Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Journal of Family Violence · Violencia
¿Qué viven en el día a día con sus criaturas pequeñas los padres que están en terapia por haber ejercido violencia contra su pareja? El equipo noruego de Henning Mohaupt entrevistó a 14 de ellos. Sus relatos muestran una paternidad entendida como presencia y control, un cuerpo que sirve tanto para acercarse como para coaccionar, y una gran dificultad para imaginar lo que siente la criatura.
Traducción no oficial al español de How Do Men in Treatment for Intimate Partner Violence Experience Parenting their Young Child? A Descriptive Phenomenological Analysis, de Henning Mohaupt, Fanny Duckert e Ingunn Rangul Askeland, publicado en Journal of Family Violence (Springer) (2020), doi: 10.1007/s10896-019-00083-x, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Nuestros resultados sugieren entender las prácticas paternas perjudiciales de los hombres que maltratan a su pareja como habilidades relacionales poco desarrolladas.
Henning Mohaupt, Fanny Duckert e Ingunn Rangul Askeland
Resumen
Los hombres que ejercen violencia en la pareja íntima (VPI) presentan a menudo dificultades como cuidadores, como una escasa comprensión de las necesidades y emociones de la infancia. Se sabe poco sobre cómo viven en el día a día el hecho de ser padres. Entrevistamos a 14 hombres en terapia por violencia en la pareja íntima sobre cómo vivían su relación con una de sus criaturas (edad media: 4,5 años). Realizamos un análisis fenomenológico descriptivo. Los informantes rara vez exploraban la vivencia de sus criaturas. Consideraban que su paternidad estaba influida por relaciones pasadas y por expectativas negativas respecto al futuro. Describían su vivencia corporal de la activación emocional como difícil de controlar y de comprender, y como una fuente limitada de construcción de sentido en la relación paternofilial. La vivencia de ser un buen padre estaba vinculada a la presencia y al control de la conducta de la criatura. Los informantes sentían que lo que ellos vivían como una buena crianza no obtenía el reconocimiento de los demás. Las intervenciones dirigidas a hombres que maltratan a su pareja deberían abordar su paternidad y centrarse en la experiencia vital y el contexto de los padres como factores que influyen en ella. Las intervenciones terapéuticas deberían reforzar la conciencia que tienen estos padres de su activación emocional y su capacidad de darle sentido. Cuando la seguridad lo permita, los servicios de terapia deberían considerar intervenciones diádicas destinadas a restablecer la vivencia de seguridad de la criatura en la relación con el padre, como complemento de las intervenciones establecidas con hombres que maltratan a su pareja.
Palabras clave: relaciones paternofiliales, violencia en la pareja íntima, representaciones parentales, fenomenología
Muchos de los hombres que piden ayuda por haber ejercido violencia en la pareja íntima (VPI) son padres y tienen contacto regular con sus hijos e hijas (Askeland and Heir 2014). Esto ha sido motivo de preocupación por varias razones: los padres pueden utilizar el contacto con la descendencia para mantener la dominación y el control sobre la madre (Bancroft et al. 2011). El control coercitivo de los miembros de la familia vulnera la vida social de la infancia y el desarrollo de su sentido de sí como agentes sociales, y les enseña de hecho que compartir sus propios pensamientos y sentimientos puede ser peligroso (Katz 2016). Vivir con VPI expone a la infancia al riesgo de maltrato físico y emocional y se asocia con peores resultados de salud mental en la infancia y la adolescencia (Lanius et al. 2013). La infancia es vulnerable a los efectos de presenciar la violencia en la pareja, ya que a menudo está expuesta a múltiples traumas relacionales (Stover et al. 2017), puesto que la VPI del hombre hacia la mujer se asocia con problemas de salud mental del padre (Askeland and Heir 2014), con problemas de consumo de alcohol y otras sustancias (Stover and Spink 2012) y con la hostilidad como rasgo (Birkley and Eckhardt 2015). En comparación con los padres no maltratadores, los padres que maltratan a su pareja se puntúan más alto en ira y se consideran más propensos a expresar la ira de forma agresiva hacia sus criaturas (Fox and Benson 2004; Francis and Wolfe 2008). Los hombres que ejercen VPI obtienen puntuaciones bajas en las medidas de función reflexiva parental (Stover and Kiselica 2014), un constructo que designa la capacidad de una figura parental para inferir la intencionalidad a partir de la conducta y para formarse representaciones de los estados mentales de la criatura y de los suyos propios, como sentimientos, creencias y deseos, con el objetivo de proporcionar seguridad y bienestar a la criatura (Slade 2005). Los padres que maltratan a su pareja muestran a menudo una capacidad limitada para adoptar la perspectiva de la criatura (Stover and Spink 2012) y pueden utilizar lo que saben de las emociones vulnerables de sus criaturas para castigarlas o intimidarlas (Maliken and Fainsilber Katz 2013. Sin embargo, los padres que maltratan a su pareja también difieren en la medida en que se representan las consecuencias de la violencia para sus criaturas y asumen la responsabilidad por ellas (Rothman et al. 2007). Los estudios cualitativos son más sensibles a la diversidad dentro de los fenómenos y, por ello, tienden a encontrar más variación en la capacidad de los hombres que maltratan a su pareja para comprender el impacto negativo de su violencia en sus criaturas y sus esfuerzos por atenuar esos efectos negativos (Bourassa et al. 2016). Por ejemplo, Perel y Peled (2008) encontraron que, en una muestra no clínica, los hombres que maltrataban a su pareja podían reconocer el impacto negativo de la VPI en la infancia, pero al mismo tiempo relativizaban ese impacto en lo referido a su propia criatura. De forma similar, un estudio finlandés encontró que los padres en tratamiento por VPI suscribían a menudo el ideal del padre implicado y sensible, pero describían su paternidad como socialmente pasiva, emocionalmente distante y, sin embargo, dominante y controladora, en consonancia con los valores tradicionales de masculinidad (Veteläinen et al. 2013). Heward-Belle (2014) señaló que los padres que maltratan a su pareja difieren en sus conductas parentales perjudiciales. Encontró que el grado relativo de adhesión a los valores de la masculinidad hegemónica, el control percibido sobre el uso de la violencia, la salud y la clase social se combinaban para formar una identidad masculina que se sentía más o menos legitimada para dominar en la familia, lo que contribuía a pautas diversas de maltrato y negligencia (Heward-Belle 2014). Se ha argumentado que, aunque los hombres que maltratan a su pareja logren un mejor control conductual de su agresividad y comprendan que vivir con violencia en la pareja afecta negativamente a sus criaturas, su crianza sigue careciendo de elementos de cuidado como la conciencia afectiva (Stover and Spink 2012), la función reflexiva parental (Stover and Kiselica 2014), el acompañamiento emocional (Katz and Windecker-Nelson 2006) y el apoyo emocional (Fox and Benson 2004). Para mejorar las intervenciones terapéuticas con hombres que maltratan a su pareja y que son padres, necesitamos ampliar nuestra comprensión de cómo viven en el día a día el hecho de ser padres. A partir de nuestra revisión de la literatura y de nuestros resultados anteriores (Mohaupt and Duckert 2016), sabíamos que los hombres que ejercen VPI tienden a puntuar bajo en las medidas de función reflexiva parental. Estos resultados indican que tenían representaciones simplistas de los procesos mentales de sus criaturas, como intenciones, sentimientos y creencias. La presente vertiente cualitativa de nuestro proyecto profundizó en estos resultados mediante un enfoque fenomenológico. Nuestra pregunta de investigación fue: ¿cómo viven la relación paternofilial los hombres en tratamiento por VPI?
