Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Attachment & Human Development · Protección de la infancia

El apego llega a los tribunales: protección de la infancia y cuestiones de custodia

¿Qué puede aportar la teoría del apego a los tribunales cuando deben decidir sobre un acogimiento o sobre una custodia? Setenta especialistas en apego de una veintena de países responden con una declaración de consenso. Desmonta los malentendidos que circulan en los tribunales, enuncia tres principios sencillos y advierte contra el uso de las clasificaciones de apego para decidir el destino de un niño o una niña en particular.

Autoría Tommie Forslund (Department of Psychology, Stockholm University, y SUF Resource Center, Region Uppsala, Suecia), Pehr Granqvist (Department of Psychology, Stockholm University, Suecia), Robbie Duschinsky (Department of Public Health and Primary Care, University of Cambridge, Reino Unido) y otras 67 personas firmantes, especialistas en apego y en desarrollo infantil de universidades e instituciones de Europa, América del Norte y del Sur, África, Asia y Oceanía (lista completa de afiliaciones en el artículo original)Primera publicación Attachment & Human Development, 11 de enero de 2021Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Attachment Goes to Court: Child Protection and Custody Issues, de Tommie Forslund, Pehr Granqvist, Marinus H. van IJzendoorn, Avi Sagi-Schwartz, Danya Glaser, Miriam Steele, Mårten Hammarlund, Carlo Schuengel, Marian J. Bakermans-Kranenburg, Howard Steele, Phillip R. Shaver, Ulrike Lux, John Simmonds, Deborah Jacobvitz, Ashley M. Groh, Kristin Bernard, Chantal Cyr, Nancy L. Hazen, Sarah Foster, Elia Psouni, Philip A. Cowan, Carolyn Pape Cowan, Anne Rifkin-Graboi, David Wilkins, Blaise Pierrehumbert, George M. Tarabulsy, Rodrigo A. Carcamo, Zhengyan Wang, Xi Liang, Maria Kázmierczak, Paulina Pawlicka, Lilian Ayiro, Tamara Chansa, Francis Sichimba, Haatembo Mooya, Loyola McLean, Manuela Verissimo, Sonia Gojman-de-Millán, Marlene M. Moretti, Fabien Bacro, Mikko J. Peltola, Megan Galbally, Kiyomi Kondo-Ikemura, Kazuko Y. Behrens, Stephen Scott, Andrés Fresno Rodriguez, Rosario Spencer, Germán Posada, Rosalinda Cassibba, Neus Barrantes-Vidal, Jesus Palacios, Lavinia Barone, Sheri Madigan, Karen Mason-Jones, Sophie Reijman, Femmie Juffer, R. Pasco Fearon, Annie Bernier, Dante Cicchetti, Glenn I. Roisman, Jude Cassidy, Heinz Kindler, Peter Zimmerman, Ruth Feldman, Gottfried Spangler, Charles H. Zeanah, Mary Dozier, Jay Belsky, Michael E. Lamb y Robbie Duschinsky, publicado en Attachment & Human Development (Taylor & Francis) (2022), doi: 10.1080/14616734.2020.1840762, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las notas a pie de página, la declaración de conflicto de intereses, los agradecimientos y la financiación se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Desde la perspectiva del apego, es un error romper vínculos afectivos por preocupación ante un «apego inseguro».

Tommie Forslund, Pehr Granqvist, Marinus H. van IJzendoorn et al.

Resumen

La teoría y la investigación sobre el apego se utilizan en numerosos ámbitos aplicados, entre ellos los tribunales de familia, pero los malentendidos están muy extendidos y a veces desembocan en aplicaciones erróneas. Por ello, el objetivo de esta declaración de consenso es mejorar la comprensión, contrarrestar la desinformación y orientar el uso que los tribunales de familia hacen de la teoría del apego en una dirección constructiva y basada en la evidencia, en especial en lo que respecta a las decisiones de protección de la infancia y de custodia. El artículo se divide en dos partes. En la primera, abordamos los problemas relacionados con el uso de la teoría y la investigación sobre el apego en los tribunales de familia y examinamos las razones de estos problemas. Para ello, analizamos las aplicaciones de la teoría del apego en los tribunales de familia en el contexto actual del principio del interés superior del niño, discutimos los malentendidos relativos a la teoría del apego e identificamos los factores que han obstaculizado su aplicación correcta. En la segunda parte, formulamos recomendaciones para la aplicación de la teoría y la investigación sobre el apego. Para ello, enunciamos tres principios de apego: la necesidad que tiene el niño o la niña de personas cuidadoras familiares y no maltratadoras; el valor de la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos; y los beneficios de las redes de relaciones de apego. También discutimos la idoneidad de las evaluaciones de la calidad del apego y de la conducta de cuidado para fundamentar las decisiones de los tribunales de familia. Concluimos que las evaluaciones de la conducta de las personas cuidadoras deberían ocupar el lugar central. Aunque entre nosotros hay disenso sobre el uso de las evaluaciones de la calidad del apego para fundamentar las decisiones de custodia y de protección de la infancia, en la actualidad tales evaluaciones resultan más adecuadas para focalizar y orientar intervenciones de apoyo. Por último, proponemos orientaciones para guiar la futura colaboración interdisciplinaria en investigación.

La teoría y la investigación sobre el apego tienen una enorme utilidad práctica para quienes se ocupan del bienestar de la infancia, de los cuidados y del funcionamiento familiar. Así ha sido desde los primeros trabajos de Bowlby sobre los efectos adversos de las separaciones importantes entre el niño y la persona cuidadora, que contribuyeron a cambiar las prácticas hospitalarias y permitieron que niños y niñas tuvieran mayor acceso a su madre y a su padre cuando más lo necesitaban (Bowlby et al., 1952). Asimismo, la sensibilidad de la persona cuidadora está establecida desde hace tiempo como un predictor importante de la calidad del apego infantil (Ainsworth et al., 1978; De Wolff & van IJzendoorn, 1997) en muchas culturas (Posada et al., 2016). A su vez, la calidad del apego infantil se ha vinculado reiteradamente con el desarrollo del niño o la niña (Groh et al., 2017a; Vaughn et al., 2019). Por último, la teoría y la investigación sobre el apego han dado lugar a una serie de intervenciones sobre los cuidados, basadas en la evidencia, con resultados beneficiosos para la infancia y sus personas cuidadoras (Steele & Steele, 2017). En consecuencia, la teoría y la investigación sobre el apego han adquirido una gran influencia y hoy se ponen en práctica en muchos ámbitos aplicados, entre ellos la evaluación y la toma de decisiones de los tribunales de familia1 (Alexius & Hollander, 2014; Crittenden & Baim, 2017). Sin embargo, la desinformación sobre la teoría y la investigación del apego está muy extendida y a veces da lugar a aplicaciones erróneas con consecuencias negativas potencialmente graves (para un análisis, véanse Granqvist et al., 2017; Kelly & Lamb, 2000; Nielsen, 2014).

Palabras clave: teoría del apego; interés superior del niño; custodia de menores; protección de la infancia; tribunal de familia; declaración de consenso

Propósito y objetivos

Por ello, nuestro objetivo con esta declaración de consenso es contrarrestar la desinformación y contribuir a orientar las aplicaciones de la teoría del apego en los tribunales de familia en una dirección constructiva y basada en la evidencia en las cuestiones relativas a la protección de la infancia y a las decisiones de custodia. Existen ya varios trabajos que ofrecen orientaciones para la práctica judicial basadas en la teoría y la investigación sobre el apego (p. ej., Byrne et al., 2005; Smith et al., 2012a), pero en ocasiones se han presentado opiniones marginales como si reflejaran una posición de consenso (p. ej., Hacker & Halperin Kaddari, 2013; Schore & McIntosh, 2011). Como personas académicas y profesionales con una larga trayectoria en el estudio y la aplicación de la teoría del apego, nuestro objetivo es ofrecer una posición de consenso mesurada, basada en el conjunto concertado de la investigación sobre el apego. Consideramos conjuntamente la protección de la infancia y la custodia porque, pese a diferencias importantes, existen suficientes similitudes en cuanto a los principios básicos que están en juego desde la perspectiva del apego como para permitir un examen conjunto. El artículo consta de dos partes.

La parte I, que comprende tres grandes apartados, aborda los problemas relacionados con el uso de la teoría y la investigación sobre el apego en los tribunales de familia.

  • Examinamos las aplicaciones de la teoría del apego en los tribunales de familia en el contexto actual del principio del interés superior del niño.
  • Discutimos los malentendidos centrales relativos a: a) la naturaleza del apego, b) la interacción entre múltiples relaciones de apego y c) las implicaciones de las clasificaciones de la calidad del apego.
  • Identificamos los factores que han obstaculizado una recepción y un uso correctos de la teoría del apego entre profesionales de los tribunales de familia, entre ellos la presión para que la toma de decisiones parezca basada en la evidencia y la circulación de descripciones inexactas de la teoría del apego.

La parte II, que comprende también tres grandes apartados, ofrece recomendaciones para la aplicación de la teoría y la investigación sobre el apego en los tribunales de familia.

  • Proponemos tres principios fundamentales que las y los profesionales de los tribunales pueden utilizar en relación con el apego en casos individuales: a) la necesidad de personas cuidadoras familiares y no maltratadoras; b) el valor de la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos; y c) los beneficios de las redes de relaciones de apego.
  • Discutimos la idoneidad de las evaluaciones de la calidad del apego para fundamentar las decisiones de los tribunales de familia y concluimos que tales evaluaciones deberían utilizarse principalmente para orientar intervenciones de apoyo.
  • Esbozamos preguntas importantes para guiar la futura investigación colaborativa entre profesionales de los tribunales de familia, equipos de investigación y especialistas en apego.

Aunque existe consenso entre nosotros sobre la mayoría de estos temas, hay diferencias de opinión en algunas cuestiones. Tales diferencias pueden ser un activo para la ciencia y su aplicación: la diversidad de perspectivas puede impulsar el desarrollo de teorías, investigaciones y aplicaciones cada vez más válidas. Ponemos cuidado en señalar dónde tenemos opiniones distintas y dónde, en consecuencia, la investigación futura puede revestir especial importancia. A lo largo de todo el texto, ofrecemos nuestras reflexiones con espíritu de reconocimiento hacia la difícil labor de la práctica en los tribunales de familia y con la esperanza de contribuir a un mayor diálogo y a un aprendizaje mutuo.

Parte I: problemas relacionados con la aplicación de la teoría y la investigación sobre el apego en las decisiones de protección de la infancia y de custodia

Antes de proponer su teoría fundacional del apego, John Bowlby abrió su clásica trilogía (1969/1982, 1973, 1980) con un apartado titulado «observaciones que hay que explicar» (p. 24). En la misma línea, la parte I de esta declaración de consenso está dedicada a nuestras observaciones de los problemas en la aplicación de la teoría y la investigación sobre el apego en el contexto de los tribunales de familia. Para ayudar a explicar estas observaciones, abordamos cómo el principio del «interés superior del niño» ha puesto la teoría del apego a su servicio. Señalamos los malentendidos frecuentes que se han derivado de ello y discutimos factores más específicos que pueden haber contribuido a estos malentendidos.

1 La teoría del apego y el principio del interés superior del niño

El principio del «interés superior del niño» se ha vuelto omnipresente en la toma de decisiones de los tribunales de familia en materia de protección de la infancia y de custodia. Sin embargo, su formulación amplia ha creado la necesidad de un significado más específico que oriente la práctica judicial. Analizamos cómo la dependencia de este principio respecto de la teoría y la investigación psicológicas ha contribuido a introducir la teoría y la investigación sobre el apego en el contexto judicial.

1.1 La dependencia del principio del interés superior del niño respecto de la teoría y la investigación psicológicas

El siglo XX vio el desarrollo de un enfoque de la educación y la crianza centrado en el niño. Desde entonces, la infancia se considera ampliamente valiosa en sí misma: se entiende que niños y niñas necesitan cuidados afectuosos para desarrollarse favorablemente, y se pone el acento en la responsabilidad de madres y padres de atender sus necesidades (Kohm, 2007). El último siglo y medio ha presenciado también la aparición gradual del principio del «interés superior del niño», desarrollado inicialmente en Estados Unidos pero hoy asociado por lo general al artículo 3 de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (CDN; Asamblea General de las Naciones Unidas, 1989). La CDN estipula que «en todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño» (artículo 3, párrafo 1). Este principio se invoca a menudo en la toma de decisiones relativas a la protección de la infancia y a la custodia. Ha sido importante para contrarrestar el descuido de los derechos y puntos de vista de la infancia, no favorece en sí mismo a ninguno de los progenitores en función del género y se alinea con un movimiento hacia la discrecionalidad judicial, que otorga a los tribunales libertad para sopesar lo que puede responder al interés superior de cada niño o niña (Schneider, 1991).

Sin embargo, la formulación amplia del principio conduce a una demanda de significado más específico en la práctica judicial. Concretamente, el principio parece requerir descripciones de las prácticas de crianza óptimas y adecuadas y del desarrollo infantil, tanto en general como en casos concretos. En consecuencia, el principio ha contribuido a la necesidad de peritos y testigos expertos con conocimientos sobre los cuidados y el desarrollo infantil (Mnookin, 1975), y a la exigencia de que las consideraciones se basen en teorías del desarrollo de alto rango científico.

Ahora bien, recabar e interpretar la evidencia científica ha resultado difícil en este contexto. Aunque las guías de buenas prácticas han reclamado métodos y procedimientos con base empírica, muchos instrumentos carecen de validez suficiente (Emery et al., 2005). La interpretación de la evidencia es también intrínsecamente complicada. En ocasiones, profesionales de la salud mental formulan afirmaciones predictivas que la investigación en ciencias sociales no puede justificar, y la judicatura puede depositar en ellas una confianza fuera de lugar (Scott & Emery, 2014). De hecho, a jueces y juezas puede resultarles difícil evaluar el mérito científico de los métodos psicológicos, y los tribunales pueden admitir pruebas de valor científico escaso o desconocido (Neal et al., 2019). Un reto importante en relación con los datos científicos se deriva también de las aspiraciones contrapuestas de la ciencia y de los tribunales: mientras que la ciencia generaliza (por lo común, de los casos individuales a los principios generales), el tribunal particulariza (a veces, de los principios generales de vuelta a los casos individuales). Así, un problema frecuente de la práctica judicial es el riesgo de extraer inferencias inválidas para casos individuales a partir de tendencias y promedios procedentes de la investigación a nivel de grupo (Faigman et al., 2016).

Determinar el interés superior del niño o la niña es también muy difícil en la práctica, porque hay que sopesar los numerosos factores que pueden influir en su desarrollo sin perder de vista su probable desarrollo futuro (Salter, 2012). Por ejemplo, las evaluaciones deberían incluir los factores que influyen en el desarrollo físico, cognitivo y socioemocional, de modo que la posibilidad de daño prevalezca sobre los demás factores. La capacidad de las personas cuidadoras para proteger y cuidar a su hijo o hija es, por supuesto, importante para un desarrollo infantil sano. Sin embargo, los cuidados abarcan diversos ámbitos, y cada ámbito puede tener una importancia distinta para los diferentes aspectos del desarrollo infantil. Además, los factores relativos a los cuidados pueden ser difíciles de evaluar objetivamente y pueden variar con el tiempo (p. ej., por el efecto temporal de problemas de salud mental, del abuso de drogas y alcohol y de factores de estrés ambientales), y sus implicaciones a largo plazo para el desarrollo futuro del niño o la niña son a menudo inciertas. Por ello se ha sostenido que el interés superior del niño puede ser indeterminado (Mnookin, 2014) y que el principio se aplica de manera incoherente (Emery et al., 2005; Font & Gershoff, 2020). Además, puede que el personal de los tribunales de familia no consiga seguir la evolución de la teoría y la investigación sobre el desarrollo infantil, y la toma de decisiones destinada a promover el interés superior de la infancia puede, en consecuencia, verse influida más por opiniones personales y por fuerzas históricas y culturales que por una comprensión actualizada de la base de evidencia científica (Kelly & Lamb, 2000).

1.2 El auge de la teoría del apego en los tribunales de familia

El principio del «interés superior del niño» ha dado lugar a frecuentes referencias a la teoría y la investigación sobre el apego, así como a intentos de evaluar la calidad del apego para fundamentar las decisiones en materia de protección de la infancia y de custodia (Aitani, 2015; Crittenden & Baim, 2017; Gauthier et al., 2004). El interés por la teoría y la investigación sobre el apego puede deberse en parte a que la CDN hace hincapié en el derecho de niños y niñas a una familia y en la importancia de la familia, lo que apunta al carácter central de las relaciones entre la infancia y sus figuras parentales. La atención al apego puede deberse también, en parte, a los intentos de operacionalizar el principio del interés superior, que en muchos países han puesto de relieve la importancia de las interacciones y relaciones entre el niño y la persona cuidadora (para una visión de conjunto, véase Skivenes & Sørsdal, 2018). Por ejemplo, la Marriage and Divorce Act de Estados Unidos incluye la relación del niño o la niña con su madre y su padre entre los cinco factores que sirven de base para juzgar su interés superior (Raub et al., 2013). Sin embargo, normalmente no se especifica qué aspectos de las interacciones y relaciones entre el niño y la persona cuidadora son más importantes ni cómo deben evaluarse (Harmer & Goodman-Delhauntry, 2014). En consecuencia, el apego puede parecer especialmente pertinente en este contexto, por reflejar el conjunto de la relación entre el niño y la persona cuidadora o por reflejar sus aspectos socioemocionales más importantes.

La atención a las relaciones entre el niño y la persona cuidadora en general, y a la teoría del apego en particular, puede derivarse de la supuesta importancia de una sola «figura parental psicológica» (p. ej., la principal fuente de seguridad y protección del niño o la niña) y de la relación entre el niño y esa persona cuidadora, idea que surgió en paralelo a la introducción del discurso del interés superior (para un análisis temprano, véase Goldstein et al., 1973). Desde esta perspectiva, se extrapoló que la persona cuidadora principal debía tener prioridad sobre las demás relaciones, y algunos estados de Estados Unidos han llegado a exigir que se reconozca a la figura parental psicológica en las determinaciones del interés superior (Jacobs, 1997).2 Las primeras investigaciones sobre el apego examinaban por lo general el apego solo en relación con el progenitor que se quedaba en casa, normalmente la madre, y probablemente esto hizo que la teoría del apego pareciera coincidir con la idea de una única figura parental psicológica. El alcance de la investigación posterior sobre el apego puede haber reforzado esta impresión: la gran mayoría de los estudios se ha centrado en las madres, y los padres siguen sin estar suficientemente incluidos (Cowan & Cowan, 2019; Lux & Walper, 2019).

Otra razón probable del auge de la teoría del apego en los tribunales de familia es que la teoría –que vincula la sensibilidad de la persona cuidadora con la calidad del apego infantil (Fearon & Belsky, 2016; Lucassen et al., 2011) y la calidad del apego infantil con el desarrollo posterior (Groh et al., 2017a)– ha parecido ofrecer una base empírica sólida en la que anclar las consideraciones sobre el interés superior. En suma, la teoría del apego ha aportado claramente investigaciones que pueden ser muy pertinentes para apoyar a la infancia y a sus personas cuidadoras (Steele & Steele, 2017). Dado que el interés superior del niño es el criterio de las decisiones de protección de la infancia y de custodia (Raub et al., 2013), y que las decisiones deben basarse en datos empíricos y tener en cuenta las relaciones entre la infancia y sus personas cuidadoras, es comprensible que la teoría y la investigación sobre el apego hayan parecido pertinentes para responder a la exigencia del interés superior.

Sin embargo, la aplicación correcta de la teoría del apego y de las evaluaciones del apego en este contexto se ha visto obstaculizada por diversos factores. En primer lugar, circula mucha desinformación sobre el apego en distintos contextos, incluidos los tribunales de familia. Se trata de desinformación sobre cuestiones fundamentales como qué es el apego, la naturaleza de las múltiples relaciones de apego de niños y niñas y lo que puede inferirse –a nivel de un niño o una niña en particular– de las evaluaciones de la calidad del apego (Granqvist et al., 2017). En algunos casos, el resultado ha sido un rechazo mal fundamentado de la pertinencia del apego por parte de profesionales de los tribunales. Por ejemplo, la High Court de Inglaterra y Gales estipuló recientemente que el apego no es más que la constatación de lo evidente y se basa en una premisa central insostenible, y declaró inadmisible como prueba pericial un informe de evaluación que invocaba conceptos del apego (GM v. Carmarthenshire County Council, 2018). En otros casos, se ha hecho un uso excesivo de las ideas y medidas del apego, con una práctica desligada de la evidencia (para un análisis, véase White et al., 2019).

2 Malentendidos clave

La traslación de la investigación a la práctica depende de una comprensión correcta de los conceptos y de los resultados de la investigación. Sin embargo, en lo que respecta a la investigación sobre el apego, existen varios malentendidos frecuentes que han obstaculizado una traslación correcta a la práctica de los tribunales de familia. A nuestro juicio, los más importantes de estos malentendidos se refieren a: 1) la naturaleza del apego, 2) la interacción entre múltiples relaciones de apego y 3) las implicaciones prácticas de las clasificaciones de la calidad del apego.

2.1 Malentendidos sobre la naturaleza del apego

Existen malentendidos muy extendidos sobre la naturaleza del apego, entre ellos los supuestos de que los niños y niñas nacen ya apegados; de que el apego equivale a la calidad del apego; de que conductas aisladas revelan la calidad del apego; y de que la calidad del apego equivale a la calidad de la relación, a la sensibilidad de la persona cuidadora o a la «fuerza» del apego.

2.1.1 El supuesto de que el apego equivale a la calidad del apego

El apego no es lo mismo que la calidad del apego, pero estos conceptos se confunden a menudo. El apego designa un vínculo afectivo en el que un individuo está motivado para buscar y mantener la proximidad de determinadas personas familiares y el consuelo que le brindan (Bowlby, 1969/1982). Niños y niñas nacen con una predisposición a desarrollar esta motivación en relación con otras personas significativas («figuras de apego») que han estado suficientemente presentes y han sido suficientemente receptivas. En la infancia, estas personas son por lo general sus personas cuidadoras. Se considera que esta motivación está regida por un sistema conductual de apego. Este sistema procura mantener cierto grado de proximidad entre el niño o la niña y sus figuras de apego, y el nivel deseable se ajusta dinámicamente en respuesta a señales internas y externas. La motivación para aumentar la proximidad se activa cuando una persona se alarma por señales internas (p. ej., dolor, enfermedad) o externas (p. ej., estímulos que provocan miedo, separación), y se manifiesta en una tendencia a buscar la disponibilidad de una figura de apego. Cuando el sistema de apego se activa con fuerza, se busca en general algún tipo de contacto físico con una figura de apego, sobre todo en la primera infancia, aunque más adelante en el desarrollo este contacto también puede lograrse por medios no físicos. Entre las condiciones más importantes para la desactivación del sistema de apego figura la percepción de que una figura de apego es accesible y receptiva, capaz de ofrecer un refugio seguro cuando el bebé está alarmado. Las personas cuidadoras que han interactuado regularmente con el bebé y lo han protegido cuando estaba alarmado suelen llegar a ser representadas por él o ella como alguien a quien puede acudir en caso de necesidad (es decir, como un refugio seguro). Es importante señalar que incluso las personas cuidadoras más sensibles y receptivas «desconectan» necesariamente de vez en cuando: para ir al baño, preparar un té o incluso confiar temporalmente el cuidado a otra persona de confianza que el bebé conoce, mientras la persona cuidadora se ocupa de otros asuntos. Así pues, que una persona cuidadora ofrezca un refugio seguro no exige que sea constantemente accesible para el bebé, ni física ni siquiera psicológicamente, ni que el niño o la niña tenga un apego seguro con ella. A la inversa, estar físicamente presente no significa necesariamente que una persona cuidadora esté emocionalmente disponible.

