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Trauma, Violence, & Abuse · Violencia

¿Cuáles son los mecanismos que sustentan la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia? Una revisión realista

¿Por qué la violencia sufrida o ejercida por una generación aumenta el riesgo de que la siguiente la ejerza a su vez? El equipo de Franziska Meinck relee 28 estudios con un método realista, que se pregunta qué funciona, para quién y en qué contexto. Identifica cinco mecanismos: las normas, la imitación, la desregulación emocional, la vulnerabilidad acumulada y las relaciones dañadas.

Autoría Franziska Meinck (University of Edinburgh, Reino Unido; University of the Witwatersrand, Johannesburgo, y North-West University, Vanderbijlpark, Sudáfrica), Mengyao Lu (University of Edinburgh), Deeksha Suresh (University of Pittsburgh, Estados Unidos), Melis Cetin (Bogazici University, Estambul, Turquía), Lakshmi Neelakantan (University of Melbourne, Australia), Chad Hemady (Youth Endowment Fund, Londres, Reino Unido), Hannabeth Franchino-Olsen (University of Edinburgh y The Ohio State University, Columbus, Estados Unidos), Nataly Woollett (University of the Witwatersrand y University of Johannesburg, Sudáfrica), GJ Melendez-Torres (University of Exeter, Reino Unido), Andrea Gonzalez (McMaster University, Hamilton, Canadá) y Nicola Christofides (University of the Witwatersrand)Primera publicación Trauma, Violence, & Abuse, 1 de septiembre de 2025Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de What Are the Mechanisms Underpinning Intergenerational Transmission of Violence Perpetration? A Realist Review, de Franziska Meinck, Mengyao Lu, Deeksha Suresh, Melis Cetin, Lakshmi Neelakantan, Chad Hemady, Hannabeth Franchino-Olsen, Nataly Woollett, GJ Melendez-Torres, Andrea Gonzalez y Nicola Christofides, publicado en Trauma, Violence, & Abuse (SAGE) (2026), doi: 10.1177/15248380251361468, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. La tabla 1 se presenta en forma de lista; los materiales complementarios en línea no se reproducen. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Sin embargo, saber simplemente que existe un vínculo no basta para diseñar intervenciones específicas.

Franziska Meinck et al.

Resumen

Las generaciones sucesivas tienen más probabilidades de cometer actos de violencia en los hogares donde una persona ha ejercido o sufrido violencia. Aunque la investigación se ha centrado hasta ahora sobre todo en las asociaciones directas entre la experiencia o la perpetración de violencia en la generación 1 y la perpetración de violencia en la generación 2, los datos sobre los mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia son escasos. Realizamos una revisión realista para dirimir entre las teorías sobre los mecanismos subyacentes a la perpetración intergeneracional de violencia. Siguiendo las normas Realist and Meta-Review Evidence Synthesis: Evolving Standards, consultamos seis bases de datos en tres fases, teniendo en cuenta todos los diseños de estudio. Identificamos 28 estudios, que se analizaron temáticamente. Los estudios incluidos se centraban en la perpetración de violencia de pareja íntima, maltrato y negligencia infantil, violencia juvenil y delitos violentos. Identificamos cinco mecanismos subyacentes a la perpetración intergeneracional de violencia: (a) la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales, (b) el modelado y la imitación, (c) la desregulación emocional, (d) la alta vulnerabilidad y (e) las relaciones deterioradas. Estos mecanismos operan y se despliegan de manera distinta según los contextos en los que se sufre o se presencia la violencia. Nuestra revisión realista pone de relieve cómo puede transmitirse la perpetración de violencia de una generación a otra. Proponemos que las intervenciones centradas en las normas y actitudes, la salud mental, el bienestar social y las relaciones entre progenitores y descendencia pueden ser útiles para prevenir la perpetración de violencia a lo largo de las generaciones.

Palabras clave: intergeneracional; violencia; maltrato infantil; violencia de pareja íntima; perpetración

Introducción

La exposición a la violencia se ha asociado sistemáticamente con consecuencias perjudiciales a lo largo de la vida. Las personas expuestas a la violencia tienen un mayor riesgo de lesiones, enfermedades infecciosas y problemas de salud mental en años posteriores (Hillis et al., 2017). En el estudio de los efectos de la exposición a la violencia ha existido un interés constante y duradero por el llamado «ciclo de la violencia», o transmisión/continuidad intergeneracional de la violencia, y por la cuestión de por qué algunas personas llegan a ejercer violencia. La noción de transmisión de la violencia se refiere esencialmente a si la experiencia de violencia de una persona adulta a lo largo de su vida aumenta el riesgo de que ejerza a su vez violencia contra su descendencia, o de que su descendencia también ejerza o sufra violencia (Madigan et al., 2019). La violencia puede producirse dentro y fuera de la familia. La transmisión de la victimización por violencia se produce cuando una persona de la generación 1 (G1) sufre violencia y su descendencia, en la generación 2 (G2), también la sufre. La transmisión de la perpetración de violencia se produce cuando la generación 1 (G1) sufre o ejerce violencia y su descendencia (G2) ejerce después violencia. La investigación distingue dos tipos de transmisión: la transmisión homotípica, en la que el mismo tipo de violencia se perpetúa a lo largo de las generaciones, y la transmisión heterotípica, en la que el tipo de violencia sufrida o ejercida en la G1 es distinto del de la G2. Un ejemplo de transmisión homotípica es el uso de violencia contra un niño o una niña tanto en la G1 como en la G2, mientras que la transmisión heterotípica corresponde, por ejemplo, a una experiencia de maltrato infantil en la G1 y a la perpetración de VPI en la G2. Esta distinción es importante porque los distintos tipos de violencia tienen factores de riesgo y de protección que no se solapan y se asocian a consecuencias diferentes a lo largo de la vida, lo que hace necesario un enfoque diferenciado de la transmisión de la violencia para adaptar las estrategias de prevención (Langevin et al., 2023).

En general, la investigación sobre la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia se ha centrado exclusivamente en la violencia familiar o en la delincuencia violenta. Diversas revisiones sistemáticas aportan pruebas de transmisión intergeneracional: del maltrato infantil ejercido (G1) al maltrato infantil ejercido posteriormente (G2); de la violencia de pareja íntima sufrida (VPI) (G1) a la perpetración posterior de VPI (G2); y de la perpetración de VPI (G1) a la perpetración posterior de maltrato infantil (G2), todas ellas con tamaños del efecto pequeños o modestos (Assink et al., 2018; Ertem et al., 2000; Gerino et al., 2018; Greene et al., 2020; Langevin et al., 2019; Madigan et al., 2019; Savage et al., 2019; Schofield et al., 2013; Stith et al., 2000; Thornberry et al., 2012). Una conclusión clave de muchas de estas revisiones es que los estudios primarios que examinan la transmisión de la violencia presentan importantes limitaciones metodológicas. Por ejemplo, muchos estudios examinan el maltrato infantil o la VPI, pero ofrecen poca información sobre los subtipos de violencia incluidos y sobre sus asociaciones individuales con la transmisión intergeneracional (Langevin et al., 2023).

Aunque buena parte de la literatura respalda que la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia existe, algunos estudios cuestionan el vínculo entre la violencia en la G1 y la perpetración de violencia en la G2. Una síntesis paraguas reciente de 19 metaanálisis que examinaban los antecedentes del maltrato infantil y las intervenciones ha confirmado la observación persistente de que la exposición a la violencia aumenta efectivamente la perpetración de violencia en las generaciones siguientes (van IJzendoorn et al., 2020), y el equipo autor estableció una probabilidad del 65% de que las madres y los padres que han sufrido maltrato lleguen a maltratar a sus propios hijos e hijas. El conjunto actual de datos se centra casi exclusivamente en la VPI, el maltrato infantil físico y emocional y la delincuencia violenta, y se sabe menos sobre la transmisión de otros tipos de violencia (por ejemplo, la violencia entre iguales, el abuso sexual o la explotación sexual).

Existen múltiples marcos teóricos sobre la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia. Adoptan perspectivas distintas según el ámbito del que proceden; por ejemplo, la literatura sobre la transmisión intergeneracional de las conductas delictivas suele centrarse en los entornos criminógenos (Farrington, 2011), mientras que la investigación sobre la transmisión intergeneracional de la VPI recurre sobre todo a la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1977), y la dedicada a la transmisión intergeneracional del maltrato infantil sigue a menudo un marco socioecológico (Bronfenbrenner, 1979). En el material complementario 1 puede consultarse una visión general de los marcos teóricos más habituales sobre la perpetración intergeneracional de violencia, que se solapan considerablemente entre sí.

Aunque varios marcos teóricos existentes se centran en el papel del contexto, es decir, en los entornos criminógenos o en los marcos de factores de riesgo (Farrington, 2011), pocos estudios empíricos han sometido estas teorías a prueba para determinar por qué ciertas familias o circunstancias tienen más probabilidades que otras de vivir ciclos intergeneracionales de violencia. Por ello es importante explorar los contextos y mecanismos a través de los cuales la violencia podría transmitirse e influir en la perpetración de violencia, tanto dentro como fuera del hogar. Además, pese al importante papel de la cultura en las definiciones y en la aparición de la violencia, escasea la investigación que examine las influencias sociales y culturales sobre por qué y cómo se produce la transmisión de la violencia (Kim, 2012). Las perspectivas realistas nos permiten abordar esta importante laguna en los datos, ya que se centran en comprender qué le ocurre a quién, en qué circunstancias y por qué (Pawson & Manzano-Santaella, 2012), y nos permiten evaluar los méritos relativos y las contingencias contextuales propias de cada teoría.

