Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Child and Family Studies · Familia

El hogar después del homicidio: ¿cómo viven el hogar la infancia y la juventud en duelo por un homicidio en la pareja?

Cuando una madre o un padre muere a manos de su pareja, la criatura pierde también su casa, sus pertenencias, su escuela y, a veces, a sus hermanos y hermanas. En Australia y en el Reino Unido, el equipo de Eva Alisic recogió los relatos de 22 personas que vivieron este duelo en la infancia. Describen hogares que se volvieron extraños, acogimientos inestables, a veces nuevas violencias, y cómo poco a poco volvieron a construirse un hogar.

Autoría Ashwini Sakthiakumaran, Oliver Eastwood, Katitza Marinkovic Chavez, Kathryn Joy, John Frederick, Hannah Morrice y Eva Alisic (Melbourne School of Population and Global Health, The University of Melbourne, Australia); Zain Kurdi y John Devaney (School of Social and Political Science, The University of Edinburgh, Reino Unido); Rowena Conroy (Melbourne School of Psychological Sciences, The University of Melbourne, Australia); John Frederick y Claire Houghton (Department of Social Work, Monash University, Australia)Primera publicación Journal of Child and Family Studies, 7 de enero de 2026Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Home after Homicide: How Do Children and Young People Experience Home Following Bereavement Through Intimate Partner Homicide?, de Ashwini Sakthiakumaran, Oliver Eastwood, Katitza Marinkovic Chavez, Zain Kurdi, John Devaney, Rowena Conroy, Kathryn Joy, John Frederick, Claire Houghton, Hannah Morrice y Eva Alisic, publicado en Journal of Child and Family Studies (Springer) (2026), doi: 10.1007/s10826-025-03245-2, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; el material complementario en línea no se reproduce. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Las experiencias en estos espacios físicos y psicológicos no tienen por qué ser una fuente más de sufrimiento si los servicios priorizan la seguridad y la capacidad de acción de niñas, niños y jóvenes, al tiempo que ofrecen un apoyo adecuado a sus personas cuidadoras.

Ashwini Sakthiakumaran, Oliver Eastwood, Katitza Marinkovic Chavez, Zain Kurdi, John Devaney, Rowena Conroy, Kathryn Joy, John Frederick, Claire Houghton, Hannah Morrice y Eva Alisic

Resumen

La alteración del entorno doméstico es una consecuencia central del duelo por homicidio en la pareja íntima (HPI) que amenaza el bienestar de la infancia superviviente. Pese a ello, se sabe muy poco sobre cómo viven y responden niñas y niños a esta profunda alteración, cuando este conocimiento es fundamental para comprender mejor sus perspectivas y sus necesidades de apoyo. Este estudio cualitativo se propuso colmar esa laguna explorando las experiencias del hogar tras el homicidio en jóvenes y personas adultas que perdieron a su madre o a su padre por un HPI durante la infancia, con el fin de apoyar mejor a futuras víctimas supervivientes. Realizamos entrevistas semiestructuradas con 22 personas con experiencia vivida de este duelo en Australia (n = 12) y el Reino Unido (n = 10). Diecisiete participantes se identificaban como mujeres, tres como hombres y dos como personas no binarias. Las víctimas eran la madre biológica en 20 casos y el padre biológico en dos casos. Los homicidios fueron cometidos por el padre biológico de la persona participante en 16 casos, por una pareja actual o anterior de su madre biológica en cuatro casos y por su madre biológica en dos casos. Mediante un análisis temático reflexivo, generamos tres temas: (1) el hogar como lugar extraño, (2) la inestabilidad y la violencia persistentes en el hogar, y (3) redefinir el hogar y emprender el camino de vuelta. Los entornos domésticos posteriores al homicidio se vivieron a menudo como extraños, en un contexto de desplazamiento fuera del hogar familiar, dificultades para adaptarse a nuevos entornos, pérdida de pertenencias y cambios en las relaciones. Rara vez se implicó a niñas y niños en las decisiones sobre dónde vivir, y a menudo sintieron que se les silenciaba en hogares posteriores al homicidio que eran solo transitorios o inseguros. Las personas participantes respondieron activamente a estos desafíos, lo que se manifestó en sus esfuerzos por reimaginar el hogar y encontrar un sentimiento de hogar en espacios y entornos no tradicionales. Se discuten las implicaciones para apoyar a la infancia y a sus personas cuidadoras.

Palabras clave: Violencia doméstica, Violencia familiar, Violencia en la pareja, Trauma infantil, Duelo traumático

Puntos clave

  • Este estudio cualitativo entrevistó a 22 personas de Australia y el Reino Unido para comprender cómo se vive el hogar tras la muerte de una madre o un padre por homicidio en la pareja.
  • El impacto del duelo va más allá del desplazamiento fuera del hogar físico y está estrechamente entrelazado con las experiencias de la vida cotidiana, las relaciones, el bienestar y la seguridad.
  • Los servicios y las personas cuidadoras deberían priorizar la capacidad de acción y la seguridad de la infancia, respetar las costumbres previas y facilitar, en la medida de lo posible, el acceso a las pertenencias de los hogares anteriores al homicidio.

La muerte de una madre o un padre por homicidio en la pareja íntima (HPI) —cuando una pareja actual o anterior mata a la otra— es una pérdida profunda y compleja para una criatura. Este acto de violencia suele privarla de sus dos figuras de cuidado: la madre o el padre fallecido y la persona agresora, que puede haberse suicidado o estar en prisión (Liem & Roberts, 2009; Steeves et al., 2011). El HPI es un fenómeno marcado por el género a escala mundial, cuyas víctimas son de forma desproporcionada mujeres, lo que significa que las criaturas en duelo suelen sobrevivir a su madre (United Nations, 1989; Stöckl et al., 2013). Es probable que estas criaturas hayan vivido previamente la exposición a la violencia en el hogar, y puede que presencien el homicidio, sufran daños físicos o pierdan al mismo tiempo a uno o varios hermanos o hermanas (Alisic et al., 2017a; Jaffe et al., 2012; Lewandowski et al., 2004; Steeves et al., 2011). Una revisión sistemática sobre la salud y el bienestar tras un HPI muestra que la infancia superviviente corre el riesgo de sufrir malos resultados psicológicos, sociales y físicos, como síntomas de estrés postraumático, dificultades de apego, regresión del desarrollo, problemas de alimentación y abandono escolar (Alisic et al., 2015). Otra consecuencia importante del duelo, aunque poco investigada, es la alteración y la pérdida repentina del hogar de la criatura.

En su forma más simple, el hogar puede entenderse como el lugar de residencia permanente de una persona. Sin embargo, la idea de hogar trasciende lo físico y está profundamente entrelazada con las experiencias del yo, la familia, la seguridad y la pertenencia (Allen & Crow, 1989; Birdwell-Pheasant, 1999). Su importancia se revela en su recurrencia como tema central en la filosofía, la literatura y la cultura: el tumultuoso viaje de regreso a casa de Ulises es central en la Odisea de Homero, mientras que el proverbio «el hogar está donde está el corazón» nos dice que el hogar se sitúa en lo emocional más que en lo físico. Numerosas investigaciones han subrayado la importancia del hogar para el desarrollo infantil como un espacio indisolublemente ligado a la familia (Bowlby et al., 1997; Finch & Hayes, 1994). La centralidad del hogar para el desarrollo de la infancia la capta bien Bachelard (1969, citado en Mallett, 2004), que describió el hogar como un «primer universo» que «alberga nuestras ensoñaciones, mece nuestros pensamientos y recuerdos y nos proporciona un sentimiento de estabilidad». También es importante considerar cómo las ideas de hogar pueden diferir entre los pueblos indígenas y nómadas respecto de las ideas, algo idealizadas y localizadas, presentadas más arriba. Por ejemplo, para muchos Primeros Pueblos los significados del hogar son fundamentalmente relacionales y representan complejas interconexiones entre la familia, las plantas, los animales, el Country (la tierra ancestral), la espiritualidad y los antepasados (Anderst et al., 2024; Bowra et al., 2021). Mallett (2004) examina estos diversos significados en una revisión de la literatura sobre las ideas recurrentes del hogar en campos multidisciplinarios, antes de llegar a una descripción que da cuenta de parte de esta complejidad. El hogar, sostiene:

…funciona como depositario de ideas socioculturales complejas, interrelacionadas y a veces contradictorias sobre la relación de las personas entre sí, especialmente con la familia, y con los lugares, los espacios y las cosas. Puede ser un lugar de residencia o un espacio vivido de interacción entre personas… y puede asociarse a sentimientos de bienestar, comodidad, intimidad, relajación y seguridad y/o de opresión, tiranía y persecución (p. 84).

