Traducción asistida por IA

Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.

Journal of Family Issues · Duelo

Retratos de la vida tras la pérdida: comprender la pérdida parental en un contexto social

Perder a un padre o a una madre entre los 18 y los 28 años, en plena construcción de la vida adulta, es una experiencia poco estudiada. A partir de entrevistas en profundidad con cuatro jóvenes de Delhi, este estudio fenomenológico muestra cómo se vive el duelo dentro de la familia y bajo la mirada social: roles redistribuidos, hijos mayores que ocupan el lugar de la figura parental fallecida, culpa por no vivir el duelo «como es debido».

Autoría Tanya Ann Antony (School of Psychology, Trinity College Dublin, Irlanda); Bhumika Kapoor (Department of Psychology, Jesus and Mary College, University of Delhi, Nueva Delhi, India)Primera publicación Journal of Family Issues, 2 de octubre de 2023Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Portraits of Life After Loss: Understanding Parental Loss Within A Social Context, de Tanya Ann Antony y Bhumika Kapoor, publicado en Journal of Family Issues (SAGE) (2024), doi: 10.1177/0192513x231204981, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado para su lectura en línea, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones finales del artículo (agradecimientos, conflictos de intereses, financiación) se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Más bien, el afrontamiento de la pérdida parental tuvo lugar dentro de redes de relaciones, en el seno de la familia y fuera de ella, y estuvo influido por las expectativas sociales sobre el duelo.

Tanya Ann Antony y Bhumika Kapoor

Resumen

La pérdida de un progenitor, a cualquier edad, es una transición vital que trae consigo cambios sin precedentes. Afrontar esta pérdida en la adultez emergente puede resultar especialmente difícil por las numerosas consecuencias propias de esta etapa de la vida. La investigación existente ha dejado de lado las experiencias de las personas jóvenes que viven el duelo por la muerte de su padre o de su madre. Así pues, el presente estudio intenta colmar esta laguna centrándose en las experiencias de personas en la adultez emergente que afrontan la pérdida parental, con especial atención a su recorrido de afrontamiento de la pérdida y a la manera en que el duelo se desplegó en un contexto social. En esta investigación exploratoria se entrevistó a cuatro personas participantes de entre 18 y 28 años, y los datos se sometieron a un análisis fenomenológico interpretativo. De los datos surgieron tres temas superordinados, a saber: los primeros días tras la pérdida, las realidades relacionales cambiantes y el afrontamiento en el contexto del otro. Se discuten las limitaciones y las implicaciones del estudio.

Palabras clave: duelo, aflicción, pérdida parental, afrontamiento, adultez emergente

Introducción

La vida trae consigo experiencias inevitables de pérdida de seres queridos en distintos momentos. La manera en que las personas viven y afrontan la pérdida varía en función de una multitud de factores. Tradicionalmente, la aflicción representa una reacción universal ante la pérdida o el duelo; se observa en todas las culturas y a lo largo de toda la historia humana. La aflicción es inevitable y puede considerarse «la manera que tiene la naturaleza» (Gross, 2018, p. 5) de ayudarnos a aceptar la muerte de un ser querido.

Duelo, aflicción y luto

Aunque los términos duelo y aflicción se han utilizado como sinónimos en la literatura especializada, sus significados son notablemente distintos. En The Psychology of Grief, Gross (2018) definió el duelo como la pérdida, por causa de muerte, de alguien con quien se tenía un vínculo emocional o que era una figura importante en la propia vida. La aflicción, en cambio, se refiere a la manera en que se responde al duelo e implica una variedad de respuestas emocionales, cognitivas, espirituales, conductuales y funcionales de la persona tras la pérdida de alguien significativo (Zisook & Shear, 2009). La manifestación de la aflicción, denominada luto (Özel & Özkan, 2020), está influida en gran medida por factores sociales y culturales, como los roles de género y las creencias religiosas, y por rituales como los funerales, la abstinencia, etc.

Teorías sobre la aflicción y el afrontamiento

Las investigaciones en el campo de los estudios sobre la muerte han contribuido al desarrollo de diversas teorías e ideas sobre el proceso de duelo.

El enfoque psicoanalítico de la aflicción, basado en la teoría de Freud (1958), supone que la tarea principal del luto consiste en renunciar gradualmente al apego psicológico a la persona fallecida. En su revisión de la hipótesis del trabajo de duelo (GWH), Margaret Stroebe (1993) cuestionó la importancia del trabajo de duelo para afrontar la pérdida. Sus investigaciones pusieron de manifiesto la falta de pruebas científicas a favor de la GWH. También señala las diferencias transculturales en el duelo entre sociedades. La redefinición del trabajo de duelo que propone Stroebe como «un proceso cognitivo que implica confrontar y reestructurar los pensamientos sobre la persona fallecida, la experiencia de pérdida y el mundo transformado en el que la persona en duelo debe vivir ahora» (p. 33) rechaza la existencia de un proceso normal o estándar.

Según la perspectiva de los modelos por etapas, la respuesta psicológica natural a la pérdida implica una progresión secuencial a través de etapas específicas. Sin embargo, este modelo ha recibido críticas, ya que se interpreta como prescriptivo de la respuesta de duelo (véanse Avis et al., 2021; Strobe et al., 2017).

Bowlby y Parkes (Bowlby, 1961, 1980; Parkes, 1972; Parkes & Weiss, 1983) propusieron la primera teoría del duelo por etapas, que incluía cuatro fases: embotamiento, anhelo y búsqueda, desorganización y desesperación, y reorganización. Otra teoría popular es la de las cinco etapas del duelo de Kübler-Ross (1969): negación, ira, negociación, depresión y, por último, aceptación. Las pruebas empíricas a favor de la teoría de las etapas de Kübler-Ross son mínimas. Los estudios realizados arrojan resultados contradictorios: algunos no encuentran apoyo para la teoría (p. ej., McCoyd et al., 2023) y otros hallan pruebas a su favor (p. ej., Meuser & Marwit, 2001). Holland y Neimeyer (2010) examinaron la relación entre varios indicadores de duelo y el tiempo transcurrido desde la pérdida, al tiempo que intentaban arrojar luz sobre el papel de una perspectiva orientada al sentido. Los resultados no validaron la teoría de las etapas, pero tampoco la contradijeron por completo. Se observó un patrón general en el que el malestar del duelo y la aceptación aumentaban y disminuían de forma asincrónica. Además, la construcción de sentido resultó ser un mejor predictor de los indicadores de duelo que el tiempo transcurrido desde la pérdida. Las investigaciones que exploran el duelo y la adaptación de las personas a las restricciones durante la pandemia de COVID-19 también han recurrido a diversos modelos de etapas del duelo para dar sentido a las pérdidas y las transiciones (p. ej., Mortazavi et al., 2020; Valliani & Mughal, 2022).

Más recientemente ha cobrado protagonismo la teoría de la transición psicosocial. Las transiciones psicosociales (PST) son acontecimientos vitales que obligan a revisar los supuestos sobre el mundo, tienen implicaciones duraderas y se producen en un lapso relativamente corto (Caplan, 1961; Rahe, 1979). El «mundo presuntivo», formado por las expectativas que las personas consideran verdaderas, suele quedar invalidado en el curso de una PST. La muerte de un ser querido tiende a negar los distintos supuestos en los que se basan diferentes aspectos de la vida, y el mundo familiar se convierte en un mundo desconocido (Gross, 2018). Para evitar que la ansiedad creciente resulte desorganizadora, las personas en duelo recurren a diversos mecanismos de afrontamiento, como la evitación o la negación (Parkes, 1988).

Worden (1991) concibió el luto como un proceso activo compuesto por cuatro tareas: reconocer y aceptar la realidad de la muerte, elaborar el dolor del duelo, adaptarse a un mundo sin la persona fallecida y, por último, encontrar una conexión duradera con ella. Estas tareas no siguen necesariamente un orden prescrito y dejan a la persona en duelo cierto margen de control. Otro modelo es el modelo de proceso dual propuesto por Schut (1999), aplicable a diversas pérdidas, que distingue dos categorías de factores estresantes: los orientados a la pérdida y los orientados al restablecimiento. La orientación a la pérdida remite a la atención que la persona en duelo presta a ciertos rasgos de la experiencia de pérdida, es decir, al factor estresante primario, a su valoración y a su elaboración, e implica el trabajo de duelo. La orientación al restablecimiento, en cambio, se refiere a la atención puesta en los factores estresantes secundarios, que son las consecuencias del duelo. Puede ser necesario reestructurar la propia vida tras la pérdida, centrándose en lo que hay que resolver y en cómo hacerlo (Gross, 2018). Ambas orientaciones pueden vincularse a resultados como el malestar y la ansiedad, a la vez que intervienen en el afrontamiento. El proceso dinámico de atender a ambos tipos de factores estresantes o de evitarlos se denomina oscilación (Stroebe & Schut, 1999). Su principio subyacente es que, en ocasiones, la persona en duelo se confronta con aspectos de la pérdida y, en otras, los evita y se centra en las tareas de restablecimiento, y viceversa. El afrontamiento adaptativo comprende, por tanto, un complejo proceso regulador de confrontación y evitación, en el que la oscilación entre ambas resulta crucial.

