Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

European Journal of Psychotraumatology · Violencia

Perspectivas de la infancia sobre la vida y el bienestar tras un homicidio en la pareja de sus progenitores

Cuando un progenitor mata al otro, la criatura pierde a la vez a su padre y a su madre, a menudo su hogar y a veces su escuela. En los Países Bajos, el equipo de Eva Alisic escuchó a 23 niñas, niños y jóvenes de entre 8 y 24 años. Sus relatos difieren, incluso dentro de una misma fratría: sobre dónde vivir, sobre el contacto con el progenitor autor del crimen y sobre la familia en sentido amplio, cada menor tiene un punto de vista propio que hay que ir a buscar.

Autoría Eva Alisic (Monash University Accident Research Centre, Monash University, Melbourne, Australia, y Psychotrauma Centre, Wilhelmina Children’s Hospital, University Medical Centre Utrecht, Países Bajos); Arend Groot, Hanneke Snetselaar, Tielke Stroeken y Lieve Hehenkamp (Psychotrauma Centre, Wilhelmina Children’s Hospital, University Medical Centre Utrecht); Elise van de Putte (Wilhelmina Children’s Hospital, University Medical Centre Utrecht), Países BajosPrimera publicación European Journal of Psychotraumatology, 22 de mayo de 2018Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Children’s perspectives on life and well-being after parental intimate partner homicide, de Eva Alisic, Arend Groot, Hanneke Snetselaar, Tielke Stroeken, Lieve Hehenkamp y Elise van de Putte, publicado en European Journal of Psychotraumatology (Taylor & Francis) (2017), doi: 10.1080/20008198.2018.1463796, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Es poco probable que nuestras expectativas sobre las necesidades o los puntos de vista de un niño o una niña sean acertadas si no se lo preguntamos directamente.

Eva Alisic, Arend Groot, Hanneke Snetselaar, Tielke Stroeken, Lieve Hehenkamp y Elise van de Putte

Resumen

Antecedentes. Aunque no cabe duda de que el homicidio en la pareja de los progenitores se asocia con intensas reacciones de duelo y de estrés postraumático en la infancia que queda en duelo, apenas se dispone de un conocimiento en profundidad de cómo las niñas, los niños y las personas jóvenes ven y describen sus circunstancias y sus necesidades.

Objetivo. Nuestro objetivo era arrojar luz sobre las perspectivas de la infancia y la juventud acerca de su vida tras el homicidio en la pareja de sus progenitores. En particular, nos interesaba saber cómo vivían su situación de convivencia, su entorno social y su bienestar general.

Método. Realizamos entrevistas semiestructuradas con 23 menores y jóvenes (de 8 a 24 años; 15 de sexo femenino y ocho de sexo masculino) que tenían menos de 18 años cuando uno de sus progenitores mató al otro (21 perdieron a su madre y dos a su padre). Utilizamos el análisis temático para sintetizar los resultados.

Resultados. Aunque la mayoría de las personas participantes estaba razonablemente satisfecha consigo misma y con su situación de convivencia, también expresaron dificultades importantes y persistentes, como malestar, conflictos entre miembros de la familia y sentimientos de inseguridad. Ante todo, la imagen que tenían de sí mismas, sus perspectivas sobre sus progenitores biológicos y sus opiniones sobre su entorno (familiar) más amplio variaban considerablemente de una persona participante a otra, e incluso dentro de una misma fratría.

Conclusiones. Es poco probable que puedan darse pautas sencillas sobre dónde deben vivir estos menores tras el homicidio de un progenitor, o sobre si deben mantener contacto con el progenitor autor del crimen. Los resultados de este estudio subrayan más bien la necesidad de explorar con cuidado el punto de vista de cada menor durante los procesos de toma de decisiones.

Palabras clave: duelo; protección de la infancia; homicidio doméstico; feminicidio; acogimiento familiar; violencia en la pareja; investigación cualitativa; duelo traumático; uxoricidio

1 Introducción

Cuando un progenitor mata al otro, sus hijos e hijas se enfrentan a múltiples pérdidas. No solo ha muerto uno de los progenitores: el otro está en prisión, ha huido o se ha quitado la vida (Steeves & Parker, 2007). A menudo pierden su hogar y, a veces, también su escuela y sus amistades. Son a la vez descendientes de quien ha cometido un asesinato y víctimas y, en muchos casos, han estado expuestos directamente al homicidio o a la escena del crimen (Alisic, Groot, Snetselaar, Stroeken, & Van de Putte, 2017). En pocas palabras, afrontan una combinación única de trauma, pérdida y adversidad.