El objetivo del presente estudio era entrevistar a hombres que maltrataban a su pareja sobre su vivencia cotidiana de la relación paternofilial, con la violencia como telón de fondo implícito sobre el que se hablaba de la paternidad. La investigación fenomenológica examina cómo se crea y se modula la experiencia humana en la conciencia (Giorgi 2009). El método fenomenológico descriptivo (Giorgi 2009) recurre a la reducción fenomenológica, es decir, a poner entre paréntesis la comprensión teórica y científica durante el análisis de los datos, para garantizar que quien investiga minimice la interpretación y describa la presentación que los informantes hacen de su experiencia de un modo que genere una perspectiva nueva sobre el fenómeno estudiado. Cabe argumentar que este enfoque plantea un desafío ético en nuestro estudio, ya que investigaciones anteriores han demostrado que los padres que maltratan a su pareja tienden a minimizar el alcance y los efectos perjudiciales de su violencia. Sin embargo, al dejar en suspenso este conocimiento durante el análisis, pudimos acceder de manera abierta a su experiencia psicológica. El conocimiento teórico, empírico y clínico sobre la crianza de los hombres que maltratan a su pareja no se puso entre paréntesis en la discusión de nuestros resultados.
El presente artículo describe la vertiente cualitativa de un estudio de métodos mixtos con un diseño emergente incrustado cuantitativo-cualitativo (Creswell and Plano 2011). Los datos cualitativos y cuantitativos se recogieron en paralelo. Para el estudio más amplio, reclutamos una muestra estratégica de 36 participantes en una oficina del oeste de Noruega de Alternative to Violence (ATV), una organización no gubernamental de ámbito nacional que ofrece psicoterapia a personas adultas que ejercen VPI. Se incluyó en el estudio a los hombres que vivían con su criatura o tenían régimen de visitas al menos dos veces al mes. Como ATV no ofrece terapia en casos que requieren atención psiquiátrica urgente ni en casos de dependencia del alcohol u otras sustancias según la CIE-10 (WHO 1992), estas condiciones pasaron a ser también criterios de exclusión del estudio. Durante la fase de reclutamiento, 153 hombres estaban allí en tratamiento por violencia contra su pareja. De los 46 hombres que cumplían los criterios de inclusión, cinco no quisieron participar, a ocho sus terapeutas no les propusieron participar por motivos de seguridad urgentes o por tratarse de casos con recién nacidos, y un consultante dio su consentimiento pero no acudió a la entrevista. Para asegurar la participación de hombres en tratamiento por VPI procedentes de zonas urbanas, se reclutó aleatoriamente a cinco hombres en la oficina de ATV en Oslo, uno de los cuales canceló después la entrevista. Todos los hombres estaban en terapia de forma voluntaria por violencia contra una pareja mujer entre marzo de 2012 y diciembre de 2014. Recibían una psicoterapia integradora centrada en la violencia, con un enfoque cognitivo-conductual informado por el trauma, que ponía el acento en cómo las conductas violentas pueden estar ligadas a dificultades de regulación emocional, mentalización y apego, y a esquemas disfuncionales sobre las relaciones y el género (Askeland and Råkil 2017). El énfasis en el trabajo con el trauma procede de investigaciones que han demostrado la presencia relativamente elevada de trauma relacional temprano (Stover 2013) y de TEPT (Maguire et al. 2015) en hombres en tratamiento por violencia en la pareja íntima. La psicoterapia la impartían profesionales de la psicología clínica que trabajaban a tiempo completo con personas adultas que ejercen VPI. Evaluamos los tipos y el alcance de la violencia hacia la pareja y hacia la descendencia a partir de las entrevistas de admisión y de las derivaciones, así como la función reflexiva parental (Parent Development Interview- R2; Slade et al. 2003), el consumo de alcohol (AUDIT; Babor et al. 2001), el consumo de otras sustancias (DUDIT; Berman et al. 2007) y la historia traumática (TEC; Nijenhuis et al. 2002). Los resultados y procedimientos de la vertiente cuantitativa de nuestro estudio se han presentado en una publicación aparte (Mohaupt and Duckert 2016).
Queríamos que la presente muestra reflejara la diversidad de los resultados de la vertiente cuantitativa de nuestro estudio. Por ello, incluimos 14 casos que abarcaban todo el espectro de puntuaciones de función reflexiva parental, de perfiles de consumo de alcohol y otras sustancias y del cribado de trauma, así como padres que vivían con sus criaturas y padres con régimen de visitas. La edad media de los participantes era de 32,1 años (R = 22–46 años). Todos eran de origen étnico caucásico y noruegos, definido esto como haberse criado en Noruega con al menos un progenitor noruego. La media de años de escolarización total era de 12,6 años (R = 9–19 años). Los participantes procedían de comunidades urbanas y rurales. Tres hombres declararon ser padres de una criatura, ocho de dos y tres de tres. Dos hombres declararon tener una criatura de otra relación con quien no tenían contacto. Un participante estaba en prisión y tenía visitas regulares fuera de ella. Siete de los hombres seguían viviendo con la madre de su criatura; los demás tenían régimen de visitas al menos dos veces al mes. En nueve casos, los servicios de protección infantil estaban en contacto con la familia mientras los padres estaban en tratamiento. Se animó a los participantes a hablar de su criatura más pequeña y de la relación con una de sus criaturas biológicas. Ninguno de los hombres de esta muestra convivía con criaturas no biológicas. Seis de las criaturas de referencia eran niñas y ocho eran niños. La edad media de estas criaturas era de 4,5 años (R = 2–8 años). En el momento de la entrevista, la duración media del tratamiento era de 20,6 sesiones (r = 4–67; SD = 20.8). Estar en tratamiento no garantizaba que la violencia hubiera cesado. El estudio fue aprobado por los Comités Regionales de Ética de la Investigación Médica y Sanitaria (REC).
Utilizamos la traducción noruega de la Parent Development Interview- Revised (PDI-R2; Slade et al. 2003), una entrevista semiestructurada que combina la atención a las fortalezas y dificultades percibidas en la relación entre progenitor y criatura con preguntas sobre la ira, la culpa y las necesidades respecto a la criatura. Está concebida para evaluar la función reflexiva parental mediante un esquema de codificación y una puntuación (Slade et al. 2003). Sin embargo, también se ha utilizado para recoger datos cualitativos con vistas a un análisis de contenido (Stover and Spink 2012). Consideramos que la formulación de las preguntas de la PDI-R2 es lo bastante abierta como para permitir análisis fenomenológicos de los datos que produce. Ninguna de las preguntas de la entrevista abordaba directamente el uso de la violencia, sino que exploraban la vivencia cotidiana de la relación paternofilial. Realizaron las entrevistas el primer autor, psicólogo clínico, varón heterosexual con experiencia en el trabajo con la violencia familiar, casado y padre de tres hijos, así como cinco terapeutas mujeres y un terapeuta varón formados en ATV. Esto es problemático, ya que las características de quien entrevista, como el género, la edad y el estilo de entrevista, influyen por sí mismas en el proceso (Shaw 2010). No obstante, el formato semiestructurado de la PDI-R2 permitía que los informantes abordaran los mismos temas, dejando a la vez espacio a las experiencias personales de cada uno. Realizar las entrevistas en un entorno clínico puede haber reproducido el papel de terapeuta de las personas entrevistadoras y el papel de consultante de los informantes. Así, los entrevistados sentían que les entrevistaba alguien que conocía la violencia familiar, pero que no emitía juicios al respecto y exploraba abiertamente sus pensamientos y reflexiones. Esto garantizaba que el uso de la VPI por parte de los informantes quedara implícito, mientras la vivencia cotidiana de la relación paternofilial ocupaba el primer plano. Los participantes recibieron una compensación de 250 coronas noruegas. Dos auxiliares de investigación transcribieron literalmente los archivos de audio. El primer autor comprobó la exactitud de las transcripciones cotejándolas con los archivos de audio.
