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Genealogía · Familia

«Soy algo más que adoptada»: relatos de genealogía en familias de adopción internacional

¿Qué hay que transmitir a una niña adoptada en China y criada en Inglaterra? La política de adopción exige a las familias adoptivas que le proporcionen una «herencia»: una familia biológica, un país, una cultura. Sarah Richards escuchó a nueve familias y a diez niñas de cinco a doce años. Las madres y los padres cuentan, archivan, inventan. Al crecer, las niñas piden otra cosa: ser algo más que su adopción.

Autoría Sarah Richards (School of Education and Psychology, University of Suffolk, Ipswich, UK)Primera publicación Genealogy, 6 de agosto de 2018Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de “I’m More Than Just Adopted”: Stories of Genealogy in Intercountry Adoptive Families, de Sarah Richards, publicado en Genealogy (MDPI) (2018), doi: 10.3390/genealogy2030025, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las cinco figuras, dibujos de las participantes, no se reproducen, por respeto a los derechos de las personas; su posición y su leyenda se indican en el texto. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

Estos relatos pueden concebirse como un punto de partida que hay que superar, y no como una presencia constante, que es como suele concebirse la adopción.

Sarah Richards

Resumen

A diferencia del enfoque histórico de la «tabla rasa» en la adopción, la política actual pone un énfasis considerable en proporcionar a la infancia conocimientos; historia familiar; vínculos biológicos; relatos, una genealogía sobre la que fundar una identidad auténtica. El imperativo de esta genealogía compleja, y a menudo incompleta, también es explícito en el Convenio de La Haya sobre adopción internacional, establecido en 1993 para garantizar que a la infancia adoptada internacionalmente se le proporcione una «herencia» genealógica. Sin embargo, pese al predominio recurrente de este enfoque, la «herencia» sigue siendo un precepto ambiguo, que encierra la expectativa de que la infancia adoptada tenga acceso a toda la información disponible sobre su familia biológica o primera familia y adquiera competencia cultural sobre un país de nacimiento a menudo lejano y distante. Proporcionar tal herencia pasa a ser responsabilidad de las familias que adoptan internacionalmente. No sorprende, por tanto, que este papel se haya convertido en parte de la manera en que estas familias adoptivas ponen en escena y exhiben su parentalidad y sus prácticas familiares antes y después de la adopción (Richards 2014a; 2018). Este trabajo familiar es explícito en los relatos que las familias y sus hijas coconstruyen sobre la familia biológica, el abandono, China y el derecho de la infancia adoptada a pertenecer ante todo a un país de nacimiento. A partir de datos cualitativos aportados por una trabajadora social, once niñas de entre cinco y doce años y sus madres y padres, este artículo explora el papel y la significación cambiante de las narrativas como estrategias familiares para cumplir con tales obligaciones de herencia. En esta discusión se describe la compulsión de las familias adoptivas a proporcionar una herencia genealógica, a la que sus hijas pueden acabar resistiéndose a medida que buscan narrativas alternativas y cambiantes a través de las cuales construir sus pertenencias e identidades.

Palabras clave: pertenencia, adopción internacional, China, narrativas, genealogía

1. Introducción

Pese a las prácticas polémicas y controvertidas que se llevan a cabo bajo el nombre de adopción internacional, esta sigue siendo una opción de protección disponible para un pequeño número de menores en el mundo. Como práctica, la adopción internacional amplía nuestra comprensión de la adopción y se define como el proceso legal por el cual una persona menor con residencia habitual en un país o Estado (de origen) es trasladada a otro país o Estado (de recepción) como consecuencia de una adopción plena por parte de una o varias personas con residencia habitual en el Estado de recepción (ArcAdoption 2013; Department for Education 2011). Un aspecto añadido, y a menudo provocador, de la adopción internacional es su dimensión transracial. Este término se precisa como la adopción «de una criatura de una raza por progenitores de otra» (Triseliotis et al. 1997, p. 160; véase también Barn 2013; Barn and Kirton 2012).

La adopción internacional (ICA) se regula comúnmente (aunque no exclusivamente) mediante el Convenio de La Haya relativo a la Protección del Niño y a la Cooperación en materia de Adopción Internacional, establecido en 1993. Suele implicar (aunque, de nuevo, no exclusivamente) el traslado de menores desde Asia, América Latina y Europa del Este hacia América del Norte y Europa Occidental (Leifsen 2008). En 2011, Rotabi y Bunkers (Rotabi and Bunkers 2011) afirmaban que desde la Segunda Guerra Mundial se había adoptado internacionalmente a cerca de un millón de menores. Sin embargo, estadísticas recientes muestran un descenso significativo de la ICA desde 2004, con cifras que se han reducido a la mitad (Selman 2017). En Inglaterra, el número de adopciones internacionales siempre ha sido, y sigue siendo, muy bajo: apenas 58 solicitudes recibidas por el Department for Education en 2017 y 60 adopciones. Menos de 5 de estas adopciones procedían de China. Pese a este número reducido, China fue anteriormente uno de los países de origen más habituales para el Reino Unido y el objeto de varios estudios previos, como el British Chinese Adoption Study (Feast et al. 2013; Rushton et al. 2012).

Existe una investigación considerable sobre el impacto potencial de sacar a una criatura de un país e incorporarla a otro mediante la adopción (Juffer 2006; Smolin 2004). Se sabe menos sobre la manera en que las familias de adopción internacional gestionan realmente los indudables desafíos que esto representa (Jacobson 2008; Juffer and Tieman 2012). Allen (2007, p. 125) sostiene que la «falta de conocimiento y de comprensión de las cuestiones raciales y culturales» que muestran quienes adoptan internacionalmente es un motivo legítimo de preocupación. Sin embargo, Selwyn y Wijedasa (2008) señalan que en Inglaterra se han realizado pocas investigaciones con familias adoptivas para identificar cómo se facilitan la etnicidad, la cultura y la pertenencia. Dados el discurso crítico y los debates polarizados que rodean esta práctica (véase, por ejemplo, Bartholet and Smolin 2012), quizá no sorprenda que las voces de las personas más afectadas por la adopción internacional rara vez se escuchen (Gibbons and Rotabi 2012). Mi investigación explora cómo las familias adoptivas gestionan, exhiben y ponen en escena las complejidades de la pertenencia (Richards 2014a; 2018). Esta investigación cualitativa se centró en los relatos de nueve familias y diez niñas de entre cinco y doce años, así como de una trabajadora social especializada en ICA que había intervenido en el proceso de solicitud de algunas de las familias que participaron en este estudio doctoral. Los datos se recogieron mediante entrevistas semiestructuradas con las madres y los padres y una actividad de diario creativo con las niñas, en la que podían contar historias, hacer dibujos y añadir fotos y otros pequeños objetos para ilustrar sus narrativas. Estos métodos se inscriben en un enfoque metodológico centrado en la infancia y se apoyaron, en conjunto, en una ética feminista del cuidado (Cockburn 2005). Las familias viven en Inglaterra y han adoptado en China. No era mi intención centrarme únicamente en niñas, pero todas las familias que se ofrecieron a participar tenían hijas. Las explicaciones sobre la preponderancia de niñas disponibles para la adopción en China son complejas y están poco investigadas, aunque a menudo se supone que responden a la aplicación de la política del hijo único en China (hoy abolida). Son los relatos de estas personas adoptadas tan jóvenes los que he querido poner de relieve, en respuesta a la falta de voz que tienen en el resto de este campo.

