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Social Sciences · Violencia

Poder y amor en las teorías de la violencia en la pareja íntima: una integración conceptual

¿Es la violencia en la pareja íntima una cuestión de poder masculino, como sostiene la perspectiva feminista, o de apego romántico inseguro, como defiende la perspectiva basada en el apego? Para un equipo de Bérgamo, cada bando tiene su punto ciego. Releyendo el modelo sistémico de Virginia Goldner, el artículo propone un marco de «poder y amor» en el que la dependencia emocional, vivida como una humillación, se convierte en dominación, sin disminuir en absoluto la responsabilidad del agresor.

Autoría Roberta Di Pasquale (Departamento de Ciencias Humanas y Sociales, Universidad de Bérgamo, Italia) y Andrea Rivolta (Servicio de Protección de la Infancia, Sondrio, Italia)Primera publicación Social Sciences, 15 de enero de 2026Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Power and Love in Intimate Partner Violence Theories: A Conceptual Integration, de Roberta Di Pasquale y Andrea Rivolta, publicado en Social Sciences (MDPI) (2026), doi: 10.3390/socsci15010045, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones finales del artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Lo consigue transformando una cuestión de necesidad de afecto desatendida en una cuestión de insubordinación, una cuestión de amor en una cuestión de poder.

Roberta Di Pasquale y Andrea Rivolta

Resumen

El campo de estudio de la violencia en la pareja íntima (VPI) se ha caracterizado durante mucho tiempo por un enconado debate entre dos posiciones teóricas e ideológicas opuestas sobre la naturaleza del fenómeno: la primera es propia de la perspectiva feminista y considera la VPI como una expresión de la violencia de género; la segunda es propia, entre otras, de la perspectiva basada en el apego y sostiene que la VPI sería una forma de violencia neutra con respecto al género. El objetivo de esta contribución es intentar mostrar cómo es posible establecer una comparación heurísticamente más fecunda entre estas dos perspectivas antagónicas, desplazando el foco hacia los marcos conceptuales que las sustentan y hacia sus dos conceptos explicativos clave correspondientes: por un lado, el poder basado en el género, sobre el que gira la perspectiva feminista, y, por otro, el amor y las dinámicas emocionales ligadas al amor, en las que se centra la perspectiva basada en el apego. Por último, argumentaremos cómo estos dos conceptos explicativos clave pueden mantenerse combinados en una especie de visión binocular e integrarse en un marco explicativo más complejo de «poder y amor». Para ello, nos referiremos a un enfoque sistémico de la VPI, en particular a la contribución de Virginia Goldner, que propone un modelo basado en la estrecha interconexión entre las dinámicas de poder y las dinámicas ligadas al amor en la génesis y la perpetuación de la violencia masculina en las relaciones íntimas heterosexuales.

Palabras clave: amor, poder, violencia en la pareja íntima, enfoque sistémico, debate de género sobre la violencia en la pareja íntima, perspectiva feminista sobre la VPI, perspectiva basada en el apego sobre la VPI

1. Introducción: el debate de género sobre la violencia en la pareja íntima

La violencia en la pareja íntima es un grave problema social que existe en todo el mundo, en todos los contextos socioeconómicos y culturales, y cuyos efectos nocivos afectan especialmente a las mujeres. Desde la década de 1970 se ha desarrollado, dentro de distintas disciplinas, una variedad de perspectivas teóricas para ofrecer una explicación y una respuesta eficaz a este problema. El campo de estudio sobre el tema se ha caracterizado durante mucho tiempo por un enconado debate entre dos marcos conceptuales opuestos acerca de la naturaleza de la VPI. Estos marcos se han definido mediante una variedad de etiquetas semánticas, pero a primera vista podríamos identificarlos como la posición que considera la VPI una expresión de la violencia de género (p. ej., DeKeseredy 2016, 2021; Dobash and Dobash 1979; Pence and Paymar 1993), frente a la posición según la cual la VPI sería una forma de violencia neutra con respecto al género (p. ej., Bates and Taylor 2019; Dutton 1994, 2010; Felson and Lane 2010). Esta dicotomía conceptual va acompañada de un debate empírico y metodológico sobre la llamada simetría o asimetría de género en la VPI, es decir, sobre si la violencia en las relaciones íntimas es ejercida casi exclusivamente, o en una medida mucho mayor, por hombres contra sus parejas mujeres (p. ej., Dobash et al. 1992; Dobash and Dobash 2004; Fanslow et al. 2023; Sánchez-Prada et al. 2023), si las tasas de perpetración de la VPI son sustancialmente similares en hombres y mujeres (p. ej., Archer 2000; Bates et al. 2014; Hamel 2020; Straus 2009, 2011), o si existen distintos tipos de violencia con tasas de perpetración diferentes en hombres y mujeres, como propone la influyente tipología de Johnson, que contrapone el terrorismo íntimo a la violencia situacional de pareja (Conroy et al. 2024; M. P. Johnson 1995, 2006, 2008). En efecto, recurrir a la oposición semántica entre posiciones basadas en el género y posiciones neutras respecto al género es una manera de conceptualizar el debate sobre la VPI que no aclara la naturaleza de la controversia y acaba fomentando la polarización entre alternativas dicotómicas mutuamente incompatibles. De hecho, la controversia no se centra genéricamente en cuánto cuenta el género o en cuán central es para comprender el fenómeno de la VPI, sino en la especificidad del vínculo teórico entre género, poder y violencia. Por ello, esta oposición semántica nos parece mejor ilustrada si se recurre a descripciones más específicas, como las siguientes: la posición basada en el género podría describirse útilmente como aquella que conceptualiza la VPI como una forma de violencia que es expresión y consecuencia directas del poder masculino sobre las mujeres en la sociedad. La posición neutra respecto al género podría definirse, en cambio, como una negación dicotómica de la primera, es decir, basada en la afirmación de que la cuestión de las desigualdades de género y del poder masculino sobre las mujeres es marginal, si no totalmente irrelevante, para comprender la VPI. Esta redefinición nos lleva a desplazar la atención hacia los distintos marcos explicativos y constructos teóricos fundamentales que subyacen a las dos posiciones enfrentadas; algo que nos permitiría llevar el debate a un nivel que elimine la dicotomía intrínseca de la oposición entre violencia basada en el género y violencia neutra respecto al género, sustituyéndola por una comparación teórica más fecunda.

El objetivo de este trabajo es intentar mostrar cómo el contraste entre las posiciones basadas en el género y las neutras respecto al género sobre la VPI puede reformularse de manera más útil en términos de un foco distinto en el poder frente al amor como constructo explicativo clave para conceptualizar la violencia íntima. Partiendo de este supuesto, intentaremos mostrar cómo es posible comparar de forma fecunda, y en parte combinar, los dos marcos teóricos sobre la VPI que suelen oponerse: por un lado, la perspectiva feminista, que encarna de manera emblemática una posición basada en el género; por otro, la perspectiva basada en el apego, actualmente la más influyente entre las que adoptan una posición neutra respecto al género. Presentaremos, pues, brevemente las premisas conceptuales de cada perspectiva, leyéndolas a la luz de los distintos constructos teóricos que las caracterizan, respectivamente el poder basado en el género y las dinámicas emocionales ligadas al amor. Además, intentaremos mostrar cómo puede lograrse una reconciliación entre estas perspectivas antagónicas, argumentando que los marcos conceptuales que las sustentan (poder frente a amor) deberían concebirse más bien como entrelazados y combinados en una especie de visión binocular. Para ello, nos referiremos a un enfoque sistémico de la VPI, en particular a la contribución de Goldner (1998, 1999) y Goldner et al. (1990), que se analizará en profundidad por constituir un ejemplo de cómo las dinámicas de poder y las dinámicas ligadas al amor pueden combinarse como constructos clave en la conceptualización de la violencia en la pareja íntima en las relaciones heterosexuales.

2. La perspectiva feminista sobre la VPI: el polo del poder basado en el género

La perspectiva feminista sobre la VPI, al situar el concepto de poder y de dominio del hombre sobre la mujer en el centro de la teoría, ha producido contribuciones fundamentales para comprender las relaciones de poder implicadas en la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones íntimas. Lo ha hecho según un doble nivel de análisis: (1) un macronivel social, relativo al análisis de las premisas culturales que justifican la violencia de los hombres contra su pareja mujer; (2) un micronivel individual, relativo a la identificación de las diversas estrategias de control coercitivo que ponen en práctica los hombres violentos para controlar y someter a sus parejas.

2.1. El macronivel social: las desigualdades de género y la justificación ideológica de la violencia contra las mujeres

En lo que respecta al papel del macronivel social, Pence y Dasgupta (2006) han señalado de manera ejemplar algunas premisas y condicionamientos culturales que han contribuido a construir y mantener el fenómeno de la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones íntimas. En primer lugar, existe la premisa de que las relaciones jerárquicas, y por tanto de superioridad/inferioridad, entre hombres y mujeres son naturales. Históricamente, la mayoría de las culturas han sostenido la creencia de que los hombres son más racionales, lógicos y competentes que las mujeres. De ahí la consecuencia obvia, y culturalmente construida de forma activa, de que debe ser el hombre quien ostente la autoridad en la familia. Los hombres, al ser «naturalmente» superiores a las mujeres, tienen derecho a asumir la posición de autoridad en la familia y a mantenerla por cualquier medio, violencia incluida, en muchos casos sin suscitar el menor reproche, precisamente en virtud de la aprobación social de la superioridad masculina sobre las mujeres. No es de extrañar que, en las sociedades tradicionales, los hombres que se atrevían a compartir el poder con sus parejas fueran a menudo objeto de burla social, como medio para castigar la transgresión de las normas de género y reafirmar el orden de género tradicional (i.e., Abedinifard 2016). Otro condicionamiento social es, además, la ausencia de consecuencias por el uso de la violencia. La superioridad física del hombre sobre la mujer le permite llevar a cabo conductas agresivas sin temor a represalias significativas por parte de la víctima. A esto se suma que, como estos comportamientos tienen lugar sobre todo dentro del hogar, la familia extensa tiende a no intervenir para detener la violencia masculina, lo que contribuye a reforzar la percepción de impunidad en quienes ejercen la violencia.

