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Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Family Therapy · Parejas

Reflexiones sobre los retos de comprender las diferencias raciales, culturales y sexuales en la investigación sobre las relaciones de pareja

¿Hace falta compartir la cultura, el color de piel o la orientación sexual de una pareja para comprenderla bien? A partir del gran estudio británico Enduring love?, Jacqui Gabb y Reenee Singh releen sus notas de campo. Una pareja de lesbianas que desconcierta a la investigadora más próxima a ellas culturalmente, una pareja guyaratí cuyos mapas de emociones nunca muestran a los cónyuges a solas: la correspondencia no basta, y la noción misma de pareja se tambalea.

Autoría Jacqui Gabb (profesora titular de Política Social, Department of Social Policy and Criminology, The Open University, Milton Keynes, Reino Unido); Reenee Singh (psicoterapeuta sistémica familiar)Primera publicación Journal of Family Therapy, 8 de mayo de 2014Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Reflections on the challenges of understanding racial, cultural and sexual differences in couple relationship research, de Jacqui Gabb y Reenee Singh, publicado en Journal of Family Therapy (Wiley) (2015), doi: 10.1111/1467-6427.12044, bajo licencia CC BY 3.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Los puntos para la práctica figuran en el recuadro del resumen. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

La semejanza y la diferencia son complejas, cambiantes, interseccionales y siempre relacionales.

Jacqui Gabb y Reenee Singh

Resumen

En el campo de la psicoterapia sistémica ha habido recientemente un gran interés por los ámbitos de la cultura y la reflexividad, así como por el trabajo con parejas. En este artículo reflexionamos sobre el proceso de llevar a cabo investigaciones en estos ámbitos. A partir de los resultados de un amplio estudio empírico nacional de métodos mixtos sobre las relaciones de larga duración, utilizamos dos ejemplos extraídos de los datos para ilustrar la complejidad de investigar atravesando diferencias raciales, culturales y sexuales, en lo que respecta al diseño de la investigación y el muestreo, al trabajo de campo y la práctica investigadora, y a la interpretación de datos multidimensionales. Señalamos resultados que sugieren que las nociones de lo conyugal están construidas culturalmente y que, por tanto, cuestionan las ideas simples de la díada de pareja procreadora y sexualmente activa, separada de las familias extensas intergeneracionales. Se discute la relevancia clínica de los resultados tanto para las parejas y familias lesbianas, gais, bisexuales o queer como para las parejas y familias culturalmente diversas.

Puntos para la práctica

  • La correspondencia cultural o racial no es condición suficiente para la vinculación y la empatía con las parejas y las familias.
  • La reflexividad crítica sobre la semejanza y la diferencia es esencial en la práctica sistémica intercultural.
  • «La pareja» y su distancia respecto de la familia extensa pueden definirse de manera distinta según las culturas.
  • Una de las herramientas de investigación utilizadas en este proyecto, el mapa de emociones, parece tener utilidad en la práctica clínica con parejas y familias.

Palabras clave: investigación cualitativa; psicoterapia sistémica; reflexividad; diferencias raciales y culturales; sexualidad; relaciones de pareja

Introducción

La idea de reflexividad ocupa un lugar central tanto en la investigación cualitativa psicosocial como en la práctica sistémica intercultural. En su libro reciente, Krause (2012) traza la historia de la reflexividad en la psicoterapia sistémica y el lugar de la reflexividad en el trabajo clínico intercultural. Cuando se trabaja entre culturas, las y los profesionales corren el riesgo de suponer que sus ideas, dadas por sentadas, sobre la identidad personal y el parentesco son universales (Krause, 1998; Singh, 2009). La investigación intercultural quizá ofrezca las mayores oportunidades de reflexividad: cada diferencia y cada semejanza entre nosotras y las personas que participan en nuestra investigación nos invita a reflexionar sobre nuestras conexiones con lo que conocemos, y sobre nuestros alejamientos de ello, desde nuestros propios puntos de vista culturales. Tener en cuenta la sexualidad (del mismo sexo, bisexual y queer) y su contexto dentro de las concepciones heteronormativas dominantes de la vida íntima y de las relaciones amorosas, o en oposición a ellas, exige igualmente a quien investiga y a quien ejerce la clínica hacer balance, volver a pensar y cuestionar los supuestos dados por sentados.

¿Dónde empieza este recorrido? Para nosotras, las autoras de este artículo, empezó con la decisión de trabajar juntas, a causa de nuestras diferencias de raza, cultura y orientación sexual, o a pesar de ellas, y de las distintas posiciones entre investigación y práctica profesional que ocupamos. La ocasión fue un proyecto de investigación titulado «Enduring love? Couple relationships in the 21st century», realizado a lo largo de dos años (2011–2013) y financiado por el Economic and Social Research Council (RES-062–23–3056). Este estudio psicosocial pretendía indagar qué ayuda a las parejas a seguir juntas y cómo trabajan para sostener su relación. Junto a una amplia encuesta en línea (N = 5445), se entrevistó a 50 parejas mediante una serie de métodos cualitativos concebidos para explorar su experiencia vivida cotidiana. La muestra cualitativa estaba compuesta por personas blancas del Reino Unido (n = 76) y por personas negras y de minorías étnicas (BME) (n = 24); dos tercios de las personas participantes se identificaban como heterosexuales (n = 66) y un tercio como lesbianas, gais, bisexuales o queer (LGBQ) (n = 34). El equipo de investigación estaba formado por dos investigadoras principales y varias personas consultoras en investigación. La composición diversa de nuestro equipo era intencionada: buscaba favorecer una atención crítica a la diversidad de las parejas en todas las etapas del proceso de investigación, incluida la experiencia de la «raza», la cultura, la clase, la generación y la orientación sexual.

