Esta versión ha sido traducida del inglés por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial. En caso de duda, prevalece la versión original.
Australian and New Zealand Journal of Family Therapy · Terapia familiar
En Irlanda del Norte, décadas de conflicto sectario han enseñado a callar la propia identidad. Christiana Young y Suzanne Mooney, de la Queen’s University Belfast, entrevistaron a cinco psicoterapeutas de orientación sistémica sobre su trabajo con familias racializadas: el silencio se traslada a las sesiones, la Blanquitud sigue poco explorada y algunos principios sistémicos frenan la conversación sobre la «raza». Las autoras abogan por ir más allá de la sensibilidad cultural hacia una práctica antirracista.
Traducción no oficial al español de Breaking the ‘culture of silence’: exploring therapist perspectives of culturally sensitive systemic psychotherapy in contested sociopolitical contexts – a Northern Ireland case study, de Christiana Young y Suzanne Mooney, publicado en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy (Wiley) (2024), doi: 10.1002/anzf.1599, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las tablas se presentan en forma de listas; no se reproduce la información complementaria en línea (guion de entrevista). Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.
Explorar la Blanquitud y el privilegio Blanco se identifica como un requisito fundamental de la práctica antirracista.
Christiana Young y Suzanne Mooney
Resumen
Acontecimientos nacionales e internacionales recientes han puesto el foco en las desigualdades estructurales y el racismo institucionalizado, desencadenando una lucha contemporánea por la igualdad y llevando a la comunidad sistémica del Reino Unido a reafirmar su compromiso con la justicia social y el antirracismo. Este artículo sitúa el contexto examinando cómo la teoría y la investigación sistémicas han abordado históricamente la desigualdad racial y la práctica intercultural, antes de describir un estudio cualitativo pequeño pero pionero que exploró la práctica de la sensibilidad cultural mediante entrevistas en profundidad con cinco psicoterapeutas de orientación sistémica con experiencia en Irlanda del Norte (IN). Aunque se confirmaron algunas similitudes con otras regiones del Reino Unido, surgieron diferencias matizadas, provisionales pero importantes, en el contexto de IN, dada su prolongada historia de división sectaria, conflicto político e inmigración más limitada. El «silencio» autoimpuesto respecto a la propia identidad religiosa o cultural en el contexto del conflicto político de IN surgió como un tema clave, junto con la Blanquitud poco explorada de las y los terapeutas, las paradojas teóricas que alimentan su reticencia y los beneficios terapéuticos percibidos de explorar las diferencias culturales y la experiencia vivida del racismo. Se discuten las limitaciones y las implicaciones del estudio, y se señala la necesidad de nuevas investigaciones y de esfuerzos renovados (en la teoría, la formación y la práctica) para ayudar a terapeutas a romper la «cultura del silencio» en su contexto sociopolítico local y a abordar las desigualdades sociales más amplias.
Puntos clave
Este artículo se basa en un estudio de máster pequeño pero pionero que exploró la práctica de la sensibilidad cultural en la psicoterapia sistémica en Irlanda del Norte (IN), una jurisdicción disputada dentro del Reino Unido (RU) con una prolongada historia de división sectaria y conflicto político y una experiencia de inmigración más limitada que otras jurisdicciones del RU (Inglaterra, Escocia, Gales). La sensibilidad cultural es una cuestión importante para la práctica psicoterapéutica contemporánea, ya que acontecimientos nacionales e internacionales recientes han vuelto a poner el foco en la historia de esclavitud, colonialismo y racismo sistémico del Reino Unido. Entre esos acontecimientos figuran el uso abierto de una retórica xenófoba en la campaña previa al referéndum de 2016 sobre la pertenencia del Reino Unido a la UE, que provocó un aumento de los delitos de odio contra las comunidades Negras y étnicamente minorizadas1 del Reino Unido (Booth, 2019), y el escándalo Windrush, en el que a ciudadanas y ciudadanos británicos Negros, procedentes sobre todo del Caribe, que llegaron al Reino Unido entre 1948 y 1973 para cubrir la escasez de mano de obra posterior a la Segunda Guerra Mundial, se les negó ilegalmente el derecho al trabajo, a la vivienda, a la atención sanitaria y a la protección social, y en algunos casos se les detuvo o deportó (Williams, 2020). La pandemia mundial de COVID-19 expuso aún más el impacto de las desigualdades estructurales y del racismo sistémico, con las comunidades Negras, asiáticas y de minorías étnicas2 sobrerrepresentadas en las tasas de infección y de mortalidad (Patel et al., 2020) y sancionadas de forma desproporcionada con multas por incumplir el confinamiento (Currenti & Flatley, 2020). Estos acontecimientos, unidos al resurgimiento del movimiento Black Lives Matter (BLM) en todo el mundo tras el asesinato racista de George Floyd bajo custodia policial en Estados Unidos (EE. UU.), visto por millones de personas en todo el planeta en mayo de 2020, movilizaron a muchas personas y organizaciones, entre ellas la comunidad sistémica del Reino Unido, a reafirmar su compromiso con la justicia social y el antirracismo (AFT statement BLM, 2023; Dreyer et al., 2020; Joseph-Salisbury et al., 2020; Kelly et al., 2020; Lebow, 2020). Pero ¿cómo se expresan estos compromisos en la teoría y la práctica sistémicas?
La teoría sistémica lleva mucho tiempo lidiando con la diferencia cultural y la desigualdad racial: desde el estudio etnográfico de Bateson sobre el pueblo iatmul de Nueva Guinea en la década de 1920 (Bateson, 1958) hasta el decisivo cambio de paradigma del primer al segundo orden a finales de los años setenta y principios de los ochenta (Goolishian & Anderson, 1992; Hoffman, 1985). Estos desarrollos teóricos pusieron de relieve la importancia fundamental del contexto cultural en las relaciones sociales, con una atención creciente a la persona de quien ejerce la terapia, a las desigualdades sociales y a los diferenciales de poder en la labor terapéutica, incluidas la «raza», la cultura y la clase social (Krause, 1995; McIntosh, 1998; Waldegrave & Tamasese, 1993; White & Epston, 1990). La teoría crítica de la raza reconoce la «raza» como una construcción política y social (Delgado & Stefancic, 2000); a lo largo de este artículo se usan comillas para señalar este carácter controvertido.
