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Behavioral Sciences · Parejas

¿Es suficientemente seguro? Un estudio IPA sobre cómo terapeutas de pareja dan sentido a su decisión de interrumpir o continuar la terapia de pareja cuando la violencia pasa a ser el problema

Cuando surge la violencia en una terapia de pareja, ¿hay que seguir recibiendo juntos a ambos miembros? Doce terapeutas de los Servicios Noruegos de Orientación Familiar, reunidos en grupos focales, describen cómo se toma esta decisión. La guían dos preguntas (¿es suficientemente seguro?, ¿existe un proyecto común y regenerador?) y la nutren tres fuentes: las palabras, el cuerpo y los casos que dejaron huella. El equipo de Jan Frode Snellingen extrae de ello una «construcción clínica de sentido» y pistas tanto para los equipos como para las instituciones.

Autoría Jan Frode Snellingen y Pål Erik Carlin (Centre for Diaconia and Professional Practice, VID Specialized University, Oslo, Noruega); Arlene Vetere (Faculty of Social Studies, VID Specialized University, Oslo, Noruega)Primera publicación Behavioral Sciences, 5 de enero de 2024Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Is It Safe Enough? An IPA Study of How Couple Therapists Make Sense of Their Decision to Either Stop or Continue with Couple Therapy When Violence Becomes the Issue, de Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Arlene Vetere, publicado en Behavioral Sciences (MDPI) (2024), doi: 10.3390/bs14010037, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan como listas; las figuras se reproducen con sus leyendas originales traducidas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

La persona terapeuta no puede cargar sola con esta responsabilidad.

Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Arlene Vetere

Resumen

Antecedentes: Quienes ejercen la terapia de pareja se encontrarán en algún momento de su práctica con violencia en la pareja. En este contexto, una de las principales cuestiones que deben abordar es si continuar o no con las sesiones conjuntas. Este estudio explora cómo terapeutas de pareja dan sentido a su decisión de continuar o no con las sesiones conjuntas cuando la violencia se ha convertido en un problema. Métodos: Este estudio cualitativo utilizó cuatro grupos focales semiestructurados y el análisis fenomenológico interpretativo (IPA) para analizar los datos de doce terapeutas de pareja con experiencia que participaron. Resultados: Nuestro análisis IPA dio lugar a tres temas experienciales grupales principales comunes a los grupos focales: (1) ¿Es suficientemente seguro? (2) ¿Tenemos un proyecto común y regenerador? (3) Tres fuentes clave para la construcción de sentido. Conclusión: La violencia en la pareja pone a prueba el ámbito de la terapia de pareja. Este artículo exploró cómo terapeutas de pareja se orientan y lidian con la toma de decisiones cuando la violencia se convierte en un problema. El artículo ofrece una perspectiva única sobre aquello hacia lo que se orientan las personas terapeutas y sobre cómo intentan formarse una impresión acerca de si continuar con las sesiones conjuntas. Esbozamos implicaciones clínicas inmediatas y proponemos medidas para desarrollar la capacidad individual y organizacional de «construcción clínica de sentido» (clinical sense making). También se plantean sugerencias para futuras investigaciones.

Palabras clave: violencia en la pareja, violencia de pareja, violencia doméstica, terapia de pareja, sesiones conjuntas, construcción clínica de sentido, método cualitativo, IPA, experiencia de terapeutas

1. Introducción

«A veces tengo la misma sensación que si estuviera sentado en una sala de conferencias abarrotada con 5000 personas. Es ese momento en que levantas la mano para hablar y esa sensación inconfundible, eso es lo que siento a veces. Es un malestar profundo. Lo sientes en el estómago, casi como una sensación de ingravidez, como justo antes de dar un salto. Porque eso es lo que se siente a veces en nuestro trabajo. Das un salto, tomas una decisión. Porque así son las cosas. A veces tienes que tomar una decisión siendo muy consciente de que puede tener consecuencias. Es simplemente la naturaleza de nuestro trabajo».

(Stig, terapeuta participante del grupo focal 4)

La cita anterior ilustra por qué quisimos llevar a cabo esta investigación, que explora cómo terapeutas de pareja dan sentido a su decisión de continuar o no la terapia cuando el comportamiento violento se ha convertido en el problema. Quienes ejercen la terapia de pareja y familiar se encontrarán en algún momento de su práctica con agresividad y violencia familiar [1]. En este contexto, la violencia puede formar parte del motivo de derivación o puede convertirse en una de las principales preocupaciones en cualquier fase de la colaboración con la pareja.

Las encuestas de prevalencia en Noruega y a nivel internacional muestran que el 14–30% de las personas encuestadas en muestras comunitarias afirman haber estado expuestas a violencia en la pareja en algún momento de su ciclo vital [2,3,4,5]. En poblaciones clínicas, la prevalencia de la violencia en la pareja es aún mayor. En las parejas que solicitan terapia de pareja y familiar en contextos generalistas, los estudios muestran que hasta el 70% de las parejas han vivido agresiones físicas y violencia relacional [6,7]. Unos pocos estudios sobre distintos aspectos de la violencia familiar en los Servicios Noruegos de Orientación Familiar (NFCS) muestran una prevalencia de la violencia familiar que varía entre el 0.3 y el 34% según las oficinas de orientación familiar [8,9,10].

Paralelamente a la alta prevalencia de comportamientos violentos en las parejas que solicitan terapia, ha sido objeto de controversia y de debates reiterados si la terapia de pareja es una forma de tratamiento segura, adecuada o incluso ética frente a la violencia en la pareja [11,12]. Sin embargo, los estudios muestran que la terapia de pareja puede ser adecuada y tan eficaz como otras intervenciones cuando tanto la violencia como las parejas se someten a un cribado cuidadoso y a una evaluación apropiada para la terapia conjunta [1,11,13,14]. Gracias a estas medidas, la terapia de pareja puede considerarse a veces suficientemente segura y contribuir a reducir la violencia y a aumentar la satisfacción en la relación, porque algunos comportamientos violentos pueden entenderse como el resultado de patrones interaccionales escalados, nacidos de la frustración, la ansiedad y necesidades de apego no satisfechas [15,16,17,18,19].

Existe un reconocimiento creciente de que la violencia en las relaciones íntimas no es un fenómeno uniforme, sino que se conceptualiza mejor a lo largo de un continuo multifactorial diferenciado por el tipo de violencia, el grado de frecuencia, los aspectos de poder y control coercitivo, el grado de gravedad, la vivencia de las personas implicadas, el género y las consecuencias [20,21,22,23,24]. El marco conceptual de Johnson [20,25,26,27] es una referencia frecuente para clasificar los tipos de violencia en la pareja. Distingue entre dos contextos principales: la violencia de control coercitivo y la violencia situacional de pareja. La violencia de control coercitivo se despliega por lo general dentro de un marco de control coercitivo, en el que uno de los miembros de la pareja recurre repetidamente a múltiples medidas coercitivas para controlar y dominar al otro. En cambio, la violencia situacional de pareja puede entenderse como el resultado de conflictos escalados en los que uno o ambos miembros de la pareja contribuyen al patrón interaccional destructivo. También ha habido diversos esfuerzos, en el campo de la investigación y de la práctica, por diferenciar tanto la conceptualización de la violencia familiar como la respuesta a ella [28,29,30]. Estos esfuerzos subrayan la importancia de la evaluación, porque la motivación, las características y los efectos de la violencia en la pareja varían enormemente en múltiples espectros de rasgos individuales e interaccionales. La persona terapeuta debe recabar información y tener en cuenta estas variaciones en su práctica continua, en la elección de su respuesta y en el posible tratamiento.

Además, trabajar con parejas en terapia plantea retos éticos particulares que no suelen afrontar quienes practican la terapia individual [31]. Cuando la violencia se convierte en una preocupación, es probable que quienes ofrecen terapia de pareja tengan que afrontar dilemas éticos y legales más agudos y lidiar con ellos a lo largo de todo el proceso de tratamiento, con el objetivo de salvaguardar el bienestar de cada miembro de la pareja [32,33]. Cuando los aspectos éticos se tienen en cuenta junto con una evaluación exhaustiva, ello puede mejorar la eficacia del tratamiento y favorecer el esfuerzo adecuado en el momento adecuado frente a la violencia en la pareja.

Se han elaborado directrices con criterios de base clínica para evaluar si la terapia de pareja es una modalidad de tratamiento adecuada [12,14,17,34]. Estas directrices ponen el acento sobre todo en estructuras, secuencias y listas de criterios que describen el contenido material, pero prestan menos atención a los procesos relacionales por los que las propias personas terapeutas navegan con ese fin. Poner el acento en el proceso de evaluación de la modalidad de tratamiento adecuada puede considerarse, de manera más general, parte de una formulación en psicoterapia. Por ejemplo, Vetere [35] (p. 388) describe la formulación como:

«una práctica crucial en psicoterapia, mediante la cual las explicaciones de la experiencia se articulan con una base empírica para la práctica dentro de un marco ético de conducta. Orienta y dirige la acción de todas las personas participantes dentro de un proceso iterativo de retroalimentación y acción. La formulación tiene una intención emancipadora y permite rendir cuentas de la práctica».

Una formulación se nutre de la teoría y de la investigación, pero también de un conocimiento intuitivo y tácito, para ofrecer un marco que permita describir los problemas, las necesidades y los recursos de la persona consultante. Puede ser un punto de partida para la acción y para seguir indagando, por ejemplo mediante una formulación progresiva de hipótesis en un proceso colaborativo con la pareja o la familia [36]. Así, este proceso de formulación va más allá de evaluar simplemente la presencia o ausencia de violencia. Por ello, cuando la violencia en la pareja se convierte en un problema, quienes ejercen la terapia de pareja y familiar deben disponer de conocimientos, habilidades y recursos suficientes para evaluar la situación y darle sentido, de modo que puedan elegir una respuesta adecuada a la violencia de pareja en cuestión [37]. Este proceso de evaluar la situación y darle sentido no se limita a las fases iniciales tras convertirse la violencia en una preocupación principal; debe reconocerse como una función continua e integral que se extiende a todas las etapas del trabajo de la persona terapeuta con la pareja [17,18,34,38].

Una de las principales cuestiones que la persona terapeuta debe abordar y a la que debe dar sentido cuando la violencia se convierte en un problema en la terapia de pareja es si continuar o no con las sesiones conjuntas. Esta decisión depende de garantizar la seguridad y el bienestar de todas las partes implicadas, a la vez que se procura hacer posibles resultados terapéuticos beneficiosos. Actualmente hay poca investigación sobre cómo terapeutas de pareja llevan a cabo su construcción clínica de sentido «natural» cuando la violencia de pareja emerge como preocupación principal, en particular cuando intentan dar sentido a la situación y determinar si es apropiado seguir con las sesiones conjuntas. Por ello, una comprensión y un conocimiento más profundos de lo que interviene en tales decisiones pueden ayudar a quienes ejercen la terapia de pareja y familiar a reforzar una práctica y una oferta de servicios seguras, y a favorecer el esfuerzo adecuado en el momento adecuado en materia de violencia de pareja. Así, las preguntas que aborda esta investigación incluyen las siguientes: ¿En qué basan sus decisiones las personas terapeutas? ¿Qué influye en su formulación y en su práctica? ¿Cómo se orientan y qué consideraciones tienen en cuenta al decidir si es seguro y pertinente continuar con las sesiones conjuntas? La pregunta principal de investigación fue: ¿Cómo dan sentido terapeutas de pareja a su decisión de continuar o no con las sesiones conjuntas cuando la violencia se ha convertido en un problema?

