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Social Sciences · Violencia

Violencia de pareja íntima: innovaciones teóricas para orientar la práctica clínica, las políticas y la investigación

Casi la mitad de las mujeres y de los hombres de Estados Unidos declara haber sufrido al menos una forma de violencia por parte de su pareja, y esta violencia se transmite a menudo de una generación a la siguiente. Un equipo de trabajo social de Oklahoma y Wyoming repasa las teorías que han modelado la comprensión de la violencia de pareja íntima y, después, seis marcos más recientes: la interseccionalidad, los derechos humanos, el trauma histórico y la descolonización, las experiencias adversas en la infancia, el crecimiento postraumático y la teoría constructivista del autodesarrollo.

Autoría David Axlyn McLeod, Anthony Natale y Angela Pharris (Anne and Henry Zarrow School of Social Work, The University of Oklahoma, Norman, EE. UU.); Kirsten Havig (College of Health Sciences, Division of Social Work, University of Wyoming, Laramie, EE. UU.)Primera publicación Social Sciences, 7 de mayo de 2020Traducción Complexe Systémique, traducción no oficial asistida por IA

Traducción no oficial al español de Intimate Partner Violence: Innovations in Theory to Inform Clinical Practice, Policy, and Research, de David Axlyn McLeod, Kirsten Havig, Anthony Natale y Angela Pharris, publicado en Social Sciences (MDPI) (2020), doi: 10.3390/socsci9050071, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción realizada por Complexe Systémique en octubre de 2026 con la ayuda de la inteligencia artificial: el texto original se ha traducido al español y maquetado, lo que constituye una modificación de la obra en el sentido de la licencia. Las declaraciones de final de artículo se agrupan en las notas. Esta traducción no ha sido realizada ni por la autoría ni por la editorial, que no responden de su contenido ni de posibles errores. Prevalece la versión original.

No hay uso indebido más peligroso del privilegio profesional que intervenir con personas sobrevivientes de la VPI basándose en suposiciones.

David Axlyn McLeod, Kirsten Havig, Anthony Natale y Angela Pharris

Resumen

La violencia de pareja íntima (VPI) y su transmisión intergeneracional en las familias son problemas sociales destructivos que requieren una atención considerable. El conocimiento de las causas y consecuencias, complejas y multinivel, de la VPI en Estados Unidos ha aumentado notablemente en las dos últimas décadas. A la luz de estos avances, la autoría se propone aquí poner de relieve perspectivas teóricas críticas y emergentes sobre la VPI. Los marcos considerados para su aplicación son la teoría de la interseccionalidad, el trauma histórico y la descolonización, los derechos humanos, la teoría constructivista del autodesarrollo, el paradigma del crecimiento postraumático y las experiencias adversas en la infancia. Este análisis ayudará a esclarecer las dinámicas de la VPI sobre las que pueden actuar profesionales que utilicen marcos que promuevan la sensibilidad cultural, la inclusión y una práctica basada en las fortalezas con poblaciones diversas. Se examina el alcance de la VPI centrándose en las personas especialmente vulnerables y explorando las cuestiones de privilegio y opresión relativos. A continuación, se revisa el corpus teórico histórico que ha orientado la comprensión de la VPI, así como los marcos teóricos emergentes sobre la VPI. A lo largo del texto ofrecemos conclusiones sobre la aplicación de las teorías destacadas a la VPI.

Palabras clave: violencia de pareja íntima, violencia doméstica, teoría, trauma, interseccionalidad, derechos humanos

1. Introducción

La violencia de pareja íntima (VPI) es una injusticia social y un problema de salud pública importante en Estados Unidos, que afecta negativamente a las personas, las familias y las comunidades de manera sistémica y a lo largo de las generaciones. En las últimas décadas, un proceso reflexivo en el que han intervenido los relatos de experiencias vividas de VPI, el activismo de base, la elaboración de políticas, el desarrollo de programas y servicios, la investigación y la formación ha construido los sistemas de servicios estadounidenses que existen hoy. Aunque se han reducido algunas brechas en el abordaje de los efectos sistémicos de la VPI, el problema no ha disminuido. Con este artículo, la autoría pretende participar en este proceso ofreciendo una revisión focalizada de las perspectivas teóricas emergentes sobre la VPI que resultan prometedoras para abordar el problema, y una reflexión sobre ellas. En concreto, se propone ofrecer a profesionales y a quienes se encuentran en formación clínica un análisis teórico singular de la VPI, del que se derivan implicaciones para la práctica, las políticas y la investigación.

1.1. Importancia y función de la teoría para la práctica

Una teoría proporciona la base para comprender el comportamiento humano en el entorno social y sustenta las acciones que emprenden las y los profesionales para establecer el vínculo, evaluar, intervenir y evaluar la práctica. Los valores fundamentales del trabajo social, entre ellos el servicio, el respeto por la dignidad de cada persona, la importancia de las relaciones humanas, la autodeterminación y la integridad profesional, orientan además la práctica (National Association of Social Workers 2016). Estos valores sustentan la promoción de la justicia social, económica, de género y racial. Dada la importancia de la teoría para la práctica en todos los niveles y ámbitos, es fundamental desarrollar continuamente esta base teórica de manera coherente con los objetivos de justicia social de la profesión del trabajo social y adaptarla a los contextos cambiantes del entorno. Nuestro objetivo aquí es arrojar luz sobre marcos emergentes para la práctica en materia de VPI. Basándonos en trabajos interdisciplinarios de sociología, psicología, salud pública, medicina, estudios de género y en la literatura del trabajo social, ofrecemos una visión de conjunto de la literatura sobre las perspectivas teóricas que han orientado la comprensión de la VPI. Se presentan a continuación los marcos teóricos que aportan nuevas consideraciones sobre la VPI, entre ellos la teoría de la interseccionalidad, el trauma histórico y la descolonización, los derechos humanos, la teoría constructivista del autodesarrollo, el paradigma del crecimiento postraumático y las experiencias adversas en la infancia (ACE). Reconocemos que estos marcos emergentes están infrautilizados y merecen una mayor inclusión en la investigación, la práctica, la investigación y la formación. La tabla 1 presenta conceptos clave útiles para organizar, conceptualizar y aplicar la teoría a la investigación, la práctica y las políticas en materia de VPI.