En la investigación sobre el apego en la primera infancia, el desarrollo de una relación de apego se mide por lo general observando si el niño o la niña muestra selectividad al dirigir sus señales específicamente hacia sus personas cuidadoras, en particular cuando está alarmado o alarmada.

Otros indicios de que se ha establecido una relación de apego son las manifestaciones de protesta ante las separaciones involuntarias de la persona cuidadora, a menudo acompañadas del desarrollo de la cautela ante personas desconocidas (Bowlby, 1969/1982).

La calidad del apego, en cambio, se refiere a las variaciones en las expectativas de niños y niñas sobre la disponibilidad (accesibilidad y receptividad) de su figura de apego en los momentos de necesidad (Ainsworth et al., 1978). La calidad del apego presupone que se ha desarrollado previamente una relación de apego, y se capta a través de la manera en que la motivación del niño o la niña para buscar y mantener la disponibilidad de su persona cuidadora se expresa en la relación. Casi todos los niños y niñas forman al menos una relación de apego y la mayoría forma múltiples relaciones de apego (Posada et al., 2013); lo que varía es la calidad de esas relaciones de apego. En la investigación sobre el apego, codificadores formados y certificados captan la calidad del apego mediante observaciones estandarizadas de la capacidad relativa del niño o la niña para utilizar a su persona cuidadora como refugio seguro al que acudir en busca de protección y como base segura desde la que explorar el entorno. Las relaciones de apego seguro se reconocen por conductas que sugieren que el niño o la niña espera que la figura de apego esté disponible en los momentos de necesidad, y el apego inseguro, por conductas que sugieren la expectativa de una relativa falta de disponibilidad.

2.1.2 El supuesto de que la calidad del apego infantil equivale a la sensibilidad de la persona cuidadora

A menudo se piensa que la calidad del apego infantil es el reflejo exacto de la «sensibilidad» de la persona cuidadora, es decir, de su capacidad para percibir las señales del niño o la niña, interpretarlas correctamente y responder a ellas de forma oportuna y adecuada (Ainsworth et al., 1974). Esta percepción probablemente se ha visto reforzada por la teoría y la investigación que subrayan la asociación entre la sensibilidad de la persona cuidadora y la calidad del apego infantil (Ainsworth et al., 1978). De hecho, la asociación se ha replicado en muchos estudios de numerosos países y culturas, y la investigación metaanalítica ha mostrado que el apego infantil seguro se asocia con una conducta de cuidado más sensible tanto en las madres (r = .24 [d = .49]; De Wolff & van IJzendoorn, 1997) como en los padres (r = .12; Lucassen et al., 2011). Además, se ha comprobado que el apego infantil es modificable, de inseguro a seguro, en intervenciones que mejoran la sensibilidad de la persona cuidadora (Bakermans-Kranenburg et al., 2003). Sin embargo, aunque la asociación entre la sensibilidad de la persona cuidadora y el apego infantil es significativa y notable, su magnitud es entre pequeña y moderada, y conviene ser prudente al inferir la sensibilidad de la persona cuidadora a partir de la calidad del apego infantil. Es cierto que diversos factores pueden aumentar el error de medida en la investigación y, con ello, atenuar las asociaciones (p. ej., observaciones muy breves de la sensibilidad de la persona cuidadora). No obstante, otras conductas de cuidado, más allá de la sensibilidad, también pueden ser importantes para la calidad del apego infantil. Por ejemplo, factores contextuales más amplios y las disposiciones de base biológica de niños y niñas pueden desempeñar un papel en la configuración de su susceptibilidad a los cuidados (Belsky et al., 2007). La menor asociación en el caso de los padres refleja probablemente, en parte, el menor tiempo que, en promedio, pasan con sus bebés en las muestras estudiadas hasta la fecha. Además, aunque niños y niñas pueden desarrollar relaciones de apego seguro con su padre, al igual que con su madre, se ha planteado la hipótesis de que otros factores favorecen el desarrollo de la seguridad del apego con el padre (Grossmann et al., 2008; Zimmerman, 2017). Probablemente como consecuencia de normas de género diferentes, las medidas de la sensibilidad y de la función de refugio seguro pueden tener, en promedio, menos precisión para los padres que para las madres, mientras que las medidas de la función de base segura pueden ser comparativamente más importantes para la seguridad del apego con el padre.

2.1.3 El supuesto de que la calidad del apego equivale a la calidad de la relación

Hay quien ha sostenido (p. ej., Shemmings, 2018) que el término «apego» puede resultar desconcertante y que profesionales de los tribunales deberían sustituirlo por la palabra «relación» en sus expedientes e informes. El término relación es útil en sí mismo, porque las relaciones engloban múltiples ámbitos de interacción y múltiples cualidades, y los tribunales de familia deberían aspirar a una visión amplia de la calidad de los cuidados. Sin embargo, utilizar relación como sustituto de apego entraña riesgos graves. Sobre todo, corre el riesgo de alimentar el supuesto erróneo de que la calidad de la relación y la calidad del apego son conceptos equivalentes. La calidad del apego constituye un aspecto importante de las relaciones para la infancia, pero instamos a reconocer muchos otros aspectos importantes de las relaciones, como los cuidados físicos básicos, el juego, la supervisión, la enseñanza y el aprendizaje, el establecimiento de normas de conducta, la disciplina y el apoyo instrumental (Zeanah et al., 2000). Por lo tanto, la calidad del apego no debe equipararse a la calidad global de la relación.

2.1.4 El supuesto de que conductas aisladas revelan la seguridad del apego

En ocasiones se ha supuesto precipitadamente que un niño o una niña tiene un apego inseguro si llora, o si no llora, en presencia de su persona cuidadora (Bullens, 2003). Sin embargo, la calidad del apego no puede determinarse a partir de conductas aisladas como el llanto. En primer lugar, las manifestaciones de conducta de apego, como el llanto, dependen de que el niño o la niña se haya alarmado o no. En segundo lugar, se pueden utilizar conductas diferentes en situaciones diferentes para buscar la disponibilidad de la persona cuidadora, en función de las limitaciones de la situación. Así, un niño o una niña con apego seguro expuesto a un ruido amenazador puede llorar para aumentar la proximidad con su persona cuidadora si está sentado en una trona, pero acercarse a ella para recibir consuelo (llorando o sin llorar) si puede moverse libremente. Además, una conducta aislada como el llanto puede depender de otros factores además del apego. Por ejemplo, que un niño o una niña se angustie o no está relacionado con diferencias individuales de temperamento (es decir, diferencias individuales de base biológica en la reactividad y la regulación; Belsky & Rovine, 1987; Groh et al., 2017b). Por eso, en las evaluaciones de la calidad del apego se examina detenidamente cómo se relacionan entre sí las distintas conductas al servicio del uso de la persona cuidadora como refugio seguro y base segura, prestando la debida atención al contexto de esas conductas (Ainsworth et al., 1978).

2.1.5 El supuesto de que niños y niñas nacen ya apegados

Niños y niñas nacen con la capacidad de desplegar conductas de búsqueda de cuidado y con una predisposición a formar relaciones de apego. Sin embargo, las relaciones de apego se construyen con el tiempo, a través de interacciones recurrentes con las personas cuidadoras, y dependen de la oportunidad de desarrollar expectativas sobre la accesibilidad y la receptividad de la figura de apego. De hecho, las relaciones de apego no suelen observarse hasta el último trimestre del primer año de vida. Antes de esa edad es sin duda posible evaluar aspectos de los cuidados, por ejemplo la sensibilidad en el cuidado (Pederson & Moran, 1995). Sin embargo, actualmente no es aconsejable evaluar la calidad del apego infantil antes de, aproximadamente, el año de edad.

2.1.6 El supuesto de que la calidad del apego equivale a la fuerza del apego

El apego inseguro se caracteriza a veces erróneamente como un apego «débil» (para un análisis, véase Schofield & Walsh, 2010). Las crías humanas son muy vulnerables y dependen durante mucho tiempo del apoyo de sus personas cuidadoras, y la capacidad de desarrollar relaciones de apego parece ser universal en el ser humano (Bowlby, 1969/1982; Mesman et al., 2016). De hecho, niños y niñas desarrollan relaciones de apego incluso si sus personas cuidadoras los rechazan, muestran una sensibilidad irregular o los maltratan (Simpson & Belsky, 2016). Además, aunque algunos tipos de relaciones de apego se denominan «inseguros», se consideran no obstante estrategias adaptativas que pueden maximizar la disponibilidad potencial de una persona cuidadora (Main, 1990). Asimismo, una relación de apego inseguro no significa que la persona cuidadora no sea nunca un refugio seguro para el niño o la niña.

Por estas razones, es un error hablar de apego fuerte o débil como equivalentes de apego seguro e inseguro. De hecho, algunos niños y niñas con relaciones de apego inseguro muestran intensos intentos de buscar a una persona cuidadora familiar, mezclados con enfado hacia ella. Además, algunos niños y niñas con relaciones de apego seguro apenas intentan buscar a su persona cuidadora, incluso cuando están moderadamente alarmados, porque confían en su disponibilidad. Por eso, quienes investigan el apego no suelen utilizar los términos «fuerte» y «débil», y nunca para referirse a niños y niñas que han tenido tiempo e interacción suficientes con una persona cuidadora para desarrollar un apego. La ausencia de apego a las personas cuidadoras es extremadamente rara y solo suele observarse en menores que no han tenido tiempo suficiente para desarrollar relaciones de apego (p. ej., debido a un acogimiento reciente en un nuevo entorno de cuidado, como el acogimiento familiar) o en el reducidísimo número de menores que no han tenido oportunidades suficientes para identificar a alguna persona cuidadora como familiar (p. ej., debido a la crianza en instituciones; Zeanah et al., 2005).

2.2 Malentendidos sobre la interacción entre múltiples relaciones de apego

En este apartado discutimos los malentendidos sobre la importancia de desarrollar un apego con una persona cuidadora concreta («la figura parental psicológica») en lugar de con más de una. Abordamos cómo se han expresado los malentendidos sobre esta cuestión tras el divorcio de los progenitores, con posible influencia tanto en 1) las decisiones de custodia como en 2) las pernoctas. Sostenemos que, para que los tribunales lleguen a decisiones legítimas sobre estas cuestiones, deben tener en cuenta el contexto de desarrollo de cada niño o niña.

2.2.1 Múltiples relaciones de apego y decisiones de custodia

A menudo se supone que una relación de apego con una persona se establece a costa de otras relaciones de apego, y que las decisiones basadas en el interés superior deben maximizar la probabilidad de un apego seguro con una única «persona cuidadora principal». Por ejemplo, las decisiones de custodia se han descrito como una forma de «sopesar el beneficio de un apego seguro con uno de los progenitores frente al beneficio de formar apegos con ambos progenitores» (Tornello et al., 2013, p. 871). Sin embargo, niños y niñas pueden desarrollar y mantener simultáneamente relaciones de apego seguro con múltiples personas cuidadoras, siempre que pasen suficiente tiempo juntos y que esas personas respondan de un modo que ofrezca al niño o la niña un refugio seguro en los momentos de necesidad (Kelly & Lamb, 2000). Aunque actualmente no sabemos cuánto tiempo se necesita para desarrollar y mantener relaciones de apego, las decisiones de dar prioridad categórica a uno de los progenitores pueden mermar las oportunidades de la infancia de formar y conservar apegos con otras personas cuidadoras.

Cabe destacar que, mientras que un contacto escaso entre la primera infancia y las personas cuidadoras no custodias (por lo general, los padres) predice un contacto escaso o nulo también en el futuro (Cheadle et al., 2010), la custodia física compartida se asocia con relaciones más duraderas con el progenitor no residente (Steinbach, 2019). Sin embargo, como señala Steinbach (2019), la mayor parte de la investigación que ha encontrado efectos positivos de la custodia física compartida se ha realizado en contextos de baja conflictividad entre los progenitores y con niños y niñas de más edad procedentes de familias de nivel socioeconómico alto. Por tanto, es necesario investigar en otros contextos. Aun así, con el aumento del tiempo y del alcance de la implicación paterna en la crianza en todo el mundo, los estudios han señalado los efectos beneficiosos y específicos del padre en la maduración neurobiológica del niño o la niña (Feldman et al., 2019) y en el desarrollo de las competencias sociales, en particular en la capacidad para gestionar la agresividad (Bacro & Macario de Medeiros, 2020; Feldman et al., 2013). Así pues, privar a niños y niñas de oportunidades de relación con su padre no responde, por lo general, a su interés superior. De hecho, incluso en familias tradicionales con una implicación paterna de baja a moderada, los estudios a largo plazo han mostrado efectos positivos de la sensibilidad paterna en el desarrollo infantil (Grossmann et al., 2008).

Las primeras afirmaciones de Bowlby indicaban que una relación principal reviste una importancia especial. Sin embargo, Bowlby cambió más tarde de opinión al respecto (Bowlby, 1984) y, de hecho, esa no ha sido la posición de la gran mayoría de quienes investigan el apego desde hace décadas (Duschinsky, 2020). En realidad, la comunidad investigadora del apego sostiene en general que el ser humano evolucionó con la expectativa de una red limitada de relaciones de apego con personas concretas y familiares a las que acudir en los momentos de necesidad (Abraham & Feldman, 2018; van IJzendoorn, 2005). Este fenómeno de cuidado múltiple es de hecho la norma en muchos entornos culturales (Hrdy, 2011). También se ha comprobado que la multiplicidad de personas cuidadoras y una red de relaciones de apego constituyen un factor de protección en el desarrollo infantil, pues el apego seguro con una persona amortigua las consecuencias de la inseguridad en otras relaciones (Bacro et al., 2020; Boldt et al., 2014; Egeland et al., 1988; Saunders et al., 2011; van IJzendoorn et al., 1992). En la misma línea, en las culturas en las que la convivencia con la familia extensa es la norma, la infancia no solo se beneficia de múltiples apegos extraparentales con la parentela, sino que esos apegos pueden mitigar algunas de las dificultades observadas en la relación entre la madre y el niño o la niña, como cuando la madre está deprimida (Feldman & Masalha, 2007). Así pues, evidencias convergentes sugieren que cada relación de apego es importante y que tener más de un refugio seguro reporta beneficios (Dagan & Sagi-Schwartz, 2018).

Sería un error deducir de este análisis que un niño o una niña puede formar innumerables apegos de importancia equivalente; hay sin duda límites, aunque no estén bien especificados (van IJzendoorn et al., 2020). Además, el niño o la niña (sobre todo a edades tempranas) puede seguir prefiriendo a alguna o algunas personas cuidadoras frente a otras a la hora de satisfacer sus necesidades de apego (Bacro et al., 2020). No obstante, el significado psicológico y evolutivo de tal preferencia no es evidente. Por ejemplo, esta preferencia solo se observa por lo general cuando hay más de una persona cuidadora accesible en ese momento, y no parece depender de la calidad del apego con cada uno de los progenitores (Umemura et al., 2013; Zimmerman, 2017). Además, las preferencias del momento pueden depender de factores contextuales (Lamb, 2018). Con todo, cabe señalar que actualmente no hay suficiente conocimiento científico sobre las preferencias de la infancia en contextos de conflicto entre los progenitores y de litigios de custodia.

Sobre la base del conjunto concertado de la investigación, la mayoría de quienes investigan el apego coincide en que las relaciones de apego de niños y niñas con todas sus personas cuidadoras habituales son importantes y deben apoyarse. Lo que diferencia a quienes investigan el apego –incluida la autoría de este texto– es si la relación con la persona cuidadora «más familiar» puede tener una importancia particular como refugio seguro en los primeros años de vida y si, en consecuencia, en el contexto de las decisiones de custodia, debería asignarse a esa persona más tiempo con el niño o la niña hasta que su desarrollo cognitivo haga más tolerables las separaciones de la persona cuidadora más familiar (p. ej., Main et al., 2011; Sroufe & McIntosh, 2011; esta posición ha sido criticada por Lamb, 2012, 2018). Sin embargo, la investigación actual es demasiado escasa para dar una respuesta empírica definitiva y sencilla a esta cuestión. Ello se debe en parte a que la respuesta probablemente varía según el contexto, como la cultura (p. ej., orientaciones predominantemente individualistas, interdependientes o colectivistas), los factores familiares (p. ej., reparto igualitario o desigual de las responsabilidades de cuidado entre los cónyuges, conflicto entre los progenitores tras el divorcio) y el desarrollo infantil (p. ej., bebés y niños o niñas que empiezan a andar frente a niños y niñas algo mayores). Instamos a profesionales de los tribunales a tener en cuenta estas circunstancias contextuales pertinentes al fijar las modalidades de custodia, pero a procurar un contacto continuo con ambas personas cuidadoras siempre que sea posible.

Cuando una «segunda» persona cuidadora –por la razón que sea– ha estado notablemente al margen de los cuidados y de otras formas de interacción con el niño o la niña antes del divorcio, es importante darle a este la oportunidad de adaptarse gradualmente a recibir los cuidados de esa persona tras el divorcio, antes de que se le asigne a esta un tiempo más o menos igual de responsabilidades de cuidado (Kelly & Lamb, 2000, 2003; Warshak, 2014). Esto es especialmente cierto para bebés y niños o niñas de muy corta edad que están a punto de formar, o acaban de formar, apegos selectivos con la persona o las personas cuidadoras con las que han tenido una historia de interacción continua. Cabe señalar que este análisis se refiere específicamente a la función de refugio seguro y no a otros aspectos de la relación. Como señalan Main y sus colegas (2011), una persona cuidadora no residente puede cumplir otras funciones relacionales importantes para el niño o la niña (p. ej., la interacción lúdica), de modo que un contacto regular con ella suele favorecer su desarrollo mucho más allá de la adaptación gradual a sus cuidados.

Es lamentable que a veces se considere que la teoría y la investigación sobre el apego respaldan de forma generalizada una modalidad de custodia por encima de todas las demás. En ocasiones se ha presentado la teoría como favorable a dar prioridad a una única figura parental psicológica, normalmente la madre. En otros casos, se ha sostenido que la teoría prescribe categóricamente la custodia física compartida, con un reparto igualitario del tiempo independientemente de la edad, incluidas transiciones entre los hogares familiares cada día o cada dos días. Un ejemplo particular de lo primero se encuentra en la doctrina de los años tiernos (Tender Years Doctrine), según la cual la custodia corresponde automáticamente a la madre cuando el niño o la niña no ha alcanzado cierta edad «tierna». Aunque en la mayoría de los países ha sido sustituida formalmente por el principio del interés superior del niño, se ha sostenido que la doctrina de los años tiernos sigue influyendo en las decisiones de custodia (para un análisis, véase Artis, 2004). Además, sigue aplicándose activamente en algunos países, se invoque o no la teoría del apego (Aitani, 2015; The National People’s Congress of the People’s Republic of China, 2020).

Uno de esos países es Israel, donde la custodia de menores de seis años corresponde automáticamente a la madre, salvo en circunstancias muy especiales en las que se la considera no apta. En Israel, la doctrina ha sido defendida por voces influyentes del ámbito jurídico, con el apoyo de referencias mal informadas a la teoría del apego (Hacker & Halperin Kaddari, 2013). En respuesta a quienes habían sostenido que la teoría y la investigación sobre el apego implican una responsabilidad parental igualitaria (Joels & Sagi-Schwartz, 2012), Hacker y Halperin Kaddari (2013) citaron un número especial de Family Court Review con contribuciones de un grupo seleccionado de especialistas en apego (McIntosh, 2011). Sostuvieron que existe un consenso general en que los bebés forman un apego principal con una sola persona cuidadora y que las modalidades de crianza en situaciones de divorcio deberían reflejar ese consenso (para un análisis, véase Warshak, 2014, frente a McIntosh et al., 2015). Como hemos visto, esa no es una posición de consenso. Pero, lo que es más importante, estamos plenamente de acuerdo en que el establecimiento final de una red de relaciones de apego es en general un factor de protección a largo plazo y, por tanto, un resultado deseable en el desarrollo infantil. También estamos plenamente de acuerdo en que las pérdidas de figuras de apego y las separaciones permanentes de ellas son en sí mismas factores de riesgo que deben prevenirse siempre que sea posible en el desarrollo infantil.

2.2.2 Múltiples relaciones de apego y pernoctas

Una cuestión relacionada es el argumento de que pernoctar con personas cuidadoras no residentes es intrínsecamente perjudicial en las edades más tempranas y debería desaconsejarse en las modalidades de custodia. Tales afirmaciones se deben en parte a una confianza excesiva en un estudio temprano, y mal interpretado, de Solomon y George (1999). Las autoras concluyeron que las modalidades de coparentalidad que incluían pernoctas con el otro progenitor se asociaban con inseguridad del apego con el progenitor residente. Sin embargo, sus propios datos indicaban en realidad una diferencia no significativa, y que el conflicto parental era un mejor predictor de la inseguridad (van IJzendoorn et al., 2019; véase también Lamb, 2018). Posteriormente, Solomon (2013) criticó el uso de su estudio para argumentar en contra de las pernoctas con el progenitor no residente. Además, la mayor parte de la evidencia actual no sugiere efectos negativos en la seguridad del apego (Lamb, 2018; véase también Fabricius & Suh, 2017). No obstante, el estudio de Solomon y George (1999) se cita a menudo para demostrar los posibles peligros de las pernoctas con el progenitor no residente (p. ej., Tornello et al., 2013; McIntosh et al. 2013; para un análisis, véase Pruett et al., 2016).

En relación con la cuestión de cómo pasan la noche los bebés, un estudio realizado en kibutz israelíes (Sagi et al., 1994) halló que las noches pasadas con cuidadoras nocturnas desconocidas en dormitorios colectivos se asociaban con tasas elevadas de inseguridad del apego con la madre. Aunque estos resultados son importantes, no responden a la cuestión de si las pernoctas con progenitores no residentes tienen efectos adversos en las relaciones de apego con los progenitores residentes. Más concretamente, el estudio del kibutz daba a entender que las modalidades nocturnas en las que niños y niñas no tienen acceso a ningún refugio seguro familiar podrían tener un impacto negativo en la seguridad del apego, debido a sus efectos negativos en las expectativas sobre la disponibilidad de sus figuras de apego.