En el contexto del HPI, esta descripción es útil porque reconoce que el hogar quizá nunca fue un lugar seguro para algunas criaturas en duelo, y porque pone de relieve cómo su pérdida puede repercutir más allá del desplazamiento inmediato fuera del hogar físico. Lo demuestra bien un estudio que exploró la construcción de sentido en 12 mujeres israelíes cuyas madres habían sido asesinadas por sus padres (Pitcho-Prelorentzos et al., 2022). La pérdida de las participantes se entendía como la total destrucción del propio hogar y de su supuesta función de base de seguridad, confianza y pertenencia a partir de la cual se construye el yo en relación con las personas significativas. Con estos cimientos devastados desde dentro del hogar, y por alguien que tenía la responsabilidad de asentar esas piedras angulares de amor y apoyo, estas mujeres describían sentirse «solas» y «sin nada» en un mundo inestable, al tiempo que temían la destrucción violenta que podría seguir a sus intentos de reconstruir nuevos cimientos a partir de esas ruinas (Pitcho-Prelorentzos et al., 2022).

Los HPI suelen anunciar un cambio drástico en la experiencia del hogar de la infancia superviviente. Por lo general, se produce una salida inmediata del hogar familiar, a menudo convertido en escena del crimen, para ir a entornos desconocidos o con miembros de la familia extensa cuya capacidad de cuidado probablemente se vea mermada por su propio duelo traumático (Harris-Hendriks et al., 2000). Un estudio de Estados Unidos halló que el 87% de las niñas y niños fueron trasladados de su hogar tras el asesinato de su madre: el 47% fue a vivir con familiares maternos, el 12% con la familia del agresor, el 10% fue repartido entre familiares de la madre y del agresor, y el 9% fue a vivir a otro lugar (p. ej., a acogimiento familiar; Lewandowski et al., 2004). Este desplazamiento puede alterar la rutina, las amistades y otras redes de apoyo al afectar a la proximidad de la escuela, el barrio y los grupos comunitarios (p. ej., la iglesia y el deporte). La transición y la adaptación a los nuevos hogares pueden verse aún más desestabilizadas por la inestabilidad de las personas cuidadoras, la separación de hermanos y hermanas y de las mascotas, la exposición a una violencia continuada, los conflictos de lealtad entre la rama materna y la paterna de la familia y la influencia de la figura parental agresora cuando sigue con vida (Armour, 2002; Harris-Hendriks et al., 2000; Hardesty et al., 2008; Steeves et al., 2011). Muchas de estas experiencias se ven agravadas además por la negación a la infancia de la capacidad de participar en las decisiones sobre dónde, y con quién, le gustaría vivir tras el homicidio (Sorbring & Kuczynski, 2018; Alisic et al., 2017b).

La infancia superviviente de un HPI sigue siendo una víctima olvidada, un olvido que se refleja en la literatura. Muy pocos estudios se han dirigido directamente a estas personas para dar voz a sus experiencias y perspectivas (véanse Alisic et al., 2017b; Steeves et al., 2011) y ninguno, hasta donde sabemos, se ha centrado explícitamente en el tema del hogar en este contexto. Esta escasez no solo perpetúa el silencio que rodea a este fenómeno, sino que también priva de voz y de capacidad de acción a quienes lo han vivido. Este estudio cualitativo se propuso colmar esta laguna examinando un componente poco comprendido, aunque central, de la alteración de la vida de una criatura tras un HPI: su hogar. Con ello, esperamos mejorar nuestra comprensión de estas experiencias para apoyar mejor a futuras víctimas supervivientes.

Método

El presente estudio forma parte de un proyecto colaborativo más amplio que explora las experiencias de personas que vivieron en la infancia el homicidio de su madre o de su padre a manos de su pareja, de las personas cuidadoras de la infancia en duelo por esta causa y de profesionales que trabajan con esta población en Australia, el Reino Unido (RU) e Irlanda (Alisic et al., 2023; Eastwood et al., 2025; Kurdi et al., 2024). En el presente estudio solo se incluyeron los datos de quienes vivieron este duelo en la infancia. El estudio recibió la aprobación ética del Human Research Ethics Sub-Committee de la University of Melbourne (ID 2057659.1 & 14504) y del Research Ethics Committee de la School of Social and Political Science de la University of Edinburgh (ID 281570) en 2020 y 2021, respectivamente.

Participantes

Podían participar las personas de al menos 12 años con experiencia vivida de duelo por HPI durante la infancia (de 0 a 18 años), siempre que hubieran transcurrido al menos 6 meses entre la muerte y la participación en la investigación. La muestra final incluyó a 22 participantes de entre 15 y 52 años (M = 27.90, SD = 10.65). Doce participantes eran de Australia y 10 del RU; ninguna persona con experiencia vivida procedía de Irlanda. Las características individuales de las personas participantes se presentan en la Tabla 1. No se recogieron datos sobre origen étnico en la muestra australiana; no obstante, ninguna persona participante se identificó como aborigen o isleña del estrecho de Torres. Seis participantes del RU se identificaron como White British, dos como Black Caribbean and White British, una como Black and White British y una como British Asian (no se disponía de la información de una persona participante). La edad se ha indicado en franjas estrechas y la información disponible sobre origen étnico se ha omitido de la Tabla 1 para proteger la privacidad. Los datos australianos y británicos se agruparon para aumentar la cantidad de datos disponibles y la diversidad de experiencias. Los datos se trataron de forma equivalente, ya que nuestro objetivo exploratorio y nuestros procedimientos no estaban concebidos para un análisis comparativo.

Tabla 1 — Características de las personas participantes

  • Isabelle. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 0–3; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 15–18; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Kai. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 0–3; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 33–36; género: No binario; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Jamie. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 0–3; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 18–21; género: Masculino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Anita. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 0–3; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 48–51; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Lily. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 3–6; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 18–21; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Phoebe. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 3–6; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 15–18; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Tessa. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 3–6; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 21–24; género: Femenino; autoría del homicidio: Madre; víctima: Padre.
  • Felicity. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 3–6; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 27–30; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Leo. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 6–9; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 15–18; género: Masculino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Sophie. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 6–9; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 15–18; género: Femenino; autoría del homicidio: Pareja anterior/actual; víctima: Madre.
  • Karla. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 6–9; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 55–58; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Caroline. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 6–9; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 45–48; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Chloe. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 9–12; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 21–24; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Emma. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 9–12; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 27–30; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Dorris. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 24–27; género: Femenino; autoría del homicidio: Pareja anterior/actual; víctima: Madre.
  • Amelia. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 27–30; género: Femenino; autoría del homicidio: Pareja anterior/actual; víctima: Madre.
  • Ashton. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 33–36; género: Masculino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Kate. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 30–33; género: Femenino; autoría del homicidio: Madre; víctima: Padre.
  • Anais. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 39–41; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Anne. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 48–51; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Catherine. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 12–15; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 51–54; género: Femenino; autoría del homicidio: Padre; víctima: Madre.
  • Cam. Franja de edad (años) en el momento del homicidio: 15–18; franja de edad (años) en el momento de la entrevista: 21–24; género: No binario; autoría del homicidio: Pareja anterior/actual; víctima: Madre.

Procedimiento

Las personas participantes se reclutaron a través de organizaciones especializadas (p. ej., servicios de apoyo a víctimas, servicios clínicos y grupos de defensa) mediante las redes del equipo de investigación, anuncios en grupos pertinentes de redes sociales y muestreo en bola de nieve. Se entregó a las personas participantes una copia de la hoja informativa del estudio, redactada en lenguaje sencillo, que explicaba la investigación, en qué consistiría la participación, los posibles beneficios y riesgos de participar e información para acceder a apoyo adicional. Las personas participantes tuvieron la oportunidad de plantear cualquier inquietud o pregunta antes de dar su consentimiento informado y sus datos demográficos básicos a través de Qualtrics XM. En dos casos en los que este medio no era accesible, el consentimiento se registró oralmente. Las personas jóvenes de 15 años o más se consideraron menores maduros a efectos del consentimiento. Nuestro protocolo exigía un consentimiento adicional de las personas tutoras de jóvenes de 12 a 14 años; sin embargo, nuestra muestra final no incluyó a ninguna persona participante menor de 15 años. Todas las personas entrevistadoras recibieron formación sobre las cuestiones relativas al consentimiento (p. ej., cómo evaluar la comprensión y garantizar que la participación fuera libre y sin coacción), la lista de temas de la entrevista, los principios de los primeros auxilios psicológicos y las opciones de derivación para un apoyo adicional.

Todas las entrevistas se realizaron en línea mediante un programa de videoconferencia, salvo dos entrevistas en el RU que se hicieron en persona por preferencia de quienes participaban. Por lo demás, los procedimientos fueron idénticos para participantes de Australia y del RU. Las entrevistas fueron realizadas de forma individual por miembros del equipo de investigación entre febrero de 2021 y junio de 2023 y duraron aproximadamente 1 hora. Las entrevistas fueron semiestructuradas y se guiaron por un guion de temas (véase el material complementario). Las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron mediante un servicio automático en línea (Otter.ai), tras lo cual se revisaron y corrigieron las transcripciones para garantizar su exactitud.

