Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Frontiers in Psychiatry · Familia
¿Por qué madres que crecieron en medio de la violencia consumen sustancias para «salir adelante» como madres, y qué transmiten a su pesar? En Flandes, el equipo de Florien Meulewaeter recogió los relatos de 23 madres en tratamiento por adicción. Emergen cinco mecanismos, desde el trauma infantil hasta el apego inseguro de sus hijas e hijos, que hacen del consumo un eslabón oculto en la transmisión del trauma.
Traducción no oficial al español de Mothering, Substance Use Disorders and Intergenerational Trauma Transmission: An Attachment-Based Perspective, de Florien Meulewaeter, Sarah S. W. De Pauw y Wouter Vanderplasschen, publicado en Frontiers in Psychiatry (Frontiers Media) (2019), doi: 10.3389/fpsyt.2019.00728, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla se presenta en forma de lista; las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Las madres con antecedentes de trauma interpersonal anhelan un hogar que sea —que exista como— un lugar de seguridad en lugar de un lugar de miedo.
Florien Meulewaeter, Sarah S. W. De Pauw y Wouter Vanderplasschen
Resumen
Antecedentes. Un conjunto creciente de investigaciones subraya que el trauma interpersonal en la infancia conlleva una mayor vulnerabilidad a los trastornos por consumo de sustancias (TCS) en etapas posteriores de la vida. Se han realizado pocas investigaciones sobre las experiencias de crianza de madres en recuperación del consumo de sustancias que tengan en cuenta su propia crianza y las posibles secuelas del trauma interpersonal infantil.
Métodos. Mediante entrevistas cualitativas en profundidad, 23 madres con TCS reflexionaron sobre sus experiencias de crianza y sobre el vínculo parentofilial, tanto con su descendencia como con sus propios progenitores. Las entrevistas se transcribieron literalmente y los datos se analizaron mediante un análisis temático.
Resultados. A lo largo de los relatos, las consecuencias del trauma en el sentido de sí mismas de las madres y su impacto posterior en la crianza surgieron como temas destacados. Se identificaron cinco mecanismos latentes de transmisión intergeneracional del trauma: 1) experiencias tempranas de trauma interpersonal en la infancia de las madres; 2) el trauma como precursor del consumo de sustancias; 3) el consumo de sustancias como facilitador (autoengañoso) del funcionamiento parental; 4) el consumo continuado de sustancias que afecta al funcionamiento parental; y 5) el funcionamiento parental disfuncional y su impacto relacional en la descendencia.
Discusión. Los resultados sugieren que un apego perturbado puede, por un lado, aumentar la vulnerabilidad a los TCS, pero, por otro, puede ser la expresión de un trauma subyacente, lo que lo convierte en un mecanismo encubierto mediante el cual el trauma puede transmitirse de una generación a otra. Los resultados señalan la necesidad de intervenciones preventivas, basadas en el apego y sensibles al trauma, dirigidas a los patrones intergeneracionales perturbadores.
Palabras clave: madres, consumo de sustancias, infancia, apego, trauma, intergeneracional
Los problemas de salud mental son una afección concurrente frecuente en las poblaciones que consumen sustancias (1), y un número creciente de investigaciones reconoce la prevalencia de los trastornos de estrés postraumático (TEPT) en personas con trastornos por consumo de sustancias (TCS) (2–6). Esto ha llevado a prestar mayor atención al tratamiento integrado para reducir tanto los TCS como los síntomas del TEPT (7–11). Algunas personas que han vivido un acontecimiento vital impactante o peligroso desarrollan un TEPT (12), caracterizado por la persistencia de reacciones intensas ante lo que recuerda el acontecimiento traumático, alteraciones del estado de ánimo, una sensación de amenaza inminente, trastornos del sueño e hipervigilancia (13). Los TCS y sus consecuencias pueden hacer que las personas estén más expuestas a factores de estrés o a traumas, lo que puede contribuir al desarrollo de un TEPT, del mismo modo que los síntomas del TEPT se han asociado con el inicio del consumo de sustancias.
Las experiencias traumáticas que se producen en los primeros años de vida dentro de las relaciones de apego, a menudo denominadas «trauma interpersonal», son un factor predictivo significativo de los TCS en etapas posteriores de la vida (14–17). Las experiencias infantiles de maltrato físico o emocional, de negligencia o de abuso sexual por parte de una persona cuidadora de confianza aumentan la probabilidad de que una persona desarrolle un TCS (18, 19), y se han relacionado con patrones de apego inseguro en la descendencia a través de síntomas depresivos (20). La exposición al trauma dentro del sistema de cuidados se asocia con niveles más altos de desregulación afectiva/fisiológica, atencional/conductual y del yo/relacional, además de síntomas postraumáticos (21), lo que afecta de forma significativa a las capacidades de comprensión y procesamiento emocional (17). El sistema de cuidados puede incluir a los progenitores biológicos u otras personas allegadas (por ejemplo, familias de acogida o adoptivas), al personal de los centros residenciales de protección a la infancia o incluso a profesionales de la terapia (22). La exposición a experiencias de trauma interpersonal múltiples y crónicas en la relación con las personas cuidadoras, también conocida como «trauma del desarrollo» (23), se asocia con un abanico complejo de síntomas y deterioros en varias áreas del desarrollo (21). Se ha demostrado repetidamente que las experiencias tempranas de trauma con las personas cuidadoras influyen profundamente en la salud física (24) y mental (25), con un mayor riesgo de psicopatología, incluidas la disociación y las alucinaciones (26). Por tanto, es probable que la ausencia de relaciones de apego seguro dé lugar a peores resultados en la infancia, y que el trauma infligido por las personas cuidadoras agrave aún más esos malos resultados (23). Dugal y sus colegas (27) señalan cómo los encuentros interpersonales tempranos disfuncionales pueden configurar patrones de interacción disfuncionales que se repiten en relaciones posteriores. Afirman además que, como reacción a la percepción de que la otra persona no está lo bastante disponible para responder a las propias necesidades de amor y protección, quienes han sobrevivido a un trauma interpersonal presentan por lo general una hiperactivación del sistema de apego. Esto puede manifestarse en intensas demandas de afecto, una sensibilidad a las amenazas percibidas o reales de rechazo por parte de la pareja, cierto control sobre el comportamiento de la pareja o una dependencia excesiva respecto de ella (27). Las personas expuestas a un trauma interpersonal temprano muestran también una combinación atípica de estilos de apego ansioso y evitativo que a menudo desemboca en una grave desregulación afectiva y en psicopatología (17).
Según la teoría del apego de Bowlby (1982), los bebés tienen la necesidad primaria de establecer desde el nacimiento un vínculo emocional con una persona adulta que les cuide (28), caracterizado por la necesidad de buscar y mantener la proximidad con esa persona (29), sobre todo cuando el bebé o el niño o la niña se enfrenta a factores de estrés internos o externos (30). Así, a partir de los patrones singulares de respuestas conductuales del bebé ante sus personas cuidadoras principales (32) se desarrolla un «modelo operativo interno» (31), que contiene representaciones mentales complejas del yo, de la persona cuidadora y de la calidad de la relación (33), y que funciona como mediador de las experiencias de apego (34). Estas representaciones tienden a prolongarse en la edad adulta (17). En algunos casos, madres y padres no son capaces de ofrecer un refugio seguro a su descendencia y le brindan unos cuidados atemorizantes o imprevisibles (27). En consecuencia, las experiencias de trauma interpersonal pueden dañar el sistema conceptual central (35) y quedar grabadas de forma permanente en el modelo operativo interno de una persona (31), con efectos duraderos en el apego y en las relaciones interpersonales en etapas posteriores de la vida. Las relaciones de apego tempranas no siempre son lo bastante positivas para cultivar una sensación de seguridad en el mundo de un niño o una niña (17). Además, el apego inseguro puede actuar como factor de vulnerabilidad para el consumo de alcohol (36) y otros TCS (37, 38) y puede contribuir al abandono temprano del tratamiento, mientras que los vínculos de apego seguro proporcionan una sensación de seguridad, consuelo y previsibilidad a las personas con TCS (39).
Un conjunto creciente de investigaciones revela una alta prevalencia de trauma interpersonal (40–42) y de apego inseguro (43, 44) en mujeres con TCS. En particular, en las madres con TCS, los patrones de apego ansioso-inseguro (45, 46) pueden generar dificultades en la interacción con su bebé o su criatura (por ejemplo, inconstancia en la capacidad de percibir las señales del bebé y responder a ellas) (47). Se ha demostrado que el consumo de sustancias prenatal, en especial, constituye un importante problema de salud pública que afecta a la infancia (48), ya que la exposición crónica intrauterina a drogas legales e ilegales se asocia con consecuencias adversas fetales, neonatales y en la primera infancia (49). Asimismo, el consumo perinatal tiende a tener un efecto perjudicial en el vínculo maternofilial, como ilustran numerosos estudios (50, 51). El consumo materno de sustancias se asocia además con comorbilidad psiquiátrica (52), prácticas de crianza desadaptativas (53, 54), falta de disponibilidad emocional y un funcionamiento reflexivo incierto (55, 56), carencias en la capacidad de mentalización (57) y un desarrollo deficiente del bebé (58, 59), incluidos patrones de apego perturbados en la infancia. Un estudio reciente de neuroimagen (60) reveló que las madres con TCS mostraban una menor activación de regiones clave del circuito de recompensa del cerebro en respuesta a las señales de su bebé. Incluso cuando el consumo de drogas se interrumpe o se controla, las dinámicas psicológicas y relacionales subyacentes al desarrollo de la parentalidad pueden verse afectadas, lo que limita el funcionamiento reflexivo parental y pone en dificultades la calidad de la relación parentofilial (57). La exposición al consumo de sustancias de los progenitores acaba aumentando el riesgo de TCS (61, 62) y de otros problemas de salud mental en la descendencia (63, 64), lo que puede instaurar un ciclo intergeneracional de psicopatología.