Identificar las causas profundas y las vías por las que la violencia se perpetúa a lo largo de las generaciones puede mejorar considerablemente las intervenciones destinadas a romper estos ciclos de violencia. Si no se interrumpe, la violencia continúa, y las políticas y los programas, que en gran medida siguen funcionando de forma compartimentada, no abordan el solapamiento entre los distintos tipos de violencia, por ejemplo el maltrato infantil y la VPI. Esto significa que las personas más vulnerables se quedan fuera de la red. Las consecuencias de la transmisión de la violencia son importantes tanto a nivel individual como social: el aumento de la carga de salud pública en salud mental, lesiones y enfermedades crónicas (Widom, 2012), asociado a costes económicos considerables que presionan unos recursos ya limitados, y el deterioro del desarrollo infantil (Herbert et al., 2025; Pereznieto et al., 2014), que merma la capacidad de niñas y niños para contribuir como miembros productivos de la sociedad, se suman a un debilitamiento de la seguridad comunitaria y de la cohesión social que conduce a la desconfianza en las instituciones (Randau, 2021). Esta revisión realista pretendía aportar datos sobre los mecanismos por los que la experiencia de violencia en una generación (G1) puede aumentar el riesgo de perpetración de violencia en la segunda generación (G2). La revisión pretendía responder a la siguiente pregunta de investigación: ¿cómo, por qué y en qué condiciones la experiencia o la perpetración de violencia en la G1 aumenta el riesgo de perpetración de violencia en la G2?

Métodos

Las revisiones realistas parten de la premisa de que, para cualquier resultado observado, existen uno o varios procesos causales que se activan en determinados contextos (Wong, 2018). Para inferir un resultado causal (0) entre dos acontecimientos, es necesario comprender el mecanismo subyacente (M) que los conecta con el contexto (C) en el que se produce esta relación (Pawson et al., 2005). Las revisiones realistas están guiadas por la teoría e implican reunir y clasificar las teorías clave y rastrear los datos que las confirman o refutan, de modo que la atención se mantenga en los mecanismos que vinculan contextos y resultados. Los enfoques realistas tampoco dan prioridad a los datos cualitativos ni a los cuantitativos y ven valor en combinar ambos tipos de datos durante el proceso de revisión (Kastner et al., 2012). Esta revisión realista siguió un procedimiento basado en los cinco pasos establecidos por Pawson et al. (2005), modificado para poder centrarse en estudios no centrados en intervenciones y sin incluir la difusión y la evaluación ante actores distintos del ámbito académico.

Se elaboró un protocolo de revisión, registrado en PROSPERO (2021:CRD42021267725). El objetivo de este protocolo era investigar la transmisión intergeneracional de la victimización y de la perpetración de violencia, para presentar los resultados sobre ambas en una única revisión. La naturaleza y el enfoque de los datos dieron lugar a dos artículos separados, uno sobre la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia y otro sobre la victimización por violencia (Lu et al., en revisión).

Búsqueda de datos

Para esta revisión empleamos una estrategia de búsqueda en tres etapas. El motivo es que en los últimos años se han realizado varias revisiones sobre la transmisión intergeneracional de la victimización y la perpetración de violencia, la mayoría sobre el efecto global de la exposición al maltrato infantil en la crianza posterior y en la perpetración de VPI (Greene et al., 2020; Langevin et al., 2019; Madigan et al., 2019; Savage et al., 2019). Por ello, no era probable que una nueva búsqueda primaria exhaustiva centrada en la investigación cuantitativa ayudara a cumplir los objetivos de esta revisión.

Entre enero de 1990 y diciembre de 2021 consultamos las siguientes bases de datos electrónicas: EMBASE, Global Health, PsycINFO, Sociological Abstracts, Cochrane Library, ProQuest Dissertations and Theses; además, revisamos las listas de referencias de los estudios incluidos y las listas de estudios excluidos de otras revisiones y metaanálisis, realizamos búsquedas de citas hacia delante y hacia atrás, contactamos con actores del ámbito y buscamos literatura gris, en concreto los resúmenes de comunicaciones a congresos de la Sexual Violence Research Initiative y de la International Society for the Prevention of Child Abuse and Neglect y los sitios web de la Organización Mundial de la Salud y de UNICEF (véanse la tabla 1 para las etapas de búsqueda y los materiales complementarios 2, 3 y 4 para las búsquedas).

Tabla 1 — Etapas de búsqueda.

Etapa de búsqueda 1

  • Estrategia de búsqueda. Véase el material complementario 1. Hasta el 31 de mayo de 2021
  • Tipos de estudios. Revisiones sistemáticas y metaanálisis sobre la transmisión intergeneracional de la violencia
  • Justificación de la búsqueda. Existen numerosas revisiones sistemáticas y metaanálisis sobre si la transmisión se produce y sobre el tamaño del efecto; esta búsqueda se centró en la explicación de los mecanismos subyacentes a la transmisión de la violencia tal como se exponen en las revisiones sistemáticas o metaanálisis
  • Inclusión. (a) Revisiones sistemáticas o metaanálisis; (b) violencia sufrida/ejercida por la G1 y ejercida por la G2; (c) mecanismos de transmisión intergeneracional de la violencia
  • Exclusión. (a) Trabajos no empíricos; (b) estudios que no eran revisiones sistemáticas; (c) violencia sufrida/ejercida por una sola generación

Etapa de búsqueda 2

  • Estrategia de búsqueda. Véase el material complementario 2. Hasta el 1 de noviembre de 2021
  • Tipos de estudios. Estudios cualitativos sobre los tipos de violencia identificados en la etapa 1
  • Justificación de la búsqueda. La búsqueda anterior se centró en revisiones sistemáticas y metaanálisis, que incluían casi exclusivamente estudios cuantitativos; de ahí la necesidad de centrarse en estudios cualitativos para comprender los mecanismos subyacentes a los tipos de transmisión de la violencia investigados en las revisiones incluidas
  • Inclusión. (a) Estudios cualitativos sobre la transmisión intergeneracional de la VPI, el maltrato infantil, el abuso infantil y la implicación en la delincuencia
  • Exclusión. (a) Todos los demás tipos de violencia; (b) todos los demás diseños de estudio, (c) violencia sufrida/ejercida por una sola generación

Etapa de búsqueda 3

  • Estrategia de búsqueda. Véase el material complementario 3. Hasta el 31 de diciembre de 2021
  • Tipos de estudios. Búsqueda en profundidad de estudios cualitativos y cuantitativos sobre la transmisión intergeneracional de tipos de violencia distintos de los identificados en las etapas 1 y 2
  • Justificación de la búsqueda. Búsqueda específica de tipos de transmisión de la violencia sobre los que los demás estudios incluidos no habían aportado datos, en particular los tipos de violencia extrafamiliar, por ejemplo, el acoso escolar
  • Inclusión. (a) Cualquier diseño de estudio; (b) transmisión intergeneracional del acoso escolar, la explotación sexual, la violencia de bandas, la violencia juvenil y la violencia comunitaria
  • Exclusión. (a) Trabajos no empíricos; (b) estudios centrados en el maltrato y la negligencia infantil, el maltrato a la infancia, la VPI y la implicación en la delincuencia; (c) violencia sufrida/ejercida por una sola generación

Selección de estudios y extracción de datos

Dos personas revisoras examinaron los títulos y resúmenes y extrajeron los datos. Los desacuerdos se resolvieron mediante discusión con una tercera persona revisora. Al considerar los estudios pertinentes, incluimos información no solo de los apartados de resultados o hallazgos, sino también de otros apartados, como la discusión, que explica las implicaciones de los hallazgos, o la introducción, que ofrece descripciones de las teorías. Las búsquedas se limitaron a la lengua inglesa y se tuvieron en cuenta todos los países y entornos.

Examinamos todos los títulos y resúmenes con los siguientes criterios de inclusión: (a) estudios centrados en la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia; (b) que describieran o contuvieran información que explicara el mecanismo de transmisión intergeneracional de la violencia, como un análisis de mediación; (c) la violencia sufrida por la G1 se definió en sentido amplio, incluyendo todos los tipos de violencia interpersonal, es decir, la violencia entre iguales, el maltrato y la negligencia infantil, la VPI, la conducta delictiva violenta y la violencia comunitaria; (d) y en los que la violencia había sido presenciada o sufrida en la G1 y ejercida después por la G2; (e) la violencia en la G2 también se definió en sentido amplio e incluía todos los tipos de violencia interpersonal. Salvo en la etapa 1, en la que buscamos específicamente revisiones publicadas, en las búsquedas de las etapas 2 y 3 se tuvieron en cuenta todos los tipos de diseño de estudio (por ejemplo, cualitativos, cuantitativos, de métodos mixtos). Excluimos los artículos de opinión, los editoriales, los comentarios no especializados y las cartas. Los estudios se seleccionaron en función de su contribución a la teoría del problema sobre los mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia.

Cuatro personas revisoras extrajeron las características generales de los estudios, el contexto, los mecanismos y los resultados, así como la riqueza de los datos y las pruebas que respaldaban los mecanismos. Priorizamos los estudios según su pertinencia y su rigor. La pertinencia se refería a si el estudio aportaba datos en relación con las teorías del problema que se estaban poniendo a prueba; el rigor, a la solidez y credibilidad de las conclusiones extraídas por la autoría de los estudios originales (Wong et al., 2013).