Hasta la fecha, la práctica intercultural se ha abordado en gran medida a través de la evolución de varios marcos clave. La primera gran respuesta teórica fue el desarrollo del concepto de «competencia cultural», destacado por primera vez en la literatura del trabajo social en Estados Unidos (Green, 1982; McKenzie, 2008) y adoptado por la comunidad sistémica para describir un objetivo formativo importante, según el cual la conciencia cultural se enseña mediante la adquisición de conocimientos sobre las tradiciones y prácticas de diversos grupos culturales (Hardy & Laszloffy, 1995). Este marco fue criticado posteriormente por no captar la complejidad cultural, por presentar a las comunidades Negras y minorizadas como en gran medida homogéneas (Kourgiantakis & Bogo, 2017) y por definir la desigualdad simplemente como «diferencia» sin despertar una conciencia crítica sobre el origen y el mantenimiento de los sistemas discriminatorios (Kelly et al., 2020; Krause, 2022). Además, el grupo étnico dominante (normalmente Blanco3) tendía a representarse como carente de etnicidad, de modo que alcanzar la competencia cultural consistía en aprender sobre otras culturas más que en ejercer la autorreflexividad (Kumas-Tan et al., 2007). Se consideraba que esta «otrificación» de las personas Negras y étnicamente minorizadas corría el riesgo de convertirse en una práctica colonizadora, que fortaleciera, reforzara y reprodujera inadvertidamente los diferenciales de poder de la sociedad (Lago, 2006; Nolte, 2007; Ryde, 2009). En respuesta a estas críticas surgió un segundo concepto, la «sensibilidad cultural», para describir la capacidad afectiva de terapeutas para responder «emocionalmente a los estímulos con respeto y delicadeza» (Hardy & Laszloffy, 1995, p. 228). Los modelos de práctica colaborativa subrayaron la necesidad fundamental de autoconocimiento por parte de quien ejerce la terapia para poder explorar las diferencias culturales desde una posición de autorreflexividad (Halevy, 1998; Hardy & Laszloffy, 1995; McGoldrick & Hardy, 2008). De hecho, la autorreflexividad de quien ejerce la terapia se considera crucial en las conceptualizaciones recientes de la sensibilidad cultural, que exigen a terapeutas «volverse hacia [sí mismos] para intentar orientarse sobre cómo posicionarse ante los demás» (Krause, 2012, p. xxii). Gabb y Singh (2015, p. 210) proponen que terapeutas ejerzan una «reflexividad crítica» sobre la semejanza y la diferencia, mientras que Daniel (2012) reclama una «reflexividad cultural» que permita abordar «aspectos de la “otredad” y de la diferencia» (p. 92).
El marco social GGRRAAACCEEESSS de Burnham (Burnham, 1993, 2012) ha sido adoptado por la comunidad sistémica del Reino Unido para considerar las múltiples dimensiones sociales de la experiencia vivida tanto de la persona consultante como de quien ejerce la terapia. Entre ellas figuran cuestiones como el género, la geografía, la «raza», la religión, la edad, la capacidad, la apariencia, la cultura, la clase o casta, la educación, el empleo, la etnicidad, la espiritualidad, la sexualidad y la orientación sexual, que se entrelazan para dar forma a las identidades y actúan como fuentes de marginación o de privilegio en la vida de las personas, lo que la literatura sociológica denomina interseccionalidad (Crenshaw, 2017). Sin embargo, el abuso persistente del poder y del privilegio en la sociedad ha llevado a voces recientes de la teoría sistémica a sostener que hace falta más (Krause, 2022), con la formulación de un enfoque transformador de tercer orden en el que la aspiración a la justicia social se integra explícitamente en el discurso terapéutico mediante una mayor sintonía sociocultural (McDowell et al., 2017, 2019).
Aunque estos debates dan una idea de la atención prestada a la teoría y la práctica de la sensibilidad cultural en la psicoterapia sistémica, las búsquedas en bases de datos electrónicas muestran una notable escasez de investigación empírica en el Reino Unido. Una revisión exploratoria inicial (Arksey & O'Malley, 2005) con tres grupos de conceptos («terapia familiar»; «terapia culturalmente sensible»; «minorías étnicas») sobre un periodo de 15 años (2007–22) solo localizó 10 estudios de investigación publicados (Collins, 2022; Cottrell-Boyce, 2022; Fox et al., 2017; Pakes & Roy-Chowdhury, 2007; Pandya & Herlihy, 2009; Singh, 2009; Teh & Lek, 2018; Ugazio et al., 2022; Wallis & Singh, 2014; Yon et al., 2018). Cabe destacar que todos los estudios se realizaron en Inglaterra, sin que se identificara ninguna investigación empírica en Gales, Escocia o IN. Además, en 9 de los 10 estudios, al menos una de las personas firmantes procedía a su vez de un entorno Negro o étnicamente minorizado, lo que plantea la cuestión de si estos temas siguen siendo una preocupación minoritaria. Todos los estudios incluidos eran de naturaleza cualitativa y tendían a ser de pequeña escala (un máximo de 11 participantes), con tres estudios de caso único. La mayoría de los trabajos se centraban, en términos generales, en cómo la diferencia cultural entre terapeuta y persona consultante afecta a la alianza terapéutica y a la implicación, mientras que dos examinaban las construcciones y actuaciones de la Blanquitud y del privilegio Blanco en terapia (Cottrell-Boyce, 2022; Wallis & Singh, 2014). El análisis de los trabajos incluidos identificó una serie de temas pertinentes (véase la tabla 1 para una síntesis).
Tabla 1 — Tabla de extracción de los trabajos incluidos.
El estudio en el que se centra este artículo pretendía responder a estas limitaciones de la investigación explorando la perspectiva de terapeutas sobre la psicoterapia sistémica culturalmente sensible en IN, una región del Reino Unido en la que no se había realizado ningún estudio previo y con una historia de conflicto político sostenido, división sectaria persistente e inmigración limitada. Se esperaba que este contexto singular aportara nuevos aprendizajes, dada su amplia mayoría Blanca y el hecho de que la identidad cultural sigue siendo allí una cuestión disputada. El estudio se realizó como trabajo de fin de máster de la autora principal, Christiana Young, en el MSc Systemic Psychotherapy de la Queens University Belfast (Young, 2018). La segunda autora, Suzanne Mooney, forma parte del profesorado sistémico de la Queen's University Belfast y actuó como directora del estudio.
En IN, las identidades religiosas, nacionales y culturales se confunden a menudo. IN, como jurisdicción diferenciada dentro del Reino Unido, fue creada en 1921 por una ley británica en respuesta a la guerra de independencia irlandesa (1919–21), que buscaba poner fin al dominio británico en Irlanda. La frontera se trazó alrededor de seis condados del noreste, la parte más industrializada de Irlanda, con una mayoría protestante/unionista que se identificaba como británica a raíz de la colonización del siglo XVII (Bardon, 2011). Sin embargo, estos condados contaban también con una considerable minoría católica/nacionalista/republicana que se identificaba mayoritariamente como irlandesa y aspiraba a una Irlanda unida (Bardon, 2011). Por tanto, la creación de IN fue siempre objeto de disputa y estuvo acompañada de violencia, tanto a favor como en contra de la partición, y entre las dos comunidades principales persistió una segregación mutua informal (McKittrick & McVea, 2002, p. 18). Los sucesivos gobiernos unionistas autónomos fueron acusados de discriminación sistemática en materia de vivienda, empleo y voto contra la minoría católica/nacionalista/republicana (McKittrick & McVea, 2002). Las crecientes tensiones culminaron en un conflicto violento que se intensificó y degeneró en 30 años de violencia prolongada, conocidos como «the Troubles», que costaron más de 3500 vidas y dejaron más de 50 000 personas heridas (Fay et al., 1999; Schiaparelli et al., 2015); la mayor proporción de muertes se concentró en las zonas con mayores niveles de segregación y privación (Cunningham & Gregory, 2014; Mesev et al., 2009). Un proceso de paz auspiciado por Estados Unidos condujo al Acuerdo de Belfast o de Viernes Santo de 1998 entre los gobiernos británico e irlandés y la mayoría de los partidos políticos de IN. Sin embargo, pese a un importante desarme paramilitar y a la reforma de la policía de IN, el sectarismo, los desacuerdos políticos y la violencia comunitaria (aunque en menor grado) persisten en la IN posterior al conflicto (Goeke-Morey et al., 2009; McAlister et al., 2013; Nolan, 2018).