Tabla 1 — Conceptos clave.

  • Prevalencia. Pese al creciente volumen de literatura y a la mayor concienciación general del público, casi la mitad tanto de las mujeres como de los hombres declara haber sufrido al menos una forma de violencia de pareja íntima a lo largo de su historia personal.
  • Impacto diferencial. La violencia de pareja íntima afecta de forma desproporcionada a las mujeres y a las minorías raciales y sexuales, en particular en lo que respecta a la violencia física y sexual y a sus efectos.
  • Teorías históricas y VPI. Se han utilizado múltiples teorías para explicar el fenómeno de la VPI. Con el tiempo, las teorías psicológicas, sociológicas y biológicas han influido en la manera de conceptualizar la VPI; sin embargo, los marcos feministas son probablemente los que más han influido en su conceptualización en las últimas décadas.
  • Nuevos desarrollos teóricos. Más recientemente, las teorías de la interseccionalidad y de los derechos humanos han demostrado su utilidad para explicar la naturaleza compleja e individualizada de la VPI. Además, las teorías asociadas a las experiencias adversas en la infancia y a la transmisión intergeneracional de la violencia, entre otras, han configurado el contexto en el que se conceptualiza la génesis de la VPI.
  • Crecimiento postraumático e impacto en la vida tras la VPI. Las teorías del crecimiento postraumático y del autodesarrollo constructivista se han utilizado para conceptualizar cómo las personas pueden seguir adelante de manera saludable tras haber sufrido VPI. Además, este tipo de teorías ha puesto de manifiesto la dificultad de mantener relaciones sanas y un entorno familiar positivo después de haber vivido VPI.

1.2. Violencia de pareja íntima: conceptualizaciones actuales

La VPI es un patrón de conductas coercitivas mediante el cual un miembro de la pareja ejerce poder y control sobre el otro, y puede incluir muchas formas distintas de explotación y maltrato: física, emocional, sexual, reproductiva y económica (Black et al. 2011; Danis and Bhandari 2010). Históricamente, varias dificultades han limitado la capacidad de la investigación para cuantificar las experiencias de VPI en Estados Unidos. Las definiciones legales de los delitos de VPI varían de un estado a otro. Diversas entidades registran datos sobre VPI con fines diferentes, entre ellas los servicios de protección de la infancia, la investigación y el enjuiciamiento penales, las órdenes de protección civil, el uso de los servicios de salud por parte de las víctimas y la utilización de los servicios de acogida. Para remediarlo, los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) publicaron definiciones uniformes de la VPI y un lenguaje común para la investigación que tiene en cuenta la violencia en las relaciones de noviazgo adolescente, así como a las parejas del mismo sexo y a las personas transgénero (Breiding et al. 2015).

1.3. Alcance del problema de la VPI

Los resultados de la National Intimate Partner and Sexual Violence Survey (Smith et al. 2018) revelan que casi la mitad tanto de las mujeres como de los hombres declaró haber sufrido a lo largo de su vida al menos una forma de agresión psicológica (insultos, control coercitivo, etc.) por parte de su pareja. Además, el 36% de las mujeres y el 21% de los hombres sufrirán una forma de VPI a lo largo de su vida. Veinte personas por minuto, es decir, diez millones de personas al año, son víctimas de violencia física. Cada año, 6 000 000 de estadounidenses acosan a su pareja íntima. El estudio reveló además que el 71% de las víctimas mujeres y el 55,8 % de las víctimas hombres sufren VPI por primera vez antes de los 25 años (Smith et al. 2017).

1.4. Las mujeres y la VPI

Las mujeres soportan de manera desproporcionada los efectos de la VPI, con unos 6 millones de víctimas mujeres cada año en Estados Unidos (Smith et al. 2018). De estas agresiones, el 28,1 % requirió atención médica, con un coste medio de 548 dólares por agresión (Chrisler and Ferguson 2006). Solo en lo que respecta a la violencia física de pareja, la prevalencia a lo largo de la vida entre las mujeres estadounidenses es del 36,4 %, es decir, más de 43,6 millones de mujeres afectadas. Según los resultados de la encuesta, la violencia física tiene una prevalencia del 31% en las mujeres a lo largo de su vida. Cada año, 1,5 millones de mujeres sufren agresiones sexuales cometidas por su pareja íntima (Smith et al. 2018).

1.5. Las mujeres indígenas y la VPI

En Estados Unidos, las mujeres indígenas corren un mayor riesgo de sufrir acoso, violación, otras formas de violencia sexual y violencia física por parte de su pareja íntima que las mujeres negras, latinas y blancas (Smith et al. 2017). Más de cuatro de cada cinco mujeres amerindias y nativas de Alaska (84,3 %) han sufrido violencia a lo largo de su vida (Rosay 2010). En comparación con los demás grupos raciales, este porcentaje es el más elevado. A diferencia de la mayoría de las demás poblaciones, en las que la VPI y otras formas de violencia suelen ser intrarraciales, los datos sugieren que las mujeres amerindias y nativas de Alaska tienen más probabilidades de ser agredidas por alguien de ascendencia no nativa. A ello se suman, para las mujeres indígenas, problemas de jurisdicción que levantan barreras a la protección, el enjuiciamiento y la prevención de la VPI. La Violence Against Women Act (VAWA) abordó estas lagunas en su renovación de 2013, y el apoyo incluye ahora programas piloto en los tribunales tribales.