Síntesis de los datos y conclusiones

Sintetizamos los datos extraídos para interrogar las teorías sobre la transmisión de la violencia, con el fin de determinar cuándo se produce la transmisión, en qué circunstancias, para quién y por qué, y así respaldar y dirimir entre las teorías existentes. Se elaboró un marco de codificación estructurado para recoger sistemáticamente el contexto (C), el mecanismo (M) y el resultado (O) en los distintos tipos de exposición a la violencia examinados en los estudios incluidos. Cada persona revisora se encargó de codificar un subconjunto de estudios con este marco de codificación. Los patrones CMO emergentes se compararon entre estudios y se sintetizaron de forma iterativa para elaborar explicaciones narrativas globales de la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia. Los hallazgos de la síntesis narrativa se presentan como una teoría final del problema en forma de múltiples configuraciones CMO. Las discrepancias se resolvieron mediante discusiones periódicas con todo el equipo autor, y el marco de codificación se revisó cuando fue necesario. Los datos contradictorios se examinaron con detenimiento para obtener información sobre las influencias contextuales (Pawson et al., 2005). Comunicamos los hallazgos de acuerdo con las normas de publicación Realist and Meta-Review Evidence Synthesis: Evolving Standards (RAMESES) (Wong et al., 2013).

Resultados

En total, se incluyeron 28 estudios sobre las vías de perpetración a través de tres rondas de búsqueda (véase el diagrama de flujo RAMESES en la figura 1), de los cuales 20 eran estudios primarios (5 cualitativos; 15 cuantitativos) y 8 eran revisiones sistemáticas o metaanálisis. Las vías de victimización son objeto de otro manuscrito (Lu et al., en revisión). Los estudios incluidos abarcaban poblaciones de América del Norte (n = 10) (Augustyn et al., 2017; Bozzay et al., 2020; Chapple, 2003; Fite et al., 2008; Kim et al., 2009; Martinez, 2020; Narayan et al., 2013; Reyes et al., 2015; Smith et al., 2011; Thornberry et al., 2013), el Caribe (n = 1) (Gage, 2016), Asia (n = 3) (Choi et al., 2023; Li et al., 2021; Murshid & Murshid, 2018) y Europa (n = 6) (Adshead & Bluglass, 2001; Domoney & Trevillion, 2021; Frisell et al., 2011; Jaffee et al., 2013; Spapens & Moors, 2020; van Dijk et al., 2019); siete eran revisiones de alcance mundial (Besemer et al., 2017; Goncy, 2020; Goncy et al., 2021; Greene et al., 2020; Kimber et al., 2018; Li et al., 2020; Stith et al., 2000) y una revisaba datos del Reino Unido y de Estados Unidos (Schofield et al., 2013). Tres estudios utilizaban datos del Rochester Development Study (Sameroff et al., 1987; Augustyn et al., 2017; Smith et al., 2011; Thornberry et al., 2013).

Diagrama de flujo RAMESES de los procesos de búsqueda y cribado y de los estudios incluidos (Wong et al., 2013).
Figura 1. Diagrama de flujo RAMESES de los procesos de búsqueda y cribado y de los estudios incluidos (Wong et al., 2013).

Dieciséis de los estudios incluidos se centraban únicamente en la continuidad homotípica de la perpetración de violencia. Un número menor se centraba en la continuidad heterotípica (n = 4).

Los estudios investigaron la continuidad homotípica de la VPI (n = 8) (Chapple, 2003; Fite et al., 2008; Gage, 2016; Goncy, 2020; Kim et al., 2009; Kimber et al., 2018; Martinez, 2020; Murshid & Murshid, 2018), de las conductas delictivas violentas (n = 5) (Augustyn et al., 2017; Besemer et al., 2017; Frisell et al., 2011; Spapens & Moors, 2020; van Dijk et al., 2019) y del maltrato infantil (n = 3) (Greene et al., 2020; Schofield et al., 2013; Thornberry et al., 2013). La continuidad heterotípica se investigó para la VPI parental (G1, presenciada por la G2) o el maltrato físico de la G2 por parte de la G1 y la perpetración de violencia juvenil (G2) (Li et al., 2021); el maltrato infantil (G1) y la perpetración de VPI (G2) (Li et al., 2020); el maltrato infantil (G1) y la enfermedad ficticia (G2) (Adshead & Bluglass, 2001); y el maltrato infantil ejercido por la G1 contra la G2 y la agresión posterior en las relaciones de noviazgo (G2) (Goncy et al., 2021). Los estudios centrados a la vez en la transmisión homotípica y heterotípica examinaron: la violencia familiar parental (presenciada por la G2) o la experiencia de maltrato infantil (G2) y la agresión violenta posterior contra los progenitores y contra iguales (G2) (Bozzay et al., 2020); la VPI en la edad adulta/la experiencia de maltrato infantil (G1) y la agresión en el noviazgo (G2) (Reyes et al., 2015); la experiencia de maltrato infantil o la victimización por VPI en la edad adulta (G1) y una crianza violenta posterior (G2) (Choi et al., 2023; Jaffee et al., 2013); y la VPI de la G1 (autodeclarada o presenciada por la G2) durante la infancia o el maltrato infantil contra la G2 y la perpetración posterior de VPI (G2) (Domoney & Trevillion, 2021; Narayan et al., 2013; Reyes et al., 2015; Smith et al., 2011; Stith et al., 2000).

Hallazgos clave

  • Esta revisión identificó cinco mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia: (a) la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales; (b) el modelado y la imitación; (c) la desregulación emocional; (d) la alta vulnerabilidad; y (e) las relaciones deterioradas
  • Los datos disponibles se refieren sobre todo a la transmisión de la VPI, del maltrato infantil y de las conductas delictivas violentas, y se sabe poco sobre los distintos subtipos de violencia y sobre el contexto situacional de la perpetración
  • Los hallazgos respaldan las teorías existentes sobre la transmisión intergeneracional de la violencia en la familia, entre ellas la teoría del poder, la teoría del aprendizaje social, el modelo del proceso de estrés, la teoría de los sistemas socioecológicos, los entornos criminógenos y la teoría del apego.

De todos los estudios incluidos, cuatro investigaron la continuidad intergeneracional de la violencia de las madres a su descendencia (Adshead & Bluglass, 2001; Choi et al., 2023; Jaffee et al., 2013; Narayan et al., 2013), dos de los padres a su descendencia (Domoney & Trevillion, 2021; Murshid & Murshid, 2018), diez informaron por separado sobre cada progenitor (Augustyn et al., 2017; Besemer et al., 2017; Fite et al., 2008; Gage, 2016; Goncy, 2020; Goncy et al., 2021, p. 202; Greene et al., 2020; Kim et al., 2009; Kimber et al., 2018; Martinez, 2020) y el resto no distinguía entre la madre y el padre. En la mayoría de los estudios no había información sobre quién había ejercido o sufrido la violencia en la G1, ni sobre quién había infligido el maltrato infantil a la G2. Los estudios centrados en la VPI y en el maltrato infantil se ocupaban por lo general del maltrato físico y emocional, y pocos se centraban en el abuso económico o sexual y en la negligencia; ninguno describía el contexto situacional en el que se produjo la perpetración (por ejemplo, una mala conducta percibida, o una agresión entre los progenitores en la que interviene el niño o la niña). Ningún estudio se centró en la transmisión intergeneracional de la violencia entre iguales, de la violencia comunitaria o de la explotación sexual.

Nueve estudios primarios incluían datos de una sola generación (Chapple, 2003; Choi et al., 2023; Domoney & Trevillion, 2021; Gage, 2016; S. D. Li et al., 2021; Martinez, 2020; Murshid & Murshid, 2018; Reyes et al., 2015; Thornberry et al., 2013), ocho de dos generaciones (Augustyn et al., 2017; Bozzay et al., 2020; Fite et al., 2008; Jaffee et al., 2013; Kim et al., 2009; Narayan et al., 2013; Smith et al., 2011; van Dijk et al., 2019), y dos estudios cualitativos y uno cuantitativo de tres generaciones (Adshead & Bluglass, 2001; Frisell et al., 2011; Spapens & Moors, 2020).

A continuación se presentan los hallazgos como una teoría final del problema en forma de configuraciones contexto-mecanismo-resultado (CMO). La revisión identificó cinco CMO: (a) la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales; (b) el modelado y la imitación; (c) la desregulación emocional; (d) la alta vulnerabilidad; y (e) la crianza y el apego. Véase el material complementario 5 para los estudios incluidos y sus hallazgos generales.

Síntesis de los datos

CMO 1: normalización de la violencia y normas de género perjudiciales

Si las figuras parentales fueron violentas en presencia del niño o la niña, o contra él o ella, en contextos caracterizados por altos niveles de violencia y desigualdad de género (C) (G1), entonces el niño o la niña normaliza y justifica la violencia y adopta normas de género perjudiciales (G2; M), lo que podría dar lugar a la perpetración de violencia tanto en la adolescencia como en la edad adulta (O) (G2) (figura 2).

Configuraciones CMO finales de los mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia.
Figura 2. Configuraciones CMO finales de los mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia.