Existen varios estudios pertinentes sobre la adopción internacional que incluyen reflexiones sobre la identidad. La investigación de Volkman (2005, p. 32) con personas adoptadas transracialmente en Suecia ilustra las «complejas transformaciones de la identidad» en el proceso de adopción. Dorow (2006, p. 4) investigó con familias adoptivas y sostiene que las narrativas identitarias de la infancia son a la vez complejas y «relacionales». La investigación de Howell (Howell 2006), realizada en Noruega, recoge las voces de personas adultas adoptadas internacionalmente que afirman que socialmente se pone un énfasis excesivo en su condición de personas adoptadas. El estudio de Feast et al. (2013) aportó testimonios de personas adultas adoptadas en China que viven en el Reino Unido, en los que, como en investigaciones anteriores, se sugiere una fluidez de la identidad (véase también Malhotra 2013). Además, Howell (2006) sostiene que distintos aspectos de la identidad pueden acentuarse en determinados contextos sociales. En la línea de las conclusiones de Howell, el estudio de Moinian (2009) sobre la identidad, aunque no trate de la adopción, ilustra también que ciertos rasgos identitarios pueden resultar más salientes en contextos específicos.

Estas investigaciones nos recuerdan que nuestras narrativas identitarias no son fijas, pueden ser cuestionadas, se relacionan con el pasado y también con un posible «mito de origen». Estas narrativas ayudan a explicar el presente y contienen además un proyecto de futuro (Yuval-Davis 2011, p. 14). Sin embargo, lo que suele predominar en la literatura y la práctica de la adopción es una concepción fija, esencializada y naturalizada de la identidad y la pertenencia (Richards 2012; 2014a). Estas pertenencias naturales se consideran vínculos primordiales y sitúan los lazos étnicos y biológicos como presociales y preculturales (Shils 1957). Estas conexiones biológicas y familiares fijas favorecen un sentimiento de continuidad, en el que la identidad se construye mediante narrativas de sucesión generacional (Warner 1991). Estas conexiones basadas en la sangre se asocian a la pertenencia a un Estado nación, a un lugar de nacimiento, y crean lazos prescritos entre la pertenencia biológica y la familiar que han llegado a esencializarse como parte integrante de la identidad (Bartholet 1999). Estos «componentes primordiales» (Yuval-Davis 2011, p. 409) de la identidad dominan el debate, la política y la práctica de la adopción (Richards 2012). «La familia biológica naturalizada, con su estatus privilegiado (tanto social como político) como lugar de pertenencia auténtica, es un discurso poderoso que crea una verdad particular sobre cómo debemos pertenecer, y a quién» (Richards 2018, p. 55). Geertz (1963, p. 108) describe estas «congruencias de sangre» como «avasalladoras» y coercitivas, de modo que la obligación, de una u otra forma, hacia estos lazos es una experiencia universal.

Sin «pertenencias de sangre», la sociedad construye a las personas adoptadas, en la infancia y en la edad adulta, como carentes de narrativas identitarias completas, con lo que peligra el desarrollo de una identidad auténtica (Richards 2012). Este «desconcierto genealógico» (Sants, citado en Volkman 2005, p. 26) debe compensarse (Richards 2018). En la adopción internacional, esta compensación comienza con relatos genealógicos: narrativas de pertenencia tanto a la familia biológica como a la adoptiva, al país de nacimiento y al país de adopción. Estas narrativas deben intentar además ir más allá de las fronteras étnicas y raciales. Estos relatos genealógicos se tejen a partir de una historia personal conocida y supuesta. Para las niñas adoptadas en China, nociones como el abandono y la atención en un orfanato se convierten en ejes de sus primeras narrativas. Estos componentes estructuran las genealogías construidas para, con y sobre las personas adoptadas, y «guionizan» sus relatos de pertenencia (Richards 2018, p. 56).

La política de adopción en Inglaterra hace explícita la necesidad de la herencia. En nombre del principio del interés superior, la legislación inglesa permite a las personas adoptadas investigar sus orígenes y su familia biológica y acceder a los expedientes de su adopción (Mignot 2017). Los libros de vida son una actividad aceptada y esperada, que utiliza los conocimientos disponibles sobre la familia biológica y la familia adoptiva (Watson et al. 2015). Así, la práctica del trabajo social reproduce este imperativo de herencia primordial al proporcionar relatos de vida genealógicos y acceso a una cultura de nacimiento, en nombre del interés superior de la infancia (Richards 2014b). En consecuencia, las familias adoptivas, que buscan apoyar el desarrollo identitario y la pertenencia de sus hijas e hijos, elaboran relatos, estrategias y prácticas familiares para facilitar su compleja pertenencia genealógica a través del nacimiento, la sangre, el país y la adopción.

Este artículo expone la importancia de la herencia como derecho de nacimiento en la adopción, antes de describir el lugar que ocupa en la legislación pertinente. La centralidad de este enfoque se explora después a partir de datos procedentes de las familias, tanto de quienes adoptaron como de sus hijas, que ponen de relieve las formas en que se facilita el conocimiento genealógico en estas familias de adopción internacional.

2. El imperativo de la genealogía como derecho de nacimiento en la adopción

El paso de un enfoque de «tabla rasa», antes dominante en la adopción, a una postura según la cual se espera que la infancia adoptada disponga del conocimiento familiar, de las circunstancias de la adopción y de la herencia cultural, se produjo en parte como resultado de la evolución de las ideas sobre la infancia y sobre su interés superior. El principio del interés superior ocupa hoy un lugar central en toda la legislación relativa a la infancia y sustenta el discurso sobre la adopción (Aldridge 1994). El creciente énfasis en los discursos de derechos sigue orientando también la protección de la infancia y la política de adopción en Inglaterra. Sin embargo, Roby (2007) contextualiza de manera concisa la ambigüedad asociada a un discurso basado en los derechos en la adopción internacional, al distinguir tres etapas del proceso de adopción que recurren a los derechos para justificar la política y la práctica. Antes de la adopción: se subrayan los derechos a una familia, a la cultura de nacimiento y al acceso a una atención sanitaria adecuada, junto con el derecho a la supervivencia. Durante la adopción: la persona menor tiene derecho a ser adoptada, a que la atienda una familia debidamente preparada y evaluada, y a poder dar su consentimiento. Después de la adopción: se requieren el acceso a la cultura de nacimiento y a los expedientes de adopción, la aceptación social y la plena pertenencia a la familia en el país de adopción. Este último conjunto de derechos hace explícito el papel de la genealogía como derecho y, a la vez, como interés superior de la persona menor (Richards 2014b), y da cuenta de la complejidad de las narrativas de pertenencia.

El aspecto genealógico de la formación de la identidad resulta especialmente difícil en la adopción internacional, ya que a menudo se dispone de poca o ninguna información sobre la familia biológica. En China se supone en general que una parte de los bebés queda disponible para la adopción como consecuencia del abandono. Para la infancia adoptada de forma transracial e internacional, esta ruptura de los lazos genealógicos ha provocado a menudo el silencio, y ha hecho muy difícil abordar la familia biológica y los orígenes (Volkman 2005). Una tabla rasa contradice, por tanto, a la vez el precepto del interés superior de la persona menor, la ideología del parentesco y los discursos de derechos consagrados en la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño (1989) (UNCRC). Son estos derechos los que sirven para dar forma al Convenio de La Haya (1993), a través del cual se organizan las adopciones entre China e Inglaterra, y se articulan de la manera más concisa en el principio de subsidiariedad. De acuerdo con este principio, la UNCRC considera la adopción internacional una opción adecuada únicamente cuando se han agotado todas las opciones nacionales, incluidos el acogimiento familiar y una atención institucional adecuada.