2. Métodos

2.1. El contexto de la investigación

La investigación se llevó a cabo en los Servicios Noruegos de Orientación Familiar (NFCS). Los NFCS son un servicio financiado por el Estado, de acceso directo sin derivación y gratuito, a disposición de parejas, madres y padres que no conviven y familias con dificultades familiares o de pareja. Los servicios se ofrecen en 42 oficinas de orientación familiar repartidas por toda Noruega, que emplean a unas 500 personas terapeutas (profesionales del trabajo social, de la psicología y de otras especialidades de la terapia de pareja y familiar). El mandato principal de los servicios es reforzar las condiciones relacionales del desarrollo infantil apoyando el funcionamiento de la pareja, de la familia y de la parentalidad. En 2022, los servicios atendieron aproximadamente 55 000 casos, incluidas terapia y mediación [39]. Por ello, los NFCS son uno de los servicios a los que se ha otorgado un papel más destacado en el abordaje y la prevención de la violencia familiar, ya que las familias que solicitan terapia de pareja y familiar constituyen una población en riesgo de agresión y violencia relacionales [40,41,42,43,44,45]. Sin embargo, los NFCS son un servicio generalista de terapia de pareja y familiar, cuyo personal se define con orientación sistémica y relacional, y no un servicio especializado en violencia de pareja y familiar. Las personas terapeutas de los NFCS utilizan principalmente sesiones conjuntas en su trabajo con parejas y familias, aunque las sesiones individuales no son infrecuentes. En los casos en que la violencia se convierte en un problema hay pocos procedimientos estandarizados; no obstante, a menudo se incorporan sesiones individuales de forma estratégica para abordar cuestiones concretas o como parte de la evaluación, y para garantizar el bienestar de cada participante. El estudio se realizó durante y después de la pandemia de COVID-19, y recoge las experiencias de terapeutas sobre el telón de fondo de esa crisis mundial.

2.2. Diseño y método

La investigación cualitativa tiene mucho que ofrecer a la investigación en psicoterapia, al generar una nueva comprensión de la complejidad y de la experiencia de las distintas personas que participan en la terapia [46]. Se eligió el análisis fenomenológico interpretativo (IPA) como inspiración para el método analítico de los datos de grupos focales que aquí se presentan. El enfoque analítico del IPA puede ser adecuado para explorar cómo vive y comprende un fenómeno un grupo específico en un contexto particular [47,48]. Empleamos la palabra «inspiración» en la frase anterior porque el IPA ofrece pautas flexibles y no debe tratarse como una receta, sino aplicarse con flexibilidad y creatividad según el proyecto de investigación [48]. En una revisión narrativa, Anderson, Slark y Gott [49] (p. 98) concluyen que «el IPA es una metodología idealmente adaptada a la exploración de la toma de decisiones en contextos clínicos complejos del mundo real. Un pequeño corpus de estudios IPA ha aportado conocimientos valiosos sobre diversos contextos de toma de decisiones clínicas».

2.3. Recogida de datos

Este estudio utilizó cuatro grupos focales (GF) para recoger los datos. La aplicación del IPA a datos de grupos focales no es sencilla, ya que los grupos focales «pueden parecer menos claramente adecuados para quienes investigan con IPA, pero sin duda se han empleado» [48] (p. 125). Diversos trabajos sostienen que la entrevista en grupo focal dificulta la comprensión de la experiencia subjetiva de cada individuo [50,51,52] y que los grupos focales refuerzan una voz grupal colectiva en detrimento de lo individual [53]. Al mismo tiempo, el marco del grupo focal también tiene algunas ventajas. Los grupos focales pueden ser útiles porque permiten escuchar múltiples voces, recurriendo a una muestra más amplia pero con un número reducido de sesiones de recogida de datos [54]. Además, los grupos focales pueden inspirar, sostener y ayudar a las personas participantes a profundizar y a poner de relieve tanto las convergencias como las divergencias en las experiencias, lo que da lugar a descripciones aún más densas del fenómeno en cuestión. La primera y la segunda personas firmantes condujeron juntas los cuatro grupos focales.

2.4. Participantes y reclutamiento

El reclutamiento se realizó mediante un muestreo intencional, porque las personas participantes podían iluminar y aportar conocimiento sobre el fenómeno específico de interés en un contexto pertinente [55]. Elegimos un formato de grupo focal con un máximo de cuatro participantes, con el fin de alcanzar una profundidad óptima y un posible compromiso idiográfico en las entrevistas [48]. En total, se reclutaron para el estudio 12 terapeutas de cuatro oficinas distintas de los NFCS. También recurrimos a grupos de colegas ya existentes, porque ello puede contribuir a proporcionar la seguridad necesaria para explorar y reflexionar en profundidad en una discusión compartida sobre experiencias delicadas [48]. Todas las personas terapeutas tienen formación en terapia de pareja y familiar y, como mínimo, una formación básica para trabajar con parejas en las que la violencia es un problema. Todas forman parte, además, del «equipo de violencia» de sus respectivas oficinas de orientación familiar. Esto significa que dedican la mayor parte de su función al trabajo «ordinario» con parejas y familias, pero emplean parte de su puesto en reforzar el trabajo de la oficina y en intervenir clínicamente en los casos en que la violencia se convierte en un problema. Por lo demás, hay diversidad en cuanto a género, edad y antigüedad en los NFCS (véase la Tabla 1).

Tabla 1 — Datos sociodemográficos de la muestra de participantes.

  • Género. Mujeres: 6; hombres: 6.
  • Edad. 41–50: 3; 51–60: 8; 61–: 1.
  • Años en los NFCS. 0–5: 2; 6–10: 5; 11–20: 3; 20–: 2.

2.5. Análisis de los datos de los grupos focales

La esencia de un estudio fenomenológico interpretativo reside en su enfoque analítico. El compromiso de quien investiga consiste en pasar de lo descriptivo a una postura más interpretativa respecto de la experiencia de las personas participantes y del sentido que dan a un fenómeno de interés en un contexto específico [48]. Sin embargo, la literatura existente sobre los análisis en IPA no ha prescrito un único «método» para trabajar con los datos. No obstante, se proponen algunos procesos y estrategias generales dentro del IPA, que pueden aplicarse con flexibilidad para optimizar la tarea analítica y el estudio en cuestión [48,55,56]. Varios artículos describen y muestran una guía paso a paso sobre cómo adaptar el IPA para su uso con grupos focales [53,54,57]. Nos apoyamos en elementos de estos trabajos para construir nuestro propio camino en el análisis del material, con las siguientes estrategias/etapas:

  • Etapa 1: Identificar la orientación y los posibles sesgos del equipo investigador

Antes del primer grupo focal, quienes firmamos en primer y segundo lugar realizamos una entrevista autorreflexiva para poner de manifiesto nuestros presupuestos, sesgos y posibles influencias en el proceso de investigación y de análisis [58]. Después de cada grupo focal, nos entrevistamos mutuamente y registramos lo siguiente. (1) ¿Qué nos sorprendió? (2) ¿Qué captó nuestra atención? (3) ¿Hay algo que quisiéramos hacer más o menos si tuviéramos la oportunidad de volver a hacerlo? Además, se llevó un diario de investigación reflexivo a lo largo de todo el estudio, con notas sobre retos, dilemas, decisiones, comprensiones y experiencias positivas. Estas reflexiones se incorporaron a las etapas siguientes y a los ciclos iterativos del proceso de investigación posterior, e influyeron en ellos.

  • Etapa 2: Inmersión en los datos y notas exploratorias

Empezamos por el primer grupo focal. La transcripción se leyó íntegramente sin tomar notas. Después, releímos la entrevista mientras escuchábamos la grabación. A lo largo de la relectura y de la escucha se tomaron notas exploratorias: pensamientos espontáneos, ideas, sentimientos, etc. Estas notas facilitaron en cierta medida volver al texto y centrarse de nuevo en el material sin demasiadas «distracciones».

  • Etapa 3: Lecturas múltiples con distintos énfasis

El texto se sometió a múltiples lecturas con distintos énfasis. En un primer momento se adoptó un enfoque descriptivo, resaltando las experiencias de las personas participantes e intentando «estar cerca» de ellas. La segunda lectura se centró en los aspectos lingüísticos: pronombres, palabras clave, palabras de emoción, pausas, risas, fluidez y frecuencia de los conceptos. Mientras que las dos primeras lecturas buscaban la cercanía con las experiencias de las personas participantes, la tercera lectura adoptó la perspectiva del equipo investigador mediante aportaciones conceptuales, fusionando de manera más explícita las descripciones de las personas informantes con las interpretaciones del equipo investigador.

  • Etapa 4: Identificar, resaltar y agrupar citas

Para mantener los enunciados experienciales (etapa 5) anclados en los datos y evitar una abstracción prematura, introdujimos una etapa de exploración en profundidad de citas de la transcripción. En cada grupo focal se seleccionaron y resaltaron entre 184 y 256 citas. En el análisis, todas las citas se marcaron con los seudónimos de las personas participantes, de modo que era posible seguir a cada participante y dar cuenta de su singularidad idiográfica. A continuación, realizamos una agrupación de nivel 1 de las citas dentro de cada grupo focal, atendiendo a cuestiones como las conexiones teóricas y prácticas, los rasgos experienciales clave y los procesos de experiencia y de construcción de sentido de las personas participantes.

  • Etapa 5: Construir enunciados experienciales

Después, los grupos de citas se revisaron y depuraron, recibieron nombres descriptivos y se convirtieron en un conjunto de enunciados experienciales [48] (pp. 86–87).

  • Etapa 6: Buscar conexiones entre los enunciados experienciales de cada grupo focal

La etapa siguiente consistió en realizar un análisis de nivel 2 de los enunciados experienciales de cada grupo focal, reagrupando las agrupaciones de nivel 1. Una vez completado este trabajo, las nuevas agrupaciones de nivel 2 recibieron nombres descriptivos.

  • Etapa 7: Buscar conexiones entre los enunciados experienciales grupales de los distintos grupos focales

Una de las últimas etapas consistió en explorar las interconexiones entre los grupos focales en el marco de los enunciados experienciales grupales de nivel 2. Como resultado de este proceso, se obtuvieron en total 21 enunciados experienciales grupales o temas de nivel 3. Posteriormente, quien firma en primer lugar se encargó de la selección y la conceptualización finales, guiadas por la pregunta de investigación de este estudio.