No obstante, se están produciendo cambios en el panorama sociodemográfico de IN: según el censo de 2021, publicado recientemente, la población católica ha superado por primera vez a la mayoría protestante (NISRA, 2022). Sin embargo, los resultados del censo apuntan a cuestiones más matizadas en torno a la identidad cultural y nacional, con tres grandes grupos diferenciados: un 32% se identifica solo como británico; un 29% solo como irlandés; y un 20% solo como norirlandés (NISRA, 2022). Estas cifras concuerdan con los resultados sobre la identidad comunitaria/religiosa autoasignada y las actitudes políticas unionistas/nacionalistas de la Northern Ireland Life and Times Survey (NILT, 2021), que muestran indicios de cambio, sobre todo en las franjas de edad más jóvenes (p. ej., el 51% de las personas de 21 a 34 años no se consideran ni nacionalistas ni unionistas). Aun así, la segregación por motivos religiosos (y de clase social) sigue siendo un rasgo importante de la sociedad de IN, más acusado en la educación y en la vivienda social (Hughes et al., 2007; McClements, 2018; Roulston & Hansson, 2021), con altas tasas de privación social y problemas asociados como el consumo de sustancias, la enfermedad mental, el suicidio y la violencia (doméstica, paramilitar, delictiva) (Black, 2021; Bunting et al., 2012, 2013; Cummings et al., 2009; Doyle & McWilliams, 2018; McAlister et al., 2013; Muldoon, 2004). Los altos muros conocidos como «peace lines», que separan los barrios católicos/nacionalistas/republicanos de los protestantes/unionistas/lealistas en zonas de interfaz principalmente urbanas, levantados en la década de 1970 a raíz de disturbios o ataques, siguen existiendo e incluso han aumentado en número más de 20 años después del Acuerdo de Belfast de 1998 (Irish Times, 2022; Shirlow & Murtagh, 2006).
En cuanto a las poblaciones Negras y étnicamente minorizadas de IN, este territorio no conoció niveles de inmigración comparables a los del resto del Reino Unido tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en los años transcurridos desde el Acuerdo de Belfast, y en particular desde la entrada de los Estados bálticos en la Unión Europea (Gilligan, 2019), la población de IN, de 1,9 millones de habitantes, ha ganado en diversidad partiendo de un nivel muy bajo. Aunque el 96,6 % de la población se identifica como Blanca, las poblaciones étnicamente minorizadas se han duplicado, pasando del 1,8 % en 2011 (32 400 personas) al 3,4 % (65 900 personas)4 en el censo de 2021 (NISRA, 2022), con un aumento correlativo de los incidentes racistas registrados (Gilligan, 2019). El censo de 2021 registró el mayor número de personas residentes en IN nacidas fuera del Reino Unido y de Irlanda, que pasaron del 4,5 % al 6,5 % de la población (NISRA, 2022), y los nacimientos de madres nacidas fuera del Reino Unido y de Irlanda representan ya más del 13,3 % de todos los nacimientos de IN (NISRA, 2020). Se ha argumentado que las comunidades Negras y étnicamente minorizadas han sido ignoradas en IN, ya que el sistema político establecido por el Acuerdo de Belfast para garantizar que las dos comunidades principales compartan el poder en el gobierno y la falta de seguimiento estadístico por etnicidad contribuyen a la invisibilidad de estas poblaciones en la elaboración de políticas (House of Commons NI Affairs Committee, 2022).
La psicoterapia sistémica se practica en la isla de Irlanda desde mediados de la década de 1970; la sección de IN de la Association for Family Therapy (AFT UK) y la Family Therapy Network of Ireland (FTAI) se constituyeron hacia 1980, al norte y al sur de la frontera respectivamente (Carr, 2013). En la actualidad hay en total tres institutos de formación en psicoterapia sistémica, dos acreditados por la FTAI (University College Dublin; Clanwilliam Institute) y uno por la AFT (UK) en la Queen's University Belfast (Boland et al., 2020). Aunque hay aproximadamente 70 psicoterapeutas de orientación sistémica en el registro de IN y 300 en la República de Irlanda (RI), muchas de las personas registradas trabajan como enfermeras y enfermeros, profesionales del trabajo social o de la psicología, por falta de puestos específicos (Boland et al., 2020; Carr, 2013). En IN, la principal fuente de empleo para la psicoterapia sistémica es el servicio público de salud mental infantojuvenil (Child and Adolescent Mental Health Services, CAMHS), y un pequeño número de organizaciones del tercer sector contrata a psicoterapeutas de esta orientación por sesiones, a tiempo parcial o a tiempo completo.
Nacida de madre y padre sierraleoneses que emigraron al Reino Unido en la década de 1970, Young creció en el norte de Londres con la experiencia vivida del racismo. La yuxtaposición de una herencia sierraleonesa y un nacimiento británico hizo que viviera una condición minoritaria tanto en Sierra Leona como en Inglaterra: considerada parte de la diáspora sierraleonesa y, por tanto, llamada inglesa cuando estaba en Sierra Leona, y vista como una mujer Negra en Inglaterra. La complejidad de vivir entre dos culturas es algo con lo que lidió desde muy pequeña y que contribuyó a forjar su noción de identidad. Al trasladarse de Londres a Belfast, Young se encontró con un contexto comunitario muy distinto, en el que era la única persona Negra en formación, mientras que el resto del grupo procedía de un entorno irlandés o británico Blanco y se había criado en IN o en la RI. En el marco de su formación sistémica de nivel habilitante en IN, reflexionó sobre su experiencia vivida y al principio le costó entender dónde «encajaban» las personas Negras y minorizadas en el contexto actual de IN, con una historia marcada por las divisiones sectarias, el conflicto político y complejas cuestiones identitarias. Era consciente de su condición minorizada en IN, de su nacionalidad británica y de su color, lo que la dejaba insegura sobre cómo abordar con sensibilidad las conversaciones sobre «raza» y etnicidad en este nuevo contexto cultural. A medida que avanzaba la formación, Young descubrió que sostener con prudencia la postura terapéutica de la curiosidad (Cecchin, 1987), junto con la reflexividad cultural (Daniel, 2012) y la asunción de riesgos relacionales (Mason, 2018), le brindaba la oportunidad de crear un espacio para hacer emerger los aspectos raciales, étnicos y culturales de su «self», con buenos resultados en los encuentros terapéuticos con las familias y en su grupo de formación. Estas experiencias acumuladas de dar «voz» a su experiencia vivida como mujer británica Negra de herencia sierraleonesa en IN impulsaron el interés de Young por explorar la práctica de la sensibilidad cultural como tema central de su trabajo de fin de máster. La segunda autora, Mooney, dirigió el estudio y aportó al proyecto un conocimiento profundo del contexto sociodemográfico de IN. También ella había vivido desafíos identitarios complejos. Criada en un entorno comunitario Blanco protestante/unionista/lealista/británico en IN, estudió en Escocia (donde se la percibía como irlandesa) antes de regresar a IN e implicarse, ya de joven adulta, en proyectos intercomunitarios y formaciones terapéuticas que buscaban explorar y ampliar el diálogo y el intercambio antisectarios, con la aspiración de una nueva Irlanda. Hoy se identifica como mujer irlandesa Blanca y atea. La supervisión de la investigación se utilizó para abrir conversaciones sobre el posicionamiento de la investigadora y de la directora (Wilson et al., 2022) y sobre la intersección de sus identidades sociales en relación con el contexto de IN («raza», cultura, religión, etnicidad, nacionalidad), lo que permitió mantener una postura crítica, autorreflexiva y socialmente situada a lo largo de todo el proceso de investigación.