Desde una perspectiva estrictamente de apego, algunas personas de nuestro grupo plantean la hipótesis de que el hogar está donde están las personas cuidadoras familiares del niño o la niña, y además de que la seguridad del apego de quienes han sido cuidados regularmente por ambas personas cuidadoras antes del divorcio difícilmente se verá perjudicada por pernoctar con cualquiera de ellas tras el divorcio, sea cual sea su edad. Otras plantean la hipótesis de que el que las pernoctas con un progenitor no residente tengan o no efectos adversos en el desarrollo probablemente depende del mismo conjunto de factores contextuales que hemos expuesto más arriba (es decir, evolutivos, familiares y culturales). Aunque no existe literatura científica en la que basar recomendaciones precisas en función de la edad, planteamos por consenso la hipótesis de que las pernoctas no deberían plantear problemas a partir de la edad preescolar si ambas personas cuidadoras se han ocupado regularmente del niño o la niña antes del divorcio. En cambio, a un bebé o a un niño o niña de muy corta edad que haya tenido muy pocas oportunidades de desarrollar expectativas de refugio seguro respecto de una de las personas cuidadoras puede resultarle más difícil, al menos al principio, pasar la noche con ella tras el divorcio. Por supuesto, también pueden aparecer dificultades iniciales relacionadas con factores distintos de unas expectativas de refugio seguro insuficientemente desarrolladas, como la falta de familiaridad con el nuevo entorno físico de una persona cuidadora. Sin embargo, quienes han desarrollado claras expectativas de refugio seguro respecto de ambas personas cuidadoras probablemente se adaptarán con relativa rapidez y sobrellevarán bien las pernoctas en ambos hogares. Aun así, se necesita más investigación para establecer qué grado de familiaridad se requiere para que un niño o una niña sienta que tiene un refugio seguro disponible cuando pasa la noche con una persona cuidadora no residente o, ya puestos, con cualquier otra persona cuidadora de una red de apego.

Gran parte de quienes investigan el apego considera que la custodia física por parte de una persona cuidadora determinada y las pernoctas con ella pueden facilitar el desarrollo de una relación de apego con esa persona (Lamb et al., 1997). Una de las razones es que se considera que el sistema de apego del niño o la niña se complementa con un sistema de cuidado en la persona cuidadora que, al igual que el sistema de apego infantil, es maleable y está abierto a los aportes del entorno (George & Solomon, 2008). En consecuencia, privar gravemente a una persona cuidadora del tiempo con su hijo o hija y de las responsabilidades de cuidado puede no solo influir en la capacidad del niño o la niña para desarrollar y mantener una relación de apego con ella, sino también tener efectos indeseables en el sistema de cuidado de esa persona, que puede verse frustrado. Sin embargo, no hay investigación empírica que sugiera que las pernoctas sean imprescindibles (es decir, una condición necesaria) para el desarrollo de una relación de apego.

Por último, las decisiones sobre la custodia y el reparto del tiempo, incluidas las modalidades de pernocta, deberían tener en cuenta también la capacidad de las personas cuidadoras para cooperar tras el divorcio. En algunos países se invoca la teoría del apego para justificar categóricamente la custodia física compartida, sin apenas tener en cuenta factores contextuales como el conflicto entre los progenitores y su capacidad de cooperación. El conflicto entre los progenitores tras el divorcio se ha vinculado con diversos efectos negativos en la adaptación infantil (Tan et al., 2018; van IJzendoorn, 2019), incluido el apego (Brown et al., 2010; Solomon & George, 1999). El conflicto y la hostilidad entre los progenitores pueden menoscabar no solo las propias competencias parentales, sino también la capacidad de permitir que la otra persona proporcione cuidados (Grossmann, 2013), con repercusiones negativas para el niño o la niña atrapado en medio. Para abordar estas dificultades se han desarrollado intervenciones destinadas a apoyar la implicación de las personas cuidadoras y a reducir el conflicto entre los progenitores tras el divorcio, con resultados prometedores (Pruett et al., 2016).

2.3 Las implicaciones de las clasificaciones de la calidad del apego

Las clasificaciones del apego se malinterpretan y se utilizan mal con frecuencia en los contextos aplicados, y reconocemos que la comunidad investigadora del apego, incluidas muchas de las personas que firmamos este texto, ha contribuido a veces involuntariamente a esta situación (Duschinsky, 2020). En ocasiones hemos promovido nuestros métodos de evaluación de la calidad del apego y exagerado el alcance de los resultados pertinentes sin reconocer explícitamente sus restricciones y limitaciones. En retrospectiva, es evidente que deberíamos haber sido más prudentes. Las medidas de evaluación de la calidad del apego, cuando las utilizan codificadores formados y certificados en entornos validados, son herramientas notables para la investigación a nivel de grupo. Sin embargo, surgen dudas sobre la transferibilidad de la validez de estas medidas al contexto de los tribunales de familia y a niños y niñas individuales (y a sus personas cuidadoras). La cuestión clave es, por supuesto, si las evaluaciones de la calidad del apego aportan información útil para fundamentar las decisiones de custodia y de protección de la infancia. Una información válida sobre la calidad del apego de un niño o una niña concretos puede aportar una comprensión valiosa de su relación con una persona cuidadora determinada y podría, en principio, aumentar la capacidad profesional de predecir su probable desarrollo. Sin embargo, como se expone más adelante, los tamaños del efecto de las asociaciones entre la calidad del apego infantil, las conductas de cuidado pertinentes y el desarrollo posterior son entre pequeños y moderados. En consecuencia, las medidas del apego no tienen poder predictivo suficiente para servir por sí solas de «indicadores indirectos» de la historia de cuidados de un niño o una niña concretos o de cómo se desarrollará.

2.3.1 El supuesto de que las clasificaciones del apego proporcionan información fiable y válida sobre la historia de cuidados y las perspectivas de desarrollo de cada niño o niña

En ocasiones se intenta evaluar la calidad del apego para fundamentar las evaluaciones de los cuidados y las decisiones de los tribunales de familia en materia de protección de la infancia y de custodia (Aitani, 2015; Crittenden & Baim, 2017; Gauthier et al., 2004). Sin embargo, las medidas del apego se han desarrollado y validado para la investigación a nivel de grupo, y la validez para la investigación a nivel de grupo no se traduce automáticamente en una validez suficiente para el diagnóstico o la predicción a nivel individual (Neal et al., 2019; van IJzendoorn et al., 2018a). En las ciencias médicas y en los entornos clínicos, los instrumentos diagnósticos deben tener una «sensibilidad» y una «especificidad» elevadas para considerarse útiles. Mientras que la sensibilidad se refiere a la proporción de «verdaderos positivos» correctamente identificados (p. ej., niños y niñas con apego seguro clasificados correctamente como tales), la especificidad se refiere a la proporción de «verdaderos negativos» (p. ej., niños y niñas con apego inseguro correctamente identificados como sin apego seguro). Las pruebas pueden tener a la vez una sensibilidad y una especificidad elevadas, aunque una prueba de alta sensibilidad puede tener una especificidad reducida si produce muchos «falsos positivos» (p. ej., identificar como seguros a la mayoría de los casos de apego seguro, pero también a muchos casos de apego inseguro). En lo que respecta a las evaluaciones del apego en el presente contexto, las consideraciones de sensibilidad y especificidad pueden extenderse a la capacidad retrodictiva y predictiva de los instrumentos; por ejemplo, para identificar a menores con apego seguro que han recibido cuidados sensibles y se desarrollan favorablemente, así como a menores con apego inseguro que no han recibido cuidados sensibles y no se desarrollan favorablemente.

Pocos instrumentos psicológicos –o, ya puestos, biomédicos– desarrollados para la investigación a nivel de grupo tienen una sensibilidad y una especificidad suficientes para un uso diagnóstico válido y para la predicción del desarrollo a nivel individual (Neal et al., 2019). Los problemas de precisión psicométrica y de poder predictivo son quizá especialmente notables en las evaluaciones realizadas en la primera infancia. De hecho, las evaluaciones del apego figuran entre las medidas de la primera infancia con mayor poder para predecir el desarrollo infantil posterior en la investigación a nivel de grupo (Groh et al., 2017a). No debería sorprender que la mayoría de los instrumentos psicológicos tengan por sí solos un poder predictivo insuficiente: el desarrollo humano es realmente complejo, de modo que no cabe esperar que ningún instrumento explique la mayor parte de la varianza de los resultados del desarrollo. Con todo, es importante señalar que las medidas actuales del apego tienen una sensibilidad y una especificidad limitadas para predecir el desarrollo de cada niño o niña o para retrodecir los cuidados que ha recibido (van IJzendoorn et al., 2018a). En particular, una elevada proporción de menores clasificados con apego inseguro se desarrolla favorablemente y ha recibido cuidados al menos suficientes (aunque no siempre sensibles).

La capacidad predictiva de las medidas del apego a nivel de grupo, junto con su limitada sensibilidad y especificidad para la predicción a nivel individual, ha dado lugar a opiniones distintas entre quienes investigamos el apego sobre su utilidad para fundamentar las decisiones de los tribunales de familia, en particular en materia de protección de la infancia. Algunas personas de nuestro grupo querrían ver una validez mayor (especialmente en sensibilidad y especificidad) para la predicción a nivel individual antes de respaldar el uso de estas medidas para fundamentar las decisiones de acogimiento fuera del hogar. Otras consideran que las medidas del apego pueden ser útiles como contribución al «panorama general» si se utilizan junto con otras medidas. Estas diferencias de opinión, que analizamos más adelante, dependen en parte de visiones distintas sobre el nivel de exigencia que debe cumplir un instrumento científico para considerarse útil a la hora de fundamentar las decisiones de los tribunales de familia.

2.3.2 El supuesto de que el apego seguro equivale a salud psicosocial, predice la salud psicosocial a nivel individual y constituye un indicador del interés superior del niño

La investigación metaanalítica ha mostrado que el apego seguro en la infancia se asocia posteriormente con una mayor competencia social (d = .39) y con menos problemas exteriorizados (d = .31) e interiorizados (d = .15; Groh et al., 2017a). Estos tamaños del efecto son notables y tienen relevancia en términos de efectos promediados sobre muchos niños y niñas y muchos estudios (Funder & Ozer, 2019). El apego seguro es en general un factor de protección en el desarrollo humano (Scott et al., 2011), y de ello se deduce que las políticas e intervenciones que favorecen unos cuidados sensibles y el apego seguro tienen utilidad práctica (Bachmann et al., 2019). Estos tamaños del efecto también podrían considerarse pragmáticamente suficientes para justificar el uso de medidas de la seguridad del apego en los tribunales de familia, sobre todo teniendo en cuenta que muchos otros instrumentos disponibles tienen una validez predictiva menor o desconocida. Las evaluaciones validadas del apego, si las realizan codificadores formados y certificados, pueden aportar información que aumente la capacidad profesional de predecir el probable desarrollo futuro de la infancia, al menos por encima del azar. Sin embargo, los efectos no tienen una magnitud que permita afirmar que el desarrollo futuro de un niño o una niña puede predecirse con confianza solo a partir de evaluaciones de la seguridad del apego. Si los tribunales utilizan evaluaciones del apego para fundamentar sus decisiones, el peso asignado a las clasificaciones del apego debe reflejar esta limitación.

Comunicar las complejidades que entraña trasladar la investigación a nivel de grupo a la evaluación de cada niño o niña y de cada persona cuidadora ha resultado difícil, y en las guías de trabajo social la importancia del apego seguro se ha exagerado a menudo o se ha comunicado de otras maneras engañosas. Tales caracterizaciones pueden suscitar o mantener la idea errónea de que el apego seguro es necesario para un desarrollo infantil favorable. A su vez, esto puede contribuir a dar un peso excesivo al apego seguro en las decisiones de los tribunales de familia. Un ejemplo de comunicación poco clara se encuentra en una guía de práctica del Department of Health del Reino Unido que, aunque ya no es vinculante, ha sido y sigue siendo muy influyente: «Lo que les ocurre a los niños en los primeros años de vida es la base del desarrollo posterior e influirá en su evolución. La importancia de este hecho debe tenerse en cuenta en el proceso de evaluación. Por eso los apegos seguros son tan importantes en los primeros años. Cuando estos apegos estén ausentes o rotos, las decisiones de proporcionar a los niños nuevas figuras de apego deben tomarse lo antes posible para evitar daños en el desarrollo» (Department of Health, 2000, p. 3).

Esta guía es poco clara y engañosa porque empieza afirmando la importancia del apego seguro, luego establece un contraste extremo entre el apego seguro y la «ausencia» de apego y los apegos «rotos», y por último aboga por proporcionar rápidamente nuevas figuras de apego. Su tono determinista pasa por alto que las experiencias posteriores también influyen en las relaciones de apego (p. ej., Waters et al., 2000). Además, en la guía de práctica del Department of Health no hay zonas grises: no se menciona el apego inseguro ni se hace referencia alguna a lo poco frecuente que es la falta de apego. Probablemente muy lejos de las intenciones de su autoría, esta guía puede haber suscitado o reforzado la idea de que todo lo que no sea apego seguro se asocia con un riesgo elevado de desarrollo desfavorable, y de que debería contemplarse la separación de niños y niñas de sus personas cuidadoras en ausencia de apego seguro (White et al., 2019). Tal idea constituiría un grave malentendido de la teoría y la investigación sobre el apego, y daría a entender que casi la mitad de todos los niños y niñas debería ser separada de su familia, pues esa es la tasa media de apego inseguro en la población general (van IJzendoorn et al., 1999).

2.3.3 El supuesto de que el apego inseguro organizado implica daño y patología

Se han distinguido dos tipos de apego inseguro «organizado», evaluados por codificadores formados en una prueba de separación y reencuentro conocida como Procedimiento de la Situación Extraña (Ainsworth et al., 1978). En las relaciones de apego inseguro-evitativo, el niño o la niña no busca a su persona familiar cuando se alarma levemente, aunque se mantiene cerca. En el apego inseguro-resistente, sí busca la proximidad, pero no se deja consolar fácilmente y mezcla la búsqueda de proximidad con manifestaciones de enfado hacia la persona cuidadora. Estos patrones de minimización y de maximización de las señales de necesidad de apego se consideran «organizados» porque la conducta es coherente y puede servir para aumentar la disponibilidad de personas cuidadoras menos sensibles. Los metaanálisis han revelado asociaciones significativas y sólidas, aunque modestas, entre el apego evitativo y una menor competencia social (d = .17), niveles más altos de problemas interiorizados (d = .17) y niveles más altos de problemas exteriorizados (d = .12); y entre el apego resistente y una menor competencia social (d = .29; Groh et al., 2017a).

Tales tamaños del efecto no implican que el apego inseguro organizado pueda utilizarse por sí mismo como indicador indirecto de unos cuidados inadecuados o para pronosticar un desarrollo infantil desfavorable. Aunque los tamaños del efecto sugieren que el apego inseguro, si se evalúa de forma válida, puede contribuir a pronosticar débilmente el probable desarrollo futuro, cabe preguntarse legítimamente cuánto peso dar a ese pronóstico y cuál es su relevancia práctica. Los efectos del apego inseguro quedan además empequeñecidos por los efectos adversos asociados a la falta de oportunidades de formar apegos con personas cuidadoras familiares, como se observa en la infancia institucionalizada (van IJzendoorn et al., 2020). De hecho, la capacidad de desarrollar patrones de apego diversos (incluidos los inseguros) probablemente evolucionó porque contribuía a la supervivencia infantil y a la adaptación a condiciones de cuidado y de contexto variables (Belsky, 1997). A menos que se consiga transformar el mundo en un lugar receptivo y seguro con recursos abundantes para todos sus habitantes, quizá no esté justificado considerar que solo las relaciones de apego seguro son adaptativas para todas las personas. Por último, la calidad del apego siempre interactúa con otros factores de riesgo y de protección. Por ejemplo, encontrarse en una relación de apego inseguro puede tener una importancia distinta según factores como la calidad de la escuela infantil, el apoyo social con que cuenta la familia y el temperamento del niño o la niña (van IJzendoorn & Bakermans-Kranenburg, 2012), todos los cuales pueden aumentar o atenuar el riesgo.

2.3.4 El supuesto de que el apego inseguro-desorganizado implica invariablemente daño y psicopatología

El apego desorganizado es una tercera categoría insegura, identificada por codificadores formados a partir de conductas conflictivas, confusas o aprensivas hacia una persona cuidadora familiar en condiciones estandarizadas de alarma leve o moderada (Main & Solomon, 1986). El apego desorganizado se predice por conductas de la persona cuidadora que asustan, que expresan miedo o que son disociativas (Main & Hesse, 1990; Schuengel et al., 1999), por conductas de cuidado atípicas como la hostilidad y el retraimiento (Lyons-Ruth & Jacobvitz, 2016) y por el maltrato (Carlson et al., 1989; Cyr et al., 2010). Además, la investigación metaanalítica sobre la distribución de las clasificaciones del apego en la infancia institucionalizada ha hallado apego seguro en menos de una quinta parte de los casos y apego desorganizado en más de la mitad (Lionetti et al., 2015; van IJzendoorn et al., 2020).

El vínculo entre apego desorganizado y maltrato ha llevado a algunas personas del ámbito académico del trabajo social a recomendar el uso del apego desorganizado como indicador de maltrato en la práctica de protección de la infancia (Shemmings & Shemmings, 2011; Wilkins, 2012 [pero véase Wilkins 2020]). El problema es que, aunque la infancia maltratada tiene una probabilidad notablemente mayor que el resto de desarrollar relaciones de apego desorganizado (en torno al 50% de los niños y niñas maltratados lo hacen; van IJzendoorn et al., 1999), una proporción notable no lo desarrolla. Del mismo modo, una proporción significativa de niños y niñas de muestras comunitarias (10-15%), muchos de los cuales no han sufrido maltrato, muestran apego desorganizado durante la situación extraña (van IJzendoorn et al, 1999). Es importante señalar que existen muchas vías hacia el apego desorganizado, varias de las cuales no incluyen el maltrato (Bernier & Meins, 2008; Solomon et al., 2017). Como propusieron Main y Hesse (1990), las personas cuidadoras pueden, por ejemplo, mostrar sutiles conductas desorganizadoras que asustan o expresan miedo sin que haya maltrato, debido a un trauma no resuelto derivado de sus propias experiencias de pérdida o de abuso (Jacobvitz et al., 2006; Madigan et al., 2006). La investigación metaanalítica ha hallado que los bebés cuyas familias acumulan cinco o más factores de riesgo socioeconómico presentan tasas de apego desorganizado estadísticamente indistinguibles de las de los bebés de muestras de maltrato (Cyr et al., 2010). El apego desorganizado también puede ser más frecuente tras separaciones importantes, como las que pueden producirse durante los procesos de divorcio y de custodia, sobre todo en el contexto de entregas y visitas conflictivas (Solomon & George, 2011).

Un niño o una niña también puede mostrar una conducta desorganizada sin que ello signifique un apego desorganizado ni la historia relacional asociada. Muchos niños y niñas normalmente «organizados» expresan conductas desorganizadas si están suficientemente estresados. En consecuencia, un estrés excesivo durante las evaluaciones del apego puede dar lugar a manifestaciones de conducta desorganizada que no reflejan un apego desorganizado ni una historia relacional desorganizadora (Granqvist et al., 2016). Las dificultades de autorregulación en recién nacidos (Padrón et al., 2014; Spangler et al., 1996) y los síntomas de TDAH en la infancia también se han asociado con conductas o clasificaciones desorganizadas, y pueden constituir «falsos positivos» por diversas razones (Forslund et al., 2019).

Cabe destacar que la investigación a nivel de grupo ha establecido que el apego desorganizado en la primera infancia es uno de los predictores más potentes del desarrollo infantil posterior. Por ejemplo, la asociación metaanalítica entre el apego desorganizado y los problemas de conducta exteriorizados (d = .34) no es en absoluto trivial. El apego desorganizado es, por tanto, un fenómeno relevante que no debe desatenderse. Sin embargo, las asociaciones entre el apego desorganizado y el riesgo de resultados adversos (incluidos los problemas de conducta exteriorizados) siguen sin ser lo bastante fuertes como para que el apego desorganizado en sí se tome como indicio de patología en las decisiones de los tribunales de familia sobre casos individuales (Fearon et al., 2010). En reconocimiento de la complejidad que rodea al fenómeno del apego desorganizado y a su etiología, algunas personas expertas han revisado sus posiciones anteriores y subrayan ahora que el apego desorganizado no es por sí mismo un indicador de maltrato (Wilkins, 2020).

2.3.5 El supuesto de que el apego inseguro o desorganizado significa trastorno del apego

En la práctica judicial, el término «trastorno del apego» se ha utilizado a veces con el sentido de «apego problemático», lo que a su vez connota vagamente relaciones de apego que no responden al interés superior de la infancia (White et al., 2019). Sin embargo, «trastorno del apego» es un término técnico, de significado completamente distinto al de apego inseguro o desorganizado. Procede del Manual diagnóstico y estadístico de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (DSM, actualmente en su quinta edición) y designa dos afecciones específicas y muy poco frecuentes que se observan sobre todo en niños y niñas que han estado institucionalizados (Zeanah et al., 2005). La primera, el «trastorno de apego reactivo (TAR)», se caracteriza por la ausencia de búsqueda de cuidado hacia cualquier persona cuidadora cuando el niño o la niña está alarmado, y solo puede diagnosticarse si ha habido unos cuidados extremadamente inadecuados y si los síntomas han comenzado después de los 9 meses y antes de los 5 años de edad (Zeanah et al., 2016). La segunda, el «trastorno de relación social desinhibida», se caracteriza por una falta de selectividad social y una familiaridad excesiva con personas desconocidas (Zeanah et al., 2016).

Se ha documentado un uso excesivo y generalizado de los diagnósticos de trastorno del apego, así como del término «trastorno del apego» sin que exista diagnóstico (Allen & Schuengel, 2020; Woolgar & Baldock, 2015). En la gran mayoría de los casos de trastorno de apego reactivo, los síntomas desaparecen cuando el niño o la niña pasa a un entorno de cuidado estable que permite el desarrollo de relaciones de apego selectivas (Smyke et al., 2012) y que favorece la disponibilidad emocional de las personas cuidadoras (Barone et al., 2019). Hay que señalar que circulan «terapias del apego» para los trastornos del apego que se presentan como eficaces pero que en realidad carecen de base científica (Allen, 2018; Chaffin et al., 2006; Mercer, 2019). Esto contrasta claramente con los programas de intervención y prevención basados en el apego para el apego desorganizado, que han mostrado efectos positivos sólidos (Bernard et al., 2012; Facompré et al., 2018).