El primer autor dividió cada entrevista en unidades de sentido y transcribió cada unidad de sentido de enunciados en primera persona a enunciados en tercera persona (p. ej., el fragmento de datos «No entiendo a mi hijo cuando se enfada. Intento hablar con él, pero no funciona, así que tengo que apartarlo de un empujón». se transcribió como «La persona A dice que no entiende a su hijo cuando su hijo se enfada. Dice que intenta hablar con él, pero que hablar no funciona. Dice que tiene que apartar al hijo de un empujón».). Después las tradujo al inglés y resumió su contenido esencial mediante la variación imaginativa libre, un proceso que designa la modificación imaginaria de un enunciado con el fin de explorarlo desde distintas perspectivas y llegar a su contenido esencial (Giorgi 2009). Con el ejemplo anterior, quien investiga puede preguntarse: «¿Pierde este fragmento de datos su sentido esencial si cambiamos la emoción del hijo de enfado a tristeza, o el empujón del padre por sujetarlo o darle una bofetada?». Consideramos que lo primero sí lo cambia, pero que lo segundo no modifica el contenido esencial del fragmento. También podemos preguntarnos: «¿Qué habría hecho más probablemente que la persona A sintiera que algo “funcionaba”?» Esto nos deja una formulación del contenido esencial que contiene la emoción específica del hijo, la orientación del padre hacia el objetivo de detener esa emoción y un acto físico no específico: «La persona A dice que sus intentos de implicarse en la vivencia de enfado de su hijo le resultan infructuosos y se siente obligado a frenar el enfado de su hijo sometiéndolo físicamente».. Para cada participante se redactó un resumen de su experiencia idiográfica, y se formularon y codificaron las estructuras de cada experiencia psicológica individual. Todo el equipo de autoría discutió los códigos, el contenido de sentido esencial y las etiquetas. Los temas que componían las estructuras psicológicas individuales se compararon después entre casos (p. ej.: Varios participantes describían dificultades para comprender a su criatura cuando estaba alterada y no conseguían implicarse con ella de maneras que le resultaran útiles. Describían cómo recurrían a la fuerza física para detener la emoción de la criatura) y se describieron como una estructura psicológica general de la vivencia de la paternidad de nuestros participantes. Cada paso de este proceso se dejó por escrito para garantizar que el recorrido desde los datos brutos hasta la estructura psicológica general pudiera reconstruirse y someterse a examen.
Describimos la estructura psicológica general de la vivencia de la crianza en nuestra muestra de padres que maltratan a su pareja mediante cinco temas principales con varios subtemas. En primer lugar, describimos su vivencia de la crianza como anclada en el tiempo e influida por la experiencia previa, los cambios actuales y las expectativas de futuro. En segundo lugar, describimos cómo los hombres de nuestra muestra presentaban su vivencia corporal como fuente de cercanía y de inseguridad en la relación paternofilial. En tercer lugar, describimos las ideas de nuestros informantes sobre lo que constituía una paternidad buena o deficiente. En cuarto lugar, describimos cómo percibían a sus criaturas los padres de nuestra muestra. Por último, describimos cómo la vivencia que nuestros informantes tenían de sí mismos como padres se veía afectada por su percepción del juicio ajeno sobre su paternidad.
Todos los participantes describieron cómo su agresividad había repercutido negativamente en las relaciones familiares en el pasado y en el presente. Los padres que hablaron de su primera criatura describieron la transición a la paternidad como una brecha en su vida que exigía elegir implicarse en la crianza. La relación paternofilial en el presente se describía como cada vez más inestable debido a los conflictos percibidos. Se esperaba que el futuro trajera problemas para la relación paternofilial.
Todos los padres señalaron que la llegada de una criatura les obligó a afrontar su historia de agresividad. Johan dijo que sentía que era agresivo desde pequeño. Describió cómo ocultaba su agresividad en la esfera social y cómo había vivido el rechazo de sus padres como respuesta a su ira infantil:
Sentía rechazo frente a mi ira histérica cuando pataleaba y pegaba y rompía cosas, y me sentía herido porque solo recibía reacciones a lo que hacía y ninguna pregunta sobre cómo me sentía […] En el colegio siempre era amable y en casa no, muy enfadado en casa, y en la edad adulta es igual: tengo mi problema de ira en casa, mientras que en otros ámbitos estoy bien. (Johan)
Johan describía su agresividad como un riesgo, ya que podía hacer daño a la niña: «Veo que se pone triste y se asusta, y entonces me pongo triste porque siento que le transmito mis problemas». Su ejemplo ilustra cómo los informantes describían que sus problemas de agresividad existían antes de ser padres, cómo eran conscientes de que su agresividad estaba socialmente sancionada, cómo se presentaban conscientemente como no agresivos en la esfera social, pero no lograban controlar su agresividad en las relaciones íntimas ni con sus criaturas. Su vivencia de ser agresivos parecía chocar con lo que entendían que constituía una crianza segura.
Todos nuestros informantes expresaron que habían vivido la transición a la paternidad como algo que les cambió la vida: desde su vivencia de ser agresivos y de no ser seguros para sus personas cercanas, convertirse en padre se describía como una posibilidad de cambio. Los informantes mencionaron cómo empezaron a cuidarse más a sí mismos y a los demás tras la llegada de la criatura. Mats describió cómo la perspectiva de ser padre le dio a elegir entre un estilo de vida destructivo y una existencia con más sentido:
Tuve que elegir cuando llegó él, y era o el crío o la gente con la que andaba. Eso me cambió. Los corté y empecé a ocuparme de él. Dios sabe dónde estaría hoy si no hubiera tenido un hijo […] Siento que he aprendido a manejar los problemas. Antes bebía, y el alcohol me hacía hacer cosas malas. (Mats)
Mats presentaba la elección del papel de padre, en lugar de una vida con amigos y alcohol, como un cambio fundamental. Parecía vivir sus esfuerzos por cambiar como prueba de su intención de ser un buen padre. Al presentar un contraste con su elección —la gente con la que dejó de andar—, también se mostraba, en comparación, como alguien maduro. Es un ejemplo de cómo las buenas intenciones de los informantes respecto a su paternidad contribuían a una autoevaluación positiva como padres.
La mayoría de los padres de nuestra muestra relataron un cambio en la relación paternofilial a medida que la criatura crecía y se volvía más autónoma. Describían esta evolución como negativa y aludían a una vivencia general de la relación como más conflictiva:
Durante los primeros 18 meses sentía que teníamos una relación extremadamente estrecha, y yo era la persona a la que acudía cuando pasaba cualquier cosa. Pero eso ha cambiado con el tiempo […] en el sentido de que a menudo nos peleamos […] ahora hay pocos días que vayan simplemente bien […] ya empieza en la guardería, no quiere volver a casa y se pone imposible […] Me da más trabajo, porque me lo pone difícil. (Kenneth)
Kenneth describía la relación padre-hija como algo que había pasado de ser puro a quedar estropeado por el conflicto. Las expresiones de voluntad de la niña parecían ir unidas a más conflicto. La cita ejemplifica cómo los informantes lidiaban con la creciente autonomía de sus criaturas: en lugar de aceptar esta evolución como normal y positiva, parecía generarles inseguridad. A medida que crecía su independencia, la criatura parecía vivirse como cada vez más provocadora, y de forma deliberada.
La mayoría de nuestros informantes relataron que su agresividad contribuía a la expectativa de que la relación paternofilial se deterioraría en el futuro. Hans dijo que preveía que sus problemas dañarían la relación estrecha que sentía tener con su hija: «No creo que la haya defraudado todavía en nada concreto. Seguramente pasará. En algún momento pasará» (Hans). Todos los informantes que reconocieron violencia física hacia la criatura describieron su miedo a haber dañado la relación paternofilial de forma irreparable:
Espero que me recuerde por lo que hago bien y no por lo que hago mal. Que recuerde esto como una buena época (llora). […] Le han hecho daño los episodios en los que yo como que no tenía pleno control sobre mí mismo y mis sentimientos […] Ojalá nunca me hubiera enfadado tanto como para pegarle. Lo que no cambiaría como padre es todo lo demás, al menos el 90% de ello. (Preben)
Para Preben, al parecer, correspondía al niño emitir un veredicto sobre la calidad de la relación paternofilial tras la violencia de Preben. Preben no consideraba que pudiera ayudar a su hijo a elaborar la violencia, sino que esperaba que el niño reconociera sus esfuerzos como padre. Esta cita ilustra cómo nuestros informantes concebían la violencia ante todo como violencia física y cómo la violencia hacia una criatura se presentaba como algo separado de la crianza no violenta. Los informantes que habían pegado a sus criaturas parecían esperar que estas tuvieran una visión igual de poco integrada del maltrato de sus padres, en la que la violencia física sería una excepción no deseada. El ejemplo de Preben ilustra cómo los informantes parecían creer que poner fin al maltrato físico bastaba para convertirse en un padre adecuado, y subraya que no tenían en cuenta los efectos psicológicos duraderos de la violencia en la criatura.