A lo largo de nuestro trabajo en común, recordamos una y otra vez que la semejanza y la diferencia entre quien investiga y quien participa se construyen de nuevo en cada encuentro de investigación, y que en cada ocasión pasan a primer plano aspectos distintos de la diferencia (y de la semejanza). Ello puso de relieve hasta qué punto las ideas de correspondencia entre investigadora y participante, por bienintencionadas que sean, resultan inevitablemente problemáticas, ya que se basan en supuestos de homogeneidad de los grupos de la muestra. Un aspecto llamativo que surgió de nuestros datos y de nuestra práctica investigadora fue cómo la diversidad de las parejas dentro de determinados grupos raciales, culturales o sexuales cuestionaba los constructos dados por sentados de lo conyugal.

En este artículo reflexionamos sobre cómo se entienden las diferencias y las semejanzas (en la investigación y en la práctica clínica) y sobre el papel de quien investiga o ejerce la clínica en contextos racializados. Comenzamos presentando el estudio: sus objetivos, preguntas, metodología y diseño. Revisamos la bibliografía sobre la correspondencia racial y étnica en la investigación y las dificultades para definir el término «asiático». Nos apoyamos en los resultados del estudio para ilustrar cómo entendimos y utilizamos las diferencias raciales, culturales y sexuales entre investigadora y participante, así como las diferencias en nuestros resultados. El artículo se dirige, por tanto, tanto a profesionales de la psicoterapia sistémica como a quienes investigan sobre la familia y la pareja. Concluimos esbozando las implicaciones clínicas de nuestra experiencia investigadora y de nuestros resultados.

Enduring love? Couple relationships in the 21st century

Enduring love? fue una investigación empírica que examinó las formas en que el género, la generación y la parentalidad se inscriben en los significados y las prácticas en torno a la idea de pareja. Muchas investigaciones recientes de carácter político, académico y profesional se han centrado en los factores de estrés que pueden contribuir a la ruptura de la relación (Walker et al., 2010) y en el impacto negativo de la conflictividad conyugal y de la fragmentación familiar sobre la salud y el bienestar de hombres, mujeres, niñas y niños (Markham and Halford, 2005). Nuestra investigación se concibió para desplazar la atención hacia las cosas y las cualidades que ayudan a las personas a sostener sus relaciones. Con ello, nuestro objetivo era centrar la atención en las relaciones que perduran, entendidas a la vez como relaciones duraderas de calidad y como relaciones suficientemente buenas o soportadas. Aunque los resultados de nuestra amplia encuesta han alimentado nuestra reflexión, en este artículo nos basamos en los datos cualitativos.

Nuestras investigaciones anteriores sobre las relaciones familiares (Gabb, 2008, 2009) y la sexualidad (Gabb, 2012) han demostrado la utilidad de un enfoque cualitativo de métodos mixtos (QMM) para acceder a relatos de la vida emocional y de las prácticas relacionales cotidianas. Los métodos cualitativos empleados en este proyecto incluían diarios, mapas de emociones, entrevistas individuales y entrevistas de pareja con fotoelicitación. Estos datos se completaban con diarios de investigación y notas de campo, en los que además se inscribían. Los dos primeros métodos que realizaban las personas participantes eran los diarios y los mapas de emociones. Los mapas de emociones son una técnica gráfica desarrollada por la coautora Jacqui Gabb en su investigación sobre las relaciones familiares (Gabb, 2008), que genera datos sobre las geografías emocionales de las personas participantes y sus prácticas relacionales cotidianas, situadas en el entorno material, en este caso el hogar de la pareja (Gabb, 2009). Los mapas de emociones comienzan con un croquis del plano de la vivienda, que se traslada a un documento Word mediante Microsoft Draw u otro programa similar. A continuación se entrega una copia de este plano a cada participante, junto con un juego de pegatinas de emoticonos de colores que representan la risa, estar feliz o desconcertado, triste, disgustado, de mal humor o enfadado, y el amor o el afecto. Durante una semana, cada persona coloca una pegatina de emoticono en su plano cada vez que se produce algún tipo de interacción, utilizando colores distintos para designar a las distintas personas, como la propia persona participante, su pareja, sus hijas e hijos (si los hay), la familia, las amistades, los animales de compañía, etc.

Los diarios generan datos temporales sobre las rutinas cotidianas y ponen de relieve los «léxicos de pareja» internos que, de otro modo, permanecen en lo privado (Gabb, 2008). Así pasan a primer plano los repertorios y marcos de comprensión emocional que comparten la pareja o el grupo familiar, es decir, su discurso relacional interno. Se dan pautas claras sobre los tipos de experiencia que pueden describirse, incluido el tiempo pasado juntos, separados y con otras personas, y sobre cómo estas actividades les llevaban, o no, a pensar de algún modo en su relación. También se anima a las personas participantes a anotar cada día un buen momento y un momento difícil. La extensión y el formato de los diarios completados iban desde unas pocas páginas garabateadas hasta documentos extensos y bellamente ilustrados. Tanto los diarios como los datos de los mapas de emociones se utilizan después como recurso para facilitar la conversación sobre ejemplos vividos de la relación de pareja. Se realizaron entrevistas individuales abiertas para obtener información biográfica, en las que cada participante respondía a la misma pregunta única: Háblenos de su relación; ¿cómo funciona? Las entrevistas de pareja se centraban en una serie de collages concebidos para indagar en la gestión de las fronteras entre lo público y lo privado (Gabb, 2013) y en cómo se entrecruzan los significados culturales y la experiencia personal (Fink, 2008). Estos datos añaden otra dimensión a las entrevistas individuales ancladas en la biografía (Heaphy and Einarsdottir, 2013). En conjunto, las entrevistas producen datos comparativos sobre la experiencia generizada del matrimonio, «el de él» y «el de ella» (Hochschild, 1989).

