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Journal of Family Issues · Familia

La naturaleza emocional de las relaciones con la familia de origen en jóvenes con experiencia de acogimiento o de adopción: una perspectiva longitudinal

¿Qué emociones despierta la familia de origen en jóvenes que entraron en el sistema de protección siendo bebés? En Irlanda del Norte, Montserrat Fargas-Malet y Dominic McSherry siguieron a las mismas personas desde la infancia hasta el inicio de la edad adulta. Curiosidad, indiferencia, ambivalencia o satisfacción: estas emociones cambian con el tiempo, y el tipo de medida de protección no permite predecirlas.

Autoría Montserrat Fargas-Malet (School of Social Sciences, Education and Social Work, Queen’s University Belfast, Reino Unido); Dominic McSherry (School of Psychology, Ulster University, Coleraine, Reino Unido)Primera publicación Journal of Family Issues, 16 de diciembre de 2020Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de The Emotional Nature of Birth Family Relationships for Care-experienced and Adopted Young People: A Longitudinal Perspective, de Montserrat Fargas-Malet y Dominic McSherry, publicado en Journal of Family Issues (SAGE) (2021), doi: 10.1177/0192513x20978439, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se han agrupado en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Las emociones de niñas, niños y jóvenes hacia su familia de origen no eran estáticas, sino que cambiaban con el tiempo.

Montserrat Fargas-Malet y Dominic McSherry

Resumen

La investigación centrada en las relaciones y el contacto con la familia de origen de la infancia y la juventud separadas de ella siendo bebés rara vez ha reconocido la naturaleza emocional y dinámica de esas interacciones. La curiosidad ha predominado en la investigación sobre adopción. Sin embargo, en nuestro estudio longitudinal con jóvenes que entraron en el sistema de protección a una edad temprana, en sus relatos surgió toda una gama de otros sentimientos y combinaciones de sentimientos, entre ellos la satisfacción y sentimientos encontrados como la ira, el afecto, la pérdida, la culpa o la preocupación. El tipo de medida, es decir, si habían sido objeto de adopción, si habían vivido en acogimiento en familia extensa o con una familia de acogida ajena, no determinaba sus reacciones emocionales hacia su familia de origen. Las perspectivas y las emociones de estas personas jóvenes cambiaban a menudo con el tiempo. En este artículo describimos las respuestas emocionales de la juventud participante hacia su familia de origen y señalamos las implicaciones para la teoría, la investigación y la práctica.

Palabras clave: emociones, familia de origen, relaciones familiares, jóvenes con experiencia de acogimiento, investigación longitudinal

Introducción

El concepto de familia es controvertido y ha cambiado a lo largo de los años, ya que las familias adoptan todo tipo de formas y tamaños. Atribuimos significados emocionales a la familia y a las relaciones familiares. Las emociones pueden debilitar, pero también fortalecer, las interacciones familiares y el sentimiento de pertenencia a una familia. Para jóvenes a quienes se separó de su familia de origen a una edad temprana, los significados emocionales que atribuyen a las relaciones familiares y al sentimiento de pertenencia pueden ser especialmente complejos, contradictorios y cambiantes. Gran parte de la investigación sobre esta población se ha centrado en la cuestión del contacto con la familia de origen, pero ha descuidado en gran medida la naturaleza emocional y dinámica de las relaciones con ella. Este artículo presenta los resultados de un estudio longitudinal en curso sobre jóvenes que entraron en el sistema de protección siendo bebés en Irlanda del Norte. Se centra en cómo evolucionaron con los años la comprensión que estas personas jóvenes tenían de su familia de origen y sus relaciones con ella, así como en las respuestas emocionales y los significados que les atribuían.

El contexto de la investigación: el sistema de protección a la infancia y el contacto con la familia de origen

En el Reino Unido, cuando se constata que una niña o un niño sufre un daño significativo, o corre el riesgo de sufrirlo, como consecuencia de maltrato o negligencia, los servicios sociales retiran a la persona menor del cuidado de sus progenitores biológicos y buscan un hogar alternativo para su acogida, inicialmente a corto plazo, hasta que puedan concluir los procedimientos judiciales (McSherry & Fargas-Malet, 2018). En la mayoría de los casos, la retirada termina con el regreso junto a los progenitores biológicos (Sinclair et al., 2007). Sin embargo, en algunos casos se considera que el regreso al cuidado de la familia de origen no es posible y, en esas circunstancias, es necesario buscar otras opciones de acogida a largo plazo. Estas opciones incluyen el acogimiento familiar de larga duración y el acogimiento en familia extensa; el acogimiento residencial (principalmente para adolescentes); el cuidado en virtud de resoluciones de derecho privado (es decir, una Special Guardianship Order o una Residence Order); y la adopción. En el Reino Unido, la adopción puede producirse sin el consentimiento de los progenitores biológicos si se considera que lo niegan de forma injustificada, y así ocurre en aproximadamente el 70% de las adopciones (Kelly & McSherry, 2002). En Irlanda del Norte, las familias acogedoras, sean o no de la familia extensa, pueden solicitar que la Care Order sea sustituida por una Residence Order (Children Order 1995, artículo 8), lo que saca al niño o la niña del sistema de protección y otorga a las personas acogedoras una responsabilidad parental compartida con los progenitores biológicos.

Con independencia del tipo de medida fuera del hogar, en el Reino Unido y en otros países desarrollados el contacto con la familia de origen se considera esencial para el bienestar y el sentido de identidad de la infancia. Esta idea ha sido promovida y respaldada internacionalmente por la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño de 1989, que establece el derecho de niñas y niños a vivir con sus progenitores o a mantener el contacto con ellos cuando esto no sea posible. Existe una gran cantidad de investigaciones sobre los beneficios y los inconvenientes del contacto para la infancia en el sistema de protección y del contacto posadoptivo (para una revisión sistemática reciente, véase Boyle, 2017). Sin embargo, faltan investigaciones longitudinales centradas en la comprensión que la juventud tiene de su familia de origen y en la naturaleza emocional de estas relaciones.

Significados de la «familia» en la investigación con jóvenes con experiencia de acogimiento

La investigación contemporánea sobre la familia ha puesto de relieve transformaciones importantes en su composición, con hogares cada vez más diversos y fronteras familiares cada vez más flexibles. Estos cambios han afectado a la manera en que la juventud atribuye significado a la familia (p. ej., Parker & Mayock, 2019). También han llevado a abandonar las definiciones normativas de «la familia» en favor de nociones de parentesco y a reconocer la naturaleza dinámica de las relaciones familiares (Boddy, 2019). En este sentido, el concepto de «prácticas familiares» de Morgan (2011) pretende «ir más allá» de determinados modelos de vida familiar, haciendo hincapié en la idea de «hacer familia» más que en la de «ser» una familia. Así, el objetivo es comprender mejor cómo las personas «hacen» familia y qué significados atribuyen a sus prácticas familiares. Finch (2007) amplió este enfoque al reconocer la importancia de «mostrar» la familia además de «hacerla». Definió la exhibición como la práctica de transmitir, a los demás y a la propia persona, que sus acciones son efectivamente «prácticas familiares» y que esas relaciones son de verdad relaciones «familiares», distintas de otras formas de relación.

Los conceptos de «prácticas familiares» y de «exhibiciones familiares» incorporan las nociones de fluidez, diversidad y multiplicidad de facetas que caracterizan la vida familiar (Finch, 2007). Ambos conceptos se han utilizado ampliamente en la investigación sobre la infancia y la juventud en el sistema de protección o con experiencia de acogimiento (Boddy, 2019; Holland & Crowley, 2013; Skoglund et al., 2019) y sobre la infancia y la juventud adoptadas (Jones & Hackett, 2011; MacDonald, 2017). Por ejemplo, en un estudio longitudinal cualitativo con jóvenes que habían salido del sistema de protección, Boddy (2019) encontró relatos corrientes de prácticas familiares habituales y subrayó la importancia de las relaciones familiares de estas personas jóvenes para comprender su sentido de sí mismas, mientras que en el estudio de Jones y Hackett (2011) se pusieron de relieve, para jóvenes con experiencia de adopción y sus familias adoptivas y de origen, los significados complejos de prácticas familiares cotidianas como intercambiar tarjetas de cumpleaños y de Navidad.

