintiendo tristeza y dolor.

Algunas describieron también cómo antes podían ocurrir cosas que les hacían empezar a pensar en la violencia y sentirse mal, pero que después del acompañamiento descubrían con alivio que podían afrontar esas situaciones sin pensar en la violencia durante el resto del día. Ahora que pueden hablar de ello, las experiencias ya no les pesan tanto:

Podía pasar algo durante el día y enseguida me ponía a pensar en eso [la violencia] y me sentía fatal, pero eso ya no me pasa y es un alivio enorme. (Chica, 19 años)

La manera en que las personas jóvenes subrayaron la importancia de tener la oportunidad de hablar de sus experiencias de violencia respalda los resultados de la literatura según los cuales la juventud necesita personas adultas con quienes hablar de la violencia familiar (cf. Graham-Bermann et al. 2011). Pensar constantemente en la violencia sería especialmente difícil durante la adolescencia, cuando otras cosas (como los cambios biológicos, el desarrollo de la identidad y la construcción de relaciones sociales) ocupan el primer plano y cuando también cobra cada vez más importancia cómo te ven y te responden las demás personas (cf. Geldard et al. 2016; Burcar 2005). Según las descripciones de las personas jóvenes, el acompañamiento —al menos aplicado en el marco de una relación de acompañamiento flexible y empática— podía ayudarles a dejar de pensar en la violencia de un modo deprimente y a empezar, en cambio, a sentirse más como las demás personas. Esto lo expresaron tanto chicas como chicos, y no respalda, por tanto, la idea de que los chicos adolescentes eviten expresar sus sentimientos en las relaciones (cf. Copeland y Hess 1995).

Un modelo para otras relaciones

Un segundo tema lo constituye la descripción de la relación de acompañamiento como un modelo para aprender a actuar, a posicionarse y a hablar en otras relaciones, o como algo que, de otras maneras, les enseñó a hacerlo. Las entrevistas con las personas jóvenes incluían varias descripciones de cómo la relación de acompañamiento les ayudó a romper el aislamiento social que habían generado las experiencias de violencia. Para algunas, se trataba de relaciones dentro de la familia:

Aprendí otra forma de pensar en cómo podía ayudar a mejorar la relación entre mi madre y yo, con actividades, paseos y pensando en otras cosas. […] Antes casi no tenía trato con mi madre, solo vivía allí y me pasaba casi todo el tiempo fuera: «¡vale, adiós!». (Chica, 17 años)

Esta cita muestra cómo la chica apenas tenía antes relación alguna con su madre y se limitaba a vivir bajo el mismo techo. No está claro si fue la joven quien se retiró de la relación, pero describió cómo pudo utilizar experiencias del acompañamiento para mejorar su relación con su madre.

En otros ejemplos, las experiencias del acompañamiento se utilizaron para establecer relaciones más igualitarias con otras personas:

[Después de las charlas], ya no dejas que la gente te pisotee ni que hable a tus espaldas ni cosas así. Lo que se me ha hecho más difícil es que no soporto que me traten mal. (Chica, 19 años)

La chica del ejemplo anterior parece haber vivido malos tratos por parte de otras personas, mientras que otras personas jóvenes contaron que antes eran ellas mismas quienes adoptaban una posición subordinada:

Antes no me lo había planteado, que no tenía por qué seguir a todo el mundo. […] He aprendido que no tengo que machacarme tanto, como hago normalmente, y que no tengo la culpa cuando pasan cosas. […] A no ser tan insegura con lo que hago. Antes dudaba, y no hacía cosas porque pensaba que no valía lo suficiente. […] Porque me echaba la culpa de todo lo que pasaba. (Chica, 17 años)

Esta cita ilustra cómo la chica se había adaptado antes a lo que creía que querían las demás personas, quizá para no ofender a nadie o como un intento de evitar que nuevas situaciones desembocaran en violencia. En ambas citas queda claro, además, que es la violencia la razón de la retirada de estas jóvenes, ya que esa retirada implica rumiar preocupaciones de una manera que puede considerarse una expresión del trauma (verse arrastrada hacia dentro por todos los recuerdos de episodios violentos) y/o de maneras que forman parte de su imagen de sí mismas (cf. Connor et al. 2014).