La investigación psicosocial QMM se concibe para producir un relato situado y de rica textura sobre dónde, cuándo, cómo y por qué se viven las relaciones de pareja. Surgidos de los trabajos de posguerra del Tavistock Institute y desarrollados hasta las formas plurales que pueden observarse hoy (Walkerdine, 2008), los estudios psicosociales cuestionan qué constituye la verdad, el conocimiento y la subjetividad, y prestan atención a quien investiga como componente constitutivo de lo que sabemos y de cómo lo sabemos. Las notas de campo y el diario de investigación constituyen, por tanto, una dimensión crucial de una metodología psicosocial. Ofrecen a la vez un medio para explorar las cuestiones de contratransferencia (Hollway and Jefferson, 2000) y el impacto de quien investiga sobre el sujeto o el objeto de estudio. Las notas de campo ricas y personalmente reveladoras no se separan del análisis ni se limitan al contexto de la investigación: la subjetividad de quien investiga se examina como una rica fuente de evidencia (Thomson et al., 2012). La relación de investigación se reconoce como un espacio dinámico en el que los roles y las interacciones se desplazan entre las distintas personas participantes.

El enfoque QMM que empleamos suscitó una gran riqueza de datos densos y multidimensionales; sin embargo, el grado de franqueza variaba inevitablemente de una pareja a otra y de una persona a otra. A veces algunos relatos parecían empaquetados y ensayados, lo que quizá indicaba una defensa emocional o una sensación de cautela personal; otros eran desarmantemente abiertos. El nivel de revelación dependía a menudo de cada participante, pero en otras ocasiones parecían ser factores de género, generacionales y culturales los que determinaban lo que podía y no podía decirse. Así ocurría a menudo en lo relativo al sexo y la intimidad, algo que abordaremos en nuestra discusión. La mayoría de las personas participantes afirmaron que participar en el estudio había sido gratificante; de hecho, muchas aseguraron haber comprendido mejor algo de sí mismas o de su relación gracias al proceso de investigación. Algunas lo vivieron como algo parecido a una terapia de pareja y, en ese sentido, la participación funcionó como un punto de intervención positivo. Sin embargo, en ningún momento el equipo de investigación ofreció consejos ni realizó una intervención directiva en la relación de pareja.

Estrategias de muestreo: mezclar y emparejar

La muestra de la investigación cualitativa estaba compuesta por mujeres y hombres de tres cohortes de edad (18–34, 35–54 y 55–65+), con el mismo número de parejas con hijos y sin hijos. El muestreo intencional garantizó la diversidad social, incluidos el nivel educativo o socioeconómico, la sexualidad, la raza o etnia y las creencias religiosas. Nuestra estrategia de investigación partía de la premisa de que el conocimiento desde dentro facilitaría a la vez nuestro acceso a estas poblaciones de difícil acceso y sensibilizaría el proyecto de investigación a las especificidades de los grupos BME y de las personas participantes no heterosexuales. Así, por ejemplo, la experiencia del equipo de investigación en el ámbito del apoyo a las relaciones de pareja asiáticas garantizó que nuestros métodos de investigación estuvieran en sintonía con las diferencias y sensibilidades culturales de esta población. Las preguntas de la encuesta se formularon, por tanto, de manera que fueran más allá de las experiencias de pareja occidentales. Los collages se compusieron para reforzar la representación de la diversidad y tener en cuenta las sensibilidades culturales en torno al reconocimiento y la exhibición de la intimidad y el sexo. En este artículo, en particular, queremos abordar las cuestiones que plantea investigar atravesando diferencias raciales y étnicas, prestando atención a los dilemas éticos, emocionales, analíticos y metodológicos que generan las subjetividades raciales (Twine, 2000).

Los estudios feministas y sobre sexualidad han defendido de forma convincente los méritos de lo común entre la persona entrevistada y la entrevistadora (por ejemplo, Maynard and Purvis, 1994). La condición de persona de dentro de quien investiga puede enriquecer la investigación de muchas maneras, abriendo puertas en sentido literal y conceptual (Gabb, 2004) y concediendo un privilegio epistémico (Fuss, 1991) que facilita tanto la relación de confianza como la posibilidad de una comprensión más profunda del tema investigado. El proyecto Enduring love? estaba atento a las cuestiones del dualismo dentro–fuera; en particular, a cómo las fronteras entre quien investiga y quien es entrevistado permanecen en movimiento en términos de reconocimiento e identificación. Por eso, no sin cierta inquietud, emprendimos el camino de lo que antes se denominaba correspondencia racial. Apoyándose en la implicación y la experiencia de uno de los socios del grupo estratégico del proyecto, el Asian Family Counselling Service, las investigadoras principales del proyecto (la coautora Gabb y su colega Janet Fink) decidieron incluir un subconjunto asiático en la cohorte más amplia de la muestra. Reenee Singh (coautora), investigadora y psicoterapeuta sistémica formada, se incorporó al equipo de investigación y asumió la dirección del reclutamiento y del trabajo de campo en esta dimensión de la muestra. Sin embargo, el pragmatismo del proceso de investigación, lo escurridizo de las identificaciones raciales y los intereses de investigación propios de Singh se combinaron para deshacer esta idea de un subconjunto muestral definido de manera relativamente estrecha.