La dimensión emocional en las relaciones familiares

Las emociones desempeñan un papel fundamental en todos los fenómenos sociales, incluida la familia. Sirven para construir vínculos sociales, así como para mantener el compromiso con las estructuras sociales o para derribarlas (Turner, 2007), y, a su vez, nuestra propia existencia social da forma a nuestras emociones (Jacobsen, 2019). Sin embargo, no hay consenso sobre lo que constituye una emoción, y desde comienzos del siglo XX se han desarrollado multitud de teorías psicológicas (Cannon, 1927; James & Lange, 1922; Lazarus & Folkman, 1984; Schachter & Singer, 1962) y sociológicas (p. ej., Bericat, 2016; Turner, 2007) para intentar comprender este concepto a menudo esquivo. Las emociones se han definido de múltiples maneras, ya que son sumamente complejas y a veces incluso paradójicas. Bericat (2016, p. 493) afirma que «las emociones constituyen la manifestación corporal de la importancia que un acontecimiento del mundo natural o social tiene para un sujeto». Aunque esta definición parece centrada en el individuo, se reconoce que las emociones son en realidad relacionales, puesto que se producen, se sienten y adquieren significado en el contexto de nuestras relaciones sociales. Además, debemos tener presente que nuestra vida emocional es de naturaleza dinámica y que las emociones nunca están aisladas ni permanecen estáticas a lo largo del tiempo.

La dimensión y la significación emocionales de las prácticas y las relaciones familiares se han pasado por alto a menudo en la investigación centrada en familias desfavorecidas y, en particular, en la investigación que examina cómo comprenden su familia de origen las personas jóvenes con experiencia de acogimiento. No obstante, algunos trabajos, como el de Wilson et al. (2012), subrayan la importancia de explorar las prácticas familiares en circunstancias difíciles, los recursos que las sustentan y su significación emocional. Su estudio se centró en las experiencias familiares de jóvenes a quienes afectaba el consumo de sustancias de sus progenitores. Algunas de las personas participantes habían pasado un tiempo en el sistema de protección. Se constató que los significados emocionales de la familia estaban vinculados a las prácticas familiares. Estas personas jóvenes parecían intentar afrontar, restaurar y redefinir los límites de la familia. Holland y Crowley (2013), a partir de los resultados de un estudio cualitativo con jóvenes con experiencia de acogimiento en Gales, destacaron la copresencia emocional de la familia de origen (es decir, estar ahí emocional o mentalmente, aunque no siempre se la vea en persona) para jóvenes que vivían en acogimiento, así como la naturaleza dinámica de las experiencias y percepciones de las relaciones familiares a lo largo del ciclo vital.

En Kirguistán, Sanghera et al. (2012) examinaron las emociones que mostraban niñas, niños y jóvenes separados de sus progenitores biológicos para quedar al cuidado informal de familiares y que luego se reunieron con ellos en la adolescencia. Su investigación mostró la importancia de los vínculos emocionales con la familia de origen en las relaciones sociales posteriores. En su estudio cualitativo centrado en la permanencia y la estabilidad de jóvenes en el sistema de protección, Moran et al. (2019) constataron que estas personas jóvenes renegociaban los vínculos emocionales con su familia de origen y que las emociones desempeñaban un papel central en la comprensión de la permanencia y la estabilidad. En su estudio, algunas personas jóvenes sentían abandono e ira hacia sus progenitores biológicos, mientras que otras se sentían «divididas» entre su familia de origen y su familia de acogida.

En este artículo presentamos algunos de los resultados de un estudio longitudinal con jóvenes que entraron en el sistema de protección siendo bebés. En 2009, cuando tenían entre 9 y 14 años, examinamos la cuestión del contacto con la familia de origen (McSherry et al., 2013). En la fase actual del estudio, estas mismas personas son ya jóvenes adultas de entre 18 y 24 años. Desde una perspectiva longitudinal, resultaba pertinente seguir explorando las relaciones con la familia de origen y su significación emocional.

El estudio Care Pathways and Outcomes

El estudio Care Pathways and Outcomes es un estudio longitudinal prospectivo que viene siguiendo a una población de niñas y niños (n = 374) que tenían menos de cinco años y se encontraban en el sistema de protección en Irlanda del Norte el 31 de marzo de 2000. Su objetivo es comprender cómo les va a esta infancia y a sus familias y personas cuidadoras a corto, medio y largo plazo, dentro de los distintos tipos de medida y entre ellos, es decir, adopción, acogimiento familiar, acogimiento en familia extensa, Residence Order y regreso con la familia de origen.

Hasta la fecha se han completado tres oleadas del estudio. La oleada 1 (de menos de 1 año a 5 años) se centró en establecer una línea de base de datos demográficos, factores de contexto y motivos de entrada en el sistema de protección para toda la población del estudio, con datos extraídos de los expedientes de los servicios sociales. La oleada 2 (de 3 a 8 años) siguió el perfil de las medidas de toda la población del estudio y, además, entrevistó a un subgrupo de familias de origen, adoptivas y de acogida (n = 110), con métodos cuantitativos y cualitativos, para comprender cómo les iba a ellas y a la infancia en una serie de ámbitos psicosociales (es decir, niveles de estrés parental y funcionamiento conductual y emocional de la infancia) y en cuestiones más amplias como las experiencias escolares y las relaciones con la familia y las amistades. La oleada 3 del estudio (de 9 a 14 años) siguió el perfil de las medidas de toda la población del estudio en ese momento e incluyó entrevistas con un subgrupo de niñas, niños y jóvenes y de sus familias o personas cuidadoras (n = 72). Estas entrevistas aplicaron de nuevo una metodología cuantitativa y cualitativa y se centraron en un abanico más amplio de ámbitos psicosociales (es decir, estrés parental, funcionamiento emocional y conductual de la infancia, apegos, autoconcepto y aptitud escolar), además de cuestiones más generales como la escuela y las relaciones con iguales y con la familia. Los resultados de estas tres primeras oleadas se han publicado en otros trabajos (McSherry et al., 2010; 2013; 2016).

La oleada 4 del estudio (de 17 a 25 años) está en curso. Hasta ahora se ha seguido el perfil de las medidas de toda la población del estudio (McSherry & Fargas-Malet, 2018) y se han realizado entrevistas, con metodología cuantitativa y cualitativa, a un subgrupo de jóvenes y de sus familias y personas cuidadoras. Estas se han centrado en una serie de ámbitos psicosociales (es decir, estrés, apego, autoconcepto, pertenencia, apoyo social, autocontrol y funcionamiento conductual y emocional) y en cuestiones más amplias como la educación, la formación y el empleo, el sentimiento de pertenencia, las relaciones clave, los acontecimientos clave y la salud física, emocional y sexual. Este artículo se centra en las perspectivas de la juventud participante sobre sus relaciones con miembros de la familia de origen recogidas durante las oleadas 3 y 4 del estudio.

Método

Diseño

Se trata de un estudio longitudinal prospectivo que emplea un enfoque de métodos mixtos para explorar, tanto cuantitativa como cualitativamente, las perspectivas de jóvenes y de sus familias o personas cuidadoras sobre sus vidas en una serie de ámbitos psicosociales.

Participantes

La muestra de la oleada 4 del estudio es la misma población infantil a la que se ha seguido en las tres oleadas anteriores. En la oleada actual se elaboró un perfil de las medidas para el 96% (n = 354) de la población del estudio a partir de los datos de acogida facilitados por los Health and Social Care (HSC) Trusts de Irlanda del Norte (equivalentes a las autoridades locales de Inglaterra y Gales), hasta el 31 de marzo de 2016. En ese momento, el 63% (n = 259) tenía 18 años o más, y el 27% (n = 95) era menor de 18 (16 o 17 años). Los resultados de la fase 1 del estudio se han publicado en otro trabajo (McSherry & Fargas-Malet, 2018). Además, actualmente se están realizando entrevistas semiestructuradas con las personas jóvenes y con sus familias y personas cuidadoras, en las que se examinan diversas cuestiones.

Este artículo se centra en los datos de las entrevistas semiestructuradas realizadas a las 41 personas jóvenes que han participado hasta la fecha. En 38 casos también se ha entrevistado a su familia o a sus personas cuidadoras, pero este artículo se centra exclusivamente en las entrevistas a la juventud participante. El guion de la entrevista se estructuró en torno a una serie de cuestiones ya especificadas en la sección anterior. Treinta y seis de estas personas habían participado en la oleada anterior del estudio (oleada 3), cuando tenían entre 9 y 14 años. En esa fase se habían explorado algunos de estos mismos temas, entre ellos el contacto con la familia de origen y las personas clave en sus vidas. En cuanto al tipo de medida, 14 habían sido objeto de adopción siendo bebés, 8 habían vivido en acogimiento familiar de larga duración, 5 en acogimiento de larga duración en familia extensa, 12 habían estado bajo una Residence Order (con su familia de acogida) y 2 habían vivido con sus progenitores biológicos la mayor parte de su vida. En el momento de la entrevista de la oleada 4 tenían entre 18 y 23 años.