  • Etapa 8: Revisar las transcripciones individuales para asegurarse de que no se ha omitido nada

Tras la agrupación y la conceptualización finales, quien firma en primer lugar revisó todas las transcripciones para asegurarse de que las ideas y las citas cruciales quedaban recogidas en la redacción final.

Este análisis construyó tres hallazgos principales, que se presentarán en los resultados: (1) ¿Es suficientemente seguro? (2) ¿Tenemos un proyecto común y regenerador? y (3) Tres fuentes clave para la construcción de sentido.

3. Resultados

Nuestro análisis IPA dio lugar a tres temas experienciales grupales principales comunes a los cuatro grupos focales. Estos temas parecen captar y aclarar el proceso mediante el cual terapeutas de pareja deciden si continuar o no con las sesiones conjuntas cuando la violencia se ha convertido en un problema. En conjunto, estos tres temas experienciales grupales principales constituyen lo que hemos denominado «construcción clínica de sentido». Los dos primeros surgieron como preguntas y tematizaban «qué» es aquello hacia lo que se orientan las personas terapeutas para determinar si continuar con las sesiones conjuntas cuando la violencia se ha convertido en un problema; el tercer tema experiencial grupal pone de relieve «cómo» intentan dar sentido a la situación y comprenderla: (1) ¿Es suficientemente seguro? (2) ¿Tenemos un proyecto común y regenerador? (3) Tres fuentes clave para la construcción de sentido.

Los tres temas experienciales grupales se presentarán por separado, en un intento analítico de resaltar aspectos significativos del «qué» y del «cómo» en el proceso de «construcción clínica de sentido» de terapeutas de pareja que deciden si continuar con las sesiones conjuntas cuando la violencia se ha convertido en un problema. Empleamos descripciones narrativas y figuras para destacar los aspectos clave. Las tablas indican la presencia de subtemas en cada grupo focal. Se utilizan citas seleccionadas de las entrevistas para ayudar a quien lee a corroborar el análisis y las interpretaciones de la autoría y, al mismo tiempo, para captar la esencia de la construcción de sentido y de la experiencia de las personas participantes en relación con cada tema. No obstante, es esencial señalar que, en la práctica clínica, estos temas están entrelazados y son simultáneos, más que fenómenos aislados. La sección de discusión e implicaciones clínicas profundizará en su interconexión y en su pertinencia para la práctica.

3.1. Tema experiencial grupal 1: ¿Es suficientemente seguro?

A lo largo de las entrevistas, las personas terapeutas se posicionaron y formularon un supuesto central: la terapia de pareja conjunta es un formato potente para abordar los problemas de fondo de la relación, incluso en presencia de violencia, siempre que sea suficientemente seguro. También comentaron que las parejas expresan a menudo el deseo de afrontar y resolver juntas los problemas, y se resisten a la idea de una terapia individual. Sin embargo, en todos los grupos focales, las personas participantes subrayaron que la seguridad era la preocupación principal cuando la violencia se convertía en un problema, y el primer indicio de si era apropiado continuar con las sesiones conjuntas. En particular, se orientaban hacia lo que percibían como «señales de alarma» vinculadas al riesgo de escalada o de nueva violencia. Al mismo tiempo, lidiaban con una sensación de incertidumbre respecto a continuar la colaboración en el contexto de una terapia de pareja conjunta. Como lo expresó Nora (GF1):

«Creo que es una incertidumbre lo que siento, y a veces puedo angustiarme por mantener el mismo patrón que ya está ahí… Da miedo formar parte de algo que quizá lo haga aún más difícil para la pareja».

Muchas de las personas terapeutas reconocieron que la incertidumbre seguía siendo un aspecto inherente al proceso de colaboración, pese a sus esfuerzos por evaluar y gestionar el riesgo y por establecer la seguridad. Esta incertidumbre persistente no anula la importancia de esos esfuerzos. Al contrario, subraya la necesidad de un proceso iterativo continuo de evaluación y gestión del riesgo, y de que la atención a la seguridad se mantenga en todo momento y se supervise con regularidad, como expresó Herman (GF2):

«¿Es esto suficientemente seguro? Quizá, vale, sí, esto es suficientemente seguro, y tenemos un objetivo común. Pero luego, (pausa) pienso, puede que al final no lo sea. Más adelante, digamos, que eso podría cambiar. Eh, o la violencia, en cierto sentido, puede continuar a escondidas… Es como algo que tienes que, o que tiene que seguir siendo un pensamiento, tienes que estar abierto a ello».

Con este telón de fondo, ¿en qué se centra la persona terapeuta para ganar en claridad y en confianza a la hora de decidir si continuar o no con las sesiones conjuntas? A través de nuestro análisis, construimos este primer tema experiencial grupal a partir de seis focos mediante los cuales las personas terapeutas se orientaban (véanse la Figura 1 y la Tabla 2).

Tema experiencial grupal 1: ¿es suficientemente seguro?
Figura 1. Tema experiencial grupal 1: ¿es suficientemente seguro?

Tabla 2 — Presencia de los subtemas del tema experiencial grupal 1, por grupo focal.

  • Formas y frecuencia de la violencia. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Poder y control coercitivo. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Grado de gravedad, miedo y violencia latente. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • La situación de la infancia. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Consumo de sustancias y trauma. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Reconocimiento de la violencia. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.

3.1.1. Formas y frecuencia de la violencia

El punto de partida de la indagación de las personas terapeutas, cuando la violencia se convertía en un problema, consistía en obtener una comprensión global de la naturaleza y de la aparición de la violencia en el contexto. En los cuatro grupos focales surgió un hilo común: las personas participantes profundizaban colectivamente en dos aspectos críticos, las diversas formas de violencia y la frecuencia de esos incidentes. La violencia puede manifestarse de múltiples maneras, con formas físicas, psicológicas, sexuales, materiales, digitales y económicas. Así, las personas terapeutas intentaban identificar qué formas de violencia estaban presentes o no, junto con la frecuencia de la violencia, para tratar así de diferenciar entre incidentes aislados y comportamientos recurrentes. En los grupos focales surgió un consenso, que Tone (GF3) puso especialmente de relieve:

«Si hay violencia grave y agravada, repetida a lo largo del tiempo, entonces seríamos mucho más…, así que probablemente no empezaríamos una terapia de pareja».

Stig (GF 1) describió y explicó con detalle cómo le preocupaba la situación actual de la pareja, cómo había evolucionado la violencia a lo largo del tiempo, así como lo que ambos pensaban y esperaban sobre cómo evolucionaría en el futuro:

«¿Cómo ha sido en el pasado, y qué piensa del futuro cada miembro de la pareja? Eso puede aportar distintas perspectivas sobre ¿cuánto tiempo lleva pasando esto? ¿Cómo ha sido la evolución? ¿Ha empeorado? ¿Se ha mantenido igual? ¿Ha mejorado? ¿Cómo creéis que será dentro de cinco años? Creo que estas preguntas a menudo nos ayudan, tanto a mí como a la pareja, a decir algo sobre: ¿qué hacemos ahora?»

En todos los grupos focales, las personas participantes reconocieron y subrayaron que el comportamiento o la frecuencia, considerados aisladamente, pueden no aportar suficiente comprensión si no se tiene en cuenta también el contexto relacional en el que se desplegó la violencia. Por eso era crucial para ellas elaborar una formulación que integrara estos aspectos.

3.1.2. Patrones de poder y control coercitivo

En los grupos focales, las personas terapeutas hacían a menudo una distinción clara entre dos tipos de violencia en la pareja íntima: la violencia de control coercitivo y la violencia situacional de pareja. Recurrían a la expresión «violencia de control coercitivo» para caracterizar los casos de violencia que se despliegan dentro de un marco y de un «régimen» de control coercitivo, en el que uno de los miembros de la pareja emplea deliberadamente la violencia y su poder de forma dañina contra el otro. En cambio, la «violencia situacional de pareja» se reconocía como consecuencia de conflictos que escalan, en los que uno o ambos miembros de la pareja recurren a la violencia, no con la intención de controlar, sino por ira y frustración ante una situación concreta. Como subrayó Ingvild (GF3), que acababa de recibir a una pareja en la que, según su evaluación, la violencia se producía en un contexto de «violencia de control coercitivo»:

«Si sometes a otra persona a un régimen, eso se vuelve muy, muy, si la gente empieza a hacer cosas que no quiere hacer, o no hace cosas que quiere hacer. Y eso, además, se sistematiza a lo largo del tiempo con cierta intensidad. Creo que hay bastante de eso».

Jacob (GF1) también se refirió a ello:

«Si hay tanto miedo o es demasiado inseguro, y el desequilibrio es tan grande, la mayoría de las veces he separado a la pareja y he hablado con cada miembro por separado; entonces, como terapeuta, empiezas a pensar en otros caminos distintos de la terapia de pareja conjunta».

Como resultado de esta conciencia, las personas terapeutas permanecían atentas a si la violencia estaba inserta en un «régimen coercitivo» y, por tanto, restringía la posibilidad de sesiones conjuntas.

3.1.3. Grado de gravedad, miedo y violencia latente

La cita anterior aludía a algo que las personas terapeutas asociaban a menudo estrechamente con el control coercitivo: el grado de gravedad, el miedo y la violencia latente. Sugerían que no existe necesariamente una correlación directa entre los actos de violencia en sí y sus consecuencias para la pareja y la familia, porque factores de riesgo y de protección individuales, relacionales y contextuales pueden mediar la vivencia de la violencia. Sin embargo, subrayaban una distinción crucial para su toma de decisiones: si la violencia había llevado a uno o a ambos miembros de la relación a adoptar comportamientos desadaptativos en su vida cotidiana, como explicó Thomas (GF2):

«Ahora tengo una pareja en la que hubo un incidente violento hace 13 años, un incidente de violencia muy grave. Y, y es un ejemplo muy ilustrativo, entonces, de, de lo grave que puede ser la violencia. Porque todavía controla sus vidas, de verdad… Eh, y ha sido una parte importante de su vida familiar durante todos estos años, hasta ahora».

Nora (GF1) acababa de empezar a trabajar con una pareja en la que la violencia se convirtió rápidamente en un problema, y dijo:

«Tengo un caso nuevo así, donde hay mucha violencia latente. Él dice que no ha habido muchos incidentes desde hace bastante tiempo. Y ella está de acuerdo, pero es con la violencia latente con lo que lucha, cómo maniobra para evitar nuevos episodios, y que le tiene miedo. Lleva ese miedo dentro, aunque no haya muchos episodios nuevos y concretos».