Las ideas de correspondencia racial surgieron en la investigación sociológica en el contexto del movimiento por los derechos civiles de los años sesenta en Estados Unidos, a partir del deseo de comprender y apreciar mejor la experiencia negra (Rhodes, 1994). Pese a estas loables intenciones, atribuir a quien investiga la condición de persona de dentro en función de su identidad racial plantea muchas preguntas inquietantes. La correspondencia por raza o color se arraiga en una epistemología realista (Phoenix, 1994). La edad, la clase, la educación, la sexualidad, el origen nacional, las creencias religiosas, etc., son marcadores igualmente importantes en la correspondencia entre quien investiga y la investigación. La raza no se encarna simplemente a través, por ejemplo, de la categoría identitaria, el origen cultural o el estilo de vida; tampoco depende sin más del proyecto o de quien investiga privilegiar un marcador de la experiencia o de la identidad propia por encima de otro. En una reflexión crítica sobre las metodologías de la mezcla racial, Minelle Mahatni plantea dos preguntas importantes que desentrañan algunos de los supuestos dados por sentados en torno a la igualdad y la diferencia. Pregunta: «¿Qué constituye una posición de persona de dentro en la investigación crítica sobre la mezcla racial?» y cómo influyen los «deseos y experiencias inconscientes» personales de quien investiga «en las historias que nos sentimos obligadas a contar en la teoría crítica de la mezcla racial» (Mahtani, 2012, p. 157). La consideración de estas dos preguntas ha resultado central en las estrategias de muestreo empleadas en el proyecto Enduring love? y, de manera más general, en nuestro enfoque reflexivo para investigar las relaciones interraciales.

El pensamiento epistemológico feminista reconoce que todo conocimiento es parcial y situado (Collins, 1990). Emprendemos la investigación con «mapas de conciencia» (Haraway, 1991, p. 191) influidos por nuestros propios atributos de género, clase, nacionalidad y raza. Las ideas que proponemos y el conocimiento que ofrecemos sobre nuestro objeto siguen siendo, por tanto, siempre parciales debido a nuestra posicionalidad o situacionalidad. La combinación dinámica de nuestra raza, clase, género, nacionalidad, sexualidad y otros identificadores formativos y constitutivos impregna todos los aspectos de la investigación. Además, las diferencias y las conexiones raciales no son ni estables ni inmutables. Por ello, puede resultar oportuno pensar en espacios compartidos en la investigación más que en identidades raciales compartidas o en pertenencias emparejadas (Mullings, 1999). La teoría crítica de la mezcla racial ha planteado así argumentos convincentes sobre la necesidad de problematizar y examinar de forma reflexiva las identidades y los preconceptos complejos que llevamos al terreno. Los estudios sobre las relaciones interraciales requieren una atención crítica similar.

En este artículo, en los apartados siguientes, abordamos las dualidades que configuran la investigación sobre el terreno, explorando cómo las ideas de ausencia y presencia, igualdad y diferencia, y condición de persona de dentro y de fuera informan y modulan el proceso de investigación, los datos generados y nuestro análisis colectivo de esos datos. Quiénes somos, como investigadoras y como mujeres dentro y fuera de la academia, sigue siendo crucial. Desde un enfoque psicosocial, reconocemos a la vez la situacionalidad de quien investiga y las formas en que su biografía emocional, psíquica y vivida está inscrita en la investigación a todos los niveles.

Definir «asiático»

Como psicoterapeuta sistémica e investigadora asiática, Singh tiene un interés particular por la manera en que la cultura configura la construcción de la pareja. A partir de sus experiencias personales de haber crecido en la India y de su práctica clínica, considera que las parejas asiáticas están inscritas en familias extensas (Nath and Craig, 1999). En las formas familiares no occidentales, la díada primaria no siempre es la pareja: puede estar formada por padre e hijo o madre e hijo, o por una díada basada en lazos de afinidad más que biológicos (Falicov, 1995; Krause, 1998). El proyecto de investigación ofrecía así a Singh, y al equipo del proyecto en general, la oportunidad de explorar en qué puede diferir la experiencia de la pareja asiática de la de sus homólogas inglesas, y de desarrollar una comprensión más matizada de las diferencias dentro de la gama inevitablemente diversa de parejas que podían incluirse en la muestra, y en esta categoría de muestreo en particular.