Como se ha visto, los debates sobre lo que constituye una práctica culturalmente sensible son complejos, matizados y socialmente situados. Por ello, se adoptó una epistemología de investigación construccionista social, con su postura crítica hacia el conocimiento recibido y su atención al lenguaje y al contexto social (Burr, 2015; Gergen, 1985), para explorar la práctica de la sensibilidad cultural de psicoterapeutas de orientación sistémica en IN. Se eligieron entrevistas cualitativas semiestructuradas con una selección dirigida de participantes como el método de recogida de datos más adecuado para generar datos ricos en detalles (Braun & Clarke, 2013) y facilitar una comprensión profunda y contextualizada de perspectivas singulares basadas en la experiencia vivida (Kvale, 1996). La aprobación ética fue concedida por la School of Social Sciences, Education and Social Work de la Queen's University Belfast. Una estrategia de muestreo intencional (Campbell et al., 2020) buscó reclutar a psicoterapeutas de orientación sistémica que trabajaran en el tercer sector como medio de acceder a participantes que cumplieran los requisitos dentro del plazo limitado del trabajo de fin de máster, dado el largo proceso de aprobación ética exigido para reclutar en el sector público. Se contactó con las direcciones generales de las principales entidades del tercer sector de IN conocidas por contar con psicoterapeutas de orientación sistémica para que difundieran el material de reclutamiento del estudio. Cinco participantes que cumplían los criterios de inclusión dieron su consentimiento informado. Tras completar un breve perfil sociodemográfico, la investigadora utilizó un guion de entrevista elaborado a medida (Patton, 2002) (véase el apéndice S1) para invitar a las personas participantes a reflexionar sobre sus propios orígenes raciales, étnicos y culturales; describir sus experiencias de trabajo terapéutico con familias Negras y étnicamente minorizadas en IN; deconstruir la expresión «práctica culturalmente sensible»; y explorar las posibilidades y las limitaciones de los encuentros terapéuticos culturalmente sensibles. Todas las entrevistas se grabaron en audio y se transcribieron literalmente. Se llevó a cabo un análisis temático «inductivo» de los datos (Frith & Gleeson, 2004), guiado por la guía de seis fases de Braun y Clarke para el análisis temático (2006). Las transcripciones se leyeron y releyeron para lograr la inmersión en los datos, y a continuación se realizó una codificación manual para identificar posibles patrones y temas (Hardy & Bryman, 2004). Se utilizó el mapeo visual para explorar los temas superordinados y los subtemas emergentes presentes en los distintos conjuntos de datos. Se avanzó en un proceso recursivo entre los datos y el mapa temático, renombrando en consecuencia temas y subtemas con el fin de ofrecer una narración analítica concisa y coherente que buscaba captar la esencia de las perspectivas de las personas participantes (Braun & Clarke, 2006). De este modo, los temas se descubrieron en lugar de encajarse «en un marco de codificación preexistente» (Braun & Clark, 2006:83). Como se ha señalado, se hizo un esfuerzo cuidadoso por reforzar la credibilidad, la transferibilidad, la fiabilidad y la confirmabilidad del estudio (Lincoln & Guba, 1985), en particular mediante un trabajo crítico con la supervisión (Severinsson, 2015) y un proceso de autorreflexividad (Berger, 2015) a lo largo de todo el estudio.
Young era consciente de su identidad británica Negra al realizar las entrevistas, y le preocupaba que las personas participantes cuestionaran su motivación. Para reducir la probabilidad de que su identidad actuara inadvertidamente como barrera a la implicación de las personas participantes, durante el reclutamiento dejó claro que no pretendía sacar a la luz opiniones prejuiciosas ni criticar indebidamente su práctica. Pese a estos esfuerzos, se reconoce que su identidad Negra influyó inevitablemente en cierta medida en las respuestas, lo que pudo limitar la información compartida (Gerson & Horowitz, 2002). No obstante, también es posible que la diferencia visible de Young enriqueciera las conversaciones. Curiosamente, todas las personas participantes hicieron referencia a su identidad de mujer británica Negra durante las entrevistas. Su identidad Negra y su condición de persona «de fuera» en IN pudieron llevar a las personas participantes a tomar mayor conciencia de su Blanquitud y ofrecieron una oportunidad única de reflexionar sobre la práctica intercultural en el contexto de IN.
En total se entrevistó a tres mujeres y dos hombres de más de 45 años. Aunque todas las personas participantes habían crecido en IN, dos se identificaban como irlandesas Blancas y tres como británicas Blancas. Dos habían completado su formación sistémica de nivel habilitante en IN, dos en la RI y una en Inglaterra, con una experiencia posterior a la titulación de entre 8 y 15 años en la práctica pública, del tercer sector y privada, en ámbitos de servicios sociales, salud mental y justicia (no siempre en puestos específicos de psicoterapia sistémica). En el momento del reclutamiento, trabajaban como psicoterapeutas de orientación sistémica (por sesiones o a tiempo completo) en cuatro organizaciones distintas del tercer sector que ofrecían servicios terapéuticos relacionados con la salud mental, el consumo de sustancias y el apoyo a las relaciones. Dos indicaron tener también consulta privada. Pese a esta amplia experiencia clínica, tres personas participantes refirieron una práctica intercultural muy limitada (estimada en menos del 2% de las personas consultantes), muy probablemente debido a la población Negra y étnicamente minorizada relativamente pequeña de IN. Solo una había trabajado con intérpretes. La persona participante con más experiencia intercultural (estimada entre el 30% y el 40% de las personas consultantes) había trabajado en zonas conocidas por acoger a un mayor número de comunidades Negras y étnicamente minorizadas debido a las oportunidades de empleo para migrantes (NISRA, 2020). Del análisis detallado de las entrevistas surgieron cuatro temas superordinados interrelacionados: la «cultura del silencio» en IN; la «Blanquitud como norma invisible»; las paradojas teóricas que alimentan la reticencia de terapeutas; los beneficios percibidos de explorar las diferencias culturales y la experiencia vivida del racismo (véase la tabla 2 para una síntesis de los temas y subtemas).
Tabla 2 — Temas principales y temas constitutivos.
Tema principal y, a continuación, temas constitutivos.