Todos los padres de nuestra muestra describieron cómo, de forma episódica, transmitían cercanía y conflicto entre ellos y sus criaturas de maneras no verbales, corporales y aparentemente no recíprocas. El cuerpo se describía también como un riesgo: la agresividad era difícil de controlar, podía hacer daño a la criatura, dañar la relación y provocar vergüenza y culpa en los informantes. Los informantes mencionaron que utilizaban su cuerpo para forzar la obediencia y la intimidad cuando se sentían inseguros.
Todos nuestros informantes describieron momentos de cercanía con sus criaturas, a menudo en situaciones en las que estaban a solas con ellas y en las que no percibían necesidad de hablar. Los padres de la muestra rara vez se referían a la interacción verbal como cercanía. Mencionaban, en cambio, la interacción basada en el cuerpo, como los juegos de lucha y revolcones, el deporte o coger en brazos y acurrucar a la criatura, como algo cercano e íntimo.
Ella y yo habíamos ido a la piscina […] después nos entró un sueño increíble. Así que vino hacia mí en la cafetería y se recostó contra mí. Ella y yo estuvimos allí sentados medio dormidos quince, treinta minutos. Era un estado tan agradable. Luego ella y yo hablamos un poco. No mucho, solo estábamos allí sentados […] Ella está contenta y relajada, yo estoy contento y relajado, y todo está simplemente bien […] Espero que ella lo sintiera igual. (Hans)
Hans describía un momento que había compartido a solas con su hija. Parecía que se relajaba, y ese estado de relajación sonaba como una excepción respecto a cómo solía sentirse. La cita ejemplifica cómo los informantes vivían a menudo una conexión sin palabras con sus criaturas, pero al mismo tiempo expresaban incertidumbre sobre la vivencia de cercanía de la criatura.
Diez de los hombres describieron episodios en los que sintieron agresividad hacia la criatura. La vivencia corporal de la agresividad se transmitía como amenazante, ya que los informantes decían no estar seguros de poder contenerla.
Mi reacción inmediata es una puta locura. Espontáneamente te dan ganas de agarrar esa mano y simplemente hacer esto, porque no es más que un mocoso y yo puedo simplemente hacer esto (hace un ruido de aplastar), y puedo dominar, pero eso es algo que me daría escalofríos, así que no lo hago, pero es una reacción espontánea. (Ola)
Ola describía una necesidad de dominación y, al mismo tiempo, aversión por tener ese impulso hacia su hijo pequeño. Parecía vivir su agresividad como fuera de lugar e inexplicable. Parecía haber una conciencia de una dimensión de poder como experiencia recurrente en la relación de Ola con su hijo. La vivencia de la agresividad de Ola ilustra cómo los informantes se sentían incómodos al describirse como enfadados con sus criaturas. A menudo parecían fragmentar su agresividad y la describían como episódica. También decían que nunca llegaban a su máximo nivel de enfado con sus criaturas, utilizando definiciones subjetivas de la agresividad y dando a entender que sentían que controlaban sus sentimientos. Ola expresó que nunca se enfadaba con su hijo. Cuando se le pidió que lo desarrollara, utilizó distintas palabras para describir niveles de emoción negativa hacia su hijo: «Me pongo de mala leche, o sea, irritado, cabreado, qué sé yo, hay muchas palabras para enfadado, me pongo… cuando me enfado, yo diría que estoy rabioso, rabioso perdido. Eso es cuando estoy enfadado». (Ola).
Estos informantes describían cómo no se implicaban con la vivencia que, según percibían, tenía la criatura de la ira del padre:
Intento ocultar que estoy enfadado […] pero él me ve enfadado por mi voz grave […] así que cree que estoy enfadado y por eso intento ocultarlo y explicarle que no estoy enfadado […] En realidad sí estoy enfadado por dentro, pero no quiero que lo vea. (Lars)
Lars negaba explícitamente su ira aun sabiendo que el niño la percibía. Lars no consideraba que reconocer su ira pudiera dar más seguridad a su hijo. La cita ilustra la necesidad de los padres de ocultar a sus criaturas las emociones negativas. Para Lars, su proyecto de ser un padre al que no se percibe como enfadado parecía prevalecer sobre la necesidad de su hijo de que se reconociera su vivencia de la ira de Lars. Esto parecía más un intento inconsciente de presentarse de cierta manera que un intento consciente de manipular al niño.
Muchos de nuestros informantes dijeron que sus inseguridades en la relación con sus criaturas rara vez se verbalizaban, sino que se expresaban a través del cuerpo. Algunos padres relataron que se sentían heridos cuando sus criaturas no respondían positivamente a sus ofrecimientos de cercanía. Preben describió cómo su insistencia en obtener muestras concretas de afecto de su hijo podía desencadenar un rechazo aún mayor por parte del niño: «No sé si se da cuenta [de mis sentimientos de culpa]. Sobrecompenso haciéndole mimos y abrazándolo, y entonces es cuando me aparta; seguro que se da cuenta de eso […] cuando yo estoy totalmente descolocado».
Preben parecía sentir la necesidad de que su hijo lo tranquilizara. No utilizaba palabras para comunicar esa necesidad, sino que la expresaba corporalmente imponiéndole abrazos. Parecía que no se representaba cómo se sentía el niño, sino que percibía lo inapropiado de su conducta a partir de la reacción del niño.
Varios de nuestros informantes describieron también cómo actuaban sobre las emociones negativas de la criatura hacia el padre en lugar de representárselas. Reconocían las reacciones emocionales negativas de la criatura, pero se abstenían de elaborarlas en representaciones con sentido de su vivencia. En su lugar, describían su conducta. Los sentimientos de la criatura se describían como irrelevantes, y la criatura como un objeto que había que controlar. Así, la interacción corporal parecía volverse no recíproca y perder la cualidad relacional presente en las descripciones de cercanía: «Lo pongo en su sitio. Lo subo a su cama. Y entonces no puede levantarse de la cama hasta que se rinda y se calme. Y si lo intenta, lo vuelvo a subir. Y levanto la voz». (Arne) Arne parecía vivir las reacciones de su hijo como un aspecto inadecuado de su personalidad. Describía la necesidad de detener la emoción del niño en lugar de implicarse con ella. Arne daba a entender que los niños perfectos no pierden el control de sus sentimientos, y describía el estallido emocional de su hijo como una carencia del niño que debía detener en lugar de comprender.
La mayoría de los padres de nuestra muestra describían la obligación de hacer que la criatura entendiera lo que estaba bien y lo que estaba mal. Daban a entender que este objetivo justificaba el uso de la fuerza y del castigo: «Tengo que calmarlo. Quizá tengo que hacerle entender que lo que está haciendo no está bien. Entonces el niño reacciona. Y entonces las cosas se descontrolan». (Arne) Arne parecía sentir que, si conseguía que su hijo entendiera las normas, el niño lograría calmarse. Todos estos padres mencionaban el recurso al castigo con remordimiento y transmitían la sensación de tener que actuar a su pesar: «Probé todos los trucos habidos y por haber, acabé obligándolo a sentarse en un rincón, y tuve que gritar, o sea, tuve que hacerlo, no me gusta usar esa voz […] no me gusta estar enfadado». (Preben).