Como primer paso para identificar a las parejas que se iban a entrevistar, se utilizó la información demográfica de los datos de la encuesta cuantitativa para identificar a las personas participantes que se describían como asiáticas. Gunaratnam (2003) señala el riesgo de aplanar la complejidad y minimizar la diferencia intragrupal en la investigación, ya que ello puede reproducir formas más amplias de esencialismo, estereotipación y racismo. Visto en retrospectiva, la categoría de muestreo podría haberse afinado más, por ejemplo como «sudasiática», aunque este término es en sí mismo homogeneizador. La combinación de consideraciones logísticas y del interés de las personas participantes permitió identificar en la encuesta a cinco parejas para participar en el estudio cualitativo en profundidad. Este subconjunto de parejas asiáticas resultó ser un grupo profundamente dispar. En este grupo, dos personas se identificaban como «mestizas» (una de ascendencia filipina y otra chino-hongkonesa); una había emigrado de la India, otra de Taiwán y otra era musulmana sudasiática. De forma del todo inesperada, todas estas personas participantes tenían una relación con una pareja blanca británica; por tanto, las cinco parejas eran interraciales. Se reclutaron otras dos parejas para este subconjunto mediante bola de nieve en las redes sociales personales de Singh. De estas dos parejas, una era una pareja sudasiática (guyaratí) de edad avanzada y la otra una pareja de lesbianas en la que ambas se identificaban como de ascendencia inglesa e india. La heterogeneidad de las parejas ofrece ricas oportunidades para pensar la diversidad. En los apartados que siguen exploramos las reflexiones personales de Singh tal como aparecen en su diario de investigación y, como parte de la metodología psicosocial, nuestro examen crítico de estos y otros datos de las personas participantes:

Como migrante procedente de la India, casada con un hombre blanco inglés, quizá con quien más me identifico es con las experiencias de las dos mujeres migrantes de mi muestra. Uno de mis intereses clínicos es el ámbito de las relaciones interculturales y, a través de mis experiencias de entrevista, me he ido interesando cada vez más por la dinámica de las relaciones interculturales. Sin embargo, me siento curiosamente bastante «otra» respecto de la pareja del mismo sexo, la pareja mestiza…

Hoy he releído los diarios de Usha y Leah y me he sentido bastante conmovida. Hay algo tan inocente en su relación, aunque, incluso mientras lo digo, me doy cuenta de que corro el riesgo de exotizar al «otro». Los pasajes sobre quién va a gestar el primer hijo y lo que hablan del tratamiento de fertilidad… me hicieron darme cuenta de cuánto más planificadas tienen que estar las familias en las parejas del mismo sexo… Supongo que mi pensamiento predominante tras esta experiencia tiene que ver con lo diferentes que son las relaciones lésbicas de las heterosexuales en la gama de roles de género disponibles. Aunque sí parecía haber diferencias de poder, su relación parecía mucho más equitativa que la de muchas parejas heterosexuales. (Singh: notas de campo)

Usha y Leah tienen ambas estudios superiores; conviven y pertenecen a las cohortes de edad más joven e intermedia. Hay, por tanto, varios puntos de identificación inmediata entre investigadora y participantes: la edad, la clase y la concepción de la parentalidad como parte del relato de la pareja a largo plazo. Las diferencias de orientación sexual, sin embargo, ocultan estas semejanzas. La alteridad que Singh percibe respecto de esta pareja de lesbianas contrasta fuertemente con la de la coautora Gabb, que ya había estudiado la parentalidad lésbica y que, además, se identifica como lesbiana y es madre biológica de un hijo adulto. Para ella, los diarios de Usha y Leah resultaban a la vez familiares y reafirmantes. En este contexto, su condición de persona de dentro le ofrecía una perspectiva sobre los datos de los diarios notablemente distinta de la de Singh. La elaboración de relatos familiares se daba por supuesta, y ella se preguntaba qué diferencias materiales vividas había en la experiencia cotidiana de las parejas del mismo sexo y de las heterosexuales. Su experiencia personal y su investigación académica han cuestionado las lecturas encarnadas del género y del poder en las relaciones de pareja del mismo sexo (Gabb, 2005) y la manera en que se utilizan para establecer diferencias categóricas (Gabb, 2011). La igualdad y las diferencias entre Singh y Gabb en este contexto ponen así de relieve cómo la diferencia puede ocultar las semejanzas y, a la inversa, cómo las semejanzas ocultan la diferencia. El ejemplo ilustra también lo problemático que resulta leer e investigar la experiencia a través de las ideas de correspondencia.

¿Dónde está la relación de pareja?

Otro ámbito en el que nuestra situacionalidad resultó crucial para dar sentido a los datos fueron nuestros supuestos y concepciones sobre lo que constituye una relación de pareja. Esto plantea preguntas importantes sobre la viabilidad de investigar la experiencia de pareja atravesando diferencias culturales y sobre lo problemático de las construcciones culturales occidentales dominantes de la relación de pareja. En el conjunto de los datos, la mayoría de los mapas de emociones representaban a la pareja a solas al menos en algunas ocasiones. Cuando estos datos incluían a otras personas, durante las entrevistas las personas participantes solían explicar las circunstancias: por ejemplo, una amistad o un familiar había venido de visita; y las vidas y los modos de convivencia de madres, padres e hijos están inevitablemente entrelazados. Confirmando resultados de investigaciones anteriores que destacan las fronteras establecidas en torno al espacio público y al privado (Gabb, 2008), el único lugar en el que la pareja se situaba de forma nítida era el dormitorio conyugal, aunque una niña, un niño o un animal de compañía pudieran acurrucarse con ellos en la cama. Sin embargo, los mapas de emociones de Prakash y Anuradha revelan una imagen muy distinta de la experiencia de pareja. Esta pareja sudasiática (guyaratí), de unos sesenta años, vive con uno de sus hijos, una nuera y sus dos nietas (de 6 y 3 años). Los mapas de emociones de Anuradha y Prakash muestran a los seis comiendo juntos y a las dos nietas compartiendo su cama. (Véase la figura 1)

Mapa de emociones de Anuradha. Los colores originales eran: rojo, Anuradha; amarillo, Prakash; verde, las nietas; morado, el hijo; rosa, la nuera. La figura en color puede consultarse en la versión en línea de este artículo.
Figura 1. Mapa de emociones de Anuradha. Los colores originales eran: rojo, Anuradha; amarillo, Prakash; verde, las nietas; morado, el hijo; rosa, la nuera. La figura en color puede consultarse en la versión en línea de este artículo.