La seguridad de las personas participantes fue primordial durante todo el procedimiento de entrevista. Antes de realizar su primera entrevista, cada persona entrevistadora debía revisar activamente una entrevista grabada y participar en una entrevista simulada con una persona colega, ocupando tanto el papel de quien entrevista como el de quien es entrevistado. Esta parte experiencial de la formación iba seguida de una sesión colectiva de puesta en común para reflexionar sobre la experiencia y las lecciones aprendidas. Las personas entrevistadoras recibieron formación sobre cómo evaluar de forma dinámica la angustia de las personas participantes y cómo responder a ella. Se informó a las personas participantes de que no tenían que hablar de nada con lo que no se sintieran cómodas y de que podían hacer una pausa o terminar la entrevista en cualquier momento. Además, las entrevistas no indagaban ni se centraban en las experiencias del homicidio en sí. También se dio a las personas participantes información sobre las distintas formas de apoyo psicológico a su disposición, y al final de la entrevista se comprobó su bienestar. La persona entrevistadora volvió a contactar 2–3 días después y 2 semanas tras la entrevista, por teléfono o por correo electrónico (según la preferencia de la persona participante), para evaluar su bienestar. No se registró ningún incidente adverso relacionado con la angustia de las personas participantes durante las entrevistas ni en el seguimiento posterior.

Análisis de datos

Los datos se analizaron mediante un análisis temático reflexivo, un método para examinar patrones de significado compartido en conjuntos de datos cualitativos (Braun & Clarke, 2012, 2022). El análisis temático reflexivo se sitúa epistemológicamente fuera de la tradición positivista: quienes investigan no buscan aquí descubrir una verdad objetiva, sino que desempeñan un papel activo en la producción de conocimiento mediante su implicación creativa e interpretativa con los datos (Braun & Clarke, 2019). Los resultados analíticos no están, por tanto, esperando a «emerger», sino que se sitúan en la intersección entre la riqueza de los datos, los supuestos teóricos que sustentan el análisis y las competencias y recursos del equipo investigador (Braun & Clarke, 2019).

El proceso analítico recorrió de forma recursiva las seis fases de Braun & Clarke (2006): familiarización con los datos, codificación, generación de temas, revisión de temas, depuración y definición de temas, y redacción. La familiarización con los datos supuso revisar cada transcripción de entrevista y corregirla cotejándola con los archivos de audio originales. Durante esta inmersión inicial en los datos también tomamos notas para registrar las primeras impresiones y el desarrollo de ideas. La codificación la realizaron la primera autora y el segundo autor con ayuda del programa NVivo (QSR International, 2020). Nuestro enfoque de la fase de codificación fue inductivo y consistió en asignar etiquetas descriptivas y/o interpretativas a segmentos de las transcripciones. Un ejemplo de código descriptivo, muy pegado al lenguaje de las personas participantes, es hogar vivido como inseguro, aplicado a «…el hogar no se sentía como un espacio muy seguro». Andar con pies de plomo es un ejemplo de código más interpretativo, asignado al siguiente extracto: «…Estaba muy en tensión. Creo que nunca sabía del todo lo que iba a pasar. Creo que me daba miedo cómo iba a reaccionar mi padre a las cosas, todo el rato». La fase de generación de temas implicó una revisión crítica de todos los códigos y un proceso iterativo de fusión, depuración o ampliación de los códigos, volviendo a los segmentos de datos asociados. Estos códigos se agruparon después en temas preliminares según sus puntos en común y sus diferencias en relación con el concepto central de las experiencias del hogar. Por ejemplo, estos son algunos de los códigos agrupados que acabaron dando lugar a nuestro segundo tema, sobre las experiencias de inestabilidad y violencia en el hogar: acogimiento familiar inestable, acogimiento inestable con familiares, llamadas al silencio, amenazas de violencia, hogar vivido como inseguro, trastorno, abuso sexual. Los temas se revisaron y depuraron después en varios talleres con otros miembros del equipo, en los que se discutieron diferentes interpretaciones volviendo continuamente a los datos brutos y codificados. Los títulos definitivos de los temas se acordaron antes de redactarlos con citas ilustrativas que respaldaran las afirmaciones e interpretaciones analíticas.

Se adoptaron varias medidas para reforzar la fiabilidad de nuestros resultados cualitativos (Ahmed, 2024). En primer lugar, el equipo utilizó memorandos de investigación para documentar las primeras impresiones de las entrevistas y la evolución del pensamiento analítico (Birks et al., 2008). A lo largo de todas las fases del análisis se celebraron sesiones de puesta en común entre pares dentro del equipo de investigación ampliado. Esto sirvió para examinar los supuestos iniciales, introducir perspectivas alternativas y garantizar la coherencia entre los datos y los resultados. La participación de un miembro del equipo con experiencia vivida de este duelo fue esencial para orientar un diseño del estudio seguro y significativo, la experiencia de las personas participantes y una implicación crítica con sus relatos. También compartimos con las personas participantes novedades del proyecto al menos dos veces al año e invitamos a las personas interesadas a participar en los informes y materiales de incidencia o a darnos su opinión sobre ellos. Nuestro enfoque del análisis y de la presentación de resultados se basó en la herramienta de Braun y Clarke (2021) para evaluar la calidad del análisis temático reflexivo.

Es importante reflexionar sobre la posición del equipo investigador, dada la metodología elegida. El análisis estuvo dirigido por la primera autora y el segundo autor. La primera autora es una psicóloga en ejercicio provisional e investigadora australiano-tamil, que se identifica como mujer, con experiencia de trabajo en el sector de la violencia familiar. El segundo autor es un psicólogo blanco, que se identifica como hombre, interesado en el trauma infantil y con experiencia en servicios de salud mental para jóvenes y adultos. Nuestra investigación se ha visto moldeada también por la mirada de un equipo que incluye a personas de múltiples géneros, generaciones, orígenes étnicos, nacionalidades y trayectorias profesionales y disciplinarias.

Resultados

El análisis temático de las transcripciones de las entrevistas permitió desarrollar tres temas interrelacionados: (1) el hogar como lugar extraño, (2) la inestabilidad y la violencia persistentes en el hogar, y (3) redefinir el hogar y emprender el camino de vuelta. A lo largo de la sección siguiente se utilizan en la narración los seudónimos de las personas participantes, junto con citas ilustrativas que respaldan las afirmaciones analíticas.

El hogar como lugar extraño

En la mayoría de los casos, el duelo de las personas participantes precipitó un cambio repentino y drástico en su entorno doméstico, a menudo lejos del único hogar que habían conocido, hacia un lugar ajeno, en acogimiento familiar o con familiares más o menos cercanos. En este desplazamiento físico, las personas participantes vivieron cómo el hogar pasaba de representar lo conocido a ser un lugar de una extrañeza chocante. Las amplias consecuencias de esta transformación y las pérdidas que la acompañaron quedan bien reflejadas en la siguiente cita de Ashton, que se sintió obligado a abandonar el hogar familiar antes de que él y su hermano estuvieran preparados:

Me da bastante rabia eso… que nos obligaran a despedirnos de todo lo que habíamos conocido sin que pudiéramos opinar en absoluto. Y todas nuestras cosas, todos nuestros recuerdos en esa casa, ya sabes, las rutinas que teníamos, ir y volver andando del colegio, el, el conocer a la persona de la tienda del barrio, ya sabes, los, los vecinos que teníamos… teníamos una calle estupenda cuando éramos pequeños, era una, era una calle sin salida. Así que, ya sabes, los críos jugaban todos al pilla-pilla en aquella época. Y se juntaban todos al final de la calle y pasaban el rato después del colegio – Ashton.

Las personas participantes empleaban a menudo un lenguaje que sugería dificultades para adaptarse a la vida en estos nuevos entornos domésticos, y a veces se definían como «forasteras» en un lugar nuevo donde las cosas se hacían de forma distinta a lo que conocían. Ashton describió la incomodidad de verse expuesto a costumbres nuevas y chocantes en materia de intimidad, que no concordaban con su experiencia previa ni con lo que entendía que ocurre en un hogar:

Para nosotros no era normal, por ejemplo, entrar sin más en el baño cuando alguien se estaba duchando e ir al váter. Pero en esta familia sí lo era… y yo en plan, no sé cómo manejar esto, porque soy más o menos un invitado en tu casa. Pero también me siento muy incómodo con eso. ¿Y a quién se lo digo?, porque la última vez que hubo problemas me echaron – Ashton.

El acceso a las pertenencias de los hogares anteriores de las personas participantes fue otra cuestión importante que parecía influir en los sentimientos de (des)familiaridad tras el homicidio. Las personas participantes contaron que se les negó el acceso a objetos personales y familiares de su hogar porque había sido declarado escena del crimen, por la incertidumbre sobre su acogimiento o, sencillamente, porque nadie pensó que pudiera ser importante. Algunas personas participantes expresaron resentimiento por haber sido privadas de la posibilidad de recuperar objetos que quizá tenían un significado especial o que servían de conexión tangible con su hogar, su vida o su madre o su padre fallecido antes del homicidio.