En todos los ejemplos se describe algún tipo de cambio positivo en las relaciones sociales de las personas participantes, y algunas lo relacionaron explícitamente con su relación con la persona profesional:

Antes pensaba que no valía mucho, pero ahora sé hacerme valer más porque creo que lo valgo, y mucho de eso viene de las conversaciones, de que pude hablar y de que había alguien que escuchaba y entendía. (Chica, 19 años).

Este ejemplo ilustra claramente la relación vivida entre haber sido escuchada por la persona profesional, sentir que «lo vale» y ser ahora más asertiva con las demás personas.

Está claro que son sobre todo las chicas del estudio las que expresan que se retiraron de la vida social y de las relaciones, y que dejaron de pedir ayuda, como consecuencia de sus propios sentimientos o de cómo las habían tratado o excluido otras personas dentro o fuera de la familia, o de una combinación de ambas cosas. Pero no se trataba simplemente de que las chicas tuvieran un conjunto de necesidades de acompañamiento (en relación con lo que la violencia había supuesto para su situación vital y sus emociones) y los chicos necesidades completamente distintas, ya que uno de los chicos también expresó dolor por sentirse apartado de su familia, y rabia hacia quienes consideraba responsables de ello, al tiempo que describía cómo le había ayudado el acompañamiento:

Éramos nosotros dos: yo y mi hermana, que teníamos ciertos deseos, y ellos dos: mamá y el hombre, que hacían fiestas, y los niños teníamos que adaptarnos. Si no [hubiera hecho este acompañamiento] no te habría contado nada personal, ¡jaja! […] [Desde el acompañamiento] no uso mis sentimientos como defensa, sino que los dejo a un lado un rato, porque es fácil que los sentimientos se líen y tomen el control. Y entonces es fácil odiar a tus padres por algo, y a lo mejor te dan ganas de ir allí y darles una paliza o algo así. (Chico, 17 años)

En las descripciones de las personas jóvenes, la violencia generaba dificultades en las relaciones sociales, tanto porque la vergüenza por la violencia les lleva a retirarse como porque se les hacía difícil gestionar sus propios sentimientos agresivos. Las conversaciones sobre la violencia con una persona profesional adulta habían ayudado a estas personas jóvenes a manejar mejor esas relaciones y sus experiencias de ellas. Por esta razón, la relación de acompañamiento puede verse como un modelo para relaciones futuras, al desarrollar una experiencia de relaciones positivas que pueden utilizar para gestionar las siguientes. En algunas entrevistas quedaba claro que era la experiencia de la relación la que había servido de modelo para las comprensiones de la persona joven; en otras, estas podían haber surgido de aquello de lo que se habló.

Utilizar la relación de acompañamiento como modelo para desarrollar otras relaciones puede ser especialmente importante para jóvenes que han vivido violencia familiar, porque ayuda a contrarrestar riesgos que a menudo se asocian a ella. En primer lugar, las entrevistas indicaban que el acompañamiento había ayudado a muchas personas jóvenes a romper el aislamiento asociado con frecuencia a la violencia familiar (cf. Levendosky y Graham-Bermann 2001). En segundo lugar, la autoestima que algunas personas jóvenes de este estudio parecen haber desarrollado gracias a un acompañamiento centrado en su valía personal, que les ayudó a comprender que no tienen por qué hacer todo lo que otras personas les piden o esperan de ellas. Esto puede ayudar a contrarrestar el riesgo asociado de sufrir violencia en el futuro (cf. Murray et al. 2016). En tercer lugar, desarrollar habilidades para hablar de las emociones puede contrarrestar el mayor riesgo de recurrir a la violencia para resolver conflictos, con el que se asocia el hecho de haber vivido violencia familiar (Moylan et al. 2010). Cabe señalar, no obstante, que, aunque tanto chicas como chicos de este estudio describieron haber utilizado de un modo u otro la relación de acompañamiento como modelo para otras relaciones, ningún chico menor de 14 años lo hizo.