En este contexto cultural, en la familia extensa patriarcal, se espera que los hijos adultos vivan con sus padres ancianos. Las mujeres se integran por matrimonio en la familia del marido y la abuela asume un papel activo en la gestión del hogar y en el cuidado de las niñas y los niños. Anuradha explicó que su propia suegra había cuidado de sus hijos cuando eran pequeños y que ahora, sencillamente, le tocaba a ella. Apenas hablaron de su relación de pareja en sus entrevistas individuales. La relación primaria de Anuradha parecía ser con sus nietas; la de Prakash, con Dios. En la entrevista de pareja con collages, cuando se les preguntó por las celebraciones, sus descripciones de los cumpleaños y otras fiestas incluían siempre a los hijos, a las nietas y a otros familiares. Cuando se les preguntó si alguna vez pasaban tiempo a solas, dijeron que a veces iban juntos al supermercado, solo los dos. No parecían comprender ni sentir la necesidad de un tiempo privado de pareja. Ante el collage que mostraba imágenes de afecto corporal cercano y de intimidad sexual, Anuradha pareció escandalizada y dijo: «Nosotros no hacemos estas cosas».

La forma familiar de Anuradha y Prakash le resultaba en gran medida familiar a Singh, pues reproducía su propio origen cultural; sin embargo, también la vivía como profundamente distinta, como ilustra este extracto de su diario de investigación:

Anuradha y Prakash son una pareja encantadora, pero hoy me he sentido desencajada con ellos. Supongo que debe de ser uno de los problemas de trabajar entre culturas. Cuando una se enfrenta a diferencias tan profundas, es difícil no sentirse diferente. Me sentí como una extraña mirando desde fuera. (Singh: diario de investigación)

Al revisar sus notas de campo y en las conversaciones con el equipo de investigación, a Singh le llamó la atención una sensación de desajuste e incomodidad: cuando la semejanza y la diferencia se presentan al mismo tiempo. Cada hogar del subconjunto asiático se percibía claramente distinto de los demás: cada uno tenía sus olores, sus sonidos y su atmósfera única. Singh recordaba que, en cuanto entró en casa de Anuradha y Prakash, se sintió transportada a la India. Su casa le recordaba muchos de los hogares de familiares y amistades en la India: el mismo té dulce con leche (que se acepta por cortesía) y las deliciosas samosas calientes.

Sin embargo, también hay diferencias marcadas entre Singh y esta pareja, en particular la edad o, quizá dicho con más precisión, la generación. Anuradha tiene poco más de sesenta años y Prakash casi setenta. Su relación, nacida de un matrimonio concertado, dura desde hace 40 años, casi tanto como toda la vida de Singh. Su propia relación de pareja, en cambio, es relativamente reciente. Ella fue en contra de las creencias y expectativas culturales al casarse con alguien de otra raza y otra cultura. Por eso podía identificarse más fácilmente con otras parejas interraciales más jóvenes de la muestra, como Usha y Leah. Todas estas parejas parecían enfrentarse a cuestiones similares sobre cómo negociar las diferencias de lengua, alimentación y fe en su vida cotidiana y en su relación de pareja.

Al hablar con Anuradha y Prakash, Singh tomó viva conciencia de lo mucho que esta pareja se apoyaba en creencias e ideas compartidas sobre, por ejemplo, el papel de la familia extensa y de los abuelos. El mandir (templo) es un punto central de su vida familiar y comunitaria. Los roles de género parecen mucho más claramente definidos en su relación de pareja que en la de Singh y en las del resto de las personas que participaron en su investigación. Anuradha tiene la responsabilidad principal de cocinar y de cuidar de las nietas, aunque antes trabajaba en la tienda de barrio de la familia. Además de la diferencia generacional, la clase y la educación eran otro factor diferenciador que separaba a investigadora y participantes. A Anuradha le costó llevar su diario, porque, según dijo, su inglés no es lo bastante bueno. No se disponía de fondos de investigación para traducción, de modo que las diferencias de lengua materna configuraron tanto el encuentro de investigación como los datos generados, separando aún más estos mundos distintos. Anuradha y Prakash valoran la educación, y uno de sus dos hijos tiene un doctorado. A Singh le quedó la constatación de que la educación le da acceso a un «mundo blanco» del que esta pareja sudasiática mayor está desplazada.

Mundos aparte: implicaciones clínicas

Los datos de Anuradha y Prakash plantean cuestiones importantes para el proyecto Enduring love? y, más en general, para la manera en que investigamos y comprendemos las relaciones de pareja. Tanto los estudios que pretenden establecer medidas de la satisfacción en la relación como los estudios cualitativos sobre la experiencia de pareja presuponen una pareja diádica íntima como algo fundamental y fundacional. Sin embargo, como sugiere el propio nombre del Asian Family Counselling Service, quizá se trate a la vez de una presunción errónea y de un punto de partida equivocado para la indagación. Las construcciones culturales de la pareja y de lo conyugal están profundamente arraigadas en la cultura occidental: un emparejamiento conyugal que constituye la familia sexual procreadora (Fineman, 1995). Las dos parejas que hemos incluido aquí trastocan este relato de la pareja, de maneras muy distintas. Otras trastocaban la norma de pareja a su manera. Usha y Leah deshacen los discursos naturalizadores sobre cómo conciben hijos las parejas y las concepciones generizadas de los roles en una relación. En el caso de Anuradha y Prakash, su relación de pareja está tan impregnada de las expectativas culturales de cuidado intergeneracional en la familia extensa que las concepciones occidentales contemporáneas de la pareja íntima pierden todo sentido.