1.6. Las parejas del mismo sexo y la VPI

Tjaden y Thoennes (2000) indican que la VPI afecta también a las parejas del mismo sexo: el 21,5 % de los hombres y el 35,4 % de las mujeres que conviven con una pareja del mismo sexo han sufrido VPI a lo largo de su vida, frente al 7,1 % y el 20,4 %, respectivamente, de los hombres y las mujeres que conviven en parejas de distinto sexo. La National Intimate Partner and Sexual Violence Survey, publicada en 2013 con un nuevo análisis que desglosaba la victimización según la orientación sexual, mostró que la prevalencia a lo largo de la vida de la violación, la violencia física o el acoso por parte de una pareja íntima era del 43,8 % en las lesbianas, del 61,1 % en las mujeres bisexuales y del 35% en las mujeres heterosexuales (Black et al. 2011). También indicó que el 26% de los hombres gais, el 37,3 % de los hombres bisexuales y el 29% de los hombres heterosexuales declaran lo mismo. Aunque la investigación sobre las experiencias de las personas transgénero sigue siendo limitada, los estudios han señalado que las personas de esta población no solo corren un mayor riesgo de VPI, sino también de toparse con barreras sistémicas y sistemáticas, entre ellas la discriminación institucional cuando buscan ayuda (NCAVP 2013).

1.7. La infancia y la VPI

El informe del Juvenile Justice Bulletin sobre la exposición de niñas y niños a la violencia de pareja y familiar indica que cinco millones de menores, es decir, uno de cada 15, presenciaron VPI (Hamby et al. 2010b). McDonald et al. (2006) estiman que 15 millones de menores presencian VPI cada año. De los casos notificados, un millón de estos menores presenció maltrato grave, definido como palizas, patadas y estrangulamiento; además, 4,3 millones de menores sufrieron diversas formas de violencia psicológica o emocional. El impacto en los niños y niñas que presencian VPI es tanto inmediato como a largo plazo: afecta negativamente a multitud de indicadores de salud mental y física y desemboca a menudo en la transmisión intergeneracional de la violencia (Dube et al. 2002; Anda et al. 2006). Yates et al. (2003) observaron que la exposición a la VPI en la etapa preescolar predecía problemas de conducta a los 16 años en ambos sexos. Russell et al. (2010) detallan cómo la exposición frecuente (más de diez veces) a la VPI en la infancia se corresponde con la depresión clínica en la edad universitaria. Hamby et al. (2010a) informan, a partir de una encuesta nacional con jóvenes, de que más de la mitad de quienes son víctimas de estupro o de conductas sexuales indebidas presenciaron VPI en la infancia.

2. Panorama de las perspectivas teóricas sobre la violencia de pareja íntima

Las perspectivas teóricas para la investigación y la intervención en materia de VPI pueden ser sociológicas, psicológicas o biológicas. Una revisión de la literatura muestra la aplicación de las teorías ecológicas y sistémicas, la teoría del aprendizaje social (Barnes et al. 2013; Cochran et al. 2011), la teoría de la desorganización social, las teorías de la personalidad, la teoría del autocontrol, la teoría de la violencia familiar, las teorías del intercambio y del control social y la teoría de los recursos (Dixon and Graham-Kevan 2011; Lawson 2012). Barnes et al. (2013) aplicaron la teoría del aprendizaje social y el papel de los factores genéticos heredados para comprender el carácter intergeneracional de la VPI, y ponen de relieve la compleja interacción entre lo innato y lo adquirido. En su análisis de las perspectivas sociológicas sobre la VPI, Lawson (2012) subraya la importancia de la teoría como vía para plantear la VPI no como un problema individual, sino como una función de la estratificación social de las estructuras. Examina además las teorías ecológicas que buscan comprender la VPI en el contexto familiar, atendiendo al papel del conflicto en la manifestación de la violencia.

Abordar la VPI desde las ciencias biológicas, sociales o psicológicas ofrece varias perspectivas teóricas. En su revisión de las teorías biológicas y psicológicas aplicadas al problema de la VPI, Ali y Naylor (2013a) analizan el impacto de los traumatismos craneales, así como la teoría del apego y el papel de la ira, la autoestima, las habilidades de comunicación y el abuso de sustancias en la etiología de la VPI. En una revisión complementaria, Ali y Naylor (2013b) ofrecen también una visión de conjunto de las teorías feministas, sociales y ecológicas sobre la causalidad de la VPI. Destacan el ciclo de la violencia, la indefensión aprendida, el síndrome de la mujer maltratada, el patriarcado y el poder, así como la teoría del aprendizaje social, la teoría de los recursos y el marco ecológico anidado, central en los modelos de la persona en su entorno. Eriksson y Mazerolle (2013) proponen la teoría general de la tensión como marco para comprender el homicidio en el ámbito doméstico, subrayando el papel del estrés y del afrontamiento. Mientras que muchas teorías se centran en los factores individuales que conducen a la VPI, Blumenstein y Jasinski (2015) aplicaron la teoría de la desorganización social, basada en la idea de que factores como la desventaja social concentrada, la heterogeneidad de la población y la inestabilidad residencial influyen en las conductas violentas. La teoría de la conducta planificada adopta una perspectiva de salud pública y pretende ayudar a predecir las conductas de maltrato (Betts et al. 2011).