«Entrar y salir» del tema de la violencia: lo que valoran adolescentes de menor edad

El tercer tema es el primero de los que se refieren a la naturaleza del habla dentro de la relación de acompañamiento, y está representado por todas las personas jóvenes del estudio menores de 14 años. Cuando contaban que el acompañamiento les había ayudado, o que hablar les había sentado bien, no siempre se referían solo a la palabra. Expresaban, más bien, de distintas maneras que había sido especialmente positivo poder adentrarse en el tema de la violencia y después alejarse de él en el transcurso de la conversación. Algunas lo expresaron con ejemplos en los que podían dibujar o escribir:

Hemos hablado de sentimientos, y de cómo es, y lo hemos dibujado y hablado. Sentimientos como estar enfadado, tener miedo, asustarse, casi de todo. Hemos escrito y hablado mucho. Escrito lo que pasó y eso. Dibujado lo que pasó. […] Era mejor dibujar que hablar. Dibujas como un cómic. Seis viñetas. Del principio al final. Y luego hablas de ello. Casi todo fue divertido. (Chico, 13 años)

Parecía que dibujar era un aspecto del acompañamiento especialmente valorado en la adolescencia temprana. El dibujo también parecía directamente vinculado a la violencia, en la medida en que las citas indican que asociaban recuerdos violentos a las imágenes. Aunque al parecer dibujaron situaciones que tenían que ver con la violencia, una interpretación plausible de estas descripciones es que dibujar podía ser una especie de pausa en la dolorosa conversación sobre la violencia, aunque las imágenes también trataran de ella.

Otras personas jóvenes, en cambio, describieron actividades que no parecían relacionadas en absoluto con hablar de la violencia, y hablaron de los efectos que esas actividades habían tenido en ellas:

[Lo mejor de hablar es] cuando nos divertimos juntos, jugamos […] Jugar a juegos con [la persona que me acompañaba]. Juegos de dados […]. Los juegos eran divertidos y te ponías a reír y entonces pensabas menos en [la violencia]. (Chico, 12 años)

Algunas entrevistas indicaban, sin embargo, que el valor de las actividades no relacionadas con la violencia tenía que ver con la señal que enviaban a la persona joven, a saber, que la persona profesional estaba dispuesta a adaptarse a su estado emocional y a sus necesidades del momento:

E: ¿Qué fue lo mejor de hablar?

No sé, pero seguramente una vez que nos sentamos a jugar a un juego, y ayudó un poco que alguien pueda tener en cuenta que estás un poco depre. (Chica, 13 años)

Pueden identificarse así dos maneras distintas en que las personas profesionales adultas ofrecían a las personas jóvenes un respiro en el acompañamiento centrado en la violencia. Una consistía en implicarlas en una actividad vinculada a su experiencia de violencia, pero que podía desviar la atención de la conversación propiamente dicha, aunque solo fuera por un rato. La otra consistía en hacer una pausa total en el tema de la violencia haciendo algo completamente distinto, y solo más tarde volver a la experiencia de violencia de la persona joven. Estas técnicas permitían a las personas jóvenes elaborar sus experiencias a su propio ritmo.

Entre adolescentes de mayor edad hubo también un ejemplo parecido al de entrar y salir del tema de la violencia:

La violencia no me afectó, pero todo el mundo necesita hablar de sí mismo, de cosas personales que le han pasado. Pero mucho ha estado relacionado con lo que pasó y con mi relación con el hombre con el que estaba mi madre. (Chico, 17 años)

En esta cita, el chico también parecía acercarse a la violencia y alejarse de ella, pero de otra manera. Aquí no se trata de otras actividades, sino de situar la violencia en relación con su propio estado de ánimo. No lo interpretamos como un caso de entrar y salir del tema de la violencia, sino más bien como el de un chico que se centra todo el tiempo en la violencia con el objetivo de comprender cómo las experiencias de violencia contra su madre se relacionaban con su manera de sentirse.