La investigación ha mostrado que se considera que la falta de una crianza constante y receptiva interfiere en el desarrollo de un apego seguro en la infancia (65). Puede entenderse que el apego proporciona un contexto en el que aprendemos a dar sentido a nosotros mismos y a los demás (66). Los bebés dependen por completo de su entorno de cuidados para su seguridad y su crianza, y sus experiencias en ese entorno son clave para sus trayectorias de desarrollo y sus resultados a más largo plazo (67). La seguridad emocional, basada en el vínculo emocional entre un niño o una niña y su persona cuidadora, depende de la disponibilidad y la receptividad de la figura de apego principal, por lo general la madre (68). La investigación sobre el apego sugiere que la capacidad de regular el malestar y de afrontar los sentimientos negativos en las relaciones se aprende a través del apego. Las personas con un apego temeroso no han adquirido estrategias suficientes de regulación afectiva y pueden angustiarse fácilmente en las relaciones interpersonales (de apego) (69). Desde esta perspectiva, la falta de sensibilidad y de respuesta materna a las señales emocionales de la infancia puede entenderse como una función de las propias necesidades de apego insatisfechas de la persona cuidadora, derivadas de sus propias experiencias con sus primeras figuras de cuidado. Numerosas investigaciones se han centrado en intervenciones para promover la calidad de las interacciones maternofiliales en combinación con el tratamiento de la drogodependencia (70, 71). La relación entre determinados factores individuales y relacionales puede explicar la fragilidad de las capacidades parentales de madres y padres con TCS, más allá del consumo de sustancias (57). Tratar la drogodependencia y promover vínculos de apego seguro se reconocen cada vez más como dos componentes esenciales de la atención actual en salud mental (72).
El consumo materno de sustancias puede afectar negativamente al desarrollo infantil, ya que no solo aumenta el riesgo de patrones de apego perturbados (73), sino también de TCS en la descendencia. Las experiencias adversas en la infancia, entre ellas crecer en un contexto de consumo materno de sustancias (74), predicen una edad de inicio más temprana del consumo de alcohol (62, 75) y de otras drogas (76, 77), así como una mayor probabilidad de intentos de suicidio (78). Se encontró una relación positiva entre el consumo materno de sustancias y la aparición de maltrato infantil, lo que indica un vínculo claro con el apego inseguro en la infancia y en la edad adulta (65). Entre las madres que consumen sustancias se documenta una alta incidencia de negligencia emocional y física (57, 79, 80), así como una mayor tendencia a la depresión y entornos de crianza más caóticos (81). En consecuencia, es necesario ofrecer intervenciones de apoyo a la parentalidad a las mujeres en tratamiento por abuso de sustancias, centradas en aumentar la sensibilidad materna, reducir la dureza y proporcionar a la infancia entornos suficientemente estimulantes (82).
Las personas cuidadoras que han estado expuestas al trauma se enfrentan a diversas dificultades a la hora de proporcionar a sus criaturas pequeñas unos cuidados sensibles, receptivos y afectuosos (83). La exposición al trauma se asocia con un mayor malestar en la crianza y con un mayor riesgo de relaciones parentofiliales disfuncionales (84). Una revisión sistemática de Christie y sus colegas (85) aportó pruebas de la asociación entre el TEPT parental y un funcionamiento deteriorado en varios ámbitos de la crianza, incluidos mayores niveles de estrés parental, de satisfacción parental y relaciones parentofiliales subóptimas. El trauma infantil puede afectar a la formación de las relaciones tempranas y a los mecanismos de defensa correspondientes en la edad adulta (86). Las madres y los padres con antecedentes de adversidad en la infancia corren el riesgo de desarrollar conductas de crianza problemáticas hacia su descendencia, incluidos el maltrato y la negligencia infantil (87–89). Cross y sus colegas (90) observaron que el trauma en los progenitores puede influir en el malestar parental y en el riesgo de maltrato infantil, lo que podría aumentar el riesgo de síntomas traumáticos en la descendencia. Las mujeres que refieren trauma infantil, consumo de sustancias y trastornos concurrentes corren un mayor riesgo de desarrollar un ciclo intergeneracional de maltrato (91). Por último, la adicción puede alterar el equilibrio químico esencial para la conciencia de sí y el autocontrol (92), lo que puede predisponer indirectamente a una madre a maltratar o desatender a su(s) criatura(s). Sin embargo, este tipo de discursos puede contribuir a una visión negativa que reduce la identidad de las madres que consumen sustancias a la de consumidoras de drogas, lo que dificulta la construcción de nuevos roles, como el de ser madre (93).
Pese a la conciencia que existe sobre las consecuencias a largo plazo del consumo materno de sustancias para el desarrollo infantil, la investigación sobre las experiencias de crianza desde el punto de vista de madres con antecedentes de consumo es escasa. Aunque el trauma interpersonal no era inicialmente el foco de este estudio, las experiencias de crianza de las madres estaban claramente afectadas por experiencias de trauma infantil. Por ello, este estudio ofrece una comprensión más profunda de cómo unos antecedentes de trauma interpersonal en la infancia pueden afectar a las creencias, actitudes y conductas de crianza de las madres con TCS, e ilustra cómo el trauma puede, en última instancia, persistir de una generación a otra. En este estudio, madres que hicieron un uso indebido de sustancias ilegales mientras criaban a un hijo o una hija reflexionan sobre sus experiencias de crianza a partir de relatos retrospectivos de su propia infancia y de los primeros años de crianza de su descendencia. Una mejor comprensión de la transmisión intergeneracional del trauma en las madres que consumen sustancias y en su descendencia sería un paso importante para apoyar a las mujeres en riesgo de desarrollar trastornos por consumo de sustancias derivados de experiencias traumáticas en la infancia. Este estudio intentará así aportar conocimientos a la literatura emergente que explora las posibles aplicaciones de intervenciones fundamentadas en la teoría del apego en personas con TCS (94), especialmente en madres.
Se aplicó un diseño de investigación cualitativo, con entrevistas en profundidad (individuales) como método de recogida de datos. Dado que centrarse en las experiencias vividas de personas consideradas vulnerables o marginadas es relativamente nuevo (95), el objetivo era ofrecer una mejor comprensión de las experiencias de crianza vividas por mujeres con TCS, estableciendo distinciones nuevas y significativas fruto de un mayor acercamiento a este fenómeno (96).
Los criterios de inclusión para participar en el estudio eran: i) ser madre; ii) tener antecedentes de consumo problemático de sustancias ilegales durante la crianza de un hijo o una hija menor de edad (mayor de 1 año); y iii) llevar al menos un mes en tratamiento por abuso de sustancias. Se excluyó a las personas que solo consumían alcohol o que solo habían consumido sustancias ilegales antes del embarazo o durante él. Se incluyó tanto a personas abstinentes como a personas que seguían consumiendo drogas pese a estar en tratamiento, dados sus puntos de vista alternativos y complementarios. Las participantes reclutadas en servicios de tratamiento residencial estaban todas abstinentes desde su ingreso o desde hacía más tiempo. Las participantes reclutadas a través de servicios de tratamiento ambulatorio solían consumir de forma controlada, salvo dos mujeres que estaban abstinentes. El tiempo medio de tratamiento de las participantes en régimen residencial (n = 11) era de 3,8 meses (rango de 0,5 a 12 meses), mientras que la duración media del tratamiento de las participantes en régimen ambulatorio (n = 12) era de 4,2 años (rango de 6 meses a 11 años). El estado mental de las participantes en el momento de la entrevista (es decir, si estaban emocionalmente en condiciones de participar) se valoró con los equipos de tratamiento. La exactitud de las respuestas de las participantes se abordó abiertamente en tres entrevistas, lo que dio lugar a respuestas más coherentes y precisas.
En total, se incluyó a 23 madres en el estudio (cf. tabla 1). La edad media de las participantes era de 34 años (rango de 25 a 49 años). La mayoría de las mujeres tenía un único descendiente. Su descendencia tenía entre 1 y 21 años. La mayoría de las madres tenía relación con los servicios de protección a la infancia, entre ellas 15 madres que perdieron la custodia de su hijo o hija por orden judicial (por ejemplo, acogimiento residencial o acogimiento familiar) durante la crianza. Aunque el policonsumo era habitual entre las participantes, ocho mujeres consumían anfetaminas mientras criaban a su descendencia, y nueve madres refirieron un consumo problemático de alcohol en esa época. La información detallada sobre las características de las participantes se describe en la tabla 1.
Tabla 1 — Características de las participantes (n = 23)
1terapia de grupo, estancias de entre 4 y 6 semanas. 2terapia de grupo, estancias de entre 6 y 12 meses. 3dos veces por semana o con periodicidad mensual, a menudo con interrupciones.