El derecho de la infancia a acceder a su herencia ocupa un lugar recurrente en la política y la práctica de la adopción. Sostengo que la herencia, en este contexto, remite a un reconocimiento continuado de identidades primordiales y esencializadas, atribuidas y fijadas por el nacimiento y una familia biológica. En este discurso dominante, la formación lograda de la identidad de la infancia queda así inextricablemente ligada a un lugar de nacimiento étnico y cultural en la política y la práctica de la adopción, que buscan proteger esta identidad.

3. La presencia de la herencia en las políticas

Hollingsworth (1998) ya puso de relieve cinco grandes principios profesionales en la política y la práctica de la adopción. Entre ellos figuran la importancia de la herencia étnica; la primacía de la familia biológica, cercana y extensa, en la crianza; que la infancia no debe perder a su familia biológica por meras dificultades económicas; y que deben buscarse con empeño y de forma preferente las adopciones dentro de la misma raza, de modo que otras soluciones (como la adopción transracial e internacional) solo son aceptables si, de lo contrario, la persona menor quedaría privada de una familia y un hogar permanentes. «Estos principios fundamentales se han convertido en narrativas clave (Bruner 2004) de la adopción y han orientado la elaboración de las políticas nacionales e internacionales» (Richards 2018, p. 56). El papel de la política de adopción ha sido permitir que la infancia se reincorpore a una estructura familiar y proporcionarle la atención más adecuada para su bienestar (Keating 2009). Esta reconstitución inserta a la infancia en la institución familiar, pero, como indican los principios anteriores, mediante vínculos inferiores o subordinados que carecen de raíces genealógicas. Son pertenencias de papel más que de sangre, de elección más que de destino. Por ello, se sugiere que las familias adoptivas, descritas por Gailey (2000, p. 296; véase también Schneider 1968), tienen un «sentido de pertenencia» «diluido». Desde una perspectiva primordial, la naturaleza o la sangre siempre tendrán prioridad sobre la crianza (Hawkins 2016).

El Convenio de La Haya (1993) evoca estas narrativas clave de la pertenencia. Mediante el principio de subsidiariedad, señala la importancia de preservar la familia biológica, así como la de los programas orientados a la reunificación de la infancia con su familia biológica en los países de origen. El Convenio estipula además que, en la mayoría de los casos, el interés superior de la persona menor se sirve mejor manteniéndola dentro de esta unidad familiar biológica. En ello, la legislación refleja el privilegio predominante concedido a la familia biológica como el lugar natural y más apropiado para la infancia:

…la filosofía del organismo debe ser que su labor esté centrada en la infancia y que el organismo [entidad acreditada] respete la prioridad que el Estado de origen concede a la preservación de la familia y a la reunificación de la infancia con su familia biológica.

(Hague Conference on Private Law 2012, capítulo 6, sec. 6.1, p. 47)

El estatus excepcional de la familia biológica es explícito. Se protege y se prioriza una identidad esencializada a través del nacimiento y el origen. Se considera que la adopción internacional no solo pone en peligro la identidad auténtica de cada persona menor, sino también la preservación de las «familias de origen, la lengua, la cultura y la religión» (Ja Sook Bergquist 2012, p. 46).

La tarea profesional, tal como la define la legislación, incluye la evaluación formal de las candidaturas para garantizar que las personas adoptantes estén suficientemente preparadas (Hoffman 2013), que la asignación sea adecuada y que puedan ofrecer un apoyo continuado a una infancia separada de su familia y de su herencia. Esta preparación incluye hacer hincapié en el posible impacto que la pérdida de la familia, la cultura y el país tiene para la persona menor, y en cómo facilitar la reconexión de estos lazos. Es aquí donde la «obligación» de las conexiones primordiales (Geertz 1963, p. 108) se transfiere a las madres y los padres adoptivos. Jacobson (2008, p. 2) sostiene que el énfasis en la «conservación de la cultura» ocupa un lugar destacado en la legislación sobre adopción y en el asesoramiento profesional, que insta a las familias a educar a sus hijas e hijos adoptivos sobre su país y su cultura de nacimiento para favorecer el desarrollo de una «identidad étnica sólida». Esta expectativa y este énfasis son explícitos desde las primeras etapas del proceso de solicitud, como subraya a continuación la trabajadora social en mis datos:

Anne. Empezar el proceso con una pareja que no conoce el país, o que quizá ni siquiera lo ha visitado, es más difícil. Siempre me he esforzado por animar a la gente a ir de visita; pongo el ejemplo de ir a China, donde es algo difícil: te golpea en la cara, el ajetreo, los olores, la suciedad, y la amabilidad de la gente, las cosas enormes que hay allí. Si no has estado nunca, sería temerario ir a recoger a una criatura y ver todos estos aspectos del país y de la cultura por primera vez en ese momento.

Hago entrevistas largas, y tantas como hagan falta. Intento no quedarme demasiado tiempo con la gente, pero desde luego estoy dispuesta a hacerlo, porque hablo, hago preguntas para que la gente se abra, porque si no llegas de verdad a meterte en la piel de las personas, no puedes conocerlas realmente. Tengo que hacerme una idea de cómo va a afrontar esta persona los aspectos prácticos y las emociones de criar a una criatura que viene de otra cultura y que quizá tiene otro color de piel, o una etnicidad totalmente distinta. Evidentemente hay algunas preguntas sencillas que una tiene que hacer, pero creo que hay que saber más y ahondar más, y averiguar cómo funciona la gente. Creo que soy bastante intrusiva, no necesariamente al indagar en los pensamientos personales de la gente, pero necesito sentir que he llegado a conocer a estas personas.

A lo largo del intenso proceso de solicitud, se hace tomar conciencia a quienes adoptan del complejo entrelazado de pertenencias biológicas y adoptivas que deben construir para el bienestar de sus hijas e hijos. Un padre adoptivo (a continuación) habla de su intento de establecer esa pertenencia. Harry empieza describiendo la escritura de cartas a una hija todavía no adoptada. Estas cartas sirven para establecer un vínculo con las hijas, pero también para favorecer un sentido de «historia» familiar, como él lo describe.

Sarah. Angela me ha contado que ustedes dos escribieron cartas a sus hijas antes de la adopción. ¿Puede hablarme de lo que les motivó a hacerlo?

Harry. Les habíamos escrito cartas porque era una manera de hacer algo durante la espera. También escribíamos un diario, y la llamábamos simplemente «mi cielo»; pero de ahí nacía un grado de implicación y de apego que reforzaba las cosas y que se centraba en ella.

Sarah. ¿Les habían dicho que escribir cartas era algo bueno, o simplemente sintieron el impulso de hacerlo?