Las personas terapeutas consideran la presencia de miedo y de violencia latente como indicadores de la gravedad de la violencia y de su impacto retrospectivo. Así, en el contexto de una colaboración continuada en un marco conjunto, varias de ellas observaban cómo las personas consultantes adaptan sus interacciones relacionales, y este comportamiento se consideraba una posible pista para orientar las intervenciones y para valorar la capacidad de la pareja de implicarse en el trabajo terapéutico. A las personas terapeutas también les preocupaba si estas interacciones y comportamientos relacionales se manifestaban en la sala de terapia. Si así era, tenía poco sentido para ellas utilizar el formato de la terapia de pareja conjunta, debido al miedo y a la falta de seguridad que caracterizaban la relación e influían en las partes de tal manera que no podían hablar con suficiente libertad y, por tanto, no podían tematizar ni trabajar los patrones destructivos para aumentar la seguridad. Como lo expresó Emma (GF3):

«En cierto modo, crear una sensación de seguridad es un requisito previo para que puedan hablar de algo tan difícil».

3.1.4. La situación de la infancia

Pese a tratarse de terapia de pareja, todos los grupos focales abordaron y subrayaron la importancia de tener en cuenta la situación de hijas e hijos y la capacidad de cuidado de madres y padres cuando la violencia surge como problema. Esta consideración cumple una doble función informativa: saber si son necesarias medidas para garantizar la seguridad y el desarrollo de la infancia, y si la terapia de pareja conjunta es la intervención adecuada en ese momento. Las personas participantes consideraban que la infancia expuesta a la violencia de pareja, y que es testigo de ella, corre un mayor riesgo de desarrollar problemas de salud mental, del desarrollo y de conducta. También reconocían que la violencia en la relación adulta afecta a la capacidad de cuidado parental y desvía la atención de las necesidades de la infancia y de las suyas propias. Así, en algunos casos, consideraban que la situación de la familia y de la infancia era demasiado frágil o incierta para continuar con las sesiones conjuntas. Por ejemplo, Ingvild (GF3) había trabajado recientemente con una pareja en la que evaluó que la situación de la infancia era crítica y que las sesiones conjuntas y la terapia de pareja eran inadecuadas. Recomendó a los servicios de protección de la infancia (CPS) que investigaran más a fondo, dadas las circunstancias angustiosas.

«Tenemos estos casos y donde pensamos que aquí hay unas relaciones de poder con pesos muy distintos en la relación, aquí hay un alto grado de violencia psicológica, aquí hay unos críos que están bastante dañados por ello, y entonces pensamos: “pero yo aquí no puedo hacer nada”. Aquí es demasiado frágil, aquí está demasiado agotado, aquí están demasiado desgastados. Entonces enviamos una notificación de preocupación (CPS), y luego nos llega ese rechazo, y entonces piensas: ¿y ahora qué hacemos? Así que hay personas que no reciben ayuda, y aquí hay unos críos que están sufriendo. Y yo he evaluado que aquí no puedo hacer nada porque está demasiado agotado, es demasiado grave, y es imposible que los Servicios de Orientación Familiar hagan un trabajo suficientemente bueno en este caso. ¡Creo que hay alguien que, ante todo, tiene que entrar y averiguar cómo demonios están esos críos! ¡Y luego se deja estar!»

Así, las personas terapeutas se enfrentaban con frecuencia a dilemas, malestar y tensión emocional en relación con el bienestar de la infancia, con independencia de sus interacciones con la infancia. En consecuencia, la perspectiva de la infancia estaba presente en todos los grupos focales. No obstante, había una variabilidad notable en la manera en que las personas terapeutas describían el alcance de su contacto directo y de su implicación con la infancia.

3.1.5. Consumo de sustancias y trauma

Todas las personas terapeutas destacaron que las parejas en «casos de violencia» suelen lidiar con otros factores de estrés vital y con dificultades añadidas que pueden afectar significativamente a su funcionamiento, al riesgo de violencia recurrente y a la posibilidad de implicarse en una terapia de pareja. Entre estas distintas dificultades y complejidades, el consumo de sustancias y el trauma resultaron especialmente relevantes. Varias personas terapeutas destacaron cómo las respuestas traumáticas relacionadas con la pareja actual o con relaciones anteriores podían generar una sensación generalizada de inseguridad y de falta de seguridad, lo que llevaba a pensar que las sesiones conjuntas podían no ser adecuadas. Dos de ellas trabajaban juntas con una pareja en la que la mujer era la agresora en la relación actual, pero tenía un historial de respuestas traumáticas graves derivadas de una relación anterior. Sigrid (GF3) dijo:

«Muchos abusos, y todo lo que te puedas imaginar. Así que, así que la cuestión es si alguna vez dejará de volver a caer todo el tiempo en viejos sentimientos».

Ambas personas terapeutas pensaban que ella estaba desbordada y fisiológicamente inundada, de modo que las interacciones con su nueva pareja escalaban durante las sesiones, lo que dificultaba regular y conducir las conversaciones. Por ello, decidieron que las sesiones individuales ofrecerían un formato más seguro. En el grupo focal uno también les preocupaba cómo el consumo de sustancias vuelve las sesiones y el proyecto terapéutico más inmanejables e imprevisibles y genera incertidumbre, Sunniva (GF1):

«En algunos de estos casos también hay consumo de sustancias, y es también un factor complejo que tiene que ver con la seguridad y la inseguridad. A veces es la persona expuesta, y a veces es la persona que ejerce la violencia quien tiene un problema de consumo».

Las personas terapeutas consideraban el consumo de sustancias como un riesgo elevado de nueva violencia y estimaban esencial «tenerlo bajo control» antes de que las sesiones conjuntas y la terapia de pareja pudieran percibirse como suficientemente seguras.

3.1.6. Reconocimiento de la violencia

Una de las dificultades que encontraban las personas terapeutas al abordar el comportamiento violento era que podía desencadenar reacciones defensivas, como minimizar, trivializar o racionalizar la violencia y sus consecuencias. Las personas también pueden quedar atrapadas en un patrón de culpar a otras o de justificar sus actos. No obstante, todas las personas participantes de los grupos focales sostenían que era un requisito previo para siquiera considerar que las sesiones conjuntas eran adecuadas y suficientemente seguras, es decir, que hubiera un reconocimiento «suficiente» de la violencia por ambas partes. Tone (GF 4) reflexionó sobre un caso que llevaba junto con una colega del mismo grupo focal, en el que habían decidido que por el momento no podían continuar con las conversaciones conjuntas. Vivieron y pensaron que:

«No hay reconocimiento de la violencia, como el tipo con el que trabajamos, y entonces no entramos en ello, se convierte como en un criterio. Tenemos que ver ese reconocimiento».

Sin tal reconocimiento, para las personas terapeutas no tenía sentido continuar con las sesiones conjuntas.

3.2. Tema experiencial grupal 2: ¿Tenemos un proyecto común y regenerador?

El primer tema experiencial grupal era «específico de la violencia» y se orientaba hacia lo que las personas terapeutas percibían como señales vinculadas a la gravedad, al riesgo inminente de escalada o de nueva violencia, y a la pregunta «¿Puede ser suficientemente seguro?». En cambio, el segundo tema experiencial grupal abordaba la terapia y la cooperación de manera más general. Este tema experiencial grupal integraba cuatro focos, que recogen aquello hacia lo que se orientan las personas terapeutas para valorar si viven como posible un proyecto común y regenerador (véanse la Figura 2 y la Tabla 3).

Tema experiencial grupal 2: ¿tenemos un proyecto común y regenerador?
Figura 2. Tema experiencial grupal 2: ¿tenemos un proyecto común y regenerador?

Tabla 3 — Presencia de los subtemas del tema experiencial grupal 2, por grupo focal.

  • ¿Desean ambos miembros de la pareja seguir juntos? GF 1, GF 3, GF 4.
  • ¿El mismo foco? GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Capacidad y disposición para hacer terapia. GF 1, GF 2, GF 4.
  • ¿Es suficiente? GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.

Mientras que algunas personas terapeutas ponían el acento y se orientaban sobre todo hacia los distintos aspectos del tema experiencial grupal 1, otras se centraban casi en la misma medida en la experiencia de tener un proyecto común y regenerador al decidir si las sesiones de pareja conjuntas eran o podían ser constructivas. La siguiente cita extensa de Ingvild (GF 3) resume muchos de los subtemas del segundo tema experiencial grupal, que se desglosarán y desarrollarán más adelante:

«En mi experiencia, en cierto modo, no es la gravedad de la violencia lo que decide. He tenido bastantes casos, y los tengo ahora, en los que ha habido estrangulamiento, violencia con daños físicos y visitas a urgencias. Así que eso no es lo que necesariamente me excluye de pensar que podemos hacer algo juntos. Es la medida en que ambas partes están dispuestas a asumir la responsabilidad, a mirar su propia contribución y, en cierto modo, preparadas para trabajar en serio y darle prioridad de una sesión a otra. Así que es como, sí, la motivación, la capacidad y la disposición de las personas a mirar lo que hacen, eso es lo importante en primer lugar. Pero luego hay algo de cuando vemos que no tiene la progresión que esperamos. En cuanto a que los episodios que dan miedo terminen, eh, ¿qué hacemos entonces?»

3.2.1. ¿Desean ambos miembros de la pareja seguir juntos?

Muchas personas terapeutas consideraban fundamental plantear preguntas sobre la premisa que con mayor frecuencia lleva a la pareja a ponerse en contacto con los NFCS, a saber, que quiere reforzar y mantener su relación. Así pues, ¿desean ambos miembros de la pareja seguir juntos? Nora se refiere a continuación a una experiencia reciente:

«En la primera sesión, él tiene muchas ganas de que sea una terapia de pareja, y de reencontrarse o reparar y reforzar la relación, mientras que ella se inclina más bien a salir de la relación».

Muchas personas terapeutas habían vivido experiencias similares, ya fuera en la fase inicial o porque se fue haciendo más evidente a medida que avanzaban el proceso y la colaboración. Aun así, varias consideraban inadecuado trabajar con la pareja en sesiones conjuntas si resultaba que uno de sus miembros quería salir de la relación. Sin embargo, la mayoría de las personas participantes de los grupos focales reconocía que estas situaciones rara vez son del todo nítidas y que la pareja suele vivir una gran ambivalencia sobre si quiere invertir en la relación e intentar «salvarla». Varias personas terapeutas vivían y veían esto como un momento oportuno para que las parejas exploraran y discernieran con seguridad su camino, preferiblemente con la guía de la persona terapeuta en lugar de intentar recorrer este proceso en soledad. Stig, del primer grupo focal, reflexionaba al respecto:

«Creo que hay un número sorprendente de casos en ese terreno de la clarificación. Así que está bien, creo, que esas personas tengan la oportunidad de reflexionar consigo mismas y con su pareja sobre qué van a hacer ahora. Antes de seguir adelante, para que no se precipiten ni a reforzar ni a romper la relación».

Petter (GF 2) había tenido experiencias comparables; sin embargo, también subrayó que, en varias de las parejas que había atendido, parecía que uno de los miembros de la relación había iniciado la terapia conjunta porque necesitaba un entorno seguro para hablar del final de la relación y comenzar ese proceso:

«Sí, y muchas de las personas que nos consultan en una fase de clarificación, a menudo una de ellas ha decidido de antemano que no va a continuar con esto, pero necesita un proceso seguro para ello».