Además, podemos identificar otro condicionamiento social que se expresa según dos líneas relacionadas: la primera remite al concepto de jerarquía de género y a sus consecuencias, mientras que la segunda remite a los procesos de socialización primaria que la sostienen. En las relaciones jerárquicas, quien ocupa la posición superior puede imponer graves consecuencias a quien se resiste a su autoridad. Este fenómeno aparece con gran claridad al analizar lo que podríamos llamar las «lesiones de separación» de las mujeres maltratadas, es decir, las lesiones que sufren las mujeres maltratadas cuando dejan o están a punto de dejar a su pareja maltratadora. De hecho, varios estudios indican que, para las mujeres maltratadas, el riesgo de lesiones graves aumenta considerablemente durante el proceso de salida de la relación o de acciones legales contra sus agresores (i.e., Brownridge et al. 2008). En efecto, mientras que la superioridad masculina se considera natural, la resistencia de las mujeres a las conductas masculinas violentas de dominación se concibe, por el contrario, como una transgresión antinatural de los códigos sociales y morales y debe, por tanto, reprimirse con fuerza. La violencia masculina destinada a sofocar la resistencia de las mujeres suele considerarse, por tanto, justificada y necesaria, o al menos comprensible. Por otra parte, si reflexionamos sobre los procesos de socialización primaria, podemos ver cómo se conciben ab initio precisamente de acuerdo con la premisa cultural del dominio masculino natural sobre las mujeres. Según los modelos de socialización de género, en casi todas las sociedades a los niños se les enseña a dominar y a las niñas se las educa para aceptar la dominación. Por último, está el fenómeno de la cosificación histórica y social del grupo subordinado, el proceso relacional y social mediante el cual se construye una separación ilusoria entre el grupo dominante y el grupo subordinado. Esto lleva a los miembros del grupo dominante a ver a las personas subordinadas como una «especie» distinta, con necesidades, emociones y deseos diferentes de los propios. Del mismo modo, los hombres violentos son socializados en culturas que promueven y sostienen la cosificación de las mujeres. Aprenden rápidamente a faltar al respeto a las mujeres, interiorizando la misoginia latente en la sociedad.

En efecto, versiones más sutiles de las arraigadas premisas culturales señaladas por Pence y Dasgupta (2006) siguen influyendo en las relaciones de poder de género y en la aceptación social del dominio y el control masculinos en las relaciones íntimas, incluso en la sociedad occidental contemporánea, aparentemente caracterizada por actitudes y arreglos de género más igualitarios (p. ej., Scarborough et al. 2019; Perry-Jenkins and Gerstel 2020). Por ejemplo, pese a una adhesión más extendida al igualitarismo de género, las mujeres siguen aportando considerablemente más al trabajo doméstico que sus parejas varones (Daminger 2020). Del mismo modo, las mujeres están en desventaja a la hora de conciliar la vida laboral y familiar y tienen menos libertad en sus elecciones profesionales, dando prioridad a la carrera de su pareja. Además, las mujeres siguen desempeñando un papel subordinado en la toma de decisiones relativas a la vida familiar y a la crianza, cargando con el trabajo cognitivo que implican los procesos de decisión (p. ej., explorar y evaluar soluciones alternativas), pero dejando la decisión final a su pareja masculina (Wong and Daminger 2024). Todos estos elementos persistentes de desigualdad no reconocida pueden verse como manifestaciones de un poder masculino invisible dentro de la pareja, que puede preparar el terreno para la aparición de formas más abiertas de control, dominación y violencia masculinos.

La necesidad esencial de considerar el macronivel sociocultural para comprender la VPI como un fenómeno de género sigue subrayándose en contribuciones teóricas y empíricas más recientes que adoptan una perspectiva feminista y defienden la necesidad de enmarcar la VPI como una cuestión de violencia masculina contra las mujeres (i.e., DeKeseredy 2016, 2021; Sikweyiya et al. 2020).

2.2. El micronivel del comportamiento individual: el papel del control coercitivo

La segunda contribución fundamental de la perspectiva feminista a la comprensión de la VPI se refiere al nivel de los comportamientos y motivaciones individuales de los hombres que maltratan a su pareja, y gira en torno al concepto de control coercitivo, que, quizá más que ningún otro, se considera característico de la violencia masculina contra las mujeres en las relaciones íntimas, según la perspectiva feminista (Crossman et al. 2016; M. P. Johnson 2006; Myhill and Hohl 2019; Pence and Paymar 1993; Robinson and Myhill 2021; Stark and Hester 2019). El control coercitivo puede definirse como un patrón sistemático de comportamiento, ejercido típicamente por el hombre maltratador sobre su pareja, destinado a provocar miedo, castigar, intimidar y/o dominar.

Según la influyente conceptualización de Stark (Stark 2007), el control coercitivo consta de dos dimensiones principales: la coerción, que se utiliza para herir e intimidar a las víctimas, y el control, destinado a aislarlas y a regular estrictamente su comportamiento. La coerción implica el uso de la fuerza o de amenazas por parte del hombre maltratador para inducir una respuesta determinada en la víctima, y puede conceptualizarse con dos componentes distintos: la violencia y la intimidación. La violencia está representada por las agresiones físicas contra la pareja, agresiones que, en el contexto del control coercitivo, se caracterizan más por su elevada frecuencia y continuidad que por su sola gravedad. La intimidación se utiliza para mantener el maltrato en secreto e infundir en la víctima miedo, dependencia y un sentimiento de lealtad hacia el agresor. Se basa en lo que la víctima ha vivido en el pasado o en lo que cree que su pareja podría hacerle si no cumple sus exigencias. Si la intimidación socava lo suficiente la voluntad de resistir de la pareja, la violencia resulta innecesaria.

Según Stark, la intimidación puede manifestarse de tres maneras distintas: mediante amenazas, vigilancia y denigración. Las amenazas pueden consistir en una amplia gama de acciones, desde las más abiertamente agresivas, como una amenaza de muerte, hasta las más sutiles, expresadas mediante comportamientos y advertencias que a ojos de una persona ajena podrían incluso parecer afectuosos. Las amenazas también pueden dirigirse contra los hijos e hijas de una mujer víctima de violencia, obligada a elegir entre su propia seguridad y la de su prole. Están además las amenazas pasivo-agresivas, que se producen cuando un hombre asusta a su pareja desapareciendo sin aviso o amenazando con autolesionarse o suicidarse. Otra clase de amenazas comprende actos anónimos cuya autoría es fácilmente deducible. Dicho de otro modo, el agresor es responsable de mensajes amenazantes enviados al teléfono móvil o al correo electrónico, de daños a los bienes de la pareja, etc. Las amenazas se asocian a menudo con la vigilancia, que en el contexto del control coercitivo adopta comúnmente la forma de acoso, destinado a transmitir la omnipotencia y la omnipresencia del agresor. El acoso forma parte de un continuo de tácticas de vigilancia que incluyen cronometrar las actividades de la pareja, controlar sus comunicaciones, registrar cajones, bolsos, carteras, etc., y el ciberacoso mediante cámaras o dispositivos de localización por satélite. Las tácticas de vigilancia permiten al agresor «atravesar el espacio social», lo que hace ineficaz la separación física como medio para que la víctima escape del control. Por último, la degradación se refiere a todos los comportamientos del agresor destinados a establecer su superioridad moral sobre la pareja; incluyen insultos, injurias y exigencias degradantes, como pedir a la pareja que se someta a inspecciones sexuales o que participe en actos sexuales que considera ofensivos.

El control, la otra dimensión principal de la conceptualización de Stark, tiene por objeto forzar indirectamente a la víctima a la obediencia privándola de recursos vitales y de sistemas de apoyo, así como estableciendo «reglas» de comportamiento en la vida cotidiana, que la víctima se siente obligada a seguir incluso en ausencia física del agresor. El control, al igual que la coerción, puede descomponerse en varios componentes: aislamiento, privación, explotación y microrregulación del comportamiento de la pareja. Un hombre controlador tiende a aislar a su pareja para expresar una posesión exclusiva, impedir que se revele el maltrato, infundir dependencia e impedir que obtenga ayuda o apoyo. Las tácticas de aislamiento más comunes consisten en impedir llamadas telefónicas y visitas de familiares, amistades y colegas, que también pueden ser objeto de amenazas y agresiones. El control se manifiesta asimismo mediante tácticas de privación que fomentan la dependencia de la pareja, privándola de los recursos necesarios para tomar decisiones de forma autónoma y vivir de manera independiente. Por ejemplo, las irrupciones y perturbaciones del agresor en el lugar de trabajo de su pareja suelen tener como fin impedirle trabajar, lo que repercute considerablemente en sus oportunidades de empleo, su rendimiento o sus posibilidades de ascenso. Junto a las tácticas de privación encontramos también tácticas de explotación, que se expresan negando a la pareja dinero para cubrir sus necesidades básicas y obligándola a rendir cuentas hasta de los gastos más triviales. Por último, está la microrregulación del comportamiento de la pareja en la vida cotidiana, por ejemplo qué programas de televisión ver, cómo cocinar, cómo vestirse, cómo ocuparse de la crianza: todas ellas actividades que atañen específicamente al papel «propio» del género femenino.

2.3. Las dinámicas emocionales ligadas al amor como «punto ciego» teórico de la perspectiva feminista

Como puede verse, estas teorizaciones fundamentales elaboradas desde la perspectiva feminista se centran en el constructo del poder basado en el género como factor causal central de la VPI. El poder basado en el género se manifiesta en la doble forma de premisas y condicionamientos socioculturales que justifican la violencia masculina contra las mujeres en el macronivel, y de técnicas de control coercitivo que el hombre maltratador adopta para poner a su pareja en una condición de sumisión y sujeción en el nivel individual. En cambio, no se hace ninguna referencia a la especificidad del vínculo íntimo entre los miembros de la pareja ni a las dinámicas emocionales de la relación de pareja. A este respecto, conviene considerar cómo la perspectiva feminista, al menos en sus versiones más radicales y ortodoxas, identifica la causa última de la violencia masculina en las relaciones íntimas con el poder y el dominio de los hombres sobre las mujeres en la sociedad. En consecuencia, tiende a rechazar las explicaciones psicológicas de la VPI, ya que desviarían la atención de los factores sociopolíticos, más decisivos. Sin embargo, la perspectiva feminista no puede abandonar por completo el nivel psicológico de explicación del fenómeno y, por tanto, lo invoca mediante un supuesto implícito a priori sobre la motivación que subyace a la violencia. En las conceptualizaciones feministas está implícita la hipótesis de que el hombre violento recurre a la violencia porque lo mueve una motivación básica de dominar a su pareja por cualquier medio. Por ello, los comportamientos y motivaciones individuales del hombre violento tienden a conceptualizarse como mera reproducción de las desigualdades de poder entre hombres y mujeres y del privilegio masculino en el nivel social. La única dinámica relacional examinada dentro de la pareja es la de dominación/sumisión, en la que la violencia y el control del hombre sobre su pareja se ven como un instrumento para reafirmar el dominio masculino o para contrarrestar la insubordinación femenina. Del mismo modo, los comportamientos y motivaciones de la mujer víctima de violencia se conceptualizan principalmente en términos de distintas respuestas y tácticas para adaptarse a la violencia y al control de la pareja masculina, evitarlos o contrarrestarlos.