Harry. No recuerdo que nos dijeran que lo hiciéramos; salió de quienes somos como personas y de nuestras experiencias vividas. No intentamos compensar su enorme pérdida personal, perderlo absolutamente todo, sino ver cómo podríamos darles algo para, no sustituir lo que habían perdido, sino un sentimiento de pertenencia a una familia, supongo. Llevábamos tanto tiempo queriendo ser padres que, una vez que tenías a la niña, estabas por las nubes, la verdad, eso es lo que yo sentía, una euforia que duró bastante tiempo, me sentía casi invencible. Una vez que tienes a tu hija sientes que has escalado el Everest y que bajabas hacia un comité de bienvenida. Las personas que compartieron el viaje con nosotros, las amistades que salían en el vídeo de la adopción y compartieron la historia con nosotros, es importante tenerlas.

Sarah. ¿Ven a menudo el vídeo?

Harry. Sí, bueno, a las niñas les encanta verlo; ponemos el vídeo, que muestra el viaje mientras estábamos allí. Les encanta verlo ellas mismas y ver momentos realmente importantes.

Supongo que, en realidad, estamos sembrando para el futuro, haciendo esto ahora para poder darles una historia, ayudándolas ahora pero también dándoles algo para los años venideros. Tengo una caja que perteneció a mi abuelo y es importante para mí; quiero que sientan la misma conexión con él que siento yo, que es su bisabuelo, y que se sientan conectadas con él a través de la caja y de mí.

Overall (1997) muestra el privilegio concedido a la conexión biológica y genética a través de la identificación de similitudes con la propia descendencia, que permite experimentar un sentimiento de continuidad y de historia y construir una identidad mediante una «narrativa de sucesión generacional» (Warner 1991). La identidad individual se construye como inserta en la identidad familiar (Lawler 2008), y aquí Harry articula a la vez la relación entre una identidad biológica «natural» y una pertenencia «cultural o social» propia de la adopción. Construye activamente una pertenencia social para sus hijas, al tiempo que declara su aspiración a que sus propias pertenencias biológicas también sean significativas para ellas. Su obligación hacia los lazos primordiales y hacia los adoptivos es explícita.

La importancia de conservar la información relativa a los orígenes, los antecedentes y la historia familiar de la infancia se subraya a lo largo de todo el Convenio de La Haya, aunque en la práctica esta información puede ser bastante limitada y dejar muchas lagunas en el conocimiento que las niñas y los niños, y las personas adultas en que se convierten, podrían buscar. Las personas adultas adoptadas hablan de la importancia de disponer de ese conocimiento, descrito como «la gran información», pero también de los detalles «pequeños y aparentemente insignificantes» sobre su pasado (Richards 2014b, p. 9). El Convenio afirma (2013) que este conocimiento histórico sobre los orígenes, la identidad y la cultura ayuda a establecer o mantener conexiones con un país y una cultura de nacimiento. A las familias adoptivas se les encomienda esta tarea y, al mismo tiempo, tienen una motivación personal para apoyar el bienestar de sus hijas e hijos intentando ofrecer esas conexiones. Con criaturas muy pequeñas, esta pertenencia se desarrolla y se pone en escena inicialmente a través del relato.

4. La puesta en escena y la exhibición de la herencia en las familias

Los relatos de adopción son narrativas poderosas que no solo conectan a la persona adoptante con la criatura, y a la criatura con un lugar y una raza, sino que desempeñan un papel en el mantenimiento del orden moral y social (Yngvesson and Mahoney 2000). En las familias biológicas, las narrativas desempeñan un papel clave en la perpetuación del linaje familiar y en el refuerzo del papel de la sangre y la biología en la estructura familiar normativa. En las familias adoptivas, subrayan la importancia social de la familia biológica al situar a la criatura en esa familia antes de que pueda contarse cualquier relato de adopción.

4.1. Relatos de nacimiento y de origen biológico

Los relatos de nacimiento buscan anclar a la infancia en una familia biológica, un país y una cultura de nacimiento: un punto de partida desde el que pueden surgir la identidad y otras pertenencias. Estos relatos sirven también para mantener la primacía y el privilegio de las pertenencias biológicas, de sangre, tan dominantes en la ideología familiar. Lawler (2008) nos recuerda que los lazos de sangre no son lazos en sí mismos, sino construcciones sociales y, por tanto, símbolos de conexión. Sin embargo, como sostiene Shils (1957), a un discurso primordial se le concede un estatus de natural y, por tanto, más poderoso que lo social. En estas familias adoptivas, estos símbolos de conexión se crean mediante relaciones que comienzan en un orfanato (conocido o supuesto), una provincia de nacimiento, un país de nacimiento y una fecha de adopción. El contexto social convierte la narración de estos relatos en una compulsión, y se da por supuesto que el bienestar de las personas adoptadas descansa en estos relatos de origen. Son los relatos que se articulan en el proceso de adopción y que las «buenas» familias adoptivas deben poner en escena en el «interés superior» de sus hijas e hijos (Richards 2018). Forman parte de las actividades de creación de cultura en las que participan estas familias, y a través de las cuales reconocen y comprenden sus pertenencias.

Parte del papel de la familia adoptiva consiste en establecer un vínculo familiar biológico, en facilitar un parentesco con una madre y una familia biológicas cuya ausencia en la vida de las niñas describe Dorow (2006, p. 164) como «estruendosa». La familia biológica suele simbolizarse mediante una figura materna idealizada. En este trabajo de parentesco (Traver 2009), la madre adoptiva se convierte en el medio por el que se mantiene a la madre biológica como figura simbólica. En el dibujo siguiente, el trabajo afectivo de la madre adoptiva ha proporcionado a una hija un relato sobre su madre biológica que esta puede utilizar para construir una familia biológica imaginada, lo que la ayuda a familiarizarse con este vínculo biológico y con su relación con él. La madre biológica tiene la cabeza más grande y es el punto de partida del que fluye el resto del relato: véase la figura 1.

[Figura 1 (la familia biológica imaginada de Amy) — dibujo de una participante, no reproducido aquí.]

El relato que acompaña a este dibujo explica la ausencia de Amy en esta familia biológica imaginada y otorga un papel clave a la madre biológica. La madre adoptiva de Amy escribió el relato sobre el dibujo a petición de Amy:

Amy (7 años) Mis padres biológicos estuvieron juntos poco tiempo antes de separarse porque una vez tuvieron una pelea muy grande y él decidió irse. Por la mañana ella dijo «buenos días, marido», pero no hubo respuesta. Se sintió muy triste y pensó: «¿Qué ha pasado? Lo quería mucho, pero creo que le he hecho daño». Se peleaban porque él no quería tener un bebé con ella y ella quería mucho un bebé, así que se separaron. Eso podría ser verdad, ¿a que sí? [pregunta a su madre adoptiva]

El relato anterior proporciona una familia biológica y prepara el terreno para una narrativa de abandono que intenta explicar la separación entre la criatura y su familia biológica. La construcción del parentesco exige otra actividad clave, comúnmente atribuida al papel materno en el discurso de la adopción: intentar llenar los vacíos que puede provocar la ausencia de una familia biológica. Dorow señala la importancia que se concede a este papel:

El trabajo afectivo de crear una identidad originaria para la criatura nos dice cómo la sangre y la cultura dialogan entre sí, a través del parentesco generizado, las fantasías racializadas y los imaginarios nacionales.