3 Factores que contribuyen a los malentendidos en la traslación de la investigación sobre el apego a la práctica judicial

Profesionales de los tribunales han reconocido una discrepancia entre las promesas que a veces se han hecho sobre la pertinencia de la teoría del apego y la realidad de su pertinencia para su trabajo (Robertson & Broadhurst, 2019). Aunque profesionales del trabajo social consideran en general que la investigación sobre el apego es potencialmente valiosa, a menudo les falta seguridad para vincular los principios del apego con casos concretos y les preocupa que la judicatura y la abogacía reaccionen con escepticismo ante su pretensión de pericia en materia de apego (Duschinsky, 2020; North, 2019). Sobre todo, existe escasa infraestructura formalizada que ayude a la práctica profesional a ajustar las consideraciones sobre el apego a las necesidades de los tribunales y a sostener los vínculos entre investigación y práctica. Esto contrasta con el campo de la medicina, cuyas infraestructuras incluyen, por ejemplo, diagnósticos clínicos aceptados por todas las partes, protocolos para la práctica de la evaluación, financiación para la investigación sobre el tema y becas que ayudan al personal clínico a convertirse en investigador. Más allá de esta consideración general, hemos identificado otros siete factores específicos que, sospechamos, han contribuido a los problemas de traslación a la práctica judicial y que hasta ahora han recibido una atención y un interés insuficientes (una excepción es Garber, 2009).

3.1 El uso de la «evidencia» científica

En las evaluaciones del interés superior se citan a veces pruebas científicas atribuyendo un peso inadecuado a estudios aislados (Nielsen, 2014). Aunque son superiores a las pruebas anecdóticas o no científicas (p. ej., quien evalúa el apego «sabe sin más» que un progenitor concreto es maltratador), los estudios aislados conllevan un riesgo elevado de falsos positivos y falsos negativos, sobre todo cuando las muestras son pequeñas, como ocurre a menudo en la investigación sobre temas aplicados como el apego. Los resultados de la investigación deben considerarse creíbles cuando múltiples estudios de alta calidad apuntan a la misma conclusión, en particular si los han realizado grupos de investigación distintos. Con todo, sigue siendo necesaria la cautela, porque, a menos que la literatura se analice con rigor, la convergencia percibida puede deberse a que se ignoran o minimizan resultados contrarios o complejos. Por desgracia, algunas guías para profesionales han seleccionado a conveniencia los estudios sobre el apego desorganizado con los resultados más contundentes y se han centrado en ellos (p. ej., Brown & Ward, 2013), en lugar de ofrecer una visión representativa de la investigación existente.

Por ello son importantes los metaanálisis, que consisten en una búsqueda sistemática de todos los estudios pertinentes seguida de análisis estadísticos para calcular los efectos medios. Permiten responder a la pregunta de si existen realmente asociaciones replicables entre variables, qué fuerza tienen esas asociaciones y si están influidas por otras variables. Tamaños del efecto metaanalíticos muy grandes pueden considerarse indicio de una probabilidad claramente mayor de que los efectos puedan aplicarse a casos individuales, pero los metaanálisis también tienen limitaciones: sus resultados siguen situándose a nivel de grupo, y rara vez se encuentran tamaños del efecto muy grandes, lo que suele dificultar su extrapolación a casos individuales (Funder & Ozer, 2019). Además, a veces hay motivos para sospechar un sesgo de publicación en contra de los resultados nulos; incluso los resultados metaanalíticos pueden estar inflados (Kvarven et al., 2019). Por tanto, la evidencia se refuerza cuando los resultados metaanalíticos se ven respaldados por datos procedentes de muestras grandes y por investigación experimental, como los ensayos controlados aleatorizados de intervenciones, que aportan evidencia ordenada en el tiempo y permiten inferencias causales (van IJzendoorn et al., 2020).

Hay que admitir que los elevados «ideales» científicos expuestos más arriba pueden ser a menudo difíciles de aplicar de forma sistemática en la práctica judicial. Puede ocurrir, por ejemplo, que falten metaanálisis o ensayos controlados aleatorizados sobre los temas pertinentes. De hecho, la comunidad investigadora del apego no ha investigado lo suficiente sobre temas y con muestras pertinentes para la práctica judicial (p. ej., el reparto del tiempo, las pernoctas y el conflicto entre los progenitores en relación con el apego infantil). En lugar de descartar toda aplicación de la investigación sobre el apego, profesionales deben entonces extraer conclusiones responsables de la investigación disponible, identificando los estudios de alta calidad y los patrones en los que estos convergen. Probablemente tampoco exista ningún conjunto de estudios capaz de responder a todas las particularidades de un litigio concreto de custodia o de protección de la infancia. Es decir, en algún momento, las personas expertas y la judicatura pueden tener que pasar de lo general a lo particular, e incluso a veces ir más allá de los datos existentes. Lo expuesto no pretende excluir toda aplicación de la teoría del apego a falta de metaanálisis con grandes tamaños del efecto respaldados por ensayos controlados aleatorizados. Instamos, no obstante, a que los tribunales y las personas expertas que consultan permanezcan atentos al estado real de la evidencia científica, que debe determinar el peso que se le concede.

3.2 La presión para que las decisiones parezcan basadas en la evidencia y la necesidad de pericia psicológica

Aunque los tribunales deben ser pragmáticos con la financiación y el tiempo de que disponen, existe una presión creciente para que las decisiones parezcan basadas en la evidencia, justificables y auditables (Huntington, 2018). Dado que las decisiones sobre el interés superior se refieren al futuro probable de la infancia, el pronóstico de peritos en psicología resulta atractivo. Como se ha señalado, esto ha allanado el camino para la entrada de la teoría del apego en las salas de los tribunales (Mnookin, 2014). De hecho, se ha comprobado que la teoría del apego es, con mucho, la más popular entre profesionales que trabajan con niños, niñas y familias que necesitan apoyo (Department for Education, UK, 2018). Además, si bien la tarea de la judicatura, que goza de discrecionalidad y ocupa una posición dominante, consiste en determinar los hechos, depende de peritos que relacionen fuentes de conocimiento creíbles con la situación y el futuro probable de la infancia (Schneider, 1991). Cabe sospechar que la presión por encontrar pruebas pertinentes para las evaluaciones del interés superior ha contribuido a un cortocircuito entre las consideraciones sobre la calidad del apego y las evaluaciones del interés superior, así como a un exceso de confianza en el valor pronóstico de las clasificaciones del apego en casos individuales.

3.3 Versiones divulgativas de la teoría del apego

En guías dirigidas a profesionales del trabajo social y de los tribunales han circulado a veces versiones simplificadas de la teoría del apego que se apoyan en las connotaciones cotidianas de términos como «seguridad», «desorganización» y «apego». Por ejemplo, el apego desorganizado se describe a menudo de forma errónea como sentimientos de peligro y de abandono psicológico en relación con una persona cuidadora, y como un fuerte pronóstico de enfermedad mental posterior (p. ej., Brown & Ward, 2013). Del mismo modo, un organismo sueco de defensa de los derechos de la infancia describe de manera alarmista la desorganización infantil como un factor de riesgo «grave» de problemas de conducta exteriorizados, y señala que «… existe miedo en la relación entre la persona cuidadora y el niño. El niño está asustado por la persona cuidadora, o la persona cuidadora tiene miedo del niño» (Barnombudsmannen, 2007, p. 84). Tales descripciones llevarían a identificar sistemáticamente mal el apego desorganizado (Granqvist et al., 2017). Del mismo modo, las orientaciones para profesionales de Chile que trabajan en protección de la infancia (Departamento de Protección de Derechos Servicio Nacional de Menores, 2019) sugieren el uso de un instrumento de evaluación de los cuidados que hace referencia al «apego sano» y que confunde el apego desorganizado con el trastorno del apego (Barudy & Dantagnan, 2010). Tales descripciones parecen moldeadas más por las representaciones culturales de la salud y la enfermedad mental, esta última vista como caos e imprevisibilidad, que por una comprensión real del apego, incluido el apego desorganizado (Reijman et al., 2018). La práctica científica siempre está moldeada en cierta medida por valores sociales, por supuesto, pero las versiones divulgativas de la teoría del apego han sido especialmente proclives a presentar valores sociales como hechos científicos, como ilustran los juicios de valor sobre los papeles de madres y padres (para un análisis, véase Duschinsky, 2020).

3.4 Constructos académicos desligados de sus salvedades

Al pasar a la práctica judicial, los constructos académicos se desligan a veces de sus salvedades (Nielsen, 2014), y ello puede conducir a un exceso de confianza en las implicaciones de las diferencias individuales en la calidad del apego. Por ejemplo, la «Attachment Styles Interview» (ASI; Bifulco et al., 2008) se utiliza en ocasiones para determinar la idoneidad para ejercer el acogimiento familiar. Como ha señalado Granqvist (2016), esta medida no se ha validado suficientemente para evaluar la capacidad de cuidado, y así lo afirma su propia autoría. Sin embargo, esta salvedad se ha perdido en la práctica judicial, como se vio en un caso reciente en Suecia en el que unos gemelos fueron retirados de la familia de acogida permanente prevista para ellos, tras un año a su cuidado, basándose únicamente en las ASI «inseguras» de la pareja acogedora (Bunnvik, 2016). De hecho, la pareja acogedora obtuvo buenos resultados en todas las demás evaluaciones y los niños parecían desarrollarse bien. Por retomar un ejemplo de la práctica de protección de la infancia, algunas personas expertas han exagerado el solapamiento entre maltrato y apego desorganizado, avalando que profesionales del trabajo social identifiquen conductas desorganizadas, en entornos naturales y sin formación en fiabilidad, como indicador de maltrato (Shemmings & Shemmings, 2011).

3.5 La credibilidad de las clasificaciones del apego

Las clasificaciones del apego proceden de la ciencia del desarrollo y gozan, con razón, de prestigio en ese contexto. Sin embargo, en ocasiones no se ha reconocido suficientemente la necesidad de formación para asignarlas correctamente, comprender su significado y garantizar su uso adecuado. Esta desafortunada combinación ha contribuido probablemente a la popularidad de las clasificaciones del apego en las profesiones del bienestar infantil. Por ejemplo, la Junta Nacional de Salud y Bienestar de Suecia (2018a, b) indica a profesionales, la mayoría sin formación reglada en teoría y evaluación del apego, que presten atención a posibles signos de inseguridad y de problemas de apego, ejemplificados por niños y niñas ansiosos y pegados a sus figuras parentales que quieren saber dónde están y qué hacen. Con descripciones tan imprecisas, amplias y gravemente problemáticas, toda una gama de conductas puede identificarse erróneamente como insegura.

Aunque los fundamentos de la teoría del apego suelen formar parte obligatoria de la formación profesional, la formación especializada en la evaluación de la calidad del apego no lo es. Por ello, algunas personas que trabajan en los tribunales desconfían de la pertinencia de la teoría del apego y desestiman su potencial; otras recurren con exceso de confianza a las clasificaciones del apego en sus evaluaciones; y otras buscan formación especializada (North, 2019). Aunque los instrumentos del apego no se desarrollaron para la investigación diagnóstica y aún no se han validado para tales fines, buscar formación especializada puede seguir siendo la mejor de estas tres posiciones. La formación especializada transmite en general también conocimientos sobre las limitaciones de los instrumentos (p. ej., su limitada capacidad de diagnóstico y de predicción a nivel individual). A falta de infraestructuras que vinculen eficazmente investigación y práctica, como evaluaciones validadas con fines diagnósticos, quienes consideran que clasificar el apego ayudaría a fundamentar su trabajo se encuentran actualmente en un callejón sin salida.

3.6 Confundir la defensa de una postura con una evaluación equilibrada

La defensa de una postura puede causar problemas cuando se confunde con una evaluación equilibrada o un consenso científico, o se presenta como tal (Emery et al., 2016). Se encuentran ejemplos de ello en el encendido debate sobre el apego infantil, las decisiones de custodia y las pernoctas, ya comentado. Un número especial de Family Court Review (McIntosh, 2011) avivó ese debate. En ese número se pidió a un pequeño grupo de especialistas en apego de renombre que comentaran cómo podía utilizarse la teoría del apego, lo que dio lugar a algunas afirmaciones imprudentes. Por ejemplo, hubo quien sostuvo que la ciencia indica que una única persona cuidadora principal debe ser la fuente constante de las rutinas de la hora de dormir (Schore & McIntosh, 2011). Como hemos visto, la evidencia científica convergente no respalda esta afirmación (Lamb, 2012, 2018). Las referencias al apego en los tribunales de familia serían probablemente menos parciales, más equilibradas y más acordes con la evidencia convergente si fuera el tribunal, y no las partes representadas (p. ej., la abogacía), quien llamara a las personas expertas, ya que para las partes ganar el caso puede a veces eclipsar la atención al interés superior del niño.

3.7 Los estándares probatorios de las decisiones judiciales

Si una persona cuidadora es acusada de cometer un delito, el tribunal penal aplicará el principio jurídico de presunción de inocencia mientras no se demuestre la culpabilidad más allá de toda duda razonable. Sin embargo, este estándar no se aplica en los tribunales de familia en los casos de protección de la infancia, aunque lo que está en juego para las familias y los niños y niñas implicados puede ser al menos tan grave como en cualquier causa penal (van IJzendoorn et al., 2018b). En su lugar, las decisiones se basan en la ponderación de probabilidades y en diversos umbrales de riesgo (Burns et al., 2016). Aunque la prueba más allá de toda duda razonable pueda ser inviable, surgen preguntas sobre cómo deben ponderarse las probabilidades, cuándo y cómo la evaluación psicológica puede fundamentar este proceso y con qué claridad debe inclinarse la balanza para decisiones como la de separar a un niño o una niña de su familia. De hecho, algunas personas expertas han subrayado que este ejercicio de ponderación no es lo bastante estricto y que puede dar lugar a separaciones innecesarias (Mnookin, 2014).

Se ha señalado que la inversión en apoyo a las familias se ve cada vez más empequeñecida por la inversión en investigaciones de protección de la infancia y en servicios de acogimiento familiar (Bilson & Martin, 2016; Granqvist, 2016). De hecho, las dificultades para ponderar probabilidades y las aplicaciones mal informadas de la teoría del apego en las investigaciones de protección de la infancia han dado lugar en ocasiones a separaciones sin indicios fundados de riesgo para el desarrollo ni signos de maltrato. Por ejemplo, un estudio halló abundantes preocupaciones sobre el apego inseguro y los problemas de apego en informes de protección de la infancia que contribuyeron a separar a niños y niñas de madres con discapacidad intelectual leve, y constató que los tribunales no cuestionaron la pertinencia de las recomendaciones basadas en el apego ni la falta de evidencia que las sustentara (Alexius & Hollander, 2014). Cabe señalar que en aquel momento no existía investigación publicada sobre la calidad del apego en hijos e hijas de madres con discapacidad intelectual leve, y que la investigación posterior ha hallado de hecho una distribución de las clasificaciones del apego acorde con la que se observa habitualmente en familias expuestas a importantes factores de riesgo socioeconómico (Granqvist et al., 2014). Además, se ha comprobado que la sensibilidad de estas madres es muy heterogénea y modificable por la experiencia, y que la exposición al trauma y al abuso pesa mucho más en las variaciones de la sensibilidad materna que el déficit intelectual leve en sí (Lindberg et al., 2017). Desde la perspectiva del apego, es un error romper vínculos afectivos por preocupación ante un «apego inseguro». A juzgar por sus secuelas, lo primero (p. ej., la separación del niño o la niña de su familia) es en general un factor de riesgo mucho más profundo para el desarrollo infantil que lo segundo. Estas cuestiones se ven agravadas además por la escasez de personas expertas disponibles para evaluar el apego. Por ello rara vez se siguen las guías de buenas prácticas, lo que deja la validez de las evaluaciones por debajo del nivel exigible.

Parte II: propuestas para el uso de la teoría y la investigación sobre el apego en las decisiones de protección de la infancia y de custodia

Tras haber expuesto los problemas relacionados con la aplicación de la teoría y la investigación sobre el apego en los tribunales de familia, y algunas de sus causas probables, pasamos ahora a las aplicaciones que proponemos. Formulamos tres principios del apego, basados en más de medio siglo de investigación, que a nuestro juicio pueden servir de base a profesionales de los tribunales. Discutimos también la utilidad de las evaluaciones del apego y de las conductas de cuidado pertinentes para orientar las intervenciones de apoyo y las decisiones de custodia y de protección de la infancia. Por último, sugerimos vías de investigación colaborativa interdisciplinaria.

4 Tres principios del apego pertinentes para la práctica judicial

La teoría y la investigación sobre el apego son muy pertinentes para comprender los factores que contribuyen al bienestar y al desarrollo socioemocional de la infancia, así como para orientar las intervenciones de apoyo. En concreto, la teoría y la investigación sobre el apego son pertinentes para inferir cómo son por lo general unos cuidados suficientemente buenos y cómo pueden lograrse (van IJzendoorn et al., 2019).

4.1 La necesidad que tiene el niño o la niña de personas cuidadoras familiares, que no le maltraten ni le desatiendan

El desarrollo de las relaciones de apego, y los beneficios para el desarrollo psicosocial que pueden derivarse de ellas, dependen de experiencias de refugio seguro proporcionadas por personas cuidadoras concretas, familiares y no maltratadoras.

El desarrollo y el mantenimiento del apego requieren tiempo e interacción. Una primera implicación, en los contextos de custodia, es que un contacto limitado con una persona cuidadora dificulta que el niño o la niña forme, refuerce y mantenga sus expectativas sobre la disponibilidad de esa persona en los momentos de necesidad (Lamb et al., 1997). Una segunda implicación, en los contextos de protección de la infancia, es que casi cualquier cuidado de tipo familiar que no sea maltratador ni negligente probablemente será mejor que el cuidado institucional, que se asocia con unos cuidados muy inestables y con los consiguientes déficits en el desarrollo y en la salud mental de la infancia (van IJzendoorn et al., 2020). De hecho, estos déficits se encuentran a menudo incluso cuando las instituciones proporcionan una alimentación y una atención médica suficientes. Tales resultados subrayan la importancia de que niños y niñas puedan desarrollar expectativas sobre la disponibilidad, como refugio seguro, de personas cuidadoras concretas, familiares y no maltratadoras, presentes con una constancia fiable.

La necesidad de continuidad con las personas cuidadoras familiares debe sopesarse frente a otras consideraciones. Los sistemas de «aloparentalidad», en los que el cuidado parental lo proporcionan personas distintas de la madre y el padre biológicos (p. ej., en forma de acogimiento familiar), pueden ser cruciales para salvaguardar los derechos y los intereses de la infancia. Así, un acogimiento familiar de urgencia que funcione bien es de suma importancia cuando el bienestar del niño o la niña corre un peligro agudo, e incluso un acogimiento residencial terapéutico temporal y de corta duración puede ser necesario en circunstancias excepcionales, cuando se necesita urgentemente una terapia que no puede prestarse en un entorno no residencial (Dozier et al., 2014). Además, el acogimiento familiar temporal puede ser importante cuando el objetivo último es la reunificación familiar, y el acogimiento permanente (incluidas la tutela o la adopción), cuando la reunificación se considera improbable. Aun así, planteamos la hipótesis de que mantener el contacto con las personas cuidadoras será a menudo beneficioso, siempre que sea seguro para el niño o la niña y no vaya en contra de su bienestar ni de su deseo explícito. En definitiva, la teoría y la investigación sobre el apego subrayan como principio general la importancia de una disponibilidad suficientemente continua de personas cuidadoras familiares que no maltraten ni desatiendan (Bowlby, 1958).

4.2 El valor de la continuidad de unos cuidados «suficientemente buenos»

Las expectativas sobre la disponibilidad de un refugio seguro nacen de relaciones concretas y no son simplemente transferibles. Por ello, debe extremarse la cautela antes de interrumpir las relaciones de apego de un niño o una niña.

La función de refugio seguro es una propiedad de relaciones concretas y familiares, y exige una interacción suficientemente continua entre la infancia y sus personas cuidadoras. Así pues, aunque otro entorno de cuidado pueda ser mejor que el actual en alguna dimensión, la toma de decisiones debe conceder un peso considerable al valor de la continuidad de unos cuidados «suficientemente buenos». El resultado es una paradoja: exigir a las familias que respondan al interés superior aparente del niño o la niña puede poner en riesgo su interés superior real, a menos que se considere que ese interés incluye el valor de la continuidad de los cuidados. En consecuencia, van IJzendoorn y sus colegas (2019) han sostenido que los cuidados suficientemente buenos pueden ser un estándar más adecuado que el interés superior del niño para evaluar la calidad de la parentalidad en el contexto judicial. El concepto de cuidados «suficientemente buenos», elaborado a partir de Winnicott (1971), designa un nivel adecuado de satisfacción de las necesidades del niño o la niña a lo largo del tiempo. Puede que este nivel no sea «óptimo», pero basta para satisfacer sus necesidades básicas de desarrollo, entre ellas, aunque no solo, las necesidades relacionadas con el apego, como disponer de un refugio seguro familiar. Este razonamiento se asemeja al de Goldstein y sus colegas (1973), quienes, al introducir el concepto de interés superior del niño, precisaron que lo que tenían en mente era que los tribunales eligieran la opción disponible «menos perjudicial». Sin embargo, no es así como se ha interpretado en general la idea de «interés superior» desde entonces. Otro enfoque del problema se refleja en varias leyes de Estados Unidos y de otros lugares (p. ej., Aitani, 2015; The Supreme People’s Court of the People's Republic of China, 1993), que establecen específicamente que la «continuidad del cuidado con los progenitores» es un factor que debe tenerse en cuenta al determinar el interés superior de la infancia (USDHHS, 2016).

Por supuesto, las decisiones de separar a un niño o una niña de su familia deberían exigir pruebas convincentes de un peligro sustancial para su salud y su bienestar, y de que no existe ningún medio razonable de protegerle sin separarle. Por ello, profesionales de los tribunales de familia reconocen desde hace tiempo el delicado equilibrio entre el riesgo de trauma derivado de la separación y el riesgo de daño derivado de la permanencia en la familia de origen.

Cabe destacar que la provisión de unos cuidados familiares seguros, continuos y suficientemente buenos puede apoyarse de diversas maneras, y quienes investigan el apego han desarrollado intervenciones que pueden ayudar a madres y padres a lograrlos (Dozier et al., 2017; Steele & Steele, 2017). Varias de ellas se han evaluado mediante ensayos controlados aleatorizados, lo que permite extraer conclusiones claras sobre las relaciones causales entre intervenciones y resultados. Los resultados son alentadores: numerosos estudios y metaanálisis demuestran efectos favorables de las intervenciones tanto en aspectos de la calidad de los cuidados (p. ej., la sensibilidad; Juffer et al., 2017; Moss et al., 2011) como en la calidad del apego infantil (Bernard et al., 2012; Stronach et al., 2013). Las intervenciones son además eficientes en tiempo, con una duración del tratamiento que suele oscilar entre 6 y 10 sesiones (Bakermans-Kranenburg et al., 2003). Sin embargo, se necesita más investigación para valorar si las intervenciones basadas en el apego pueden reducir la probabilidad de que niños y niñas pasen a un acogimiento fuera del hogar (Cyr et al., 2020).