Siete estudios incluidos respaldaban esta CMO, centrada en el fenómeno cognitivo de la «normalización», por el cual el esquema que una persona tiene sobre la violencia y su aceptabilidad se ve alterado por el contexto más amplio en el que vive (Domoney & Trevillion, 2021; Gage, 2016; Kimber et al., 2018; Li et al., 2021; Martinez, 2020; Reyes et al., 2015; Stith et al., 2000). De ellos, tres estudios se centraban en la continuidad homotípica de la VPI (Gage, 2016; Kimber et al., 2018; Martinez, 2020), y tres en la continuidad heterotípica de la violencia en las siguientes combinaciones: VPI (G1)/perpetración de maltrato infantil (G1) hacia violencia juvenil (G2) (Li et al., 2021), VPI (G1)/perpetración de maltrato infantil (G1) hacia perpetración de VPI (G2) (Domoney & Trevillion, 2021; Reyes et al., 2015; Stith et al., 2000). La normalización se explica mejor mediante la teoría del poder, según la cual las actitudes normativas y la aceptación social de la violencia, la desigualdad de género y el conflicto familiar se entrecruzan a nivel estructural y aumentan las tensiones dentro de la familia. Las dificultades económicas, los desequilibrios de poder entre los miembros de la pareja y de la familia y los altos niveles de estrés aumentan el riesgo de recurrir a la violencia, y presenciar o sufrir violencia hace que niñas y niños aprendan que la violencia es aceptable para resolver conflictos (Straus et al., 1980).

Una encuesta transversal examinó la exposición a la violencia conyugal entre las figuras parentales y la perpetración de violencia física, psicológica y sexual en el noviazgo entre 342 estudiantes de secundaria de Puerto Príncipe (Haití), país que ha conocido frecuentes golpes de Estado y disturbios civiles, así como violencia callejera y violencia doméstica, entre otras violaciones de los derechos humanos, además de altos niveles de pobreza, desigualdad y una rápida urbanización (Gage, 2016). La autoría señala que la violencia se transmite a través del sistema de creencias: la tolerancia a la violencia que se atribuía a los iguales era un factor más fuertemente asociado a la perpetración de VPI que la propia tolerancia a la violencia. Por tanto, la infancia que observa violencia en su familia de origen y cree que sus iguales la aprueban puede crecer convencida de que la violencia es una forma adecuada de resolver los conflictos en las relaciones de noviazgo (Gage, 2016). Esto respalda tanto la teoría cognitiva cultural, según la cual quienes crecen en una cultura que avala la violencia y sufren violencia parental recurren también a la violencia para resolver conflictos (Nisbett, 2003), como la teoría del poder, que sitúa las raíces de la transmisión de la violencia tanto en la cultura como en la estructura familiar (Straus et al., 1980). Del mismo modo, en un estudio cualitativo con seis personas jóvenes adultas latinas que habían presenciado violencia doméstica en la infancia, Martinez (2020) constató que presenciar violencia doméstica normaliza el uso de la violencia en las relaciones y distorsiona la visión de cómo es una relación sana. Así, se adoptaban normas de género perjudiciales y se ejercía violencia contra la pareja íntima (Martinez, 2020).

En su estudio longitudinal con 1100 adolescentes de una metrópolis china, Li et al. (2021) constataron que quienes habían presenciado violencia familiar en la infancia tenían más probabilidades de relacionarse con iguales violentos, lo que aumentaba su riesgo de implicarse en violencia adolescente. Estas vías estaban totalmente mediadas por las creencias normativas. El equipo autor sostiene que quienes crecen en hogares marcados por la violencia adoptarían los comportamientos que sus figuras parentales emplean para resolver los conflictos; sin embargo, lo que más influye en el uso de la violencia por parte de adolescentes es que quienes sufren violencia con frecuencia la aprueban y se relacionan con iguales que comparten las mismas creencias normativas, y esto es especialmente cierto en el caso de los chicos (Li et al., 2021).

CMO 2: modelado e imitación

Si las figuras parentales ejercen violencia en presencia de sus hijas e hijos (C) (G1), entonces la descendencia tiene menos oportunidades de aprender respuestas no agresivas y puede imitar el comportamiento parental (G2) (M), lo que puede dar lugar a la perpetración de violencia (O).

Esta CMO estaba respaldada por 12 estudios incluidos, centrados en la actualización conductual del esquema según el cual la violencia es aceptable (Augustyn et al., 2017; Fite et al., 2008; Gage, 2016; Goncy, 2020; Goncy et al., 2021; Kimber et al., 2018; Li et al., 2020; Murshid & Murshid, 2018; Smith et al., 2011; Spapens & Moors, 2020; Stith et al., 2000; van Dijk et al., 2019). De ellos, diez se centraban en la continuidad homotípica de la conducta delictiva violenta (Augustyn et al., 2017; Spapens & Moors, 2020; van Dijk et al., 2019) y de la VPI (Fite et al., 2008; Gage, 2016; Goncy, 2020; Kimber et al., 2018; Murshid & Murshid, 2018; Smith et al., 2011; Stith et al., 2000), y dos en la continuidad heterogenética entre la agresión de progenitores a hijos e hijas (G1) y la perpetración de VPI (G2) (Goncy et al., 2021; Li et al., 2020). Esta CMO se explica mejor mediante la teoría del aprendizaje social, según la cual la violencia se utiliza como respuesta habitual al conflicto debido a comportamientos aprendidos en la familia, donde la conducta violenta modelada por las personas adultas proporciona guiones de comportamiento violento y enseña que la violencia es un modo aceptable de resolver los problemas (Bandura, 1977).

Por ejemplo, Fite et al. (2008) utilizaron datos del estudio longitudinal estadounidense Child Development Project, con 585 niñas y niños reclutados al entrar en educación infantil y sus personas cuidadoras, y encontraron un mayor riesgo de agresión hacia la pareja sentimental en la descendencia de progenitores con relaciones violentas. Constataron que, cuando la pareja parental presenta un nivel elevado de conflicto, la infancia ve modelar más respuestas agresivas y menos respuestas no agresivas ante el conflicto relacional y, por tanto, se muestra más agresiva ante las situaciones provocadoras en sus propias relaciones. Esto se debe a que no aprendió que una respuesta menos agresiva podía lograr un resultado similar o mejor (Fite et al., 2008). Del mismo modo, en un estudio transversal con adolescentes de Haití, la autoría observó que, en un contexto en el que la violencia y la desigualdad de género están normalizadas en el hogar, las personas aprenden a ejercer la violencia interpersonal mediante la observación, la imitación y el modelado de otras personas significativas (Gage, 2016).

Un metaanálisis mundial con 98 muestras independientes encontró un efecto global entre pequeño y moderado para la transmisión intergeneracional homotípica de la perpetración de VPI (Goncy, 2020). La autoría recurrió a la teoría del aprendizaje social para explicar cómo las personas aprenden comportamientos de su familia de origen y los reproducen en sus propias relaciones (Bandura, 1977). «Quizá presenciar múltiples formas de agresión, tanto físicas, como los golpes, como psicológicas, como los gritos o el control, transmita un mensaje poderoso: que la agresión es aceptable y normativa en las relaciones cercanas» (Goncy, 2020, p. 20). Aunque los estudios incluidos en esta revisión procedían de contextos distintos, apenas había información sobre los factores contextuales, por ejemplo, las normas de género vigentes en los contextos estudiados, más allá de que en la generación parental se había producido violencia doméstica; la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales también pueden haber sido un mecanismo.

Otro metaanálisis mundial de 87 tamaños del efecto encontró un efecto global pequeño para la transmisión intergeneracional entre el maltrato infantil (G1) y la perpetración de VPI (G2), moderado por el género y más fuerte en los hombres (S. Li et al., 2020). La autoría lo explica mediante el General Aggression Model (Anderson & Bushman, 2002), según el cual quienes han sufrido maltrato infantil normalizan la utilidad de la violencia y «forman guiones agresivos» que utilizan para afrontar los factores de estrés y las frustraciones en sus relaciones íntimas, lo que desemboca en la perpetración de VPI. Esto ocurre sobre todo en un contexto de escaso apoyo familiar y baja resiliencia individual. Del mismo modo, los datos de la Bangladesh Demographic and Health Survey de 2007, con 3396 hombres, mostraron una asociación significativa entre la exposición en la infancia a la violencia conyugal y la perpetración de violencia conyugal en la G2 (Murshid & Murshid, 2018). La autoría observó que presenciar violencia parental en la infancia proporciona una justificación de la violencia conyugal, que queda así normalizada y puede perpetuarse a lo largo de las generaciones, en consonancia con la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1977). En los Países Bajos, en un estudio cualitativo multigeneracional de ocho familias implicadas en delitos violentos, basado en datos de archivo, expedientes de investigación penal y entrevistas con la policía, profesionales del trabajo social y del servicio de libertad condicional, Spapens y Moors (2020) constataron que niñas y niños aprenden que la violencia es una «estrategia aceptable para zanjar disputas». Al observar cómo sus progenitores recurren a la violencia en sus conflictos personales, comprenden que la violencia es eficaz para obtener el resultado deseado mediante la intimidación (Spapens & Moors, 2020).

En su análisis del Rochester Youth Development Study y del Rochester Intergenerational Study, Augustyn et al. (2017) analizaron datos de 371 díadas progenitor-descendiente en las que los hijos e hijas de la G3 tenían al menos 17 años. Constataron que la pertenencia de los padres a una banda aumenta la probabilidad de que sus hijos varones pertenezcan a una banda, efecto moderado por el grado de contacto entre padre e hijo al final de la infancia: el riesgo de implicación del hijo en bandas es máximo cuando ve a su padre al menos una hora por semana o vive con él (Augustyn et al., 2017). La relación entre la pertenencia a bandas del padre y la del hijo está mediada por el maltrato del padre hacia el hijo, que explica casi el 40% del efecto total de la pertenencia intergeneracional a bandas. En el caso de madres e hijas, se observó un efecto directo de la pertenencia a bandas en la G2 sobre la pertenencia a bandas en la G3. No hubo pruebas de continuidad intergeneracional de la pertenencia a bandas en las díadas padre-hija y madre-hijo. Siguiendo la teoría del aprendizaje social de Bandura (Bandura, 1977), la autoría plantea la hipótesis de que maltratar a un hijo o una hija puede transmitir el modelo de que la violencia física es aceptable para afrontar los conflictos, lo que aumenta el riesgo de continuidad de la violencia. Además, sugiere que la negligencia infantil favorece una transmisión indirecta de la violencia, ya que transmite el modelo de que las responsabilidades tradicionales de la parentalidad, es decir, cuidar de un hijo o una hija, no son importantes.