Este ejemplo aclara por contraste lo que entendemos por entrar y salir del tema de la violencia: hacer una pausa temporal en la conversación sobre la violencia y dedicarse durante un rato a algo completamente distinto, antes de volver a hablar de la violencia. Da igual que esa «cosa completamente distinta» consista en hablar de viajes, jugar o dibujar, aunque la persona joven dibuje una situación vinculada a la violencia. Lo importante es que todos estos tipos de «interrupciones» dan a las personas jóvenes un momento de respiro en la elaboración activa de la violencia.

Cuando una persona profesional adulta habla con una persona joven que ha vivido violencia, son muchos los factores que aumentan el riesgo de que, sin quererlo, haga que la conversación resulte abrumadora para la persona joven. Entre ellos figuran sus diferentes papeles dentro de la relación de acompañamiento, sus distintos niveles de madurez y la cantidad de conversación sobre la violencia que pueden soportar (Cater 2014). Aunque hablar de la violencia puede ser evidentemente doloroso para la persona profesional, podría serlo aún más para quienes la vivieron en carne propia. Ofrecer a la persona joven oportunidades de «descansar» temporalmente de temas de conversación dolorosos puede ser, por tanto, una manera de que la persona adulta reduzca el efecto de la desigualdad de poder inherente a la relación (Geldard et al. 2016; cf. Hydén y Överlien 2013). Como resultado, la persona joven puede tener más control sobre la conversación. Mientras que dibujar también puede ofrecer un periodo de distancia temporal respecto de la relación de acompañamiento, jugar juntas a algo, por ejemplo, podría ser más bien una manera de reforzarla directamente.

Que se les escuche «casi como a una persona adulta»: lo que valoran adolescentes de mayor edad

El último tema, y el segundo relativo a la naturaleza del habla dentro de la relación de acompañamiento, surge en relación con adolescentes de mayor edad y se refiere al «aspecto de escucha del habla». Este aspecto solo lo mencionaron chicas y chicos mayores de 16 años, que destacaron como especialmente positivas maneras concretas en que la persona profesional había gestionado la relación. En algunas entrevistas, las personas jóvenes describieron el valor de ser escuchadas:

La primera vez que hablé, me escuchó de una manera en la que creo que la mayoría de la gente quiere que la escuchen […]. Me dio la impresión de que quería escuchar lo que se decía. (Chico, 17 años)

En otras, expresaron el valor de encontrar comprensión y reconocimiento de los sentimientos que habían generado las experiencias de violencia:

[Lo mejor de hablar fue], diría yo, el ánimo. Alguien que de verdad escucha lo que dices y no se queda ahí sentado asintiendo con la cabeza, sino que te da —quizá no consejos ni trucos—, pero que a lo mejor te contesta «Eso tuvo que ser horrible para ti». Claro que, si es demasiado, puede quitarle importancia… Quizá es que te dicen que tenías razón. Que «no hiciste nada malo. Tuvo que ponerte muy triste», que «el que hizo algo malo es él». (Chica, 19 años)

En una entrevista, lo que supone una relación así con una persona adulta en un papel de ayuda se contrastó con una experiencia anterior:

Mira, en mi instituto hay una orientadora. Fue a ella a quien acudí primero, y fue por cómo lo llevó… Habló con mi profesora sin hablar antes conmigo. […] Una profesora se me acercó en el pasillo, muy seria, y me preguntó «¿Va todo bien en casa?», y yo en plan «¿¡Qué!?», y luego otra profesora reaccionó de forma parecida, y pensé que ella debería habérmelo preguntado primero a mí. […] Creo que estuvo mal que se lo contara a otras personas antes de preguntarme. (Chica, 19 años)

Como difícilmente puede combinarse una comprensión empática de la situación de una joven que ha vivido violencia en la familia con la traición de su confianza en el sentido que describe la cita, nuestra interpretación es que tener confianza en la persona profesional porque se comporta de manera digna de confianza es una expresión de haber percibido esa empatía.