Preben y Arne describían cómo forzaban el cuerpo del niño a quedarse quieto para hacerle entender una norma. Parecía que sentían que la conducta del niño exigía una respuesta agresiva socialmente legitimada. La descripción que hace Preben de su recurso a los gritos refleja un desplazamiento de lo mental y abstracto (el contenido verbal) a lo físico y concreto (el volumen). Estas citas ilustran cómo los informantes describían que al principio intentaban lo que creían que era una crianza sensible, pero no la encontraban eficaz. Expresaban cómo recurrían a su cuerpo, a menudo sin premeditación, para recuperar la sensación de control sobre la criatura. El castigo se describía como una crianza más de sentido común, quizá porque parecía tener un efecto inmediato sobre la conducta no deseada.
La mayoría de nuestros informantes hablaban de su paternidad como un esfuerzo por evitar parecer débiles. Describían cómo ocultaban su inseguridad, y el miedo a fracasar impregnaba las descripciones de su paternidad. Decían que fracasar incluía no tener el control sobre la criatura o sobre una situación en la que estuviera implicada. Todos los padres mencionaron sentirse culpables cuando vivían que estaban causando dolor a sus criaturas. La culpa se relacionaba explícitamente con la agresividad y la separación. Los padres expresaron que gestionaban en solitario sus sentimientos de culpa.
Nuestros informantes describían cómo su rigor estaba ligado a la sensación de ser respetados y de tener el control. Nueve participantes se describieron como rígidos y dominantes en la relación con sus criaturas. Describían situaciones cotidianas relacionadas con las comidas, la preparación para ir a la guardería o la hora de acostarse, en las que se mostraban deliberadamente dominantes sin intentar adoptar la perspectiva de la criatura.
Soy un tío dominante también en lo que respecta a la crianza. […] Me pregunto si eso está más presente en mí que en otros, pero uno también tiene miedo de fracasar […] No me abro a lo que aportan los demás como quizá debería. Una vez que he decidido un rumbo, se queda así [...] incluso cuando siento que podría ceder. (Geir)
Geir describía cómo admitir errores o ceder equivalía a debilidad. Para él, al parecer, fracasar era tener que admitir errores, mientras que ser dominante no se consideraba un fracaso, sino una forma de evitar que los demás lo vieran como débil. Cuatro padres de nuestra muestra se describían como dominantes en general, pero inconsecuentes, ya que a menudo permitían que sus criaturas transgredieran las normas del padre. Describían cómo esas transgresiones les provocaban a su vez ira hacia sus criaturas. Decían que sentían que no lograban ser lo bastante estrictos.
Intento ser estricto y luego te camelan, o sea, que acabas diciendo «vale, lo que sea, adelante». No me molesto en pararlos, así que a menudo acabo entrando y poniéndome estricto después; sabía lo que iban a hacer, pero aun así me enfado. (Preben)
Parecía que Preben ponía límites poco claros a sus criaturas. Cuando se volvían demasiado activas para él, se enfadaba y se volvía autoritario. La vivencia de Preben ilustra las dificultades que tenían los padres para ser personas adultas previsibles y estables.
Cuando la agresividad se había convertido en un aspecto fijo de la relación paternofilial, los padres decían que anticipaban nuevos conflictos. Kenneth describió cómo vivía la ausencia de conflicto como una tregua entre dos conflictos con su hija. «Todo es armonía […] pero entonces pienso: “bueno, ¿cuándo se va a torcer?” (Kenneth).
La mayoría de los informantes mencionaron que centrarse en no ser agresivo, sin saber nunca cuándo se volvía uno demasiado agresivo, contribuía a una vivencia de inseguridad:
Todo el rato hay inseguridad respecto a… si está bien hacer esto, o si está bien hacer aquello, y… gritar ahora, ¿está bien? Y en cierto modo… ¿debería dejar pasar esto?, ¿está bien…? Sí, cualquier cosa, la verdad, relacionada con la inseguridad. (Johan)
Johan expresaba dudas sobre ser demasiado permisivo, lo que indicaba el temor a que esto tuviera consecuencias negativas para la criatura a largo plazo. La posibilidad de la agresividad parecía definir la crianza de nuestros informantes incluso cuando la agresividad estaba ausente. La crianza segura no se describía como explorar la mente de la criatura, sino como tener el control sobre su conducta. Parecía existir la expectativa de que la criatura se aprovecharía de la permisividad y tomaría una trayectoria de desarrollo negativa si no se la controlaba. Cuando los padres de nuestra muestra se enfadaban con sus criaturas, nueve de ellos describieron cómo entraban en luchas de poder: «En plena situación estoy tan enfadado que, sobre todo, no debo mostrar debilidad». (Karl) Karl expresaba que, si exploraba la vivencia de su criatura, sería débil. Lo más importante parecía ser que la criatura entendiera y respetara la posición del padre, y no al revés. Este ejemplo ilustra cómo la inseguridad de los informantes no se expresaba verbalmente, sino a través de la dominación.
Los padres de nuestra muestra que no vivían con sus criaturas describían el hecho de estar presentes en la vida de la criatura como una buena crianza. Aceptar un contacto limitado con la criatura se calificaba como no preocuparse por ella.
Si tienes un hijo y te da igual tenerlo o no, entonces desde luego no deberías tener hijos. Entonces deberían darte una paliza […] si alguien está en mi situación y le parece bien no estar con su hijo durante una semana, que se queme en el infierno. (Ola)
Para Ola, la presencia física en la vida de la criatura equivalía a cuidarla y parecía importante para su vivencia de ser un buen padre. No contemplaba abiertamente la posibilidad de que un contacto escaso pudiera ser más seguro para la criatura, dados sus problemas de consumo de sustancias y de agresividad. Los siete padres que tenían régimen de visitas con sus criaturas describieron la necesidad de un contacto cercano y sin mácula con la criatura durante las visitas. Su discurso se centraba en que la criatura tenía que adaptarse a un divorcio y atribuía los problemas de las criaturas a la ruptura más que a la violencia. Estos padres describían cómo no querían estropear el poco tiempo que pasaban con sus criaturas abordando cómo les había afectado la violencia: «Siento que no estoy lo suficiente a su lado […] que soy un mal padre […] Intento estar positivo y alegre cuando está conmigo. No quiero que tenga ningún sentimiento negativo». (Tim).
El ejemplo de Tim ilustra la necesidad de estos padres de ofrecer a sus criaturas una experiencia positiva durante las visitas para sentirse bien ellos mismos. Para estos padres, lo positivo parecía equivaler a la ausencia de sentimientos negativos, más que a una integración segura de las experiencias positivas y negativas de la criatura.
Los informantes expresaron que tenían un vínculo especial con la criatura. Su discurso mostraba cómo intentaban acoger a la criatura como agente intencional, pero rechazaban su subjetividad e intencionalidad cuando se dirigían contra el padre: entonces la vivencia de la criatura se describía como irrelevante o se malinterpretaba. Sus relatos asimilaban a menudo la vivencia de la criatura a la vivencia que el padre tenía de la situación.