Las entrevistas se realizaron entre octubre de 2018 y marzo de 2019. Las participantes se reclutaron en tres servicios residenciales y cuatro servicios ambulatorios de tratamiento del abuso de sustancias de Flandes (Bélgica). Las entrevistas se llevaron a cabo en el centro en el que se trataban las participantes. La participación en el estudio era totalmente voluntaria. Se obtuvo el consentimiento informado oral y escrito de todas las participantes. Antes de la entrevista, explicamos el objetivo del estudio y garantizamos el carácter anónimo de la participación. Cualquier registro que pudiera identificar a la participante se anonimizó. Las participantes eran libres de retirarse del estudio en cualquier momento, sin que ello las perjudicara en modo alguno. Los datos de contacto de la persona investigadora figuraban en el formulario de consentimiento informado, y se informó a las participantes de la posibilidad de mantener una conversación de seguimiento en el centro de tratamiento o con la persona investigadora. La duración media de las entrevistas fue de 2 h 6 min (rango de 00:59 h a 03:04 h). Dos de las entrevistas se interrumpieron por circunstancias externas (por motivos de transporte y para recoger a un niño de la escuela infantil) y se reanudaron unos días después. Todas las entrevistas las realizó quien firma el artículo en primer lugar; se grabaron en audio con el permiso de las participantes y se transcribieron literalmente, tras lo cual se borraron las grabaciones. Las transcripciones se anonimizaron para garantizar la confidencialidad.
Se utilizó un guion de entrevista semiestructurado para abordar una amplia variedad de temas, formulando al mismo tiempo a todas las participantes las mismas preguntas clave. El guion contenía preguntas sobre experiencias relativas a: i) la maternidad y el consumo de sustancias; ii) la relación con los propios progenitores durante la infancia; iii) las necesidades de tratamiento y de apoyo; y iv) las intervenciones de protección a la infancia. En este artículo nos centramos principalmente en los datos relativos a los dos primeros ámbitos. Como práctica reflexiva y colaborativa, adoptamos un enfoque de línea de vida (97) a lo largo de las entrevistas, lo que permitió a las participantes hablar de experiencias potencialmente dolorosas desde un punto de vista distanciado. Así, la línea de vida sirvió como objeto tangible y mediador entre las entrevistadas y la persona investigadora, y dio a las participantes más capacidad de decisión sobre la forma en que querían hablar de su propia vida y de experiencias potencialmente dañinas. Les permitía hablar de periodos adversos (por ejemplo, las participantes señalaban un periodo determinado y precisaban «durante ese periodo») o de relaciones abusivas o violentas sin tener que nombrar a familiares, lo que podía suscitar malestar (por ejemplo, las participantes se referían a la línea de vida construyendo relatos de lo que todavía les hacía sufrir: «ese que abusó de mí una y otra vez»).
Los datos recogidos se analizaron mediante una técnica de análisis temático con el fin de intentar describir las experiencias vividas por las participantes. Dada la escasez de investigaciones sobre las experiencias de estas mujeres, a menudo estigmatizadas, se recurrió a un análisis inductivo para extraer los temas que surgían de los datos. La transcripción de los datos la realizó quien firma el artículo en primer lugar, lo que contribuyó a poner en marcha las demás etapas del proceso de análisis (98). El análisis temático se sometió a un proceso iterativo continuo, siguiendo las seis etapas propuestas por Braun y Clarke (99, 100). Se generaron códigos iniciales para identificar similitudes y diferencias en los datos, que después se ordenaron en temas más amplios, agrupando los códigos similares bajo un mismo tema. El equipo de investigación discutió y analizó de forma cruzada varias muestras del análisis.
Antes de iniciar el proyecto se obtuvo la aprobación ética del estudio por parte del Comité de Ética de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Gante (decisión del C. E.: 2018/42). Conscientes de la situación de vulnerabilidad de las participantes, realizamos las entrevistas de forma sensible al trauma. Antes y durante la entrevista se subrayó con frecuencia el derecho de las participantes a declarar que no deseaban hablar de un tema concreto sin que ello las perjudicara. Cada entrevista iba precedida de una breve puesta en común con una persona psicoterapeuta del centro de tratamiento sobre la capacidad emocional del momento de la participante. Teniendo en cuenta esta información, el objetivo principal al comienzo de la entrevista era establecer una relación de confianza, caracterizada por la igualdad, la fiabilidad y la seguridad, en un entorno protegido. A continuación, la persona investigadora precisaba que el objetivo era, ante todo, comprender las experiencias vividas por estas mujeres como madres, al tiempo que reconocía su valentía por participar en el estudio. A lo largo de las entrevistas, la persona investigadora procuró no resultar intrusiva, dejando que las revelaciones relacionadas con el trauma existieran en su constelación verbal o tácita, validando siempre lo revelado y dejando espacio al silencio latente y al sufrimiento. Así, intentaba comprobar (in)directamente si la participante seguía sintiéndose cómoda hablando del tema en cuestión, sin animarla en modo alguno a abrirse. Seguir el ritmo de cada participante, avanzar despacio, trabajar con humildad, paciencia, implicación y una actitud de escucha activa resultó de gran importancia a lo largo de todo el proyecto. Cada entrevista iba seguida de una breve devolución a la persona psicoterapeuta sobre cómo parecía haber vivido emocionalmente la entrevista la participante, sin revelar ninguna información de la entrevista.
Aunque no se les preguntó activamente, la gran mayoría de las participantes (n = 16) reveló una o varias experiencias relacionadas con un trauma interpersonal durante la infancia. Posteriormente, el análisis mostró un vínculo intrincado entre trauma interpersonal temprano, apego y adicción en los relatos de crianza de las madres con TCS, lo que indica la interrelación de estos conceptos. Se identificaron cinco mecanismos clave de la transmisión intergeneracional del trauma que contribuyen a procesos de apego perturbados: 1) experiencias tempranas de trauma interpersonal, 2) el trauma como precursor del consumo de sustancias, 3) el consumo de sustancias como facilitador (autoengañoso) del funcionamiento parental, 4) el consumo continuado de sustancias que afecta al funcionamiento parental, y 5) el funcionamiento parental disfuncional y su impacto relacional en la descendencia. Estos temas y los subtemas asociados se representan en la figura 1 y se describen a continuación. Los temas se presentan en un supuesto orden cronológico, ya que constituían «etapas» destacadas que se apoyaban unas en otras. Sin embargo, estos temas no deben interpretarse de forma lineal, sino más bien como partes coexistentes de las complejas experiencias vividas por estas madres. Al presentar los resultados, el contexto de tratamiento de las participantes se abrevia así: OT (servicio de tratamiento ambulatorio), IT (servicio de tratamiento residencial) e ITMC (servicio de tratamiento residencial madre-hijo). Todos los nombres que aparecen en la sección de resultados son seudónimos para garantizar la confidencialidad.

Hablar de sus experiencias de crianza suscitó emociones difíciles en casi todas las participantes, que a menudo remitían a sus propias relaciones disfuncionales con sus primeras figuras de cuidado y derivaban de ellas. Las madres solían tener largas historias de distintas formas —a menudo repetidas— de abuso sexual, físico o emocional, sobre todo dentro de la familia. A lo largo de los relatos de las participantes se observó que sus propios progenitores habían vivido a menudo experiencias similares en su infancia, sin que ellas supieran siempre con exactitud lo ocurrido. Surgieron relaciones parentofiliales complejas e historias de abuso complicadas y prolongadas, que llevaron a algunas participantes a conductas autodestructivas.
«Mi abuelo abusó sexualmente de mí durante años… Al final salió a la luz cuando estaba en secundaria. (…) Cuando era menor, también me autolesionaba… pero al mismo tiempo experimentaba con drogas. (…) Cuando todo salió a la luz, aparecieron muchas víctimas, también mi propia madre… y ahí empezó la disputa. Ella misma lo había vivido, ¿por qué me mandaba con él? Y si ahora me dice: “¿Cómo has podido hacer eso, drogarte siendo madre de tus hijos?”, yo le digo: “sabes muy bien cómo pasan esas cosas”. Me cuesta muchísimo sobrellevarlo. Si encima quiere hacerse cargo [de la crianza], me enfado de verdad con ella.» (Olivia, ITMC)
La realidad de la vida de estas madres incluye tasas elevadas de abuso y violencia interpersonales durante la infancia, que a menudo siguen reviviendo. La ideación suicida desencadenada por un trauma interpersonal —a menudo acumulativo— afloró con suavidad, tanto de forma directa (intentos de suicidio) como indirecta (ideación o intentos de suicidio de familiares, de los que las participantes fueron a menudo testigos).
«En 2012 tuve mi primer intento de suicidio. (…) Mi familia biológica contribuyó a aumentar mis sentimientos de soledad y de no ser aceptada. Siempre decían que era tonta… todo lo que se le puede echar en cara a un niño. Me encerraban en el sótano, me pegaban. Que te encierren cada 5 minutos es demasiado para un niño, aunque sea solo un minuto. Para ese niño el mundo se derrumba. (…) Era sobre todo mi tía la que me maltrataba, física y emocionalmente. Fue en [ciudad extranjera], vivimos allí un tiempo. Y luego llegas a Bélgica, a un centro de refugiados, y allí te viola un desconocido. Son recuerdos que me vuelven a la cabeza como en una película. (…) Mi tía bebía mucho. Éramos 3 niños, 2 de ellos suyos, y cuando había bebido demasiado, descargaba sus frustraciones en mí. No sé por qué tenía que descargarlas en mí y no en sus propios hijos.» (Charlotte, OT)
Algunas participantes relataron experiencias tempranas en las que presenciaron el intento de suicidio de un familiar o lo encontraron tras intentarlo, lo que les dejó sentimientos no resueltos o de culpa hasta hoy.