Análisis de datos

Todas las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron literalmente, y después se analizaron mediante análisis temático (Braun & Clarke, 2006). Buscamos temas recurrentes en las transcripciones de las oleadas 3 y 4, e identificamos y desarrollamos códigos detallados, que se introdujeron en hojas de Excel. Cada hoja correspondía a un tema concreto (p. ej., educación, salud, etc.). Para este artículo examinamos específicamente la hoja sobre el contacto y la relación con la familia de origen. En cada hoja, las filas representaban a cada joven en las dos oleadas y a su familia, y cada columna representaba un código, como el grado de cercanía a la familia de origen en la oleada 3 o los sentimientos hacia la familia de origen en la oleada 4. Dos personas del equipo de investigación leyeron las transcripciones y discutieron los códigos. Ninguno de los nombres que figuran en la sección de resultados ni en las citas es el nombre real de las personas jóvenes ni de otras personas: son seudónimos asignados por el equipo de investigación para garantizar la confidencialidad.

Resultados

La comprensión y las respuestas emocionales de estas personas jóvenes hacia su familia de origen eran variadas, dinámicas, a menudo complejas y contradictorias, y parecían depender de diversos factores, entre ellos sus interacciones pasadas y presentes con cada miembro de la familia, sus experiencias y recuerdos pasados y los recursos personales y sociales de que disponían. Identificamos cuatro categorías distintas, que no son mutuamente excluyentes, ya que la juventud participante en el estudio encajaba a menudo en más de uno de estos grupos según sus relaciones con miembros concretos de la familia, y además estas categorías cambiaban a medida que crecían. Las categorías identificadas en el análisis son la curiosidad; la indiferencia o falta de interés; la satisfacción o el contento; y la ambivalencia o los sentimientos encontrados y perturbadores (es decir, una combinación de emociones como la ira, la culpa, la tristeza, la vergüenza, el duelo y la preocupación).

Curiosidad

Las emociones pueden ser una fuerza motriz de la acción social (Svašek, 2008). Esto es especialmente intrínseco al sentimiento de curiosidad, ya que motiva la búsqueda de información y las conductas exploratorias. La curiosidad está muy ligada al sentimiento de incertidumbre y a la privación de información clave. Para estas personas jóvenes, la curiosidad estaba también profundamente vinculada a sentimientos de pérdida. Por ello, quienes carecían de información sobre su familia de origen, o quienes no la habían visto nunca o no la veían desde hacía mucho tiempo, expresaban a menudo curiosidad. Sentían un deseo de información. Y emprendían acciones para satisfacer ese deseo, como buscar a familiares de origen en las redes sociales, contactar con ellos de forma indirecta, organizar un encuentro o incluso irse a vivir con ellos. El momento en que recordaban que había surgido su curiosidad (o en que habían actuado movidos por ella) solía situarse a mediados o finales de la adolescencia.

La curiosidad ha sido un concepto ampliamente explorado en la investigación sobre adopción (p. ej., Jones & Hackett, 2011; Wrobel & Grotevant, 2019), y, de hecho, algunas de las personas jóvenes de nuestro estudio que manifestaron curiosidad habían sido adoptadas, probablemente porque era más probable que hubieran recibido menos información y tenido menos contacto directo con su familia de origen. El parecido familiar es una forma de mostrar los vínculos biológicos (Mason, 2008, citado en Welch, 2018), y fue una fuente de curiosidad para Julie. Primero buscó a su padre biológico en Facebook cuando tenía unos 14 o 15 años, y después buscó a su madre biológica. Sin embargo, la búsqueda no le resultó especialmente satisfactoria:

Creo que más bien en lo del físico, creo que quería ver más [a mi madre biológica] porque quería ver… Le miré a él [padre biológico] y fue como «no me parezco a él», así que pensé «quiero encontrarla a ella porque quiero ver si me parezco a ella entonces», y creo que era más la curiosidad de parecerte a tu familia, de ahí venía. Porque me gusta cómo K y L [hermanas adoptivas] pueden decir «anda, tú tienes lo de mamá» y «tú tienes lo de papá», pero es una cosa pequeña. Pero luego pensaba «me pregunto de dónde saco yo lo mío». No creo que fuera por ellos, creo que era más una cosa egoísta, quería saber a quién me parezco, por qué tengo este aspecto. Y luego no saqué nada de ello, porque sigo sin creer que me parezca a ellos.

En otros casos, la curiosidad llevó a estas personas jóvenes a querer contactar con sus progenitores biológicos. No todas las que se sentían así habían sido adoptadas. Janette, que vivía con una familia de acogida desde los dos años, tuvo contacto con su madre y su padre biológicos al principio del acogimiento, pero el contacto con su madre duró seis meses y el contacto con su padre también se interrumpió poco después. Sentía el deseo de obtener algunas respuestas de su madre biológica. Sin embargo, como constataron Greenhow et al. (2016) en su estudio sobre las formas tradicionales y tecnológicas de contacto posadoptivo, el contacto virtual «caído del cielo», sin un contacto previo supervisado, como el que vivió Janette, puede resultar difícil, y ella no recibió ningún apoyo para afrontarlo:

Bueno, claro que los buscas. O sea, seguro que todo el mundo lo hace. Sí, yo lo he hecho. He buscado a mi madre y a mi padre. De hecho, encontré a mi madre en Facebook y fue el peor error que he cometido en mi vida. Porque sí que hablé con ella y claro, tenía que preguntarle lo que necesitaba saber. Y al final resultó ser… O sea, fue superborde y […] Así que la bloqueé y… No he vuelto a buscarla porque sé, ¿para qué tenía que hacerlo? […] Creo que solo necesitaba saber. Necesitaba preguntarle «¿piensa alguna vez en alguno de nosotros?», o sea, «¿se arrepiente alguna vez de lo que hizo?», bueno, en realidad tampoco fue decisión suya, así que… Creo que me molestó más cómo se comportó, pero desde entonces no la he vuelto a buscar.

Algunas personas jóvenes adoptadas también contactaron con su madre o su padre biológicos, pero, en su caso, sabían que tenían que esperar a cumplir 18 años para hacerlo. Brendan no tuvo nunca contacto con su familia de origen durante su infancia. Al cumplir 16 o 17 años empezó a buscar información sobre ella. Finalmente encontró a su madre, que vivía en un país vecino, y contactó con ella. Se lo contó a sus padres adoptivos después de haberla encontrado, y más tarde su madre biológica le reservó billetes de avión para que fuera a conocerla. No se arrepintió de su decisión de buscar a su madre biológica. Lo consideraba algo que tenía que hacer. Cuando se le preguntó por qué la había buscado, respondió:

… curiosidad, ser cotilla, probablemente, es otra. Ya sabes, al final son cosas que todo el mundo debería saber, y debería querer saber también. […] Desde luego me alegré de haberlo hecho. Fue una época un poco dura, pero desde luego me alegré de haberlo hecho. Creo que si no lo hubiera hecho, pues, seguiría aquí sentado, seguramente arrepintiéndome de no haberlo hecho.

Para otras dos personas jóvenes de nuestro estudio, el deseo y el anhelo de conocer algún día a sus progenitores biológicos se vieron truncados, y quedaron con sentimientos de pérdida y duelo, al enterarse de que su madre biológica había muerto antes de que cumplieran 18 años. Olivia recordaba vagamente que veía a su madre biológica una vez a la semana cuando estaba en acogimiento en sus primeros años de vida. El contacto se interrumpió y después fue adoptada. Durante toda su infancia siguió teniendo un contacto por buzón con su padre biológico (es decir, él le enviaba cartas o tarjetas en su cumpleaños y en Navidad). Cuando se la entrevistó a los 10 años, expresó curiosidad por su madre y su padre biológicos y los incluyó a ambos como parte de su familia. Los consideraba muy cercanos, a pesar de no ver a ninguno de los dos. También nos dijo que iría a ver a su madre y a su padre biológicos cuando fuera mayor. Expresó tristeza por su pasado porque no había podido quedarse con su madre biológica. Dijo que le molestaba no conocerlos. La madre biológica de Olivia falleció cuando ella tenía 14 años. En una entrevista más reciente, describió este hecho como uno de los acontecimientos más difíciles de su vida. Su relato en la entrevista anterior contribuyó sustancialmente a comprender sus emociones en la etapa actual. Sin embargo, se veía incapaz de expresar sus sentimientos de pérdida a alguien que sintiera que podía comprenderla de verdad, ya que no conocía a ninguna otra persona joven adoptada. También explicó cómo conoció a su padre biológico al cumplir 18 años, y lo describió como una experiencia positiva:

Porque nadie lo entiende de verdad, es muy difícil hablar con alguien directamente porque no pueden conectar con ello. […] Fue muy duro porque, obviamente, yo nunca la culpé de nada. Y obviamente una parte de mí, porque no me dejaban verla hasta los 18, una parte de mí siempre quiso hacerlo. Y darme cuenta de que no iba a poder fue duro. Pero… conocí a mi padre hace un tiempo, justo antes de Navidad. Así que fue raro, pero estuvo bien. … Nos intercambiamos correos, pero… claro, como estoy con el curso, no quería… Solo le dije que me pondría en contacto en verano si él estaba dispuesto a volver a vernos. Y ya está.