Los posibles beneficios de las intervenciones de apoyo contrastan con las trayectorias de desarrollo adversas que a menudo se asocian con el acogimiento prolongado fuera del hogar (p. ej., institucional o en familias de acogida inestables) (Berlin et al., 2011). La adopción y el acogimiento permanente en una misma familia constituyen una excepción a esta afirmación (Palacios et al., 2019), ya que pueden proporcionar, y a menudo proporcionan, unos cuidados familiares seguros, continuos y suficientemente buenos. Otras formas de acogimiento prolongado fuera del hogar, en cambio, se han vinculado de forma sólida con una amplia gama de problemas, entre ellos «maltrato, abuso de drogas, conducta suicida, morbilidad psiquiátrica, desempleo, bajo rendimiento escolar, parentalidad adolescente… incluso tras controlar los factores de confusión pertinentes» (van IJzendoorn et al., 2018b, p. 653).

Las trayectorias de desarrollo negativas asociadas al acogimiento prolongado fuera del hogar no deben atribuirse automáticamente a la separación en sí. Lo que entraña el riesgo pueden ser diversos factores que a menudo acompañan al acogimiento fuera del hogar. Por ejemplo, los resultados adversos se deben probablemente en parte al elevado riesgo de modalidades de cuidado inestables y de rupturas del acogimiento (p. ej., el niño o la niña vuelve más tarde a su hogar de origen, solo para ser separado de nuevo). Con variaciones entre países, entre una quinta parte y dos tercios de todos los acogimientos de larga duración se interrumpen prematuramente (Konijn et al., 2018; Oosterman et al., 2007; Sallnäs et al., 2004; Wulczyn et al., 2003), y algunas investigaciones señalan resultados similares para las rupturas de adopciones (Palacios et al., 2019). Esto supone una ruptura más relacionada con el apego para una infancia ya vulnerable, y esa inestabilidad le deja la experiencia de un acceso poco fiable a un refugio seguro familiar. De hecho, se ha comprobado que niños y niñas con múltiples cambios de acogimiento presentan un riesgo especialmente elevado de efectos adversos en su desarrollo, entre ellos tasas notablemente más altas de problemas de conducta exteriorizados e interiorizados (Newton et al., 2000; Toussaint et al., 2018) y un peor funcionamiento ejecutivo (Lewis et al., 2007). Desde la perspectiva del apego, los tribunales deberían procurar dar prioridad a la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos y tener presentes los riesgos que entrañan los acogimientos temporales.

El valor de la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos también merece una consideración atenta cuando se plantea la cuestión, frecuente en muchos países, de devolver a niños y niñas que se encuentran en un acogimiento familiar estable de larga duración a su familia biológica, una vez que se considera que la capacidad de cuidado de esta ha mejorado (por lo general, ligeramente). El derecho de madres y padres biológicos sobre sus hijos e hijas no debe prevalecer automáticamente sobre el derecho de la infancia a unos cuidados continuos y suficientemente buenos, sobre todo cuando ha pasado un tiempo considerable, desde una edad temprana, en un acogimiento familiar estable y que funciona bien.

Para evitar malentendidos, reconocemos de buen grado que los acogimientos fuera del hogar (de nuevo, incluidos los temporales) son a veces necesarios, plenamente justificados y salvan vidas. Cuando el acogimiento familiar es inevitable, es imprescindible que las familias de acogida reciban intervenciones de apoyo basadas en la evidencia en una fase temprana del acogimiento para reducir el riesgo de ruptura. De hecho, el apoyo insuficiente a las familias de acogida constituye probablemente otra de las razones de los efectos negativos asociados a algunas formas de acogimiento familiar. Los niños y niñas que han sufrido maltrato pueden comportarse de maneras que provocan en las personas acogedoras conductas poco afectuosas e insensibles, lo que a su vez aumenta el riesgo de conflicto, rechazo y ruptura del acogimiento. La investigación disponible sugiere que las intervenciones basadas en el apego pueden ser eficaces para aumentar la sensibilidad de las familias de acogida a las señales de los niños y niñas acogidos (Bick & Dozier, 2013; Dozier et al., 2009) y favorecer de diversas maneras su desarrollo positivo (Bernard et al., 2017; Dozier et al., 2008; Lind et al., 2017). Sin embargo, hay que señalar que hasta ahora la investigación no ha podido demostrar que tales intervenciones reduzcan por sí solas las rupturas del acogimiento (Schoemaker et al., 2019).

La decisión de acoger a un niño o una niña en una familia de acogida debería implicar también apoyo para el menor y para su familia biológica a lo largo de todo el proceso de separación. Estas intervenciones deberían comenzar en el momento en que se toma la decisión de separación y centrarse en preparar la separación, ayudar al niño o la niña y a su familia a comprender sus motivos y tranquilizarlos sobre la posibilidad de mantener el contacto (Cassibba & Cavanna, 2018). En términos de apego, estas intervenciones pueden no solo reducir el estrés del niño o la niña y de las personas cuidadoras; el mantenimiento del contacto durante el acogimiento también debería proporcionarle un refugio seguro disponible mientras va conociendo a su familia de acogida.

Queremos también llamar la atención sobre factores estructurales que actualmente pueden aumentar el riesgo de acogimientos inestables. En algunos países, los niños y niñas en acogimiento fuera del hogar pasan a una nueva familia si cambia su situación de acogimiento, por ejemplo de acogimiento familiar temporal a permanente, o de acogimiento permanente a adopción. Esto se debe a que las familias están inscritas o evaluadas para un tipo determinado de cuidado. Nos preocupa también que saber que un niño o una niña en acogimiento puede cambiar repentinamente de situación y ser acogido en otra familia reduzca involuntariamente la capacidad o la disposición de las personas acogedoras a implicarse con él o ella.

Por último, los esfuerzos por preservar y apoyar a las familias dependen de un compromiso económico suficiente y de estructuras sociales que apoyen a las personas cuidadoras y a las familias en un sentido más amplio, porque la capacidad de proporcionar unos cuidados suficientemente buenos debe considerarse en su contexto. Los problemas de salud mental, el consumo de sustancias, el desempleo, la falta de oportunidades de educación o de atención sanitaria y la falta de una vivienda segura dificultan que las personas cuidadoras proporcionen unos cuidados suficientemente buenos, sobre todo si estas condiciones se acumulan. Aunque tales factores de complicación escapan al control de los tribunales de familia, pueden influir en la toma de decisiones. Por ejemplo, son pertinentes para evaluar la probabilidad de que una persona cuidadora llegue a proporcionar unos cuidados suficientemente buenos. En consecuencia, quienes diseñan las políticas públicas harían bien en seguir la advertencia de Bowlby (1951): «Así como los niños dependen absolutamente de sus padres para su sustento, también los padres, en todas las comunidades salvo las más primitivas, dependen… de una sociedad más amplia para su provisión económica. Si una comunidad valora a sus niños, debe cuidar de sus padres» (p. 84).

4.3 Una red de relaciones de apego como recurso para la infancia

Las relaciones de apego adicionales pueden ser un recurso para la infancia. Por lo general, no perturban los apegos existentes, salvo que representen una fuente de amenaza o bloqueen el acceso a las relaciones existentes.

El principio de que una red de relaciones de apego es valiosa para la infancia tiene implicaciones para las decisiones de custodia: sugiere que es deseable un tiempo suficiente para el desarrollo y el mantenimiento de relaciones de apego con ambas personas cuidadoras, salvo cuando exista una amenaza para el bienestar y la seguridad del niño o la niña o cuando uno de los progenitores quiera «retirarse». Al mismo tiempo, deben tenerse en cuenta la edad de desarrollo y la implicación previa de cada progenitor en el cuidado. Así pues, la teoría y la investigación sobre el apego no sugieren ningún estándar «óptimo», en blanco y negro, para el reparto del tiempo, ni ninguna cantidad mínima de tiempo bien definida con cada persona cuidadora. Dicho de forma sencilla, no hay suficiente investigación empírica para dar una respuesta simple a estas preguntas, y las respuestas dependerían, una vez más, de los contextos del desarrollo de cada niño o niña.

La teoría y la investigación sobre el valor de una red de relaciones de apego sugieren que niños y niñas pueden beneficiarse de un tiempo más o menos igualitario. Suponiendo que ambos progenitores deseen un tiempo igualitario y que no exista un nivel elevado de conflicto entre ellos, un reparto igualitario del tiempo puede constituir un objetivo a largo plazo (Bacro et al., 2020). Esta conclusión se ve respaldada además por el hallazgo de que la frecuencia del contacto con el «segundo progenitor» tras el divorcio predice el contacto y la calidad de la relación más adelante en el desarrollo (Steinbach, 2019). El principio subraya también el valor de soluciones creativas para mantener el acceso a las personas cuidadoras. Por ejemplo, una madre o un padre adolescente con dificultades puede trasladarse a una familia de acogida junto con su hijo o hija, con la posibilidad de que ambos reciban cuidados juntos (Child Welfare Information Gateway, 2017).

El principio de que una red de relaciones de apego es valiosa también es pertinente para la protección de la infancia. Mantener las relaciones de apego tanto con la familia de acogida como con la familia biológica constituye a menudo uno de los principales objetivos del acogimiento familiar, y la investigación sugiere que es posible ayudar a niños y niñas acogidos a desarrollar y mantener relaciones de apego con su familia biológica y con su familia de acogida sin conflictos de lealtad (Maaskant et al., 2016). Las familias de acogida pueden ayudar a explorar las expectativas sobre las relaciones de apego y a desarrollar una mayor capacidad para recurrir a otras personas en los momentos de necesidad, gracias a experiencias de disponibilidad de las personas cuidadoras (Cassibba & Cavanna, 2018). El principio también puede orientar el proceso de paso de la familia de acogida a la familia adoptiva. Actualmente, este proceso es con demasiada frecuencia brusco, y el contacto con la familia de acogida se interrumpe a menudo durante mucho tiempo (Boswell & Cudmore, 2017). Por el contrario, las transiciones deberían permitir un solapamiento sustancial de los cuidados entre la familia de acogida y la adoptiva, así como el mantenimiento del contacto con la familia de acogida, de modo que la disponibilidad de un refugio seguro no se interrumpa mientras se desarrollan las expectativas sobre la disponibilidad de la familia adoptiva. Salvo en casos de riesgo inminente de daño, es difícil imaginar alguna circunstancia en la que el traslado brusco de un niño o una niña de una familia de acogida a otra responda a su interés. Lo mismo vale para las transiciones de la familia de acogida de vuelta a la familia biológica.

Otra implicación se refiere a abuelas y abuelos, a las nuevas parejas de los progenitores y a las relaciones no parentales con hermanos y hermanas y con otros miembros de la familia extensa. En China, por ejemplo, el contacto con la generación de los abuelos puede utilizarse para decidir la custodia (The Supreme People’s Court of the People’s Republic of China, 1993). Lo que importa ante todo desde la perspectiva del apego es si el niño o la niña ha desarrollado expectativas de refugio seguro respecto de esas personas, lo que puede o no ser el caso. Las relaciones entre la persona acogedora y el niño o la niña pueden cumplir una función de regulación emocional similar a la de las relaciones entre progenitores e hijos (Oosterman & Schuengel, 2007), y se ha comprobado que la infancia acogida puede desarrollar relaciones de apego seguro con su familia de acogida en un plazo de 6 a 12 meses (Lang et al., 2016). Sin embargo, se necesita más investigación sobre la rapidez con que se establece la función de regulación emocional de la relación, y no sabemos si una familiaridad previa con una tía, un tío, una abuela o un abuelo, en comparación con personas acogedoras o adoptivas desconocidas, puede dar ventaja en el desarrollo de relaciones de apego seguro. También sabemos poco sobre cómo y cuándo los hermanos y hermanas mayores pueden ofrecer un refugio seguro, si ello tiene los mismos beneficios para el desarrollo que el refugio seguro proporcionado por personas adultas y si tiene un coste para el desarrollo de quien ejerce ese papel. En uno de los escasos estudios sobre el apego entre hermanos, realizado en Zambia, donde los hermanos y hermanas mayores desempeñan un papel importante en el cuidado de los menores, la mayoría de los niños y niñas había desarrollado un apego con su hermano o hermana mayor (72%), pero el apego inseguro era más frecuente que el seguro (Mooya et al., 2016).

El acogimiento en familia extensa y las decisiones de acoger juntos a hermanos y hermanas pueden justificarse, sin duda, por múltiples motivos además del apego (p. ej., conservar la identidad cultural). Se ha estimado que aproximadamente dos tercios de la infancia en acogimiento fuera del hogar tiene hermanos o hermanas (Wulczyn & Zimmerman, 2005), y las relaciones fraternas suelen tener una gran carga emocional y constituyen a menudo las relaciones más duraderas de la vida de una persona. Hayan desarrollado o no relaciones de apego entre sí, entre hermanos y hermanas existen por lo general fuertes relaciones afiliativas, y ser acogidos juntos puede proporcionarles tanto un sentimiento de continuidad con su familia como una sensación de seguridad mientras atraviesan el acogimiento. Ser acogidos juntos suele ser además su deseo explícito (Hill et al., in press).

5 Uso de las evaluaciones de la calidad del apego y de la función de refugio seguro

La mayoría de quienes investigan el apego coincide en que las evaluaciones de la calidad del apego pueden ser útiles para orientar intervenciones de apoyo. Sin embargo, hay opiniones distintas entre la comunidad investigadora del apego –incluida la autoría de este texto– sobre su utilidad para fundamentar las decisiones de protección de la infancia y de custodia. En concreto, hay opiniones distintas sobre la validez de las medidas del apego para tales fines. Una de las razones de esta falta de consenso se debe probablemente a nuestras distintas experiencias sobre cómo se utilizan actualmente las medidas del apego para orientar las evaluaciones y la toma de decisiones en nuestros respectivos países. Estas variaciones internacionales se deben probablemente a diferencias en las infraestructuras de apoyo a los tribunales de familia y a sus profesionales, y a diferencias en los factores que contribuyen a los malentendidos expuestos más arriba. No obstante, todos coincidimos en que las evaluaciones de la capacidad de la persona cuidadora para ofrecer un refugio seguro deben tener mayor prioridad que las evaluaciones del apego infantil.

5.1 Evaluaciones de la calidad del apego y protección de la infancia

Mientras que una parte de la comunidad investigadora del apego ha abogado por el uso de medidas del apego en los tribunales de familia (p. ej., Crittenden et al., 2013; Isaacs et al., 2009), otra parte ha advertido contra su uso en este contexto (van IJzendoorn et al., 2018a, b). La falta de consenso depende de varios factores. Ante todo, depende de posturas distintas sobre las propiedades psicométricas actuales de las medidas del apego. Como se ha expuesto, las medidas del apego, como muchos otros instrumentos psicológicos, tienen actualmente una sensibilidad y una especificidad insuficientes para fines diagnósticos y predictivos más amplios a nivel individual. Más concretamente, los instrumentos del apego, utilizados de forma aislada, no son adecuados para determinar los cuidados que recibe cada niño o niña en particular, cómo se desarrollará cada niño o niña en particular ni las modalidades de cuidado que debería tener cada niño o niña en particular (van IJzendoorn et al., 2018).

En consecuencia, algunas personas de nuestro grupo sostienen que los tribunales de familia deberían ser prudentes al admitir como prueba cualquier evaluación de la calidad del apego en una sola relación entre el niño o la niña y una persona cuidadora. Entretanto, se necesita más investigación para mejorar las propiedades diagnósticas (sensibilidad y especificidad) de los instrumentos del apego y evaluar su utilidad para fundamentar las decisiones de los tribunales de familia. A juzgar por la evidencia científica disponible, en realidad no sabemos si las medidas del apego mejoran la evaluación y la toma de decisiones de los tribunales de familia en comparación con la «evaluación habitual» (que varía bastante según las regiones y los países). Por ello, defender las evaluaciones del apego en este contexto (Marvin & Schutz, 2009; Spieker & Crittenden, 2018) parece prematuro (van IJzendoorn et al., 2018a). Del mismo modo, actualmente no sabemos si las evaluaciones del apego superan a la evaluación habitual a la hora de distinguir los efectos de los cuidados de factores de confusión pertinentes como la malnutrición, los trastornos del desarrollo, la discapacidad intelectual y el uso de medicación. La validez incremental es, por tanto, un punto urgente de la agenda de investigación.

Por otra parte, los tribunales de familia tienen que tomar decisiones difíciles, con o sin evaluaciones psicológicas. La evaluación psicológica puede ser sin duda preferible a la ausencia total de evaluaciones estandarizadas, que puede aumentar el riesgo de que las decisiones se vean influidas por sesgos profesionales. Por ello, algunas personas de nuestro grupo consideran que las evaluaciones del apego pueden ser informativas si se utilizan de forma responsable. Es decir, deben adoptarse diversas medidas para maximizar su validez y garantizar que no se les conceda un peso inadecuado en detrimento de otras consideraciones. Más concretamente, las medidas del apego nunca deberían utilizarse de forma aislada, sino formar parte de una batería de evaluación más amplia que incluya también la evaluación directa de la conducta de cuidado. De hecho, la evaluación de los cuidados debería ser el foco principal, y las evaluaciones del apego, un posible complemento: debemos evaluar ante todo la capacidad de la madre o el padre para comprender las necesidades del niño o la niña y responder eficazmente a ellas, para conocerle y valorarle, y para asumir de forma constante la responsabilidad en la relación. Es fundamental señalar que, aunque el fenómeno del apego suele recibir una gran atención, la teoría del apego es en esencia una teoría que subraya la importancia de unos cuidados sensibles (Bowlby & Ainsworth, 1991).

Además, si se utilizan evaluaciones del apego para fundamentar las deliberaciones judiciales, deberían realizarse en más de una ocasión y por observadores con formación reglada. Las y los profesionales sin formación reglada no deberían intentar idear sus propias evaluaciones del apego ni utilizar métodos insuficientemente validados desarrollados por otras personas, para luego invocar la supuesta calidad del apego del niño o la niña en sus recomendaciones a los tribunales de familia. La validez de las medidas del apego depende de que se sigan los protocolos estandarizados para su aplicación y su codificación. Dado que tanto la aplicación como la codificación del apego son difíciles, el uso de medidas del apego requiere por lo general una formación extensa y la superación de una prueba de fiabilidad en la codificación. En la investigación sobre el apego suele recurrirse además a una segunda persona codificadora para garantizar la fiabilidad de la codificación. Como se ha expuesto, diversos factores pueden hacer también que un niño o una niña se comporte ocasionalmente de forma poco representativa (p. ej., enfermedad, separaciones recientes y estrés excesivo). El estándar anterior, consistente en utilizar las medidas del apego junto con otras medidas y examinar el apego en más de una ocasión, se ajusta a las directrices para la evaluación psicológica en materia de protección de la infancia (p. ej., American Psychiatric Association [APA], 2013).

Por último, profesionales deberían cuidarse de no centrarse demasiado en las clasificaciones categoriales en sí (seguridad frente a inseguridad, organización frente a desorganización), que plantean problemas similares a los del diagnóstico categorial en psicología y psiquiatría, en la medida en que reducen los matices. Por ejemplo, niños y niñas a quienes se asigna la misma clasificación de apego desorganizado pueden diferir notablemente en cuanto a la intensidad (p. ej., una puntuación de 5 o de 9 en la escala continua de desorganización) y al subtema de conductas desorganizadas que muestran (p. ej., movimientos asimétricos frente a aprensión hacia la persona cuidadora). Más allá de las clasificaciones, se han desarrollado y validado varias escalas observacionales que utilizan una puntuación continua más fina de la conducta del niño o la niña y de la persona cuidadora, como el Attachment Q Sort (AQS; Waters & Deane, 1985; van IJzendoorn et al., 2004), el Maternal Behavior Q Sort (MBQ; Pederson et al., 1990) y el Coding Interactive Behavior system (CIB; Feldman, 1998).

Es importante subrayar que las medidas del apego están diseñadas y validadas para contextos estandarizados. Además, tanto las evaluaciones del apego como las de los cuidados se han utilizado por lo general en contextos de estrés, como mucho, leve o moderado. Sin embargo, las evaluaciones en contextos forenses se realizan a menudo en circunstancias de gran carga afectiva para las personas cuidadoras y para la infancia, a veces en plena separación. La diferencia de estrés vivido entre estos contextos es un importante factor de confusión potencial (Smith et al., 2012b), y actualmente no existe investigación sobre la validez de las medidas del apego en esas condiciones. Por ello subrayamos que la validez de las evaluaciones de la calidad del apego y de la conducta de cuidado es desconocida en tales circunstancias. Somos conscientes de que a veces las evaluaciones deben realizarse en circunstancias estresantes, y de que algunas medidas de los cuidados actualmente insuficientemente validadas para este contexto pueden representar la mejor alternativa disponible. Aun así, estas lagunas de conocimiento deberían influir en el peso que se concede a esas pruebas, y, según algunas personas de nuestro grupo, las observaciones no estandarizadas de profesionales con experiencia ofrecen al menos tanto conocimiento creíble, y quizá más.

La evaluación de la capacidad de una persona cuidadora para mejorar sus cuidados puede constituir una solución a este dilema. Más concretamente, el resultado que se busca es el potencial de la persona cuidadora para proporcionar unos cuidados suficientemente buenos, de modo que las evaluaciones pueden valorar si es probable que pueda mejorar sus cuidados hasta ese nivel. Las familias pueden recibir, por ejemplo, una intervención destinada a evitar la disciplina dura y a promover unos cuidados constantes y sensibles, y los cuidados y la conducta del niño o la niña pueden evaluarse antes y después de la intervención como indicio de cómo es probable que responda la persona cuidadora a un apoyo futuro. Es importante señalar que tales intervenciones pueden ser breves, lo que hace viable el enfoque en un plazo corto. Los primeros resultados de este enfoque de la «capacidad de cambio» han indicado una mejor validez predictiva para los resultados de progenitores e hijos que la evaluación habitual (Cyr et al., 2012). Cabe señalar, sin embargo, que la eficacia de tales intervenciones puede depender de factores contextuales que influyen en la receptividad de la persona cuidadora. Por ejemplo, las personas cuidadoras que viven niveles de estrés muy elevados, debido a un riesgo agudo de perder la custodia de sus hijos e hijas, pueden no estar en condiciones de beneficiarse de ellas. De hecho, un ensayo controlado aleatorizado reciente con familias estudiadas al final del proceso forense, que recibieron una intervención de este tipo como última oportunidad tras una larga trayectoria de apoyo en el hogar, no encontró diferencias en la predicción en comparación con la evaluación habitual (Van der Asdonk et al., in press).