Como cabía esperar, se ha expresado preocupación por la salud mental y el bienestar de estos menores tras el homicidio. En particular, se han observado intensas reacciones de duelo, trastorno de estrés postraumático (TEPT) y dificultades del desarrollo (Eth & Pynoos, 1994; Hardesty, Campbell, McFarlane, & Lewandowski, 2008; Harris-Hendriks, Black, & Kaplan, 2000), en consonancia con las reacciones ante otras pérdidas traumáticas graves descritas en la literatura más amplia (p. ej., Boelen & Smid, 2017; Christ, Siegel, & Christ, 2002; Lenferink, de Keijser, Smid, Djelantik, & Boelen, 2017; Miller, 2009). Aunque la experiencia clínica indica que un número considerable de estos menores necesita servicios de salud mental y servicios sociales a largo plazo, se dispone de pocos datos empíricos sobre las circunstancias y la evolución de la infancia en duelo por un homicidio en la pareja de sus progenitores. Una búsqueda sistemática de estudios revisados por pares sobre la evolución psicosocial de menores en duelo por un homicidio doméstico dio como resultado 13 estudios en todo el mundo, en su mayoría estudios de caso o series de casos estadounidenses publicados antes de 2000 (Alisic, Krishna, Groot, & Frederick, 2015). Aunque estos estudios ponen de manifiesto las dificultades de salud mental de estos menores y una serie de consecuencias negativas en los ámbitos social, psicológico, académico y físico, también mostraban una llamativa ausencia de la voz de la propia infancia sobre su vida cotidiana, sus circunstancias y sus necesidades tras el homicidio.

La Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (United Nations, 1989) establece que la infancia debe tener la oportunidad de expresar su opinión sobre los asuntos que la afectan. Tras un homicidio en la pareja de los progenitores, entran en escena personas adultas «nuevas» (profesionales, nuevas personas cuidadoras) que configuran la vida de estos menores en lo relativo a la convivencia y la tutela, la comunicación sobre el homicidio, la atención en salud mental y el contacto con el progenitor autor del crimen en prisión. Un conjunto creciente de datos muestra que este tipo de decisiones y de factores contextuales en torno a una pérdida traumática tienen una influencia considerable en la salud mental y el bienestar a largo plazo (p. ej., Brent, Melhem, Masten, Porta, & Payne, 2012; Christ et al., 2002). Sin embargo, la participación exigida de la infancia en la toma de decisiones en el contexto de la violencia doméstica va con retraso. Callaghan, Fellin, Mavrou, Alexander y Sixsmith (2017, p. 3371) afirman que «no hablar con niñas, niños y jóvenes sobre sus experiencias vividas de violencia doméstica subestima su capacidad de agencia», con el riesgo de pasar por alto oportunidades de ofrecer apoyo emocional y de otro tipo. Las perspectivas de la propia infancia deben formar parte de la base empírica que orienta las complejas decisiones que siguen a un homicidio en la pareja de los progenitores.

En uno de los escasos estudios cualitativos sobre el duelo por un homicidio doméstico durante la adolescencia, Steeves, Parker, Laughon, Knopp y Thompson (2011) pidieron a personas adultas estadounidenses de 29 a 60 años que reflexionaran sobre su vida. Al evocar su infancia, muchas de las personas participantes relataron antecedentes de maltrato infantil (antes y después del homicidio), así como recuerdos vívidos del homicidio. La mayoría refirió dificultades en las relaciones íntimas, problemas legales y consumo de sustancias en su vida adulta. La persona participante más joven miraba al menos 10 años atrás y la de más edad, al menos 41 años. Dado que las perspectivas pueden cambiar con el tiempo y que se sabe que los relatos retrospectivos están teñidos por las experiencias más recientes de quienes los hacen (p. ej., McNally, 2003), también es importante estudiar el lugar que ocupa el homicidio en la vida de estos menores mientras todavía son jóvenes.

El objetivo del presente estudio era comprender mejor las opiniones de la infancia y la juventud sobre su vida tras el homicidio en la pareja de sus progenitores. En particular, nos interesaba saber cómo vivían su situación de convivencia, su entorno social y su bienestar general.

2 Métodos

Este estudio cualitativo con entrevistas formaba parte de un proyecto más amplio sobre las características, las circunstancias y el bienestar de menores en duelo por un homicidio en la pareja de sus progenitores en los Países Bajos entre 1993 y 2012 (Alisic et al., 2017, 2015), aprobado por el comité de ética del University Medical Center Utrecht (13/609, 24-12-2013).

2.1 Participantes

Podían participar en este estudio niñas, niños, adolescentes y jóvenes adultos de 8 a 25 años que hubieran perdido a un progenitor por un homicidio en la pareja cuando tenían menos de 18 años. Reclutamos a las posibles personas participantes por tres vías. En primer lugar, invitamos a las personas usuarias elegibles del Psychotrauma Centre del Wilhelmina Children’s Hospital, un servicio de salud mental de tercer nivel de ámbito nacional. En segundo lugar, hicimos llegar invitaciones a posibles participantes a través de nuestras entidades colaboradoras (p. ej., el Consejo de Atención y Protección de la Infancia y los servicios de juventud). En tercer lugar, pedimos a asociaciones de apoyo a las víctimas y a asociaciones profesionales que difundieran información sobre el estudio (p. ej., en su boletín) e invitaran a las personas interesadas a ponerse en contacto con nosotros. Para todas las personas participantes de hasta 18 años, obtuvimos el consentimiento por escrito de quienes ejercían la tutela legal antes de dirigirnos a los menores y/o a las personas cuidadoras sin tutela para recabar su asentimiento. Las personas jóvenes adultas dieron su consentimiento por escrito de forma autónoma. La participación en el estudio era totalmente voluntaria y podía interrumpirse en cualquier momento.