Otras personas, como Niamh, que se crio con su abuelo paterno y sus hermanos biológicos, también querían saber más sobre sus familiares de origen e incluso, quizá, contactar con ellos. Sin embargo, aunque no habían fallecido, otras circunstancias se lo impidieron. En su entrevista de 2009, Niamh dijo que consideraba a su padre parte de su familia, aunque no lo había visto en muchos años. También pensaba en su madre biológica como parte de su «familia a distancia», aunque tampoco la veía. Para ella, la significación emocional de su madre y su padre biológicos parecía haber perdurado hasta el inicio de la edad adulta. Niamh había encontrado a su padre en Facebook y había descubierto que había formado una nueva familia. Su padre le había enviado cartas durante toda su infancia, pero unos años antes le había pedido verla a solas, excluyendo a sus hermanos (es decir, a los dos hijos de él). Ella sintió que eso habría sido injusto y estaría mal hacérselo a sus hermanos biológicos, así que nunca dio el paso. Tampoco encontró nunca a su madre, pero habló de su deseo de hacerlo:

Ilocalizable. No quiere contacto. Y me gustaría conocerla. De verdad que me encantaría conocerla porque, ya sabes, como no he tenido mucho una figura materna en mi vida, es como… y siempre tengo mucha curiosidad por… porque obviamente tengo la mitad de tus genes, la mitad de mis genes son tuyos, así que… tengo curiosidad.

Otras personas jóvenes con distintas medidas (adopción, acogimiento familiar o Residence Order) llevaron sus acciones más lejos y se fueron a vivir con su madre o su padre biológicos. Al igual que en otros estudios (Wilson et al., 2012), sus relatos reflejaban a menudo la fuerza de los lazos reales e idealizados con la familia de origen, ya que intentaban con afán reconstruir la relación con sus progenitores a pesar de las dificultades presentes o pasadas. Para William, que había sido adoptado, esta experiencia resultó bastante difícil, y su concepción de su familia de origen, así como sus interacciones con ella, cambiaron como consecuencia.

Fue sobre todo la curiosidad. Solo por ver… cómo era. … Simplemente pasó. Ni siquiera sé describir cómo pasó, porque pasó muy rápido. […] [Mi madre biológica] tenía recaídas con el alcohol. Decía que llevaba muchos años limpia, pero seguía volviendo a beber. Yo no lo sabía, pero tenía un hijo más pequeño, que tenía 14 o 15 años entonces. … Al principio nos llevábamos bien. Pero yo lo veo así: él estaba fingiendo y luego empezó a enseñar cómo era de verdad y a partir de ahí fue cada vez peor, peor, peor. […] Tuve que llamar a la policía para que me sacaran de allí. Así de grave era. […] entonces ya había trabajadores sociales con el hermano pequeño. Así que llegaron y ella no estaba por ninguna parte… Llamé, ella dijo: «Vale, déjalo. Dile que se vaya». No se podía ir. Llamé otra vez y ella solo hacía «bip, bip, bip», y yo le digo «vale, vuelve aquí ya», y volvió y básicamente se armó la de Dios.

Del mismo modo, Rose se fue a vivir con su padre biológico durante un breve periodo al cumplir 18 años. Se había criado con una familia de acogida, que obtuvo una Residence Order para ella. Tenía contacto con su madre y su padre biológicos, pero cuando tenía cuatro años y medio hubo un incidente con su madre biológica, que había bebido y prendió fuego a la casa, y su padre biológico se puso violento. Cuando entrevistamos a Rose a los 12 años, nos dijo que su madre y su padre le daban miedo, y recordó este incidente. En cambio, cuando la entrevistamos recientemente, ya joven adulta, incluyó a su madre biológica como parte de su familia, aunque había fallecido 6 años antes. Sobre su reciente experiencia de irse a vivir con su padre biológico, Rose recordó que resultó insatisfactoria:

Y entonces empezamos a crear un vínculo, pero desde entonces se ha ido. Porque pensé que crear un vínculo después de todos esos años iba a funcionar, pero no, en realidad le daba igual, porque entraba y pasaba de largo por delante de mí.

Cuando se le preguntó por qué quería crear un vínculo con su padre, su respuesta reveló una noción idealizada de los lazos con la familia de origen, que se derrumbó tras su experiencia:

Porque al fin y al cabo es mi padre. Así lo veo yo. Pero en cierto modo, por todo lo que ha pasado antes y por cómo se ha portado conmigo, ya no quiero crear un vínculo. Prefiero dejarlo como está.

En resumen, aunque descubrir información nueva suele ser gratificante y una experiencia positiva que ayuda a reducir el estado de incertidumbre, para algunas de estas personas jóvenes buscar a su familia de origen e iniciar el contacto con ella fue difícil y, a menudo, angustioso. A veces, como resultado de estas experiencias, el significado y el contenido emocional que habían atribuido a sus relaciones familiares cambiaron drásticamente. Sin embargo, a pesar de su dificultad, algunas también consideraron estas experiencias positivas y se alegraban de haberlas vivido. Estos relatos mostraban también la poderosa «copresencia emocional» de los miembros de la familia de origen, presentes emocional o psicológicamente en la vida de estas personas jóvenes, aunque no siempre lo estuvieran físicamente (Holland & Crowley, 2013; Skoglund et al., 2019).

Indiferencia o falta de interés

En el otro extremo del espectro de la curiosidad, algunas personas jóvenes expresaban falta de interés o indiferencia hacia su familia de origen. Este grupo era heterogéneo. Así, no todas habían llegado a esta postura por el mismo camino. Mientras que algunas siempre habían sentido que su familia de origen no era relevante en su vida y no les interesaba, otras habían mostrado antes otras emociones, pero, como resultado de experiencias pasadas, se habían vuelto indiferentes.

El grupo de jóvenes que nunca había sentido interés por su familia de origen o por miembros concretos de ella incluía a jóvenes con experiencia de adopción, jóvenes que habían estado bajo una Residence Order otorgada a familiares o a personas ajenas a la familia y jóvenes que vivían en acogimiento en familia extensa. Estas personas jóvenes nunca habían considerado a esos familiares de origen parte de su familia y apenas tenían contacto con ellos. Todas se sentían asentadas en la familia en la que habían crecido desde pequeñas. Fionn, adoptado siendo bebé, no tenía contacto presencial con ningún miembro de su familia de origen. Sus padres adoptivos le habían dado la mayor parte de la información que tenían sobre la familia de origen y habían compartido con él cartas y fotografías. Cuando se le entrevistó a los nueve años, dijo que nunca había visto a su madre ni a su padre biológicos, pero que tenía fotos suyas, y que prefería estar en la familia en la que estaba entonces. En la fase actual dejó claro que nunca los había conocido y que tampoco tenía intención de conocerlos:

Nunca los he visto. … La verdad es que nunca he pensado en ello. […] saber de tu pasado y de tus padres biológicos no es importante para todo el mundo. …

A Mark y a Jeremy no les interesaba su padre biológico, y cuando estos murieron, ninguno de los dos fue al funeral. Mark, que vivía con su madre de acogida (quien había obtenido una Residence Order), era especialmente crítico con el estilo de vida de su padre biológico, y su muerte no le afectó mucho:

Seguramente porque nunca estuvo, ¿sabes? … No lo conocía lo suficiente. … Llamaron [a mi madre de acogida] para preguntar si yo quería ir, pero… dije «no» porque no tiene sentido ir.

Del mismo modo, a Jeremy nunca le interesó su padre. Jeremy vivía con su abuela materna desde muy pequeño, tras la muerte de su madre biológica. Nunca había visto a su padre, que vivía en un país vecino. Según su abuela, se negó a ir al funeral, y el relato de Jeremy refleja esta falta de emoción hacia él:

No, está muerto. Sí, se murió, nunca lo conocí. Se murió hace unos cinco años, igual, ni siquiera lo sé, me da igual. He visto su foto.