Probablemente, la teoría feminista es la que más ha contribuido a configurar la comprensión actual de la VPI. El marco feminista permite esclarecer el impacto de los roles de género y de la desigualdad de género en las distintas problemáticas. Bell y Naugle (2008), entre otros, atribuyen directamente el fenómeno de la violencia contra las mujeres al patriarcado, que impone la supremacía y el control masculinos. La perspectiva feminista ha sustentado los esfuerzos académicos, de base y profesionales para comprender la VPI y responder a ella. El legado de los esfuerzos feministas en este ámbito sigue siendo un marco indispensable para la VPI. Entre las contribuciones importantes de la investigación feminista figuran conceptos como el ciclo de la violencia, la indefensión aprendida, el síndrome de la mujer maltratada, las dinámicas de poder y control, la teoría del control masculino, el control social y la desorganización social, la teoría del espectador, la teoría de la autodeterminación y el papel del patriarcado (Ali and Naylor 2013a). Un giro importante en la teoría feminista se produjo gracias al trabajo de escritoras feministas negras con la introducción de la interseccionalidad (Collins 2000; Crenshaw 1991).

3. Hacia el futuro: teorías críticas e innovadoras para orientar la práctica y la investigación en materia de VPI, que se examinan con más detalle a continuación

3.1. Teoría de la interseccionalidad

La teoría de la interseccionalidad proporciona a la vez una teoría y un mecanismo de cambio, al revelar la compleja opresión sistémica (racismo, heterosexismo, sexismo, cisgenerismo). Surgidas del feminismo dominante, mayoritariamente blanco, y como respuesta a él, las feministas negras llamaron la atención sobre su relativa invisibilidad dentro del movimiento. Crenshaw (1991) distingue las experiencias vividas de violencia contra las mujeres racializadas de las de las mujeres blancas en función de la raza, la clase y otras categorías sociales (identidad de género, orientación sexual, situación migratoria o de ciudadanía, etc.). La teoría de la interseccionalidad de Crenshaw sostiene que las jerarquías sociales marginan de manera sistemática e injusta a algunas personas de la sociedad, al tiempo que conceden a otras una ventaja injusta (Crenshaw 1991). Al aplicar esta perspectiva al problema de la violencia masculina contra las mujeres, Crenshaw ofreció una mirada mucho más matizada, inclusiva e informada para comprender la diversidad de las experiencias vividas de VPI y las múltiples subordinaciones que sufren las mujeres racializadas. Su trabajo aborda también las dinámicas específicas de la VPI en grupos como las mujeres sin hogar y las mujeres migrantes, y la necesidad de que los centros de acogida y los programas de apoyo evalúen críticamente su trabajo teniendo en cuenta estas complejidades. La interseccionalidad ofrece una mirada crítica y singular desde la que observar las realidades de las personas vulnerables y oprimidas en relación con problemas como la VPI, que va más allá del conocimiento hegemónico dominante. A partir de ese trabajo, Gillum (2019) explora la interrelación entre la raza, la pobreza y la VPI. Al mostrar la realidad del impacto desproporcionado de la VPI en las comunidades negras, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo, pone de manifiesto las vulnerabilidades específicas arraigadas en la raza y la clase. Las dinámicas de la pobreza y de la raza interactúan con la VPI de tal modo que la impotencia, el aislamiento y el estrés se refuerzan mutuamente (Goodman et al. 2009). Este conocimiento subraya la importancia de intervenciones contextualizadas para las mujeres con bajos ingresos expuestas a la VPI.

Comprender la intersección entre raza y clase es importante para responder a la VPI. Las dimensiones interseccionales de la VPI también son evidentes cuando se aplican a las experiencias de las personas pertenecientes a minorías sexuales y de género (MSG). En 2015, los CDC publicaron directrices actualizadas para definir la VPI y recopilar datos sobre ella, que incluían nuevas aportaciones pertinentes para el trabajo con personas del mismo sexo y transgénero. Por ejemplo, existen métodos de coerción y control propios de la población MSG, como amenazar con revelar la orientación o la identidad de la pareja en el trabajo o privar de las hormonas prescritas a una persona en transición de género (Breiding et al. 2015). El recurso a amenazas coercitivas es también significativo en el caso de las personas afectadas por el VIH, mediante amenazas de revelar su estado o de retenerles la medicación antirretroviral (NCAVP 2013). La capacidad de definir, investigar y abordar la VPI en términos que reconozcan las vulnerabilidades y experiencias específicas de grupos diversos y singulares es fundamental para una prevención y una intervención sensibles y eficaces. La interseccionalidad se ha consolidado como un vehículo importante para potenciar una enseñanza y una práctica culturalmente sensibles y pertinentes, y para atender a las desigualdades sociales y a su impacto en la investigación (May 2015; Murphy et al. 2009).

En lo que respecta a la VPI, la interseccionalidad complica aún más la cuestión cuando se exploran las conductas de búsqueda de ayuda y el acceso a la asistencia. Esta mirada permite deconstruir la complejidad de las intersecciones entre el género, la raza y la discapacidad, además de la orientación sexual, la situación migratoria, el acento y el nivel socioeconómico. Cramer y Plummer (2009) examinaron la aplicación de la teoría de la interseccionalidad en relación con el género, la raza y la discapacidad. Sus resultados aportan una nueva perspectiva sobre los supuestos obsoletos de universalismo en materia de VPI, al ilustrar la complejidad y la singularidad de las experiencias de VPI de las mujeres. Las conclusiones subrayan las limitaciones de los marcos de conocimiento y de los modelos de servicio existentes, derivadas de la falta de atención a la diversidad humana. La influencia de la interseccionalidad en la versión de 2013 de la VAWA es evidente, con la incorporación de las personas migrantes, LGBTQ+ e indígenas. Esta legislación histórica refleja la evolución del pensamiento sobre la VPI y el impacto de la teoría de la interseccionalidad.