Debido a la diversidad de vías de reclutamiento, no fue posible calcular las tasas de participación para el conjunto de participantes. No obstante, a título indicativo, consideramos el subgrupo de 60 menores elegibles que habían quedado en duelo entre 2003 y 2012 y a quienes invitamos activamente. Logramos contactar con quienes ejercían la tutela de 51 de ellos. En siete casos, la tutela consideraba que el menor estaba razonablemente bien, pero temía una posible recaída; 10 menores no estaban afrontando bien la situación y por eso no participaron; en 10 casos, el motivo de la no participación no estaba claro; en ocho casos, solo participaron en el estudio personas adultas como informantes, pero no los propios menores; y 16 menores participaron en persona (el 27% de los menores invitados y el 31% de aquellos cuya tutela pudo ser contactada). Las personas participantes recibieron un vale de 10 euros como agradecimiento tras su participación (esto no se mencionó durante el procedimiento de consentimiento informado).

En total, 23 jóvenes (15 de sexo femenino y ocho de sexo masculino) de 14 familias participaron en las entrevistas cualitativas. Sus edades iban de 8 a 24 años, con una media de 14 años (SD = 4; 17 menores y seis jóvenes adultos). El homicidio se había producido entre 18 meses y 18 años antes (media = 8 años, SD = 5 años). Todas las personas participantes habían nacido en los Países Bajos (en cuatro casos, uno de los progenitores había nacido en el extranjero) y todas salvo dos habían perdido a su madre en el homicidio. Para 17 menores disponíamos de información sobre dónde se encontraban en el momento del homicidio: siete habían presenciado el homicidio o la escena del crimen, siete estaban en el mismo lugar pero su grado exacto de exposición no estaba claro, y tres no estaban con certeza en el lugar de los hechos.

Tres personas participantes cumplían los criterios de TEPT en el momento de la entrevista, mientras que 12 referían algunos síntomas de TEPT y ocho no presentaban síntomas de TEPT [medidos con las versiones neerlandesas del Anxiety Disorders Interview Schedule for DSM-IV (Siebelink & Treffers, 2001) o de la Structured Clinical Interview for DSM Disorders (Groenestijn, Akkerhuis, Kupka, Schneider, & Nolen, 1999), según la edad; véase Alisic et al., 2015, para más detalles]. Uno de los menores con TEPT presentaba además síntomas de duelo clínicamente significativos [medidos con la versión neerlandesa del Inventory of Traumatic Grief (Boelen, de Keijser & van den Bout, 2001) y el Inventory of Prolonged Grief for Children and Adolescents (Spuij et al., 2012)].

2.2 Entrevistas

Tres profesionales de la salud mental con titulación (nivel de máster; HS, TS, AG) realizaron las entrevistas en el domicilio de las personas participantes. Las entrevistas eran semiestructuradas y se guiaban por una «lista de temas» (disponible a petición de la autoría). Las preguntas se basaron en una revisión de la literatura (incluidos Hardesty et al., 2008; Harris-Hendriks et al., 2000; Steeves & Parker, 2007; Steeves et al., 2011; Van Nijnatten, 2004) y se adaptaron al nivel de desarrollo de cada joven. Los temas abarcaban experiencias relacionadas con el desarrollo psicosocial, el acogimiento, el contacto con el progenitor autor del crimen, la custodia y la tutela, el papel de los familiares, el papel de las organizaciones profesionales, los factores que ayudan y el contacto con otras personas que también habían perdido a un familiar por homicidio, así como las expectativas de futuro. Alcanzamos una saturación parcial: aunque los temas principales se saturaron, en las últimas entrevistas seguimos obteniendo información nueva sobre subtemas. Con una excepción, debida a una avería de la grabadora, todas las entrevistas se grabaron en audio. La duración de las entrevistas osciló entre 18 y 68 min, con una media de 35 min (SD = 13 min).

2.3 Análisis

Todas las entrevistas se transcribieron literalmente (con notas tomadas en el caso de la entrevista cuyo audio se perdió). Nuestro análisis fue predominantemente temático. Resumimos cada entrevista en función de los siguientes aspectos: acogimiento, contacto con el progenitor autor del crimen, tutela, papel de los servicios, papel de la familia, factores que ayudan, identidad y futuro, y bienestar psicológico (AG, HS, TS, mediante hojas de cálculo de Excel). A continuación, elaboramos una síntesis de los resúmenes por tema, explorando las similitudes y diferencias entre los resúmenes individuales —volviendo a las entrevistas originales cuando era necesario—, y seleccionamos citas pertinentes para ilustrar los resultados principales (EA, AG, HS, TS). Durante este análisis, los resultados surgieron dentro de tres grandes categorías: las perspectivas de los menores sobre sí mismos, sobre sus progenitores biológicos (con especial atención al progenitor autor del crimen) y sobre su entorno (familiar) más amplio. Debatimos nuestras descripciones finales de estas categorías con todo el equipo hasta llegar a un consenso. Aunque resulte algo inusual en el análisis cualitativo, cuando era posible dar una indicación de la frecuencia de determinados puntos de vista, lo hicimos para establecer en qué medida un tema era una experiencia compartida por las personas participantes.