A veces, las personas jóvenes habían expresado en el pasado sentimientos sobre todo dolorosos hacia familiares de origen, que se habían convertido en indiferencia a medida que crecían. Este segundo grupo también era diverso en cuanto a trayectorias de protección. Madeleine, que fue adoptada junto con sus hermanos biológicos, nunca consideró a su madre biológica parte de su familia. Cuando se la entrevistó en 2009, expresó ira y tristeza por su pasado, y se sentía abandonada por su madre y su padre biológicos. Solía tener contacto con ellos en el hogar de la familia adoptiva, pero se interrumpió después de que mataran a su padre biológico cuando ella tenía unos cinco años, y su madre biológica dejó de acudir a las visitas tras su muerte. En la fase actual del estudio, cuando se la volvió a entrevistar ya joven adulta, los sentimientos de tristeza y de ira de Madeleine se habían disipado y, en su lugar, afirmaba que ya no le interesaba su madre:

Sé de ella y eso y la reconocería si la viera y tal, y ni siquiera me interesa, a ella no le intereso, vamos. El sábado pasado estaba en [tienda del pueblo] y ella estaba allí con su novio, es que… […] No, seguramente [no me reconoce], o sea, he cambiado un montón, pero no me interesa. …

A diferencia de Madeleine, Killian tuvo contacto regular con su madre, su padre y sus hermanos biológicos durante toda su infancia. Killian se crio con una familia de acogida que obtuvo una Residence Order para él. De pequeño consideraba a su familia de origen parte de su familia, pero no se sentía muy cercano a ella. Ya joven adulto, sus sentimientos habían cambiado y ya no la consideraba parte de su familia. Hacía algunos años que no los visitaba. Dejó de visitarlos después de que su madre volviera a beber. Además, su familia de origen se puso a la defensiva cuando se cambió el apellido:

Hubo una temporada en la que no bebía, y yo pensé, vale, ya has madurado, así que subiré a verte. Así que subí y todo fue bien, y luego volví una semana después y era un caos total con la bebida, era que… todo pasaba a la vez. Así que pensé, vale, me voy a apartar de esto. […] eso armó un escándalo enorme solo porque me cambié el apellido, y yo pensé: «¿Sabéis qué? Si vais a ser tan infantiles en vez de dejarlo estar, después de tanto tiempo, pues no me habléis». […] Así que fue entonces cuando dejé de hablarles, más o menos. Sí que me pidieron que fuera y sí que intentaron ponerse en contacto conmigo, pero yo no quise.

James también tuvo contacto con su madre y su padre biológicos durante la mayor parte de su infancia, mientras crecía en acogimiento familiar, pero ya joven adulto expresaba indiferencia hacia su familia de origen. Cuando lo entrevistamos a los 13 años, se sentía triste por su pasado y deseaba que sus padres «dejaran de beber». Le preocupaba antes de las visitas de contacto, y también si iban a presentarse o no. Ya joven adulto, James recordaba que sus padres no se presentaban a las visitas y el impacto que eso tuvo en su bienestar emocional:

Yo solo sabía que no estaba con mi mamá y mi papá. Pero ahora ni siquiera me importa eso. Ni me molesto con esa gente, me da igual… la mayoría de las veces no aparecían y eso me rayaba la cabeza todavía más.

Sin embargo, a pesar de afirmar que ya no le importaba, sí expresaba ira y frustración hacia ellos. Su respuesta emocional parecía muy ligada al incumplimiento por parte de sus progenitores de lo que él consideraba obligaciones fundamentales hacia él, es decir, dejar de beber y presentarse a verlo:

Y desde ese momento, me volvía loco. … Te sientas y piensas en ello. ¿Ves?, ahora cuando estoy en la cama, todavía le doy vueltas. … Se lo dije a mi mamá y a mi papá y todo, vamos. Les dije: «Me habéis j*dido la cabeza». Ellos no creen que hayan hecho nada malo. … Siguen bebiendo, vamos. Bueno, mi padre está ahora en la cárcel. A ella le dieron a elegir: ¿la bebida o los niños? Y eligieron la bebida, así que…

Brandon también había sentido el rechazo de su familia de origen de pequeño, lo que había afectado a su bienestar emocional hasta el punto de que, ya joven adulto, afirmaba no sentir nada por su madre biológica y no tener ninguna relación con ella. Cuando se le entrevistó en la oleada anterior del estudio, con 14 años, no consideraba a su madre ni a su padre biológicos parte de su familia, pero sí a sus hermanos mayores. Ya joven adulto, Brandon explicó cómo su madre se quedó con uno de sus hermanos, pero a él lo dejó bajo la tutela del Estado, y cómo eso lo había herido emocionalmente:

Hasta los siete años, estuve en varios hogares con uno de mis hermanos. Y entonces nuestra madre se lo llevó a casa y a mí me dejó en el sistema. Creo que eso fue muy fuerte. Me puse muy mal después de que pasara eso. Así que desde los siete más o menos hasta los diez, cuando pasó eso, y luego me mandaron a más hogares, creo que entonces simplemente tiré la toalla. Así que tuve que protegerme a mí mismo desde pequeño y tal. […] Pasó algo hacia los diez años. Había visto a mi madre y hablé con ella. Y tuvimos una charla y básicamente renegó de mí allí mismo, ese día. Sí, y simplemente dijo que no volviera nunca a casa, y que yo no le importaba y cosas así. … Creo que ese día se formó lo que soy, y después de eso ya no tenía emociones ni nada…

En resumen, las personas jóvenes que expresaban falta de interés hacia su familia de origen o hacia miembros concretos de ella tenían a menudo un fuerte sentimiento de pertenencia a su familia alternativa (ya fuera de acogida, adoptiva, con Residence Order o familia extensa) y ya no sentían (o nunca habían sentido) que su familia de origen formara parte de su familia. Esto se manifestaba especialmente en las exhibiciones familiares (Finch, 2007), como cuando Killian se cambió el apellido. Mientras que algunas de estas personas jóvenes nunca habían sentido otra cosa, otras habían sentido antes alguna emoción hacia su familia de origen, como tristeza, abandono o ira. En unos pocos casos, como el de James, algunos de estos sentimientos persistían de algún modo.

Ambivalencia o sentimientos encontrados y perturbadores

La ambivalencia se ha considerado una «emoción mixta» compuesta por sentimientos mutuamente contradictorios hacia la misma persona u objeto (Weigert, 1991, citado por Jacobsen [2019] y Finn [2013]). Algunas personas jóvenes lidiaban con sentimientos complejos y contradictorios hacia miembros de la familia. Para la mayoría de ellas, las relaciones parecían problemáticas. Como ya se ha señalado en relatos como el de Brandon, solían narrar historias de rechazo y abandono que desembocaban en sentimientos de ira, resentimiento, dolor y pérdida. Cuando se la entrevistó para la oleada 4 del estudio, Nichole habló de estos sentimientos perturbadores hacia su padre biológico. Vivía con una familia de acogida desde que era un bebé, y esta había obtenido una Residence Order para ella. De niña solía ir a ver a su madre y a su padre biológicos con regularidad, pero eso se interrumpió cuando era bastante pequeña. Durante la entrevista recordó su primer recuerdo, que era ir a ver a su padre biológico cuando tenía unos cinco años y que él no apareciera. En la actualidad, aunque seguía en contacto con algunos miembros de su familia de origen, su relación con su padre seguía siendo inconstante y difícil, y a menudo implicaba problemas en las redes sociales:

Mi padre me agregó en Facebook cuando tenía 16 años. Y luego me agregaron algunas de sus hermanas y su madre y su padre. Tuve una pelea y una discusión muy fuertes con mi padre, eso lo sé. Descargué mucha rabia contra él. La verdad es que me sentó bastante bien, pero… […] Sí, no conocer realmente a nadie y luego recibir un montón de mensajes «Dios, te hemos echado de menos», y yo ahí sentada pensando «sabíais dónde estaba y ni siquiera os conozco». Eso no lo llevo bien. […] Es muy difícil de explicar, sentimientos encontrados, no sabes cómo te sientes, y luego lo piensas y ahí es cuando empiezas a enfadarte, cuando lo piensas. […] A veces hablo con mi tía. Antes me llamaba casi todos los días y ahora solo hablo con ella un día sí y otro no. Hablo con algunos de mis primos. Mi padre me bloquea y luego me desbloquea otra vez en Facebook.

Anna también sentía ira y resentimiento hacia su madre biológica cuando esta contactó con ella al final de su adolescencia, tras un largo periodo de ausencia. Anna se crio en acogimiento familiar con uno de sus hermanos biológicos. Tuvo contacto con su madre y su padre biológicos hasta los 13 o 14 años, aunque a menudo no se presentaban. Cuando la entrevistamos de niña, a los 12 años, expresó su deseo de que sus padres dejaran el alcohol. Cuando se quedó embarazada al final de la adolescencia, su madre biológica se acercó a ella y mostró interés por su futuro nieto, y eso avivó su ira. También recordó un incidente anterior en el que su madre no la reconoció:

Yo iba a casa de mis hermanas y eso, y luego hubo una vez que fui a casa de mi madre con mi hermana y básicamente me tendió la mano y se presentó y dijo: «Hola, soy la madre de [hermana], encantada de conocerte». Así que yo le dije: «Hola, soy Anna, tu hija», ¿sabes lo que te digo? [Me sentí] fatal, sí. Pensé, es una vergüenza. Así que creo que cuantas más cosas hace, más me enfado. Y luego, en cuanto nació el niño, se creía que iba a ser la abuela del año, y no lo entiende, tiene que empezar conmigo primero, antes de empezar con mi hijo. […] En cuanto me quedé embarazada. Y ahí estaba ella, toda cariñosa, y «le voy a comprar esto y lo otro». Pero yo le dije: «Al fin y al cabo, ¿y yo qué? Ni una sola vez en esta conversación me has preguntado “¿cómo estás? ¿Sabes lo que te digo?” “O sea, soy tu hija”».