Aunque se necesita más evidencia, las intervenciones deberían priorizarse en una fase temprana del proceso de investigación y ofrecerse de manera compasiva y de apoyo, y no como una «última oportunidad». Además, hay que reconocer que la respuesta de una persona cuidadora a una intervención concreta también puede depender tanto de la idoneidad de esta como de la calidad con que se aplica: si una persona cuidadora no responde a una intervención basada en la evidencia, puede responder a otra, teniendo en cuenta la edad del niño o la niña, su necesidad de estabilidad y su capacidad de espera.

5.2 Evaluaciones de la calidad del apego y custodia

Algunas personas expertas han sugerido que las evaluaciones del apego pueden ayudar a decidir sobre la custodia y el reparto del tiempo, o han observado que los tribunales las utilizan con ese fin (p. ej., Aitani, 2015; Kohm, 2007). Esta recomendación es desacertada, porque actualmente se desconoce si un niño o una niña se beneficia, y de qué manera, de pasar más tiempo con el progenitor con quien tiene un apego seguro que con aquel con quien tiene un apego inseguro. Además, privar considerablemente a un niño o una niña de tiempo con uno de sus progenitores es en sí mismo un factor de riesgo de inseguridad y desorganización en esa relación (Hazen et al., 2015; Umemura & Jacobvitz, 2014). Volviendo a la distinción entre calidad del apego y calidad global de la relación, la inseguridad no significa que el niño o la niña no se beneficie de la relación con su madre o su padre. La inseguridad conlleva desventajas probabilísticas a largo plazo en algunos aspectos del desarrollo infantil, pero no es patológica. Por ello, un énfasis excesivo en el apego seguro puede privar a la infancia de tiempo con personas cuidadoras de las que se beneficia en otros ámbitos. Por último, no sabemos en qué medida son válidas las evaluaciones del apego durante los litigios de custodia, cuando progenitores e hijos pueden parecer más ansiosos debido al conflicto en curso y a sus repercusiones.

En los litigios de custodia, los tribunales de familia trabajan a menudo con personas adultas heridas, centradas en sus propias necesidades y, a veces, movidas por el deseo de hacer daño al otro progenitor. Niños y niñas pueden quedar atrapados en medio de estos conflictos encarnizados, y los procedimientos contenciosos pueden avivar aún más los conflictos y empeorar las cosas. De hecho, se sostiene desde hace tiempo que uno de los aspectos más perjudiciales del divorcio para la infancia puede ser el conflicto entre los progenitores presenciado antes, durante y después del divorcio (Amato & Keith, 1991; Kalmijn, 2016). Asimismo, el conflicto conyugal crónico se ha vinculado con un mayor riesgo de apego infantil desorganizado (Owen & Cox, 1997). Los tribunales pueden desempeñar un papel importante en la configuración de la dinámica entre las personas cuidadoras, y el proceso judicial debería animarlas a encontrar sus propias soluciones sin necesidad de una resolución judicial formal (Mnookin, 2014; Pruett et al., 2016). La claridad en la toma de decisiones sobre la custodia y el reparto del tiempo, incluida la manera de valorar los factores relacionados con el apego infantil, puede por tanto mejorar la capacidad de las personas cuidadoras para cooperar en lugar de enfrentarse e influir en que luchen o no por la custodia exclusiva. Por ejemplo, si se deja claro que los tribunales se basan en los principios del apego expuestos más arriba, incluidas la importancia de una red de relaciones de apego y la del contacto continuo con cada figura de apego, ello puede aumentar la conciencia de las personas cuidadoras sobre la importancia de la otra persona cuidadora para el niño o la niña. Esto, a su vez, puede mejorar su motivación para cooperar y evitar que luchen por la custodia exclusiva. Asimismo, saber que los tribunales no basan sus decisiones sobre la custodia y el reparto del tiempo en la supuesta calidad del apego del niño o la niña con cada persona cuidadora puede reducir los litigios por la custodia exclusiva basados en tales argumentos.

Si el conflicto posterior al divorcio no puede resolverse y las personas cuidadoras no encuentran una forma de cooperación suficientemente buena, la custodia exclusiva puede ser inevitable como último recurso. Sin embargo, las decisiones sobre el reparto del tiempo pueden seguir garantizando que el niño o la niña pase tiempo suficiente con ambos progenitores para desarrollar y mantener relaciones de apego. Siguiendo la noción de «parentalidad cooperativa» (Boyan & Termini, 1999), algunos países, como Suecia, tienen en cuenta en las decisiones de custodia la capacidad de los progenitores para cooperar en torno a sus hijos e hijas. Cuando el tribunal se ve obligado a decidir sobre la custodia, se hace hincapié en la medida en que cada progenitor ha facilitado u obstaculizado el contacto del niño o la niña con el otro progenitor. Por ejemplo, si uno de los progenitores ha obstruido el contacto y los traslados hacia el otro, mientras que este los ha facilitado, la custodia se concede a menudo al progenitor que ha demostrado ser capaz de actuar en interés del niño o la niña. Por supuesto, este principio también debe comunicarse y aplicarse con criterio, para evitar que las personas cuidadoras divorciadas se abstengan de iniciar conversaciones mutuas sobre las prácticas de cuidado por miedo a que se las considere poco cooperativas.

5.3 Evaluación del apego, función de refugio seguro e identificación y focalización del apoyo futuro

Si parece existir un apego inseguro en la relación de un niño o una niña con una persona cuidadora, no debe ignorarse, porque puede orientar intervenciones de apoyo. Sin embargo, consideramos que las evaluaciones de la capacidad de la persona cuidadora para ofrecer un refugio seguro cuando el niño o la niña está alarmado son más valiosas para focalizar las intervenciones de apoyo que la información sobre su clasificación del apego en sí, sobre todo cuando la principal preocupación es proporcionar unos cuidados más eficaces. Estas evaluaciones del refugio seguro se han desarrollado para distintas edades y pueden utilizarse en entornos naturales (Farnfield & Holmes, 2014; Madigan, 2019), aunque su aplicación en la práctica aún no se ha validado adecuadamente. Los obstáculos a la función de refugio seguro también revisten especial importancia a la hora de identificar y focalizar el apoyo (p. ej., intervenciones sobre los cuidados) a las familias en contextos de protección de la infancia y de custodia. Además, los problemas de precisión diagnóstica de las evaluaciones son mucho menos graves cuando se utilizan para focalizar intervenciones de apoyo que cuando el objetivo es decidir si se acoge o no a un niño o una niña fuera del hogar (para un argumento similar, véase Faigman et al., 2014). Aunque las personas cuidadoras puedan seguir temiendo que su hijo o hija acabe en acogimiento fuera del hogar, aclarar que el objetivo es orientar el trabajo de apoyo puede ayudar a lograr los contextos de dificultad leve o moderada o los entornos naturales para los que se desarrollaron y validaron las medidas.

A modo de ilustración, los indicios de una relación de apego evitativo pueden ofrecer una ventana a las probables expectativas del niño o la niña sobre esa relación. Saber que existe una probabilidad elevada de que una niña espere que su persona cuidadora la rechace cuando está alterada (es decir, apego inseguro-evitativo) puede ser útil para decidir las prioridades de la intervención de apoyo con la familia, ya se trate de la familia biológica o de la familia de acogida (Brumariu et al., 2018; Green et al., 2000). Más útil aún sería una evaluación de los cuidados que mostrara que la función de refugio seguro de la persona cuidadora se ve limitada por su rechazo a los intentos de la niña de obtener su disponibilidad. Esto es más directo y, por tanto, más pertinente que una evaluación de la calidad del apego infantil.

Con esa información, profesionales pueden ayudar a la familia a reconocer cuándo la niña está alterada, aunque no lo muestre abiertamente, y cómo responder de forma adecuada. Además, y esto es especialmente importante en el acogimiento familiar, explicar a las personas cuidadoras cómo la historia de cuidados de la niña puede predisponerla a determinadas conductas puede ayudarles a regular el sentimiento de rechazo cuando no busca su apoyo, y a seguir disponibles para ella (Stovall & Dozier, 2000). A la inversa, saber que existe una probabilidad elevada de que un niño o una niña espere que las personas adultas solo estén disponibles si muestra un nivel elevado de angustia y busca un alto grado de disponibilidad (es decir, apego inseguro-resistente) sugiere otra vía. De nuevo, sin embargo, una evaluación de los cuidados reales en la que esta dinámica se observara directamente proporcionaría una información más sólida y menos inferencial. Profesionales pueden entonces ayudar a la familia a responder de forma constante y a transmitir que la disponibilidad no depende de las manifestaciones de angustia. La evaluación de las representaciones de apego de las personas cuidadoras también puede ser útil para focalizar el apoyo. Por ejemplo, las representaciones de apego seguras en madres y padres adoptivos de niños y niñas institucionalizados se han vinculado con una mayor probabilidad de apego infantil seguro (Barone et al., 2017).

6 Investigación futura

Sin duda, hay ámbitos de investigación futura que quienes ejercen en este campo pueden identificar con mayor facilidad. Como comunidad, deseamos entablar un diálogo con profesionales de la práctica y buscamos oportunidades de iniciativas de investigación colaborativas y coconstruidas. Por nuestra parte, percibimos una necesidad particular de investigación colaborativa en los ámbitos que siguen. La investigación colaborativa que aquí imaginamos puede, idealmente, contribuir a cerrar la brecha entre investigación y práctica y a construir infraestructuras que apoyen una transferencia correcta del conocimiento (Nicolini et al., 2012).

6.1 Decisiones judiciales y calidad posterior del apego infantil

Hay buenas razones para pensar que las decisiones de custodia y de protección de la infancia influyen en la calidad del apego infantil, pero actualmente existe muy poco conocimiento empírico al respecto. En los casos de custodia, se necesita investigación para determinar si las diferencias en el reparto del tiempo se asocian con diferencias en el apego infantil. Por ejemplo, ¿se asocian la custodia legal compartida y el reparto igualitario del tiempo con tasas más altas de apego seguro que la custodia exclusiva y el reparto desigual del tiempo? Esta investigación también debería examinar los factores que pueden influir en la asociación entre el reparto del tiempo y el apego infantil, como el conflicto entre los progenitores.

En cuanto a la protección de la infancia, la investigación debería examinar si las separaciones se asocian, y en qué circunstancias, con niveles más altos de seguridad del apego que si niños y niñas permanecen en su familia de origen. Aunque varios estudios han examinado las relaciones de apego con la familia de acogida (p. ej., Gabler et al., 2014; Van der Dries et al., 2009), la investigación podría comparar el apego con la familia de acogida con el apego con la familia biológica cuando esta recibe una intervención de apoyo. Debería examinarse la posible pertinencia del tipo de maltrato y del momento del desarrollo. Del mismo modo, se necesita investigación para examinar si el retorno a la familia biológica tras un acogimiento fuera del hogar se asocia, y en qué circunstancias, con tasas más altas de seguridad del apego que la permanencia en el acogimiento familiar. Las respuestas a estas preguntas son de crucial importancia para el objetivo de los tribunales de apoyar el interés superior de la infancia o de garantizar unos cuidados suficientemente buenos; aunque la seguridad del apego sea solo una parte de una relación positiva entre el niño o la niña y la persona cuidadora, es una parte importante.

6.2 Los tres principios del apego y la práctica judicial

Hemos subrayado como principios fundamentales de la teoría del apego y de la ciencia del desarrollo la necesidad de la infancia de personas cuidadoras familiares que no la maltraten ni la desatiendan, la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos y una red de relaciones de apego. ¿Puede el conocimiento de estos principios mejorar la práctica judicial y la evaluación del trabajo social en indicadores clave como la calidad de los cuidados, la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos, el maltrato o la negligencia posteriores y el bienestar infantil? Además de abordar estas cuestiones clave, pedimos investigaciones que aborden las siguientes preguntas, relacionadas pero más específicas:

  • ¿Son adecuadas las medidas del apego para orientar intervenciones de apoyo, y es mejor incluir evaluaciones del apego que la evaluación habitual? Por ejemplo, ¿son mejores las intervenciones de apoyo orientadas por una evaluación del apego que las que no lo están? Del mismo modo, ¿son más eficaces para mejorar la calidad de los cuidados y el desarrollo infantil las intervenciones orientadas por evaluaciones de los cuidados y del apego que las que no lo están?
  • ¿Son suficientemente fiables y válidas las evaluaciones de la capacidad de cambio parental (respuesta a la intervención) tras intervenciones breves? ¿Cómo afectan el miedo y la desesperación de madres y padres a la validez de tales evaluaciones?
  • ¿Tienen las evaluaciones múltiples de los cuidados en contextos forenses un valor predictivo mayor que una sola evaluación? En caso afirmativo, ¿son las evaluaciones múltiples más coste-efectivas que las evaluaciones únicas? Las evaluaciones de los cuidados (y del apego) son costosas. Sin embargo, las intervenciones ineficaces y los acogimientos familiares también lo son. Sería importante una evaluación económico-sanitaria, informada por la perspectiva del desarrollo, de los posibles beneficios económicos de realizar evaluaciones múltiples.
  • ¿Cómo influye en el desarrollo del apego alternar entre dos hogares parentales tras la separación de los progenitores durante los primeros años de vida? ¿Dependen el desarrollo y la calidad del apego de la frecuencia del contacto o de las pernoctas con una persona cuidadora? ¿Facilitan el desarrollo y el mantenimiento de relaciones de apego seguro las modalidades en las que el niño o la niña permanece en un único hogar familiar y son los progenitores separados quienes se turnan para estar allí con él o ella? Además, ¿están moderadas estas asociaciones por el conflicto y la cooperación entre los progenitores y por la edad de desarrollo? ¿Cómo puede utilizarse este conocimiento en las decisiones judiciales?
  • ¿Se asocia con el tiempo la función de refugio seguro ejercida por un hermano o una hermana mayor, en el contexto de un acogimiento o una adopción conjuntos, con un perjuicio o un beneficio para quien la ejerce, y es beneficiosa o perjudicial con el tiempo para el hermano o la hermana menor?
  • ¿Ofrecen las personas cuidadoras familiares o de la familia extensa una ventaja para el desarrollo de un apego seguro y de otros indicadores de desarrollo sano (incluida la protección de la identidad cultural), en comparación con personas acogedoras y adoptivas desconocidas?

Responder a estas y otras preguntas pertinentes, identificadas por profesionales y académicos del trabajo social y del derecho de familia, se vería probablemente facilitado por una mayor colaboración entre nuestras respectivas disciplinas. Las preguntas de investigación desarrolladas conjuntamente y la coconstrucción de estándares para la aplicación adecuada de los resultados de la investigación pueden beneficiar enormemente tanto a la investigación como a la práctica (Madigan, 2019; van IJzendoorn, 2019). En resumen, invitamos al diálogo y a la puesta en marcha de esfuerzos coconstruidos.

Conclusión

Los tribunales de familia se encuentran en una posición muy difícil, ya que deben tomar decisiones difíciles, que cambian vidas y que pueden salvarlas. Tales decisiones exigen ponderar probabilidades relativas al desarrollo futuro de la infancia. Hemos defendido la pertinencia de la teoría y la investigación sobre el apego para apoyar a la infancia y a sus personas cuidadoras. Más concretamente, hemos subrayado tres principios fundacionales del apego que pueden utilizarse para orientar las deliberaciones judiciales: la necesidad que tiene el niño o la niña de personas cuidadoras familiares y no maltratadoras; el valor de la continuidad de unos cuidados suficientemente buenos; y los beneficios de las redes de relaciones de apego. Además, hemos destacado lo prometedoras que resultan las evaluaciones de los cuidados y las basadas en el apego para orientar las intervenciones de apoyo. Los ensayos han demostrado también que las relaciones de apego responden a las intervenciones sobre los cuidados basadas en la evidencia.

Es imprescindible proporcionar apoyo a las familias para facilitar unos cuidados suficientemente buenos y no amenazar la continuidad de los cuidados sin las justificaciones más graves. Además, hemos sostenido que, aunque la separación esté a veces justificada, romper vínculos de apego establecidos entraña riesgos y conduce a menudo a modalidades de acogimiento fuera del hogar inestables, con consecuencias adversas para el desarrollo del niño o la niña. Por ello, cuando la separación es inevitable, como por supuesto ocurre a veces, es imprescindible lograr acogimientos estables marcados por unos cuidados suficientemente buenos. Cuando la separación no es inevitable, el interés superior de la infancia puede apoyarse optando por unos cuidados continuos y suficientemente buenos y ayudando a las personas cuidadoras a proporcionarlos.

Hemos señalado que las medidas de evaluación de la calidad del apego, desarrolladas para la investigación a nivel de grupo, tienen una sensibilidad y una especificidad limitadas a nivel de cada niño o niña y de cada persona cuidadora en particular. Por ello, gran parte de quienes investigan el apego considera que las clasificaciones del apego no deberían utilizarse para orientar las decisiones de custodia y de protección de la infancia, que deberían centrarse en cambio en la conducta de cuidado. Sin embargo, otra parte de la comunidad investigadora del apego considera que las evaluaciones del apego pueden ser útiles en este contexto, y subraya, entre otras consideraciones importantes, que esas observaciones deben formar parte entonces de una batería de evaluación más amplia que incluya también observaciones de la conducta de cuidado.

Por último, hemos propuesto vías de trabajo colaborativo entre la comunidad investigadora del apego y el ámbito académico y profesional de los tribunales de familia. Mediante la colaboración interdisciplinaria, esperamos acelerar el trabajo en este ámbito de la ciencia aplicada, de extraordinaria importancia.

Complexe Systémique: puntos clave

El texto es valioso porque viene de dentro: especialistas en apego que reconocen haber sobrevendido a veces sus herramientas. Su lección central es una distinción: la calidad del apego de un niño o una niña no es ni la calidad de la relación, ni la sensibilidad parental, ni un pronóstico individual. Las clasificaciones, válidas a nivel de grupo, no dicen qué le ocurrirá a este niño o niña en particular; el apego «inseguro» afecta a casi uno de cada dos niños y niñas y no es una patología; ni siquiera la desorganización es una prueba de maltrato. Para la práctica sistémica, los tres principios propuestos resuenan con fuerza: personas cuidadoras familiares y no maltratadoras, continuidad de unos cuidados «suficientemente buenos» en lugar de un interés superior idealizado, y una red de relaciones en lugar de una única figura parental. Invitan a mirar los cuidados, el contexto y los vínculos que hay que preservar, también con la familia de acogida cuando el niño o la niña la deja. El límite reside en los desacuerdos que el texto expone con honestidad, en particular sobre las pernoctas con el progenitor no residente y sobre el uso de las evaluaciones en protección de la infancia. Para leer junto con el artículo sobre los divorcios muy conflictivos y el artículo sobre las rupturas del acogimiento familiar.

Notas del original

Conflictos de intereses: la autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.

1 No todos los países cuentan con tribunales de familia; algunos recurren a otras instituciones (p. ej., tribunales de menores) para resolver los casos aquí considerados. No obstante, a lo largo de este artículo utilizamos «tribunales de familia», a falta de un término genérico más adecuado, para referirnos a las instituciones sociales responsables de las decisiones jurídicas en materia de protección de la infancia o de custodia.

2 Según el artículo 12 de la CDN (1989), la opinión del niño debe tenerse debidamente en cuenta. En el contexto del divorcio de los progenitores y de las evaluaciones de custodia, una forma de conocer la opinión del niño o la niña es, por supuesto, pedirle que la exprese, y así se hace a menudo cuando se considera adecuado para su desarrollo (p. ej., a partir de los 10-12 años, aproximadamente). Sin embargo, esto resulta difícil a edades más tempranas, que son el foco principal del presente artículo; en ese caso, observar cómo responde a sus personas cuidadoras puede ser una manera de comprender su punto de vista.

Agradecimientos. Queremos expresar nuestra gratitud a Katarina Alexius por su minuciosa revisión del manuscrito desde la perspectiva del derecho y a Joshua Juvrud por la corrección lingüística. Este trabajo contó con el apoyo de subvenciones del Swedish Research Council (subvención 2017-03315) y del Swedish Research Council for Health, Working Life, and Welfare (subvención 2017-01182) concedidas a Pehr Granqvist y Tommie Forslund, y de un Medical Humanities Investigator Award del Wellcome Trust (subvención WT103343MA) concedido a Robbie Duschinsky.

Referencias

Abraham E, Feldman R. The neurobiology of human allomaternal care; implications for fathering, coparenting, and children’s social development. Physiology & Behavior. 2018;193:25–34. https://doi.org/10.1016/j.physbeh.2017.12.034.

Ainsworth MDS, Bell SM, Stayton DJ, Richards JM. The integration of a child into a social world. 1974:99–135.

Ainsworth MDS, Blehar MC, Waters E, Wall SN. Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. Psychology Press; [1978] 2015.

Aitani N. A new psychological method for determining child custody. Journal of Human Environmental Studies. 2015;13:77–85.

Alexius K, Hollander A. Care assessments concerning involuntary removal of children from intellectually disabled parents. Journal of Social Welfare and Family Law. 2014;36(3):295–310.

Allen B. Misperceptions of reactive attachment disorders persist: Poor methods and unsupported conclusions. Research in Developmental Disabilities. 2018;77:24–29. https://doi.org/10.1016/j.ridd.2018.03.012.

Allen B, Schuengel C. Attachment disorders diagnosed by community practitioners: a replication and extension. Child and Adolescent Mental Health. 2020;25(1):4–10. https://doi.org/10.1111/camh.12338.

Amato PR, Keith B. Parental divorce and the well-being of children: A meta-analysis. Psychological Bulletin. 1991;110(1):26–46. https://doi.org/10.1037/0033-2909.110.1.26.

American Psychological Association. Guidelines for psychological evaluations in child protection matters. The American Psychologist. 2013;68(1):20–31. https://doi.org/10.1037/a0029891.

Artis JE. Judging the best interests of the child: Judges' accounts of the tender years doctrine. Law & Society Review. 2004;38(4):769–806.

Bachmann CJ, Beecham J, O'Connor TG, Scott A, Briskman J, Scott S. The cost of love: financial consequences of insecure attachment in antisocial youth. Journal of Child Psychology and Psychiatry. 2019;60(12):1343–1350. https://doi.org/10.1111/jcpp.13103.

Bacro F, Forslund T, Granqvist P, Forslund T, Duschinsky R. Attachment: A reader. Wiley; 2020.

Bacro F, Macario de Medeiros JM. Externalizing behavior and attachment disorganization in children of different-sex separated parents: The protective role of joint physical custody. Scandinavian Journal of Psychology. https://doi.org/10.1111/sjop.12681.

Bakermans-Kranenburg MJ, van Ijzendoorn MH, Juffer F. Less is more: Meta-analyses of sensitivity and attachment interventions in early childhood. Psychological Bulletin. 2003;129(2):195–215. https://doi.org/10.1037/0033-2909.129.2.195.