3 Resultados

Las perspectivas de los menores presentaban una variación considerable: encontramos relatos tanto positivos como negativos sobre casi cualquier tema. En ese sentido, surgió un tema transversal de «perspectivas únicas». Describimos los puntos de vista de estos menores sobre los tres ámbitos principales de los que hablaron: sí mismos, sus progenitores biológicos y su entorno (familiar) más amplio.

3.1 Perspectivas de los menores sobre sí mismos

Cuando se les pedía que se describieran, o cuando lo hacían espontáneamente, rara vez mencionaban el homicidio de forma explícita. La mayoría se describía de manera positiva, con palabras como simpático, fuerte o amable, y se presentaba como alguien que saca el máximo partido de las cosas, tiene amistades estables, tiene los pies en la tierra o es «normal, como los demás». Algunas personas participantes incluían también descripciones menos positivas, como irritarse con facilidad, ser traviesas o impulsivas, pero no parecían tener una fuerte carga emocional. En conjunto, esta imagen de sí mayoritariamente positiva iba acompañada de reflexiones sobre el futuro propias de su edad. Por ejemplo, un niño pequeño quería hacerse millonario, mientras que quienes tenían más edad describían sus planes en cuanto a la escuela, los estudios, el trabajo, los viajes y la vida familiar. Aun así, varias personas participantes expresaban también cierta preocupación al describir su identidad, por ejemplo al definirse como alguien que «se preocupa por todo», y unas pocas tenían una imagen de sí muy negativa. Se describían como alguien que lleva una máscara, que se siente estúpida, llena de incertidumbre, o como «esa chica cuyo padre mató a su madre».

En 18 entrevistas se habló explícitamente del bienestar actual. Siete menores sentían que les iba bien, mientras que cuatro tenían dificultades importantes (una de ellas contemplaba el suicidio) y siete referían grados diversos de dificultad entre esos dos extremos. Las dificultades descritas incluían diversos miedos y síntomas clásicos de estrés postraumático, como pensamientos intrusivos sobre el homicidio y la evitación de lo que lo recordaba. También hablaban de sentimientos de culpa por no haber podido salvar a su progenitor, de síntomas depresivos, de una imagen negativa de sí (como se ha descrito más arriba) y de dificultades para confiar en los demás.

Ya han pasado más de dos años, y siento que en realidad me cuesta mucho más de lo que pensaba. (…) Piensas «Bah, puedo con esto y está bien, porque tengo suficientes amigos», pero al final lo tienes muy presente y lo pasas mal.

Algunas personas participantes contaban que estaban mejor que antes. Por ejemplo, una chica explicó que antes no se atrevía a hablar de su tristeza y su rabia, pero que la terapia la había ayudado a hacerlo. Otra participante contó que había pasado por momentos difíciles, pero que por fin se sentía mejor. Un tercer ejemplo era el de una persona participante a la que le estaban reduciendo la dosis de antidepresivos. Una participante señaló que un viaje al extranjero le había sentado bien. Su testimonio, que reproducimos a continuación, une identidad y bienestar, incluido el deseo de ser «normal» que expresaron varias personas participantes:

Eso ayudó mucho, que nadie te conozca [allí]. Nadie te pregunta por eso ni tienes que hablar de ello. En casa, todo el mundo me preguntaba: «¿Seguro que estás bien?».

3.2 Perspectivas de los menores sobre sus progenitores biológicos

La lista de temas de nuestras entrevistas se centraba más en el progenitor autor del crimen que en el progenitor víctima. Aun así, muchas personas participantes hablaron de su progenitor fallecido y conservaban fotografías, joyas u otros objetos que le habían pertenecido. Algunas dijeron explícitamente que tener esos objetos les ayudaba o lamentaban no tener más. Un chico había echado mucho de menos a su progenitor fallecido en un momento señalado reciente, cuando recibió un diploma escolar. Una niña miraba la foto de su madre para descubrir cuánto se parecían. Parecía desear algún parecido, ya que hablaba de similitudes en el pelo y los dientes. Unos pocos dijeron que los objetos no les importaban tanto; un niño pequeño explicó que la razón era que era muy pequeño cuando mataron a su madre. Otra persona joven hizo un comentario similar:

A veces parece irreal. «¿De verdad ha pasado?», me pregunto entonces. «No conozco a ninguno de mis padres, nunca los he visto».