Sin embargo, a pesar de estos sentimientos negativos, Anna también expresaba su deseo de comprender a su madre biológica y las circunstancias que llevaron a que la tutelaran. Esa era su motivación para intentar obtener sus expedientes y hacer un trabajo de historia de vida. En su relato parecía mantener un debate interno entre lo que sentía (es decir, animadversión) y lo que creía que debía sentir (es decir, empatía, compasión):

Pero creo que será como algo para mí, porque ahora mismo no veo a mi mamá como, o sea, en mi cabeza es que no me cae bien, pero al mismo tiempo tengo que entender que ser alcohólica también es una enfermedad, ¿sabes lo que quiero decir? O sea, es una enfermedad, pero necesito entender el porqué de las cosas, para que a lo mejor algún día pueda perdonarla, ¿sabes lo que te digo? Porque si le pasara algo, seguramente me afectaría igual, ¿sabes lo que te digo? Pero seguramente ni siquiera iría, ¿sabes lo que te digo?, si le pasara algo. Creo que solo necesito averiguarlo para poder… para mi propia tranquilidad.

Mia también tenía dificultades para entender cómo su madre biológica no cambiaba su estilo de vida autodestructivo. Mia había vivido con una familia de acogida durante la mayor parte de su infancia bajo una Residence Order, pero esa relación se rompió al final de su adolescencia. Veía a su madre y a su padre biológicos con regularidad cada tres semanas, pero el contacto se interrumpió durante unos seis o siete años cuando estaba en secundaria. Ya joven adulta, afirmaba no saber del todo por qué, ya que su madre «nunca me cuenta la historia completa». Cuando la entrevistamos de niña, a los 12 años, acababa de empezar la secundaria y llevaba unos meses sin ver a su madre biológica «porque tenía que adaptarse al instituto». Entonces nos dijo que iba a verla pronto y que le gustaba verla. Ya joven adulta, explicó cómo había recuperado el contacto con su madre biológica y que ahora consideraba a su familia de origen como su única familia, ya que no tenía otra familia en la que apoyarse. Sin embargo, la relación con su madre biológica no era precisamente un apoyo, debido a la adicción que su madre arrastraba desde siempre:

Ah, sí, puedo ir a hablar con ella cuando quiera, pero ahora es alcohólica perdida, vamos. […] A los tres críos pequeños que tuvo, también los ha perdido.

El relato de Carl incluía una multiplicidad de emociones contradictorias hacia su familia de origen, como el amor, el rechazo y la desesperación. Carl vivió muchos años con su madre de acogida. Al principio de su adolescencia mostraba conductas problemáticas y dificultades emocionales causadas por múltiples duelos. En el espacio de tres años habían muerto su padre de acogida, su hermano biológico y su abuela biológica. A diferencia de Mia, aunque dejó el hogar de la familia de acogida hacia los 15 años, su relación con su madre de acogida perduró, y ambos seguían formando parte de la vida del otro. Tras marcharse, pasó unas semanas en un centro residencial y luego se fue a vivir con una tía biológica durante unos 18 meses. Después se mudó con su madre biológica, que tenía un largo historial de consumo de drogas. En esa etapa empezó a consumir drogas con su familia de origen. Recientemente había conseguido dejar de consumir y asentarse con su novia y su hijo. Cuando se le preguntó por qué seguía visitando a su familia de origen, su respuesta puso al descubierto el poderoso ideal cultural de la «familia normal» (Wilson et al., 2012):

Porque quería una familia de verdad, quería una madre y un padre como los de [mi novia]… Quería una familia que me quisiera y que quisiera verme ir bien. … Eso no lo tengo para nada. Creo que sigo volviendo para intentar ver si hay algún cambio. … Pero también quiero ver a mi madre dejar las pastillas, por mucho que en realidad no me caiga bien. La quiero, pero no me cae bien. No me gusta estar con ella. Seguramente lo estoy diciendo todo mal, pero ya sabes lo que quiero decir. […] Me siento responsable de mi madre. Siento que tengo que hacer de madre de mi madre cada vez que estoy con ella. … Sí, preocupándome por su bienestar.

Carl se debatía en su posición ambivalente: intentaba proteger su propio bienestar y su estilo de vida distanciándose de los miembros de su familia, mientras al mismo tiempo se sentía arrastrado por su anhelo de tener «una familia de verdad» y por sus sentimientos de amor, cariño y preocupación hacia ellos. Esta ambivalencia parecía ser la fuente de dificultades emocionales, como «sentirse bajo de ánimo» y la ansiedad.

Pero siento que… como yo trabajo y ninguno de ellos puede trabajar, y yo conduzco y ninguno de ellos conduce, ya sabes, siempre tienen algo que decir de cada cosita que haces, y entonces sientes que siempre eres el hazmerreír… No es agradable, de verdad que no es nada agradable. Cada vez que estoy con ellos, me voy disgustado o con el ánimo por los suelos; cada vez que veo a mi madre, me da ansiedad al instante, ansiedad al instante, solo de hablar de ello. Ahora mismo el corazón me va a mil, solo de hablar de ello. Te lo juro por Dios, no puedo con ella.

Las relaciones entre hermanos eran muy importantes para muchas de las personas jóvenes del estudio. Sin embargo, para unas pocas personas participantes, sus hermanos y hermanas resultaron ser la fuente de emociones muy complejas y de relaciones difíciles. La salud mental de Eric se vio afectada negativamente cuando encontró a sus hermanas biológicas al cumplir 18 años. Eric fue adoptado a una edad temprana por la familia que lo había acogido siendo bebé. Cuando se le entrevistó en la oleada anterior del estudio, a los 11 años, expresó tristeza por su pasado porque no recordaba a su madre biológica. Ya joven adulto, nos contó que una de sus hermanas biológicas le había revelado recientemente historias negativas sobre su madre biológica y que él no estaba preparado para escucharlas:

Bueno, este año me enteré de que tenía dos hermanas mayores, de que tenía dos hermanas mayores. […] Y entonces fue como que este año me deprimí muchísimo por eso. […] una de mis hermanas me soltó un montón de mierda sobre, bueno, sobre la familia de verdad, que yo no quería saber. Me estaba afectando, y lo tenía metido en la cabeza. […] No son malas personas, pero no entendían de verdad por lo que estaba pasando yo en ese momento.

Julie también tenía relaciones complejas con sus hermanos. Julie, que fue adoptada, se sentía desbordada por la relación con su hermana biológica. De niña, Julie solía ver a su hermano y a su hermana tres veces al año, cuando hacían distintas actividades (p. ej., ir a la bolera, al cine, etc.). Cuando se la entrevistó de niña, los consideraba parte de su familia, pero no se sentía en absoluto tan cercana a ellos como a sus hermanas adoptivas. Ya joven adulta, Julie recordaba cómo dejó de hablar con su hermano biológico porque este volvió a vivir con su madre biológica. También parecía que su hermana biológica tenía mucho empeño en mantener la relación, mediante prácticas familiares como intercambiar tarjetas y regalos. Julie y su hermana parecían tener expectativas y concepciones muy diferentes de esta relación. Esto le planteaba a Julie un dilema emocional, ya que sentía una mezcla de emociones, entre ellas culpa, incomodidad, temor y lástima:

Me gustaría conocerla, pero poco a poco. Me siento un poco culpable, creo, cada vez que la veo. [Nuestro hermano] la ha dejado tirada. Nunca tuvo ni madre ni padre. Se peleó con su familia de acogida, vamos. No tiene nada. Y entonces creo que sentí que tenía que hacer un esfuerzo por ir a verla. Y luego, cuando fui a verla, pensé, esto es demasiado intenso. Empecé a recibir regalos y tarjetas que ponían «hermana». Daba bastante miedo. Y luego en su Facebook ponía… mi hermana. Y la gente preguntaba: «¿Quién es esta persona?».