En otra entrevista, una persona joven describió cómo la profesional adulta le ofreció varias opciones sobre la manera de hablar, algo que valoró y que hizo posible la conversación:

La primera vez me preguntó si hablaba yo o si me hacía ella preguntas, y lo que me lo puso mucho más fácil fue que le dije que me preguntara ella. De verdad que marcó la diferencia. […] Siempre me ha costado explicar las cosas. Siempre me ha costado ponerme a hablar. Es más fácil si alguien pregunta, así puedo pensar lo que quiero decir. (Chica, 17 años)

Estos ejemplos concretos de lo que hicieron las personas profesionales adultas durante el acompañamiento quizá sean lo que constituye la sensación de haber sido tratada como una igual, tal como expresó claramente otra chica:

Ella [la profesional] no era como los demás. Era muy… Hablaba conmigo como si yo fuera una… Cuando estaba aquí, nunca sentí que me tratara como… sino como una amiga, igual a ella en cierto modo. Nunca me sentí inferior, siempre valía tanto como ella. Yo importaba. Creo que era su manera de ser. No era en plan: este es nuestro orden del día. Íbamos tomando las cosas como venían. Si yo venía y sentía que no podía con hablar de algo. No era solo en mis términos, sino en los de las dos. De verdad sentía que la que importaba era yo. (Chica, 19 años)

Este ejemplo describe también un tipo de adaptación por parte de la persona profesional (si la chica no se sentía con fuerzas para hablar tanto como exigía el «orden del día», no tenía por qué hacerlo). Lo que está claro es que esa adaptación, quizá combinada con otros factores no mencionados, le dio una sensación de valía personal y de ser importante.

Interpretamos que las expresiones de empatía, confianza e igualdad de las personas jóvenes están interrelacionadas, o más bien se comprenden unas en relación con otras, y también en relación con lo que se siente al ser joven en una relación de acompañamiento con una persona adulta centrada en recuerdos personales dolorosos: una gran vulnerabilidad. Si una persona joven se encuentra en una etapa de la vida (la adolescencia) que se caracteriza por estar a punto de entrar en otra etapa (la adultez) (Geldard et al. 2016; Steinberg 2008; Uprichard 2008), y recibe un trato de persona adulta y se siente en pie de igualdad con una persona adulta que ejerce un papel de acompañamiento, esto puede percibirse como un símbolo importante de que se la considera preparada para ser acogida en el nuevo grupo. Esto subraya además la importancia de reducir la desigualdad de poder inherente a la relación entre profesional y persona usuaria, para reforzar la capacidad de las personas jóvenes con experiencias de violencia de manejar esas experiencias y mejorar su bienestar (cf. Hydén y Överlien 2013).

Edad, violencia e igualdad percibida

En el material de entrevistas se identificó un patrón según el cual las personas participantes de menor edad valoraban con más frecuencia haber tenido la oportunidad de descansar de hablar de la violencia, mientras que las de mayor edad describían más a menudo que valoraban que se las tratara casi como a personas adultas. Nuestro análisis, en cambio, no reveló patrones relacionados con el género. Desde un punto de vista teórico, la edad es una categoría compleja, y la investigación previa se ha centrado a menudo en las etapas vitales más que en las edades (p. ej., Steinberg 2008). Los resultados de este estudio sugieren, por tanto, que, al menos en lo que respecta a lo que se valora en el acompañamiento, es pertinente distinguir entre adolescentes menores y mayores de 15 años. Estas actitudes diferentes ante el acompañamiento pueden apuntar, a su vez, a un salto de madurez en el camino hacia la adultez. Sin embargo, cabe preguntarse también si estos resultados reflejan realmente una mayor necesidad, en la adolescencia temprana (respecto de la tardía), de «jugar» y hacer otras cosas durante el acompañamiento, y una mayor necesidad, en la adolescencia tardía (respecto de la temprana), de tener más voz sobre el contenido de las sesiones y la naturaleza de las relaciones, o si reflejan más bien las ideas de las personas profesionales sobre lo que necesitan adolescentes de menor y de mayor edad (cf. Uprichard 2008).

Otra reflexión se refiere a la importancia de la edad —o de la etapa vital— en relación con el tema del acompañamiento. Si bien poder entrar y salir de la conversación es probablemente especialmente importante en un acompañamiento sobre experiencias de violencia, cabe imaginar que percibir que se recibe un trato empático y de igual a igual tenga más que ver con la etapa vital en la que se está durante la adolescencia que con el hecho de que el acompañamiento trate de la violencia o con el género de la persona joven.