«Mi padre intentó ahorcarse varias veces. Una vez lo encontré tirado en el váter. Había bebido demasiado y tomado demasiadas pastillas. (…) Sé que él también tuvo un pasado duro. Su madre no era muy… no era una madre muy cariñosa, era más bien una madre de castigos físicos, aunque entonces era lo habitual.» (Evelyne, OT)
Las participantes reflexionaban a menudo sobre el papel de sus propios progenitores, señalando varias carencias en su funcionamiento parental que se remontaban a la forma en que ellos mismos habían sido criados por sus padres (los abuelos y abuelas de las participantes). La forma en que las participantes reflexionan sobre la crianza de su descendencia estaba a menudo motivada por estas experiencias tempranas, y declaraban con frecuencia que querían «hacerlo completamente diferente». Una de las participantes estuvo expuesta a maltrato físico prolongado por parte de su padre. Le había faltado un entorno seguro y afectuoso de niña, ya que ella misma creció en un contexto de consumo de sustancias de sus progenitores, al igual que otras nueve participantes. Desde el nacimiento de sus hijas, tuvo dificultades en el apego materno-filial y es consciente de que las experiencias negativas con sus padres influyen en su propia conducta como madre. La cita siguiente ilustra cómo unos antecedentes de trauma pueden mermar la capacidad de una madre para responder adecuadamente a las señales de sus propias hijas.
«Intento no transmitírselo a mis hijos, pero aun así… ya estoy proyectando en mis hijas mi propia experiencia de haber sido criada con demasiada severidad. (…) La experiencia de no haber recibido amor… Aunque les digo todos los días a mis hijos “te quiero”, es como si… no sé. Es otro tipo de amor, ¿entiendes? Por ejemplo, cuando nace un hijo, una madre llora. Yo no lloré con ninguno de los dos. No sé por qué, pero no lloré. Pero siempre cuidé de mis hijos cuando eran pequeños. (…) La forma en que mis padres se comportaban conmigo ya tiendo a transmitírsela a mis hijos, y no quiero eso. Así que ya he empezado a trabajarlo ahora.» (Aubree, IT)
Varias participantes afirmaron haber desarrollado un reflejo y una actitud de «contención» respecto a la expresión de sus afectos, ya que nunca habían tenido espacio para dar rienda suelta a sus emociones. Algunas declaran haber recibido azotes como forma de hacerlas «obedecer», lo que obstaculizó su regulación afectiva. Como a menudo les faltó un entorno cálido y afectuoso durante la infancia, hablar de las emociones o expresar los sentimientos se percibía como un tabú o se consideraba prohibido.
«De niña no recibí de mis padres el apoyo que necesitaba. En casa siempre decían: “No hay que llorar” y “no hay que enfadarse”. Sí, puedes llorar, pero no ponerte a destrozarlo todo. Estoy reeducando a mis padres, de cara al momento en que cuiden de mis hijos… En el fondo, los sentimientos no se pueden controlar. Puedes controlar tus pensamientos y tu comportamiento, eso es algo completamente distinto. Pero nunca hay que condenar los sentimientos, y en casa siempre se condenaban los sentimientos en lugar del comportamiento.» (Evelyne, OT)
Teniendo en cuenta el impacto en el desarrollo de no haber tenido espacio para expresar las emociones o de no haber recibido mucho amor en casa, las participantes intentan criar a su descendencia de otra manera.
«Para mí es muy importante poder mostrarle a tu hijo que puedes tener una crisis, que las cosas pueden durar, pero que puedes reconstruirte y recuperarte. En casa esas cosas siempre se ocultaban. (…) Como con los intentos de suicidio de mi padre. “Otra vez le ha dado”, eso es lo único que decían; yo, en cambio, soy abierta y sincera con mis hijos.» (Chelsea, OT)
Además de la falta de espacio emocional, las participantes refirieron también la dolorosa escasez de ocasiones para hablar de las experiencias relacionadas con el trauma. Cuando lo revelaban de niñas, se rechazaba como «no válido». Una mujer, que también sufrió maltrato emocional y negligencia tempranos, describe el profundo impacto de que su intento de revelar una violación fuera recibido con incredulidad, lo que acabó empujándola a intentar suicidarse.
«Mis padres no me creyeron. Eso me marcó muchísimo. (…) Volviendo del colegio, tres hombres me tiraron de la bici. Me violaron, me repugnaron… Cuando llegué a casa, se lo conté a mis padres. Mi padre me pegó porque la bici estaba rota. No me creyeron… lo que… fue muy duro para mí… Mi vida ya era un infierno, y encima eso. También empecé a consumir drogas a los 13 años, poco después de que pasara. Nunca recordé las caras, pero sí las voces y las manos. Y cuando estaba limpia, volvía con mucha fuerza, pero cuando me drogaba, no. Eso ha determinado gran parte de mi juventud.» (Hazel, ITMC)
Las entrevistadas consideran muy importante que se les confirme que su relato es creído y validado. Además, el miedo a no ser tomadas en serio —como madres que quieren de verdad a su hijo o hija pese a su adicción— estaba presente en todas las participantes. Sentían que tenían que demostrar continuamente el amor por sus criaturas debido a su adicción, aunque, según las madres, «ser buena madre y la adicción no tienen nada que ver».
«Una vez le pregunté a mi psiquiatra: “Todo lo que le cuento, ¿me lo cree?”. Recibí una respuesta muy pedagógica: “Es mi trabajo”. No supe qué decir. La semana pasada me hizo un comentario, cuando le hablé de la resolución [de adopción] que tenía que dictarse en el juzgado. Me dijo: “Quizá sea bueno que su hijo vaya a ser adoptado”. Le dije: “No creo que sepa usted de lo que habla”. Me dijo: “Sí que lo sé… yo también tengo hijos”. Le dije: “Por eso mismo… Usted no tuvo que llevarlos dentro… Yo sí… Yo lo llevé dentro casi 9 meses… Gracias a mi cordón umbilical nació ese niño”. Lo entendió y me pidió disculpas.» (Charlotte, OT)
El trauma infantil que no fue validado o las revelaciones que no fueron creídas tienden a erosionar el autoconcepto de las participantes y acaban produciendo con el tiempo un yo desconectado, lo que también altera la conciencia corporal. Las participantes mencionaron que dudan constantemente de sí mismas, se sienten sin valor y no deseadas, no se sienten queridas ni apreciadas, lo que puede acabar empujándolas al consumo de drogas. Estas distorsiones cognitivas podrían servir de punto de partida para la forma en que se perciben a sí mismas, a los demás y al mundo y se relacionan con ellos, ya que estas experiencias generan odio hacia sí mismas y formas de no respetarse, sin saber quiénes son realmente.
«Solo era capaz de hacer las cosas de las que estaba segura… que era “madre”, que era “hija de”, pero ¿quién era yo? No tenía ni idea…» (Harber, ITMC)
«Es más en mi cabeza, con el abuso… me destrozó por completo… No me quiero a mí misma, de eso estoy segura. Tampoco tengo respeto por mí misma. Son todas cosas que tengo que aprender, pero es difícil. Mientras no te quieras a ti misma, no quieres a nadie… y a mí todavía no parece funcionarme… Eso [el trauma] sigue demasiado arraigado en mí.» (Aubree, IT)
Los relatos de las participantes mostraban una mayor vulnerabilidad a «buscar amor y reconocimiento donde no se debe», y muchas madres sufrieron traumas interpersonales repetidos y acumulativos, incluso a lo largo de la vida adulta. Las participantes revelaron también cómo el maltrato emocional prolongado tendía a pasar desapercibido. La siguiente cita ilustra cómo una historia de trauma interpersonal acumulativo absorbió por completo a una madre y acabó llevándola a la ideación suicida.
«Antes de empezar el tratamiento aquí, intenté suicidarme. Y la sensación todavía no se ha ido del todo. La he integrado de alguna manera, pero sigue torturándome. Sigo sintiendo que mi mochila está casi llena. Quizá haga falta muy poco para que vuelva a hacerlo. Me quedé asombrada de haberlo hecho. Siempre se oye que las personas que de verdad quieren suicidarse nunca hablan de ello, y ahora que yo he querido hacerlo, veo… Efectivamente, no se habla de ello.» (Olivia, ITMC)
Todas las participantes que vivieron un trauma infantil mencionaron que empezaron a consumir sustancias para automedicar experiencias dolorosas. Por ejemplo, las madres revelaron cómo una historia de relaciones de apego rotas y de experiencias traumáticas influyó en el inicio del consumo y en el paso a la adicción. Los efectos de las sustancias les permiten (o les permitían) —aunque sea de forma temporal— reprimir los recuerdos negativos, afrontar emociones difíciles y, por último, encontrar paz interior. Sin drogas, afirman, no habrían podido superar ciertos acontecimientos.