(Dorow 2006, p. 165)

Rosenblum et al. (2006) consideran este papel complejo y propio de las familias adoptivas. Sin embargo, dentro de las familias adoptivas esta tarea se interpreta como normativa y se lleva a cabo mediante el relato de historias. Se dice que las lagunas genealógicas socavan la identidad auténtica de las personas adoptadas, y a las familias adoptivas se les encomienda enseñar a sus hijas e hijos a gestionar esta pérdida y ofrecer lo que puedan para llenar esos vacíos (Lacher et al. 2005). A continuación, una madre adoptiva subraya la importancia recurrente de los vínculos de su hija con su familia biológica, que su trabajo afectivo ayuda a sostener:

Angela. Creamos una página en su libro de vida que se convirtió en una conversación sobre genética y sobre cómo siempre estaría conectada con su familia biológica a través de sus genes.

Lisa (8 años), la hija de Angela, confirma esta influencia de los genes en su dibujo de su familia biológica, donde las figuras llevaban gafas. Mientras dibujaba, explicó que de ahí le viene su miopía. Véase la figura 2.

[Figura 2 (dibujo de la familia biológica de Lisa) — dibujo de una participante, no reproducido aquí.]

4.2. Relatos de abandono

Se suele suponer que muchas de las niñas adoptadas en China fueron abandonadas antes de quedar al cuidado de orfanatos locales. Estos detalles se comunican con frecuencia a las familias adoptantes en el momento de la adopción. Cómo y cuándo compartir esta información con las hijas es algo que cada familia tiene que decidir individualmente. A continuación, Angela habla de su angustia ante la idea de contar a su hija Lisa que la encontraron en la puerta del orfanato dentro de una caja de cartón:

Angela. Es que no sabía cómo iba a ser capaz de contárselo. Entonces, un día, cuando tenía unos tres años, me dijo: «Vamos a jugar a mamás y bebés». Le dije: «Vale», y ella dijo: «Yo seré el bebé y tú puedes ser mi mamá china». Estaba un poco nerviosa con esto, pero empezamos a representarlo y, antes de darme cuenta, estaba escenificando su abandono. La tenía en brazos en el suelo, abrazándola y diciéndole: «Te quiero muchísimo, pero no puedo cuidarte, ¿qué puedo hacer? Tengo que dejarte en algún lugar seguro para que otras personas te cuiden». Las lágrimas me caían por la cara mientras hacía como que la metía en una caja, diciendo: «Esto te protegerá del viento y de la lluvia, te mantendrá a salvo». Lo asombroso fue que, mientras interpretaba este papel, la caja se convirtió de verdad para ella en un refugio, y no en algo que se tira, como yo siempre había pensado. Para entonces yo ya lloraba a mares. Lisa me puso la mano en la mejilla y me dijo: «No te preocupes, mamá, mi mamá inglesa va a venir pronto y me va a cuidar».

Otras familias optan por seguir las orientaciones sobre cómo abordar este tema con sus hijas, como señala Ruth:

Ruth. Tenemos una terminología que decidimos en familia: madre biológica y padre biológico, el término británico convencional, el que se sugiere en adopción. Nunca usamos el término «abandonada»; siempre usamos el término «encontrada». No le decimos mentiras, sino simplemente la verdad tal como la conocemos, con un lenguaje que entienda. Nos apoyamos en lo positivo más que en lo negativo, así que le decimos: «Estabas en un lugar seguro para que te encontraran, y te dejó allí tu madre biológica». Solo los hechos; y si no sabemos la respuesta, decimos que no la sabemos. Eso es lo que otras personas me han aconsejado y eso es lo que vamos a hacer.

Aunque cada familia lo aborda de forma distinta e individualizada, todas tienen un relato de abandono que se cuenta para que el relato de adopción que viene después tenga sentido como parte de las narrativas de herencia de estas niñas. Véase la figura 3.

[Figura 3 (Louise (9 años) representa la importancia que tienen para ella los relatos familiares) — dibujo de una participante, no reproducido aquí.]

4.3. Relatos de adopción

Cómo llegaron estas criaturas a sus familias adoptivas es un relato de pertenencia vital, que a menudo empieza con un primer encuentro. Este primer encuentro en China es también el momento en que el bebé queda por primera vez al cuidado de quienes lo adoptan. Es, comprensiblemente, traumático. Sally cuenta su historia a continuación:

Sally. Llegamos y nos dijeron que la íbamos a conocer al día siguiente, y entonces llamaron a la puerta de la habitación del hotel; era el guía, y dijo: «Bebé llega en media hora», así que fue un poco un shock, y teníamos jet lag y hambre. Y media hora después estaba en la puerta gritando. Me la pasaron a mí y se quedó muy callada, mirando a su alrededor para ver dónde estaban la dirección del orfanato y la persona que la cuidaba, pero no lloraba. Pero, cuando se fueron, se aferró a mi marido y decidió ir solo con él. El resto de la semana que estuvimos en China no quiso venir conmigo.

Los relatos del «primer encuentro» se cuentan a las niñas para ayudarlas a empezar a comprender dónde y a quién pertenecen como resultado de la adopción. Las propias niñas hablan de los mismos acontecimientos y de figuras clave similares, pero con explicaciones distintas. Mientras que madres como Sally hablan de extrañeza y racionalizan el rechazo (una experiencia habitual), las niñas se sitúan como bebés para explicar su rechazo inicial a su madre y su padre adoptivos. Wim (la hija de Sally) cuenta su versión de la misma historia:

Wim (9 años). Cuando estaba en China era un bebé, así que no sé muy bien qué pasó. No me gustaba mamá, así que papá tenía que llevarme en brazos cuando estábamos en China. Pero cuando volvimos a casa, mamá me dio una galleta de chocolate y entonces ya me gustó [se ríe]. Mamá cree que fue porque papá tenía los ojos más oscuros y mamá tiene los ojos azul claro, y a lo mejor yo estaba acostumbrada al color de ojos de papá.

Lisa (7 años) también relata una historia de rechazo inicial y, de nuevo, la comida sirve para establecer una primera conexión. Jane (5 años), la hermana menor de Lisa, interviene para explicar el comportamiento de su hermana mayor:

Lisa. Lloré. Me acuerdo de cuando no paraba de robar las galletas. Bueno, mamá y papá me dieron una galleta y me la comí y luego le dieron una galleta a [la directora del orfanato] y se la quité porque estaba justo a mi lado. Eran rosas.

Jane. No lo entendías. Solo eras un bebé

Lisa. Mi mamá me llama Melocotón porque cuando me tuvo yo tenía un agujero en el culete [abertura en el pantalón que se usa tradicionalmente en China] y cuando me cogió en brazos por primera vez dijo que era tan suave como un melocotón

Ser «un bebé» explica lo inexplicable: el rechazo a la madre y al padre a quienes ahora quieren y en quienes confían. Ambas niñas se ríen de esta reacción hacia su familia y recurren al humor para contar cómo la mayor recibió también su apodo familiar. Lisa reivindica estos relatos como recuerdos propios. Quizá no sea sorprendente, ya que le han contado estas historias durante los seis años transcurridos desde su adopción y ha visto con frecuencia el vídeo del acontecimiento. Ha participado en la narración de la historia con los demás miembros de su familia (como también lo hace su hermana menor, pese a no haber estado presente, y ni siquiera haber nacido cuando ocurrió).

Es habitual que las familias utilicen material de archivo, como fragmentos de vídeo. Los materiales de archivo se utilizaron de diversas maneras en las entrevistas para mostrarme algo o para aportar información.