Pasaron muchas cosas en esas primeras semanas, como los interrogatorios con la policía, volver a casa del colegio y encontrarte la casa revuelta por la policía… Luego estuvo el funeral, al que no nos dejaron ir. Mis abuelos vinieron y básicamente montaron un mercadillo en el garaje y vendieron todas las cosas de mi madre, cosa que, ya sabes, es que sí, todavía hoy me deja un poco descolocada – Karla.

Otras personas describieron algunos de los retos más prácticos asociados a la pérdida de todas sus pertenencias domésticas:

…estaban las explicaciones, porque la, la trabajadora social, evidentemente, nunca fue al colegio a explicar por qué ya no tenía mis libros de texto y cosas así, porque, claro, nos habían sacado de casa… Y la mayoría de las cosas que teníamos de pequeños habían desaparecido – Catherine.

En otro caso, un agente de enlace de la policía fue de ayuda en las horas posteriores al homicidio, al ayudar a recuperar los «libros incautados como prueba» de una persona joven en el hogar familiar (Amelia). Otra persona participante pudo también «volver a la casa a recoger juguetes, ropa y cosas» (Emma). Teniendo en cuenta el impacto, descrito más arriba, de verse privado del acceso a objetos familiares del hogar, estos esfuerzos pueden constituir un medio potencialmente poderoso de atenuar la desconexión respecto del hogar y de todas sus connotaciones simbólicas en medio de la inestabilidad que genera el homicidio.

Otro rasgo importante de esta extrañeza ligada al hogar se centraba en cómo los cambios de entorno doméstico podían alterar las relaciones y modificar profundamente las dinámicas relacionales. Cuando las personas jóvenes eran desplazadas tras el homicidio, no solo perdían la materialidad del entorno doméstico, sino también redes de apoyo relacional clave, ligadas al hogar por la proximidad. Por ejemplo, cambiar de casa podía privar a las personas jóvenes de amistades consolidadas en su barrio, de equipos deportivos y otros grupos extraescolares, del tiempo pasado con familiares que vivían cerca y de comunidades escolares enteras:

…mi relación con mis abuelos se volvió más distante… vivíamos a una hora. Mi padre no estaba muy por la labor de llevarme en coche a casa de mis abuelos. Y mis abuelos, no sé, es que no hablaba con ellos. Antes hablaba con ellos. Cuando vivía con mi madre, hablaba con ellos todos los días, hablábamos con mi abuela todos los días. Y eso, claro, se acabó. Y, no sé, simplemente… ya no formaban parte de mi vida. Logísticamente no era muy fácil – Amelia.

… evidentemente ese no era el colegio al que yo quería ir. Mis amigos no estaban allí, los amigos de mi hermano no estaban allí, o sea, no conocíamos a nadie… así que nos habíamos convertido en los de fuera porque no deberíamos haber estado allí… Así que la vida en casa, como digo, fue traumática – Chloe.

A menudo se constataba una clara falta de consulta a las personas jóvenes a la hora de decidir dónde, y con quién, iban a vivir. Por ejemplo, Catherine compartió el doloroso recuerdo del día en que se enteró del asesinato de su madre y de lo que vino después:

Yo estaba en casa de mi tía, que era la hermana de mi padre, y había familiares allí. Estaban todos discutiendo, a ver, «¿quién se queda con quién? ¿Quién se queda con este? ¿Quién se queda con aquella?». Y es que era en plan: «Ay, bueno, a [padre de Catherine] no le gustaría que ella fuera allí, no le gustaría que ese fuera allí». … fue horroroso… O sea, todavía había una silueta de tiza del cuerpo de mi madre en el camino de casa de mi abuela.

… eso es lo que le dije a mi tía: no somos una camada de cachorros… «Yo me quedo con la pelirroja». Ya sabes, «Yo me quedo con ese porque es muy pequeño». … éramos niños. Éramos hermanos y hermanas» – Catherine.

En esta cita vemos cómo la familia extensa de Catherine antepone los deseos de su padre, autor del homicidio, y las preferencias personales sobre los atributos físicos de los niños y niñas (es decir, la edad y el color del pelo) a la capacidad de decisión de cada criatura o a cualquier esfuerzo por mantener unidos a los hermanos y hermanas. Catherine lo vivió como algo deshumanizador, y comparó el trato recibido con el de una camada de cachorros, en lugar del de criaturas en duelo por una muerte violenta, repartidas al azar entre hogares de las ramas materna y paterna de la familia.

Aunque la distancia entre estos nuevos hogares actuaba como una barrera física para relaciones importantes, estas criaturas afrontaron dificultades adicionales en sus nuevos hogares que rompieron aún más los vínculos fraternos. Catherine contó que no se hizo ningún esfuerzo por facilitar encuentros entre los hermanos y hermanas acogidos en los hogares paterno y materno, y que cualquier intento de salvar esa división corría el riesgo de ser tachado de «traición a tu padre» o «deslealtad a la memoria de tu madre». Otro familiar intentó imponer por la fuerza nuevas dinámicas relacionales entre Catherine y sus hermanos y hermanas después de la separación, como si su parentesco dependiera de compartir el mismo techo: «Ya no son tu hermano y tu hermana, porque los he adoptado yo. Así que ahora son tus primos. Trátalos como primos».

Las personas participantes nos contaron otras muchas formas en que el cambio de entorno doméstico modificó las dinámicas relacionales conocidas tras el homicidio. Por ejemplo, algunas personas participantes se fueron a vivir con su padre después de que su madre fuera asesinada por una nueva pareja, y describieron lo difícil que fue adaptarse a que ese fuera su hogar permanente y no un lugar de visitas temporales. En el caso de Amelia, esto supuso que su padre pasara de ser un «padre divertido de fin de semana» a ser el «progenitor a tiempo completo» de una «criatura realmente angustiada». Cuando las personas participantes no fueron separadas de sus hermanos o hermanas, los cambios relacionales se manifestaron a menudo en que los hermanos mayores asumían en los nuevos hogares un papel parental, más que fraterno: «Me convertí más en un padre… que en un hermano. Y de lo que me he dado cuenta, más o menos… es de que me perdí un montón de ese tiempo de hermano porque estaba haciendo de padre» (Ashton).

En algunos casos, las personas participantes llegaron a relacionarse con las tías, los tíos, las abuelas y los abuelos que las cuidaban como si fueran su madre o su padre, sobre todo cuando el duelo se produjo a una edad temprana. Caroline se preguntaba si su abuela había vivido un cambio similar después de que ella se mudara a su casa, y si había llegado a relacionarse con ella como con una hija más que como con una nieta:

Y creo que siempre tuve los vestidos de mamá en mi armario. No sé por qué. Pero la abuela siempre dejó su ropa ahí. Y esto incluso cuando yo, cuando era adolescente. Nunca tiró la ropa de mamá. Y creo que simplemente debí de convertirme en su hija. La hija de mi abuela, [yo] debí de reemplazar a mi madre en la familia – Caroline.

La inestabilidad y la violencia persistentes en el hogar

Las concepciones culturales del hogar evocan a menudo imágenes de bienestar, permanencia y seguridad. Sin embargo, los hogares de muchas criaturas en duelo por un HPI quizá nunca tuvieron estas cualidades, debido a experiencias prolongadas de incertidumbre, amenaza y violencia en el periodo previo al homicidio. Y, lejos de poner fin a estas experiencias, muchas personas participantes de este estudio describieron una inestabilidad y un peligro continuados en su(s) hogar(es) tras el HPI.

Al preguntarles por sus experiencias del hogar tras el homicidio, las personas participantes relataban a menudo historias de acogimientos inestables y de trastornos repetidos a través de múltiples hogares a raíz de su pérdida traumática. Por ejemplo, Tessa advirtió a la persona que la entrevistaba que se «abrochara el cinturón» antes de describir su recorrido por los numerosos hogares en los que había vivido tras el homicidio. La experiencia de Dorris se caracterizó igualmente por una marcada inestabilidad:

Así que, antes de perder a mi madre, vivía con, obviamente, mi madre, mis hermanos y mi hermana. Y luego, cuando perdí a mi madre, me fui a vivir con mi padre, que fue un cambio enorme… un cambio tremendo para mí. No fue, no fue nada fácil, la verdad. Viví allí un tiempo y luego volví a vivir con mi hermana, porque mi hermana seguía en la casa familiar. Hubo bastantes idas y venidas. Viví con mis abuelos una temporada. O sea que hubo bastantes idas y venidas. Pero ahora vivo con mi padre – Dorris.