Así pues, un punto crucial de clarificación es si la pareja desea seguir unida. Sin embargo, como se desprende de las citas anteriores, puede haber sentimientos de ambivalencia o una probabilidad significativa de ruptura. Aun así, la persona terapeuta puede considerar que tiene sentido continuar con las sesiones conjuntas. Su intención no es necesariamente «volver a unir a la pareja», sino que considera que las sesiones conjuntas podrían ayudar a la pareja a encontrar un camino más seguro.

3.2.2. ¿El mismo foco?

Las personas terapeutas también desempeñan un papel crucial dentro del «sistema terapéutico»; este aspecto fue un tema reconocido en todos los grupos focales. Subrayaron la importancia del alineamiento y de un foco compartido, insistiendo en que tanto la persona terapeuta como la pareja deben comprometerse con el proyecto terapéutico, con independencia de los objetivos concretos que se propongan alcanzar. Nora (GF 1) condensó esta idea cuando señaló:

«Es una dificultad que a veces pienso, Dios mío, tenéis que separaros, mucho antes de que lo piensen las personas en cuestión, y entonces no es seguro que yo sea muy buena terapeuta, si tengo en la cabeza una solución distinta de la que tiene la propia pareja. Así que es duro, ese punto de inflexión, ¿cómo voy a poder seguir de algún modo lo bastante de cerca el proceso de las personas consultantes?»

La noción de «punto de inflexión» fue un tema recurrente en todos los grupos focales; se refería al momento en el que la persona terapeuta tenía dificultades para continuar con el proyecto terapéutico de uno o de ambos miembros de la pareja. En este contexto, se hizo evidente que algunas personas terapeutas mostraban un mayor grado de seguridad en sí mismas para «dar un paso al frente» y tomar estas decisiones. Otras, en cambio, lidiaban con un conflicto interno al apartarse de sus prácticas y principios terapéuticos establecidos. En el grupo focal dos se desarrolló una discusión significativa, iniciada por Thomas, que relató un caso en el que había dicho a la pareja:

Thomas: «No creo que debáis seguir en pareja, ¿vale? Ser tan claro, eso me parece difícil. Porque va tan en contra de lo que nos han inculcado durante años, en cierto modo».

Herman: «Sí».

Thomas: «Así que adoptar una, eh, una posición así, eso me parece difícil».

Herman y Petter: «Mmm, sí» (asienten).

Thomas: «Y eso, y luego lo siento tirar dentro de mí, cuando lo hice. Y es bastante desconcertante, porque no es, no son esas personas en realidad, es, es la cultura en la que en cierto modo estoy inmerso y de la que estoy saliendo, en cierto modo, eso de que no deberíamos hacerlo».

Pese a los distintos grados de seguridad en sí mismas, todas las personas terapeutas reconocían la necesidad de adoptar un enfoque distinto cuando se trata de problemas de violencia, en comparación con casos en los que no hay tales dinámicas, dificultades y posibles preocupaciones por la seguridad.

3.2.3. ¿Capacidad y disposición para hacer terapia?

Un aspecto fundamental de la viabilidad de un proyecto común y regenerador giraba en torno a la evaluación, por parte de la persona terapeuta, de la capacidad y la disposición de la pareja para participar activamente en los procesos necesarios para un cambio de comportamiento y de situación. Ingvild (GF 3) desarrolló esta idea cuando afirmó:

«Menos mal que somos capaces de cambiar de comportamiento, los seres humanos, pero eso requiere una presencia y una capacidad enormes, que son tremendas».

Esta noción de capacidad y disposición abarcaba diversas dimensiones. Por un lado, implicaba tener en cuenta las condiciones socioeconómicas y situacionales que afectaban a la pareja. Por otro, remitía a la percepción que la persona terapeuta tenía de las disposiciones y actitudes actuales de cada persona consultante respecto a implicarse activamente en los procesos destinados a reducir el riesgo de nueva violencia y a aumentar la seguridad de todos los miembros de la familia. Ingvild y Sigrid (GF 3) desarrollaron esta doble perspectiva y aportaron sus reflexiones al respecto:

Ingvild: «Así que intento captar tanto la capacidad como la motivación. Y al mismo tiempo la disposición e incluso la aptitud… y la verdad es que no deberíamos sobrestimar nuestra importancia. Pensar que personas que están tan “luchando de verdad en la vida”; está el Covid y son de otros países, llevan un par de años sin contacto con su familia de origen, han tenido un hijo entretanto, ¿no? No es su idioma, no entienden necesariamente gran cosa del sistema de Seguridad Social, que tampoco quiere decir que yo entienda un pimiento. Y es que, bueno, están tan al límite y luchando, ¿verdad?…»

Sigrid: Mmm (asiente).

Ingvild: «…les quedan tan pocas fuerzas, recibirlos y pensar que con una hora aquí cada dos semanas vamos a marcar una gran diferencia, es un poco ingenuo».

Por tanto, en algunos casos, las decisiones de continuar o interrumpir las sesiones conjuntas se basaban en el reconocimiento de la incapacidad de la pareja, derivada de factores contextuales enraizados en una perspectiva sistémica. Otras veces, era la percepción que la persona terapeuta tenía del compromiso y de la motivación de la pareja para cambiar su situación actual lo que influía en la decisión. Jacob, participante del grupo focal uno, compartió:

«Si estás a gusto en tu “vida actual” o tienes demasiado control de la situación. En cualquiera de los dos casos, es difícil, hablando, conseguir que piensen: uy, ahora sí que tengo que espabilar, porque esto no es bueno para nosotros. Eso no es fácil».

Al mismo tiempo, las personas terapeutas subrayaron que los conceptos de capacidad y disposición no deben considerarse atributos binarios, totalmente presentes o ausentes. Abogaban, en cambio, por una perspectiva más matizada, que los considere variables situadas a lo largo de un espectro que va de lo sólido a lo limitado. Observaban que estas capacidades podían fluctuar con el tiempo y podían ser también un foco principal de atención y de intervención, con el objetivo de reforzar la aptitud y la motivación de la pareja para reducir el riesgo de violencia y aumentar la seguridad. No obstante, insistían en que, incluso en la fase inicial, debe ser evidente un nivel mínimo de capacidad y de disposición para que las sesiones conjuntas sean una opción viable.

3.2.4. ¿Es suficiente?

La capacidad y la disposición de la pareja para crear un entorno de vida más seguro para todas las personas implicadas son sin duda cruciales. Sin embargo, las personas terapeutas subrayaron también su responsabilidad de evaluar si la colaboración y lo que ellas mismas, como terapeutas, y los NFCS podían aportar era suficiente, y/o si había otros servicios más adecuados para responder a las necesidades de esa familia. Esto era esencial justo después de que la violencia se convirtiera en la preocupación principal, pero también requería un seguimiento continuo. Sigrid, del grupo focal dos, dijo:

«Y luego siempre está esa consideración de si hay mejores servicios en otra parte».

Su colega Ingvild se refirió a una conversación en la que había planteado a la pareja que, según su evaluación, los servicios de los NFCS por sí solos no serían suficientes, y a que era esencial ser transparente y hablarlo con la pareja:

«Y se lo dije a la pareja. Que creo que esto no es justo para vosotros. No, porque es una ayuda demasiado insuficiente en este momento, así que ¿cómo podemos pensar la situación entonces?»

Las personas terapeutas del grupo focal dos habían sentido con demasiada frecuencia malestar porque los recursos y el marco de su oficina de orientación familiar mermaban los servicios que inicialmente podían ofrecer y que consideraban que la pareja necesitaba para generar procesos regeneradores. Su principal preocupación giraba en torno a la dificultad de programar sesiones regulares y frecuentes y, si era necesario, de incorporar al proceso a una persona coterapeuta. Sigrid e Ingvild (GF 3) expresaron su experiencia: cuando la violencia entraba en juego, su primer instinto era fijar rápidamente citas de seguimiento, pero eso era complicado y rara vez posible, lo que generaba inquietud:

Sigrid: «A veces puede ser difícil trabajar en estos casos, y pienso que no puedo. ¡Tengo la próxima cita libre dentro de 6 semanas!»

Ingvild: «Es una crisis total».

Sigrid: «Y si voy a tener a alguien de coterapeuta, entonces pasan al menos ocho semanas antes de que pueda volver a ver a la pareja… Y eso es, eso nos puede agotar muchísimo, muchísimo».

En cambio, en otras ocasiones, las personas terapeutas sentían y consideraban que disponían de los recursos necesarios y de un marco propicio que les permitía establecer procesos regeneradores y experimentar una sensación de dominio en su trabajo. Sin embargo, la pregunta de si «¿es suficiente?» seguía siendo pertinente. Una parte integral de esta pregunta consistía en vigilar cualquier incidente violento entre sesiones. Por ejemplo, Sunniva (GF3) mencionó:

«Han pasado dos semanas desde la última vez que nos vimos, ¿verdad? ¿Ha habido algún episodio especialmente aterrador o especialmente angustioso desde la última vez? ¿Cómo lo habéis vivido? Así, así que algo así…, intento llegar a lo peor que haya pasado desde la última vez, y luego lo desmenuzamos en términos de comportamiento».

Al mismo tiempo, les preocupaba cómo evolucionaba con el tiempo la interacción dentro de la pareja o la familia. Ingvild prosiguió:

«Así que se trata a la vez de: ¿parece que empiezan a pensar de otra manera sobre sí y sobre su situación? ¿Parece que este cambio de percepción se traslada a lo que realmente hacen? Eso por un lado, pero también, ¿en qué medida hay de algún modo un cambio en la comprensión significativa de lo que les está pasando, y de lo que aportan por su parte? ¿Están ayudando o manteniendo la situación?»

Así, en este contexto, las personas terapeutas subrayaron la importancia de una evaluación continua para determinar si la colaboración avanzaba en la buena dirección y si las medidas eran suficientes o hacían falta otras acciones.

3.3. Tema experiencial grupal 3: Tres fuentes clave para la construcción de sentido

El tercer tema experiencial grupal describe tres fuentes clave respecto a cómo «leían» la situación las personas terapeutas y cómo fundamentaban sus decisiones. Utilizaban tres fuentes clave para dar sentido a las dos preguntas que constituían los dos temas experienciales grupales anteriores: «¿Es suficientemente seguro?» y «¿Tenemos un proyecto común y regenerador?». Las tres fuentes eran: la construcción de sentido a través del lenguaje, la construcción de sentido a través de las emociones, las sensaciones y los cuerpos en interacción, y la construcción de sentido a través de las experiencias previas y los casos paradigmáticos. Sin duda hay solapamiento entre estos tres recursos de construcción de sentido, y en el análisis se nutrirán mutuamente. Así, no se trata de que las personas terapeutas fundamenten sus elecciones en uno u otro recurso, sino más bien de una cuestión de foco y de prioridad: qué modalidad es accesible para la persona terapeuta y, en su caso, cuál elige priorizar en un momento dado (véanse la Figura 3 y la Tabla 4).