3.2. Derechos humanos

Los derechos humanos constituyen una mirada aplicable que encierra un conjunto de objetivos en un contexto internacional y ofrece una base sólida para promover la justicia social en todos los ámbitos de la práctica, con especial importancia para la práctica en el terreno de las políticas. Un marco de derechos humanos tiene la ventaja de abordar esos derechos esenciales como vinculados al hecho de nacer, y no a una jerarquía de necesidades o de méritos. Entre los documentos de las Naciones Unidas que explican la naturaleza de los derechos humanos figura The Convention on the Elimination of All Forms of Discrimination Against Women (CEDAW), adoptada en 1979 por la Asamblea General de la ONU. Considerada a menudo como una carta internacional de derechos de las mujeres, aborda la violencia contra las mujeres como una violación de los derechos humanos que agrava la subordinación de las mujeres y las niñas en todo el mundo. Aunque abundan las dificultades para hacer realidad el espíritu y los objetivos de la CEDAW en Estados Unidos (Morgaine 2006), sigue siendo un marco útil para hacer avanzar la formación, la investigación y la práctica. Los vínculos que establece la CEDAW entre los derechos políticos y la participación, las oportunidades económicas, la integridad corporal y los derechos reproductivos, la vida libre de violencia y la autonomía de las mujeres son muy pertinentes y útiles para promover una comprensión holística y politizada de la VPI (UN General Assembly 1979). Estos vínculos son fundamentales para los objetivos de defender a las personas vulnerables, combatir la injusticia, honrar la diversidad humana, promover la autodeterminación, valorar la dignidad y las relaciones humanas y reconocer la naturaleza compleja de la experiencia humana. Los principios de la CEDAW y otros documentos de derechos humanos ofrecen un marco para comprender mejor las causas, las consecuencias y los remedios de la VPI.

3.3. Reconocer el trauma histórico y descolonizar el conocimiento y la respuesta ante la VPI

El concepto de trauma histórico ayuda a comprender la VPI en los pueblos indígenas. La mirada del trauma histórico nos permite considerar el trauma a lo largo del tiempo, no solo tal como existe en la vida de una persona, sino para un grupo tomado como blanco, a nivel familiar, y que se acumula en el ADN genético. Josephy (1991) sintetizó una gran cantidad de fuentes históricas europeas y estadounidenses para mostrar la violencia que comenzó con la colonización y continuó a lo largo de la formación de Estados Unidos, con las mujeres como blanco principal del control social mediante la violencia sexual. Brave Heart (1998) describió el impacto generacional de esta violencia histórica, colectiva y grupal como trauma histórico. Para las mujeres nativas americanas de Estados Unidos, esto significa considerar la experiencia individual y familiar de la VPI sobre el telón de fondo de siglos de violencia, degradación y genocidio infligidos al cuerpo de las mujeres. El trabajo clínico, la incidencia política, la planificación organizativa y de programas, así como la investigación y la formación, no responderán a las experiencias, necesidades y fortalezas de las mujeres indígenas sin tener en cuenta el trauma histórico y su impacto en las personas y las familias.

En gran medida, el ámbito aún no ha respondido al llamamiento a descolonizar la investigación, la formación y la práctica. Solo unos pocos estudios reconocen el carácter todavía colonizado de los servicios y las políticas que inciden en el trabajo sobre la VPI. En la introducción de su obra revolucionaria que examina esta historia, Smith (2005) escribe:

Los remedios para hacer frente a la violencia sexual y doméstica utilizados por el movimiento contra la violencia han resultado ser, en general, inadecuados para abordar los problemas de la violencia de género en general, pero en particular para abordar la violencia contra las mujeres racializadas. El problema no es simplemente una cuestión de prestar servicios multiculturales a las personas sobrevivientes de la violencia. Más bien, el análisis de la violencia de género y las estrategias para abordarla no han tenido en cuenta que la violencia de género no es simplemente una herramienta de control patriarcal, sino que también sirve como herramienta del racismo y del colonialismo. Es decir, las propias relaciones coloniales están generizadas y sexualizadas. (1)

Este trabajo exige una colaboración y una alianza deliberada con los pueblos indígenas para comprender el fenómeno en el contexto de sus vidas y desde sus propias perspectivas. Hernández-Wolfe (2011) exploró la «epistemología de la frontera» (p. 293) y la necesidad de descolonizar la salud mental deconstruyendo los sistemas de poder y privilegio impuestos a los pueblos indígenas. Además, descolonizar la salud mental significa actuar conforme a los valores de la humildad cultural y la equidad cultural en nuestras formas de evaluar, intervenir y evaluar la práctica (Hernández-Wolfe 2011). Esto sugiere que los modelos de intervención existentes, desarrollados, estandarizados y evaluados fuera de las comunidades indígenas, pueden convertirse en prolongaciones de la colonización y de la opresión.

La intervención y la investigación sobre la VPI con poblaciones colonizadas pueden agravar los problemas en lugar de aliviarlos. Trout et al. (2018) ponen de relieve el daño causado no solo por el trauma histórico vivido por los pueblos indígenas y otros grupos culturales, sino también por el uso de estrategias de servicio que no hacen más que reproducir esos daños. Para arraigar esos sistemas de atención en la indagación empírica, pero también en una postura crítica y descolonizadora, la investigación debe responder en consecuencia (Smith 2013). El compromiso con un enfoque interseccional y el respeto por las tradiciones culturales y las tragedias de los distintos grupos son fundamentales para una prevención de la VPI sólida, eficaz y sensible. Sin estos marcos, las experiencias vividas de las personas diversas seguirán siendo en gran medida invisibles, y los objetivos de justicia social no se alcanzarán.