Tras el trauma de su separación inicial entre los hogares de las familias materna y paterna, Catherine y sus hermanos y hermanas siguieron siendo trasladados una y otra vez entre casas de familiares, sin tener en cuenta sus preferencias individuales. A instancias de su padre, autor del homicidio, los servicios sociales parecieron hacerse cómplices de negar a Catherine la capacidad de decidir sobre el hogar deseado, lo que no hizo sino agravar la inestabilidad:

Bueno, me voy a ir a vivir con mi otra tía, que era la hermana de mi madre, lo cual tenía sentido… Y luego que te contacten los servicios sociales, [una] trabajadora social al día siguiente para decirte: «Bueno, vale, puedes quedarte aquí de momento». Pero luego creo que fue unos meses después cuando te dicen: «Pues no, ahora vas a tener que irte a vivir o con alguien de la familia de tu padre o con tu abuela, porque a tu padre no le parece bien que vivas aquí…». Y luego, cuando se hartaban de ti, como que te pasaban a otro familiar – Catherine.

Leo compartió un recorrido igual de turbulento por múltiples hogares tras la muerte de su madre. Este incluyó una breve estancia con vecinos, con una tía y un tío con quienes apenas había relación y después con una familia de acogida, antes de irse finalmente a vivir con amistades de la familia que se convirtieron en familia de acogida de Leo y su hermana. Leo fue claro al considerar su estancia con la tía y el tío como totalmente inadecuada, y describió una experiencia de negligencia y falta de seguridad debido a la implicación delictiva de quien le cuidaba y a sus frecuentes ausencias del hogar. Estas experiencias de falta de estabilidad, apoyo y seguridad persistirían en su siguiente hogar de acogida, donde una de las nuevas personas cuidadoras fue descrita como «horrible», «manipuladora» y «agresiva», y como alguien que se aprovechó de Leo y sus hermanas quedándose con «dinero de la pensión de nuestra madre [víctima]». Leo utilizó la expresión «estado de movimiento perpetuo» para describir el flujo caótico de esta inestabilidad doméstica, y la identificó como el origen de un sentimiento omnipresente de incertidumbre que parecía trasladarse a la imagen que tenía de sí mismo:

Estaba como inseguro. Estaba muy inseguro mucho, mucho tiempo. Porque se suponía que íbamos a estar en un sitio un día, en otro sitio otro día. Yo pensaba: así va a ser toda mi vida. ¿Voy a estar siempre en una especie de movimiento perpetuo? Simplemente generaba mucha incertidumbre… Nunca llegué realmente a asentarme en un rasgo de carácter, [yo] era un crío un poco raro. Un crío muy raro, sin duda. Y probablemente lo sigo siendo» – Leo.

Estaba claro que Leo entendía sus dificultades tras el homicidio como relacionadas con fallos del sistema en materia de seguridad de los acogimientos. Su respuesta a una pregunta sobre lo que le gustaría que cambiara fue reveladora:

Quiero ver más esfuerzo, quiero ver a más críos en hogares felices, solo quiero ver que a más gente horrible, como, ya sabes, la gente que nos cuidó a mi hermana y a mí, se le aplique algún tipo de justicia. Solo quiero que se haga pronto. Porque se han arruinado las vidas de un montón de personas por algo que se podría arreglar sin ningún problema, si hubiera controles de calidad de verdad, y, no sé, evaluaciones de personalidad de verdad – Leo.

Sin embargo, las experiencias de inestabilidad y violencia en los hogares posteriores al homicidio no se limitaban a los entornos de acogimiento. Al igual que Catherine, Karla lamentaba no haber tenido voz en la separación de sus hermanos y hermanas entre los abuelos maternos y paternos, que «se odiaban» y entre quienes «el contacto entre hermanos era inexistente». Después de tomar las riendas para reunirse con un hermano que vivía con familiares, Karla fue devuelta a la fuerza al cuidado de su padre, autor del homicidio, tras cumplir este una breve condena de prisión. Y aunque este traslado permitiría a Karla reunirse con sus hermanos y hermanas, la vida en este nuevo hogar —una tienda de campaña en un camping de caravanas— se vería empañada por nuevas violencias sexuales y físicas:

Así que acabé yéndome por mi cuenta con mi hermano, que vivía con unos primos segundos. Solo estuve allí tres meses porque luego mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a vivir otra vez con él. Vivimos en una tienda de campaña tres meses en un camping de caravanas. Y después de eso, tres meses, mi otro hermano y mi hermana se vinieron con nosotros. Eh, eso duró solo una noche; mi padre abusó sexualmente de mi hermana. Y yo lo vi y le pregunté al día siguiente, mi hermana y yo hablamos con él y le dijimos: «Sé perfectamente lo que pasó y eso no puede volver a pasar». Sí, nos maltrató físicamente, bastante, y luego nos fuimos… nunca tuvimos estabilidad de verdad, porque, como, ya sabes, hubo muchas idas y venidas sobre dónde, dónde vivían los niños. Así que me quedé viviendo con mi tía y mi tío hasta que terminé el colegio, básicamente. Y luego más o menos me busqué la vida – Karla.

Kai y sus hermanos y hermanas también volvieron a quedar al cuidado de su padre cuando este salió de prisión. La amenaza de violencia en el hogar le parecía omnipresente a Kai, lo que exigía una hipervigilancia ante el estado de ánimo de su padre y una atención cuidadosa a lo que se decía o se callaba en casa:

En cuanto a la seguridad, nunca sabía muy bien lo que iba a pasar. Y creo que siempre supe que había, que había una posibilidad de violencia de alguna forma, ya sabes, aunque él no fuera violento físicamente. La mayor parte del tiempo, la verdad, lo que sentía en esa casa era que había un potencial de violencia – Kai.

El silencio en torno al homicidio y sus consecuencias parecía ser otra forma, más insidiosa, de incertidumbre y violencia en el hogar. Este silenciamiento se vivía y se mantenía de diversas maneras. En algunos casos, las personas participantes recibieron el mensaje explícito de que en casa no se toleraría hablar del homicidio. Otras lo aprendieron por el ejemplo implícito o por las reacciones negativas de las personas cuidadoras cuando se abordaba el tema o los sentimientos relacionados. En este contexto, los entornos domésticos se vivían como lugares de secreto, estigma y vergüenza, más que de refugio, bienestar y sanación.

…ella [la abuela] nunca hablaba de mi madre, nunca hablaba de mi padre, era muy cerrada, ya sabes, si alguien sacaba el tema, era muy, ya sabes, lo evitaba, básicamente. Y entonces sentíamos que no podíamos hablar de ello. Y eso creó un ambiente muy raro en general. Así que mi abuela y yo, literalmente hasta que me fui de casa, no teníamos ninguna relación, fue horrible» – Chloe.

Anita, que vivió este duelo a una edad muy temprana, ofrece con su historia un ejemplo extremo de este silenciamiento y de sus consecuencias. Tras la «desaparición» de su madre, Anita fue retirada del cuidado de su padre y separada de sus hermanos y hermanas debido a malos tratos y negligencia en el hogar. Con el tiempo fue devuelta a su padre después de que este rehiciera su vida con una mujer violenta a la que Anita creció creyendo que era su madre, para luego ver a su padre desaparecer y reaparecer sin ninguna explicación:

Mi madrastra nos cuidaba en [ciudad]. Y esa experiencia fue bastante horrorosa. Era muy violenta. Y luego papá volvió a casa en [década indicada], o sea, lo condenaron en [década indicada]. Y volvió a casa en [década indicada]. Y volvió a casa y vivió otra vez con nosotros. Y yo crecí sin conocer la historia. Sin saber que mi madrastra no era mi madre, sin ningún recuerdo de mi familia de acogida – Anita.

Y mientras que los armarios de los cuentos infantiles populares abren mundos fascinantes de fantasía e intriga, el armario de la casa de Anita escondía verdades terribles que hicieron añicos su mundo y la imagen que tenía de sí misma, al tiempo que agravaban la amenaza de violencia:

…Pero encontrar el artículo de periódico en un armario en el que se suponía que nunca debía haber entrado, cuando tenía unos ocho años. Y como no me dejaban entrar en ese armario, sentía que no podía contarle a nadie lo que había encontrado… Me di cuenta de que mi madrastra no era mi madre, de que el sitio donde visitábamos a papá era en realidad la cárcel. Y esa fotito diminuta de mi madre en el periódico, mi madre de verdad. Todo lo que tenía, y entrar en el armario para mirarla me daba miedo, porque si me pillaban, sentía que me iban a pegar – Anita.

Algunas personas participantes señalaron una tensión importante entre la apariencia exterior de su hogar físico y su experiencia interna de ese entorno. Tras recurrir a los servicios de apoyo, Amelia sintió que una trabajadora social que la visitó negó su experiencia emocional porque le parecía incongruente con el brillo y la fachada de su casa:

Y, la verdad, o sea, vivíamos en una casa bastante grande con caballos y bla, bla, bla. Y ella [la trabajadora social], como que, me senté, fui y me subí a su coche. Y básicamente me dijo: «A ver, ¿y tú de qué te quejas?» – Amelia.