El amor como concepto teórico no está completamente ausente de la perspectiva feminista sobre la VPI, pero adquiere un significado estrecho y específico: se considera un poderoso discurso cultural que presiona a las mujeres para que permanezcan en una relación violenta tolerando el maltrato y que facilita a los hombres maltratadores la justificación de sus comportamientos controladores y manipuladores (i.e., Jiménez-Picón et al. 2023; Lelaurain et al. 2021; Towns and Adams 2000; Wood 2001). Estos efectos del amor como discurso social actúan sin duda en las relaciones de maltrato, y es esencial reconocerlos y contrarrestarlos. Sin embargo, la relación amorosa, las premisas relacionales que la caracterizan (en primer lugar, la interdependencia emocional y la expectativa de cuidado, confianza y apoyo mutuos entre los miembros de la pareja) y las consiguientes motivaciones amorosas de cada uno quedan sustancialmente desatendidas en la teorización de la violencia. Esto es particularmente evidente en el caso del hombre que ejerce violencia de control coercitivo, a menudo descrito únicamente como un esclavizador estratégico, un embaucador y un explotador de su pareja, lo cual es sin duda exacto en algunos casos, al menos en las fases más avanzadas de las dinámicas de control coercitivo. Sin embargo, esta descripción parece implicar, casi por definición, que no tiene ningún sentimiento de amor ni ninguna dependencia emocional respecto de su pareja, aunque este supuesto nunca se enuncie con claridad.

Ahora bien, ¿podemos realmente considerar a priori que el hombre que ejerce violencia de control coercitivo está completamente desligado de las necesidades emocionales que llevan a las personas a formar y mantener relaciones románticas? Y, si no es así, ¿influyen estas necesidades en sus comportamientos violentos y controladores más allá de su motivación, basada en el poder, de dominar a su pareja y explotarla material, económica y sexualmente en cuanto mujer? A este respecto, es importante subrayar que el amor como constructo teórico no debería equipararse exclusivamente a su representación idealizada y romantizada presente en los discursos sociales, ni a su uso estratégico por parte de los agresores como forma o instrumento de maltrato (i.e., Donovan and Hester 2010). Más bien, el amor podría caracterizarse mejor como un fenómeno sumamente complejo, un conjunto de premisas psicológicas y socioculturales que subyacen a las relaciones íntimas y que deben investigarse desde una perspectiva amplia y multidisciplinar (i.e., Sternberg and Sternberg 2018).

Al erigir el poder basado en el género en único constructo central para conceptualizar y explicar la violencia en las relaciones íntimas, la perspectiva feminista acaba, por desgracia, expulsando del campo explicativo de la VPI todo el dominio conceptual del amor y de las dinámicas emocionales ligadas al amor.

3. La perspectiva basada en el apego sobre la VPI: el polo de las dinámicas emocionales ligadas al amor

Si la perspectiva feminista sobre la VPI sitúa el poder basado en el género en el centro de la teorización y postula una necesidad de dominar a la pareja como factor motivacional fundamental del hombre maltratador, las perspectivas neutras respecto al género rechazan este supuesto teórico y remiten, en cambio, a una multiplicidad de factores para explicar el fenómeno (p. ej., Finkel 2008).

El marco teórico de la VPI más influyente entre los que comparten una posición neutra respecto al género es actualmente el basado en la teoría del apego (Bartholomew and Allison 2006; Velotti et al. 2018). La perspectiva basada en el apego presenta un marco conceptual del fenómeno de la VPI en gran medida desligado de las dinámicas de género y de poder, ya que remite a necesidades emocionales, expectativas y dinámicas relacionales que pueden caracterizar indistintamente a miembros de la pareja de ambos sexos dentro de una relación íntima (Dutton and White 2012; Gormley 2005). De hecho, sitúa el marco de referencia explicativo clave para comprender la violencia íntima no en el poder basado en el género, sino en el amor mismo, es decir, en rasgos específicos del vínculo romántico entre los miembros de la pareja, considerado una premisa fundamental de la relación íntima. Partiendo de la conceptualización del amor romántico como proceso de apego (Hazan and Shaver 1987), se considera que los mecanismos que desencadenan el comportamiento violento contra la pareja residen en formas disfuncionales de afrontar las necesidades de apego no satisfechas y la inseguridad en la relación amorosa con la pareja.

3.1. Estilos de apego disfuncionales y VPI: propensión a la perpetración y vulnerabilidad a la victimización

Desde la perspectiva basada en el apego, la violencia está estrechamente ligada a la inseguridad respecto al amor y al compromiso de la pareja y a la incertidumbre sobre la solidez del vínculo íntimo. Más concretamente, se considera una respuesta disfuncional a la dificultad de mantener eficazmente el nivel deseado de cercanía o distancia física y emocional con la pareja. El origen de esta dificultad se identifica, a su vez, en el nivel individual, remitiendo a la historia de apego de la persona que maltrata a su pareja; en concreto, a experiencias de cuidado inadecuado por parte de figuras parentales u otras figuras de apego de la infancia poco sensibles o poco receptivas. Estas experiencias constituyen la base del desarrollo de estilos de apego disfuncionales en las relaciones románticas adultas, es decir, de patrones disfuncionales de expectativas relacionales, emociones y comportamientos hacia la pareja. El elemento central de estos estilos de apego disfuncionales se define como inseguridad de apego y varía según dos dimensiones principales: (1) la ansiedad de apego, marcada por la tendencia a considerarse indigno o indigna de amor, unida al miedo al abandono por parte de la pareja y a la preocupación por su disponibilidad y fiabilidad como figura de apego; (2) la evitación del apego, marcada por la tendencia a experimentar malestar ante la intimidad, unida a la desconfianza hacia la pareja y a la dificultad para aceptar depender de ella, así como para aceptar que la pareja dependa de uno mismo (i.e., Feeney 2008; Mikulincer and Shaver 2012). De ello se deduce que las personas con alta ansiedad de apego (es decir, caracterizadas por un estilo ansioso) muestran una propensión a buscar en exceso la cercanía, la atención y la tranquilización de su pareja y pueden recurrir a la violencia como forma de mantener a la fuerza la cercanía cuando temen ser rechazadas o ignoradas. A la inversa, las personas con alta evitación del apego (es decir, caracterizadas por un estilo evitativo) muestran una propensión a retirarse física y emocionalmente de su pareja y pueden recurrir a la violencia como forma de restablecer la distancia cuando temen perder su independencia o autonomía ante demandas abrumadoras de apoyo o de intimidad por parte de la pareja. Según los distintos estilos de apego, el comportamiento violento también tiende a adoptar rasgos distintos y específicos. En el caso del apego ansioso, la violencia se caracteriza más por manifestaciones de ira, celos y control obsesivo destinadas a forzar la proximidad física y el compromiso relacional de la pareja. En el caso del apego evitativo, la violencia se caracteriza más por la hostilidad, el desinterés ostentoso, el desprecio y el distanciamiento frío, y adquiere una naturaleza más instrumental, orientada a desvincularse de la pareja para que desista de sus demandas de cercanía e intimidad (Babcock et al. 2000; Bartholomew and Allison 2006).

Un marco explicativo de este tipo permite arrojar una luz distinta sobre algunas paradojas que caracterizan las relaciones íntimas violentas; por ejemplo, el hecho de que una persona pueda volverse violenta con aquella sin la cual no soporta estar o, a la inversa, que la víctima pueda amar, defender y seguir apegada a una pareja que la violenta física o psicológicamente. Estas paradojas de la VPI pueden comprenderse considerando dos principios fundamentales de la teoría del apego. En primer lugar, el apego satisface una necesidad básica de supervivencia; por tanto, la fuerza del vínculo de apego no depende de la calidad de la relación de apego (Bowlby 1982). De hecho, cuando las personas se sienten amenazadas, tienden a buscar la proximidad y el apoyo de su figura de apego, incluso cuando esta es la fuente misma de la amenaza, lo que puede conducir a un refuerzo aún mayor del vínculo emocional. En segundo lugar, las personas cuyas necesidades de apego se han visto frustradas a lo largo de su historia relacional y que se sienten especialmente vulnerables ante la posible pérdida de una figura de apego pueden percibir la violencia como un modo de recuperar el nivel preferido de cercanía o distancia con la pareja íntima (Allison et al. 2008).

Por ejemplo, en una de las primeras aplicaciones del marco teórico del apego a la VPI, Dutton y su equipo (Dutton et al. 1994) formularon la hipótesis de que, a partir de dificultades tempranas de apego, los hombres maltratadores desarrollan una hipersensibilidad a las señales que, a su juicio, anuncian un abandono o un rechazo inminentes en las relaciones románticas adultas. Estas amenazas, reales o imaginarias, producen dolor e ira, que llevan al agresor a recurrir a medidas extremas para reducirlos. La amenaza de sufrir la pérdida de la relación genera ansiedad en el agresor, que la convierte en ira y en comportamientos de control destinados a recuperar la estabilidad en la relación con su pareja. Sobre la base de los mismos principios, podemos comprender también cómo la víctima puede buscar la proximidad de la pareja como figura de apego, aunque sea maltratadora, activando así el sistema de apego y reforzando el vínculo amoroso. Investigaciones posteriores han constatado que existen diferencias en la vulnerabilidad a la victimización entre personas ansiosas y evitativas, y se han propuesto mecanismos específicos para explicarlas (Cataudella et al. 2023). Los vínculos más fuertes con la victimización se han hallado en personas caracterizadas por un estilo de apego ansioso, lo que se ha explicado invocando el papel de sus atributos más típicos: por un lado, el miedo al abandono y la ansiedad de separación, que harían intolerable la perspectiva de dejar a la pareja, aunque sea violenta; por otro, la imagen de sí como alguien indigno de amor, que favorecería atribuirse la responsabilidad de la violencia sufrida, alimentando la esperanza de que la pareja cambie.