3.4. Aplicaciones de la perspectiva de las experiencias adversas en la infancia a la VPI

El estudio continuo del trauma a lo largo del ciclo vital influye en la investigación, las políticas y la práctica en materia de VPI. El estudio sobre las experiencias adversas en la infancia (Adverse Childhood Experiences, ACE) fue decisivo para establecer el vínculo entre las causas sociales y conductuales de una mala salud en la edad adulta y las experiencias adversas vividas en la infancia. Las ACE provocan alteraciones sociales, emocionales y cognitivas que, a su vez, precipitan conductas de riesgo, la aparición temprana de enfermedades y problemas sociales (Brown et al. 2009; Felitti et al. 1998). Dado que los factores de riesgo de una mala salud se acumulan con el tiempo, la importancia de comprender estas trayectorias es evidente. La relevancia de las experiencias adversas en la infancia para las conductas y los resultados de salud en la edad adulta es manifiesta (Anda et al. 2008; Dube et al. 2002; Lamers-Winkelman et al. 2012). La investigación sobre las ACE señala a la vez la importancia de las intervenciones centradas en el trauma para las personas adultas sobrevivientes y la de una intervención temprana con niñas y niños.

La exposición a la VPI o el hecho de presenciarla durante la infancia es uno de los diez acontecimientos traumáticos significativos de la primera infancia. Es en la primera infancia (de cero a cinco años) cuando se presenta el mayor riesgo de exposición a acontecimientos adversos (Ippen et al. 2011; Lieberman et al. 2011). La exposición puede dar lugar en la infancia a trastornos del estado de ánimo y de ansiedad (McLaughlin et al. 2010), alteraciones del desarrollo, esquemas cognitivos distorsionados, problemas de conducta y de aprendizaje, obesidad y otros problemas de salud (Burke et al. 2011; Dube et al. 2002). Los niños y niñas expuestos a la VPI viven a menudo otros acontecimientos adversos, como el abuso de sustancias, la enfermedad mental, el encarcelamiento de familiares y otras formas de maltrato y negligencia (Turner et al. 2010). Este fenómeno se conoce como concurrencia de experiencias adversas o polivictimización. Por ejemplo, Summers (2006) señaló que la pobreza y la discriminación racial aumentan la vulnerabilidad de la infancia a otros riesgos. Cuando la violencia de pareja íntima se produce en el hogar, los niños y niñas tienen más probabilidades de presenciarla, y tienen más probabilidades de sufrir múltiples formas de maltrato o negligencia cuando viven en un hogar violento (Cohen and Mannarino 2008; Dube et al. 2002; Lamers-Winkelman et al. 2012). Whitfield et al. (2003) mostraron que la exposición a los tres acontecimientos (maltrato físico, abuso sexual y presenciar VPI) duplica el riesgo de ejercer o sufrir VPI en la edad adulta.

Las conductas parentales influyen en la exposición a la VPI: se observa una disminución de las conductas parentales positivas y de la implicación en la relación con hijas e hijos cuando madres y padres tienen una experiencia pasada o actual de VPI. Algunos estudios han planteado una hipótesis de desbordamiento según la cual el impacto psicológico negativo de la VPI en madres y padres se manifiesta en la relación con sus hijos e hijas (Postmus et al. 2012). Rossman y Rea (2005) señalan que el estrés parental, las prácticas de crianza incoherentes y la pérdida de confianza en la propia capacidad de crianza elevan el riesgo de VPI (Rossman and Rea 2005). Es importante señalar que la investigación ha constatado también que las madres y los padres que han sufrido VPI crean amortiguadores y seguridad para sus hijos e hijas, tienen una mayor conciencia de sus necesidades y empatía ante el impacto de la violencia, y aplican activamente lo aprendido sobre las relaciones sanas (Anderson 2011; Murray et al. 2012; Peled and Gil 2011; Renner 2009).

Las ACE son «perpetradas» por una madre, un padre o una persona cuidadora en el hogar, por lo que este marco resulta útil para comprender la transmisión intergeneracional de la violencia. Hay pruebas sólidas de que las personas adultas expuestas a la VPI durante la infancia tienen más probabilidades de ser víctimas o autoras de VPI en sus relaciones íntimas adultas (Lesesne and Kennedy 2005). Aunque las consecuencias intergeneracionales de las ACE son claras, el proceso subyacente sigue en gran medida sin explorar (Brown et al. 2009). No está claro cómo se configuran la victimización y la perpetración de la violencia, ni cuál es la mejor manera de intervenir. Esta investigación podría incidir en la vida de las personas sobrevivientes al prevenir la multitud de consecuencias negativas de la exposición a la VPI. Sigue siendo necesario, además, comprender mejor la resiliencia de la infancia ante la exposición a la VPI, así como los efectos negativos acumulativos de la exposición a la violencia en las dificultades de la edad adulta (Hamby et al. 2010b).

4. Crecimiento postraumático

La exposición a la violencia de pareja íntima puede tener diversas consecuencias negativas, pero también puede estimular un crecimiento postraumático. La investigación ha constatado un mayor potencial para dar sentido a las lecciones de la vida y construir un futuro positivo a partir de un pasado difícil (Anderson 2011; Calhoun and Tedeschi 2001). El crecimiento postraumático tras la exposición a la VPI en la infancia puede implicar un fuerte compromiso para evitar o prevenir la exposición traumática en la edad adulta, y para los propios hijos e hijas, arraigado en la propia visión de lo que hay que evitar (Anderson 2011).

Desde la perspectiva del crecimiento postraumático, la investigación ha mostrado también que las mujeres adultas que, en la infancia, estuvieron expuestas a las agresiones sufridas por su madre a manos de su pareja íntima pueden salir de ello con un mayor conocimiento del impacto del trauma y del proceso de recuperación (Anderson 2011). Las personas adultas expuestas a la violencia doméstica en la infancia pueden adquirir una sabiduría y una resiliencia considerables, así como un compromiso para acabar con la violencia, a través de un proceso de desvinculación, rumiación y construcción de sentido. Este proceso de reestructuración cognitiva, que consiste en examinar y reconstruir esquemas alterados y distorsionados, es clave para el crecimiento y el bienestar tras el trauma (Anderson 2011). Explorar los procesos de crecimiento postraumático es tan importante como proseguir la investigación sobre el estrés postraumático y los efectos negativos para la salud derivados de las experiencias adversas.