Barnombudsmannen. Klara, färdiga, Gå!. 2007.

Barone L, Lionetti F, Green J. A matter of attachment? How adoptive parents foster post-institutionalized children’s social and emotional adjustment. Attachment & Human Development. 2017;19(4):323–339. https://doi.org/10.1080/14616734.2017.1306714.

Barone L, Ozturk Y, Lionetti F. The key role of positive parenting and children’s temperament in post-institutionalized children’s socio-emotional adjustment after adoption placement. A RCT study. Social Development. 2019;28(1):136–151.

Barudy J, Dantagnan M. Los desafíos invisibles de ser madre y padre: Manual de evaluación de las competencias y la resiliencia parental. Barcelona: Editorial Gedisa; 2010.

Belsky J. Attachment, mating, and parenting: An evolutionary interpretation. Human Nature. 1997;8:361–381. https://doi.org/10.1007/BF02913039.

Belsky J, Bakermans-Kranenburg MJ, Van IJzendoorn MH. For better and for worse: Differential susceptibility to environmental influences. Current Directions in Psychological Science. 2007;16(6):300–304.

Belsky J, Rovine M. Temperament and attachment security in the strange situation: An empirical rapprochement. Child Development. 1987;58:787–795.

Berlin M, Vinnerljung B, Hjern A. School performance in primary school and psychosocial problems in young adulthood among care leavers from long term foster care. Children and Youth Services Review. 2011;33:2489–2497.

Bernard K, Dozier M, Bick J, Lewis-Morrarty E, Lindhiem O, Carlson E. Enhancing attachment organization among maltreated children: Results of a randomized control trial. Child Development. 2012;83(2):623–636. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2011.01712.x.

Bernard K, Lee AH, Dozier M. Effects of the ABC intervention on foster children’s receptive vocabulary: Follow-up results from a randomized clinical trial. Child Maltreatment. 2017;22(2):174–179. https://doi.org/10.1177/1077559517691126.

Bernier A, Meins E. A Threshold Approach to Understanding the Origins of Attachment Disorganization. Developmental Psychology. 2008;44(4):969–982. https://doi.org/10.1037/0012-1649.44.4.969.

Bick J, Dozier M. The effectiveness of an attachment-based intervention in promoting foster mothers’ sensitivity toward foster infants. Infant Mental Health Journal. 2013;34(2):95–103. https://doi.org/10.1002/imhj.21373.

Bifulco A, Jacobs C, Bunn A, Thomas G, Irving K. The attachment style interview (ASI): A support-based adult assessment tool for adoption and fostering practice. Adoption & Fostering. 2008;32(3):33–45.

Bilson A, Martin KE. Referrals and child protection in England: One in five children referred to children’s services and one in nineteen investigated before the age of five. British Journal of Social Work. 2017;47(3):793–811.

Boldt LJ, Kochanska G, Yoon JE, Nordling JK. Children’s attachment to both parents from toddler age to middle childhood: Links to adaptive and maladaptive outcomes. Attachment & Human Development. 2014;16:211–229. https://doi.org/10.1080/14616734.2014.889181.

Boswell S, Cudmore L. Understanding the ‘blind spot’when children move from foster care into adoption. Journal of Child Psychotherapy. 2017;43(2):243–257.

Bowlby J. Maternal care and mental health. 1951;2.

Bowlby J. Separation of mother and child. Letter to the editor. The Lancet. 1958:1070–1071.

Bowlby J. Attachment and loss: Attachment. 1969/1982.

Bowlby J. Attachment and loss: Separation. Pimlico; 1973.

Bowlby J. Attachment and loss: Loss. Pimlico; 1980.

Bowlby. personal communication. 1984;23:697–712.

Bowlby J, Robertson J, Rosenbluth D. A two-year-old goes to hospital. The Psychoanalytic Study of the Child. 1952;7(1):82–94.

Boyan S, Termini AM. Cooperative parenting and divorce: Shielding your child from conflict – a parent guide to effective co-parenting. Active Parenting Publishers; 1999.

Brown GL, Schoppe-Sullivan SJ, Mangelsdorf SC, Neff C. Observed and reported supportive coparenting as predictors of infant–mother and infant–father attachment security. Early Child Development and Care. 2010;180(1-2):121–137. https://doi.org/10.1080/03004430903415015.

Brown R, Ward H. Decision-making within a child’s timeframe: An overview of current research evidence for family justice professionals concerning child development and the impact of maltreatment. Childhood Wellbeing Research Centre; 2013.

Brumariu LE, Giuseppone KR, Kerns KA, Van de Walle M, Bureau J-F, Bosmans G, Lyons-Ruth K. Middle childhood attachment strategies: Validation of an observational measure. Attachment & Human Development. 2018;20(5):491–513. https://doi.org/10.1080/14616734.2018.1433696.

Bullens RAR, Schuengel C, Slot NW, Bullens RAR. Gehechtheid en kinderbescherming. SWP; 2003.

Bunnvik G. Lurades till möte – miste barnen. Jnytt. 2016.

Burns K, Pösö T, Skivenes M. Child welfare removals by the state: A cross-country analysis of decision-making systems. Oxford University Press; 2016.

Byrne JG, O’Connor TG, Marvin RS, Whelan WF. Practitioner review: The contribution of attachment theory to child custody assessments. Journal of Child Psychology and Psychiatry. 2005;46(2):115–127. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2004.00396.x.

Carlson V, Cicchetti D, Barnett D, Braunwald K. Disorganized/disoriented attachment relationships in maltreated infants. Developmental Psychology. 1989;25(4):525–531.

Cassibba R, Cavanna D. L’affidamento familiare tra teoria e realtà: opportunità, incongruenze e contraddizioni [The foster care between theory and reality: opportunities, inconsistencies and contradictions]. Psicologia Clinica dello Sviluppo. 2018;2:373–382.

Chaffin M, Hanson R, Saunders BE, Nichols T, Barnett D, Zeanah C, LeTourneau E, et al. Report of the APSAC task force on attachment therapy, reactive attachment disorder, and attachment problems. Child Maltreatment. 2006;11(1):76–89. https://doi.org/10.1177/1077559505283699.

Cheadle JE, Amato PR, King V. Patterns of nonresident father contact. Demography. 2010;47(1):205–225. https://doi.org/10.1353/dem.0.0084.

Child Welfare Information Gateway. Concurrent planning for permanency for children. Washington, DC: US Department of Health and Human Services, Children’s Bureau; 2017.

Cowan PA, Cowan CP. Introduction: bringing dads back into the family. Attachment & Human Development. 2019;21(5):419–425. https://doi.org/10.1080/14616734.2019.1582594.

Crittenden PM, Baim C, Dixon L, Perkins DF, Hamilton-Giachritis C, Craig LA. What works in child protection: An evidenced based approach to assessment and intervention in care proceedings. Wiley Blackwell Publishing; 2017.

Crittenden PM, Farnfield S, Landini A, Grey B. Assessing attachment for family court decision making. Journal of Forensic Practice. 2013;15(4):237–248.

Cyr C, Dubois-Comtois MG, Poulin C, Pascuzzo K, Losier V, Dumais M, St-Laurent D, Moss E, Muela A. Child abuse and neglect: A multidimensional approach. InTech Open; 2012. https://doi.org/10.5772/48771.

Cyr C, Euser EM, Bakermans-Kranenburg M, van IJzendoorn M. Attachment security and disorganization in maltreating and high-risk families: A series of meta-analyses. Development and Psychopathology. 2010;22:87–108. https://doi.org/10.1017/S0954579409990289.

Cyr C, Dubois-Comtois K, Paquette D, Lopez L, Bifgras M. An attachment-based parental capacity assessment with a focus on capacity to change to orient decision-making in child protection cases. . 2020. https://doi.org/10.1177/1077559520967995.

Dagan O, Sagi-Schwartz A. Early attachment network to mother and father: An unsettled issue. Child Development Perspectives. 2018;12:115–121.

Departamento de Protección de Derechos Servicio Nacional de Menores. Orientaciones técnicas: Línea de acción diagnóstico modalidad diagnóstico ambulatorio, DAM. 2019.

Department of Health. Assessing children in need and their families: Practice guidance. The Stationery Office; 2000.

Department for Education. Children in need of help and protection: Call for evidence. 2018.

De Wolff MS, Van Ijzendoorn MH. Sensitivity and attachment: A meta-analysis on parental antecedents of infant attachment. Child Development. 1997;68:571–591.

Dozier M, Bernard K, Roben C, Steele H, Steele M. Handbook of attachment-based interventions. Guilford Press; 2017.

Dozier M, Kaufman J, Kobak R, O'Connor TG, Sagi-Schwartz A, Scott S, Schauffer C, Smetana J, van IJzendoorn MH, Zeanah CH. Consensus statement on group care for children and adolescents: A statement of policy of the American Orthopsychiatric Association. American Journal of Orthopsychiatry. 2014;84(3):219–225. https://doi.org/10.1037/ort0000005.

Dozier M, Lindhiem O, Lewis E, Bernard K, Peloso E. Effects of a foster parent training program on young children’s attachment behaviors: Preliminary evidence from a randomized clinical trial. Child and Adolescent Social Work Journal. 2009;26(4):321–332. https://doi.org/10.1007/s10560-009-0165-1.

Dozier M, Peloso E, Lewis E, Laurenceau J, Levine S. Effects of an attachment-based intervention of the cortisol production of infants and toddlers in foster care. Development and Psychopathology. 2008;20(3):845–859. https://doi.org/10.1017/S0954579408000400.

Duschinsky R. Cornerstones of attachment research. Oxford University Press; 2020.

Duschinsky R, Van IJzendoorn M, Foster S, Reijman S, Lionetti F. Attachment histories and futures: Reply to Vicedo’s ‘Putting attachment in its place’. European Journal of Developmental Psychology. 2019. https://doi.org/10.1080/17405629.2018.1502916.

Egeland B, Jacobvitz D, Sroufe LA. Breaking the cycle of abuse. Child Development. 1988;59:1080–1088. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.1988.tb03260.x.

Emery RE, Holtzworth-Munroe A, Johnston JR, Pedro-Carroll JL, Pruett MK, Saini M, Sandler I. “Bending” evidence for a cause: Scholar-advocacy bias in family law. Family Court Review. 2016;54(2):134–149.

Emery RE, Otto RK, O’donohue WT. A critical assessment of child custody evaluations: Limited science and a flawed system. Psychological Science in the Public Interest. 2005;6(1):1–29. https://doi.org/10.1111/j.1529-1006.2005.00020.x.

Fabricius WV, Suh GW. Should infants and toddlers have frequent overnight parenting time with fathers? The policy debate and new data. Psychology, Public Policy, and Law. 2017;23(1):68–84. https://doi.org/10.1037/law0000108.

Facompré CR, Bernard K, Waters TEA. Effectiveness of interventions in preventing disorganized attachment: A meta-analysis. Development and Psychopathology. 2018;30(1):1–11. https://doi.org/10.1017/S0954579417000426.

Faigman DL, Monahan J, Slobogin C. Group to individual (G2i) inference in scientific expert testimony. The University of Chicago Law Review. 2014;81(2):417–480.

Faigman DL, Slobogin C, Monahan J. Gatekeeping science: using the structure of scientific research to distinguish between admissibility and weight in expert testimony. Northwestern University Law Review. 2016;110:859–904.

Farnfield S, Holmes P. The Routledge handbook of attachment: Assessment. Routledge; 2014.

Fearon RP, Bakermans-Kranenburg MJ, Van IJzendoorn MH, Lapsley AM, Roisman GI. The significance of insecure attachment and disorganization in the development of children’s externalizing behavior: A meta-analytic study. Child Development. 2010;81(2):435–456. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2009.01405.x.

Fearon RMP, Belsky J, Cassidy J, Shaver P. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. Guilford Press; 2016.

Feldman R. Coding interactive behavior manual. . 1998.

Feldman R, Bamberger E, Kanat-Maymon Y. Parent-specific reciprocity from infancy to adolescence shapes children's social competence and dialogical skills. Attachment & Human Development. 2013;15(4):407–423. https://doi.org/10.1080/14616734.2013.782650.

Feldman R, Braun K, Champagne FA. The neural mechanisms and consequences of paternal caregiving. Nature Reviews Neuroscience. 2019;20(4):205–224. https://doi.org/10.1038/s41583-019-0124-6.

Feldman R, Masalha S. The role of culture in moderating the links between early ecological risk and young children's adaptation. Development and Psychopathology. 2007;19(1):1–21. https://doi.org/10.1017/S0954579407070010.

Font SA, Gershoff ET. Foster care and best interests of the child: Integrating research, policy, and practice. Springer, Cham; 2020.

Forslund T, Peltola MJ, Brocki KC. Disorganized attachment representations, externalizing behavior problems, and socioemotional competences in early school-age. Attachment & Human Development. 2019. https://doi.org/10.1080/14616734.2019.1664603.

Funder DC, Ozer DJ. Evaluating effect size in psychological research: Sense and nonsense. Advances in Methods and Practices in Psychological Science. 2019;2(2):156–168.

Gabler S, Bovenschen I, Lang K, Zimmermann J, Nowacki K, Kliewer J, Spangler G. Foster children’s attachment security and behavior problems in the first six months of placement: Associations with foster parents’ stress and sensitivity. Attachment & Human Development. 2014;16(5):479–498. https://doi.org/10.1080/14616734.2014.911757.

Garber BD. Attachment methodology in custody evaluation: Four hurdles standing between developmental theory and forensic application. Journal of Child Custody. 2009;6(1-2):38–61.

Gauthier Y, Fortin G, Jéliu G. Clinical application of attachment theory in permanency planning for children in foster care: The importance of continuity of care. Infant Mental Health Journal. 2004;25(4):379–396.

George C, Solomon J. The caregiving system: A behavioral systems approach to parenting. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. 2008;2:833–856.

GM v. Carmarthenshire County Council. EWFC. 2018;36.

Goldstein J, Freud A, Solnit AJ. Beyond the best interests of the child. Free Press; 1973.

Granqvist P. Observations of disorganized behaviour yield no magic wand: Response to Shemmings. Attachment & Human Development. 2016;18:529–533. https://doi.org/10.1080/14616734.2016.1189994.

Granqvist P, Forslund T, Fransson M, Springer L, Lindberg L. Mothers with intellectual disability, their experiences of maltreatment, and their children’s attachment representations: A small-group matched comparison study. Attachment & Human Development. 2014;16(5):417–436. https://doi.org/10.1080/14616734.2014.926946.

Granqvist P, Hesse E, Fransson M, Main M, Hagekull B, Bohlin G. Prior participation in the strange situation and overstress jointly facilitate disorganized behaviours: Implications for theory, research and practice. Attachment & Human Development. 2016;18:235–249. https://doi.org/10.1080/14616734.2016.1151061.

Granqvist P, Sroufe LA, Dozier M, Hesse E, Steele M, van IJzendoorn M, Solomon J, Schuengel C, Fearon P, Bakermans-Kranenburg M, Steele H, et al. Disorganized attachment in infancy: A review of the phenomenon and its implications for clinicians and policy-makers. Attachment & Human Development. 2017;19:534–558. https://doi.org/10.1080/14616734.2017.1354040.

Green J, Stanley C, Smith V, Goldwyn R. A new method of evaluating attachment representations in young school-age children: The Manchester Child Attachment Story Task. Attachment & Human Development. 2000;2(1):48–70. https://doi.org/10.1080/146167300361318.

Groh AM, Fearon RP, van IJzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ, Roisman GI. Attachment in the early life course: Meta-analytic evidence for its role in socioemotional development. Child Development Perspectives. 2017;11:70–76.

Groh AM, Narayan AJ, Bakermans-Kranenburg MJ, Roisman GI, Vaughn BE, Fearon RP, van IJzendoorn MH. Attachment and temperament in the early life course: A meta-analytic review. Child Development. 2017;88(3):770–795. https://doi.org/10.1111/cdev.12677.

Grossmann K, Sagi-Schwartz A. Attachment and Divorce: Facts, Myths and Dilemmas in Custody Disputes. 2013.

Grossmann K, Grossmann KE, Kindler H, Zimmermann P, Cassidy J, Shaver PR. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. The Guilford Press; 2008.

Hacker D, Halperin Kaddari R. The ruling rules in custody disputers – On the dangers of the parental sameness illusion in a gendered reality. Mishpat and Mimshal. 2013;15:91–170.

Harmer AL, Goodman-Delahunty J. Practitioners’ opinions of best interests of the child in Australian legislation. Psychiatry, Psychology and Law. 2014;21(2):251–271.

Hazen NL, Allen SD, Christopher CH, Umemura T, Jacobvitz DB. Very extensive nonmaternal care predicts mother-infant attachment disorganization: Convergent evidence from two samples. Development & Psychopathology. 2015;27:649–661. https://doi.org/10.1017/S0954579414000893.

Hill L, Gilligan R, Connelly G. How did kinship care emerge as a significant form of placement for children in care? A comparative study of the experience in Ireland and Scotland. Children and Youth Services Review.

Hrdy SB. Mothers and others. Harvard University Press; 2011.

Huntington C. The empirical turn in family law. Columbia Law Review. 2018;118(1):227–314.

Isaacs MB, George C, Marvin RS. Utilizing attachment measures in child custody evaluations: Incremental validity. Journal of Child Custody. 2009;6(1-2):139–162.

Jacobs S. The hidden gender bias behind the best interest of the child standard in custody decisions. Georgia State University Law Review. 1997;13(3):845–902.

Jacobvitz D, Leon K, Hazen N. Does expectant mothers' unresolved trauma predict frightening/frightened maternal behavior? Risk and protective factors. Development and Psychopathology. 2006;18:363–379. https://doi.org/10.1017/S0954579406060196.

Joels T, Sagi-Schwartz A. "Mom, dad, and what about me, I need you both”: Facts, myths and hopes in custody disputes. Din Udvarim (Haifa Law Review). 2012;6:375–404.

Juffer F, Bakermans-Kranenburg MJ, van IJzendoorn MH. Pairing attachment theory and social learning theory in video-feedback intervention to promote positive parenting. Current Opinion in Psychology. 2017;15:189–194. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2017.03.012.

Kelly JB, Lamb ME. Using child development research to make appropriate custody and access decisions for young children. Family and Conciliation Court Review. 2000;38(3):297–311.

Kelly JB, Lamb ME. Developmental issues in relocation cases involving young children: When, whether, and how?. Journal of Family Psychology. 2003;17:193–205. https://doi.org/10.1037/0893-3200.17.2.193.

Kohm LM. Tracing the foundations of the best interests of the child standard in American jurisprudence. Journal of Law & Family Studies. 2007;10:337–376.

Konijn C, Admiraal S, Baart S, van Rooij F, Stams G-J, Colonnesi C, Lindauer R, Assink M. Foster care placement instability: A meta-analytic review. Children and Youth Services Review. 2018;96:483–499.

Kvarven A, Strømland E, Johannesson M. Comparing meta-analyses and preregistered multiple-laboratory replication projects. Nature Human Behaviour. 2020;4:423–434. https://doi.org/10.1038/s41562-019-0787-z.

Lamb ME. A wasted opportunity to engage with the literature on the implications of attachment research for family court professionals. Family Court Review. 2012;50(3):481–485.

Lamb M. Does shared parenting by separated parents affect the adjustment of young children?. Journal of Child Custody. 2018;15(1):16–25.

Lamb ME, Sternberg KJ, Thompson RA. The effects of divorce and custody arrangements on children’s behavior, development, and adjustment. Family and Conciliation Courts Review. 1997;35:393–404.

Lang K, Bovenschen I, Gabler S, Zimmermann J, Nowacki K, Kliewer J, Spangler G. Foster children’s attachment security in the first year after placement: A longitudinal study of predictors. Early Childhood Research Quarterly. 2016;36:269–280.

Lee SM, Borelli JL, West JL. Children’s attachment relationships: Can attachment data be used in child custody evaluations?. Journal of Child Custody. 2011;8(3):212–242.

Lewis EE, Dozier M, Ackerman J, Sepulveda-Kozakowski S. The effect of placement instability on adopted children’s inhibitory control abilities and oppositional behavior. Developmental Psychology. 2007;43:1415–1427. https://doi.org/10.1037/0012-1649.43.6.1415.

Lind T, Raby KL, Caron EB, Roben CKP, Dozier M. Enhancing executive functioning among toddlers in foster care with an attachment-based intervention. Development and Psychopathology. 2017;29(2):575–586. https://doi.org/10.1017/S0954579417000190.

Lindberg L, Fransson M, Forslund T, Springer L, Granqvist P. Maternal sensitivity in mothers with mild intellectual disabilities is related to experiences of maltreatment and predictive of child attachment: A matched-comparison study. Journal of Applied Research in Intellectual Disabilities. 2017;30:445–455. https://doi.org/10.1111/jar.12300.

Lionetti F, Pastore M, Barone L. Attachment in institutionalized children: A review and meta-analysis. Child Abuse & Neglect. 2015;42:135–145. https://doi.org/10.1016/j.chiabu.2015.02.013.

Lucassen N, Tharner A, Van Ijzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ, Volling BL, Verhulst FC, Tiemeier H, et al. The association between paternal sensitivity and infant-father attachment security: A meta-analysis of three decades of research. Journal of Family Psychology. 2011;25(6):986–992. https://doi.org/10.1037/a0025855.

Lux U, Walper S. A systemic perspective on children’s emotional insecurity in relation to father: Links to parenting, interparental conflict and children’s social well-being. Attachment & Human Development. 2019;21(5):467–484. https://doi.org/10.1080/14616734.2019.1582597.

Lyons-Ruth K, Jacobvitz D, Cassidy J, Shaver PR. Handbook of attachment: Theory, research and clinical applications. Guilford Press; 2016.

Maaskant AM, van Rooij FB, Bos HMW, Hermanns JMA. The wellbeing of foster children and their relationship with foster parents and biological parents: a child’s perspective. Journal of Social Work Practice. 2016;30(4):379–395. https://doi.org/10.1080/02650533.2015.1092952.

Madigan S. Beyond the academic silo: Collaboration and community partnerships in attachment research. 2019.

Madigan S, Bakermans-Kranenburg MJ, Van Ijzendoorn MH, Moran G, Pederson DR, Benoit D. Unresolved states of mind, anomalous parental behavior, and disorganized attachment: A review and meta-analysis of a transmission gap. Attachment & Human Development. 2006;8(2):89–111. https://doi.org/10.1080/14616730600774458.

Main M. Cross-cultural studies of attachment organization: Recent studies, changing methodologies, and the concept of conditional strategies. Human Development. 1990;33(1):48–61.

Main M, Hesse E, Greenberg MT, Cicchetti D, Cummings EM. The John D and Catherine T MacArthur Foundation series on mental health and development Attachment in the preschool years: Theory, research, and intervention. University of Chicago Press; 1990.