En cuanto al progenitor autor del crimen, las opiniones también eran diversas, aunque mayoritariamente negativas. Varias personas participantes dijeron que no querían volver a ver nunca a su progenitor. Un chico describió a su padre como su peor enemigo, otra persona participante dijo que podía «irse al infierno» y un tercer chico se refería a su padre solo como «el idiota». Otras personas se expresaban con menos dureza, y una chica habló de lo difícil que le resultaba conciliar dos caras de su padre:

Antes, mi padre era en realidad una persona muy buena para mí, porque siempre venía a montar a caballo conmigo y cosas así. Y de repente el hombre al que más, mi padre, sin más, en quien más confiaba y a quien más quería, había hecho algo muy horrible.

Los miembros de una misma fratría no tenían necesariamente la misma opinión sobre su progenitor autor del crimen ni tomaban las mismas decisiones. Por ejemplo, algunos menores optaban por visitar a su progenitor en prisión, mientras que sus hermanos o hermanas habían decidido cortar el contacto.

En algunos casos, los relatos de las personas participantes revelaban que los progenitores autores del crimen se mostraban amenazantes en sus palabras o su conducta. Mencionaban el miedo a que su progenitor acabara con su vida, con la de sus personas cuidadoras o con la de sus amistades. Varios progenitores que habían salido en libertad o estaban de permiso se habían presentado sin avisar. Incluso cuando no eran violentos, esto provocaba malestar y sentimientos de inseguridad. Una persona participante contó que su progenitor había pedido fotografías, que no quería que él tuviera (un juez decidió finalmente no permitir que el autor recibiera las fotos). Aunque en la mayoría de los casos el autor era el padre, una de las personas participantes cuya madre era la autora también le tenía miedo a ella. Contó que su madre estaba ahora «aprendiendo a no matar a nadie».

Los menores mantenían distintos tipos y grados de contacto con el progenitor autor del crimen: desde ningún contacto hasta postales o llamadas esporádicas o visitas regulares a la prisión. Las personas jóvenes mencionaron diversas razones para mantener el contacto. Entre ellas, la oportunidad o el deseo de hacer preguntas (p. ej., sobre el progenitor víctima), comprobar el parecido con el progenitor (p. ej., el deseo de un único encuentro, con la esperanza de que no hubiera ningún parecido), acompañar a un hermano o una hermana, oír palabras de arrepentimiento o responder al deseo del autor de tener contacto (p. ej., una niña se preguntaba en voz alta si había mantenido el contacto solo por su progenitor y si debía ponerle fin). Rara vez se mencionó el contacto con el fin de mantener o construir un vínculo.

La mayoría de las personas participantes dijo que tenía libertad para decidir si quería o no tener contacto con el progenitor autor del crimen, y estaba conforme con la situación actual. Varias mencionaron que se sentían apoyadas en sus decisiones por sus personas cuidadoras y por quienes ejercían profesionalmente su tutela. En unos pocos casos, sentían que habían sido sus personas cuidadoras o tutoras quienes habían tomado la decisión y no ellas mismas, o preferían que decidieran por ellas:

Cuando tengo un buen día, me gusta hacerlo yo misma, y cuando tengo un mal día, no me gusta decidir.

Algunas personas participantes contaron que al principio habían tenido contacto, pero que les había afectado negativamente (p. ej., problemas de sueño después de las visitas) y que por eso lo habían interrumpido. Otras se planteaban tener contacto en el futuro. En varios casos, preferían que alguien (p. ej., la persona tutora o cuidadora) las acompañara cuando se encontraban con su progenitor. Una chica contó que prefería no sentarse a su lado. Otra niña explicó que prefería que su padre siguiera en prisión:

Me habría gustado más que se quedara en prisión y que yo pudiera ir allí y luego marcharme otra vez. Porque vas allí y… él está sentado detrás de una especie de, está sentado en la misma sala… detrás de unos barrotes. Entonces simplemente está ahí, y me siento más segura.

3.3 Perspectivas de los menores sobre su entorno (familiar) más amplio

En todas las entrevistas se habló de la situación de convivencia. En el momento de la entrevista, nueve menores vivían con familiares de la víctima, dos con familiares del autor, cuatro con conocidos de ambos progenitores, uno con conocidos de la víctima, tres en un acogimiento familiar neutro, uno en un centro residencial y tres de forma independiente. Diez menores mencionaron alguna preocupación respecto a sus acogimientos (anteriores). La mayoría se había mudado una o varias veces, a veces también entre los dos «lados» de la familia. Los motivos de los traslados incluían la capacidad de las personas cuidadoras, la evolución de los procedimientos judiciales (p. ej., volver con el padre tras su absolución, para ser trasladado de nuevo tras una condena posterior), dificultades de conducta o dificultades para vincularse con los nuevos miembros de la familia. De nuevo, los miembros de una misma fratría no vivían necesariamente estas situaciones de la misma manera, y a veces estas cuestiones llevaban a su separación:

Me puse triste porque mi hermano pequeño tuvo que irse; me habría gustado irme con él, pero no era posible. Yo ya me había adaptado un poco aquí y pensé: «No quiero mudarme otra vez, así que me quedo aquí».