Dada la prolongada historia de conflicto político, violencia sectaria y discriminación de IN, todas las personas participantes mencionaron una norma cultural consistente en proteger la propia identidad religiosa y cultural, debido a una sensación dominante de amenaza para la propia seguridad personal o para un trato equitativo, preocupaciones que, según se señala, siguen existiendo hoy pese al Acuerdo de Belfast (1998) y al fin aparente del conflicto (Morrow, 2019). En consecuencia, cuatro de las cinco personas participantes se preguntaban si la persistencia de una «cultura del silencio» y el hecho de mantenerse «en guardia» respecto a su propia identidad cultural y étnica las volvían reticentes y poco preparadas para iniciar conversaciones sobre «raza», cultura y etnicidad con personas consultantes Negras y étnicamente minorizadas:
… hasta qué punto sentimos que podemos empezar a hablar de trabajo multiétnico y esas cosas, cuando todavía hay tanta desconfianza y tanta división por nuestras cuestiones sectarias. (Participante 1)
Curiosamente, todas las personas participantes vacilaron y se tomaron bastante tiempo para definir su propio origen cultural y étnico, como si se tratara de cuestiones que rara vez se les pedían o que rara vez se expresaban explícitamente. La falta de costumbre y la actitud «en guardia» a la hora de revelar la propia identidad cultural y étnica se identificaron como un obstáculo para el desarrollo de una práctica culturalmente sensible. Para una persona participante, esta diferencia se hizo más evidente al encontrarse, en actividades de formación sistémica en Inglaterra, con una aparente disposición a nombrar explícitamente la propia identidad cultural y étnica:
si has ido a Inglaterra a reuniones donde la gente… se presenta como Blanca de clase media… Nos quedamos en plan de qué están hablando, lo único que haces es decir tu nombre, pero también es que… quizá nos incomoda esa identidad declarada de entrada de esto es lo que soy, porque igual tendrías que nombrar cosas que no nombramos en esa cultura del silencio. (Participante 1)
Las respuestas de las personas participantes planteaban, por tanto, la cuestión de si, en el contexto sociopolíticamente disputado de IN, era necesario que el alumnado en formación y terapeutas «rompieran el silencio» y empezaran por explorar su historia sociopolítica local, su contexto, sus identidades culturales y sus desigualdades, como forma de prepararse para el encuentro con otros pueblos y con desigualdades más amplias.
Llamó la atención que las cinco personas participantes utilizaran la palabra «insular» para describir el contexto de IN e ilustrar cómo le había afectado la falta de inmigración:
Aquí hemos sido insulares… somos una comunidad muy insular… estamos frente a la costa de Inglaterra y de Gran Bretaña y nunca nadie… vino aquí, la verdad. (Participante 4)
Se consideraba que la relativa ausencia de inmigración había contribuido a que IN fuera un «país replegado sobre sí mismo», centrado en las divisiones sectarias y políticas más que en las cuestiones de «raza» y etnicidad. Cuatro de las cinco personas participantes refirieron que vivir en una sociedad dominada por la atención a las identidades religiosas y nacionales había desalentado activamente la reflexión sobre su identidad étnica, y percibían la Blanquitud como una «monocultura» general, en eco con el hallazgo de Wallis y Singh de la «Blanquitud como norma invisible» como tema dominante en el discurso de terapeutas (Wallis & Singh, 2014, p. 46). Según su relato, el aumento más reciente de personas Negras y étnicamente minorizadas en la comunidad de IN había llevado a una persona participante a reflexionar sobre su identidad racial, y en concreto sobre su Blanquitud, lo que suscitó en ella una exploración nueva:
Supongo que me veo como persona caucásica… Blanca en ese sentido americano… solo recientemente he tomado conciencia de eso… porque, al estar en una monocultura, en realidad no tienes que pensar en ti en esos términos. Es cuando… interactúas con otras personas de culturas diferentes cuando empiezas a reflexionar: bueno, ¿dónde estoy yo?, ¿en qué punto estoy? (Participante 5)
Las personas participantes aprovecharon para señalar las limitaciones experienciales de sus respectivas formaciones; solo una mencionó explícitamente el término «autorreflexividad» cuando se le pidió que deconstruyera la expresión «sensibilidad cultural». Con una titulación obtenida entre 8 y 15 años antes, cuatro personas participantes opinaban que la formación sistémica en Irlanda (Norte o Sur) actuaba inadvertidamente como barrera al desarrollo de una práctica culturalmente sensible, ya que, según referían, los grupos de aprendizaje no eran lo bastante diversos étnicamente como para suscitar el debate:
en mi grupo [de formación] todo el mundo era Blanco y no había nadie de otro país ni de otra raza, así que no creo que se dé una conversación rica. (Participante 5)
Una persona participante que había hecho su formación en la RI comentó que durante ese periodo no había acudido a terapia ninguna familia Negra o étnicamente minorizada, lo que percibía como una limitación de la oportunidad de desarrollar sus competencias para trabajar con la diferencia cultural. En cambio, la única persona participante que se había formado en Inglaterra consideraba que su aprendizaje se había visto enriquecido por la diversidad étnica presente tanto en el grupo de formación como en las familias que acudían a terapia. De forma más general, para esta persona participante había que replantear las premisas de la psicoterapia sistémica a la luz de sus orígenes Blancos:
… la terapia familiar se desarrolló en gran parte como un modelo Blanco, caucásico… basado en ideas Blancas sobre quiénes somos, qué somos… cómo nos comunicamos y qué es una comunicación buena y útil, y cuál no lo es, así que el reto es intentar dejar eso de lado de algún modo. (Participante 3)
Las oportunidades de desarrollo profesional continuo (DPC) se percibían también, en general, como limitadas en el contexto de IN, y la asistencia a actividades formativas en contextos geográficos con mayor diversidad étnica se consideraba esencial para el desarrollo profesional.
Aunque todas las personas participantes señalaron la importancia de explorar la experiencia vivida de las personas consultantes para una práctica terapéutica eficaz, era evidente que se ponía un énfasis distinto en la inclusión de las consideraciones culturales y de la desigualdad social, y las personas participantes expresaban posiciones contradictorias que revelaban cierta reticencia a abordar este tema. Al deconstruir la expresión «práctica culturalmente sensible», sus respuestas ponían el acento en atender a cómo las creencias y prácticas culturales de las personas consultantes afectaban a su vida:
Una práctica culturalmente sensible significa que yo tenga conciencia o sensibilidad del hecho de que la cultura de otra persona es suya y afecta a cómo vive su vida, a cómo ve el mundo, y por tanto tienes que ser consciente de ello y luego intentar… trabajar con ello con sensibilidad. (Participante 2)
Pese a este reconocimiento aparente de la importancia fundamental de la cultura y la etnicidad en la experiencia vivida y la visión del mundo de una persona, paradójicamente cuatro de las cinco personas participantes expresaron reticencia a plantear a las familias la cuestión de la experiencia o las creencias culturales, raciales o étnicas, pues lo veían como un ejercicio de poder sobre las personas consultantes al determinar la agenda terapéutica. En su lugar, las personas participantes subrayaron su preferencia por adoptar una «posición de inferioridad» (one down) y un enfoque de «no saber informado» (Anderson & Goolishian, 1992; Laird, 1998) en su trabajo terapéutico con familias étnicamente minorizadas, como forma de equilibrar pericia e incertidumbre (Mason, 1993). Tres personas participantes expresaron además su preocupación por que centrarse en la cultura pudiera conducir también a una «reificación de la cultura» poco útil (Pakes & Roy-Chowdhury, 2007 p. 286) en el contexto terapéutico; una de ellas afirmó:
… [la familia] no está ahí porque tenga una determinada etnicidad… está ahí porque necesita ayuda para reflexionar sobre lo que pasa en su vida y sobre lo que tiene que cambiar… yo lo enfoco desde el punto de vista de que están aquí con un propósito… y ese motivo no tiene nada que ver con dónde han vivido antes, ni con quiénes son o qué son en ese sentido… soy mucho más consciente de la ansiedad que entra en la sala y del miedo que entra en la sala… que de si la persona es croata, polaca, nigeriana o lo que sea, la verdad… puede que esa no sea la respuesta correcta, pero esa es mi primera preocupación; después, sí, intento ponerme en la misma sintonía, porque hay diferencias y no quieres caer en la grosería ni decir algo fuera de lugar o una estupidez. (Participante 4)
Cabe destacar que todas las personas participantes expresaron también la opinión de que las dificultades que viven las familias «trascienden» la cultura, y refirieron que los conceptos de universalidad y de «humanidad compartida» (Rober & De Haene, 2014) les servían de guías importantes en el trabajo terapéutico con las familias:
Me encanta lo de la humanidad común… atraviesa y trasciende la cultura… significa que puede ser más fácil no preocuparse por la cultura, porque es simplemente humanidad y no una cuestión cultural. (Participante 2)
Evidentemente, este enfoque corría el riesgo de relegar la importancia de las cuestiones específicas relacionadas con la «raza» y la etnicidad, ya que las personas participantes parecían concebir la cultura como algo relacionado solo con aspectos concretos de la vida de las personas, en lugar de entender las identidades racializadas y minorizadas como inscritas en toda la experiencia vivida y estrechamente vinculadas a las estructuras de poder dominantes de la sociedad. No obstante, también puede indicar el temor a que la familia perciba como discriminatorio que quien ejerce la terapia se centre explícitamente en la «raza», la cultura o la etnicidad. Esto podría sugerir un discurso de «corrección política», identificado por Wallis y Singh (2014), que impide a profesionales de identidad Blanca plantear cuestiones de «raza» en el ámbito terapéutico debido a sentimientos de «ansiedad racial» y de «autovigilancia» (p. 51).