Vivir el duelo en relación con los demás

Dentro del sistema familiar, las relaciones entre los subsistemas y en su interior pueden verse alteradas tras la pérdida parental, como sugieren las hipótesis de la solidaridad y del kin-keeping (mantenimiento de los lazos familiares) propuestas por Kalmijn y Leopold (2019). Según la hipótesis de la solidaridad, la muerte de un progenitor refuerza la cohesión de la fratría, cuyos miembros se apoyan mutuamente en lo social y en lo práctico y se unen también para lograr una mayor solidaridad intergeneracional con la figura parental superviviente. La hipótesis del kin-keeping, por el contrario, sostiene que la muerte del segundo progenitor va acompañada de una menor cohesión en la fratría, al faltar la fuerza integradora que existía antes.

Las experiencias de duelo de las personas suelen estar influidas por el contexto social en el que se sitúan, que establece marcos implícitos o explícitos para llorar la pérdida de un ser querido. Klapper et al. (1994), en su estudio sobre el contexto social del duelo tal como lo viven las hijas adultas, observaron que las expectativas y normas sociales llevaban a las hijas en duelo a controlar el sentimiento y la expresión de la aflicción, modificando a menudo sus emociones. También vivieron un duelo anticipado antes de la pérdida de su padre o de su madre y consideraban egoísta su aflicción, pues entendían que añorar a la figura parental fallecida equivalía a prolongar su sufrimiento. La elaboración del duelo también se produce de forma diferente según el entorno relacional. Por ejemplo, Pressman & Bonnano (2007) descubrieron que las personas elaboraban el duelo con la familia o a solas más que con sus amistades, aunque se planteó la hipótesis de que las amistades contribuían a la continuidad de la actividad normal y a la reintegración social.

Un estudio de Skalski et al. (2022) sobre el duelo durante la pandemia de COVID-19 en Polonia halló que el apoyo social percibido y la resiliencia estaban correlacionados entre sí y asociados a niveles más bajos de duelo disfuncional. Una investigación limitada ha mostrado que el apoyo social de distintos tipos, incluido el de pares, mentores y progenitores, resulta útil para afrontar el duelo (Sharp et al., 2018). Sin embargo, en contra de la creencia popular, la investigación existente también indica que no hay una interacción significativa entre el apoyo social y los resultados del duelo (p. ej., Stroebe et al., 2005; Wagø et al., 2017).

Fundamentación del presente estudio

La pérdida parental en la edad adulta se considera una etapa inevitable del ciclo de la vida, y la creencia de que es normativa y llega a su debido tiempo contribuye a que se conciba como un duelo desautorizado (Abrams and Arnett, 2013). En contra de la creencia predominante sobre la pérdida parental en la edad adulta, perder a un progenitor en la adultez emergente no llega a su debido tiempo ni es normativo; sin embargo, las experiencias de esta población se han descuidado en la investigación disponible. Explorar las experiencias idiosincrásicas de pérdida permitirá comprender en profundidad las diversas maneras en que las personas se enfrentan a ella. Arentt (2000, 2004) propuso la fase de desarrollo de la adultez emergente como una edad marcada por numerosos retos propios de quienes atraviesan esta etapa de la vida. La relación bidireccional entre las consecuencias naturales de esta edad y el duelo asociado a la muerte de un progenitor despertó un interés central y llevó a elegir como población del presente estudio a personas en la adultez emergente.

Una revisión de la literatura indicó un predominio de investigaciones con métodos cuantitativos y escasas exploraciones cualitativas de las experiencias vividas de afrontar la pérdida parental. Un enfoque cualitativo facilitará esa indagación y permitirá comprender los diversos ámbitos que configuran la experiencia de pérdida y que se ven afectados por ella. En el contexto indio en particular, la investigación (p. ej., Bhana, 2007; Kaneez, 2015) en el campo de los estudios sobre la muerte se refiere sobre todo al duelo perinatal y a las experiencias de las viudas, mientras que la pérdida parental tal como la viven las personas jóvenes adultas aún no se ha explorado. El presente estudio pretende colmar estas lagunas en la literatura y descubrir cómo viven la pérdida parental personas de orígenes diversos en el contexto indio.

Método

Objetivo

El presente estudio tenía como objetivo explorar las experiencias de personas en la adultez emergente que afrontan la pérdida de un progenitor, así como las maneras en que construyen sentido en torno a ella.

Objetivos de la investigación

  • (i) Comprender las experiencias de personas en la adultez emergente que afrontan la pérdida de un progenitor.
  • (ii) Explorar el impacto de la muerte de un progenitor en las relaciones de la persona en duelo con los demás.

Investigación cualitativa

El presente estudio adoptó un enfoque cualitativo porque permite acceder a ámbitos que de otro modo resultan complejos e impenetrables. El carácter detallado e interactivo de la recogida de datos, que implica una comunicación significativa entre la persona investigadora y las personas participantes y se centra en establecer comprensión y colaboración, hace que la metodología cualitativa resulte aún más provechosa (Buckle et al., 2010). En particular en la investigación sobre el duelo, un enfoque cualitativo facilita la exploración de cuestiones relacionadas con el sentido, la experiencia y la comprensión tras la pérdida, y permite a las personas participantes aportar niveles de comprensión más profundos que no serían accesibles con métodos cuantitativos. Por ello se consideró el método más adecuado para comprender el problema estudiado.

Análisis fenomenológico interpretativo

El análisis fenomenológico interpretativo (IPA) busca «explorar en detalle cómo las personas participantes dan sentido a su mundo personal y social» (Smith & Osborn, 2007, p. 53). Es un enfoque de investigación cualitativa, experiencial y psicológica influido por tres fundamentos filosóficos clave: la fenomenología, la hermenéutica y la idiografía (Smith et al., 2009).

Se eligió el método analítico del IPA para el presente estudio por su coherencia con la pregunta y los objetivos de investigación. El interés del IPA por la exploración detallada de las experiencias vividas lo hace especialmente adecuado para el estudio, ya que facilita la comprensión de cómo las personas participantes dan sentido a sus experiencias únicas de pérdida y duelo. Dado el énfasis del IPA en lo particular y la relativa infrecuencia de afrontar la pérdida parental en la adultez emergente, el método abre la posibilidad de profundizar en el relato singular de cada participante, atendiendo a la especificidad de cada experiencia y situando a cada persona en un contexto particular. También permite a la persona investigadora adoptar una posición construccionista social, según la cual existen múltiples realidades y cada participante tiene la suya propia.

Participantes

La muestra del presente estudio estaba compuesta por cuatro personas (dos hombres y dos mujeres) de entre 18 y 28 años, con una edad media de 24 años. Cada participante había perdido a su padre o a su madre entre 1 y 5 años antes de la recogida de datos. Tres de las personas participantes eran estudiantes y una tenía empleo. Procedían de entornos religiosos diversos: una era agnóstica, una musulmana y dos católicas. En cuanto a la composición familiar, una de ellas había crecido sin fratría, mientras que las otras tres tenían uno o más hermanos o hermanas. La muestra se reclutó mediante un muestreo intencional.

Los criterios de inclusión de la muestra del presente estudio eran ser hombre o mujer de entre 18 y 28 años y haber perdido a uno de los dos progenitores en los últimos 1 a 5 años. Se eligió este rango de edad porque las personas que se encuentran en él atraviesan la fase de desarrollo de la adultez emergente y se enfrentan a diversos retos propios de esta etapa de la vida. Propuesta por Arnett et al. (2004), la adultez emergente, que se extiende de los 18 a los 28 años, es una edad marcada por una profunda importancia y por grandes cambios para la mayoría de las personas jóvenes de los países industrializados. Ante los retos de esta edad, la pérdida de un progenitor necesariamente genera presiones adicionales y tiene un impacto significativo en distintos ámbitos de la vida. Además, es probable que la propia experiencia de la pérdida se vea afectada por los acontecimientos de la vida de la persona, característicos de la fase de la adultez emergente.

Los criterios de exclusión abarcaban a las personas que habían perdido a un progenitor menos de un año o más de cinco años antes de la recogida de datos. La persona investigadora eligió el intervalo de 1 a 5 años tras la pérdida porque se supuso que un plazo inferior a un año estaría demasiado próximo a la muerte del progenitor: las personas podrían no sentirse cómodas hablando de la pérdida y quizá no pudieran informar de cómo la habían afrontado debido a lo reciente del acontecimiento. Se fijó el límite superior de cinco años porque las experiencias de quienes vivieron la pérdida más de cinco años antes de la recogida de datos podrían ser demasiado diversas y distintas de las de quienes la vivieron más recientemente. También se excluyó del estudio a las personas que habían perdido a ambos progenitores.

Procedimiento

El método de recogida de datos elegido para el presente estudio fue la entrevista, definida por Kvale y Brinkmann (2008) como un método cuyo propósito es recoger las descripciones que las personas entrevistadas hacen de su mundo de vida para interpretar el significado de los fenómenos estudiados. Se seleccionó teniendo en cuenta su capacidad para crear un entorno personal y seguro en el que las personas participantes pudieran relatar con gran detalle sus historias de afrontamiento de la pérdida parental, lo que aportaría una comprensión más rica. Les permitiría expresar sus pensamientos y sentimientos con libertad y comodidad en un encuadre individual. A la luz del método analítico del IPA elegido para el presente estudio, la modalidad de entrevista presencial también permitió tener en cuenta la conducta no verbal y el paralenguaje de las personas participantes. A lo largo del estudio se tuvieron presentes diversas consideraciones éticas. La participación en esta investigación fue totalmente voluntaria y no se ejerció ningún tipo de coacción sobre las personas participantes, que eran libres de retirarse en cualquier momento. Se les pidió que cumplimentaran un formulario de consentimiento informado, y la entrevista solo comenzó tras asegurarse de que comprendían plenamente lo que implicaba participar. Para preservar la confidencialidad, se asignó un seudónimo a cada persona y las grabaciones solo fueron accesibles para la persona investigadora. Esta estuvo atenta al lenguaje corporal de las personas participantes y, si parecían angustiadas o incómodas durante la entrevista, la detenía y les ofrecía interrumpirla. Además, el guion de entrevista se elaboró de modo que participante y quien entrevistaba tuvieran primero la oportunidad de establecer una buena relación, y los desencadenantes emocionales se redujeron al mínimo mediante una secuenciación cuidadosa de las preguntas. Se facilitó a las personas participantes una lista de servicios de salud mental en distintas zonas de Delhi a los que podían recurrir si lo necesitaban, así como recursos en línea para ayudarles a afrontar el malestar que pudieran experimentar.