Seis padres de nuestra muestra describieron dificultades generales para hablar de emociones y lo reconocían como un punto vulnerable en su relación con sus criaturas: «No me gusta hablar de sentimientos […] lo que puedes coger y sostener y notar en la mano, eso está bien […] Sé que los sentimientos […] no se me da bien gestionarlo con los críos». (Karl) Karl describía los sentimientos como algo ajeno e incómodo y parecía tener dificultades para vivirlos como algo con sentido. Lo describía como una incapacidad más que como una elección. Para otros informantes, no se hablaba de los sentimientos negativos de la criatura como fuente de información sobre ella: estos padres describían la vivencia de que los sentimientos de la criatura ponían de manifiesto su fracaso como buenos padres. Todos nuestros informantes transmitían que el sentido que extraían de las emociones de la criatura tenía que ver en primer lugar con el padre y, en segundo lugar, con la criatura. Nuestros informantes describían cómo percibían las emociones negativas de la criatura como una crítica al padre. Decían que a menudo recurrían a poner fin a la emoción de la criatura en lugar de implicarse con ella. Algunos padres describían la ira hacia sus criaturas como si estuvieran en una relación con una persona adulta:
Probablemente piensa que soy idiota y yo pienso que ella es idiota. Eso pasa cuando empiezo a gritar y ella empieza a chillar y no conseguimos parar […] Me pongo tan furioso y tan enfadado que […] podría haberle dado una paliza a la cría […] Y ella no para […] y yo me enfado cada vez más […] cuando no se trata de mí, puedo ser comprensivo e intentar que se centre en otros pensamientos, y le doy alternativas […] puedo hacerlo todo bien porque yo no formo parte de ello. Entrevistador: «¿Y cuando sí forma parte de ello? Entonces no puedo hacer nada de eso. (Kenneth)
Kenneth parecía vivir como intolerable que la niña se le opusiera. Entonces, aunque Kenneth entendía que su hija necesitaba su apoyo, sentía que no lograba dárselo. De forma similar, doce de los padres describieron cómo podían tolerar que la criatura expresara ciertos sentimientos, pero no otros:
Es muy independiente y madura […] no hay lloriqueos […] y no he notado ninguna ingratitud […] puede ponerse, en plan… sí, seca y borde. Haciéndose la dura. Y entonces la llevo aparte y le digo «no hace falta que te hagas la dura; te consigo todo lo que señales, y somos colegas». (Thomas)
Thomas describía cómo sentía la necesidad de impedir que su hija expresara un sentimiento que a él le desagradaba, en lugar de implicarse con la vivencia de la niña. Presentaba la docilidad de ella como algo que él recompensaba y como condición previa para ser su «colega». Esta cita ilustra cómo los padres de nuestra muestra ejercían coacción sobre sus criaturas, al parecer sin vivirlo como coacción.
Cuatro de los padres esbozaron modelos de la vivencia emocional de sus criaturas como algo separado y con sentido, incluso cuando estas les plantaban cara: «Y se encoge porque tiene miedo de que papá se enfade tan increíblemente rápido por algo que ella no entiende. Y entonces me aparece dentro toda esa vergüenza y esa culpa, y todo lo que duele». (Johan) Johan parecía percibir la emoción de su hija pequeña y la situaba en su contexto. Su percepción de que la niña lo vivía como enfadado parecía desencadenar sentimientos de culpa. Aunque se representaba los sentimientos de su hija, no podía ayudarla en esa situación, ya que parecía desbordado por la culpa.
Los informantes mencionaron que vivían como inquietante que la criatura fuera diferente de ellos: «Me gusta que sea muy distinta de como era yo a su edad, porque yo era un crío dificilísimo […] Ella es tan prudente y tan formal […] Reacciono a esto. No la veo natural». (Thomas) Thomas dijo que deseaba para su hija una infancia distinta de la que él había tenido. Al mismo tiempo, que ella fuera diferente de él le hacía reaccionar. Parecía que le resultaba difícil reconocer sus diferencias.
En su discurso, ocho de nuestros informantes asimilaban la vivencia percibida de la criatura a la suya. «Le cuesta concentrarse […] para mí no es problema, la veo un poco hiperactiva, pero es que yo era así de crío y ahora soy un poco así, así que los dos nos entendemos bastante bien». (Peder) Aquí, los problemas de la niña no se exploraban como posibles signos de desajuste debidos a experiencias vitales adversas, sino como algo normal, ya que Peder se identificaba con ellos. Parecía asimilar la vivencia de su hija a la suya en lugar de considerarla única y distinta de la propia.
Todos los padres de nuestra muestra señalaron semejanzas entre ellos y sus criaturas: «Él y yo somos muy parecidos, los dos somos tozudos, los dos queremos tener razón. No lo entiendo lo suficiente a pesar de que nos parecemos tanto».(Preben) Para Preben, su percepción de la semejanza entre él y su hijo parecía aportarle una sensación de conexión. Preben no consideraba que su hijo quizá no sintiera la semejanza que él vivía. La contradicción inherente entre semejanza y falta de comprensión subrayaba que comprender al niño parecía quedar en segundo plano.
Cinco hombres del estudio señalaron que vivían una semejanza con sus criaturas en lo relativo a la agresividad. Expresaban la preocupación de haberles transmitido su agresividad problemática: «Cuando me recuerda a mí mismo, cuando se pone furiosa, eso es lo que más me cuesta, cuando me veo en ella». (Johan) Johan decía que, cuando su hija estaba extremadamente enfadada, era como él. La cita ilustra cómo los informantes preocupados por transmitir sus problemas a sus criaturas pueden haber vivido la ira de la criatura como la ira del padre apareciendo en ella, lo que difuminaba las fronteras entre la vivencia del padre y la de sus criaturas.
Siete de nuestros informantes describieron la intencionalidad de sus criaturas sobre todo en el contexto del conflicto: «A veces siento que no puede hacer cosas porque no quiere. Y puedo sentir irritación, porque sé que puede hacerlo. Y él sabe que puede hacerlo […] y se convierte en una pelea» (Geir). Geir parecía evitar explorar las intenciones de su hijo en edad preescolar. Su discurso ilustra cómo los padres entendían a menudo el desafío de la criatura como algo dirigido contra ellos y no entendían la conducta como expresión de las necesidades subyacentes de la criatura.
Aquellos de nuestros informantes cuyas criaturas aún no hablaban expresaban frustración por no entenderlas: «Me frustro cuando veo que quiere algo. No entiendo lo que quiere […] Siento que la defraudo en esas situaciones». (Tim) Tim describía el lenguaje corporal y la prosodia de una niña pequeña como ininteligibles, y esto parecía desencadenar su frustración. La niña parecía ser un sujeto al que Tim tenía dificultades para comprender, pero también un objeto irritante que despertaba en él un sentimiento de insuficiencia.
Dos de nuestros informantes describían la agencia de sus criaturas como algo con sentido: «Si yo soy una persona enfadada, él se vuelve una persona enfadada. Se pone muy triste cuando me enfado. Veo que se pone triste y luego se enfada conmigo. Él también se siente rechazado». (Ben) Ben reconocía los sentimientos de su hijo y distinguía entre lo que pensaba que sentía el niño y cómo respondía. También expresaba que entendía cómo su agresividad influía negativamente en el desarrollo de su hijo. Johan, en cambio, describía cómo la agencia de su hija desencadenaba su agresividad cuando chocaba con sus intenciones:
Se supone que tiene que dormir y esta personita está saltando en la cama y no quiere acostarse […] y yo me harto tanto y me enfado tanto y entonces la meto en la cama a base de asustarla, muy enfadado. (Johan)
Aunque la comprendía adecuadamente, Johan parecía incapaz de aceptar la agencia de su hija. Que ella se negara a hacer lo que él creía que debía hacer parecía provocarle una ira que no podía regular.
Los informantes describían cómo ser conscientes de la vivencia que los demás tenían de ellos como padres les hacía tomar conciencia de sus problemas con la crianza. Que las criaturas expresaran explícitamente dudas sobre las capacidades parentales de sus padres parecía desestabilizarlos. Si eran otras personas quienes expresaban esas dudas, a menudo no se tenían en cuenta. Los informantes decían que rara vez implicaban a otras personas en sus problemas emocionales.
El discurso de los informantes revelaba cómo su identidad de buenos padres estaba ligada a que la criatura compartiera la vivencia del padre. Muchos padres describían la relación paternofilial como puramente positiva.
Es de mí de quien habla, nunca habla de su madre y, cuando está con su madre, siempre habla de mí. Y dijo «papá» mucho antes de aprender a decir «mamá», y la mayoría de las palabras que ha aprendido las ha aprendido de mí. Tenemos una conexión que es pura magia. (Peder)
Peder afirmaba ser más importante para la niña que la madre, a pesar de tener un régimen de visitas muy limitado. La aparente necesidad de Peder de ocupar un lugar especial en la vida de su hija parecía influir en su vivencia de cómo veía ella la relación con él. Parecía resultar desestabilizador para los padres que la criatura pusiera de manifiesto sus carencias.