Anne también sentía que los fallos de apoyo tras el HPI se debían a la percepción de una disonancia entre la posición económica de su familia como «familia típica» con una «casa bonita» y la violencia y el sufrimiento que tuvieron lugar en ella:

…porque nos veían, como te decía, a nuestra familia la veían como una familia acomodada. Así que mucha gente, en plan, nadie, nadie se movilizó en plan, estos críos nos necesitan o lo que sea. Fue como si todo el mundo simplemente, básicamente, desapareciera – Anne.

Por último, es importante señalar que hubo algunas excepciones a las experiencias de inestabilidad y violencia en el hogar descritas aquí. De hecho, algunas personas participantes describieron con claridad los hogares posteriores al homicidio como lugares de estabilidad, amor y apoyo incondicional. Parecía haber hilos comunes que unían estas excepciones y que, en muchos sentidos, remiten a lo contrario de los rasgos centrales de este tema: el reconocimiento y el respeto de los vínculos positivos preexistentes, el mantenimiento de la fratría unida, el acogimiento con la familia de la madre o el padre víctima, la atención a la seguridad y los esfuerzos por priorizar la estabilidad del hogar. Las siguientes citas, de una participante más joven y de otra de más edad, recogen de manera evocadora los efectos personales y protectores de todo lo anterior. En ambos casos, está claro que estas participantes vivieron la vida en el hogar de sus abuelos maternos, junto a su hermana o hermano, como algo familiar, seguro y estable, por lo que sienten una gran gratitud:

Siento que, con todo lo que ya he pasado y cómo nos criaron mis abuelos, creo que ese fue sin duda el mejor entorno para mi hermana y para mí, sin duda un entorno ideal; incluso que mi familia siga aquí conmigo y me apoye todos los días, eso desde luego, no cambiaría absolutamente nada de eso – Lily.

Estoy muy agradecida de haber vivido [con] mi abuela y mi abuelo y de que me criaran ellos. Ojalá hubiera sabido entonces lo que sé ahora. Así podría haberles transmitido esa gratitud y decirles de verdad, sinceramente, gracias. Estoy muy agradecida de que él [el padre autor del homicidio] no formara parte de mi infancia – Caroline.

Redefinir el hogar y emprender el camino de vuelta

Nuestro último tema se centra en las formas en que las personas participantes emprendieron un camino para remodelar las experiencias y los significados del hogar en distintos espacios y ámbitos tras el homicidio. Las experiencias de extrañeza en el hogar y de inestabilidad y violencia persistentes analizadas anteriormente no eran necesariamente estáticas ni definitivas, sino algo que las personas participantes negociaron y a lo que respondieron activamente a lo largo de su vida.

En el caso de Anita, este proceso pareció empezar poco después de saber que su madrastra no era su madre y conocer la verdad que se escondía tras la «desaparición» de su verdadera madre. Para hacer frente a la gravedad de estas revelaciones impactantes, y sin ningún apoyo externo, Anita buscó un hogar en lo no físico, creando un «mundo de fantasía» en el que podía refugiarse para escapar de los horrores de su hogar real. El váter se convertiría en un santuario en este ritual, donde Anita podía llorar en secreto a su verdadera madre y, al mismo tiempo, habitar un hogar imaginado en el que era querida, cuidada y protegida:

Lo que recuerdo es que, si me pegaban, me encerraba en el váter y, y lloraba por mi madre. Y tenía como, creo que lo que hizo por mí es que creó como un mundo de fantasía donde yo, en mi desesperación, en la que la quería a ella, era como la idea de que tenía esta madre de verdad y esta madre de verdad me quería y me cuidaría y pararía lo que estaba pasando. Y eso se convirtió en mi lugar de refugio – Anita.

Anita acabaría escapando de la violencia, el secreto y las ataduras físicas de su hogar familiar al huir de casa en la adolescencia. Tras mudarse a una nueva ciudad, se sintió acogida por una comunidad diversa y hospitalaria que contrastaba no solo con sus experiencias en el hogar familiar, sino también con su sentimiento más general de no sentirse en casa, como migrante de segunda generación, en una ciudad que la marginaba:

Y luego me fui de casa a los 16. Y me vine a Londres. Y cuando llegué a Londres conocí a mucha gente que era [diferente], y no sabía que escuchaban jazz o soul o hip hop. Y, ya sabes, supongo que encontré una comunidad de gente que aceptaba más mi diferencia, cosa que, que no había encontrado de verdad en [ciudad del RU]; yo siempre era la diferente, también, mucho racismo. Y entonces, cuando llegué a Londres y encontré gente que era, ya sabes, negra y mestiza, o, ya sabes, gente que no era racista. Eso fue muy positivo para mí – Anita.

Kai describió una experiencia en cierto modo similar: ya en la edad adulta, encontró un hogar en una comunidad de personas «que apoyan, que se comunican y que son abiertas», cualidades que buscó como respuesta a las experiencias de aislamiento, conflicto y falta de seguridad que caracterizaron la vida en el hogar con su padre, autor del homicidio. En la cita siguiente vemos que no se trató de algo que simplemente le ocurriera a Kai, sino de algo que buscó y moldeó activamente. Además, está claro que este camino se entendía como parte integral del bienestar de Kai y del proceso de sanar de la autosuficiencia aislante derivada de las experiencias adversas en el hogar familiar.

«Y entonces creo que, como persona adulta, ya sabes, al irme de casa y averiguar lo que quería en mi vida, ya sabes. He hecho más o menos lo contrario. Tengo a mi alrededor, de verdad, una comunidad increíble de personas que me apoyan mucho, que se comunican y que son abiertas, y la verdad es que he intentado construir, supongo, una vida para mí que de verdad. Y entonces, sí, mi situación de hogar en mi vida ahora es, o sea, tan, tan distinta de aquella en la que crecí. Porque creo que simplemente estaba buscando eso. Y sabía que no sería un ser humano feliz ni sano si seguía viviendo de una forma en la que era muy, sí, en plan, guardándomelo todo y sin apoyarme en nadie – Kai.

Discusión

Este estudio se propuso explorar las experiencias del hogar tras el duelo por homicidio en la pareja íntima (HPI) durante la infancia. El análisis temático de los relatos de 22 participantes de Australia y del RU generó tres temas relacionados con experiencias de: extrañeza en el hogar; inestabilidad y violencia persistentes; y un proceso de reimaginar los significados del hogar tras el homicidio. La discusión que sigue examinará estos resultados en relación con la investigación existente y analizará sus posibles implicaciones, antes de considerar los puntos fuertes y las limitaciones de este trabajo.

El duelo de las personas participantes provocó una alteración significativa de su experiencia del hogar, que conceptualizamos en términos de extrañeza en nuestro primer tema. Un rasgo importante de este cambio parecía ser el encuentro, en los nuevos hogares, con costumbres distintas y potencialmente angustiosas, en contradicción con la manera singular en que cada participante entendía la vida doméstica y lo que esperaba de ella. Estas experiencias alienantes no solo podían actuar como una barrera para el sentimiento de pertenencia a los nuevos hogares y familias, sino que también podían verse como un espejo de lo que había cambiado o se había perdido. Algunas de estas experiencias coinciden con los resultados cualitativos de Natalier y Johnson (2015), que exploraron las percepciones y experiencias del hogar de 77 jóvenes (de 18 a 25 años) que habían pasado por el sistema australiano de protección fuera del hogar. Las personas jóvenes de ese estudio subrayaban la importancia de la rutina cotidiana como dimensión crucial del hogar, importante para fomentar la confianza y la pertenencia. Escuchamos relatos de nuestras personas participantes que coincidían con estas perspectivas. Por ejemplo, sentirse «de fuera» o «invitado» en los hogares posteriores al homicidio parecía ligado a cambios en los ritmos cotidianos y al choque con nuevas formas de vivir, como enfrentarse a vecinos y caminos al colegio desconocidos o a que otras personas usaran el baño mientras alguien se duchaba. Estas experiencias se cruzan con otras dimensiones esenciales del hogar, tal como las entendían las personas jóvenes del estudio de Natalier y Johnson (2015), y las amenazan: a saber, los sentimientos de bienestar emocional o la sensación de «estar en casa» (Mallett, 2004), y el hecho de tener control sobre el propio entorno. Las experiencias de nuestro estudio se definían igualmente a menudo por la ausencia de bienestar, seguridad y capacidad de acción personal. En conjunto, estos resultados ponen de relieve la importancia de que los servicios y las personas cuidadoras estén atentos a las dimensiones del hogar que van más allá de la vivienda y el techo. Los esfuerzos por mantener la rutina, respetar las costumbres previas y priorizar la capacidad de decisión de la infancia sobre dónde y con quién le gustaría vivir constituyen un medio de sentar las bases necesarias para un sentimiento renovado de hogar tras todo lo perdido.