Elaboración del guion de entrevista y estudio piloto

A partir de la revisión de la literatura y de los objetivos del estudio, se definieron los ámbitos en los que se centraría el presente estudio y se formuló un guion de entrevista. A continuación se realizaron dos entrevistas piloto para comprobar la viabilidad del método de entrevista y la pertinencia de las preguntas incluidas en el guion. Las entrevistas piloto se llevaron a cabo con personas que respondieron a la convocatoria de participación y cumplían los criterios de inclusión. Sin embargo, ambas personas entrevistadas procedían de entornos familiares con rasgos singulares que las distinguían del resto de participantes, por lo que sus datos no se incluyeron en el estudio. Además, el guion fue revisado por especialistas en la materia y sus sugerencias se incorporaron debidamente. El guion de entrevista definitivo comprendía cuatro dimensiones: (i) experiencia inmediata, (ii) impacto en las relaciones, (iii) afrontamiento de la pérdida y (iv) seguir adelante.

Recogida de datos

Tras la realización de las entrevistas piloto, comenzó el proceso de recogida de datos. Se difundió un mensaje en diversas redes sociales para reclutar participantes para el estudio. Una vez que las personas participantes recibieron la información necesaria sobre el estudio y dieron su consentimiento para participar, se les pidió que cumplimentaran un formulario sociodemográfico en línea.

El lugar de realización de las entrevistas se decidió teniendo en cuenta dónde se sentirían cómodas las personas participantes para hablar de un tema delicado como su experiencia de la pérdida. Se procuró que el entorno no fuera ruidoso ni concurrido, para que pudieran expresar libremente sus pensamientos y sentimientos en un espacio seguro, con las mínimas distracciones y sin temor a la presencia de otras personas.

Tras la entrevista, se facilitó a las personas participantes una lista de recursos para que buscaran ayuda profesional si lo necesitaban.

Análisis de datos

Aunque en el IPA el interés principal de quien investiga reside en las experiencias vividas de cada participante y en la manera en que les da sentido, el resultado final es siempre una descripción de cómo quien analiza da sentido a los procesos de construcción de sentido de las personas participantes, lo que da lugar a la doble hermenéutica (Smith et al., 2009). El análisis es, por tanto, un producto conjunto de quien analiza y de cada participante. Para analizar los datos del presente estudio se siguieron los pasos propuestos por Smith et al. (2009).

Resultados y discusión

Dar sentido a los datos

Aunque la pérdida parental se considera una parte natural del ciclo de la vida, vivirla en la adultez emergente acarrea consecuencias en múltiples ámbitos de la vida cuyo impacto ninguna preparación puede extinguir. La conmoción repentina causada por semejante transición vital lleva a la persona en duelo a afrontar sus emociones, el sistema familiar transformado y la amplia gama de cambios que se producen en su vida, mientras afronta al mismo tiempo los retos característicos de su etapa vital. Sin embargo, la literatura reciente en el campo de los estudios sobre la muerte y el duelo ha ignorado a la población joven y sus experiencias de pérdida parental. El análisis de los datos de la presente investigación reveló cuatro temas superordinados, con temas subordinados subyacentes. Son los siguientes: Los primeros días tras la pérdida, Realidades relacionales cambiantes, y El afrontamiento en el contexto del otro. A continuación se desarrollan y se discuten. Por motivos de confidencialidad, se ha asignado un seudónimo a cada participante: Alan (28 años), Maheen (24), Arun (24) y Mona (19).

Tema 1: Los primeros días tras la pérdida

Este tema se centra en las experiencias de las personas participantes durante los primeros días tras la pérdida de su padre o de su madre. Relataron que los días inmediatamente posteriores a la pérdida estuvieron marcados por toda una gama de emociones y sucesos; todas parecían conservar recuerdos vívidos de esos primeros días y evocaban cómo se habían desarrollado los acontecimientos con el paso del tiempo. Cada participante respondió a los diversos retos, funcionales y emocionales, de una manera propia, aunque surgieron algunos puntos en común en cuanto a las emociones sentidas, la manera de gestionarlas y las responsabilidades y cambios inmediatos en sus vidas.

Respuesta emocional a la pérdida

Las reacciones de las personas participantes ante la pérdida estuvieron mediadas por las circunstancias que rodearon la muerte de cada progenitor. El padre o la madre, ya fallecidos, de Alan, Maheen y Mona habían vivido con un cáncer durante un tiempo considerable antes de morir.

El periodo anterior a la pérdida, en el que la enfermedad de su progenitor ocupaba un lugar especialmente destacado, permitió a estas personas participantes prepararse para lo que veían como una consecuencia inevitable de la enfermedad. Esta preparación facilitó el proceso de aceptación que siguió a la muerte. Cuando se le preguntó por su experiencia inmediata, Maheen declaró:

«Pero creo que probablemente no fue tan duro para mí, porque creo que en el momento en que alguien te dice que una persona tiene cáncer, más o menos entiendes que la muerte es inminente».

Esta aceptación prematura de la muerte «inminente» de su padre o de su madre, especialmente evidente en los casos de Alan y Maheen, puede haber sido también un intento de protegerse de la pérdida futura y del dolor posterior, y de evitar que sus esperanzas se vieran truncadas. Así, la aceptación funcionó como una defensa no solo contra el duelo anticipado, sino también contra el duelo que habría seguido a la pérdida. Esta manera de abordar la pérdida sentó las bases de las defensas que utilizaron para afrontar la pérdida parental.

En el caso de Mona, desde que a su madre le diagnosticaron leucemia ocho años antes de su muerte, convivir con la enfermedad materna se convirtió en una forma de vida que le resultaba demasiado familiar. Reconoció que la idea de perder a su madre había rondado constantemente su mente durante buena parte de su infancia y adolescencia. Sin embargo, cuando se enteró de su fallecimiento, le costó aceptar la pérdida como una realidad porque, aunque la esperaba, no la veía como algo que fuera a sucederle realmente a ella.

A diferencia de las demás personas participantes, aunque el padre de Arun estuvo enfermo en las semanas previas a la pérdida, con ictericia y daño hepático, Arun no esperaba que su padre muriera a causa de su enfermedad. Al recordar el momento en que conocieron la noticia, la incredulidad y la conmoción caracterizaron las experiencias tanto de Mona como de Arun. Cuando se le preguntó qué pensaba y sentía en aquel momento, Arun declaró:

«Me quedé de piedra porque yo tenía… o sea… debía de tener unos 19 años entonces[…] es algo que, ya sabes, por mucho que lo intente, no voy a poder explicarlo del todo, o sea, lo que estaba viviendo, porque estaba pasando todo tan jaldi, jaldi (rápido) y no te daba tiempo a, ya sabes, entender».

Esta conmoción actuó como una barrera que impidió a Arun aceptar la muerte de su padre y le dificultó comprender la realidad de la pérdida. La pérdida fue inesperada, y la falta de preparación que Arun percibía para afrontar un acontecimiento vital de este tipo se manifiesta en la insistencia con que subraya la edad que tenía entonces. Por ello, admitió que al principio negoció con la posibilidad alternativa de que su padre se habría salvado de no ser por un error por descuido del personal sanitario. Las primeras fases de las reacciones de Arun ante la pérdida coinciden así con el modelo de etapas del duelo de Kübler-Ross (1969), en el que a la negación y la incredulidad les sigue la negociación.

Ver por primera vez el cuerpo de su padre suscitó emociones y pensamientos similares en Maheen y Arun, a quienes les resultó difícil hacerse a la idea de que el cuerpo de su padre estuviera ya sin vida. Arun experimentó sentimientos contradictorios de orgullo y angustia al darse cuenta de la partida de su padre del mundo físico, como refleja su testimonio:

«…lo más difícil que tuve que hacer fue, ya sabes, cuando el cuerpo llegó a casa, tuve que, ya sabes, quitarle la barba y fue muy triste. O sea, tuve la oportunidad de, ya sabes, recortarle la barba a mi padre, pero luego, al final, cuando te das cuenta de que ya no estaba, ya sabes, fue una experiencia muy dolorosa».

Otra emoción predominante fue la culpa, mencionada por Maheen y Mona. Tras haber estado expuestas a modelos de duelo en los que la rumiación y la tristeza eran las únicas emociones visibles, seguir con la vida cotidiana, sentir emociones positivas y no experimentar una reacción de duelo extrema les provocaba sentimientos de culpa, como muestra el comentario de Mona:

«Lo que asociaría al periodo inmediato, o sea, a las una o dos semanas siguientes, era como una sensación de culpa muy rara cada vez que intentaba disfrutar de algo».