Rosie (7 años). Vemos el vídeo de nuestras adopciones. Nos llevamos nuestra videocámara y mi mamá y mi papá lo grabaron. Yo estaba triste cuando mamá y papá me adoptaron

En estas narrativas, China como espacio de hogar imaginado e Inglaterra como hogar parecen fluidos. Wim habla de volver «a casa» tras su adopción. En el fragmento anterior, Rosie revela, con la expresión «nos llevamos», la propiedad colectiva de la videocámara. La frase muestra también una pluralidad, un «nosotros», y que ella también viajó de Inglaterra a China. Rosie se sitúa como perteneciente a su familia incluso cuando habla de su adopción desde su país de nacimiento y de sus emociones en aquel momento. Las niñas conocen estos relatos porque se los han contado repetidamente y, a medida que los cuentan, los relatos se desplazan y se re-historian (Cresswell 2008).

Un padre habla del imperativo de empezar a contar estas historias:

Frank. Una de las cosas que sacamos de todo el proceso de solicitud, tanto en la adopción nacional como en la internacional, es que hablas de la adopción antes de que puedan hablar de ella, les hablas de ella, y nunca ha sido un tema del que no hablemos.

La mujer de Frank añade entonces una historia que corrobora lo que afirma Frank, contándome la primera vez que su hija dijo «adopción»:

Thelma. Tenía unos dos años, estaba sentada en su trona y dijo «doptada» por primera vez con una gran sonrisa en la cara, y eso luego se convirtió en «doptada, China»

Las familias adoptivas utilizan las narrativas de nacimiento, de abandono y de adopción para conectar a sus hijas con sus familias y países de nacimiento, así como con los de adopción. Reunir la «gran información» y los detalles «pequeños y aparentemente insignificantes» sobre su pasado (Richards 2014b, p. 9) forma parte de la manera en que, en estas familias, se pone en escena la pertenencia primordial y adoptiva y se crean genealogías.

4.4. Construir una genealogía

Crear una narrativa vital coherente e informada es una necesidad para ser una buena madre o un buen padre adoptivo (Richards 2018). Los archivos, en particular, pueden dar forma a personas y lugares del pasado; también identifican nuestra conexión con esas personas y esos lugares, y nos ayudan así a comprender quiénes somos y cómo pertenecemos en el presente (Meinhof and Galasinski 2005). Planteado en estos términos, no sorprende hasta qué punto las familias de mi estudio se dedicaban al archivo. La transcripción siguiente describe el extenso trabajo de archivo de Tina y también su exhibición de este papel asignado:

Tina. Seguimos en estrecho contacto con el gerente del hotel donde nos alojamos [en China] para la adopción. Desayunaba con nosotros cada mañana; se sentaba y nos hablaba de su familia, de sus hijos e hijas y de su mujer. Todavía nos escribimos correos con él. Les hemos dejado muy claro que forman parte de esta historia y que queremos que siga cerca de nosotros.

Sarah. ¿Por qué es tan importante para usted?

Tina. Porque quiero conservar con nosotros la mayor parte posible de la historia de [nombre de la hija] de una forma tangible. He guardado el recibo de la lavandería del hotel; no sé lo que dice porque está en mandarín, pero si puedo guardar estas cosas y mantener estas relaciones, entonces quizá, en lugar de que solo yo le cuente la historia, pueda haber alguien más que diga «cuál fue mi perspectiva». Está todo en cajas, las joyas que le regalaron, y cada tarjeta que le enviaron, incluso las etiquetas de los regalos de Navidad. ¡Me dedico al registro! Vamos a tener que comprar una casa más grande. No me he deshecho de nada de lo que se cruzó en nuestro camino desde el momento en que salimos de esta casa para ir a buscarla hasta hoy. Todavía no tengo muy claro cómo recopilarlo, porque si me siento a armar un relato, sería solo eso, sería yo hablando a través de mi mirada, y no quiero eso. Quiero que ella vea las pruebas.

Tina, como archivista, asigna papeles clave a personas desconocidas que casualmente estaban presentes en el escenario de esta adopción. Describe cómo conserva detalles y objetos minúsculos como parte del relato de adopción de su hija. Estos detalles articulan la historia de la formación de su familia. Anagnost (2000, p. 409) sostiene que la «sentimentalización de ciertos objetos», como los recibos de lavandería y las tarjetas de regalo mencionados, se construye en previsión de un sujeto que necesitará un registro de un pasado y un punto de origen, fácilmente recuperable en una forma «ya elaborada» para él o ella.

Las madres y los padres, sobre todo las madres de mi investigación, muestran un conocimiento explícito de este papel de archivo. Sin embargo, en sus conversaciones también se hace evidente la angustia de no saber si es suficiente, como describe Janet:

Janet. Espero que hagamos lo suficiente; guardamos artículos, mantenemos libros de vida y libros de cuentos y leemos muchos libros. Vamos a CACH [organización Children Adopted from China] y a la escuela de verano china cada año, y de verdad intentamos estar al día; pero nunca es tarde para aprender. Salimos en las fechas señaladas y vemos películas sobre la adopción y leemos libros sobre la adopción y sobre China. Así que vemos cosas así y las animamos a ir donde está guardado todo, y a leerlo o ver los vídeos cuando quieran. No lo ponemos en sus habitaciones porque creemos que es todo demasiado valioso. Así que intento tenerlo todo donde pueda vigilarlo, porque mucho de ello es muy sentimental e irreemplazable. A veces también miramos sus expedientes chinos de adopción con todo lo que contienen.

Riggs (2012) sostiene que quienes adoptan hacen demasiado poco por comprender la pérdida de la familia biológica y de la cultura de nacimiento de la criatura. Intentar compensar la pérdida que representa esta familia ausente para su hija o hijo es uno de los numerosos desafíos de las personas adoptantes, en un contexto social que ya cosifica a esta familia biológica ausente y, sin embargo, mítica. Algunas madres hablan con remordimiento de no haber terminado aún el archivo (si es que realmente es algo que llega a terminarse alguna vez) o de haberlo descuidado de algún modo. Se percibe en las familias adoptivas un evidente sentimiento de compulsión u «obligación» (Shils 1957, p. 108) de construir una identidad cultural, y el archivo responde a ello. Anagnost (2000) afirma que esta actividad nace de la angustia de estas familias por facilitar una etnicidad segura que no pueden proporcionar a través de la biología. Sin embargo, sostengo que habla de un punto de partida, un origen, un lugar donde puede empezar el relato conocido. Puede desarrollarse, y de hecho se desarrolla (quizá inevitablemente), en un relato de identidad cultural en estas familias, pero también es simplemente contar la historia del nacimiento de cualquier familia. Queda modulada (Goffman 1974) en el marco más amplio del discurso de la adopción mediante su formalización en lo que deberían hacer las buenas familias adoptivas, incluso frente a las críticas por sus insuficiencias. Sin embargo, los orígenes de esta actividad residen en la exhibición normativa de lo que «hacen» las familias. La llegada inminente de un bebé a una familia puede generar el archivo de objetos emblemáticos de este acontecimiento: la imagen de la ecografía, las fotos en la estantería, la grabación en vídeo del parto y la conservación de las tarjetas de felicitación. Como sostiene Frank (2010):

Los relatos nos acompañan a lo largo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. No solo nos entretienen, nos informan o nos afligen: nos muestran lo que cuenta como correcto o incorrecto y nos enseñan quiénes somos.

Todas las familias archivan y cuentan historias con objetos relacionados con las identidades familiares. Estos relatos son múltiples, plurales en su narración y contingentes, pero siempre hay relatos familiares como parte de la manera en que las familias se construyen y se exhiben: las narrativas de y para la vida familiar en toda su diversidad.