En un metaanálisis de 63 tamaños del efecto que examinaba la asociación entre crecer en un hogar violento y ejercer VPI, la autoría constató que los efectos de asociación eran más fuertes en los hombres. Plantea la hipótesis de que niñas y niños toman como modelo el comportamiento del progenitor de su mismo sexo; así, los niños imitan el comportamiento violento de su padre, mientras que las niñas observan a sus madres como víctimas (Stith et al., 2000).

CMO 3: desregulación emocional

Si una persona ha sufrido MI o VPI a lo largo de su vida, pero sobre todo en la primera infancia (C; G1), entonces desarrolla una regulación emocional deficiente (M; G1), lo que puede llevarla a ejercer violencia contra sus hijas e hijos o contra su pareja (O; G2).

Nueve estudios incluidos respaldaban esta CMO (Bozzay et al., 2020; Choi et al., 2023; Domoney & Trevillion, 2021; Greene et al., 2020; Kim et al., 2009; Li et al., 2021; Martinez, 2020; Narayan et al., 2013; Reyes et al., 2015): tres para la transmisión homotípica del maltrato infantil (Greene et al., 2020) y de la VPI (H. K. Kim et al., 2009; Martinez, 2020), y seis para la transmisión heterotípica de la victimización por MI/VPI (G1) hacia la perpetración de MI en la G2 (Choi et al., 2023; Domoney & Trevillion, 2021), de la victimización por MI/VPI (G1) hacia la perpetración de VPI (G2) (Narayan et al., 2013; Reyes et al., 2015) y de la violencia familiar (G1) hacia la violencia juvenil (G2) (Bozzay et al., 2020; Li et al., 2021).

Por ejemplo, Choi et al., 2023 examinaron el riesgo de infligir maltrato infantil en mujeres que habían sufrido maltrato en la infancia o VPI en la edad adulta, a partir de la Korean National Survey of Domestic Violence, con n = 1,122 mujeres casadas con hijos e hijas menores de 18 años. La autoría sostiene que los altos niveles de violencia sufridos en la generación de las madres, y en particular la victimización por VPI, dañan la relación maternofilial debido a las dificultades de las mujeres supervivientes para regular sus propias emociones, lo que aumenta el riesgo de maltrato hacia sus hijos e hijas. Esto pone de relieve la importancia del apoyo en salud mental para las mujeres que han sido víctimas de violencia familiar (Choi et al., 2023).

En su análisis del ensayo aleatorizado Safe Dates, con 2343 adolescentes de Estados Unidos, Reyes et al. (2015) investigaron si la relación entre presenciar violencia entre las figuras parentales o sufrir maltrato infantil y la posterior agresión en el noviazgo estaba mediada por la desregulación de la ira o por la depresión (Reyes et al., 2015). Constataron que la desregulación de la ira mediaba la relación entre la experiencia de maltrato infantil y la agresión en el noviazgo, pero no hallaron pruebas de un efecto indirecto de la violencia presenciada entre las figuras parentales sobre la agresión en el noviazgo a través de la desregulación de la ira. Esto concuerda con un conjunto de trabajos que describen cómo las experiencias de violencia pueden interferir en el desarrollo emocional y, en particular, en la regulación emocional (Jouriles et al., 2012). La incapacidad para controlar las emociones ante un conflicto puede, por tanto, aumentar el riesgo de agresión en el noviazgo (Reyes et al., 2015). En este estudio, la depresión no actuaba como mediadora entre presenciar violencia entre las figuras parentales o sufrir maltrato infantil y la agresión en el noviazgo. Los datos sobre la depresión como mediadora entre la experiencia de violencia en la infancia y la agresión en el noviazgo son dispares. Esto respalda la hipótesis de que la depresión está más estrechamente relacionada con conductas internalizantes, como las autolesiones, que con conductas externalizantes, como la agresión en el noviazgo. Esta relación podría estar marcada por el género: los hombres con problemas internalizantes serían más propensos a ejercer violencia contra las mujeres, y tanto hombres como mujeres con conductas externalizantes serían más propensos a implicarse en la violencia (Ellis et al., 2009; Yu et al., 2019).

Además, el momento en que se vive la VPI parental parece decisivo para las expectativas de la infancia respecto de las relaciones sociales y para su capacidad de desarrollar el control de sus conductas y emociones negativas, como mostró un estudio longitudinal de 168 familias con bajos ingresos en Estados Unidos. Vivir la VPI parental en la primera infancia aumenta considerablemente el riesgo de violencia en el noviazgo al comienzo de la adolescencia, más que la continuidad o la persistencia de la exposición a la VPI parental a lo largo de la primera y la segunda infancia (Narayan et al., 2013). La autoría explica que esto se debe a que es en la lactancia y en los primeros años cuando niñas y niños empiezan a aprender a regular sus emociones y a controlar su conducta, por lo que disponen de menos experiencias positivas que les orienten sobre cómo deben ser la regulación emocional y las interacciones en las relaciones.

Bozzay et al. (2020) investigaron cómo los rasgos de personalidad pueden ayudar a explicar la relación entre presenciar violencia familiar o sufrir maltrato infantil y la agresión violenta juvenil, en una muestra de personas cuidadoras y adolescentes (n = 237) de Estados Unidos. Constataron que presenciar violencia familiar se asociaba a un peor control de los impulsos y a una emocionalidad negativa, definida como reactividad al estrés y alienación, lo que aumentaba los niveles de conducta violenta. También constataron que la experiencia de maltrato infantil se asociaba a una emocionalidad negativa que aumentaba los niveles de conducta violenta (Bozzay et al., 2020). El equipo autor sostiene que los procesos de control cognitivo de la infancia se ven afectados por factores de estrés crónicos y salientes como la violencia familiar, y que los rasgos de personalidad pueden estar influidos por los genes y por su interacción con el entorno. Otros trabajos han expuesto hallazgos similares, argumentando que presenciar VPI parental provoca malestar emocional, en forma de estrés postraumático, ansiedad, ira y tristeza, lo que a su vez aumenta el riesgo de perpetración de violencia (Martinez, 2020) y de violencia juvenil (Li et al., 2021).

En sus análisis de datos del Oregon Youth Study y del Oregon Youth Couples Study, Kim et al. (2009) investigaron los mecanismos subyacentes que van de la desregulación emocional parental, pasando por la VPI parental, a la perpetración de VPI por parte del hijo, en 190 hombres jóvenes. Constataron que la desregulación emocional parental aumentaba la VPI, la disciplina parental deficiente y la desregulación emocional del hijo, con lo que aumentaba el riesgo de VPI del hijo. Hubo un efecto indirecto de la desregulación emocional parental sobre el conflicto de pareja del hijo a través de la desregulación emocional del hijo, y un efecto indirecto de la desregulación emocional parental sobre la desregulación emocional del hijo a través de una disciplina parental deficiente (Kim et al., 2009). La autoría sostiene, por tanto, que la desregulación emocional es un mecanismo fundamental de la transmisión intergeneracional del conflicto de pareja. Esto se debe a que las personas con una regulación emocional deficiente recurren a estrategias inadecuadas con su pareja y pueden tener además escasas capacidades de autorregulación, lo que aumenta su riesgo de conflicto de pareja. Como muestra este estudio, la desregulación emocional puede deteriorar la crianza y conducir a prácticas disciplinarias incoherentes, lo que aumenta a su vez el riesgo de desregulación emocional en la descendencia (Kim et al., 2009).

CMO 4: alta vulnerabilidad

Si las figuras parentales acumulan múltiples factores de riesgo, como el desempleo, el consumo de sustancias ilegales, el consumo de alcohol y los problemas de salud mental, tienen más probabilidades de incurrir en conductas violentas (C; G1); entonces las generaciones sucesivas también pueden verse expuestas a estos factores de riesgo (M; G2), lo que lleva a esos hijos e hijas a ejercer violencia (O, G2).

Esta CMO estaba respaldada por cuatro estudios (Besemer et al., 2017; Frisell et al., 2011; Jaffee et al., 2013; van Dijk et al., 2019). Tres se centraban en la continuidad homotípica de los delitos violentos (Besemer et al., 2017; Frisell et al., 2011; van Dijk et al., 2019) y uno en la continuidad entre el maltrato infantil/VPI (G1) y el maltrato infantil posterior (G2) (Jaffee et al., 2013). La alta vulnerabilidad se explica mejor mediante el modelo de factores de riesgo, según el cual numerosos factores de riesgo ligados a la disfunción familiar —por ejemplo, el desempleo en el entorno del niño o la niña, la pobreza o la inestabilidad del hogar a nivel estructural— se entrecruzan y coexisten con factores de riesgo psicosociales (por ejemplo, el consumo de sustancias o la mala salud mental de las figuras parentales) y se agravan mutuamente, creando una vulnerabilidad intergeneracional que puede manifestarse en una continuidad intergeneracional de la violencia (Farrington, 2011).