«Simplemente “consumía” el dolor para que se fuera, el dolor psicológico, no el físico. Un moratón desaparece, pero lo que te hace, no. Así que lo “consumía” a lo bestia. Por eso mi consumo de drogas aumentó tanto en los últimos años. (….) Mi padre era militar profesional, descargaba sus frustraciones en mí. Al final se volvió insoportable, tenía una fractura tras otra. (…) Mi primo se suicidó con medicamentos y alcohol, y fui yo quien lo encontró… horrible… es horrible encontrar a alguien así. (…) Entonces las drogas eran fáciles, no tenías que pensar, no tenías que sentir.» (Hazel, ITMC)
Tras una historia de haber sido controladas, las madres percibían el consumo de sustancias como algo que podían controlar y sobre lo que podían volver a tener poder. Al mismo tiempo, la propia elección de las participantes de consumir sustancias en lugar de buscar ayuda suscitaba relatos de autoinculpación.
«Yo hacía atletismo a nivel internacional. Era muy buena. Mis padres nunca me animaron a seguir haciendo lo que se me daba bien y me encantaba hacer. Eso me hizo pensar que eso [las drogas] era realmente algo mío, que podía consolarme y que había elegido hacer yo misma. Elegí consumir drogas yo misma.» (Charlotte, OT)
Las participantes afirmaron también que el consumo de sustancias les permitía volver a defenderse.
«Con la droga te atreves a más, sin más. “Me da igual”. No lo haces a propósito, pero te atreves a hablar, y eso va desde la tienda, abrir la boca delante de una dependienta, hasta con tu pareja.» (Noelle, OT)
Las participantes describieron diversas formas en las que percibían que el consumo de sustancias les permitía asumir sus funciones parentales (por ejemplo, ocuparse de la casa), como ilustra la cita siguiente de una madre que consumía anfetaminas para estar lo bastante despierta como para funcionar durante el día y asegurarse de poder atender las necesidades de su hijo.
«El speed me ayuda mucho, pero no abuso. Tomo solo lo justo para calmarme y concentrarme, para poder hacer lo que tengo que hacer para pasar el día. (…) Es a diario, pero trabajo. Vivo en mi casa, mi hijo va bien vestido, lo llevo todos los días al colegio, al logopeda, todo… Sin speed no lo habría conseguido. No habría tenido energía para hacer lo que hago. Simplemente me ayuda a salir adelante.» (Elliana, OT)
Las madres afirmaron que consumían sustancias para afrontar sentimientos de inseguridad y el miedo a fracasar como madres, que al parecer procedían de traumas no resueltos del pasado, junto con la falta de buenos ejemplos en su propio entorno. Algunas madres temían que sus criaturas salieran perdiendo, sin recibir la atención afectiva que necesitaban.
«Jugaba a juegos de mesa con los niños, íbamos a nadar, fuimos a un parque temático. Lo hacía todo, quizá incluso demasiado. Para mí eran momentos bonitos, pero tengo miedo de que, si un día vuelvo a casa y no hay speed, esas cosas dejen de pasar. Tengo miedo de dejarlo… de decepcionar a los niños: “mamá, antes eras así, antes hacías eso con nosotros”… En realidad tengo miedo de ser una madre deficiente.» (Whitney, IT)
Algunas madres mencionaron que el consumo de sustancias era una forma de recompensarse (por ejemplo, al final del día, cuando las criaturas dormían) y que poco a poco se convirtió en una actividad que se reforzaba a sí misma.
«A veces también llevaba una doble vida. Drogarme por la noche, y por la mañana tienes que estar ahí como madre, y eso pasa factura. Estás cansada, irritable. Vas gastando tus reservas. Así que vuelves a consumir para sacar nueva energía de tu cuerpo, lo que te mete en un círculo vicioso y te cansas todavía más. Así que consumes cada vez más, hasta que estás agotada, ya no funcionas bien y tienes que dormir.» (Elizabeth, ITMC)
Sin embargo, junto con la autorrecompensa llegaban los sentimientos de culpa, seguidos de una búsqueda de reconocimiento por parte de su descendencia.
«Siempre me aseguré de que tuviera todo lo que necesitaba: su comida, su cama, todo a su hora. Pero a nivel emocional, tú misma lo sabes, no eres tú. Tu hija lo nota, aparecían los sentimientos de culpa, y en cuanto ella estaba en la cama, yo consumía… Pero en cuanto me di cuenta, me sentí culpable y mal.» (Noelle, OT)
Al reflexionar sobre la crianza de sus criaturas, las madres en tratamiento residencial coincidían en que ahora son capaces de cuestionar los «relatos falsos» que se habían construido. Mientras que las experiencias de trauma interpersonal les habían generado sentimientos de insuficiencia, el consumo de sustancias y sus efectos les proporcionaban una aparente sensación de ser lo bastante buenas y competentes como madres, lo que acababa desembocando en una sensación de control autoengañosa.
«Seguí adelante, también por mis hijos. No digo que lo haya hecho bien, pero… no rendirme. También cuidaba de los hijos de él [expareja], pero siempre con el consumo de por medio, intentando ocultarlo lo máximo posible a los niños, al mundo exterior. Intentando mantenerme en la vida familiar de una buena manera, al menos en mi cabeza. (…) Por la mañana, cuando los niños se despertaban, yo abría las cortinas, sus bocadillos estaban preparados… En fin, creía que lo tenía todo, pero era una sensación muy falsa de “lo tengo todo bajo control”, y esa sensación me ha frenado durante mucho tiempo.» (Sofia, IT)
Las entrevistadas mencionaron que la maternidad se caracteriza a menudo por una falta de confianza en sí mismas y en sus capacidades parentales y, en consecuencia, por el miedo al fracaso. Aunque el consumo de sustancias puede percibirse, sobre todo entre quienes consumen anfetaminas, como una ayuda para superar estas dificultades y hacer posible el funcionamiento parental a corto plazo, estos beneficios resultaban pasajeros.
«Creo que todo el que sigue drogándose te va a decir: “sí, puedo criar a un niño mientras consumo”. Pero yo creo que no. Consumí durante 32 años, durante 32 años pensé: “puedo con el mundo entero”, pero en realidad he estropeado muchísimo, en lugar de enfrentarme a las cosas, buscar ayuda y no drogarme… Los problemas se agravaron y yo consumía todavía más para apartarlos… Drogarte no te hace más humana. Eres una muñequita, una marioneta, que hace lo que se espera de ella, pero que no siente ni piensa.» (Hazel, ITMC)
Aunque el consumo de sustancias puede ayudar a algunas madres a evitar revivir el trauma, en muchas de ellas fue derivando poco a poco hacia la pérdida de control sobre las sustancias. La cita siguiente ilustra cómo una madre reconoce que el consumo prolongado obstaculizó su funcionamiento como madre:
«Seguía queriendo hacerlo todo, por el speed. Me sentaba en el sillón a ver la tele con ella. Me obligaba a seguir dándoselo todo, aunque ella habrá tenido la sensación de que “mamá no está tranquila”. Un niño lo nota, pero en mi mundo yo intentaba hacerlo lo mejor posible, aunque al final ya no funcionaba.» (Abby, OT)
La crianza se veía obstaculizada por la preocupación de las madres por las sustancias, mientras que todo lo demás, incluida su propia descendencia, pasaba a un segundo plano. Sobre todo las mujeres en régimen residencial describieron cómo es imposible mantener una adicción y a la vez ocuparse de una criatura, ya que harían cualquier cosa por conseguir la droga. Esta toma de conciencia solía ir acompañada del sentimiento de no haber sido una madre lo bastante buena.
«Al final no estamos pendientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Voy a ser muy cruda, pero si ya casi no te queda nada, estás todo el rato con: “¿cómo consigo ahora la droga?”. Al final vives para la droga y no para tus hijos… Ahora que estoy limpia, me doy cuenta.» (Olivia, ITMC)
La preocupación por la sustancia acabó llevando a anteponer las drogas a la descendencia. Además, las participantes mencionaron que, cuando estaban bajo los efectos de la sustancia, las necesidades infantiles les parecían «demasiado», más de lo que podían asumir en ese momento. Algunas madres desgranaron relatos profundos y sinceros sobre esta prioridad dada al consumo y su impacto en la crianza.
«Habría atravesado una pared por ella [la cocaína]. Cuando había consumido, podía estar entretenida 6 h con una sola pastilla. Nadie podía hablarme, estaba muy concentrada, viviendo en otro mundo, descuidándolo todo, descuidando a mis hijos. A veces consumía delante de ellos. Estaba en mi mundo, ignorándolo todo. Tenían que dejarme en paz. Desconectaba el timbre, el teléfono, cerraba la puerta con llave, todo… para no tener que hablar con nadie. Es que no podía. Solo estaba con eso [las drogas], y nada más.» (Aubree, IT)
Tras algunos meses de tratamiento, las madres miraban atrás y reconocían que no habían sido capaces de responder a las necesidades emocionales de sus criaturas. Aunque estaban físicamente presentes, admiten que les hicieron un daño considerable y que estaban emocionalmente ausentes.
«En un momento dado, mi consumo era muy problemático. Consumía casi a diario, y sí afectó a la crianza. Si lo pienso ahora que estoy sobria… En casa todo estaba siempre bien, estaba limpio, yo limpiaba mucho. Los niños tenían ropa limpia todos los días, tenían todo lo que necesitaban, no les faltaba de nada. Estaban bien en todo, pero nada más. Me daba cuenta de que me costaba muchísimo estar pendiente de los niños, jugar con ellos, hablar con ellos… Estaba más encerrada en mí misma… Pero ahora [sin consumir], ahora tengo esa relación con los niños. Estoy de verdad pendiente de ellos. Juego con ellos.» (Olivia, ITMC)
Las participantes se referían con frecuencia a su falta de disponibilidad pese a su presencia física. Se describían como incapaces de expresar calidez y afecto y de interactuar adecuadamente con sus hijos e hijas. Los relatos de haber sido una buena madre «bajo los efectos» tendían a verse contrarrestados por la toma de conciencia de que, en realidad, habían abandonado por completo su función parental. Por tanto, las drogas pueden considerarse un importante mediador del trauma a lo largo de los relatos, ya que las madres están menos atentas, lo que conlleva un riesgo de transmitir el trauma.