El acceso a las pertenencias del hogar familiar fue otra cuestión importante que parecía ayudar a atenuar la angustia, la alteración de la vida cotidiana y la desconexión respecto de los hogares anteriores de las personas participantes. Las experiencias en este ámbito eran notablemente variadas: aunque algunas personas pudieron acceder a las pertenencias que deseaban (p. ej., ropa, juguetes y libros), esto ocurrió mediante procesos irregulares y improvisados, no por una vía formalizada. Con mayor frecuencia, las personas participantes relataron que se les había negado el acceso a sus pertenencias, que no se les había consultado al respecto, y expresaron la ira y el resentimiento que ello les provocó. Estas reflexiones concuerdan con los testimonios de otras niñas, niños y jóvenes en duelo por un HPI (Alisic et al., 2017b) y, de manera más general, de familiares de víctimas de homicidio (Connolly & Gordon, 2015). El acceso a objetos transicionales del hogar, como juguetes y mantas muy queridos, tiene además importancia para el desarrollo por su papel en el apoyo a la capacidad de autorregulación, el apego sano y la individuación (Litt, 1986; Winnicott, 1951). La importancia emocional de los objetos personales en relación con el sentimiento de identidad y de hogar está también bien reconocida y valorada en la literatura sobre residencias de mayores (Nygaard et al., 2020; Rijnaard et al., 2016), recuperación tras catástrofes (Eyre & Payne, 2006; Harel, 2020; Sappat & Esnard, 2016) y migración (Boccagni, 2023; Pérez & Boccagni, 2022). Nuestros resultados sugieren que los servicios y las personas cuidadoras deberían reconocer la posible importancia de las pertenencias del hogar, consultar activamente a la infancia sobre esta cuestión y trabajar para facilitar el acceso a ellas siempre que sea posible. Este enfoque, relativamente pragmático y aplicable, también podría tener efectos positivos en cadena sobre otras dimensiones del hogar, como reforzar el sentimiento de capacidad de acción de la infancia, el mantenimiento de la rutina y el bienestar emocional (Natalier & Johnson, 2015).

La separación de los hermanos y hermanas fue una consecuencia frecuente de los HPI en este estudio. Las reflexiones de las personas participantes sobre esta experiencia, junto con los casos en que estas relaciones se mantuvieron, subrayan la importancia de respetar el vínculo fraterno tras un HPI. Los relatos de las personas participantes estaban impregnados aquí de un sentimiento de estupor y de resentimiento por no haber sido implicadas en estas decisiones tras la pérdida traumática de su madre, su padre o ambos. Al no consultar a niñas, niños y jóvenes sobre el mantenimiento de las relaciones con sus hermanos y hermanas, las nuevas personas cuidadoras y los sistemas de servicios les privan de una posible fuente de amor y fortaleza duraderos frente a las adversidades presentes y futuras. De hecho, otras criaturas en duelo han descrito así a sus hermanos y hermanas (Alisic et al., 2017b), mientras que la literatura sobre acogimiento familiar respalda en general el fomento de los vínculos fraternos en las decisiones de acogimiento (Herrick & Piccus, 2005; Washington, 2007). Las relaciones fraternas están especialmente bien situadas para ofrecer conexión con una historia compartida, un sentimiento de pertenencia y un marco relacional a partir del cual desarrollar la propia identidad y una autoestima sana (Elgar & Head, 1999). Por supuesto, es importante reconocer que las relaciones fraternas no siempre serán protectoras. Se necesita una evaluación cuidadosa y continuada para garantizar que el acogimiento junto con hermanos y hermanas no obstaculice la recuperación ni sea una fuente adicional de trauma o daño (Herrick & Piccus, 2005). Por último, trabajos cualitativos previos han mostrado que hermanos y hermanas pueden tener experiencias y perspectivas distintas sobre cuestiones como la preferencia de acogimiento o la figura parental agresora (Alisic et al., 2017b). Las personas cuidadoras y los servicios deberían estar atentos a ello y no dar por supuesto que todas las criaturas de un mismo grupo familiar compartirán los mismos deseos y necesidades.

Muchas personas participantes de este estudio nos contaron historias angustiosas de inestabilidad y violencia en los entornos domésticos posteriores al homicidio, que, por desgracia, no son exclusivas de este grupo. Esto concuerda con los testimonios de niñas y niños en acogimiento residencial y familiar (Euser et al., 2013; Konjin et al., 2019; Rock et al., 2015) y de quienes perdieron a su madre o a su padre por un HPI en la adolescencia, para quienes las condiciones de vida inestables y los abusos físicos y sexuales continuados eran rasgos comunes de las experiencias posteriores al homicidio (Steeves et al., 2011). Los servicios que articulan el apoyo a la infancia no deben suponer que el HPI marca el fin del riesgo una vez cubiertas las necesidades de vivienda. La seguridad física y emocional de la infancia, junto con sus preferencias, debe ser primordial a lo largo de este proceso y debe reevaluarse periódicamente a lo largo del desarrollo. Las y los profesionales también deberían participar en una práctica reflexiva colaborativa para examinar sus sesgos personales en materia de acogimiento y seguridad, dados los relatos que escuchamos sobre suposiciones desdeñosas basadas en la apariencia exterior de los hogares o las familias de las personas participantes y sobre sus necesidades y su nivel de riesgo. Además, el personal profesional debe ser consciente de los posibles conflictos de lealtad a los que se enfrenta la infancia y de cómo la presión implícita y/o explícita de la familia materna y de la familia de la persona agresora podría afectar a su capacidad de expresar sus preferencias con seguridad. No hacerlo no solo puede socavar la capacidad de acción de la infancia, sino también exponerla a nuevos daños al perderse la oportunidad de relaciones más seguras y de apegos más estables en ventanas sensibles del desarrollo. Estas presiones también pueden complicar la manera en que la infancia da sentido al homicidio: por ejemplo, su comprensión de quién es la víctima y quién la persona agresora, de la culpabilidad de esta y del propio asesinato.

Está bien establecido que la inestabilidad de los acogimientos aumenta, para muchas criaturas, el riesgo de resultados negativos en los ámbitos social, conductual, emocional, académico y neurobiológico (Aarons et al., 2010; Akin et al., 2015; Fisher et al., 2006; Humphreys et al., 2015; Rock et al., 2015). Por ello, y dada la prevalencia de la inestabilidad doméstica señalada en este estudio, es importante considerar cómo favorecer mejor la estabilidad de los acogimientos de la infancia en duelo por un HPI. La literatura sobre acogimiento familiar ofrece algunas enseñanzas clave para promover la estabilidad de los acogimientos y reducir así el riesgo de daño a las criaturas en duelo en el futuro. Una revisión sistemática y síntesis narrativa de la literatura cuantitativa y cualitativa sobre la inestabilidad de los acogimientos (que abarcaba a 19 488 y 475 niñas y niños, respectivamente) identificó varios factores de protección clave (Rock et al., 2015). Entre ellos figuran el acogimiento en familia extensa (es decir, con personas cuidadoras emparentadas, frente a familias de acogida sin parentesco); el acogimiento junto con hermanos y hermanas (en particular cuando la criatura tiene responsabilidades de cuidado y siente que sus hermanos y hermanas la necesitan); la participación de la criatura en las decisiones sobre sus preferencias de acogimiento; unas motivaciones para acoger centradas en la criatura; el apoyo de las personas cuidadoras al desarrollo académico y de habilidades para la vida; una relación sólida entre persona cuidadora y criatura, caracterizada por una buena comunicación, un cuidado incondicional, paciencia y aceptación; y el acogimiento con familias de acogida de más edad y más experiencia, con sólidas competencias parentales (Rock et al., 2015). Las experiencias excepcionales de hogares seguros, estables y de apoyo en este estudio parecen coincidir con algunos de estos factores de protección y deberían servir de guía para las decisiones de acogimiento tras el homicidio y para la intervención con la criatura y la persona cuidadora. Muchos de estos factores son objeto de intervenciones existentes basadas en la evidencia para familias de acogida, que podrían aprovecharse para apoyar a la infancia en duelo y a sus personas cuidadoras (véase Leve et al., 2012, para una revisión de las intervenciones respaldadas en la primera infancia, la infancia media y la adolescencia).