Esta culpa era fruto de expectativas interiorizadas sobre cómo se debe reaccionar ante el duelo, que generaban una disonancia entre sus expectativas y su conducta. Maheen, sin embargo, también sintió culpa porque se culpaba de la muerte de su padre y asumía la responsabilidad de los incidentes que desembocaron en su última urgencia médica. Esta culpa tenía efectos especialmente abrumadores por la noche y le provocaba alteraciones del sueño y pesadillas, que Maheen afrontaba distrayéndose con series de televisión antes de acostarse.

Adaptarse a una realidad alterada

En los relatos de todas las personas participantes sobre los días inmediatamente posteriores a la pérdida destacaba su implicación en los rituales relacionados con la muerte, como organizar el funeral, viajar a otra ciudad para el entierro o preparar lo necesario para recibir a las visitas, entre otras cosas. Como consecuencia, los pensamientos sobre la pérdida no ocupaban su mente, como revela Alan:

«Los primeros 3-4 días toh, o sea, hay tantos rituales, hay tanta gente alrededor, que no tienes tiempo para ti. Tienes que ocuparte de la familia que viene, que se va, organizar eso. […] la cremación y todo eso que tenemos que hacer. Lo de haberla perdido no se me pasaba por la cabeza…».

Al ser de los mayores de su fratría, conocer la noticia de la pérdida supuso para Alan, Maheen y Arun una llamada a mantenerse fuertes por la figura parental que había enviudado, una conducta nacida de la preocupación empática hacia ella. Su prioridad inmediata fue proteger a su padre o a su madre y apoyar a su familia. Enterarse de la muerte de su padre llevó inmediatamente a Arun a centrar su atención en su madre, como reveló:

«Cuando mi padre murió, esa misma noche, mi hermano, mi madre y yo, todos, mi madre dormía entre nosotros dos y le cogimos las dos manos y le dijimos que estábamos ahí para ella».

Volver a la vida normal una vez realizados los rituales les exigió adaptarse a una nueva vida sin la persona fallecida. A Maheen le recordaba a menudo la ausencia de su padre la expectativa de verlo en lugares familiares, una conducta de búsqueda que desencadenaba la toma de conciencia de la pérdida al verse frustradas sus expectativas.

«Al principio, durante un par de meses quizá… yo rezaba, hacemos el namaaz, y el sitio donde hacía el namaaz era donde estaba su lado de la cama […]. Cada vez que iba a rezar, veía que, vale, aquí no hay nadie, y me golpeaba. Ya no me golpea».

Cada participante adoptó enfoques distintos para afrontar sus nuevas circunstancias, recurriendo a veces a un afrontamiento centrado en el problema y otras a un afrontamiento centrado en la emoción. A lo largo de la entrevista, el relato de Maheen confirmó un enfoque orientado a la evitación, que posiblemente surgía de sus esfuerzos por protegerse de la intensidad de las emociones que realmente siente ante la pérdida y del miedo a no saber cómo gestionarlas. La experiencia de Mona estuvo influida por diversos factores estresantes presentes en aquel momento, entre ellos sus exámenes inminentes y los pensamientos sobre su madre. Su familia intentó establecer de inmediato una rutina, como ella misma explicó:

«Esa misma tarde (después del funeral) volvimos a casa y más o menos intentamos recuperar algún tipo de rutina».

Al igual que en el caso de Mona, el duelo de las demás personas participantes adoptó también la forma de una orientación al restablecimiento, con oscilaciones ocasionales hacia la orientación a la pérdida. Relataron que evitaban rumiar la pérdida y se centraban en adaptarse a su realidad transformada, pese a las dificultades ocasionales para reconocer la continuidad de la vida. Esta oscilación concuerda con el modelo de proceso dual propuesto por Stroebe & Schut, 1999, según el cual la persona en duelo se implica en un proceso dinámico de confrontación o evitación de los factores estresantes orientados a la pérdida y de los orientados al restablecimiento en distintos momentos, una fluctuación que es clave para un afrontamiento adaptativo.

Además, la muerte de su padre o de su madre trajo consigo ciertas responsabilidades económicas y consecuencias secundarias, como relaciones alteradas, la redistribución de tareas dentro de la familia, cambios en la conducta de sus miembros y la pérdida de los distintos roles que desempeñaba la figura parental fallecida. Un hallazgo singular de este estudio es que, pese a estos relatos sobre los cambios en sus vidas, las cuatro personas participantes afirmaron que la pérdida no había provocado ningún cambio significativo y observable en el día a día. La incoherencia entre lo que contaban sobre los cambios producidos y la ausencia de cambio que percibían sugiere intentos de negar el cambio. También puede atribuirse a una dificultad para recordar los cambios debido a la conmoción emocional y mental que marcó su experiencia inicial. Los estudios sobre la memoria de acontecimientos autobiográficos han mostrado una mayor tendencia a recordar los recuerdos positivos frente a los negativos (p. ej., Linton, 1975; White, 2002). Además, los cambios producidos pueden haberse limitado a ciertos ámbitos, en lugar de constituir una alteración general de todas las esferas de la vida. Bonanno (2019) sugiere que ser capaz de soportar con ecuanimidad un acontecimiento traumático o doloroso crea la suposición de que el acontecimiento no fue especialmente grave. Esto puede explicar la ausencia percibida de cambios significativos.

Tema 2: Realidades relacionales cambiantes

Perder a un progenitor equivalía a perder un pilar de la estructura familiar y de la propia vida. Por ello, la pérdida fue acompañada de importantes modificaciones en las dinámicas relacionales de cada participante, dentro y fuera de la familia.

Dinámicas familiares transformadas

Las personas participantes relataron que vivir la pérdida de un miembro de la familia nuclear había provocado, de una u otra forma, cambios sin precedentes en el entorno familiar. En las transcripciones de todas ellas se apreciaba una transformación observable de los roles que desempeñaban los miembros de la familia.

Alan y Arun, como hijos mayores de la familia, asumieron la responsabilidad de ocupar el lugar de la figura parental fallecida. Reconocieron que se había producido una inversión de roles entre la figura parental superviviente y ellos, de modo que sentían la necesidad de proteger a su familia. Este fue un hallazgo destacado de la tesis de Work (2013), que explora la experiencia masculina del duelo y en la que los participantes sentían una responsabilidad abrumadora ligada al rol del hijo mayor, una tendencia que denominaron «síndrome del hijo mayor». En consonancia con estos resultados, Alan y Arun también creían que, por el hecho de ser los hijos mayores, les correspondía cuidar de la familia en ausencia de la figura parental fallecida. Mientras que a Arun le preocupaba más el estado emocional de su madre, en el caso de Alan este rol le exigía ser una figura protectora para su hermano y su hermana. Así lo refleja su respuesta sobre cómo ha cambiado su rol dentro de la familia:

«Básicamente, lo que mis padres hicieron por nosotros ahora lo tengo que hacer yo. Soy yo quien tiene que ocuparse de todo. El que cuida tengo que ser yo; un tutor, un hermano, un hijo, tengo que ser yo».

La experiencia de Alan presenta un caso de parentalización, y su rol de cuidador en la familia se impuso a todo lo demás. Como se observa a lo largo de su relato, su experiencia de afrontar la pérdida, desde los primeros días hasta el presente, se interpreta a través de la lente de este rol.

También fue común a todas las personas participantes una redistribución de responsabilidades, en la que los miembros de la familia asumían distintas tareas que antes correspondían a la figura parental fallecida, como las gestiones económicas. Esto concuerda con la tercera tarea del luto descrita por Worden (1991): adaptarse a un mundo sin la persona fallecida reconociendo los roles que desempeñaba y adquiriendo nuevas habilidades para asumirlos.

Al igual que Arun, Maheen también sentía una preocupación empática por su madre y se comprometió a ser un pilar emocional para ella, lo que acabó fortaleciendo su relación y dando lugar a una mayor apertura e intimidad. El hecho de que su madre percibiera a Maheen como más madura también contribuyó a ampliar los límites de la relación entre madre e hija. Al hablar de su relación con su madre, Maheen declaró:

«Creo que ella también ha empezado a abrirse conmigo sobre muchas cosas, no solo sobre su relación con mi padre, sino en general sobre cosas de la familia de las que no se habla con los hijos y las hijas».

Esto concuerda con el hallazgo de Scott (2007) según el cual, tras el fallecimiento de un progenitor, la descendencia tiende a comprender mejor a sus padres y el concepto de muerte, lo que refuerza el sentimiento de conexión con la persona fallecida y facilita la aceptación.

Arun, Maheen y Mona percibían la necesidad de hacer compañía a su progenitor superviviente y de llenar el vacío que la figura parental fallecida había dejado en su vida. Ello condujo a un fortalecimiento del vínculo paternofilial, y la relación adoptó formas diferentes en cada caso.

En el caso de Arun, esto le brindó la oportunidad de acercar a su madre ideas que para ella eran nuevas y que la llevarían a aceptar mejor su estilo de vida, lo que revela una nueva influencia abiertamente bidireccional en su relación. Su familia experimentó también un cambio hacia una identidad familiar más fuerte y una mayor cohesión entre él, su hermano y su madre, de modo que la familia pasó a verse como el endogrupo, un cambio positivo que les permite ser indiferentes al juicio social. Tras la pérdida, Arun también se acercó a su hermano y parece verse como una figura protectora para él, posiblemente porque reconoce el dolor de su hermano por la pérdida de su padre.