En conjunto, estos resultados parecen tener además algo en común: las descripciones que hacen las personas jóvenes del valor de estar en pie de igualdad con las demás personas. En primer lugar, dentro del tema del valor de hablar, está claro que las conversaciones habían hecho que las personas jóvenes se sintieran más normales y, por tanto, más en pie de igualdad con las demás. En segundo lugar, dentro del tema del uso del acompañamiento como modelo para otras relaciones, romper el propio aislamiento y desarrollar un sentido «normal» de la propia valía también pueden considerarse aspectos de llegar a estar más en pie de igualdad con las demás personas. En tercer lugar, dentro del tema «entrar y salir», recibir esas oportunidades podría entenderse como el resultado de una relación igualitaria, en el sentido de que la persona profesional se adapta a las necesidades de la persona adolescente. El cuarto y último tema incluía ejemplos explícitos en los que el trato igualitario se consideraba un valor central de la relación de acompañamiento. Por lo tanto, nuestra conclusión global y general es que el aspecto más valioso de una relación de acompañamiento para la juventud expuesta a violencia familiar es sentirse, de algún modo, en pie de igualdad con las demás personas. Dado que sufrir violencia puede considerarse una forma extrema de desequilibrio de poder y de subordinación, sobre todo para la juventud, que ya tiende a estar subordinada a las personas adultas, resulta especialmente comprensible el valor que las personas jóvenes atribuyeron a una forma de acompañamiento que les indica que tienen los mismos derechos que las demás personas a influir en las sesiones, a tener relaciones sanas y a sentir normalidad y orgullo.

Discusión

El análisis de las 14 entrevistas con nueve jóvenes de entre 12 y 19 años, que habían vivido violencia familiar y habían recibido acompañamiento por ese motivo, puso así de manifiesto cuatro temas diferenciados sobre lo que describían como aspectos especialmente valiosos de la relación de acompañamiento: la oportunidad de hablar, un modelo para otras relaciones y «entrar y salir» del tema de la violencia, valorado por adolescentes de menor edad; y que se les escuchara «casi como a una persona adulta», valorado por adolescentes de mayor edad. A partir de estos temas, la conclusión general es que las personas jóvenes con experiencias de violencia familiar quieren recibir un trato de igual a igual en su relación de acompañamiento. Recibir un trato de igual a igual puede verse como el contraste directo con lo que supone vivir bajo un control omnipresente y continuo (con tácticas destinadas a intimidar, humillar o degradar), que reduce el margen de acción de la infancia y la juventud (Katz 2016). Así, la experiencia de recibir un trato de igual a igual puede considerarse un requisito previo importante para la capacidad de agencia de las personas jóvenes.

Ante todo, estos resultados respaldan los hallazgos de investigaciones anteriores según los cuales la calidad de la relación entre quien ayuda y quien recibe la ayuda tiene una importancia central para la juventud (p. ej., Shirk y Karver 2003). Una buena relación de acompañamiento —es decir, una relación flexible en el sentido descrito— parece capaz, según las propias descripciones de las personas jóvenes, de reducir los pensamientos dolorosos recurrentes que genera la violencia y también de ayudarles a tener mejores relaciones sociales. Concretamente, mientras que, por ejemplo, Cater (2014) aporta conocimientos sobre maneras de reforzar la participación infantil en las distintas fases del acceso al apoyo, este estudio permite comprender lo que las personas jóvenes valoran una vez concluido el acompañamiento. Además, los resultados de este estudio permiten comprender lo que, desde el punto de vista de las personas jóvenes, constituye concretamente esa calidad en las relaciones de acompañamiento para adolescentes de menor y de mayor edad, respectivamente. De este material de entrevistas se desprende que las personas jóvenes no se retiran de las relaciones sociales para evitar que se les recuerde el trauma, sino más bien porque no se sienten merecedoras de relaciones o porque los pensamientos constantes sobre la violencia no les dejan tiempo para centrarse en las relaciones sociales (cf. Connor et al. 2014). Tanto la evitación de las relaciones sociales como la agresividad en ellas serían obstáculos graves para desarrollar la independencia respecto de la madre y el padre y relaciones íntimas con iguales durante la adolescencia (Herman 2012). Creemos que es a la luz de estas descripciones como deben entenderse los relatos de las personas participantes sobre lo importante que fue para ellas que la persona profesional adulta las escuchara y atendiera a sus deseos y necesidades. Cuando una persona se siente apartada o pisoteada, y no se siente importante ni valiosa, una relación de acompañamiento flexible y empática probablemente transmita ese valor de maneras que las meras palabras quizá no puedan. Y si la persona tiene dificultades precisamente en las relaciones sociales, una relación de acompañamiento puede resultar liberadora/catártica.