Aunque las citas anteriores indican el riesgo de negar la consideración de la «raza», la cultura y la etnicidad en el ámbito terapéutico o de relegarla a una simple «diferencia» (en lugar de desigualdad), cuatro de las cinco personas participantes refirieron, no obstante, que no permitían que su consideración de la «humanidad compartida» les impidiera reconocer cómo la cultura y la etnicidad afectan a la experiencia vivida de las personas de numerosas formas, a menudo desfavorables. Aportaron ejemplos de cómo centrarse en las diferencias culturales había beneficiado a la labor terapéutica:
… [la conversación anterior] llevó de forma natural a cómo la familia podía enriquecerse reforzando algunas de sus propias prácticas culturales dentro de esta [nueva] cultura [de IN]… [o] ¿había alguna manera en que la familia pudiera tomar prestado algo de esta cultura [de IN] para ayudar con otros obstáculos que afrontaba? … esto introdujo [en el diálogo terapéutico] de forma muy abierta toda la cuestión de la cultura… hizo que la cultura formara parte de la conversación de verdad. Para mí fue una de las experiencias más enriquecedoras. (Participante 2)
Algunas personas consideraban que la falta de inmigración en IN y la atención al sectarismo como principal sistema discriminatorio habían limitado la conciencia social sobre el racismo. Aunque las consideraciones sobre el racismo y las desigualdades estructurales fueron un tema relativamente menor en el conjunto de las entrevistas, las cinco personas participantes describieron una creciente conciencia del racismo en IN, que percibían como en aumento a medida que se hacía más visible la presencia de comunidades étnicamente minorizadas:
es como con la comunidad polaca cuando llegó… no había ningún problema, pero en cuanto [la comunidad] empezó a crecer… de repente hubo toda esta reacción en contra… (Participante 3)
Se consideraba que tales experiencias, cuando aparecían en la sala de terapia, exigían que quien ejerce la terapia adoptara una postura antirracista:
si alguien trae el racismo que está sufriendo, necesitas esa sensibilidad extra para… trabajarlo y hacer que pueda entender que no es culpa suya, sino, por desgracia, de la cultura en la que se encuentra. (Participante 2)
Se consideraba que esta postura permitía tener en cuenta la experiencia vivida del racismo de las personas consultantes, algo que se describía como un refuerzo de la alianza terapéutica y una ayuda para el diálogo posterior:
Desde luego sentí que, cuando hablamos de [la experiencia de racismo de las personas consultantes]… había una alianza terapéutica más fuerte, y eso nos permitió hablar de otras cosas. (Participante 5)
Por tanto, pese a unos marcos teóricos que pueden desalentar inadvertidamente la exploración de la diferencia cultural y a la relativa falta de formación experiencial, la mayoría de las personas participantes de este estudio reconocieron los beneficios terapéuticos de explorar las diferencias culturales y la experiencia del racismo.
Acontecimientos recientes como la pandemia de COVID-19 y el movimiento BLM han puesto el foco en el impacto del racismo y de las desigualdades estructurales en la vida cotidiana de las personas Negras y minorizadas en el Reino Unido. La lucha contemporánea por reconocer y combatir la injusticia racial y social ha cobrado nuevo impulso en la comunidad sistémica del Reino Unido: la AFT, órgano rector de la psicoterapia familiar y sistémica en el Reino Unido, emitió junto con el UK Council for Psychotherapy una declaración de apoyo a las protestas antirracistas en la que afirmaba su intención de utilizar su «plataforma y sus recursos para desempeñar un papel en la lucha por superar desafíos sistémicos profundamente arraigados… amplificar nuestra campaña para poner de relieve las disparidades raciales en la experiencia de los servicios de salud mental y en los resultados en salud mental» (UKCP, 2022). También desde la teoría se reclaman modelos de práctica transformadores que promuevan activamente la justicia social (Krause, 2022; McDowell et al., 2017, 2019). Pero ¿cómo se concretan estas aspiraciones en la práctica terapéutica en contextos sociopolíticos disputados? ¿Y qué podría significar esto para la formación sistémica? Este estudio de máster pionero trató de responder a estas preguntas explorando la práctica de la sensibilidad cultural con psicoterapeutas de orientación sistémica en IN. Surgieron tres ámbitos de interés principal, con implicaciones para la teoría, la investigación, la práctica y la formación sistémicas.
Aunque los resultados del estudio reflejan temas abordados en la investigación británica existente, quizá no sorprenda, dada la comprensión sistémica de la importancia vital del contexto, que la ubicación del estudio en IN aportara algunas diferencias matizadas respecto a los estudios realizados en el Gran Londres, así como posibles paralelismos con otras zonas del Reino Unido y de Irlanda con amplias mayorías Blancas. La ausencia de una inmigración significativa en IN se traducía en una sensación percibida de homogeneidad Blanca expresada por las personas participantes. La falta de interacción con personas racializadas y de otros orígenes culturales en los entornos formativos y clínicos hacía que incluso terapeutas con experiencia describieran una experiencia limitada de terapia intercultural y una Blanquitud poco explorada. Estas carencias se veían agravadas en el contexto de IN por la atención dominante a las identidades religiosas/nacionales, resultado del prolongado conflicto político de IN, que contribuía a una «cultura del silencio» a la hora de nombrar y explorar las identidades culturales y étnicas como tales. Los resultados del estudio sugieren que en contextos sociopolíticos disputados como IN se necesita un aprendizaje experiencial adicional. Explorar las propias identidades interseccionales a través de la lente del privilegio y la desventaja exige comprender la historia social y las relaciones de poder de una comunidad, lo que inevitablemente suscitará tensiones subyacentes y retos para las instituciones formativas en contextos políticamente disputados en los que no existe tal relato compartido.