Y hubo una situación que me asustó. Mi mujer estaba enfadada conmigo […] y ella se queja, y yo le contesto […] la niña se vuelve hacia su madre. «No le contestes», dice la niña. «Así para. […] si lo dejas ahora, él lo dejará. Si no le contestas, parará». Y me pregunto… ¿la niña piensa lo mismo? ¿Que soy yo el que se pone difícil? (Hans)
A Hans parecía resultarle difícil que la niña no lo viviera como un sujeto al que se puede comprender, sino como un objeto al que hay que manejar. Describía cómo esto le resultaba desestabilizador. La vivencia de la criatura parecía más difícil de rebatir que la de la pareja adulta y obligaba al padre a considerarla como una posible verdad.
Hans describió también cómo le parecía que su mujer manipulaba a la niña para apartarla de una relación segura con él: «La madre se ha apoderado por completo de la niña […] está creando un abismo entre la niña y yo». (Hans) La conducta de la madre no se ponía en relación con su agresividad ni con su abuso periódico del alcohol. Esto, al parecer, permitía a Hans vivirla como un acto puramente hostil contra el padre. Esta cita ilustra cómo los informantes responsabilizaban a menudo a la madre de los problemas de la relación paternofilial. También se podía hablar de las instituciones como una amenaza:
Los servicios de protección infantil dijeron que yo era como violento con la mujer, con el crío, y que, o sea, otros me tenían miedo y blablablá […] Me entraron unas ganas tremendas de darles una paliza a todos y cada uno de los que estaban en esa sala, arrancarme la camisa y plantarme ahí en camiseta de tirantes y enseñarles lo que es una paliza de verdad, de barrio chungo, darles una tunda. Pensé: «¡Joder!, ¿qué pensáis de mí? (Ola)
Ola parecía vivir como una provocación que los demás lo percibieran como un hombre violento. Descartaba la posibilidad de ser un padre que no ofrece seguridad y reaccionaba, al parecer, con el deseo de destruir la representación negativa que los demás tenían de él. La cita ilustra el impulso de algunos de nuestros informantes a rechazar la vivencia que los demás tenían de ellos como padres que no ofrecían seguridad.
A los hombres de nuestra muestra les costaba representarse la vivencia de sus criaturas y calibrar el impacto de su conducta en ellas. Esto concuerda con la tesis de la teoría de la mentalización según la cual una representación deficiente de los sentimientos, las intenciones y las creencias ajenos se asocia con una crianza poco sensible (Slade 2005) y con el uso de la violencia en las relaciones íntimas (Fonagy 1999). Los padres describían también una capacidad limitada para atender al lenguaje corporal de la criatura, descodificarlo y adaptarse a él con sensibilidad, y sus ejemplos de vulneración de la integridad corporal de la criatura indicaban una mentalización implícita encarnada deficiente (Shai and Belsky 2011). Además, nuestros resultados respaldaban los estudios empíricos sobre la capacidad limitada de los hombres que maltratan a su pareja para descodificar adecuadamente la interacción social en general (Fite et al. 2008) y, en particular, en relación con la infancia (Francis and Wolfe 2008). Nuestros informantes quizá tuvieran una capacidad limitada para captar y dar sentido a las señales ostensivas, descritas por Fonagy y Allison (2014) como señales emocionales portadoras de contenido relacional. Desde esta perspectiva, los problemas de nuestros informantes para comprender las señales ostensivas pueden haber contribuido a su inseguridad en la relación con sus criaturas, a su representación de los demás como poco fiables, a su tendencia a sentirse rechazados y a su inclinación a evitar el contenido relacional (Fonagy and Allison 2014). Los padres de nuestra muestra describían cómo a menudo trataban a la criatura como un cuerpo concreto más que como un sujeto que siente y piensa. Se ha sugerido que actuar y representar pueden movilizar procesos del sistema nervioso central diferentes, y que la construcción de sentido a partir de estos procesos puede diferir cuando se actúa sobre la emoción y la conducta de la criatura en lugar de representarlas mentalmente (Merleau-Ponty 1945). Por ejemplo, cuando algunos padres describían que «tenían que sujetar» o «tenían que apartar» a sus criaturas, los actos de sujetar y apartar pueden haber reforzado la necesidad que percibían de controlar ante todo el cuerpo y la conducta de la criatura, y haber inhibido la comprensión de su mente, sus pensamientos y sus sentimientos.
Por otra parte, nuestros resultados concordaban con estudios empíricos que han demostrado cómo la ira en personas adultas que maltratan a su pareja puede entenderse como una regulación desadaptativa de la propia ansiedad (George et al. 2000), y que los hombres que maltratan a su pareja tienen a menudo dificultades para comprender y regular su propio miedo y su propia ira, con lo que se convierten en malos modelos de regulación afectiva para sus criaturas (Katz and Windecker-Nelson 2006; Maliken and Fainsilber Katz 2013). Nuestros informantes reaccionaban a menudo con ira ante las emociones de la criatura o las descartaban como irrelevantes. La necesidad que expresaban de controlar a la criatura y su vivencia de ser padres inflexibles concordaban con la perspectiva de la teoría del apego sobre los hombres que maltratan a su pareja (Fonagy 1999; Gormley 2005). Los hombres de nuestra muestra temían y esperaban perder la cercanía con sus criaturas, de acuerdo con lo que se observa en los patrones de apego ansioso (Gormley 2005). Su incapacidad o falta de disposición para implicarse con los estados mentales subyacentes de sus criaturas es típica de las personas adultas con estilos de apego evitativo (Gormley 2005). Tanto los patrones ansiosos como los evitativos de apego en la edad adulta se han conceptualizado como estrategias relacionales para afrontar el miedo a perder un vínculo relacional valioso, y se han relacionado con el maltrato a la pareja (Babcock et al. 2000) y con una paternidad dura y poco sensible (Madigan et al. 2011). Además, las demás personas que expresaban preocupación por la relación paternofilial solían percibirse como críticas y amenazantes, y no se las tenía en cuenta. La conciencia que tenían nuestros informantes de la percepción ajena de su paternidad contribuía así a su comprensión de sí mismos y de su relación con la criatura, lo que ilustra el concepto de ser-para-otro de Sartre (1943 / 2003, pp. 245–452).
Desde una perspectiva de género, la vivencia de la relación paternofilial de nuestros informantes reflejaba normas tradicionales de masculinidad que normalizan la desatención de las emociones ajenas (Freeman 2008). En lugar de admitir sus inseguridades o las carencias que percibían y adoptar una postura intersubjetiva, los hombres de nuestra muestra invocaban sus prerrogativas de dominación en la familia, culturalmente legitimadas, desatendiendo la subjetividad ajena, algo que las teorías de género han descrito como estrategias masculinas típicas (Freeman 2008; Josephs 2007). Además, los resultados según los cuales los padres actuaban de forma dominante en la familia y se sentían cada vez más excluidos del ámbito emocional que compartían la madre y las criaturas ilustraban también lo descrito en las teorías sobre género y crianza (Freeman 2008; Josephs 2007). Que no reconocieran sus errores y vivieran el ceder como una forma de quedar mal encajaba asimismo con las teorías de la dominación masculina como aspecto arraigado de las sociedades patriarcales (Freeman 2008). Los resultados de nuestro estudio reflejan también investigaciones anteriores sobre cómo las normas tradicionales de masculinidad contribuyen a las tácticas coercitivas de los padres que maltratan a su pareja hacia sus criaturas (Heward-Belle 2014; Katz 2016).