Teoría constructivista del autodesarrollo

La teoría constructivista del autodesarrollo (Constructivist Self-Development Theory, CSDT) esclarece cómo los acontecimientos traumáticos, como la exposición a la violencia durante la infancia, pueden producir efectos tanto negativos como, a veces, positivos en la persona afectada (Blain et al. 2011; Pearlman 1997; Wright et al. 2009). En consonancia con el eje de las «diferencias individuales» del Children’s Health Equity Solutions Center (CHESC), la CSDT considera que las diferencias en las creencias y los esquemas cognitivos de niñas y niños sobre la violencia modifican la manera en que la exposición a la violencia se manifiesta en su vida adulta. Del mismo modo, en paralelo con el eje «el contexto importa» del CHESC, la CSDT postula que los contextos socioeconómico y temporal de la violencia agravan o atenúan las consecuencias posteriores de la exposición a la violencia.

Quizá lo más valioso es que la CSDT ofrece un marco para evaluar y tratar las respuestas al trauma, partiendo de la afirmación de que los esquemas cognitivos se forman a través de la exposición traumática. Estos esquemas pueden ser objeto de intervención para reparar o sustituir los esquemas problemáticos que contribuyen a las conductas de riesgo, a la mala toma de decisiones y a la alteración del bienestar. Es constructivista en la medida en que considera que las personas construyen y moldean realidades arraigadas en procesos cognitivos y configuradas por el entorno a lo largo de todo el ciclo vital. Esta mirada teórica permite esclarecer los procesos que subyacen a las trayectorias de niñas y niños expuestos al trauma hasta la edad adulta y la parentalidad. La CSDT pone de relieve cinco ámbitos: el marco de referencia, las capacidades del yo, los recursos del yo, el sistema perceptivo y mnésico, y las necesidades psicológicas centrales. Las necesidades psicológicas centrales de una persona abarcan cinco ámbitos clave: seguridad, confianza, control, estima e intimidad (McCann and Pearlman 1992; Pearlman 1997). Estos conceptos son muy aplicables para construir un diálogo sobre la VPI centrado en la persona, arraigado en las percepciones y las experiencias vividas de personas diversas.

5. Investigación futura

Son necesarios futuros estudios empíricos que hagan avanzar los marcos teóricos para explorar la VPI. Los estudios deberían recurrir a métodos de diversas tradiciones, tanto cualitativas como cuantitativas. En particular, la investigación cualitativa ayuda a sacar a la luz los relatos individuales de quienes lograron atravesar el trauma de la violencia familiar y dieron sentido a su vida no a pesar de la adversidad, sino gracias a ella (Hardesty and Chung 2006). Este tipo de indagación es útil para orientar estudios cuantitativos generalizables que detallen los componentes de la resiliencia ante la violencia familiar. Quizá los datos obtenidos podrían utilizarse en los esfuerzos en curso para medir la resiliencia (Anderson 2011; Langhinrichsen-Rohling 2005). Además, se necesita investigación que ayude a cuantificar y estudiar el carácter individualizado del trauma interiorizado. Los estudios basados en el déficit han servido para identificar situaciones de alto riesgo y mejorar las intervenciones, y podrían ampliarse midiendo la sanación, la resiliencia y el crecimiento (Hardesty and Chung 2006). La investigación basada en modelos de déficit da por supuesto que las cicatrices del trauma son las mismas para todas las personas o que existen en ausencia de crecimiento. Las y los profesionales saben que no es así, y se necesita más investigación para comprender cómo intervenir ante los acontecimientos traumáticos. Los estudios que ponen a prueba conceptos como la resiliencia, el empoderamiento y la esperanza en relación con la VPI son prometedores y de una importancia crucial para las intervenciones que se apoyan en la supervivencia (Munoz et al. 2016; Munoz et al. 2017). Los conceptos de resiliencia, esperanza y crecimiento postraumático son también importantes cuando se aplican a escala poblacional para abordar las cuestiones del trauma histórico, revelando al mismo tiempo fortalezas y soluciones de base cultural.

6. Conclusiones

Cada uno de los marcos teóricos expuestos aporta elementos útiles para la práctica, la investigación y las políticas en materia de VPI. Las y los profesionales deben seguir configurando programas sobre la VPI a lo largo del ciclo vital que reconozcan la diversidad y las diferencias humanas y respondan a ellas. Concretamente, el estudiantado en formación clínica necesita contenidos que le enseñen a leer la literatura empírica de manera sistemática y a analizar críticamente que un acontecimiento traumático «X» no siempre produce un resultado generalizable «Y» entre las personas a las que atiende (Addy et al. 2015). No hay uso indebido más peligroso del privilegio profesional que intervenir con personas sobrevivientes de la VPI basándose en suposiciones. Los límites de la teoría deben estar omnipresentes en la formación para no dar una falsa sensación de seguridad, en particular a quienes se inician en la formación clínica.

La práctica profesional se apoya en marcos teóricos para orientar nuestra comprensión del comportamiento humano, así como programas fundamentados en la investigación e intervenciones basadas en la evidencia. Para atender mejor a estas poblaciones a lo largo del ciclo vital y a través de múltiples sistemas de opresión que se entrecruzan, es imprescindible que las y los profesionales reconozcan sus propios sesgos personales y profesionales, así como los de las teorías (Dixon and Graham-Kevan 2011; McMahon and Armstrong 2012). Las perspectivas teóricas a través de las cuales enmarcamos el mundo y las experiencias vividas de las personas atendidas tienen una relación directa con la esperanza en la vida de las personas más vulnerables (Lockhart and Danis 2010). A medida que avanza la práctica, las y los profesionales deben seguir dedicando el tiempo necesario a evaluar los mediadores de la adversidad y el impacto de la estratificación social, y a reencuadrar para evaluar las experiencias de trauma en su intersección con la resiliencia, a fin de aprovechar al máximo la utilidad de la teoría. De lo contrario, el o la profesional se quedará con una visión estática de la VPI, en lugar de una mirada progresiva sensible al tiempo, a la cultura y al contexto.