Sin dejar de reconocer las especificidades del contexto de IN, este estudio confirma y amplía resultados de investigaciones anteriores sobre la falta crítica de exploración de la Blanquitud y del privilegio Blanco entre psicoterapeutas de orientación sistémica de identidad Blanca (Cottrell-Boyce, 2022; Wallis & Singh, 2014): la mayoría de las personas participantes de este estudio describían la «práctica culturalmente sensible» como la atención prioritaria a las creencias y prácticas culturales de la persona consultante, más que como una alerta crítica ante sus propias construcciones, y prestaban una atención relativamente limitada a la experiencia de la desigualdad y del racismo en la vida de las personas. Es difícil exagerar la importancia de tener en cuenta la opresión sistémica en la vida de las personas Negras y minorizadas, con los prejuicios y la discriminación raciales implícitos y explícitos, fuerzas poderosas que se refuerzan mutuamente y crean barreras que impiden el acceso a oportunidades en ámbitos vitales fundamentales como la vivienda (Gulliver, 2017), la educación (Joseph-Salisbury, 2020), la salud (Salway et al., 2020) y la justicia penal (Lammy, 2017), así como la posibilidad de «microagresiones» en la relación terapéutica (Sue et al., 2007). Estos resultados sugieren que, en el Reino Unido, quienes ejercen la psicoterapia sistémica desde una identidad Blanca, con independencia de su ubicación, siguen corriendo el riesgo de actuar según la «Blanquitud como norma invisible» (Wallis & Singh, 2014, p. 46), oscureciendo aún más el modo en que el racismo está institucionalizado y no puede abordarse solo de forma individual (Patel, 2022). Esta reflexión apunta a los retos que tienen los centros de formación sistémica de todo el Reino Unido y de Irlanda para «hacer visible la Blanquitud» (Wallis & Singh, 2014, p. 56), entendiendo la Blanquitud no como una característica o identidad individual, sino como «una lente hegemónica que racializa al otro, una ideología dinámica y reproductiva que mantiene la ventaja estructural y sostiene determinadas estructuras, instituciones y prácticas» (Patel, 2022, p. 94). Así, promover una práctica culturalmente sensible exige no solo una conciencia crítica de la propia etnicidad Blanca (Barratt et al., 1999; Singh, 2009), sino también una comprensión de las desigualdades interseccionales y, explícitamente, de cómo la Blanquitud opera como un sistema invisible de ventaja racializada cuyo resultado es el racismo (Patel, 2022). Este conocimiento, unido a capacidades experienciales, es un requisito fundamental para un compromiso intercultural ético y antirracista (Cottrell-Boyce, 2022; Knudson-Martin et al., 2019; Krause, 2012; Patel, 2022; Wallis & Singh, 2014). Integrar esta praxis antirracista exige, por tanto, no solo reflexividad crítica de cada profesional, sino también acción por parte de la institución formativa (Patel, 2022).
Los discursos teóricos sistémicos encierran contradicciones inherentes que a la vez fomentan y limitan el reconocimiento y la exploración de la «raza», la cultura y la etnicidad en la práctica clínica. Aunque se considera que la exploración de los «universales» repercute positivamente en la alianza terapéutica (Rober & De Haene, 2014), la investigación también destaca la importancia de que las personas se sientan «culturalmente comprendidas» (Fox et al., 2017; Teh & Lek, 2018; Yon et al., 2018). Las respuestas de las personas participantes reflejaban algunas de estas contradicciones teóricas, con una notable vacilación a la hora de suscitar conversaciones sobre «raza», cultura y etnicidad. Se citaron como obstáculos los discursos posmodernos sobre minimizar el ejercicio del poder de quien ejerce la terapia en la determinación de la agenda terapéutica, así como una propensión a deslizarse hacia una postura de «humanidad compartida» y, en consecuencia, a alejarse de la consideración de la diferencia cultural y de la desigualdad. Aunque bienintencionada, la «evasión del color» (Annamma et al., 2017) entraña riesgos cuando se utiliza fuera de la conciencia de quien ejerce la terapia, pues puede preservar el statu quo y dejar sin reconocer el racismo y la desigualdad interseccional. Se considera que este enfoque «ciego al color» corre el riesgo de ocultar e invalidar la experiencia vivida de las personas consultantes minorizadas por su implicación inherente de igualdad (Cottrell-Boyce, 2022; Wallis & Singh, 2014), volviendo invisibles el privilegio Blanco y la marginación Negra (Sue, 2010).
La reticencia de terapeutas indica la necesidad de nuevos marcos de práctica que vayan más allá de conceptos como la sensibilidad cultural y de una comprensión de la «raza» y la etnicidad como meras cuestiones de diferencia, y que hagan referencia explícita a la aspiración de justicia social del trabajo terapéutico contemporáneo para no perpetuar una práctica colonizadora (Collins, 2022; Rober & De Haene, 2014). A nuestro juicio, el enfoque de tercer orden formulado recientemente es un paso en la buena dirección, pues pasa del «saber» sobre las cuestiones sociocontextuales al «hacer» una práctica socioculturalmente sintonizada mediante un proceso de: sintonía con el contexto y el poder – nombrar la injusticia – valorar lo que se minimiza – intervenir en las dinámicas de poder – imaginar alternativas justas – y transformar para hacer realidad lo imaginado (Knudson-Martin et al., 2019, pp. 50–56). Este marco pide a terapeutas que rindan cuentas de cómo su práctica reproduce o contribuye a transformar las desigualdades sociales (Almeida et al., 2007), pasando del compromiso con la diversidad y la equidad social a la acción (Knudson-Martin et al., 2019, p. 47). Como afirma Krause (2022), aunque quizá no podamos «enseñar raza y equidad», sí podemos «destacarlo, señalarlo, comprometernos con ello, gritarlo, agitar, emprender acciones políticas… podemos hacer todo esto en la manera en que… nos atrevemos a sentir curiosidad e indagar sobre lo que hasta ahora hemos dado por sentado» (p. 168).
Este estudio de fin de máster presenta varias limitaciones importantes que acentúan el carácter provisional de los resultados expuestos y exigen nuevas investigaciones sobre la práctica intercultural en distintos lugares del Reino Unido y de Irlanda. Se reconoce que las identidades de la investigadora y de las personas participantes (y también de la directora) pueden haber sesgado los resultados y el análisis; sin duda, investigaciones futuras se beneficiarían de una muestra más amplia de profesionales que trabajen en una mayor variedad de contextos. Aunque se desconoce si el reclutamiento en el sector público habría permitido encontrar participantes con mayor experiencia terapéutica intercultural, es muy probable que IN refleje la experiencia del Reino Unido. Un informe reciente y de referencia del NHS Race & Health Observatory constató que, en Inglaterra, las personas de origen Negro y étnicamente minorizado tienen menos probabilidades de acceder a las terapias psicológicas del NHS, esperan más tiempo para ser evaluadas y tienen menos probabilidades de recibir tratamiento tras la evaluación (NCCMH, 2023). Estas disparidades raciales se reconocen también en Escocia, Gales e IN (UK Parliament, 2022); el Northern Ireland Affairs Committee del Gobierno de Westminster constató que «las personas procedentes de comunidades marginadas suelen ser ignoradas en la toma de decisiones de las políticas públicas. Además, se constata que los servicios de salud no satisfacen las necesidades de las personas ajenas a las dos comunidades (“Green and Orange”) que siguen dominando el discurso político en Irlanda del Norte» (Weaver, 2022, p. 6). Una exploración más profunda de las identidades de las personas participantes y un protocolo de entrevista revisado también podrían haber facilitado un análisis más avanzado de la intersección de múltiples identidades y de su influencia en la práctica intercultural. Además, dado el reciente aumento en IN de personas que no se adscriben a las divisiones habituales religiosas/comunitarias/políticas/de nacionalidad (NILT, 2021), una cohorte de participantes más joven o con una titulación más reciente podría haber aportado diferencias matizadas en cuanto al impacto del conflicto político de IN sobre la necesidad percibida de proteger la propia identidad étnica y cultural y/o una mayor atención terapéutica a las desigualdades sociales.