Aunque varias personas participantes habían sido separadas de sus hermanos o hermanas y habrían preferido seguir juntas, un chico consideraba que probablemente seguiría eligiendo su situación actual (seguir en la misma escuela) antes que vivir con ellos. Los menores mencionaban con frecuencia a sus hermanos y hermanas como fuente de fuerza y de apoyo.

Trece personas participantes estaban en general contentas con su acogimiento. Algunas comentaron que se alegraban de haber sido acogidas por personas a las que conocían y en las que confiaban. Una niña consideraba que su nueva familia de acogida neutral probablemente le había dado oportunidades que de otro modo no habría tenido. Varias personas jóvenes sentían que habían tenido una buena infancia en su acogimiento.

La relación con los miembros de la familia distintos de las personas cuidadoras, y entre los dos lados de la familia, se abordó en prácticamente todas las entrevistas (n= 22). Diez personas participantes describieron estas relaciones como positivas o satisfactorias. Hablaban de tener buen contacto con ambos lados de la familia o de no tener ya contacto y estar bien así.

En realidad, toda la familia de mi padre tomó una decisión, como: «Estamos aquí por los niños, tienen que ser felices». Eso te hace sentir muy apoyada.

Entre quienes tenían relaciones satisfactorias, varias personas participantes subrayaron que la familia era muy importante para ellas, aunque un joven explicó también que prefería no tener ya contacto para poder pasar página. Otras diez tenían experiencias ambivalentes, con algunos conflictos o falta de seguridad, y dos habían vivido experiencias muy negativas, con una fuerte agresividad. En unos pocos casos, los menores veían a sus familiares bajo supervisión.

Otros actores que aparecían en las descripciones eran las amistades, el profesorado (percibido como una ayuda, aunque a veces también como demasiado exigente) y los y las profesionales de la salud mental y de los servicios sociales implicados. La mayoría de las personas jóvenes tenía una opinión positiva o neutra de estos servicios. Les satisfacía que se les pidiera su opinión sobre las decisiones, y una participante mencionó que estaba muy contenta con el apoyo recibido en relación con el régimen de contacto. Los enfoques terapéuticos, incluidos la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares, la terapia de juego, la programación neurolingüística, la terapia del trauma y las conversaciones con profesionales del acogimiento, se describían como a veces difíciles, pero útiles. Las personas participantes contaron que habían descubierto que no estaban solas y que podían aprender a elaborar sus problemas emocionales.

[La terapia] fue un reto, sí. Al fin y al cabo, cada vez estás hablando de ti misma, y a veces me cuesta hablar de mí. Pero al final he sacado mucho de ello y estoy contenta de haberlo hecho.

Siete personas participantes formularon críticas o relataron experiencias negativas con profesionales. Una de las críticas era que intervenían demasiadas organizaciones distintas y que eso resultaba abrumador (aunque también hubo quien afirmó lo contrario: que los servicios de juventud y la persona tutora no aparecían con suficiente frecuencia). Los relatos mostraban asimismo una falta de continuidad, con múltiples cambios de tutela, de servicios de juventud o de profesionales del acogimiento. Una joven calculaba que había tenido seis tutores distintos. Una niña sentía que el consejo de protección de la infancia y los servicios de juventud restringían su capacidad de decisión (y la de su familia): tomaban demasiadas decisiones por ellos. Una persona participante dijo que no veía la utilidad de hablar con profesionales de la salud mental.

En las 12 entrevistas en las que se habló del contacto con iguales que habían vivido un homicidio doméstico, solo una persona participante mantenía ese tipo de contacto. Cinco dijeron que no les interesaría, dos que sí les interesaría, tres no precisaron si querrían o no ese contacto y una no tenía una opinión clara al respecto. La persona participante que se relacionaba con otras personas jóvenes en duelo por un homicidio doméstico consideraba que le resultaba útil y le aportaba apoyo.

4 Discusión

Las personas jóvenes de nuestro estudio transmitieron una gama de experiencias y opiniones sobre sus circunstancias tras el homicidio en la pareja de sus progenitores. Aunque la mayoría estaba razonablemente satisfecha consigo misma y con su situación de convivencia, también expresaron varias dificultades importantes y persistentes, como malestar, conflictos entre miembros de la familia y sentimientos de inseguridad. En conjunto, los puntos de vista variaban considerablemente, incluso dentro de una misma fratría. Este carácter único de las perspectivas de cada menor es una consideración importante para los y las profesionales que intervienen tras un homicidio. Por un lado, subraya la capacidad de la infancia para formarse una opinión propia sobre aspectos clave de su vida. Por otro, refuerza la necesidad de explorar esos puntos de vista, ya que es poco probable que nuestras expectativas sobre las necesidades o los puntos de vista de un niño o una niña sean acertadas si no se lo preguntamos directamente.