En resumen, desde estas primeras contribuciones, la mayor parte de la investigación sobre la violencia interpersonal basada en el apego se ha centrado en el papel de la inseguridad de los estilos de apego romántico adulto a la hora de hacer a una persona propensa a ejercer violencia contra su pareja, así como vulnerable a ser victimizada por ella. La investigación posterior ha confirmado las primeras teorizaciones, al mostrar que las dos dimensiones principales de la inseguridad de apego, la ansiedad de apego y la evitación del apego, están ligadas de maneras específicas distintas a la perpetración y a la victimización en la VPI (Spencer et al. 2021; Cataudella et al. 2023; Velotti et al. 2022). Otra línea de investigación interesante se refiere a la identificación de procesos y mecanismos específicos que median el vínculo entre la inseguridad de apego y la violencia contra la pareja, como los patrones de comunicación disfuncionales (Arseneault et al. 2023), las estrategias destructivas de conflicto (Bonache et al. 2019) y las dificultades de regulación emocional (Guzman-Gonzalez et al. 2016).

3.2. La combinación diádica de los estilos de apego y las dinámicas de pareja resultantes

La contribución que ofrece la literatura sobre los estilos de apego en las relaciones violentas no se limita a subrayar únicamente las características de cada miembro de la pareja. Más bien, diversos estudios (Allison et al. 2008; Doumas et al. 2008; Oka et al. 2014; Sommer et al. 2017) se centran también en la combinación de los estilos de apego de ambos miembros, que construye un sistema de pareja autorregulado que es más que la suma de sus partes. Podemos así pasar de un punto de vista que se centra solo en los factores individuales que contribuyen a la violencia en la pareja a un punto de vista caracterizado por un marco interaccional que pone de relieve el contexto y las dinámicas interpersonales en los que se produce la violencia (Bartholomew and Cobb 2010). Por ejemplo, los estudios de Allison et al. (2008), de acuerdo con lo subrayado por los estudios neutros respecto al género basados en la teoría del apego, han mostrado que una ansiedad de apego elevada es predictiva de la violencia en la pareja tanto en hombres como en mujeres. También han mostrado que la asociación entre la ansiedad de abandono y el uso de la violencia es más fuerte si un miembro de la pareja con un nivel elevado de ansiedad de apego se une a otro con un nivel elevado de evitación del apego. Esto se debe a un circuito que se crea entre los dos miembros de la pareja y que podríamos esquematizar así: quien tiene un nivel elevado de ansiedad de apego busca activamente la proximidad de su pareja, que, sin embargo, al ser evitativa, solo puede reaccionar a esa demanda de cercanía retirándose. Ante esa conducta de retirada, la persona ansiosa, en un intento de implicarla y captar su atención, puede volverse violenta con la pareja evitativa. Este comportamiento violento, a su vez, alejará aún más a la pareja evitativa, que responderá con una distancia todavía mayor, poniendo en marcha un ciclo de retroalimentación positiva que se autoalimenta.

Esta dinámica nos ayuda a comprender la importancia de ampliar el campo de observación a la pareja, entendida como un contexto supraordenado dentro del cual es posible concebir las contribuciones de cada miembro. De hecho, ello puede ayudarnos a enriquecer nuestra comprensión del fenómeno de la violencia en las relaciones íntimas como estrategia disfuncional para regular la cercanía entre los miembros de la pareja. Veamos ahora cómo. Las estrategias que suelen utilizarse para regular la distancia con la pareja son la persecución y la retirada, y la violencia aparece por lo general cuando otras estrategias no violentas de persecución y de retirada no funcionan. A este respecto, hay que tener en cuenta que un mismo comportamiento puede tener significados opuestos para los miembros de la pareja, según las motivaciones de cada persona y el contexto relacional; por ejemplo, una relación extramarital es a veces una estrategia destinada a acercarse a la pareja para recuperar su atención despertando sus celos; otras veces es una estrategia de retirada, destinada a desvincularse de una pareja que plantea demandas emocionales excesivas. En la literatura hay contribuciones que asocian las estrategias de regulación de la distancia, violencia incluida, a determinadas orientaciones de apego. En particular, la persecución es más típica de un estilo de apego ansioso, mientras que la retirada es más típica de los estilos de apego temeroso y evitativo. Si nos centramos en el estudio de Allison y su equipo (Allison et al. 2008), no solo en el nivel del perfil de apego individual, sino más bien en el de la interacción de los perfiles de apego de ambos miembros de la pareja, podemos llegar a una clasificación más compleja. De hecho, podemos observar dos patrones interaccionales comunes en parejas formadas por personas con los perfiles de apego mencionados: persecución/retirada y persecución/persecución. El patrón persecución/retirada tiende a darse en parejas con necesidades de apego incompatibles (es decir, cercanía frente a distancia). Este patrón puede observarse por lo general cuando personas ansiosas entablan relaciones con personas evitativas. Las personas con apego ansioso tienden a volverse violentas cuando sus estrategias de búsqueda no violentas (p. ej., peticiones de atención, intentos de comunicación) han fracasado. A su vez, las personas evitativas se sienten abrumadas por la búsqueda de cercanía que expresa su pareja e intentan distanciarse de ella mediante una desvinculación emocional, verbal y física. Cuando sus estrategias no violentas de distanciamiento fracasan, las personas evitativas tienden a reaccionar con violencia para alejar a su pareja. A la inversa, el patrón persecución/persecución tiende a darse en parejas en las que ambos miembros muestran niveles moderados o elevados de ansiedad de apego. En este caso, cada miembro tiende a competir por el apoyo y la atención del otro, pero no logra reconocer ni satisfacer sus necesidades, lo que conduce a una frustración mutua y luego a la violencia por parte de uno o de ambos.

3.3. El poder basado en el género como «punto ciego» teórico de la perspectiva basada en el apego

Como se desprende de esta breve panorámica, los estudios basados en la teoría del apego romántico remiten a un marco explicativo de la VPI completamente distinto del marco del poder basado en el género propuesto por la perspectiva feminista. Según la perspectiva basada en el apego, la VPI es ante todo una cuestión de amor, de un vínculo romántico disfuncional, es decir, derivado de formas desadaptativas de buscar la satisfacción de las necesidades emocionales dentro de una relación íntima. En particular, la violencia se entiende como un intento extremo de restablecer el nivel preferido de cercanía o distancia emocional respecto a la pareja cuando otros métodos no violentos han fracasado o superan las capacidades de regulación emocional del agresor.

Sin duda, el mayor punto fuerte del marco basado en el apego es que ofrece una explicación de la VPI centrada en la naturaleza específica de la relación íntima. En efecto, los mecanismos que conducen a la violencia se consideran directamente atribuibles a la disfunción de la propia relación romántica, que se basa en la interdependencia emocional y en la expectativa de que cada miembro de la pareja atienda las necesidades de apego del otro. Sin embargo, esto va acompañado del supuesto implícito y apriorístico de que las relaciones íntimas se caracterizan por definición por la igualdad de poder, o de que cualquier disparidad de poder queda vuelta irrelevante o neutralizada por la presencia del vínculo amoroso entre los miembros de la pareja. Otro supuesto es que las relaciones íntimas son intrínsecamente igualitarias, libres de cualquier motivación por alcanzar y mantener un poder jerárquico y un dominio sobre la pareja. Por consiguiente, este énfasis exclusivo en el vínculo emocional y en las necesidades de apego de cada miembro de la pareja llevó a interpretar la VPI como un fenómeno neutro respecto al género, totalmente desconectado de las dinámicas de poder basadas en el género. En consecuencia, se ha descuidado en gran medida la influencia de factores contextuales como las diferencias y desigualdades de género en la relación de pareja, y el modo en que repercuten de manera distinta, según el género, en las conductas y expectativas de apego y de cuidado de cada miembro de la pareja. En efecto, dado que las necesidades de apego de cada miembro de la pareja están definidas socialmente por representaciones de género que caracterizan de forma diferente a hombres y mujeres en cuanto a aptitudes y capacidades relacionales (p. ej., los hombres presentados como analfabetos emocionales y las mujeres como naturalmente dotadas para responder a las necesidades ajenas), la «satisfacción mutua» de las necesidades de cada cual puede constituir un intercambio injusto y desequilibrado a favor del miembro masculino de la pareja. Esto puede traducirse en una serie de desigualdades de género en distintos ámbitos del funcionamiento de la pareja, en lo que respecta al derecho a perseguir los propios objetivos personales dentro de la relación, a la disposición a acomodarse a los deseos de la pareja, y a la atención y la receptividad emocional hacia la pareja (p. ej., Knudson-Martin 2013; Knudson-Martin and Mahoney 2009).

De forma más general, no se ha considerado adecuadamente la dimensión del poder en las relaciones románticas (p. ej., Kim et al. 2019), que se expresa, por ejemplo, en quién tiene el poder o el derecho de elegir y decidir por ambos en cuestiones comunes. En efecto, las dinámicas de poder entre los miembros de la pareja son un aspecto fundamental de las relaciones íntimas, incluso de las más equilibradas, igualitarias y satisfactorias. Esto ocurre precisamente porque las relaciones íntimas se caracterizan por un alto nivel de interdependencia, acompañado de grados variables de incertidumbre sobre la fiabilidad y el compromiso de la pareja. Puesto que los miembros de una pareja romántica dependen en gran medida el uno del otro para satisfacer necesidades emocionales básicas, pero esas necesidades a menudo no son perfectamente compatibles, emprenderán una serie de intentos de influirse mutuamente. Es aquí donde entran en juego las desigualdades de poder basadas en el género. De hecho, es probable que estos intentos se apoyen en los recursos marcados por el género (base de poder) que posee cada miembro de la pareja, y pueden utilizarse para persuadir al otro de que actúe de un modo que satisfaga sus deseos o, al menos, que no los obstaculice. Las estrategias de influencia pueden ser positivas (promesas u otorgamiento de recompensas) o negativas (amenazas o aplicación de castigos), y estas últimas pueden incluir la coerción, la intimidación y la violencia. Sin embargo, estos procesos basados en el poder suelen pasarse por alto en la teoría del apego romántico y, en consecuencia, no se tienen en cuenta allí donde sería más necesario hacerlo, es decir, en la explicación de la violencia íntima.

En resumen, el papel del poder basado en el género, cuya importancia para explicar algunas dinámicas cruciales de la VPI, como la violencia de control coercitivo, ha sido indiscutiblemente puesta de relieve por la perspectiva feminista, no parece encontrar espacio como constructo explicativo en la perspectiva basada en el apego.

4. Combinar el poder basado en el género y las dinámicas ligadas al amor: aportaciones del modelo sistémico de la VPI de Goldner

La tercera perspectiva teórica sobre la VPI, aunque sin duda menos difundida e influyente que las anteriores, la ofrece la aplicación del enfoque sistémico al problema de la violencia en las relaciones íntimas.