Tema experiencial grupal 3: tres fuentes clave para la construcción de sentido.
Figura 3. Tema experiencial grupal 3: tres fuentes clave para la construcción de sentido.

Tabla 4 — Presencia de los subtemas del tema experiencial grupal 3, por grupo focal.

  • Construcción de sentido a través del lenguaje. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Construcción de sentido a través de las emociones, las sensaciones y los cuerpos en interacción. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.
  • Construcción de sentido a través de las experiencias previas y los casos paradigmáticos. GF 1, GF 2, GF 3, GF 4.

3.3.1. Construcción de sentido a través del lenguaje

A la hora de determinar si continuar con las sesiones conjuntas, parece que las personas terapeutas se apoyan en gran medida en el proceso de construcción de sentido a través del lenguaje. En este estudio, el lenguaje no es solo el medio por el que reflexionan sobre sus decisiones y expresan sus pensamientos y reflexiones al respecto: en general, el lenguaje es también la fuente principal que guía el proceso de toma de decisiones en el que están inmersas.

Además, y de manera más específica, las personas terapeutas empleaban diversos términos y conceptos teóricos o derivados de la práctica para comprender e iniciar indagaciones, y para evaluar distintos aspectos que consideran pertinentes y significativos para su decisión. Los temas subordinados de los temas experienciales grupales 1 y 2 ofrecen ejemplos de estos términos y conceptos incorporados activamente por las personas terapeutas. Estos términos y conceptos eran «herramientas» y fuentes potentes, que hacían emerger ciertos aspectos y les permitían aparecer «a la luz».

Un ejemplo concreto e ilustrativo es el concepto de «poder y control coercitivo». Pese a ligeras variaciones de terminología y de formulación entre las personas terapeutas, las 12 se refirieron sistemáticamente a este concepto a lo largo de las entrevistas de los grupos focales. Aunque es posible dar definiciones operativas precisas, las personas terapeutas no consideraban que las definiciones precisas fueran el aspecto principal o fundacional de su toma de decisiones. Lo utilizaban más bien de forma laxa, como una «lente perceptiva» que guiaba su indagación y su exploración sin proporcionar un plano rígido de lo que había que buscar. Parecía que utilizaban el concepto para dirigir su atención hacia rasgos esenciales que, en su opinión, ofrecerían un punto de partida pertinente para indagar y construir una base suficiente para su construcción de sentido y su toma de decisiones. Por ejemplo, en el grupo focal dos, Thomas utilizaba con frecuencia el concepto de «poder y control coercitivo» como punto de entrada y como marco para examinar distintas facetas de la vida cotidiana de la pareja.

«Tematizo la igualdad y el poder y el control coercitivo en la relación. Cómo se vive, eh, y esa es una manera para mí de comprobar, mi preocupación, entonces. Si me, me preocupo más, después de haber explorado ese tema, eh, en relación con, quién toma las decisiones, en relación con, puede tratarse del dinero. Puede tratarse de, de, eso en relación el uno con el otro: Eh, y esa es una manera de comprobar, ¿era acertada mi intuición?»

Sunniva (GF3) también utilizaba el poder y el control coercitivo como término y concepto cuando la violencia se convertía en un problema, y como «lente perceptiva» para evaluar si era apropiado seguir con las sesiones conjuntas:

«Ir más allá en qué, qué más hay en esa relación en cuanto a distintos aspectos de poder, entonces, es decir, qué tipo de impotencia es la que vive quién, en qué situaciones, y qué tipo de posiciones de poder existen, ¿qué hace eso a la dinámica de la relación y a la comunicación, entonces?»

Estos conceptos contribuían claramente a describir y a iluminar distintos aspectos que, de otro modo, podrían haberse pasado por alto o haberse perdido bajo un exceso de información y de impresiones.

3.3.2. Construcción de sentido a través de las emociones, las sensaciones y los cuerpos en interacción

Varias personas terapeutas empleaban expresiones como «el ambiente en la sala», «la vibra», «tuve una corazonada», «noté» o «sentimientos y atmósfera intensos» al describir sus percepciones intuitivas de la dinámica en curso en el contexto terapéutico.

Así, la segunda fuente principal de información de las personas terapeutas sobre cómo «leer la sala» eran sus percepciones intuitivas de la dinámica en curso en el contexto terapéutico; más concretamente, sus sentimientos y sensaciones corporales basados en la experiencia y su impresión de los cuerpos y de la interacción de la pareja en la sala. Consideraban esta fuente de información indispensable para dar sentido a los entresijos de las sesiones conjuntas, guiar sus intervenciones, supervisar el proceso terapéutico y fundamentar la evaluación y la gestión del riesgo. Aunque los cuatro grupos focales abordaron este aspecto en alguna medida, las discusiones de los grupos focales 1 y 4 profundizaron más en la sensibilidad de las personas terapeutas a estas dinámicas no verbales y en su interpretación activa, como ilustra Stig, del grupo focal 1:

«Esa dinámica, al llegar de la sala de espera, cuando entran en el despacho, cómo se sientan, cómo hablan, no se hablan, también cómo, también cómo reaccionan cuando digo que quiero tener conversaciones individuales por separado, es decir, todas esas respuestas. Tanto cómo maniobran el uno respecto al otro como respecto a mí, eso aporta mucho».

Vivir estas interacciones deja impresiones corporales, y la construcción de sentido que hacen las personas terapeutas de la interacción en la sala les ayuda a considerar qué medidas y qué alternativas de acción pueden verse como factibles. Tone lo desarrolló (GF 4):

«Si es muy, si hay un sentimiento o una atmósfera tan intensos que parecen casi palpables en la sala, una muy tensa, temblorosa, una de las personas no hace contacto visual, y la otra está muy, cómo decirlo, una tiene muchas ganas de hablar, y expone la situación. Entonces puedo sentir el malestar y la angustia de que, aquí hay algo, eh, y eso como que frena la posibilidad de adentrarme en el terreno tanto como quizá lo habría hecho».

Cuando las personas terapeutas sentían este malestar corporal y no tenían claro cuál era la manera más adecuada de proceder, varias participantes lo describían como un diálogo interior y decían que, en efecto, tomaban decisiones intuitivas que, a su juicio, protegían mejor la seguridad. Este proceso de decisión interno e intuitivo planteaba un dilema a algunas, ya que contradecía su aspiración a la apertura y la transparencia en las sesiones conjuntas con la pareja. Thomas, que participó en el grupo focal dos, ofreció reflexiones sobre este delicado ejercicio de equilibrio:

«No me quedo con esa sensación sin hacer algo, entonces, así que soy como, siempre hago algo cuando tengo una corazonada así, o, si se habla de ello, es raro, así que intento ser transparente, entonces, así que, así que probablemente soy transparente cuando trabajo con parejas… Pero eso tiene que ser mi evaluación de, qué puedo decir, o ¿cuánto me preocupa que vaya a pasar algo malo, entonces? Sí, si tengo suficiente miedo de ello, contacto con mi colega o con la dirección. Eh, o, o si estoy lo bastante, entonces, en cierto modo, espero para hablar de estas cosas y lo compruebo más en conversaciones individuales».

Algunas describían esta sensibilidad y esta capacidad de registrar e interpretar el propio cuerpo y el de las demás personas, las emociones y las interacciones como indispensables para decidir si las sesiones conjuntas eran adecuadas. Al mismo tiempo, varias personas terapeutas describían este proceso de interpretación como difícil de poner en palabras: más bien «operaba» como una sensación que influía en su impresión y en su acción.

3.3.3. Construcción de sentido a través de las experiencias previas y los casos paradigmáticos

Las personas participantes en el estudio eran casi exclusivamente terapeutas con experiencia, con una larga trayectoria en los NFCS y una experiencia superior a la media en casos en los que la violencia era una de las preocupaciones principales. Sería poco plausible afirmar que sus ideas existentes y sus experiencias previas no influían en su construcción de sentido ni en sus decisiones. Estas personas terapeutas llevaban consigo el peso de experiencias pasadas, en particular de algunos casos paradigmáticos que habían dejado una huella duradera en su conciencia y en su cuerpo. Relataban con viveza cómo estas experiencias pasaban a primer plano e influían en su «construcción clínica de sentido» ante situaciones nuevas y similares, aportando sugerencias más o menos acertadas para la toma de decisiones y la acción. Stig, en el grupo focal 1, habló de cómo sus experiencias en varios casos se habían ido acumulando y habían contribuido a que estuviera más alerta, y lo habían llevado a una curiosidad y a una indagación mayores que antes:

«Probablemente me he asustado yo mismo, cuando he descubierto después lo feo que ha sido y lo cerca de la muerte que ha estado una de las partes, así que probablemente me ha hecho aún más, quizá sensible, pero muy alerta para preguntar ¿de qué tipo de violencia estamos hablando? ¿Hasta dónde llega? ¿Con qué fuerza pegas? ¿Qué utilizaste? ¿Verdad? ¿Hasta qué punto es grave esto en términos de supervivencia? Porque me he vuelto, quizá tengo un trauma secundario (risas), pero me he sentido un poco intimidado unas cuantas veces por lo cerca que ha estado de salir terriblemente mal».

Otras veces, no eran experiencias múltiples y recurrentes las que daban forma a la práctica de la persona terapeuta y a sus «mapas mentales cognitivos» vinculados a la toma de decisiones, sino un acontecimiento singular o un caso paradigmático que había ejercido una influencia duradera. Hacia el final de la cuarta sesión de entrevista, cuando se invitó a las personas participantes a compartir cualquier reflexión adicional, Emma, una terapeuta veterana del grupo focal, relató un caso de su pasado que se remontaba a casi un cuarto de siglo. Este caso concreto le había dejado una huella profunda y duradera, como ella misma dijo:

«Tuve una pareja en la que sentí con mucha fuerza que algo no iba bien. Él era bastante grande, y ella pequeña, y ella estaba muy tensa. Tuve un par de conversaciones con la pareja, y luego la perdí. Y pensé, probablemente allí había violencia, lo he pensado después. Y me viene a la mente, muchas veces desde entonces. Llevo esa imagen conmigo. Se me escaparon de las manos. En aquella época no tenía suficiente formación y era demasiado novata, pero esa imagen la tengo, de esa tensión y esa ansiedad. Así que puedo reconocerla. Sí, lo veo, mucho. Se me ha quedado grabado como un recuerdo muy poderoso. Cuando lo veo, en cierto modo, reconozco esa tensión (en casos nuevos)… Me afecta, ahora necesito estar más afinada».

Algunas personas terapeutas describían cómo sus experiencias previas y sus casos paradigmáticos moldeaban su sensibilidad a aspectos específicos y su comprensión de fondo. Así, en algunos casos, el peso de las experiencias pasadas se vivía como un recurso y, otras veces, como una limitación. Con todo, ofrece un marco para valorar la información y las complejidades al evaluar las nuevas situaciones de los casos que encontraban.