Como consecuencia del consumo materno de sustancias, los relatos de las participantes revelaban cómo sus criaturas habían estado expuestas a cosas a las que no deberían haber estado expuestas, tanto a manos de sus personas cuidadoras como por la falta de implicación y de atención materna debida al consumo, según las propias entrevistadas.
«He descuidado mucho a mi hija. No le he dado mucho amor. La dejaba en cualquier sitio. No quieras saberlo… Esa niña ha visto demasiado. Esa niña todavía sufre por ello.» (Aubree, IT)
La descendencia de las entrevistadas se enfrentó a fuertes factores de estrés vital desde muy temprana edad, y a veces incluso antes de nacer. La violencia ejercida por una expareja tanto contra las criaturas como contra las madres no era un caso aislado.
«Mi ex intentó estrangularme delante de mi hijo… [Él] me encerró debajo de la escalera delante de mi hijo.» (Evelyne, OT)
«Literalmente estaba esperando a que me matara… porque a veces me agarraba del cuello y apretaba muy fuerte. Yo lo había visto mucho con mi madre, tuvimos que huir nosotras mismas, literalmente con un peluche en brazos, y acabamos en una casa de acogida. Así que no, no quiero que los niños vivan eso.» (Whitney, IT)
El extracto siguiente muestra cómo las experiencias infantiles de las madres —y el consumo de sustancias que vino después— están vinculadas al apego inseguro de sus hijos e hijas.
«Ahora lo noto también con mi hijo. Las cosas con las que lucha [ansiedad por separación], en parte son culpa mía. Si no hubiera abusado de las drogas, quizá no habría sido así.» (Hazel, ITMC)
La cita siguiente muestra cómo la experiencia pasada de abuso sexual de una madre sigue viva en forma de cierto malestar cuando su hija la abraza. Como consecuencia, su hija sufrió ansiedad por separación, y los problemas relacionales persisten de una generación a otra a través de patrones de apego inseguro.
«Cuando mi madre me vio abrazar a mi amiga, se echó a llorar, porque en casa nunca lo había hecho, y eso se lo he pasado a mi hija. No soporto que me abrace más de dos minutos. Empiezo a agobiarme y le digo: “Ya está, H.”. Pero se lo he transmitido, intento hacerlo lo mejor posible. (…) Para mí, esos brazos, esas manos, me queman todo el cuerpo. Y con eso me han… agredido [sexualmente]… mi abuelo… desde entonces ha empeorado, aunque siempre lo he tenido… pero desde entonces ha empeorado. (…) Ella no puede vivir sin mí. Siempre lloraba cuando no me veía, o le entraba el pánico cuando no me encontraba enseguida.» (Lexi, OT)
Las entrevistadas mencionaron que sus sentimientos de ansiedad y de estrés se originaron en su infancia como consecuencia de situaciones aterradoras y amenazantes y de traumas interpersonales. Afirmaron que sus criaturas sufrían a menudo el impacto indirecto del trauma latente de las madres (es decir, «consumir para borrar el pasado»). Mientras una madre se culpa por no haber visto ni intervenido cuando su pareja agredió sexualmente a su hija, otra mujer relata los efectos acumulativos que tuvieron en su hija varios intentos de suicidio —nacidos de un sufrimiento insoportable—. Las madres describían los problemas que afrontan hoy sus hijos e hijas a la luz de su propio pasado y presente complejos, lo que a menudo va acompañado de vergüenza, arrepentimiento y sentimientos de fracaso.
«Su padre abusó sexualmente de mi hija, y por eso también caí en la depresión, por lo que le había pasado a mi hija. Yo misma he pasado por ello, no con mi padre, con otros hombres, varias veces, por desgracia… Nunca se lo he contado a nadie. Mis padres no lo saben. (…) Drogarme reprimía mis emociones. (…) Si no me hubiera drogado, probablemente me habría dado cuenta antes de que mi hombre tocaba a mi hija. ¿Entiendes lo que quiero decir? Eso es algo de lo que me doy cuenta ahora, ahora que estoy limpia. Si hubiera sido así de lista antes, simplemente para afrontar todo eso y querer sentir.» (Stella, ITMC)
«He hecho 4 intentos… Siempre intenté hacerlo con medicamentos, menos una vez, que me corté las muñecas. Mi hija ya había nacido entonces, incluso lo vio. Porque me acuerdo de que le dije que me había cortado al ir a tirar algo a la basura… todavía se acuerda.» (Chelsea, OT)
Varias madres tenían hijos o hijas con un trastorno del desarrollo, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el trastorno del espectro autista (TEA), trastornos del aprendizaje o trastornos del apego, ansiedad, etc. En una de las madres, el trauma latente parecía persistir en la descendencia en forma de dificultades en el desarrollo del habla.
«Mi hijo ha visto cosas absolutamente inaceptables. Y todavía se acuerda. David [expareja] me había saltado los dientes, mi hijo lo vio. Mi última pareja también me maltrató gravemente y él vio mucho de eso, lo cual no está bien… y eso es por mi consumo de drogas, en esos momentos no era capaz de proteger a mi hijo. Le ha afectado muchísimo. Cuando empezó en la guardería, también había dejado de hablar por completo. Solo quería hablar conmigo, y no con las educadoras, lo que le provocó un trastorno del habla.» (Hazel, ITMC)
En definitiva, la vida compleja de estas madres puede tener consecuencias inesperadas y no deseadas para la generación siguiente. Una madre contó los sueños rotos de su hija, después de haber estado expuesta a la violencia de pareja y de haber echado de menos a su madre durante varias semanas a causa de un ingreso en tratamiento residencial.
«Todavía se me parte el corazón. Hace unos días, Margot [hija, 10 años] me dijo: “En el fondo, mamá, cuando pienso en todo lo que te ha pasado, ya no quiero tener hijos”. Eso me llega de verdad al corazón.» (Noelle, OT)
A partir de 23 entrevistas con madres con TCS en tratamiento residencial y ambulatorio, este estudio pretendía ofrecer una comprensión profunda de las experiencias de crianza mediante un análisis cualitativo de contenido. Las dificultades de autorregulación de las madres compartían con frecuencia una base etiológica de disfunción del sistema de apego (101) debida al trauma interpersonal en la infancia. Dada la importancia de comprender los mecanismos que pueden favorecer u obstaculizar las conexiones entre las propias experiencias de trauma interpersonal de las madres y las dificultades para fomentar un apego seguro con sus criaturas (pequeñas), los análisis se realizaron tomando estas experiencias como punto de partida. El presente estudio aplica un marco teórico del apego a la asociación entre experiencias traumáticas en la infancia, consumo de sustancias y problemas relacionados con las sustancias, lo que exige una etiología alternativa del abuso de sustancias: como síntoma de una necesidad insatisfecha que alimenta la atracción de una persona por una sustancia concreta, más que como una enfermedad en sí misma (102, 103). Desde este punto de vista, se introduce el marco de la autorregulación.
Los resultados de este estudio ponen de relieve que la capacidad de ajustar las respuestas reguladoras puede verse comprometida en las madres con TCS y trastornos del apego, lo que subraya la necesidad de considerar los TCS desde una perspectiva basada en el apego (101). MacLean (104) sugirió que el consumo de opiáceos sirve como sustituto de los apegos relacionales, lo que ha impulsado un conjunto creciente de investigaciones que se centran en la adicción como forma de regulación afectiva. Más concretamente, la adicción puede verse como una transferencia mediante la cual los «vínculos afectivos» se sustituyen por «vínculos adictivos» (105), que sirven así como medio alternativo de autorregulación (101). Por consiguiente, si se considera la adicción como un síntoma de un trauma relacional temprano (106, 107), el abuso de sustancias puede entenderse como «un intento de autorregulación al servicio de la adaptación» (101), que se apoya en algo distinto de las relaciones afectuosas como forma de cuidar de sí (108). En la línea de Shults (108), este estudio revela cómo una autopercepción negativa, unas relaciones rotas con los demás y una visión distorsionada del mundo a través de filtros perceptivos distorsionados pueden derivar de dificultades de apego. La conducta de búsqueda de apego de una persona, originada en vínculos tempranos rotos (109), puede acabar llevando a la adicción, a la vez que representa una reactuación del trauma pasado como estrategia de defensa (110). Desde esta perspectiva, la hipótesis de la automedicación sostiene que el sufrimiento está en el centro de las conductas adictivas (111), que proporcionan el apaciguamiento y la seguridad propios de una base segura interiorizada (109). «Del mismo modo que se busca a la figura de apego cuando el bebé experimenta una ansiedad creciente, la droga de elección puede buscarse con urgencia como objeto sustitutivo más adelante en la vida» (112, p. 61), en referencia a la previsibilidad y la fiabilidad que quizá les faltaron en la infancia.