Por ejemplo, en un análisis cualitativo en profundidad de los expedientes policiales, judiciales y de protección de la infancia de 25 personas condenadas por delincuencia organizada en Ámsterdam y de sus hijos e hijas, van Dijk et al. (2019) constataron que la transmisión intergeneracional de los delitos violentos era especialmente marcada de padre a hijo. La autoría subrayó que la continuidad intergeneracional es un problema en las familias con alta delincuencia debido a múltiples mecanismos, uno de los cuales es que los hombres con antecedentes delictivos forman familias con mujeres de antecedentes similares, lo que también se denomina «emparejamiento selectivo» (assortive mating) (Farrington, 2011). Como el padre está en gran medida ausente de la familia, por estar en prisión o por su implicación en actividades delictivas, la madre queda como única cuidadora principal de la familia. Sin embargo, debido a su propia implicación en actividades delictivas y a la inestabilidad y el estrés vividos a lo largo de su desarrollo, ni el padre ni la madre ofrecen a sus hijos e hijas un entorno familiar estable. Esta inestabilidad se transmite después y compromete un desarrollo favorable en la generación siguiente (van Dijk et al., 2019), en consonancia con la teoría de la resiliencia (Fergus & Zimmerman, 2005).

En su análisis de las condenas por delitos violentos entre 12,5 millones de personas a lo largo de 32 años en el Registro Multigeneracional sueco, Frisell et al. (2011) encontraron pruebas sólidas de transmisión intergeneracional de progenitores a descendencia, con una odds de 3.5, igual de fuerte para otros familiares de primer grado y algo menor para los familiares de segundo y tercer grado (Frisell et al., 2011). Curiosamente, la descendencia dada en adopción también presentaba una odds mayor de delitos violentos, OR 1.9, al igual que las personas adoptadas en la familia, OR 1.5. Esto sugiere que el entorno compartido desempeña un papel importante en la transmisión intergeneracional de la violencia, pero que también debe de existir un efecto genético. En este estudio, las odds de transmisión intergeneracional de los delitos violentos eran mucho más altas en las mujeres, y especialmente altas en los pares madre-hija, OR 6.3, y abuela-nieta, OR 2.0. Las familias de estratos socioeconómicos altos presentaban odds más elevadas de transmisión intergeneracional de la violencia, OR 5.8, lo que se explica porque los delitos violentos son más frecuentes en los estratos socioeconómicos bajos; por tanto, en los estratos socioeconómicos altos los factores de riesgo familiares compartidos son especialmente destacados y los lazos familiares pesan más en la conducta delictiva. La autoría sugiere que los efectos de género se explican por efectos ambientales específicos de las mujeres (por ejemplo, la conducta antisocial de la madre) y por efectos genéticos específicos de las mujeres. Lo respalda el alto grado de emparejamiento selectivo observado en este estudio (Farrington, 2002): los hombres condenados por delitos violentos tenían más probabilidades de casarse con mujeres condenadas por delitos violentos, OR 5.2 (Frisell et al., 2011).

En su metaanálisis de 23 estudios que investigaban la transmisión intergeneracional de la conducta violenta, Besemer et al. (2017) recurren a la teoría del entorno criminógeno (Farrington, 2011). Esta establece que las personas que delinquen tienen más probabilidades de afrontar múltiples riesgos en otros ámbitos de su vida, como la pobreza, el consumo de sustancias, los rasgos antisociales y la mala salud, mientras viven en un entorno familiar inestable. Su descendencia puede, por tanto, «quedar atrapada en la pobreza, tener una vida familiar desestructurada, conocer la monoparentalidad y la maternidad o paternidad adolescente, y vivir en los barrios más desfavorecidos» (Farrington, 2010) (p. 205). La conducta delictiva no se transmite, pues, directamente de una generación a otra, sino a través de una «continuidad de una constelación de rasgos antisociales y criminógenos» (Besemer et al., 2017) (p. 163). Besemer et al. (2017) también constataron que la transmisión intergeneracional es más fuerte de las madres a su descendencia que de los padres. Como la mayoría de las tareas de cuidado las han desempeñado tradicionalmente las madres, el encarcelamiento materno resulta más perturbador para la infancia, porque es más probable que niñas y niños tengan que irse a vivir con otros familiares, lo que genera inestabilidad en su vida (Besemer et al., 2017).

En su análisis de 1116 díadas progenitor-descendiente del Environmental Risk Twin Study (E-Risk), en el Reino Unido, Jaffee et al. (2013) constataron que varios factores distinguían a las madres que habían sufrido maltrato en la infancia de las que no. Entre estos factores figuraban la desventaja socioeconómica, la mala salud mental, la mala salud mental de la pareja, la violencia en la pareja y el escaso apoyo social. Estos mismos factores se daban también en sus hijos e hijas que habían sufrido maltrato físico. Las familias que mantenían el ciclo intergeneracional de la violencia declaraban niveles más altos de abuso de sustancias, depresión, desventaja social, conducta antisocial y violencia en la pareja (Jaffee et al., 2013).

CMO 5: relaciones deterioradas

Si las figuras parentales sufrieron VPI o maltrato infantil (C; G1), entonces les cuesta establecer relaciones seguras y nutricias con otras personas, incluidas sus parejas y sus hijos e hijas (M; G2), lo que da lugar a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia (O, G2).

Seis estudios investigaron las relaciones deterioradas como mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia (Adshead & Bluglass, 2001; Augustyn et al., 2017; Chapple, 2003; Jaffee et al., 2013; Schofield et al., 2013; Thornberry et al., 2013). Todos los estudios se centraban en la transmisión homotípica de la VPI, del maltrato infantil o de la pertenencia a bandas.

Schofield et al. (2013) realizaron un metaanálisis de cinco estudios centrados en la transmisión intergeneracional del maltrato y en sus posibles moderadores. Investigaron el papel de las relaciones seguras, estables y nutricias de acuerdo con la teoría interaccional, según la cual quienes han sufrido o ejercido violencia tendrán dificultades para establecer relaciones positivas en la edad adulta (Thornberry et al., 2013). Encontraron una fuerte asociación entre el maltrato infantil en la G1 y el maltrato posterior de la G2. Sin embargo, identificaron después las relaciones seguras, estables y nutricias como moderadores protectores de la continuidad intergeneracional del maltrato, pese a la diversidad de medidas y conceptualizaciones de esas relaciones en los estudios incluidos. Por ejemplo, en su análisis de 1116 familias del Environmental Risk (E-Risk) Longitudinal Twin Study, en el Reino Unido, Jaffee et al. (2013) encontraron una continuidad considerable del maltrato de la G1 a la G2. Las odds de sufrir maltrato de hijos e hijas de madres que habían sufrido un maltrato leve o grave eran 3.55 y 5.31 veces las de la descendencia de madres no maltratadas. En las familias que mantenían el ciclo intergeneracional de la violencia, las madres declaraban relaciones menos cálidas con sus hijos e hijas y relaciones de menor confianza con su pareja.

Del mismo modo, en su estudio con 980 estudiantes de 9.º a 11.º curso de Arkansas, Chapple (2003) investigó entre chicos y chicas la teoría del vínculo social/control social, según la cual toda la humanidad tiene de forma inherente impulsos naturales a actuar de manera agresiva y egoísta, y solo el apego y los vínculos establecidos con valores, personas e instituciones prosociales impiden los actos de violencia y agresión (Hirschi, 1969). El estudio constató que las y los adolescentes que habían presenciado violencia parental declaraban niveles medios más bajos de apego y supervisión parentales y niveles medios más altos de violencia en el noviazgo, y que esto era especialmente cierto en las chicas. El estudio constató también que el apego parental no moderaba la relación entre presenciar violencia entre las figuras parentales y la violencia en el noviazgo. La supervisión parental, en cambio, se asociaba significativamente a una reducción de los delitos violentos en la G2. Chapple sostiene que un apego y una supervisión parentales sólidos disuaden de la perpetración de violencia en el noviazgo, mientras que una supervisión parental débil y un apego deficiente son mecanismos subyacentes a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia y agresión. Otro estudio lo cuestionó, sin embargo: constató que el apego y la disciplina incoherente no actuaban como mediadores de la pertenencia intergeneracional a bandas ni entre padres e hijos ni entre madres e hijas, aunque las madres implicadas en bandas tenían más probabilidades de ejercer una crianza incoherente con sus hijas (Augustyn et al., 2017).

Discusión

En los últimos años, un número creciente de estudios se ha centrado en la intensidad de la asociación de distintos tipos de perpetración de violencia intrafamiliar a lo largo de las generaciones. Estos estudios han establecido que existe un efecto global entre pequeño y moderado para la transmisión intergeneracional de la VPI, el maltrato infantil y los delitos violentos (Besemer et al., 2017; Goncy, 2020; Kimber et al., 2018; Stith et al., 2000). Sin embargo, saber simplemente que existe un vínculo no basta para diseñar intervenciones específicas. Es fundamental comprender por qué existe este vínculo y qué factores contribuyen a la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia. El propósito de esta revisión realista era, por tanto, mejorar nuestra comprensión de los mecanismos subyacentes a esta transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia y examinar si nuestras teorías finales del problema respaldan las teorías existentes.