Antes de seguir interpretando los resultados, es importante tener en cuenta sus limitaciones. Ante todo, es poco probable que las personas jóvenes que participaron en este estudio sean representativas del conjunto de menores en duelo por un homicidio doméstico. Quienes ejercían la tutela y consideraban que una posible persona participante no estaba afrontando bien la situación o corría el riesgo de recaer no solían seguir adelante con la invitación; los menores de nuestra muestra probablemente estaban mejor que la media. Además, para la mayoría de las personas participantes, el homicidio se había producido varios años antes. Probablemente habrían mostrado perfiles de malestar diferentes si hubiéramos realizado las entrevistas, por ejemplo, en los 2 años posteriores al homicidio. Asimismo, el porcentaje de menores de origen inmigrante [nacidos en el extranjero o con uno o ambos progenitores nacidos en el extranjero] era considerablemente inferior al de la población de menores expuestos a un homicidio doméstico (17% frente a 59%; Alisic et al., 2017). Es poco probable que los datos actuales permitan comprender las experiencias de menores de familias inmigrantes. De forma más general, es poco probable que nuestros resultados puedan generalizarse a otros países y culturas, ya que contextos sociales, económicos, culturales y de protección de la infancia diferentes pueden configurar de otro modo las trayectorias y las perspectivas de estos menores (en el futuro, combinar datos de varios países podría permitir también análisis más profundos, p. ej., sobre las diferencias entre países mencionadas, pero también sobre las diferencias evolutivas y de otro tipo). Por último, nuestras entrevistas fueron relativamente breves para limitar la carga para los menores, por lo que nos centramos en sus circunstancias actuales y, por ejemplo, no les preguntamos en profundidad por su progenitor fallecido ni abordamos las manifestaciones de resiliencia a lo largo del tiempo. Solo hemos recogido una fracción de las historias que podrían habernos contado si hubiéramos tenido tiempo para varios encuentros. Pese a estas limitaciones, los presentes resultados contribuyen a incorporar la voz de la infancia sobre aspectos muy delicados y complejos de su vida tras el homicidio de un progenitor.

El hecho de que los puntos de vista de estos menores difirieran en muchos temas concuerda con la variabilidad de las reacciones de duelo observada, de forma más general, en la infancia en duelo (Christ et al., 2002; Miller, 2009). En el contexto del homicidio en la pareja de los progenitores, esto subraya que la infancia es capaz de formarse sus propias opiniones y de expresar sus deseos. Lo vemos a la vez como una fortaleza y como algo que los y las profesionales deberían procurar facilitar y reforzar siempre que sea posible. El homicidio y todas sus consecuencias, incluida la mudanza, son lo contrario de «tener el control». Por ello, parece crucial ayudar a estos menores a hacer oír su voz, por ejemplo, en lo relativo a la convivencia y al régimen de contacto, teniendo en cuenta que los miembros de una misma fratría pueden tener perspectivas distintas. Por supuesto, favorecer la voz y la influencia de la propia infancia no ocurre en el vacío y, como contaron las personas participantes, a veces hay conflictos (violentos) entre miembros de su familia que pueden limitar las posibilidades o presionarlas para ser leales de un modo que puede chocar con sus propias opiniones. Es una situación compleja de gestionar y, por desgracia, no existe otra solución que escuchar atentamente a los menores y a sus personas cuidadoras e intentar mediar en los conflictos antes de que surjan o cuando surjan.

Pese a la considerable variación en los puntos de vista de las personas jóvenes, algunas tendencias de las entrevistas nos llamaron la atención. En primer lugar, varias personas participantes aludieron directa o indirectamente al deseo de ser (o de que se las viera como) normales. Este deseo de ser como los demás se ha observado también en otras investigaciones cualitativas sobre el trauma infantil (p. ej., Alisic, Boeije, Jongmans, & Kleber, 2011; Urman, Funk, & Elliott, 2001). Aparte de las preguntas sobre el sentimiento de extrañeza o alienación, este deseo de ser como los demás no suele formar parte de las medidas cuantitativas del estrés traumático o del duelo traumático en la infancia. Podría ser valioso explorar este tema con mayor profundidad e investigar cómo se puede dar a estos menores la oportunidad de sentirse normales tras el homicidio en la pareja de sus progenitores, sin ignorar su realidad.

En segundo lugar, nos llamó la atención que el deseo de construir y mantener una relación con el progenitor autor del crimen estuviera a menudo ausente de los relatos de estas personas jóvenes. Las razones para mantener el contacto con el progenitor eran sobre todo distintas del deseo de mantener la relación como tal, y algunas personas participantes parecían simplemente amoldarse al régimen establecido, aunque unas pocas mencionaron que estaban conformes con él. Clínicamente, sin embargo, también hemos encontrado menores que expresaban el deseo de tener contacto porque echaban de menos a su progenitor. Esto requiere una exploración más amplia. Entre las personas adultas que rodean a estos menores, a veces oímos afirmaciones tajantes sobre lo que sería mejor para ellos en cuanto al contacto con el autor. Sean cuales sean las razones de su postura, en nuestra opinión nunca se les debería obligar a tener contacto si no lo desean, ni negárselo si lo desean y es viable.