Además de los tipos de intervención descritos más arriba, nuestros resultados ofrecen algunas orientaciones terapéuticas para profesionales que trabajan con la infancia en duelo y sus familias. En primer lugar, las y los profesionales deberían ser conscientes de la probable alteración de la experiencia del hogar de la infancia y tratarla como un tema de relevancia clínica, utilizando métodos adaptados a la edad. La terapia cognitivo-conductual centrada en el duelo traumático (TGF-CBT) ha mostrado ser un tratamiento potencialmente eficaz para los síntomas de estrés postraumático en niñas, niños y jóvenes en duelo por un HPI parental (Soydas et al., 2023). Se podrían utilizar componentes de este modelo para ayudar a la infancia a comprender y elaborar el duelo ligado a la pérdida de su hogar y de todo lo que representa, junto con la de su madre, su padre o ambos. Esto podría apoyarse en objetos importantes del hogar, en la imaginería y en tareas de dibujo y de relato para expresar sentimientos difíciles y preservar recuerdos o rituales significativos del hogar, así como en la manera en que estos podrían trasladarse o reimaginarse en los nuevos entornos domésticos. Las nuevas personas cuidadoras tienen sin duda un papel crucial que desempeñar aquí y deberían implicarse terapéuticamente siempre que sea posible y seguro. De hecho, investigaciones recientes han documentado los complejos desafíos que viven las personas cuidadoras de criaturas en duelo por suicidio y por HPI, lo que indica la necesidad de intervenciones y apoyos específicos para ellas (Alisic et al., 2025; Rinne-Wolf et al., 2025). Para las criaturas de más edad, el tema del hogar puede servir como marco útil para dar sentido a las nuevas dinámicas relacionales y a los cambios de rol tras el homicidio (p. ej., asumir responsabilidades de cuidado de hermanos y hermanas). Por último, las y los profesionales podrían ayudar a las personas en duelo de cualquier edad a reflexionar en profundidad sobre cómo sus experiencias han moldeado su comprensión personal de lo que significa el hogar y de cómo es para ellas, y sobre la sanación que podrían encontrar en una nueva transfiguración o en una acción comprometida. La participación en el apoyo entre iguales también puede resultar empoderadora, al ofrecer a las personas jóvenes modelos auténticos de lo que esto podría ser y sentirse, que inspiren la reflexión y la acción en su propio camino. Todas estas recomendaciones dependen de manera crucial de que las personas jóvenes sean primero identificadas y tengan acceso a un tratamiento adecuado. El escaso acceso a la atención sigue siendo un problema importante a escala internacional (p. ej., Kaplan et al., 2001; Alisic et al., 2017a; Lewandowski et al., 2004). Se necesitan protocolos formalizados y una colaboración entre el sistema judicial, la protección de la infancia, el sistema educativo, los servicios sociales y los servicios de salud mental para garantizar que se tenga en cuenta a la infancia en todos los casos de HPI y que se la ponga sistemáticamente en contacto con un tratamiento especializado y bien dotado a lo largo de su desarrollo.

Puntos fuertes y limitaciones

Hasta donde sabemos, este estudio es el primero que se centra explícitamente en las experiencias del hogar tras un HPI parental y, de manera más general, se suma al escaso corpus de trabajos que exploran las experiencias en primera persona de esta forma de pérdida traumática. En el plano metodológico, este enfoque respeta la capacidad de acción, la experiencia y el derecho a ser escuchadas de las personas participantes, en un ámbito en el que estas voces se ignoran, se marginan o quedan ocultas por fuerzas paternalistas con mucha frecuencia (Callaghan et al., 2017; Jaffe et al., 2015; Kenkel & Couling, 2006; Substance Abuse and Mental Health Services Administration, 2014; Sorbring & Kuczynski, 2018). La mayoría de las personas participantes de este estudio se identificaban como mujeres (17 de 22); esta falta de diversidad implica que nuestros resultados podrían no recoger adecuadamente aspectos importantes de esta experiencia que son propios de los chicos jóvenes y de las personas de género no normativo, o que en ellos se complican. Este estudio careció también de una diversidad más amplia en cuanto a otros grupos marginados y orígenes étnicos que se ven afectados de manera desproporcionada por la violencia doméstica y el HPI, como las personas en relaciones queer y las comunidades indígenas, en las que la destrucción y el despojo del hogar continúan a escala macro en el contexto de la descolonización y de la violencia estructural (Chatterjee, 2023; Cripps, 2023; Edwards et al., 2015; Messing et al., 2021). Por último, hubo una variación de edad considerable en este estudio (de 16 a 52 años), de modo que la mayoría de las personas participantes eran adultas que reflexionaban sobre experiencias ocurridas muchos años antes. La decisión de no restringir la participación a personas en duelo reciente se tomó para ampliar el grupo potencial de participantes, y en reconocimiento de la escasez de investigación disponible y de la posibilidad de consecuencias y de construcción de sentido a lo largo de toda la vida tras el duelo. No obstante, es importante reconocer que el recuerdo y la comprensión que las personas participantes tienen de sus experiencias probablemente hayan cambiado a lo largo de la vida, y esto debe tenerse presente al interpretar estos resultados.

Conclusión

Las experiencias del hogar son precarias y pueden verse profundamente alteradas por actos como el HPI. Aunque a esta experiencia pueden seguirle la violencia y la inestabilidad en el hogar, las víctimas supervivientes responden activamente a los numerosos desafíos a los que las enfrenta esta forma de pérdida traumática. Nuestros resultados demuestran la importancia de entender el hogar como un espacio a la vez físico y psicológico, de gran relevancia para la infancia en duelo. Las experiencias en estos espacios físicos y psicológicos no tienen por qué ser una fuente más de sufrimiento si los servicios priorizan la seguridad y la capacidad de acción de niñas, niños y jóvenes, al tiempo que ofrecen un apoyo adecuado a sus personas cuidadoras. Nuevos trabajos en este ámbito, tanto cualitativos como cuantitativos, deberían seguir examinando las experiencias del hogar tras el homicidio para apoyar mejor a estas personas y a sus familias. Futuras investigaciones con métodos longitudinales podrían ser útiles para lograr una comprensión más fina de esta experiencia a lo largo del tiempo y orientar el diseño y el momento de las intervenciones.

Complexe Systémique: puntos clave

En los casos de homicidio en la pareja, los servicios se fijan primero en la investigación, la custodia y la vivienda. Este estudio recuerda que, para una criatura, el hogar no es un techo: es un entramado de rutinas, objetos, vecindario, hermanos y hermanas. Lo que describen las 22 personas participantes es menos un trauma puramente individual que una reorganización brusca del sistema familiar, decidida a menudo sin ellas: familias extensas que se reparten a las criaturas, lealtades impuestas entre la rama materna y la paterna, silencio sobre el homicidio y, a veces, el regreso con la figura parental que lo cometió. Para la protección de la infancia, como para la terapia familiar, las pistas son concretas: mantener unida a la fratría cuando es seguro, consultar a la criatura sobre dónde vivir, recuperar sus pertenencias, no fiarse del aspecto de una «casa bonita», apoyar a los familiares que toman el relevo y su propio duelo. La muestra es mayoritariamente femenina y retrospectiva, sobre hechos a veces lejanos. Puede leerse junto con el estudio sobre el lugar de la infancia en los servicios de terapia familiar tras la violencia familiar y el artículo sobre el trabajo narrativo en grupo con familias en duelo.

Notas del original

Agradecimientos. Reconocemos que la mayor parte de nuestro equipo vive y trabaja en tierras robadas que nunca fueron cedidas. Nuestro equipo tiene su sede en las tierras del pueblo wurundjeri. Rendimos un respetuoso homenaje a sus Mayores del pasado y del presente y hacemos extensivo este reconocimiento a todos los pueblos aborígenes y de las islas del estrecho de Torres. También queremos agradecer las valiosas contribuciones de las siguientes personas colegas: Anna Barret, Cathy Humphreys y Mira Vasileva.

Financiación. Esta investigación contó con el apoyo de una Future Fellowship del Australian Research Council (#FT190100255), una Establishment Grant de la University of Melbourne, una Dame Kate Campbell Fellowship de la University of Melbourne y una NHMRC Investigator Grant (#2033679).

Aprobación ética. Este estudio fue aprobado por los comités de ética de la investigación de The University of Melbourne y The University of Edinburgh y se llevó a cabo de conformidad con las normas establecidas en la Declaración de Helsinki de 1964.

Consentimiento informado. Se obtuvo el consentimiento informado de todas las personas participantes incluidas en el estudio.

Conflicto de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.

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Traducción no oficial al español de Home after Homicide: How Do Children and Young People Experience Home Following Bereavement Through Intimate Partner Homicide?, de Ashwini Sakthiakumaran, Oliver Eastwood, Katitza Marinkovic Chavez, Zain Kurdi, John Devaney, Rowena Conroy, Kathryn Joy, John Frederick, Claire Houghton, Hannah Morrice y Eva Alisic, Journal of Child and Family Studies, vol. 35, n.o 3 (2026), doi: 10.1007/s10826-025-03245-2, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (texto traducido al español, tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Home after Homicide: How Do Children and Young People Experience Home Following Bereavement Through Intimate Partner Homicide?», publicado en Journal of Child and Family Studies (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción no oficial realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Sakthiakumaran, A., Eastwood, O., Marinkovic Chavez, K., Kurdi, Z., Devaney, J., Conroy, R., Joy, K., Frederick, J., Houghton, C., Morrice, H., y Alisic, E. (2026). Home after Homicide: How Do Children and Young People Experience Home Following Bereavement Through Intimate Partner Homicide?. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/home-after-homicide-how-do-children-and-young-people-experience-home-following-bereavement (Obra original publicada en 2026 en Journal of Child and Family Studies, 35(3), 598-612 (2026); republicada en 2026 por Journal of Child and Family Studies, https://link.springer.com/article/10.1007/s10826-025-03245-2)

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