Además, quienes se dedican a la investigación y la práctica en materia de VPI deben seguir desarrollando formas más matizadas y mejores de evaluar las experiencias y los efectos de la VPI, de manera a la vez crítica e inclusiva (Lockhart and Danis 2010). Para mejorar la prestación de servicios en materia de VPI, es necesario centrarse no solo en la disposición de la persona usuaria, sino también en cómo la violencia, la opresión y la marginación agravan las experiencias. Además, el modelo de la persona en su entorno debe incluir el nivel comunitario y el tiempo, tal como pone de manifiesto la mirada del trauma histórico. La tabla 2 resume las implicaciones en este ámbito para la práctica, las políticas y la investigación.

Tabla 2 — Implicaciones para la práctica, las políticas y la investigación.

Implicaciones para las teorías de la VPI.

  • Práctica. La intervención y los programas relacionados con la VPI deberían tener en cuenta los avances de las teorías de la interseccionalidad y del crecimiento postraumático. Es esencial que las personas sobrevivientes tengan la oportunidad de apropiarse de su propio relato y de participar en el proceso de definición de sus experiencias individuales.
  • Políticas. La elaboración de políticas debería tener en cuenta la manera en que se cuantifica la VPI y ampliar las definiciones tradicionales, centradas en pruebas de enfrentamientos físicos, para incluir las dinámicas asociadas a la violencia psicológica y emocional. Las políticas deberían tener en cuenta también los datos relativos a la transmisión intergeneracional de la violencia y los vínculos entre las experiencias de violencia en el hogar a lo largo del ciclo vital.
  • Investigación. Se necesita más investigación para evaluar la incorporación de los enfoques teóricos actuales en los programas de intervención (p. ej., contenidos relativos a las experiencias de violencia a lo largo del ciclo vital). También se necesita investigación para mejorar los protocolos de evaluación utilizados para detectar la presencia de violencia en las relaciones y cuantificar el impacto de todos los tipos de VPI (física, sexual, emocional, psicológica, etc.) en todos los miembros de la unidad familiar.

En conclusión, la VPI sigue siendo un mal social considerable y un reto formidable para profesionales, docentes y equipos de investigación; esta visión de conjunto de los marcos teóricos puede mejorar la prestación de servicios y orientar vías de investigación nuevas y ampliadas.

Complexe Systémique: puntos clave

Este artículo es una visión de conjunto y no un estudio: no aporta datos nuevos, sino que reúne las miradas con las que el trabajo social estadounidense ha pensado la violencia de pareja íntima. Su interés sistémico reside en la ampliación de los niveles de análisis: más allá de la pareja y de la dinámica de poder y control que pusieron de relieve los trabajos feministas, la violencia se lee también en la intersección de la raza, la clase y el género, en la historia colonial de las comunidades y en las trayectorias de las niñas y los niños expuestos, en quienes puede transmitirse o, por el contrario, alimentar un compromiso de protección. Para la clínica, dos recordatorios útiles: no inferir nunca un resultado «Y» en una persona concreta a partir de un acontecimiento «X», y dejar que las personas sobrevivientes sean dueñas de su propia historia. Límites: una revisión no sistemática, muy centrada en Estados Unidos, con cifras de prevalencia ya antiguas, que deja de lado la terapia de pareja y familiar, sus indicaciones y contraindicaciones. Para leer junto con el desarrollo de un tratamiento familiar para la violencia de pareja íntima y la transmisión intergeneracional de la violencia doméstica en familias peruanas.

Notas del original

Contribuciones de la autoría. Redacción del borrador original: D.A.M., K.H., A.N., A.P. Toda la autoría ha leído y aprobado la versión publicada del manuscrito.

Financiación. Ayuda a la publicación aportada por The University of Oklahoma Office of the Vice President for Research, OU Libraries y OU Knee Center for Strong Families.

Conflictos de intereses. La autoría declara no tener ningún conflicto de intereses.

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Traducción no oficial al español de Intimate Partner Violence: Innovations in Theory to Inform Clinical Practice, Policy, and Research, de David Axlyn McLeod, Kirsten Havig, Anthony Natale y Angela Pharris, Social Sciences, vol. 9, n.o 5 (2020), doi: 10.3390/socsci9050071, bajo licencia CC BY 4.0. Traducción y maquetación: Complexe Systémique, octubre de 2026, con la ayuda de la inteligencia artificial; la obra se ha modificado en el sentido de la licencia. Ni la autoría ni la editorial responden de esta traducción; prevalece la versión original.

Traducción no oficial del artículo original «Intimate Partner Violence: Innovations in Theory to Inform Clinical Practice, Policy, and Research», publicado en Social Sciences (2020) bajo licencia CC BY 4.0. Traducido y maquetado por Complexe Systémique con la ayuda de la inteligencia artificial, como se indica al principio de esta página; prevalece la versión original.

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Cómo citar este artículo

McLeod, D. A., Havig, K., Natale, A., y Pharris, A. (2020). Intimate Partner Violence: Innovations in Theory to Inform Clinical Practice, Policy, and Research. Complexe Systémique. https://app.complexe-systemique.com/en_GB/articles/intimate-partner-violence-innovations-in-theory-to-inform-clinical-practice-policy (Obra original publicada en 2020 en Social Sciences, 9(5), 71 (2020); republicada en 2020 por Social Sciences, https://www.mdpi.com/2076-0760/9/5/71)

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