En resumen, los sentimientos de ambivalencia a menudo no se resolvían. A la mayoría de estas personas jóvenes les resultaba difícil aceptar y dar sentido a los comportamientos y las situaciones vitales de sus progenitores. Anhelaban la existencia de lo que consideraban una «familia normal». Sin embargo, estos sentimientos se afrontaban de distintas maneras, entre ellas evitando o ignorando las situaciones difíciles (p. ej., visitando menos a la familia de origen o dejando de visitarla) e incluso rechazando a miembros de la familia; enfrentándose a miembros de la familia de origen (como hizo Nichole con su padre biológico); e intentando racionalizar o comprender a la familia de origen, o empatizar con ella. A veces, estas respuestas podían conducir a cierta armonía o a cierto grado de conflicto (interno o externo) (Connidis & McMullin, 2002).

Satisfacción o contento

La satisfacción se considera una de las emociones primarias (Bericat, 2016). La satisfacción o el contento es también una emoción positiva vinculada a acontecimientos. La mayoría de las personas jóvenes que expresaban satisfacción con sus relaciones con la familia de origen habían mantenido siempre un contacto regular con ella. Algunas sentían que su familia estaba formada por miembros de la familia de origen y de la familia adoptiva, de acogida o extensa, aunque muchas se sentían mucho más cercanas a una de las dos familias y no las consideraban equivalentes. En cualquier caso, estas personas jóvenes parecían haber negociado con éxito las lealtades y el sentimiento de pertenencia entre la familia de origen y la familia con la que vivían, o bien con una u otra. Gavin se crio en acogimiento familiar, pero mantuvo un contacto frecuente y regular con su madre biológica y sus hermanos. Se sentía parte de ambas familias:

Incluso ahora tengo una relación sana con las dos familias. […] Mi madre es mi madre, y siempre ha estado ahí para mí, pero [madre de acogida] siempre ha estado ahí para mí… así que considero a las dos mis madres.

La madre de acogida y la madre biológica de Gavin siempre habían tenido una buena relación. Cuando era adolescente, tuvo una discusión con su madre de acogida y se fue a vivir con su madre biológica un par de semanas, pero explicó que se sintió triste, culpable y arrepentido, y que su madre biológica le dijo que volviera y pidiera perdón, cosa que hizo. Seguía visitando a su madre biológica, y ahora lo hacía acompañado de su novia. Sentía amor, pero también culpa y desesperanza por la situación en la que vivía su madre:

Veía a mi madre y a mis hermanos en una mala situación, y no podía ayudar mucho, porque no iba a estar allí todo el tiempo. Todavía lo hago. Mis hermanos pequeños están llegando a esa edad, 15, 16, se están metiendo en líos. Y no puedo ayudarles mucho. […] Es frustrante, porque sé que si yo estuviera allí, no pasaría, porque a veces mi madre no puede… le cuesta. Es madre soltera y con dos chavales de esa edad… cuesta tenerlos a raya […] O sea, es una madre estupenda. Ahora está bien. Mi madre ahora está genial, pero no es por ella por quien me preocupo. Son los dos chavales, son ellos los que le dan problemas y la meten en líos.

A diferencia de Gavin, Chloe no sentía ni de lejos el mismo grado de cercanía con su madre biológica que con su madre de acogida, a pesar de estar satisfecha con su relación con ella. Chloe se fue a vivir con su familia de acogida junto con su hermano biológico mayor cuando ella tenía solo 14 meses y él unos cuatro o cinco años. Contrastaba sus propios sentimientos con los de su hermano, que parecía sentirse más cercano a la madre biológica que ella:

Él [hermano biológico] todavía mantiene la relación con la madre biológica y eso, yo he intentado mantener una relación con ella. Pero para mí, sé que suena fatal, es que no consigo sentir eso, ¿sabes? Mi madre es mi madre ahora, y es lo que hay. Mientras que él es bastante… él ve a mamá como mamá ahora, pero… a su madre biológica y eso todavía la llama mamá y va a verla y… […] Él está mucho más unido a [la madre biológica]. Yo no tengo realmente esa relación.

En el caso de jóvenes en acogimiento en familia extensa, a menudo había tensiones y conflictos entre la familia acogedora y los progenitores biológicos. Como en el estudio de Welch (2018), las personas acogedoras de la familia extensa mencionaban tensiones y dificultades en su relación con los progenitores de la persona joven. Algunas personas jóvenes optaban por ignorar estas tensiones en sus relatos o las minimizaban, aunque fueran en cierta medida conscientes de ellas. Sin embargo, para otras, las tensiones familiares generaban cierto grado de malestar emocional, que se señaló durante las entrevistas. Jim vivía con su abuelo materno y la esposa de este, que obtuvieron una Residence Order para él. La madre biológica de Jim es hija del primer matrimonio del marido de la madre de acogida. A lo largo de su vida, Jim tuvo un contacto regular, aunque no muy frecuente, con su madre, su padre y sus hermanos biológicos. Jim siempre había considerado a su madre y a su padre biológicos parte de su familia, pero sentía que sus padres de acogida eran las personas clave en su vida. Recientemente explicó que antes apenas iba a ver a su madre y a su padre biológicos, solo en Navidad y en los cumpleaños, pero que ahora los visitaba mucho más a menudo, sobre todo a su padre biológico. Su madre y su padre biológicos se habían separado. También veía más a menudo a sus hermanos. Aunque indicó estar satisfecho con su relación con su madre y su padre biológicos, y sobre todo con sus hermanos biológicos, en el pasado había habido situaciones que le resultaron emocionalmente difíciles. Por ejemplo, el hecho de que siempre hubiera llamado «mamá» y «papá» a sus padres de acogida había provocado momentos «incómodos» en sus interacciones con su madre y su padre biológicos, como recordaba:

Ha habido unas cuantas veces, antes de que se pelearan entre ellos, que era una situación difícil, porque tienes que pensar antes de hablar, porque estás tan acostumbrado a decirle mamá a [madre de acogida], pero cuando mi madre biológica estaba aquí era como [nombre de la madre de acogida], y te sentías incómodo, no te parecía bien llamarla [nombre de la madre de acogida]. Sentías esa obligación de no querer hacer daño… pero usabas tus propias estrategias para llevarlo. […] Sí, es encontrar mi propia manera de llevarlo todo lo mejor que pueda. Guardármelo todo fue un problema grande durante mucho tiempo, guardarlo todo dentro, pero empecé a abrirme bastante cuando empecé a salir con [novia], así que… Y la terapia también.

En el caso de Sophie, su relación con su padre biológico cambió cuando se marchó del hogar de su familia extensa acogedora. Sus acogedores, que eran su tía abuela y su tío abuelo maternos, no tenían una buena relación con su padre biológico. La relación entre ellos y Sophie se había roto cuando ella tenía 17 años, momento en el que se fue a vivir a su propio piso. Sophie reconocía los comportamientos y las decisiones dañinas de su padre biológico, pero expresaba empatía hacia él y sentimientos de afecto y cercanía emocional. Había construido un relato que daba sentido a sus comportamientos perjudiciales. También destacaba sus experiencias más recientes de recibir apoyo práctico y emocional de él, a través de prácticas y exhibiciones familiares como decorarle el piso o comprarle cosas.

Le quiero. Es increíble, sí. … Siempre le he querido y todo, pero eh… nunca venía… bueno, a veces sí venía, pero la mayoría de las veces era él el que me fallaba, y mi mamá sí estaba. […] cuando me mudé aquí, mi papá fue como… «¡Gracias a Dios! Ahora puedo ir a verla». Porque sentía que no era bienvenido, ¿sabes?, y mi tía y mi tío le miraban por encima del hombro y tal y no le veían con buenos ojos. … Pero en cuanto me mudé aquí, me decoró toda la casa, me compró un montón de cosas, y siempre ha estado ahí para mí, ¿sabes? Creo que simplemente no le gustaba la parte de los servicios sociales y no podía con ello, no sabía qué hacer. Y luego, su problema con la bebida también, eso era simplemente más importante. Y no conseguía salir de ahí. Pero ahora estamos muy unidos, comparado con cuando vivía con mi tía y mi tío. […] Y me alegro de estar unida a él porque, ¿por qué no?, ¿sabes?… ahora no se porta mal conmigo; sí, tomó algunas decisiones de mierda y a veces le miro y le digo: «De verdad… es que ni sé si te conozco, por las cosas que has hecho en tu vida, cosas que yo no podría ni imaginarme haciendo», pero era su estilo de vida y eso es lo que hizo y tiene que vivir con ello, ¿sabes?, y lo hace.

Así pues, incluso cuando las personas jóvenes estaban satisfechas con sus relaciones con la familia de origen, a menudo albergaban o habían albergado otros sentimientos hacia ella. Además, no todas las personas jóvenes de este grupo sentían el mismo grado de cercanía o de pertenencia. Sin embargo, todas parecían haber elaborado sus emociones hacia los miembros de su familia de origen y hacia las familias con las que habían vivido (es decir, familias adoptivas, de acogida o extensas).