Creemos que el contexto sociopolítico actual ofrece a la comunidad sistémica una oportunidad importante para renovar su compromiso con el antirracismo y la justicia social, revisando cómo se integran estas cuestiones fundamentales en los marcos teóricos y de práctica contemporáneos y cómo se introducen en el contexto formativo. Este artículo pretende contribuir a esta tarea, poniendo de relieve los debates actuales y las paradojas teóricas y basándose en los resultados de un pequeño estudio pionero en IN. Los resultados confirman y amplían investigaciones anteriores y apuntan a la necesidad de integrar con mayor claridad en la teoría y la formación sistémicas la comprensión del impacto omnipresente de las desigualdades interseccionales, con un mayor énfasis en un aprendizaje experiencial anclado en el contexto sociodemográfico local del alumnado. En el profesorado sistémico de la Queen's University Belfast hemos tratado de aprovechar lo aprendido en este estudio y aplicarlo a nuestros propios cursos de formación, con buenos resultados hasta la fecha. La formación de nivel inicial en diversidad y desigualdades la codinamizan las autoras de este artículo, y lo aprendido se transmite en cascada a todos los niveles de la formación. Estos avances pretenden ayudar al alumnado (en su totalidad profesionales de diversas disciplinas), desde el inicio de su formación sistémica, a explorar sus propios orígenes culturales y étnicos (incluida la apertura de conversaciones sobre la identidad norirlandesa) y ofrecer un examen crítico de la Blanquitud como antesala del racismo institucionalizado. Ir más allá del concepto de sensibilidad cultural puede facilitar la integración explícita del antirracismo y de la justicia social como componentes centrales de una práctica sistémica ética. Creemos que estas medidas son esenciales para que las y los profesionales puedan romper «la cultura del silencio» y abordar directamente las desigualdades estructurales en su práctica clínica, ofreciendo a las personas consultantes Negras y minorizadas espacios terapéuticos que exploren las posibilidades de cambio en lugar de reforzar inadvertidamente la opresión.
Complexe Systémique: puntos clave
El estudio es pequeño (cinco terapeutas, un trabajo de fin de máster), pero señala un mecanismo profundamente sistémico: un contexto aprende a callar, y ese silencio se reproduce en la sesión. En Irlanda del Norte, décadas de conflicto enseñaron a no decir de dónde se viene; terapeutas trasladan esta cautela a su trabajo con familias racializadas, y la Blanquitud queda sin examinar. El punto más útil es la paradoja teórica que pone al descubierto: la posición de inferioridad, el no saber y la «humanidad compartida», pensados para limitar el poder de quien ejerce la terapia, pueden convertirse en una manera de eludir el color y dejar el racismo fuera del encuadre. La neutralidad deja de ser neutral cuando el sistema la vuelve cómoda. Para la práctica, una pregunta sencilla: ¿qué me ha enseñado mi propio contexto a callar, y quién paga el precio en la sala? Límites: una muestra homogénea reclutada en el tercer sector, y entrevistas realizadas por una investigadora cuya identidad pudo influir en las respuestas, como reconoce el propio artículo. Puede leerse junto con el artículo sobre la trampa del no juicio, cuando callar deja de ser neutral y el estudio sobre cómo profesionales racializadas de la terapia de pareja y familia desarrollan competencias multiculturales.
Notas del original
1 El término «Negro» designa a las personas de ascendencia africana que comparten una identidad cultural colectiva y una experiencia de racismo institucionalizado (Grant & Grant, 1975). La expresión «comunidades étnicamente minorizadas» incluye a otras personas racializadas y a las comunidades étnicas minoritarias Blancas que también sufren múltiples desventajas, como el prejuicio racial, la marginación y la discriminación (Aspinall, 2020).
2 En el momento de la recogida de datos de esta investigación se utilizaba el término «Black, Asian and minority ethnic» (BAME). Aunque es un término controvertido, sigue usándose habitualmente para hacer comparaciones estadísticas entre las poblaciones Blanca, Negra, asiática y étnicamente minorizada. En el acrónimo BAME, el término «Minority Ethnic» excluye a las comunidades étnicas minoritarias Blancas.
3 El término «Blanco» se escribe con mayúscula a lo largo de este artículo para nombrar explícitamente y llamar la atención sobre la Blanquitud como una «raza» que confiere privilegios, y para evitar la invisibilidad racial por la cual la Blanquitud se considera neutra o la norma (Fine et al., 1997).
4 Los principales grupos de la población de IN que se identifican como pertenecientes a una minoría étnica son: etnicidades mixtas (0,8 % – 14 400 personas); Negra (0,6 % – 11 000 personas); india (0,5 % – 9900 personas); china (0,5 % – 9500 personas); filipina (0,2 % – 4500 personas); Irish Traveller (0,1 % – 2600 personas). Las etnicidades árabe, pakistaní y romaní sumaban también, cada una, 1500 personas o más (NISRA, 2022).
Conflicto de intereses. Las autoras no tienen intereses en conflicto que declarar en relación con el contenido de este artículo. Las autoras no tienen intereses económicos ni de propiedad en ningún material tratado en este artículo.
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Traducción no oficial al español de Breaking the ‘culture of silence’: exploring therapist perspectives of culturally sensitive systemic psychotherapy in contested sociopolitical contexts – a Northern Ireland case study, de Christiana Young y Suzanne Mooney, Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, vol. 45, n.o 3 (2024), doi: 10.1002/anzf.1599, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (traducción al español, tablas presentadas en forma de listas). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.
Esta es una traducción no oficial al español del artículo original «Breaking the ‘culture of silence’: exploring therapist perspectives of culturally sensitive systemic psychotherapy in contested sociopolitical contexts – a Northern Ireland case study», publicado en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy (2024) bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial, tal como se indica al principio de esta página. Prevalece la versión original.
Leer el artículo originalCómo citar este artículo
Young, C., et Mooney, S. (2024). Breaking the ‘culture of silence’: exploring therapist perspectives of culturally sensitive systemic psychotherapy in contested sociopolitical contexts – a Northern Ireland case study. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/breaking-the-culture-of-silence-exploring-therapist-perspectives-of-culturally-sensitive (Obra original publicada en 2024 en Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, 45(3), 300-324 (2024); republicada en 2024 por Australian and New Zealand Journal of Family Therapy, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/anzf.1599)
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