5. Narrativas de pertenencia

5.1. Los relatos de las niñas

Como sostiene Frank (2010, p. 5), los relatos nos recuerdan que tenemos que vivir con verdades complicadas. Cuando se les pidió que dibujaran a su familia biológica, muchas de las niñas se situaron a sí mismas en esos dibujos. Las identidades que ilustran estos dibujos están moldeadas por los relatos que se les han contado y que ellas remodelan al contarlos a otras personas. Ello puede dar lugar a un espacio complejo y conflictivo en el que determinar quién es una, a quién y dónde pertenece. Véase la figura 4.

[Figura 4 (Louise (9 años)) — dibujo de una participante, no reproducido aquí.]

Yngvesson y Mahoney (2000, p. 80) sostienen que «los relatos como es debido necesitan comienzos como es debido; [la criatura] debe ser situada (en el vientre de una madre/en un suelo natal)». Este comienzo es notable en muchos de los relatos de las niñas más pequeñas. Como hemos visto, las niñas más pequeñas crean relatos familiares detallados que entretejen las pertenencias a una familia imaginada y a la familia adoptiva. Sus respuestas incluyen también estructuras narrativas clave, como el orfanato, y figuras clave como la policía. Davies y Harre (1990) sostienen que las personas tienen múltiples identidades sociales que destacan en distinto grado. Sin embargo, aunque algunos aspectos de estas identidades pueden negociarse, otros atributos los imponen los grupos dominantes (Geertz 1963). Mientras que las niñas más pequeñas de mi estudio aceptan y reconstruyen las narrativas de origen, algunas de las participantes de más edad se resisten más a la narración creativa y reducen el relato que les ha contado su familia a una progresión temporal hasta la adopción y su vida actual.

La mayoría de las participantes siguen dispuestas a repetirlo, pero no siempre a adornarlo ni a crear detalles imaginativos:

Louise (9 años). Me encontraron en la puerta de una casa y alguien me llevó a la comisaría de policía del barrio. La policía me mandó al hogar infantil. El hogar infantil me buscó una familia de acogida y así estuve en acogida más o menos un año. Un mes antes de que me adoptaran, me llevaron de vuelta al hogar infantil. Luego me adoptaron y me llevaron a Inglaterra

Yngvesson y Mahoney (2000, p. 78) describen los relatos de adopción como «rotos», y los intentos de llenar sus lagunas como una manera de «generar orden a partir del desorden». No lograrlo, afirman, provoca angustia cuando «no puede aportarse un punto de origen fijo». En mi investigación, algunas participantes dejaron en blanco las páginas donde podían contarse los relatos/dibujos de origen, y estos silencios son narrativas poderosas por derecho propio (Richards 2012; Richards et al. 2015; Richards and Clark forthcoming). Algunas niñas formularon preguntas como la siguiente:

May. (8 años) ¿Dónde me encontraron? ¿Quién me encontró? ¿Adónde me llevaron? ¿Y quién me cuidó en el orfanato?

Louise (9 años) Me gustaría saber qué les pasó a mi mamá biológica y a mi papá biológico y por qué no pudieron quedarse conmigo. Véase la figura 5.

[Figura 5 (Recuerdos de viajes a China) — dibujo de una participante, no reproducido aquí.]

Estas citas ilustran con elocuencia la insuficiencia, para algunas de las niñas, de los primeros relatos de origen «creados». En los datos se observa la formulación de preguntas conmovedoras, junto con algún que otro cuestionamiento de la manera en que se han contado las narrativas de origen (véase Richards 2012). La fluidez de estas narrativas se hace patente cuando las propias niñas cuentan sus relatos. Actividades como las descritas aquí ponen inevitablemente un énfasis considerable en una herencia atribuida y en narrativas genealógicas. Sin embargo, mi investigación con estas niñas sugiere que, a medida que crecen, buscan narrativas alternativas a través de las cuales situar su identidad. Estos resultados están respaldados por investigaciones anteriores. Howell (2006) aporta testimonios de personas adoptadas que cuestionan rasgos identitarios esenciales. El estudio de Gray (2009) con personas adoptadas de origen asiático, jóvenes adultas, en Australia indica también que las personas adoptadas buscan una narrativa identitaria más amplia que la de «persona adoptada transracial».

5.2. Narrativas de pertenencia alternativas

Algunas niñas de mi estudio indican que los relatos esencializados de la identidad, que siempre subrayan una narrativa de origen o vuelven a invertir en ella, ya no bastan para definir quiénes son. Algunos de los relatos indican el deseo de quienes los cuentan de ir más allá de estas atribuciones (Richards 2012). El deseo de ser vista como una persona más completa que la «adoptada china» que se le atribuye es evidente, por ejemplo, en la afirmación de Mel (10 años), formulada en respuesta a mi nueva explicación de la investigación como parte de su consentimiento continuo:

Soy algo más que adoptada; no siento que sea diferente de todos los demás solo porque me adoptaron.

Cabe señalar aquí el tiempo pasado que Mel utiliza para describir su adopción. Contrasta con el presente empleado en gran parte de la literatura del trabajo social sobre adopción. Las personas adoptadas parecen cargar no solo con identidades atribuidas que las marcan como diferentes del parentesco familiar normativo, sino también con la presencia perdurable de la condición de persona adoptada. Como sostiene Frank (2010), los relatos pueden convertirse más en destino que en elección. Mel situó con elocuencia el acto de la adopción en su pasado y sitúa su yo actual en el presente: «soy algo más». Estos relatos de adopción pueden revelar «el mal-estar de verse forzadas a un duro juego de diferencia identitaria en el contexto de narrativas poderosas que nos obligan a situarnos en un lugar o en otro» (Yngvesson and Mahoney 2000, p. 78).

Otras actividades, como el fútbol, la natación y la interacción con los chicos, aunque solo sea para fastidiarlos, aparecen también en las citas siguientes, con las que me informan de sus identidades:

Jess. (9 años) Me gusta pasar el rato con mi pandilla e ir de compras. Me gusta ir al club de natación y al club de fútbol. Me gusta hacer cosas de deporte. Me gusta montar minishows. Me gusta ir a los ensayos del espectáculo de los scouts.

Louise (9 años) Mi amiga especial es Sasha porque es mi mejor amiga y es muy maja. Nos gusta pasar el rato juntas y perseguir y fastidiar a los chicos.

Las amistades se convierten también en narrativas de pertenencia importantes:

Mel. (10 años) ¡Me encanta el cole! Me gusta estar con mi pandilla y con mis profes, y no me gustan mucho las vacaciones de mitad de trimestre porque no ves a tu pandilla cada minuto del día como en un día normal de cole.

Jenny. (12 años) El cole es divertido porque todo el grupo, mi pandilla, vamos por ahí en un grupo grande hablando, jugando y riéndonos.

Jess. (9 años) El cole está bien porque te mandan mucho trabajo, pero también es divertido porque la mayor parte de tu pandilla está allí.

6. ¿Hemos acertado con el énfasis genealógico?