Discusión

En este artículo se han puesto de manifiesto dos resultados principales del estudio. En primer lugar, con independencia de la trayectoria de protección (es decir, de si habían sido objeto de adopción, se habían criado en acogimiento familiar de larga duración, en familia extensa, etc.), las relaciones de la infancia y la juventud con experiencia de acogimiento con su familia de origen tienen una clara dimensión emocional. De hecho, los significados emocionales asociados a la familia pueden ser extremadamente complejos para jóvenes a quienes se separó de su madre y su padre biológicos a una edad muy temprana. En este estudio, la juventud participante expresó una variedad de emociones hacia los miembros de su familia de origen, entre ellas curiosidad, indiferencia, sentimientos encontrados y complejos (p. ej., ira, preocupación, lástima, tristeza, culpa, etc.) y satisfacción. Estas emociones se revelaban a menudo a través de prácticas familiares (p. ej., asistir o no a rituales familiares como bodas o funerales) y de exhibiciones familiares (p. ej., cambiarse el apellido). Como en el estudio de Holland y Crowley (2013), encontramos indicios de la poderosa copresencia de la familia de origen en el mundo emocional de muchas de las personas participantes en el estudio, a pesar de que la mayoría no la veía desde muy pequeña. Además, varias parecían sencillamente incapaces de escapar de las relaciones con su familia de origen, aunque estas fueran con frecuencia difíciles o complicadas (Skoglund et al., 2019).

Como sostienen Wilson et al. (2012), los encuentros emocionales están moldeados por la interacción social directa, los recuerdos, la imaginación, las expectativas y las aspiraciones. Dicho de otro modo, nuestra existencia social, incluidas las fuerzas sociales, estructurales y culturales, da forma a nuestras emociones (Jacobsen, 2019). En este estudio se encontraron algunos indicios de que las experiencias pasadas, los recuerdos y las interacciones de estas personas jóvenes con la familia de origen y con la familia de acogida o adoptiva, sus aspiraciones y expectativas y su situación vital actual (en términos de apoyo social, nivel socioeconómico y recursos) moldeaban las emociones que sentían hacia su familia de origen. Sin embargo, las emociones que mostraban no parecían depender del tipo de medida. Por ejemplo, para algunas personas participantes, su curiosidad era en parte producto de las lagunas de conocimiento sobre su familia de origen y/o de la calidad de la comunicación con su familia adoptiva o de acogida, más que del hecho de haber sido objeto de adopción o de un acogimiento familiar de larga duración. Para otras, su ambivalencia o sus sentimientos complejos, o su indiferencia, se debían en parte a encuentros e interacciones pasados, o/y a que los miembros de la familia de origen no se ajustaban a sus versiones idealizadas de la parentalidad. De hecho, los relatos de algunas personas jóvenes reflejaban la influencia de nociones idealizadas de la familia nuclear y una preocupación por la calidad de estas relaciones (Wilson et al., 2012).

En segundo lugar, las emociones de niñas, niños y jóvenes hacia su familia de origen no eran estáticas, sino que cambiaban con el tiempo. Las emociones eran fluidas y variaban en función de los cambios y las transiciones en la propia vida de estas personas jóvenes y de sus nuevas experiencias. Gracias al carácter longitudinal de este estudio, pudimos poner de manifiesto este carácter dinámico y fluctuante de las relaciones familiares y de las emociones de la juventud participante hacia cada miembro de la familia (Skoglund et al., 2019). Así, algunas personas jóvenes que antes habían sentido curiosidad por su familia de origen llegaron a sentir ira o desafecto como consecuencia de sus experiencias de contacto e interacción con ella; otras que antes habían sentido ira y sentimientos de pérdida hacia miembros de la familia de origen se habían vuelto indiferentes; y algunas que en el pasado sentían curiosidad estaban ahora satisfechas con sus relaciones con miembros concretos de la familia.

El estudio tiene implicaciones para la práctica clínica y para la del trabajo social, ya que el aspecto emocionalmente dinámico del contacto con la familia de origen en el acogimiento fuera del hogar se ha ignorado en gran medida. Como ya se ha subrayado en otras investigaciones, es importante que la infancia y la juventud con experiencia de acogimiento (con independencia de su trayectoria de protección y del tipo de medida, es decir, adopción, acogimiento familiar, etc.) reciban información sobre su familia de origen, y que se recabe su opinión sobre el nivel de contacto y se revise de forma constante. Así, por ejemplo, no debería obligarse a jóvenes con experiencia de adopción que quieran conocer a su madre o a su padre biológicos a esperar hasta los 18 años si no hay razones de peso para ello. Por otra parte, las personas jóvenes no deberían sentirse coaccionadas a mantener relaciones que no desean o que les resultan emocionalmente dañinas, ni a tener conversaciones para las que no están preparadas. Algunas necesitarán ayuda para afrontar las emociones negativas, contradictorias y confusas que se derivan de sus experiencias de búsqueda, de contacto y de pérdida de familiares. Por eso es importante que niñas, niños y jóvenes estén y se sientan emocionalmente acompañados en sus relaciones con los miembros de su familia de origen a lo largo de toda su vida, ya que es probable que estas cambien con el tiempo.

En resumen, este estudio aboga por reconocer la significación emocional de las relaciones de la juventud con su familia de origen a lo largo de toda su vida. Deberíamos evitar la visión binaria de la familia de origen como «buena» o «mala» (Boddy, 2019; Finn, 2014) y tener presente que las experiencias y los sentimientos de cada joven son distintos, y que necesitan tomar sus propias decisiones, pero contando a su alrededor con el apoyo y la orientación adecuados para hacerlo.

Complexe Systémique: puntos clave

Lo que el artículo aporta a la práctica sistémica es el tiempo: seguidas desde la infancia hasta el inicio de la edad adulta, las emociones hacia la familia de origen se desplazan, de la curiosidad a la ira, de la ira a la indiferencia, a veces hacia un nuevo acercamiento. El tipo de medida no predice nada; lo que cuenta son los encuentros reales, la información disponible y la distancia entre la madre y el padre imaginados y los que uno se encuentra. Se reconoce la copresencia emocional de una familia ausente, las lealtades repartidas entre dos familias (el «mamá» que ya no se atreve a decirse delante de la madre biológica) y al joven que siente que tiene que «hacer de madre» de su propia madre. En la práctica, esto invita a no congelar el contacto en una decisión tomada de una vez para siempre, a preparar y acompañar los reencuentros, incluidos los que irrumpen a través de las redes sociales, y a no encerrar a la familia de origen en la alternativa entre «buena» y «mala». Límites: 41 jóvenes de Irlanda del Norte, un análisis temático descriptivo y categorías construidas únicamente a partir de los relatos de la juventud participante. Para leer junto con el artículo sobre las relaciones de personas jóvenes adultas con experiencia de acogimiento con su madre y su padre biológicos y el artículo sobre las exhibiciones familiares en las familias de acogida.

Notas del original

Aprobación ética. La aprobación ética del estudio fue concedida por la Office of Research Ethics Committees in Northern Ireland (ORECNI).

Declaración de conflictos de intereses. La autoría declaró no tener ningún posible conflicto de intereses con respecto a la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo.

Financiación. La autoría declaró haber recibido el siguiente apoyo financiero para la investigación, la autoría y/o la publicación de este artículo: el Economic and Social Research Council (ESRC) del Reino Unido concedió una subvención para financiar la oleada 4 del estudio.

Referencias

Bericat E. (2016). The sociology of emotions: Four decades of progress. Current Sociology, 64(3), 491–513.

Boddy J. (2019). Troubling meanings of “family” for young people who have been in care: From policy to lived experience. Journal of Family Issues, 40(16), 2239–2263.

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Traducción no oficial al español de The Emotional Nature of Birth Family Relationships for Care-experienced and Adopted Young People: A Longitudinal Perspective, de Montserrat Fargas-Malet y Dominic McSherry, Journal of Family Issues, vol. 42, n.o 10 (2021), doi: 10.1177/0192513x20978439, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial del artículo original «The Emotional Nature of Birth Family Relationships for Care-experienced and Adopted Young People: A Longitudinal Perspective», publicado en Journal of Family Issues (2021) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Fargas-Malet, M., y McSherry, D. (2021). The Emotional Nature of Birth Family Relationships for Care-experienced and Adopted Young People: A Longitudinal Perspective. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/the-emotional-nature-of-birth-family-relationships-for-care-experienced-and-adopted-young (Obra original publicada en 2020 en Journal of Family Issues, 42(10), 2263-2288 (2021); republicada en 2021 por Journal of Family Issues, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0192513X20978439)

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