Entonces, cuando la intimidad de pareja queda desplazada, ¿qué es lo que mantiene unidos a Anuradha y Prakash? ¿En qué se diferencia esto de los procesos que hacen posible el «amor duradero» en las demás relaciones de pareja? En consonancia con la bibliografía (Kakar, 1981; Nath and Craig, 1999), preservar relaciones armoniosas con la familia política y valorar las relaciones familiares parecen ser importantes predictores del éxito de las relaciones de pareja a largo plazo en este contexto sudasiático. Pero ¿qué ocurre en las relaciones de pareja interculturales —o, ya puestos, monoculturales— cuando dos personas se unen con ideas muy distintas sobre si su relación de pareja debe estar separada de la familia extensa o inscrita en ella? En las comunidades sudasiáticas del Reino Unido, se espera que muchas personas jóvenes que han crecido en este país se casen con alguien de los países de origen de sus familias. En esos casos, los miembros de la pareja pueden tener ideas radicalmente distintas sobre lo que constituye la pareja: uno se basa en las normas occidentales y el otro en ideas procedentes del país de origen no occidental de la familia.

Como orientación para la práctica clínica, quizá una de las primeras tareas al trabajar con estas parejas sea que quien ejerce la clínica identifique sus propias ideas y las de cada miembro de la pareja sobre lo que constituye una relación de pareja. Dicho de manera sencilla: «¿qué es una pareja?». ¿Y cuál es la distancia o la cercanía de esta relación de pareja respecto del resto de la familia? Quienes ejercen la clínica no pueden dar por sentada la utilidad universal de ideas como las citas o el tiempo de pareja. En muchas culturas, el sexo tiene fines procreadores. Como muestra aquí nuestra investigación, no puede suponerse que todas las parejas, en especial las de más edad, deban ser o quieran ser sexualmente activas. A la inversa, para algunas parejas el sexo no es ni será nunca procreador. Existen paralelismos importantes entre investigar entre culturas y trabajar clínicamente con parejas entre culturas. Una semejanza significativa parece ser el supuesto de que la correspondencia cultural, racial o sexual es condición suficiente para la vinculación en el encuentro terapéutico o de investigación. La semejanza y la diferencia son complejas, cambiantes, interseccionales y siempre relacionales. Mantener la curiosidad por las semejanzas y las diferencias, y la atención a ellas, es fundamental tanto en la investigación como en la práctica clínica.

Muchas personas LGBQ siguen encontrándose con reacciones negativas o ambivalentes por parte de profesionales de la salud mental (Department of Health, 2006); pueden sentirse patologizadas por terapeutas a causa de su sexualidad (Evans and Barker, 2010), y los supuestos heterosexistas pueden conducir a una mala comprensión de sus necesidades clínicas (Galgut, 2005). Las investigaciones sugieren que la bisexualidad puede ser un concepto y una identidad especialmente malinterpretados (Klein, 1993). Sin embargo, existe una conciencia creciente de las relaciones LGBQ y de las necesidades que pueden tener estas personas, y la comprensión y la sensibilidad avanzan gracias a una mayor tolerancia sociocultural y a la formación profesional continua (Shaw et al., 2009). Se va aceptando que, para que la terapia de pareja tenga éxito, quienes la ejercen deben conocer las cuestiones relacionadas con la sexualidad y también las normas de las parejas LGBQ (Bepko and Johnson, 2000). Se está produciendo un cambio de énfasis que devuelve la responsabilidad a la persona terapeuta, ya que las parejas LGBQ afirman no estar dispuestas a educar a profesionales de la clínica y buscan activamente a una persona terapeuta bien informada (Grove and Blasby, 2009), consciente de las cuestiones particulares a las que pueden enfrentarse (Bepko and Johnson, 2000).

La bibliografía sobre terapia familiar intercultural muestra que, aunque la correspondencia cultural y étnica puede facilitar el proceso de vinculación y mejorar así los resultados (Ito and Maramba, 2002), también puede alimentar las preocupaciones de la clientela por la confidencialidad y llevar a que la persona terapeuta pierda curiosidad (Singh, 2013). Aunque, en las familias sudasiáticas, la infancia y la adolescencia pueden estar más expuestas a dificultades de salud mental que sus homólogas blancas inglesas, es mucho menos probable que accedan a los servicios de salud mental infantojuvenil (Raval, 2003; Stein et al., 2003). Una posible razón por la que no acceden a los servicios es que profesionales de la clínica se basen en nociones occidentales de la familia (Singh, 2009) y de la pareja y, sin quererlo, patologicen las familias extensas que reciben en sus consultas o no reconozcan sus fortalezas, su resiliencia y sus recursos.

En este artículo hemos señalado algunas de las formas en que pueden tomar cuerpo sesgos culturales como estos. Sugerimos que, prestando atención a nuestra propia situacionalidad, y a cómo esta se genera a través de nuestras percepciones y comprensiones de la vida de las personas participantes y de quienes consultan, e influye en ellas, podemos enriquecer nuestra apreciación de las parejas en toda su diversidad y, por tanto, nuestro trabajo con ellas.