Las narrativas genealógicas en la adopción internacional son complejas, suelen ser atribuidas y parecen implicar, por parte de estas familias, un elemento de compulsión u obligación (Shils 1957) de construirlas. A medida que crecen, las niñas de este estudio buscan oportunidades de resistirse a estas narrativas de origen y tratan, en cambio, de crear otros relatos sobre las formas en que pertenecen. Permitir que estas niñas decidan cómo y cuándo son importantes las narrativas genealógicas parece contradecir a la vez los imperativos de las políticas, las prácticas familiares y los presupuestos primordiales. Pero sostengo que un énfasis excesivo en la narrativa genealógica pone en riesgo las pertenencias en curso y la formación de la identidad. La necesidad de cumplir con la política actual, inspirada en los discursos de derechos y en el interés superior de la infancia, garantiza que el énfasis en estas narrativas de origen domine la vida de estas jóvenes personas adoptadas. Para asegurar la formación de la identidad y el bienestar de sus hijas, las familias cuentan y vuelven a contar estos relatos para situar y anclar su pertenencia. De hecho, surgen tensiones en las familias cuando las niñas empiezan a rechazar estos relatos o a resistirse a ellos, como he señalado en otros trabajos (véase Richards 2012; 2018). Gilbert (2005, p. 65) nos recuerda que:

La identidad no puede describirse, explicarse ni categorizarse… lo que debe entenderse es que la identidad puede ser estratégica, desigual, inestable, fragmentada, heterogénea, siempre en proceso de cambio, nunca estática, siempre en estado de «devenir». De hecho, cualquier intento de resolver la cuestión de la identidad es una falacia.

El siguiente testimonio es de Sue, una madre que expresa el deseo de que la identidad genealógica en la adopción sea más pragmática y de que las personas adoptadas tengan más capacidad de agencia en la formación de su identidad:

Sue. Las adopciones de hoy vienen detrás de aquellas primeras adopciones transraciales en las que a las criaturas no se les contaba nada, lo cual estaba muy, muy mal, así que ellos [la profesión del trabajo social] reescribieron el manual y se aseguraron de que ahora se les cuente todo. Pero entonces, ¿cómo quedan respecto al lugar al que pertenecen realmente? Quizá sea hora de volver a reescribir el manual. Mi padre era australiano, mi madre estadounidense; yo me considero española porque es donde crecí y la lengua que hablaba. Deberíamos ser la generación de familias adoptivas que diga: «Bueno, en realidad vamos a dejar que nuestras hijas e hijos vayan y vengan, entre lo uno y lo otro, de modo que no pase nada si no hablan de su madre biológica todos los días, que sepan lo que necesitan saber cuando quieran saberlo».

Las categorías normativas de pertenencia a través de la biología, la etnicidad y el país son categorías dominantes del espacio cultural que ocupan estas niñas, y su estatus, cuando se define mediante estas categorías tradicionales, se vuelve ambiguo y difícil de clasificar. El encaje incómodo de las pertenencias de las niñas se hace evidente a veces en sus relatos. Sin duda, la adopción marca a estas niñas como diferentes y, en ocasiones, a medida que crecen, esta diferencia puede entrar en conflicto con su deseo de ser iguales que sus pares (Friedlander 2003). Las familias pueden sentirse obligadas a reducir para sus hijas este carácter de otredad de las pertenencias adoptivas mediante relatos que conectan a la infancia con pertenencias normativas y esencializadas de nacimiento, biología y país. Pero sostengo que estos relatos genealógicos acaban convirtiéndose en las narrativas que ejemplifican la diferencia en lugar de reducirla, y algunas de las niñas se han vuelto menos dispuestas a poner en escena estas narrativas identitarias. La expectativa de contar estos relatos y situar a las personas adoptadas en el «orden social» es explícita en la literatura sobre adopción (Yngvesson and Mahoney 2000: 71). La liminalidad de la adopción es algo que la sociedad en general impone a estas personas adoptadas y, después, un papel que espera que desempeñen. Sé una persona adoptada si deseas pertenecer: esta es, pues, la pertenencia social y política de la adopción que se impone a las personas adoptadas y a sus familias. Sin embargo, estas niñas no solo son producidas por el contexto social, también son productivas, y no tienen por qué verse limitadas por las restricciones de estas narrativas ni por la ausencia de pertenencia normativa que revelan. Estos relatos pueden concebirse como un punto de partida que hay que superar, y no como una presencia constante, que es como suele concebirse la adopción. «Me adoptaron» debería ser quizá la expresión lingüística que permitamos reivindicar a estas niñas y a otras personas. La pertenencia también puede considerarse un estado de umbral en el que se forman nuevas identidades y cultura y surgen nuevas estructuras sociales, un límite a partir del cual algo puede empezar en lugar de terminar (Bhabha 1994).

Nuestras narrativas de pertenencia no tienen por qué ser fijas ni deberían limitar nuestras identidades; más bien deberíamos concebirlas como siempre en evolución, portadoras no solo de los legados de nuestro nacimiento, nuestra biología y nuestra cultura, sino también de nuestras elecciones y experiencias, que moldean quiénes somos, quiénes deseamos ser y dónde pertenecemos. Como afirmó Wim (9 años) con elocuencia, con fuerza y, sin embargo, con suavidad:

«Soy algo más que adoptada»

Complexe Systémique: puntos clave

Este artículo nos permite oír lo que rara vez se oye: las voces de niñas adoptadas muy pequeñas, junto a las de sus familias. Muestra una paradoja bien conocida en la práctica de la adopción. En nombre del interés superior de la infancia, las políticas y el trabajo social han convertido el relato de los orígenes en una obligación, y las familias la cumplen con celo: cartas previas a la adopción, libros de vida, vídeos, archivos minuciosos, juegos de rol en los que se vuelve a escenificar el abandono. Sin embargo, esta narrativa genealógica, protectora al principio, puede acabar fijando a la criatura en una identidad de «persona adoptada» y marcando la misma diferencia que pretendía aliviar. Para una lectura sistémica, la lección es tratar el relato de los orígenes como una coconstrucción viva y no como un deber: dejar que la criatura decida cuándo importan los orígenes, acoger las preguntas sin respuesta, dejar espacio a otras pertenencias como la escuela, las amistades y el deporte. Los límites residen en el pequeño número de familias, todas en Inglaterra, y en un grupo infantil exclusivamente femenino. Puede leerse junto con el artículo sobre la identidad adoptiva reconstruida a través de los artefactos y el artículo sobre el contacto con la familia biológica.

Notas del original

Conflictos de intereses. La autora declara no tener ningún conflicto de intereses.

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Traducción no oficial de “I’m More Than Just Adopted”: Stories of Genealogy in Intercountry Adoptive Families, de Sarah Richards, Genealogy, vol. 2, n.o 3, artículo 25 (2018), doi: 10.3390/genealogy2030025, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial — la obra se ha modificado en el sentido de la licencia (dibujos de las participantes no reproducidos). Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Esta es una traducción del artículo original «“I’m More Than Just Adopted”: Stories of Genealogy in Intercountry Adoptive Families», publicado en Genealogy (2018) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto de la autora se ha traducido al español y la presentación se ha adaptado para la lectura en línea, como se indica al principio de esta página.

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Cómo citar este artículo

Richards, S. (2018). “I’m More Than Just Adopted”: Stories of Genealogy in Intercountry Adoptive Families. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/i-m-more-than-just-adopted-stories-of-genealogy-in-intercountry-adoptive-families (Obra original publicada en 2018 en Genealogy, 2(3), 25 (2018); republicada en 2018 por Genealogy, https://www.mdpi.com/2313-5778/2/3/25)

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