Existe una serie de intervenciones terapéuticas dirigidas a la paternidad en el contexto de la violencia de los hombres contra las mujeres, pero pocas han sido evaluadas y los resultados sobre la eficacia de la mayoría de los programas no son concluyentes (Labarre et al. 2016). La mayoría de las intervenciones son grupales y de duración limitada, y se centran en reducir la agresividad y en concienciar sobre las consecuencias de la VPI en la infancia (Bourassa et al. 2016). Aunque algunas intervenciones han mostrado resultados prometedores en cuanto al cambio autoinformado en la crianza y la coparentalidad, nuestros resultados sugieren que las intervenciones deben ir más allá de estos objetivos y abordar la paternidad en las situaciones de la vida cotidiana. En nuestra muestra, la escasa comprensión de la intencionalidad y la agencia de la criatura contribuía a una paternidad deficiente también en las interacciones paternofiliales no violentas. Las dificultades de nuestros informantes para representarse mentalmente a sus criaturas son un argumento para ampliar los formatos terapéuticos basados en la representación de la criatura y en el cambio autoinformado, añadiendo sesiones diádicas con el padre y la criatura, como se incorpora, p. ej., en Fathers for Change (Stover 2013) o en la Child Parent Psychotherapy (Lieberman et al. 2006). Estos enfoques son sensibles a cómo la historia personal y el contexto de los padres influyen en su vivencia general de la paternidad y en su percepción de la criatura. Las sesiones diádicas permiten a las y los terapeutas presenciar la crianza del padre y abordar las dificultades en la propia sesión. Esto puede ser más útil para hombres a los que les cuesta hablar de las emociones de la criatura y darles sentido, y puede ser más seguro para la criatura que dejar que los padres pongan a prueba en casa, sin supervisión, lo trabajado en terapia. Entre los argumentos en contra de la terapia diádica figuran los problemas de seguridad, el riesgo de sobrecargar el bienestar emocional de la criatura y de su madre, y la posibilidad de que esa terapia se utilice como argumento para ampliar el régimen de visitas. Para una exposición detallada de los requisitos previos de la terapia diádica entre hombres que maltratan a su pareja y sus criaturas, véase, p. ej., Stover (2013). Cuando los problemas de seguridad no permitan sesiones diádicas, la subjetividad de la criatura y su impacto en el padre deberían ser un foco terapéutico, ya que identificamos que los problemas de los padres para comprender y aceptar las emociones de sus criaturas contribuyen a relaciones paternofiliales inseguras.
La vivencia que el padre tiene de la relación paternofilial debe entenderse como funcional para su identidad. Cualquier intento de cambiar esa relación desde fuera puede, en consecuencia, vivirse como una amenaza existencial. La importancia de la relación paternofilial para la identidad de los hombres que ejercen VPI, sus problemas de regulación emocional, sus inseguridades como padres y su pretensión de ser importantes para el desarrollo de sus criaturas podrían tener consecuencias perjudiciales para la criatura y para su madre. La terapia debería hacer consciente cómo los padres necesitan la relación paternofilial para regular su autoestima, y cómo la criatura puede verse arrastrada poco a poco a esa función, en detrimento de que su subjetividad y su desarrollo estén en el centro de la relación.
La terapia para hombres que han ejercido violencia contra su pareja debería ayudar a los padres a ser más conscientes de su cuerpo en relación con la criatura, y centrarse en aumentar la tolerancia, la conciencia y la regulación de las emociones. Debería trabajarse en particular la expresión de la inseguridad y la impotencia a través de la agresividad. Comprender cómo afectaba la violencia a la criatura generaba vergüenza en estos padres. Sus dificultades para tolerar y regular la vergüenza y la culpa pueden interferir en su capacidad de empatizar con la vivencia de su criatura. La rigidez y la ocultación de la inseguridad formaban parte de la vivencia de nuestros informantes y estaban ligadas a la persistencia de una crianza insegura y poco sensible, también porque los hombres podían valorarlas como cualidades. Por ello, la terapia debería trabajar las actitudes, culturalmente moldeadas, de los hombres hacia la inseguridad y la debilidad en el papel de padre.
Los hombres de este estudio acudían a terapia tras ejercer VPI de forma voluntaria, no por orden judicial ni por otro mandato oficial. Aunque esa participación voluntaria también puede deberse a la presión de la pareja o de otras personas, consideramos que implica asimismo cierta conciencia de los problemas que el uso de la violencia plantea a la familia. La falta de esa conciencia puede asociarse a una violencia más grave y a otros factores de riesgo, y puede afectar a la capacidad de los participantes para reflexionar abiertamente sobre la relación con su criatura. Además, como la recogida de datos se produjo en un único momento, las conclusiones extraídas de los datos son limitadas y pueden haber estado influidas por la situación vital de los informantes en ese momento. Asimismo, solo examinamos aquí brevemente el papel de la vivencia de la coparentalidad de los informantes, que, cabe argumentar, influye de manera importante en la vivencia de la crianza de los hombres que maltratan a su pareja. Por último, los hombres en tratamiento por VPI pueden presentarse bajo una luz favorable. Dado el carácter fenomenológico de este estudio, no verificamos externamente la presentación de la vida familiar que ofrecían nuestros informantes.
Nuestros resultados sugieren entender las prácticas paternas perjudiciales de los hombres que maltratan a su pareja como habilidades relacionales poco desarrolladas. Los valores tradicionales de masculinidad subyacentes pueden reforzar estas carencias y permitir a estos hombres formularlas como cualidades paternas. Las dificultades de los padres incluían una escasa comprensión de los sentimientos y las intenciones de sus criaturas. Esto parecía contribuir a sus problemas para crear relaciones seguras con ellas, que parecían empeorar a medida que las criaturas desarrollaban una voluntad propia. Las intervenciones terapéuticas para padres que maltratan a su pareja deberían, por tanto, ir más allá de los objetivos de control conductual de la agresividad y de reconocimiento de cómo afecta la violencia a sus criaturas y a la relación paternofilial, e incluir la construcción de competencias relacionales básicas. En conjunto, nuestros resultados sugieren que la representación mental general que los padres tenían de la intencionalidad y la subjetividad de la criatura era pobre e inestable. Por ello, los servicios de terapia deberían considerar las intervenciones diádicas como complemento de la terapia grupal o individual para hombres que maltratan a su pareja.
Complexe Systémique: puntos clave
Este estudio desplaza la pregunta habitual: ya no solo «¿cómo detener la violencia?», sino «¿qué clase de padre se es después de haber sido violento?». Los relatos recogidos describen un vínculo con la criatura planteado en términos de presencia y control, en el que las emociones de la criatura se leen como una crítica al padre y la creciente autonomía se convierte en una provocación. Para una lectura sistémica destacan dos puntos. En primer lugar, la criatura queda reclutada para una función: regular la autoestima del padre, a costa de su propia subjetividad. En segundo lugar, la madre y los servicios se viven a menudo como enemigos, lo que cierra el círculo y protege la imagen del «buen padre». El equipo aboga por sesiones diádicas padre-criatura cuando la seguridad lo permita, con una advertencia explícita: no deben convertirse en un argumento para ampliar el régimen de visitas. Los límites son los de una muestra noruega pequeña y voluntaria, sin verificación externa de lo que dicen los padres y sin las voces de las criaturas ni de las madres. Puede leerse junto con el artículo sobre las normas de género en hombres condenados por violencia de pareja y el artículo sobre el recorrido hacia una terapia de pareja centrada en la violencia.
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Traducción no oficial al español de How Do Men in Treatment for Intimate Partner Violence Experience Parenting their Young Child? A Descriptive Phenomenological Analysis, de Henning Mohaupt, Fanny Duckert e Ingunn Rangul Askeland, Journal of Family Violence, vol. 35, n.o 8 (2020), doi: 10.1007/s10896-019-00083-x, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial son responsables de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «How Do Men in Treatment for Intimate Partner Violence Experience Parenting their Young Child? A Descriptive Phenomenological Analysis», publicado en Journal of Family Violence (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Mohaupt, H., Duckert, F., et Askeland, I. R. (2020). How Do Men in Treatment for Intimate Partner Violence Experience Parenting their Young Child? A Descriptive Phenomenological Analysis. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/how-do-men-in-treatment-for-intimate-partner-violence-experience-parenting (Obra original publicada en 2019 en Journal of Family Violence, 35(8), 863-875 (2020); republicada en 2020 por Journal of Family Violence, https://link.springer.com/article/10.1007/s10896-019-00083-x)
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