4.1. El enfoque sistémico y su aplicación a la VPI

El enfoque sistémico es el movimiento clínico y teórico, desarrollado en Estados Unidos en la década de 1950, que nació de la necesidad de revisar los modelos conceptuales con los que se explicaba y trataba la enfermedad mental. Desde este punto de vista, la contribución de Bateson fue crucial: con su teoría del doble vínculo (Bateson et al. 1956), sostuvo que la enfermedad mental, lejos de ser una prerrogativa del paciente que la porta, es en realidad una respuesta comunicativa adaptativa a las interacciones disfuncionales que caracterizan al sistema familiar del que se genera. Partiendo de estas premisas conceptuales, en una primera fase el enfoque sistémico se concibió como una alternativa radical a las explicaciones tradicionales de los problemas psicológicos, ya que repudiaba drásticamente los constructos intrapsíquicos individuales en favor de conceptos explicativos holísticos derivados de los modelos cibernéticos y de la teoría general de sistemas, como los patrones de interacción, la causalidad circular y la homeostasis familiar (p. ej., Watzlawick et al. 1967). No obstante, el marco epistemológico de Bateson (1972) puede considerarse la fuente de inspiración inicial de un intento más complejo de combinar la subjetividad del individuo y su «historicidad» con la historicidad del sistema familiar, de sus comunicaciones e interacciones, reconstruida a través de las generaciones. Esta intuición encontraría más tarde uno de sus desarrollos teóricos en la integración entre el modelo sistémico y la teoría del apego, que se produjo a finales de los años ochenta (p. ej., Byng-Hall 2008; Dallos and Vetere 2009; S. M. Johnson 2004).

Ahora bien, ¿cómo se sitúa el enfoque sistémico en la controversia sobre el género en la VPI y en la oposición entre perspectivas feministas y neutras respecto al género? Desde principios de los años ochenta, periodo en el que la conciencia de que la VPI constituía un problema social aumentó gracias al activismo feminista, el enfoque sistémico se ha aplicado a la violencia contra la pareja (Giles-Sims 1983). Sin embargo, debido a sus peculiares características teóricas y epistemológicas, el modelo sistémico fue objeto prematuramente de críticas en el marco del debate sobre la VPI; de hecho, quienes defendían la posición basada en el género sobre la VPI consideraban que los supuestos epistemológicos (causalidad circular) y operativos (sesiones de pareja) del enfoque sistémico lo hacían inadecuado para abordar el fenómeno. En particular, según Bograd (1984), el lenguaje sistémico, por su característica misma de centrarse en el carácter recursivo de las secuencias interactivas y en los mecanismos homeostáticos dentro de la pareja, llevaría a culpabilizar a las mujeres víctimas de violencia doméstica y a justificar a los hombres agresores. No solo eso: también se ha asentado la idea de que quienes trabajan siguiendo un enfoque sistémico están más interesados en preservar la relación a toda costa que en la disolución de la relación y en la seguridad de la mujer víctima de violencia. El reto de una explicación sistémica de la VPI ha pasado a ser, por tanto, el de incorporar las nociones feministas sobre el papel del poder basado en el género sin renegar de los principios epistemológicos que guían la comprensión sistémica de los problemas y las psicopatologías que surgen en las relaciones de pareja y familiares (George and Stith 2014). Desde entonces, pese a las críticas persistentes desde la perspectiva feminista radical, en las últimas décadas se han desarrollado varios modelos sistémicos de intervención en la violencia en la pareja íntima, basados en particular en la terapia de pareja conjunta (Cooper and Vetere 2008; Slootmaeckers and Migerode 2020; Stith et al. 2011; Stith et al. 2020). Estos modelos intentan combinar los supuestos feministas sobre el papel de las desigualdades de poder basadas en el género en la VPI con un marco sistémico que incorpora constructos basados en el apego o conductuales para explicar la génesis de la violencia en las relaciones de pareja.

4.2. El modelo de Goldner de la violencia masculina en las relaciones íntimas: una explicación multinivel

Como intentaremos poner de relieve, entre esos modelos sistémicos, Goldner (1998, 1999); Goldner et al. (1990) es la autora que propuso una interpretación del fenómeno de la VPI especialmente apta para combinar los supuestos teóricos del enfoque sistémico antes mencionados con la perspectiva feminista, por un lado, y con la perspectiva basada en el apego, por otro. Intentaremos mostrar cómo el modelo de Goldner puede ofrecer valiosas aportaciones para integrar sus respectivos marcos de referencia clave: el poder y el amor.

En primer lugar, conviene subrayar que la perspectiva de Goldner parece ser expresión de las distintas almas que han sido históricamente constitutivas del modelo sistémico y del potencial, propio del pensamiento sistémico, de combinar distintos marcos conceptuales y niveles explicativos en una visión múltiple y compleja. En efecto, el modelo de Goldner consta de los cuatro puntos de observación del fenómeno siguientes: el psicodinámico, el social, el sociopolítico y el sistémico-interactivo en sentido estricto. El punto de vista psicodinámico se ocupa de la indagación de las ideas, las creencias y, más profundamente, las representaciones internas de uno mismo y de los demás, que a menudo son totalmente implícitas; sin embargo, cuando se explicitan, dan cuenta de las premisas que subyacen al fuerte apego en las parejas caracterizadas por la VPI. El punto de vista del aprendizaje social muestra cómo los hombres violentos con su pareja y las mujeres que sufren la violencia de su pareja han sido socializados, sobre la base de premisas culturales precisas, en roles de género específicos, que luego se representan en la relación de pareja. El punto de vista sociopolítico permite poner de relieve las diferencias de poder entre hombres y mujeres, incluidos el sentido subjetivo de privilegio y el derecho de los hombres a dominar a las mujeres, y la convicción subjetiva de las mujeres de que deben servir a los hombres. Por último, el punto de vista sistémico-interactivo pone de relieve el papel de los bucles de retroalimentación positiva, que son la «causa» inmediata de las escaladas que conducen a la violencia, así como todas las relaciones de doble vínculo entre la pareja, las familias extensas y los contextos asistenciales, que contribuyen a mantener el problema. Consideremos, pues, algunos aspectos del modelo de Goldner que, a través de la interacción entre los puntos de vista mencionados, profundizan en la interconexión entre las dinámicas de poder basadas en el género y las dinámicas emocionales ligadas al amor en la VPI.

El primer aspecto de particular interés es el énfasis de Goldner en las prescripciones de género que sostienen las premisas relacionales del hombre violento con su pareja y, correlativamente, de la mujer que tiende a quedar atrapada en una relación en la que es víctima de violencia. A efectos de nuestro análisis, podríamos asimilar el concepto de premisas relacionales al de estilos de apego adulto. En el modelo propuesto por Goldner, tanto el estilo de apego del hombre maltratador como el de la mujer que sufre su violencia están ligados a premisas interiorizadas relativas al mantenimiento de un sentido de valor personal. Esto es coherente con la perspectiva del apego: para mantener un sentido de seguridad en la relación, es preciso percibirse como digno de amor y, por tanto, capaz de mantener un vínculo de apego con la pareja. Sin embargo, esto está sujeto a ciertas condiciones, ligadas al propio sentido de valor personal. Según Goldner, el sentido de valor personal está a su vez relacionado con la capacidad de ajustarse a las prescripciones de género, como «soy digno o digna de amor si me comporto como un hombre de verdad/una mujer de verdad». Además, estas prescripciones son diferentes, y tienden a ser opuestas y complementarias, para hombres y mujeres. De los hombres se espera que sean duros, dominantes e invulnerables; de las mujeres, en cambio, que sean dulces, sumisas, frágiles y abnegadas. Se considera que estas prescripciones se transmiten a través de modelos culturales, lo cual concuerda con la perspectiva feminista sobre la violencia íntima. Además, según Goldner, se aprenden y se encarnan directamente no solo en la relación de apego con cada progenitor, sino también a través de la posición que ocupa el niño o la niña dentro de la relación entre los progenitores, caracterizada a su vez por una combinación específica de dinámicas ligadas al apego y dinámicas de poder. Esto es especialmente cierto cuando la relación entre los progenitores está también fuertemente marcada por el dominio y, posiblemente, la violencia del padre sobre la madre. Ilustremos este punto con más detalle.

4.3. Las vertientes masculina y femenina de la pareja: premisas de género complementarias y psicodinámica individual

En cuanto a la vertiente masculina, el sentido de valor personal parece anclado en las mencionadas premisas socioculturales de género relativas a la masculinidad, en particular en la exigencia de que los hombres sean más fuertes que las mujeres y de que nunca se muestren débiles, tristes o asustados. Estas premisas no solo se adoptan de forma especialmente rígida en las familias de origen de los hombres que tienden a volverse violentos con sus parejas, sino que adquieren declinaciones específicas distintas en la relación de apego con el padre y con la madre. Por un lado, en la medida en que estos hombres, de niños, crecieron según el imperativo de ser «hombres» en los términos propuestos por la ideología de género masculina, para ser considerados dignos del amor de su padre tuvieron que negarse sus vulnerabilidades y la necesidad de conexión emocional con los demás en general y con esos mismos padres en particular. Esto, según Goldner, supuso sustituir una relación emocional real con el padre por una identificación con él, de la siguiente manera: en lugar de «estar con» el padre, «ser como» el padre. En el extremo, convertirse en un hombre al que su padre habría amado y respetado significaba volverse igual de violento. Por otro lado, el vínculo emocional de este hombre, de niño, con su propia madre (sometida y a menudo victimizada por el padre) dio lugar a una auténtica coalición madre-hijo contra el padre. Esto contribuyó, la mayoría de las veces de forma completamente inconsciente, a alimentar una configuración relacional triádica que reforzó en el futuro hombre maltratador los mismos valores y modelos de masculinidad violenta a los que debería haberse resistido. De hecho, aunque todavía necesitaba el cuidado y la protección de su madre y, por tanto, deseaba su cercanía, la madre a menudo llamaba al niño a actuar como su «hombrecito», para respaldar de forma creíble sus esfuerzos por oponerse al padre. De este modo, la madre transmitía el mensaje de que, para ser considerado digno de su amor, el hijo debía volverse tan fuerte e invulnerable como su padre maltratador, a fin de poder defenderla de él. Dicho de otro modo, hacía que su hijo se sintiera amado apreciando y valorando su fuerza y su independencia, pero por esa misma razón se sentía eximida de la tarea de proteger a su hijo de su padre, algo que de todos modos no habría podido hacer debido a su grado de victimización. De manera complementaria, el niño, al haber percibido las injusticias y los abusos que su madre sufría a manos de su padre, se sentía llamado a acudir en su ayuda. Sin embargo, al mismo tiempo temía que su vínculo y sus sentimientos de protección hacia su madre lo hicieran parecer femenino y «no lo bastante hombre» a los ojos de su padre; ansiaba la aprobación de su padre, una aprobación que solo podía mantenerse negando lo que estaba haciendo, es decir, ayudar a su madre.