4. Discusión

La violencia en la pareja plantea un reto significativo en el ámbito de la terapia de pareja. Este artículo ha explorado la «construcción clínica de sentido» de terapeutas de pareja cuando lidian con la cuestión de continuar o no las sesiones conjuntas en presencia de violencia e intentan orientarse en ella. El artículo ofrece una perspectiva única sobre «qué» es aquello hacia lo que se orientan las personas terapeutas y «cómo» intentan formarse una impresión acerca de si continuar con las sesiones conjuntas. Las descripciones que las personas terapeutas hacen de la «construcción clínica de sentido» revelan que este proceso no se limita a identificar la mera presencia o ausencia de violencia; se adentra en el contexto singular de cada caso, caracterizado por la intuición, una consideración holística y una complejidad e incertidumbre inherentes. También pone de relieve los procesos y los dilemas de las personas terapeutas cuando se comprometen con la seguridad y buscan procesos regeneradores. Al mismo tiempo, reconocen los límites de las sesiones conjuntas y que no todas las parejas pueden beneficiarse de ellas (véase la Figura 4).

Visualización de la interconexión de los temas experienciales grupales 1, 2 y 3 con la pregunta principal de investigación.
Figura 4. Visualización de la interconexión de los temas experienciales grupales 1, 2 y 3 con la pregunta principal de investigación.

Una vez que la violencia se ha convertido en un problema en la terapia de pareja, la primera etapa de la construcción clínica de sentido consiste en formarse una primera impresión de la situación con vistas a los pasos siguientes del proceso. Aunque esta suele ser la fase en la que la persona terapeuta dispone de menos información, los «datos brutos» pueden ser ya abundantes y abrumadores. Schön describe que los problemas que afrontamos en la práctica profesional no son necesariamente claros ni sencillos. A menudo nos encontramos en situaciones caracterizadas por la incertidumbre, la inestabilidad y los conflictos de valores. Escribe: «Los problemas de la práctica en el mundo real no se presentan a quienes ejercen como estructuras bien formadas. De hecho, tienden a no presentarse en absoluto como problemas, sino como situaciones confusas e indeterminadas» [59] (p. 4). Cuando el mundo parece caótico e indómito, las propias personas deben crear significado mediante sus construcciones y definiciones. Este proceso de establecer distinciones es un acto interpretativo y de construcción de sentido [60]. Cuando construimos un problema y le damos sentido, lo hacemos mediante un: «…proceso complementario de nombrar y enmarcar. Se seleccionan cosas para prestarles atención y se nombran de tal manera que encajen en el marco construido para la situación» [61] (p. 146). Así, cuando las personas terapeutas se encuentran ante esta situación compleja o ambigua en la que la violencia se ha convertido en la preocupación principal, buscan instintivamente reducir la incertidumbre y hacer el mundo más previsible. El análisis de este estudio muestra que las personas terapeutas intentan dar sentido estableciendo distinciones, es decir, «nombrando» y «enmarcando» a través de los «qué» (temas experienciales grupales 1 y 2: ¿es suficientemente seguro?, y ¿tenemos un proyecto común y regenerador?). Este proceso moldea la interpretación de las personas terapeutas y crea una «lente» que influye en la impresión que se forman de una situación y se la proporciona.

Esta lente a través de la cual las personas terapeutas interpretan el mundo que las rodea depende de los conocimientos previos, las creencias, los valores y las experiencias pasadas de cada individuo. Desde la perspectiva de Gadamer, el prejuicio no es un obstáculo, sino una condición previa positiva para comprender cualquier cosa [62]. Así, sin nuestros prejuicios y horizontes de comprensión históricamente determinados, no hay nada en lo que apoyarse para dar sentido a la situación. Por tanto, intentar comprender una situación y darle sentido implicará siempre situar el fenómeno de la comprensión en el contexto de nuestra precomprensión y de nuestros prejuicios, que siempre están relacionados con un contexto histórico y social particular.

A través del tema experiencial grupal 3, presentamos «cómo» las personas terapeutas intentan dar sentido a la situación y formarse una impresión de ella recurriendo a tres fuentes de información distintas: «el lenguaje», «las emociones, las sensaciones y los cuerpos en interacción» y «las experiencias previas y los casos paradigmáticos». Hemos utilizado el término «impresión» en varios lugares del texto. Sara Ahmed [63] sugirió que el término «impresión» puede difuminar de forma constructiva las fronteras entre sensaciones corporales, emociones, procesos cognitivos y evaluación. Esto puede servirnos y permitirnos trascender las distinciones analíticas rígidas entre estos componentes de la experiencia humana y, al mismo tiempo, reconocer la interconexión de estos ámbitos. Así, el uso del término «impresión» en el contexto de cómo construyen sentido las personas terapeutas en este artículo remite a la interacción entre percepción, cognición, sensación y emociones, y a cómo estos ámbitos influyen en nuestras impresiones. Una vez que las personas terapeutas se han formado una impresión comprensible de una situación en cuanto a la seguridad y han evaluado la viabilidad de un proyecto común y regenerador, esta impresión sirve de trampolín y de base para las consideraciones, decisiones y acciones clínicas en estas cuestiones.

A lo largo del proceso de dar sentido a la situación y de decidir si continuar o no con las sesiones conjuntas, se da un constante ejercicio de equilibrio. Uno de sus aspectos principales es el equilibrio de las consideraciones éticas. Estas son tanto implícitas como explícitas en todos los grupos focales: un compromiso que va más allá de identificar la violencia y posicionarse moralmente contra ella, para contribuir también a una mayor seguridad y a relaciones sanas [64]. Al mismo tiempo, las personas terapeutas ponen de manifiesto el delicado equilibrio que deben encontrar entre su dedicación a favorecer procesos generativos y su obligación ética y profesional de salvaguardar el bienestar de cada miembro de la pareja y de sus hijas e hijos.

Las personas terapeutas actúan dentro de un marco organizativo y legal más amplio; sin embargo, cabe destacar que, en este estudio, rara vez hacen referencia explícita a estas estructuras formales cuando describen y comentan cómo se orientan, cómo dan sentido a la situación y cómo deciden si proseguir con las sesiones conjuntas. Esto puede sugerir que las personas terapeutas, de forma independiente o junto con sus colegas, cargan principalmente con la responsabilidad y adoptan estas decisiones por su cuenta, con un apoyo limitado de esos marcos establecidos. Esta podría ser una pieza del rompecabezas que explique por qué las personas terapeutas refieren a menudo una profunda sensación de carga y de responsabilidad personal al ocuparse de estos casos. Por otra parte, todas las personas participantes de los grupos focales subrayan la necesidad de mantener un foco profesional continuo y específico en el abordaje de la violencia dentro de la organización y en cada oficina de orientación familiar. Este compromiso es vital, ya que contribuye de manera significativa a reforzar la capacidad de cada terapeuta para desempeñar su función con excelencia y ofrecer servicios seguros y adaptados, optimizando así la posibilidad de hacer una contribución significativa en estos casos.

4.1. Implicaciones para la práctica terapéutica

Desarrollar la capacidad individual: Al ocuparse de casos de violencia en la pareja, quienes ejercen la terapia de pareja y familiar deben dotarse de los conocimientos, las habilidades y los recursos necesarios. Esto implica la capacidad de abordar una posible violencia, aunque no forme parte inicialmente del motivo de derivación, y de evaluar y gestionar la seguridad cuando surge violencia en la pareja. Desarrollar una «construcción clínica de sentido» matizada de las complejidades que rodean la violencia en la pareja refuerza la capacidad de las personas terapeutas para orientarse, comprender y tomar decisiones fundamentadas. Ello requiere una práctica terapéutica reflexiva, sostenida por la supervisión e impregnada de reflexividad, de una conciencia agudizada y de una aplicación crítica del conocimiento [59,65]. Este pensamiento crítico profundiza en la «profundidad» y la «amplitud» del conocimiento explícito e implícito que las personas terapeutas utilizan en cada caso [66]. Al filtrar los resultados de este estudio a través de una perspectiva de pensamiento crítico, queremos poner en primer plano y esbozar tres preguntas clave sobre las que las personas terapeutas pueden reflexionar en su práctica cotidiana cuando se enfrentan a la violencia en la pareja, para aumentar así su capacidad de «construcción clínica de sentido» en estos casos. Son las siguientes: (1) ¿Hacia qué me oriento, como terapeuta, para formarme una impresión suficiente que me permita tomar decisiones profesionales y éticas en cuanto a la seguridad y en cuanto a si tenemos un proyecto común y regenerador? y (2) ¿Cómo me oriento y a partir de qué fuentes se construyen mis impresiones? Para responder a esta pregunta de manera constructiva, la persona terapeuta debe tener al menos unos «conocimientos y habilidades específicos sobre violencia» fundamentales, además del repertorio terapéutico «ordinario» para manejar a más de una persona consultante en la sala. Para reforzar la perspectiva crítica de estas reflexiones, resulta importante introducir una tercera pregunta, tanto para la práctica como para la supervisión: (3) ¿Qué aspectos estoy pasando por alto o hacia cuáles no consigo orientarme, y hay otras fuentes que podrían contribuir a formar una impresión más completa para tomar decisiones profesionales y éticas? Sin embargo, la capacidad de práctica reflexiva y de «construcción clínica de sentido» que despliegan las personas terapeutas está estrechamente ligada a los recursos y al marco de apoyo de la organización. La persona terapeuta no puede cargar sola con esta responsabilidad.

Desarrollar la capacidad organizacional: Es fundamental reconocer que la organización debe garantizar y facilitar recursos adecuados y un marco de apoyo. Esto implica comprometerse a fomentar un entorno que dé a las personas terapeutas los medios para actuar, permitiendo y sosteniendo: (1) La autorreflexión: animar a las personas terapeutas a practicar una autorreflexión continua. Deben explorar sus creencias, valores y sesgos personales en relación con la violencia en la pareja en general y en sus casos concretos. (2) La supervisión: ofrecer a las personas terapeutas sesiones de supervisión periódicas para hablar de sus casos, incluidas las tres preguntas anteriores y sus reacciones emocionales al trabajar con estas cuestiones. (3) La formación: ofrecer educación y formación sobre violencia de pareja y familiar y sobre la atención informada por el trauma, incluida la comprensión de las dinámicas de poder y de las cuestiones de control, y sobre cómo este conocimiento más genérico puede utilizarse en un contexto de terapia de pareja y familiar. (4) Establecer rutinas y acuerdos que permitan a cada terapeuta colaborar con otras entidades y organizaciones locales. Este enfoque interdisciplinario e interservicios puede enriquecer la atención y ofrecer a las familias los mejores servicios posibles.

4.2. Reflexiones sobre las limitaciones y fortalezas del estudio y sobre la investigación futura

Reclutamos y utilizamos grupos de práctica profesional ya existentes porque pensamos que ayudaría a proporcionar seguridad y, por tanto, permitiría una exploración más profunda de un tema y de unas experiencias compartidos y potencialmente delicados [48]. También preguntamos, al principio y al final de cada grupo focal, si algún aspecto impedía o dificultaba que las personas participantes compartieran y debatieran abiertamente, dado que ambas personas entrevistadoras formaban parte de la misma organización. En todos los grupos focales lo descartaron y añadieron que vivían lo contrario. Como el equipo investigador procedía de la misma organización, resultaba más fácil poner de relieve ejemplos concretos e ir «directamente al grano». También se creó un «espacio de reflexión» más amplio y más seguro, que facilitaba plantear temas complejos, difíciles y que generan vulnerabilidad. Aunque la exactitud de tales afirmaciones no puede comprobarse, hubo pocos indicios de autocensura o de que no se tratara de descripciones válidas.