Mona también revela cambios en su relación con su padre y con su abuela. Pilares mutuos en la desdicha, Mona y su padre se acercaron como resultado de sus experiencias compartidas al afrontar la enfermedad y la muerte de su madre. Cafferky et al. (2018), en su investigación sobre la reflexión acerca de la enfermedad terminal de un progenitor (PTI) y su muerte durante la adolescencia, observaron que una relación fortalecida con el progenitor vivo y sano, marcada por una comunicación más eficaz, se asocia a la PTI en la familia. Del mismo modo, Mona reveló que la relación abierta y relajada que mantiene con su padre se parece mucho a cualquier otra amistad. También singular en la experiencia de Mona, y contraria a la de las demás personas participantes, es una mayor dependencia de su familia. Al respecto, Mona dijo:

«Me he vuelto mucho más dependiente de casa. O sea… en, como, quizá en los 6 meses después de que muriera mi madre, cuando se te muere la madre te vuelves un poco paranoica con la muerte de todo el mundo. es como, vale, esto es algo que puede pasar de verdad…».

Esta dependencia parece haber surgido de la toma de conciencia del carácter transitorio de la vida; y una vez que la muerte se convirtió para ella en una realidad, pasó a ser la lente a través de la cual veía la enfermedad y contribuyó también a un mayor miedo a perder a su padre, su principal fuente de apoyo y todo lo que le resulta familiar.

La experiencia de Alan en cuanto a sus relaciones familiares también fue distinta: los primeros días tras la muerte de su madre generaron cierta distancia en su relación con su hermano y su hermana, debido a que preferían afrontar la pérdida cada cual por su lado. Con el tiempo se produjeron pequeños cambios en las relaciones dentro de su familia, y sus miembros se unieron para reducir el vacío que se había creado. Sin embargo, la pérdida del vínculo entre los miembros de la familia y la pérdida de su confidente siguen siendo muy marcadas.

Además de que la descendencia asumiera el rol de sus progenitores, otro cambio observado por todas las personas participantes fue el intento de la figura parental superviviente de ocupar de distintas maneras el rol de la fallecida. Por ejemplo, la madre de Maheen asumió el papel de protectora; la madre de Arun adoptó rasgos del padre e intentó ser más permisiva; en el caso de Mona y de Alan, esto se tradujo en frecuentes muestras de preocupación por parte de su padre, una conducta que antes asumía su madre.

Entre las pérdidas secundarias en el contexto familiar vividas por las personas participantes figuran la pérdida de estructura en su vida, mencionada por Mona, y la pérdida de una figura protectora, que se tradujo en una mayor vulnerabilidad, sentida por Maheen.

Las relaciones más allá de la familia

Los efectos de la pérdida no se limitaron a cambiar las relaciones familiares, sino que se extendieron también a las relaciones que las personas participantes mantenían fuera de su familia, incluidas la familia extensa y las amistades.

Maheen, Arun y Alan relataron cambios en la percepción social, y Alan y Maheen se vieron sometidos a la presión social para casarse. Cuando se le preguntó si había notado cambios en la forma en que los demás percibían a su familia, Alan reveló:

«Cada vez que alguien, quien sea, nos ve, siempre menciona una cosa: “casa a tu hijo”. Porque siempre dicen que en casa tiene que haber una mujer».

Tanto para Alan como para Maheen, esta presión proviene de la creencia de que se necesita a alguien que ocupe el rol de la figura parental fallecida. También en el caso de Maheen se percibe la necesidad de encontrar a un cabeza de familia varón que tome las decisiones importantes. Estos consejos no solicitados de personas ajenas sobre asuntos de su vida se viven como una injerencia que le causa un descontento visible. La familia de Arun también fue objeto de juicio social, ya que su círculo tendía a ver a la familia a través de la lente de la muerte de su padre, lo que refuerza la idea de que la estructura familiar suele servir de indicio para los estereotipos (Bryan et al., 1986). Un ejemplo de ello fue cuando su madre se cortó el pelo corto y la gente la juzgó por ello, posiblemente mirándola por encima del hombro por ocuparse de la moda pese a haber perdido a su marido.

En cuanto a las amistades, Maheen afrontó la pérdida ampliando su círculo social, lo que dio lugar a amistades que ahora valora mucho. Esto sugiere sus intentos de llenar el vacío creado en su vida, así como de distraerse del dolor. Otro factor que llevó a Maheen a buscar nuevas amistades fue el peso de la pérdida en sus amistades más antiguas, evidente en el cambio de comportamiento de sus amistades, que se mostraban excesivamente cohibidas con ella, lo que la llevó a crear una realidad independiente de la pérdida. Al hablar de la necesidad de entablar nuevas amistades, Maheen dijo:

«En ese momento solo me importaba estar con gente que en realidad no me conociera, que no supiera que había perdido a alguien, para que no me estuvieran preguntando todo el rato “por qué estás triste” o para no estar sintiéndome culpable todo el rato si estaba contenta».

Arun, en cambio, vivió cambios contrapuestos en sus relaciones. La pérdida fue acompañada del final de una amistad muy querida, debido a la incapacidad de esa persona para brindarle apoyo en los momentos difíciles, una experiencia frecuente entre las personas en duelo. Además, también vio fortalecerse las relaciones que ya tenía, gracias a que su círculo social actuó como fuente de apoyo incondicional, como él mismo reveló:

«Hay un amigo mío al que conozco desde la infancia, pero no nos hablábamos. Pero luego, como te dije, nos mudamos. Así que éramos buenos amigos y después nuestra amistad también se fortaleció. La gente nos apoyó muchísimo».

A la luz de las circunstancias vitales de Mona en la época de la pérdida, sus preocupaciones en el terreno de la amistad le eran propias. Lo que ocupaba el centro de su experiencia en relación con su círculo social eran sus cuestiones en torno a la feminidad: la muerte de su madre la llevó a sentir la ausencia de una influencia femenina fundamental y a buscar en sus nuevas amistades una orientación femenina. La necesidad de identificación y de apego con la madre, que actúa como guía en el desarrollo femenino, ha sido corroborada por la investigación existente (Douglass, 2005; Miller, 1986), lo que resuena con las inquietudes de Mona al respecto.

Mona valoraba especialmente sus amistades con personas procedentes de hogares monoparentales, en consonancia con el hallazgo de Worden (1996) de que la amistad con otros niños y niñas en duelo resulta especialmente útil y comprensiva en comparación con la que se mantiene con quienes no han vivido un duelo.

Tema 3: El afrontamiento en el contexto del otro

El recorrido de afrontar la pérdida de un progenitor no se vivió dentro de una burbuja aislada de los demás. Más bien, el afrontamiento de la pérdida parental tuvo lugar dentro de redes de relaciones, en el seno de la familia y fuera de ella, y estuvo influido por las expectativas sociales sobre el duelo. La presencia de otras personas influyó de manera significativa en la experiencia de afrontamiento de las personas participantes; esa influencia fue notable en los primeros días y ha tenido efectos duraderos en el presente.

El afrontamiento dentro de la familia

Las experiencias de las personas participantes diferían en función de si el afrontamiento familiar fue un proceso colectivo o se produjo de manera individual en cada miembro. En la familia de Alan, el duelo se consideraba una experiencia de cada cual, y al principio afrontaron la pérdida aislándose unos de otros. Sin embargo, la cruda visibilidad de la ausencia de su madre los acercó para afrontar el vacío en la familia. Aun así, siguen evitando las conversaciones sobre la pérdida en un intento deliberado de evitar una recaída en el duelo. Al responder a cómo reaccionó su familia ante la pérdida, Alan reveló:

«En realidad, nunca nos hemos sentado a hablar de ello… llegamos a la conclusión de que la pérdida ocurrió, después de eso una semana o un mes, y luego vuelta a la vida normal. Después de eso seguimos sin hablar de ello».

Como en la familia de Alan, aunque en los primeros días hubo una interdependencia en el estado emocional de la familia, Maheen y su hermano y su hermana también vivieron su duelo de manera individual, y ella apenas sabía cómo lo estaban afrontando. Aun así, se sentía orgullosa de la capacidad de ambos para recuperarse: su hermano logró organizar los rituales funerarios y su hermana pudo aprobar sus exámenes, cosas que les proporcionaron a ambos una distracción. Aunque su afrontamiento estaba relativamente desconectado del de Maheen, el de su madre era inseparable de su propia experiencia. La atención que dedicaba a su madre creó un círculo de afrontamiento en el que proteger a su madre la protegía a su vez de su propio dolor. Como Maheen y su madre sentían culpa en relación con los momentos que condujeron a la muerte de su padre, su madre se convirtió en un símbolo de sus propias emociones, lo que le permitió verlas desde la perspectiva de otra persona y darse cuenta de su irracionalidad. Cuando se le preguntó cómo había gestionado su propia culpa, Maheen declaró:

«Creo que, cuando empecé a tranquilizar a mi madre con respecto a su sentimiento de culpa, eso también hizo que yo me sintiera bien. O sea, tenía que pasar de una manera u otra».

A diferencia de Maheen y Alan, Mona y Arun vivieron su duelo como una experiencia colectiva dentro de la familia. Para Mona y su padre, afrontar la pérdida fue un proceso interdependiente: ella buscaba en su padre orientación y obtenía de él fuerza, al tiempo que se veía a sí misma como una distracción del duelo para él. Encontraba consuelo en compartir con él sus sentimientos sobre la pérdida, una apertura que constituye una ayuda eficaz para el afrontamiento (Thompson et al., 2011). El enfoque de afrontamiento de su padre estaba centrado en el problema y quizá verlo mantenerse fuerte ante la pérdida la animó a hacer lo mismo.