Este complejo contexto de aprendizaje, basado en el conflicto entre la lealtad a la madre y la lealtad al padre, ayuda a explicar el ciclo de violencia y contrición en el que se implica el hombre maltratador con su pareja. Por un lado, permite comprender por qué, para el hombre, el aumento de la cercanía y la intimidad con su pareja puede resultar tan peligroso para su sentido de valor, desencadenando así la violencia. De hecho, cuando el hombre se experimenta como dependiente y necesitado de la protección de su pareja, le aterra no ser lo bastante diferente (necesitado de afecto, protección y ternura) de «su» mujer, y la violencia se convierte en un medio para reafirmar la diferencia de género y su poder masculino. Por otro lado, permite comprender también cómo las necesidades de autonomía de la mujer y el consiguiente aflojamiento del vínculo de intimidad representan otro contexto que puede desencadenar fácilmente la violencia en este tipo de hombre. En efecto, este hombre tiende a establecer un vínculo emocional con su mujer «protegiéndola»; en ello, es como si volviera a proponer su vínculo emocional con su propia madre, sumisa a su marido y a menudo victimizada por él. Sin embargo, por su propia naturaleza, este vínculo se pone en cuestión cada vez que su pareja muestra conductas independientes. Ello se debe a que, cuando la mujer expresa necesidades de autonomía, tiende a vivir la «protección» del hombre como controladora e intrusiva y a distanciarse. Según Goldner, en tales situaciones se quiebra la conformidad de las premisas relacionales del hombre y de su pareja con las prescripciones de género, según una relación de tipo «caballero y damisela», y se desata una lucha por el control. El hombre, momentáneamente «desenganchado» del vínculo romántico, apela al vínculo masculino que une simbólicamente al padre y al hijo y se fija el objetivo de reafirmar su «hombría» y someter la «feminidad» por todos los medios necesarios, incluida la violencia.

Pasando ahora a ilustrar brevemente la vertiente femenina de la relación entre el hombre propenso a recurrir a la violencia y su pareja, podemos ver que presenta características complementarias. De forma análoga a lo que se ha puesto de relieve respecto a la ideología de género masculina, las mujeres atrapadas en la relación con un hombre que ejerce violencia contra ellas parecen haber construido su sentido de valor personal ciñéndose estrictamente a las prescripciones de género relativas a la feminidad, en particular a la capacidad de formar y mantener relaciones y de prestar cuidado y asistencia a los demás. Muchas mujeres que sufren violencia por parte de su pareja relatan la sensación de no haber sido importantes en su familia de origen a menos que se dedicaran a las necesidades de los demás; además, refieren que sus intentos de autonomía o de separación eran calificados, en cambio, de destructivos. Asimismo, de forma análoga a la vertiente masculina, estas prescripciones se han aprendido en las relaciones con ambas figuras parentales, en contextos a menudo caracterizados por la violencia del padre contra la madre, donde esta última a menudo había consagrado por completo su identidad al imperativo de preservar las relaciones familiares, soportando todo tipo de abusos. En consecuencia, para estas mujeres, no abandonar a una pareja violenta con ellas representa la expresión del ideal femenino aprendido de sus madres según la siguiente ideología de género tradicional: mantener el vínculo, cuidar de la pareja e intentar curarlo, sea cual sea el coste personal que implique este objetivo. Además, como estas mujeres aprenden desde muy pronto que ser mujer significa ser capaz de sintonizar con las necesidades de los demás como condición para un modelo positivo de sí misma, su capacidad de empatía «de género» les proporciona un conocimiento subliminal de la frágil dependencia de su pareja. Esto significa a menudo que, si lo dejan, no pueden escapar a la sensación de estar traicionando la alianza de la pareja. Quedarse pese a la violencia sufrida protege a la mujer del sentimiento de culpa y del derrumbe de su autoestima que se derivarían de renunciar a su papel de cuidadora hacia su pareja.

4.4. El entrelazamiento del poder y el amor en la dinámica de pareja y el ciclo recursivo de la violencia

Hasta aquí hemos ilustrado las vertientes masculina y femenina de la pareja en la que es más probable que se produzca la violencia del hombre hacia su pareja, según el modelo de Goldner. Es decir, por un lado, hemos puesto de relieve las premisas relacionales que inclinan a un hombre a ejercer violencia contra su pareja y que desencadenan sus actos violentos en contextos relacionales activadores específicos; por otro, las premisas relacionales que hacen que la mujer se consagre a permanecer en la relación violenta y la llevan a excusar o justificar la violencia de su pareja, viéndola como una expresión de debilidad y dependencia. Ahora bien, ¿cómo encajan las vertientes masculina y femenina de la pareja para crear un circuito recursivo que hace de la violencia masculina hacia la pareja un fenómeno recurrente y que se perpetúa a sí mismo dentro de este tipo de relación íntima? Este es un punto menos desarrollado en la conceptualización de Goldner. No obstante, podemos esbozar un esquema de los bucles de retroalimentación que perpetúan la violencia masculina dentro de la pareja en el nivel de los patrones de interacción diádica. Este esquema es en parte análogo a los patrones diádicos puestos de relieve en la literatura basada en el apego, pero más complejo, porque describe un patrón diádico en el que las dinámicas de apego están estrechamente entrelazadas con las dinámicas de poder.

Como hemos visto, según Goldner, el hombre recurre a la violencia como afirmación de poder ante la indisponibilidad emocional temporal de la mujer o sus demandas de independencia y autonomía. Esto ocurre en parte para ocultar su propia vulnerabilidad y su sensación de impotencia; dicho de otro modo, disfraza la dependencia emocional que siente hacia su pareja de derecho a reafirmar su superioridad jerárquica masculina. En efecto, según las premisas fundamentales de una relación íntima, para este hombre ser amado significa ser cuidado y poder depender de su pareja. Sin embargo, si muestra abiertamente debilidad y dependencia, además de sentirse despojado de su propia imagen de masculinidad, se sentirá indigno del amor de su pareja. En consecuencia, debe transformar a toda costa su necesidad de ser cuidado por su pareja en la capacidad de ser obedecido, de asumir una posición dominante, para poder pensarse y sentirse de nuevo digno de su amor. Dicho de otro modo, debe transformar una petición de ayuda («necesito tu apoyo») en la emisión de una orden («tienes que satisfacer mis necesidades, así que haz lo que te digo»). Al fin y al cabo, podríamos sostener que es precisamente su adhesión rígida a las normas de género relativas al dominio masculino sobre las mujeres y a las exigencias de la masculinidad lo que llevó a este hombre a desarrollar un apego inseguro hacia su pareja. Esto es lo que lo ha vuelto frágil en su autosuficiencia compulsiva (que equivale a su incapacidad de recurrir a los demás en busca de apoyo) y dependiente de la capacidad de su pareja para anticipar sus necesidades no expresadas, hasta el punto de ser incapaz de pedir ayuda directamente. Por esta razón, no puede vivir la expresión abierta de su dependencia emocional respecto a su pareja como una condición que le permite beneficiarse de su apoyo sin menoscabar su sentido de valor personal. En cambio, la vive como una inferioridad degradante, percibida como inaceptable, que debe negarse mediante la violencia.

Cuando el hombre, al recurrir a la violencia, recupera una posición de dominio sobre su pareja, restablece su propia imagen positiva de sí mismo en referencia a las prescripciones de género relativas a la masculinidad. Sin embargo, se enfrenta a las consecuencias relacionales de sus actos, es decir, al hecho de que su conducta violenta aleja emocionalmente a su pareja. Al recuperar su imagen de sí mismo como un verdadero hombre, pone en peligro la conexión emocional con su pareja y debe, por tanto, actuar mediante muestras de arrepentimiento y contrición. Ahora puede lamentar la pérdida del vínculo con su pareja y suplicarle que lo perdone, porque ha negado subjetivamente su dependencia emocional, ha restablecido su propio sentido de valor masculino y ya no se percibe en una posición de inferioridad degradante (le suplica que lo perdone por haber demostrado, mediante la violencia, que él es quien domina).

El ciclo de violencia resultante se autoalimenta porque, por un lado, la mujer que soporta la violencia no puede renunciar a su papel de cuidado abnegado ante la vulnerabilidad de su pareja, que se muestra arrepentido y contrito tras un nuevo estallido de violencia. Ello supondría demoler el pilar sobre el que descansan tanto su capacidad de ser amada como pareja como su sentido de valor personal como mujer. Por otro lado, una vez reconciliada con la pareja arrepentida, no puede renunciar a esperar de él y a volver a pedirle que reconozca y apoye su aspiración a la autonomía y a la autodeterminación (una forma de afirmación de poder) como premisa fundamental de su relación amorosa. Renunciar a ello significaría tener que admitir que su pareja ya no es digno de ser amado ni considerado un alma gemela, y la relación quedaría desprovista de todo sentido amoroso. De hecho, la mujer eligió a su pareja precisamente porque lo creía capaz de reconocer, respetar y apoyar su derecho y su aspiración a la autonomía y a la autodeterminación, a diferencia de lo que ocurría en su familia de origen. En efecto, como se ha mencionado, la premisa fundamental de una relación amorosa se refiere a la satisfacción mutua de las necesidades emocionales. Dicho de otro modo, en la medida en que persiste el vínculo amoroso con su pareja, la mujer no puede conformarse con independizarse de él sin más (es decir, con abandonar sin más la relación tras un nuevo episodio de violencia, suponiendo que disponga de los medios materiales para hacerlo). Antes bien, anhela que su pareja reconozca su derecho a ser autónoma y a autodeterminarse dentro de la relación, y también por esta razón se empeña en quedarse. Así, todo el ciclo está destinado a repetirse. Por tanto, también en este nivel de interacción sistémica podemos apreciar el entrelazamiento de dinámicas de poder y dinámicas amorosas implícito en el modelo de Goldner.