El reclutamiento se realizó mediante un muestreo intencional. Por ello, el estudio se llevó a cabo con un grupo reducido y seleccionado del total de terapeutas de los Servicios Noruegos de Orientación Familiar. Es probable que las personas terapeutas representadas tengan más conocimientos y experiencia, y un interés más amplio y dedicado por el trabajo con casos de pareja y de familia en los que la violencia es una preocupación. Por tanto, los resultados deben considerarse en ese contexto. Sin embargo, que la violencia se convierta en un problema en sesiones conjuntas es un fenómeno relativamente frecuente en distintos servicios; por ello, los resultados pueden ser transferibles, en cierto sentido, tras filtrarlos por los contextos singulares de cada servicio y por los contextos sociales, culturales y legales.

Una parte esencial de la investigación cualitativa y de un enfoque IPA es que el equipo investigador mantenga una posición reflexiva y transparente a lo largo de todo el proceso [48,58,67]. Por ello, como se ha mencionado, nuestro «horizonte» de comprensión, nuestras experiencias, nuestro lenguaje, nuestros valores y el contexto en el que estamos inmersos constituirán los límites y las condiciones previas de los resultados y de este artículo en su conjunto.

En cuanto a nuestros posicionamientos personales, inevitablemente influyen, de distintas maneras, en el proyecto de investigación, desde la fase inicial hasta la redacción. Como equipo investigador y como terapeutas de pareja y familiar, creemos y procuraremos siempre dar prioridad a la seguridad y al bienestar de las personas implicadas como marcador de contexto supremo de nuestro trabajo. Al mismo tiempo, creemos que una perspectiva sistémica es un marco valioso para comprender la violencia en la pareja e intervenir en estos casos, porque favorece una comprensión matizada, contextual e interconectada del problema. Esto no significa que creamos que las sesiones conjuntas o la terapia de pareja sean siempre adecuadas. Sostenemos que la violencia en las relaciones íntimas no es un fenómeno uniforme, sino que se conceptualiza mejor a lo largo de un continuo multifactorial diferenciado por distintos aspectos, y que estas variaciones deben reflejarse tanto en la investigación como en la práctica clínica [21,22,23]. En futuras investigaciones, profundizar en las experiencias tanto de las personas consultantes como de las personas terapeutas implicadas en casos concretos puede aportar una comprensión más completa de la cuestión. Además, una exploración más profunda de distintos aspectos destacados en este artículo y una conexión más estrecha con la práctica clínica podrían aumentar las aportaciones tanto a la práctica como a la investigación.

5. Conclusiones

A lo largo de este artículo, la «construcción clínica de sentido» se revela como un proceso iterativo y continuo, crucial para las personas terapeutas que se enfrentan a situaciones complejas como la violencia en la pareja en la terapia de pareja. El artículo ofrece una perspectiva única sobre «qué» es aquello hacia lo que se orientan las personas terapeutas y «cómo» intentan formarse una impresión acerca de si continuar con las sesiones conjuntas. Este proceso dinámico implica recabar, enmarcar y nombrar constantemente circunstancias e información para construir impresiones coherentes de una situación dada. A su vez, estas impresiones sirven de base para las consideraciones profesionales y éticas posteriores, y guían a las personas terapeutas para tomar decisiones fundamentadas y emprender acciones adecuadas. A partir de los resultados de este artículo, la «construcción clínica de sentido» puede condensarse y definirse como «un proceso iterativo y continuo de recabar, enmarcar y nombrar circunstancias e información para convertirlas en impresiones comprensibles de una situación, que sirven de base para las consideraciones, decisiones y acciones profesionales y éticas». Sin embargo, este proceso de «construcción clínica de sentido» en los casos de violencia de pareja dista mucho de ser sencillo. Se caracteriza por la complejidad, la intuición y un compromiso inquebrantable con la seguridad y con los procesos regeneradores. Las personas terapeutas reconocen los límites de las sesiones conjuntas y la necesidad de un enfoque matizado y específico para cada contexto. Al recorrer este terreno intrincado, aprovechan su combinación de conocimiento formal y de comprensión intuitiva, y se esfuerzan por ofrecer el mejor servicio posible a las personas consultantes, a la vez que favorecen un camino transformador hacia la seguridad y la sanación. Por ello, la «construcción clínica de sentido» no es un mero ejercicio académico, sino un imperativo profesional que puede marcar el curso de la intervención terapéutica y la vida de las personas.

Complexe Systémique: lo esencial

La fuerza de este estudio está en describir lo que los protocolos dejan en la sombra: el momento en que hay que decidir, en plena sesión, si seguir recibiendo a una pareja en la que acaba de surgir la violencia. Los criterios conocidos están presentes (formas y frecuencia, control coercitivo, miedo, infancia, sustancias, reconocimiento de los hechos), pero las personas terapeutas añaden una segunda pregunta, muy sistémica: ¿sigue habiendo un proyecto común, compartido por ambos miembros de la pareja y por la persona terapeuta? Y su juicio se apoya tanto en el cuerpo y en la memoria de casos que les marcaron como en los conceptos. Para la práctica, son valiosas tres preguntas de supervisión: hacia qué me oriento, de qué fuentes me nutro y qué no estoy viendo. Los límites residen en un grupo pequeño y muy experimentado, entrevistado por colegas de la misma institución, y en la ausencia de la voz de las propias parejas. El hallazgo más inquietante es institucional: cuando la próxima cita está a seis semanas, la seguridad descansa solo en la persona terapeuta. Puede leerse junto con el estudio sobre el largo camino hacia una terapia de pareja centrada en la violencia y con el artículo sobre el lugar de la infancia tras la violencia familiar.

Notas del original

Descargo de responsabilidad / Nota de la editorial: Las declaraciones, opiniones y datos contenidos en todas las publicaciones son exclusivamente de la autoría y de las personas colaboradoras, y no de MDPI ni del equipo editorial. MDPI y/o el equipo editorial declinan toda responsabilidad por cualquier daño a personas o bienes derivado de las ideas, métodos, instrucciones o productos mencionados en el contenido.

Agradecimientos. Deseamos expresar nuestra más cálida gratitud a todas las personas participantes en este estudio, así como por el apoyo y los comentarios constructivos recibidos de Ulf Axberg (VID) y Ottar Ness (NTNU). Además, reconocemos el papel esencial desempeñado por los Servicios Noruegos de Orientación Familiar, por quienes integran, como colegas, el Equipo de recursos y desarrollo sobre violencia y conflicto elevado y por Lena Holm Berndtsson, directora de departamento de la Oficina Regional Este para la Infancia, la Juventud y los Asuntos Familiares, por su apoyo indispensable, sin el cual este estudio no habría sido posible.

Contribuciones de la autoría. Conceptualización, J.F.S., P.E.C. y A.V.; metodología, J.F.S., P.E.C. y A.V.; validación, P.E.C. y A.V.; análisis formal, J.F.S. y P.E.C.; investigación, J.F.S. y P.E.C.; redacción del borrador original, J.F.S.; redacción, revisión y edición, P.E.C. y A.V.; visualización, J.F.S.; supervisión, A.V.; administración del proyecto, J.F.S. y P.E.C.; obtención de financiación, J.F.S. Toda la autoría ha leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.

Declaración del comité de ética institucional. El estudio se llevó a cabo de conformidad con la Declaración de Helsinki. El Comité Regional de Ética de la Investigación Médica y Sanitaria, Sección A, Sudeste de Noruega (Regional Committee for Medical & Health Research Ethics), examinó y evaluó el proyecto de investigación de acuerdo con la Ley noruega de ética de la investigación (2006) y la Ley de investigación médica y sanitaria (2008). El comité consideró que el proyecto de investigación quedaba fuera del ámbito de la Ley de investigación médica y sanitaria (2008) y que, por tanto, podía llevarse a cabo sin su aprobación, número de referencia: 192736. Además, el proyecto de investigación fue aprobado y se realizó de acuerdo con las directrices del Centro Noruego de Datos de Investigación (Norwegian Center for Research Data), número de referencia: 999687.

Declaración de consentimiento informado. El estudio se basó en el consentimiento voluntario; las personas participantes recibieron información sobre el estudio, las condiciones de anonimato y la posibilidad de retirarse, y dieron su consentimiento informado para ser incluidas antes de participar en el estudio (véase el anexo con un modelo de hoja de información y formulario de consentimiento).

Conflictos de intereses. Quienes firman en primer y segundo lugar desean dejar constancia, en aras de la transparencia, de que trabajan en la organización en la que se realizó la investigación. A lo largo de todo el proceso de investigación se adoptaron medidas reflexivas, de supervisión y administrativas para mitigar estos posibles conflictos. Ni la organización ni la entidad financiadora tuvieron papel alguno en el diseño del estudio, en la recogida, el análisis y la interpretación de los datos, en la redacción del manuscrito ni en la decisión de publicar los resultados. Quienes firman en primer y segundo lugar declaran no tener otros conflictos de intereses. Quien firma en tercer lugar declara no tener conflictos de intereses.

Financiación. Esta investigación fue financiada por la Oficina Regional Este para la Infancia, la Juventud y los Asuntos Familiares (Bufetat Region Øst) y por el Consejo de Investigación de Noruega (NFR), números de proyecto: 300704 (J.F.S) y 300705 (P.E.C.).

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Traducción no oficial al español de Is It Safe Enough? An IPA Study of How Couple Therapists Make Sense of Their Decision to Either Stop or Continue with Couple Therapy When Violence Becomes the Issue, de Jan Frode Snellingen, Pål Erik Carlin y Arlene Vetere, Behavioral Sciences, vol. 14, n.o 1 (2024), doi: 10.3390/bs14010037, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducida; tablas presentadas como listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es la traducción no oficial al español del artículo original «Is It Safe Enough? An IPA Study of How Couple Therapists Make Sense of Their Decision to Either Stop or Continue with Couple Therapy When Violence Becomes the Issue», publicado en Behavioral Sciences (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Snellingen, J. F., Carlin, P. E. y Vetere, A. (2024). Is It Safe Enough? An IPA Study of How Couple Therapists Make Sense of Their Decision to Either Stop or Continue with Couple Therapy When Violence Becomes the Issue. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/is-it-safe-enough-an-ipa-study-of-how-couple-therapists-make-sense-of-their-decision (Trabajo original publicado en 2024 en Behavioral Sciences, 14(1), 37 (2024); republicado en 2024 por Behavioral Sciences, https://www.mdpi.com/2076-328X/14/1/37)

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