A lo largo de su entrevista, Arun habló de su experiencia de la pérdida en el contexto de su familia, lo que sugiere la importancia de la familia en el duelo (Thompson et al., 2011). Hubo una incongruencia ocasional entre los enfoques de afrontamiento que adoptaron él y su madre, evidente en el relato que hace Arun de su reacción de duelo diferida:

«Salí del aula del examen, dejé la hoja en blanco, me metí en el coche y me puse a llorar, lloré muchísimo ese día, lo recuerdo. […] Estábamos como, ya sabes, nuestra madre nos dijo que nada debía afectarnos, así que, sí».

Su madre ponía el acento en el afrontamiento centrado en el problema y reforzaba la fachada de fortaleza de su hijo. El apoyo recíproco dentro de la familia y su confianza en la fe, que los unió aún más, fueron importantes para ayudarles a afrontar la pérdida, un proceso que se produjo de forma natural con el tiempo.

El papel del apoyo social

El apoyo que las personas participantes recibieron de su círculo social, ya fuera la familia extensa, colegas o amistades, facilitó su proceso de afrontamiento de la pérdida, pues pudieron compartir su duelo con quienes las rodeaban. Personas ajenas a la familia nuclear ofrecieron su ayuda en los primeros días: ayudaron a la familia a organizar los rituales funerarios, brindaron apoyo emocional y compartieron responsabilidades con las personas en duelo. La investigación existente ofrece visiones contrapuestas sobre el papel del apoyo social en la facilitación del proceso de duelo: algunos trabajos subrayan su importancia para atender las necesidades emocionales e instrumentales de las personas en duelo (p. ej., Dopp & Cain, 2012; Sandler, 2001), y otros sostienen que no ayuda necesariamente al afrontamiento (p. ej., Stroebe et al., 2005).

Alan y Arun encontraron fuentes de apoyo en sus grupos religiosos. La inmersión de Arun en las actividades de la iglesia le llevó a pasar más tiempo con personas de su parroquia, que fueron sus principales pilares de fortaleza en la pérdida y le ofrecieron también apoyo instrumental. Arun recibió además un apoyo incondicional de fuentes inesperadas, como su amigo de la infancia, y tanto él como su familia vivieron esta reacción con una emoción desbordante, como él mismo explicó:

«Humko kuch karne ka mauka hi nahi mila (no tuvimos ocasión de hacer nada), asumieron todas las responsabilidades muy bien, desde traer el cuerpo del depósito a casa hasta llevarlo al cementerio, lo hicieron todo. La gente nos apoyó muchísimo».

Aunque ya no recibe ofrecimientos explícitos de ayuda, la presencia de una familia que le apoya también permite a Alan afrontar el vacío. Así, aunque sigue sintiendo la ausencia de su madre en su vida, tener cerca a la familia extensa evita que se sienta solo.

La familia extensa también desempeñó un papel en las primeras experiencias de Maheen. Le sirvió de distracción temporal de la pérdida y alivió el ambiente en los días inmediatamente posteriores. Al igual que Alan, Maheen también notó que los ofrecimientos de apoyo disminuían con el tiempo, y lo atribuyó a la empatía de la gente ante el deseo de su familia de evitar el tema de la pérdida. Al responder a cómo reaccionó la gente ante la noticia del fallecimiento de su padre, Maheen dijo:

«Claro, todo el mundo fue amable y al principio la gente intentaba preguntar cada cierto tiempo cómo estábamos... Intentaban pasar a vernos y hacernos compañía, pero creo que con el tiempo, otra vez, la vida sigue, ¿no?, y todo el mundo se ocupa de sus cosas. Además, creo que la gente también entiende que no es algo de lo que yo quiera hablar, así que también empiezan a evitar el tema».

Maheen también afrontó la pérdida entablando nuevas relaciones para llenar el vacío que había dejado, mientras que sus amistades anteriores siguieron siendo fuentes constantes de apoyo. En contra de lo que Mona esperaba, el comportamiento de sus amistades hacia ella no cambió y fueron su contacto con la realidad. Cuando se le preguntó por su experiencia inmediata, Mona dijo:

«Agradezco muchísimo que nadie hiciera un drama, que nadie me tratara como si fuera un bicho raro, simplemente me decían “qué pasa, imbécil” y seguían con todo como si nada, y eso fue muy divertido, la verdad».

El apoyo inesperado y constante que Mona recibió durante un largo periodo la llevó a entender las vidas humanas como entrelazadas, a partir de su constatación de que la gente se preocupaba sinceramente por ella y por su familia, algo que la sorprendió bastante descubrir. Así, el apoyo que recibió también la ayudó a dar sentido a su experiencia.

Las influencias sociales en el afrontamiento

Las ideas predominantes en la sociedad y difundidas por los medios de comunicación ejercen una gran influencia en el comportamiento humano, y así ocurre también con la respuesta de las personas ante la muerte. El contexto social influye con fuerza en la manera en que las personas viven el luto y afrontan el duelo: el apoyo percibido, la familia y las prescripciones culturales sobre el duelo desempeñan un papel importante en las elecciones de afrontamiento (Bhana, 2007). A través de las entrevistas se hizo evidente cómo la socialización también influía en la relación de las personas participantes con el duelo.

En los relatos de Maheen, Mona y Arun destacaban especialmente las nociones sociales sobre las reacciones de duelo apropiadas. En las entrevistas de Maheen y Mona se apreciaba la interiorización de estas expectativas y modelos sociales, que generaba sentimientos de culpa por no estar a la altura de esos ideales. El deseo de escapar de esta culpa, que sentía con mayor intensidad en sus interacciones con sus amistades, llevó a Maheen a entablar nuevas relaciones marcadas por cierto grado de anonimato, creando un espacio en el que podía sentir y expresar emociones positivas sin repercusiones sociales. Esta culpa interiorizada puede haber dificultado que Maheen aceptara seguir adelante con su vida, algo patente en algunas de las preguntas existenciales a las que se enfrentaba.

La culpa de Mona surgía de la disonancia que percibía entre su reacción y los modelos de duelo que había observado en los medios. Mona reveló cómo abordó sus sentimientos de culpa:

«O sea, en la tele todo el mundo lloraba durante varios días y luego la trama seguía, pero yo pensaba: no es así como me siento; no había ningún tipo de plantilla del estilo “hola, así es como se reacciona cuando pierdes a tu padre o a tu madre” y, eh, al final, cuando me di cuenta de que, ya sabes, reaccione como reaccione, no hay una manera equivocada de reaccionar, no tengo por qué sentirme obligada a llorar todo el tiempo».

La socialización a través de los medios creó guiones para el duelo, lo que dio lugar a la expectativa de que las personas en duelo deberían ser incapaces de seguir adelante con su vida y, en cambio, rumiar la pérdida durante mucho tiempo. Esta creencia contribuyó en gran medida a los sentimientos de Mona y la convenció de que las emociones positivas eran inaceptables. Quizá Mona creía que su reacción podía reflejar lo que sentía por su madre, y su incapacidad para identificarse con su único punto de referencia sobre el duelo la llevó a cuestionar sus sentimientos hacia ella. La literatura relacionada con la hipótesis del trabajo de duelo (p. ej., Raphael, 1984) ha sugerido que quienes no se ven gravemente afectados por el duelo son emocionalmente distantes, lo que indicaría una relación superficial o conflictiva con la persona fallecida. Sin embargo, Bonanno (2019) ha rebatido esta idea, defendiendo su corolario de que quizá las personas resilientes son especialmente sanas, lo que sugiere una relación extraordinariamente sana con el ser querido perdido.

Alan y Arun, en cambio, se enfrentaron a las presiones sociales asociadas a su rol de hijo mayor. Alan expresó que se le negó la oportunidad de reconocer y admitir sus emociones porque las responsabilidades de cuidar de su familia se convirtieron en su deber inmediato. Esta carga de responsabilidad recayó también sobre Arun, que se expresó así sobre las presiones de su rol:

«Recuerdo que, siendo el mayor, se suponía que no debía llorar. Evidentemente, voy a llorar, pero la sociedad piensa que, ya sabes, deberías ser tú el que cuide de la familia... ».

Según Arun, la sociedad suele restar importancia al cuidado de sí de las personas en duelo. Parecía albergar cierta ira hacia el origen de esta presión que se le imponía, por la que sentía la necesidad de estar a la altura de exigencias poco realistas como guardián de su familia cuando él mismo estaba desbordado por el duelo.

Otro reto al que se enfrentaron Alan y Arun fue ajustarse a la construcción social de la masculinidad. Esto los llevó a ocultar el dolor que sentían y, en el caso de Arun, le impidió expresar abiertamente su duelo. Estas condiciones le llevaron a restringir sus reacciones de duelo exclusivamente a la esfera privada de su vida y a aparentar fortaleza, en consonancia con los hallazgos de Work (2013) según los cuales los hombres eligen activamente cuándo y dónde expresar su duelo. A lo largo de la entrevista, Alan no dejaba de subrayar que «todo es normal», lo que puede atribuirse a dos razones: su género, que lo ha socializado para ocultar las emociones desagradables que experimenta, y al que le ayuda centrarse en lo positivo, o su lugar en la fratría, que lo presiona para garantizar que su familia funcione adecuadamente. Creighton et al. (2013) descubrieron en su estudio que los jóvenes en duelo encarnaban una de tres identidades masculinas: «el aventurero», «la figura paterna» y «el farolero». También en el presente estudio se observa que Alan y Arun asumen la identidad de la figura paterna, por la que se consideran responsables de su familia, así como la del farolero, pues esperan ser modelos para otras personas, como evidencia el deseo de Arun de ayudar a quienes atraviesan un duelo.