5. Conclusiones: la necesidad de un marco explicativo de «poder y amor» para la VPI

Como hemos intentado argumentar, el debate en curso sobre el género en la violencia doméstica, que gira en torno a la oposición entre posiciones basadas en el género y posiciones neutras respecto al género, puede comprenderse y reformularse de manera más útil centrándose en los distintos constructos clave que subyacen a los dos principales marcos teóricos correspondientes sobre la VPI: concretamente, el poder basado en el género, en relación con la perspectiva feminista, frente a las dinámicas emocionales ligadas al amor, en relación con la perspectiva basada en el apego.

Según la perspectiva feminista, que encarna una posición basada en el género sobre la VPI, la violencia en las parejas heterosexuales es esencialmente una cuestión de hombres que ejercen violencia contra sus parejas mujeres. La violencia masculina se considera una consecuencia directa de las desigualdades de poder entre hombres y mujeres y del privilegio masculino en el plano social, que se traduce linealmente en la motivación del hombre por dominar a su pareja por cualquier medio, incluida la violencia. Por tanto, lo que importa para explicar la VPI es el poder basado en el género, arraigado en las desigualdades estructurales de poder entre hombres y mujeres y en la ideología de género que las justifica y perpetúa, y que se manifiesta sobre todo en las técnicas de control coercitivo que los hombres maltratadores ejercen sobre sus parejas para obtener y mantener el dominio sobre ellas. También se reconoce la violencia en las relaciones entre personas del mismo sexo, y ha habido contribuciones que ofrecen una lectura convincente de ella desde un punto de vista feminista, como los trabajos de Donovan y Hester (2010, 2014). Quizá porque se apartan del enfoque tradicional centrado en las relaciones heterosexuales, estas contribuciones constituyen un raro ejemplo de teorización feminista sobre la VPI en el que el papel del amor se considera con cierta profundidad. Sin embargo, también aquí el marco explicativo clave para comprender la violencia sigue centrado en el poder, ya que las «prácticas del amor» se consideran ante todo una herramienta discursiva que el agresor puede utilizar estratégicamente para manipular a la pareja, infundiéndole sentimientos de culpa y de obligación a fin de perpetuar el control y el abuso. En conjunto, en el marco teórico feminista parece haber poco espacio para el amor y las dinámicas ligadas al amor como conceptos explicativos de la génesis de la violencia en las relaciones íntimas.

Según la perspectiva basada en el apego, que adopta una posición neutra respecto al género sobre la VPI, la violencia está causada por dinámicas disfuncionales ligadas al amor, desconectadas del poder marcado por el género y centradas en el apego romántico y la interdependencia emocional. En particular, la violencia se considera una consecuencia del apego inseguro de una persona hacia su pareja y se conceptualiza como una reacción disfuncional ante una amenaza percibida tanto para el vínculo amoroso como para el sentido de autonomía personal dentro de la relación íntima. Según la perspectiva basada en el apego, por tanto, para explicar la violencia interpersonal lo que importa es el amor, la intensidad del vínculo emocional de apego con la pareja romántica, que hace a las personas especialmente vulnerables a que la pareja no satisfaga sus necesidades emocionales, desencadenando reacciones que pueden desembocar en violencia. Esto es particularmente cierto para las personas que, a partir de sus experiencias inadecuadas con sus figuras de cuidado a lo largo de su historia de apego, han desarrollado estilos de apego adulto inseguros, basados en expectativas negativas sobre su capacidad de ser amadas o sobre la fiabilidad de su pareja en las relaciones íntimas. El papel de las desigualdades de poder basadas en el género entre los miembros de la pareja romántica y las dinámicas de poder resultantes queda casi totalmente desatendido en la explicación de la violencia en las relaciones íntimas desde un marco teórico basado en el apego.

El modelo de Goldner, arraigado en un enfoque sistémico de la violencia íntima, ofrece algunas aportaciones esclarecedoras para poner en diálogo las dos perspectivas opuestas (feminista frente a basada en el apego). Este objetivo puede alcanzarse mediante una visión sistémica que procure integrar sus respectivos conceptos clave en un marco explicativo más complejo de «poder y amor». Es la combinación del poder y el amor como constructos explicativos lo que puede permitirnos explicar con mayor precisión la génesis de la violencia masculina en las relaciones íntimas. Por un lado, la violencia es un fenómeno intrínsecamente ligado al poder, ya que es a la vez una de sus posibles manifestaciones y una forma de alcanzarlo y conservarlo. Por otro lado, se supone que las relaciones íntimas se basan en el amor y en las dinámicas emocionales asociadas. Por consiguiente, la violencia en las relaciones íntimas puede comprenderse mejor estudiando cómo se entrecruzan las dinámicas de poder con las dinámicas ligadas al amor.

Esto implica comprender cómo las dinámicas de poder basadas en el género, que definen socialmente la relación entre hombres y mujeres en términos de dominio y subordinación, se ven modificadas por la presencia de dinámicas ligadas al amor que configuran la relación entre los miembros de una pareja íntima en términos de satisfacción mutua de las necesidades emocionales. A la inversa, deberíamos intentar comprender también cómo esas dinámicas ligadas al amor se ven modificadas por las dinámicas de poder, puesto que cada miembro de la pareja participa en la relación con recursos diferentes marcados por el género y con expectativas específicas respecto a la relación jerárquica entre los géneros. Más precisamente, para explicar la violencia íntima, por un lado, no podemos ignorar el papel que desempeñan las desigualdades de poder entre los miembros de la pareja y la adhesión rígida a prescripciones de género que instauran una dinámica de dominio y subordinación basada en el género. Por otro lado, debemos considerar también la intensidad del vínculo de apego propio de una relación íntima, que produce una fuerte interdependencia emocional entre los miembros de la pareja. Es la combinación de estos dos conjuntos de premisas relacionales lo que constituye el terreno más propicio para la aparición y la perpetuación de la violencia masculina hacia la pareja en las relaciones íntimas heterosexuales.

Intentemos ilustrar mejor las diferencias entre estos marcos explicativos mediante un breve ejemplo de un episodio en el que un hombre ejerce violencia contra su pareja. Para simplificar, nos centraremos únicamente en el nivel intrapersonal, es decir, en la explicación de la conducta del agresor. Imaginemos una situación en la que un hombre vuelve a casa del trabajo y la cena aún no está lista porque su pareja salió con unas amigas y volvió tarde; él reacciona insultándola y dándole una bofetada.

Desde una perspectiva feminista, esta situación podría interpretarse como una manifestación típica de violencia de género, arraigada en el derecho que el hombre se atribuye a ser servido y antepuesto por su pareja y a tener jurisdicción sobre su autonomía personal. Este hombre podría pensar: «Mi pareja no me respeta, no se pone a mi servicio, descuida sus obligaciones, se toma demasiadas libertades: merece que la castiguen y que la vuelvan a poner en su sitio». La violencia se considera un acto instrumental para castigar una transgresión o una insubordinación, imponer la obediencia futura y reafirmar el dominio masculino dentro de la relación.

En cambio, desde una perspectiva basada en el apego, la misma situación podría atribuirse al estilo de apego inseguro del hombre, que lo lleva a percibir el incidente como un signo de falta de amor y de entrega por parte de su pareja y como una amenaza para el vínculo de apego. Este hombre podría pensar: «No le importo, no me demuestra cariño. En realidad no me quiere». La violencia se considera un acto expresivo de protesta, una reacción a una herida emocional, una forma intrínsecamente disfuncional de buscar tranquilidad y de intentar reafirmar y reforzar el vínculo emocional que se ha puesto en cuestión.

Desde una perspectiva integrada de «poder y amor», las dos explicaciones alternativas (feminista frente a basada en el apego) no se consideran incompatibles, sino incompletas y complementarias, porque cada una solo es capaz de captar una parte de una dinámica más compleja (en este caso, intrapersonal).

La explicación feminista basada en el poder parece ciega, en este ejemplo, a la posible existencia de dinámicas emocionales subyacentes, e incapaz de explicarlas porque las excluye a priori de su marco explicativo. La explicación solo tiene sentido si supone que la única preocupación de este hombre es encontrar la cena lista y, por extensión, obtener los servicios y la obediencia de su pareja, cuyo papel se vuelve indistinguible del de una sirvienta. Sin embargo, esta equiparación entre una pareja y una sirvienta elimina por completo la complejidad emocional de la relación íntima. En efecto, a diferencia de la exigencia de ser servido, la necesidad de sentirse amado puede implicar la expectativa de ser cuidado e incluso venerado por la pareja, pero solo si esto ocurre de forma voluntaria, no si se impone coercitivamente. La premisa relacional «eres una mujer/mi mujer y tienes que servirme» es muy diferente de la premisa relacional «eres mi pareja y, si me quieres, deberías cuidar de mí».

A la inversa, la explicación basada en el apego parece ciega a las dinámicas de poder de género y, por tanto, incapaz de explicar de forma convincente el paso de la inseguridad sobre el afecto y el compromiso de la pareja a la violencia contra ella. En efecto, mientras que la primera implicaría una necesidad de tranquilidad y una búsqueda de cercanía, la violencia es una conducta sumamente aversiva, que probablemente suscite reacciones de hostilidad y desapego capaces de alejar aún más a la pareja. El marco basado en el apego no logra explicar por qué la violencia, que por definición es una afirmación de poder coercitivo, es seleccionada específicamente entre las respuestas posibles a una conducta de la pareja que suscita inseguridad y preocupación por la estabilidad del vínculo romántico.

Según un marco explicativo integrado de «poder y amor», el hombre del ejemplo actúa a la vez guiado por las prescripciones de género relativas al dominio del hombre sobre la mujer e impulsado por sus propias necesidades de ser amado y cuidado y por su propia inseguridad de apego hacia su pareja. En la medida en que este hombre ha sido socializado según prescripciones de género rígidas, por un lado, se siente con derecho a ocupar una posición de superioridad sobre su pareja; por otro, se ve llamado a ajustarse a un ideal de masculinidad caracterizado por la fuerza, la independencia y la invulnerabilidad emocional. Al mismo tiempo, en la medida en que el vínculo emocional con su pareja es importante para él, este hombre puede experimentar de verdad una sensación de amenaza para la estabilidad de la relación, capaz de suscitar sentimientos de miedo al abandono y de poner en evidencia su dependencia emocional. La combinación de estas premisas relacionales hace que el hombre viva su dependencia emocional (acentuada por la indisponibilidad de su pareja en el episodio) como incompatible con el mantenimiento de una imagen adecuada de masculinidad.