Constatamos que los métodos de investigación que incluían visitar a las parejas en su domicilio y pedirles que llevaran diarios de investigación y mapas de emociones pueden ser una herramienta valiosa que podría adaptarse para vincularse y trabajar con parejas y familias en la práctica clínica sistémica (véase Gabb and Singh, en prensa). Boyd-Franklin y Hafer-Bry (2000) analizan la importancia de las visitas domiciliarias y comunitarias para vincularse con grupos minorizados. En este proyecto de investigación, los mapas de emociones de Anuradha y Prakash aportaron ricos datos situados sobre sus prácticas cotidianas de pareja que quizá se habrían pasado por alto si hubiéramos utilizado métodos de investigación más convencionales, como las entrevistas. Esto fue especialmente importante en este caso, dadas las dificultades de la pareja con la lengua inglesa. Extrapolando a partir de este ejemplo, quienes ejercen la clínica con familias de minorías étnicas podrían recurrir a visitas domiciliarias y a mapas de emociones para explorar vidas vividas en el hogar que quizá no se trasladen al encuentro con la pareja o la familia en una consulta.

En este artículo nos hemos basado en el subconjunto específico de personas participantes reclutadas y entrevistadas por Singh. Como es relativamente pequeño, no pretendemos generalizar a partir de él. En análisis futuros prevemos ampliarlo para incluir a las demás parejas asiáticas, BME e interraciales incluidas en la muestra del proyecto, explorando cómo distintas personas investigadoras viven e interpretan las semejanzas y diferencias percibidas y vividas. En investigaciones futuras, más allá del alcance del proyecto Enduring love?, también sería útil incorporar las reflexiones personales de las parejas sobre el encuentro de entrevista y sobre cómo viven y perciben las semejanzas y las diferencias entre participante y persona consultante, y entre investigadora y clínica.

Burbach y Reibstein (2012) sugieren que el trabajo con parejas es sinónimo del trabajo sistémico. Por tanto, trabajar con parejas y díadas en las familias y en los sistemas profesionales forma parte integrante de nuestro oficio de psicoterapeutas sistémicas. Lo que aportamos a este trabajo son, pues, nuestras propias creencias, ideas y concepciones profundamente arraigadas de lo que constituye una pareja y lo conyugal. Esperamos que este artículo ponga de relieve la necesidad de que quienes ejercen la clínica sometan a un examen autorreflexivo los supuestos que aportan a su trabajo clínico con parejas, desde una posición que ni exagere ni niegue la diferencia. Burnham (2012) amplía su idea de género, religión, raza, edad, (dis)capacidad, cultura, clase, educación, empleo, sexualidad y espiritualidad (GRRAACCEESS) a la de un «collide-scope», para «demostrar la relación rica, compleja, a veces aleatoria e impredecible entre los distintos aspectos de la experiencia de una persona en la complejidad de las relaciones sociales» (p. 143). Los ejemplos de este artículo muestran la necesidad de ir más allá de una simple correspondencia de raza, cultura, clase y orientación sexual, hacia una posición que acoja la complejidad y la diferencia para comprender a las parejas y trabajar con ellas de forma sistémica.

Complexe Systémique: puntos clave

El interés del artículo reside en devolver la cuestión de la diferencia al propio equipo de investigación y, por tanto, a quienes ejercen la terapia. A menudo se cree que una pareja será mejor comprendida por alguien «del mismo mundo». Los dos ejemplos deshacen esta idea: Singh, de origen indio, se siente extraña ante una pareja guyaratí de edad avanzada que, sin embargo, le recuerda su infancia, y cercana a una pareja mestiza de mujeres cuya orientación sexual la desconcierta; Gabb, en cambio, percibe en ellas una familiaridad inmediata. La segunda lección atañe al objeto mismo de la terapia de pareja: para Anuradha y Prakash, la díada conyugal no es la unidad que cuenta; lo es la familia extensa e intergeneracional. Para la práctica sistémica, esto invita a preguntar primero qué es una pareja para cada persona, y qué distancia guarda con la familia, antes de proponer «tiempo de pareja». El mapa de emociones, un plano cubierto de pegatinas, ofrece una herramienta sencilla para ver dónde vive la relación. Los límites son los de un texto reflexivo que se apoya en siete parejas de una sola submuestra. Puede leerse junto con el artículo sobre los usos de los mapas de emociones y el artículo sobre la alterización de las personas LGBTQ+ en terapia de pareja.

Referencias

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Traducción no oficial de Reflections on the challenges of understanding racial, cultural and sexual differences in couple relationship research, de Jacqui Gabb y Reenee Singh, Journal of Family Therapy, vol. 37, n.o 2 (2015), doi: 10.1111/1467-6427.12044, bajo licencia CC BY 3.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (texto traducido y maquetación adaptada). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «Reflections on the challenges of understanding racial, cultural and sexual differences in couple relationship research», publicado en Journal of Family Therapy (2015) bajo licencia CC BY 3.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autoría se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Gabb, J., et Singh, R. (2015). Reflections on the challenges of understanding racial, cultural and sexual differences in couple relationship research. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/reflections-on-the-challenges-of-understanding-racial-cultural-and-sexual-differences (Obra original publicada en 2014 en Journal of Family Therapy, 37(2), 210-227 (2015); republicada en 2015 por Journal of Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1111/1467-6427.12044)

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