Las experiencias traumáticas en la infancia pueden alterar la estabilidad psicológica de las personas (113), con vulnerabilidades de apego en la raíz de problemas emocionales y de adaptación, lo que suscita en las madres deseos de reactuación hacia una droga de abuso para reforzar sus sentimientos de seguridad y generar una autoestima genuina y funciones de autorregulación (30). Además, una menor autorregulación se ha asociado con los TCS (114). Por otra parte, una regulación incompleta (115) y una menor «controlabilidad» (114) también pueden hacer a las personas más vulnerables al abuso de sustancias. Así pues, según un conjunto creciente de investigaciones (116), el trauma infantil puede actuar como factor de riesgo para desarrollar TCS. Fuchshuber y sus colegas (86) confirman asimismo que las relaciones entre trauma infantil y organización de la personalidad pueden favorecer la comprensión de las personas que desarrollan TCS. Weegmann y Khantzian (117) describen cómo las necesidades de apego ordinarias y el apego a sustancias inanimadas comparten rasgos, como el mantenimiento de la proximidad y la homeostasis.
Pese al impacto persistente del apego inseguro a lo largo de la vida, un conjunto creciente de investigaciones subraya que las representaciones de apego no son permanentes y pueden evolucionar a lo largo de la vida (118). El papel protector de unos cuidados sensibles es especialmente vital en contextos de estrés y trauma (83). Además, el apego parentofilial parece ser también un factor importante para proteger a la adolescencia del consumo de sustancias (119). Varias intervenciones psicoterapéuticas se muestran prometedoras para mejorar el tipo de dificultades en la relación entre la persona cuidadora y la criatura que son frecuentes en madres y padres expuestos al trauma y en sus criaturas pequeñas (83). También entre las personas con TCS, los apegos traumáticos pueden sustituirse por apegos humanos más sanos de diverso tipo (117, 118). Iyengar y sus colegas (118) señalaron que las madres con antecedentes de trauma pueden evolucionar hacia un apego seguro, gracias a una mejor comprensión de sus experiencias pasadas y presentes. Además, las criaturas de mujeres que consumen sustancias pueden tener un apego seguro, lo que indica que es posible romper el ciclo de transmisión del apego inseguro entre generaciones (120). Un estudio empírico reciente con un grupo de personas presas en tratamiento en comunidad terapéutica reveló un aumento del apego seguro tras un año de tratamiento (121). Bortolini y Piccinini (122) mostraron una coherencia entre las experiencias de las madres con sus propias personas cuidadoras, caracterizadas por unos cuidados afectuosos y sensibles, y el apego seguro de sus criaturas, lo que indica que los patrones de apego pueden transmitirse de forma segura entre generaciones. Son resultados alentadores, dado el papel protector de los cuidados sensibles y del apego seguro (83, 123, 124), y puesto que la seguridad del apego atenúa el estrés relacionado con el trauma (125).
En la línea de Vanderzee y sus colegas (126), los resultados de nuestro estudio confirman la alta prevalencia del trauma intergeneracional en las familias afectadas por el consumo materno de sustancias. La constatación de que los vínculos rotos de las madres con su(s) progenitor(es) condujeron a una falta de confianza en sus propias capacidades parentales coincide con investigaciones recientes que ponen de manifiesto un funcionamiento parental deteriorado en personas adultas que crecieron en un contexto de consumo de sustancias de sus progenitores (127). Las participantes refirieron haber sufrido maltrato emocional y negligencia en la infancia, con el consiguiente apego inseguro y un alto estrés parental. Los efectos relacionales duraderos del trauma interpersonal en la infancia pueden mermar las capacidades parentales (128), aumentando el riesgo de conductas de maltrato o negligencia hacia la propia descendencia y manteniendo el riesgo de ciclos intergeneracionales de trauma.
Nuestros resultados sugieren que no solo vivir un trauma interpersonal temprano, sino también presenciar este tipo de acontecimientos, puede afectar gravemente al desarrollo infantil (19). Un conjunto creciente de investigaciones se centra en los posibles efectos de presenciar la violencia en la infancia (129). Pynoos y Nader (130) examinaron las respuestas traumáticas de niñas y niños que habían presenciado la agresión sexual de sus madres. Este equipo de investigación constató que estas criaturas presentaban, entre otras cosas, marcados síntomas de TEPT, alteraciones de su sensación de seguridad y de vulnerabilidad, una autoestima debilitada y tensiones en las relaciones intrafamiliares y con sus pares. Además, la exposición al maltrato infantil (14) y la exposición al estrés en las primeras etapas de la vida (131) se han asociado con una mayor vulnerabilidad para desarrollar TCS. Streeck-Fischer y van der Kolk (125) se refieren a las perspectivas negativas de estas criaturas en ausencia de prevención o de intervención temprana, ya que es probable que, al crecer, lleven vidas traumatizadas y traumatizantes, puesto que sus problemas de modulación afectiva tienden a desembocar en conductas impulsivas, TCS y violencia interpersonal.
Los antecedentes traumáticos de madres y padres pueden interferir en la capacidad de favorecer el desarrollo infantil (132). Los resultados de este estudio revelan cómo el trauma parental puede transmitirse a través de patrones de apego inseguro cuando la madre ha vivido un trauma relacional temprano. Padykula y Conklin (101) afirman que el trauma interpersonal afecta negativamente a la capacidad de regulación emocional, porque el subsistema emocional se basa en un reflejo incongruente. Salberg (133) lo expresa muy bien: «Es por el carácter primordial del apego en nuestra psique por lo que el trauma y su impacto constituyen una perturbación y una desorganización masivas del sistema de vinculación entre madres o padres y criaturas. Cuando el trauma vuelve a nosotros de forma transgeneracional a través de patrones de apego perturbados, es en la sintonía empática y en el vínculo de la criatura donde puede encontrarse el modo de transmisión.» En este sentido, Brothers (134) se refiere al concepto de «apego traumático», que afecta profundamente a las interacciones parentofiliales a lo largo de las generaciones. Las experiencias de trauma interpersonal temprano pueden afectar negativamente al funcionamiento parental (135) y dar lugar a experiencias adversas en la segunda generación. Las madres y los padres que tienen ellos mismos historias traumáticas y, en consecuencia, estilos de apego perturbados tienden a transmitir estas disfunciones a sus propios hijos e hijas, que más tarde pueden desarrollar patrones de apego perturbados (65).
Las madres con experiencias de trauma temprano y TCS suelen luchar contra la desconfianza, aunque buscan un entorno de cuidados seguro y una relación terapéutica auténtica. Los resultados sugieren que esto es especialmente necesario al inicio de los itinerarios de atención, para que puedan expresar adecuadamente, sin prejuicios, los sentimientos relacionados con sus inseguridades en la crianza, así como los acontecimientos pasados y las emociones actuales. Los equipos profesionales necesitan ser conscientes de los mecanismos que subyacen a la inseguridad parental y a la transmisión intergeneracional del trauma, y reconocer las dificultades de apego de las madres con TCS como manifestación de un trauma subyacente. Por tanto, debe abordarse el impacto del trauma temprano en el funcionamiento parental de las madres y en el establecimiento de un vínculo seguro con el recién nacido. Afrontar el trauma temprano y sanar de él, validar su impacto y apoyar la parentalidad en los primeros años críticos de la vida puede ayudar a las madres a pisar terreno más firme en cuanto a sus capacidades parentales y a transformar su dolor en crecimiento. Además, un mayor autocontrol, resiliencia y autoestima pueden reforzar la autoeficacia de las personas con TCS (136).
Al subrayar la importancia de distintos factores en la etiología, el desarrollo y el mantenimiento de la conducta adictiva (137), los resultados del estudio ponen de relieve la necesidad de aplicar en el tratamiento del abuso de sustancias intervenciones que favorezcan el apego, diseñadas y llevadas a cabo de forma informada sobre el trauma, para promover ante todo el vínculo parentofilial y la sanación como madre o padre, ya que el autoconcepto y la maternidad están profundamente relacionados (138). Los equipos profesionales deben ser conscientes del enorme sufrimiento que está en la raíz de los TCS (117), con la necesidad de que el tratamiento se base en proporcionar lo que faltó (30), atento al potencial sanador de las relaciones interpersonales de confianza tras el trauma. En este sentido, el modelo de Apego, Autorregulación y Competencia (modelo ARC) (22) subraya la importancia de (re)construir sistemas relacionales seguros, reconociendo los efectos centrales de la exposición al trauma en el compromiso relacional, la autorregulación y las competencias del desarrollo. Además, los contactos con los equipos de tratamiento deben transmitir ante todo una base segura de protección y confidencialidad, en la que las mujeres se sientan tomadas en serio. En consecuencia, los resultados ponen de relieve la importancia de una cultura organizativa informada sobre el trauma en el tratamiento del abuso de sustancias. Aunque no existe consenso sobre el contenido y la modalidad de un enfoque de tratamiento integrado centrado en el trauma y los TCS (139), este estudio afirma su necesidad para el tratamiento del abuso de sustancias. Nuestras recomendaciones clínicas coinciden con las de Isobel y sus colegas (140), que identificaron dos constructos que contribuyen a prevenir la transmisión intergeneracional del trauma: «resolver el trauma parental» y «apoyar activamente el apego entre madre o padre y bebé». Los resultados revelan la importancia de promover intervenciones de apoyo a la parentalidad informadas sobre el trauma para facilitar conexiones emocionales seguras entre las madres con TCS y sus criaturas. Además, apoyar a las madres en el desarrollo de vías alternativas para afrontar su sufrimiento exige que las revelaciones de trauma se validen y se elaboren siempre dentro del marco terapéutico, en estrecha consulta con las propias madres y tomando como principio rector sus necesidades al respecto. Asimismo, hay que tener en cuenta el alto riesgo de retraumatización y, en consecuencia, de abandono temprano entre las mujeres. Es importante crear un entorno seguro en el que las mujeres puedan apoyarse en una sensación segura de existir y en un sentido de sí mismas validado. Siempre que los equipos profesionales cuenten con una supervisión adecuada sobre el impacto del trauma y sobre cómo abordarlo con cuidado, las experiencias relacionadas con el trauma deberían evaluarse sistemáticamente dentro del protocolo de tratamiento (141) y —si la persona lo desea— abordarse. Para ello, es de suma importancia que los equipos profesionales reciban formación y supervisión clínica en dinámicas del trauma, con el fin de profundizar en la comprensión del impacto del trauma en su cultura de trabajo y de protegerlos del trauma vicario (142).