En consecuencia, se ve llevado a negar mediante la violencia (una demostración de poder) los sentimientos de impotencia y vulnerabilidad suscitados por la percepción de su dependencia emocional, que la conducta desatenta de su pareja ha hecho aflorar. Lo consigue transformando una cuestión de necesidad de afecto desatendida en una cuestión de insubordinación, una cuestión de amor en una cuestión de poder. Por estas razones, para este hombre la violencia parece una opción más viable que una reacción basada en el reconocimiento abierto de su dependencia emocional respecto a su pareja. Mediante el uso de la violencia, este hombre logra recuperar su imagen de masculinidad (y con ella, parte de su seguridad emocional) apelando al privilegio masculino de obtener deferencia y obediencia de su pareja. Al mismo tiempo, intenta restablecer una sensación de estabilidad en la relación mediante un modo unilateral de control, incapaz de lograrlo a través de aquellos medios (p. ej., expresar sus miedos y pedir que lo tranquilicen) que le permitirían restaurar un sentimiento genuino de confianza hacia su pareja. Este patrón de respuesta, si se adopta de manera repetida, puede sentar las bases de un círculo vicioso en el que, para este hombre, el control coercitivo de la pareja se convierte progresivamente en la única opción para mantener un precario sentido de seguridad en la relación.

En conclusión, el análisis del modelo sistémico multinivel de Goldner nos permite extraer varios puntos clave para la construcción de un marco explicativo integrado de «poder y amor» de la violencia íntima, a saber:

Es necesario considerar simultáneamente el poder y el amor, las dinámicas de poder centradas en el dominio jerárquico y las dinámicas amorosas centradas en la interdependencia emocional dentro de una relación íntima.

Estas dinámicas se combinan según patrones interactivos complejos que remiten tanto a la relación actual entre el hombre violento y su pareja como a los contextos históricos de aprendizaje de las relaciones de apego de ambos miembros de la pareja con sus respectivas figuras parentales.

Un supuesto importante relacionado con lo anterior es que estas relaciones de apego infantiles deberían conceptualizarse como insertas en una matriz de significados sociales marcados por el género y como portadoras de una dimensión de poder de género, de modo que la capacidad de la criatura de ser amada se determina de manera diferente según su posición respecto a los atributos ligados al poder (entre otros), dependiendo de si es niño o niña.

En consecuencia, los patrones de apego romántico de cada miembro de una pareja heterosexual caracterizada por la violencia masculina están también fuertemente marcados por el género y estrechamente ligados a la dimensión del poder. Están impregnados de prescripciones de género complementarias que son condiciones previas para el sentido de valor personal y para la capacidad de ser amado o amada como pareja íntima, sobre la base de la posición propia y ajena en una jerarquía de poder marcada por el género.

Esto se traduce en una configuración de género de supuestos, necesidades y expectativas complementarias entre los miembros de la pareja, que produce vínculos complejos y potencialmente paradójicos entre las jerarquías de dominio marcadas por el género y la interdependencia emocional en las relaciones íntimas.

Ello, a su vez, prepara el terreno para las complejas dinámicas de pareja y los ciclos interactivos que se refuerzan a sí mismos, en los que se basan la génesis y la perpetuación de la violencia masculina dentro de la relación.

6. Advertencias y limitaciones

En primer lugar, conviene subrayar algunas advertencias respecto al marco explicativo de «poder y amor» propuesto. La primera aclaración necesaria se refiere a la posibilidad de malinterpretar el énfasis en las dinámicas ligadas al amor, junto a las dinámicas de poder, como si implicara una reducción de la responsabilidad del autor de la violencia. Esto podría sugerir erróneamente que la presencia de dinámicas derivadas de la insatisfacción de las necesidades emocionales del agresor hace su recurso a la violencia más excusable o más comprensible, o atenúa su inaceptabilidad o su gravedad, o incluso que atribuye a la víctima la responsabilidad de haber desencadenado de algún modo la violencia al no satisfacer las necesidades emocionales del agresor, en comparación con pensar que la violencia deriva únicamente del deseo del agresor de dominar a su pareja.

A este respecto, es importante subrayar que las dinámicas de poder basadas en el género y las dinámicas emocionales ligadas al amor no deben entenderse como dos vías causales alternativas y equivalentes que conducen a la violencia. En efecto, consideramos que el constructo de poder es indispensable para definir la violencia: la violencia es siempre una cuestión de poder, y la afirmación de poder es siempre el eslabón más próximo de la cadena causal que conduce a la violencia. Además, el papel del poder basado en el género es absolutamente esencial para dar cuenta de las tasas desproporcionadamente más elevadas de victimización de las mujeres por parte de sus parejas masculinas en las relaciones íntimas. No obstante, como hemos intentado argumentar, las dinámicas motivacionales subyacentes más distales pueden ser múltiples y complejas.

Es fundamental afirmar que la violencia, la coerción y el control deben considerarse siempre formas inaceptables de ejercer el poder, nunca manifestaciones de amor, por disfuncional que sea. Esto es así incluso cuando surgen de dinámicas emocionales ligadas a la interdependencia y a necesidades de apego no satisfechas, y no únicamente de dinámicas de poder orientadas a reafirmar una superioridad jerárquica masculina. Del mismo modo, afirmar que la violencia también puede surgir de dinámicas ligadas al amor no implica en modo alguno que dicha violencia sea más tolerable o menos reprochable que la violencia basada únicamente en el poder, como si el amor fuera intrínsecamente «bueno» y el poder intrínsecamente «malo». El privilegio masculino y el sentimiento de tener derecho pueden manifestarse en la exigencia sumamente egocéntrica y no recíproca de un hombre maltratador de ser «amado» y cuidado por su pareja, más que en la exigencia de ser servido y obedecido por el mero hecho de serlo. Esto no disminuye en modo alguno la inaceptabilidad de la violencia ni atenúa la responsabilidad de los hombres que la cometen, pero sin duda puede cambiar y complicar de manera significativa la experiencia subjetiva y el significado de la violencia tanto para el agresor como para la víctima o superviviente.

Además, conviene hacer algunas consideraciones sobre los límites de la integración conceptual propuesta y sus posibles ampliaciones. Como hemos visto, las contribuciones de Goldner sobre la violencia en las relaciones íntimas se centran en parejas en las que es el hombre quien ejerce violencia contra su pareja mujer. Hoy en día, aunque la violencia masculina contra las mujeres sigue siendo el problema social más llamativo, existe una conciencia consolidada de que la VPI es un fenómeno más complejo, heterogéneo y multifacético, que incluye otras configuraciones tanto en lo que respecta al género como a los roles de agresor y víctima. En consecuencia, los contextos de aprendizaje y las dinámicas interactivas descritos por Goldner pueden ser distintos en otros tipos de relaciones de pareja violentas, por ejemplo, en parejas del mismo sexo (Rollè et al. 2018), o cuando la violencia es recíproca (Bates 2016; Machado et al. 2024) o la ejerce principalmente la mujer contra su pareja hombre (Scott-Storey et al. 2023). Del mismo modo, es importante subrayar una limitación adicional del presente análisis conceptual en lo que respecta al nivel cultural: a saber, el hecho de que las parejas a partir de las cuales Goldner desarrolló su modelo pertenecían a un contexto cultural específico, que podríamos identificar a grandes rasgos con la sociedad estadounidense de finales del siglo XX. Por tanto, las dinámicas que hemos esbozado podrían experimentar transformaciones significativas en parejas pertenecientes a otras culturas, tanto en lo que respecta a los distintos modelos culturales de relaciones de poder entre hombres y mujeres (p. ej., Ozaki and Otis 2016) como a las distintas concepciones culturales del amor romántico y de la intimidad (p. ej., Karandashev 2016).

Nos inclinamos a pensar que un marco explicativo integrado de «poder y amor» derivado del modelo de Goldner, basado en la interconexión entre las dinámicas de poder marcadas por el género y las dinámicas emocionales ligadas al amor en la génesis de la VPI, puede conservar su validez y su utilidad incluso fuera de las relaciones heterosexuales caracterizadas por la violencia masculina, o en parejas pertenecientes a contextos culturales diferentes. Sin embargo, sería evidentemente necesario reformular algunas hipótesis respecto a la especificidad del modelo de Goldner para adaptarlas a configuraciones relacionales y culturales diferentes, y esta operación requiere sin duda un grado considerable de elaboración conceptual e investigación empírica adicionales.

Complexe Systémique: puntos clave

El interés del artículo está en superar un falso dilema que todavía divide a los equipos: o se habla de dominación masculina y se desconfía de todo trabajo sobre el vínculo, o se habla de apego y se pierden de vista el género y el poder. El modelo de Goldner, releído aquí, sostiene ambas cosas a la vez. En el hombre violento, la necesidad de ser cuidado, aprendida como una debilidad que hay que repudiar, se convierte en exigencia de obediencia; en su pareja, el papel de cuidado abnegado y la esperanza de ser reconocida en su autonomía mantienen el ciclo. Para la práctica sistémica, esta lectura circular nunca supone un reparto de la culpa: la autoría insiste en que la violencia es siempre una cuestión de poder y en que la responsabilidad permanece íntegra. Pero ayuda a los equipos clínicos a escuchar la dependencia que la violencia oculta y a trabajar sobre las prescripciones de género heredadas de las familias de origen. Los límites se reconocen: un texto teórico, sin datos, centrado en la violencia masculina en parejas heterosexuales estadounidenses de finales del siglo XX. Puede leerse junto con el artículo sobre la terapia de pareja centrada en la violencia y el artículo sobre los mecanismos del control coercitivo.

Notas del original

Contribuciones de la autoría. Ambas personas firmantes contribuyeron por igual a la conceptualización del manuscrito, a la redacción de los borradores y a la edición y revisión de los borradores posteriores. Toda la autoría ha leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.

Financiación. Esta investigación no recibió financiación externa.

Declaración del comité de ética institucional. No aplicable.

Declaración de consentimiento informado. No aplicable.

Conflictos de intereses. La autoría declara no tener conflictos de intereses.

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Traducción no oficial al español de Power and Love in Intimate Partner Violence Theories: A Conceptual Integration, de Roberta Di Pasquale y Andrea Rivolta, publicado en Social Sciences, vol. 15, no 1, 45 (2026), doi: 10.3390/socsci15010045, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Power and Love in Intimate Partner Violence Theories: A Conceptual Integration», publicado en Social Sciences (2026) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Di Pasquale, R., et Rivolta, A. (2026). Power and Love in Intimate Partner Violence Theories: A Conceptual Integration. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/power-and-love-in-intimate-partner-violence-theories-a-conceptual-integration (Obra original publicada en 2026 en Social Sciences, 15(1), 45 (2026); republicada en 2026 por Social Sciences, https://www.mdpi.com/2076-0760/15/1/45)

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