Main M, Hesse E, Hesse S. Attachment theory and research: Overview with suggested applications to child custody. Family Court Review. 2011;49(3):426–463.

Main M, Solomon J, Brazelton TB, Yogman MW. Affective development in infancy. Ablex Publishing; 1986.

Marvin RS, Schutz BM. One component of an evidence-based approach to the use of attachment research in child custody evaluations. Journal of Child Custody. 2009;6(1-2):113–138.

McIntosh J. Guest editor’s introduction to special issue on attachment theory, separation and divorce: Forging coherent understandings for family law. Family Court Review. 2011;49(3):418–425.

McIntosh JE, Smyth BM, Kelaher MA. Responding to concerns about a study of infant overnight care postseparation, with comments on consensus: Reply to Warshak (2014). Psychology, Public Policy, and Law. 2015;21(1):111–119. https://doi.org/10.1037/h0101018.

McIntosh JE, Smyth BM, Kelaher M. Overnight care patterns following parental separation: Associations with emotion regulation in infants and young children. Journal of Family Studies. 2013;19(3):224–239.

Mesman J, Van IJzendoorn MH, Sagi-Schwartz A, Cassidy J, Shaver P. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. Guilford Press; 2016.

Mercer J. Conventional and unconventional perspectives on attachment and attachment problems: Comparisons and implications, 2006–2016. Child and Adolescent Social Work Journal. 2019;36(2):81–95.

Mnookin RH. Child-custody adjudication: Judicial functions in the face of indeterminacy. Law & Contemporary Problems. 1975;39(3):226–293.

Mnookin R. Child custody revisited. Law & Contemporary Problems. 2014;77:249–274.

Mooya H, Sichimba F, Bakermans-Kranenburg M. Infant–mother and infant–sibling attachment in Zambia. Attachment & Human Development. 2016;18(6):618–635. https://doi.org/10.1080/14616734.2016.1235216.

Moss E, Dubois-Comtois K, Tarabulsy C, St-Laurent D, Bernier A. Efficacy of a home-visiting intervention aimed at improving maternal sensitivity, child attachment, and behavioral outcomes for maltreated children: A randomized control trial. Development and Psychopathology. 2011;23:195–210. https://doi.org/10.1017/S0954579410000738.

Neal TM, Slobogin C, Saks MJ, Faigman DL, Geisinger KF. Psychological assessments in legal contexts: Are courts keeping “junk science” out of the courtroom?. Psychological Science in the Public Interest. 2019;20(3):135–164. https://doi.org/10.1177/1529100619888860.

Newton RR, Litrownik AJ, Landsverk JA. Children and youth in foster care: disentangling the relationship between problem behaviors and number of placements. Child Abuse & Neglect. 2000;24:1363–1374. https://doi.org/10.1016/s0145-2134(00)00189-7.

Nielsen L. Woozles: Their role in custody law reform, parenting plans, and family court. Psychology, Public Policy, and Law. 2014;20(2):164–180.

Nicolini D, Mengis J, Swan J. Understanding the role of objects in cross-disciplinary collaboration. Organization Science. 2012;23(3):612–629.

North G. Assessing for bruises on the soul: identifying and evidencing childhood emotional abuse. Journal of Social Welfare and Family Law. 2019;41(3):302–320.

Oosterman M, Schuengel C, Slot NW, Bullens RA, Doreleijers TA. Disruptions in foster care: A review and meta-analysis. Children and Youth Services Review. 2007;29(1):53–76.

Oosterman M, Schuengel C. Autonomic reactivity of children to separation and reunion with foster parents. Journal of the American Academy of Child and Adolescent Psychiatry. 2007;46(9):1196–1203. https://doi.org/10.1097/chi.0b013e3180ca839f.

Owen MT, Cox MJ. Marital conflict and the development of infant–parent attachment relationships. Journal of Family Psychology. 1997;11(2):152–164.

Padrón E, Carlson EA, Sroufe LA. Frightened versus not frightened disorganized infant attachment: Newborn characteristics and maternal caregiving. American Journal of Orthopsychiatry. 2014;84(2):201–208. https://doi.org/10.1037/h0099390.

Palacios J, Adroher S, Brodzinsky DM, Grotevant HD, Johnson DE, Juffer F, Martinez-Mora L, Muhamedrahimov RJ, Selwyn J, Simmonds J, Tarren-Sweeney M. Adoption in the service of child protection: An international interdisciplinary perspective. Psychology, Public Policy, and Law. 2019;25(2):57–72. https://doi.org/10.1037/law0000192.

Palacios J, Rolock N, Selwyn J, Barbosa-Ducharne M. Adoption breakdown: Concept, research and implications. Research on Social Work Practice. 2019;29:130–142.

Pederson D, Moran G. A categorical description of infant-mother relationships in the home and its relation to Q-sort measures of infant-mother interaction. Monographs of the Society for Research in Child Development. 1995;60(2-3):111–132. https://doi.org/10.2307/1166174.

Pederson DR, Moran G, Sitko C, Campbell K, Ghesquire K, Acton H. Maternal sensitivity and the security of infant-mother attachment: A Q-sort study. Child Development. 1990;61(6):1974–1983. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.1990.tb03579.x.

Posada G, Lu T, Trumbell J, Kaloustian G, Trudel M, Plata S, Peña P, Perez J, Tereno S, Dugravier R, Coppola G, et al. Is the secure base phenomenon evident here, there, and anywhere? A cross-cultural study of child behavior and experts’ definitions. Child Development. 2013;84:1896–1905. https://doi.org/10.1111/cdev.12084.

Posada G, Trumbell J, Noblega J, Plata S, Peña P, Carbonell OA. Maternal sensitivity and child secure base use in early childhood: Studies in different cultural contexts. Child Development. 2016;87:297–311. https://doi.org/10.1111/cdev.12454.

Pruett MK, Cowan CP, Cowan PA, Pradhan L, Robins S, Pruett KD, Drozd L, Saini M, Olesen N. Parenting plan evaluations: Applied research for the family court. Oxford University Press; 2016.

Raub JM, Carson NJ, Cook BL, Wyshak G, Hauser BB. Predictors of custody and visitation decisions by a family court clinic. Journal of the American Academy of Psychiatry and the Law Online. 2013;41(2):206–218.

Reijman S, Foster S, Duschinsky R. The infant disorganised attachment classification: “Patterning within the disturbance of coherence”. Social Science & Medicine. 2018;200:52–58. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2017.12.034.

Robertson L, Broadhurst K. Introducing social science evidence in family court decision-making and adjudication: Evidence from England and Wales. International Journal of Law, Policy and the Family. 2019;33(2):181–203.

Sagi A, van IJzendoorn MH, Aviezer O, Donnell F, Mayseless O. Sleeping out of home in a kibbutz communal arrangement: It makes a difference for infant-mother attachment. Child Development. 1994;65(4):992–1004. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.1994.tb00797.x.

Sallnäs M, Vinnerljung B, Kyhle Westermark K. Breakdown of teenage placements in Swedish foster and residential care. Child & Family Social Work. 2004;9:141–152.

Salter EK. Deciding for a child: a comprehensive analysis of the best interest standard. Theoretical Medicine and Bioethics. 2012;33(3):179–198. https://doi.org/10.1007/s11017-012-9219-z.

Saunders R, Jacobvitz D, Zaccagnino M, Beverung L, Hazen N. Pathways to earned-security: The role of alternative support figures. Attachment & Human Development. 2011;13:403–420. https://doi.org/10.1080/14616734.2011.584405.

Schneider CE. Discretion, rules, and law: Child custody and the UMDA's best-interest standard. Michigan Law Review. 1991;89:2215–2298.

Schoemaker NK, Wentholt WG, Goemans A, Vermeer HJ, Juffer F, Alink LR. A meta-analytic review of parenting interventions in foster care and adoption. Development and Psychopathology. 2019:1–24. https://doi.org/10.1017/S0954579419000798.

Schofield G, Walsh J. Young carers – or children in need of care? Decision making for children of parents with mental health problems. Child & Family Law Quarterly. 2010;22:223–233.

Schore A, McIntosh J. Family law and the neuroscience of attachment. Family Court Review. 2011;49:501–512.

Schuengel C, Bakermans-Kranenburg MJ, Van IJzendoorn MH. Frightening maternal behavior linking unresolved loss and disorganized infant attachment. Journal of Consulting and Clinical Psychology. 1999;67(1):54–63. https://doi.org/10.1037//0022-006x.67.1.54.

Scott ES, Emery RE. Gender politics and child custody: The puzzling persistence of the best-interest standard. Law & Contemporary Problems. 2014;77:69–108.

Scott S, Briskman J, Woolgar M, Humayun S, O’Connor TM. Attachment in adolescence: overlap with parenting and unique prediction of behavioural adjustment. Journal of Child Psychology and Psychiatry. 2011;52(10):1052–1062. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2011.02453.x.

Shemmings D. Why social workers shouldn’t use ‘attachment’ in their records and reports. Community Care. 2018.

Shemmings D, Shemmings Y. Understanding disorganized attachment: Theory and practice for working with children and adults. Jessica Kingsley Publishers; 2011.

Simpson J, Belsky J, Cassidy J, Shaver P. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. Guilford Press; 2016.

Skivenes M, Sørsdal LM, Falch-Eriksen A, Backe-Hansen E. Human rights in child protection. Palgrave Macmillan; 2018.

Smith G, Coffino B, Lieberman A, Van Horn P. Attachment and child custody: The importance of available parents. Parenting plan evaluations: Applied research for the family court. 2012a:5–24.

Smith G, Caffino B, Van Horn P, Lieberman A, Kuehnle K, Drozd L. Parenting plan evaluations: Applied research for the family court. Oxford University Press; 2012b.

Smyke AT, Zeanah CH, Gleason MM, Drury SS, Fox NA, Nelson CA, Guthrie D. A randomized controlled trial comparing foster care and institutional care for children with signs of reactive attachment disorder. American Journal of Psychiatry. 2012;169(5):508–514. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2011.11050748.

Solomon J, Gunsberg L, Hymowitz P. Handbook of divorce and custody. Routledge; 2013.

Solomon J, Duschinsky R, Bakkum L, Schuengel C. Toward an architecture of attachment disorganization: John Bowlby’s published and unpublished reflections. Clinical Child Psychology and Psychiatry. 2017;22(4):539–560. https://doi.org/10.1177/1359104517721959.

Solomon J, George C. The development of attachment in separated and divorced families: Effects of overnight visitation, parent, and couple variables. Attachment & Human Development. 1999;1(1):1–33. https://doi.org/10.1080/14616739900134011.

Solomon J, George C, Solomon J, George C. Disorganized attachment and caregiving. Guilford Press; 2011.

Solomon J, George C, Cassidy J, Shaver PR. Handbook of attachment: Theory, research, and clinical applications. Guilford Press; 2016.

Spangler G, Fremmer-Bombik E, Grossmann K. Social and individual determinants of infant attachment security and disorganization. Infant Mental Health Journal. 1996;17(2):127–139.

Spieker SJ, Crittenden PM. Can attachment inform decision-making in child protection and forensic settings?. Infant Mental Health Journal. 2018;39(6):625–641. https://doi.org/10.1002/imhj.21746.

Sroufe A, McIntosh J. Divorce and attachment relationships: The longitudinal journey. Family Court Review. 2011;49(3):464–473.

Star SL. This is not a boundary object: Reflections on the origin of a concept. Science, Technology, & Human Values. 2010;35(5):601–617.

Steele H, Murphy A, Bonuck K, Meissner P, Steele M. Randomized control trial report on the effectiveness of Group Attachment-Based Intervention (GABI©): Improvements in the parent–child relationship not seen in the control group. Development and Psychopathology. 2019;31(1):203–217. https://doi.org/10.1017/S0954579418001621.

Steele H, Steele M. Handbook of attachment-based interventions. Guilford Press; 2017.

Steinbach A. Children's and parents’ well-being in joint physical custody: A literature review. Family Process. 2019;58(2):353–369. https://doi.org/10.1111/famp.12372.

Stovall KC, Dozier M. The development of attachment in new relationships: Single subject analyses for ten foster infants. Development and Psychopathology. 2000;12:133–156. https://doi.org/10.1017/s0954579400002029.

Stronach EP, Toth SL, Rogosch F, Cicchetti D. Preventive interventions and sustained attachment security in maltreated children. D&P. 2013;25:919–930. https://doi.org/10.1017/S0954579413000278.

Swedish National Board of Health and Welfare. Grundbok i BBIC – Barns Behov i Centrum. 2018.

Swedish National Board of Health and Welfare. Metodstöd för BBIC. 2018.

Tan ES, McIntosh JE, Kothe EJ, Opie JE, Olsson CA. Couple relationship quality and offspring attachment security: A systematic review with meta-analysis. Attachment & Human Development. 2018;20(4):349–377. https://doi.org/10.1080/14616734.2017.1401651.

The National People’s Congress of the People’s Republic of China. Chapter 4 Divorce, § 1084 & 1086. Civil Code of the People’s Republic of China. 2020.

The Supreme People’s Court of the People’s Republic of China. A number of specific Opinions on the handling of child-rearing issues in divorce cases by the People’s Courts §4, Bulletin of the Supreme People’s Court of the People’s Republic of China. 1993.

Tornello SL, Emery R, Rowen J, Potter D, Ocker B, Xu Y. Overnight custody arrangements, attachment, and adjustment among very young children. Journal of Marriage and Family. 2013;75(4):871–885. https://doi.org/10.1111/jomf.12045.

Toussaint E, Florin A, Schneider B, Bacro F. Les problèmes de comportement, les représentations d’attachement et le parcours de placement d’enfants relevant de la protection de l’enfance. Neuropsychiatrie de l’Enfance et de l’Adolescence. 2018;66(6):335–343.

Umemura T, Jacobvitz DB. Nonmaternal care hours and temperament predict infants’ proximity-seeking behavior and attachment subgroups. Infant Behavior and Development. 2014;37(3):352–365. https://doi.org/10.1016/j.infbeh.2014.05.007.

Umemura T, Jacobvitz D, Messina S, Hazen N. Do toddlers prefer the primary caregiver or the parent with whom they feel more secure? The role of toddler emotion. Infant Behavior and Development. 2013;36(1):102–114. https://doi.org/10.1016/j.infbeh.2012.10.003.

UN General Assembly. Convention on the Rights of the Child. 1989;1577.

USDHHS. Determining the best interests of the child: State statutes. Wasington, DC: Child Welfare Information Gateway; 2016.

Van der Asdonk S, de Haan WD, van Berkel SR, van IJzendoorn MH, Rippe RCA, Schuengel C, Kuiper C, Lindauer RJL, Overbeek M, Alink LRA. Effectiveness of an attachment-based intervention for the assessment of parenting capacities in maltreating families: A randomized controlled trial. Infant Mental Health Journal. https://doi.org/10.1002/imhj.21874.

Van den Dries L, Juffer F, Van IJzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ. Fostering security? A meta-analysis of attachment in adopted children. Children and youth services review. 2009;31(3):410–421.

Van IJzendoorn MH. Attachment in social networks: toward an evolutionary social network model. Human Development. 2005;48(1-2):85–88.

van IJzendoorn MH, Hein S, Weeland J. New Directions for Child and Adolescent Development. 2019;167:133–140. https://doi.org/10.1002/cad.20308.

Van IJzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ, Zentner M, Shiner RL. Handbook of temperament. Guilford Press; 2012.

Van IJzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ, Duschinsky R, Goldman PS, Fox NA, Gunnar MR, Johnson DE, Nelson CA, Reijman S, Skinner GCM, Zeanah CH, et al. Institutionalisation and deinstitutionalisation of children I: A systematic and integrative review of evidence regarding effects on development. The Lancet Psychiatry. 2020. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(19)30399-2.

Van IJzendoorn MH, Bakermans-Kranenburg MJ, Duschinsky R, Skinner GCM, Dwyer JG. The Oxford handbook of children and the law. Oxford University Press; 2019.

Van IJzendoorn MH, Bakermans JJ, Steele M, Granqvist P. Diagnostic use of Crittenden’s attachment measures in Family Court is not beyond a reasonable doubt. Infant Mental Health Journal. 2018;39(6):642–646. https://doi.org/10.1002/imhj.21747.

Van IJzendoorn MH, Sagi A, Lambermon MWE, Pianta RC. Beyond the parent: The role of other adults in children's lives New Directions for Child Development. 1992;57:5–25.

Van IJzendoorn MH, Schuengel C, Bakermans-Kranenburg MJ. Disorganized attachment in early childhood: Meta-analysis of precursors, concomitants, and sequelae. Development and Psychopathology. 1999;11(2):225–250. https://doi.org/10.1017/s0954579499002035.

Van IJzendoorn MH, Steele M, Granqvist P. On exactitude in science: A map of the empire the size of the empire. Infant Mental Health Journal. 2018;39:652–655. https://doi.org/10.1002/imhj.21751.

Van IJzendoorn MH, Vereijken CM, Bakermans-Kranenburg MJ, Marianne Riksen-Walraven J. Assessing attachment security with the attachment Q sort: Meta-analytic evidence for the validity of the observer AQS. Child Development. 2004;75(4):1188–1213. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2004.00733.x.

Vaughn BE, Posada G, Verissimo M. Secure base scripts and social competence in preschool children. Attachment & Human Development. 2019;21(3). https://doi.org/10.1080/14616734.2019.1575547.

Warshak RA. Social science and parenting plans for young children: A consensus report. Psychology, Public Policy, and Law. 2014;20(1):46–67.

Waters E, Deane KE. Defining and assessing individual differences in attachment relationships: Q-methodology and the organization of behavior in infancy and early childhood. Monographs of the Society for Research in Child Development. 1985;50(1-2):41–65.

Waters E, Merrick S, Treboux D, Crowell J, Albersheim L. Attachment security in infancy and early adulthood: A twenty-year longitudinal study. Child Development. 2000;71(3):684–689. https://doi.org/10.1111/1467-8624.00176.

White S, Gibson M, Wastell D, Walsh P. Reassessing attachment theory in child welfare. Psychology Press; 2019.

Wilkins D. Disorganized attachment indicates maltreatment: how is this link useful for child protection social workers?. Journal of Social Work Practice. 2012;26(1):15–30.

Wilkins D. Disorganized attachment does not indicate child maltreatment. Journal of Social Work Practice. 2020:1–2.

Winnicott DW. Playing and reality. Tavistock Publications Limited; 1971.

Woolgar M, Baldock E. Attachment disorders versus more common problems in looked after and adopted children: Comparing community and expert assessments. Child and Adolescent Mental Health. 2015;20(1):34–40. https://doi.org/10.1111/camh.12052.

Wulczyn F, Kogan J, Harden BJ. Placement stability and movement trajectories. Social Service Review. 2003;77:212–236.

Wulczyn F, Zimmerman E. Sibling placements in longitudinal perspective. Children and Youth Services Review. 2005;27:741–763.

Zeanah CH, Chesher T, Boris NW, Walter HJ, Bukstein OG, Bellonci C, Benson S, Bussing R, Chrisman A, Hamilton J, Hayek M, et al. Practice parameter for the assessment and treatment of children and adolescents with reactive attachment disorder and disinhibited social engagement disorder. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry. 2016;55(11):990–1003. https://doi.org/10.1016/j.jaac.2016.08.004.

Zeanah CH, Larrieu JA, Heller SS, Valliere J, Zeanah CH. Handbook of infant mental health. Guilford Press; 2000.

Zeanah CH, Smyke AT, Koga SF, Carlson E, Bucharest Early Intervention Project Core Group. Attachment in institutionalized and community children in Romania. Child Development. 2005;76(5):1015–1028. https://doi.org/10.1111/j.1467-8624.2005.00894.x.

Zimmermann P, Zimmermann P, Spangler G. Feinfühlige Herausforderung: Bindung in Familie, Kita, Kinderheim und Jugendhilfe. Psychosozial-Verlag; 2017.

Traducción no oficial de Attachment Goes to Court: Child Protection and Custody Issues, de Tommie Forslund, Pehr Granqvist, Marinus H. van IJzendoorn, Avi Sagi-Schwartz, Danya Glaser, Miriam Steele, Mårten Hammarlund, Carlo Schuengel, Marian J. Bakermans-Kranenburg, Howard Steele, Phillip R. Shaver, Ulrike Lux, John Simmonds, Deborah Jacobvitz, Ashley M. Groh, Kristin Bernard, Chantal Cyr, Nancy L. Hazen, Sarah Foster, Elia Psouni, Philip A. Cowan, Carolyn Pape Cowan, Anne Rifkin-Graboi, David Wilkins, Blaise Pierrehumbert, George M. Tarabulsy, Rodrigo A. Carcamo, Zhengyan Wang, Xi Liang, Maria Kázmierczak, Paulina Pawlicka, Lilian Ayiro, Tamara Chansa, Francis Sichimba, Haatembo Mooya, Loyola McLean, Manuela Verissimo, Sonia Gojman-de-Millán, Marlene M. Moretti, Fabien Bacro, Mikko J. Peltola, Megan Galbally, Kiyomi Kondo-Ikemura, Kazuko Y. Behrens, Stephen Scott, Andrés Fresno Rodriguez, Rosario Spencer, Germán Posada, Rosalinda Cassibba, Neus Barrantes-Vidal, Jesus Palacios, Lavinia Barone, Sheri Madigan, Karen Mason-Jones, Sophie Reijman, Femmie Juffer, R. Pasco Fearon, Annie Bernier, Dante Cicchetti, Glenn I. Roisman, Jude Cassidy, Heinz Kindler, Peter Zimmerman, Ruth Feldman, Gottfried Spangler, Charles H. Zeanah, Mary Dozier, Jay Belsky, Michael E. Lamb y Robbie Duschinsky, Attachment & Human Development, vol. 24, n.o 1, p. 1-52 (2022), doi: 10.1080/14616734.2020.1840762, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción al español, declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Este texto es una traducción no oficial al español del artículo original «Attachment Goes to Court: Child Protection and Custody Issues», publicado en Attachment & Human Development (2022) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial y maquetado para su lectura en línea, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.

Leer el artículo original

Cómo citar este artículo

Forslund, T., Granqvist, P., van IJzendoorn, M. H., Sagi-Schwartz, A., Glaser, D., Steele, M., Hammarlund, M., Schuengel, C., Bakermans-Kranenburg, M. J., Steele, H., Shaver, P. R., Lux, U., Simmonds, J., Jacobvitz, D., Groh, A. M., Bernard, K., Cyr, C., Hazen, N. L., Foster, S., … Duschinsky, R. (2022). Attachment Goes to Court: Child Protection and Custody Issues. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/attachment-goes-to-court-child-protection-and-custody-issues (Obra original publicada en 2021 en Attachment & Human Development, 24(1), 1-52 (2022); republicada en 2022 por Attachment & Human Development, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/14616734.2020.1840762)

Carrito

Su carrito está vacío.