Implicaciones para la práctica del acompañamiento

Los análisis de entrevistas con jóvenes sobre lo que valoran en el acompañamiento pueden contribuir a nuestra comprensión de los procesos de acompañamiento y, por tanto, ser valiosos para mejorar las intervenciones. Los resultados de este estudio indican claramente que es beneficioso que quienes acompañan sean especialmente flexibles con la juventud expuesta a la violencia y sepan establecer con ella relaciones de confianza, para que las personas jóvenes puedan ejercer su autonomía (cf. Geldard et al. 2016). Las buenas relaciones entre profesionales y jóvenes que han vivido violencia familiar y reciben acompañamiento parecen exigir, por parte de la persona profesional, una comprensión del papel de la vergüenza y el aislamiento en las dinámicas y las experiencias de violencia en las familias, así como la capacidad de trasladar ese conocimiento a la práctica (Trevithick 2003). Compartiendo su poder de las maneras que describen las personas jóvenes de este estudio, indicándoles que son importantes y dándoles una sensación de valía personal, quienes acompañan pueden permitir que las personas jóvenes vivan la igualdad en la relación de acompañamiento. Por ello, los manuales, además de las técnicas y el contenido de las sesiones, quizá deberían centrarse en cómo pueden las personas profesionales, en la práctica, transmitir igualdad y valía personal, y en cómo pueden aplicar el método con flexibilidad para adaptarse adecuadamente a la persona joven que recibe el acompañamiento. A largo plazo, centrarse en la autonomía de las personas jóvenes en relación con el acompañamiento podría reducir el problema de la juventud que no busca apoyo psicosocial (Wilson y Deane 2012). Además, las personas profesionales del acompañamiento y del trabajo social que desempeñan otras funciones quizá quieran plantearse maneras de animar a las personas de la red de la persona joven (p. ej., familiares y amistades cercanas) a transmitirle esa importancia, igualdad y valía personal.

Los resultados indican además que adolescentes de menor y de mayor edad podrían beneficiarse de un trato algo diferente en el acompañamiento. Los futuros manuales y guías de acompañamiento para la juventud expuesta a maltrato podrían contemplar especificar cómo pueden las personas profesionales dar a adolescentes de menor edad espacio para entrar y salir del tema de la violencia, por ejemplo mediante el juego, y cómo pueden escuchar a adolescentes de mayor edad de manera que se sientan casi como personas adultas. Por último, nuestros resultados sugieren que, si se quiere que también los chicos de la adolescencia temprana puedan utilizar la relación de acompañamiento como modelo para otras relaciones futuras, quizá haya que abordarlos de nuevas maneras, y quizá haya que desarrollar formas específicas de hacerlo.