Una primera limitación de este estudio es el reducido número de participantes, que limita la generalización de nuestros resultados. En segundo lugar, deben tenerse en cuenta los efectos del tratamiento terapéutico de larga duración en las actitudes y en las capacidades reflexivas de las madres. Las madres que participaron en este estudio podrían haber sido más conscientes de sus psicodinámicas, sus apegos, sus traumas y el impacto que el consumo de sustancias había tenido en su vida y en la de sus hijos e hijas, en particular las madres en tratamiento residencial madre-hijo. En tercer lugar, un número significativo de madres perdió la custodia de su descendencia. La muestra estaba sesgada hacia personas vinculadas al sistema de protección a la infancia, lo que indica la gravedad de los casos y, por tanto, no representa a las mujeres que consumen sustancias en general. Por último, aunque aquí nos centramos en los relatos de las madres, reconocemos la importancia de múltiples perspectivas (por ejemplo, la pareja, los progenitores, la descendencia, etc.) para enriquecer nuestra comprensión de la complejidad de estas transmisiones desde un marco transaccional, así como de múltiples métodos de investigación (cualitativos y cuantitativos). Pese a estas limitaciones, y aunque existen otros moderadores de la transmisión intergeneracional del trauma que no recogimos en el marco de este estudio, se trata de uno de los primeros estudios que han intentado ofrecer una comprensión en profundidad de la transmisión intergeneracional del trauma desde la perspectiva de las madres que consumen sustancias. Las conclusiones de este estudio pueden ayudar a los equipos profesionales a reducir las probabilidades de que las madres se vean atrapadas en reactuaciones destructivas y a disminuir la vulnerabilidad entre generaciones (110). Al comprender la estructura de la crianza desregulada en las madres con TCS y antecedentes de trauma relacional, los equipos clínicos dispondrán de información práctica para orientar específicamente las intervenciones a interrumpir prácticas y cogniciones parentales desadaptativas, lo que hace de esta investigación una aportación valiosa para comprender mejor y favorecer el camino de una madre hacia la recuperación del consumo de sustancias, así como el crecimiento postraumático.
Dado que este estudio, al igual que otras investigaciones, ha observado una prevalencia considerable de exposición al trauma interpersonal en la infancia en mujeres con TCS, y dado el impacto perjudicial del trauma acumulativo en el funcionamiento parental, la investigación futura debería centrarse en cómo integrar en el tratamiento del abuso de sustancias intervenciones eficaces de apoyo a la parentalidad informadas sobre el trauma. Asimismo, las diferencias entre grupos (madres abstinentes frente a no abstinentes) en cuanto a la transmisión del trauma y los mecanismos de apego pueden ser de interés para futuras investigaciones. Una prioridad elevada para la investigación futura es descubrir los factores protectores mediante los cuales madres y padres superan los patrones intergeneracionales de apego perturbado tras el trauma. Para desarrollar prácticas basadas en la evidencia que integren el trabajo sobre el trauma en las intervenciones de tratamiento del abuso de sustancias, se necesita más investigación sobre la relación entre los perfiles de trauma infantil (143), el consumo de sustancias concretas y los estilos de crianza y de apego. Este tipo de investigación puede identificar vías distintas por las que el trauma interpersonal temprano se manifiesta en el funcionamiento parental y en los resultados de la descendencia. Una mejor comprensión de cómo el trauma parental afecta a la crianza —de un modo que no traumatice aún más a madres y padres—, junto con conocimientos sobre los correlatos del crecimiento postraumático, sería un paso importante para reconocer a las personas en riesgo de desarrollar TCS derivados de apegos traumáticos. Por último, estudios recientes se han centrado en la alexitimia en poblaciones que consumen sustancias (144, 144–146), que recientemente también se ha relacionado con el apego (147), el trauma infantil (148, 149) y la ideación suicida (150–152). Sería de especial interés una investigación destinada a ampliar el conocimiento sobre la alexitimia en mujeres con TCS y en su descendencia, ya que los resultados de este estudio también podrían explicarse en términos de alexitimia secundaria.
Las madres de este estudio expresaron una base etiológica de disfunción del sistema de apego debida a experiencias tempranas de trauma interpersonal. En un intento de regular las emociones dolorosas de no sentirse vinculadas ni seguras en el mundo, el consumo materno de sustancias puede aumentar el riesgo de unos cuidados subóptimos, perpetuando el ciclo del trauma y afectando al establecimiento de un apego seguro en la vida de sus criaturas. El abuso problemático de sustancias y la disfunción parental asociada pueden dar lugar a mecanismos mediante los cuales el apego inseguro y el trauma se transmiten de una generación a otra. Los resultados indican la necesidad de tener en cuenta estos conceptos en el desarrollo y la aplicación de intervenciones terapéuticas para madres con TCS, ya que este estudio subraya la necesidad de entender los TCS como resultado, en su origen, de relaciones de apego rotas. Las madres con antecedentes de trauma interpersonal anhelan un hogar que sea —que exista como— un lugar de seguridad en lugar de un lugar de miedo, y se crean expectativas parentales que pueden contribuir al miedo al fracaso parental y, en última instancia, poner en cuestión la identificación parental a lo largo de las generaciones.
Complexe Systémique: puntos clave
Este estudio cualitativo flamenco tiene un mérito poco común: da la palabra a las propias madres, cuando la literatura suele hablar de ellas. El trauma no era la pregunta de partida; afloró en 16 de los 23 relatos. La lectura basada en el apego que se deriva de ello cambia la perspectiva: el consumo aparece menos como una enfermedad en sí misma que como un intento de regulación, un «vínculo adictivo» que suple unos vínculos afectivos deficientes e incluso, durante un tiempo, como una muleta para ejercer la parentalidad. Para la práctica sistémica, se trata de pensar a la vez en tres generaciones: abuelos y abuelas que no protegieron, una madre que consume para aguantar, una criatura que hereda la falta de disponibilidad emocional más que la sustancia. De ahí la importancia de acoger las revelaciones sin forzarlas, validar antes de interpretar y sostener el vínculo parentofilial durante el tratamiento. Los límites son una muestra pequeña, muy marcada por la intervención de los servicios de protección a la infancia, y un único punto de vista, el de las madres: no se escucha ni a la descendencia, ni a las parejas, ni a los equipos. Para leer junto con el artículo sobre la terapia familiar basada en el apego para el consumo de sustancias y la revisión realista de las intervenciones familiares para hijas e hijos de progenitores que consumen sustancias.
Notas del original
Declaración ética. Los estudios con participantes humanos fueron revisados y aprobados por el Comité de Ética de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Gante (decisión del C. E.: 2018/42). Las pacientes/participantes dieron su consentimiento informado oral y escrito para participar en este estudio.
Contribuciones de la autoría. FM redactó el manuscrito y se encargó de las ideas generales. SD y WV diseñaron el estudio, aportaron comentarios sobre el proceso de análisis de los datos y revisaron el manuscrito.
Conflicto de intereses. La autoría declara que la investigación se llevó a cabo en ausencia de cualquier relación comercial o financiera que pudiera interpretarse como un posible conflicto de intereses.
Agradecimientos. Queremos dar las gracias a todas las participantes en este estudio por su esfuerzo y su confianza. Gracias también a Deborah Isobell, cuyo apoyo intelectual ha sido importante durante la redacción de este artículo.
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Traducción no oficial al español de Mothering, Substance Use Disorders and Intergenerational Trauma Transmission: An Attachment-Based Perspective, de Florien Meulewaeter, Sarah S. W. De Pauw y Wouter Vanderplasschen, Frontiers in Psychiatry, vol. 10, artículo 728 (2019), doi: 10.3389/fpsyt.2019.00728, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial del artículo original «Mothering, Substance Use Disorders and Intergenerational Trauma Transmission: An Attachment-Based Perspective», publicado en Frontiers in Psychiatry (2019) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Meulewaeter, F., De Pauw, S. S. W., y Vanderplasschen, W. (2019). Mothering, Substance Use Disorders and Intergenerational Trauma Transmission: An Attachment-Based Perspective. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/mothering-substance-use-disorders-and-intergenerational-trauma-transmission-an-attachment (Obra original publicada en 2019 en Frontiers in Psychiatry, 10, 728 (2019); republicada en 2019 por Frontiers in Psychiatry, https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fpsyt.2019.00728/full)
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