En tercer lugar, aunque en muchos casos el homicidio se había producido varios años antes, seguían existiendo importantes preocupaciones en materia de seguridad. Surgían tanto en el contexto del contacto con el progenitor autor del crimen como en el de los conflictos entre miembros de la familia. En este caso, no se puede dar por sentado que los riesgos sean bajos, porque es evidente que ya ha habido una muerte. Entre las cuestiones que conviene seguir explorando figuran cómo garantizar que estos menores se sientan seguros en su contacto con el progenitor autor del crimen (si desean ese contacto) y si una mediación entre las familias, ofrecida de forma sistemática en estos casos concretos, podría ser útil.

Por último, aunque la infancia en duelo por un homicidio doméstico se ve expuesta a una gran inestabilidad durante largos periodos, la estabilidad y la continuidad parecían ser importantes factores de apoyo. Aunque no quisiéramos abogar por añadir otra persona profesional más a la lista de quienes intervienen, parece importante que cada menor tenga una persona estable y de confianza a la que acudir con cualquier pregunta o preocupación (Steeves, Laughon, Parker, & Weierbach, 2007). Los y las profesionales implicados podrían preguntar quién podría ser esa persona. Podría tratarse, por ejemplo, de la persona tutora, de alguien del profesorado, de un o una profesional de la orientación o de la terapia o, eventualmente, de alguien de la familia a quien el homicidio no afecte personalmente; tendría que ser alguien que vaya a estar disponible para el niño o la niña durante varios años.

Complexe Systémique: puntos clave

Para la práctica sistémica, estos relatos recuerdan que, tras un homicidio en la pareja, el menor no pierde solo a un progenitor: todo el sistema se reconfigura de golpe, con dos «lados» de la familia a veces enfrentados, acogimientos sucesivos, hermanos y hermanas separados y un progenitor autor del crimen que sigue presente, en prisión o en la puerta de casa. Las lealtades se ven duramente puestas a prueba y la seguridad nunca está garantizada. Sobre todo, el estudio muestra que los miembros de una misma fratría pueden tomar decisiones opuestas, en particular sobre el contacto con el progenitor autor del crimen, que pocos buscan por la relación en sí. De ahí dos pistas concretas: no decidir por ellos según una regla general y asegurarse de que una persona adulta estable y de confianza siga estando disponible durante varios años. Los límites son claros: una muestra neerlandesa pequeña, menores que probablemente estaban mejor que la media, pocas familias de origen migrante y entrevistas breves. Para leer junto con el artículo sobre el hogar tras el homicidio y el estudio sobre la recuperación de la infancia tras la violencia doméstica.

Notas del original

Financiación: Este estudio fue financiado por el Centro de Investigación y Documentación neerlandés (Ministerio de Seguridad y Justicia, #2382), la Prof. H.A. Weijers Stichting y el Australian National Health and Medical Research Council (#1090229).

Agradecimientos. Queremos agradecer las contribuciones del consejo asesor del estudio (Annemarie ten Boom, Riet Fiddelaers-Jaspers, Lianne Otten, Carlijn de Roos, Vera Schüller-Verlinden y Wim Slot), del estudiantado que colaboró en las transcripciones (Bente van Baars, Ruby de Beer y Thomas Brouwers) y de nuestros colegas del Wilhelmina Children’s Hospital y de las organizaciones colaboradoras.

Declaración de conflicto de intereses. El Centro de Investigación y Documentación neerlandés exigió y facilitó un consejo asesor del estudio que aportó comentarios a lo largo de las fases de diseño, recogida de datos y análisis de los resultados preliminares, pero no durante la preparación, revisión o aprobación del presente manuscrito. Las demás fuentes de financiación no desempeñaron ningún papel en el diseño y la realización del estudio; la recogida, gestión, análisis e interpretación de los datos; la preparación, revisión o aprobación del manuscrito; ni la decisión de enviarlo para su publicación.

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Traducción no oficial al español de Children’s perspectives on life and well-being after parental intimate partner homicide, de Eva Alisic, Arend Groot, Hanneke Snetselaar, Tielke Stroeken, Lieve Hehenkamp y Elise van de Putte, European Journal of Psychotraumatology, vol. 8, supl. 6, artículo 1463796 (2017), doi: 10.1080/20008198.2018.1463796, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Children’s perspectives on life and well-being after parental intimate partner homicide», publicado en European Journal of Psychotraumatology (2017) bajo licencia CC BY 4.0. Traducida por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

Alisic, E., Groot, A., Snetselaar, H., Stroeken, T., Hehenkamp, L., y van de Putte, E. (2017). Children’s perspectives on life and well-being after parental intimate partner homicide. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/children-s-perspectives-on-life-and-well-being-after-parental-intimate-partner-homicide (Obra original publicada en 2018 en European Journal of Psychotraumatology, vol. 8, supl. 6, artículo 1463796 (2017); republicada en 2017 por European Journal of Psychotraumatology, https://www.tandfonline.com/doi/full/10.1080/20008198.2018.1463796)

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