La revisión realista se basó en 28 estudios e identificó cinco CMO sobre cómo se transmite la perpetración de violencia de una generación a la siguiente: la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales, el modelado y la imitación, la desregulación emocional, la alta vulnerabilidad y las relaciones deterioradas. Algunas de ellas se sitúan en un contexto en el que la violencia se produce dentro o fuera de la familia, o en el que la violencia no es condenada por una parte de la sociedad, y en el que un mecanismo subyacente es la adopción de normas de género perjudiciales. Constatamos que, en estos contextos sociales caracterizados por altos niveles de violencia, la normalización y el modelado son mecanismos importantes de transmisión homotípica y heterotípica de la violencia entre generaciones, impulsados sobre todo por normas de género perjudiciales, con independencia del país. La normalización y el modelado son fenómenos interrelacionados: la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales operan a nivel macrosocial, mientras que el modelado y la imitación se producen a nivel microfamiliar. Como la violencia se ha utilizado sistemáticamente como herramienta de opresión y las normas de género operan en todos los contextos, otras formas de violencia que se producen a escala nacional, por ejemplo, los golpes de Estado, pueden reforzar la adhesión a normas de género perjudiciales a nivel social y familiar. Cuando niñas y niños presencian y sufren violencia, aprenden que el uso de la violencia es una herramienta normal y aceptable para abordar y resolver los problemas y que, por tanto, puede emplearse legítimamente en los conflictos. La violencia también puede verse como una parte normal y esperada del desarrollo normativo para encajar en el grupo de iguales. La infancia que presencia y sufre violencia aprende menos respuestas no agresivas ante el conflicto e imita el comportamiento parental en situaciones de conflicto. También puede aprender que, para estar a salvo, hay que recurrir a la violencia, y que responder a la violencia con violencia garantiza la protección personal.

Estas CMO respaldan, por tanto, teorías existentes que se solapan entre sí, como la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1977), la teoría de las redes sociales (Tracy et al., 2016), la teoría del poder (Straus et al., 1980) y el modelo general de la agresión (Anderson & Bushman, 2002). Cuando esta aceptación de la violencia familiar se ve agravada por un contexto social caracterizado por normas de género no equitativas y por normas que toleran la violencia, ello puede reforzar aún más la normalización de la violencia y las normas de género perjudiciales, y fomentar y generar la expectativa de adherirse al uso de la violencia como parte de la cultura (Nisbett, 2003). La normalización y el modelado son mecanismos importantes para intervenciones específicas como las establecidas en el marco INSPIRE de la Organización Mundial de la Salud, centradas en abordar las normas y creencias de género a nivel social y en crear modelos de conducta positivos (World Health Organization, 2016); estas intervenciones tienen por objeto prevenir la violencia contra niñas y niños, pero no se han evaluado ni aplicado con vistas a prevenir la transmisión intergeneracional de la violencia. Se necesitan intervenciones basadas en la evidencia que puedan actuar sobre la normalización y el modelado enseñando interacciones interpersonales sanas desde la escuela primaria.

La desregulación emocional fue otro mecanismo importante de transmisión intergeneracional heterotípica y homotípica de la violencia. Cualquier tipo de experiencia de violencia aumenta el riesgo de depresión, ansiedad y estrés postraumático (Miliauskas et al., 2022; White et al., 2024) y puede reducir también el control de los impulsos y de la ira (Neilson et al., 2023), sobre todo cuando la experiencia de violencia es persistente y se produce en la primera infancia. Según el marco biodesarrollista, una de las razones puede ser que estos factores de estrés tempranos afectan a los sistemas neurobiológicos y al desarrollo y funcionamiento del cerebro, lo que reduce la capacidad del organismo para afrontar experiencias estresantes, que se traduce, por ejemplo, en la aparición de trastornos mentales o en la perpetración de violencia (Shonkoff, 2010). El mecanismo de desregulación emocional respalda también el modelo del proceso de estrés, basado en la teoría del estrés social, según el cual la experiencia de violencia se considera una fuente de estrés vinculada a una mala salud mental, que media entre el estrés y una manifestación del estrés, es decir, la perpetración de violencia (Pearlin et al., 1981). Del mismo modo, la teoría de la tensión describe la perpetración de violencia como un mecanismo de afrontamiento de adversidades persistentes relacionadas con la delincuencia y la violencia sobre las que la persona no tiene ningún control (Agnew, 2007), y está por ello vinculada a una mala salud emocional. La regulación emocional es un conjunto de habilidades que se modela a través de las relaciones cercanas a lo largo de la infancia, y la infancia que crece en la adversidad a menudo no aprende estas habilidades de regulación emocional. La regulación emocional podría ser un foco importante para intervenciones específicas, sobre todo ante la creciente evidencia sobre la eficacia de las intervenciones que mejoran la salud mental junto con las prácticas de crianza (Bütikofer et al., 2024; Cluver et al., 2018; Gervinskaitė-Paulaitienė et al., 2023; Mooren et al., 2023; Narayan et al., 2021), lo que mejoraría a la vez los resultados en varios objetivos de desarrollo sostenible tanto para las figuras parentales como para niñas y niños.

La alta vulnerabilidad, caracterizada por múltiples factores de riesgo compartidos que coexisten, se entrecruzan y se agravan mutuamente, también se identificó como un mecanismo subyacente importante de la transmisión intergeneracional heterotípica y homotípica de la violencia. Estos factores pueden darse en los distintos entornos socioecológicos con los que interactúa una persona e incluyen, entre otros, el consumo de sustancias, la pobreza, la maternidad o paternidad adolescente o la conducta antisocial. Esto concuerda con la teoría de los sistemas socioecológicos (Bronfenbrenner, 1979), actualizada posteriormente como modelo persona-proceso-contexto-tiempo (Bronfenbrenner & Morris, 2007; Navarro et al., 2022), que se solapa en parte con la teoría de los entornos criminógenos (Farrington, 2011). Ambas teorías postulan que lo que se transmite de una generación a otra no es la perpetración en sí, sino toda una serie de factores de riesgo ligados a la desventaja en la vida de una persona, que interactúan entre sí en ausencia de factores de protección o de promoción a lo largo de su vida, perpetuando así la desventaja y creando un entorno en el que la violencia se transmite de una generación a la siguiente. Una de las formas en que se perpetúa esta desventaja es una crianza negligente o ausente unida a una disciplina autoritaria, en consonancia con la teoría del emparejamiento selectivo, según la cual personas con antecedentes penales y estilos de crianza igualmente desorganizados se casan entre sí (Farrington, 2002). La literatura criminológica atribuye buena parte de la culpa a las madres, por no ser capaces de ofrecer a sus hijos e hijas un entorno estable, seguro y nutricio mientras el padre está en prisión, y este relato debe cambiar. Abordar la desventaja es importante para prevenir la transmisión intergeneracional de la violencia. Existen pruebas rigurosas de que los servicios integrales de bienestar infantil y familiar centrados en la reducción de la pobreza y en una vivienda segura y estable (World Health Organization, 2016) reducen la violencia contra la infancia y contra las mujeres. La investigación futura deberá confirmar si también son eficaces para reducir la transmisión intergeneracional.

Las relaciones deterioradas constituyeron el último mecanismo importante de transmisión intergeneracional de la violencia en esta revisión, con datos que respaldaban únicamente la transmisión homotípica de la perpetración. De acuerdo con la teoría del apego (Bowlby, 1982), crecer en familias en las que se sufre violencia desde la primera infancia compromete la capacidad de establecer apegos seguros, de modo que se forman apegos inseguros que favorecen la desconfianza en las relaciones, junto con una incapacidad para gestionar el malestar que puede llevar a responder con agresividad a otras personas. Las teorías del vínculo social y del control social suponen que estos apegos, o vínculos prosociales, ayudan a las personas a controlar su conducta egoísta y agresiva y, por tanto, impiden que se produzca la violencia (Hirschi, 1969). Cuando una persona ha cometido delitos violentos en la adolescencia, la teoría interaccional postula que tendrá transiciones problemáticas hacia los roles adultos, lo que afecta a su forma de ejercer la crianza, es decir, una crianza poco implicada, una supervisión incoherente y métodos disciplinarios duros, perpetuando así el ciclo de la perpetración de violencia (Thornberry, 2005). Las intervenciones que ayudan a las personas a establecer relaciones seguras, estables y nutricias son, por tanto, importantes para abordar este mecanismo subyacente de la transmisión intergeneracional de la violencia. Las intervenciones de apoyo a la crianza y de prevención de la VPI son enfoques sólidos basados en la evidencia para mejorar la crianza y reducir el maltrato infantil, la VPI y los delitos violentos (Farrington et al., 2022; Meinck et al., 2019; Morrison et al., 2014; WHO, 2022).

Nuestras CMO no respaldaban varias teorías utilizadas habitualmente en la investigación sobre la transmisión intergeneracional de la violencia. Por ejemplo, un marco biodesarrollista (Shonkoff, 2010) es una teoría plausible para explicar la desregulación emocional, debida a cambios biológicos en el organismo; sin embargo, ninguno de los estudios incluidos aportaba pruebas empíricas de estos cambios a lo largo de las generaciones ni de su impacto causal o su asociación con la perpetración de violencia. El procesamiento de la información social tampoco estaba respaldado por ninguno de los estudios incluidos (Dodge et al., 1990). La teoría del vínculo social estaba escasamente respaldada: nuestros datos mostraron que unos vínculos prosociales sólidos sí previenen la transmisión intergeneracional de la violencia, pero no había pruebas que respaldaran la teoría de que toda persona nace con un impulso a actuar de forma agresiva (Hirschi, 1969). La teoría genética, centrada en la herencia de genes relacionados con la impulsividad y el autocontrol, solo estaba respaldada por un estudio, aunque este mostraba efectos fuertes para la transmisión intergeneracional de los delitos violentos incluso en personas dadas en adopción fuera de la familia (Frisell et al., 2011).