Maheen presenta una diferencia de género evidente en las reacciones de duelo consideradas apropiadas: reveló que la sociedad aprueba especialmente las reacciones emocionales de las mujeres, lo que las obliga a enfrentarse a sus emociones, a diferencia de lo que relatan Alan y Arun.

Fortalezas y limitaciones del presente estudio

La presente investigación, centrada en las experiencias de pérdida parental en la adultez emergente, presentó algunas fortalezas y limitaciones identificables. La metodología cualitativa permitió una comprensión en profundidad de las experiencias vividas de personas jóvenes que afrontan la pérdida. El encuadre de la entrevista brindó a las personas participantes la oportunidad de compartir su experiencia, algo que la mayoría afirmó no haber hecho nunca antes con tanta profundidad. La conversación y la introspección en la que se implicaron llevaron a algunas de ellas a cuestionar sus ideas sobre la emotividad y a replantearse la posibilidad de hablar abiertamente de la pérdida con otras personas. El método analítico del IPA facilitó el objetivo de explorar en detalle las experiencias únicas de pérdida de personas en la adultez emergente y la manera en que les dan sentido.

Aunque se intentó tener en cuenta los entornos religiosos, la imposibilidad de realizar las entrevistas restantes hizo que faltaran los relatos de personas pertenecientes a algunos grupos religiosos. En el presente estudio solo se exploró un contexto urbano, y quedaron fuera las experiencias de personas de otros entornos.

Implicaciones del estudio

El predominio de los trabajos cuantitativos en el campo de los estudios sobre la muerte pone de manifiesto la falta de exploraciones en profundidad de las experiencias vividas del duelo, una laguna de la investigación que el presente estudio ha contribuido a colmar. Además, este estudio se ha ocupado de la población de personas en la adultez emergente, cuyas experiencias de pérdida parental se habían pasado por alto hasta ahora. Las personas participantes del presente estudio mostraron que vivir la pérdida en la fase de la adultez emergente tuvo consecuencias particulares, como un cambio de prioridades al tomar conciencia de la necesidad de atender a asuntos de la vida más allá de los estudios y la carrera profesional; el reconocimiento de la propia dependencia de la familia y de la importancia de ser independiente en esta fase de la vida; y la manera en que el propio crecimiento personal a esta edad permitió que la pérdida se convirtiera en una experiencia de aprendizaje.

El estudio reveló discrepancias entre la manera en que las personas participantes vivieron los cambios en su vida tras la muerte de su progenitor y la manera en que los recordaban, lo que indica posibles intentos de negar el cambio o la dificultad para recordar cómo era su vida antes y después de la pérdida. También cabe destacar cómo se transformó la relación entre la figura parental superviviente y su hija o hijo, con la compañía, la dependencia y la asunción de nuevos roles en la familia como rasgos de la nueva dinámica relacional. Este estudio situó la pérdida parental y el duelo en el contexto social indio e identificó las maneras en que las creencias y normas sociales influyen en las experiencias de afrontamiento de la pérdida. Las personas participantes pusieron de relieve hasta qué punto los medios de comunicación y los roles de género influyen en su manera de vivir el duelo y de comprenderlo. El duelo se vive de forma individual y a menudo en aislamiento; sin embargo, el apoyo social y el duelo colectivo entre los miembros de la familia también configuraron la experiencia de la pérdida de las personas participantes.

Los resultados revelaron una resiliencia innata de las personas jóvenes para afrontar el duelo, en la que la continuidad de la vida y las propias responsabilidades dentro y fuera de la familia desempeñan un papel importante. Los resultados del presente estudio ofrecen algunos ámbitos para futuras investigaciones, sobre todo porque la pérdida parental durante la adultez emergente y la juventud aún no se ha explorado plenamente. Investigar las diferencias religiosas en el afrontamiento dentro de la diversidad del contexto indio podría beneficiar a la investigación en el campo de los estudios sobre la muerte. La investigación también puede centrarse en cómo los modelos que ofrecen los medios de comunicación influyen en las ideas sobre la pérdida y sobre el proceso de afrontamiento. Además, las investigaciones futuras pueden beneficiarse de comprender cómo la pérdida de un progenitor da lugar a la manifestación del duelo dentro de la familia y cómo lo afrontan sus distintos miembros en el contexto familiar. También pueden explorarse las diferencias de género en el afrontamiento de la muerte de un progenitor en la adultez emergente.

Conclusión

El presente estudio pretendía explorar las experiencias de personas jóvenes adultas que afrontan la pérdida de un progenitor, con el fin de comprender sus experiencias de afrontamiento de la pérdida, el impacto de la pérdida en las relaciones de su vida y la manera en que le dieron sentido. Se trató de una indagación cualitativa basada en la entrevista como método de recogida de datos y en el análisis fenomenológico interpretativo como método analítico. El análisis reveló cuatro temas superordinados: los primeros días tras la pérdida, las realidades relacionales cambiantes y el afrontamiento en el contexto del otro.

Se pusieron de relieve las similitudes y las particularidades presentes en los relatos de las personas participantes sobre el afrontamiento de la pérdida parental. El afrontamiento de la pérdida resultó ser un proceso a menudo inscrito en diversas relaciones, en el que el apoyo familiar y social tuvo consecuencias favorables, en consonancia con hallazgos anteriores sobre la importancia del apoyo para afrontar el duelo (p. ej., Bhana, 2007; Thompson et al., 2011). Aunque no se trató de un proceso deliberado, las personas participantes parecían haber dado sentido a la pérdida para adaptarse a la vida sin la persona fallecida. El estudio abre posibilidades para futuras investigaciones en un ámbito en el que la literatura existente es escasa.

Complexe Systémique: puntos clave

Este pequeño estudio indio desplaza útilmente la mirada: la pérdida de un progenitor no aparece como un trabajo intrapsíquico solitario, sino como una reorganización del sistema familiar bajo presión social. Terapeutas familiares reconocerán los movimientos: la parentalización del hijo mayor, colocado en el lugar de la figura parental fallecida por el entorno y por las normas de masculinidad; la cercanía entre la hija o el hijo y la figura parental superviviente, que pasa a ser confidente o compañía; la presión para ocupar el lugar vacío («casa a tu hijo»); el silencio mantenido para evitar una «recaída». El modelo de proceso dual ayuda a leer estas oscilaciones sin patologizarlas. Las limitaciones son claras: cuatro entrevistas, un medio urbano, un análisis a cargo de una sola persona investigadora y una discusión que describe más de lo que cuestiona. Para la clínica, la pregunta pasa a ser: ¿quién carga con qué desde la muerte?, ¿qué lealtades y mandatos de género están en juego?, ¿y qué relatos del «buen duelo» circulan en la familia y en los medios? Puede leerse junto con el artículo sobre las dinámicas familiares en el proceso de duelo y el artículo sobre las prácticas familiares tras la muerte de un hermano o una hermana.

Notas del original

Agradecimientos. Expresamos nuestra gratitud a las personas participantes en este estudio por confiarnos detalles íntimos y emocionalmente abrumadores de su vida, pese a lo difícil que les resultaba. Sus aportaciones son lo que ha hecho de esta investigación lo que es, y se lo agradecemos enormemente.

Declaración de conflictos de intereses. La autoría declaró no tener ningún conflicto de intereses potencial en relación con la investigación, la autoría o la publicación de este artículo.

Financiación. La autoría no recibió apoyo económico para la investigación, la autoría o la publicación de este artículo.

Referencias

Abrams R. (2013). When parents die: Learning to live with the loss of a parent. Routledge.

Arnett J. J. (2000a). Emerging adulthood: A theory of development from the late teens through the twenties. American Psychologist, 55(5), 469–480. https://psycnet.apa.org/doi/10.1037/0003-066X.55.5.469

Arnett J. J. (2004). Emerging adulthood: The winding road from late teens through the twenties. Oxford University Press.

Avis K. A., Stroebe M., Schut H. (2021). Stages of grief portrayed on the internet: A systematic analysis and critical appraisal. Frontiers in Psychology, 12, 772696. https://doi.org/10.3389/fpsyg.2021.772696

Bhana J. (2007). A social constructionist understanding of mourning: Indian widows' experiences. [Doctoral dissertation, University of South Africa]. https://pdfs.semanticscholar.org/5ecb/9c89bf1fb5d43a97a05998dd9fffa3d47e4a.pdf

Bonanno G. A. (2019). The other side of sadness: What the new science of bereavement tells us about life after loss. Hachette UK.

Bowlby J. (1961). Processes of mourning. The International Journal of Psycho-Analysis, 42, 317–340.

Bowlby J. (1980). Attachment and loss. Basic Books.

Bryan L. R., Coleman M., Ganong L. H., Bryan S. H. (1986). Person perception: Family structure as a cue for stereotyping. Journal of Marriage and Family, 48(1), 169–174. https://doi.org/10.2307/352241

Buckle J. L., Dwyer S. C., Jackson M. (2010). Qualitative bereavement research: Incongruity between the perspectives of participants and research ethics boards. International Journal of Social Research Methodology, 13(2), 111–125. https://doi.org/10.1080/13645570902767918

Cafferky J., Banbury S., Lewis C. A. (2018). Reflecting on parental terminal illness and death during adolescence: An interpretative phenomenological analysis. Interpersona: An International Journal on Personal Relationships, 12(2), 180–196. https://doi.org/10.5964/ijpr.v12i2.306

Caplan G. (1961). An approach to community mental health. Tavistock.