Limitaciones e investigación futura

Una limitación del presente estudio es que la muestra es pequeña y que las voces de las personas jóvenes no se escucharon por igual, ya que a algunas se las entrevistó una vez y a otras dos. Una muestra mayor habría permitido, por ejemplo, analizar si lo que las personas jóvenes valoraban en la relación de acompañamiento cambiaba con el tiempo. Incluir a menores de menos edad habría permitido analizar las diferencias entre lo que valoraban respectivamente las edades más tempranas y las mayores, pero también podría haber ocultado parte de la variación encontrada en este estudio. A esto se suma que el presente estudio solo ofrece una perspectiva sobre el hecho de hablar de la violencia, y que las personas profesionales podrían tener opiniones distintas sobre lo que ocurrió dentro de la relación de acompañamiento y sobre lo que tuvo de valioso. También habría sido interesante disponer de información sobre cuánto tiempo habían vivido las personas jóvenes la violencia familiar y sobre su naturaleza. Las entrevistas no se grabaron en audio, lo que aumenta el riesgo de interpretar erróneamente las transcripciones. Sin embargo, en caso de duda, la persona que entrevistaba preguntaba a la persona informante si la transcripción era exacta. Es especialmente importante tenerlo presente, porque la investigación ha mostrado que las notas del equipo investigador pueden diferir significativamente de lo que las personas jóvenes dijeron realmente durante las entrevistas (Iversen 2012).

Por último, señalamos que los resultados no reflejan exclusivamente la relación de acompañamiento, sino que en ocasiones abordan aspectos generales de los procesos de acompañamiento. Como puede decirse que el acompañamiento se basa en la relación, ambos no pueden separarse del todo, sino que están estrechamente interrelacionados. Sin embargo, dado que nuestro objetivo era comprender ante todo la relación de acompañamiento, pedimos a quienes lean este artículo que lo tengan presente al leer e interpretar nuestros resultados. Sugerimos que la investigación futura procure matizar más nuestra comprensión de cómo chicas y chicos en distintas etapas de la adolescencia gestionan las experiencias de violencia familiar física y basada en el control. Sugerimos además que la investigación futura examine si esa flexibilidad en el acompañamiento y esas maneras de hacer que las personas jóvenes que han vivido violencia familiar se sientan en pie de igualdad pueden mejorar su bienestar y su autoestima, evaluados con medidas estandarizadas.

Complexe Systémique: puntos clave

Lo que ayuda, dicen estas personas jóvenes, no es en primer lugar una técnica, sino una posición: recibir un trato de igual a igual por parte de la persona adulta que les acompaña. La lectura resulta esclarecedora para la clínica y la protección de la infancia: la violencia en la pareja y el control coercitivo encierran a la infancia en la subordinación, y la relación de ayuda puede o bien reproducir esa asimetría (un aviso dado a sus espaldas, un orden del día impuesto), o bien ofrecer la experiencia contraria. De ahí gestos concretos: dejar que las personas jóvenes elijan entre hablar o que se les hagan preguntas, permitir rodeos a través del juego o el dibujo con las de menor edad, preguntar antes de transmitir información. La relación de acompañamiento se convierte entonces en un modelo para otros vínculos, también con la madre. Los límites son claros: nueve jóvenes, entrevistas no grabadas en audio y datos recogidos en el marco de la evaluación del propio programa estudiado. La familia misma queda casi fuera del cuadro. Puede leerse junto con la revisión sobre lo que valora en el trabajo social la infancia expuesta a violencia doméstica y el artículo sobre la democracia conversacional.

Notas del original

Agradecimientos. Este estudio fue posible gracias al apoyo económico del Consejo Regional de Uppsala (Suecia) y de Stiftelsen Allmänna Barnhuset [Fundación para el Bienestar de la Infancia], en Suecia. Los resultados y las conclusiones de este manuscrito son exclusivamente los de la autoría.

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Traducción no oficial de “Like an Equal, Somehow” – What Young People Exposed to Family Violence Value in Counseling, de Åsa Källström y Sara Thunberg, Journal of Family Violence, vol. 34, n.o 6 (2019), doi: 10.1007/s10896-018-00032-0, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «“Like an Equal, Somehow” – What Young People Exposed to Family Violence Value in Counseling», publicado en Journal of Family Violence (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Källström, Å., et Thunberg, S. (2019). “Like an Equal, Somehow” – What Young People Exposed to Family Violence Value in Counseling. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/like-an-equal-somehow-what-young-people-exposed-to-family-violence-value-in-counseling (Obra original publicada en 2019 en Journal of Family Violence, 34(6), 553-563 (2019); republicada en 2019 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-018-00032-0)

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