Fortalezas y limitaciones

Esta revisión realista utilizó una estrategia de búsqueda y síntesis sistemática y transparente y siguió un protocolo registrado previamente. Los estudios se revisaron y se extrajeron por duplicado, y las CMO se elaboraron mediante discusiones periódicas del equipo. Las CMO estaban respaldadas por los datos de los estudios incluidos y por las teorías existentes sobre la perpetración intergeneracional de violencia. Entre las limitaciones figuran la escasez de datos en la literatura existente sobre la transmisión intergeneracional de la perpetración de tipos de violencia distintos del maltrato infantil, la VPI y los delitos violentos, y la marcada falta de datos procedentes de países de ingresos bajos y medios hasta la fecha final de búsqueda, en diciembre de 2021. Los datos eran más sólidos para los tipos de violencia intrafamiliar, y ningún estudio se centraba en la transmisión intergeneracional de la perpetración de violencia entre iguales o de violencia comunitaria. En muchos estudios no estaba claro quién había infligido el maltrato infantil ni quién había ejercido la VPI presenciada, y tampoco había mucha información sobre los subtipos concretos de maltrato infantil (físico, emocional, sexual o negligencia) o de VPI (física, emocional, sexual, económica, control coercitivo) presenciados o ejercidos. Muchos estudios centraban además su discusión casi exclusivamente en las asociaciones estadísticas halladas en el análisis. No profundizaban en cuáles podían ser los mecanismos subyacentes a sus hallazgos ni utilizaban marcos teóricos para explicarlos.

Esta revisión ha identificado varias lagunas que la investigación futura debe abordar. Por ejemplo, el campo debe ir más allá de comprobar la existencia de la transmisión intergeneracional y pasar a poner a prueba teorías de la perpetración de violencia dentro de cada generación y entre generaciones. Grandes conjuntos de datos multigeneracionales, administrativos o de encuestas, podrían ayudar a dirimir entre las teorías de la transmisión intergeneracional de la violencia y a desarrollar otras nuevas. También se necesita más investigación para identificar quiénes son las víctimas y quiénes ejercen la violencia en la generación 1 y en qué situaciones la sufren o la infligen, así como para construir la base empírica sobre la transmisión intergeneracional prestando una atención específica al papel del género. Los estudios futuros deberían examinar los subtipos de maltrato infantil y de VPI, así como otros tipos de violencia fuera de la familia, por ejemplo, la violencia entre iguales o la violencia comunitaria, al construir la base empírica sobre la transmisión intergeneracional de la violencia. Y, sobre todo, la investigación sobre intervenciones debe ir más allá de la prevención de la violencia en una sola generación y examinar los efectos a largo plazo de las intervenciones sobre la perpetración de violencia a lo largo de varias generaciones.

Implicaciones para la práctica, las políticas y la investigación

Implicaciones para la práctica

  • Las intervenciones de apoyo a la crianza que incluyen también componentes de regulación emocional están indicadas y deberían estar ampliamente disponibles, en particular para las madres y los padres que han vivido traumas relacionados con la violencia
  • Una vivienda segura y estable, combinada con la reducción de daños y la reducción de la pobreza, es un mecanismo importante para ofrecer hogares estables a la infancia que crece en la adversidad y romper el ciclo de la violencia
  • Las intervenciones que transforman las normas de género y las relaciones de poder y ofrecen seguridad a las personas supervivientes de la violencia son ejes importantes para las intervenciones basadas en la evidencia

Implicaciones para las políticas

Está indicada la prevención primaria de la violencia para romper el ciclo de transmisión de la violencia mediante:

  • Una oferta universalmente accesible de servicios de bienestar social, incluidas las intervenciones de apoyo a la crianza, las prestaciones económicas, la vivienda y la reducción de daños, está indicada para prevenir la transmisión intergeneracional de la violencia
  • Campañas y mensajes claros y visibles de figuras del espacio público que rechacen las normas de género perjudiciales y la violencia en todas sus formas

Implicaciones para la investigación

  • Se necesita más investigación centrada en la transmisión intergeneracional de otros tipos de violencia que se producen fuera del hogar y en los vínculos entre estos otros tipos de violencia y la violencia familiar
  • Se necesita más información sobre si los distintos subtipos de maltrato infantil o de VPI tienen mecanismos subyacentes de transmisión de la violencia diferentes
  • Es necesario investigar el papel del género y quién ejerce la violencia en la G1, así como los contextos situacionales en los que se produce la violencia
  • La investigación sobre intervenciones y las entidades financiadoras deberían centrarse en seguimientos a largo plazo para estudiar los efectos de las intervenciones durante periodos más largos y a lo largo de varias generaciones.

Conclusión

El ciclo de la perpetración intergeneracional de violencia es perjudicial y debe detenerse. Comprender los contextos y los mecanismos subyacentes por los que la violencia se transmite desde una generación ayuda a identificar posibles mecanismos de intervención. Los hallazgos de esta revisión apuntan a cinco mecanismos claros que pueden abordarse mediante intervenciones específicas. Actuar sobre las normas y creencias perjudiciales que avalan la violencia, mejorar la salud mental, ofrecer servicios sociales y de bienestar que aborden los determinantes sociales de la salud y mejorar las relaciones entre figuras parentales e hijos e hijas son medidas respaldadas por la evidencia para constituir un marco de servicios capaz de interrumpir el ciclo intergeneracional de la perpetración de violencia.

Complexe Systémique: puntos clave

La revisión tiene el mérito de desplazar la pregunta: en lugar de medir una vez más el «ciclo de la violencia», se pregunta cómo se perpetúa ese ciclo, y sus cinco mecanismos se leen como otros tantos niveles de un mismo sistema. Las normas de género y la aceptación social de la violencia pertenecen al contexto amplio; la imitación, a la escena familiar; la desregulación emocional y los apegos dañados, a la relación; las dificultades acumuladas, a la ecología del hogar. Para la práctica clínica, esto invita a explorar con las familias cómo la violencia fue adquiriendo sentido de una generación a otra, por ejemplo con un genograma, sin convertirla en un destino: los efectos siguen siendo entre pequeños y moderados. El equipo advierte además contra la tendencia de la literatura a culpar a las madres. Los límites son claros: solo estudios en lengua inglesa, una búsqueda que se detiene a finales de 2021, pocos datos de países de ingresos bajos y medios, y estudios primarios que rara vez dicen quién ejerció la violencia ni en qué situación. Puede leerse junto con el estudio sobre la transmisión de la violencia doméstica en familias peruanas y el artículo sobre las normas de género en hombres condenados por violencia de pareja.

Notas del original

Contribuciones de la autoría: FM concibió el estudio. LN redactó el protocolo con aportaciones de FM. Toda la autoría comentó el borrador. ML diseñó la hoja de extracción de datos con la ayuda de GJMT y FM. ML realizó todas las búsquedas. ML y MC realizaron el cribado y la extracción de datos de la etapa 1; ML, DS y CH, los de la etapa 2. ML y DS realizaron el cribado y la extracción de datos de la etapa 3. ML realizó el análisis de datos bajo la orientación de GJMT, FM, NC, NW y HFO. FM redactó el manuscrito con aportaciones de toda la autoría. Toda la autoría aprobó el manuscrito final.

La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses en relación con la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Financiación: La autoría declaró haber recibido el siguiente apoyo financiero para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo: el estudio fue financiado por el Consejo Europeo de Investigación (ERC) en el marco del programa de investigación e innovación Horizonte 2020 de la Unión Europea [acuerdo de subvención n.º 852787]. GJMT es Senior Investigator del National Institute for Health and Care Research (NIHR). AG cuenta con el apoyo de una Tier II Canada Research Chair in Family Health and Preventive Interventions.

Agradecimientos. Agradecemos a todas las personas que participaron en los estudios primarios sobre la transmisión y la continuidad intergeneracional de la violencia incluidos en esta revisión, así como a quienes, desde la investigación, contribuyeron a la base empírica. También queremos dar las gracias a Katharine McBeath por su participación en las primeras fases del cribado.

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Traducción no oficial al español de What Are the Mechanisms Underpinning Intergenerational Transmission of Violence Perpetration? A Realist Review, de Franziska Meinck, Mengyao Lu, Deeksha Suresh, Melis Cetin, Lakshmi Neelakantan, Chad Hemady, Hannabeth Franchino-Olsen, Nataly Woollett, GJ Melendez-Torres, Andrea Gonzalez y Nicola Christofides, Trauma, Violence, & Abuse, vol. 27, n.o 4 (2026), doi: 10.1177/15248380251361468, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (tabla presentada en forma de lista). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Traducción no oficial del artículo original «What Are the Mechanisms Underpinning Intergenerational Transmission of Violence Perpetration? A Realist Review», publicado en Trauma, Violence, & Abuse (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida y maquetada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Meinck, F., Lu, M., Suresh, D., Cetin, M., Neelakantan, L., Hemady, C., Franchino-Olsen, H., Woollett, N., Melendez-Torres, G. J., Gonzalez, A., y Christofides, N. (2026). What Are the Mechanisms Underpinning Intergenerational Transmission of Violence Perpetration? A Realist Review. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/what-are-the-mechanisms-underpinning-intergenerational-transmission-of-violence (Obra original publicada en 2025 en Trauma, Violence, & Abuse, 27(4), 1798-1815 (2026); republicada en 2026 por Trauma, Violence, & Abuse, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/15248380251361468)

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