Creighton G., Oliffe J. L., Butterwick S., Saewyc E. (2013). After the death of a friend: Young men’s grief and masculine identities. Social Science and Medicine, 84, 35–43. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2013.02.022

Dopp A. R., Cain A. C. (2012). The role of peer relationships in parental bereavement during childhood and adolescence. Death Studies, 36(1), 41–60. https://doi.org/10.1080/07481187.2011.573175

Douglass M. J. (2005). An exploration of the relationship between the perception of the mother-daughter relationship, feminist consciousness and self-esteem in the adolescent/young adult daughter. https://doi.org/10.25774/w4-cs7j-pf69

Freud S. (1958). Totem and taboo. In: Strachey J (Trans), The standard edition of the complete psychological works of sigmund Freud (Vol. 13, pp. 1–161). Hogarth.

Gross R. (2018). The psychology of grief. Routledge.

Holland J. M., Neimeyer R. A. (2010). An examination of stage theory of grief among individuals bereaved by natural and violent causes: A meaning-oriented contribution. OMEGA-Journal of Death and Dying, 61(2), 103–120. https://doi.org/10.2190/OM.61.2.b

Kalmijn M., Leopold T. (2019). Changing sibling relationships after parents’ death: The role of solidarity and kinkeeping. Journal of Marriage and Family, 81(1), 99–114. https://doi.org/10.1111/jomf.12509

Kaneez S. (2015). Grief, traumatic loss and coping following bereavement: Case study of women. The International Journal of Indian Psychology, 2(3), 17–23. https://doi.org/10.25215/0203.004

Klapper J., Moss S., Moss M., Rubinstein R. L. (1994). The social context of grief among adult daughters who have lost a parent. Journal of Aging Studies, 8(1), 29–43. https://doi.org/10.1016/0890-4065(94)90017-5

Kübler-Ross E. (1969). On death and dying. Tavistock/Routledge.

Kvale S., Brinkmann S. (2008). InterViews: Learning the craft of qualitative research interviewing (2nd ed.). Sage.

Linton M. (1975). Memory for real-world events. In Norman D. A., Rumelhart D. E. (Eds.), Explorations in cognition (pp. 376–404). Freeman.

McCoyd J. L., Goldblatt Hyatt E., Hennessy K., Akincigil A. (2023). Revising ruling discourses: The griefwork evidence-to-practice gap and the mental health workforce. Death Studies, 47, 1–10. https://doi.org/10.1080/07481187.2023.2171159

Meuser T. M., Marwit S. J. (2001). A comprehensive, stage-sensitive model of grief in dementia caregiving. The Gerontologist, 41(5), 658–670. https://doi.org/10.1093/geront/41.5.658

Miller J. (1986). Toward a new psychology of women. Beacon Press.

Mortazavi S. S., Assari S., Alimohamadi A., Rafiee M., Shati M. (2020). Fear, loss, social isolation, and incomplete grief due to COVID-19: A recipe for a psychiatric pandemic. Basic and Clinical Neuroscience, 11(2), 225–232. https://doi.org/10.32598/bcn.11.covid19.2549.1

Özel Y., Özkan B. (2020). Psychosocial approach to loss and mourning. Psikiyatride Güncel Yaklaşımlar, 12(3), 352–367. https://doi.org/10.18863/pgy.652126

Parkes C. M. (1972). Bereavement: Studies in grief in adult life. Tavistock.

Parkes C. M. (1988). Bereavement as a psychosocial transition: Processes of adaptation to change. Journal of Social Issues, 44(3), 53–65. https://doi.org/10.1111/j.1540-4560.1988.tb02076.x

Parkes C. M., Weiss R. S. (1983). Recovery from bereavement. Basic Books.

Rahe R. H. (1979). Life change events and mental illness: An overview. Journal of Human Stress, 5(3), 2–10. https://doi.org/10.1080/0097840x.1979.9934522

Raphael B. (1984). The anatomy of bereavement: A handbook for the caring professions. Hutchinson.

Sandler I. N. (2001). Quality and ecology of adversity as common mechanisms of risk and resilience. American Journal of Community Psychology, 29(1), 19–61. https://doi.org/10.1023/a:1005237110505

Schut M. S. H. (1999). The dual process model of coping with bereavement: Rationale and description. Death Studies, 23(3), 197–224. https://doi.org/10.1080/074811899201046

Scott C. M. (2007). Childhood bereavement: A qualitative study. [Doctoral Dissertation, Pacific University]. https://pdfs.semanticscholar.org/2f40/b2bbc09bac990b608b1b4ae870f49ac72d07.pdf

Sharp H. K. M., Russell C., Keim M., Barrera M., Gilmer M. J., Foster Akard T., Compas B. E., Fairclough D. L., Davies B., Hogan N., Young-Saleme T., Vannatta K., Gerhardt C. A., Gerhardt C. A. (2018). Grief and growth in bereaved siblings: Interactions between different sources of social support. School Psychology Quarterly, 33(3), 363–371. https://doi.org/10.1037/spq0000253

Skalski S., Konaszewski K., Dobrakowski P., Surzykiewicz J., Lee S. A. (2022). Pandemic grief in Poland: Adaptation of a measure and its relationship with social support and resilience. Current Psychology, 41(10), 7393–7401. https://doi.org/10.1007/s12144-021-01731-6

Smith J. A., Flowers P., Larkin M. (2009). Interpretative phenomenological analysis: Theory, method and research. Sage Publications.

Smith J. A., Osborn M. (2007). Interpretative phenomenological analysis. In Smith J. A. (Ed.), Qualitative psychology: A practical guide to methods. Sage.

Stroebe M. (1993). Coping with bereavement: A review of the grief work hypothesis. OMEGA - Journal of Death and Dying, 26(1), 19–42. https://doi.org/10.2190/tb6u-4qqc-hr3m-v9ft

Stroebe M. S., Schut H. (1999). The dual process model of coping with loss. Death Studies, 23(3), 197–224. https://doi.org/10.1080/074811899201046.

Stroebe M., Schut H., Boerner K. (2017). Cautioning health-care professionals: Bereaved persons are misguided through stages of grief. Omega, 74(4), 455–473. https://doi.org/10.1177/0030222817691870

Stroebe W., Zech E., Stroebe M. S., Abakoumkin G. (2005). Does social support help in bereavement? Journal of Social and Clinical Psychology, 24(7), 1030–1050. https://doi.org/10.1521/jscp.2005.24.7.1030

Thompson A. L., Miller K. S., Barrera M., Davies B., Foster T. L., Gilmer M. J., Hogan N., Vannatta K., Gerhardt C. A. (2011). A qualitative study of advice from bereaved parents and siblings. Journal of Social Work in End-of-Life and Palliative Care, 7(2–3), 153–172. https://doi/10.1080/15524256.2011.593153

Valliani K., Mughal F. B. (2022). Human emotions during COVID-19: A lens through Kubler-ross grief theory. Psychological Trauma: Theory, Research, Practice, and Policy, 14(2), 247–249. https://doi.org/10.1037/tra0001064

Wagø S. S., Byrkjedal I. K., Sinnes H. M., Hystad S. W., Dyregrov K. (2017). Social support and complicated grief: A longitudinal study on bereaved parents after the Utøya terror attack in Norway. Scandinavian Psychologist, 4. https://doi.org/10.15714/scandpsychol.4.e10

White R. T. (2002). Memory for events after twenty years. Applied Cognitive Psychology, 16(5), 603–612. https://doi.org/10.1002/acp.819

Worden J. W. (1991). Attachment, loss, and the tasks of mourning. In Grief counseling and grief therapy: A handbook for the mental health practitioner (2nd ed., pp. 7–20). Springer.

Worden J. W. (1996). Children and grief: When a parent dies. Guilford Press.

Work F. (2013). The final curtain: A hermeneutic phenomenological study exploring the lived experience of male grief. [Doctoral dissertation, Aberdeen University].

Zisook S., Shear K. (2009). Grief and bereavement: What psychiatrists need to know. World Psychiatry: Official Journal of the World Psychiatric Association (WPA), 8(2), 67–74. https://doi.org/10.1002/j.2051-5545.2009.tb00217.x

Traducción no oficial al español de Portraits of Life After Loss: Understanding Parental Loss Within A Social Context, de Tanya Ann Antony y Bhumika Kapoor, Journal of Family Issues, vol. 45, n.o 10, pp. 2473-2499 (2024), doi: 10.1177/0192513x231204981, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (declaraciones agrupadas en las notas). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido; prevalece la versión original.

Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Portraits of Life After Loss: Understanding Parental Loss Within A Social Context», publicado en Journal of Family Issues (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

Leer el artículo original

Cómo citar este artículo

Antony, T. A., y Kapoor, B. (2024). Portraits of Life After Loss: Understanding Parental Loss Within A Social Context. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/portraits-of-life-after-loss-understanding-parental-loss-within-a-social-context (Obra original publicada en 2023 en Journal of Family Issues, 45(10), 2473-2499 (2024); republicada en 2024 por Journal of Family Issues, https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/0192513X231204981)

Carrito

Su carrito está vacío.